El mundo será un asco

Una distopía es un mundo en el que no nos gustaría estar. En eso podemos estar de acuerdo.

¿Pero entonces, si el mundo en que efectivamente residimos nos disgusta, puede decirse que vivimos en una distopia?

No, no nos precipitemos.

Pensemos en tantas ficciones escritas o audiovisuales. La distopía es una ficción, en efecto.

Es una historia inventada por alguien dotado para prevenir o predecir, alguien capaz de mostrarnos un mundo parecido al nuestro, pero aún peor.

Una distopía, en fin, es una novela, una película o una serie, pongamos por caso, en que la naturaleza humana, la política o la tecnología han degenerado hasta extremos indecibles. Y, con ellas, la moral. Es una advertencia.

Sencillamente lo que sabíamos bueno ya no lo es y lo que juzgábamos malo ha acabado por imponerse sin discusión o apelación, sin réplica.

Dicho de otra manera, lo bueno de la vida pasa a estar prohibido. Y lo repugnante de la existencia se hace por expreso deseo de la autoridad, de las autoridades. O sea, a la fuerza.

En esas historias que llamamos distópicas, el mundo es un sitio peligroso para el individuo e incluso para la propia especie.

Y ello aunque no lo parezca, pues ese mundo puede presentarse ornamentalmente bello, hasta confortable.

En una distopía, la Tierra es un lugar que se ha vuelto cómodo o incómodo pero siempre amenazante.

En efecto, la amenaza se cierne sobre cada uno de los humanos y sobre la mayoría. Eso sí, sólo muy pocos escapan a esa suerte: por la posición que ocupan en la jerarquía; o por la oposición clandestina con que resisten (y lo ocultan).

Resulta una paradoja. No esperábamos eso del porvenir, el inmediato o el lejano. Las religiones del Libro y las religiones políticas, el progreso y la ilustración, nos habían prometido otra cosa.

Nos habían prometido un futuro sin restricciones, liberados de las estrecheces, de las arbitrariedades, de las injusticias, de la tiranía, del miedo, del despilfarro. A cada cual según sus necesidades…

Nos habían augurado un devenir sin las esclavitudes y miserias del orden analógico, del mundo sublunar.

Hasta era razonable predecir un salto mayúsculo: algún día podrán franquearse los límites humanos. Eso nos prometen.

Por ejemplo, pequeñas actividades que ahora y aún debemos realizar con esfuerzo… después, pronto o tarde, se resolverán con los prodigios de la Ciencia o de la Providencia.

Y, si embargo, el mundo actual no parece augurar nada bueno, nos decimos. Ni la tecnología resuelve nuestros problemas morales, ni Dios presta auxilio atención.

El mundo parece ir a la deriva o, simplemente, ya ha encallado con el casco lleno de desperfectos. Estamos varados en zona de arrecifes o estamos perdidos.

Puede que materialmente los habitantes de la Tierra hayan mejorado, nos decimos. Pero hay algo en la opulencia en la que muchos viven o en la tecnología de la que se sirven que es pena y penitencia bien gravosas.

Tampoco podemos regresar a los viejos tiempos, a una época más primaria (si tal cosa puede concebirse), cuando las infecciones y las epidemias se ensañaban con los seres humana y cuando la guerra era el hábito común del estado natural.

Lo que hace detestable el mundo distópico no es necesariamente la pobreza o el hambre, que son realidades bien presentes, actuales, y no venideras. Lo que hace espantosa la distopía es la perfección, la supuesta perfección que se avizora.

La distopía es una utopía negativa, una historia en que se nos detalla un estado de pavorosas circunstancias. Es un relato escrito o audiovisual en que se nos cuenta o vemos un mundo modélico o detestable que bien podría llegar.

El mundo que podría llegar sería concretamente una sociedad destruida, semiderruida o perfecta, pero en todo caso congruente y verosímil. El Infierno en la Tierra.

¿Por qué la perfección es una expectativa tan angustiosa y tan indeseable? Porque es el horror de lo ordenado, de lo contenido y de lo civilizado.

En el mudo perfecto, las personas se acomodan estrictamente a las reglas; las circunstancias son enteramente previsibles; los hechos pueden predecirse con acierto.

Si es así, las vidas son obvias, las normas se imponen sin resistencia o descuido, los hábitos son evidentes e incontrovertibles. Etcétera.

En pocas palabras, el mundo es claro, transparente, un lugar en donde todo casa o encaja, un espacio en el que las jerarquías o la igualdad se imponen.

Una distopía prefigura una sociedad en que la libertad y el individuo son irrelevantes o están proscritos. La autoridad máxima y las autoridades locales o delegadas son indiscutibles y no prescriben.

Uno decae en el cargo o en el estatus (a los que accede por estatus o privilegio) si es degradado por su superior: con toda probabilidad por haber contado crímenes contra el orden inmutable de las cosas.

Esa autoridad se ejerce sin contestación y está rodeada de toda suerte de edecanes y de clases de servicio.

Las tareas a desempeñar son múltiples y hay una división del trabajo que fija la posición laboral, sí, pero también el estamento al que fatalmente pertenece el individuo, siempre uniformado y ahormado.

Y ahora, si me hacen la caridad, les pido que adivinen a qué distopía o distopías me estaba refiriendo. O a qué espantos les recuerda esto que les he descrito.

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1984 – Scene from the 1956 Holiday film version which starred Michael Redgrave.

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