microHistoria. Las narraciones de Carlo Ginzburg

Granada, Editorial Comares, 2019.

Antes que nada, hay que decir que sí, que Anaclet Pons y yo, Justo Serna, somos historiadores y, más concretamente, que somos historiadores dedicados a la cultura.

Podríamos decir por tanto que somos historiadores culturales. Y deberíamos decir que de Carlo Ginzburg, el egregio colega, lo hemos aprendido casi todo.

Como decíamos en un ensayo publicado por el editor Akal (La historia cultural), la cultura no es sólo la gran creación. La cultura no es sólo el conjunto de las obras eximias que definen y elevan el espíritu el humano, aquellas obras que nos conmueven y que permanecen durante siglos.

La cultura incluye también lo perecedero, lo bajo, lo sublunar, lo pecaminoso, lo obsceno y hasta lo mezquino o desechable. Lo popular.

El historiador cultural no se dedica a escribir la historia de la literatura o a escribir la historia del arte o a escribir la historia del cine. Tampoco a escribir la historia del cine porno o sicalíptico. Pero se interesa por todas ellas y por otras…

En este caso, el objeto del historiador es transversal. En otros términos, pretende poner en relación distintos productos, diferentes elaboraciones humanas, variados artefactos materiales e inmateriales que son fruto del ingenio o del genio, de la reiteración o de la costumbre, del hábito o de la experiencia.

Eso es lo que siempre ha hecho Carlo Ginzburg.

¿Con qué fin? Con el propósito de averiguar su función, las funciones primarias o secundarias que cumplen. Pero también con el objetivo de examinar lo diminuto o lo grande a pequeña escala.

Con el fin de averiguar cuál es el contexto de producción, difusión y recepción de dichas obras, grandes o pequeñas. Con la meta de aclarar qué las une, qué las relaciona entre sí.

Es por eso por lo que los historiadores culturales pueden estudiar diversas produciones: una novela o un cómic, la ‘Enciclopedia‘, de Diderot y D’Alembert o un folleto publicitario, un tratado doctrinal o un prospecto farmacéutico, un film que forma parte del canon cinematográfico o un vídeo doméstico.

En realidad examinan obras, productos, que sirven para satisfacer y crear necesidades mundanas.

La cultura no es un depósito en el que se almacenen caóticamente las elaboraciones o los productos humanos. En realidad es un entramado en donde los objetos, las ideas, las concepciones y las manifestaciones de la escatología, del pensamiento o del arte tienen relación entre sí. Y ello, más allá del contexto en que se producen y más allá del uso correcto o arbitrario de esas obras.

El historiador cultural se preocupa precisamente de lo que hacen con ellas los destinatarios. Por tanto se interroga sobre lo adecuado o inadecuado de las interpretaciones que los destinatarios proponen: interpretaciones equivocadas, erróneas, de los libros, de las novelas, de las películas; o interpretaciones correctas de los films, de los tratados de filosofía, de los tebeos.

No se trata de juzgar, de sopesar o de condenar esos usos, sino de evaluar sus efectos, de analizar las consecuencias que esas obras y sus empleos tienen.

Y el maestro en estas lides es Carlo Ginzburg.

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https://www.comares.com/libro/microhistoria-las-narraciones-de-carlo-ginzburg_89356/

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