Almudena Grandes. Aún pendiente

Días atrás, cierta persona me preguntó privadamente sobre Almudena Grandes. Me preguntó, extrañada, por mi silencio tras la muerte de la escritora y tras tantas manifestaciones públicas y periodísticas de dolor, de luto.

Por su parte, también Toni Zarza me planteó amistosamente una cuestión acerca de su literatura. Aprovechaba para darme alguna pista sobre sus impresiones y sus relaciones con la autora madrileña.

La pregunta de Toni Zarza era menos circunstancial. “¿Qué opinión te merece como escritora Almudena Grandes?”, me interrogó. Así, de sopetón, terminante y confianzudo.

He dicho antes que la pregunta de Zarza era “menos circunstancial”. Quizá no se entienda ese adjetivo. Intentaré explicarme.

Debemos admitir que la muerte y el luto consiguiente son siempre circunstanciales, sin que ese calificativo les quite importancia, gravedad y dolor.

Quiero decir, el fallecimiento de una artista, de un compositor, de un actor, de una novelista, generalmente nos conmueve y, por ello mismo, a poco que los estimemos algo decimos o escribimos.

Aparte de mis conocimientos o desconocimientos, aparte de mis simpatías o antipatías que la artista, el compositor, el actor o la novelista me despierten, me pongo un freno.

Siempre hay algo que decir o escribir en el caso de que yo tenga alguna cosa seria, honda o sentida que decir o escribir. Y, en el caso de Almudena Grandes, me he puesto un freno.

¿A qué se debe? En primer lugar, a mi escaso conocimiento de su obra; en segundo lugar, al pudor que tanto duelo y tanta conmoción, me provocan.

¿Acaso critico o repruebo esa manifestación multitudinaria de dolor? En absoluto. Las exequias publicas están bien justificadas, así como la sencilla expresión de orfandad.

Cuando murió David Bowie, la manifestación de estupor y de duelo creció exponencialmente y yo mismo no salía de mi aturdimiento y de mi pena.

Aun así, me sentí convocado e interpelado. Yo también quería decir la mía, expresar mi dolor por alguien cuyas composiciones tanta dicha aún me procuran.

¿Entonces? ¿Por qué no decir algo sobre Almudena Grandes? Bueno, rompo ese silencio y a la vez intento explicarme.

Que yo me haya mantenido en silencio hasta ahora mismo se debe sencillamente a mi parcial e insuficiente conocimiento de su obra.

Es un desconocimiento culpable, si quieren.

Para empezar sólo he leído El corazón helado (2007). Son casi mil páginas, sí, pero no son nada comparadas con las que después la autora fue añadiendo. El corazón helado es, pues, el único libro suyo que en su momento me atrajo.

¿Y eso?

Un dato menor pero significativo: el ejemplar que leí no era mío, sino de mi padre, que ahora conservo con toda su biblioteca reunida.

Si alguien echara un vistazo a mis libros, estrictamente a mis libros, creo que no hallaría ningún volumen de Almudena Grandes.

Esa persona tendría que buscarlo entre los anaqueles de mi señor padre, cuya biblioteca conservo. Allí se hallan otras obras de la autora madrileña.

Al año siguiente de publicarse El corazón helado, se murió. Mi padre, quiero decir.

Él me había hablado muy bien de esta novela. Me había insistido, como sólo él acostumbraba a hacerlo, en que no me la perdiera a consecuencia de mis obligaciones académicas o mi despiste.

Le hice caso y efectivamente la leí. Él casi siempre acertaba con sus recomendaciones o incitaciones. El corazón helado me gustó, como a él le había gustado. Y hasta me sorprendió muy agradablemente.

¿Sorpresa?

No sé por qué, pero le tenía cierta prevención. Quiero decir: por aquellas fechas, hacia 2008, yo tenía cierta prevención hacia la novelista, a la que irracionalmente juzgaba una escritora menor.

Por supuesto, El corazón helado venció mi desinterés. Me sorprendió su prosa tan cuidada, tan límpida, su fraseo (lírico, por momentos). O así recuerdo mi experiencia.

Estoy hablando de una lectura que se remonta a 2008 o 2009. En todo caso, ya no pude revelar a mi padre la sorpresa que la novela me había causado.

En El corazón helado me convenció menos el asunto central de la trama. Me refiero al asunto de la memoria, de la culpa, de la carga, de la posible o imposible reparación.

Quizá la literatura de entonces estaba al borde de un exceso memorial. O eso me parecía a mí. Con razón o sin ella.

Recuerdo, sin embargo, que en algún momento hubo algún exceso memorial entre ciertos autores, Almudena Grandes salía con bien de la prueba a la que se había sometido.

Quiero decir: por lo que yo retengo, planteaba con sutileza el peso del pasado y planteaba el cruce de simetrías y disonancias en las vidas pretéritas.

En sus páginas no encontré maniqueísmos simplones, maniqueísmos en que algunos aún hoy incurren cuando hablan o escriben de la culpa y de la memoria histórica.

De todos modos ahí quedó mi conocimiento de Almudena Grandes. Quedó en ‘El corazón helado’. No me pregunten por qué no me animé a leer otras obras posteriores. Ignoro las razones.

Después la seguí en los medios, en sus columnas en El País, que no siempre atendía. Cuando en efecto las leí, no pocos de esos escritos me gustaron: y algunos artículos, especialmente.

Eso sí: evité seguir a Almudena Grandes en esa reconstrucción ‘sui generis’ de los Episodios nacionales al modo de Benito Pérez Galdós.

No suelen atraerme los ciclos novelescos, las series de obras distintas que forman un cuerpo. Me quedé, pues, sin catar los Episodios de una guerra interminable a pesar de que lectoras a las que aprecio mucho me los recomendaron.

Pocas veces he sido fiel lector. Por remitirme a la esfera española: sólo he leído enteras las obras de Muñoz Molina, Cercas, Marías y un corto etcétera. Ni siquiera Pío Baroja he podido acabarlo. No me culpo. Baroja es inagotable.

Pero, por decirlo a la antigua, siempre he preferido saltar como un pisaverde de flor en flor. Leer esta y esta otra, de novelistas diferentes, sin que me ciña una lealtad y fidelidad que juzgo asfixiantes. Por puro capricho salto, ya digo.

Imagino que cuando pase el dolor, el luto, me acercaré nuevamente a Almudena Grandes. Si me viera mi padre, me lo diría: no seas irracional, léela, la tienes pendiente, te la estás perdiendo.

A Almudena Grandes, muchas personas la han perdido. Felizmente, su literatura podemos recuperarla. Yo aún la tengo pendiente.

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