Dios mío

Uno. Hace un tiempo me preguntaba por Dios. Por Dios y las catástrofes. La pregunta me la planteaba cuando veía en la televisión las calamidades públicas y los cataclismos de ciertos países del Tercer Mundo. Los hechos, vistos en televisión, nos perturban y nos hacen interrogarnos sobre el propio medio, sobre la pequeña pantalla, un discurso que, por una parte, retrata nuestro hedonismo (al menos, el deseado), nuestra cieloligereza existencial.

Y, por otra, sin interrupción, nos contraría y nos trastorna con las imágenes de un mundo rebosante de dolor y de catástrofes, de guerras y de muertos civiles, un mundo en el que no siempre podemos responsabilizarnos del mal que contemplamos y ante el que muchos sentimos estupor e impotencia: los ateos, también.

Los ateos –que estamos condenados ya de antemano– somos, sin embargo, gente sensible y nos preguntamos, con todo respeto, por Dios, por el Dios de los pakistaníes, por el Dios de los guatemaltecos, por el Dios de los israelíes, por el Dios de los libaneses.

¿Dónde está el Sumo Hacedor cuando los cataclismos aumentan el daño o la muerte de los inocentes? Me lo preguntaba y no pretendía ser original, desde luego que no. Luego, en los últimos meses y semanas he visto que también desde el lado confesional repiten una pregunta muy antigua, en ocasiones incluso formulada en segunda persona, tuteando a la Providencia. El Papa, el Arzobispo de Valencia, José Bono… son algunos de los últimos que se han atrevido a interpelar a Dios preguntándole sobre el Holocausto, sobre los muertos de Metro valenciano o sobre el horror infligido en el 36.

En los siglos XVII y XVIII, en un ambiente originariamente jansenista, al Ser Supremo se le tenía por ‘le dieu caché’: así tituló Lucien Goldmann una célebre obra, que en castellano se tradujo como El hombre y lo absoluto (1955). Se le tenía como a ese Sumo Hacedor que dejaría a los hombres actuar, equivocarse o acertar, obrar piadosamente o incurrir en el pecado.

La libertad (trágica) no sería incompatible con la distante vigilancia de un Dios que ya no sería tan irascible como el bíblico. En fin, un avance. Los hombres vivirían bajo el principio de la libertad y la Providencia no sería ese Ser entrometido e indignado de otros tiempos. Resulta, como digo, un avance que los individuos pudieran hacer así las cosas, sin verse gobernados bajo la férula tiránica del Dios del Antiguo Testamento.

Sin embargo, ya para entonces lo que no resultaba fácilmente explicable era el silencio de Dios ante los desastres que infligen daño gratuito a cientos, a miles de seres humanos, desastres que incluso podían imputarse a quienes lo invocan o a él mismo, a la Naturaleza desatada.

Ya sé que éste es un viejo argumento de los ateos. Ya lo sé: un argumento que se remonta al desastre de Lisboa en 1755 y a la pregunta clásica de Voltaire sobre si los lisboetas merecían mayor castigo por sus vicios que los parisinos o los londinenses. ¿Qué Dios es ese que permitía dicho horror?

Pero esa pregunta voltaireana que hacemos muestra nuestras carencias: si la pensamos bien, la demanda que Jesús formula a Dios cuando agoniza en la Cruz, cuando no se explica su silencio o aparente apatía: Padre, ¿por qué me has abandonado?

Para los teólogos el presunto abandono prueba la grandeza de Dios, que quiere compartir con los hombres su dolor, el daño que ocasiona ver el sufrimiento y la pérdida del hijo. Y prueba también la libertad que deja a los individuos para obrar el bien o el mal. La cuestión que formula Cristo expresa, sin embargo, el horror de la humanidad doliente y lo que parece su mal tono, su primera incomprensión, es desde el punto de vista confesional una especie de arrogancia frente a Dios, cuyos designios serían en efecto inescrutables.

Por eso, me extraña que los creyentes (con el Papa a la cabeza) sigan formulando esta pregunta, que es la de quien parece sentirse incómodo con la libertad humana para dañar, para matar, para destruir. Prefiero, por el contrario, olvidar a Dios (al menos en este punto) y preguntarme sobre la acción de los hombres sobre sus metas y sus pesadillas.

Pues bien, una de los sueños más justificados que ha alumbrado la experiencia humana es la necesidad de un Estado de Israel, después de siglos de persecución y muerte. ¿Dónde estaban Dios o Yahvé? En Basilea, hacia 1897, los asistentes a un congreso del sionismo nombraban a Theodor Herzl líder de dicho movimiento.

Theodor Herzl había nacido en Budapest en 1860, aunque bien pronto vivirá en Viena, dedicándose a la literatura y en general a la escritura y el pensamiento. Ejercerá como corresponsal para el Neue Freie Presse cubriendo los avatares y la crisis del caso Dreyfus. Fue este hecho el que le llevará a forjar una idea sencilla pero decisiva: la creación de un Estado Judío.

¿Correspondía este objetivo, el de un Estado Judío con la vieja aspiración de recuperar Sión para los israelitas? No exactamente. La meta de Herzl no recibió el apoyo unánime y, por eso, no extraña la acusación de herético y de soberbio que le dirigieron numerosos judíos ortodoxos. Pese a que nuestro autor creía estar desarrollando una idea antigua, incluso aceptable para los creyentes, en realidad su opción política, su meta, era un objetivo reciente que no se remontaba más que a la segunda mitad del siglo XIX.

Les propongo la lectura de su obra más famosa, aparecida en 1896: El Estado Judío ( 2005). En este pasaje, el autor quiere condensar y en parte anticipar no la historia sagrada, sino la historia profana de esa parte del mundo y, al final, de nosotros mismos. Les reproduzco uno de los párrafos más señaladamente significativos.

“Palestina es nuestra inolvidable patria histórica. Su solo nombre ejercería un poder de convocatoria fuertemente evocador para nuestro pueblo. Si Su Majestad el Sultán nos concediese Palestina, nosotros podríamos comprometernos a poner completo orden en las finanzas turcas. A favor de Europa construiríamos allí una parte de la fortificación que la defendería de Asia, haríamos de avanzada de la cultura frente a la barbarie.

Como Estado neutral mantendríamos relaciones con toda Europa, que estaría en la obligación de garantizar nuestra existencia. Respecto de los santos lugares de la Cristiandad cabría buscar una fórmula de derecho internacional que estableciese su extraterritorialidad. Conformaríamos la guardia de honor en torno a los santos lugares, y nuestra propia existencia sería el garante del cumplimiento de dicho deber. Esa guardia de honor sería el gran símbolo para la solución de la cuestión judía, tras dieciocho siglos de penalidades”.

Si se fijan bien, en estas palabras no hay una presencia explícita de la Providencia y, en todo caso, ésta no estaría aquí para salvar o para condenar a quienes hacen y emprenden ideas nobles o desacertadas. Somos los seres humanos los que optamos por la cultura o por la barbarie. Aun así, todavía preguntamos: ¿Dónde, pues, está Dios?
.

Dos. Hay días en que nada te apetece, en que la simple observación de los periódicos te produce hastío y sensación de repetición, de entrega o servidumbre. Es tan evidente la realidad que transmiten los medios; es tan previsible el mundo que describen los reporteros… En vez de escribir larga, extensamente, hoy prefiero leer (¿y cuándo no prefiero leer?): esa impresión de aprendizaje y silencio, de asimilación y estudio. Leía tiempo atrás el librito de Ian Buruma y Avishai Margalit dedicado a examinar el Occidentalismo (2004); y también regresaba a ese breviario de George Steiner titulado Nostalgia del absoluto (2001). Vacío o hueco que rellenan creencias variopintas e insólitas, sistemas de gran aparato racional; oquedad que cubren nuevas fidelidades trascendentales y triviales.

I want to believe!

También leí tiempo atrás una obra de Victoria Camps y Amelia Valcárcel​ El título –prometedor– se las trae: Hablemos de Dios (2007). Me doy cuenta de lo que hay de común en dichas lecturas aparentemente incongruentes o contradictorias: el peso, el papel de lo religioso en nuestras vidas, ese delirio de trascendencia que puede llegar a ser una psicosis dañina, justamente algo de lo que les hablo a mis alumnos al tratar a Sigmund Freud.

No sé. Vengo leyendo textos sobre Dios que se deben a agnósticos reconocidos (Victoria Camps, por ejemplo) o a ateos empeñosos (Fernando Savater, del que escribí una reseña en Ojos de Papel), y me veo disfrutando de literatura fantástica, como Jorge Luis Borges decía maliciosamente. Pero me veo interesándome en la apolegética católica que ahora cobra dimensiones neoconservadoras e inquietantes en una editorial que fue pujante: Ciudadela.

Así se llama o se llamaba, nada menos. El bastión de las verdades, el dique de la increencia, el freno del relativismo. Es hasta probable que lea alguno de estos opúsculos: ¡tanto es mi interés por la literatura fantástica! De momento, me resigno a volver a Camps y a Valcárcel: es el único modo de abordar razonable y racionalmente esa figura omnipotente y omnisciente que es Dios.

¡Estoy tan ricamente, en el cielo! Les tendré informados de lo que ambas filósofas me dicen. El espejismo de Dios (2006), de Richard Dawkins, lo dejo para otro día. Aún no es recomendable: tantos libros para alternar con Dios me pueden provocar visiones teologales.

Si lees estas cosas –me escribe alguien que no me conoce bien–, es porque eres una persona religiosa. Sacaré de un error a este corresponsal, aunque lo que yo crea es, por supuesto, secundario y escasamente interesante. En todo caso, para responder me valdré de Borges.

“Los católicos creen en un mundo ultraterreno, pero he notado que no se interesan por él”, decía. “Conmigo ocurre lo contrario; me interesa y no creo”, apostillaba el argentino. A mí no me interesa especialmente la vida eterna –esa de la que trata Fernando Savater en una obra homónima–, ni tampoco creo. ¿Entonces? Lo que de verdad me preocupa es la vida sublunar, una existencia para la que no hay respuesta (así lo pienso) y a la que hay que fundamentar y organizar aceptablemente.

Por eso, ha de interesarnos la ética, el establecimiento de unos supuestos morales inmanentes a los que atenerse. Pues bien, eso es lo que Victoria Camps y Amelia Valcárcel trataban en su libro con gran finura. Procederé a releerlo.

Leer en Facebook

1 comment

Add Yours
  1. Leonardo Mulinas

    Estimado Maestro:

    Hay una canción muy bonita, melódica, al menos en su primera parte, que aprenden todos aquellos que se inician en el intrincado arte de tocar la guitarra, que es ‘Escalera al cielo’ de Led Zeppelin. Lo digo por la foto que alumbra el post.

    Cada vez que subo a un avión me acuerdo de los Zepp porque pienso que es la última vez que voy a encarar la vida, y procuro combatir mi ansiedad con malta y hielo. Estamos al albur de las máquinas, y más en el aire. Prefiero el tren o el barco: menos riesgos, más espacio y más divertido. El autobús lo odio, aunque los modernos tienen unos baños más apañados que los que montó Gürtel cuando la visita del Papa, lo que tiende a evitar enojosas paradas. Una vez fuimos la familia a Disneylandia París en avión, con 23 niños y, de reojo, un primo mío, a las 6:00 de la mañana me dijo: – “¿Ha visto eso? … Parecen realmente dispuestos a inmolarse”. Y era así, no les faltaban a los mendas ni el turbante ni las barbas de leñador afgano, ahora tan de moda.

    ¿Bono? … ¡POR DIOS! … Alguien MUY cercano ha tenido la ocurrencia de regalarme su último libro y lo he cambiado (hay que esperar la ruleta de la suerte) por el de Albert Forment ‘José Martínez y la epopeya de ruedo ibérico’, Anagrama, Barcelona, 2000. Y si no está, porque hoy en día 15 años no son nada, y mi librero ya me ha dicho que está difícil, le he pedido las Memorias de ‘Neil Young: El sueño de un hippie’, Ed. MalPaso, Barcelona, 2014. ¡JODER!, si a Bono lo único que le sale de su chola es pelo, que parece el quinto Beatle en perjuicio del malogrado George Best, ese que dijo que se había pulido toda su pasta en coches, mujeres y bebida, y que el resto lo había malgastado. En fin, hablando de libros, y para endulzar el momento, recomiendo ‘Big Time: la gran vida de Perico Vidal’, de Marcos Ordoñez, Libros del Asteroide, Barcelona, 2014, un pequeño divertimento cinematográfico con aromas cincuenteros y, cara a la noticia, ‘La Música del Diablo’, de Miguel Ángel Prieto, T&B Editores, Madrid, 2006. Al hablar de Niccoló Paganini, el famoso violinista, el autor recoge una frase del crítico de The Times que presenció su actuación, allá por la primera mitad del siglo XIX, frase que me lleva perturbando desde que la leí: “Pueden que ustedes no crean ni la mitad de lo que les estoy contando, y yo no les estoy contando ni la mitad de lo que habría que decir”. ¿Es así la crítica historiográfica? … ¿Sucede esto en pleno siglo XXI? … ¿Hay un virus que se contagia? … Desde las líneas cruzadas en este BLOG sobre ‘El País’ y la vigencia de la prensa escrita VS. la prensa virtual, cada vez me compro menos el periódico. Para qué, si la noticia la tienes al instante y, luego, todo son reiteraciones gallináceas sobre el momento (suceso político, social, económico, tragedias, fútbol, que se yo …) a nivel de prensa escrita o en visión. ¡OJO! … Lo compro menos no significa que lo lea menos. No en digital, claro, estoy en contra de la innovación VS. vista, que a ciertas edades la presbicia no perdona. Aprovecho el aperitivo para leerla y, según bares, auscultar al enemigo. Eso sin hablar de la pérdida de peso (físico e intelectual) del diario en sí y la pobreza de sus firmas.

    Vayamos con los muertos, que estamos en camino de la Semana Santa. Más que el accidente en si -el destino es el destino- me ha parecido una salvajada lo de “A ver, no hagan un drama que en el avión iban catalanes, no personas” … escupido en Twitter. No hay que remontarse a las interpolaciones de Josefo para advertir la falta de argumentos sobre la existencia de Jesús, solo hay que leer la Divina Comedia para llegar a la conclusión que el infierno es mucho más divertido que el resto de estados atmosféricos propuestos y que, además, se allí se está más calentito.

    Saludos,

    Aleardo Sforza.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s