George Steiner. El crítico y el amor

Uno de los más finos autores que he frecuentado, uno de los grandes maestros que más y mejor me han enseñado a leer, que más y mejor me han enseñado a disfrutar de los libros, es Georges Steiner.

Ha muerto. Nos ha dejado. Pero a la vez nos ha legado un patrimonio de saber. Nos ha hecho ver la tragedia y la dicha de la cultura.

En buena medida, mi acceso a los grandes clásicos ha estado mediatizado irreparablemente por sus claves, por sus interpretaciones, por su prosa: las de Steiner.

Bien leídos, esos grandes clásicos son como una epifanía. Nos provocan en ciertos casos algo parecido a una alucinación, nos dejan una huella indeleble y un aturdimiento.

Esas obras no terminan y jamás las consumamos. No las aclaramos del todo, no las liquidamos. En fin, no acaban de tener fecha de caducidad.

Pienso, por ejemplo, en Crimen y castigo (1866), de Feodor Dostoievski. A este clásico y a Tolstoi, George Steiner dedicó páginas lúcidas y exaltadas. Y a Shakespeare, también.

Recuerdo especialmente los argumentos que empleaba en uno de sus libros mayores, más numinosos. Me refiero a Presencias reales (1991), un libro tocado por la gracia.

En ese volumen, Steiner parte de Ludwig Wittgenstein. Sostenía Wittgenstein la naturaleza lingüística de los límites del mundo. Aplicando esa idea a un caso concreto, Steiner se interrogaba, por ejemplo, sobre las influencias de Shakespeare.

Shakespeare como agrimensor y creador de un mundo por él inventado y colonizado. La de Shakespeare es una realidad edificada y poblada con palabras, sí, pero que se sobrepone y se solapa al mundo real.

“Cada provincia” que podamos imaginar, admitía Steiner con estupor y devoción, “pertenece al mundo de Shakespeare, cada continente, cada océano, ¡es un verdadero mapamundi!”

Shakespeare “creó Verona y Venecia cuando ya existían”, a pesar de —o justamente por— no haber estado allí. “Creó lo que existía”, rivalizando con la percepción realista y evidente de sus contemporáneos o de sus antepasados.

Asimismo, “Shakespeare forzó la historia inglesa. Nuestros reyes son los de Shakespeare, nuestras batallas son las de Shakespeare. El no vio esos archivos”, los archivos y los documentos de que se valen los investigadores y en los que se reúnen las informaciones de las que se sirven.

“Ni siquiera sabía qué era un profesor de Historia”, añade Steiner. Sin embargo, somos nosotros quienes nos hemos formado y crecido en la imagen que a él le debemos: el mundo de Hamlet, por ejemplo.

“Nuestros celos son los de Otelo, nuestras senilidades las de Lear, nuestras ambiciones las de Macbeth. Vivimos en la jactancia de su visión. Entramos en el molde de sus previsiones. La ficción ‑‑esta ficción‑‑ ofrece posibilidades de identificación con la vida”.

Tanto es así, tal es la fuerza de esa imagen, que lo común es que identifiquemos “nuestra situación más por la ficción que por el documento”, nos advertía Steiner a historiadores y filólogos.

Hace casi veinte años, en 2001, le dediqué una columna en El País, en la edición valenciana de dicho periódico. Creo que se me notaba el entusiasmo y, también, las devociones.

Un lector adiestrado es un crítico literario. Y el crítico formado es sobre todo un lector, el más cuidadoso y el más desinteresado.

Lo mejor que yo haya podido escribir, una sola nota al pie, ha estado guiado por ese precepto, por esa enseñanza, por la palabra de este maestro. De este crítico. Y de otros pocos que, como él, se entregaron a manos llenas.

“He tenido suerte con mis maestros”, admitió Steiner en su autobiografía, Errata (1997). “Lograron persuadirme de que, en la mejor de sus formas, la relación maestro-alumno es una alegoría del amor desinteresado”.

Pues eso mismo. Así lo he vivido yo y así lo vivo. Venerar a los maestros no es enterrarlos, inhumarlos. Es darles vida, precisamente, como el crítico y el lector que transmiten entusiasmo.

Steiner. Quién como él.

https://elpais.com/diario/2001/09/13/cvalenciana/1000408681_850215.html

—-=

George Steiner, Fotografía de Jacques Sassier, Gallimard

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