Ana Iris Simón. Un malentendido

Termino Feria (2020), de Ana Iris Simón. Durante unos días, unos pocos días, he estado con este libro. Despertaba en mí un interés histórico. Pocos volúmenes se alzan como portavoces de una generación.

Lo acabo de madrugada, con los ojos aturdidos. Eso no dice nada de la obra. Dice de mis malos hábitos. Y tal cosa —que yo acabe las obras a las tantas— no es lo que debo sopesar o evaluar del libro.

Feria es un volumen… que leo con muchos meses de retraso, lo admito. Aunque, bien mirado, de qué retraso puedo disculparme con un texto de estas características.

¿Es novela, es ficción, es autoficción, es autobiografía? Es un libro de tesis, cosa que queda confirmada con las entrevistas que la autora después ha concedido.

Lo que Ana Iris Simón reivindica con una melancolía constante y con una rabia bien justificada es un mundo sin prisas; es un tiempo diferente.

Reivindica el estilo demorado y antiguo de sus mayores, de esos a quienes abrazaba, de esos de quienes habría recibido rudezas y ternezas.

Si lo digo toscamente, la tesis sería ésta: lo que propone, se propone o nos propone sería algo así como una vuelta al mundo rural.

Lo que propone, se propone y nos propone es el regreso a cierto mundo rural del que ella erróneamente habría escapado para instalarse en la gran ciudad.

En su momento habría escapado: siendo muy joven y confiando, a la vez, en un porvenir distinto. ¿Qué acabó por encontrarse? Un Madrid hostil, un capitalismo que hostiga, una circunstancia social que asfixia.

Su familia tiene inspiración y raíces comunistas, cosa que podría quitar toda sospecha de su derechismo presunto, que es lo que se la ha reprochado.

No le faltan razones para quejarse. Toda generación tiene derecho a reprochar el estado en que se encuentra el mundo, el estado desastroso de la realidad que le dejan los mayores.

No le faltan razones. Pero, en su argumento, creo que se equivoca, pues es el relato aquello que no me convence.

Desde determinado punto de vista, el volumen sería una vindicación tranquila y firme de sus ancestros (que pdoríans er lo míos a pesar de la diferencia de edad).

Se trataría de una vindicación… justo cuando las cosas ocurrían lentamente, muy lentamente, sin las premuras y expectativas equivocadas que los jóvenes o los adultos recientes padecen.

Observemos. Ya es célebre el íncipit de ‘Feria’, que ahora reproduzco:

“Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad”, afirma. Afirma, ¿quién? No hay narradora que sea distinta de la autora. Es, pues, autonarración.

Leemos o escuchamos, por tanto, la voz de Ana Iris Simon, cosa que ella se ha encargado de confirmar en muchas entrevistas y artículos.

Bien mirado, el error es mío. No debería haberlos leído, pero los he leído, artículos e interviús, y eso ha condicionado mi disfrute de ‘Feria’.

Y no, no he disfrutado. Eso no le resta méritos. Si no ando equivocado, la obra está concebida para molestar, para incordiar a quienes hacen del urbanismo chic y del modernismo cool sus metas vitales. Y sus metas virales.

La de Ana Iris Simón podría ser una pose artificiosa o artificial. Podría ser una autoficción con más invenciones que revelaciones.

Pero no: si hemos de creerla, los hechos de sus ancestros, los de los Simones y Bisuteros, etcétera, corresponden a una historia estrictamente personal.

Por tanto, la vida relatada se ajusta con mayor o menor precisión a los hechos reales.

Y, por tanto, las evocaciones infantiles que exhuma la treintañera son eso: recuerdos particulares.

Pero son tambien familiares, de sus abuelos feriantes (entre otros) y de sus padres, de sus tíos y de sus primos, etcétera.

Son exactamente datos del pasado reciente o remoto, ahora escrito para ilustración de los coetáneos, los de Ana Iris Simón, y para ejemplo de otras generaciones.

“Cuando lo digo en alto siempre” (se refiere a “me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad”), “hay quien pone cara de extrañeza y me responde cosas”.

¿Qué cosas?

Pues “que a mi edad mis padres habían viajado la mitad que yo o que a ellos envidia ninguna, que tienen que hacer muchas cosas «antes de asentarse»…”

O su interlocutor le replica: “que ahora somos más libres y que nuestros padres no pudieron estudiar dos carreras y un máster en inglés ni se pegaron un año comiendo Doritos y copulando desordenadamente en Bruselas gracias a eso que llaman Erasmus y que no es sino una estrategia de unión dinástica del siglo XXI, una subvención para que las clases medias europeas se crucen entre ellas y pillen ETS europeas y celebren que eso era Europa y eso era la europeidad y que para eso hemos quedado los nietos de Homero y Platón”.

“El caso es que con mi edad”, añade resignadamente la narradora, “mis padres tenían una cría de siete años y un adosado en Ontígola, provincia de Toledo. La Ana Mari acababa de dejar de fumar y con el dinero que se ahorró en tabaco se compró la Thermomix y eso a mí me da envidia, y cuando lo digo la gente piensa con frecuencia que soy gilipollas…”

La verdad es que el libro me dejado frío, indiferente. Y no debería sentir eso, pues mi hijo mayor es coetáneo de Ana Iris Simón. Debnería tratar de entenderlos mejor.

‘Feria’ son las memorias de una treintañera, apenas una treintañera, con circunstancias profesionales y vitales toscas o penosas, al menos si las comparamos con las de sus ancestros.

Ana Iris Simon evoca lo que pone en solfa o en tela de juicio, evidencias que para la generaciones anteriores —la mía, por ejemplo— son obviedades, aunque no para ella.

Yo no soy quién para juzgar esta obra. Pero me preocuparían los usos que de ella ha hecho la extrema derecha. Como me preocupan el maltrato y la persecución que Ana Iris Simón ha padecido por cierta extrema izquierda.

Ahora bien, yo no juzgo en este caso un panfleto. Evalúo, sopeso y disfruto (o no) una obra literaria.

Pues bien, a mi juicio, Feria reproduce un costumbrismo trasnochado, apenas elaborado. La autora se vale de una prosa sin vuelo literario, sin apenas vuelo literario.

De eso, de literatura, es de lo que yo quería hablar. Y no puedo.

Imagino que la obra quedará como documento sociológico de primera. E imagino que a Ana Iris Simon le costará horrores sobreponerse a este éxito temprano, que es un malentendido.

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