‘Mi familia y otros animales’

Con muchos meses de retraso he leído el libro de David Jiménez titulado El Director (2019).

Y he accedido a él gracias a Anaclet Pons, que me recordó su existencia, facilitándome un ejemplar y su lectura.

Permítanme una confidencia.

Después de la generosidad de mi amigo he descubierto que yo ya tenía un ejemplar. Literalmente. En efecto, lo adquirí justamente el año pasado en el momento mismo de su aparición.

Se trata, pues, de un caso. Un caso más de despiste, mi despiste creciente. Vale decir, es uno de esos libros que uno compra por interés, por la circunstancia y por la actualidad del tema, y luego se olvida.

Ese es mi caso, insisto, por distracción o por otras razones: este y otros libros van a parar a la pila inestable de obras que esperan tiempo antes de ser leídas.

Finalmente, mi entorno es eso: pilas que crecen manteniendo un milagroso equilibrio en el escritorio. En el escritorio y en numerosas superficies.

Fin de la confidencia.

El Director es una memoria personal, un ajuste o una rendición de cuentas con la ‘gran’ familia del periodismo.

Se trata, en fin, del escrito de quien sopesa y salda el trabajo realizado en este caso al frente de un periódico: El Mundo.

Antes de desempeñar el empleo de director, Jiménez había sido durante años corresponsal de dicho medio en Asia.

De hecho, se le debe la apertura de una delegación del diario español en el lejano Oriente.

Es decir, Jiménez es un un reportero originario, no un periodista de redacción, de mesa y despacho, ni un ejecutivo, de moqueta y mármoles bruñidos.

Son su familia, pero de otra especie, otros animales.

Sobre ese aspecto de su vida, sobre ese azar y su modo de estar, el autor insiste una y otra vez.

Insiste para mostrarnos que él era y aún es un idealista de la prensa, del reporterismo puro.

Más que suelos abrillantados, Jiménez habría pisado durante años la dura o la puta calle (ustedes perdonen), el escenario del crimen, el lugar de la noticia.

Con escasas pertenencias o pocos lujos, dice él, y con la indumentaria típica de corresponsal de guerra, chaleco multibolsillos incluido, Jiménez es o era un hombre de acción. No un Charles Foster Kane.

Así será, al menos, hasta que se le encargue la maxima responsabilidad en el diario, el de ser su director entre 2015 y 2016.

Estará sólo un año, más o menos, pero no por acuerdo pactado de antemano. Estará únicamente el tiempo que consiga resistir, justo mientras intenta paliar la crisis de El Mundo.

Y justo mientras trata de evitar que dicho medio se convierta sólo y exclusivamente en un papel al servicio del Partido Popular.

Así lo presenta. Y así se presenta.

Dura un mes y otro mes y otro mes… hasta que finalmente lo echan. Eso sí, con acuerdo beneficioso para ambas partes (empresa y empleado).

Este volumen recoge esa experiencia, la de director de dicha publicación. Detalla y narra los avatares personales, privados y públicos que le supuso el desempeño de ese trabajo.

Y, en fin, recoge los cotilleos de la redacción. Me refiero a las facilidades, los obstáculos, las decepciones, las gratificaciones, las sorpresas, los descubrimientos.

Es la razón por la que Jiménez opta por darle un aire épico y chismoso a un tiempo. Y así el libro es una radiografía por momentos objetiva y por momentos rencorosa.

No hay cláusula de confidencialidad que frene a un periodista que quiere decir la verdad: ésa es la legitimación en que él dice basarse.

Pero incurre en una incoherencia.

Por un lado tira de la manta con mucha gravedad, con mucha prosopopeya. Y, por otro, se cura en salud tapando a ciertos personajes con seudónimos bien reconocibles y hasta tontorrones que hacen de esta historia un roman à clef.

Sus páginas se inclinan frecuentemente por el chisme, las revelaciones de intimidad, los secretos profesionales, las conversaciones privadas.

Y así se convierte en una obra polémica, incluso justiciera, sobre todo con los ejecutivos de El Mundo que fueron quienes le nombraron para desempeñar el cargo. Y fueron quienes forzaron su marcha.

Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Bueno, Dios, no: el Cardenal. Es decir, Antonio Fernández Galiano, el presidente de Unidad Editorial, la compañía de El Mundo, perteneciente al grupo italiano de comunicación RCS MediaGroup.

El resultado es una detallada muestra de los choques entre ambiciosos, de las alianzas de empresas periodísticas y gobiernos y partidos, de las genuflexiones ante el poder económico.

Y es una breve inspección en las malas prácticas de cierta prensa. Por ejemplo, hay alusiones al tratamiento dado por El Mundo al 11-M, a la autoría de los atentados ocurridos en Madrid, a los “peones negros”.

En fin, hay alusiones a la suma de indicios, presuntos indicios, que de forma delirante a Pedro Jota y afines les sirvieron para atacar al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Alusiones.

Jiménez se lamenta de todo ello, pero de forma escueta. Se lamenta de su propio silencio (por entonces él aún estaba de corresponsal en Asia).

Y nos muestra la frecuente violacion de la deontología profesional en que incurren los ejecutivos de los medios.

O nos muestra brevemente los egos desmesurados de esos grandes prohombres de la prensa en declive: desde Juan Luis Cebrián hasta Pedro Jota, pasando por Luis María Anson.

Por cierto, de estos dos últimos nada nos dice de cómo formaron ellos en compañía de otros el llamado “Sindicato del Crimen”.

¿Sindicato del Crimen? Me refiero a la organización informal destinada a derribar el gobierno de Felipe González. Las fotos de aquellos tipos que se tomaron en Marbella los convierten casi en una ‘famiglia’.

Podría decir más, pero me voy a callar ya, pidiendo disculpas por escribir tanto y tan seguido…

El Director es una obra que no esquiva la controversia más agria con aquellos periodistas del medio del que fue director y de otros que, en su opinión, se han rendido al poder, a los poderes económicos y políticos.

Él, milagrosamente, habría evitado estos enjuagues y colusiones. En fin, aún quedan hombres que se erigen frente a un sistema de múltiples corrupciones, mayores y menores

Esa forma de presentarse, el héroe que se enfrenta a los poderosos medios de comunicación, le ha valido un alud de críticas generalmente hostiles de periodistas (¿venales?) y de la prensa aludida.

Son críticas que tienen por objeto quitar valor a sus paginas o restarle merecimientos a su autor, acusándolo de resentido o de falsamente candoroso.

Yo lo he pasado en grande. Me gustan los libros de circunstancias. Me gusta el gore. Me gusta leer sobre crímenes ejemplares. Y aquí no se salva casi nadie.

Menuda familia. Menuda tropa.

¿Los marcianos?

Justo Serna, Cartelera Turia. Núm. 2.957, 2-9 de octubre de 2020

[Diez personajes (o más) que conmovieron al mundo]

Recordemos La invasión desde Marte (1938), el programa radiofónicos de Orson Welles y Howard Koch.

El guion adapta una novela de H. G. Wells: La guerra de los mundos (1898). Se emitió en la víspera de Halloween por el Mercury Theatre ante los micrófonos de la CBS.

El protagonista del radioteatro es un famoso astrónomo, Richard Pierson, del Observatorio de la Universidad de Princeton.

Ya en la novela de Wells el pánico era una de las claves principales. Hablaba de lo que sentían y experimentaban las masas cuando constatan que están ante una ocupación marciana.

“Jamás hasta entonces en la historia del mundo se había puesto en movimiento una masa tan grande de seres humanos”, señala.

“No era una marcha disciplinada, sino una fuga loca, un terror pánico, gigantesco y terrible, sin orden y sin fin”, admite a mitad del relato.

Algo semejante se trasluce en la versión radiofónica, con ese sentido de plaga bíblica que se aprecia en las palabras de Welles.

Las masas que escuchan la radio son advertidas para que no se dejen llevar por el pánico. Pues bien, es lo que más o menos harán.

Como dijo después Hadley Cantril, un autentico profesor de Princeton que estudió el efecto, “probablemente, jamás se ha visto tanta gente súbita e intensamente conmocionada en calles y paseos de todas las localidades del país como durante la noche en cuestión”.

No se refería a invasión marciana, sino a las consecuencias que provocó la emisión radiofónica.

Al parecer y según se analizó después, el asunto no fue para tanto, pero pánico hubo.

La clave de ese pavor fue la emisión del radioteatro como un informativo.

Por ello, sus responsables se valieron de interrupciones, de minutos musicales, con supuestos periodistas desplazados a Jersey, con presuntos científicos y militares explicándose.

La clave, sí, fue la confusión que se dio entre un radioteatro y el noticiario.
¿Cómo fue posible?

A lo largo de varios cortes y de la presentación misma como ficción se dijo que aquello era una fábula.

Pero la realidad ya superaba a la ficción. Según admiten Cantril y otros estudiosos posteriores, quienes no captaron o no aceptaron esas advertencias acabaron vencidos por el espanto.

Concebida la emisión como un informativo (ficticio), con locutores, con expertos entrevistados, con estrellas de la radio, con interrupciones, era lógico que la conclusión errónea se multiplicara.

De todo lo empleado, la clave estuvo en la palabra autorizada, acreditada, del ficticio profesor de Princeton, Richard Pierson, su principal protagonista.

Por supuesto se trata de un astrónomo inventado, pero lo suficientemente verosímil como para convencer a muchos radioyentes.

Es un científico, la figura con mayores credenciales o avales de nuestra sociedad, un experto a quien daba voz Orson Welles.

Welles cerraba su representación con un monólogo, que era el informe o dietario melancólico de Pierson.

A Pierson le resultaban increíbles la peripecia marciana y lo milagroso de la supervivencia.

Había, en efecto, en sus palabras una reflexión triste y aliviada sobre la muerte, sobre la contingencia, sobre la finitud, sobre la excepción de nuestras experiencias.

Según concluía el profesor en el guion radiofónico, “se me hace raro ver desde la ventana, a través de la bruma de abril, los capiteles azules de la Universidad”.

Y añadía: “Se me hace raro ver a los niños jugando en las calles. Y no menos raro se me hace ver a los jóvenes paseando por el césped, allá donde la hierba primaveral va cicatrizando las quemaduras de la tierra”.

Algo semejante me pasa a mí y a tantas y tantas personas en esta circunstancia extraña que ahora vivimos.

Acabo esta columna melancólicamente. Con un alarmismo que me es impropio.

Se me hace raro hoy que sobreviva un planeta invadido por depredadores, por masas embravecidas, por comunicadores perturbados, por extremistas que nos llevan a la deriva.

Milagrosamente aún habitamos la Tierra. ¿A pesar de los marcianos? A pesar de los fanáticos.

En el científico de Welles que redacta el informe, la extrañeza se la provoca la chiripa de la supervivencia (gracias a la muerte de los marcianos por las bacterias).

A mí, la extrañeza me la provoca la furia irracional de que estamos rodeados.

Vamos a morir todos, me digo.

Espero equivocarme.

La desinformación

Entre Felipe González y Jordi Pujol.

Alguien —cuyo nombre no revelaré—publica una noticia política en su muro de Facebook. Procede de un medio serio y eso se agradece.

El acto de publicar esa noticia es algo perfectamente normal, incluso una acción solidaria. Con su servicio, nos ayuda a estar al día.

¿Y cuál es esa noticia de alcance?

Se trata de una información referente a Felipe González, expresidente socialista del Gobierno de España.

Mejor dicho, se trata de una información referente a unas declaraciones hechas por Felipe González, expresidente socialista del Gobierno de España.

 https://www.eldiario.es/andalucia/gonzalez-pujol-corrupto-operacion-cobertura_1_4673631.html

Es un enlace perteneciente a eldiario.es. En dicho link se recogen unas palabras del exmandatario, ya digo. Precisamente afirma no creer que Jordi Pujol sea un corrupto.

Por los datos con los que cuenta la justicia y por el amor que el catalán profesa a sus hijos, Felipe González no cree que Jordi Pujol sea un corrupto.

Esa frase golpea inmediatamente a quien pueda leer el titular. Provocará la reacción de cualquier interlocutor, como así ocurre.

Uno, dos, tres… interlocutores de dicho muro aprovechan para:

—censurar al expresidente;

—afearle su caradura;

—ser hijo de mala madre;

—y su afinidad con el presunto corrupto Jordi Pujol.

De entrada, la exculpación que de Pujol hace González en unos términos escasamente convincentes resulta en efecto extraña.

Es más: resulta poco menos que escandalosa, pues de hecho justifica, claro, una conducta dudosa y hasta punible sobre las que ahora se amontonan las pruebas.

Hasta aquí, todo parece correcto en la noticia y en nuestra reacción.

La fuente es fiable, eldiario.es; el interlocutor nos pone una noticia de alcance; y el contenido de esas declaraciones es por lo menos sorprendente.

De ser cierta, y nada lo desmiente de entrada, supondría una simpatía, una cercanía o una proximidad de González con Jordi Pujol.

Resultan unas declaraciones escandalosas, pues a estas alturas hay pruebas abrumadoras, pruebas judiciales, que inculpan al expresidente de la Generalitat catalana.

Y esas declaraciones confirmarían la presunta colusión corrupta del propio González o la posición cada vez más conservadora o reaccionaria del expresidente socialista.

Ambas consecuencias no serían necesariamente excluyentes.

Sin duda, este último hecho, su conservadurismo, lo atestiguan palabras suyas repetidamente dichas. Hoy en día está muy lejos de sus adhesiones socialistas.

Sin embargo, a poco que investiguemos sobre la noticia, a poco que examinemos la fuente y, sobre todo, a poco que verifiquemos la fecha, la fecha, nos damos cuenta de que la noticia, con ser cierta, funciona como un bulo.

Las declaraciones de Felipe González datan de 2014. Es decir, datan de seis años atrás.

Por tanto, puestas ahora, como si fueran efectivamente palabras recién pronunciadas, confunden y enredan creando una realidad inexistente. Es una verdad descontextualizada que opera como una fake news.

Quizá alguien pueda pensar que digo lo anterior por profesarle a González una simpatía política.

Pues no, por cierto, no tengo ninguna simpatía por el actual Felipe González, cuyas ideas desde hace años me irritan o me hacen bostezar.

Menos gracia me hacen sus injerencias como exmandatario, ya que con frecuencia se arroga un derecho inexistente. ¿Cuál?

El de amonestar a los actuales dirigentes socialistas, a los peligrosos izquierdistas que serían sus cofrades y, de paso, a todos nosotros.

Admito logros progresistas durante los años 80, igual que reconozco sus errores o sus actos punibles durante esas mismas fechas.

En cualquier caso, el último Felipe González me irrita cada vez que pronuncia una palabra o se pronuncia. Sencillamente encizaña.

Sin embargo, lo que se ha hecho con las declaraciones del exmandatario es inaceptable.

En este caso, unas palabras descontextualizadas de Felipe González han sido empleadas para provocar confusión.

Han sido utilizadas para funcionar como Fake News. Ésta es una de las formas modernas de la desinformación.

Puesto que en la época en Internet, todos somos fuente de información (o de error o de mentira), cada uno es editor y, por tanto, responsable de la verdad o la falsedad a la que contribuimos.

“Si nos tomamos en serio la averiguación de los hechos”, nos advertía Timothy Snyder, “cada uno de nosotros puede hacer una pequeña revolución en la forma de funcionar de Internet”.

¿Cómo? “Si estás verificando la información por tu cuenta, no les enviarás noticias falsas a los demás”, concluía en uno de sus libros Timothy Snyder.

Eso es.

Ah, por cierto, no descarto que González aún crea a Jordi Pujol un ciudadano libre de toda sospecha.

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https://www.eldiario.es/andalucia/gonzalez-pujol-corrupto-operacion-cobertura_1_4673631.html

Diez personajes (o más) que conmovieron al mundo

Inicio con este artículo una serie de semblanzas en Cartelera Turia sobre personajes reales e irreales, sobre caracteres fantásticos y sobre tipos humanos.

Unos son detestables y otros resultan enternecedores.

Los amemos o los odiemos, todos ellos son ejemplo de vidas egregias o lamentables.

Y todos ellos nos obligan en mayor o menor medida a pensar, a reír, a sufrir.

Me baso en mis lecturas y relecturas, antiguas y también recientes, realizadas ex profeso.

Mi intención es componer por yuxtaposición una modestísima historia moral e imaginaria de nuestras vidas

. . .

Justo Serna, Cartelera Turia, núm. 2945, 10-16 de julio de 2020

Todas las personas leemos. ¿Qué cosas?

Textos grandes o pequeños: prospectos farmacéuticos, manuales de instrucciones, folletos turísticos, novelas…

En esta serie de Cartelera Turia que ahora se inicia propongo reconocer eso mismo: que somos personas habituadas a leer, que aspiramos a sacar el mayor rendimiento de dicha operación para aliviarnos o para complicarnos la vida.

Con los libros nos hemos formado, deformado e informado.

Desde la infancia aprendemos que los personajes inventados para nuestro deleite y ejemplo o los protagonistas de historias reales… son nuestros interlocutores.

Con ellos nos medimos.

Sabemos que jamás existieron o que, pasado el tiempo, ya no existen, pero a poca entidad o identidad que tengan, a poco que sus historias se cuenten bien, nos facilitan todo tipo de identificaciones y proyecciones y, sobre todo, el examen.

Podemos juzgarlos, condenarlos o salvarlos. Podemos sentir piedad, algún tipo de compasión. Podemos ponernos en su lugar.

Los personajes reales o inventados nos sacan —o pueden sacarnos— de nuestro ensimismamiento. Y de quicio.

Leer así vale para dilatarnos, para disfrutar o padecer experiencias por las que nunca pasaremos.

Leer novela o historia nos sirve para aliviar el dolor y el miedo, para detener fantasiosamente la muerte, pero también para aligerar o aumentar los terrores: esas amenazas siempre presentes.

Las ficciones, concretamente, nos muestran vidas que se terminan, como la nuestra, dejando los cabos sueltos.

Pero, a la vez, las lecturas multiplican cada minuto de nuestra vida.

Recordemos una metáfora habitual: quienes han leído han emprendido toda clase de desplazamientos para los que no hay límites ni naciones ni idiomas.

Los personajes de esos libros nos franquean el paso, nos permiten visitar su mundo, un mundo real o irreal, un mundo que se materializó o simplemente se inventó.

Cuando un escritor urde y construye un espacio de ficción…, y cuando un historiador exhuma una circunstancia remota, ambos incorporan consciente o inconscientemente las narraciones que la humanidad se ha dado.

En sus páginas resuenan las voces de héroes y villanos que nacieron o revivieron en la imaginación o en la investigación de otros.

La novela que leemos o la historia con la que nos informamos es polifónica, pero no sólo porque hallemos personajes que pugnen por hacerse oír o por hablar burlando la tiranía del narrador o del historiador.

En cada enunciado se contiene la historia secreta y pública de los individuos, las palabras que desde antiguo se han pronunciado, se han repetido, se han dicho miles, millones de veces, y que sin saberlo volvemos a emitir.

Por distintas razones, ser autor o historiador tiene más prestigio que ser lector. A este último tendemos a verlo como un paciente destinatario.

Al autor y al historiador les atribuimos la originalidad, el genio y la creación, la erudita búsqueda o la investigación, la capacidad de rehacer lo que ya estaba dado o de inventar lo que nadie antes ideó.

¿Es efectivamente así?

En realidad, el novelista y el historiador vuelven a reescribir esas voces que otros ya pronunciaron y que ahora parecen efectivamente nuevas, pensadas e imaginadas para nosotros.

La tarea del destinatario no es por tanto pasiva: de esa persona acaba dependiendo que el artefacto llamado libro se vivifique, que cobren vida esa pléyade de personajes que transitan entre sus páginas y en las que dirimen sus existencias y sus incertidumbres morales.

Parte del mundo representado o reproducido documentalmente es elíptico, entre otras cosas porque ni siquiera el autor y el investigador son capaces de informarnos de todo cuanto lo compone.

Son incapaces de crearlo, de exhumarlo enteramente, de describirlo por completo para nosotros.

Nos necesitan, pues. Necesitan lectores activos y voluntariosos, dotados de intuición, de experiencias y de olfato, que rellenen lo que no está o está simplemente aludido.

Leer, pues, es un trabajo y un empeño, una tarea no remunerada en la que nos obstinamos sin recompensa material.
Pero, además de esfuerzo y de composición, leer tiene otros pagos y otros beneficios.

Leer sirve para narcotizarse sin efectos secundarios, evitando, por ejemplo, una realidad que nos niega o que nos hostiga o que amenaza con dañarnos.

Quien se ha entregado con fruición y con exceso al deleite de las ficciones o de las historias pasadas no añora el mundo exterior o actual.

Durante semanas, esos personajes van a comparecer aquí. ¿Quiénes son?

Pues, entre otros, Robinson Crusoe, Frankenstein, Gregor Samsa, Gustav von Aschenbach, Albert Speer, Francisco Franco, etcétera, etcétera.

Son tipos reales e irreales que han pasado de la vida a la literatura, de la novela o de la historia al cine.

No se precipiten. No se me amontonen… Tenemos una eternidad por vivir.

La opinión publicada

El escritor. Es triste y habitual que el mundo de las letras cobre actualidad por estridencias, por comentarios insultantes, por alardes machotes, por fantasmadas.

Eso queremos creer: que sólo son secreciones o, como mucho, excreciones de algún novelista bocazas. En fin, algo que se expele.

Qué bajo puede caer un literato cuando tiene audiencias entregadas o micrófonos a los que encandilar o asombrar. Qué vulgar puede ponerse cuando le da un calentón verbal: o una borrachera de fama o una soberbia mal digerida.

Uno puede escribir admirablemente, con mayor o menor arte, pero siempre ha de medir las palabras, los efectos de lo que dice o de lo que publica.

El más mínimo desliz será recogido por los medios, por Internet. Un comentario atrevido y desafortunado será inmediatamente registrado.

Los públicos reaccionarán multiplicando el efecto recto o indirecto de lo dicho. Pero hay más.

Que estés dotado para crear mundos de ficción, para narrar, no significa que tengas razón o que tus juicios sean atendibles o sensatos.

Las mayores irresponsabilidades se las han permitido los hombres de letras convertidos en parlanchines sabelotodos.

Pero a la vez la palabra del intelectual entrometido es un bien de la esfera pública: por ejemplo, el escritor puede aprovechar su celebridad para hablar de lo que los poderes ocultan o censuran.

O para decir las cosas con profundidad. O para equivocarse con ignorancia enciclopédica.

Hablamos del intelectual, esa figura que se alza egregia para adoctrinar a su público, para influir, para instruir. Es un modelo francés de oposición y propagación, de críticas y de declaraciones, de manifiestos y opiniones.

Practica el intrusismo, disuelve lo obvio y purga lo obstruido. No está mal.

O sí: para un científico, el comportamiento del intelectual puede parecer frívolo.


El científico. Lo normal es que cada uno hable de lo que sabe y que, además, lo haga en condiciones académicas.

Lo demás es cháchara, podría pensar el científico cuando observa al escritor que se pronuncia. Es cierto que eso ocurre con frecuencia. Me refiero al bla-bla-bla inconsistente de tantos intelectuales.

Pero no es menos cierto que con la excusa del rigor muchos científicos han evitado pronunciarse sobre hechos públicos que les conciernen o sobre los efectos morales o sociales de sus propias investigaciones.

Si aumenta la especialización de los saberes, si aumenta la división del trabajo científico, entonces cada uno puede recluirse en su gabinete pretextando las muchas faenas o la ignorancia de lo ajeno.

Además, como el lenguaje de las disciplinas tiende a la jerga (que no a la juerga); como la comunicación científica se hace cada vez más árida y abstrusa, entonces los oficiantes pueden enmudecer tranquilamente: ésa no es mi propia materia.

Pero lo humano es, en realidad, el material con el que trabajan los científicos: incluso los que se dedican a la naturaleza.

Si la estudian no es por sí misma, sino por puro interés humano. De ahí la ética de la actividad científica: aparte de la deontología que les obliga, los protocolos que han de seguir.

Por eso, el silencio de los investigadores o su escasa presencia en la esfera pública son simplemente desastrosos.

Su lugar lo ocuparán nigromantes o vendedores de supercherías o quizá algún literato poco escrupuloso que hablará de lo real desconociendo absolutamente las bases del conocimiento.

O gente hinchada, con fama, con celebridad, que enjuicia desde la llaneza o desde la simpleza.

La responsabilidad. Pongamos, pues, que son imprescindibles los escritores y los científicos: que son imprescindibles en la esfera pública siempre que hablen desde la responsabilidad y siempre que no se jacten con soberbia, con arrogancia intelectual.

Ningún ciudadano tiene por qué estar familiarizado con los lenguajes particulares de los investigadores o de los prosistas. No tiene por qué saber de antemano qué es lo relevante científicamente o humanísticamente.

¿Significa eso que el escritor y el científico han de rebajarse? Rebajarse en el sentido literal: ¿han de simplificar sus logros, sus descubrimientos, sus conquistas para ponerlos al alcance de ignorantes?

Significa que han de comunicar sus avances de modo persuasivo, sin el falso prestigio de lo abstruso.

No podemos presentar con simplezas lo que es complejo, pero no debemos oscurecer con jerga o con lo inefable lo que puede ser pronunciado, manifestado.

Porque lo que digan (o lo que callen) el científico y el artista produce conocimiento social, efectos beneficiosos o calamitosos.

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Extracto procedente de Justo Serna, Todo es falso salvo alguna cosa. Madrid, Punto de Vista Editores, 2017, págs. 118-121.

Todo es falso salvo alguna cosa

Recupero este texto y lo publico aquí por recomendación de Toni Zarza, que me ha instado a ello. A su juicio, estos párrafos tienen algunos aciertos. Agradezco su generosidad.

Hay que decir no

Uno… La historia no se repite, así tal cual, pero sí que nos alecciona. Por analogía.

Aquello que sucedió no es lo que ahora ocurre pero, entre identidades y diferencias de circunstancia y de contexto, aprendemos.

El conocimiento del pasado sirve al menos para tomar nota, incluso buena nota de lo que por haber acaecido podría suceder de modo equivalente o próximo o parejo.

La historia puede, en efecto, familiarizarnos con hechos pasados. Son hechos que tienen semejanzas con aquello que ahora nos rodea.

Por eso mismo, dicha enseñanza puede servirnos de advertencia, de seria y fundada advertencia.

El pasado europeo del Novecientos, por ejemplo, nos muestra que el orden no está garantizado.

Nos muestra que la moral no está dada de una vez para siempre, que la sociedad puede quebrarse.

Nos muestra que la democracia es un régimen decente y falible que de improviso puede caer.

Albert Camus, París, 1945. Fotografía: Cordon

¿La tradición democrática y el legado ilustrado, reformista, liberal y socialdemócrata nos protegen enteramente de las amenazas que se ciernen?

Si ya ha ocurrido —nos decimos empeñosamente—, no dejaremos que vuelva a suceder. ¿No es cierto?

No, no está claro.

Hay, en nuestra propia tradición, un arraigo profundo de la tiranía, de la tentación tiránica.

Hay entre nosotros una abnegación esclava o, si se prefiere, una servidumbre voluntaria.

La rebeldía bien entendida empieza por uno mismo. Y ello pasa un esfuerzo personal.

Pasa por exigirse, por inmiscuirse, por formarse, por informarse, por verificar, por contrastar: por decir no.

Se ha afirmado muchas veces, ya lo sé, pero conviene repetirlo.

Hay que negarse.

Dos… No somos más listos que quienes nos precedieron.

No somos más sabios que nuestros antepasados, justamente aquellos que vieron cómo la democracia se derrumbaba.

Sólo gozamos de una ventaja frente a los antecesores: la de que nosotros sabemos de esa experiencia calamitosa y criminal. Nadie puede pretextar ignorancia histórica.

Algo podemos aprender examinando el pasado que ya no existe, pero del que nos llegan sus efectos y defectos.

En los años treinta del siglo XX, los partidos que rompieron el orden no eran omnipotentes.

Esos movimientos que desmontaron el Estado de Derecho, que corrigieron fronteras, que eliminaron a sus adversarios no eran omnipotentes. Insisto.

Al menos no lo eran desde el principio.

Esos fanáticos simplemente aprovecharon el despiste de las mayorías, la novedad del totalitarismo y un momento histórico de crisis para hacerles la vida imposible a sus rivales.

Para hacerles la vida imposible e incluso para proceder a exterminarlos.

No hay vida política decente sin un sistema multipartidista, sin respeto a las minorías, sin obediencia a las normas democráticas.

No hay vida decente sin Estado de Derecho, sin opinión pública bien formada e informada, sin esa persona y esa y esa y esa que dicen no.

Una historia de espías

Justo Serna
Cartelera Turia, núm. 2943, 26 de junio-2 de julio de 2020

¿Y quién soy yo para juzgar el comportamiento de la gente en situaciones extremas o en circunstancias ordinarias?

¿Y quiénes somos nosotros, cómodamente instalados en la Valencia de 2020, para enjuiciar lo que hicieron o dejaron de hacer los ciudadanos de la República Democrática Alemana?

Entre 1978 y 1992, un joven británico, Timothy Garton Ash, permanece en Berlín Occidental y en Berlín Oriental. Tiene el propósito de realizar una tesis sobre la resistencia alemana al nazismo.

Él es un recién licenciado en Historia y aspira a doctorarse. Va avalado por Tim Mason, uno de los más reconocidos historiadores marxistas británicos.

Durante su estancia alemana, Timothy contará con el auxilio de numerosas personas. ¿Qué hace allí exactamente?

Espera, ya digo, completar sus estudios tanto en la República Federal de Alemania (RFA) como en la República Democrática Alemana (RDA).

Cuando acude a Berlín está a punto de comenzar el principio del fin, el principio del fin de la Guerra Fría. Polonia ya tiembla…

Y Alemania, la Alemania dividida, es símbolo material e inmaterial de esa contienda ideológica y geoestratética, potencialmente nuclear.

En Berlín oriental, Tim Garton Ash tendrá numerosos contactos con personas rectas y afables, con tipos corrientes y con sujetos sobresalientes.

Son individuos que viven en un Estado dictatorial y que a la vez desempeñan sus respectivos trabajos con eficiencia y con puntualidad prusianas.

Ash tiene la oportunidad de residir en una ciudad y en un espacio atravesado por las sospechas, las tensiones. Repito: estamos a comienzos de los años ochenta y el mundo parece ir a la deriva.

Es el signo de los tiempos. En breve, los misiles de crucero norteamericanos y soviéticos amenazarán la paz mundial y sobre todo amenazarán la existencia misma del planeta.

Tim Garton Ash es un oxoniense, un inglés nacido libre, como dicta y dice la tradición, y padece las restricciones de sus hospitalarios amigos alemanes.

Vive en un mundo de suspicacias y de espionaje. Ash supone, y supone bien, que la Stasi, el Ministerio de seguridad y el Servicio de Inteligencia de la RDA, lo vigila.

Sus numerosos oficiales desplegados no pueden dejar de controlar los movimientos de quienes ingresan en el país y, en este caso, de quien ya por entonces es periodista e historiador.

Cuando caiga el Muro de Berlín y se reunifique Alemania, las nuevas autoridades decretarán la apertura de archivos, de los archivos de seguridad de la Stasi.

Con ello, las personas que se sabían vigiladas o que incluso habían colaborado vigilando (de modo informal) a sus vecinos y compatriotas podrán acceder a los expedientes. Little brother is watching you.

Se formará una Junta que regulará el acceso a la información estableciendo, de paso, los límites. Aun así, es una circunstancia excepcional.

El caudal de información es enorme y, de paso, se descubrirán o se corroborarán las formas de operar de la Stasi.

Será a comienzos de los noventa del pasado siglo cuando Tim Garton Ash regrese a Berlín y consulte documentación. ¿Qué documentación?

Principalmente, el grueso expediente que la Stasi había formado con las informaciones que sus amigos, vecinos y conocidos alemanes habían reunido en los ochenta.

Consultará los datos que de él se habían acopiado. Ash tratará de entrevistarse con algunas de esas personas que fueron amigas o próximas y que lo habían espiado.

Querrá saber, querrá averiguar motivaciones, impresiones; leerá sus versiones, contrastándolas con las entradas de su propio diario, el dietario que el inglés lleva en los ochenta.

Verá coincidencias y contradicciones. No sólo entre lo que él mismo decía y lo que sus espías decían de él. Verá la quiebra o la inestabilidad de las identidades. El yo no es fijo, la identidad muda, la autopercepción cambia.

Esta historia apasionante podemos leerla en un volumen que apareció hace un año. No es una novedad, pero ya es un clásico.

El libro se titula El expediente, lo publica Barlin Libros, que dirige aquí en Valencia con mucho gusto y buen olfato Alberto Haller.

Es una construcción sabia del periodista e historiador Tim Garton Ash.

Es una filigrana de documentos y experimentos del yo, una recreación de quien el autor quiso o creyó ser y el tipo que es cuando acomete la redacción de El expediente, ya en los noventa.

Al leerlo, el libro me ha cambiado. He tenido la suerte de descubrirlo recientemente.

Me ha hecho preguntarme sobre el yo, sobre la historia, sobre la identidad, sobre Alemania, sobre la vida, sobre el control, sobre la vigilancia, sobre la dictadura, sobre el marxismo, sobre el Estado, sobre la solidaridad, sobre la condición humana.

Es una microhistoria de la que uno aprende muchas cosas, una microhistoria que arroja luz sobre el mundo. Sobre la especie humana.

Yo aún cavilo.

Me hago cruces.

Regalo de cumpleaños. Premio Especial Turia a la Mejor Contribución Cultural

Me acaban de comunicar que he recibido el Premio Especial Turia a la Mejor Contribución Cultural, correspondiente a los XXIX Premis Turia (2020), que concede la Cartelera homónima.

Qué alegría.

No me lo esperaba. Me sorprende. Y agradezco mucho, por supuesto, este reconocimiento.

Cumplo años ahora, justamente, y este premio me lo tomo como un imprevisto regalo de aniversario.

En mi despertar cinematográfico, cuando yo era adolescente, Cartelera Turia fue uno de mis principales referentes. Años atrás lo dije y lo conté en una columna de El País.

Con Cartelera Turia me hice una cultura y fue la vía para ampliar horizontes, más allá del Camino de Tránsitos y más allá de la Provincia… Una bendición para un jovencito.

De mayor, yo quería escribir para dicha publicación.

Gracias a Vicente Vergara, aquel sueño adolescente se cumplió: desde hace un lustro o así escribo columnas para una sección que se titula Me quito el sombrero.

Y, encima, ahora va y me premian. El colmo.

Hace unos pocos años esta publicación, Cartelera Turia, concedió el mismo premio al Vicerrectorado de Cultura de la Universitat de Valencia. Y a otros ilustres representantes que bien se merecen este galardón.

Imaginen mi sorpresa.

Lo digo por la altura. Lo digo por el prestigio de estos premios. Y lo digo por la nómina de los galardonados este mismo año. Entre ellos, Fernando Lara, Mariano Barroso, etcétera.

Ustedes me perdonarán, me perdonarán el contento.

Y, a la vez, sin retórica alguna me pregunto cuáles son mis merecimientos.
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https://elpais.com/ccaa/2014/02/18/valencia/1392750786_883898.html

68. Lo que queda de Mayo

Entre los meses de mayo y junio de 1968, una protesta estudiantil conmocionó las estructuras de la República francesa.

Lo que en principio parecía una chiquillada sin mayor trascendencia se convirtió en una revuelta de mucha repercusión.

Tanta repercusión tuvieron esos acontecimientos que de manera ritual y decenal volvemos a preguntarnos qué fue aquello, qué incidencias inmediatas tuvo y qué consecuencias provocó.

¿Acaso aún vivimos bajo sus efectos? Lo de París fue un hecho local, pero a la vez universal: inmediatamente se convirtió en un espectáculo mundial, en simbiosis con revueltas y altercados de otras capitales.

Quizá ese mundo de la posguerra, aún rígido, necesitaba sacudirse los frenos morales y políticos de una tensión inacabable que obligaba a fijar las posiciones sin indisciplina: la propia Guerra Fría.

Pero Francia es en este aspecto muy especial. Desde 1789, desde 1830, desde 1848, desde 1871, etcétera, París sufre convulsiones que asombran a vecinos y foráneos.

Asombran a quienes las protagonizan con alborozo y a quienes las observan con admiración, incredulidad o rechazo.

Pero volvamos al 68. Lo que de entrada son unos estudiantes universitarios y bachilleres bien nutridos y levantiscos se convierten en unas masas urbanas hostiles y festivas.

Se cultiva, sí, en la capital de Francia una tradición de revueltas, de rebeliones, que trastornan periódicamente las calles de París, escenario de bacanales políticas.

Practicarán la violencia, la violencia política, y padecerán la represión contundente y contumaz de la gendarmería, de los cuerpos antidisturbios. Habrá muertos. Pero habrá sobre todo fiesta revolucionaria.

¿Qué es lo que se vive? La satisfacción de estar juntos, de salir juntos, de ocupar alegremente la Sorbona, el Teatro del Odeón, la Escuela de Bellas Artes y otros recintos.

Se unen, se reconocen, se identifican como jóvenes, con esa inmortalidad que aún se disfruta.

Están en París, el mejor escenario posible, el teatro de los acontecimientos, para reivindicar cosas concretas, referidas a la vida académica, y para plantear metas más abstractas y hasta utópicas.

Los jóvenes alborotados ocupan, ya digo, recintos universitarios, salen en manifestación continua.

Se enfrentan a la policía, levantan barricadas y lanzan adoquines. Difunden pasquines, empapelan los muros con afiches, popularizan consignas audaces.

Emplean lenguajes sedicentemente marxistas y anarquistas, hablan con léxicos maoístas y hasta trotskistas, pero sobre todo convierten el desafío en un reto político y hedonista, colectivo e individual.

Con los fotoperiodistas y los cámaras inmortalizando rostros y situaciones, situaciones de regocijo y revolución, de rebeldía e insolencia, el Barrio Latino vivirá su particular kermesse.

En la tradición histórica, por kermesse entendemos una fiesta popular, con algo de celebración barrial, un alboroto y un alborozo del vecindario que se realiza y se consuma para fines prácticos y para exaltación colectiva.

Una kermesse es también un mercado material y un mercadeo de pasiones, de desenfrenos varios, hasta bacanales de placer y de desafío al orden constituido.

Es el desorden, la inversión de los valores; es el fin (temporal) de las normas, de las restricciones, de las reglas de la civilización, de la compostura y de la ‘politesse’.

Se acaban —ahora, ya, de momento— las hipocresías y las cortesías.

Y es la vivencia del carnaval político y mundano, la celebración de la carne e incluso de lo bestial. Abajo el orden, en efecto, y arriba lo reprimido, lo oculto, lo condenado.

Es o se vive como una explosión de lo impulsivo, de lo instintivo, del desenfreno y de la libertad salvaje o natural.

En 1968, París vuelve a ser, en efecto, el escenario de la revolución. París vuelve a ser una fiesta. París no se acaba nunca.

Los hijos del bienestar, que pertenecen a la “Francia que se aburre” (según el diagnóstico previo de un periodista), adoptan formas de guerrilla urbana y, durante unas semanas, se adueñan del espacio público atrayendo el interés de los medios.

Pronto se les unen numerosos obreros en paros e intervenciones de fábricas hasta llegar a una huelga general con millones de seguidores.

El presidente de la República, el General De Gaulle, y su primer ministro, Georges Pompidou, afrontan los hechos con desconcierto, luego con determinación y pronto con sangre fría.

La Francia burguesa y menestral, la Francia propietaria y bienestante, se pondrá a la cabeza de una gran manifestación gaullista en defensa de los valores tradicionales, en defensa de la República.

Todo había empezado en marzo, en Nanterre, una universidad de reciente creación y ubicada en el extarradio junto a la miseria invisible del París más chic.

Una reivindicación inocente, acceder a las salas y a las aulas de las muchachas, y una demanda modesta de libertad sexual desatan las hostilidades.

Se crea un movimiento estudiantil, el Movimiento 22 de Marzo, que encabezará un joven germano-francés (hijo de judíos alemanes emigrados) Daniel Cohn-Bendit.

Ahora bien, los enfrentamientos estudiantiles se inician en los primeros días de mayo, cuando se ordena la clausura de la Universidad de Nanterre (2 de mayo) y las fuerzas del orden interrumpen una asamblea en la Sorbona, en la que se discute la implantación de la selectividad (3 de mayo).

De inmediato empieza una campaña de movilizaciones cuya meta no sólo es derogar el proyecto de reforma educativa, sino también denunciar la hipocresía de la sociedad burguesa.

A lo concreto se une, pues, la reivindicación de un mundo distinto, de una moral abierta o laxa.

A partir del 10 de mayo se levantan barricadas en el Barrio Latino y la Sorbona será tomada por los grupos estudiantiles, haciendo caso omiso de la amnistía prometida por el primer ministro.

El 13 de mayo los sindicatos irán a la huelga general, tomarán las fábricas reclamando un aumento de salarios.

Justo en ese momento, justo entonces, diez millones de trabajadores se suman a la huelga estudiantil como muestra de solidaridad y de comunión de intereses.

El levantamiento de barricadas, las manifestaciones, la ocupación de locales públicos y la guerrilla urbana serán las formas expresivas de ese teatro revolucionario.

La unidad se quiebra cuando afloran las diferencias entre los sindicatos, cada vez más moderados, entre ellos la CGT (comunista), y el movimiento estudiantil, radicalizado y dirigido por grupos de inspiración trostkista y maoísta, como el Movimiento 22 de marzo.

El 30 de mayo De Gaulle anuncia la convocatoria de elecciones generales y la disolución de la Asamblea Nacional.

Finalmente, la policia expulsará a los estudiantes del teatro de Odeón, de la Sorbona y la Escuela de Bellas Artes (el centro de producción de la iconografía izquierdista).

Los gaullistas obtiene un triunfo sin precedentes en las elecciones celebradas en junio, con lo que se pone término a la crisis de mayo. Al menos temporalmente. Se pone fin al vértigo de acontecimientos.

Pese a este fracaso político inmediato, el Mayo francés es y será un aldabonazo, una llamada de atención.

Por esas fechas, el mundo está cambiando, los jóvenes reclaman su espacio, cuestionan con lucidez o con torpeza mayor libertad, nuevos valores, nuevos hedonismos.

Son unos cambios culturales que ya se están dando y que se radicalizarán todavía más con el paso del tiempo.

El radicalismo trastornó aquella sociedad aún pacata, pero una parte de esos valores individualistas y hedonistas serán pronto credo común y nutrientes del mercado y de la publicidad.

En parte, yo mismo soy hijo contradictorio de todo aquello: del puritanismo, de la reserva, de la contención en que fui educado, y del hedonismo ateo al que aún aspiro. Esto no es un Valle de Lágrimas. O eso quiero creer.

Hannah Arendt. Eichmann en Jerusalén

Hace varias décadas, a comienzos de los sesenta, Hannah Arendt publicó un relato que conmovió al mundo entero.

Se oponía a un juicio dominante, se enfrentaba a una opinión mayoritaria, se resistía a dejarse llevar por la evidencias de su propio contexto.

El libro al que me refiero, archiconocido, es Eichmann en Jerusalén.

En aquel volumen, la politóloga norteamericana de origen judío-alemán, narraba los avatares, el proceso y la condena de Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS y uno de los mayores criminales de la historia.

Saltándose la legalidad internacional y el contexto diplomático, un comando israelí capturó a Eichmann.

El antiguo teniente coronel vivía cómodamente instalado en una Argentina en la que había encontrado refugio.

Tras la Guerra Mundial, allí se había cobijado bajo una identidad falsa.

El funcionario alemán sería secuestrado trasladado y juzgado en Jerusalén por los delitos horrorosos que, como responsable de la deportación y muerte de miles de judíos, se le imputaban.

Fue tal la perversidad de los crímenes que quienes le encausaron se obstinaban en presentarlo como un monstruo del mal, sin perfiles, sin vida normal.

Nadie en su sano juicio podía ser capaz de infligir tanto daño; nadie con un mínimo de reparo moral podía ser responsable deliberado del horror que se le atribuía.

Como se sabe, Hannah Arendt se opuso a este criterio: se empeñó en hacer de Eichmann un tipo precisamente normal, alguien que pudo haber optado por el bien en vez de por el mal, un mediocre.

Con la valentía y con la obstinación que la caracterizaron, y enfrentándose a la opinión común, la pensadora celebró el discurrir del proceso, su pulcritud.

Y, más importante aún, Arendt delimitó el estado y consecuencias morales de la culpa que achacar al miembro de las SS.

Eichmann –insistió– no era un degenerado patológico. Había que tomarse en serio sus pretextos, los pretextos del matarife alemán.

Esos pretextos, en vez de irresponsabilizarlo, servían para detallar lo banal de su maldad.

En efecto, Eichmann era un tipo trivial, uno más entre millones, un esforzado ciudadano que no se metía en pendencias particulares.

Era alguien que decía observar respetuosa y virilmente las costumbres y las tradiciones de su país y que se oponía a quienes –a su juicio– las bastardeaban.

Era un amante de su patria, un amigo en quien se podía incluso confiar, un vecino ejemplar, un eficaz, laborioso y modélico funcionario.

El teniente coronel Adolf Eichmann no hacía nada extravagante, ni nada que atentara contra las reglas del contexto, del contexto en el que obraba.

Permítaseme una definición simple y operativa de dicha palabra.

El contexto es el espacio y el tiempo en el ocurren y coinciden ciertas cosas, el lugar y el momento de la acción humana.

La acción tiene límites, está inspirada en valores y en normas reconocibles de la circunstancia histórica.

De hecho no podemos escapar literalmente a nuestros respectivos contextos generales y particulares.

En esos momentos nos relacionamos con otros y, por tanto, nos atenemos a las reglas, a la costumbre.

Si el contexto es jerárquico, nos ceñimos además a las órdenes que nos dictan. Podemos ampararnos en el contexto para no desobedecer.

Podemos apelar al contexto para hacer como los demás, como los restantes. Eso, más o menos, es lo que hizo Eichmann.

De hecho, concluía Arendt, si había sido un eficiente organizador de las caravanas de la muerte, no se debió a ninguna inquina particular. Nada de eso.

No había odio explícito ni ojeriza personal contra los hebreos; no había hostilidad expresa ni, por supuesto, –según se exculpaba Eichmann ante el juez— los había hostigado.

Es más: con alguno de ellos había llegado a tener trato amistoso, incluso cordial.

Hannah Arendt hizo el esfuerzo doloroso y supremo de acercarse a uno de los máximos responsables del Holocausto, a sus pretextos y contexto.

Fue el suyo empeño de intentar entender qué cosas podía haber en el alma –permítaseme una expresión antigua– de quien se empecinó en ser un diligente funcionario de la muerte.

Eichmann fue un ciudadano corriente que simplemente no se interrogó acerca de lo que hacía, del mal que ocasionaba, alguien que no sintió miedo o inquietud o desazón especiales.

¿Por qué razón? Justamente porque con él no había reproche alguno, cargo que imputarle o con que afearle su conducta patriótica.

Fue tan laborioso, obstinado, fehaciente en el cumplimiento de sus funciones letales, de los trabajos que le adjudicaron, que su tarea fue desempeñada con frialdad impersonal.

Con la frialdad personal de quien sabe cuáles son sus obligaciones y no se pregunta por la índole de las mismas.

Con la frialdad de quien no se interroga por sus consecuencias, por el reparto que a él le corresponde y por los efectos que se derivan de su aquiescencia, de su participación o de su silencio.

En las intervenciones públicas que hay hoy en día, en nuestro presente, algunos echamos en falta el análisis del alma del verdugo, de los corruptos, de quienes cometen latrocinio.

No es sólo tarea de psiquiatras o de sociólogos, de psicólogos o de terapeutas.

Necesitamos a una nueva Hannah Arendt que, con tino, con denuedo, con inteligencia y con clarividencia, nos ayude a evaluar su psique y su composición.

Necesitamos a alguien que examine lo que constituye su existencia ordinaria, esos momentos seguramente triviales que también tuvo y en los que se abismaba o en los que era derrotado por el tedio.

A pesar del horror de que es capaz, a ese individuo no podemos tomarlo como una simple fiera o un depredador.

Por ello queremos atribuirle una vida privada, unas zozobras, unas dudas acerca de sí mismo.

Queremos atribuidle tal vez alguna complejidad torturada, tal vez una angustia privada que lo justifique como ser humano.

Queremos pensarlo en contexto, pero no para exculparlo.

Acostumbrados cada uno de nosotros a cargar con culpas reales y fantásticas, queremos pensarlo como Raskólnikov.

Como el Raskólnikov de Crimen y castigo, de un Raskólnikov dañino, tóxico, destructivo, peligroso, muy peligroso, pero Raskólnikov al fin.

Pensamos, en efecto, en el alma torturada del homicida de Crimen y castigo y queremos concebir al verdugo o el corrupto de nuestro tiempo como una fiera con perfiles.

Una fiera con perfiles, con apetitos personales, con odios personales, con cargas personales, con algún remordimiento, con alguna vida ajena que sostener.

¿Se oponen alguna vez a las evidencias incontrovertibles del contexto en el que están.

Si son como Raskólnikov, hay esperanza, nos decimos. ¿Pero y si, por el contrario, se parecen más a aquel personaje de Joseph Conrad, a aquel dinamitero sin escrúpulos de ‘El agente secreto’ que decía desentenderse de cualquier sentimiento?

“Él me miró muy fijamente. Pero yo no. ¿Por qué tendría que dedicarle más que una ojeada? Él estaba pensando en muchas cosas… sus superiores, su reputación, los tribunales, su sueldo, los diarios… un centenar de cosas. Pero yo sólo pensaba en mi perfecto detonador”.

¿Cuáles son las pequeñas cosas en las que piensa nuestro verdugo de hoy y de siempre, o nuestro corrupto empeñoso? ¿A quiénes se parecen, a Raskólnikov o al dinamitero de Conrad?

Necesitamos a una Hannah Arendt que nos ayude a entender esa psique de maldad indescifrable o de cinismo atroz.

Adolf Eichmann nació en 1906 y murió en 1962, después de haber sido juzgado por el tribunal israelí y condenado a muerte en la horca por crímenes cometidos contra la humanidad.

Eichmann fue un funcionario nazi ejemplar: ingresó en el partido nacionalsocialista cuando Hitler subió al poder y alcanzó el grado de coronel de las SS.

Desde 1938 estuvo al frente de una oficina especial que tenía por objeto estudiar cómo llevar a cabo la supresión de los judíos en las zonas de ocupación nazi.

Desde 1940 se encargará de dirigir el departamento de seguridad del Reich, justamente el que debía aplicar la política de Solución Final.

En razón de ello preparó la deportación e instalación de judíos en campos de concentración.

Durante el proceso que se le siguió en Jerusalén, Hannah Arendt informó con detalle del curso de las sesiones.

Informó de las deposiciones y parlamentos de los comparecientes, pero sobre todo insistió en mostrar a un personaje ordinario, capaz de cometer el mayor mal sin experimentar quebranto o dolor moral.

Fue eficaz servidor de órdenes superiores cuya decisión a él no correspondía y cuyos secretos y significados no estaba en disposición de discernir.

Actuaba en contexto. Él se creía resorte, instrumento, eficacísimo, eso sí, pero medio, al fin.

El mal –insistía Arendt en su informe– no es necesariamente una empresa diabólica, no es tarea de seres deformes.

No es ni siquiera actividad que sólo puedan desempeñar monstruos como a los que nos han acostumbrado ciertos relatos de terror, añadiríamos nosotros.

El mal es ordinario y no requiere un diseño maligno o una justificación para materializarse.

Sólo precisa algo de rencor, de hostilidad, de razones y de relajación o quiebra moral.

Pero el mal no lo da el contexto necesariamente: es preciso que se tome la iniciativa de hacerlo o que se torne la decisión de no impedirlo.

Adolf Eichmann: exactamente, alguien que se sacude la responsabilidad de tomar decisiones, alguien que siempre está dispuesto a imputar sus fracasos o sus crímenes a los demás, al mundo entero.

Como subrayó Pascal Bruckner, hay en nosotros siempre la tentación de la inocencia, la protesta quejica ante lo que la vida nos inflige, la puerilidad y las lamentaciones.

“La eterna propensión del hombre libre a la dimisión, a la mala fe puede ser contrarrestada o frenada”, añade Bruckner, “pero nunca del todo sofocada”.

Está bien el diagnóstico, pero es errónea la gran consecuencia que este filósofo apresuradamente extrae.

No basta con quitarse de encima la responsabilidad.

No basta con exculparse por ignorancia o por amor.

No basta con apelar a la obediencia debida o al contexto. No basta con hacerse el muerto.

Los individuos somos responsables de nuestros actos, al menos en el sentido de dar la cara, de afrontar los efectos de lo hecho o de lo que pudiendo haber hecho no hicimos.