Covid. Enemigo a las puertas

Estamos acabando diciembre de 2021.

La expansión del virus, en su variante Ómicron, es masiva y, por aquí y por allí, muchos son los contagiados, incluso aunque se pongan todos los medios y remedios.

Experimentamos fatiga de combate, qué quieren.

Es más: no tenemos claro que el cierre masivo, que los confinamientos, que la suspensión de la vida…, todo sumado, sea la solución.

Pero no hay que perder los concordantes. No hay que rendirse. Tampoco hay que hacer ostentación de irresponsabilidad.

Nos las habían prometido —nos las habíamos prometido— muy felices a finales de 2021. Y, a la postre, descubrimos o confirmamos que esto no es tan resolutivo o tajante.

Confirmamos que los males duran. La decepción es comprensible, pero no debemos abandonarnos.

Lo primero a que nos lleva este descubrimiento es a censurar a las autoridades sanitarias. A los científicos. A todos los que nos dijeron que esto se acababa en un plazo breve.

Es probable que los medios de comunicación hayan contribuido a esta impresión errónea. Echen un vistazo a Don’t Look Up ( 2021), de Adam McKay.

Con dicha película, aparte de reírse a mandíbula batiente, verificarán cuánto nos gusta engañarnos.

Pues no. La historia nos enseña que los males permanecen, que los errores humanos persisten, que no hay milagros. Y que no todo es bello o suave.

Pero el estudio del pasado nos sirve también para quitarnos el destino como fatalidad. Nos sirve para confirmar que no hay mal que cien años dure.

La ciencia es un prodigio racional del que nos servimos: a los científicos debemos reconocimiento.

Eso sí: siempre que no actúen como comunicadores. Normalmente, cuando ejercen de locutores o tertulianos se equivocan y nos confunden.

En esta circunstancia que estamos viviendo, ciertamente incómoda, lo primero que debemos hacer es quitarnos el sentido de culpa, cosa que no equivale a tener comportamientos irresponsables.

Un contagio potencial (padecido por ustedes o yo, por ejemplo) no es necesariamente la causa de esa fatalidad que nos cae encima.

Es más: es altamente probable que ustedes y yo hayamos seguido las instrucciones de las autoridades sanitarias y los protocolos al uso.

Por tanto, para no sucumbir al fatalismo o al delirio, creo que deberíamos mantener la calma. Ante todo mucha calma.

A lo que nos dicen los expertos, la Covid va a permanecer. Difícilmente vamos a quitarnos de encima esa amenaza en un tiempo breve.

Pero eso no significa que estemos condenados a morir o a vivir de rodillas.

Las vacunas, estas o cualesquiera otras que puedan inocularnos, son un freno y un lenitivo.

Lo mismo va podríamos decir de la medicación posinfección. Son un logro de la ciencia. Lo digo positivamente, por supuesto.

Pero no son la solución única y definitiva. Por ejemplo, el Sida no ha sido erradicado, pero… vivimos hoy con mayor seguridad.

La vacuna de la gripe no impide, según qué cepas y según qué años, que se produzcan muertes abundantes.

Consecuencia: no por eso dejamos de vacunarnos contra la gripe. Y no por eso dejamos de vivir.

Hay que vacunarse, sí o sí. Y hay que protegerse para evitar fáciles contagios y para impedir que la infección provoque situaciones evitables y peliagudas o mortíferas.

Frente a eso, ¿qué cabe? Pues todo tipo de teorías de la conspiración. No, por favor.

Debemos hacer una vida tranquila, segura, protegida, sabiendo que en cualquier caso puede haber recaídas o infecciones.

Pero sabiendo también que la ciencia nos ayuda y que, en un plazo prudencial, lo que hoy nos parece insalvable, será llevadero.

Por favor, si leemos historia, si nos informamos acerca de qué hicieron nuestros antepasados ante situaciones semejantes, podremos obrar con rectitud y sensatez.

Punto y aparte.

Hace unos días en casa vimos o volvimos a ver —depende de los espectadores— una película ciertamente bella: Enemigo a las puertas (2001), de Jean-Jacques Arnaud.

De entrada, el film nos muestra un horror: la batalla de Stalingrado (1942), presentada aquí a través de dos francotiradores.

Uno es ruso, un héroe encarnado por un bellísimo Jude Law, y el otro es un virtuoso oficial alemán, diestro en el manejo del fusil, al que da cuerpo un sólido o pétreo Ed Harris.

La historia es muy propia de Hollywood: resulta prácticamente un western con pistoleros enfrentados.

A la vez, nos hace sentirnos solidarios con unos personajes que encarnan colectivos y corrientes. Por supuesto, de dicho film podemos afear las incorrecciones históricas (que no son tales, si de una ficción se trata).

Por supuesto, podemos criticar el modo de presentación, con rostros bien conocidos y turgentes —como el de la bellísima Rachel Weitz.

Y con un final feliz que, con mucha fantasía, podemos aceptar para una batalla como la de Stalingrado.

Sin embargo, el film nos ayuda a relativizar nuestras incomodidades actuales.

Nos sirve para pensar en un horror final, que no es el nuestro. Nos ayuda a sobrellevar la pérdida del confort.

Creo que la historia, en clave de ficción o como resultado de la investigación, nos permite contextualizar nuestros males y asechanzas.

Nos permite entender mejor las amenazas que sobre nosotros se ciernen.

Todo esto que he escrito carece de valor, de valor científico (quiero decir).

Es un modo de darnos ánimo. Es una manera de reivindicar la sensatez. Y es un modo de sentirnos solidarios a partir de un egoísmo racional.

Esto no es un juego de suma cero. Es una partida de la que todos o muchos podemos salir beneficiados, aunque no no obtengamos el primer premio.

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