El mundo se hunde

Cero. De un tiempo a esta parte, acudo al cine temiéndome lo peor. Que cuando salga todo se haya agravado. Pero temiendo también que se alargue mucho, muchísimo, el metraje de las películas. Si exagerara, diría que ya no se estrenan films de hora y media. Ahora, es como si la duración  fuera una huida y una ostentación. ¿Queríais cine y escapismo?, parecen decirse los productores. Pues lo vais a tener: minutos y minutos de metraje, que para eso cuesta tanto rodar una película. Además, ahí fuera, en la calle está lo real: todo son accidentes y catástrofes… O, según decía Julio Cortázar en La noche boca arriba: “…como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse”. He visto recientemente tres películas nada aburridas. En la calle era peor: del exterior llegaban noticias tan desalentadoras. Quizá por eso, el metraje era larguísimo y consolador. Quizá por eso me quedé.

Uno. Por ejemplo, Blancanieves (2012), de Pablo Berger. La película española es original: no por el uso del blanco y negro, sino por la historia castiza y universal que el director nos presenta. Mezcla el cuento de los enanitos con la tauromaquia y todo ello con múltiples referencias cinematográficas y literarias. Sin ir más lejos: Freaks (1932), de Tod Browning. Pero no es un simple homenaje, no. Es más: la película recrea un espectáculo español muy racial que aún estaba vigente cuando yo era niño, los enanos toreros. Era un evento menesteroso de un país pobretón y triste.

Pues eso sale de nuevo en el film y la historia convence: una chica que torea en una España de época y de machos; una chica que, además, redime el buen nombre del padre, también torero. El mundo se le hunde, pero ella se repone. Desde Telémaco, los jóvenes se hacen adultos, se hacen maduros, restaurando el buen nombre del padre. Aquí es la chica quien ha de comenzar un periplo y quien ha de librar batallas contra la inevitable madrastra, una Maribel Verdú astifina. El film es ciertamente original y persuade con múltiples recursos: al menos, a quienes ya no somos niños e incluso a quienes las corridas de toros nos parecen una afrenta o un anacronismo. A la película, bella y formalmente cuidadísima, le sobraban veinte minutos.

Dos. Por ejemplo, Lo imposible (2012), de Juan Antonio Bayona. Ya saben: una historia inspirada en hechos reales sucedidos en el momento del tsunami asiático de 2004. Una familia lucha bravamente contra la naturaleza y sobre todo contra los vestigios de una civilización que son obstáculos más que auxilios. Los pecios de aquel gran naufragio son la base con la que reconstruir la vida, pero los restos que quedan, objetos materiales arrasados y miles de muestros y heridos, son peligrosos. El mundo se hunde, todo marcha a la deriva y no hay orden humano que ciña, no hay fundamento. La familia, si es que sobrevive, ha de reconstruir los lazos primarios y una existencia digna, decente.

El film es ciertamente espectacular (como el cine de catástrofes de los años setenta) y despliega un ternurismo moderado: la influencia de Steven Spielberg es patente en los niños valientes, en el padre obstinado y sobre todo en la madre coraje, María. El relato es muy concreto, pero a la vez permite extaer lecciones sobre la vida, enseñanzas metafóricas. Pues bien, la película es larguísima. A mi juicio le sobran también veinte minutos o más. Ya sé que las catástrofes duran y que sus efectos se prolongan a lo largo del tiempo, pero quien idea una historia no está obligado a extenderse sin contención alguna. La ficción y la vida no se parecen.

Tres. Por ejemplo, Skyfall (2012), de Sam Mendes. Sí, ya lo saben, la última película de la saga OO7. Cuando acudes al cine para deleitarte con James Bond sabes a lo que vas. No puedes pecar de inocencia diciéndote: esto es increíble, qué sagaz y musculoso pintan siempre a OO7. El agente Bond ha de reconstruir el MI6 y, de paso, el mundo. Ha de viajar a lugares remotos y ha de tener trato carnal con mujeres exóticas. Ha de sobrevivir a las asechanzas de malvados de gran perfidia. Y, en fin, ha de hacer alarde de su cuerpo mineral y de sus adminículos técnológicos. Daniel Craig tiene ya una edad y Bond está muy maleado, pero quien tuvo retuvo. Por eso, la película despliega recursos visuales y argumentales de mucho rumbo: con unos créditos ciertamente pop y psicodélicos de inspiración psicoanalítica, incluso. Por otra parte, OO7 ha de regresar a su Escocia natal. Allí veremos qué fue de su infancia, lugar penumbroso al que siempre se vuelve para saldar cuentas. Etcétera.

Y todo esto que ocurre tiene como contrapunto a Silva, un villano refinado y amanerado a un tiempo. Tiene ideas: muy malas ideas. Lo interpreta, ya saben, Javier Bardem y su histrionismo está bien justificado: ha de hacer repulsivo y odioso a quien es un espejo deformado de Bond, su némesis y su caricatura. Toda la película tiene tientes freudianos y la música que, como siempre, pone énfasis y sofisticación. Al film le sobran otros veinte minutos, como mínimo. Pero ya estábamos avisados: si los créditos iniciales, que son un prodigio de refinamiento y kitsch, se extienden, ¿por qué no habría de alargarse una historia de gran presupuesto en la que el MI6 se nos hunde…? 

Qué cosas. El mundo se hunde, sí. Y yo, nada heroico, sobrevivo en el cine esperando que la ficción aún no acabe. ¿O era al revés?

7 comments

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  1. jserna

    Resulta simpática y algo forzada la pose de Daniel Craig. Las americanas, que lleva siempre abotonadas (como es preceptivo en la elegancia masculina), se le abren: tan sobresalientes son sus pectorales (es decir, que sobresalen). Por otra parte, la posición de las piernas es tosca, deliberadamente rústica, casi texana. Es rasgo de masculinidad y es una manera de estar en el mundo: las piernas bien separadas para tener buen punto de equilibrio. Y ese rostro pétreo, de suma desconfianza…

  2. Marisa Bou

    Egoístamente, le diría que menudeara más sus críticas de cine: dado que voy muy pocas veces, me gustaría disponer antes de su criterio, que considero buena guía, para elegir mejor aquello que veo.

    Vista “Blancanieves”, de la que ya le expresé mi opinión, es posible que vaya a ver “Lo imposible” -valga la redundancia- pero no estoy tan segura de querer ver la “nueva de Bond”, puesto que Daniel Craig no me gusta absolutamente nada (donde esté Sean Connery…) aunque, por otra parte, lamentaría no ver la actuación de Bardem, a quien sí admiro.

    Bueno, disculpe mi atrevimiento y gracias por el servicio.

  3. David P.Montesinos

    Querida Marisa, como el blogger ha cambiado ya su post no voy a insistir, que bastante pesado me he puesto antes. La cita de Tony Judt, que yo saco de su contexto -cosa inevitable- no es exactamente desesperanzada ni universaliza la situación que describe como si fuera aplicable a cualquier socialista. Describe una amenaza que se cierne ya desde hace tiempo sobre la social democracia; tampoco yo creo, espero que no se haya entendido de esa forma, que siendo socialista uno esté sólo abocado a esa “política” en el mal sentido, entendida como simple juego de codicia y poder. Coincido en todo lo demás, excepto quizá en lo del espíritu asambleario: creo que es oportuno siempre, también ahora, quizá ahora más que nunca. Me parece que es ésta la mejor enseñanza del 15-M. Lo de que “los socialistas no leen” es una maldad, y a usted se la voy a aplicar menos que a nadie, faltaría más. Creo que hay una tendencia en la izquierda moderada a no considerar suficientemente a autores como Naomi Klein, que se esquivan por su supuesto radicalismo. Ser hoy socialista, querida Marisa, me parece hoy tremendamente radical, siempre y cuando se sea plenamente consecuente con ello.

  4. teresa

    Comentario sobre comentario, gota sobre gota, En referencia a la reconstuccion de los lazos primarios y a una existencia digna y decente a la que alude en la critica de Lo imposible; ¿ que es esa reconstruccion de lazos primarios en torno a la familia, sino la busqueda de una dignidad que nos eleve por sobre el mundo animal?

  5. Alejandro Lillo

    ¿A qué se deberán esos veinte minutillos extras? A la última película que fui a ver, “Amor bajo el espino blanco”, también le sobraba ese mismo tiempo. Veamos: si “Blancanieves” dura 90 minutos y le sobran 20, si “Lo imposible” dura 107 minutos y le sobran por lo menos 20… la cosa se quedaría en lo que dura un capítulo de Mad Men, más o menos. Menos morralla. Mejor ir al grano. Ya lo dijo Gracián.

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