Compro oro

Aquel par de nostálgicos llevaban como hora y media rondando. Se exhibían y se exponían. En el rostro se les adivinaba incredulidad, quizá un cansancio antiguo. Era un paseíllo. Daban vueltas y más vueltas en un corto perímetro.

Ambos sorteaban a los viandantes, a esos peatones que expulsaba la boca del Metro. “Compro oro”, podía leerse finalmente en aquellos cartelones. Finalmente: de lejos, la letra pequeña apenas era visible,

Ambos paseaban a la vera de La Mallorquina. Lo hacían con escasa determinación. Como dejándose llevar. Sin duda confiaban en el gentío, tal vez atento a su aviso.

Y de paso, para reforzar el efecto, voceaban: “el oro que cagó el Moro, el oro que cagó el Moro”. ¿Resultaba incoherente?

Muchos miraban o escuchaban con aprensión esa incongruencia y a la vez se hacían los despistados. Los rostros bien que lo revelaban. Allí, esa gente sólo estaba para comerse unos bollos helados de nata con sorpresa.

Nadie ha averiguado aún en qué consiste dicha sorpresa. Todo el mundo recuerda el roscón de Reyes, ¿no es cierto? Pues aquí, frente a La Mallorquina, sucede algo parecido.

La gente, esa gente, va a lo mismo: a gratificarse y a encontrar la sorpresa. ¿Ah, pero hay sorpresa? Y de paso, un día y otro día, se tropiezan con los hombres-anuncio.

Lo de la figurita o el haba es un reclamo, claro. Y es un reconocimiento con el que se premia azarosamente al niño. Luego es también un símbolo y una señal secreta.

Símbolo y señal al menos para aquellos que se obstinan en interpretar el haba y la figurita como parte de un plan general y no como un juego familiar. El dulce es sabor, el triunfo de las papilas gustativas en el reino de La Mallorquina.

Aquel par de nostálgicos seguían voceando. “El oro que cagó el Moro, el oro que cagó el Moro”. Así lo hacían, con apenas energía. Así seguían con abatimiento, con pesimismo, con despiste.

Todo era normal, tan ordinario…, hasta que comenzó el tiroteo.

La crónica del suceso pudo seguirse con detalle en los medios. Numerosos testigos con helados en ristre confesaron a los reporteros su estupor. Estaban dispuestos a revelar detalles sorprendentemente íntimos de aquellos hombres.

Sin embargo, por lo que después averiguó la policía, nadie parecía saber gran cosa, nadie tenía una idea cabal.

La Mallorquina cerró un día en señal de luto.

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