¿El crítico español?

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Uno. El pasado 17 de octubre, Eduardo Laporte me hizo una entrevista breve. En ella me preguntaba sobre la literatura y la crítica. Laporte había escogido a varios lectores que escriben reseñas o a varios críticos que leen, no sé. Había elegido a personas que habitualmente realizan esta función pública para formularles una serie de cuestiones. El objetivo de Laporte era un artículo para el suplemento  cultural Territorios, de El Correo.

No es la primera vez que abordo este asunto y no es la primera vez que Laporte y yo coincidimos hablando de este tema. Cómo se escribe una reseña: ése fue el título de un primer post en el que con algo de broma escribí sobre la reseña y sus usos.

Ahora vuelvo –volvemos– a dialogar sobre la crítica y la literatura, brevemente, en una interviu que aquí publico entera gracias a Eduardo Laporte. Es una entrevista hecha”un poco a bocajarro”, decía él mismo. Yo creo que es una reflexión en la que quizá pueda hallarse alguna idea aprovechable.

Empieza para mí una semana dedicada a la novela, dedicada a Historia y Literatura. Actualidades de Pío Baroja, el seminario que organizamos Francisco Fuster y yo en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, de Valencia. Vendrán grandes especialistas y académicos de la RAE. También críticos y profesores. Les espero a todos ustedes.

Mientras tanto, antes de adentrarse en ese terreno, convendrá hablar  de cómo leer y cómo criticar: de cómo consignar lo que uno lee. No crean, no es fácil. Nos ocurre como a Baroja: leemos mucho y muchos, pero queda mucho más por leer. Fíjense en la pila de libros que esperan. Y fíjense en el desorden. No hay manera… ¿O sí?

.

Dos. Eduardo Laporte: ¿Detecta usted ciertos reparos en el crítico español en decir ‘las verdades a la cara’, por ejemplo, tal novela de tal escritor consagrado (pongamos un Vargas Llosa) es mediocre y no le hace justicia?

Justo Serna: No sé si puedo generalizar. No sé si se puede decir que el crítico español… ¿El crítico español? Dicho así, parece una especie, una categoría o una singularidad. O un personaje de don Jacinto Benavente. Supongo que habrá críticos y críticos, ¿no? Y sospecho que hay analistas que se extienden, que largan y que amonestan. Habrá otros que sólo puedan decir ditirambos. Yo no soy partidario del elogio (libro magnífico, volumen espléndido, obra gigantesca…); tampoco del reproche. De lo que soy partidario es del razonamiento, de la argumentación. Y, si se puede y hay luces, de la gracia, de la donosura y de la guasa.

E. L.: ¿Hay cierta tendencia hacia el estilo cultista, con no poco espacio para el lucimiento enciclopédico del crítico, que al final rehúye una de las cuestiones que no deberían olvidarse en toda crítica: la de guiar al lector y animarle o prevenirle de tal o cual lectura?

J. S.: ¿Una cierta tendencia al estilo cultista? Uf, dicho así, da miedo. ¿Los críticos procuran lucirse enciclopédicamente? Supongo que no, pues todavía hay restricciones en muchos medios: las reseñas para un periódico en papel, por ejemplo, aún tienen equis caracteres con espacios. Es decir, que el crítico no puede escribir lo que se le antoje. O simplemente no debe gastar mucho tiempo en una tarea mal pagada. Creo que la mejor crítica es aquella que nos induce, que nos despierta, que nos informa y que nos sugiere. Una reseña debería concebirse como si fuera lo último que quedara de su autor o lo último que quedara de la obra glosada: un documento que nos enseña (docere) y un monumento que nos advierte (monere).

 E. L.: ¿Qué grado de implicación personal puede permitirse el crítico? ¿En qué modo puede dejar entrever un ‘me ha gustado’ nítido? ¿Es eso una virtud o un demérito? ¿No se excede el crítico (pienso en Carlos Boyero) cuando pone ‘de vuelta y media’ una obra (la última película de Almodóvar) por razones a veces tan arbitrarias como que no le guste el cine de tal director o que simplemente le tenga antipatía?

J.S.: Me incomoda cuando un crítico expresa sin más sus preferencias personales (me gusta, no me gusta). Creo que la crítica es el arte de la argumentación y de la apostilla. Ha de ser didáctica y sin pesadeces. Y ha de ser informativa sin alardes eruditos. Deberíamos escribir las reseñas como si nuestro lector no tuviera interés alguno en leernos. Y deberíamos decir las cosas sin dar nada por supuesto, sin sobreentendidos. Hay que captar la curiosidad y hay que mantener la atención de los destinatarios. A una reseña le pido lo mismo que a una solapa o a una leyenda de contracubierta: yo debería enterarme y hacerme una cultura con ese texto breve e inspirador. Decía Groucho Marx que cuando era joven y pobre  muchas veces iba a las librerías para así hacer de lector gorrón. Vamos, para no gastarse un duro. Con cuatro cosas y una buena referencia debía hacerse una idea cabal de este o de aquel libro. He seguido su ejemplo: me recuerdo en alguna librería grande leyendo gratis. Groucho se hizo una cultura. Yo no aspiro a más: mi sueño es hacerme una cultura general leyendo y escribiendo reseñas.

Tres. Leyendo libros y escribiendo reseñas: no aspiro a más. Leer libros dispares, para luego reseñarlos: para después reflexionar sobre ellos hallando parentescos. Los fijo, me sobrepasan y en alguna medida eso me sirve para olvidarme de ellos. Leo libros para saber más, sí; pero sobre todo leo para perderme a mí mismo, para no quedarme en lo que creo saber. Leer te cura de la soberbia.

Por eso me sorprenden las personas cultas muy pagadas de sí mismas. Me sorprenden las personas que administran sus conocimientos -siempre breves- leyendo poco. Más aún si encima lo dicen con ufanía. De ese fardo escaso sacan poco lastre, un peso menor del que están orgullosas. Eso que han leído les sirve para confirmarse. ¡Qué aburrimiento! Yo leo para no tratar con el mismo tipo previsible que soy: ya me conozco. O eso creo.

 Nunca he aprendido nada sistemáticamente, escribí aquí en un pasado post.  Es cierto. Así es. Ir de un libro a otro sin línea establecida, sin un plan rígido: como mucho, sabiendo cuál es el siguiente volumen que voy a leer. Estoy seguro del resultado. Esa obra me producirá una impresión, favorable o desfavorable. O simplemente abrirá posibilidades que ignoraba o que yo mismo tenía adormecidas. Es entonces cuando me veré obligado a cambiar de rumbo, alterándose así el plan que me había trazado.  

Cuatro. La Semblanza de Pío Baroja (2011), de su sobrino Julio Caro Baroja, ahora editada por ediciones 98 es una filigrana, como esas pequeñas obras que destacan por su honesta sencillez. Perdonen la imagen tan cursi. Es un libro que aún tenía pendiente y que el seminario de la UIMP me ha hecho leer. 

Mi disfrute es inconmensurable. Puestos en materia, voy a contradecirme: es un libro magnífico, es un volumen espléndido, es una obra gigantesca. Julio Caro Baroja tenía el don de la observación irónica y descreída; tenía la habilidad para distinguir lo obvio o lo fundamental (que tantos no ven) y sabía expresarlo con claridad y lucidez.

Admiro la ironía del autor: sabe hacer de Pío Baroja un tipo contradictorio, interesante, peculiar; y sabe describir con brevedad y soltura lo que pensaba el tío y lo que su familia, puritana y bohemia, le dio. Ya los habíamos visto en Los Baroja (reeditado en 2011), pero vale la pena volver: una página de Julio Caro Baroja es siempre una cortesía con el lector.

Describe a su tío como lo que fue: un crítico español. Sí: alguien que observaba minuciosamente, que escrutaba lo real, que desmenuzaba lo que veía. Ese gran fardo de vivencias pasaba después por el cedazo de la creación, por el filtro de la literatura. ¿El resultado? Una galería de tipos extravagantes y a la vez españoles: una España que tanto apenaba e interesaba a don Pío…

Cinco. Del 2 al 4 de noviembre hablaremos en Valencia sobre Historia y Literatura. Ya lo he dicho repetidamente. Es un seminario de la UIMP, de Valencia. Lo organizamos Francisco Fuster y yo mismo. Es un motivo espléndido para calcular el peso de Pío Baroja en la historia literaria española.

Pero es también un motivo para comprobar su universalidad. Baroja no fue un escritor castizo leído en otro tiempo: no es una pieza arcaica. Es un literato portentoso, capaz de examinar con clarividencia los males perdurables de España: los de su época y los que aún nos aquejan.

Pero don Pío fue también un narrador capaz de encandilar, de entretener. Por eso, no hay tedio en sus páginas. Alguien que admiraba a Charles Dickens o a Joseph Conrad, por ejemplo, no podía escribir descuidadamente. Era un novelista ducho y la perspicacia de sus observaciones aún sorprenden.

¿Qué podemos hacer los historiadores ante sus ficciones? ¿Las descartamos como meras invenciones? ¿Las tomamos como reflejo de la España real? Lo que historiadores y lectores deberíamos hacer es releer sus páginas para saber lo que es escrutar y contar. Como médico que fue tenía ojo crítico o clínico; sabía diagnosticar y captar lo esencial tras la apariencia pedestre de las cosas. Quién pudiera…

http://www.uimp.es/blogs/valencia/2011/10/26/la-uimp-valencia-recuerda-a-pio-baroja-en-el-centenario-de-el-arbol-de-la-ciencia/

10 comments

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  1. Eduardo Laporte

    Me gusta el periodismo como medio de aprendizaje. Ejercer el periodismo para aprender; eso me lleva a veces incluso a tener que dosificar mis artículos, porque siento que si no no los asimilo, interiorizo bien. Y esto va en detrimento de mis ingresos, claro.

    He aprendido con este reportaje, que saldrá seguramente el sábado que viene, 5 de noviembre, en los medios impresos de Vocento. Sirva este post como aperitivo. Entre las cosas que he aprendido, o que igual sabia pero no había dado forma, es la de que la crítica puede ser un género, o debe ser un género, en si mismo. Enriquecedor per se. “Mi sueño es hacerme una cultura general leyendo críticas y reseñas”, viene a decir Justo Serna, cosa en la que coincido muy mucho. El problema es que hay mucha crítica torrante que parece olvidarse del lector en pos, por ejemplo, de una ostentación de los muchos saberes que el crítico posee.

    El crítico debe acercarse, opino, a la obra criticada con intención de aprender, lo mismo que el lector de la obra criticada, al acercarse a la crítica. Una vez el crítico ha aprendido, debe esforzarse por transmitir esos conocimiento en el texto crítico. Y, de paso, valorar esa obra, colocarla en un contexto, e invitar o no a su lectura.

    Algo de esto, creo, es ir por el buen camino.

  2. jserna

    Agradezco a Eduardo Laporte el cariñoso comentario y la deferencia de preguntarme, de entrevistarme. En la glosa que figura arriba comete una simpático lapsus. Me atribuye algo que vengo a decir pero que no digo. Perdonen esta hermenéutica casera, pero me divierte.

    Señala Eduardo Laporte: “…“Mi sueño es hacerme una cultura general leyendo críticas y reseñas´´, viene a decir Justo Serna, cosa en la que coincido muy mucho”. Es curiosa la frase que Laporte me entrecomilla: dicho así parece que aspiro a leer reseñas. ¿Y Libros?

    Por supuesto, el lapsus –como muchos lapsus que cometemos– es creativo y estimula. Pero lo que yo quería decir no es lo que infiere Laporte. No es exactamente como él lo indica. Lo que digo en el post es: “mi sueño es hacerme una cultura general leyendo y escribiendo reseñas”. La frase mía es más ambigua. Hacerme una cultura leyendo y escribiendo reseñas puede significar dos cosas:

    -Leer libros y escribir reseñas de esos libros leídos.

    -Leer reseñas y escribir reseñas.

    Bueno, en cualquier caso, aspiro a hacerme una cultura general. Lo que de pequeño llamábamos una cultura general. Por eso leo con placer a Laporte.

  3. Sigue

    Tres. Leyendo libros y escribiendo reseñas: no aspiro a más. Leer libros dispares, para luego reseñarlos: para después reflexionar sobre ellos hallando parentescos. Los fijo, me sobrepasan y en alguna medida eso me sirve para olvidarme de ellos. Leo libros para saber más, sí; pero sobre todo leo para perderme a mí mismo, para no quedarme en lo que creo saber. Leer te cura de la soberbia.

    Por eso me sorprenden las personas cultas muy pagadas de sí mismas. Me sorprenden las personas que administran sus conocimientos -siempre breves- leyendo poco. Más aún si encima lo dicen con ufanía. De ese fardo escaso sacan poco lastre, un peso menor del que están orgullosas. Eso que han leído les sirve para confirmarse. ¡Qué aburrimiento! Yo leo para no tratar con el mismo tipo previsible que soy: ya me conozco. O eso creo.

    Nunca he aprendido nada sistemáticamente, escribí aquí en un pasado post. Es cierto. Así es. Ir de un libro a otro sin línea establecida, sin un plan rígido: como mucho, sabiendo cuál es el siguiente volumen que voy a leer. Estoy seguro del resultado. Esa obra me producirá una impresión, favorable o desfavorable. O simplemente abrirá posibilidades que ignoraba o que yo mismo tenía adormecidas. Es entonces cuando me veré obligado a cambiar de rumbo, alterándose así el plan que me había trazado.

    Cuatro. La Semblanza de Pío Baroja (2011), de su sobrino Julio Caro Baroja, ahora editada por ediciones 98 es una filigrana, como esas pequeñas obras que destacan por su honesta sencillez. Perdonen la imagen tan cursi. Es un libro que aún tenía pendiente y que el seminario de la UIMP me ha hecho leer.

    Mi disfrute es inconmensurable. Puestos en materia, voy a contradecirme: es un libro magnífico, es un volumen espléndido, es una obra gigantesca. Julio Caro Baroja tenía el don de la observación irónica y descreída; tenía la habilidad para distinguir lo obvio o lo fundamental (que tantos no ven) y sabía expresarlo con claridad y lucidez.

    Admiro la ironía del autor: sabe hacer de Pío Baroja un tipo contradictorio, interesante, peculiar; y sabe describir con brevedad y soltura lo que pensaba el tío y lo que su familia, puritana y bohemia le dio. Ya los habíamos visto en Los Baroja (reeditado en 2011), pero vale la pena volver: una página de Julio Caro Baroja es siempre una cortesía con el lector.

    Describe a su tío como lo que fue: un crítico español. Sí: alguien que observaba minuciosamente, que escrutaba lo real, que desmenuzaba lo que veía. Ese gran fardo de vivencias pasaba después por el cedazo de la creación, por el filtro de la literatura. ¿El resultado? Una galería de tipos extravagantes y a la vez españoles: una España que tanto apenaba e interesaba a don Pío…

  4. horacio

    Nunca he aprendido nada sistemáticamente, escribí aquí en un pasado post. Me llevó a leer esa nota sobre Canetti que algún momento lei y había olvidado. Un inventario de la biblioteca de Canetti, es un trabajo que alguien debería hacer. Dice en uno de sus libros
    Tengo que encontrar:
    W. H. I. Bleek y L. C. Lloyd
    Specimens of Bushman Folk-lor
    Desde 1944, hace dieciséis años, este libro se encuentra en mi poder. A veces he pensado que se trata del libro más importante que conozco. Aunque si se tratara de encontrar el libro que reúna las cosas más desconocidas, sería sin duda el libro más importante. Sigo aprendiendo en él, todavía no lo acabo.

    Me gusta ese remate suyo:
    Yo leo para no tratar con el mismo tipo previsible que soy: ya me conozco.

    Creo que leer se trata de eso.Un Saludo.

  5. Paco Fuster

    Para mí el “tipo ideal” de crítico español, en el caso de que esa categoría exista, es Azorín. Si pienso en la crítica literaria de calidad hecha en España, pienso, inevitablemente, en Azorín y en los centenares de reseñas que escribió durante su vida, siempre precisas en la forma y siempre elegantes en sus juicios, tratando con el mismo respeto a Cervantes y al último de los escritores españoles que nos podamos imaginar y que solo él había leído. Copio una cita suya donde explica muy bien qué creía él que debía ser la crítica:

    “La crítica debe ser una continuación, una ampliación de la obra que se examine. No se puede hacer – como pretendió Taine – de un novelista mediocre, un gran novelista; pero frente a la obra bella, realmente bella, se le puede decir al lector: “Todo esto que tú no ves, está en esta obra. Examínala conmigo y verás en ella lo que hasta ahora no habáis visto. Tú, lector amigo, puedes sentir en esa obra lo que yo siento; y lo que yo siento es como un segundo plano, como una segunda realidad de esa obra. Dame la mano, y, cordialmente, henchidos de efusión bondadosa, pasearemos por los dominios espirituales creados por el autor”.

    Azorín, “La crítica y la conciencia colectiva”, en ABC, 21-IV-1921.

    ———————–

    Sobre el clan barojiano diría muchas cosas, pero no digo nada, de momento. Lo diremos en la UIMP, en esta semana barojiana que ahora empieza.

  6. jserna

    Elias Canetti fue a su modo un tipo huraño y observador, extravagante y puritano. Fue gran lector y un solitario contumaz. Me agrada esa referencia y esa insistencia de Horacio cuando citamos a Baroja. Traje a Canetti porque suscribo y me aplico su afirmación: ésa de que nunca aprendí nada sistemáticamente. Los casos de Canetti y Baroja son muy distintos, sin embargo.

    ¿Y qué decir de Azorín, uno de los pocos amigos literatos de Baroja? Su prosa es precisa y es un encanto. Leía generosamente y con sutileza de experto. Francisco Fuster tiene dos libros-antología de Azorín en prensa. Ya ven Fuster…

  7. Sigue

    Cinco. Del 2 al 4 de noviembre hablaremos en Valencia sobre Historia y Literatura. Ya lo he dicho repetidamente. Es un seminario de la UIMP, de Valencia. Lo organizamos Francisco Fuster y yo mismo. Es un motivo espléndido para calcular el peso de Pío Baroja en la historia literaria española.

    Pero es también un motivo para comprobar su universalidad. Baroja no fue un escritor castizo leído en otro tiempo: no es una pieza arcaica. Es un literato portentoso, capaz de examinar con clarividencia los males perdurables de España: los de su época y los que aún nos aquejan.

    Pero don Pío fue también un narrador capaz de encandilar, de entretener. Por eso, no hay tedio en sus páginas. Alguien que admiraba a Charles Dickens o a Joseph Conrad, por ejemplo, no podía escribir descuidadamente. Era un novelista ducho y la perspicacia de sus observaciones aún sorprenden.

    ¿Qué podemos hacer los historiadores ante sus ficciones? ¿Las descartamos como meras invenciones? ¿Las tomamos como reflejo de la España real? Lo que historiadores y lectores deberíamos hacer es releer sus páginas para saber lo que es escrutar y contar. Como médico que fue tenía ojo crítico o clínico; sabía diagnosticar y captar lo esencial tras la apariencia pedestre de las cosas. Quién pudiera…

    http://www.uimp.es/blogs/valencia/2011/10/26/la-uimp-valencia-recuerda-a-pio-baroja-en-el-centenario-de-el-arbol-de-la-ciencia/

  8. aleskander62

    Pío Baroja, gran novelista. El árbol de la ciencia, La nave de los locos, La ciudad de la niebla… Excelente narrador. Sus historias hacen eses, van y vienen, pero siempre se siguen con mucho interés.

  9. jserna

    Sr. aleskander62, ¿las historias de Baroja hacen eses? Nunca lo habría dicho así, la verdad. Curioso.

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