Una historia de espías

Justo Serna
Cartelera Turia, núm. 2943, 26 de junio-2 de julio de 2020

¿Y quién soy yo para juzgar el comportamiento de la gente en situaciones extremas o en circunstancias ordinarias?

¿Y quiénes somos nosotros, cómodamente instalados en la Valencia de 2020, para enjuiciar lo que hicieron o dejaron de hacer los ciudadanos de la República Democrática Alemana?

Entre 1978 y 1992, un joven británico, Timothy Garton Ash, permanece en Berlín Occidental y en Berlín Oriental. Tiene el propósito de realizar una tesis sobre la resistencia alemana al nazismo.

Él es un recién licenciado en Historia y aspira a doctorarse. Va avalado por Tim Mason, uno de los más reconocidos historiadores marxistas británicos.

Durante su estancia alemana, Timothy contará con el auxilio de numerosas personas. ¿Qué hace allí exactamente?

Espera, ya digo, completar sus estudios tanto en la República Federal de Alemania (RFA) como en la República Democrática Alemana (RDA).

Cuando acude a Berlín está a punto de comenzar el principio del fin, el principio del fin de la Guerra Fría. Polonia ya tiembla…

Y Alemania, la Alemania dividida, es símbolo material e inmaterial de esa contienda ideológica y geoestratética, potencialmente nuclear.

En Berlín oriental, Tim Garton Ash tendrá numerosos contactos con personas rectas y afables, con tipos corrientes y con sujetos sobresalientes.

Son individuos que viven en un Estado dictatorial y que a la vez desempeñan sus respectivos trabajos con eficiencia y con puntualidad prusianas.

Ash tiene la oportunidad de residir en una ciudad y en un espacio atravesado por las sospechas, las tensiones. Repito: estamos a comienzos de los años ochenta y el mundo parece ir a la deriva.

Es el signo de los tiempos. En breve, los misiles de crucero norteamericanos y soviéticos amenazarán la paz mundial y sobre todo amenazarán la existencia misma del planeta.

Tim Garton Ash es un oxoniense, un inglés nacido libre, como dicta y dice la tradición, y padece las restricciones de sus hospitalarios amigos alemanes.

Vive en un mundo de suspicacias y de espionaje. Ash supone, y supone bien, que la Stasi, el Ministerio de seguridad y el Servicio de Inteligencia de la RDA, lo vigila.

Sus numerosos oficiales desplegados no pueden dejar de controlar los movimientos de quienes ingresan en el país y, en este caso, de quien ya por entonces es periodista e historiador.

Cuando caiga el Muro de Berlín y se reunifique Alemania, las nuevas autoridades decretarán la apertura de archivos, de los archivos de seguridad de la Stasi.

Con ello, las personas que se sabían vigiladas o que incluso habían colaborado vigilando (de modo informal) a sus vecinos y compatriotas podrán acceder a los expedientes. Little brother is watching you.

Se formará una Junta que regulará el acceso a la información estableciendo, de paso, los límites. Aun así, es una circunstancia excepcional.

El caudal de información es enorme y, de paso, se descubrirán o se corroborarán las formas de operar de la Stasi.

Será a comienzos de los noventa del pasado siglo cuando Tim Garton Ash regrese a Berlín y consulte documentación. ¿Qué documentación?

Principalmente, el grueso expediente que la Stasi había formado con las informaciones que sus amigos, vecinos y conocidos alemanes habían reunido en los ochenta.

Consultará los datos que de él se habían acopiado. Ash tratará de entrevistarse con algunas de esas personas que fueron amigas o próximas y que lo habían espiado.

Querrá saber, querrá averiguar motivaciones, impresiones; leerá sus versiones, contrastándolas con las entradas de su propio diario, el dietario que el inglés lleva en los ochenta.

Verá coincidencias y contradicciones. No sólo entre lo que él mismo decía y lo que sus espías decían de él. Verá la quiebra o la inestabilidad de las identidades. El yo no es fijo, la identidad muda, la autopercepción cambia.

Esta historia apasionante podemos leerla en un volumen que apareció hace un año. No es una novedad, pero ya es un clásico.

El libro se titula El expediente, lo publica Barlin Libros, que dirige aquí en Valencia con mucho gusto y buen olfato Alberto Haller.

Es una construcción sabia del periodista e historiador Tim Garton Ash.

Es una filigrana de documentos y experimentos del yo, una recreación de quien el autor quiso o creyó ser y el tipo que es cuando acomete la redacción de El expediente, ya en los noventa.

Al leerlo, el libro me ha cambiado. He tenido la suerte de descubrirlo recientemente.

Me ha hecho preguntarme sobre el yo, sobre la historia, sobre la identidad, sobre Alemania, sobre la vida, sobre el control, sobre la vigilancia, sobre la dictadura, sobre el marxismo, sobre el Estado, sobre la solidaridad, sobre la condición humana.

Es una microhistoria de la que uno aprende muchas cosas, una microhistoria que arroja luz sobre el mundo. Sobre la especie humana.

Yo aún cavilo.

Me hago cruces.

Regalo de cumpleaños. Premio Especial Turia a la Mejor Contribución Cultural

Me acaban de comunicar que he recibido el Premio Especial Turia a la Mejor Contribución Cultural, correspondiente a los XXIX Premis Turia (2020), que concede la Cartelera homónima.

Qué alegría.

No me lo esperaba. Me sorprende. Y agradezco mucho, por supuesto, este reconocimiento.

Cumplo años ahora, justamente, y este premio me lo tomo como un imprevisto regalo de aniversario.

En mi despertar cinematográfico, cuando yo era adolescente, Cartelera Turia fue uno de mis principales referentes. Años atrás lo dije y lo conté en una columna de El País.

Con Cartelera Turia me hice una cultura y fue la vía para ampliar horizontes, más allá del Camino de Tránsitos y más allá de la Provincia… Una bendición para un jovencito.

De mayor, yo quería escribir para dicha publicación.

Gracias a Vicente Vergara, aquel sueño adolescente se cumplió: desde hace un lustro o así escribo columnas para una sección que se titula Me quito el sombrero.

Y, encima, ahora va y me premian. El colmo.

Hace unos pocos años esta publicación, Cartelera Turia, concedió el mismo premio al Vicerrectorado de Cultura de la Universitat de Valencia. Y a otros ilustres representantes que bien se merecen este galardón.

Imaginen mi sorpresa.

Lo digo por la altura. Lo digo por el prestigio de estos premios. Y lo digo por la nómina de los galardonados este mismo año. Entre ellos, Fernando Lara, Mariano Barroso, etcétera.

Ustedes me perdonarán, me perdonarán el contento.

Y, a la vez, sin retórica alguna me pregunto cuáles son mis merecimientos.
—-

https://elpais.com/ccaa/2014/02/18/valencia/1392750786_883898.html

68. Lo que queda de Mayo

Entre los meses de mayo y junio de 1968, una protesta estudiantil conmocionó las estructuras de la República francesa.

Lo que en principio parecía una chiquillada sin mayor trascendencia se convirtió en una revuelta de mucha repercusión.

Tanta repercusión tuvieron esos acontecimientos que de manera ritual y decenal volvemos a preguntarnos qué fue aquello, qué incidencias inmediatas tuvo y qué consecuencias provocó.

¿Acaso aún vivimos bajo sus efectos? Lo de París fue un hecho local, pero a la vez universal: inmediatamente se convirtió en un espectáculo mundial, en simbiosis con revueltas y altercados de otras capitales.

Quizá ese mundo de la posguerra, aún rígido, necesitaba sacudirse los frenos morales y políticos de una tensión inacabable que obligaba a fijar las posiciones sin indisciplina: la propia Guerra Fría.

Pero Francia es en este aspecto muy especial. Desde 1789, desde 1830, desde 1848, desde 1871, etcétera, París sufre convulsiones que asombran a vecinos y foráneos.

Asombran a quienes las protagonizan con alborozo y a quienes las observan con admiración, incredulidad o rechazo.

Pero volvamos al 68. Lo que de entrada son unos estudiantes universitarios y bachilleres bien nutridos y levantiscos se convierten en unas masas urbanas hostiles y festivas.

Se cultiva, sí, en la capital de Francia una tradición de revueltas, de rebeliones, que trastornan periódicamente las calles de París, escenario de bacanales políticas.

Practicarán la violencia, la violencia política, y padecerán la represión contundente y contumaz de la gendarmería, de los cuerpos antidisturbios. Habrá muertos. Pero habrá sobre todo fiesta revolucionaria.

¿Qué es lo que se vive? La satisfacción de estar juntos, de salir juntos, de ocupar alegremente la Sorbona, el Teatro del Odeón, la Escuela de Bellas Artes y otros recintos.

Se unen, se reconocen, se identifican como jóvenes, con esa inmortalidad que aún se disfruta.

Están en París, el mejor escenario posible, el teatro de los acontecimientos, para reivindicar cosas concretas, referidas a la vida académica, y para plantear metas más abstractas y hasta utópicas.

Los jóvenes alborotados ocupan, ya digo, recintos universitarios, salen en manifestación continua.

Se enfrentan a la policía, levantan barricadas y lanzan adoquines. Difunden pasquines, empapelan los muros con afiches, popularizan consignas audaces.

Emplean lenguajes sedicentemente marxistas y anarquistas, hablan con léxicos maoístas y hasta trotskistas, pero sobre todo convierten el desafío en un reto político y hedonista, colectivo e individual.

Con los fotoperiodistas y los cámaras inmortalizando rostros y situaciones, situaciones de regocijo y revolución, de rebeldía e insolencia, el Barrio Latino vivirá su particular kermesse.

En la tradición histórica, por kermesse entendemos una fiesta popular, con algo de celebración barrial, un alboroto y un alborozo del vecindario que se realiza y se consuma para fines prácticos y para exaltación colectiva.

Una kermesse es también un mercado material y un mercadeo de pasiones, de desenfrenos varios, hasta bacanales de placer y de desafío al orden constituido.

Es el desorden, la inversión de los valores; es el fin (temporal) de las normas, de las restricciones, de las reglas de la civilización, de la compostura y de la ‘politesse’.

Se acaban —ahora, ya, de momento— las hipocresías y las cortesías.

Y es la vivencia del carnaval político y mundano, la celebración de la carne e incluso de lo bestial. Abajo el orden, en efecto, y arriba lo reprimido, lo oculto, lo condenado.

Es o se vive como una explosión de lo impulsivo, de lo instintivo, del desenfreno y de la libertad salvaje o natural.

En 1968, París vuelve a ser, en efecto, el escenario de la revolución. París vuelve a ser una fiesta. París no se acaba nunca.

Los hijos del bienestar, que pertenecen a la “Francia que se aburre” (según el diagnóstico previo de un periodista), adoptan formas de guerrilla urbana y, durante unas semanas, se adueñan del espacio público atrayendo el interés de los medios.

Pronto se les unen numerosos obreros en paros e intervenciones de fábricas hasta llegar a una huelga general con millones de seguidores.

El presidente de la República, el General De Gaulle, y su primer ministro, Georges Pompidou, afrontan los hechos con desconcierto, luego con determinación y pronto con sangre fría.

La Francia burguesa y menestral, la Francia propietaria y bienestante, se pondrá a la cabeza de una gran manifestación gaullista en defensa de los valores tradicionales, en defensa de la República.

Todo había empezado en marzo, en Nanterre, una universidad de reciente creación y ubicada en el extarradio junto a la miseria invisible del París más chic.

Una reivindicación inocente, acceder a las salas y a las aulas de las muchachas, y una demanda modesta de libertad sexual desatan las hostilidades.

Se crea un movimiento estudiantil, el Movimiento 22 de Marzo, que encabezará un joven germano-francés (hijo de judíos alemanes emigrados) Daniel Cohn-Bendit.

Ahora bien, los enfrentamientos estudiantiles se inician en los primeros días de mayo, cuando se ordena la clausura de la Universidad de Nanterre (2 de mayo) y las fuerzas del orden interrumpen una asamblea en la Sorbona, en la que se discute la implantación de la selectividad (3 de mayo).

De inmediato empieza una campaña de movilizaciones cuya meta no sólo es derogar el proyecto de reforma educativa, sino también denunciar la hipocresía de la sociedad burguesa.

A lo concreto se une, pues, la reivindicación de un mundo distinto, de una moral abierta o laxa.

A partir del 10 de mayo se levantan barricadas en el Barrio Latino y la Sorbona será tomada por los grupos estudiantiles, haciendo caso omiso de la amnistía prometida por el primer ministro.

El 13 de mayo los sindicatos irán a la huelga general, tomarán las fábricas reclamando un aumento de salarios.

Justo en ese momento, justo entonces, diez millones de trabajadores se suman a la huelga estudiantil como muestra de solidaridad y de comunión de intereses.

El levantamiento de barricadas, las manifestaciones, la ocupación de locales públicos y la guerrilla urbana serán las formas expresivas de ese teatro revolucionario.

La unidad se quiebra cuando afloran las diferencias entre los sindicatos, cada vez más moderados, entre ellos la CGT (comunista), y el movimiento estudiantil, radicalizado y dirigido por grupos de inspiración trostkista y maoísta, como el Movimiento 22 de marzo.

El 30 de mayo De Gaulle anuncia la convocatoria de elecciones generales y la disolución de la Asamblea Nacional.

Finalmente, la policia expulsará a los estudiantes del teatro de Odeón, de la Sorbona y la Escuela de Bellas Artes (el centro de producción de la iconografía izquierdista).

Los gaullistas obtiene un triunfo sin precedentes en las elecciones celebradas en junio, con lo que se pone término a la crisis de mayo. Al menos temporalmente. Se pone fin al vértigo de acontecimientos.

Pese a este fracaso político inmediato, el Mayo francés es y será un aldabonazo, una llamada de atención.

Por esas fechas, el mundo está cambiando, los jóvenes reclaman su espacio, cuestionan con lucidez o con torpeza mayor libertad, nuevos valores, nuevos hedonismos.

Son unos cambios culturales que ya se están dando y que se radicalizarán todavía más con el paso del tiempo.

El radicalismo trastornó aquella sociedad aún pacata, pero una parte de esos valores individualistas y hedonistas serán pronto credo común y nutrientes del mercado y de la publicidad.

En parte, yo mismo soy hijo contradictorio de todo aquello: del puritanismo, de la reserva, de la contención en que fui educado, y del hedonismo ateo al que aún aspiro. Esto no es un Valle de Lágrimas. O eso quiero creer.

Hannah Arendt. Eichmann en Jerusalén

Hace varias décadas, a comienzos de los sesenta, Hannah Arendt publicó un relato que conmovió al mundo entero.

Se oponía a un juicio dominante, se enfrentaba a una opinión mayoritaria, se resistía a dejarse llevar por la evidencias de su propio contexto.

El libro al que me refiero, archiconocido, es Eichmann en Jerusalén.

En aquel volumen, la politóloga norteamericana de origen judío-alemán, narraba los avatares, el proceso y la condena de Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS y uno de los mayores criminales de la historia.

Saltándose la legalidad internacional y el contexto diplomático, un comando israelí capturó a Eichmann.

El antiguo teniente coronel vivía cómodamente instalado en una Argentina en la que había encontrado refugio.

Tras la Guerra Mundial, allí se había cobijado bajo una identidad falsa.

El funcionario alemán sería secuestrado trasladado y juzgado en Jerusalén por los delitos horrorosos que, como responsable de la deportación y muerte de miles de judíos, se le imputaban.

Fue tal la perversidad de los crímenes que quienes le encausaron se obstinaban en presentarlo como un monstruo del mal, sin perfiles, sin vida normal.

Nadie en su sano juicio podía ser capaz de infligir tanto daño; nadie con un mínimo de reparo moral podía ser responsable deliberado del horror que se le atribuía.

Como se sabe, Hannah Arendt se opuso a este criterio: se empeñó en hacer de Eichmann un tipo precisamente normal, alguien que pudo haber optado por el bien en vez de por el mal, un mediocre.

Con la valentía y con la obstinación que la caracterizaron, y enfrentándose a la opinión común, la pensadora celebró el discurrir del proceso, su pulcritud.

Y, más importante aún, Arendt delimitó el estado y consecuencias morales de la culpa que achacar al miembro de las SS.

Eichmann –insistió– no era un degenerado patológico. Había que tomarse en serio sus pretextos, los pretextos del matarife alemán.

Esos pretextos, en vez de irresponsabilizarlo, servían para detallar lo banal de su maldad.

En efecto, Eichmann era un tipo trivial, uno más entre millones, un esforzado ciudadano que no se metía en pendencias particulares.

Era alguien que decía observar respetuosa y virilmente las costumbres y las tradiciones de su país y que se oponía a quienes –a su juicio– las bastardeaban.

Era un amante de su patria, un amigo en quien se podía incluso confiar, un vecino ejemplar, un eficaz, laborioso y modélico funcionario.

El teniente coronel Adolf Eichmann no hacía nada extravagante, ni nada que atentara contra las reglas del contexto, del contexto en el que obraba.

Permítaseme una definición simple y operativa de dicha palabra.

El contexto es el espacio y el tiempo en el ocurren y coinciden ciertas cosas, el lugar y el momento de la acción humana.

La acción tiene límites, está inspirada en valores y en normas reconocibles de la circunstancia histórica.

De hecho no podemos escapar literalmente a nuestros respectivos contextos generales y particulares.

En esos momentos nos relacionamos con otros y, por tanto, nos atenemos a las reglas, a la costumbre.

Si el contexto es jerárquico, nos ceñimos además a las órdenes que nos dictan. Podemos ampararnos en el contexto para no desobedecer.

Podemos apelar al contexto para hacer como los demás, como los restantes. Eso, más o menos, es lo que hizo Eichmann.

De hecho, concluía Arendt, si había sido un eficiente organizador de las caravanas de la muerte, no se debió a ninguna inquina particular. Nada de eso.

No había odio explícito ni ojeriza personal contra los hebreos; no había hostilidad expresa ni, por supuesto, –según se exculpaba Eichmann ante el juez— los había hostigado.

Es más: con alguno de ellos había llegado a tener trato amistoso, incluso cordial.

Hannah Arendt hizo el esfuerzo doloroso y supremo de acercarse a uno de los máximos responsables del Holocausto, a sus pretextos y contexto.

Fue el suyo empeño de intentar entender qué cosas podía haber en el alma –permítaseme una expresión antigua– de quien se empecinó en ser un diligente funcionario de la muerte.

Eichmann fue un ciudadano corriente que simplemente no se interrogó acerca de lo que hacía, del mal que ocasionaba, alguien que no sintió miedo o inquietud o desazón especiales.

¿Por qué razón? Justamente porque con él no había reproche alguno, cargo que imputarle o con que afearle su conducta patriótica.

Fue tan laborioso, obstinado, fehaciente en el cumplimiento de sus funciones letales, de los trabajos que le adjudicaron, que su tarea fue desempeñada con frialdad impersonal.

Con la frialdad personal de quien sabe cuáles son sus obligaciones y no se pregunta por la índole de las mismas.

Con la frialdad de quien no se interroga por sus consecuencias, por el reparto que a él le corresponde y por los efectos que se derivan de su aquiescencia, de su participación o de su silencio.

En las intervenciones públicas que hay hoy en día, en nuestro presente, algunos echamos en falta el análisis del alma del verdugo, de los corruptos, de quienes cometen latrocinio.

No es sólo tarea de psiquiatras o de sociólogos, de psicólogos o de terapeutas.

Necesitamos a una nueva Hannah Arendt que, con tino, con denuedo, con inteligencia y con clarividencia, nos ayude a evaluar su psique y su composición.

Necesitamos a alguien que examine lo que constituye su existencia ordinaria, esos momentos seguramente triviales que también tuvo y en los que se abismaba o en los que era derrotado por el tedio.

A pesar del horror de que es capaz, a ese individuo no podemos tomarlo como una simple fiera o un depredador.

Por ello queremos atribuirle una vida privada, unas zozobras, unas dudas acerca de sí mismo.

Queremos atribuidle tal vez alguna complejidad torturada, tal vez una angustia privada que lo justifique como ser humano.

Queremos pensarlo en contexto, pero no para exculparlo.

Acostumbrados cada uno de nosotros a cargar con culpas reales y fantásticas, queremos pensarlo como Raskólnikov.

Como el Raskólnikov de Crimen y castigo, de un Raskólnikov dañino, tóxico, destructivo, peligroso, muy peligroso, pero Raskólnikov al fin.

Pensamos, en efecto, en el alma torturada del homicida de Crimen y castigo y queremos concebir al verdugo o el corrupto de nuestro tiempo como una fiera con perfiles.

Una fiera con perfiles, con apetitos personales, con odios personales, con cargas personales, con algún remordimiento, con alguna vida ajena que sostener.

¿Se oponen alguna vez a las evidencias incontrovertibles del contexto en el que están.

Si son como Raskólnikov, hay esperanza, nos decimos. ¿Pero y si, por el contrario, se parecen más a aquel personaje de Joseph Conrad, a aquel dinamitero sin escrúpulos de ‘El agente secreto’ que decía desentenderse de cualquier sentimiento?

“Él me miró muy fijamente. Pero yo no. ¿Por qué tendría que dedicarle más que una ojeada? Él estaba pensando en muchas cosas… sus superiores, su reputación, los tribunales, su sueldo, los diarios… un centenar de cosas. Pero yo sólo pensaba en mi perfecto detonador”.

¿Cuáles son las pequeñas cosas en las que piensa nuestro verdugo de hoy y de siempre, o nuestro corrupto empeñoso? ¿A quiénes se parecen, a Raskólnikov o al dinamitero de Conrad?

Necesitamos a una Hannah Arendt que nos ayude a entender esa psique de maldad indescifrable o de cinismo atroz.

Adolf Eichmann nació en 1906 y murió en 1962, después de haber sido juzgado por el tribunal israelí y condenado a muerte en la horca por crímenes cometidos contra la humanidad.

Eichmann fue un funcionario nazi ejemplar: ingresó en el partido nacionalsocialista cuando Hitler subió al poder y alcanzó el grado de coronel de las SS.

Desde 1938 estuvo al frente de una oficina especial que tenía por objeto estudiar cómo llevar a cabo la supresión de los judíos en las zonas de ocupación nazi.

Desde 1940 se encargará de dirigir el departamento de seguridad del Reich, justamente el que debía aplicar la política de Solución Final.

En razón de ello preparó la deportación e instalación de judíos en campos de concentración.

Durante el proceso que se le siguió en Jerusalén, Hannah Arendt informó con detalle del curso de las sesiones.

Informó de las deposiciones y parlamentos de los comparecientes, pero sobre todo insistió en mostrar a un personaje ordinario, capaz de cometer el mayor mal sin experimentar quebranto o dolor moral.

Fue eficaz servidor de órdenes superiores cuya decisión a él no correspondía y cuyos secretos y significados no estaba en disposición de discernir.

Actuaba en contexto. Él se creía resorte, instrumento, eficacísimo, eso sí, pero medio, al fin.

El mal –insistía Arendt en su informe– no es necesariamente una empresa diabólica, no es tarea de seres deformes.

No es ni siquiera actividad que sólo puedan desempeñar monstruos como a los que nos han acostumbrado ciertos relatos de terror, añadiríamos nosotros.

El mal es ordinario y no requiere un diseño maligno o una justificación para materializarse.

Sólo precisa algo de rencor, de hostilidad, de razones y de relajación o quiebra moral.

Pero el mal no lo da el contexto necesariamente: es preciso que se tome la iniciativa de hacerlo o que se torne la decisión de no impedirlo.

Adolf Eichmann: exactamente, alguien que se sacude la responsabilidad de tomar decisiones, alguien que siempre está dispuesto a imputar sus fracasos o sus crímenes a los demás, al mundo entero.

Como subrayó Pascal Bruckner, hay en nosotros siempre la tentación de la inocencia, la protesta quejica ante lo que la vida nos inflige, la puerilidad y las lamentaciones.

“La eterna propensión del hombre libre a la dimisión, a la mala fe puede ser contrarrestada o frenada”, añade Bruckner, “pero nunca del todo sofocada”.

Está bien el diagnóstico, pero es errónea la gran consecuencia que este filósofo apresuradamente extrae.

No basta con quitarse de encima la responsabilidad.

No basta con exculparse por ignorancia o por amor.

No basta con apelar a la obediencia debida o al contexto. No basta con hacerse el muerto.

Los individuos somos responsables de nuestros actos, al menos en el sentido de dar la cara, de afrontar los efectos de lo hecho o de lo que pudiendo haber hecho no hicimos.

Isabel Díaz Ayuso. Menudo atasco (2019)

Esto decía yo hace un año de doña Isabel Díaz Ayuso. Si me hacen la caridad de leer este post, por favor háganlo hasta el final.

Tiene truco…

Mi amiga Ana Serrano se lamenta de que una persona así vaya a alcanzar la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Me refiero, claro, a Isabel Díaz Ayuso.

No le ve mérito alguno al menos si la comparamos con Ángel Gabilondo, un señor reflexivo, prudente, moderado y con capacidades intelectuales bien acreditadas.

Fotografía: Europa Press

Ana no le ve mérito alguno, pues sería una persona sin cualidades reconocidas, reconocidas para desempeñar dicho empleo.

Ser catedrático no significa ser buen político necesariamente. Ya sabemos aquello que decía Max Weber cuando hablaba de la ciencia y la política: ambas como vocación y como profesión, ambas regidas por éticas muy distintas.

Pero lo que hace preferible a Ángel Gabilondo no es que sea catedrático, sino su raciocinio y mesura.

Punto y aparte.

En el transcurso de la noche electoral, una amiga me dijo algo parecido a lo revelado por Ana Serrano. Me dijo, además, que sorprendentemente Isabel Díaz Ayuso era abogada del Estado.

Vamos, que había superado dicha oposición. Increíble. Todo esto es así si escuché o entendí bien a mi amiga, que tengo el oído duro.

Hemos de suponer, concluía yo en nuestra animada o desanimada conversación, que alguien con esos títulos y méritos (abogacía del Estado) no puede ser tan zote.

No puede ser tan zote como es o aparenta ser, concluía yo, pensando quizá que mi sectarismo culpable (siempre culpable) no me había hecho ver lo que de verdad es Isabel Díaz Ayuso. No sé.

Y, sin embargo, las desafortunadas declaraciones que le hemos escuchado a esta candidata durante la campaña, retadoras y con su punto de estupidez, prueban lo contrario. Insisto: declaraciones retadoras y con su punto de estupidez.

¿A qué me refiero? Pues a que no puedo dejar de ver lo que es palpable. Isabel Díaz Ayuso no parece tener freno ni muchas luces. Me temo que es un ser tirando a zoquete. Me temo que quizá yo no anduviera tan desencaminado y no me nublara mi posible sectarismo.

Punto y aparte.

He querido comprobar los datos biográficos, su currículum, para compararlo con el nivel intelectual que demuestra cuando interviene en los medios.

He podido hacer algunas averiguaciones (al alcance de cualquiera, por otra parte) y mi primera reacción ha sido la de estupor.

Isabel Díaz Ayuso no es abogada. Menos aún, abogada del Estado. Mi amiga y yo estábamos equivocados. O yo solo, si oí mal.

Díaz Ayuso se licenció en Ciencias de la Información en la Universidad Complutense y de ella es doctoranda, añade el currículum oficial.

Doctoranda, doctoranda… Cuando en un currículum se dice que uno es doctorando y ese grado, que no lo es, permanece durante años, eso significa que no hay ni probablemente habrá doctorado. Se atasca, vaya.

Creo que hay otro doctorando inverosímil: Albert Rivera. No sé si ya ha retirado de su vida académica ese espantoso y originario gerundio.

Es como si me matriculo en primero de sociología o de antropología o de latines y digo que tengo estudios de esas carreras. Lo siento, pero no. No tengo estudios. Volvamos al currículum.

Tras graduarse, Isabel Díaz Ayuso estuvo ejerciendo determinados puestos en los gabinetes de Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes. Había ingresado en 2005 en el Partido Popular, justo cuando Pablo Casado ejercía la secretaría general de Nuevas Generaciones.

Su vida laboral se reduce a eso. Es decir, es un producto del partido, es un producto de la ‘fontanería’ del partido.

Es, pues, una gestora de puestos intermedios finalmente premiada con la candidatura a la Comunidad. Gestión de desechos… Si Dios y una hecatombe y un cataclismo no lo remedian, Isabel Díaz Ayuso será la presidenta.

En menudo atasco se van a meter los madrileños.

No me culpen

“El muchacho, pronto trastornado, tuvo un infancia sin amor y con graves carencias emocionales”, puede leerse en el folio primero del expediente.

Ya había alcanzado los 38 años cuando se conoció la tragedia. Con esa edad había dejado de ser joven, pues.

Cuando lo consulté, el expediente quiero decir, tuve que pedir autorización a la superioridad. Las fuentes muy raramente salen del depósito y siempre bajo la supervisión del Custodio Mayor.

Con permiso especial del Sr. Director se procede a fotocopiar, escanear o fotografiar escasísima documentación. Eso sí: sin que papelotes o retratos puedan ser retirados del Centro.

Lo primero que me llamó la atención de aquel historial no fue el grueso fajo de celulosa que formaba el legajo. Lo que sorprendía era la sucesión de imágenes, postales, retratos y viñetas que contenía el atadijo.

Conté hasta trescientas fotografías de vírgenes, de cantantes, de celebridades y, cómo no, del muchacho mismo con distintas edades y variadas fisonomías. Siempre con ese rostro aniñado.

Me detuve de entrada en un retrato policial que le habían hecho a los treinta y tantos. Es decir, hacia 1988. Quedé fuertemente impresionado.

Tenía perilla de villano, rostro malencarado, alguna entrada, un pelo entrecano mal cortado y poco favorecedor y un pendiente en su oreja derecha.

El cabello ralo se le veía sucio, yo diría que aceitoso y la impresión general era de poca higiene. Bien es verdad que no hay foto policial en que alguien salga favorecido.

Lo normal es tener un aspecto de facineroso o de broncas apenas contenido.

Tengo experiencia viendo retratos y puedo decir que frente a lo que pudiera pensarse la policía nos saca cara de arrogantes, no de modosos.

El muchacho aún se mantenía delgado en dicha instantánea. Eso sí: con mucha dificultad, pues según pude leer en un informe del endocrino que lo trató tenía tendencia a la obesidad.

Claro que las dietas que regularmente seguía no ayudaban. Según había confesado al médico que lo diagnosticó en el Centro durante su primera estancia por orden judicial, le gustaban el tocino, los garbanzos, la panceta rancia, los callos madrileños y, atención, los caracoles moros y el yogur de fresa.

Como anotó el doctor en sus papeles, “no consigo comprender qué tienen en común esos alimentos. Me los ha enumerado en este orden”.

Todo es raro visto de cerca, todo se nos antoja una incongruencia si no vemos inmediatamente su vecindad, su razón de ser.

En un informe policial fechado cuando tenía veintisiete años, el joven había declarado que le gustaban Pablo Abraira, Bruce Springsteen, Lou Reed, la Velvet Underground y Bob Dylan.

¿Quién puede entender eso? ¿Y por qué había revelado sus gustos musicales a los custodios? Tal vez, esa confesión tenía que ver con los atracos que por entonces cometía en comandita.

Él capitaneaba una banda de maleantes que se había especializado en radiocasetes y tiendas de discos. Hoy resulta chocante algo así, pero a finales de los setenta proliferaban esos aparatos y dichos comercios.

La foto que pude examinar más tarde, correspondiente a 1982, es muy distinta a la primera y más antigua que he descrito.

El muchacho lleva el pelo largo con ondas, con semblante desfasado de rumbero. O mejor: tal vez con un aspecto general parecido al de Camilo Sesto o al de Las Grecas.

En dicho retrato no da impresión de suciedad, sino de atildamiento: una camisa de seda o de raso con hombreras, entalladísima y abierta hasta el cuarto botón, pantalones de tergal ceñidos, marcando paquete y luego acampanados.

Los zapatos, con preceptiva plataforma, apenas se le ven ocultos por los largos camales. En la instantánea está resultón y hasta atractivo, aunque se le aprecia un aura anacrónica, fuera de tiempo.

Anestesiados y prácticamente envenenados los inhumó en un bancal urbanizable de Torre En Conill. Para eso excavó un agujero de cuatro metros de profundidad.

Nadie que contemple ese retrato puede imaginar o adivinar que acababa de enterrar a sus padres. Literalmente. Los enterró en vida, con vida, quiero decir.

Allí los echó tras haberlos llevado en su Renaul 5 Turbo, una joya de la automoción. No he conseguido averiguar cómo se había hecho con ese bólido.

Cuando años después, en 1989, unos operarios de la Urbanización tropezaron con los cuerpos, pudo hallarse también un tesoro, un tesoro bien dispuesto dentro de una caja de plástico.

El Sr. Juez ordenó la exhumación de los restos, rescatándose igualmente el conjunto de pertenencias que el muchacho había depositado junto a sus padres.

¿A qué me refiero? Enumero esas pertenencias:

-varias cintas de cassette (entre ellas, una de Camilo Sesto y otra de Pablo Abraira);

-una bolsa con distintas figuritas del Belén;

-una copia en VHS de la película ‘From Here to Eternity’;

-un saquito con pólvora humedecida y balines;

-y un fajo de dinero por valor de trescientas mil pesetas en billetes de mil.

Había además dos papeles manuscritos desleídos, prácticamente ilegibles. Uno era una carta de despedida con el reconocimiento de su crimen. El otro papel contenía la letra de una canción.

Por razones que se ignoran, la justicia nunca reveló, en la fase del sumario o después, el título y el autor de dicha canción. Y éste es sólo uno de los asuntos capitales que aún quedan por conocerse.

Al muchacho se le perdió la pista tras el descubrimiento de la fosa. Cierta prensa y algunas autoridades especularon muchísimo sobre las causas del crimen, sobre la maldad humana, sobre el desecho de la juventud perdida.

Yo, sin embargo, quise pensar a la contra suponiendo unos afectos desbordados, unas pasiones apenas controladas, un amor no correspondido.

Sí, ya sé que todo esto suena melodramático, pero es que vivimos así… Algo de amor había, sin duda, en este crimen ritual. Nadie me creyó, pero así lo sostuve en la crónica que publiqué en la revista ‘Pronto’. Lo titulé: ‘Pólvora mojada’.

Aquí mismo adjunto una fotocopia por si alguien quiere informarse. Lo escribí con erudición tras muchas indagaciones.

Creo que de todas las que he publicado es la pieza periodística de la que estoy más satisfecho. Ustedes pueden corroborarlo cuando la lean.

Por favor, no me culpen.

Lindo. La novela del padre

Las preguntas de la infancia son las que perduran, las que no podemos desechar.

Pasa el tiempo, pasan los años lentos de la adolescencia y, sin embargo, ahí siguen con toda su latencia. Con todo su estupor.

Nos fijamos en nuestros progenitores y, cómo no, advertimos en esas personas algo que es nuestro, algo que no lo es o no queremos que lo sea, algo que nos resulta extraño y hasta vergonzoso.

En el padre, por ejemplo. Detengámonos en él.

Freud lo fijó como la figura de la Ley, el Orden, ese ser que nos arrebata a la madre y el paraíso. Lo estableció y lo definió así en una sociedad que ya no es la nuestra.

Ahora, ese ser está seriamente cuestionado. De ver en él una figura indiscutible y protectora pasamos a descubrir un tipo lastrado y lisiado.

No es el hombrón que creíamos. O, si su estatura permanece, ya no vemos al héroe en quien fijarse o admirar.

Por hache o por be, su figura se achica, se arruina y su cuerpo, que fue desmesurado, que fue un falo temible o envidiable, ahora es, uno más, un fallo irremediable.

Lo van venciendo la edad y sus excesos o, a la postre, una debilidad que resultó congénita y que ahora se convierte en hipocondría mal disimulada o en un malestar crónico.

Advertimos sus incongruencias, sus irracionalidades, esas cosas que dicen, que predican, y que luego no hacen; o al revés: esas metas que se proponían y que incumplen para sorpresa nuestra.

Los adultos son decepcionantes, sí, esos padres nuestros que no están, que nunca estuvieron, a la altura imaginada.

Siempre cabe soñar, incluso, con que hemos sido víctimas de un engaño.

Podemos conjeturar con la convicción de que esos que dicen ser nuestros padres son en realidad unos impostores.

¡Pero si eres clavadito o clavadita a tu papá, pero si tienes su genio o sus manías! Son pruebas palpables de la genética, del linaje.

Es igual. La superchería es perfecta: claro que nos parecemos a esos que dicen ser nuestros progenitores.

Las grandes mentiras y los fraudes perfectos son aquellos hechos con restos de verdades.

¿Y a qué conclusión llegamos? Normalmente aprendemos a vivir con la frustración: la resignada aceptación de que ese padre efectivamente decepcionante por imperfecto es de verdad nuestro padre.

Es duro admitirlo, pero el resultado puede ser liberador (estoy es lo que hay, esto es lo que da de sí la raza).

O puede ser insoportable: ajá, nos resignamos: es nuestro padre pero, qué quieren, parece tener todos los defectos.

En un certamen mundial de paternidades imperfectas, éste se llevaría el máximo galardón. O, peor aún, quedaría el segundo.

En ambos casos, de grado o por fuerza, aprendemos a frustrarnos, a tolerar la decepción, pues tampoco nosotros, estos nuevos adultos, estos nuevos padres, somos gran cosa.

Bien es verdad que a veces nos engañamos con ganas para así creernos mejores. Pero los tropiezos que tenemos o que tengamos nos harán apearnos.

También somos varones decepcionantes para nuestros hijos y para nosotros mismos. ¿Y en esto consistían las promesas infantiles de omnipotencia?

Qué equivocados estábamos: tropezamos perezosa o enérgicamente con las cosas que no sabemos hacer, con las metas que jamás alcanzaremos.

Por eso se nos verá como padres lamentables o avasalladores o poco fiables o torpes. Vaya hombres.

Dado que a ojos de los demás siempre recaemos en los mismos vicios o cometemos las mismas faltas, dado que el presente siempre nos muestra derrotados o mal acabados, entonces algunos hijos de entonces o de ahora encuentran una solución manejable.

¿Cuál? Escribir sobre ellos, relatarse un pasado, rehacer los años pretéritos. ¿Acaso con una identidad mejorada o con unas gestas memorables?

En las autobiografías falsas se hacen desaparecer las mezquindades, las torpezas o una vida calamitosa.

En las novelas verdaderas, ese pasado y el padre vuelven verosímiles, creíbles, bien defectuosos y humanos.

Elvira Lindo ha escrito una novela verdadera, no una autobiografía falsa. Se titula A corazón abierto (2020).


Ilustración de Cubierta: Miguel Sánchez Lindo.

Tiene dotes excepcionales como narradora. Domina como nadie el arte de contar para así hacerse creer y querer. Con ternura y con dureza.

Sus novelas, sus diarios, sus crónicas o reportajes revelan autenticidad. Aunque le aplique el filtro de la ficción, el resultado es siempre el de una prosa transparente, con mucha energía emocional.

Cuidado con la autenticidad y cuidado con la energía emocional, que Elvira Lindo es mucho más que eso.

La autora se salva de esas virtudes que pueden ser vicios. En su obra, la cosa no acaba ahí, en esos rasgos. Ni mucho menos.

Cuando escribe…, investiga, hace pesquisas sobre hechos y caracteres, personas reales o remotamente reales que acaban convertidas en personajes de hechuras ficticias.

Cuando escribe bien pronto se pregunta por lo que bulle sin forma literaria. Elvira Lindo da esa forma a lo que son historias cotidianas y hasta ordinarias.

Ahora bien, una vez aplicado el filtro puramente literario, lo ordinario se convierte en extraordinario. Y lo ordinario son los padres, los reyes son los padres, no hay magia que de ellos proceda y que perdure.

O sí, si sabemos verlos con realismo y ternura. Nos decepcionan tempranamente por previsibles o por imprevisibles, por apocados o por temerarios.

Eso ocurre, por ejemplo, con la figura principal de esta novela, el padre. El Padre que se impone por su físico y por su ánimo, tan desenvueltos.

Son los propios de una figura caprichosa y trabajadora, atrabiliaria y desprendida, protectora y alocada, una figura a la que no frena o no puede frenar una madre tempranamente enferma y muerta.

“Desearía dejarte aquí para siempre, Padre mío, en esta huerta. Quisiera que éste fuera el final de tu viaje, que no recuerdes ni veas más allá de esta tierra, que no te enfrentes al hecho de que tú también fuiste injusto y duro. Lo fuiste, pero ¿cómo no ibas a serlo? Te observo risueño y confiado, habitando al fin el universo de tus tiernos nueve años, tras convivir con la bestia de la guerra, aquella guerra que como bien presentías en tu aprensiva desconfianza no había muerto del todo. Esta tierra debiera ser el territorio en que el transcurren las vidas de los inocentes. No sigas caminando hacia el futuro, Papá”.

No voy a reproducir mas párrafos o citas de ‘A corazón abierto’. No creo que ustedes se merezcan que yo la destripe o la ampute. Léanla.

Si fuera un cursi (cosa que no descarto), diría que su lectura es terapéutica o balsámica. Pero no lo digo. Creo simplemente que su lectura es un placer para quienes somos padres y para quienes somos hijos.

Pero sobre todo es una pieza memorable para quienes aman la literatura familiar, esa tradición que lleva de Iván Turgenev a Alice Munro, pasando por Anton Chéjov o Natalia Ginzburg. Esa tradición repleta de padres e hijos…

¿Qué fue del rey?

Releí días atrás Hamlet, de William Shakespeare, gracias a Toni Zarza. En su Club de Lectura, aquel que se celebra en el Museo L’Iber, de Valencia, lo tenían como obra a debatir…

Digo que lo releí gracias a él porque, al enterarme, quise compartir con Toni esta experiencia: que pudiéramos hablar sobre una pieza verdaderamente inmortal.

Sí, ya sé que el teatro es para verlo, para acudir a la sala, para disfrutar la representación, para evaluar la adaptación. Es más, podemos discutir si Laurence Olivier o Kenneth Branagh… Etcétera.

Hamlet (1948), de Laurence Olivier

Pero, qué quieren, siempre he tenido el vicio de leer obras dramáticas. Me encanta incluso pronunciar en voz alta los diálogos, casi declamarlos, pero no menos placer me procuran las acotaciones.

Hamlet, como otras obras de Shakespeare, la leí siendo joven y, la verdad, hacía años que no había vuelto a ella.

Uno cree saber de qué va aquello que vio representado o que leyó en su momento. No es así. La experiencia es siempre nueva, sorprendente.

Ustedes dirán…

En Hamlet (1599-1602) ocurren ciertas cosas que hay que enumerar. Paso a detallarlas sin que el orden implique mayor o menor importancia. Perdonen los ‘spoilers’, cuatrocientos años después.

Hamlet, príncipe de Dinamarca, ha regresado del extranjero para llorar la repentina muerte de su padre. Cuando llega descubre que su madre Gertrudis se ha casado con su tío Claudio, el nuevo rey.

De noche, Hamlet se encuentra con el fantasma de su padre, quien le insinúa que murió a manos de Claudio.

Durante el resto de la obra veremos al príncipe fingiéndose loco. Entre otras cosas para tratar de descubrir la verdad acerca de la muerte de su padre.

Entremos…

Estamos en Elsinor, Dinamarca, tierra próxima y lejana, propia y ajena. Aquello a lo que asistimos es local y universal. Lo que inmediatamente descubrimos es la muerte del rey Hamlet, el soberano de Dinamarca.

Como se ha apuntado más arriba, la escena tiene lugar en Elsinor, en Dinamarca. Unos centinelas ante el castillo del rey ven a un espectro que ya se les había revelado la noche anterior.

El espectro se asemeja enteramente a su antiguo rey, el soberano muerto: “No puedo interpretarlo exactamente, pero, en lo que se me alcanza, creo que esto presagia conmoción en nuestro estado”, dice Horacio, amigo del príncipe Hamlet.

¿Cuál es el punto de partida? Estamos ante un crimen, la muerte del progenitor y legítimo rey. Estamos ante el crimen cometido contra el padre, a quien el hijo, de veinte años, tenía en gran estima y admiraba. Ese fallecido es el hombre virtuoso, el varón recto.

Desde la antigüedad clásica, el hijo está obligado a guardar o proteger el buen nombre de su progenitor, de su linaje. Recordemos a Ulises y a Telémaco…

El rey ahora fallecido reúne cualidades admirables. No es un personaje del pasado o un ser distante del que guardar memoria.

Es, por el contrario, un espectro que regresa (“Enter Ghost”, leeremos repetidamente en las acotaciones originales).

Es literalmente algo remoto y a la vez cercano, alguien familiar y ya distante, un ser siniestro que vuelve para incomodar a los vivos por su villanía y que retorna para que se haga justicia. O para que se practique venganza.

En los cuentos populares, el héroe debe salir de su ensimismamiento o rutina para hacer justicia. ¿Qué cosas?

Pues, por ejemplo, para reponer un tesoro robado, para devolver una princesa a sus legítimos padres o para restaurar el orden, para acabar con una injusticia que se debe a la acción infame de un villano y de sus potenciales aliados.

En la circunstancia heroica, los villanos deben recibir su merecido. Así pasa en los cuentos.

¿Ocurrirá también en una obra, Hamlet, que es… una tragedia? ¿Hay un orden a restaurar o un desorden y caos a provocar?

El orden nuevo es aquí el resultado de la boda precipitada de la viuda, de la madre de Hamlet, con Claudio, ese nuevo rey. Claudio es tío del príncipe, ya lo sabemos, y es un individuo a quien el huérfano desprecia.

En la madre hallamos la doblez y el interés sublunar, un personaje sin moral alguna que destruye los afectos. Nunca sabremos con exactitud si además es corresponsable del crimen.

En Claudio, en ese nuevo rey, no hay bondad o cualidad, no hay rasgo de honor, físico o de otra índole, que lo distinga o lo exalte. Carece de grandeza.

Hamlet sólo ve en él a un tipo ordinario y depredador al que desprecia, un tipo al que sabemos responsable de la muerte del padre y usurpador del reino.

¿Y qué papel desempeña el espectro? El espectro, la aparición del padre tras su muerte, es la epifanía y la expresión de lo siniestro.

Lo siniestro para Sigmund Freud es lo que habiendo sido familiar y entrañable está enterrado o mal enterrado… para finalmente regresar de lo oculto, de lo disimulado, quebrándose así el orden aparente, falso.

El fallecido o, mejor, ese espectro que se revela ante Hamlet es quien aclara el enigma de su asesinato y es quien provoca, induce o destapa el delirio del hijo, también su locura fingida.

Saber más de la cuenta no alivia, sino que destruye. ¿Acaso no sería mejor permanecer en el error o el engaño?

A vista de todos, Hamlet pierde la razón y, con el saber o el conocimiento, pierde metafóricamente la vista (la capacidad de discernimiento) y la vida o, si se prefiere, el sentido de la vida, del amor.

De ahí que corte o le obliguen a cortar las relaciones con Ofelia, justamente para no llevarla al abismo, para así impedir que se precipite. Pero por varias razones Ofelia se precipita.

Los soliloquios que Hamlet mantiene ante los espectadores tienen una función declamatoria y tienen una función reveladora.

Conocemos las tribulaciones de Hamlet y su trastorno, su locura, su locura fingida, los ardides que urde. La vida de Hamlet peligra.

En primer lugar por el conocimiento que lo perturba: alberga en distintas ocasiones la idea o la meta del suicidio. Duda y se retrae: quitarse la vida comporta la condena eterna. Lo sobrenatural lo reprime y se materializa.

Mientras el hijo duda en un espacio que lo ahoga, en un marco que lo asfixia, rodeado de influencias, mientras descubre y asume el horror…, a la vez tantea y programa estrategias. Y simultáneamente corre un grave riesgo.

El usurpador, Claudio, lo quiere lejos o, en último extremo, muerto.

Decía Norton Frye en On Shakespeare que para los ingleses del siglo XIX Hamlet era la obra central del dramaturgo. Quizá porque la obra planteaba, fuera de contexto, preocupaciones muy presentes en el Ochocientos.

¿A qué se refería? A la acción y la reflexión, al acto y su consciencia, a la rectitud, al deshonor. Entre otras muchas cosas, quizá Hamlet nos enseña qué es ser depredador, rey depredador, y cuáles son sus consecuencias. Nos enseña cómo oponerles frente.

Para los espectadores ingleses del siglo XIX, esta pieza de Shakespeare les muestra y revela el poder del Imperio y las hipocresías que lo rodean. Y esta obra les obliga a reflexionar sobre el orden y el desorden.

El orden queda representado por Hamlet y su padre ya fallecido. Claudio, el usurpador, es también quien funda el nuevo orden, una falsedad cimentada en el crimen y la mentira.

Claudio es alguien que comete asesinato y latrocinio, que destruye con la ignorancia o anuencia de su cuñada y finalmente esposa.

Claudio será igualmente abatido. Hamlet es quien venga y restaura (¿hasta qué punto restaura o puede restaurar?) un orden ya quebrado.

Hamlet es un mito de la civilización occidental convertido en tal cosa gracias al genio y al ingenio de Shakespeare y a los efectos que dicha obra ha tenido tras sus representaciones y lecturas. Tras cuatrocientos años.

El personaje es un referente constante en la obra. Todo gira en torno a él. O bien por aparecer en escena o bien por ser nombrado, citado, aludido por otros personajes.

La intriga tiene que ver con su melancolía y delirio, tiene que ver con su dolor de hijo, con su sufrimiento. Todo ello se multiplicará en cuanto descubra y confirme la felonía de su tío.

La obra, Hamlet mediante, es la búsqueda de la verdad. La búsqueda de la verdad frente a los restantes implicados, frente a quienes descreen de su porfía.

Más aún, quienes rodean a Hamlet juzgan su actitud como propia de un demente: un humano aquejado de locura, visitado por espectros. “Señor, habláis sin orden ni medida”, le dice alguna vez su dolorido amigo Horacio.

¿Padece insania, no la padece? Hamlet actúa y procede de modo confuso. Por eso, cuando la madre, que ha sido convocada por el hijo, no vea al espectro que el hijo dice ver, ¿qué cabe pensar?

De entrada cabe pensar que Hamlet padece en efecto algún tipo de trastorno que le hace desechar la felicidad y el sentido del mundo.

En realidad, más que el espectro de su padre, es el propio Hamlet una suerte de figura fantasmal aquejada de ensoñaciones enfermizas, tóxicas.

Hamlet es un personaje trágico, un héroe perturbado, el carácter de un ser que sufre, incluso ajeno al mundo:

“¡Ah, Dios, qué enojosos, rancios, inútiles e inertes me parecen los hábitos del mundo! ¡Me repugna!”

La muerte de su padre es una tragedia, por supuesto, pero es sobre todo una obsesión patológica que le lleva desechar todo aquello que le concierne.

Se nos muestra irónico, sarcástico y hasta cínico. Es por eso por lo que perderá a Ofelia, hija de Polonio. Sólo Horacio, su amigo, le resulta atendible.

Hamlet es también un personaje batallador, un héroe propiamente guerrero. Vence a Fortinbrás, reta a Laertes, también hijo de Polonio. Al mismo tiempo, Hamlet se juzga cobarde o retraído.

De hecho, no parece hacer nada para vengar la muerte de su progenitor. Está lleno de dudas.

“Ser o no ser, esa es la cuestión: si es más noble para el alma soportar las flechas y pedradas de la áspera Fortuna o armarse contra un mar de adversidades y darles fin en el encuentro (…). Morir, dormir: dormir, tal vez soñar”.

Pero, a la postre, Hamlet es un personaje resolutivo, con determinación.

¿Qué nos enseña Hamlet? Las lecciones son múltiples.

La obra nos muestra la verdad y la mentira y lo que de una u otra se deriva. Nos muestra algo que es profundamente social y ambivalente: la hipocresía.

Hamlet encarna la verdad frente a la traición y el ocultamiento. Él rechaza la mera apariencia, la impostura. Ante a la falsedad opone la verdad, los sentimientos auténticos.

“Lo que yo llevo dentro no se expresa”, dice Hamlet. O al menos no se puede fingir.

Por eso, le repugnan especialmente las actitudes de su madre, esas apariencias y esos énfasis de duelo. A su juicio, todo lo que ella hace es impostación. “Todo eso es ‘parecer’, pues son gestos que se pueden simular”. O, en otros términos, el “ropaje de la pena”.

Lo que Hamlet nos muestra es un repertorio de personajes falsos, que se traicionan unos a otros, que actúan maliciosamente, que se adornan con disfraces morales, que blanquean sus fechorías y que, además, no sienten culpa por ello.

Obran exclusivamente de acuerdo con su interés o se defienden empleando la hipocresía o la mentira para encubrir sus maldades.

Enfrentarse a la realidad en Hamlet abiertamente y con sinceridad comporta un riesgo: la demencia, la muerte. La circunstancia es, pues, trágica.

O bien actuamos guiándonos por la falsedad y la hipocresía, cosa que nos lleva al crimen; o bien obramos de acuerdo con la realidad y la verdad, cosa que nos lleva al delirio.

No hay salida. La muerte es la salida.

La representación dramática que hay dentro de la obra teatral (Hamlet) es una epifanía y es una revelación de la verdad. La ficción que se representa ante Claudio le sirve a Hamlet para mostrar lo que en realidad se oculta.

En Hamlet, como en otras obras de Shakespeare, el papel del monarca es esencial en la vida de sus súbditos, marca su ‘fatum’, su destino.

Si el soberano obra incorrectamente o actúa movido por instintos corruptos, todo su reino se resentirá. Todos pagarán por sus vicios.

Punto y aparte.

Mi lectura y esta pequeña glosa son cosa menor. Lamento escribir tan pobremente de algo tan grande. No me gusta esto que ahora acabo de anotar. Lo he escrito demasiado pegado a mi relectura.

Las mil y una cosas que podrían decirse no las digo y eso mismo me ha dejado insatisfecho. Volveré a leerla para reescribir mejor mi glosa.

Pero a la vez me ha hecho pensar en la monarquía, en el príncipe y en el depredador, caracteres isabelinos y, a la vez, personajes de ahora mismo. De siempre.

Que el mundo no se nos venga encima

Uno de los géneros que mayor interés despierta entre los lectores académicos —y que yo, personalmente, prefiero— es el del ensayo filosófico o sociológico sobre el presente político, sobre el mundo actual. Digo “prefiero” porque no por casualidad imparto una materia universitaria que se llama Historia del mundo actual.

El ensayo sobre lo que acontece, o sobre la historia inmediata, evidentemente nos da pistas acerca del mundo que se nos viene encima, ese mundo en que vivimos, un mundo que se nos antoja desbocado o frecuentemente desbocado.

La imagen es recurrente. Como un caballo propiamente desbocado, la bestia marcha al galope en dirección imprevisible, cambiante, tanto que parece haber olvidado su doma. Si el mundo se parece en algo a esto, es normal que las mentes más preclaras de los académicos y analistas se apresten a investigar qué ha pasado, qué está pasando, qué puede pasar.

Nos va la vida en ello. De ser cierto lo anterior, cabalgaríamos a lomos de un caballo desbocado, ¿no es cierto?

Escribir un ensayo que frene, que nos frene, que ilumine, que aclare, parece ser la meta de quien lo escribe, pues. Es la suya —la de historiadores, sociólogos, politólogos, etcétera— una acción benemérita: nos ayudará a muchos contemporáneos a entendernos, dándonos cuenta y razón de lo que apenas entendemos.

Ocurren tantos hechos insólitos, imprevistos, que necesitamos una explicación cabal de lo sucedido. Eso se da en la vida colectiva, pero lo padecemos en la existencia de cada uno de nosotros: testigos, protagonistas o convidados de piedra en un mundo cuya marcha y cuyo significado ignoramos. Se hace costoso vivir así.

Supongamos… Imaginemos que eso mismo (lo azaroso, lo contradictorio y lo imprevisto) nos acaeciera constantemente a cada uno, en nuestra propia existencia individual. Vamos, que se nos viniera encima cada dos por tres. En ese caso, cada uno tendría urgencia por aclarar qué le ha pasado, qué le está pasando, qué le puede pasar. Tanta novedad nos resultaría asfixiante, un puro aturdimiento.

Las rutinas nos ayudan a no pensar demasiado, a no cavilar en exceso, a resolver por hábito y con sentido práctico lo que hacemos cada día. Sería muy cansado y hasta agotador innovar cada día, que nuestro cotidiano acontecer fuera una auténtica aventura.

Lo previsible nos ahorra cogitaciones y acciones. La rutina es economía de medios y de actos. Por eso llevamos mal o muy mal la incertidumbre, ese azar que rompe lo cotidiano no siempre para bien. Los individuos se sirven de hábitos que ni siquiera ellos han inventado.

Y las instituciones, las empresas, las administraciones se sirven de reglamentos bien prescritos, fijados y establecidos. Eso permite saber de antemano qué va a hacer cada uno y qué cabe esperar de los otros y de la propia organización. Gracias a este orden, el mundo de las empresas y de las instituciones marcha con normalidad, salvo imprevistos, y por ello se pueden hacer planificaciones.

Ahora bien, somos tantos en el mundo y son tantas las organizaciones, asociaciones, gobiernos, empresas, etcétera, con metas tan distintas, con objetivos tan diversos, que el mundo siempre está en tensión y hay momentos en que está al borde del desorden y hasta del caos.

Hay colusiones y colisiones, hay alianzas y hay enfrentamientos por los recursos o por los objetivos y eso y otros azares hacen que el planeta parezca estar frecuentemente al filo del abismo o del prodigio, de la buena suerte o de la pura chiripa de efectos ignorados.

Las guerras mundiales, por ejemplo, son casos bien evidentes. En ambos conflictos, la consumación de las fricciones lleva las naciones al desorden y al caos, a la destrucción. Esas fricciones se basan en informaciones, una parte de las cuales son correctas y otras, no.

Además, la acción de los futuros contendientes se basa también en un cálculo o previsión. ¿Obrará racionalmente, razonablemente, mi potencial enemigo? Ni los expertos más consumados y con mejores informaciones están seguros. De repente, el individuo, hasta el individuo más motivado, se sorprende de la deriva catastrófica o sencillamente imprevista de los acontecimientos y de sus consecuencias.

Cambiemos de ejemplos. Pensemos en el fin del Proceso de Reorganización Nacional (el cese de la dictadura en Argentina, 1976-1983). O pensemos en la caída del Muro de Berlín (1989). En estos casos había numerosos indicios más o menos inmediatos o inminentes de que tales cosas podían pasar.

Pero hasta los expertos más refinados (los sovietólogos, sin ir más lejos) no pudieron anticipar en masa y con mucha antelación lo que finalmente ocurrió en la URSS. Una cosa es desear que algo suceda y otra bien distinta es saber a ciencia cierta que eso sucederá.

Y cuando sucede, si no somos unos cínicos o mentirosos, no dejamos de sorprendernos. Es entonces cuando nos preguntamos por qué, cómo fue posible, qué lo provocó: las guerras o el final de la dictadura argentina o el fin del Imperio soviético. O tantos fenómenos colectivos que cambian el mapa del mundo o de una región.

Las instituciones y las empresas encargan sus informes, esos exámenes bien pagados hechos por expertos. Necesitan saber cuáles son y sobre todo serán las condiciones de sus respectivos mercados o ámbitos de intervención. Pero hay también otros expertos, que son académicos generalmente universitarios, que publican sus ensayos de actualidad, sus livres de circonstances.

¿Y qué verificamos? Pues lo falibles que son esos estudios, lo perecederos. Muy frecuentemente, con los mejores datos y las mejores informaciones, las mejores cabezas yerran, yerran tanto, que esos libros que leemos nos dejan pronto insatisfechos. Raro es volumen que nos convence duradera y enteramente y, por ello, persistimos como lectores.

Persistimos, pero para luego corroborar incluso nuestro propio error, tan frecuente. O eso creemos. Confirmamos que lo que en sus páginas creíamos acertado resulta finalmente erróneo y aquello otro que considerábamos equivocado era lo correcto. Un lío, pues, que nos hace persistir.

Y por ello leemos mas, leemos durante décadas, y a la postre así pasa: que acumulamos erudiciones inválidas, arruinadas, desechadas. Nos hacemos una cultura sociológica o filosófica o histórica de museo o ya descartada.

Pero de todo se extrae lección. O, como decía Umberto Eco, un libro es como un cerdo. De sus partes, todo se aprovecha. Y, de esos libros sobre el presente pronto desfasados, todo se aprovecha también.

Los escriben sociólogos, historiadores, antropólogos, filósofos, politólogos y economistas. Los escriben ante cada cambio profundo, inesperado o con consecuencias graves y duraderas.

Estos académicos nos dan su visión documentada de los hechos actuales y nos muestran el proceso que nos ha llevado hasta el presente. ¿Son certeros? ¿Observan y detallan con precisión?

Pues depende, claro, y hasta de los desaciertos más clamorosos, de los diagnósticos y pronósticos más erróneos, podemos aprender, ya digo.

Por lo que hemos podido constatar, para unos pocos casos que son excepción jovial u optimista, esos ensayos suelen tener casi siempre un tono pesimista, incluso fatalista. Si repaso la nómina de los volúmenes que he leído sobre estas materias desde 1989, me doy cuenta de que, salvo el momento inmediato a la caída del Muro de Berlín, todos suelen ser sombríos.

Esos libros suelen destacar la desazón, las disfuncionalidades, la desafección política, el deterioro democrático, la emergencia de los extremismos, el terrorismo global, la multiplicación del riesgo, la constatable decadencia, el daño ecológico, la más absoluta incertidumbre. Citemos unos pocos de los últimos años, algunos de esos libros esencialmente políticos que diagnostican el malestar y que periódicamente quedan obsoletos pues los síntomas también cambian.

Algo va mal, de Tony Judt, Pensar el siglo XX, de Tony Judt y Timothy Snyder, Veinte lecciones que aprender del siglo XX, de Timothy Snyder, El camino hacia la no libertad, de Timothy Snyder, La luz que se acaba, de Ivan Krastev y Stéphane Holmes, Cómo perder un país, de Ece Temelkuran. Etcétera, etcétera. Describen el deterioro del Estado del Bienestar, la crisis política del mundo tras el final de la Guerra Fría, la emergencia del autoritarismo.

En esos diagnósticos, la desaparición de la URSS, no habría dado lugar a la promesa de democracia universal que nos anunciara Francis Fukuyama en su célebre ensayo sobre El fin de la historia (1989). Reparemos brevemente.

La victoria del liberalismo sobre el comunismo le permitía a Fukuyama augurar el fin definitivo de “la alternativa marxista-leninista a la democracia liberal”, así como “el completo agotamiento de sistemas alternativos viables al liberalismo occidental”.

En tales circunstancias, la “democracia liberal occidental” se convertía en “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad”. Y, así, dado que “los principios básicos de los estados liberal-democráticos” son “absolutos e inmejorables”, lo único que restaba por completar era la extensión de “estos principios por toda la geografía, de manera que cada una de las distintas regiones habitadas por la civilización humana alcanzase el nivel más avanzado posible”.

Como sabemos, las expectativas de Fukuyama podían tener un sentido normativo, pero nada predictivo. Por ello el mapa posible de la democracia venidera no se cumplió, lo que no empaña los valores de la democracia y de la declaración universal de los derechos humanos como fundamento normativo de la democracia.

Ésta, la democracia, es el régimen más civilizado y deseable, pero ni su funcionamiento es siempre ejemplar (ni mucho menos), ni se ha extendido por el mundo. Lamentablemente no todos comparten la evidencia de sus bondades.

Antes al contrario, la Europa del Este, en diversas partes y con distinta cronología, se habría ido convirtiendo en un espacio de regímenes autoritarios y populistas. Eso sí, esa región tendría su propio zar o remedo del zar con la figura de Vladímir Putin como principal responsable de una política crecientemente oligárquica y antidemocrática, y marcada por un nacionalismo ruso y cristiano de proporciones inverosímiles.

Por su parte el oeste, el occidente capitalista, también habría ido deteriorándose, en una deriva de tendencias igualmente populistas, amenazadoras y liquidadoras del Estado social, del Estado del bienestar, de la sociedad del bienestar construido a partir del pacto de posguerra. La figura epónima de esta deriva, de este deterioro, estaría encarnado por Donald Trump.

Muchos, pero muchos ensayos políticos de última hora (de penúltima hora, mejor dicho) trazan el estado del antiguo mundo bipolar en estos términos. A esa radiografía simple que aquí abrevio por razones obvias se añaden en mayor o menor medida otros factores disruptivos: el cambio climático, la amenaza fundamentalista, la rivalidad de los distintos polos asiáticos y la presunta fatalidad del subdesarrollo del Tercer Mundo.

Habrá que seguir aprendiendo de los que saben, de quienes escriben con los mejores datos y con los pensamientos más equilibrados y audaces, pues cada día hay factores nuevos que invalidan o dañan hasta las radiografías más finas y exhaustivas.

El mundo —leemos en un pasaje apocalíptico e irónico de El nombre de la rosa— “siempre está a punto de acabar”. Pues por eso mismo habrá que seguir leyendo diagnósticos acerca de su estado, habrá que armarse y amueblarse bien la cabeza, aunque las piezas queden pronto obsoletas, no sea que ese mundo se nos venga encima por falta de cerebro.

Piove, porco governo

Tengo serias dificultades para entender a la especie humana, siempre timorata y a la vez siempre tan sobrada para juzgar a los demás.

La confianza que deposito en mis congéneres, en su sensatez, decae en estos momentos. En estas horas y días de transición.

No es arrogancia. Debo decir que jamás he tenido grandes expectativas con respecto a la Humanidad: conociéndome…, no dispenso mucho crédito a mis iguales.

A la vez, y sin saber exactamente por qué, peco de optimismo. Siempre pienso que de situaciones peores hemos salido. Me incorporo al plural indebidamente…

Digo indebidamente porque ninguno de esos momentos gravísimos que la Humanidad ha atravesado me ha tocado padecerlo.

Ni como testigo, ni como protagonista. Ni la Peste Negra, ni el Cólera-Morbo asiático, ni la Gripe Española, ni la Guerra Civil, ni la Segunda Guerra Mundial.

Es decir, que he sido muy afortunado si me comparo con mi padres, con mis abuelos, etcétera.

Esas generaciones y las que las precedieron fueron gente de fuste y de gran resistencia.

No me habría gustado estar en su circunstancia rodeado de tanto quejica actual, pero me hago cargo.

Me hago cargo gracias a la historia. La disciplina histórica te permite examinar y examinarte, comparar lo que de entrada es incomparable.

Quiero decir: no hay nada de nuestra circunstancia actual que pueda cotejarse con lo vivido o padecido por nuestros ancestros.

Vivimos rodeados de seguridades, de garantías, que nuestros antepasados no tuvieron, no pudieron gozar.

Es más…, o peor aún: vivimos rodeados de gentes que obran insensatamente. He estudiado historia, pero a la vez carezco de conocimientos, recursos, saberes suficientes.

Saberes suficientes que me permitan examinar con mucho detalle el comportamiento de los individuos y, por extensión, las acciones de las muchedumbres.

Pero el sentido común siempre ayuda…

He ido a los supermercados locales a los que acostumbro para abastecerme de lo necesario. Ni más ni menos.

Juro que he regresado voluntariamente sin papel higiénico, cosa que quizá sea una temeridad. Nos vamos a cagar… O eso parece.

Yo fui a adquirir lo que semanalmente necesitamos en casa. Es bastante rutinaria la compra, pues la programación la tengo prevista.

Lo que me he encontrado ha sido una devastación demente y un vacío.

La verdad es que quiero estar optimista (pues lo soy por naturaleza), pero el público municipal y espeso del que formo parte acaba siendo patético, terrible y ridículo.

Ya está bien de echar la culpa a las autoridades locales, autonómicas o españolas.

Hay internautas en las redes sociales y hasta algún experto sanitario que se nos están poniendo muy finos.

“Los de arriba”, he oído con desprecio en alguna grabación. El sanitario, éste concretamente, se refería a nuestros dirigentes, que no habrían querido afrontar la gravedad de la situación.

Así, sin más, lo suelta. Lo dice este o aquel. Lo dice este o aquel con ínfulas cuando lo cierto es que debería morderse la lengua.

Mi padre fue ATS, sanitario y un enfermo crónico de los bronquios, y sé que hoy hablaría con extrema prudencia.

Lo primero que habría que pedir a todos, potenciales pacientes o abnegados sanitarios, es que no queramos saber de gestión hospitalaria y epidémica.

No queramos saber como si estuviéramos habituados a circunstancias como éstas. Hay que ser humildes. Esto, en muchos sentidos, es nuevo…

Saben quienes programan y saben quienes calculan las consecuencias materiales y económicas de las decisiones políticas. Saben quienes pueden aventurar los comportamientos de pánico.

Lo contrario, hablar sentando cátedra en una situación extrema, es echarle cómodamente la culpa al otro, que al parecer no habría hecho lo debido.

Si seguimos así, con esta arrogancia de expertos de pacotilla, la lógica es infernal…

Cuando nos pase algo, un resfriado, la responsabilidad será siempre de los políticos, esa gente inescrupulosa que no puso los medios…

“Piove, porco governo”, dice el público municipal y espeso en Italia cuando unos y otros quieren quitarse las pulgas de encima.

Distinguidos humanos, hagámonoslo mirar.

—Fotografías:

JS. En un establecimiento Consum, de Valencia. Viernes 13.

Estanterías de papel higiénico, papel de cocina y leche.