Arturo Pérez-Reverte [2013]

Nació en Cartagena, España, y ya no paró. Fue periodista de calle y de trinchera mientras a su lado silbaban las balas, los proyectiles.

Algo de esto, pero muy fabulado, lo describía años atrás en Territorio comanche, después de haber ejercido de reportero de guerra hasta 1994.

En la televisión española fue él quien puso de moda los chalecos multibolsillos. Modelo Panamá Jack. De color caqui y así…

Si estás en un conflicto bélico, nada como disponer de muchos bolsillos para llevar todo lo imprescindible. Y bien abotonado.

Su imagen era la de un tipo aguerrido, atrevido, con una voz muy varonil: eso sí, en contraste con su aspecto de buen chico, muy aniñado, que le daban unas inmensas gafas redondas.

Ahora ya no lleva lentes, se mantiene delgado y viste como pijo informal, casual, con sus chinos, sus guerreras de cuero, con sus abrigos de buen paño.

Posa con estilo, desganadamente, recostándose en la pared, como si sus hombros debieran cargar con un fardo de años, quizá de siglos.

Le gustan lo bronco, lo masculino, lo incorrecto. Eso al menos dice él o así es por lo menos cómo se presenta.

Tras abandonar TVE dando portazos y haciendo aspavientos, Pérez-Reverte se dedicó por entero a la literatura, a escribir novelas, un género que ya había probado con éxito de público.

Ahí empezó su época más prolífica y popular. Comenzó la serie del Capitán Alatriste, que le confirmó como habilidoso creador de lenguajes y situaciones, lances y personajes siempre en ritmo vertiginoso: como en los folletines del siglo XIX.

Para escribir estas novelas, las de Alatriste y las de otros temas y protagonistas, se documenta, buscando la fidelidad contextual, la verosimilitud, aunque muchos de sus personajes tiendan a la superficialidad emocional.

Él tiene una idea política de España que suele repetir en sus novelas históricas, es una concepción muy simple y épica pero a la vez muy productiva:

-hay un pueblo, noblote, corajudo y semianalfabeto, que en sus mejores momentos se levanta con brutalidad, con tosquedad, con huevos, contra el mal gobierno y contra los intelectuales amariconados y traidores.

En su seno aparecen héroes probablemente incultos, pero rectos, honestos, varoniles, gentes que se arriesgan y gentes en las que se puede confiar.

Con el tiempo, Pérez-Reverte ha llevado a la vida real y a los medios de comunicación esta idea tan sencilla.

Él mismo ha adoptado un papel público muy vistoso: insiste en que no se vende, en que habla alto y claro, y en que no le importa ser sonante y arrogante, de palabra acerada y de injuria justificada. No le importa.

Es más: se hace el golfo y el humilde.

Dice estar a vuelta de todo, carente de buen tono y de misericordia, como si él fuera juez y parte.

Habla con desprecio y con estrépito, porque él dice no humillarse en tierra de cobardes. Se pone serio, incluso muy grave y severo.

Pero sólo cuando él decide que hay que hacerlo. Entonces perora y nos sotanea: nos da una tunda verbal. El mundo es una guerra.

Así, reprocha a los doctos la cátedra de la que viven. Destina su crítica acerba al sistema educativo, responsable de que los españoles no tengan el nivel cultural que él efectivamente tiene.

A los universitarios les afea su servilismo: a él el título no lo ha formado (a pesar de sus estudios de periodismo, etcétera); a él lo ha hecho la universidad de la vida, de la guerra y de la calle.

Eso dice. Ha estudiado por su cuenta, ha leído lo suyo, se ha documentado con saberes que a los listos no interesan.

¿Y a los políticos? A los políticos les reprocha su egoísmo o su sectarismo. Con su verbo los ultraja.

Y a veces los agasaja rudamente: como a Esperanza Aguirre, que le financió una Exposición patriótica, una instalación histórica de mucha simpleza.

Se fotografió con ella ufano y satisfecho de su españolismo de salón.

Se imagina solitario, ajeno a las capillas, independiente, siempre a punto de irse. Se imagina erudito, diciendo verdades como puños.

Sabe que sus declaraciones sorprenden a muchos seguidores impresionables, gentes que admiran la crudeza de su boca o la sutileza de sus vergajos en Twitter.

Escribe mejor que analiza, narra mejor que examina, entretiene más que educa.

Cuando aparece la nueva obra de un autor celebrado, un período de promoción vuelve a empezar.

El escritor es requerido. Hay que hacer presentaciones. Hay que viajar aquí y allá para crear noticia, para dar imagen y palabra a lo que es un objeto ya consumado, cerrado: el libro.

Arturo Pérez-Reverte dedica meses a la aparición de su nueva novela. Regresa, pues, a la realidad.

Todos los medios son buenos para provocar el mayor efecto. Uno de esos recursos es la entrevista: numerosas declaraciones del autor para juzgar, evaluar, dictaminar y sintetizar sobre hechos próximos o ajenos a la novela, sobre España o este mundo en guerra.

En el caso de Pérez-Reverte, el interés del público aumenta por su estilo expresivo: deliberadamente acanallado, adoptando una posición que él juzga atrevida o talentosa.

Debemos pedirle que no regrese a esta vida ordinaria y cobarde: que se quede en sus mundos de ficción, verosímiles y viriles, y que allí imagine y se imagine, que se desdoble en situaciones y en personajes que son él.

No, no: que son como él querría ser. Son mundos que compensan y consuelan. Allí no duelen las balas ni las cornás.

—-
Fotografía EFE

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