La propaganda. Manual de supervivencia comunicativa

¿Qué es la propaganda? En primer lugar aclaremos algo obvio, pero que conviene recordar. Éstas son lecciones muy básicas por las que pido disculpas.

Primero. Deberíamos distinguir entre publicidad y propaganda. La publicidad es siempre mensaje comercial, un aviso mercantil.

Es un texto, es una imagen y es un reclamo que se utilizan para vender un producto, para difundir un género.

La propaganda está pensada también para difundir: propiamente para propagar. En origen, la voz propaganda tiene un sentido religioso católico: una congregación para la propagación de la fe.

La propaganda implica carencia y creencia: un vacío se rellena con la fe y la convicción.

Andando el tiempo y sobre todo en el siglo XX, propaganda se asocia a lo político, al género político que, como una mercancía más, habría que difundir.

Por tanto, en sentido actual aquello que se difunde mediante la propaganda es un mensaje político.

Y el mensaje (como el aviso comercial) sirve básicamente:

—para convencer con verdades, con medias verdades o con falsedades;

—para convencer por fuerza visual, gestual o verbal de una representación;

—para convencer a la fuerza, con miedos o intimidaciones;

—para convencer con sutileza o con artificios e incluso con malas artes, nombrando deseos, identificando enemigos, etcétera.

La propaganda está concebida para persuadir, no para razonar o provocar la reflexión. Está concebida para entretener a unas audiencias, a unas masas.

Esas multitudes están deseosas de recibir mensajes que en forma de eslóganes o consignas confirmen sus ideas preconcebidas, sus prejuicios, sus estereotipos. Además se saben acompañadas.

Una campaña eficaz de propaganda convence a las masas de que un ideario, un plan o un proyecto han de aprobarse sin más, sin resistencia, sin oposición, porque supuestamente esas metas se imponen por sí solas.

La propaganda persuade a una audiencia de que la idea, la decisión, la cosmovisión y la concepción políticas que se defienden son no sólo necesarias, sino también deseables, beneficiosas para las propias masas, multitudes o muchedumbres a las que se dirige el mensaje.

La idea de propaganda es siempre la de una representación en parte real y en parte ficticia de cosas y sentimientos (deseos, expectativas o miedos) que experimentamos y nos interesan.

O de cosas y sentimientos que no nos concernían y de cosas y sentimientos que no nos interesaban, pero que finalmente nos preocupan.

La propaganda, la propaganda política necesita, por supuesto, de medios de comunicación que difundan esos mensajes.

Pero necesita, además, de medios de comunicación que transmitan no sólo la literalidad de un mensaje (que se entienda), sino también el significado concreto con el que hay que interpretar mensaje.

En la propaganda política no se le pide al oyente al espectador o al destinatario que reflexione, que analice, que realice estudios, que examine los contenidos y programas y los posibles efectos del mensaje.

En realidad, en la propaganda política lo que se persigue es provocar un efecto sin reflexión ceñuda o sesuda, una consecuencia que es a la vez anuencia, refuerzo.

No se trata de descubrir qué es lo que se nos quiere decir, sino de captar a la primera y sin mayor cogitación o averiguación aquello que se nos quiere transmitir y aquello con lo que se nos quiere convencer.

La meta de la propaganda es llegar al mayor número posible de destinatarios, economizando recursos y ahormando voluntades.

Es tratar de manera desigual al diferente y es tratar de manera igualitaria a los distintos. Ambas metas no están reñidas.

Es distinguir individuos a los que singularmente dirigirse para después armonizar, unificar tipos diversos, convertidos ahora en públicos homogéneos a partir de ideas o voces simples, esquemáticas, ideas o voces que explicarían el orden, el desorden del mundo, el pasado, el presente y el porvenir.

O, en otros términos, el significado que el público ha de interpretar y el sentido de la realidad que la multitud ha aplicar.

Hasta cierto punto podríamos decir que la propaganda es algo así como un narcótico, un tóxico que bien administrado aturde, pues deja sin defensas a quien escucha.

Sin embargo los destinatarios no están inermes, o al menos no están completamente inermes ante la propaganda, pues cada uno de nosotros puede rechazar, admitir, convenir o mostrarse indiferente ante los mensajes que nos llegan.

Tenemos una cultura propia, tenemos una sociabilidad propia, tenemos unas defensas propias que no se pierden ni se debilitan siempre y en todo momento. Ahora bien, la insistencia rebaja nuestras defensas.

La propaganda no es, por fuerza, una falsedad o un repertorio de falsedades. Los propagandistas informan. De aquella manera, pero informan…

Los sistemas políticos, los partidos, los regímenes necesitan de la propaganda precisamente para poder transmitir ideas comunes, para poder persuadir a un número ingente de personas diferentes, haciéndolas creer y haciéndolas ver que en efecto son copartícipes de esos idearios compartidos.

La propaganda política se basa en una evidencia: hay abundantísima información acerca del mundo y de lo que pasa, y hay medios de comunicación que la trasmiten.

En principio tantas noticias, noticias tan abundantes, provocan caos cognitivo, desconcierto y desazón entre los destinatarios.

Éstos, los destinatarios, aceptamos básicamente los mensajes y los mecanismos de la propaganda porque los propagandistas nos ahorran esfuerzos a la hora de calcular, sopesar, evaluar y corroborar la verdad y calidad de la información. O la veracidad de los programas.

Permanezcamos atentos.

The Beatles. La cara y el espejo

Uno. De esto hace ya unos años, pero lo recupero ahora por azar. Algo me lo ha recordado…

Me entero por mi señor hijo –decía yo en 2014– de que hay una carátula de un disco de The Beatles realmente bizarra. ¿Es un fake?

La información procede del blog Strambotic, del diario Público, en concreto nos la proporciona Iñaki Berazaluce.

Como portada falsa o verdadera nos deja mal cuerpo. Muy mal cuerpo. ¿Era preciso cometer tamaña tropelía?

El artista que los pintó no lo hizo de cualquier manera. Se esforzó, se esmeró y sobre todo esperó sacarlos favorecidos. ¿Que cómo lo sé?

Por el manierismo de la pincelada, por el cuidado en reproducir todos los detalles. Vamos a imaginarlos posando (que ya sé que no fue así).

Tres de los cuatro sonríen. Es decir, parecen contentarse con el retrato que les están sacando. Como si quisieran acercarse a la cultura asiática que los acoge.

El cuarto Beatle, John, parece desconcertado. Se le ve incómodo. Mira con sus ojos rasgados sin manifestar expresión alguna.

Esos ojos rasgados me recuerdan el maquillaje que se les ponía a los actores occidentales cuando debían encarnar a un oriental: Fu Manchu, por ejemplo. A Christopher Lee debían cargarle los párpados superiores para tener un rostro verosímilmente chino.

Ay, señor, que hazaña del maquillaje o del trucaje. Qué habilidad pintora y qué ideas tan nocivas, tan bizarras.

Dos. Si quieres acercar un grupo, un cantante, una banda a su público, incluso a su nuevo público, no debes forzar la empatía hasta esos extremos.

Si quieres que tus audiencias se incrementen, no debes mimetizarte, como aquel personaje de Woody Allen, cuyo aspecto físico se adaptaba a los rasgos de su interlocutor.

El público pide tu originalidad, tu particuaridad. Los oyentes, los seguidores, esperan hallar al artista que ellos cercana o lejanamente conocían.

Si les obligas a ser como tú, entonces pierden lozanía y se convierten en una expresión monstruosa de tus apetencias.

Hay públicos que quieren transformar a los cantantes hasta hacer de ellos un reflejo de sí mismos.

Cuando eso ocurre, la banda da miedo y asco. Como digo, tres de ellos sonríen y el cuarto parece mostrar su incomodidad.

Que no nos pase.

Pasó.

Santiago Abascal. ¿Echarse al monte?

Uno.

Leo, he leído, el último libro (vamos a llamarlo así) de Fernando Sánchez Dragó: Santiago Abascal. España vertebrada (2019). Algunos pasajes aún los estoy releyendo. Para corroborar lo que creo haber entendido.

Sánchez Dragó es un tipo al que atendí con respeto cuando él era joven, y yo, pues yo… era muy muy joven. Hablo, por tanto, de mediados y finales de los años setenta del siglo XX.

Yo lo admiraba como el periodista inquisitivo que era, como el lector erudito y fino que ejercía la crítica en un programa televisivo de mucha hondura.

Aquel espacio se titulaba ‘Encuentros con las Artes y las Letras’ o ‘Encuentros con las Letras’, un sitio decorado con baldas y libros en donde Sánchez Dragó o Fanny Rubio ejercían, entre otros, de interlocutores, entrevistadores.

Eran jóvenes, eran cultos y eran resueltos en una España árida y franquista en la que el falangismo y el antintelectualismo todavía eran galardones o méritos de combate. El pasado aún estaba allí.

Hacia finales de los setenta, cuando su nombre ya había alcanzado celebridad, Sánchez Dragó publicaba un libro que despertará la admiración de muchos lectores, gente sana, gente imaginativa y gente confundida: admiradores de un Sanchez Dragó fantasioso.

Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España: así se titulaba el tocho. Jamás pude con esa obra en dos volúmenes. Para mí era una indigesta y hasta soporífera historia de recreación y de fantasía que algunos amigos historiadores leían con fruición, con estupor y con respeto.

Era una obra imaginaria y rompedora, me decían. A mí me parecía un tostón verboso del que nada me interesaba y del que nada había que respetar. Era como un Tolkien castizo…

Aquello era un dislate, sí. Era un dislate si se leía como Historia, un absurdo, una ocurrencia que poco atendible entre ficciones más destacables. Poco más.

Seguí respetando a Sánchez Dragó, sin embargo. Lo seguí respetando como periodista cultural, como divulgador de la literatura, especialmente de la novela, cuyas novedades sabía otear.

Otros programas televisivos suyos que vinieron después me descubrieron a autores interesantes, por ejemplo Alfredo Bryce Echenique. Por ello, siempre le estaré agradecido.

Conforme ha ido envejeciendo (sobrepasa los ochenta y tantos), Sánchez Dragó se ha hecho y se ha vuelto más arrebatado, más lunático y derechista (él, que estuvo entre comunistas y anarquistas).

Empezó a tantear, a tontear y a sondear culturas distantes que le servían para singularizarse. Para oponerse al racionalismo occidental y a lo políticamente correcto.

Fue el momento en que Sánchez Dragó perdió el norte por entero. Y fue entonces cuando me desinteresé absolutamente de sus producciones, de sus intervenciones y de sus emisiones o emulsiones televisivas o literarias.

Debo admitir que, de cuando en cuando, leo alguna de las obras que publica, principalmente para escandalizarme, para irritarme y para confirmar que Sánchez Dragó perdió el sentido muchos años atrás. Que se echó a perder, vaya.

De vez en cuando, en fin, me gusta, me complace, me produce rendimientos, la literatura estentórea, ostentosa, políticamente incorrecta o sencillamente grosera.

Y Sánchez Dragó es ya un especialista consumado en este tipo de producción, vamos a llamarla así. Literatura sonajero y mística, literatura sicalíptica y conventual. Etcétera.

Aún recuerdo el libro que publicó Planeta y que era la transcripción de un diálogo a dos voces: entre Albert Boadella y él mismo. Se titulaba ‘Dios los cría’.

Era una exaltación de la masculinidad más torpe y era un diálogo de dos viejos que alardeaban, particularmente Sánchez Dragó, de su potencia sexual.

Era literatura melancólica, de baratillo y bien pagada, en la que dos todólogos se pronunciaban sobre el orden y el caos. Proferían enormidades y sandeces, productos y ocurrencias de mentes antes despiertas y al final sólo vehementes.

Fernando Sánchez Dragó ha manufacturado ahora un libro a mayor gloria de Santiago Abascal. Nuestro literato es tan extremado, que el líder de ese partido del que usted me habla queda como un señor casi sensato. Casi.

En realidad, este volumen de Planeta es un ‘livre de circonstance’, concebido como un panegírico de Vox y su dirigente. ¿Y qué puedo decir de él, de ese líder y de ese volumen?

Dos.

¿Qué figura nos traza este libro de Santiago Abascal? Fernando Sánchez Dragó es el protagonista, aquel que dice la última palabra, aquel que pone el punto sobre las íes, aquel que está convencido y seguro.

A cada paso, se siente obligado a demostrar su experiencia y su sapiencia. A Abascal le cita autores que no ha leído, le señala pasajes de pensadores (Ortega o Unamuno, por ejemplo) que ignora o no recuerda.

Dragó… Es tan narcisista, es tan ególatra, que un personaje tan abrupto y curtido como Abascal queda opacado o ninguneado completamente por Dragó, por Sánchez Dragó.

El periodista, el escritor, es tan soberbio y está tan pagado de sí mismo (es el Gran Follador), que pone en aprietos al líder que ama, al dirigente que idolatra.

Le reprocha, por ejemplo, su catolicismo militante. Y un aturdido Abascal se confiesa creyente… Hace falta ser muy egotista y ombliguista para desplazar a quien quieres entronizar.

En varias ocasiones, Abascal debe frenar a Dragó. Le señala el aprieto en que efectivamente lo está poniendo. Le indica el apuro que le hace pasar… al obligarle decir lo que políticamente es incorrecto.

Santi Abascal, que es como se le llama en el libro, aparece finalmente con un personaje endeble, escasamente preparado, con desconocimientos profundos, con ignorancias sorprendentes.

En política doméstica o en relaciones internacionales, Abascal se muestra profundamente ignorante (y lo admite) y por oposición solo destaca lo que verdaderamente le importa, que es la unidad de la patria.

Apenas tiene ideas propias. Apenas tiene concepciones particulares. Como mucho, Abascal se manifiesta seguidor, afín o equivalente a políticos o filósofos conservadores o reaccionarios.

No importan tanto las ideas que sostiene, no importan tanto las convicciones que defiende. Importan su ignorancia profunda y su escasa preparación, que es verdaderamente chocante.

Sánchez Dragó le pone en aprietos constantemente, ya digo. Queriendo hacer de él, de Abascal, un líder indesmayable, queriendo hacer de él un líder indiscutible, Sánchez Dragó ocupa el espacio para finalmente arruinarle.

El esmerado escritor se vale, se sirve, de los caracteres, de la palabra, de la voz…, para a la postre desplazar al presunto salvador. Lo deja así o casi como un pelele.

Tres.

Santiago Abascal. España vertebrada es un libro de circunstancias, un volumen manufacturado a trote cochinero.

¿Por qué? Pues porque su único objetivo es glorificar al líder de Vox antes de que se realicen las elecciones. El caudillo lo merece, nos dice Sánchez Dragó una y otra vez.

Concretamente señala el Escritor con mayúscula: “Tú eres un caudillo nato (…). Tienes una dimensión épica (…) y con eso se nace o no se nace. No hace falta que seas matemático”, añade. O filósofo. O escritor. La oratoria con convicción es su fuerte, la retórica.

“Basta con escucharte en los mítines”, le dice Sánchez Dragó muy zalamero. “Tu fuerza de arrastre es arrolladora (…). Al político dotado de carisma todo lo demás se le da por añadidura”. Se le da por añadidura, pero hay que darle algo más: un empujoncito para que se aúpe.

Por ello, el Escritor se pone al servicio del Buen Español que es Santi Abascal (que así lo llama con campechanía y con tuteo de camaradas).

Quien manufactura es, pues, Fernando Sánchez Dragó. Él se propone, se postula, como interlocutor para realizarle una larga entrevista o, si se prefiere, para mantener una extensa conversación a calzón quitado.

El libro resultante es la transcripción, yo diría que prácticamente literal, de las conversaciones mantenidas con el presidente de Vox durante tres jornadas.

Se desarrolla en la villa soriana de Castilfrío de la Sierra y en presencia de dos testigos: Kiko Méndez-Monasterio y Emma Nogueiro. Hacen de coro y de servicio de intendencia.

Por ser este libro una transcripción de esas conversaciones, la impresión que el lector se lleva es la de su literalidad. Es excesivamente literal, con escasa depuración, con prisas electorales.

Por ello se reflejan bien las torpezas expresivas, las reiteraciones, los lapsus, las confusiones y los malentendidos. O las gansadas o machadas del Escritor.

La imagen resultante, la imagen de Santiago Abascal, no es muy favorecedora. Entre otras cosas por sus reiterados tropiezos expresivos, por sus ignorancias descomunales: todo ello provocado por la verborragia, por la verborrea de su benevolente interlocutor. Cuídate de tus amigos…

Como no podía ser de otra manera, Santiago Abascal confiesa estar en política sin tener una vocación decidida. Él sólo está de paso o por accidente. De paseo, largo paseo.

Para él la política es o debería ser un apeadero, no una profesión. En realidad, añade, lo único que lo retiene como representante es la idea simple, pero para él esencial de que España es, si no lo único, sí lo más importante. Pocas ideas más podemos hallar que puedan compendiarse o articularse…

De hecho, lo que a Abascal le gustaría es permanecer en los bosques cercanos a su patria chica, en Amurrio, en la provincia de Álava.

Si es cierto lo que afirma, a él lo que le encantaría es ser guardabosques, pero la circustancia extrema de la Nación le obliga a dar un paso al frente, le obliga a echarse al monte, para convertirse en garante, el guardabosques de la patria.

“Si tuviera que decir cuál es mi patria, además de España, te diría que mi patria es la Sierra Salvada, que es donde yo he sido más feliz, en el monte, con mi primo en sitios donde no se encontramos con nadie”.

Por eso, a Abascal le gusta la metáfora que Sánchez Dragó le propone: Santi es un guerrero que se ha echado al monte.

¿Qué es lo que detesta Santiago Abascal? Lo que deplora es el relativismo, el multiculturalismo, la decadencia moral de una patria que está en peligro. Es por eso por lo que, a juicio de Sánchez Dragó, Abascal es un “personaje épico, casi heroico”. Un caudillo, vaya.

El caudillo de un movimiento. ¿Qué es Vox para Fernando Sánchez Dragó? Es “un milagro, una resurrección, una reencarnación”. Lo tuvo claro desde el principio y así nos lo dice mientras Abascal y los otros asienten:

“En la España de las taifas autonómicas, en la España de la discriminación por sexos, en la España por orwelliana de la memoria histórica, en la España abortista y garantista, y en la España de los sicarios fiscales, los okupas y los narcopisos, en la España de la telebasura, en la España del turismo de birras, vomitona y felaciones, en la España que inclina la cabeza en los tribunales europeos, en la España invadida por la inmigración ilegal y corroída por la quinta columna del yihadismo, empezaba amanecer”.

La resonancias joseantonianas están claras y fórmulas semejantes se repiten a lo largo del libro. “Si España, por fin, se vertebra tras tantos siglos de zozobra, Abascal se convertirá en guardabosque, lo que siempre ha querido ser”, dice el Escritor. ¿Y qué hará él?

“Yo me retiraré definitivamente a la casona de Castilfrío”, que es el lugar en donde se desarrolla la conversación, “y veré pasar, como Sinuhé, los últimos remansos y rompientes del río de la vida”, añade con lirismo rancio.

Pero Abascal no está para lirismos ni tampoco para cosas ordinarias. Lo suyo es algo superior.

“La política no es solo el plan de urbanismo, ni el horario escolar, ni el alumbrado de las calles”, cosas menores sobre las que no quiere pensar o detenerse a pensar.

“Todo eso, a mí, nunca me ha interesado, aunque he sido concejal durante ocho años”, añade con brutal sinceridad.

Y remata: “son debates en los que me da casi igual una cosa que su contraria y no me importa decirlo, aunque escandalice”.

Para Abascal sólo hay una idea metafísica de la política, una concepción emocional, basada en un par de convicciones: la unidad de la patria y la preservación del catolicismo.

Y eso obliga a emprender una lucha sin cuartel. ¿Contra quienes? La nómina de enemigos no es pequeña. Su labor, como la de un empecinado guerrero, es inacabable.

Repito: ¿contra quiénes? Contra feministas, contra abortistas, contra el ’lobby gay’, contra las ‘oenegés’, contra los separatistas y, más en general, contra los antiespañoles. Ah, y contra los marxistas.

Así, Vox es un movimiento de reacción cultural, de desprecio moral. ¿Frente a qué? Frente a relativismos de toda clase, que son los que debilitan el nervio de la Nación.

Vox es un movimiento de reconstrucción de la patria formado por “españoles de verdad”. ¿Y quiénes son esos patriotas? La respuesta es breve, concisa, pues pocos responden al perfil.

Son españoles de verdad aquellos a los que “les gusta ir a las procesiones y a los toros o a cazar codornices. Esas personas son las que nos han votado“ y les seguirán votando.

Y sí: Vox tiene mucho de entrega y milicia y, por ello mismo, anhela Abascal el servicio militar, un factor de cohesión nacional. Los buenos españoles son gentes de orden, amantes del Ejército y de su historia que se resume en la Reconquista, la Hispanidad y la Guerra de Independencia.

Los buenos españoles, como Abascal, son gente recia, gente que a regañadientes acepta la democracia. Dice Dragó: “voy a ponerte en un aprieto. ¿Qué opinas del sufragio universal?” Abascal responde: “es algo inevitable”.

Por supuesto, en este punto, aunque no lo confiese abiertamente (“no me enredes, Fernando), Santi es accidentalista. Imagino que acepta inevitablemente la democracia —como el sufragio universal— porque en estos tiempos no es posible otro régimen.

No es posible otro sistema que no sea el parlamentario, pero, en opinión de los interlocutores de Castilfrío de la Sierra, esa representación igualitaria no es lo más deseable.

Lo más deseable sería que el voto y los escaños fueran meritocráticos. Es decir, Abascal y el Escritor descreen del sistema de partidos: su movimiento se presenta como partido porque no hay otro remedio.

Pero lo preferible sería otra forma de hacer política, otra forma de representar al “pueblo español” que, “con sus miserias, sus luces, sus sombras, sus mezquindades, su envidia y su ira, aprecia mucho el valor”.

Etcétera, etcétera.

Cuatro.

Resulta fatigoso repetir estos enunciados, que no son exactamente argumentos. Resulta fastidioso compendiar la visión apocalíptica de un reaccionario de salón. Sí, sí: de salón.

Es un reaccionario que dice aspirar y desear echarse al monte, pero en realidad estamos ante un antiguo ganapán o costalero de Esperanza Aguirre.

Es un tipo de pocas y tóxicas ideas al que los detestables terroristas amenazaron con la muerte, un tipo al que en efecto sacaron de sitio y de quicio.

Y así nos va: su voz retumba tonante, atronadora, mientras se yergue su figura de jinete o guerrero en medio del Apocalipsis.

Quiere dar miedo y sin duda puede provocarlo. Por el bien de todos, esperemos que Vox al final quede en mero ‘flatus vocis’, en mera verbosidad o ventosidad. Depende. O en partido bisagra. O en grupo testimonial.

Nada más.

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Fotografía: Efe, Antonio García.

David Bowie [2013]

David Bowie acaba de sacar nuevo disco tras años de silencio… Se titula The Next Day Tiene un sentido futurista, acabado, definitivo. Es lo que nos queda…

Y algo más. David Bowie es objeto de una espectacular exposición en Londres. Se titula David Bowie is. Allí se exponen las prendas que lució y los discos que ideó, con sus portadas…

Algunos de esos vinilos fueron conceptuales, como por ejemplo el de The Rise and Fall Ziggy Stardust and The Spiders from Mars (1972); y otros una suma de canciones afortunadas que ni siquiera eran suyas, como Pin Ups (1973): un disco de versiones que fue mi primer Bowie.

Tengo el catálogo de la Expo en mi poder, como una preciosa posesión. Repasando sus páginas confirmas a Bowie como creador de tendencias estéticas, formales. Su vestuario es como un bólido de Fórmula 1: los arreglos y los excesos después serán copiados; las mejoras y las pifias luego serán imitadas por cientos, por miles de seguidores. E incluso por individuos que no saben que repiten lo que Bowie alguna vez llevó, se calzó o lució.

Es un personaje ambivalente que despierta admiración y rechazo. Por un lado, supo hacerse y rehacerse en fases distintas del rock y del pop, adelantándose a las modas que él mismo instituía.

Por ejemplo, el Glam, también llamado Gay Power, fue una corriente estética que triunfó en los setenta y de la que él fue rey y señor, Marc Bolan aparte.

Hacia 1966, aún David Jones, Bowie era un jovencito con ínfulas de rockero, un tipo que admiraba a Little Richard, Elvis y Dylan; cinco, seis años después era un compositor leído, cultivado, con carencias musicales que sabía suplir rodeándose de excelentes técnicos.

¿El principal? El productor Tony Visconti, el mismo Visconti que varias décadas más tarde ha vuelto para materializar The Next Day.

David Bowie es aún un tipo guapo, incluso bello y elegante. Lo comprobamos hasta cuando rebasa el buen gusto o la edad.

Desde antiguo tiene una pose muy femenina, estudiadamente femenina, teatral. No en vano fue decisiva su relación con Lindsey Kemp. Por un lado, se sabe ‘macho, macho man’. Por otro, tontea con varones muy masculinos y apuestos.

Abrió lo que estaba cerrado, los armarios, los estilos y los sexos… Y supo crearse estéticamente. En las distancias cortas tiene fama de ser un tipo encantador, chistoso, optimista.

La imagen pública que de él se tiene no siempre es así: aparece como un individuo manipulador, engreído. Cometió varias torpezas de notable resonancia, como la de vivir enganchado a la cocaína; o como la de vivir tonteando con la estética y la cultura nazis, con el ocultismo. Luego se disculparía debidamente.

¿A qué se deben esas meteduras de pata, esos abismos? ¿A falta de estudios? ¿A simple y llana provocación? Bowie fue tempranamente un tipo muy cultivado, lector insaciable que no sabía muy bien cuál había de ser la transgresión.

Hay en él la búsqueda sin fin y el deseo de éxito, de gran estrella. De esa mezcla, transgresión y mercantilismo, nacerían discos espléndidos como Heroes (1977) o como Scary Monsters (1980).

A principios de los setenta, yo sólo era un adolescente, un muchacho a medio hacer, y Bowie me imantaba: todo lo que era capaz de crear me interesaba.

¿Acaso porque yo era homosexual? No, no recuerdo haber sido gay en ningún momento. Y no lo digo para salvarme o exculparme. Lo digo porque me complacían su ambigüedad y su vertiente andrógina, su bisexualidad, asunto que sorprendía en un hetero.

Pero yo no soy tal cosa, no sé qué cosa. Soy un ser que ama a su chica y a sus hijos, lo que no le impide admirar la belleza masculina. Y Bowie llegó a componer una figura de extrema elegancia (en parte inspirada en Frank Sinatra), vistiendo trajes anacrónicos, propios de los cuarenta y cincuenta, que siempre le han sentado enormemente bien.

Quien tuvo retuvo: ha envejecido excelentemente y su porte aún resulta envidiable.

Sus letras hablan frecuentemente del espacio, del espacio exterior, de un futuro de plásticos y de destrucción, de amor y de otras drogas, de muchachos desorientados, de héroes momentáneos, imprevistos.

Es uno de los nuestros: somos tipos momentáneos que esperamos lo imprevisto. Poco más.

‘Historia y ficción. Conversaciones con Javier Cercas’

Ya viene, ya está en preventa en Punto de Vista Editores:

http://puntodevistaeditores.com/catalogo/historia-y-ficcion-conversaciones-javier-cercas/

En mayo tendremos evento en la Librería Gaia. Con un presentador de lujo, al que quiero con cercanía y respeto: José Antonio Vidal Castaño.

La ilustración de cubierta corresponde a Antonio Barroso: Dos sombras (2012).

Es una fotografía inquietante. Un tipo al que vemos de espaldas, un tipo que tiene unas uñas largas y postizas, se le retrata mientras su sombra se proyecta.

En principio, lo real es ese individuo de torso desnudo y uñas increíblemente largas del que nada sabemos; lo fantasmagórico es esa sombra, esa mancha que repite su perfil.

Si poco sabemos del varón, menos informativa es la sombra. Aunque bien mirado, ese hombre fantasmal ha cambiado. Su mano se ha convertido en garra: las uñas en sombra son ya zarpa.

Continuará.

Poner orden. De Franco a Abascal

Sé que es inverosímil. Sé que nadie me va a creer. Pero es verdad si les digo que este fin de semana lo hemos pasado viendo viejas películas de Franco o sobre Franco, sobre su Alzamiento y sobre la larga, la inacabable posguerra que siguió.

¿Y eso?, me preguntará alguien que se haya quedado ojiplático. ¿No tenían nada mejor que hacer?

Juro que no es masoquismo. Tampoco es sadismo. En fin, el maratón franquista no se debe a nuestra orientación o desorientación política.

Sencillamente se trataba de refrescar, de volver a ver un par de películas o tres, material fílmico e histórico de primera para nuestras clases y conferencias a impartir sobre el periodo franquista.

Los dos films que hemos visto pertenecen al mismo director, José Luis Sáenz de Heredia. La primera película data 1941; la segunda, de 1964.

La primera nos mostraría los inicios del franquismo, la representación ideal y simbólica de la familia —y de la familia Franco en particular— y de su papel carismático y providencial en España.

La segunda, por el contrario, iniciaría lo que podríamos llamar el tardofranquismo, esa etapa final, incluso terminal, de un régimen cruel e inacabable que hacia 1964 alardea de paz y victoria.

Ya se sabe. El régimen se impuso por la fuerza de las armas, por los apoyos internacionales y por el miedo, tras una guerra civil concebida como Cruzada.

Se impuso, en fin, valiéndose de la represión más extrema y del exilio, sirviéndose de la emigración: de la forzarla marcha de intelectuales, de profesionales, de servidores públicos y también de obreros y campesinos.

Pero el régimen se impuso también al ganarse consensos activos y pasivos de una parte de la población. Sin duda, la indiferencia y la tibia adhesión fueron factores que ayudaron a la perpetuación de Franco. Todo, bien sabido.

¿De qué películas hablo? Ustedes ya lo habrán adivinado. Me refiero a Raza, que en efecto data de 1941, y me refiero a Franco, ese hombre, de 1964.

Como se sabe, la primera se basa en un apunte novelesco o esbozo de guion del propio Caudillo. Es una especie de autoficción muy inflamada. La segunda, no menos inflamada, es la hagiografía del Generalísimo, con presencia final del propio dictador. Franco lee y declama con mucho artificio.

Si tan espantosamente toscas son, ¿para qué volver a verlas? En casa debíamos cumplir la obligación académica de documentarnos otra vez. La obligación de verlas de nuevo, ea. Sin entusiasmo alguno. ¿Entusiasmo?

Raza y Franco, ese hombre carecen de virtudes cinematográficas propiamente dichas, de valores argumentales o de alardes estéticos que las haga inolvidables. En ambas cintas hay un reflejo lejanísimo o una influencia poco aprovechada de Leni Riefenstahl. Poco más.

Aunque a Sáenz de Heredia debemos algún film digno, lo cierto es que la autobiografía novelesca de Franco y la hagiografía militante del Caudillo son piezas soporíferas y de ejecución torpe.

Aunque, ahora que lo pienso, ambas sí que son inolvidables, sí. Por el tostonazo, vaya, y son efectivamente inolvidables como experiencia histórica y antropológica, entre el terror, la fantasía y el sarcasmo. Estos films pertenecen, involuntariamente, a los géneros cómicos.

Los guiones de ambas películas son toscos y los personajes declaman adoptando actitudes enfáticas. Los encuadres, ya digo, son reflejos desmejorados de Riefenstahl.

Una, la más temprana, es una invención del propio Caudillo (que firma el texto originario como Jaime de Andrade), mientras la otra es un documental propagandístico sobre los XXV Años de Paz que habría traído el Régimen.

En ambos casos, estamos ante ficciones. Ante ficciones increíbles, que es lo peor que le puede pasar a un film o a un relato: su torpísimo guion —ya digo—, su tono machaconamente panfletario y unos dialogos impostados hacen inverosímil las historias que contemplamos o se nos cuentan.

¿Y qué historias se nos cuentan? son archisabidas. Las aúno. Les abreviaré, además, la moraleja para que así no tengan que abrevar en charcas tan hediondas.

1. La denodada lucha o Cruzada de los buenos españoles, guiados por la mano y la espada providencial del Generalísimo, curtido en mil batallas patrióticas y disponible siempre para acción más valerosa y arriesgada. Para poner orden.

2. El abnegado esfuerzo de los buenos españoles, abnegado esfuerzo dirigido y tutelado por Franco para sacar adelante una patria malherida y anteriormente vendida por la conspiración de rojos y masones.

3. La inevitable guerra y la reconfortante paz que debemos al Caudillo, una depuración que la Iglesia bendice y que los buenos españoles agradecen beneficiándose de sus ventajas, esas que el propio Franco reparte a manos llenas.

En un libro de Fernando Sánchez Dragó que está a punto de aparecer, titulado Santiago Abascal. España vertebrada (2019), el líder de ese partido del que usted me habla dice que el golpe de Estado de 1936 fue algo justificado y hasta necesario. “Digamos que fue un movimiento cívico militar”.

Por supuesto voy a leer dicho libro (algunos ya saben de mi querencia por la literatura basura y por las efusiones o derramamientos literarios de Fernando Sánchez Dragó). Lo voy a leer…

Abascal, creyendo rebajar la deslealtad de los golpistas del 36, agrava involuntariamente el asunto.

Llamar movimiento a un golpe de Estado es exactamente la conclusión a la que llega el propio Régimen: que calificará de Movimiento aquella cosa.

Y tipificar de cívico-militar a esa conspiración, que es lo que fue, no es restarle gravedad. Un movimiento cívico-militar, que es la forma “respetable” de la conjura, suele ser, sí, el origen de las dictaduras más sanguinarias. Punto y aparte.

Los movimientos vienen a poner orden. A propósito de las elecciones, a Abascal se le escapó días atrás que su partido y los buenos españoles vienen a poner orden en el Parlamento.

No he leído o escuchado muchas quejas o críticas escandalizadas ante esas palabras. En los movimientos de esta índole poner orden en el Parlamento es manifestación explícita de antiparlamentarismo.

En el Parlamento no se pone orden, sino que las cámaras de representación dan voz y expresión al desorden y a los conflictos de la vida civil. Quien quiere acabar con ello, a caballo o a pie, mata la vida civil y desactiva o liquida el Parlamento.

Atentos.

Aborto criminal

Desde que vi y oí las declaraciones sobre el aborto del candidato señor don Adolfo Suárez Illana, no vivo. Estoy en un sinvivir.

Esto es de pesadilla, de película de terror. Como en aquel film remoto: Aborto criminal (1973), que vi en mi adolescencia y que tanto me marcó.

Como saben, el señor Suárez Illana hizo esas afirmaciones en Más de uno, el programa de Carlos Alsina, en Onda Cero. Todo ello ocurría, en efecto, en la mañana del jueves 28 de marzo de 2019.

En estas cosas tan peliagudas es bueno que la datación, que la cronología, sea precisa y que los datos estén corroborados.

Desde esa fecha, desde esa mañana, no dejo de darle vueltas al asunto. No dejo de darle vueltas a los contenidos, a los contenidos de lo que Suárez Illana dijo. Pero también a los desmentidos que horas después hizo.

Según nos informó por la tarde de ese mismo día, en Nueva York —contrariamente a lo que él suponía— no hay ley alguna del aborto que permita la ejecución del niño recién nacido.

Para asegurarse, para confirmar esto, el señor Suárez Illana llamó a un bufete de abogados de Manhattan. Noticia de alcance: por lo que nos reveló, los abogados neoyorquinos le confirmaron que no existía tal ley, esa que supuestamente permitía el infanticidio.

Por tanto no hay un aborto a posteriori en la ciudad de Nueva York. Esto es, en plena campaña electoral el señor Suárez habría hecho una afirmación absolutamente insostenible, además de falsa.

Hay que admitirle algo. Fue un acierto del señor Suárez Illana dirigirse a los expertos, en este caso a los abogados, para verificar la solidez de su afirmación.

Como los letrados desmintieron lo que él había afirmado horas antes, el señor Suárez Illana no tuvo reparo en reconocer su error. Un alivio.

Según dijo y ha vuelto a repetir, esas afirmaciones ya forman parte del pasado y por tanto no hay que darle más vueltas al asunto.

Yo no estaría tan seguro. Es más, creo que deberíamos exigirle más desmentidos. ¿A quién debería recurrir?

En principio, el señor Suárez Illana debería hacer una consulta al hombre de Neardental, la persona más autorizada para confirmar o desmentir la afirmación de esa mañana.

Entre las cosas que Adolfo Suárez había sostenido el día de autos estaba una supuesta práctica del Homo Neardenthalensis. Por tanto…

Cuando lo escuché, me sorprendió su conocimiento de esa especie Homo, diferente del Homo Sapiens, extinguida pero aun así muy querida: todavía permanece en el recuerdo de todos nosotros.

De hecho, yo siempre he preferido el parentesco lejano que me une al Neardental frente a los vínculos estrechos (Homo Sapiens) que tenemos con el hombre de Cromañón.

Pero volvamos a Suárez Illana, un hombre también primitivo. A su parecer o en su opinión, estos antecesores (los Neardentales) se habrían dedicado a cortar las cabezas de los recién nacidos.

Así, sin más. O al menos se habrían dedicado a cortar las testas de algunos recién nacidos, que habría sido la forma normal y primitiva de practicar el aborto. El aborto a posteriori. Aborto criminal. ¿Qué decir?

Yo cursé Historia, me licencié en dicha materia en 1981 y me doctoré años después. Eso sí, en Historia Contemporánea, cosa que me deja en una posición muy frágil cuando de la Prehistoria hablamos.

A pesar de haber estudiado al Australopithecus, al Pithecanthropus, etcétera, los conocimientos han avanzado tanto que me he quedado muy atrasado: propiamente en la Prehistoria.

Admito la fascinación que me provoca ese período, pero mis datos son ya prácticamente inservibles. Por ello, no estoy en disposición de corroborar o desmentir lo dicho por el señor Suárez Illana sobre el Homo Neadenthalensis.

Durante horas me estuve preguntando de qué forma iba a corregir o confirmar esas afirmaciones el propio candidato. Es evidente que no podía llamar a nuestros antepasados remotos para consultarles sobre sus prácticas, valores y convenciones.

Tampoco podía telefonear a un bufete de abogados de Nueva York, ya que los letrados no son infalibles: no podía hacer esa consulta para que le aclararan cuáles eran los usos y costumbres de los Neardentales.

Supuse, equivocadamente, que lo que haría el señor Suárez Illana es llamar a los historiadores expertos para preguntarles acerca de las supuestas prácticas abortivas entre esos pueblos remotísimos.

Que yo sepa no se dirigió a los historiadores, entre los que me cuento. Pero tampoco a los prehistoriadores. Los prehistoriadores, a pesar de ese rótulo, también son historiadores, historiadores completos: han acabado la carrera y, aunque se quedaron en los albores de la civilización, saben mucho.

¿Algo tendrán que decir, no? Que yo sepa, nadie ha confirmado o desmentido nada. Desde aquí solicito la opinión informada y experta de mis colegas primitivos. Para las cosas modernas, ya nosotros nos valemos.

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Post scriptum

Por supuesto, el reto que yo lanzaba mis colegas para que se pronunciaran es una broma académica. Una guasa, vaya.

Agradezco a Isabel Huete que me haya informado sobre los pronunciamientos de algunos arqueólogos y paleoantrópologos a este respecto.

https://www.lavanguardia.com/ciencia/20190328/461311942955/neandertales-aborto-suarez-illana.html?fbclid=IwAR2z_H2EIJTNH8D-FNQLBbHGUu12uL8KCixrfof4J-RpsafqgM-NMP5CmGo&utm_campaign=botones_sociales&utm_source=facebook&utm_medium=social

Quedo más tranquilo.

O no tanto…

Leo en La Vanguardia las declaraciones de Antonio Rosas, investigador del CSIC. Dice: “Contrariamente a la imagen de que los neandertales eran burdos y moralmente degradados que se lanza con este tipo de afirmaciones [como la de Suárez Illana], los datos de los estudios paleoantropológicos indican todo lo contrario. Actuaban de manera muy parecida a los Homo sapiens de su época”.

Saber que los Neardentales actuaban de manera muy parecida al Homo sapiens no sé si me tranquiliza.