Javier Cercas. Un pasado que no pasa

José Luis Ibáñez Salas ha tenido la amabilidad de escribir una reseña, una reflexión, sobre mi libro Historia y ficción. Conversaciones con Javier Cercas (Punto de Vista Editores, 2019).

Ibáñez Salas no es sólo un cuidadoso editor, con preparación profesional. Es también y principalmente un exigente lector, con larga experiencia, claro. De algún modo, una tarea lleva a la otra y viceversa.

En su caso, eso significa examinar con detalle la obra ya editada por otros o la obra potencial que está en sus manos y que finalmente aparecerá. Aparecerá como lo que es: un volumen material.

Pero Ibáñez Salas es también un escrupuloso historiador. Eso implica que el pasado lo examina con el rigor que es propio del profesional. Al investigador le está vedada la invención, la pura fábula.

Y profesional, aquí, significa que el historiador escribe, que escribe libros. Y que escribe una literatura torrencial que muchos le agradecemos. Su novela inédita es buena prueba de ello.

Pero volvamos a la pregunta clave que Ibáñez Salas se plantea a propósito de mi ensayo, de mi ensayo de historia cultural. Es ésta que ahora formulo.

¿Qué hace un historiador cuando el libro leído trata de lo pretérito, de los hechos ya acaecidos, pero ahora contados por un novelista?

No me refiero a la novela histórica, sino a la novela que nos muestra el pasado en presente, un pasado que no pasa, que ni siquiera es pasado…

Estamos habituados a pensar en los hechos pretéritos como esos datos más o menos remotos que no tendrían o apenas tendrían relación con nuestras urgencias.

Nos hemos acostumbrado erróneamente a pensar que el pasado es lo acabado, lo consumado. Creemos falsamente que esos acontecimientos, que tuvieron mayor o menor repercusión, ahora ya no nos conciernen.

Lo que llamamos pasado es un presente bien vivo pero que ignoramos, unos hechos de latencia actual que nos condicionan.

El pasado no pasa y ni siquiera es pasado. La fórmula no es mía ni de Ibáñez Salas. El sintagma se lo debemos a William Faulkner, al que Javier Cercas cita con justificada reverencia.

José Luis Ibáñez Salas se plantea este dilema, el mismo por el que yo me pregunto en un ensayo que trata de eso: de ‘Historia y ficción’. O en otros términos y con nueva pregunta.

¿Qué hacemos con las novelas cuando buscamos una realidad constatable, hasta verdadera, o al menos verosímil? Dentro de las novelas hay un mundo autosuficiente que no es mero reflejo o determinación de lo externo. Pero tampoco una invención sin raíces.

En el interior de las ficciones nos internamos: vivimos, sentimos y, a poco que nos arriesguemos, hasta morimos. Vicariamente, por delegación.

Un pasado que pasa al presente, fiel o infiel, verificado o parcialmente conjeturado, como sucede en las obras de Javier Cercas, nos educa y nos modifica. ¿Qué ocurre entonces?

https://periodistas-es.com/la-literatura-de-javier-cercas-128627

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Fotografía: José Luis Ibáñez Salas

Yo no escribo fácil

Hay personas que sólo me conocen por lo que escribo y se hacen una idea severa o locuela de mi persona, según. Se asombran por mi sintaxis variada, poco académica.

Otras me conocen de verdad, saben que soy modesto, sencillo y llano, pero me tratan como a un rarito, como un tipo avenado que se escribe encima y que, efectivamente, no se centra.

Y luego hay otras personas que lo ignoran todo de mí, que me escuchan en clase, en conferencias y en mesas redondas y me preguntan si escribo como hablo. Esto último puede ser un elogio o un reparo o un reproche, en fin.

El otro día, un colega que me conoce bien y al que aprecio me dijo que yo escribía fácil. No supe cómo tomarlo. Me lo espetaba y me lo esperaba. Lo decía con su media sonrisa.

Escribir fácil puede ser redactar de forma plana y accesible incluso para iletrados. Pero escribir fácil puede significar hacerlo con soltura, sin obstáculos, sin atoramientos.

Lo primero indica que tu prosa es sencilla, calificativo que si te la dice un académico no es nada elogioso. Los universitarios, por principio, hemos de escribir con tortura y oscuramente.

Lo segundo, la segunda acepción de lo fácil, parece indicar que tienes un don, un don gracias al cual poco tienes que esforzarte: esto es, la escritura te sale livianamente, sin mucha tortura o cavilación.

Mi modelo, en este punto, es Thomas Mann: también es Thomas Mann. Me gustaría seguir su precepto y su indicación.

Un escritor, decía Thomas Mann, es alguien para quien la escritura resulta algo mucho más difícil que para las restantes personas. Eso exactamente admitió Mann en cierta ocasión.

Lo que tiene apariencia de liviano puede ser fruto de un esfuerzo descomunal, indicaba. Aquello que parece fluir sin desmayo puede ser resultado de caídas y recaídas constantes, insistía Mann.

Esto es, lo que se impone con facilidad puede ser producto de la obstinación, la obsesión, la fijación.

Puede ser fruto de cierta inspiración, de mucha transpiración y de mucha lectura.

Pues eso.

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Ilustración: Fernando Vicente

http://fernandovicenteases.blogspot.com/2009/11/thomas-mann.html

Cuidado con el fascismo

Fernando Savater dedica su columna sabatina de El País a una polémica, a un desagradable episodio que ha tenido lugar en el Salón del Libro en Turín. La posición de Savater sobre el particular es, como mínimo, dudosa.

Me explico. A un editor, responsable del sello Altaforte, le han dado espacio y presencia en dicha Feria. Esto ha provocado un enorme y ruidoso malestar. En Italia, qué quieren, con las cosas del fascismo no se juega.

Para Fernando Savater, todo esto es quizá ostentoso y olvidable. Vamos, que no tiene demasiada importancia.

El editor Altaforte “se proclama agresivamente fascista y condena el antifascismo como la desgracia política de Italia”, admite Savater sin darle mayor relieve. El catálogo de Altaforte tiene obras acordes con su ideología, concluye el escritor español.

Por lo visto y leído, para Savater, todo esto no tendría mucha importancia, nada especialmente grave.

Sin embargo, nos recuerda Savater, los opositores de Altaforte tendrían una razón escondida o más explícita (como se quiera) o menos santa para rechazar su presencia.

Lo grave para quienes se escandalizan sería, dice Savater, que entre sus novedades hay “un libro entrevista con el inefable [Mateo] Salvini, que atrajo la atención pública sobre el sello”.

Ha habido reacciones, ya digo, y, según Savater, reacciones exageradas que le han dado una publicidad gratuita.

“Algunos participantes en el Salón, como el historiador Carlo Ginzburg, anunciaron su retirada en señal de protesta” y con él otras personas del mundo de la cultura, admite Savater.

¿Es esto una exageración?, me pregunto. No es una exageración. Estamos hablando de personas muy destacadas especialmente sensibles a la banalización o legitimación del fascismo.

El abandono del Salón por parte de Carlo Ginzburg es, como él mismo ha declarado, una decisión política. Ginzburg se opone a resucitar el fascismo (aunque sólo sea intelectualmente) por razones obvias. Pero se opone también por razones estrictamente personales.

Su padre, Leone Ginzburg, que era un activo antifascista, fue asesinado por los nazis, concretamente por las SS,tras haber sido torturado. Estamos hablando del final de la Guerra Mundial. Poca broma, pues.

Resulta insólita la banalización que hace Fernando Savater del episodio del Salón de Turín.

La presencia de Altaforte, el editor fascista, es legal, pero es políticamente indecente. Por tanto, la reacción airada y expresamente política de Ginzburg está justificadísima.

Savater, sin embargo, aprovecha para quitarle hierro al asunto de Ginzburg, diciendo que las polémicas en Italia se disuelven pronto y que el fascismo lo hallamos a izquierda y derecha.

Se refiere a los populismos, a esa corriente transversal que exaltaría al pueblo como referencia básica o única de la identidad individual y colectiva.

La lógica de Savater trivializa el grave asunto y además resulta ofensiva. Parafraseemos esa lógica sabatina…

¿Para qué escandalizarse con un editor o propagandista del Fascio si hay fascistas por todas partes, a derecha e izquierda?

¿Para qué marcharse con tanto aspaviento, como habría hecho Carlo Ginzburg, del Salón del Libro de Turín, si hay fascistas por todas partes, a derecha e izquierda?

El fascismo es un fenómeno histórico, de otro tiempo. Ciertamente. No podemos hacer fáciles analogías para concluir que lo que nos pasa es clavadito a lo que sucedió en los años treinta (de Italia, por ejemplo).

Pero lo que es actual, peligrosamente actual, es la multiplicación de propagandistas que hoy rebajan el veneno fascista, la toxicidad de aquellas ideas no enterradas del todo. Lo que es presente y detestable es confundir los populismos con el fascismo.

No es que los fascismos de hoy sean los populismos que proliferan (a derecha e izquierda, según insiste Savater). El autor español confunde el principio y su naturaleza, el fenómeno y su sustancia. Es justamente al revés.

El populismo precede al fascismo. Pero el fascismo histórico se nutre de ideas, prácticas, concepciones de origen populista. Los populismos de hoy recogen parte de esas tradiciones ya remotas con elementos nuevos.

Matteo Salvini, el líder de la Lega Nord, quita gravedad al fascismo, lo despenaliza intelectual e históricamente y banaliza sus crueldades.

De paso quita toda legitimidad al antifascismo al calificarlo de desgracia política de Italia. ¿Cabe mayor ignominia?

A Savater ya le leímos una defensa de Vox como partido aún constitucional. Vox era bueno si con eso se podía echar a Pedro Sánchez.

Lo que nos faltaba: ahora Savater no se escandaliza con las manifestaciones ostentosamente profascistas de Salvini. Salvini, dice Savater, es “inefable”, con ese tono de personaje difuso que tiene la palabra.

Es, usted perdone, algo más y algo más grave. Es heredero voluntario de Benito Mussolini.

Contra la mentira

La radio como instrumento de alboroto, de propaganda, ha sido y aún es una herramienta utilísima.

Cuando pienso en su versión más noble, inmediatamente me viene a la cabeza la BBC en la contienda, en la Segunda Guerra Mundial.

Más en concreto, recuerdo el caso de Thomas Mann, no como novelista, a quien rendimos homenaje con la lectura de sus obras, sino como agitador radiofónico.

En marzo de 1933, el escritor abandona Alemania con destino a Suiza y después, en 1938, a los Estados Unidos. Le será arrebatada su nacionalidad.

Pero eso no le impide interpelar directamente a sus antiguos compatriotas, agitar su conciencia, mostrarles la inmundicia ideológica de Hitler. Su mentira.

” «¡Despierta Alemania!» Con este señuelo se os atrajo una vez a la funesta ilusión del nacionalsocialismo. Pero más piensa en vuestro bien quien os exhorta diciéndoos: «¡Despierta, Alemania! ¡Despierta a la realidad, a la sana razón, a ti misma, al mundo de la libertad y del derecho, que te espera» ”.

Eso proclama Mann en julio de 1941. El mundo se derrumba y los antiguos connacionales del escritor deben alzarse contra su guía y opresor. Contra sus mentiras.

A través de la BBC, Mann pronunciará casi sesenta discursos, discursos palpitantes y conmovedores en los que se dirige a lo mejor de Alemania.

Hay versión española en Oíd, alemanes… Discursos radiofónicos contra Hitler (2004), un libro ya antiguo pero aún vibrante. En tiempos de aflicción, como los actuales, es una enseñanza memorable.

Mann se dirige a su historia, a la de Alemania, y a su ciencia, a las conciencias de sus antiguos conciudadanos. Se dirige a la honradez que todavía espera de su vieja nación.

Alemania es, sí, una nación que se ha abandonado, que se ha dejado estafar por un tirano vesánico e improbable: por sus señuelos y mentiras, no sólo por sus amenazas.

Mann será pertinaz en su apología de la verdad, de la democracia liberal, del parlamentarismo. Será insistente en su exaltación de la libertad de prensa, de juicio y de opinión. Nada de ello ha perdido su vigencia.

Pero lo más notable de aquel gran escritor acomodado que ahora se convierte en agitador (después de haber profesado como ‘apolítico’) es la execración misma del dictador.

Para entonces, Mann es el novelista burgués por antonomasia, el descendiente de un refinado linaje de Lübeck y acreditado por sus frutos literarios. Es también aquel que desde fecha temprana ha vivido distanciado de la política.

En 1940, el ciudadano Thomas Mann ya ha dejado de ser un burgués apolítico para convertirse en un agitador radiofónico. Pero no serán el arte o la carne o los sentidos o el amor o la sensualidad enfermiza las causas que lo exciten o lo exalten.

Será un tirano, “con su descarada mendacidad, su miserable crueldad y espíritu vengativo, con sus constantes rugidos de odio, con su manera de estropear la lengua alemana, con su fanatismo vulgar, su ascetismo cobarde, su grotesca afectación, su menguada humanidad toda, horra del más leve rasgo de grandeza de ánimo, de alta espiritualidad”.

Es decir, Mann arremete contra Hitler haciendo valer su condición burguesa, linajuda, que el dictador pisotea con el plebeyismo, con la demagogia, con el populismo.

Como leemos en su novela de entonces, Doktor Faustus, “para todo amigo de la ilustración, la palabra pueblo y su concepto mismo conservan algo de primitivo que causa aprensión y es porque se sabe que basta tratar de pueblo a la multitud para predisponerla a actos de regresiva maldad”. Punto y aparte.

Por eso, el escritor emprende una acción insegura pero brava: se aparta de ese pueblo dispuesto a cometer o a justificar precisamente actos de regresiva maldad.

Mann se destierra, pierde la nacionalidad, se separa de sus conciudadanos y se pronuncia en la radio con un enérgico acento panfletario, tan lejos de la demorada prosa por la que le habían concedido el Nobel.

Entre cinco y ocho minutos en las ondas le bastan para arengar a sus compatriotas. Al principio, Mann envía el texto a Londres por cable y allí será leído por un locutor alemán de la BBC ante el micrófono. Después se cambiará el sistema.

Mann grita y dice lo que tiene que decir en el Recording Department de la NBC de Los Ángeles, lugar en donde se impresiona un disco que se remite por avión a Nueva York.

Su contenido se transmite luego por teléfono a Londres, capital en la que se registra en otro disco para ser emitido ante el micrófono.

Como vemos, todo un alarde de modernidad técnica al servicio de la democracia. Como vemos, una red social de combate por la verdad, por los derechos, por la cultura, por el discernimiento.

Nada de eso ha perdido valor.

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Fotografías: Heinrich Hoffmann.

Doña Cayetana Álvarez de Toledo

Uno. En España estamos en campaña electoral. Lo digo por si alguien cree que aún no hemos empezado. Llevamos tantos meses de confrontación y malas palabras que uno puede pensar que hace mucho que comenzó.

O, por el contrario, puede pensar que estamos todavía en la antesala. Pues no. Estamos en campaña. Y éste es el momento que algunas personas faltonas aprovechan para expresarse con furia y ruido.

No vi el debate televisivo celebrado la noche del 16 de abril en RTVE. Era una liza entre los distintos partidos, entre los representantes de los diferentes partidos. Los de segunda. Los grandes varones se reservan para mejores ocasiones.

Mientras se desarrollaba el debate, yo estaba a otra cosa, lo admito. Estaba entreteniéndome con un capítulo de la serie The Man in the High Castle. Una distopía inquietante basada en una novela de Philip K. Dick.

No digo esto con arrogancia ni con suficiencia. Lo digo porque mi siquiera me había enterado de que el debate se iba a celebrar. Estoy en las nubes.

Cuando, al día siguiente, ya el 17, tuve la oportunidad de ver algunos instantes o momentos de la discusión, quedé debidamente impresionado.

Quedé estupefacto por el tono y las maneras de Cayetana Álvarez de Toledo, la candidata al Congreso de los Diputados del Partido Popular por Barcelona. O no tan estupefacto. Bien mirado, no había nada nuevo en su comportamiento.

Hasta hace poco, yo desconocía quién era esta señora. Entono, pues, el mea culpa. Ignorar a una ‘celebrity’ aristocrática, marquesa o así, me hace más plebeyo. Como más ordinario, ¿no?

La señora Álvarez de Toledo es, ademas, colega mía. Es historiadora, es graduada, es doctora. Eso sí: es políglota, goza de tres nacionalidades y, para colmo, es amiga de Arcadi Espada, virtudes o logros que la engalanan.

Yo también lo fui: digo que hace quince años fui amigo circunstancial de Espada… hasta que dejamos de serlo. Se volvió amigo de Jiménez Losantos y perdió la chaveta, víctima del pujolismo.

O sea, que a doña Cayetana y a mí nos unen muchas cosas. ¿Quién me lo iba a decir? Pero yo lo ignoraba todo de ella.

A la señora Álvarez de Toledo la descubrí hace un par de Navidades, justo cuando tuvo su momento de gloria. Lo recordarán: era con motivo de un tweet lunático en el que condenaba a la alcaldesa de Madrid.

”No te lo perdonaré, jamás, Manuela Carmena”. Su enunciando era así o algo así. No sé: en todo caso era algo relacionado con la cabalgata de Reyes Magos.

¿Los Reyes Magos no eran los padres? En fin, perdonen este spoiler. Vuelvo…

Vuelvo a doña Cayetana. Si no me equivoco, además de sus títulos nobiliarios y académicos, la señora Álvarez de Toledo se vale de otros oficios viles y mecánicos para tener un buen pasar: es periodista o al menos ejerce de tal en algún medio de comunicación.

Si no yerro, entrevista a personajes de postín para ‘El Mundo‘. Algunas de esas entrevistas las he leído y en efecto pude confirmar en ella, en su escritura, un cierto tono soberbio, entre altanero y suficiente.

Me refiero, claro, a la entrevistadora. Se arrogaba un protagonismo que no le correspondía y además asentía, subrayaba, corroboraba o matizaba lo que el interlocutor se atrevía a afirmar en su presencia. Punto y aparte.

Dos. Ya sabemos que a nadie hay que juzgarlo por su físico, por su cuerpo, por su indumentaria. Hemos de acarrear con un esqueleto y sus rellenos, y esto es lo que hay. Arremeter contra el organismo de un ser vivo está feo.

Pero, al observar a doña Cayetana Álvarez de Toledo, incurro en conducta punible: me abandono al tópico. A cierta edad, ya lo sabemos, uno es responsable de la cara que tiene. Y eso me digo al contemplar su afilado rostro.

Por eso admito que el físico y la cara de doña Cayetana me sorprenden y hasta me incomodan. Lamento decirlo y sé que se me afeará este juicio, pero no puedo dejar de confesar mi estricto desagrado o hasta mi repugnancia.

Su físico, que sufre desproporciones evidentes y una delgadez preocupante, parece aquejado o arruinado por el envaramiento. Muy tieso.Y su cara es un rictus permanente, pues apenas esboza alguna sonrisa. Como mucho, en un renuncio, podremos descubrirle un mohín de sarcasmo.

Toda ella, toda Cayetana, aparece nimbada por un aura de crispación, por una irritación inespecífica. Por una mala leche, que diría el castizo.

Nos mira con condescendencia. ¿Con altura de miras? No, nos mira desde la altura, que es distinto. Está soberbia cuando así nos escruta, al modo en que una marquesa de antaño podía mirar a los plebeyos.

Es una réplica de don José María Aznar, el Aznar que odia las cobardías y el entreguismo, ese Aznar dispuesto a todo. Me explico para acabar…

En El abuso del mal (2006), el filósofo norteamericano Richard J. Bernstein analizaba la deriva de la derecha norteamericana de las últimas décadas.

En concreto examinaba la radicalización de la política institucional, una política tradicionalmente moderada que ahora se vería afectada por una nueva religiosidad, por una nueva espectacularidad y por una patología.

¿A qué patología me refiero? A la del liderazgo enfático y escénico, basado en principios maniqueos, de ríspido moralismo, encarnado por una coalición de populismo blanco con magnates wasp.

El liderazgo enfático es una idea interesante que parece moderna o recientísima. Bien mirado, lo del hiperliderazgo podemos remontarlo a otros tiempos igualmente sombríos.

Con esa fórmula, Bernstein hacía referencia a la exaltación de las dotes de mando, al gobierno desacomplejado, a la incorrección política de las derechas ultras y credencialistas, hartas al parecer de años de contención, de igualdad y de derechos, de discriminaciones positivas y políticas de identidad.

Han pasado trece años de esa temprana y perspicaz radiografía. El grave defecto que en sus páginas diagnosticaba Bernstein se ha extendido y universalizado.

La aristocracia española está atenta. Los plebeyos estamos a cubierto.

La propaganda. Manual de supervivencia comunicativa

¿Qué es la propaganda? En primer lugar aclaremos algo obvio, pero que conviene recordar. Éstas son lecciones muy básicas por las que pido disculpas.

Primero. Deberíamos distinguir entre publicidad y propaganda. La publicidad es siempre mensaje comercial, un aviso mercantil.

Es un texto, es una imagen y es un reclamo que se utilizan para vender un producto, para difundir un género.

La propaganda está pensada también para difundir: propiamente para propagar. En origen, la voz propaganda tiene un sentido religioso católico: una congregación para la propagación de la fe.

La propaganda implica carencia y creencia: un vacío se rellena con la fe y la convicción.

Andando el tiempo y sobre todo en el siglo XX, propaganda se asocia a lo político, al género político que, como una mercancía más, habría que difundir.

Por tanto, en sentido actual aquello que se difunde mediante la propaganda es un mensaje político.

Y el mensaje (como el aviso comercial) sirve básicamente:

—para convencer con verdades, con medias verdades o con falsedades;

—para convencer por fuerza visual, gestual o verbal de una representación;

—para convencer a la fuerza, con miedos o intimidaciones;

—para convencer con sutileza o con artificios e incluso con malas artes, nombrando deseos, identificando enemigos, etcétera.

La propaganda está concebida para persuadir, no para razonar o provocar la reflexión. Está concebida para entretener a unas audiencias, a unas masas.

Esas multitudes están deseosas de recibir mensajes que en forma de eslóganes o consignas confirmen sus ideas preconcebidas, sus prejuicios, sus estereotipos. Además se saben acompañadas.

Una campaña eficaz de propaganda convence a las masas de que un ideario, un plan o un proyecto han de aprobarse sin más, sin resistencia, sin oposición, porque supuestamente esas metas se imponen por sí solas.

La propaganda persuade a una audiencia de que la idea, la decisión, la cosmovisión y la concepción políticas que se defienden son no sólo necesarias, sino también deseables, beneficiosas para las propias masas, multitudes o muchedumbres a las que se dirige el mensaje.

La idea de propaganda es siempre la de una representación en parte real y en parte ficticia de cosas y sentimientos (deseos, expectativas o miedos) que experimentamos y nos interesan.

O de cosas y sentimientos que no nos concernían y de cosas y sentimientos que no nos interesaban, pero que finalmente nos preocupan.

La propaganda, la propaganda política necesita, por supuesto, de medios de comunicación que difundan esos mensajes.

Pero necesita, además, de medios de comunicación que transmitan no sólo la literalidad de un mensaje (que se entienda), sino también el significado concreto con el que hay que interpretar mensaje.

En la propaganda política no se le pide al oyente al espectador o al destinatario que reflexione, que analice, que realice estudios, que examine los contenidos y programas y los posibles efectos del mensaje.

En realidad, en la propaganda política lo que se persigue es provocar un efecto sin reflexión ceñuda o sesuda, una consecuencia que es a la vez anuencia, refuerzo.

No se trata de descubrir qué es lo que se nos quiere decir, sino de captar a la primera y sin mayor cogitación o averiguación aquello que se nos quiere transmitir y aquello con lo que se nos quiere convencer.

La meta de la propaganda es llegar al mayor número posible de destinatarios, economizando recursos y ahormando voluntades.

Es tratar de manera desigual al diferente y es tratar de manera igualitaria a los distintos. Ambas metas no están reñidas.

Es distinguir individuos a los que singularmente dirigirse para después armonizar, unificar tipos diversos, convertidos ahora en públicos homogéneos a partir de ideas o voces simples, esquemáticas, ideas o voces que explicarían el orden, el desorden del mundo, el pasado, el presente y el porvenir.

O, en otros términos, el significado que el público ha de interpretar y el sentido de la realidad que la multitud ha aplicar.

Hasta cierto punto podríamos decir que la propaganda es algo así como un narcótico, un tóxico que bien administrado aturde, pues deja sin defensas a quien escucha.

Sin embargo los destinatarios no están inermes, o al menos no están completamente inermes ante la propaganda, pues cada uno de nosotros puede rechazar, admitir, convenir o mostrarse indiferente ante los mensajes que nos llegan.

Tenemos una cultura propia, tenemos una sociabilidad propia, tenemos unas defensas propias que no se pierden ni se debilitan siempre y en todo momento. Ahora bien, la insistencia rebaja nuestras defensas.

La propaganda no es, por fuerza, una falsedad o un repertorio de falsedades. Los propagandistas informan. De aquella manera, pero informan…

Los sistemas políticos, los partidos, los regímenes necesitan de la propaganda precisamente para poder transmitir ideas comunes, para poder persuadir a un número ingente de personas diferentes, haciéndolas creer y haciéndolas ver que en efecto son copartícipes de esos idearios compartidos.

La propaganda política se basa en una evidencia: hay abundantísima información acerca del mundo y de lo que pasa, y hay medios de comunicación que la trasmiten.

En principio tantas noticias, noticias tan abundantes, provocan caos cognitivo, desconcierto y desazón entre los destinatarios.

Éstos, los destinatarios, aceptamos básicamente los mensajes y los mecanismos de la propaganda porque los propagandistas nos ahorran esfuerzos a la hora de calcular, sopesar, evaluar y corroborar la verdad y calidad de la información. O la veracidad de los programas.

Permanezcamos atentos.

The Beatles. La cara y el espejo

Uno. De esto hace ya unos años, pero lo recupero ahora por azar. Algo me lo ha recordado…

Me entero por mi señor hijo –decía yo en 2014– de que hay una carátula de un disco de The Beatles realmente bizarra. ¿Es un fake?

La información procede del blog Strambotic, del diario Público, en concreto nos la proporciona Iñaki Berazaluce.

Como portada falsa o verdadera nos deja mal cuerpo. Muy mal cuerpo. ¿Era preciso cometer tamaña tropelía?

El artista que los pintó no lo hizo de cualquier manera. Se esforzó, se esmeró y sobre todo esperó sacarlos favorecidos. ¿Que cómo lo sé?

Por el manierismo de la pincelada, por el cuidado en reproducir todos los detalles. Vamos a imaginarlos posando (que ya sé que no fue así).

Tres de los cuatro sonríen. Es decir, parecen contentarse con el retrato que les están sacando. Como si quisieran acercarse a la cultura asiática que los acoge.

El cuarto Beatle, John, parece desconcertado. Se le ve incómodo. Mira con sus ojos rasgados sin manifestar expresión alguna.

Esos ojos rasgados me recuerdan el maquillaje que se les ponía a los actores occidentales cuando debían encarnar a un oriental: Fu Manchu, por ejemplo. A Christopher Lee debían cargarle los párpados superiores para tener un rostro verosímilmente chino.

Ay, señor, que hazaña del maquillaje o del trucaje. Qué habilidad pintora y qué ideas tan nocivas, tan bizarras.

Dos. Si quieres acercar un grupo, un cantante, una banda a su público, incluso a su nuevo público, no debes forzar la empatía hasta esos extremos.

Si quieres que tus audiencias se incrementen, no debes mimetizarte, como aquel personaje de Woody Allen, cuyo aspecto físico se adaptaba a los rasgos de su interlocutor.

El público pide tu originalidad, tu particuaridad. Los oyentes, los seguidores, esperan hallar al artista que ellos cercana o lejanamente conocían.

Si les obligas a ser como tú, entonces pierden lozanía y se convierten en una expresión monstruosa de tus apetencias.

Hay públicos que quieren transformar a los cantantes hasta hacer de ellos un reflejo de sí mismos.

Cuando eso ocurre, la banda da miedo y asco. Como digo, tres de ellos sonríen y el cuarto parece mostrar su incomodidad.

Que no nos pase.

Pasó.