¿Quién es el traidor?

    sincara.jpg  Los adultos no solemos prestar mucha atención a los cuentos.  Los juzgamos material culturalmente irrelevante o secundario. Donde esté una gran obra de creación que se quite ese relato infantil…, que suele ser ingenuo, ramplón y adocenado. Total, ¿qué nos cuentan los cuentos? Seguramente la historia de un héroe, el relato de alguien que acabó comportándose como tal cuando no estaba destinado a ello. ¿Un material secundario? Creo que podemos convenir en que los relatos son la matriz originaria, esquemática, de la cultura, bocetos que nos sirven para socializarnos, para adquirir nuestras primeras nociones acerca del bien y del mal. Luego crecemos y nos hacemos más complejos. O eso creemos.   De hecho, si los pensamos así, como bocetos culturales, los cuentos infantiles no son  irrelevantes porque sean repetitivos, sino todo lo contrario: al repetirse aquí y allá, en esta y en aquella cultura, es por lo que proclaman algo importante y universal, un repertorio de valores, de normas, de reglas con las que habría que conducirse. Con los relatos populares sabemos qué es el miedo y qué el coraje; quiénes obran mal y quiénes actúan bien; qué es el compañerismo, la camaradería, la solidaridad, la traición…   

Sí, ya sé que su esquema es básico, muy primitivo, y que las funciones que se atribuyen a los personajes son previsibles. Lo hemos leído en nuestros libros infantiles, lo hemos escuchado y lo hemos visto en esos films que tantos detestan: los de Disney. Las muchachas siempre son material frágil y los varones son machotes fiables: o, mejor dicho, fiables son los varones buenos, porque fuera de la madrastra de Blancanieves y alguna arpía más, la población de los malvados es mayoritariamente masculina.  Con ello, los cuentos no yerran, sino que expresan una evidencia frecuente: la fuerza bruta suele ser condición y patrimonio de los hombres, y las arpías…,  pues éstas suelen ser almas corruptas pero sibilinas. En fin.  En función de este esquema tradicional y muy simple, el héroe suele ser un varón originariamente timorato y luego intrépido, alguien que se enfrenta a un rufián odioso: un malvado en el que todo, hasta el aspecto, pregona su villanía. El protagonista es un muchacho o un adulto (despabilado, qué duda cabe), alguien que primero se acobardó para luego enfrentarse a su enemigo.  Todo suele empezar con un orden roto, con un caos originario que habría que conjurar: el secuestro de una princesa, el robo de un tesoro, un gran embuste que aclarar, una conspiración que oprime al Reino.  El animoso hombre se vale de amigos, de ayudantes, de donantes que le auxilian en las circunstancias graves por las que se le hace pasar. Pero ese varón no sólo cuenta con subalternos: se las tiene que ver también con traidores.   

Ah, el traidor, qué personaje tan interesante: expresa una parte fundamental de la conducta humana, su doblez. De los traidores nos fiamos por su apariencia embustera:  dan el pego, ciertamente. Parecen de los nuestros y equivocadamente los juzgamos nuestros aliados. Pero pronto, bien pronto, descubrimos el error en que habíamos incurrido: son solidarios del villano y tratan de beneficiarse. Es más, durante un tiempo tenemos serias dudas acerca de la presunta maldad que le hemos sorprendido. No es posible, nos decimos: no es posible que alguien obre con tanto fingimiento, con tanta simulación…   

Pero los cuentos sirven para otra cosa: para aquietar al niño, para aplacarlo con dulzura. Todo se repite y todo es previsible aunque el muchachito que oye exprese sorpresa. El soniquete monocorde sosiega y el relato le reafirma en esos valores que va aprendiendo. El metal de la voz es en este caso una especie de adormidera que pronto o tarde va provocando su efecto. Recibe una lección y una gama más o menos amplia de significados, de conceptos, de valores.   Probablemente, la función simple que en otras épocas cumplieron los relatos populares –esos cuentos infantiles que mostraban conductas dignas, heroicas o malvadas— la satisfacen ahora muchas crónicas periodísticas. Es frecuente que la prensa más estrepitosa e incluso la más seria coincidan en un creciente esquematismo moral: lo tenemos todo perdido de villanos, héroes, traidores, princesas secuestradas y tesoros robados, complots. Es como si la política cobrara la forma de un gran cuento infantil en el que cada uno de los personajes cumpliera unas tareas asignadas por un gran demiurgo. Incluso las moralejas de los cuentos están implícitas en muchas de esas crónicas periodísticas. Dar noticias se está convirtiendo en algo parecido a contar cuentos. 

En los relatos de Disney –ya lo sabemos— las circunstancias están muy edulcoradas y al final los buenos logran lo que persiguen, y los malos reciben su merecido. Por el contrario, en los cuentos populares de antaño, la fiereza y la crueldad no acaban, y su desenlace sólo es una suspensión temporal de las dificultades y del horror. No sé si en la descripción de la realidad gubernamental y parlamentaria que está haciendo la prensa al final los buenos recibirán su merecido… Precisamente por eso, cuando leo acerca de ciertos personajes de la política o de los medios (ustedes ya saben…), me pregunto quién es el traidor.   

De mi experiencia infantil recuerdo la ambivalente atracción que los traidores me provocaban. Por un lado, yo quería ser un buen chico. Justamente por esto debía condenar la astucia de que se servían los traidores para derribar al bueno. Por otro, yo no acababa de explicarme por qué había gente que estaba en ambos lados de la moral. Los traidores no eran la encarnación del mal absoluto, sino que expresaban inmejorablemente la débil condición humana. No sé: llevados por su codicia (el villano les prometía tesoros) o movidos por su mala cabeza, a los felones los veía humanos, demasiado humanos. Uno no podía ser héroe todo el tiempo y, por tanto, con frecuencia se dejaba arrastrar por conductas impías o renegadas. Los veía, en fin, como gente muy semejante a nosotros, los niños. Queríamos ser héroes, pero a la postre nos contentábamos con salir airosamente, como los mejores y más astutos traidores. Sí, ya sé que al final, en los relatos, cada uno recibe su merecido, pero la tristeza en que quedaba sumido el felón no era el infierno del malvado. En fin.  

Insisto: cuando leo acerca de algún personaje de la  política española, tengo la alarmante  impresión de que nos están tomando por niños a los que hay que contar un cuento archisabido. Me pregunto a quién nos están presentando con tanto esquematismo: si al héroe que dejó de serlo, al villano que siempre fue o al traidor. Y ahora pongamos nombre a ese personaje público.  

——————

Microhistoria

 Los responsables del programa argentino Con ciencia y trabajo, un espacio dedicado a la cultura en la Radio Nacional Argentina (AM 870), tienen un blog de gran repercusión cultural. Han reproducido este texto de Anaclet Pons y mío sobre la microhistoria.  Próximamente aparecerá allí una entrevista que me han hecho…  Tal vez, la lectura de esta Nota sobre la microhistoria aclare ciertos aspectos de lo que es esta corriente historiográfica y, sobre todo, cuáles son sus rendimientos intelectuales.

0 comentarios

  1. Existen muchos tipos de traidores, tantos como de personas. Hay quien traiciona por su propio interés, hay quien lo hace para conseguir el bien de los demás, hay quien lo hace porque no tiene más remedio. Recuerdo bien una frase de Orson Welles, a propósito de las delaciones durante la caza de brujas del senador McCarthy: «Comprendo al partisano que, bajo tortura o amenazas a su familia, delata a sus compañeros. Pero en Hollywood la gente habló para conservar sus piscinas»…

    La verdad es que leyendo, p.e., las obras de John Le Carré («el espía que surgió del frio», «el honorable colegial», «El topo») un servidor ha aprendido a descartar la traición como acto deleznable o moralmente reprobable. Es simplemente una acción más, con ciertas circunstancias remarcables, como muchas de las que el individuo acomete o se ve obligado a cometer a lo largo de la vida.

    Creo que lo importante no es la traición en sí, sino el porqué de la traición

  2. Estoy totalmente de acuerdo con John
    ……
    Justo, recuerdo que en el Nickjournal de Arcadi escribió un comentario sobre como la ansiedad por creer en una verdad propia podía terminar haciendonos creer en dicha verdad ciegamente. No tendrá el texto por ahí escondido.. En el nickjournal has desaparecido.

  3. ¿Cómo que no es importante la traición?
    ¿Acaso puede existir traición sin traicionado?.
    Sin esa relatividad, ese tránsito, no existe el hecho, luego el acto en si mismo es evaluable, analizable como tal.
    El por qué será muy interersante, o puede ser tan baladí como la envidia o la ruindad, pero el acto en si mismo será tan grande o doloroso como grande y dañado sea el objeto de esa traición.
    Todos podemos acometer circunstancias en la existencia, es precisamente de ese acto, de esa acción de la que luego se desprenderá nuestro caracter, nuestra personalidad, la diferencia entre existir con dignidad o ser un indigente moral. Albedrío le llaman.
    En el caso que nos ocupa y que queda ahí esperando como Godot el personaje, no hay más interés que la propia miseria.
    Ejemplo de vergüenza para el que pueda verlo.

    M.

  4. Inquisitor, si no me da más datos no sé a cuál se refiere. ¿Era algo referido a las metáforas, a Agamben? ¿Lo publicó Espada en su libro para mofarse? Ya me dice.

  5. Tenía ganas de releer este comentario.
    De lo mejor que se escribió en el Nickjournal de Arcadi.
    Al fina lo encontré.
    ……………….
    Ficción y dicción
    Justo Serna

    Una de las circunstancias corrientes de la controversia política es el conflicto de interpretaciones, la colisión de contrarios, la polémica institucional. En ello se basa la democracia y en ello se fundamenta su superioridad civilizada. Uno de los aspectos más preocupantes del actual curso es, sin embargo, la tendencia del poder, de los poderes políticos o económicos, a difundir un relato contrario a las evidencias y a las pruebas cuando alguno de sus representantes se ve acusado con fundamento, un largo sermón que puede adoptar incluso la forma de la alegoría o de la parábola. No es que se evite asumir la responsabilidad de un traspié o que se responda balbuciendo una excusa. Lo que ahora es corriente, lo que se impone como una de las formas del debate institucional, es oponer un torrente de palabras a lo que cualquiera ve y a las pruebas que imputan. Lejos de negar defensivamente la acusación de la que uno sería víctima, como fue habitual por parte del PSOE a comienzos de los noventa, en vez de mostrarse impotente pretextando la persecución vil de la que uno sería objeto, como pudimos comprobar hace unos pocos años, lo que hoy se lleva, lo que ahora es frecuente, es lo contrario, el contraataque narrativo -que no argumentativo-, la difusión de un relato opuesto y aparentemente congruente.

    Ante una demanda incómoda del periodista inquisitivo o ante la pregunta política de una oposición, el interpelado, un ministro por ejemplo, el candidato Rajoy por ejemplo, cuenta un cuento, una historia completa y verosímil que permita tapar los detalles relegando lo imputable a circunstancia menor o sin significado. De lo que se trata es de oponer un discurso coherente en el que todo encaje, un discurso pronunciado con campechanía, con buen tono, sin irritación ni malos modos. ¿Quién se va a enemistar con alguien tan afable? ¿Quién se va a incomodar con alguien que se expresa bien, con congruencia, con amables palabras, con mansedumbre incluso, aunque con dificultades en la dicción? Los modales son imprescindibles en política y los procedimientos son básicos en democracia. Los actores se tratan con deferencia, los concurrentes se respetan y aceptan la legitimidad de aquellas posiciones que les son opuestas, la controversia no convierte al adversario en enemigo a batir ni en odioso contrincante a eliminar. Expresarse con modales y con buena educación es una agradable costumbre de la democracia y debemos dar gracias por ese logro civilizado: la guerra ha sido abolida de la arena política y la violencia física ha sido descartada. Pero que se proceda así, que el diálogo sea el modo y el procedimiento no significa que las buenas formas sean ejemplo de hábito democrático. Podemos ser educadísimos y, a la vez, revelar una mala índole; podemos obrar con deferencia y con amable trato y, al mismo tiempo, negar legitimidad y fundamento a la palabra del adversario.

    Usted se equivoca. Usted no sabe lo que dice. Permítame revelarle la verdad, la historia completa que ignora, e indicarle en qué yerra y por qué hace una interpretación torcida de lo que es cierto y se obstina en no ver. ¿Cuántas veces hemos oído palabras refinadas y educadísimas como las anteriores? ¿Cuántas veces hemos tenido la sensación, la explícita y abierta sensación, de que nos estafan con simpatía y con la sonrisa en los labios, de que se nos niega lo que es evidente con formas suaves y con un torrente de palabras? Evitar voces peligrosas reemplazándolas por otras que no dañan o incomodan, emplear lugares comunes o verdades universales que no admiten, en efecto, controversia, plantear opciones que no son tales, distorsionar el significado compartido de los vocablos tomándolos, por ejemplo, del adversario, formular generalizaciones como si fueran certezas documentadas, pero, sobre todo, afirmar una cosa y su contraria dentro de un discurso coherente son algunos de los procedimientos habituales de la estafa verbal. Ahora bien, lo que da fuerza persuasiva a las palabras mentirosas es el sentido global y congruente de quien nos sermonea, el relato completo que se opone a la crítica y la acusación.

    Cuando somos niños exigimos que nos cuenten una bella historia, que ese relato nos aplaque, que nos encaje en un mundo de evidencias, sin fisuras. Los cuentos son explicaciones de lo real, modos de expresar eso que hay ahí fuera y que tanto atemoriza al jovencito, eso que es potencialmente hostil y que dicho en términos narrativos cobra otra índole al darle lógica y sucesión, orden y conclusión. Los relatos populares e infantiles -tal y como aprendimos de Vladímir Propp- cumplen siempre una serie de funciones estructurales, funciones que son las que permiten moralizar, extraer una moraleja, funciones que facilitan la identificación o la proyección del niño y su apaciguamiento. Siempre hay una princesa secuestrada y siempre hay un héroe que se propone rescatarla, que se empeña en restaurar el orden del mundo que algún villano ha conculcado. Es decir, la ventaja de un cuento es que no responde a las preguntas concretas del niño, esas que tanto angustian y que los padres no estarían siempre en disposición de contestar, esas preguntas que se formulan con obstinación inquisitiva, con ese empecinamiento imbatible de los jovencitos. Las demandas particulares sobre el sentido del mundo suelen poner en aprietos a los mayores. En cambio, el relato es una suerte de respuesta coherente que les proporciona orden de principio a fin, un discurso hecho de palabras seductoras, persuasivas, pronunciadas con rítmica prosodia y efectos de adormidera, palabras que sirven para entender las acciones de los demás, lo que los otros esperan de mí y, sobre todo, la reparación de lo que estuvo roto o perdido. Las técnicas del discurso político se asemejan con frecuencia a ese procedimiento. De lo que se trata no es tanto de responder a preguntas concretas que requieran contestaciones precisas, cuanto de alargarse en términos de confidencia y en un sermón inacabable, autosuficiente, un sermón que contenga un relato alternativo. Si yo respondo concretamente a lo que se me demanda, me obligo a aceptar la lógica de quien interpela. Si, por el contrario, opongo una historia cerrada, coherente, una historia que tenga principio y fin, en ese caso fuerzo al interpelante a escuchar un cuento, una revelación, evitando sus preguntas y, además, haciéndole copartícipe de mi lógica y de mis detalles. Al final, incluso aquel que relata esa historia alternativa, si la ha urdido con congruencia textual y con verosimilitud, acabará creyéndosela y será el filtro que lo adormecerá y el velo que le impedirá ver más allá de ese muro de palabras que él mismo levantó para guarecerse de las acometidas del exterior.
    ….
    PD: No se si Arcadi se mofa de usted en el libro porque no lo compré.

  6. Para conocimiento y demás efectos de JSerna y sus inefables incondicionales. De nada

    [396] Escrito por: Mardonio – 4 Octubre 2006 10:05 PM

    [325] Escrito por: Cateto de Pacifistán – 4 Octubre 2006 06:45 PM

    [323] Escrito por: Incorrecto – 4 Octubre 2006 06:36 PM

    He entrado en el blog de Justo Serna, y ….zzzzzzzzzzzzzzz

    %%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%
    ¿Y quién es ese Justo Serna de quien tanto se habla aquí?
    —————————————————————————
    ¿No lo conoce usted, Cateto? Quizá ya había huído de aquí cuando usted llegó.
    Es un profesor de Historia de la Universidad de Valencia. Comenzó a intervenir en el blog desde el principio con su alambicada prosa buscando los aplausos y la admiración del respetable. En apariencia muy formal y correcto, pero, ay amigo cuando se le llevaba la contraria.
    Antifranquista retrospectivo, no deja de ser un intelectual orgánico fiel como muchos de sus colegas, diferenciándose de ellos en que es mucho más pesado amén de envidioso. Salió de aquí metiéndose con Arcadi, del que parece era amigo y creó otro blog con un éxito perfectamente descriptible.
    En el fondo podemos encontrar cientos como él en la universidad española, pero un poco más discretos.

  7. Estupendo artículo, Don Justo.
    Estupendamente escrito y descrito.
    Me ha hecho sentir muy bien entender algunas sensaciones que me inquietaban.

    Muchísimas gracias al autor y al copiador.

    M.

  8. En respuesta a Miranda, entonces: ¿cómo debemos juzgar el fallido atentado de los generales Fabian von Schlabrendorff y Henning von Treschkow contra Hitler? Es una traición pura y dura, ¿no?. ¿Debemos considerarlo «tan grande o doloroso» como el asesinato de una persona? Y ahondando aún mas en otros temas: ¿Considerariamos este atentado como terrorismo, o no?

  9. ¿Qué le pasa a Frank-ito? ¿Si tanto detesta o desprecia a Justo Serna, por qué entra por aquí? No necesitamos la importación de comentarios negativos de otros lugares, majete. ¿No será usted el traidor del cuento? Solapado, sí que es, pobrecito.

  10. Habida cuenta de la cantidad de «suicidios» que hubo tras el fracaso, creo que fué tan grande y dolorosa como fallida.
    Fué una enorme traición, en efecto.

    Respecto a si fué terrorismo creo que la pregunta no viene al caso. Terrorismo es precisamente la utilización del terror en la población para conseguir unos fines, este caso sería un magnicidio, no fué una práctica de guerra o una estrategia mantenida en tiempo.

    M.

  11. Frank, saludos. Es una ventaja que usted pulule por aquí. ¿Se imagina un mundo sin Frank? ¿Se imagina un blog sin usted? No sé si usted hace suyo, si conviene en el retrato que de mí hacen un cateto, un incorrecto y un mardonio. Me describen como antifranquista retrospectivo, como intelectual orgánico, como pesado amén de envidioso. Denigran con careta o embozados tras la capa. Pero, fíjese, yo al menos no soy el traídor del cuento (gracias, Cafeína), como los felones que atacan sin dar la cara.

  12. Este blog es la monda. El dueño de la fonda [según Iván Tuvau] larga un rollo y los demás acuden a celebrar lo que dice, raramente a criticarle. Alguna vez se corrige Serna cuando se le critica? Lo de hoy es triste. Vuelve sobre lo de los cuentos que Inquisitor ha desenterrado. Serna: renuèvate.

  13. D.Jaime Pastor: yo no tengo que criticar a nadie por lo que dice en este blog. Ni siquiera a Ud, que entra con maneras bastante claras en este foro. Simplemente pienso de manera diferente a Justo Serna o otros contertulios, como ha ocurrido arriba, y como tal expreso mis ideas. EL pensamiento es libre. Aunque a muchos les duela. Y aunque el pesamiento duela también a uno mismo.

  14. Yo escribo comentarios aquí porque sé que la mayoría de los comentaristas son de izquierda y siempre está bien de vez en cuando «discutir» amigable y cortesmente con la izquierda. El blog de Arcadi es ya un blog de derechas y yo ya tengo bastante «derecha» conmigo mismo.

  15. ¿Pues ve usted, Inquisitor? Ya me va cayendo mejor con su autocrítica, y me alegro. Un saludo, no extensible a J. Pastor, que debe ser masoquista, pues nadie le obliga a entrar por aquí, y menos con esas maneras tan poco educadas. ¿Qué es eso de Serna, renuévate? ¿Han comido juntos? ¿Fueron compañeros «de pupitre»? No sea ordinario, ni mala leche, querido.

  16. Me hace gracia lo que dice Inquisitor, teniendo en cuenta que utiilizo su fórmula pero al revés. Entro con frecuencia en un foro en el que es mayoría la gente de derechas, siendo yo de izquierdas.

    Es una costumbre bastante sana, a veces también me canso de tanta «izquierda».

    Saludos

  17. Le respondo, JSerna: este blog sin Frank sería una carrusel de bondadosos acólitos con botafumeiro inciensante. Su acólita Cafeinita, quien tanto le ama, no le aporta más que besuqueos más o menos merecidos, pero recele de ellos y tenga más en cuenta las críticas que le hacen. Sepa que hay más enseñanza en las críticas por duras que sean que en las loas y las alabanzas. De todas formas, usted allá, que ya es mayorcito para saber donde la aprieta el zapato.

    Reconozca, sin embargo, que la tipificación como franquista retrospectivo no es un insulto sino una descripción neutra ya que por su edad no creo que llegara a jercer como franquista real.

  18. Corrijo: quise decir las dos veces antifranquista, no era necesario pero como puede haber algunos esperando agazapados un fallo, lo aclaro para ellos.

  19. Oiga, Frank, yo no soy antifranquista retrospectivo. Por no ser no soy ni retrospectivo. Ahora: antifranquista…, sí que lo soy y lo seguiré siendo. En 1975, yo tenía quince años: mi padre leía ‘Sábado gráfico’ y yo leía ‘Triunfo’. Desde luego, no pida más de mí.

  20. El esquema de los cuentos es básico y primitivo, como dice Justo Serna. También, sí, «las funciones que se atribuyen a los personajes son previsibles». «Las muchachas siempre son material frágil y los varones son machotes fiables: o, mejor dicho, fiables son los varones buenos, porque fuera de la madrastra de Blancanieves y alguna arpía más…». Porque ha de ser así y el talento de los creadores de cuentos infantiles del pasado, sobre todo, es colosal al mantener sistemáticamente esas premisas en la elaboración del relato que nunca sería aceptable en la literatura para adultos, salvo en los folletones que, en realidad, están dirigidos a mentes tan sencillas como las de los niños a las que hay que «adiestrar».

    Tengo para mí que eso ha de ser así para crear los sobre entendidos, los lugares comunes necesarios para una vida adulta y de relación. No somos conscientes de la cantidad descomunal de eso, sobre entendidos sobre los que basamos nuestra vida en común y eso es lo que hace más dificultosa la convivencia de niños con adultos; eso es lo que ocurre cuando decimos que los niños no tienen sentido del humor. Los niños están limpios de complicidades y recuerdos comunes y el cuento cumple esa función de modo claro y simple, la de introducirles en un mundo adulto que, al principio, no debe tener matices; el bueno es verdaderamente angélico y el malo es rematadamente malo y llevan consigo el mensaje del premio y del castigo a esos comportamientos.

    Ha habido un momento, cuando la tendencia a colocar a los críos en una burbuja de cristal, en que se modificaron los finales de los cuentos para no herir su sensibilidad. Ahora está cambiando esa visión y pedagogos y psicólogos se han dado cuenta de que no hay nada mejor que esos monumentales tragediones para ir introduciendo al niño en la vida que ha de vivir, sobre todo, para que sepa cuidarse de esos malos malísimos con los que indefectiblemente, habrá de toparse en el transcurso de su vida.

    Los políticos pretenden adiestrarnos así, como si de niños se tratara y de mentes limpias de prejuicios y, lo que es un apoyo educativo, en los niños, fundamental, el cuento, en el trato a adultos se convierte en un insulto directo e inadmisible.

    Enseñamos al niño a pensar y a tener sus criterios, a ser independiente y crítico a través, al principio, de los cuentos, pero partimos de una mente, de unos ojos receptivos y nuevos. Después el pensamiento se va haciendo elaborado y maduro y las lecturas van siendo otras. El cuento es un paso, no el fin, para aprender a pescar, no a dar el pez. No puede mantenerse al ser humano en ese estadio de por vida para ir introduciendo mensajes simples en su trayecto, para ponerles el pez y ya guisado en las manos, es decir, el voto en su sobre.

    Mis lecturas de fin de semana, de lo que había en casa de la infancia de mi madre: Segur, Malot, Dickens, Collins, London, Salgari, Verne, Amicis, Daudet… Me fueron enseñando a defenderme. Hasta el incesto, intocable hoy, se les mostraba a los niños de antaño cubierto con una piel de asno y con toda naturalidad y quiero reseñar aquí algo que no he visto en ninguno de ustedes y que seguro que muchos han tenido en su mesita «de luz» como llaman allá lejos a la mesilla de noche: Diego Valor, en tebeos de papel muy cutre, apaisados y hermosos; Dick Turpin y, sobre todo, Guillermo Brown, mi verdadero héroe infantil, tan próximo y tan didáctico, en cuanto al absurdo del comportamiento de los mayores es para un niño, por el que mi segundo hijo se llama Guillermo.

    Como breve dato curioso, que me he extendido una barbaridad: Durante toda mi infancia los guillermos eran ocho o diez, el regalo que mi rey mago extra, creación de un padre laico, Voltaire, me trajo durante esos años. Mi madre se extrañaba porque su hermano los tenía todos en inglés y aseguraba que eran muchos más. Efectivamente, cerca de cuarenta que lucen en mi estantería comprados tras la muerte de Franco, cuando aparecieron en tropel. Todos los Guillermo en que se decía que la familia asistía a los oficios protestantes, estaban censurados en la España de Franco. Esa enseñanza no la podíamos recibir. El que no ha vivido esa época y todo lo que nos fue robado, no podrá hacerse jamás idea de lo que aquello fue.

    Pido disculpas por la extensión. Procuraré constreñirme más.

    Feliz día a todos.

  21. En la revista «Investigación y Ciencia», al final, suelen poner curiosidades como descubrimientos científicos de hace cien años, o consejos médicos chuscos.
    Un día (las tengo por aquí, pero no recuerdo el número, son demasiadas) salió un consejo médico de hace «n» años a los padres de niñas en edad de crecer.
    Decía el galeno que no debían dejar los padres al alcance de las niñas libros de cuentos o novelas. Argumentaba con lógica aplastante, que esas niñas llevadas por la imaginación, daban en ser melancólicas, soñadoras y finalmente histéricas, dado que su floja sesera les hacía considerar como ciertas las fantasías allí relatadas.

    (Ana, Guillermo!, precisamente pensaba dejar hoy o mañana una cosina sobre él en mi blogo, que felicidad una infancia con ese amigo, fué crucial en la mía, beso)

  22. ¡uf¡ Guillermo hace de las suyas. cuánto he disfrutado, cuánto me he divertido con sus travesuras.
    Ana, estoy de acuerdo contigo sobre los cuentos y también sobre los cuentos que nos cuentan los políticos. Por esa razón he dicho en varias ocasiones que me siento engañada.

  23. Lo sabía. Sabía que aquí habría lectores de Guillermo. Yo quería ser como Violeta Izabel y mi perra no se llama jumble porque es perra.

    Miraré tu blog, Miranda. Otro beso para ti.

    No todos engañan, Russafa, ya verás como no. Yo sigo teniendo esperanza.

  24. Un viejo lector —y disfrutador— de Guillermo Brown (Richmal Crompton, que era el pseudónimo de una mujer) os manda un abrazo a todas.

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