Carmilla. Amor y temor

La literatura es un constante ir y venir de influencias, de tradiciones que perduran y otras que se extinguen.

Es un fluir de reescrituras y hasta de plagios. Es un discurrir de palimpsestos, de libros.

De esa producción textual casi siempre es posible encontrar antecedentes y referencias, incluso en el caso de las obras maestras más reconocidas.

Drácula (1897) es un ejemplo bien evidente: dicha novela tiene diversas fuentes, antecesores muy variados y distantes.

Una de sus influencias más obvias es la novela corta Carmilla (1871), de Joseph Sheridan Le Fanu, escrita veintitantos años antes.

Como Bram Stoker, también Le Fanu fue un escritor irlandés. Admitámoslo: hay una pléyade muy abultada de autores egregios pertenecientes a esta nacionalidad.

No demasiada gente sabe de Carmilla, de su vicisitud. Por el contrario, el personaje de Drácula es archiconocido.

Ha sido mucha veces repetido: es el arquetipo del vampiro, del muerto que carga con patrimonio y una culpa de siglos.

Es el epítome del noble feudal, del aristócrata condenado a una eternidad de muchos siglos por vivir o malvivir.

Al fin y a la postre arrastra una pena milenaria. Se instala en la Inglaterra victoriana, el colmo de la modernidad.

¿Con qué fines? En pocas palabras: Drácula es varón y es hacendado, alguien que aspira a ser propietario de inmuebles británicos.

Drácula, en fin, es una reminiscencia del pasado y, por ello, un lastre penosa y efectivamente arrastrado durante siglos.

¿Y Carmilla? Ella también es uno de esos seres preternaturales que, como Drácula, no aspira más que a tener acomodo en el mundo.

Tener acomodo en la vida contemporánea del Ochocientos: el mundo del capitalismo y de la propiedad inmueble…, un mundo al que esa dama no pertenece.

Carmilla es una vampira y es también una vampiresa, cualidad que la distingue de su equivalente varón. Sorbe los fluidos, se alimenta de sangre, sí, pero es a la vez una ‘mujer fatal’.

Es dama con evidentes inclinaciones lésbicas, algo que difícilmente puede aceptarse entre lectores y lectoras respetables de la Gran Bretaña victoriana.

Para poder asimilar sin mucho escándalo lo lésbico, el autor de esta ficción, Joseph Sheridan Le Fanu debe presentar, narrar y finalmente velar dicha preferencia sexual.

De hacerlo en un mundo y en una sociedad en donde la moral no permite estas expansiones.

Expansiones o inclinaciones, el lesbianismo es o se vive entonces como una aberración, como una aberración propiamente moral en el largo siglo XIX.

La maldad del vampiro, en este caso de la vampira, aquejada además por esa perturbación moral, es algo que trastorna, que desconcierta.

Esa aberración, que se vive y se persigue como tal cosa, es algo que necesariamente tiene que ocultarse en la vida real.

Es, pues, algo prácticamente invisible, ya digo. Es algo que apenas se manifiesta y que es éticamente reprobable para los lectores comunes de aquel tiempo.

Y nos lectores comunes de aquel tiempo suelen ser lectoras: damas burguesas impresionables.

Sólo una ficción podía mostrar… relativamente, veladamente, esa inclinación ‘malsana’.

Carmilla, la novela, detalla la historia de Laura, la historia que la propia Laura cuenta, los episodios que la muchacha pronuncia en primera persona recordando su relación con Ella. Con Carmilla.

Laura es una joven de origen inglés que vive con su padre en un castillo situado en Europa oriental. En Estiria, Austria. Si en Gran Bretaña tendrían un pasar medio, en Estiria son grandes hacendados.

Laura es huérfana de madre. Por tanto carece de tutela y de modelo maternales. Carece de esa complicidad y de esa vigilancia estrecha que son corrientes y características de aquel tiempo.

Tiene, eso sí, servidumbre e institutriz femeninas: asistentas, subordinadas que están para su auxilio, como corresponde a una dama bien situada o aceptablemente situada.

Los episodios que Laura cuenta y que nosotros leemos los narra a los veintiséis años. Mucho tiempo después.

Son acontecimientos ocurridos en su infancia: cuando contaba seis y ocho años, cuando era un ser inocente, virginal.

El relato de hechos, según se nos dice en el prólogo de la obra, sirve para analizar las vicisitudes de lo ocurrido, de lo que a Laura le ha sucedido.

Pero, atención, el prólogo no es nota de autor, algo que firme Joseph Sheridan Le Fanu, sino parte de la novela misma, parte de la ficción.

Es una suerte de galimatías.

El prologuista innominado alude a un científico, el Dr. Hesselius, un observador, que toma el caso narrado por Laura como tal, como un caso a estudiar

¿Con qué objeto? Pues precisamente con el objeto de analizar hechos sobrenaturales o aparentemente sobrenaturales.

El prólogo es así una justificación mediante la cual el editor nos haría llegar el documento auténtico de Laura.

En el prólogo, el editor alude a uno de los más profundos secretos de nuestra existencia doble… ¿A cuál?

Pero, al margen de estas palabras escuetas y crípticas, no conocemos concretamente la opinión del científico, ese Dr. Hesselius.

Sólo sabemos que la narradora, con celo y mucho rigor, escribió el relato para él, para Hesselius y que ahora el editor nos lo presenta tal cual.

¿Qué historia es ésa? Por qué Laura cuenta estas intimidades? ¿Quién era Carmilla?

El lunes 14 de octubre en la Librería Gaia, en Valencia, podremos desvelar parte del misterio, sintiendo quizá temor y temblor. A las 20 horas.

Espectáculo apto adultos (y para menores acompañados).

Evento:

https://www.facebook.com/events/1393883297456368/?ti=icl

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