¿El hombre feroz?

caperucita.jpg  6-10 de diciembre de 2006

¿Hablamos de hombres-lobo? No, no crean que la figura del licántropo es sólo un personaje antiguo, propio de culturas arcaicas aquejadas de atavismos. Es también un carácter de nuestros días: gente que muda de piel y que se deja dominar por sus instintos, por el influjo dañino de la Luna. O gente patética que es recreada en novelas recientes. Me refiero a La noche del lobo, de Javier Tomeo.   En este escritor, los animales suelen desempeñar papeles estelares o parlanchines, al modo de las viejas fábulas. Pero, en Tomeo, lo más significativo no es eso. Lo propio de este autor es idear mundos con individuos que se sienten como animales (como fieras), o a quienes el lector acaba viendo como monstruos (como bestias). La última novela que de él he leído y que les recomiendo como insano divertimento para estos días de Puente es precisamente esa que citaba: La noche del lobo. 

El lobo es una figura muy interesante de la cultura occidental: tan interesante como para que la rodee un ambiente de mito y de leyenda. A él se le han dedicado cuentos y de él se ha destacado su rapiña: su temible ferocidad. Destruye haciendas, devora rebaños enteros y con Caperucita…, pues con Caperucita quiere tener trato carnal. El lobo feroz se embosca, se oculta, vive en la oscuridad y acecha para nuestro horror y para nuestra perdición. Pero no es del lobo exactamente de quien quiero hablar, sino de un pariente cercano: del licántropo. 

Qué tristeza la suya. La del licántropo, me refiero. Por un lado, los hombres-lobo nos producen instintiva repulsión. Nos provocan rechazo porque son el fruto insólito de una dentellada o de una cópula bestial, porque son híbridos antinaturales, compuestos informes; pero sobre todo porque su apariencia extraña, inaudita, parece revelar la perversidad de su alma menoscabada, sin interlocutor. ¿A qué se debe su ferocidad lunática, esa ferocidad que, por ser hombre, es maldad? El licántropo es un humano monstruoso, desamparado, sin identidad definida ni estable, un humano que experimenta una metamorfosis con la Luna llena, un ser que da aullidos de soledad y que mata provocando dolor gratuito. Es la suya una doble naturaleza, mitad hombre, mitad bestia, y eso, esa aleación incongruente, nos repugna, pues atenta contra el buen sentido y el orden natural, contra la sensatez y la estabilidad previsible de las cosas. El género de terror hizo suyo este miedo ancestral al híbrido, al monstruo, a la metamorfosis, porque ese cambio de naturaleza explicaría los instintos más dañinos, la propensión a infligir mal que anida en nuestra alma. Pulsión de muerte, la llamó Freud.  

Pero, al margen del dolor, la simple visión del híbrido produce espanto, precisamente porque nos enfrenta a una personalidad maleable, cambiante, de índole confusa: a un ser indefinible. Hay en él una disolución del yo y una confusión entre partes incompatibles. Los relatos clásicos que recrean la figura del hombre-lobo atribuyen esa condición a grupos muy diversos. A los húngaros-transilvanos, por ejemplo. Pero también a los normandos, a los pieles rojas, a los galeses, a los cárpatos. Etcétera. Es decir, a toda etnia que despierte algún tipo de sospecha, a todo grupo al que se adjudiquen características insólitas. Aunque es un personaje muy varonil –al fin y al cabo, a su repulsivo hermano, el lobo feroz , le gustan las niñas–, hay relatos en que adopta el perfil de una mujer maligna: en esos casos, claramente emparentada con la zorra de los cuentos.

De todas las narraciones de hombres-lobo que recuerdo haber leído, una de las mejores es El Campamento del lobo, de Algernon Blackwood, extraído de la serie de John Silence. Es un relato evidentemente alegórico, como suelen ser los mejores del género y su moraleja es muy edificante. En cada uno de nosotros hay un cuerpo fluido (o un Doble) en el que tienen asiento nuestras pasiones, nuestros deseos. Mientras está sofrenado y unido al cuerpo físico no hay peligro. Pero si se relajan los lazos de la civilización, del control y de la contención, ese cuerpo fluido puede proyectase fuera. ¿Qué ha de ocurrir para que tal eventualidad se cumpla? Un deseo fuerte, irreprimible, que quede sin satisfacer. Si por nuestras venas corre, además, sangre salvaje (de un piel roja, por ejemplo), la explosión libidinal es segura y nos convertiremos en una fiera, en un hombre-lobo, por ejemplo. Etcétera, etcétera. Admitirán que la historia del británico Algernon Blackwood tiene evidentes resonancias freudianas, ecos que yo no fuerzo, sino que están en un tiempo, 1908, en que el psicoanálisis comenzaba a ser ya la “peste” que se extendía (en palabras de su creador).  

Pero ya no estamos a comienzos del XX, sino en los inicios del XXI, y la recreación del hombre-lobo ha de contar con el siglo transcurrido. Ya no vivimos en la época posvictoriana, sino en un tiempo más descreído en el que nadie ha salido indemne de las atrocidades vividas en la pasada centuria. Por eso, el licántropo que protagoniza La noche del lobo, de Javier Tomeo,  es enternecedor. Se esfuerza por ser el hombre-lobo y admite el influjo que la Luna ejerce sobre él. Pero es un tipo que sólo inspira compasión: una torcedura del tobillo le deja tirado en una carretera del extrarradio, donde coincidirá con otro accidentado. Ambos padecen soledad y miedo, pero a la vez son tremendamente parlanchines (como suelen serlo los monstruos de Tomeo), creyendo que con el bla-bla-bla podrán reparar su daño o rellenar su propio vacío risible y conmovedor. Más aún, ¿desde cuándo un licántropo puede llamarse Macario? ¿A quién puede asustar? Si, además, ese hombre-lobo está desdentado, ¿a quién morderá?  

El género literario y el género… masculino ya no dan para más. Leyendo la novela de Tomeo me acordaba por supuesto de la tradición del licántropo, pero no de las grandes fieras que la pueblan, sino de otras bestias, aquellas de maquillaje menesteroso  que encarnara Jacinto Molina, alias Paul Naschy. ¿Recuerdan sus películas españolas, las de los años setenta? La verdad es que, antes de leer a algunos clásicos góticos, yo me inicié con aquellos films pobretones de licántropos. No sé si daban miedo o nos provocaban una inmensa piedad. Con el Macario de Tomeo me pasa lo mismo. Pero lean, lean: ¿no les pica la curiosidad? Déjense morder y ya me dirán.   

paulnaschy.jpg 

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Hemeroteca: 

–Grand Tour anunciado en Levante-EMV

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  1. Caperucita feroz

    Orquesta Mondragón

    Hola mi amor
    Yo soy el lobo
    Quiero tenerte cerca
    Para oirte mejor

    Hola mi amor
    Soy yo tu lobo
    Quiero tenerte cerca
    Para verte mejor

    Hola mi amor
    Yo soy el lobo
    Quiero tenerte cerca
    Para olerte mejor

    Hola mi amor
    Soy yo tu lobo
    Quiero tenerte cerca
    Para oirte mejor

    Yo lo que quiero
    Es tu cuerpo tan brutal
    Y lo que adoro
    Es tu fuerza de animal

    Si con tus garras
    Me quisieras abrazar
    Y con tus dientes
    Me quisieras tu besar

    Hola mi amor
    Yo soy el lobo
    Te compraría un anillo
    Un pastel, un collar

    Hola mi amor
    Soy yo tu lobo
    Quiero bailar contigo
    Un lindo rock´n´roll

    Hola mi amor
    Yo soy el lobo
    Te compraría un anillo
    Un pastel, un collar

    Hola mi amor
    Soy yo tu lobo
    Quiero bailar contigo
    Un lindo rock´n´roll

    Yo sólo quiero
    Una noche sin final
    En la que ambos
    Nos podamos devorar

  2. Lyrics en inglés quiere decir las palabras que componen el contenido textual de una canción, no su música. Hasta ahí de acuerdo: Lo que pasa es que en este caso, las «lyrics» o la «letra» como decimos en castizo no pertenece a la Orquesta Mondragón —que sí puso la música—, sino al poeta neocon Luis Alberto de Cuenca, escrita antes de volverse rematadamente facha y aceptar el cargo de Secretario de Estado de Cultura con Aznar. Precisamente a causa de ese cambio de camisa le abandonó su mujer, Julia Barella, profesora de literatura en la Complutense.

  3. He leido el articulo de JSerna y los enlaces. Me gusta lo que dice pero no se si estoy de acuerdo en mezclar a los lobos con los licantropos. El lobo quiere comerse a caperucita porque le gusta la carne humana suave y blanda. El licantropo esta dominado por la luna. No es lo mismo. En cuanto al hombre lobo de JTomeo pues no se, no lo he leido. Pero me parece que se burla del personaje del licantropo. Y la cosa es más seria.

  4. En mi búsqueda de información licantrópica ya van dos sitios donde me encuentro con Tomeo. ¡Tengo que leerlo ya! Aunque no sé por qué me da que va a ser un remake a la española del magnífico Denise de Boris Vian. Si no conocéis el libro, Un lobo hombre en París. Sí, como la canción de la Unión xD aunque es más bien al revés…

  5. MMmmmm es muy interesante lo que se dice aquí, mas sin embargo no puedo evitar sentirme un poco ofendido, e dedicado 5 años de mi vida al tema del licántropo y al leer el libro en cuestión: la noche del lobo de Javier Tomeo, sentí un profundo repudio por las líneas escritas en el, no solo por la espantosa forma que le dio ese ser, sino por el sino por contribuir a esa cadena de escritores que hace ver a este ser como una bestia entupida y sin raciocinio desprovista de toda inteligencia y haciéndolo ver como una burla….. Díganme fanático pero si de licantropía a de ser la defendería con mi vida

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