Enredo o encargo

Cómo matar el tiempo de espera

Hace unos pocos días acabé de leer El encargo. Un abogado en el juicio del Procés (2019), de Javier Melero.

Es un thriller judicial, la laboriosa defensa de un acusado, un relato de mucha finura y de pasajes chocarreros.

Divierte e instruye al abordar algo grave y ridículo. Aprovechen… Se lee en unas horas, en estas horas de transición.

El encargo forma parte de mis libros circunstanciales, de esas obras que disfruto o con las que apechugo cuando me veo urgido o apesadumbrado por la actualidad o por la espera.

Y ahora todos esperamos… Pues bien, en estas horas de transición, el volumen puede tomarse como un entretenimiento fino, como un lenitivo o como un purgante.

Debo su conocimiento a varias personas, que me hablaron bien de esta obra:

-en primer lugar, Ricardo Martín, que nos lo descubrió en uno post reciente. De manera escueta nos hablaba de la sutileza de Melero;

-en segundo lugar, Mario Vargas Llosa, cuyas recomendaciones bibliográficas son inapelables y, por ello mismo, suelo seguir;

-en tercer lugar, Ramón de España, catador de rarezas literarias, experto en cultura bizarra y en sociología de urgencia.

Lo tengo dicho. De estos libros, volúmenes de ocasión o circunstanciales, aprendo mucho sobre la naturaleza humana, sobre los vicios y virtudes de mis congéneres, que son los míos en dosis variables.

Pero volvamos a El encargo.

Javier Melero es uno de los letrados que intervinieron en la defensa de los principales encausados por el Procés.

Concretamente su cliente, el cliente de Melero, fue Joaquim Forn, conseller de Interior y máximo responsable de los Mossos d’Esquadra.

El libro, concebido como una crónica del proceso judicial que precede y sucede a su desarrollo en el Tribunal Supremo, entre la instrucción y el fallo, entre el juez Llarena y el juez Marchena, ha recibido toda clase de elogios.

Ha recibido encomios justificados o merecidos por parte de lectores fiables que celebran en el autor su observación analítica, su desparpajo y un humor no exento de socarronería.

¿Cómo no voy a sucumbir a esa golosina editorial? Soy demasiado caprichoso y encima disfruto y aprendo.

¿Y…? ¿Qué tiene que decirnos, Serna? Sin duda, El encargo es un libro por momentos descacharrante y siempre interesante.

¿Por qué razón? Primera: por el asunto que trata, la causa seguida en el Tribunal Supremo a los acusados del Procés.

Esos cuatro meses largos en los que el esfuerzo de fiscales y letrados y el examen procesal provocarán tanteos personales y toboganes emocionales. Miedos y risas.

Llegamos al final… Ya todo ha acabado y Melero ha tenido su última intervención. Ha sabido ganarse a los afines y a los distantes.

Parece que se le tiene respeto: desde el juez Marchena hasta el president Torra, pasando por su defendido, el exconseller Forn.

Todo ha acabado con un aire de melancolía por lo que pudo ser y no fue. Un aire de tristeza… por un país encanallado.

Conforme lo leemos sólo falta saber cuál será el fallo del Supremo. Su línea de defensa, la de Melero, será siempre estrictamente procesal, sin proclamas políticas ni aspavientos ideológicos.

Todo ha acabado, en efecto. “Al salir de la sala encontré a [Quim] Torra en el pasillo, apoyado contra una columna, junto a la biblioteca que servía de sala de prensa. Me miró a los ojos y me felicitó”. Eso sorprendió a Melero

“Creía que mi intervención podía agradar a algunas personas, pero no a él”, a Torra. Sin embargo, parecía sincero. Le tendí la mano, le di las gracias y me fui deseando perderme en la oscuridad”. Perderse en la oscuridad y perderlo de vista.

“Los cuatro meses que habíamos pasado en el Supremo ya difuminaban sus contornos y se precipitaban con las cálidas ráfagas del viento de junio hacia el silencio y el olvido”.

Melero vuelve a lo real, envuelto —eso sí— por un halo de irrealidad. Con un lirismo sobrio se despide de todos nosotros.

Punto y aparte.

Otra razón por la que este libro ha merecido elogios es por el retrato de los protagonistas.

Es decir, por los tipos que pululan entre las páginas de este volumen, gente principal y secundarios de lujo.

Melero los examina como antropólogo que estudia a sus criaturas, por cercanas, repulsivas o mediocres que sean.

De todos esos personajes vamos a descubrir ciertas intimidades y chismes o los juicios personales que a Melero le provocan.

El letrado no es exactamente un abogado cotilla o de pacotilla que incumpla sus obligaciones de confidencialidad.

Es un estudioso de la conducta humana. Y donde él obra e interviene es un laboratorio perfecto para el examen de los comportamientos sanos e insanos.

O, en otros términos, es un observador participante, alguien que atesora sus propios valores, que conoce las reglas que a todos nos atan y que tiene también mucha cultura y no poca mundología.

Es alguien que sabe de la psique y de su fuste torcido. Por eso, su escritura, irónica y en ocasiones hilarante, traza una descreída radiografía de la naturaleza humana.

Pero hay una tercera razón que justifica la lectura de esta obra, una razón aún más relevante. ¿Cuál?

El tratamiento o el estilo del autor: el enfoque que adopta, la perspectiva que emplea, el detallismo con que examina, la minuciosidad con que se expresa y el subjetivismo con que se explaya.

Parece como si todo lo que cuenta no fuera con él, cosa que le permite ser espectador tajante y compasivo a un tiempo. Melero está dentro, pero a la vez no está dentro.

A la postre defiende a un cliente con cuyas ideas no participa. Deplora el nacionalismo expansivo del Procés y descree del sentimentalismo colectivo que presuntamente a todos mancomuna.

Dicho a las bravas, Melero rechaza el independentismo, por ser un movimiento emocional y anticonstitucional, pero a la vez detesta el españolismo castizo, de bandera y pandereta.

¿Y, si tan distante está de su cliente, por qué defiende a un político de esta clase? Pues por la misma razón que un podólogo se esmera con su paciente.

Se esmera, sí, con el mejor tratamiento que merecen sus pies. Al podólogo, dice Melero, nadie le pregunta por sus ideas.

¿Por qué? Porque lo que debe aplicar es una técnica y lo que ha de triunfar es un procedimiento, el procedimiento. La imagen del podólogo es suya y, a lo largo del libro, aporta otras parecidas.

Parece convincente Melero con esto que dice, pero me cuesta creer tanta distancia emocional y que sus zozobras o repudios se domen tan fácilmente.

Imagino que el letrado respondería que lo suyo es atenerse al asunto con esmero procesal.

Sospecho que sí, pero supongo que hay que tener mucho estómago o un punto de cinismo.

Y eso creo: la socarronería intermitente de Melero se debe a una pose juiciosa y también moderada o descaradamente cínica.

O tal vez a algo más simple: independentistas y no independentistas son literalmente humanos, comparten espacios y literalmente están condenados a convivir, aunque no todos lo tengan igual de fácil.

Sin duda, el abogado da ejemplo de catalán español que trabaja para un catalán no español (que no se siente o no se juzga español).

Melero es, pues, ejemplo. Bien pagado, eso sí, pero ejemplar: como profesional.

Por tanto, él se debe a su cliente, que debe salir bien parado procesalmente, como el callista se debe a la finura y a las lisuras de los pies. De los pies de este o de aquel paciente.

Dicho lo anterior y desde el inicio, el autor del libro, el letrado de Joaquim Forn, se nos hace muy simpático. Sabe hacerse querer.

Más aún cuando descubrimos que Melero resulta ser uno de los fundadores de Ciudadanos. Oh, sorpresa.

¿Ciudadanos? Sí, me refiero a ese partido ahora en extinción, a ese partido del que Melero se alejó tempranamente.

¿Cuando? En concreto cuando fue dirigido u ocupado por Albert Rivera, del que tenía y tiene una pésima opinión.

En realidad, Melero es duro. Muy duro. No tiene en gran estima al género humano. Se burla constantemente de sus patochadas (las del ser humano, no las de Rivera).

Es más, juzga con severidad desopilante los extravíos de la razón y la conducta individual y colectiva.

Melero es un individuo que no parece estar cómodo entre la masa; es un individuo que no parece estar satisfecho con un agregado humano que obligue, organice, ordene.

En primer lugar, con un movimiento nacionalista que plantea con homogeneidad forzada las identidades culturales. También con un españolismo de cuartel que no tolera la discrepancia o la variedad.

Pero Melero es un ‘bon vivant’. Es un hombre que está en la crecida de la edad, que ya tiene sesenta y dos años y que se comporta, vive y percibe el mundo como un dandi progresista.

No sé si él estaría cómodo con la etiqueta que se difundió en Barcelona para hablar de lo que se denominó la ‘gauche divine’, la izquierda caviar.

Esa izquierda estaba y está integrada por ese sector de progres más o menos rojos que, sin embargo, disfrutaban y disfrutan de los dones materiales de la vida.

Es un pijo hecho a sí mismo. Quizá por ello juzga tan severamente a los ricos de cuna y a la menestralía catalana.

Se fija en detalles de pura coquetería, la indumentaria de sus defendidos, de sus colegas, de los jueces, de los fiscales, de todos aquellos que tienen trato directo o indirecto con él.

Es por eso por lo que aprecia y distingue una buena comida, un exquisito almuerzo, pero a la vez no olvida sus orígenes y sabe que en cualquier caso todo lo ganado puede perderse.

Así no me sorprendo de que haya sabido llevarse bien con la vieja Convergencia presuntamente corrupta y con los líderes mesiánicos del PDeCat.

Les separa una concepción ideológica de lo que es Cataluña, de lo que es España. Y les separa el apego a todo tipo de nacionalismo, que Melero dice no profesar.

Se me hace simpática esa actitud distante con respecto a las emociones, al sentimentalismo que afecta, contagia y contamina la política. Se me hace simpático un personaje de estas características.

Lo que no puedo entender, lo que no puedo comprender, es que una persona así, tan abierta, tan poco dada al radicalismo, al extremismo, tenga una relación de amistad, de cercanía y de simpatía con Arcadi Espada.

Espada es el colmo de la crítica agria, avinagrada. Y de la insolencia impostada. Sin más: Espada es una persona enamorada de sí misma, escasamente dada a los matices o si se quiere a los grises. Un periodista broncas.

Supongo que nadie es perfecto y, por tanto, Javier Melero tiene extravíos, demencias y trastornos en la conducta. Y Espada tonante empaña la simpatía que el letrado nos despierta.

En cualquier caso, no se pierdan su libro: la descripción detallada del proceso penal, el examen minucioso de los comportamientos.

No se pierdan el análisis de las actitudes explícitas o conjeturadas de los distintos protagonistas, sutilezas que forman un relato interesante, vertiginoso. Etnología aplicada.

Melero tiene un hobby pijo, quizá chocante o quizá no. Practica el boxing y de hecho una parte de sus descripciones, de las metáforas que emplea, proceden directamente del mundo del boxeo.

¿La vida es como un toro, según decía Jesulín, aquel Jesulín de pega? No, la vida son mamporros que se dan o que se evitan.

No, la vida es como un combate con reglas en donde siempre hay alguien o algo que lo paga. Un pagano.

Unos embisten, otros saben esquivar o torear a los que embisten, unos se emocionan y otros se ocupan fríamente de que todo rule o de que no descarrile.

Parar un gancho a tiempo es arte y técnica. Y en ello Melero es maestro.

La vida es como una caja de bombones, decía aquél. En efecto, nunca sabes lo que te va tocar, no sabes si hay dulzura o amargura.

Si invisten o embisten.

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