Pepe Carvalho

Manuel Vázquez Montalbán en el recuerdo

Hace más de doce años murió Manuel Vázquez Montalbán. Falleció en un sitio exótico, en uno de sus parajes literarios, Bangkok: como si quisiera cumplir y consumar la amenaza que él mismo relató. 

Era novelista, periodista, cronista, poeta… Era un grafómano. Más que escribir, Vázquez Montalbán parecía estar escribiéndose encima. Se derramaba con la letra, se desparramaba con el discurso escrito. Sin duda, su obra inacabable era una manera de oponer resistencia a la realidad, un fluido que anegaba el mundo tan mediocre y decepcionante que le había tocado vivir. O un modo de defenderse de las ofensas de la vida obrera, tan castigada, tan maleada, de la que él procedía. 

Padeció el franquismo, pero supo escaparse leyendo y escribiendo, creando un mundo paralelo de estética alternativa. Fue pop en los sesenta y setenta y supo mezclar la alta y la baja cultura, las tradiciones populares y la exquisitez más refinada. Casi a la manera posmoderna, pasaba de doña Concha Piquer a T. S. Eliot, de la Serie Negra al Ulises, de James Joyce. Y, por qué no, a la erudición apócrifa.

 Como decía un personaje de su libro La vida privada del doctor Betriu: “las citas falsas son indestructibles sólo que consigan un mínimo de verosimilitud”. La obra de Vázquez Montalbán era eso, un centón, un florilegio de citas reales o inventadas, de culturas deliberadamente confusas.

De esa mezcla, de esas aleaciones, nació Pepe Carvalho, un personaje, un híbrido. Protagonizó numerosas novelas desde principios de los setenta. Era un detective, un ‘huelebraguetas’, un investigador privado castizo e internacional, de cultura vasta y de escepticismo incorregible. Era gallego afincado en Barcelona. ¿Un charnego? 
Quemaba libro a libro, arrancados todos de su propia biblioteca para así encender la chimenea. Era un acto soberbio y soberano, una arrogancia y a la vez una audacia. O una temeridad. Detestaba a los sabios ufanos y a los poderosos. Como dijo el propio detective en Los pájaros de Bangkok, “el mundo está lleno de seres que valen mucho, que tienen mucha cultura y que son inaguantables”.
Carvalho había sido comunista y agente de la CIA. Cuando empezamos a leer sus historias, ya estaba de vuelta, ya estaba harto, con un cinismo creciente. Era el escéptico por antonomasia.
Tenía tratos con una novia prostituta, tenía un ayudante de poca monta apodado Biscúter, tenía un amigo valenciano evidentemente llamado Fuster y alguien más. 
Nada más. Sus vínculos emocionales se reducían a este pequeño círculo. Poca cosa y poca gente. Desencantado, lastimado por la vida, intuitivo y lógico, pero también un sentimental incurable: Carvalho irá envejeciendo como detective y como hombre. 
Cuando las leí, sus historias me sirvieron para hacerme una sociología de urgencia, para bromear sobre España, una sociedad lastrada y reformada. Sus novelas me sirvieron para acceder a los clásicos de la novela negra, para comparar esas ficciones con las fábulas morales de Manuel Vázquez Montalbán. 
Sus obras y sus audacias me sirvieron para perder el miedo al academicismo, a la severidad de los sabios. Pero sus jeremiadas periodísticas y su columnismo político acabaron por aburrirme. Nadie es perfecto: he intentado releerlo y no he podido. Así de imperfecto soy. Y eso a despecho de contar entre mis libros la obra periodística completa de Vázquez Montalbán.
Cuando se cumplieron diez años de su muerte, la revista Anatomía de la historia me públicó un artículo sobre el autor y su personaje. Creo que con estas palabras que ahora leen y con las que allí dedico a ambos, manifiesto mi respeto y mi distancia, mi recuerdo ya lejano, mi hartura y un punto de nostalgia.

http://anatomiadelahistoria.com/2013/10/pepe-carvalho-y-manuel-vazquez-montalban/

Me interesaba e irritaba Manuel Vázquez Montalbán. A partes iguales: como su criatura Carvalho. Pero, ahora que lo pienso, su nivel cultural, su sobrio cinismo, su hambre de democracia me lo hacían y me lo hacen próximo y simpático, un gigante frente a tanto mediocre y avispado.

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