Cine. Rutina y fascinación

La excesiva profesionalización de la crítica, literaria o cinematográfica suele llevar a la rutina, a la fórmula reiterada.

Por ejemplo, cualquiera de nosotros sabe de antemano qué va a decir Carlos Boyero en las páginas que tiene reservadas en ‘El País’.

Hallazgos que fueron felices, aciertos ocasionales, son ahora esquemas estereotipados, moldes a aplicar. O, peor, inquinas mal resueltas,

Cuántas veces no habremos tenido la sensación de que un crítico se aúpa a la joroba del artista. Se aúpa y se sabe cabeza, incluso cabeza colosal.

Ese crítico cree haber vivido o leído mucho y ordenadamente, cree haber visto mucho cine y por géneros.

Por tanto, ese crítico cree poder juzgar con severidad lo que tantas veces es el descubrimiento de una persona sola, un hallazgo…

“Yo ya no sé qué se puede hacer con los críticos, aparte de no hacerles caso”, decía Javier Marías años atrás de manera expeditiva y probablemente injusta.

Y lo decía alguien, un autor, por lo general bien tratado por la crítica. Pero tal vez por ello su opinión contundente era atendible.

Era atendible sobre todo si consideramos de qué manera se expresan algunos comentaristas ya profesionalizados.

Aunque “en esta ocasión no me refiero a los [críticos] literarios”, añadía Marías, “sobre los que mucho habría que decir y ya he dicho, descubriendo de paso que son gente completamente impermeable a las críticas, por eso tal vez son críticos”.

Se refería a los críticos cinematográficos, muchos de los cuales serían “pedantes, conservadores y cobardes”.

Los críticos serían gente que con frecuencia se deja llevar por juicios estereotipados, por obviedades, gente “solemne, campanuda y malhumorada”, concluía.

Javier Marías se expresaba de manera contundente generalizando indebidamente. Por cierto, lo decía en un libro de críticas cinematográficas subtitulado titulado ‘al salir del cine’. Punto y aparte.

Acudir a la sala no significa ver cine, películas… Una parte de lo que se proyecta es meramente alimenticio, adocenado, sin afán alguno de creación.

Hay films que se convierten en series y los hallazgos que hubo en la primera se pierden hasta convertirse en puro cliché y repetición.

Acaba siendo un modo de ganar dinero sin aportar nada nuevo. Y hay ciertos críticos que las aprueban con despiste o admiración.

Yo, por ejemplo, abandoné ‘Stars Wars’ (1977), de George Lucas, tras sentirme estafado con tanto episodio previo y posterior, con tanta precuela y secuela. En fin.

En su libro ‘Un oficio del siglo XX’ (1982), Guillermo Cabrera Infante recordaba a François Truffaut cuando decía: “un niño jamás responde cuando le preguntan qué vas a ser cuando mayor: voy a ser crítico de cine”.

Por lo que parece, nadie aspira a ser crítico de cine cuando sea mayor. Lo razonable es ser astronauta o director de cine, novelista, pero no crítico que glosa las obras de otros.

Cabrera Infante fue crítico y supo hacer de ese oficio un arte, una manera de expresarse sin automatismos, con audacias interpretativas.

Pero también sin explicarlo todo: que algo quede en la oscuridad o en lo no dicho, que algo sea enigmático y fascinante a pesar de la glosa del crítico.

Que al espectador se le explique todo, que se le aclare todo, que se le muestre todo…, no es algo necesariamente bueno o deseable.

Si ocurre así por culpa de cineasta, entonces es que éste toma a su público como una caterva de indolentes, individuos que acuden a las salas para pasar sin complicaciones un buen rato.

Los públicos hemos sido instruidos en una lógica temporal que incluye planteamiento, nudo y desenlace. Más aún, el final feliz o, al menos llevadero, refuerza los hábitos de los espectadores.

Nos atrae, nos imanta, un enigma, la pesquisa que el destinatario hace con o sin los personajes para averiguar algo que inquieta. Pero por hábito necesitamos la resolución del conflicto.

Como en los cuentos infantiles, el desenlace alivia y nos hace aguardar con esperanza, ahora sí, la resolución de nuestros propios dilemas.

Que una película fascine tampoco es necesariamente bueno. Puede que nos aturdan las imágenes precisamente fascinantes o la música estridente y obvia.

En ese caso, imágenes y música en estrecha adhesión con lo que vemos nos impiden escrutar las películas.

La vida no tiene banda sonora, pero en la fantasía inevitable del cine, todo tiene un fondo musical que refuerza o suaviza lo que se nos cuenta o contemplamos.

La fascinación es una reacción del espectador, sumido en un desconcierto o en un estado de sublime estupor.

Siento decirlo, pero raramente experimento fascinación en la sala cinematográfica. O el crítico me ha destripado el film. O el cineasta me sirve un producto adocenado.

O, más grave aún, veo que estoy perdiendo sensibilidad e inocencia, la capacidad de fascinación.

Fue un prodigio, sí. Sucedió la noche en que acudí a un cine de verano, al cine Vallejo, a ver por primera vez ‘King Kong’ (1933).

Yo apenas rebasaba los cinco o seis años.

Robinson Crusoe cumple trescientos años

Siempre que puedo proclamo mi apego y mi aprecio por Robinson Crusoe (1719), de Daniel Defoe. Mi apego y mi aprecio por esta novela que ahora cumple trescientos años.

No me ocurre lo mismo con su protagonista, a quien no le profeso tanto cariño. El personaje me resulta por momentos cansino, estomagante. Hay páginas en que lo detesto con furia…

Punto y aparte.

Escribir hoy en día sobre Robinson Crusoe es una auténtica temeridad. Aunque sólo nos propongamos justificar su lectura y el placer que sus páginas nos procuran, el intento está condenado de antemano. Estoy condenado de antemano.

¿Por qué? Hay tanta, pero tanta y tanta… literatura sobre esta obra y sobre el mito a que da lugar, que cualquier glosa siempre llega tarde.

Por otra parte, es tal la celebridad de su protagonista (y de sus sosias y réplicas) que todos sabemos mucho de él, o creemos saber mucho, aun cuando no se haya leído el relato original.

Punto y seguido. Robinson es hijo de buena familia, un muchacho bien atendido, bien nutrido y bien aconsejado por un padre sensato: es un joven prometedor.

Pero Robinson quiere hacer su vida, su propia vida, y como buen inglés se hace al mar, a la mar, desatendiendo el consejo del padre. Estudia Leyes, acomódate al comercio.

Por supuesto, Robinson Crusoe se perderá, naufragará, según nos relata él mismo en esta obra de obvia inspiración española.

El náufrago tendrá que rehacer su entorno y tendrá que rehacerse. Como ser humano, todo lo esencial lo lleva dentro: un copioso saber práctico y un repertorio de habilidades potenciales.

Eso indicará Karl Marx muchas décadas después. Dice Marx: no existe un Robinson realmente solo, aislado y sin ataduras. Robinson es un continente o un contenedor de saberes y de intuiciones.

Crusoe, el joven urbano de escasa experiencia y nula gallardía, está bien pertrechado con sus conocimientos ingleses y con sus hábitos burgueses.

‘Robinson Crusoe’ es ficción que adopta la forma de la autobiografía. Alguien se expresa en primera persona y nos cuenta su aventura.

Alguien llamado Robinson nos detalla todo lo que le ocurre desde que abandona la casa del padre.

La abandona como un hijo pródigo y atolondrado, pero para regresar mucho tiempo después como riquísimo hacendado.

Cuando cuenta diecinueve años, el 1 de septiembre de 1651, se embarca y allí comienza la lista de sus gestas y penalidades, la serie de sus empecinamientos y corajes.

De todas las desdichas, la peor es sin duda la del naufragio. Tras el hundimiento de su nave y la muerte del resto de la tripulación, Robinson salva la vida milagrosamente.

Gracias, Dios mío, por esta suerte.

A partir de entonces ha de empezar una dura, una durísima existencia. Ha de aprender a vivir en soledad.

Crusoe debe habilitarse un espacio acogedor, un lugar protegido que lo salve de la amenaza exterior: la de la Naturaleza o la de posibles caníbales.

Robinson trabaja sin descanso descubriendo en él capacidades que ignoraba poseer, o aprendiendo con rapidez habilidades de hombre fabricante.

No pierde el tiempo: excava, cultiva, cosecha, caza, elabora y lee el único libro que ha logrado salvar entre los restos del naufragio: la Biblia.

Habla con Dios, le reprocha su fatalidad, le agradece su suerte: lo toma como interlocutor y comienza a escribir un diario.

¿Para qué un diario? Justamente para expresarse, para saldar cuentas, para detallar el debe y el haber, para no pensar en su triste condición.

Su actividad es incesante, su laboriosidad es perseverante, su paciencia es grande. Sin embargo, sus estados de ánimo varían.

La Naturaleza acecha constantemente y el miedo se apodera de Robinson con frecuencia. ¿Saldrá de allí?

Prácticamente todos sabemos cuál es el porvenir que le espera a Crusoe. Lo hemos visto en las distintas adaptaciones cinematográficas y televisivas o incluso lo hemos leído en diferentes versiones, abreviadas o no.

No ignoramos nada de Robinson. ¿Es así? Esas informaciones más o menos ciertas e incluso el final que creemos saber no son más que datos superficiales, interpretaciones o glosas secundarias.

De Robinson hay que leer su relato autobiográfico original, ese que imaginó Daniel Defoe. Allí está el ser humano, un ser humano fabricante y obstinado que en ocasiones se nos hace antipático, ya digo.

Tanto es su ahínco o tanto es su orden. Fue rebelde, pero ahora es fanáticamente laborioso. Fue joven y desprendido, y ahora es un tipo prudente y acaparador.

Algunos han querido ver en esta novela una metáfora del capitalismo, de la ética del beneficio y de la propiedad privada. Robinson es de origen burgués y, propiamente, pensará como un hacendado. No lo niego.

Sin embargo, yo quiero leerlo como el náufrago que es y seguirá siendo. Quiero ver su soledad, la del individuo que ha de hacerse con cuatro pecios, con restos escasos, con pocas habilidades heredadas o aprendidas.

Quiero verlo como un tipo que se sabe prisionero y que aun así lucha por sobrevivir creándose ese entorno acogedor.

Es la suya toda una lección de vida: siempre y cuando el afán, la laboriosidad fanática de Robinson, no sea nuestra condena.

Antonio Muñoz Molina. Por el principio

Acabo de escuchar ‘Por el Principio’, un programa radiofónico, en este caso dedicado a Antonio Muñoz Molina. En ese espacio cuenta parte de lo que fue su infancia y adolescencia.

Es una bella evocación entre nostálgica y realista de un mundo ya desaparecido, una España pobre y esforzada.

Pero también es una incursión en un país esquilmado por la dictadura, un régimen basado en la crueldad y el miedo, en la ordinaria resignación. Es un viaje a aquella inacabable posguerra…

El programa no es una entrevista. Al menos, su formato no está concebido así. Hay distintos cortes en los que el protagonista se explica ante un entrevistador que no escuchamos.

Hay recreaciones de momentos de su vida, una dramatización. Y hay exposiciones de Muñoz Molina.

Es la infancia de un niño nacido en Úbeda que estaba destinado a continuar la vida de hortelano del padre.

Pero es también la niñez y la pubertad de un muchachito que leía mucho, que leía de todo, que tenía buena memoria y que pronto aprendió a redactar con gusto y esmero.

Es la primera juventud de un zagal que evitaba la violencia y la fuerza bruta, que sentía pavor y —aún siente— rechazo ante la masculinidad asertiva y agresiva, ante la exhibición del varón depredador.

Al escucharlo siento tantas cosas que comparto… Por supuesto no me comparo.

Yo no fui un temprano y voraz lector. La afición me vino algo después. Yo no estaba destinado a ser hortelano a pesar de los orígenes campesinos de mi familia paterna.

En realidad, Muñoz Molina despierta en mí simpatía y admiración por su sensibilidad, por la ternura y habilidad con que evoca el pasado y construye mundos de ficción.

No escribe bellamente. Escribe precisamente. Es decir, con precisión, con extrema y sutil precisión, que es lo máximo a lo que podemos aspirar si somos de letras.

Uno era de Letras —decíamos en mi infancia y adolescencia— cuando en el bachiller superior te inclinabas por las Humanidades.

Cómo no admirar a Muñoz Molina. En su prosa hallamos la expresión justa, ese logro que se alcanza cuando parece que las palabras y las cosas coinciden…

Por supuesto, es un arte y, si se quiere, un artificio: esto es, una habilidad que hace sencillo o evidente o natural aquello que exige esfuerzo, esmero. Más transpiración que inspiración.

Por eso y por muchas cosas más admiramos, admiro, a Antonio Muñoz Molina.

https://cadenaser.com/programa/2019/08/11/por_el_principio/1565547061_376377.html?ssm=fb

El mundo será un asco

Una distopía es un mundo en el que no nos gustaría estar. En eso podemos estar de acuerdo.

¿Pero entonces, si el mundo en que efectivamente residimos nos disgusta, puede decirse que vivimos en una distopia?

No, no nos precipitemos.

Pensemos en tantas ficciones escritas o audiovisuales. La distopía es una ficción, en efecto.

Es una historia inventada por alguien dotado para prevenir o predecir, alguien capaz de mostrarnos un mundo parecido al nuestro, pero aún peor.

Una distopía, en fin, es una novela, una película o una serie, pongamos por caso, en que la naturaleza humana, la política o la tecnología han degenerado hasta extremos indecibles. Y, con ellas, la moral. Es una advertencia.

Sencillamente lo que sabíamos bueno ya no lo es y lo que juzgábamos malo ha acabado por imponerse sin discusión o apelación, sin réplica.

Dicho de otra manera, lo bueno de la vida pasa a estar prohibido. Y lo repugnante de la existencia se hace por expreso deseo de la autoridad, de las autoridades. O sea, a la fuerza.

En esas historias que llamamos distópicas, el mundo es un sitio peligroso para el individuo e incluso para la propia especie.

Y ello aunque no lo parezca, pues ese mundo puede presentarse ornamentalmente bello, hasta confortable.

En una distopía, la Tierra es un lugar que se ha vuelto cómodo o incómodo pero siempre amenazante.

En efecto, la amenaza se cierne sobre cada uno de los humanos y sobre la mayoría. Eso sí, sólo muy pocos escapan a esa suerte: por la posición que ocupan en la jerarquía; o por la oposición clandestina con que resisten (y lo ocultan).

Resulta una paradoja. No esperábamos eso del porvenir, el inmediato o el lejano. Las religiones del Libro y las religiones políticas, el progreso y la ilustración, nos habían prometido otra cosa.

Nos habían prometido un futuro sin restricciones, liberados de las estrecheces, de las arbitrariedades, de las injusticias, de la tiranía, del miedo, del despilfarro. A cada cual según sus necesidades…

Nos habían augurado un devenir sin las esclavitudes y miserias del orden analógico, del mundo sublunar.

Hasta era razonable predecir un salto mayúsculo: algún día podrán franquearse los límites humanos. Eso nos prometen.

Por ejemplo, pequeñas actividades que ahora y aún debemos realizar con esfuerzo… después, pronto o tarde, se resolverán con los prodigios de la Ciencia o de la Providencia.

Y, si embargo, el mundo actual no parece augurar nada bueno, nos decimos. Ni la tecnología resuelve nuestros problemas morales, ni Dios presta auxilio atención.

El mundo parece ir a la deriva o, simplemente, ya ha encallado con el casco lleno de desperfectos. Estamos varados en zona de arrecifes o estamos perdidos.

Puede que materialmente los habitantes de la Tierra hayan mejorado, nos decimos. Pero hay algo en la opulencia en la que muchos viven o en la tecnología de la que se sirven que es pena y penitencia bien gravosas.

Tampoco podemos regresar a los viejos tiempos, a una época más primaria (si tal cosa puede concebirse), cuando las infecciones y las epidemias se ensañaban con los seres humana y cuando la guerra era el hábito común del estado natural.

Lo que hace detestable el mundo distópico no es necesariamente la pobreza o el hambre, que son realidades bien presentes, actuales, y no venideras. Lo que hace espantosa la distopía es la perfección, la supuesta perfección que se avizora.

La distopía es una utopía negativa, una historia en que se nos detalla un estado de pavorosas circunstancias. Es un relato escrito o audiovisual en que se nos cuenta o vemos un mundo modélico o detestable que bien podría llegar.

El mundo que podría llegar sería concretamente una sociedad destruida, semiderruida o perfecta, pero en todo caso congruente y verosímil. El Infierno en la Tierra.

¿Por qué la perfección es una expectativa tan angustiosa y tan indeseable? Porque es el horror de lo ordenado, de lo contenido y de lo civilizado.

En el mudo perfecto, las personas se acomodan estrictamente a las reglas; las circunstancias son enteramente previsibles; los hechos pueden predecirse con acierto.

Si es así, las vidas son obvias, las normas se imponen sin resistencia o descuido, los hábitos son evidentes e incontrovertibles. Etcétera.

En pocas palabras, el mundo es claro, transparente, un lugar en donde todo casa o encaja, un espacio en el que las jerarquías o la igualdad se imponen.

Una distopía prefigura una sociedad en que la libertad y el individuo son irrelevantes o están proscritos. La autoridad máxima y las autoridades locales o delegadas son indiscutibles y no prescriben.

Uno decae en el cargo o en el estatus (a los que accede por estatus o privilegio) si es degradado por su superior: con toda probabilidad por haber contado crímenes contra el orden inmutable de las cosas.

Esa autoridad se ejerce sin contestación y está rodeada de toda suerte de edecanes y de clases de servicio.

Las tareas a desempeñar son múltiples y hay una división del trabajo que fija la posición laboral, sí, pero también el estamento al que fatalmente pertenece el individuo, siempre uniformado y ahormado.

Y ahora, si me hacen la caridad, les pido que adivinen a qué distopía o distopías me estaba refiriendo. O a qué espantos les recuerda esto que les he descrito.

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1984 – Scene from the 1956 Holiday film version which starred Michael Redgrave.

Invasión, invasión

Hace años lo escribí y ahora vuelvo a repetirme y a repetirlo. Tras lo sucedido en El Paso (Texas) y Dayton (Ohio) me han venido a la cabeza dos palabras: masacre y matanza.

El diccionario de la Real Academia define muy bien qué es una masacre. Es un sustantivo que procede del francés ‘massacre’.

Significa “matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o causa parecida”. Se ajusta especialmente a lo sucedido en Texas y Ohio.

Pero leo la voz matanza, tan española, tan dolorosamente castiza, y casi la prefiero: “mortandad de personas ejecutada en una batalla, asalto, etc.”

Más aún, matanza es también la “faena de matar los cerdos, salar el tocino, aprovechar los lomos y los despojos, hacer las morcillas, chorizos, etc.”

Pienso en lo ocurrido en El Paso y Dayton. Sin duda, el número y las intenciones son muy inferiores a otras masacres y matanzas, no son comparables. Casi es poca cosa si cotejamos estas carnicerías con otras de este siglo y del anterior.

Pero pienso también en lo que es el fanatismo. Me estremece todo esto. Empieza el verano y, como siempre, las redacciones de los medios quedan despobladas. Sin embargo, los horrores más sangrientos de los últimos años ocurren en período estival.

Lo sucedido en El Paso y lo sucedido en Dayton son ejemplos de masacre: “matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o causa parecida”.

Pero son también casos de matanza, en su primera acepción: “mortandad de personas ejecutada en una batalla, asalto, etc.”

Ataque armado, indefensión, personas ejecutadas, batalla. La comparecencia pública del presidente Trump ha sido lamentable y decepcionante. Atribuye las víctimas a sendos victimarios con problemas mentales. Y al odio. Ah, y a los videojuegos.

Concretamente ha dicho: “Las enfermedades mentales y el odio aprietan el gatillo, no las armas”. Y quienes aprientan el gatillo creen en el supremacismo blanco.

Por otra parte, Trump, que busca la alianza de los demócratas para enfrentar casos como éstos, ha mezclado las masacres o matanzas con la emigración. Con la “invasión” hispana.

Bien mirado, a este hecho no se le ve la relación, pero el señor Trump cree que sí. Quizá a los restantes mortales nos falte mayor intelección. Él tiene dotes. Está bien dotado.

Yo, por el contrario, me siento impotente ante hechos de esta naturaleza y me pregunto por todos los enfermos mentales del mundo y por todos aquellos que profesan el odio.

¿Si ésas son las causas, además de la excitacion de los videojuegos, por qué esas masacres o matanzas abundan en Norteamérica?

Sin duda, la mejor respuesta a estas cuestiones es la que ha sostenido Hillary Clinton. ¿Clinton? ¿La señora Clinton?

Siempre hemos sabido que la antigua candidata demócrata, tan denostada por representar al ‘establisment’ y a la élite, tiene una cabeza de muchos quilates, de gran penetración intelectual. Sin duda.

En su respuesta no hay graves o profundas cogitaciones. Le ha bastado con aplicar el sentido común,

“Las personas sufren enfermedades mentales en todos los demás países de la tierra; la gente juega videojuegos en prácticamente todos los países del mundo. La diferencia son las armas”.

Cierto, muy cierto.

Creo que vivimos ya en un mundo distópico. O quizá, ignorándolo, estemos sobreviviendo en un planeta invadido por extraterrestres.Pero no lo sabemos.

Invasión, el señor Trump habla de invasión. Admitido. Creo, sin embargo, que resulta más justo añadir que tal invasión no es hispana. Ni siquiera latina.

Por las pruebas, por la indicios reunidos, la invasión es de alienígenas o de líderes aquejados de severas patologías.

La devastación

La hora violeta es un libro que estremece por su temple y por su prosa. Es un libro conmovedor, formalmente conmovedor, que nos narra la muerte del hijo, de Pablo.

Y sobre todo nos cuenta los meses de intemperie y quiebra emocional y racional de unos padres, Sergio del Molino y Cristina Delgado.

La hora violeta es un libro que estremece por su temple y por su prosa. Es un libro conmovedor, formalmente conmovedor, que nos narra la muerte del hijo, de Pablo.

El progenitor nos relata el hecho posible, venidero, fatal…, que no podemos nombrar. A ese interregno (vamos a llamarlo así), el autor dedica estas páginas. Las titula La hora violeta, fórmula que toma de T. S. Eliot, de La tierra baldía.

Es interregno. Y es lapso breve que lleva de un estado a otro. De la vida promisoria a la pérdida de un hijo que era un ser emocional y emocionante, un muchachito que estaba por crecer y madurar.

He dicho que este libro es “formalmente conmovedor”. Me reafirmo. Lo es por la calidad de su puesta en escena y lo es por lo exquisito de su escritura. ¿Acaso por el sentimiento que nos embarga al leerlo?

Empecemos diciendo dos cosas. Esto que ahora, en 2019, escribo no es una reseña: siempre sería una recensión rezagada o a destiempo, acotación a un libro publicado en 2013.

He retrasado por razones diversas, algunas personales (si no es que todas las razones son siempre personales), su lectura. Ahora he decidido no demorarla más tras las recomendaciones de Marisa Begué.

La segunda cosa que quería decir es ésta: el volumen de Sergio del Molino me afecta hondamente. ¿Ah, sí, y a quién no?, podría reprocharme cualquier persona.

Sí, es así, pero en mi caso me ha conmovido de manera especial por haber estado cerca de una situación semejante: esas razones personales a las que antes aludía.

No puedo decir que haya vivido esa situación. Pero sí puedo decir que he sentido los efectos del cataclismo, un cataclismo semejante. A mi alrededor, todo era devastación.

Ahora bien, de la devastación no sale por fuerza buena literatura. La literatura no surge necesariamente del dolor más íntimo. Surge cuando un poeta y un novelista saben dar forma a ese dolor.

En otros términos, un libro de tensión y resolución equilibradas, de justa expresión, de medida ejecución —como es La hora violeta— no es fruto de la desgracia.

De la desgracia no se sigue la creación poética. Hace alta oficio, pero sobre todo hacen falta el arte y el artificio de eso, de quien tiene oficio.

En La hora violeta no hay una sintaxis sonora o acomodaticia o melodramática. Es prosa desgarrada que a la vez desgarra. No obstante, las palabras del narrador no se desbordan. El prosista se contiene…, delicado, delicadísimo.

Los hechos son sencillamente catastróficos. Pero un libro no alcanza la excelencia por el tema, sino por la filigrana, por el modo en que se piensa y se narra la muerte del hijo.

¿Cómo se puede relatar este hecho impensable e inenarrable? Más aún, ¿cómo se puede narrar el sentimiento, el desamparo, de los padres?

Pues se puede relatar expresando la pena con la exquisita habilidad del letraherido. Pero también valiéndose de la ironía y la deprecación de uno mismo.

Es una forma de hacer explícita la herida. Eso sí, sin restarle gravedad pero sin hacer demasiado aspaviento.

Durante décadas, yo he padecido el fantasma de un hermano mayor muerto nada más nacer. Se hacía presente allí en el hogar, convocado por la nostalgia y la herida irrestañable de mis padres.

Era un ser prometedor, repleto de expectativas que jamás frustró. Murió joven, tan joven, que en efecto todo en él era promisorio. De haber sobrevivido, aquel esbozo habría sido guapo, fuerte, un angelito y luego un hombre modélico.

Tras leer el libro de Sergio del Molino, he dejado de pensar en mí. También he dejado de pensar en ese hermano mayor cuyo parto fue su punto final. Y mi angustia, inducida.

Tras leer el libro de Sergio del Molino, he pensado en mis padres, con un tristeza apenas reprimida. He pensado en la desolación mal curada, en el desgarro que los laceró.

Pero, por algún efecto estrictamente literario, he conseguido apiadarme de ellos sin condescendencia (si tal cosa es posible). He reconocido finalmente su devastación.

Para mí, la literatura no es necesariamente terapéutica. Tampoco deseo una curación como consecuencia de la lectura. La literatura es felicidad y jovialidad. ¿Cómo decirles?

De La hora violeta he salido enjugándome las lagrimas. Y reconciliado.

¿Amado monstruo? Jesús Gil y Gil

En dos o tres días he podido ver la serie documental producida por HBO y dedicada a Jesús Gil y Gil. Digo en dos o tres días porque quería no perderme detalle, no despistarme.

No perderme detalle de Gil. De Jesús Gil, sí: aquel que fuera promotor de Los Ángeles de San Rafael, aquel que fuera alcalde de Marbella, aquel que fuera propietario y presidente del Atlético de Madrid.

Gil, sí, un constructor inmobiliario y, sobre todo, un negociante en busca de oportunidades, quizá un agiotista, un pícaro que supo aprovecharse de lo público y lo privado para incrementar exponencialmente su lucro y patrimonio.

La serie de HBO lleva por título ‘El pionero’ (2019) y su responsable es Enric Bach.

Son un total de cuatro episodios, cuatro capítulos que, a decir verdad, por un lado se me quedan cortos; y, por otro, se me han hecho largos y hasta algo repetitivos.

Me refiero al montaje, a la composición, a la historia tal como se nos cuenta, a la ascensión y caída de dicho personaje tal como se nos muestra.

¿Acaso es una serie fallida? Yo no lo diría exactamente así. Tiene calidad: el director sabe aprovechar material de archivo, bien abundante en el caso de Gil,.

Y sabe convocar y reunir testimonios imprescindibles, entre otros, los de los hijos de tal y tal, es decir, los Gil Marín.

Por razones que no acierto a comprender, la señora de Jesús Gil y Gil está prácticamente ausente de la filmación. No me refiero a que no haya cortes con declaraciones de María Ángeles Marín Cobo.

Es que casi no se la menciona y las imágenes que de ella fugazmente vemos apenas nos permiten atisbarla.

¿Y a quién vemos? A una señora robusta, rubia de tinte, tostada o casi carbonizada por un bronceado eterno y con rasgos evidentes de una gordura temprana.

Tres de los cuatro hijos de Gil y Gil testimonian largamente. Reproducen físicamente y por separado la fisonomía y la carne del padre y de la madre. Los labios carnosos, la anatomía obesa o casi obesa, la mirada desconfiada y huidiza del patrón. Son feos.

También larga ampliamente Isabel García Marcos, opositora de Gil en el Ayuntamiento de Marbella. El botox ha hecho estragos en su cara. Conserva su delgadez y una melena rubia ya desleída, pero su rostro acusa un marchitamiento y unos pliegues que asustan.

Menos mal que Enric Bach consigue las declaraciones de Carlos Castresana. Es el auténtico contrapunto, el orden, la lógica, la coherencia a tanta cháchara insustancial. ¿De quien?

Principalmente de los hijos amorosos que recuerdan la sañuda persecución a que presuntamente fue sometido el padre.

¿Por quién? Por Castresana, claro. Fue él quien desde la Fiscalía Anticorrupción (1995) desentrañó el ‘Caso Camisetas’ y el ‘Caso Gil’, entre otros.

Castresana testimonia con vigor, con autenticidad y con fuerza narrativa. Hace veinticinco años era un hombre joven y atractivo, aunque de aspecto frágil. Ahora su elegancia es aún mayor. Envidio sus anteojos.

Que yo insista en la apariencia de los personajes envueltos o implicados en esta historia no es un capricho, no es algo irrelevante.

A partir de cierta edad, como reza el tópico, cada uno es responsable de su rostro y diríamos que también de su cuerpo.

El cuerpo y el rostro de Jesús Gil y Gil son la versión monstruosa y desbordada del feo, del hortera, del poderoso, del delincuente simpático y populista, de aquel que para burlar la ley se declara antisistema. Me salgo…

Fue condenado varias veces y por varios casos. Obró con mucha determinación y desahogo, como un líder, como una celebridad que invoca al pueblo mientras se enriquece inmoderadamente.

Hizo del feísmo su trampantojo; y del exceso indumentario, su disfraz. Fue también pionero en el uso inmoderado del chándal. Fue el rey del chandalismo.

Mostró gustos adocenados y ostentó estéticas de nuevo rico. Hablaba lentamente, con pedagogía vulgar, propia del hampa. Invocaba la democracia para justificar sus desmanes.

Fue amado por plebeyos y gañanes y fue tolerado por la gente fina y principal. Caía simpático y sus propios excesos y labia hicieron de él una celebridad televisiva.

He sentido escalofríos viendo esta serie. El personaje supo atraer, condensar y expresar la vulgaridad más extrema que hay en cada uno de nosotros, la picardía española.

Fue un delincuente (procesado y condenado, pues), un delincuente tosco de guante blanco, nacido pobre.

Y supo encarnar al avispado de la tradición picaresca, el villano que engatusaba con favores y promesas, simpático y cordial.