Auschwitz. Otra vez, siempre

Hoy lunes, 27 de enero, se cumplen setenta y cinco años de la liberación del campo de Auschwitz. Creo que hay mucho que decir, mucho que repetir. Yo sólo apuntaré algo que ya he dicho y a lo que siempre vuelvo.

Entre los libros más estremecedores que recuerdo haber leído está, sin duda, Auschwitz. Los nazis y la Solución Final (Barcelona, Crítica), de Laurence Rees, un volumen que llegó a las librerías españolas en 2005, inmediata, oportuna, justamente traducido. Hace quince años, pues.

Ha pasado mucho tiempo ya, pero su vigencia es indiscutible. Rees es documentalista de la BBC y en dicha cadena se ha encargado de distintas series dedicadas a la Segunda Guerra Mundial.

Su detallado examen de Auschwitz se basa en un repertorio inmenso de fuentes escritas y orales, en un minucioso contraste de los distintos testimonios.

Se basa también en una prudente y firme conciencia moral, en una objetividad que es el fundamento de la honestidad, en una esforzada y compleja atribución de significado.

Las cosas a veces suceden de manera simple, es decir, los actos se emprenden guiados por una intención. Pongamos un caso posible y estremecedor.

Por ejemplo, la decisión de exterminar a los judíos, al pueblo judío, por parte del III Reich. Esa medida se adopta en la Conferencia de Wannsee, de enero de 1942. Son datos muy conocidos. Entremos en detalle, en el detalle de esa decisión…

Se sabe que los jerarcas nazis incurrían habitualmente en rigidez planificadora. Eran muy ordenancistas. Al mismo tiempo, esos gerifaltes y administradores solían errar en sus cálculos, culpablemente ignorantes de las circunstancias que afectaban a sus decisiones.

En Wannsee son quince las personas que se reúnen para tomar la decisión más espantosa que se recuerda, más inhumana. Los allí congregados no eran mequetrefes ni salvajes. Tampoco, terroristas embozados. Eran funcionarios y asalariados de una de las grandes potencias de Europa.

Esos quince individuos no constituían “una ‘clase inferior de criminales’ de escasa formación”: más de la mitad “habían alcanzado el grado de doctor universitario”, nos recuerda Rees. Estremece conocer ese dato. Pongamos… ocho doctores académicos.

Estremece, sí, confirmar que el saber no garantizaba (ni garantiza hoy) la rectitud moral. Sorprendentemente tampoco avala la exactitud de las previsiones. Es decir, ser experto no asegura una predicción acertada.

Quizá, los actos humanos son simples, ya digo, pero los efectos que provocan no pueden explicarse simplemente. ¿Por qué razón?, podríamos preguntarnos una y otra vez.

Pues porque las acciones humanas se refuerzan, se complican, se tuercen o se desvían al cruzarse con otras acciones o al desarrollarse en contextos mudables o no previstos o insuficientemente analizados.

Los nazis siempre estaban dispuestos a ‘solucionar’ hechos o datos de la realidad que ellos concebían como tales, como problemas. Así es, nos dice Rees: a menudo, los nacionalsocialistas creaban “las circunstancias que mejor concordaban con sus prejuicios”.

Pero ese acomodo de la realidad al estereotipo solía provocar obstáculos que eran fruto del fanatismo, de la ceguera: los nazis en su ignorancia y en su imprevisión, en su fatua ambición, creaban un verdadero obstáculo…

Por un lado, creaban un problema gravísimo para la Humanidad. Y, por otro y de manera bien tosca, se creaban un problema técnico para ellos mismos. Bajo determinas circunstancias eran unos pésimos planificadores. Quién lo diría.

Les pasará con Stalin y la campaña del Frente Oriental y les pasará con la organización del Exterminio de los judíos. En este último caso, por ejemplo, hasta 1942, la persecución y muerte de los hebreos se hizo de manera absolutamente desorganizada.

No tuvieron en cuenta algo humano y cruel. Ejecutar directamente, a palos o fusilando, al tiempo que los verdugos miran a los ojos de su víctimas es algo difícil de soportar. Aún más si es numerosa la población a eliminar y si no se cuentan con los medios suficientes.

Matar a distancia y sin intervenir directamente es una forma muy cómoda de irresponsabilizarse, ya que uno no es quien acciona el gatillo o el detonador.

Por eso, el comandante del campo de Auschwitz, Rudolf Höss, dijo sentirse aliviado cuando gracias al refinamiento técnico del gas Zyklon B podía multiplicar las muertes evitando un baño de sangre.

“No podía estar más equivocado”, apostilla Laurence Rees, pues “el verdadero baño de sangre estaba a punto de producirse”, en parte nuevamente por la imprevisión planificadora.

¿Por qué razón? Porque la Solución Final no había previsto con suficiente antelación y organización una red de campos de exterminio.

En los albores de 1942, nos recuerda Rees, sólo un campo estaba especializado en el Exterminio, centro absolutamente insuficiente para los fines que se proponían. Esto les obligó a reacomodar otros establecimientos. Y todo ello hecho con gran improvisación.

Otra vez, por tanto, “a diferencia de quienes adoptan un sistema menos radical, planificando primero en detalle sus acciones para después –y sólo después— llevarlas a cabo, el gobierno nacionalsocialista se entregó” a la ciega improvisación.

Se entregó, dice Rees, “a la deportación de los judíos antes de probar la eficacia de los métodos de destrucción que habían diseñado” o antes de “instalarlos de forma adecuada. Fue a impulsos del desorden subsiguiente como estructuraron su genocidio”.

De hecho, esto no es una excepción: “es una de las constantes de esta historia”, precisa Rees. “La cúpula nazi hubo de hacer frente, una y otra vez, a acontecimientos que no había previsto de forma correcta”.

Y añade: “llevados siempre de una ambición y un optimismo inconmensurables –fundados en el convencimiento de que la ‘voluntad’ podía lograrlo todo por sí sola–, sus dirigentes acabaron por estrellarse”.

Ello era resultado “de su propia falta de planificación y previsión” o resultado de un mal cálculo. Por ejemplo, el enemigo era “más poderoso de lo que les permitía reconocer su hinchada autoestima”.

En Belzec, Sobibór y Treblinka murieron un millón setecientos mil presos; en Auschwitz, un millón cien mil personas.

Pero antes de que se pudiera administrar de manera eficaz la muerte industrial, limpia, expedita, los nazis organizaron un cruento caos, masacres espeluznantes con “escenas que parecían sacadas del infierno”. Eso sí, reduciendo siempre a los prisioneros a un estado infrahumano.

“Al proclamar que aquellos contra los que luchaban eran seres inferiores, los nazis habían generado una profecía que ellos mismos se proponían hacer realidad”. Etcétera, etcétera.

Además de sus excelentes dotes como investigador, Lawrence Rees es sobre todo un narrador, alguien que sabe que la virtud de un texto (o de un documental) no depende del objeto o del problema.

Es decir, a los lectores o a los espectadores no se nos gana de antemano, por muy estremecedor que sea el tema abordado. A los destinatarios más exigentes se les persuade cuando no se atenta a la verdad, cuando se da ese respeto deontológico que todo periodista o historiador debe cumplir.

Pero también cuando el tratamiento del objeto se hace con intriga y significado, cuando se administra la información de manera estratégica, como si el autor y los lectores o los espectadores estuvieran asistiendo a los hechos mismos y en el tiempo en que suceden.

Decía Clifford Geertz que una de las virtudes más sobresalientes de los grandes antropólogos es la de provocar un efecto en sus lectores: el de hacerles copartícipes del descubrimiento.

O, en otros términos, el de testimoniar los hechos como si el investigador y sus destinatarios hubieran estado allí. “Estar allí”, ése es el efecto provocado, un resultado que no es impostura.

“Los etnógrafos”, precisaba Geertz en El antropólogo como autor, “necesitan convencernos” a los lectores “no sólo de que verdaderamente han ‘estado allí’, sino de que (…), de haber estado nosotros allí, hubiéramos visto lo que ellos vieron, sentido lo que ellos sintieron, concluido lo que ellos concluyeron”.

A ese efecto, que está en la obra de los antropólogos, periodistas e historiadores, lo podemos llamar narración, esa conversión de los datos brutos de la experiencia en un relato con significado.

Y, en eso, Laurence Rees se nos revela como un gran maestro: como un documentalista que hace crónica, pero también como un humanista capaz de analizar los valores mismos de la inhumanidad, como un historiador preparado para enfrentarse a los testimonios vivos o muertos del horror.

Aprovechemos y leamos o releamos esta historia real.

Sus efectos perduran.

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