Los periodistas y yo. Pradera y Quintà

Cuando fui joven, hace muchas décadas, pensé que podía ser periodista. Por supuesto ignoraba todo de mí mismo.

Era una ilusión. Me parecía el oficio más audaz. El más atractivo. Si yo leía prensa, entonces…, pues eso: podía ser periodista.

Yo quería ser tal cosa. O cronista. O reportero. O crítico. O columnista.

Ser alguna de esas cosas me parecía el colmo de la intrepidez y de la determinación.

Sin embargo, estudié Historia.

Convertirme en periodista implicaba viajar. De entrada suponía irse a Madrid o Barcelona, que eran los lugares en que podía estudiarse dicha carrera.

Más aún, convertirme en periodista implicaba aventurarme en ambientes, ciudades o barrios peligrosos o de mala nota en busca de la noticia.

Tenía, qué quieren, una visión romántica del reporterismo.

Por ello deseaba ser periodista o columnista, crítico o cronista. O aventurero.

Pero a la vez, yo era y sigo siendo timorato y sedentario.

Quería leer para escribir y, de paso, leer todavía más. Sin moverme.

Con ello, con el caudal de información y noticias, podía averiguar, comunicar, convencer sin necesidad de desplazarme.

En fin, sedentario que he sido siempre.

Ahora, muchos años después, he leído dos volúmenes nuevos sobre la profesión a la que, de jovencito, aspiraba.

No es la primera vez que me explayo sobre dicho oficio.

Estos dos últimos volúmenes los he disfrutado, admirando la investigación, la imaginación y el buen hacer de sus autores.

Me refiero a Jordi Gracia y Jordi Amat. Son dos filólogos que dominan el género biográfico.

En este caso se ocupan de las vidas y las obras de dos periodistas incisivos, de dos figuras relevantes de España y Cataluña.

Para mí, son dos libros encadenados, cuya lectura me quita el hipo. Hay páginas sublimes y terroríficas.

Y hay páginas en que los autores muestran bajezas propias de la profesión.

Hay escenas aventureras y otras sedentarias. Eso sí, hay poco periodismo de calle.

Uno de ellos fue un intelectual, editor y editorialista de enorme influencia en la España de la Transición. Por su formación, por su habilidad, por su finura.

Me refiero a Javier Pradera.

El otro, también articulista, fue sobre todo gestor de medios. Es decir, un tipo que estuvo en el lugar de los hechos… O, mejor, en el lugar en donde se confeccionaba la noticia de esos hechos.

Me refiero a Alfons Quintà.

Ambos tuvieron que cargar con un lastre familiar.

El primero de los libros, titulado Javier Pradera o el poder de la izquierda (2019) lo he releído ahora. De Gracia siempre espero lo mejor.

El otro, El hijo del cochero (2020), de Amat, es novedad y lo he disfrutado estos últimos días. Frenéticamente.

Javier Cercas y Ignacio Martínez de Pisón hablan maravillas de este relato. Con razón.

Ambos volúmenes, el de Gracia y el de Amat, tratan, ya digo, de dos periodistas, de su ejecutoria, de su capacidad para intervenir, conspirar y vivir o malvivir. Desde los años cincuenta en adelante.

Javier Pradera, madrileño de origen vasco, tendrá influencia española y americana.

Será un personaje de gran relumbre. Por su hondura intelectual, por su sutileza analítica y por su activismo.

Estuvo en El País, en Alianza Editorial o en Fondo de Cultura Económica. Etcétera.

Los nacidos a finales de los cincuenta le debemos todo.

Por su parte, Alfons Quintà, catalán de influencia supralocal, será también un personaje determinante, en este caso entre la élite nacionalista.

También él estará en El País, al frente de la delegación catalana de este diario, y estará en la fundación de TV3, de El Observador y de El Mundo (edición barcelonesa).

Para mí, leer es vivir de prestado, alejarme. Qué maravilla dejar de escribir para leer sin parar.

Con las lecturas y relecturas me olvido de ese ser nimio que soy para adentrarme en vidas ajenas. Para adentrarme en existencias de mucha índole y repercusión.

Las de Pradera y Quintà son vidas agitadas, sí, y a la vez de mucha tristeza y dolor. No quiero establecer paralelismos… Pradera fue grande; Quintà fue un tipo rencoroso.

No voy a revelar lo que hay de frustración y daño en las vidas de ambos. Insisto que sin paralelismos.

No son de la misma naturaleza los lastres y los errores; tampoco su proyección es equiparable.

Pero, eso sí, con ambos libros les garantizo unos relatos trepidantes y unas existencias analizantes (en el sentido freudiano).

En ambos casos felicito a los autores. Me he visto hsta las tantas de la madrugada leyendo. Y sólo un desfallecimiento me ha hecho parar.

Son dos libros analíticos, comprensivos y piadosos en su método y de ritmo frenético en su desarrollo.

Me parecen sendos aciertos sin peros.

El colmo de la dicha.

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