El chico más bello del mundo

Hace diez años escribí, creo que por primera vez, sobre La muerte en Venecia (1912), de Thomas Mann. Por entonces, hacia 2011 o así, conmemorábamos el primer centenario.

Inevitablemente, en aquel escrito algo dije también de la adaptación cinematográfica de esta ‘nouvelle’. El título del film es bien conocido: Muerte en Venecia (1971), de Luchino Visconti.

Permítanme ponerme sublime o cursi: la película es un placer para los sentidos y en mis oídos aún resuena el ‘Adagietto’ de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler.

Lo digo y me contradigo: puede ser sublime y decadente, cierto, pero tengo para mí que en este film y, en general, en la obra del Visconti maduro, hay algo kitsch.

Dejémoslo estar. Regresemos de momento a la obra de Mann.

Por supuesto, la figura egregia y casi anciana de su protagonista, Gustav von Aschenbach, es en principio lo que en 2011 me interesaba y aún me interesa. Son él y sus zozobras éticas, eróticas y estéticas aquello que me impresionaba y todavía me impresiona.

En La muerte en Venecia están y se plantean algunas preguntas esenciales que a todos nos deberían preocupar: el arte y su trastorno, la originalidad y el conservadurismo estético y, en fin, la irrupción perturbadora de la belleza, de la vida, de la muerte.

En su momento, cuando leí la novela de Mann y cuando vi el film de Visconti, quedé impresionado por la figura de Tadzio. ¿Se puede ser más bello? El joven se nos muestra con una armonía de trazado clásico prácticamente inalcanzable.

Tadzio es el contrapunto mudo de Aschenbach, su objeto de deseo. Tadzio es un jovencito filiforme, casi un niño. Lo adornan un perfil perfecto y un rostro andrógino.

Sus rizos dorados (o de color miel, como apunta Mann en la novela) le dan un aire femenino y linajudo, de alcurnias muy pretéritas. En Visconti se da el mismo efecto. Por otra parte, en la mirada de Tadzio, que puede ser inocente y retadora a un tiempo, descubrimos una incontenible o remota tristeza.

Por supuesto, Tadzio es una persona y es, a la vez, el espejo real y fantasioso en el que Gustav von Aschenbach mira y se mira.

El elegante Dirk Bogarde, que interpreta al hombre maduro en el film, cae fatalmente enamorado de Tadzio. Se prenda, en efecto, de este ser angelical del que adivinamos un fondo oscuro. Todo en él es fría carnalidad y a la vez belleza platónica.

Lo que puedo señalar sobre esta novela de Mann ya lo indiqué abreviadamente hace años en este blog. Pero lo que ahora puedo añadir tiene que ver con la figura de Tadzio o, mejor dicho, con la persona real que encarnaba al personaje en la película de Luchino Visconti.

Me refiero al músico y actor sueco Björn Andrésen (1955), que fue el muchacho elegido a comienzos de los setenta por el director italiano para Muerte en Venecia.

Entonces, aquel jovencito tenía quince años y había obtenido el papel tras un larguísimo y agotador casting organizado por Visconti.

El cineasta anduvo por Rusia, Polonia, Suecia, etcétera. Fue en Estocolmo en donde halló a Andrésen.

Todo esto podemos constatarlo en dos películas documentales. La primera se debe al propio Visconti, titulada Alla ricerca di Tadzio (1970). Es contemporánea de aquel casting y he podido verla en YouTube.

Alla ricerca di Tadzio nos muestra la sucesión y el proceso de selección de muchísimos niños rubicundos de la Europa oriental y septentrional.

Entre ellos había que encontrar al auténtico Tadzio, según Visconti. No nos llevamos una gran impresión de lo que vemos. Es un documento parasitario del gran film.

La segunda película a la que me refiero es The Most Beautiful Boy in the World (2021), de Kristina Lindström y Kristian Petri. He podido verla en Filmin.

Este documental nos cuenta la triste historia de Björn Andrésen, de cómo sé sintió utilizado, manejado y hasta explotado por Visconti. Sólo era un niño asustado que, de repente, se ve arrastrado por una celebridad que lo desnaturaliza.

Pero el film sueco es también la vida del niño huérfano que fue Andrésen, que no supo ni sabe quién es su padre y que tuvo que afrontar el suicidio de la madre cuando sólo era un muchachito. Sus afectos quedarán reducidos a su hermana y a su abuela materna.

Es una familia rota por todas sus costuras. Sólo la anciana sabrá qué hacer. La abuela es consciente de qué material humano dispone. Y sabrá cómo aprovecharlo. Con decisión se propondrá tempranamente tener un nieto famoso. Y lo logrará.

En cualquier caso, la historia que nos muestran Kristina Lindström y Kristian Petri es la versión de Björn Andrésen, la que relata, evoca y detalla en el film.

Hay datos incontestables. Su belleza natural preadolescente y ambigua podía llevarle al estrellato. Y así sucederá gracias a la determinación de su abuelita y al ojo de Visconti.

¿Qué siente uno al ver este film y al volver a Muerte en Venecia?

Sin duda, la historia de los niños prodigio suele ser muy triste. Y este caso no es excepcional. El muchachito crece y su voz o sus formas infantiles o angelicales se transforman y hasta desaparecen.

Su figura, su cara, su imagen quedan asociadas a un símbolo y su yo real, perecedero y en mutación, ya no interesa.

La evolución que experimente será siempre decepcionante. Y esa decepción la arrastrará, en primer lugar, la persona asociada al personaje.

Todo lo que pueda hacer después de haberse convertido en icono se nos muestra en el film sueco, pero esas actividades y cambios parecen irremediablemente condenados al fracaso.

Björn Andrésen es algo más que Tadzio, pero su condena es haber quedado fatalmente adherido a dicho personaje. En la película de Kristina Lindström y Kristian Petri se nos cuenta su versión, ya digo: cuando sobrepasa la sesentena. ¿Debemos creer lo que ahora nos cuenta?

Con pesadumbre declaro mi nulo interés, hasta ahora mismo, en Björn Andrésen. Pudiendo haberme preocupado, nunca hice el más mínimo esfuerzo por averiguar quién era y qué había sido de él.

Ahora, tras ver los documentales de Kristina Lindström y Kristian Petri, y Luchino Visconti, me pregunto por mi indiferencia de décadas acerca de Andrésen y me pregunto por el interés que siempre me ha despertado Tadzio.

Ya lo dijo un personaje de John le Carré: “el secreto de la vida” es “hacerse viejo sin hacerse mejor”.

Eso nos pasa, sí.
———

https://justoserna.com/2011/01/09/la-muerte-en-venecia/

https://justoserna.com/2013/01/22/helmut-berger-y-tadzio/

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