El extraño caso de Alberto Ciurana

Nadie como Alberto. O como Al Ciurana, que era el modo en que se hacía llamar. Nadie como Ciurana, mi amigo intermitente.

Conviene repetir esta evidencia, que debería ser conocida de todos. Yo tengo mis recuerdos, he hecho algunas pesquisas, he consultado la wikipedia y alguna que otra fuente fiable.

Y hay que reiterar esta evidencia porque las nuevas generaciones suelen ignorar incluso con desdén la trayectoria de personajes públicos fracasados, los grandes estériles de nuestro pasado reciente.

Mejor dicho, ignoran a los egregios fracasados y también las vidas desgraciadas de los pequeños personajes que no lograron auparse.

Hablando de pequeñez: Ciurana era escueto de estatura, alcanzando sólo el metro sesenta y dos.

Cuando a los dieciocho años lo tallaron para el servicio militar obligatorio, un error de transcripción, o la simple torpeza del funcionario, lo elevó hasta el metro setenta y dos.

Salió contento de aquellas dependencias oficiales. A pesar de padecer de una estructura raquítica a lo largo de su vida —según pude leer en un informe médico que cierto día me mostró con impudicia—, él alardeaba de estatura.

“Tengo estatura”, añadía. “Tengo estatura moral. Transmito valores”, insistía con arrogancia, como dándole poco relieve al físico.

En realidad, según me confesó en otra ocasión, él estaba verdaderamente disgustado con su cuerpo, que le impedía encarnar papeles de galán.

Y estaba disgustado con sus escasas entendederas. He de decir que todos estos reparos que se ponía, esos agravios que le dolían, no eran cháchara diaria.

Una vez, sólo una vez, me los reveló enteramente, con detalle. En una noche de copas, de mucho trago, en el Tropical, en la playa.

Éramos ya unos talluditos y generalmente muy reservados. “Fuera inhibiciones”, me espetó aquella noche para levantar esas reservas.

¿He dicho disgustado, que estaba disgustado con su cuerpo, incluso maltrecho? Su ingenio y su repertorio no eran mejores.

Es más, eran manifiestamente escasos, sin remedio. De ahí, su ira consciente, ese desengaño que le hacía sobrellevar su condición con rencor intermitente.

“He malogrado mi vida”, me soltó con amargura aquella noche de tragos. “He sido ignorado por la mayoría de los espectadores: por mis iguales y por mis colegas”.

La verdad es que yo no sabía a qué y a quiénes se estaba refiriendo. Había conseguido llevar una vida de titiritero que le permitía tener caravana y un público que aplaudía sus actuaciones. No estaba mal.

O sí, sí que sabía a qué se estaba refiriendo.

Estábamos acodados a la barra del Tropical y el ruido facilitaba la sinceridad efectivamente desinhibida. Al no había llegado a nada, insistía. No lo desmentí.

Si lo pienso bien, entonces y ahora, prácticamente no quedan testimonios o pruebas de sus empeños. Tenía ambición y poco más.

Pero era torpe. Y era esa torpeza la que provocaba la hilaridad involuntaria de sus espectadores. Ése era su magro o su amargo triunfo.

A lo largo de su vida profesional sólo pudo participar en proyectos menores, ambulantes, con escasísima repercusión. Y ello sucedió durante un par de décadas.

En alguna ocasión se aventuró con sus propias producciones y una deficiente Compañía. Vamos, que él puso la plata: que él costeó las obras de teatro, teatrillo o varietés, que estrenaba en salas de pequeñas poblaciones.

No consiguió celebridad alguna, jamás, fuera de un circuito barato. A pesar del pomposo nombre que le había dado a su empresa, Gran Compañía Ciurana, no logró ningún éxito de relumbrón. Ningún periódico le dedicó una reseña.

Un día, angustiado por las deudas, decidió quitarse la vida dejando en la calle a compañeros y a subordinados. La función había terminado.

No sé muy bien si yo tuve que ver con el desenlace. ¿Por qué digo esto? Porque su muerte sucedió a las pocas semanas de nuestra conversación etílica en el Tropical.

Fue odiado por ello, por esa muerte rencorosa. Al menos, las esquelas y notas que algunos de sus deudos o colegas publicaron en la prensa en mayo de 1978 no reflejan cariño o buen recuerdo.

Alguien pagó esas necrológicas simplemente para ultrajarlo. Por pudor no reproduzco el contenido de esas notas. Me sorprendió que periódicos serios y formales admitieran esas muestras de inquina.

Aún me pregunto qué papel, qué personaje desempeñé en esta tragedia. Yo no pertenezco al mundo del teatro y mi amistad circunstancial e intermitente con Ciurana no justifica todo lo que sé o creo saber de su fracaso —ahora, sí— egregio. Fracaso egregio.

Sólo una vez coincidimos interpretando una obra dramática. Era en Primaria. En la Academia Cumbre, que estaba en la calle Jaca.

Dada mi envergadura, yo hacía de San José y Manuel Can, de tez cerúlea, encarnaba a la Virgen. ¿Y Al? A Al, tan pequeñito, le obligaron a ser el niño Jesús, asunto que no sé cómo lo vivió.

Al menos entonces fue el protagonista. No era un papel de galán, de acuerdo, pero tuvo a la concurrencia embelesada.

La tuvo embelesada o estupefacta con los llantos, con unos llantos y unas quejas que ya nunca lo abandonarían.

—-

Créditos: Auguste Renoir, ‘Claude Renoir en clown’, 1909. Musée de l’orangerie, París.

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