¿Amado monstruo? Jesús Gil y Gil

En dos o tres días he podido ver la serie documental producida por HBO y dedicada a Jesús Gil y Gil. Digo en dos o tres días porque quería no perderme detalle, no despistarme.

No perderme detalle de Gil. De Jesús Gil, sí: aquel que fuera promotor de Los Ángeles de San Rafael, aquel que fuera alcalde de Marbella, aquel que fuera propietario y presidente del Atlético de Madrid.

Gil, sí, un constructor inmobiliario y, sobre todo, un negociante en busca de oportunidades, quizá un agiotista, un pícaro que supo aprovecharse de lo público y lo privado para incrementar exponencialmente su lucro y patrimonio.

La serie de HBO lleva por título ‘El pionero’ (2019) y su responsable es Enric Bach.

Son un total de cuatro episodios, cuatro capítulos que, a decir verdad, por un lado se me quedan cortos; y, por otro, se me han hecho largos y hasta algo repetitivos.

Me refiero al montaje, a la composición, a la historia tal como se nos cuenta, a la ascensión y caída de dicho personaje tal como se nos muestra.

¿Acaso es una serie fallida? Yo no lo diría exactamente así. Tiene calidad: el director sabe aprovechar material de archivo, bien abundante en el caso de Gil,.

Y sabe convocar y reunir testimonios imprescindibles, entre otros, los de los hijos de tal y tal, es decir, los Gil Marín.

Por razones que no acierto a comprender, la señora de Jesús Gil y Gil está prácticamente ausente de la filmación. No me refiero a que no haya cortes con declaraciones de María Ángeles Marín Cobo.

Es que casi no se la menciona y las imágenes que de ella fugazmente vemos apenas nos permiten atisbarla.

¿Y a quién vemos? A una señora robusta, rubia de tinte, tostada o casi carbonizada por un bronceado eterno y con rasgos evidentes de una gordura temprana.

Tres de los cuatro hijos de Gil y Gil testimonian largamente. Reproducen físicamente y por separado la fisonomía y la carne del padre y de la madre. Los labios carnosos, la anatomía obesa o casi obesa, la mirada desconfiada y huidiza del patrón. Son feos.

También larga ampliamente Isabel García Marcos, opositora de Gil en el Ayuntamiento de Marbella. El botox ha hecho estragos en su cara. Conserva su delgadez y una melena rubia ya desleída, pero su rostro acusa un marchitamiento y unos pliegues que asustan.

Menos mal que Enric Bach consigue las declaraciones de Carlos Castresana. Es el auténtico contrapunto, el orden, la lógica, la coherencia a tanta cháchara insustancial. ¿De quien?

Principalmente de los hijos amorosos que recuerdan la sañuda persecución a que presuntamente fue sometido el padre.

¿Por quién? Por Castresana, claro. Fue él quien desde la Fiscalía Anticorrupción (1995) desentrañó el ‘Caso Camisetas’ y el ‘Caso Gil’, entre otros.

Castresana testimonia con vigor, con autenticidad y con fuerza narrativa. Hace veinticinco años era un hombre joven y atractivo, aunque de aspecto frágil. Ahora su elegancia es aún mayor. Envidio sus anteojos.

Que yo insista en la apariencia de los personajes envueltos o implicados en esta historia no es un capricho, no es algo irrelevante.

A partir de cierta edad, como reza el tópico, cada uno es responsable de su rostro y diríamos que también de su cuerpo.

El cuerpo y el rostro de Jesús Gil y Gil son la versión monstruosa y desbordada del feo, del hortera, del poderoso, del delincuente simpático y populista, de aquel que para burlar la ley se declara antisistema. Me salgo…

Fue condenado varias veces y por varios casos. Obró con mucha determinación y desahogo, como un líder, como una celebridad que invoca al pueblo mientras se enriquece inmoderadamente.

Hizo del feísmo su trampantojo; y del exceso indumentario, su disfraz. Fue también pionero en el uso inmoderado del chándal. Fue el rey del chandalismo.

Mostró gustos adocenados y ostentó estéticas de nuevo rico. Hablaba lentamente, con pedagogía vulgar, propia del hampa. Invocaba la democracia para justificar sus desmanes.

Fue amado por plebeyos y gañanes y fue tolerado por la gente fina y principal. Caía simpático y sus propios excesos y labia hicieron de él una celebridad televisiva.

He sentido escalofríos viendo esta serie. El personaje supo atraer, condensar y expresar la vulgaridad más extrema que hay en cada uno de nosotros, la picardía española.

Fue un delincuente (procesado y condenado, pues), un delincuente tosco de guante blanco, nacido pobre.

Y supo encarnar al avispado de la tradición picaresca, el villano que engatusaba con favores y promesas, simpático y cordial.