Los Picapiedra

Los Picapiedra. Eran una familia, sí. Eran una familia de primitivos que se parecían extraordinariamente a los norteamericanos de los sesenta, al menos a esos estadounidenses que yo había visto en tantas otras series.

Estábamos en una prehistoria muy singular. Se vestían con taparrabos, pero hasta esa indumentaria tenía diseño. Daba gusto vivir así, rodeados de aquellos lujos materiales, que eran precisamente los de comienzos de los sesenta: la misma época en la que está ambientada Mad Men.

¿Cómo eran sus vidas? He visto numerosos capítulos de Los Picapiedra y una parte de lo que creo que es el capitalismo de consumo lo descubrí primero en los dibujos animados. Regresemos a aquella época.

Su casa está en Rocadura: una zona  residencial, una inmensa urbanización de bungalows, es decir, de viviendas unifamiliares. Wilma y Pedro Picapiedra disfrutan de una comodidad material evidente. Pedro trabaja en una pedrera o cantera, pelando la montaña a lomos de un dinosaurio gigantesco. Wilma, si no recuerdo mal, ejerce sólo de ama de casa. Atiende a su maridito cuando éste regresa. Como todo el mundo sabe, el esposo es algo bruto y, por eso, suele gritar de alegría (Yabba-dabba-doo) o suele dar órdenes terminantes a su mujer: ¡Wilma, ábreme la puerta!

Son clase media americana. Compran en un hipermercado gigantesco: ah, la prosperidad de la Edad de Piedra. Tienen un autocine cercano, como habíamos visto que tenían los estadounidenses de los cincuenta. Si hay un autocine es porque disponen de coche. La rueda ya se ha inventado, por supuesto. Así es: la familia es propietaria de un coche muy aireado, una suerte de cabriolet. Me refiero al troncomóvil, una envidia para quienes viajábamos subidos en un Seiscientos.  

El troncomóvil no viene con extras pero es muy fashion. Funciona con tracción animal (los pies de Pedro), las ruedas son dos pesadísimos cilindros y la carrocería es de madera. Tiene capacidad para cuatro adultos: aparte del matrimonio Picapiedra, otra pareja de amigos, Pablo y Betty Mármol. Ah, y sus respectivos hijos: Pebbles y Bamm Bamm. No recuerdo si Dino, la mascota que hace las veces de perro y que disputa con Pedro también se sube al carro. Lo que sí recuerdo es el inmenso costillar que les sirven cuando se disponen a ver una película en el autocine.

Todas mis dudas podrían despejarse con un simple click, buscando en Internet. Pero no quiero: lo que deseo es evocar aquella serie a partir del recuerdo infantil, aquello que me asombraba. El día en que llegó la ducha a mi casa fue un acontecimiento doméstico. Por fin se había acabado el aseo en el barreño. Los Picapiedra llevaban desde el principio con ducha, con ducha… de mamut. Lo mismo podría decir de otros bienes de consumo.

El tocadiscos, por ejemplo. El día en que me lo compraron yo estaba en la primera adolescencia, a comienzos de los setenta. Lo recuerdo muy sesentero: con plásticos rojo y beige. Monaural, por supuesto. Ni siquiera tenía un mueble especial para el aparato. Cada vez que quería escuchar un single (por ejemplo, Alone again, naturally, de Gilbert O’Sullivan), tenía que ponerlo encima de la mesa camilla. Lo hacía con miedo y con tiento, pues siempre estaba preocupado por la aguja. Temía romperla o que grumos de pelusilla la dañaran. En casa de los Picapiedra, el tocadiscos era un cacharro obvio, uno más, y la aguja del trasto era, por supuesto, el pico de un ave. Y así una cosa y otra…

Todo muy confortable, ya digo. Lo que no recuerdo es si los Picapiedra iban al templo. Me parece que no, aunque ahora que lo pienso para qué iban a ir a misa si aún estaban en plena evolución. Sin ir más lejos: Rocadura era, al menos para mí, un vestigio del Paraíso original.

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