Antonio Muñoz Molina. Reloaded

Uno. Memoria y miedo

[En marzo de 2019] He leído con parsimonia, con lentitud deliberada ‘Tus pasos en la escalera’ (2019). Digo que he leído con lentitud. Y añado: para así demorar el disfrute.

Bien mirado, eso no es cierto.

Me la he zampado sin freno, con una urgencia que yo disfrazaba de parsimonia. Me engañaba diciéndome: no corras, todavía tienes una eternidad de cien, de doscientas, de trescientas páginas por leer.

Pero no. La eternidad ha sido breve y la lectura me ha durado lo que un suspiro. Pues sí, me la he zampado: con prisas injustificadas, me volaron más de trescientas páginas.

Empleo y repito ese verbo, zampar, y lamento que sea tan gráfico, tan grosero. Zamparte una vianda apetitosa es comértela con premuras, ¿no es cierto?

Sin tiempo para el disfrute la devoras, prohibiéndote así esa explosión de sabores en el paladar. Y justamente es eso lo que he hecho con este plato de gusto que es la novela de Antonio Muñoz Molina. No frenarme.

El autor sirve y se sirve de una prosa exacta y contenida, sin exceso verbal, en la que cada palabra o cada frase es atinente expresión, oralidad escrita, monólogo interior, un flujo de conciencia perturbada.

Pueden imaginar el placer urgente, la promesa satisfecha de felicidad, que esta obra me ha deparado. No hay página ornamental.

Pongamos por caso: un párrafo titubeante de Muñoz Molina, de haberlo, vale más que tantas prosas esmeradas de literatos esforzados.

Conforme avanzaba en sus páginas, el desasosiego lector aumentaba y yo, su destinatario, sentía un malestar inespecífico y un embotamiento crecientes y parejos a los del narrador.

¿Por qué?

.

Dos. En ausencia de Cecilia

¿Cómo puedo decir algo de una novela sin desvelar sus contenidos? ¿Cómo puedo celebrarla sin destapar nada decisivo?

Hay críticos que cuando examinan una novela te la cuentan, revelando incluso las intrigas que el lector tiene derecho a descubrir por sí mismo.

Yo no quiero obrar de esa manera. Sobre todo cuando el libro es reciente…, cuando acaba de aparecer, vaya.

¿Qué puedo decir, pues, de ‘Tus pasos en la escalera’? Como mucho puedo decir unas cuantas cosas que son primordiales. Ahora bien, debo evitar otras igualmente importantes que son las que completan este rompecabezas, otras que son piezas de una cabeza que cavila…

Tus pasos en la escalera está narrada en primera persona. Por tanto, toda la información que recibimos depende exclusivamente de un punto de vista y de una voz.

Cada cosa que el narrador nos detalla parece congruente, sobre todo por la coherencia impecable y sincera de sus actos y pensamientos. O eso creemos sin que nada lo desmienta.

La voz en primera persona denota autenticidad. Y ese efecto se consigue con gran habilidad en esta novela. Compartimos inmediatamente la cercanía, la proximidad del narrador.

Empieza su confesión con una frase tremenda, una revelación muy sorprendente y a partir de ahí los lectores seguimos sus devaneos, sus cavilaciones y los datos bien reales que nos suministra.

El narrador se llama Bruno. Es español, ha vivido en Nueva York, en donde ha trabajado como ejecutivo y ahora, tras haber sido despedido, está instalado en un apartamento en Lisboa. De Estados Unidos a Portugal, pues.

Es allí en Lisboa en donde aguarda el regreso de su amada, Cecilia, que es científica, que estudia el cerebro y, más concretamente, los mecanismos de la memoria y el miedo.

Bruno vive en soledad mientras transcurre la espera. Apenas tiene contactos en la nueva ciudad en la que reside y su rutina diaria está medida al detalle.

A lo largo de su confesión, si estamos atentos, vamos descubriendo a Bruno, vamos apreciando ciertos cambios psicológicos y vamos advirtiendo ciertas pistas que el narrador deja inopinadamente.

Y este Bruno, ¿qué tal es? Distinguimos a un neurótico obsesivo. Pero esto no es decir gran cosa: un neurótico obsesivo que padece un estrés postraumático, podríamos añadir.

¿Y eso? Nada extraño en el mundo de hoy y nada raro en alguien que ha vivido sumido en una presión laboral continua para luego acabar padeciendo un despido.

¿Y cómo ve el mundo? ¿Cómo nos revela sus intimidades con Cecilia, a la que espera? ¿Hemos de creer sus revelaciones?

Por supuesto, no voy a añadir nada más que desvele lo que debe descubrirse poco a poco, conforme avanzamos en la lectura.

¿Acaso se trata de un final que todo lo aclara, un final abrupto? ¿Acaso se trata de una epifanía que de repente nos hace ver lo que no veíamos?

La sutileza de la novela está en el ensamblaje de datos y más datos que configuran la psicología del personaje.

Por supuesto, en esta novela hay rastros y restos de Antonio Muñoz Molina. No me refiero a datos autobiográficos. Me refiero a obsesiones literarias, a fantasmas y figuras que nos resultan familiares a quienes somos lectores del autor: Robinson, Nemo, Montaigne y, ahora, el Almirante Byrd.

Y hay ecos de novelas anteriores. José-Carlos Mainer, que ha escrito para Babelia una reseña inteligente y precisa, señala ‘Beatus ille’ (1986), ‘El jinete polaco’ (1991), ‘Plenilunio’ (1997), ‘Ventanas de Manhattan’ (2004) o ‘El viento de la Luna’ (2006).

Yo, sin desmentir a Mainer, subrayaría otras obras suyas que el crítico no cita, aparentemente menores, con las que esta novela está emparentada: ‘Carlota Fainberg’ (1999) y ‘En ausencia de Blanca’ (2001).

Y no digo más. No digo nada que pueda arruinar un disfrute o un descubrimiento. Por ello, como bien dice Mainer, “recomiendo vivamente leerla de un tirón”.

Hay una trama, cierto, a la que conviene esa lectura de un tirón. Pero hay muchos asuntos que van más allá de la intriga propiamente narrativa.

Hay, sí, numerosas hijuelas que salen del texto principal. O, si se prefiere, hay varios subtextos que a modo de un palimpsesto son reescrituras posibles de una vida hecha prosa.

——

Fotografía del autor: Iván Giménez para ‘El Cultural’

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