Cine. Rutina y fascinación

La excesiva profesionalización de la crítica, literaria o cinematográfica suele llevar a la rutina, a la fórmula reiterada.

Por ejemplo, cualquiera de nosotros sabe de antemano qué va a decir Carlos Boyero en las páginas que tiene reservadas en ‘El País’.

Hallazgos que fueron felices, aciertos ocasionales, son ahora esquemas estereotipados, moldes a aplicar. O, peor, inquinas mal resueltas,

Cuántas veces no habremos tenido la sensación de que un crítico se aúpa a la joroba del artista. Se aúpa y se sabe cabeza, incluso cabeza colosal.

Ese crítico cree haber vivido o leído mucho y ordenadamente, cree haber visto mucho cine y por géneros.

Por tanto, ese crítico cree poder juzgar con severidad lo que tantas veces es el descubrimiento de una persona sola, un hallazgo…

“Yo ya no sé qué se puede hacer con los críticos, aparte de no hacerles caso”, decía Javier Marías años atrás de manera expeditiva y probablemente injusta.

Y lo decía alguien, un autor, por lo general bien tratado por la crítica. Pero tal vez por ello su opinión contundente era atendible.

Era atendible sobre todo si consideramos de qué manera se expresan algunos comentaristas ya profesionalizados.

Aunque “en esta ocasión no me refiero a los [críticos] literarios”, añadía Marías, “sobre los que mucho habría que decir y ya he dicho, descubriendo de paso que son gente completamente impermeable a las críticas, por eso tal vez son críticos”.

Se refería a los críticos cinematográficos, muchos de los cuales serían “pedantes, conservadores y cobardes”.

Los críticos serían gente que con frecuencia se deja llevar por juicios estereotipados, por obviedades, gente “solemne, campanuda y malhumorada”, concluía.

Javier Marías se expresaba de manera contundente generalizando indebidamente. Por cierto, lo decía en un libro de críticas cinematográficas subtitulado titulado ‘al salir del cine’. Punto y aparte.

Acudir a la sala no significa ver cine, películas… Una parte de lo que se proyecta es meramente alimenticio, adocenado, sin afán alguno de creación.

Hay films que se convierten en series y los hallazgos que hubo en la primera se pierden hasta convertirse en puro cliché y repetición.

Acaba siendo un modo de ganar dinero sin aportar nada nuevo. Y hay ciertos críticos que las aprueban con despiste o admiración.

Yo, por ejemplo, abandoné ‘Stars Wars’ (1977), de George Lucas, tras sentirme estafado con tanto episodio previo y posterior, con tanta precuela y secuela. En fin.

En su libro ‘Un oficio del siglo XX’ (1982), Guillermo Cabrera Infante recordaba a François Truffaut cuando decía: “un niño jamás responde cuando le preguntan qué vas a ser cuando mayor: voy a ser crítico de cine”.

Por lo que parece, nadie aspira a ser crítico de cine cuando sea mayor. Lo razonable es ser astronauta o director de cine, novelista, pero no crítico que glosa las obras de otros.

Cabrera Infante fue crítico y supo hacer de ese oficio un arte, una manera de expresarse sin automatismos, con audacias interpretativas.

Pero también sin explicarlo todo: que algo quede en la oscuridad o en lo no dicho, que algo sea enigmático y fascinante a pesar de la glosa del crítico.

Que al espectador se le explique todo, que se le aclare todo, que se le muestre todo…, no es algo necesariamente bueno o deseable.

Si ocurre así por culpa de cineasta, entonces es que éste toma a su público como una caterva de indolentes, individuos que acuden a las salas para pasar sin complicaciones un buen rato.

Los públicos hemos sido instruidos en una lógica temporal que incluye planteamiento, nudo y desenlace. Más aún, el final feliz o, al menos llevadero, refuerza los hábitos de los espectadores.

Nos atrae, nos imanta, un enigma, la pesquisa que el destinatario hace con o sin los personajes para averiguar algo que inquieta. Pero por hábito necesitamos la resolución del conflicto.

Como en los cuentos infantiles, el desenlace alivia y nos hace aguardar con esperanza, ahora sí, la resolución de nuestros propios dilemas.

Que una película fascine tampoco es necesariamente bueno. Puede que nos aturdan las imágenes precisamente fascinantes o la música estridente y obvia.

En ese caso, imágenes y música en estrecha adhesión con lo que vemos nos impiden escrutar las películas.

La vida no tiene banda sonora, pero en la fantasía inevitable del cine, todo tiene un fondo musical que refuerza o suaviza lo que se nos cuenta o contemplamos.

La fascinación es una reacción del espectador, sumido en un desconcierto o en un estado de sublime estupor.

Siento decirlo, pero raramente experimento fascinación en la sala cinematográfica. O el crítico me ha destripado el film. O el cineasta me sirve un producto adocenado.

O, más grave aún, veo que estoy perdiendo sensibilidad e inocencia, la capacidad de fascinación.

Fue un prodigio, sí. Sucedió la noche en que acudí a un cine de verano, al cine Vallejo, a ver por primera vez ‘King Kong’ (1933).

Yo apenas rebasaba los cinco o seis años.

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