¿Qué harías tú en Afganistán?

¿Qué harías tú en una circunstancia extrema? ¿Qué harías tú en medio de una guerra civil, por ejemplo? Lo pregunto como individuo.

Me refiero a un conflicto armado en el que quien triunfa instaurará la máxima represión y una generalizada crueldad.

Imagen:
vídeo propagandístico de ISIS-K
El Mundo.

¿Te comportarías con entereza y dignidad? ¿Cabría la posibilidad de seguir luchando, de enfrentarte —con las fuerzas de la oposición— a ese enemigo cruel?

¿Acaso se te exige que actúes como un héroe o como un santo? ¿Acaso se te pide que obres sin caer o recaer en contradicción alguna?

No sé lo que tú harías, pero dicho ahora, en frío, yo trataría de obrar conforme a dos principios básicos.

El primero, el de la supervivencia, la mía, la de los míos. Lo normal, vaya: el ser tiende a perseverar.

Pues eso: lo deseable sería conservarse, no librarse o entregarse a una muerte segura o a una persecución sañuda.

Lo normal y comprensible y humano es que tú y yo evitáramos ambas posibilidades: la de la represión y la del exterminio.

Pongamos que ya sobrepasáramos los sesenta años. Por mi parte trataría de escaparme de la contienda tirando el escudo para facilitarme una huida, para procurarme un exilio.

Serían una decisión y una actitud perfectamente comprensibles. Puede que si yo lo hiciera, puede que si tú lo hicieras, se nos criticara por traidores o equidistantes.

¿Es así?

El segundo principio básico a partir del cual yo intentaría actuar —y del que trataría de convencerte— es el de no infligir violencia gratuita por mi parte.

Por tanto me exigiría la aplicación de un imperativo o un correctivo: haz aquello que podría convertirse en principio universal, en comportamiento humano razonable.

Infligir daño a los demás, a mis enemigos, es lo preceptivo en una guerra. Y, sin embargo, no estaría para esos trotes.

Evitar el dolor que yo pudiera haber provocado no es traición o equidistancia; es humanidad, es generosidad y es sobre todo miedo, el miedo que yo mismo tengo derecho a experimentar.

En una guerra (en una guerra civil) no juzgues a los contemporáneos o a los antecesores con severidad.

Es muy fácil salvar o condenar a quienes evitan ser aplastados por una lógica extrema y maniquea: aquella según la cual quien no está conmigo está contra mí.

Es muy fácil desde nuestra cómoda posición señalar o indicar cuáles debían ser la decisión y la actitud correctas, las de quienes se oponen con acierto o desacierto y generosidad al terror.

Pero esa tendencia a juzgar a los contemporáneos o a los antepasados es lo primero que debe evitar el analista fino y el historiador.

Ni estaban allí, ni conocen todas las informaciones del caso (la inteligencia de los Servicios). Ni estaban allí, ni conocen enteramente cuáles son las razones personales de quienes abandonan.

Tampoco tienen derecho, el analista o el historiador, a exigir heroísmos o santidades a quienes padecen el
Apocalipsis.

Estoy casi seguro de que si yo me viese envuelto en esa circunstancia extrema de la guerra y del terror, no sería ni santo ni héroe.

Es probable incluso que mi comportamiento fuera juzgado muy severamente por traición. Pero, qué quieren, uno tiene sus miedos y yo profeso una moral indolora.

Procura, me digo, no dañar gratuitamente incluso a quienes no merecen tu compasión. Procura, me digo, salvarte aunque se pueda juzgar por cobardía. En fin.

Todo esto que sostengo lo escribí hace dos años pensando en la Guerra Civil española. De repente me doy cuenta ahora de que es aplicable al infierno de Afganistán.

Siento una enorme tristeza y gran impotencia ante lo que sucede. No nos llenemos la boca o no nos sintamos mejores culpando exclusivamente a Occidente de este desastre.

Probablemente, las cosas podrían haberse hecho de otro modo e incluso mejor. Pero yo pienso en este momento en las víctimas del terror suicida y en los damnificados de un régimen campamental.

Pienso en quienes quieren huir y ya no podrán hacerlo. O porque los Talibanes lo impiden ya, o porque el ISIS-K quiere calcinar o carbonizar el pequeño resto o rastro de humanidad que aún queda.

El 31 de agosto no empieza el Infierno, no. El Apocalipsis ha estallado. No cerremos los ojos y, sobre todo, no juzguemos confortablemente instalados. Las fuerzas allí desplazadas y que ahora regresan se comportan con un heroísmo del que yo sería incapaz.

Exijamos a nuestros gobiernos, a la OTAN, a las instituciones mundiales y a la opinión pública que los Derechos Humanos sean el ideal regulativo y sean el principio de las relaciones internacionales y no el provecho ciego de un capitalismo occidental sometido y externalizado.

Y esto último lo digo por propio interés: los recursos y las materias primas de nuestro sistema productivo no pueden depender enteramente de países con regímenes tiránicos.

La externalización sacrificó a la clase obrera occidental. Ahora somos dependientes de antiguas colonias, de antiguos imperios y de nuevas tiranías y autocracias.

Lo que pido es simple, bienintencionado y probablemente dificilísimo de aplicar. No me exijan más. No soy experto. Y mi formación no me permite mayores luces. Por eso ahora, de momento, lo veo todo oscuro.

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