¿Qué deberíamos hacer los historiadores?

En un breve escrito, el historiador José Luis Ibáñez Salas se lamenta, con razón, del mal uso, del frecuente mal uso, que del pasado se hace en el debate público.

Dice concretamente que “la culpa de que el franquismo siga dividiendo radicalmente a la sociedad civil española es de los historiadores”.

Y añade: “es nuestra, sí, por no haber conseguido que el conocimiento histórico sea lo que se tiene en cuenta cada vez que alguien arroja, usa o manipula el pasado con intenciones abyectas”.

Creo que tiene razón. Resulta lamentable utilizar la historia o el deficiente o el manipulado conocimiento histórico con intenciones abyectas. Los perjudicados somos todos.

Creo que podemos desarrollar algo más el argumento y, quizá, matizar.

Podemos admitir, sí, que el pasado se conoce mal entre muchos de nuestros contemporáneos.

Saber lo ocurrido en otra circunstancia y saberlo con fundamento y conocimiento exigen un esfuerzo que no todo el mundo está dispuesto a hacer.

¿Para qué me voy a informar suficientemente sobre Las Meninas (1656) si puedo zanjar su mención de manera tajante e ignorante, con un tópico?

Pongamos que estoy de cháchara en una conversación trivial. Es probable que nadie me pida cuentas y es probable que nadie me afee la respuesta si menciono la obra de Velázquez con errores o lugares comunes.

Imagen: RTVE

Pero una conversación no es tan trivial como queremos creer: nuestras charlas informales también forman o deforman el pensamiento, la riqueza y superficialidad de nuestro pensamiento.

Imaginemos esto mismo en las redes.

La desinformación, el tópico y el bulo en un mundo de redes (y las redes son algo así como conversaciones informales) pueden tener un efecto multiplicador, pueden tener consecuencias devastadoras.

Por tanto exigirse conocimiento y tiento debería ser empeño común de los contemporáneos, de las personas con un mínimo de vergüenza y responsabilidad.

¿Estamos ahora peor que antes? No. Informarse cuesta y pensar, más. Ahora y en el pasado. Nunca ha habido época en que el conocimiento histórico haya estado bien repartido.

Hoy en día y también tiempo atrás, vamos a lo fácil. Y en la esfera pública el pasado es un arma siempre a punto de desenvainarse. Así, puede echarse mano de una referencia remota o reciente como justificación del presente, incluso como ariete.

Si hay choque político, entonces se apela a lo pretérito como munición o como punición: para atacar o para castigar a quienes hoy se nos enfrentan.

En ese caso, lo sucedido en el pasado sirve para culpar o para batir y abatir al adversario, al enemigo… actual.

Tendría, pues, razón José Luis Ibáñez. Los historiadores no estamos donde deberíamos estar.

Dicho en otros términos: si el conocimiento de quien investiga no ha calado, entonces es que quien más sabe de lo pretérito ha sido incapaz de comunicar eficazmente, de hacerse presente en la esfera pública.

Esta sería la razón por la que siempre habría alguien que arroja, usa o manipula el pasado con intenciones abyectas.

Haría falta siempre un historiador vigilante, observador del correcto uso del pasado, de lo que sabemos del pasado. Para evitar fantasías y falacias.

Pero, claro, no es eso lo que ocurre: en general, el historiador no está ni se le espera en lo público, en las redes, en los media.

Debemos reconocer el escaso o nulo papel ejercido por los historiadores. Son figuras a las que apenas se las tiene en cuenta.

A veces se les falta al respeto sin consideración alguna: eso sucede cuando lo dicho por un historiador se toma como mera opinión bajo el supuesto de que todo el mundo tiene derecho a decir la suya.

Pero la historia no es un repertorio de opiniones, de posiciones o de suposiciones. Es investigación documentada.

Es más: esa investigación no debe guiarla un interés chatamente actual (rastrear lo ocurrido para justificar a los nuestros).

Tampoco debe primar entre los historiadores la hostilidad anacrónica o retrospectiva hacia los antepasados, ciertos antepasados.

Debemos buscar lo que hicieron diferente y debemos averiguar en qué erraron y en qué acertaron. Quienes nos precedieron acertaron y se equivocaron, cometieron crímenes o demostraron dignidad e indignidad.

Si el presente es un entramado complejo de acciones, relaciones y decisiones, el pasado no es un escenario simple de actores con papeles ya definidos de antemano. Debemos examinar con tiento y con fundamento lo que hicieron.

Por ello, el pasado no puede quedar en manos de ciudadanos voluntaria y culpablemente ignorantes que se valen de tópicos para explicarse.

Tampoco debemos admitir que políticos en sazón o aspirantes, sin demasiados conocimientos o sin escrúpulos, utilicen lo pretérito como aval o bala, como justificación o munición.

En fin, no es recomendable que el pasado quede en manos de periodistas con escaso bagaje o limitada formación histórica.

Por eso, los historiadores debemos salir de la cátedra y de la academia. Salvo honrosas excepciones, los colegas han hecho bien poco por estar presentes, quizá pensando que lo académico es lo único que importa.

Pero incluso cuando se ensucian las manos e intervienen no siempre lo hacen con buena divulgación o con volúmenes de los que aprender con gusto. ¿Cómo deberíamos hacerlo?

La pregunta la repito. Y a ustedes se la dirijo. ¿Qué y cómo deberíamos hacer y escribir los historiadores para que los lectores nos atendieran? Todos saldríamos beneficiados.

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