Rita Barberá. Las artes del plebeyismo


Estoy postrado. Hoy estoy postrado. Debería permanecer en reposo y calladito. Pero no, no me callo. Me veo compelido a decir algo sobre Rita Barberá, que acaba de fallecer de un infarto. Estoy postrado emocionalmente con el traspaso de la Sra. Barberá. Han sido años de lucha sin cuartel… 

Acompaño en el sentimiento a sus deudos, que los imagino transidos de dolor. La muerte de un pariente es desgarro y devastación. Tienen mis condolencias.

Sentí por Rita Barberá un profundo rechazo político. Desde sus maneras hasta sus convicciones o expresiones me resultaban repudiables. Practicó como nadie la fórmula política que más detesto: el populismo. O, mejor aún, el plebeyismo aristocrático. 

Como decía Ortega y Gasset en Democracia morbosa, el plebeyismo consiste en esa actitud que adopta el demócrata para simpatizar inmediatamente “con la plebe, precisamente en cuanto plebe, con sus costumbres, con sus maneras, con su giro intelectual”. Sus maneras, esa descortesía, ese halago del pueblo o del populacho, precisamente en cuanto populacho, era su modo de proceder: su modo de proceder formal.

Fue la reina de la demagogia, la valenciana que mejor supo aúnar el patriotismo de partido con la exaltación y explotación sentimental de lo propio, de lo regional, de lo comunitario. Hacía exaltación de un valencianismo ornamental y ventajista: decir lo que el valenciano de la calle cree que debe oír.

Trató a sus rivales con desprecio, con suficiencia y con desdén, actitudes que resultaban ofensivas. Se sabía poderosa y se sabía duradera. Justamente por eso se valió de todos los recursos más filibusteros y embusteros que podamos pensar para achicar a sus rivales. Entorpecía o simplemente dificultaba la labor protocolaria de la oposición. Y así pudo despreciar con aspavientos a quienes le objetaban alguna medida o algún gasto dispendioso. 

Tomó el Ayuntamiento de Valencia como un centro de operaciones, como la base de una red clientelar que le funcionó durante décadas. ¿Quiero decir que cometió delito? Lo ignoro. Yo no sé si vulneró la legalidad.

Lo que si sé es que trabajó con ahínco para devastar lo público y lo político, para hacer de Valencia una urbe permanentemente fallera, en ebullición o a punto de cremación. Como un colosal monumento dispuesto a arder. Sin duda, el mundo de las Fallas fue su plataforma más eficaz. 

Además, practicó el plebeyismo de quien se sabía superior. Esa gestualidad y campechanía de los ricos de cuna gustaba a cierto público municipal y espeso. ¿Qué vecino no se siente bien cuando su munícipe le halaga por ser eso, vecino, por ser valenciano y por amar a su tierra? 

La mezcla de una sentimentalidad regional y hortelana con los fastos de gran ciudad hizo de ella la líder que un pueblo aturdido y ávido de riquezas necesitaba. Somos gente dispendiosa y hasta fanfarrona y los eventos que ella organizó o patrocinó con el dinero de todos eran el emblema de su gestión colosal. Así se la premiaba comicio tras comicio. No sabemos si además su partido cometía fraude electoral de la que ella se beneficiaba.

He escrito numerosos artículos sobre Rita Barberá y hasta he publicado un libro titulado La farsa valenciana. No recuerdo ningún texto mío que alabara o aprobara su gestión. Lo normal es que me despachará a gusto con una figura política que empleaba ardides maliciosamente populistas y plebeyos. Sin duda, creo que esos varapalos estaban justificados. 

Pero me sorprendió siempre su capacidad para sobrevivir, para salir indemne de tanta corrupción que la rodeaba (¿y que no la afectaba?). Resulta triste acabar así pero creo que tiene un final muy acorde. Murió como vivió: con exceso y consumación.

Estoy seguro de que nos echarán la culpa a quienes durante años le afeamos la conducta. Como si fuéramos los responsables de un largo padecimiento que le habríamos infligido o agravado sus hostiles: los envidiosos, los malos valencianos, los rivales, todos enanos ante su grandeza volcánica. 

En fin, ha tenido un doloroso final, un final de opereta o de folletín. La dama de los excesos recibe su merecido, que es ambivalente: fallece cuando ya ha caído en desgracia, cuando está siendo acosada. Pero muere a lo grande.

Descanse en paz.

—-

Fotografía, Susana Vera, Reuters

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