Feliz 4 de Julio, Jack Torrance

Uno. Jack Torrance y familia guardan el Overlook Hotel en la estación invernal. Esta tarea forma parte de un acuerdo que les reportará estancia, manutención y estipendio.

Resulta un buen retiro, un lugar apartado entre escarpadas montañas. Idóneo para el escritor Torrance, que aspira a acabar su novela.

Está atravesando una mala racha y ese trabajo le permitirá muchas horas libres, horas de recogimiento. Su esposa y su hijo serán sus perfectos acompañantes: discretos y respetuosos con el trabajo de papá.

No hay nadie más. Están solos en la alta montaña. El paraje es sublime y asfixiante: un bosque feraz con arbolado centenario que sencillamente produce vértigo al ser humano.

Observando esos paisajes tan frondosos nos hacemos conscientes de nuestra insignificancia.

La familia Torrance estará sola en sus tareas de custodia y vigilancia durante meses y meses. Sola…, con sus ecos, sus conversaciones escasas y entrecortadas, con sus malestares y fantasmas.

Mejor dicho, los fantasmas de Jack: el pasado, la sequía creativa, la demencia, la soledad, las expectativas que una y otra vez incumple, el fracaso de la convivencia, la crisis de una madurez incompleta. Ay, estos varones adultos…

El escritor padece, sí, una sequía creativa, un vacío que no puede colmar. Deambula por los corredores del establecimiento, sin parroquianos actuales con los que cruzar palabra, con los que departir.

Los pasillos del Overlook Hotel los distinguimos con un punto de vista subjetivo, con una perspectiva que asfixia y con un enfoque que permite apreciar la luz cenital.

Hay silencio y hay aparecidos, quizá visiones, malestares causados por viejas sevicias, crueldades por las que nunca se pagó. Litros y litros de sangre que se desparraman anegando corredores y descansillos. La sangre de los vivos.

Cuando Jack Torrance se aturde con el alcohol o, incluso antes, mantiene conversaciones etílicas con un barman obsequioso que luce una brecha en el cráneo.

También tiene tratos con parroquianos de otros tiempos, gentes físicamente arruinadas que sobreviven como espectros. ¿Fantasmas de una imaginación perturbada? ¿Seres a los que se les infligió todo tipo de crueldades?

Torrance también tiene una brecha en el cráneo, una fractura invisible que no sangra ni se coagula, una fisura por donde se le cuela un pasado violento que jamás vivió.

O eso cree. Pasea, se detiene en el gran salón. Oye música, oye la charla remota e insustancial de los hospedados antiguos. Parece haber animación.

Pero… el Overlook Hotel no alberga a nadie. ¿Qué contrariedades anímicas padece el escritor, el guardián? ¿O es que acaso Jack experimenta una regresión, un salto temporal que le hace distinguir lo que propiamente no puede ver? De momento no hay respuesta.

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Dos. ¿Por qué nos fascina tanto El resplandor (1980)? Cuando se estrenó, muchos críticos cinematográficos la vapulearon.

Sin embargo, Stanley Kubrick supo construir la metáfora de nuestro tiempo a partir de una novela corriente de Stephen King.

Recuerdo el rencor que yo sentía hacia los críticos que con soberbia desechaban este film. El tiempo la ha agigantado y la angustia de Torrance es nuestra angustia.

Una ubicación paradisíaca, un territorio propio y un lujo material no garantizan la creatividad y el éxito. Torrance espera triunfar, pero es un pobre diablo, un tipo que está solo, aislado.

No es nada: le faltan relaciones y las pocas que tiene (su familia) están dañadas por espectros que regresan. De hecho, no está claro que sean espectros; como no está claro que Torrance permanezca en el presente.

Es alguien que vive en una ensoñación. O en algo peor: en una pesadilla. Vive en su interior desolado.

El lugar tiene resonancias pretéritas, imágenes de otros tiempos de esplendor. Como ese Baile del 4 de Julio.

El hotel es como un balneario concebido para morir lujosamente. La vida allí no es vida. ¿Cuándo lo fue? Lo único que queda son vestigios de otra época de cuya certeza desconfiamos.

El mundo no está allí. Aquello es un sitio perfecto que agosta el ánimo. En el jardín hay un laberinto óptimo, adecuado para perderse tontamente y para matarse con el frío y con la nieve.

Solo hay esperanza en el niño y en la madre, que luchan con sensatez y con los pies en el suelo. En cambio, el varón, los varones adultos somos, sí, muy decepcionantes.

Piltrafas que se creen dueños del futuro, gentecilla que hace daño sin calcular los efectos de lo que se propone o promueve. Quizá debamos reeducarnos.

Como dije tiempo atrás, no se aíslen. No cavilen. Salgan al exterior.

Feliz 4 de Julio.

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