La gran vida

Los abuelos cuentan batallitas, gestas menores, y desde antiguo las relatan a sus retoños.

Los ancianos lo hacen para que se conozcan y no se pierdan las hazañas de que fueron capaces.

Imagen: Up (2009), Pixar.

Quieren despertar el fervor de sus admiradores. Con ello pecan de un narcisismo perfectamente humano y disculpable.

A la vez quieren activar el ejemplo, el contraste, la comparación del presente y del pasado.

Se entregan a manos llenas. Entregan lo vivido y lo fantaseado o lo deseado y jamás conseguido. O callan el horror del que participaron.

Es bueno y aleccionador que los nietecitos sepan de sus mayores, de aquel tiempo que desconocen o de aquellas vivencias que ignoran. Que investiguen, que averigüen.

Si el pasado no es nada, si lo hecho por los mayores carece de sentido o importancia m, entonces el joven peca de adanismo. O de idiotez.

Pero, atención, ese joven no se debe sólo a esos relatos o enseñanzas. No se debe sólo a sus mayores.

La memoria de los viejos retoca, reelabora. Con la edad, todos estiramos o achicamos aquello que hicimos. Incluso agrandamos o agravamos lo que padecimos.

Imagen: Up (2009), Pixar.

Queremos convencernos y convencer; o justificarnos y justificar; o mejorarnos y mejorar; o empeorarnos o empeorar.

Parece que todo vale para compensar lo vivido y lo jamás alcanzado.

Así seremos capaces de despertar admiración o lástima. O compasión por nuestra circunstancia.

Los relatos de los abuelos nos son necesarios. En toda sociedad histórica, la experiencia de los ancianos vale como instrucción y contraste.

Y esas experiencias diversas se confunden con la memoria de la colectividad.

Aún hoy sirven. O deberían servir.

Por una parte, el anciano despierta nuestra simpatía por el coraje de que se supo capaz.

Pero, por otra, eso que ahora nos dice no se corresponde necesariamente con el hecho que de joven protagonizó o vio.

Por un lado, con sus historias, los viejos aspiran a poner los nietos en su lugar, aquietándolos. ¿Cómo es eso?

Pues sí: con sus enseñanzas pueden frenar o atemperar la soberbia propia de la edad, la condescendencia de los jóvenes, ese adanismo.

Hoy no empieza todo. El presente dura.

Pero a la vez dichos cuentos son poco fiables: elevan o alegan.

En pocas palabras: redimen y embellecen el propio pasado o la gesta particular de la que esa persona fue protagonista o testigo.

Imagen: Up (2009), Pixar.

Con estas palabras no me refiero a nadie en particular. Aludo a la condición humana.

Son poco fiables, pero los relatos de nuestras experiencias dan vida o la alargan: a quien cuenta y a quien escucha.

Yo no tengo nietecitos, pero con lo que relato oralmente y por escrito me estoy dando vida. La gran vida.

No sé si me explico.

———


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