Vidas lectoras. Gabriel Ferrater y Jorge Luis Borges

Como lector caprichoso que soy, escribo de manera imprevista. Escribo con determinación azarosa, si tal asunto puede decirse así.

Cambio de lecturas, de textos y de objetos con una facilidad caótica, con una facilidad pasmosa, por decirlo con un tópico expresivo.

Te diviertes y te satisfaces de manera compulsiva e impulsiva, sin saber a qué libro accederás la semana entrante.

Ese individuo que soy yo cambia de modo caprichoso —ya digo—, pero de pronto, contrariamente a esa indisciplina, se ciñe y ve en sus últimas lecturas un hilo conductor.

Y ve un orden lector que no es un plan de evasión.

Me disciplino. Dejo de ser un lector puramente hedónico, que diría Jorge Luis Borges, para convertirme en un tipo metódico.

Veo, sí, reaparecer entre mis deseos y vehemencias al académico serio y formal que se marca un plan y se contiene. O al lector que ve aquí y allá un eco o una reverberación de lecturas comunes.

Me explico.

Llevo unos días releyendo volúmenes de y sobre Jorge Luis Borges, ese narrador argentino por el que desde jovencito siento una admiración inextinguible.

En breve debo hablar de él, de su obra y de su influencia…, este mismo mes de mayo. Es un máster argentino. Se trata de una sesión pública de corte académico a la que, si no me equivoco, cualquiera podrá tener acceso.

O, dicho en otros términos, se trata de una sesión a la que todos ustedes quedan invitados.

Hablar de Borges para un público docto argentino impone. Sólo mi loca cabeza o mi temeridad justifican el tamaño de mi esperanza.

Debo buscar el origen de mi apego por Borges. Debo objetivar esa propensión y debo mostrar su llegada a Italia y su influencia —entre otros— en Italo Calvino, en Umberto Eco, en Franco Maria Ricci.

En realidad, lo que debo hacer es rastrear la figura del lector abierto, atento, despierto…

Debo rastrear a quien carga con la tradición local y con las influencias extralocales, innovándolas gracias al cultivo y a la mezcla de géneros, gracias a sus mixturas cosmopolitas: tan ajeno, en fin, al cualquier forma de nacionalismo.

Acabo de escribir el párrafo anterior y, de inmediato, pensamos en Borges. Pero, si me detengo un instante, reparo no sólo en él.

Me viene a las mientes ese tipo de lector efectivamente cosmopolita que también otros encarnan. Pienso en Jorge Luis Borges (1899-1986) y pienso también y singularmente en Gabriel Ferrater (1922-1972).

Hace unos días terminé la biografía, audaz pero siempre bien documentada, que Jordi Amat dedica sobre Gabriel Ferrater. El lema que recorre esas páginas es la tarea que el poeta y lector catalán se impuso: vencer el miedo.

El buen lector es, muy frecuentemente, un tipo que tiene mal acomodo en la vida. Vamos, que lee buscando respuestas a unas preguntas que se le multiplican.

El buen lector es alguien a quien los libros se le amontonan, se le interfieren, se le mezclan… para creatividad y caos de su propia mente.

Avanza a tientas. Con miedo o con extrema cautela. A la vez avanza sabiéndose apoyado en los libros.

Ese buen lector vive con malestar, afrontando desazones varias y resolviendo o creyendo resolver la cifra o enigma de su vida.

Para ello se auxilia de creadores o gigantes que lo preceden.

La vida de Borges (de quien tengo que hablar en breve, ya digo) y la de Gabriel Ferrater no se parecen en nada, salvo en la disciplina lectora.

Por hedonismo o por contrato, ambos leen y de sus cogitaciones nacen notas. En la cultura argentina y en la cultura catalana.

En un caso, esas notas o fichas o reseñas son para publicar como acotaciones breves en la prensa y en revistas, en libros de retales que plantean el enigma del mundo.

En el otro caso, esos informes son para consumo interno del editor: para Seix Barral. Leí esas notas de Ferrater y me deslumbraron.

¿Cómo podía vivir un tipo tan cosmopolita en la España de posguerra? ¿Cómo podía sobrevivir un catalán extravagante y lúcido, tan ajeno al nacionalismo, en esa cultura también de posguerra?

Jordi Amat nos deslumbra con una biografía que duele, que daña. Durante el tiempo le que dediqué, sólo suspendía la lectura para el aseo personal y para estirar las piernas. Sentía una conmoción creciente por un maestro de lecturas, por un autodidacta, por un personaje atípico.

Borges, por su parte, fue un individuo ajeno a las modas y, sólo cuando se convirtió en moda, condescendió con imitadores y discípulos obsequiosos.

Vivir en la soledad o en la oscuridad —con timidez, con miedo, con desazones varias o con dolores irreparables adentrándose por zonas vedadas y sabiéndose oteadores— es angustioso.

Borges logró el máximo reconocimiento antes de su muerte. Gabriel Ferrater vivió torturado hasta el final, con la fatalidad de dos muertes: la de su padre y la suya propia.

No voy a contar lo que Jordi Amat precisa y detalla con nervio, ingenio y soltura narrativa. Sobre su vida, sobre su pulsión de muerte.

Leer a quienes fueron los mejores lectores, a quienes trasmitieron con entusiasmo las enseñanzas de la letra impresa; leer a quienes desde la modestia nos alentaron y aventaron… es una suerte que no debemos vedarnos.

Hay numerosas biografías sobre Borges: en lugar destacado está la de Emir Rodríguez Monegal. Sobre Ferrater hay una biografía fascinante, la de Amat.

Disfruten.

Un comentario

  1. ELS ARISTÒCRATES

    Gabriel Ferrater

    Oh Borges, Lowell, oh patricis
    americans! Teniu la vostra
    història tan prop, i us viu el fàstic.
    Tinc història prop. En tinc el fàstic.
    No sabré escriure els detallats poemes
    que us escriviu. El fàstic meu
    (fet vell perquè ningú no en diu la història),
    com els turmells d’una nena gitana,
    potser em deixa ser pell i vida sota el brut,
    però sóc agrisat, i només parlo
    de generalitats, com un plebeu
    que mai no va escoltar, frescos i lents,
    els records de les dones dins la casa
    densa, i que va buidat: un pou de por.

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