Apocalypse Now. Un estremecimiento

Miércoles, 15 de enero de 2020, La 2 de Televisión Española emite Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola.

En este film, todo cobra dimensiones míticas. Una parte de la cinematografía está en su celuloide, en la sucesión de sus planos. En nuestra memoria.

No recuerdo el número de veces que la he visto. Me descuento. Volver a verla es descubrirla una y otra vez. Es rememorar la adaptación libre de Heart of Darkness )1902), de Joseph Conrad.

Es regresar a Vietnam, a la guerra, a la jungla. Es tropezarse de nuevo con el teniente coronel Kilgore. Es enfrentar el rostro de Kurtz.

¿Quién es Kurtz, ese personaje remoto al que hay que alcanzar? El apellido resulta exótico, de resonancias difíciles. ¿Quién es?

Insisto. Es un personaje remoto al que aún no hemos llegado, al que todavía no hemos conocido. Lo envuelve una tenebrosa leyenda.

Tardaremos en conocerlo, tardaremos en remontar todas las dificultades que nos opone la naturaleza para acceder a ese último refugio en el que se guarece, en el que es tirano o mandamás.

Le precede una aureola inquietante. Se dice que era un militar corajudo y sensato, y que ahora, con el grado de Coronel, se ha convertido en un ser bestial: alguien o, mejor, algo que incumple las normas básicas de la civilización.

Mucho tiempo nos costará averiguar su auténtica identidad, su último estado físico y anímico: para eso deberemos contemplar todo el metraje de Apocalypse Now.

Hay datos básicos por confirmar, informaciones que sin embargo no nos permitirán aclarar su enigma. Kurtz reúne un historial impresionante.

Se dice que en 1964 regresó de una misión en Vietnam y que las cosas comenzaron a torcerse. ¿Qué sucedió? Era paracaidista. Contaba sólo 38 años.

No se resigna. Kurtz volverá para permanecer allí. Concretamente se instalará en Camboya. En 1969, las pocas noticias que llegan de sus actividades son alarmantes.

Justamente por eso, la jefatura de los Marines manda a alguien que lo busque, que lo encuentre. Tiene el encargo de sorprenderlo, capturarlo, someterlo, liquidarlo.

El Capitán Willard, el joven oficial de Inteligencia, debe perseguir su rastro, su estela, debe remontar el río entre la jungla sorteando y evitando a ‘Charlie’, el enemigo inmediato, inminente, camuflado. Debe hallar a Kurtz.

El recorrido es, sí, infernal. Hay fuego, bombas, proyectiles, hay incendios inacabables. Las detonaciones enajenan, provocan fatiga, fatiga de combate, que Willard, consumidor de estupefacientes, habrá de sobrellevar aturdiéndose y a la vez descubriendo el horror.

Llegan helicópteros que traen repuestos y transportan también a un personaje impresionante, que se agiganta con su demencia bélica. Destruye lo que controla.

¿Quién es ese individuo?

Lleva gafas Ray-Ban Caravan. Se cubre con sombrero de fieltro negro, el sombrero de la US Cavalry. Parece un tipo tronado. Según proclama enérgicamente, aspira a hacer surfing en medio del combate: en la playa vietnamita, en medio del horror.

Ese individuo fuma un cigarrillo perpetuo. Bebe cerveza Budweisser. Es macho, ‘macho man’. Lleva el pelo rasurado completamente. ¿Cómo se llama? Kilgore. Es el teniente coronel Kilgore.

‘Charlie’ no hace surf. Se embosca y procura atacar al primer descuido de los americanos. Los helicópteros se disponen a arremeter, pues no pueden arriesgarse a una sorpresa. Con el toque del Séptimo de Caballería, los helicópteros arrasan.

Llegan a la base del Vietcong. Está amaneciendo. Cuando comience la ofensiva pondrán a Richard Wagner, dice Kilgore. Empieza el baile, la cabalgata. Oímos precisamente el comienzo del tercer acto de La valkiria, que todos identificamos con Wagner.

Crecen el miedo y el entusiasmo. Llegan en formación los helicópteros a la playa. Los vietnamitas corren. Mientras, los estadounidenses lanzan sus proyectiles.

La música se confunde con el estrépito de la munición. El éxtasis es global. El suelo es aniquilado, las imágenes se incendian. Los helicópteros aterrizan, los hombres, cuerpo a tierra, avanzan descargando furiosamente sus ametralladoras.

El poblado vietnamita ha sido prácticamente eliminado y las heridas y desastres se amontonan. Aterriza el helicóptero de Kilgore. Todo parece sucumbir con olas de dos metros. Kilgore está en tierra. Le rodea un humo amarillo.

Van a hacer surf. Las olas, las olas son de dos metros. “Arrásenlo todo”, dice Kilgore. Fuego incendiario. ¿Hueles eso? “Lo hueles, verdad. ¿Qué es? Es Napalm. Nada del mundo huele como eso.”

Tiempo después el barco se encamina por el río hacia Kurtz. Willard debe encontrarlo y reducirlo. Según todos los indicios, ha enloquecido.

¿Sólo Kurtz?

This is the End.

Enredo o encargo

Cómo matar el tiempo de espera

Hace unos pocos días acabé de leer El encargo. Un abogado en el juicio del Procés (2019), de Javier Melero.

Es un thriller judicial, la laboriosa defensa de un acusado, un relato de mucha finura y de pasajes chocarreros.

Divierte e instruye al abordar algo grave y ridículo. Aprovechen… Se lee en unas horas, en estas horas de transición.

El encargo forma parte de mis libros circunstanciales, de esas obras que disfruto o con las que apechugo cuando me veo urgido o apesadumbrado por la actualidad o por la espera.

Y ahora todos esperamos… Pues bien, en estas horas de transición, el volumen puede tomarse como un entretenimiento fino, como un lenitivo o como un purgante.

Debo su conocimiento a varias personas, que me hablaron bien de esta obra:

-en primer lugar, Ricardo Martín, que nos lo descubrió en uno post reciente. De manera escueta nos hablaba de la sutileza de Melero;

-en segundo lugar, Mario Vargas Llosa, cuyas recomendaciones bibliográficas son inapelables y, por ello mismo, suelo seguir;

-en tercer lugar, Ramón de España, catador de rarezas literarias, experto en cultura bizarra y en sociología de urgencia.

Lo tengo dicho. De estos libros, volúmenes de ocasión o circunstanciales, aprendo mucho sobre la naturaleza humana, sobre los vicios y virtudes de mis congéneres, que son los míos en dosis variables.

Pero volvamos a El encargo.

Javier Melero es uno de los letrados que intervinieron en la defensa de los principales encausados por el Procés.

Concretamente su cliente, el cliente de Melero, fue Joaquim Forn, conseller de Interior y máximo responsable de los Mossos d’Esquadra.

El libro, concebido como una crónica del proceso judicial que precede y sucede a su desarrollo en el Tribunal Supremo, entre la instrucción y el fallo, entre el juez Llarena y el juez Marchena, ha recibido toda clase de elogios.

Ha recibido encomios justificados o merecidos por parte de lectores fiables que celebran en el autor su observación analítica, su desparpajo y un humor no exento de socarronería.

¿Cómo no voy a sucumbir a esa golosina editorial? Soy demasiado caprichoso y encima disfruto y aprendo.

¿Y…? ¿Qué tiene que decirnos, Serna? Sin duda, El encargo es un libro por momentos descacharrante y siempre interesante.

¿Por qué razón? Primera: por el asunto que trata, la causa seguida en el Tribunal Supremo a los acusados del Procés.

Esos cuatro meses largos en los que el esfuerzo de fiscales y letrados y el examen procesal provocarán tanteos personales y toboganes emocionales. Miedos y risas.

Llegamos al final… Ya todo ha acabado y Melero ha tenido su última intervención. Ha sabido ganarse a los afines y a los distantes.

Parece que se le tiene respeto: desde el juez Marchena hasta el president Torra, pasando por su defendido, el exconseller Forn.

Todo ha acabado con un aire de melancolía por lo que pudo ser y no fue. Un aire de tristeza… por un país encanallado.

Conforme lo leemos sólo falta saber cuál será el fallo del Supremo. Su línea de defensa, la de Melero, será siempre estrictamente procesal, sin proclamas políticas ni aspavientos ideológicos.

Todo ha acabado, en efecto. “Al salir de la sala encontré a [Quim] Torra en el pasillo, apoyado contra una columna, junto a la biblioteca que servía de sala de prensa. Me miró a los ojos y me felicitó”. Eso sorprendió a Melero

“Creía que mi intervención podía agradar a algunas personas, pero no a él”, a Torra. Sin embargo, parecía sincero. Le tendí la mano, le di las gracias y me fui deseando perderme en la oscuridad”. Perderse en la oscuridad y perderlo de vista.

“Los cuatro meses que habíamos pasado en el Supremo ya difuminaban sus contornos y se precipitaban con las cálidas ráfagas del viento de junio hacia el silencio y el olvido”.

Melero vuelve a lo real, envuelto —eso sí— por un halo de irrealidad. Con un lirismo sobrio se despide de todos nosotros.

Punto y aparte.

Otra razón por la que este libro ha merecido elogios es por el retrato de los protagonistas.

Es decir, por los tipos que pululan entre las páginas de este volumen, gente principal y secundarios de lujo.

Melero los examina como antropólogo que estudia a sus criaturas, por cercanas, repulsivas o mediocres que sean.

De todos esos personajes vamos a descubrir ciertas intimidades y chismes o los juicios personales que a Melero le provocan.

El letrado no es exactamente un abogado cotilla o de pacotilla que incumpla sus obligaciones de confidencialidad.

Es un estudioso de la conducta humana. Y donde él obra e interviene es un laboratorio perfecto para el examen de los comportamientos sanos e insanos.

O, en otros términos, es un observador participante, alguien que atesora sus propios valores, que conoce las reglas que a todos nos atan y que tiene también mucha cultura y no poca mundología.

Es alguien que sabe de la psique y de su fuste torcido. Por eso, su escritura, irónica y en ocasiones hilarante, traza una descreída radiografía de la naturaleza humana.

Pero hay una tercera razón que justifica la lectura de esta obra, una razón aún más relevante. ¿Cuál?

El tratamiento o el estilo del autor: el enfoque que adopta, la perspectiva que emplea, el detallismo con que examina, la minuciosidad con que se expresa y el subjetivismo con que se explaya.

Parece como si todo lo que cuenta no fuera con él, cosa que le permite ser espectador tajante y compasivo a un tiempo. Melero está dentro, pero a la vez no está dentro.

A la postre defiende a un cliente con cuyas ideas no participa. Deplora el nacionalismo expansivo del Procés y descree del sentimentalismo colectivo que presuntamente a todos mancomuna.

Dicho a las bravas, Melero rechaza el independentismo, por ser un movimiento emocional y anticonstitucional, pero a la vez detesta el españolismo castizo, de bandera y pandereta.

¿Y, si tan distante está de su cliente, por qué defiende a un político de esta clase? Pues por la misma razón que un podólogo se esmera con su paciente.

Se esmera, sí, con el mejor tratamiento que merecen sus pies. Al podólogo, dice Melero, nadie le pregunta por sus ideas.

¿Por qué? Porque lo que debe aplicar es una técnica y lo que ha de triunfar es un procedimiento, el procedimiento. La imagen del podólogo es suya y, a lo largo del libro, aporta otras parecidas.

Parece convincente Melero con esto que dice, pero me cuesta creer tanta distancia emocional y que sus zozobras o repudios se domen tan fácilmente.

Imagino que el letrado respondería que lo suyo es atenerse al asunto con esmero procesal.

Sospecho que sí, pero supongo que hay que tener mucho estómago o un punto de cinismo.

Y eso creo: la socarronería intermitente de Melero se debe a una pose juiciosa y también moderada o descaradamente cínica.

O tal vez a algo más simple: independentistas y no independentistas son literalmente humanos, comparten espacios y literalmente están condenados a convivir, aunque no todos lo tengan igual de fácil.

Sin duda, el abogado da ejemplo de catalán español que trabaja para un catalán no español (que no se siente o no se juzga español).

Melero es, pues, ejemplo. Bien pagado, eso sí, pero ejemplar: como profesional.

Por tanto, él se debe a su cliente, que debe salir bien parado procesalmente, como el callista se debe a la finura y a las lisuras de los pies. De los pies de este o de aquel paciente.

Dicho lo anterior y desde el inicio, el autor del libro, el letrado de Joaquim Forn, se nos hace muy simpático. Sabe hacerse querer.

Más aún cuando descubrimos que Melero resulta ser uno de los fundadores de Ciudadanos. Oh, sorpresa.

¿Ciudadanos? Sí, me refiero a ese partido ahora en extinción, a ese partido del que Melero se alejó tempranamente.

¿Cuando? En concreto cuando fue dirigido u ocupado por Albert Rivera, del que tenía y tiene una pésima opinión.

En realidad, Melero es duro. Muy duro. No tiene en gran estima al género humano. Se burla constantemente de sus patochadas (las del ser humano, no las de Rivera).

Es más, juzga con severidad desopilante los extravíos de la razón y la conducta individual y colectiva.

Melero es un individuo que no parece estar cómodo entre la masa; es un individuo que no parece estar satisfecho con un agregado humano que obligue, organice, ordene.

En primer lugar, con un movimiento nacionalista que plantea con homogeneidad forzada las identidades culturales. También con un españolismo de cuartel que no tolera la discrepancia o la variedad.

Pero Melero es un ‘bon vivant’. Es un hombre que está en la crecida de la edad, que ya tiene sesenta y dos años y que se comporta, vive y percibe el mundo como un dandi progresista.

No sé si él estaría cómodo con la etiqueta que se difundió en Barcelona para hablar de lo que se denominó la ‘gauche divine’, la izquierda caviar.

Esa izquierda estaba y está integrada por ese sector de progres más o menos rojos que, sin embargo, disfrutaban y disfrutan de los dones materiales de la vida.

Es un pijo hecho a sí mismo. Quizá por ello juzga tan severamente a los ricos de cuna y a la menestralía catalana.

Se fija en detalles de pura coquetería, la indumentaria de sus defendidos, de sus colegas, de los jueces, de los fiscales, de todos aquellos que tienen trato directo o indirecto con él.

Es por eso por lo que aprecia y distingue una buena comida, un exquisito almuerzo, pero a la vez no olvida sus orígenes y sabe que en cualquier caso todo lo ganado puede perderse.

Así no me sorprendo de que haya sabido llevarse bien con la vieja Convergencia presuntamente corrupta y con los líderes mesiánicos del PDeCat.

Les separa una concepción ideológica de lo que es Cataluña, de lo que es España. Y les separa el apego a todo tipo de nacionalismo, que Melero dice no profesar.

Se me hace simpática esa actitud distante con respecto a las emociones, al sentimentalismo que afecta, contagia y contamina la política. Se me hace simpático un personaje de estas características.

Lo que no puedo entender, lo que no puedo comprender, es que una persona así, tan abierta, tan poco dada al radicalismo, al extremismo, tenga una relación de amistad, de cercanía y de simpatía con Arcadi Espada.

Espada es el colmo de la crítica agria, avinagrada. Y de la insolencia impostada. Sin más: Espada es una persona enamorada de sí misma, escasamente dada a los matices o si se quiere a los grises. Un periodista broncas.

Supongo que nadie es perfecto y, por tanto, Javier Melero tiene extravíos, demencias y trastornos en la conducta. Y Espada tonante empaña la simpatía que el letrado nos despierta.

En cualquier caso, no se pierdan su libro: la descripción detallada del proceso penal, el examen minucioso de los comportamientos.

No se pierdan el análisis de las actitudes explícitas o conjeturadas de los distintos protagonistas, sutilezas que forman un relato interesante, vertiginoso. Etnología aplicada.

Melero tiene un hobby pijo, quizá chocante o quizá no. Practica el boxing y de hecho una parte de sus descripciones, de las metáforas que emplea, proceden directamente del mundo del boxeo.

¿La vida es como un toro, según decía Jesulín, aquel Jesulín de pega? No, la vida son mamporros que se dan o que se evitan.

No, la vida es como un combate con reglas en donde siempre hay alguien o algo que lo paga. Un pagano.

Unos embisten, otros saben esquivar o torear a los que embisten, unos se emocionan y otros se ocupan fríamente de que todo rule o de que no descarrile.

Parar un gancho a tiempo es arte y técnica. Y en ello Melero es maestro.

La vida es como una caja de bombones, decía aquél. En efecto, nunca sabes lo que te va tocar, no sabes si hay dulzura o amargura.

Si invisten o embisten.

Berlín y nosotros… Que lo quisimos tanto

¿Y por qué debería interesarnos una historia ambientada en el Berlín de los años treinta? ¿Por qué deberíamos leer una novela o, si lo prefieren, un volumen de cuentos protagonizados por almas, por seres marginales y entrañables de la Alemania de Weimar?

De entrada, las historias que Christopher Isherwood nos presenta en Adiós a Berlín (1939) nada tienen que ver con nuestro presente, pues detallan comportamientos y sentimientos de un pasado ya lejano.

Al fin y al cabo, esas piezas tan bien ensambladas son relatos y retratos que el objetivo de Isherwood retrata: “soy una cámara con el obturador abierto”, admite en su diario de 1930.

Podríamos decirlo de otro modo: esas estampas son como capturas de pantalla, como breves, brevísimos instantes o episodios congelados de una vida más vasta, multitudinaria. Datan de 1930…, de 1933.

Por sus páginas vemos a personajes que pululan, aman, se contrarían, se contradicen, sienten recelo y miedo. Vemos a individuos que están en otras vicisitudes, en otro contexto humano. Felizmente ese mundo prehitleriano no es el nuestro.

Eso nos decimos y respiramos aliviados al sabernos distantes del Berlín en el que se incuba y madura el totalitarismo. Pero ese mismo Berlín es aún una ciudad de vanguardias y de expectativas, de magnates y humildes fabricantes, de literatos, de actrices, de artistas, de titiriteros y de ganapanes. De cabarets.

Es verdad que todo lo que tiene que ver con la Alemania nazi o con los prolegómenos del ascenso de Hitler al poder todavía sigue interesándonos, preocupándonos o incluso fascinándonos. ¿Cómo fue posible?, nos preguntamos una y otra vez.

No he contado los libros que hay en mi pequeña biblioteca en los que dicho tema es el objeto: el tema, sí, de la metrópolis industriosa y vertiginosa, culta y arrebatada que era Berlín.

Es el mismo Berlín que, por ejemplo, había retratado con poesía y habilidad técnica Walter Ruttmann en 1927. Anoten ese nombre. En su Berlín: Sinfonía de una gran ciudad asistimos durante un día, durante un solo día y gracias al montaje, a la vida agitada y ordenada, rutinaria e creadora de una población que está en permanente movimiento.

El cine, el cine, el cine de Ruttmann —pronto convertido en propagandista de la causa hitleriana con su colega Leni Riefenstahl— se inspira en la vanguardia fílmica soviética y en los avances de la arquitectura.

No sólo la técnica de Serguéi Eisenstein le influye: son sobre todo las multitudes, las masas representadas por el celuloide en espacios abiertos y delimitados.

De ese movimiento social y fílmico, de esas convergencias insólitas, nace una parte del cine moderno más audaz. ¿Nos atreveríamos a decir que esas obras son antiguallas?

Ese pasado no es exactamente pasado. En la modernidad de entonces hay audacias que aún nos influyen. En el presente detectamos aspectos de nuestra existencia ordinaria que tienen su origen en la vida corriente de los años treinta. 

A su manera, Isherwood también narra esa modernidad masiva y agónica de un Berlín que él escritor singulariza con el objetivo de su cámara, digámoslo con su propia metáfora.

Con un tono levemente irónico y piadoso, Isherwood muestra miseria y esplendor, expectativas y derrotas de berlineses y de otros individuos recién instalados.

De todos los seres que pueblan su obra, sin duda hay algunos que enternecen por su demencia y empeño, por su jovialidad y ardor, por por su perspicacia y, a la vez, ceguera. Hay varios concebidos con esta encarnadura.

Por ejemplo, esa mujer, casi una adolescente, que llega a la gran ciudad para triunfar. Me refiero a Sally Bowles, una muchacha inglesa de poco talento que se empeña en hacerse una carrera como actriz en el cine o en el teatro.

Qué desenfado.

Su impudicia y su inocencia aún nos conmueven.

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Berlín: Sinfonía de una gran ciudad (1927), de Walter Ruttmann:

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Club de Lectura de la librería Gaia.

Valencia, lunes 16 de diciembre de 2019. A las 20 horas.

Un posible Lennon

Uno. Leo con placer, con arrobo, con incredulidad la obra de David Foenkinos. ¿Su título? Lennon. Es un libro dedicado al componente y líder de The Beatles.

Publicado originariamente en 2010 y editado en España por Alfaguara en 2013 con traducción de César Aira, el volumen capta, convence, entretiene. ¿Por qué?

Dos. No sé explicarlo muy bien. Quizá sea esa primera persona narradora que habla y persuade. No se trata sólo de contar cosas, sino de convencer, de hacerte con el lector. O con esa lectora resistente.

Hay que hacer las cosas muy bien, hay que escribir con gran dominio y arte, para hacernos creer que quien nos relata todo es John Lennon. El yo, la primera persona, evoca su pasado, lo narra atropellada y ordenadamente. A la vez.

Hay orden expositivo para que sepamos en qué momento nos encontramos y al mismo tiempo hay digresiones, incisos y vueltas al presente. ¿A qué presente? A la segunda mitad de los 70.

Tres. He dicho que leo esta obra con incredulidad, cosa que parece contradecir lo que después añado: que el narrador que habla en primera persona es muy convincente. No hay tal contradicción. Cuando digo con incredulidad digo con pasmo. Leo con asombro.

Es muy arriesgado literariamente recrear la voz, el estilo, los pensamientos, los sentimientos, el timbre y la sintaxis de John Lennon. Todo el mundo cree conocerlo y muchos hemos escuchado sus declaraciones o peroratas.

Numerosos seguidores saben instintivamente si esos giros, esa forma de expresarse, esos silencios o esos renuncios son de él. Pues bien, David Foenkinos provoca dicha impresión.

¿Y qué nos cuenta Lennon, el Lennon de Foenkinos?

Cuatro. Foenkinos pone en boca de Lennon la vida en primer persona, los hechos disfrutados y padecidos por un muchacho que tuvo una infancia dura e incluso desastrosa, con grandes carencias emocionales.

La vida narrada por un adulto que maduró a trompicones. con debilidades y arrogancias, con genio y creatividad. Un hombre que siguió aferrado a ciertos episodios infantiles y al dolor que éstos le ocasionaban.

La vida contada por un joven al que de repente se le viene el éxito encima, un suceso multitudinario e invasor. Gracias a los colegas del grupo, gracias a The Beatles, ese muchacho podrá sobrevivir aferrado a la afectividad, a la camaradería, al humor y a las drogas.

Parte de su existencia irá a la deriva y de parte de su vida podrá hacerse responsable. ¿Es verdad lo que nos cuenta Foenkinos en esta novela? ¿En cierto lo que el autor pone en boca de Lennon?

La obra, ya lo he dicho, transmite un efecto de gran autenticidad y yo, que no conoczco al detalle la vida de John Lennon, leo totalmente persuadido. Eso tiene mérito, mucho mérito: el relato elegante y desgarrado, humorístico y serio, nos transmite confianza en el género humano, en su capacidad de autoanálisis y en su expectativa.

Hay alguien que escucha, sí, y hay alguien que mata.

Cinco. John Lennon, again. Estoy satisfecho de haber escrito por entregas mis impresiones sobre la novela de David Foenkinos, ese Lennon (2013) que persuade desde la primera línea.

Al detallar mis impresiones no puedo precisar situaciones o episodios que los lectores podrán descubrir si efectivamente se hacen con esta obra.

¿Revelar más cosas, circunstancias, hechos? Yo no perdonaría al crítico que me destapara y me destripara una ficción. Hay comentaristas que hacen eso: a falta de imaginación o de escrúpulos, confiesan episodios sobre los que, por caridad, deberían callar.

He creído decir mucho, pero no tanto como para quitar el interés. Lennon es una figura gigantesca, un tipo normal que supo sacar ventaja de sus habilidades y de su dolor, un joven que supo oponer frente a una avalancha. ¿Supo?

En la vida tenemos serios reveses que no son necesariamente producto o resultado de nuestra mala cabeza. Lo mejor que podemos hacer es aprender para vivir mejor y con más tino, instinto y olfato. Aprender para saber disfrutar y para saber demorar el placer. Aprender para confirmar que la muerte nos lo quita todo.

Al leer a David Foenkinos, he tenido la tentación de ayudar a Lennon, de advertirle. Yo creo saber cuál es el colofón de la historia, la consumación triste de su trayectoria y precisamente por eso he querido aconsejarle.

La existencia es eso: acercarte a los Apartamentos Dakota sin saber qué hay detrás, qué hay de lo mío, qué quedará; acercarte sin mentor que te salve.

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Artículo escrito originariamente en enero de 2014

Nazismo. ¿El mañana me pertenece?

¿Cuántas veces habremos visto esa escena, procedente del film Cabaret (1972), de Bob Fosse? El remoto origen literario es Adiós a Berlín (1939), de Christopher Isherwood.

¿Cuántas veces? Quizá cientos o miles. O más. En ella podemos apreciar la quintaesencia del totalitarismo y del sentimiento oceánico, esa masa a la que es posible enardecer y manipular.

Bien mirado y de entrada, aquello que sucede en esa circunstancia no espanta, pues no hay violencia física explícita. Es más, resulta un momento de extraordinaria calma.

Alguien entona una canción amable, Tomorrow Belongs To Me. Pero pronto esa pieza resulta también un horror, su premonición.

Volvamos a ver la secuencia. Dos hombres, solidarios y despreocupados, disfrutan al aire libre en la terraza de un café o cervecería.

De pronto, un jovencito bien parecido entona una canción que exalta la naturaleza. Nada más inocente, virginal; nada más emocionante.

Pero, conforme se abre el plano, confirmamos que ese muchacho es miembro de las Juventudes Hitlerianas. Y en calidad de tal canta. Corroboramos que los protagonistas y los figurantes se hallan en Berlín.

Ese joven se gana su audiencia, a este, a aquel, a dos individuos también uniformados, con quienes el muchacho forma más que un trío; y luego…, un coro constituido por ‘casi’ todos los presentes.

Es un público improvisado, que poco a poco y con creciente entusiasmo se hermana: todos, menos un anciano cuyo rostro refleja enojo y malestar. La mirada y la cabeza gacha muestran claramente sus sentimientos.

La canción, Tomorrow Belongs To Me, es bella, de sencilla factura, de letra emotiva y de resonancias hímnicas.

Fue compuesta originariamente a partir de una canción popular para Cabaret (1966), el musical de Broadway, de Fred Ebb y John Kander, y para su adaptación cinematográfica homónima, de Bob Fosse.

De hecho, de ser una tonada popular se convierte en un himno y, por tanto, en un reclamo. Primero es una melodía pastoral para ser finalmente una marcha.

¿Qué función cumple en el film? Es un fragmento de la gran historia, esa historia mayor que arrasa literal y metafóricamente, el poder de una minoría política, el dominio del fanático, la evidencia y la presencia de la masa. Y ello sin ejercer un acto de violencia física.

Basta con que la población haya sido intimidada, en muchos casos perseguida, para que un individuo con uniforme y herrajes seduzca al indiferente.

En la secuencia, el motivo parte de un primer plano. Ya digo: es el de ese muchacho bellísimo y rubio como la cerveza.

No lo vemos originariamente pero suponemos que se dispone a cantar y canta. Estamos al aire libre en lo que sin duda es un día primaveral. Todo parece sonreír a los presentes y de esa placidez nos contagiamos los espectadores.

Estamos en la terraza, ya digo, quizá en un café o cervecería, en donde un grupo de parroquianos parece tomar el vermú. No hay malos augurios.

Tomorrow Belongs To Me. El joven entona bien y la melodía crece enardeciendo los ánimos de los parroquianos hasta que todos salvo el anciano forman ya una comunidad emocional.

El nazismo contagia e infecta, fuerza consensos y arrastra. Los dos amigos que habían recalado en dicha terraza aprovechan para irse, quizá para escapar de ese sentimiento oceánico que todo lo anega.

¿El mañana me pertenece? No. This is the end…

https://m.youtube.com/watch?v=QumW5NICuL0&feature=youtu.be

Puro Cercas

Hace unos pocos días acabé Terra Alta (2019), último Premio Planeta. El protagonista se llama Melchor, apenas llega a la treintena y es mosso d’esquadra.

Primero servirá en Barcelona y luego en la Terra Alta, comarca enclavada en el interior de Tarragona.

Allí viviremos con él una historia policial en el doble sentido de la expresión: estamos ante una obra de ficción que podemos identificar con el thriller; y estamos ante el relato, en tercera persona, de una vida, la vicisitud biográfica de este policía aún joven, pero ya maleado.

El autor de la novela es Javier Cercas. El escritor me ha conmovido con artificios de sabia narración. De inmediato, es fácil identificarse con ese personaje que no narra, pero actúa, vive, malvive o sobrevive para nosotros gracias a las habilidades de Cercas.

Por supuesto, en esta brevísima glosa no voy a desvelar nada más. Yo no tengo derecho alguno a descubrir lo que le acaece, a Melchor, quiero decir. Lo que aquí sostengo o apenas revelo está escrito en clave.

Insinúo más que destapo.

Un individuo solo —con un pasado que no es pasado, que casi nunca es pasado— debe rehacer su vida en un entorno poco amistoso o incluso hostil.

Debe rehacerla y rehacerse en unas circunstancias casi siempre adversas. Desde niño, la existencia no ha sido nada fácil para él. Es más: su adolescencia y primera juventud han sido más bien calamitosas y dramáticas.

¿Lo fueron y ahora…? Allá donde está el peligro, nace lo que salva, decía el poeta. Pues bien, algo así es lo que sucede en algún momento al protagonista de esta ficción pura:allá donde está el peligro nace lo que puede salvarlo.

En las novelas de Cercas, en sus narraciones, el protagonista suele hallarse solo tomando decisiones, acertando o errando.

En Cercas, los personajes principales o los narradores de sus obras suelen ser eso: individuos que viven en soledad o en la orfandad, que sobreviven o malviven con desconcierto a algún tipo de amputación.

En Cercas, esos caracteres dramáticos suelen ser tipos que llevan una existencia más o menos desastrosa para luego, de repente, emprender acciones que quizá los rediman. Eso sí, la vida no es únicamente puro drama. Tiene, en efecto, momentos de humor voluntario e involuntario e instantes de redención. Puro Cercas.

Más aún, esos personajes suelen ser individuos acobardados o lacerados y de pronto valientes y capaces. Eso sí, no son de una pieza. Demuestran coraje una vez o acaso intermitentemente. Puro Cercas.

En fin, esos individuos suelen observar a otros para tomar nota, para ajustar cuentas con el pasado, con ese pasado que hasta ellos llega. Insisto: también aquí, en la Terra Alta, tenemos a un individuo que toma nota para aprehender y aprender.

Pero Melchor no es mero observador. Es un hombre de acción al que le gusta leer para instruirse, para desentrañar las lecciones de vida que hay principalmente en Los miserables (1862), de Victor Hugo.

Melchor (como otros personajes de Cercas) es un tipo que no fue educado en la gran virtud, sino en la pequeña, en la moral más mezquina incluso.

Mezquindades, sí, en las que muchos han sido enseñados y de las que el grueso de la humanidad no escapa fácilmente.

Si hablo de Javier Cercas no extrañará si digo que Terra Alta es una novela moral, protagonizada por un persona dañada. Como sólo un hombre solo puede serlo. Melchor es un ser de desamparos y abandonos.

Pero aún conserva esperanzas. Esa persona tantea, husmea y avanza en su entorno igual que lo haría un individuo que caminara en penumbra, que no es exactamente a ciegas…

Y Melchor es puro arrojo. O coraje. Pero tiene el don del sentido práctico y el instinto del instante, de la oportunidad. Nadie le ha regalado nada y tampoco es un ángel.

Y, ya que ahora empleo un léxico religioso, podría decir que el protagonista es un pecador, sí. Pero tiene una bondad propiamente humana, entreverada de abdicaciones y perversidades menores.

Su vida es laceración y alegría, una adición de humillaciones e instantes de felicidad. ¿Cuál es el saldo?

Puro Cercas, con trepidación, con reflexión, con amarguras, con ironías y con ternuras.

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Fotografía de Javier Cercas, EP

Ensayo de JS, Historia y ficción. Conversaciones con Javier Cercas. Madrid, Punto de Vista Editores, 2019:

http://puntodevistaeditores.com/catalogo/historia-y-ficcion-conversaciones-javier-cercas/

Magnates y mangantes. Las élites y la corrupción según Paul Preston

Días atrás acabé la lectura de Un pueblo traicionado (2019), un extensísimo volumen de Paul Preston que la editorial presenta como síntesis del último siglo y pico de historia contemporánea española.

El pasado dura mucho tiempo, es largo, y seguro que más de setecientas páginas no son suficientes para contenerlo todo.

Pero el editor y el autor saben que es posible abreviar, sobre todo en estos tiempos de lectores que pronto pierden fuelle o el fuelle (entero).

Sin duda, Preston tiene unos conocimientos enciclopédicos con que abrumarlos. Tiene avales.

Y tiene un saber muy superior a la media, aunque una síntesis más breve (¿doscientas, trescientas páginas menos?) habría beneficiado la soltura y contextura del libro. España se puede acortar.

Es más, tal vez el capítulo dedicado al siglo XIX es prescindible: las tesis que el autor maneja son algo anticuadas y su bibliografía más reciente, salvo excepciones, data de diez o doce años atrás.

En fin, el último periodo del libro dedicado a los lustros que nos son más cercanos es interesante, pero no pasa de ser una crónica periodística y vertiginosa. Eso sí, lo que cuenta nos lacera…

El volumen tiene dos hilos conductores, dos líneas paralelas que frecuentemente se cruzan:

-por un lado, el papel de las élites políticas y económicas, casi siempre depredadoras;

-y, por otro, la corrupción, el mal gobierno y la malversación de caudales públicos que tan habituales han sido en la España reciente.

La ciudadanía aparece aquí como un pueblo traicionado, gobernado por muy malos señores, una moraleja que implícitamente se inspira en el Poema del Mío Cid.

La tentación editorial era muy grande: unos gobernantes de mala índole y unos vasallos (en realidad, ciudadanos) a los que se sujeta, se sofoca y se engaña.

Por supuesto, el escrito de Preston es mucho más complejo que este reclamo del editor…

Sin duda es un volumen interesante, aunque no aportará gran cosa a quienes ya conozcan la obra de Paul Preston.

Aun así, una página de Preston brilla, siempre arroja luz sobre aspectos conocidos o desconocidos de la vida política de este país.

Me precio de haber leído no pocas obras de este gran hispanista y al llegar a este último volumen, lejos de aburrirme, el autor ha conseguido captar mi atención.

Ha conseguido obligarme a hacerme preguntas sobre la vigencia de los viejos problemas o sobre cuestiones de la actualidad española.

Acabé el libro cuando faltaban pocos días para que se hiciera pública la sentencia de los ERE de Andalucía. Y plaf…

Aunque dicho fallo no es definitivo y va a ser recurrido, lo cierto es que el panorama que dibuja el tribunal es desolador.

Sin duda, los distintos gobiernos andaluces, que han contribuido a mejorar la circunstancia de aquella región, también han permitido, favorecido o desarrollado la constitución de redes clientelares para beneficio propio, para provecho material y para cooptación de afines.

El resultado es millonario (en gasto y despilfarro) y desastroso para la moral pública, y eso al margen de que las máximas autoridades socialistas de Andalucía no se lo hayan llevado crudo.

Resulta extravagante que el Partido Popular pida responsabilidades a Pedro Sánchez cuando éste y su gobierno en funciones no tienen implicación en tales fraudes.

Es chistoso que esas exigencias procedan de un partido en curso o sentenciado y condenado por distintos casos de corrupción. Me refiero al PP.

Ahora bien, como nos recuerda muy atinadamente Joan Alcàzar resulta cobardona la respuesta del gobierno en funciones, particularmente la del ministro Ábalos. ¿Por qué este gabinete socialista no pide unas disculpas que nos son debidas?

Que Pedro Sánchez no sea responsable del clientelismo delictivo que los jueces han detectado en Andalucía no le exime de algún pronunciamiento. Basta ya con el patriotismo de partido (en expresión que tomo de Fran Sanz). Punto y seguido.

Paul Preston detalla los males de un país que, por lo visto y por lo dicho, ha prosperado casi milagrosamente.

Detalla con mucho pormenor los tejemanejes de que se valieron tantos políticos inescrupulosos que gobernaron la España del Novecientos:

-las aventuras coloniales en África y los dispendios y extravíos que ocasionaron;

-los latrocinios absolutamente corruptos de líderes demagógicos;

-las empresas dudosas o simplemente delictuosas de aquel rey, Alfonso XIII, mal llamado Fernando Siete y Medio;

-las dictaduras que fueron reacción, represión y negocio en distinto y escandaloso grado;

-la clase empresarial tan dada al proteccionismo, al pistolerismo o al matonismo y a los monopolios bien engrasados;

-las clases trabajadoras, de escasísima formación política, de vocación levantisca, revolucionaria y de hambres seculares.

Resulta prodigioso que hoy tengamos una democracia parlamentaria, que seamos un país perfectamente equiparable a los restantes de la Unión Europea. O quizá no resulte tan milagroso.

Preston ha escrito este libro con un ánimo sombrío, aquejado por un malestar bien justificado.

Las élites políticas y económicas nos han dado graves disgustos. En ellas, en esas clases finas y principales, vemos frecuentemente confundidos magnates y mangantes.

Pero es el Brexit aquello que sume a Preston en una tristeza inconsolable que muchos lectores compartimos.

Quiero ser optimista. Disponemos de democracia, disponemos de unas instituciones europeas y eso, ese avance contemporáneo, no podemos desecharlo o arruinarlo.

No sé si somos Un pueblo traicionado, como reza el título de este libro, que —insisto— parece inspirarse en la moraleja de El Cid.

Sin embargo, somos aún un pueblo esperanzado. Nunca hubo unos viejos buenos tiempos. Pero tampoco estamos condenados al fatalismo.

La responsabilidad es individual. Cada uno de nosotros y de nuestros representantes políticos debe afrontar las consecuencias de sus actos.

Sin duda, la avaricia y la codicia son detestables. Más aún, nadie puede infligir daño gratuitamente. O gastar como un bandarra o despilfarrar lo público a manos llenas: por el amor de Dios, por probidad o por estética.

Cada acto define el país y la humanidad en que queremos vivir. No necesitamos héroes ni utopías.

Necesitamos honestidad, sensatez y una concepción austera de la vida. Ni esto es un Valle de Lágrimas ni un desenfreno sin tasa.