Sergio del Molino

Las observaciones del paseante solitario

Lugares fuera de sitio (2019) es un ensayo diletante y erudito que debemos a Sergio del Molino. Es también un relato histórico y periodístico en el que el cronista es parte de la misma crónica. Es y no es un libro de viajes.

Es diletante —ya digo— por ser obra amena de observación aguda. Lo ameno no está reñido con lo profundo.

Es erudito —insisto en este adjetivo— por las copiosas lecturas y entrevistas en que se fundamenta: vamos, horas y horas de trabajo de campo y documentación.

Digo que ‘debemos’ a Sergio del Molino este ensayo no sólo por la frase hecha de la que me valgo, sino por el entretenimiento y conocimiento que nos procura.

Al menos a mí me ha hecho pasar horas de felicidad. Y de voracidad que iba saciando con nutrientes de grandes calidades. Reparte su saber a manos llenas.

En este libro, el autor habla de una España desencajada, que no invertebrada o desmembrada o vacía. Habla de espacios hispánicos o parahispánicos que han quedado —o parece que han quedado— fuera de su demarcación ‘natural’.

Habla de sitios localizados en territorios de los que de antemano no hay vínculos. Entre otros, me refiero a provincias dislocadas, a ciudades de frontera, a comarcas en la raya y amalgamadas. A Ceuta, Melilla, Olivenza, pongamos por caso.

Pero también, por ejemplo, menciona y examina enclaves administrativos en principio incongruentes: el burgalense Condado de Treviño en la provincia de Álava, el valenciano Rincón de Ademuz en Teruel, etcétera, etcétera.

Son unos sitios que están en donde no deberían estar, al menos por lógica o por historia, por fuerza o por necesidad. Si lo están, parece obra del azar o del capricho.

Son, pues, espacios de difícil encaje y sobre todo incómodos para los amantes de la homogeneidad, de la unidad espacial y de la identidad étnica. Para los nostálgicos de lo absoluto.

Pero Sergio del Molino habla también de aquellos otros países, micropaíses, paisitos, con ejecutivo propio que están en territorio peninsular. O en la “piel de toro”: concretamente, Gibraltar y Andorra.

Hay muchos otros apartados que el autor dedica a diferentes lugares. En cada página hay lucidez, sintaxis precisa, información sorprendente y lecciones nada pedantes.

Ahora bien, los capítulos de Gibraltar y Andorra son memorables. En ellos se condensan las virtudes de Del Molino como cronista: voluntad de saber, ironía y distancia, respeto y humor, etcétera. Y, sobre todo, una prosa ágil, bien medida: la frase elaborada con mimo, con ganas de transmitir y de persuadir.

Podría pasarme horas glosando un libro que he disfrutado, pero lo que prefiero es que ustedes lo lean. ¿Quién no tiene experiencia o vivencias que contar de Andorra? ¿Quién no ha sentido atracción o repulsa por la colonia británica? Descubrirán cosas de fábula.

Sergio del Molino viaja con nosotros o, mejor, para nosotros, se documenta y, de paso, nos lo cuenta con humor, riéndose de sí mismo, con no poco sarcasmo personal.

Yo no les voy a añadir nada más. Y eso que, si me tiran de la lengua, podríamos extendernos, por ejemplo, en un par de asuntos: la división provincial de Javier de Burgos y el País Valenciano imaginado y, por tanto, imaginario que ideó Joan Fuster. Lo dejaremos para otra ocasión.

Aprovechen y léanlo. Abrirán sus mentes. Se carcajearán. Abandonarán itinerarios previsibles, destinos familiares. Y de paso mejorarán el dominio de su prosa.

Hay tanto que decir…

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