¿El mundo se hunde?

Uno. De un tiempo a esta parte, acudo al cine temiéndome lo peor. Por ejemplo, que cuando salga todo se haya agravado.

Pero acudo temiendo también que se alargue mucho, muchísimo, el metraje de las películas.

Si exagerara, diría que ya no se estrenan films de hora y media. Ahora, es como si la duración fuera una huida y una ostentación.

¿Queríais cine y escapismo?, parecen decirse los productores. Pues lo vais a tener: minutos y minutos de metraje, que para eso cuesta tanto rodar una película.

Además, ahí fuera, en la calle está lo real: todo son accidentes y catástrofes…

O, según decía Julio Cortázar en La noche boca arriba: «…como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse».

He visto recientemente tres películas nada aburridas. En la calle era peor: del exterior llegaban noticias desalentadoras.

Quizá por eso, el metraje era larguísimo y consolador. Quizá por eso me quedé.

Y ví, vimos, El buen patrón (2021), de Fernando León de Aranoa.

Dos. Todas las empresas felices se parecen.

La película estaba programada en el Cine Club de los Cines Babel, de Valencia, para el día 2 de noviembre de 2021. El ciclo lo dirige Manuel de la Fuente y la presentación corrió a cargo de Isadora Guardia.

Hay muchas maneras de ver esta película. Me limitaré a dos posibles. Primera: conoces el cine de León de Aranoa y estableces comparaciones entre este film y sus obras anteriores .

Segunda manera: ignoras (o haces como que ignoras) las películas de este director y te limitas a la historia que aquí se presenta y se cuenta.

He preferido verla de este segundo modo. Es decir, he preferido asistir a su pase como si yo fuera un espectador nuevo, como si yo no supiera nada de anteriores films. De hecho, no había leído reseña o crítica alguna.

¿Y cuál es el resultado? Asisto, asistimos, a una historia que se desarrolla en una mediana o pequeña empresa, la fábrica de Básculas Blanco, de una ciudad de provincias española.

No se nos presenta la historia desde su principio, con el crecimiento, la expansión, etcétera. No.

Iniciamos el film in medias res, cuando la sociedad opta, nada menos, que a un premio a la excelencia empresarial que concede el Gobierno de la Región.

La firma ya tiene un pasado, pues los Blanco son dos generaciones de fabricantes. El personaje que interpreta Javier Bardem es el descendiente del patriarca. Se llama Julio Blanco y se juzga muy positivamente.

Para él, la empresa es como una familia, incluso como una gran familia. Lo es para él y así lo va diciendo a todos y todo el tiempo.

¿Acaso cree tal cosa? Es muy probable que no mienta cuando asimila la empresa a la familia.

Ahora bien, eso no le impide tomar decisiones que él mismo juzga dolorosas (expulsar obreros a la calle, aprovecharse de las becarias o ejercer indirectamente el matonismo, etcétera).

Son dolorosas. O eso dice. Y lo dice con inevitable cinismo y con medias verdades.

Blanco es un tipo contradictorio, no un monstruoso patrón, ajeno a los sinsabores de sus empleados. Estamos ante un empresario que se quiere equilibrado, como las básculas que fabrica.

Pero mantener el equilibrio en el juego empresarial le lleva a hacer trampas, a ir de farol, a buscar complicidades, a comprar voluntades.

Y no digo más porque no quiero desvelar el intríngulis del film.

Lo curioso y lo mejor de esta historia son sin duda el guion, la actuación de Javier Bardem y la dirección artística.

Si echamos un vistazo a la estética de los objetos que nos rodean, vemos incongruencias deliberadas o anacronismos expresos.

¿En que provincia del interior aún viven así? Sin duda, hay modernidades, pero resultan casi incoherentes.

En los domicilios o apartamentos parecen sobrevivir unos decorados de otras épocas: de los sesenta, de los setenta, de los ochenta.

El patrón, que dispone de móvil, se adorna con una sobriedad rancia: de provincias, efectivamente. Viste una indumentaria que ya era antigua cuando la estrenó.

Conduce un Jaguar, sí, pero es un modelo tan clásico, tan poco ostentoso, sin extras, que se nos antoja desfasado.

Estamos en una era inespecífica, en un cruce o bucle temporal, en el que adminículos viejos conviven con celulares de última o penúltima generación.

La propia empresa, dedicada —ya digo— a la elaboración de básculas, es en sí misma una antigualla o algo ancestral. Y el espacio de la factoría recuerda entornos fabriles del pasado.

Todo lo que se nos muestra es visualmente anacrónico. ¿Acaso por descuido del cineasta? En absoluto.

Todo está sabiamente escogido y todo es representativo, admitiendo una lectura primera o literal y otra secundaria y simbólica.

Las mujeres son personajes secundarios, como muchachas de provincia: o son figuras tristes y mantenidas, o son empleadas administrativas de escaso vuelo.

Salvo alguna excepción.

Una de las personas que me acompañaba a la sesión me recordó con gran ojo que el film rezuma cierta estética del landismo. Le doy toda la razón: la materialidad de los objetos y los chistes u ocurrencias sexuales nos lo hacen recordar.

El landismo, ya lo sabemos, es aquel cine de los sesenta y setenta, de comedia rancia y tímidamente erótica, con personajes pobres, planos y patéticos, encerrados en un mundo romo.

Este film no tiene nada de realista ni de costumbrista. No nos reproduce la gran empresa ni el capitalismo feroz de última hora.

Recrea de modo ficticio y absolutamente irreal el viejo paternalismo empresarial en la España de hoy, un mundo que está en trance de desaparecer o de ser un resto o ruina milagrosamente superviviente.

¿La vida sigue igual?

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