Apocalypse Now. Un estremecimiento

Miércoles, 15 de enero de 2020, La 2 de Televisión Española emite Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola.

En este film, todo cobra dimensiones míticas. Una parte de la cinematografía está en su celuloide, en la sucesión de sus planos. En nuestra memoria.

No recuerdo el número de veces que la he visto. Me descuento. Volver a verla es descubrirla una y otra vez. Es rememorar la adaptación libre de Heart of Darkness )1902), de Joseph Conrad.

Es regresar a Vietnam, a la guerra, a la jungla. Es tropezarse de nuevo con el teniente coronel Kilgore. Es enfrentar el rostro de Kurtz.

¿Quién es Kurtz, ese personaje remoto al que hay que alcanzar? El apellido resulta exótico, de resonancias difíciles. ¿Quién es?

Insisto. Es un personaje remoto al que aún no hemos llegado, al que todavía no hemos conocido. Lo envuelve una tenebrosa leyenda.

Tardaremos en conocerlo, tardaremos en remontar todas las dificultades que nos opone la naturaleza para acceder a ese último refugio en el que se guarece, en el que es tirano o mandamás.

Le precede una aureola inquietante. Se dice que era un militar corajudo y sensato, y que ahora, con el grado de Coronel, se ha convertido en un ser bestial: alguien o, mejor, algo que incumple las normas básicas de la civilización.

Mucho tiempo nos costará averiguar su auténtica identidad, su último estado físico y anímico: para eso deberemos contemplar todo el metraje de Apocalypse Now.

Hay datos básicos por confirmar, informaciones que sin embargo no nos permitirán aclarar su enigma. Kurtz reúne un historial impresionante.

Se dice que en 1964 regresó de una misión en Vietnam y que las cosas comenzaron a torcerse. ¿Qué sucedió? Era paracaidista. Contaba sólo 38 años.

No se resigna. Kurtz volverá para permanecer allí. Concretamente se instalará en Camboya. En 1969, las pocas noticias que llegan de sus actividades son alarmantes.

Justamente por eso, la jefatura de los Marines manda a alguien que lo busque, que lo encuentre. Tiene el encargo de sorprenderlo, capturarlo, someterlo, liquidarlo.

El Capitán Willard, el joven oficial de Inteligencia, debe perseguir su rastro, su estela, debe remontar el río entre la jungla sorteando y evitando a ‘Charlie’, el enemigo inmediato, inminente, camuflado. Debe hallar a Kurtz.

El recorrido es, sí, infernal. Hay fuego, bombas, proyectiles, hay incendios inacabables. Las detonaciones enajenan, provocan fatiga, fatiga de combate, que Willard, consumidor de estupefacientes, habrá de sobrellevar aturdiéndose y a la vez descubriendo el horror.

Llegan helicópteros que traen repuestos y transportan también a un personaje impresionante, que se agiganta con su demencia bélica. Destruye lo que controla.

¿Quién es ese individuo?

Lleva gafas Ray-Ban Caravan. Se cubre con sombrero de fieltro negro, el sombrero de la US Cavalry. Parece un tipo tronado. Según proclama enérgicamente, aspira a hacer surfing en medio del combate: en la playa vietnamita, en medio del horror.

Ese individuo fuma un cigarrillo perpetuo. Bebe cerveza Budweisser. Es macho, ‘macho man’. Lleva el pelo rasurado completamente. ¿Cómo se llama? Kilgore. Es el teniente coronel Kilgore.

‘Charlie’ no hace surf. Se embosca y procura atacar al primer descuido de los americanos. Los helicópteros se disponen a arremeter, pues no pueden arriesgarse a una sorpresa. Con el toque del Séptimo de Caballería, los helicópteros arrasan.

Llegan a la base del Vietcong. Está amaneciendo. Cuando comience la ofensiva pondrán a Richard Wagner, dice Kilgore. Empieza el baile, la cabalgata. Oímos precisamente el comienzo del tercer acto de La valkiria, que todos identificamos con Wagner.

Crecen el miedo y el entusiasmo. Llegan en formación los helicópteros a la playa. Los vietnamitas corren. Mientras, los estadounidenses lanzan sus proyectiles.

La música se confunde con el estrépito de la munición. El éxtasis es global. El suelo es aniquilado, las imágenes se incendian. Los helicópteros aterrizan, los hombres, cuerpo a tierra, avanzan descargando furiosamente sus ametralladoras.

El poblado vietnamita ha sido prácticamente eliminado y las heridas y desastres se amontonan. Aterriza el helicóptero de Kilgore. Todo parece sucumbir con olas de dos metros. Kilgore está en tierra. Le rodea un humo amarillo.

Van a hacer surf. Las olas, las olas son de dos metros. “Arrásenlo todo”, dice Kilgore. Fuego incendiario. ¿Hueles eso? “Lo hueles, verdad. ¿Qué es? Es Napalm. Nada del mundo huele como eso.”

Tiempo después el barco se encamina por el río hacia Kurtz. Willard debe encontrarlo y reducirlo. Según todos los indicios, ha enloquecido.

¿Sólo Kurtz?

This is the End.

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