El viaje a Borodino

Karl von Clausewitz en un cuadro de Karl Wilhelm Wach.

Comparada con las contiendas del siglo XX, la guerra descrita por el prusiano es una desavenencia entre caballeros… armados que se atienen a reglas, que aceptan las normas y límites de ese acto de fuerza.

El adversario, sin ir más lejos, no es un objeto a aniquilar, sino un rival a quien desarmar. Por supuesto que los combatientes luchan para hacer valer su soberanía, para dominar un territorio, para imponer su férula.

Pero los beligerantes de Von Clausewitz no son exterminadores, no esperan destruir enteramente al enemigo, sino someterlo.

Qué lejos queda el prusiano de la guerra de posiciones que se desarrolló en la Gran Guerra del 14: ese conflicto de trincheras en el que las líneas estáticas de las fortificaciones sólo permitían la muerte lenta o la resistencia alucinada.

Qué lejos queda Von Clausewitz de la guerra aérea: de esa contienda a distancia a que se aplicaban los cazas y una artillería letal y sofisticada.

No quiero idealizar la lucha al viejo modo. La sangre, la mugre, la inmundicia, las enfermedades y la muerte son rasgos de aquellas guerras entre caballeros: también de aquellos conflictos en que se enfrentaban ejércitos feudales. Norbert Elias describió el proceso moderno como un proceso de civilización en el que los viejos combatientes del campo de batalla habrían acabado por rivalizar en la Corte, haciendo ostentación de solemnidades, de galas y de virtudes menos… viriles.

No sé: es extraño. Me despierta gran interés el clásico de Von Clausewitz, a pesar de que lo escrito no es lo descrito, sino lo normativo; a pesar de que las reglas tan pulcramente enunciadas sólo son un cuadro virtual en el que ajustar una realidad que sólo intuimos: las viejas  carnicerías.

Le guste o no, el prusiano es un producto napoleónico… Piensa, concibe y finalmente escribe cuando Europa está sacudida por las tropas del Emperador.

Digo esto y me pregunto por las formas de heroísmo en las viejas guerras. Digo esto y la imaginación indisciplinada me lleva a Javier Marías.

 

La imaginación, insisto, me lleva a un Javier Marías… aún joven. O tal vez sólo es la memoria: recuerdo El monarca del tiempo (1978).  Me apresuro a releer mi volumen para confirmar o desechar las sospechas (no puede ser, no puede ser) que la intuición me ha provocado. Y sí: me llevo una gran sorpresa.

Como si estuviéramos en una novela de Joseph Conrad o de William Faulkner, la voz de su primer capítulo es la de un coronel que habla y habla sin parar, alguien que relata a un interlocutor mudo y condenado, alguien que se expresa en una suerte de monólogo.

Estamos en el siglo XIX. El oyente es un soldado que va a sufrir deportación, destinado al islote de Bormes (por alguna falta que desconocemos), un soldado cuyas palabras jamás leeremos.

Su superior le cuenta el caso del capitán Louvet, durante la campaña rusa de Napoleón, un  militar pero sobre todo un teórico de la guerra que había ignorado qué era un campo de batalla hasta ese mismo momento: como su homólogo real y prusiano, Karl von Clausewitz, que también en 1812 había decidido sumarse a dicha campaña oriental.

Pero Von Clausewitz figurará en el bando contrario, en las filas del ejército ruso. “Tan dramática iniciativa”, leo en la nota introductoria a De la guerra,  “permite captar a las claras el concepto de ética militar que Clausewitz poseía, pues la confrontación con su propio país no constituía para él más que el recurso de valerse de la guerra para liberar a aquél del dominio francés. Federico Guillermo III se había visto obligado a someterse a la presión de Napoleón, y Prusia se había convertido en aliada forzosa de Francia”.

El coronel de la ficción habla con desparpajo –como hablan los personajes de Javier Marías–, con unas palabras inciertas, precarias y abundantes.

Frente a Von Clausewitz real o frente al capitán Louvet de la novela, el personaje de  Marías es alguien que perora de la guerra real y sobre todo del relato de la guerra, alguien que lógicamente desconfía de la excesiva individualidad del soldado, de los heroísmos temerarios.

La guerra, los héroes y los mártires pueden contarse porque sus detalles se ignoran, porque la sordidez se embellece con la ignorancia, parece decirnos. Frente a la Historia, una historia en la que sus narradores esperan rendir homenaje a la verdad y a la exactitud, la memoria arregla y el relato legendario retoca la oscura vida de los héroes.

O, más aún, el burócrata, el superior, el administrativo corrigen e incluso desechan y eliminan expedientes, hojas de servicios. Eso es lo que hace el narrador, porque eso es lo que es: un burócrata, un superior, un administrativo. 

No saber permite aventurar…, y ese mando no quiere saber. “Porque nada sabemos, nada en efecto sabemos, y no obstante fíjese en que gracias a ello y a no averiguar nos es dado conjeturar, cavilar, incluso decidir sobre lo que fue de Louvet con la máxima libertad”, leo. “¿Lo ve usted? ¿Lo comprende?”, apostilla el narrador.

El mismo olvido –o enmienda– que cupo en suerte a Louvet, al arrogante teórico,  va a caer sobre el interlocutor mudo, sobre el destinatario de ese monólogo…

Pero qué fue de Louvet. Él era un hombre de Letras, un teórico de la guerra que al tiempo de incorporarse al campo de batalla parece enloquecer con la posibilidad del arrojo, del heroísmo. Puede incluso –dice el coronel—que “perdiera el control de sí mismo y se transformara  en un soldado aguerrido cuyo fanatismo” llamaba tanto la atención.

«Llevado de su celo y de su furor, él era el primero en contravenir las órdenes que había impartido” siguiendo una y otra vez “el camino untuoso de la enajenación y el pavor, de lo sanguinario y lo montaraz”.

Ansiaba las hostilidades –añade el coronel–, no sabemos si para probarse, para corroborar su heroísmo o para acometer la que iba a ser su última traición.

Y así ocurrió: al galope, en el apogeo de lo que parecía una carga contra el enemigo, “Louvet espoleó aún más su montura”, solo, ciego de furia, incapaz ya de “embridar los ímpetus de su animal desbocado”.

Y allí quedó, en medio de los cosacos, tras el humo y la polvareda, como Fabrizio del Dongo, aquel otro personaje… napoleónico. ¿Qué fue Louvet? ¿Un héroe o un traidor?

“La plana mayor de la Grande Armée” sospechó definitivamente de él, pues alguno pudo confirmar “el favorable trato dispensado a Louvet durante su cautiverio”.

Más aún, hubo prisioneros que le vieron “cambiar impresiones, departir, confraternizar y colaborar a menudo” con Karl von Clausewitz. ¡Con Von Clausewitz! Uno de sus iguales, añade el coronel narrador. Y sí, para entonces, Karl von Clausewitz estaba allí, en Borodino.

Un personaje de ficción y un individuo real se ven las caras en una novela cuyo desarrollo yo había olvidado: ahora se las vuelven a ver de nuevo gracias a un eco de la imaginación, gracias a una relectura que vivifica la escena.

Algo me hacía sospechar y así, dejándome conducir por la intuición, me he visto pasar de un tratado sobre la guerra a un relato bélico.

Estamos en 1812, poco antes de la célebre batalla que iba a cambiar el curso de las campañas napoleónicas.

Les dejo.

Aunque el narrador de Marías no detalla el choque, oigo ya los disparos de proyectiles, el estrépito de la artillería. Hay que ponerse a cubierto. Yo quiero ser el último espectador de la batalla, contemporáneo de Clausewitz y Louvet.

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2. Artículo de Justo Serna (“¿Qué es un burgués?”) en Levante-EMV, 22 de diciembre de 2006. Réplica a Vicent Soler.

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3. Felices fiestas…

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  2. Señor Serna: quiero agradecerle su esfuerzo diario.Yo se que hay personas (compañeros mios de periodismo) que le leen y que no escriben. Algunos me lo dicen. En nombre mio y de ellos le deseo Felicidad! Y a todos los que aqui se acercan!

  3. Fui alumna suya hace dos cursos. Y le leo el «blog». Quiero felicitarle. Un beso.

  4. En su post del otro dia sobre Moa me aburria. Hoy sin embargo no me ha disgustado lo de Borodino. Felicidades a todos.

  5. Usted no se acuerda pero yo fui amigo suyo en otro tiempo. ¿Se acuerda de Joaquinito?

  6. Sr. Serna y otros bloggers.No sé si ustedes son apasionados por estas fiestas ni me importa.Pero son una oportunidad para,por una vez al año, aunque sea solo una vez,desearle felicidad a los demás sin importarle si será mal o bien recibida su felicitación.¡Que lo pasen bien!

  7. Agradezco las felicitaciones que hasta ahora me transmiten aquí o por correo electrónico. Las hago extensivas a todos ustedes.

  8. Justo: Felices fiestas. Que la pases bien. Felicitaciones por el blog. (Y por aquí hace un calor recomendable sólo para iguanas.)

  9. Bueno, ya se que ahora no viene al caso, pero en estas fechas con tal de hacer buenos propósitos… No vendría mal para algunos de los que postean aquí sus comentarios, un poco de humildad. No existe termino medio, o bien los comentarios són de un peloteo relamido, o bien se dedican a insultar sin más. En realidad a algunos les cuesta admitir que el señor Serna esta muy por encima de todos ustedes, a nivel intelectual y empático. Sin embargo si comentar aqui «cosas» les saca de su ignominia, que se le va a hacer.

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