Antonio Muñoz Molina. ‘Diario del año de la peste’

En Volver a dónde (2021), alguien que vive en Madrid observa, registra, recuerda, reescribe y vuelve a evocar hechos de 2020, los que en ese momento acontecen, y también otros hechos pertenecientes a su infancia y adolescencia.

Emprende esta operación en unas condiciones extraordinarias. Lo hace tras ser confinado —como tantos otros—, tras someterse humilde, modesta y sensatamente a la cuarentena prescrita por las autoridades sanitarias.

Estamos en 2020, insisto, y el 14 de marzo el Gobierno español, en consonancia con lo dictado por los restantes gabinetes de la Unión Europea, establece el estado de alarma, una situación jurídica excepcional que, entre otras cosas, prohíbe la libre circulación de las personas.

La enfermedad que pronto llamaremos COVID-19 es muy contagiosa, con una letalidad altísima. La Organización Mundial de la Salud declara el estado de pandemia el 11 de marzo.

Con Volver a dónde, el narrador —a quien identificamos con el autor— ha compuesto un libro de no ficción, un híbrido de géneros: entre el diario y la crónica, entre la memoria autobiográfica y la historia colectiva, entre lo sucedido y lo probablemente venidero.

Ese autor-narrador, a quien reconocemos como Antonio Muñoz Molina, es un flâneur habituado a pasear en bici o a pie. Ahora encerrado, evoca y lleva un diario del confinamiento. De lo que sabe, ve, supone o fantasea. Pero es algo más, mucho más.

Después, cuando se alivie la severísima restricción, escribirá recordando esas semanas de obligado encierro, escribirá mostrándonos el tanteo, la tímida apertura, la salida y sus prevenciones, y escribirá evocando su pasado más remoto.

A la manera del paseante solitario, el escritor mira y lo anota, observa sin descanso y lo detalla, recuerda permanentemente y lo expresa. Padece una cuarentena, como millones de personas, que él comparte con su esposa.

El volumen Volver a dónde podemos tomarlo como un dietario, como una guía urbana, como cuaderno de campo, como un estudio menudo del mundo, como un autoexamen exigente, como unas memorias parciales y como la enumeración de vaticinios tentativos. También como una andanada política dirigida contra los irresponsables. ¿A quién es me refiero? Lean y podrán comprobarlo.

Todo el texto está en primera persona.

Igual que antes del encierro el narrador caminaba solo mirando la urbe, ahora observa solo desde su almena, desde su puesto de vigía, desde el balcón. Mira un fragmento de vida y de ciudad, vestigios de lo que ocurre o recuerda, un microcosmos que le es extraño y familiar a la vez.

Mira y lo retiene y expresa con palabras, las palabras que enumeran los sentimientos, las vivencias y los atisbos propiamente callejeros durante y después de la cuarentena.

El libro tiene esa finalidad: afinar el detalle para hacerse sabedor y hacernos sabedores de que todo es efímero y casi prodigioso, fatal, pura chiripa. Nada hay garantizado y todo lo que dábamos por descontado puede perderse.

En esa situación inhóspita, inaudita, la experiencia deteriora el ánimo y al tiempo se vive como expectativa quizá prometedora. El observador, antiguo o nuevo paseante, anota cosas en un cuaderno, cosas a las que añade recortes de periódico, fotografías, etcétera.

Es decir, en este volumen se hacen explícitos el acto de mirar, el acto de conjeturar, el acto de anotar. No sólo se relata, sino que, además, se nos muestra cómo se relata.

Alguien —ese narrador— se deleita, además y de manera obsesiva, con las Sonatas para Piano de Beethoven, bajo la dirección de Daniel Barenboim, o con la ejecución de ciertos estándares americanos, baladas, canciones entonadas y hasta susurradas por James Taylor.

Sobra tiempo y a la vez falta. Por su parte, el narrador descubre o redescubre el valor de lo imprescindible y lo accesorio, esas pocas cosas de que podemos servirnos y que bastan para llevar una existencia austera, una pobreza digna.

La voz en primera persona, en el registro del dietario o bajo la forma del recuerdo, rememora aquello que ha vivido, ha experimentado o ha fantaseado. Está muy atento a lo que pasa y al mismo tiempo se deja llevar por las ensoñaciones que lo real o lo pretérito le provocan y que inmediatamente o más adelante anotará en su cuaderno.

Ya lo dije una vez al estudiar Ventanas de Manhattan, (2004), de Antonio Muñoz Molina. Ahora vuelvo a decirlo. Me valía entonces, precisamente, de Daniel Barenboim. Decía el artista que lo que diferencia la música de la literatura es que aquélla no se consuma en la partitura del compositor, sino en la ejecución del intérprete.

Esto es, hasta que no hay interpretación no hay pieza y sólo cuando se trae el sonido al mundo es posible decir que se ha asistido al prodigio de la música.

Pero, si lo pensamos bien, tampoco la literatura se consuma en la escritura torrencial de un autor, en el cuaderno, sino en la ejecución posterior del literato, en la composición de un libro que será recreado por quien lea.

Repito, pues. Volver a dónde no es escritura torrencial o automática. Es hechura en tiempo real, diario; y es rehechura, lo que después se piensa y se escribe o lo que más adelante se compone al yuxtaponer con orden y vaivén los capítulos.

El observador no tiene la última palabra. La tiene ese literato que recupera los registros dándoles forma tentativa y definitiva a la vez.

Todo ello se da bajo la supervisión de un yo omnipresente, que no omnisciente, pues ese que mira no lo sabe todo: no sabe entera y exactamente qué está pasando e ignora qué porvenir nos está reservado.

Por tanto, se atreve con audacias interpretativas, con conjeturas, con fabulaciones queriendo ser a la vez un escribano fiel, un observador notarial y, de cuando en cuando, un ciudadano tonante.

Nuestras vidas no son sólo aquello que se concreta o se realiza. Lo ignorado y lo fantaseado quedan en nuestro interior, cosa que provoca efectos y defectos de los que no siempre somos sabedores.

En Volver a dónde hablamos de una realidad fantasmal que arranca de la infancia, que se agranda o se agrava a partir de las experiencias de la vida y con la que el narrador carga durante toda su existencia.

Esas observaciones y esas hipótesis son historia real e historia virtual protagonizada por personas y por espectros que anidan en el interior y que se reflejan en los descendientes.

Que ya no estén ahí fuera, en el exterior, no implica, claro, que no tengan consecuencias. Las tiene para quien evoca, calcula y compara su vida con las existencias de esos seres queridos bien reales o ya fantasmales.

Este libro es una reflexión y una metareflexión sobre la vida y la mirada, asuntos centrales en la obra de Antonio Muñoz Molina y que ya apreciábamos en El Robinson urbano, en Diario del Nautilus, en Las apariencias, en Escrito en un instante, en Las gafas de Pla, en La vida por delante, en Ventanas de Manhattan, etcétera.

Ya lo he dicho en varias ocasiones: no es extraño que Muñoz Molina se sirva del tópico literario de Robinson, del mito literario y de sus epígonos, y que esa figura reaparezca constantemente en sus obras.

Pero el viajero de Daniel Defoe que, por afán de lucro y de conocimiento y desoyendo los consejos del padre, se lanza a la aventura, es ahora un náufrago en la ciudad.

Es Antonio Muñoz Molina.

Valiéndose de los pecios del barco, de lo que la naturaleza le dio y de su destreza, Crusoe logra reedificar la sociedad, con empeño obsesivo, neurótico, con periódicas recaídas en la tristeza, en el pesimismo y en la fatalidad, sabiendo que el tiempo todo lo destruye y que un solo instante suprime la vida.

Veo en Antonio Muñoz Molina una pesadumbre que lo hermana con la figura de Defoe, pero también con los personajes animosos de Julio Verne. Es el relato de un naufragio y de una supervivencia.

En Ventanas de Manhattan’, que relata el efecto y el espasmo personales que provoca el 11 de septiembre de 2001, el narrador vive en un apartamento.

El apartamento neoyorquino tiene mirilla, claro. Y es, en efecto, “el ojo de buey y el periscopio por el que pueden vislumbrarse los desconocidos paisajes submarinos del rellano”, de modo que la vivienda es como un batiscafo, su puesto desde el que observar.

Ahora, en Volver a dónde, que también es el relato de un cataclismo, no es la mirilla. Es el balcón al que salen Antonio Muñoz Molina y Elvira Lindo a aplaudir al personal médico y sanitario o al que sale el marido para acabar el último trago de la copa que queda de la cena mientras mira con sosiego, mientras toca y huele sus plantas.

Volver a dónde no es exactamente el Diario del año de la peste como subtitulo este post valiéndome de la obra que Daniel Defoe acaba en 1722. En Defoe, el Diario es crónica de la epidemia londinense de 1665. En Muñoz Molina es más, algo más personal y quizá mas ambicioso.

Y tiene unos protagonistas de los que aquí, deliberadamente, no he dicho nada.

No quiero revelar de manera indebida lo que son afectos hondos, gozosos y dolorosos. Quien lea este libro podrá descubrirlos y podrá sopesar la prosa: el fraseo, el ritmo de su sintaxis, y la capacidad para dolerse y reponerse.

Aún hay esperanza.

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