Yabba-dabba-doo

Regreso a la Prehistoria

Permítanme contextualizar. De este asunto ya he hablado, pero últimamente he debido volver por razones personales (nada menos). Es por eso por lo que recreo para ustedes aquel mundo.

Hacia 1959, que es cuando nazco en la España de Franco, Estados Unidos es una nación opulenta. Es también un Estado bien guarnecido que se fundamenta en un poderoso complejo militar-industrial.

Es la potencia hegemónica, sí, en una Guerra Fría, nuclear, que atemoriza al planeta Tierra, que arredra a los ciudadanos inermes del mundo, que somos la mayoría.

Pese a ese esplendor vemos en aquel país y en sus habitantes, incertidumbres, desazones varias. Y vemos que hay, por supuesto, un miedo real e inespecífico ante el despliegue y el dominio soviéticos que se extienden, que se extenderán, que se agravarán.

Pero una parte de la sociedad norteamericana vive holgadamente, ajena a la amenaza atómica. O, al menos, una parte de esa sociedad cree ser beneficiaria del capitalismo de consumo.

Las expectativas son enormes y a ello contribuye la oferta abundantísima de bienes y recursos. Y contribuyen también las imágenes pletóricas de la televisión y el cine, de los semanarios. Etcétera.

A la vez, a comienzos de los sesenta, la moral también cambia. Muda o se altera en el centro y en los márgenes de esa sociedad opulenta.

Por un lado, las costumbres se suavizan y los individuos de un mundo blanco, anglosajón, severo y protestante se dejan tentar por el hedonismo.

Por otro, no pocos de esos mismos consumidores, ciudadanos antes que nada, se muestran sensibles ante las restricciones legales que a muchos compatriotas se imponen. Particularmente, a los negros (colored people).

El racismo es una repugnante herencia estadounidense. Pero la lucha por los derechos civiles es, entonces y a la vez, el ejemplo de la mejor tradición americana. La consciencia de esas fallas o carencias es un avance… que también provoca trastornos.

Los jóvenes, o al menos ciertos jóvenes, lo están desestabilizando todo. Aunque sea a tientas, las cosas cambian. ¿Qué es, sino, el rock’n’roll?

Por ejemplo, la politica, la tradicional forma de hacer política, también muda. El episodio es muy conocido. Llegan J. F. Kennedy, la Nueva Frontera y una esperanzada y, finalmente, trágica presidencia (1961-1963).

En EE UU, las máscaras comienzan a caer. Los modelos familiares están cambiando, los papeles se cuestionan, las relaciones domésticas se resienten.

El ideal de ama de casa comienza su lenta, lentísima, disolución. De ello dan buena cuenta dos libros de ventas millonarias a comienzos de los sesenta.

Me refiero a Revolutionary Road (1961), una novela de Richard Yates; o a The Feminine Mystique (1963), un ensayo de Betty Friedam.

Mientras tanto, en el otro mundo, las cosas permanecen como si el hedonismo y las expectativas materiales no alteraran la moral.

¿En el otro mundo? ¿A qué me refiero?

Aludo, claro, a la televisión, a los televisores en color y con telemando. Hay un espacio enorme y cambiante para imaginar, fantasear y participar. Aunque sea vicariamente.

Y, así, los norteamericanos viven en una realidad fastuosa, alternativa, de opulencias varias o de logros cotidianos.

Nos encontramos con la clase media como espejo o como meta. Y nos encontramos a personajes bien reconocibles como son quienes encarnan los Ricardo (Lucille Ball y Desi Arnaz Jr.) para la comedia I Love Lucy (1951-1957).

De esa telenovela, con sátira y buen humor y fuente nutricia de tantas sitcoms de los sesenta, procede una de sus réplicas más conseguidas.

Me refiero a The Flintstones (1960-1966), serie que creo haber visto entera y doblada cuando sólo era un niño.

Por entonces, en los sesenta, yo envidio a esa familia, los Picapiedra. Mis señores padres carecen de la abundancia y del confort de que gozan nuestros ancestros de la Edad de Piedra.

Para ese momento, Pedro y Vilma encarnan a gentes satisfechas, de lujos materiales accesibles. Y encarnan, a la vez, a personas absolutamente desconcertadas ante los cambios materiales que se dan y ante las consecuencias que se derivan.

The Flintstones son, sí, una familia de la aristocracia obrera o, si lo prefieren, de clase media americana, con un repertorio amplio de bienes y adminículos que mis padres aún no pueden alcanzar a mediados de los sesenta.

Es toda una paradoja.

De entrada —admitámoslo—, son una familia de primitivos, gentes que en buena lógica no han llegado a nuestra civilización. Pero, hacia 1965, cuando yo cuento seis años, los Picapiedra están a años luz de mi familia.

Cuando digo esto no sé si me refiero a que están a años luz para adelante o para atrás; no sé si están en un futuro consumista que nos espera y deseamos o en la prehistoria en la que se ubican.

Los Picapiedra disponen de utensilios y electrodomésticos que en mi casa aún no hemos visto, salvo en los films y en las series o en la incipiente publicidad consumista de aquellas fechas.

Son primitivos, cierto, pero se parecen extraordinariamente a los norteamericanos de los sesenta. O, al menos, a quienes en España creíamos que eran los estadounidenses de entonces.

Todo son paradojas.

Viven, habitan, en una prehistoria muy singular. Se visten con taparrabos, sí, pero esas piezas están fabricadas con de pieles de diseño. Da gusto vivir así, rodeado de aquellos lujos materiales, que son precisamente los que se extienden a comienzos de los sesenta del siglo XX.

¿Cómo son sus vidas?

Ustedes recordarán. Su hogar está en Rocadura, enclavado en una zona residencial. Concretamente es una inmensa urbanización de bungalows. Es decir, de viviendas unifamiliares.

Vilma y Pedro Picapiedra disfrutan de una comodidad material evidente y, repito, envidiable para quienes éramos niños de la clase media española.

Pedro trabaja en una pedrera o cantera, desmontando o pelando una colina inacabable. Eso sí, trabaja subido a lomos de un dinosaurio, evidentemente gigantesco.

Por su parte, Vilma ejerce sólo de ama de casa. Como el personaje de Revolutionary Road o como la protagonista que Betty Friedam estudia. Pero Vilma carece de malestares apreciables.

Mantiene en orden la casa y, por supuesto, atiende a su maridito cuando éste regresa tras un día de trabajo.

El esposo es algo tosco, hasta bruto… Por eso, suele gritar de alegría cuando llega a casa esperando ser agasajado por su esposa. Yabba-dabba-doo, dice. Viene escopeteado y, por ello, suele dar órdenes terminantes a su mujer: ¡Vilma, ábreme la puerta!

Son clase trabajadora bien nutrida, empleados con ínfulas. O, si prefieren, son clase media americana: son tantos los bienes materiales con los que cuentan…, tocadiscos, electrodomésticos. Etcétera, etcétera.

Como tantos otros de sus compatriotas compran en un hipermercado gigantesco de los que en España provincial no tenemos noticia. En fin, los Flinstones gozan de mucha prosperidad, del confort y los lujos de la auténtica Edad de Piedra.

Quién pudiera, me digo yo mismo por entonces. Me refiero a los sesenta, no a la Prehistoria.

Tienen un autocine cercano, como lo tenían los estadounidenses de los cincuenta, al que acuden con regularidad. Pensémoslo bien. Si hay un autocine es porque disponen de carro.

Para entonces, para la época de los Picapiedra, la rueda ya se ha inventado. Faltaría más. Lo que sospechábamos ocurre: la familia es propietaria de un vehículo.

Pero, atención, no se trata de un vehículo cualquiera, sino de otro muy vistoso y muy aireado, una suerte de cabriolet. Me refiero, obviamente, al troncomóvil.

El troncomóvil no viene con extras pero es muy fashion. Funciona con tracción animal (los pies de Pedro), las ruedas son dos pesadísimos cilindros y la carrocería es de madera.

Tiene capacidad para cuatro adultos: aparte del matrimonio Picapiedra, otra pareja de amigos, Pablo y Betty Mármol. Ah, y sus respectivos hijos: Pebbles y Bamm Bamm.

No recuerdo si Dino, la mascota que hace las veces de perro y que disputa a Pedro los puestos de privilegios, también se sube al carro.

Lo que sí recuerdo es el suculento manjar o el inmenso costillar que les sirven cuando se disponen a ver una película en el autocine.

Perdonen las cacofonías.

Oigo voces. Sueño y creo volver a la opulencia de la Norteamérica de Kennedy. O de Lyndon B. Johnson.

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