La hora de escribir. Entrevista a Justo Serna

Por Paula Martínez Escrivá

Paula: Hola, Justo, ¿me puedes decir tu fecha y lugar de nacimiento?

Nací en 1959 en la ciudad de Valencia, el mismo año en que Francisco Franco inauguraba el Valle de los Caídos y por las mismas fechas en que el Partido Comunista de España proclamaba la Huelga Nacional Pacífica. Es decir, nací en un año-clave de la historia reciente. La chiripa hizo esto. Y el resto.

Paula: ¿Tus estudios?

¿Estudios? Llevo toda la vida estudiando. Si por tal, si por estudios, se entiende la titulación…, he de decir que tengo una licenciatura: estudios superiores. Me licencié en Geografía e Historia y me doctoré en Historia Contemporánea. Tales cosas, la obtención de esas titulaciones, sucedieron en los ochenta del siglo XX. Desde entonces no he dejado de estudiar.

Paula: ¿Por qué comenzaste a escribir en prensa?

Comencé a escribir en prensa porque desde niño fui lector de prensa. Yo me acercaba a los quioscos y me dedicaba a repasar las primeras planas de los diarios o semanarios que estaban expuestos, allí, a la intemperie y colgados con pinzas.

Los dueños no me decían nada, no me impedían hacer de lector gorrón –que diría Groucho Marx–, precisamente porque yo no tocaba el género. Pero gracias a esa sencilla operación me enteraba a medias, a grandes rasgos o imprecisamente de lo que ocurría en el mundo. Por supuesto, eso me procuraba un placer muy grande y gratuito. Me dije en algún momento: un día tú también escribirás en los periódicos.

Paula: ¿Cómo llegaste a escribir en ‘El País’ o en el diario ‘Levante’?

¿Que cómo llegué a escribir en ‘El País’ y en ‘Levante- EMV’ ? Pues por invitación directa de sus responsables: de Josep Torrent en 2000 y en 2008, en el caso de El País. Pep Torrent era delegado en la Comunidad Valenciana. Y en Levante, por invitación de Juan Lagardera, que era el jefe de opinión del periódico.

Paula: ¿Por qué se acabó la colaboración con estos diarios?

En ‘Levante-EMV’ me invitaron a reducir mi colaboración, que era semanal. Todo eso ocurrió tras haber publicado un artículo duro, yo diría que durísimo, sobre el que entonces era arzobispo de Valencia. He de pensar que cuando me pusieron unas condiciones difíciles era una manera de echarme. Por supuesto no acepté ese ultimátum de Pedro Muelas, entonces director.

En el caso de ‘El País’, en el que tenía una columna periódica y un blog de actualización diaria, me fui cuando desde Miguel Yuste, la sede central, decidieron eliminar la mayor parte de los blogs. No era una decisión de Pep Torrent, sino una determinación del director nacional, Antonio Caño. ¿Ah, sí?, me dije. ¿Me quitáis el blog que vosotros mismos me invitasteis a fundar? Pues adiós. Cierro también la columna.

Por supuesto, un diario tiene derecho a abrir y cerrar sus espacios de opinión y a mejorar o prolongar o prescindir de sus colaboradores. Lo que me parece una arbitrariedad es suprimir un espacio colectivo y no dar cuenta, no justificar una decisión tan drástica.

Paula: ¿Actualmente continúas colaborando con alguna revista o diario, ya sea digital o en papel?

Actualmente colaboro en infoLibre y en Ctxt, pero de manera esporádica y sin gran entusiasmo. ¿Por discrepancias ideológicas? Algunas hay, sí. Pero sobre todo no tengo ganas de soportar largas esperas.

Creo que la prensa en papel y en Internet está perdiendo parte de la relevancia que tuvo. Sinceramente prefiero publicar cuando quiero y lo que quiero en mi blog y en mi muro de Facebook. Ambos son muy leídos y seguidos.

Paula: ¿Cómo definirías tu estilo?

Alguien dijo alguna vez que mi estilo era plúmbeo. La persona que así lo calificó no tenía muchas luces, la verdad. Si para denostar mi estilo tuvo que aprender el significado de dicha palabra (plúmbeo), me siento muy complacido.

Mi estilo es literario, si por tal se entiende una pieza de buena prosa, no sólo sintácticamente eficaz. No es rebuscado, sino refinado. Yo no escribo como hablo, pero procuro hablar como escribo. Ser preciso, evitar los solecismos, el barroquismo, el puro enrevesamiento.

Procuro que se me entienda, es decir, que la comunicación sea eficaz y factible. En periodismo detesto las florituras presuntamente literarias o líricas si la forma es el objetivo único o final. Mi estilo implica construir piezas con planteamiento, nudo y desenlace, con la percha de la actualidad, con bromas, con guasas, con información y con erudición, y con un cierre que conecte la última frase con la primera.

Paula: ¿Piensas que tu estilo puede resultar demasiado directo o quizás un poco agresivo para el lector?

¿Mi estilo demasiado directo o quizá un poco agresivo para el lector? Francamente creo que no. Jamás me lo había planteado. ¿Agresivo, directo? Me encantan los matices y las digresiones. Digo bien: las digresiones.

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Paula: ¿Por qué haces tus artículos tan extensos?

¿Artículos extensos? Lo extenso o lo breve son términos relativos. Si un artículo no dice nada de interés y está concebido y escrito para mero lucimiento del autor, entonces se me antoja larguísimo y soporífero. Pero una colaboración de muchos caracteres con espacios que me informe o me detalle cosas que ignoraba o que ignoraba saber, es una bendición. Cuando publicaba habitualmente en prensa mis artículos no eran largos o cortos: me atenía a los caracteres con espacios que el director o jefe de opinión me imponía.

Paula: ¿Te preparas previamente antes de empezar a escribir un artículo? ¿Cómo es tu rutina antes de empezar a redactar?

Me preparo, sí, pero raramente poco antes de escribir. Como leo mucho, bastante o demasiado sobre las cosas que me interesan vivamente, la verdad es que los datos básicos ya los tengo. Llevo cincuenta y tantos años preparándome para escribir una columna de 2.828 caracteres con espacios.

Y mi rutina varía si es por encargo o si es por voluntad propia. Normalmente escribo de lo que me apetece. Es decir, de lo que me gusta o me irrita, de lo que me entusiasma o de lo que me enfurece. Entre otros, tengo un libro que se titula ‘Bestiario español’.

Está formado por las semblanzas, luego revisadas, que fui publicando en prensa o en Internet. Semblanzas de personajes relevantes, admirables o detestables.

De ellos, de la mayoría, leí los libros que habían publicado o habían encargado que les escribieran: desde Mario Conde hasta Belén Esteban, desde Julián Muñoz hasta Esperanza Aguirre. Elvira Lindo me firmó un prólogo muy generoso que tituló ‘El hombre que lo leía todo’.

Todo no lo leo, pero admito que devoro libros de mucha enjundia y también volúmenes que pertenecen a la cultura basura. De todo se aprende. Eso sí, si tienes criterio de discriminación. Para la cubierta de dicha obra, el artista Antonio Barroso me cedió una fotografía suya realmente espléndida. Es una recreación contemporánea de ‘El grito’, de Edvard Munch.

Paula: ¿Te gusta colaborar con algún otro experto a la hora de escribir un artículo? Cuando haces esto, ¿cómo os preparáis ambos para escribir?

Con los únicos que colaboro para escribir son los colegas con los que me entiendo y con los que comparto amistad, visión y cierto estilo, principalmente Anaclet Pons y Alejandro Lillo. También Juan Calabuig y Félix Vidal. Próximamente, Marisa Begué y José Antonio Vidal Castaño.

Paula: ¿Consideras que tus artículos están posicionados políticamente hablando?

Posicionados es un palabro feísimo, permíteme decirlo. Mis artículos revelan una posición, un punto de vista, una cultura propia y un desconcierto. Suelo escribir cuando las cosas me desconciertan, en efecto. Para bien o para mal. Normalmente siempre es para bien, porque escribir es ordenar lo que piensas.

Cuando tienes ideas o una idea y no la expresas, sueles creer que tu análisis o tu diagnóstico es muy certero y hasta sublime. Cuando materializas esa idea, cuando escribes el artículo, ya no hay expectativas grandilocuentes u omnipotentes. A eso es a lo que llegas, que es siempre un texto que está por debajo de lo que desearías. No es perfeccionismo. Es realismo, que viene muy bien para bajar los humos.

Paula: ¿En qué te inspiras a la hora de escribir?

Me inspiro en lo que me rodea física o virtualmente, en todo aquello que me incomoda o me alegra, en las cosas que me procuran placer y alegría o en los asuntos que me avergüenzan. O al menos en los asuntos que sería una vergüenza no tratar, no abordar.

Vivan la historia

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“Hablamos a veces del curso histórico diciendo que es «un desfile en marcha». La metáfora no es mala, siempre y cuando el historiador no caiga en la tentación de imaginarse águila espectadora desde una cumbre solitaria”, decía E. H. Carr en 1961.

Cuarenta años después, John Lewis Gaddis se planteaba la misma cuestión, los desafíos a que se enfrenta el historiador. “Un hombre joven está de pie, sin sombrero y con un abrigo negro, sobre una roca alta, de espaldas a nosotros y se apoya en un bastón para resistir el viento que le agita y le enmaraña el pelo. Ante él se extiende un paisaje envuelto en niebla, en el que apenas se divisan parcialmente formas fantásticas de promontorios más lejanos”.

Nada sabemos de ese individuo, porque, de hecho, lo vemos de espaldas y no podemos intuir qué expresa su rostro, ese rostro que es incógnita, cifra, misterio. Con esta imagen, Gaddis se valía de una pintura celebre, ‘El caminante ante un mar de niebla’ (1818), de Caspar David Friedrich, elaborando con ella una metáfora.

“Para mí”, añadía Gaddis, “la postura del caminante de Friedrich –esa impresionante imagen de una espalda frente al artista y a todos los que desde entonces han visto su obra—«se asemeja» a la de los historiadores. La mayoría de nosotros piensa que, después de todo, en eso precisamente consiste nuestro oficio, en dar la espalda al sitio hacia el cual vamos”. Y no es así, añadía Gaddis, pues lo que distingue a los mejores historiadores, lo que les diferencia y les eleva, es su implicación y la conciencia de estar insertos en el mundo.

En vez de dar la espalda a lo que ahora, precisamente ahora, acontece, los historiadores nos comprometemisión, incluso equivocándonos, haciendo inseparables lo pretérito y lo presente, valiéndonos de los instrumentos que la sociedad nos da para evaluar, para contar el pasado, pero también para enjuiciar su tiempo.

En nosotros, la vida y la disciplina que cultivamos son inseparables; en nosotros, el pasado que puede ser narrado y los lectores a los que persuadimos y atraemis son nuestr motivación y nuestro desafío.
De eso, del desafío del historiador es de lo que habla mi último libro: el pasado existe. Ensayo no existe’, que publicará en septiembre Punto de Vista Editores.

Los historiadores han de ensuciarse las manos, algunos somos universitarios que escribimos en los periódicos o en otros medios con el fin de intervenir y con el propósito de acercar la mejor historia a los lectores, la de aquellos libros que han cambiado nuestro modo de observar el pasado.

Algunos alabamos la narración, exaltamos la capacidad que ciertos colegas tienen para exhumar el pasado con el recurso del relato, con la retórica de la persuasión. ¿Con el fin de hacer bonito o de expresarse con una bella prosa? En realidad, concibo al historiador como educador, como alguien que reconstruye pasajes biográficos con el fin de instruir moralmente (como fue la antigua magistra vitae).

El libro que aparecerá en breves semanas es la expresión de un entusiasmo, y así el yo que habla, el del autor, revela un compromiso entre personal y necesario contra la historia adocenada. Los nombres que cito son la muestra de una excelencia, los de aquellos historiadores que han cambiado nuestra forma de ver y contar las acciones de los antepasados. Ahora bien, el empeño en la narración me deja espacio para subrayar otros aspectos de la vieja historia académica que, a mi juicio, son imprescindibles, complementos del relato.

El de la verdad como ideal regulativo, por ejemplo; el de sus reglas. La historia no es sólo relato: es una disciplina, un sometimiento a ciertas normas. El historiador no escribe por el simple afán de comunicación. El historiador no busca las fuentes según le convienen, no selecciona únicamente lo que le corrobora, no descarta lo que le incomoda.

El historiador, aquel que es respetuoso con las técnicas depuradas de su oficio, somete sus ideas previas al contraste con los documentos y establece una especie de diálogo con los testimonios que le vienen del pasado. Pero… no se fía enteramente de cada uno de esos testigos, sabe que hay contradicciones y falsedades y racionalizaciones equivocadas.

Por eso, la operación histórica exige el contraste entre las fuentes con el fin de apreciar la verdad y la forma de enunciarse en esos documentos. No se trata sólo de alcanzar el testimonio más fidedigno, sino también de examinar de qué modo fue expresado, con qué procedimientos retóricos, con qué recursos de exposición.

La historia es, en efecto, una tarea complicada, una labor compleja que exige años de consulta documental y de aprendizaje de sus técnicas. Imaginemos a un médico de campaña que debiera intervenir quirúrgicamente en una contienda, decía el antropólogo Clifford Geertz. Apresurado, próximo a las bombas que caen y que amenazan con arruinarlo todo, no podrá exigir las mejores condiciones para operar, esas que son habituales en tiempos de paz, las que le permiten curar en un quirófano esterilizado.

Al no contar con un ambiente neutro, ¿deberíamos concluir que le dará lo mismo dónde lo haga, en una sala aseada o en un estercolero? Hemos de suponer que evitará el lodazal o el muladar; hemos de suponer que tratará de tenerlo todo lo más lustroso y fregado posible, aunque sólo sea para convencer al paciente de sus buenas intenciones.

Esas cautelas serían como las marcas del historiador, las pruebas que atestiguan su respeto a las reglas de la profesión. Pero no bastan. El galeno deberá tener, además, la intención última de salvar al paciente: como el investigador deberá, en fin, salvar la verdad de su relato.

Desdeñoso con los malos historiadores, harto tal vez de tantos investigadores rutinarios aupados a sus picachos, quizá yo no haya puesto suficiente énfasis en estos controles. Pero mi miniatura historiográfica, como la de un orfebre, descubre el esplendor de la joya con la que tendríamos que trabajar: la de una historia primorosamente escrita y viva.

Así deberíamos hacerlo siempre, sin rutinas expresivas, sin perezas académicas. Si no nos imponemos esa disciplina, entonces el interés de los lectores lo despertarán charlatanes, revisionistas, falsificadores y otros vendedores de quincalla historiográfica.

‘El pasado no existe. Ensayo sobre la historia. Madrid, Punto de Vista Editores, septiembre de 2016…).

Las bolas flamígeras

Desde niño tuvo miedo a las tormentas. En distintas ocasiones llegó a reaccionar con pánico cerval ante las sacudidas eléctricas: la lluvia que azota la superficie de la tierra, los truenos cuya detonación tiene algo de irritación bíblica, el vendaval que agrava el espectáculo sublime. Ahora mismo oye el batir de las olas y siente un estremecimiento. El levante sopla con furia. Sólo un oleaje que silba.

imageEn estos momentos, mientras escribe llueve copiosamente, con gran aparato eléctrico. Sabe que dichos fenómenos son efímeros, pero mientras duran se siente empequeñecer, inerme ante la acometida de la Naturaleza. Al menos de lo que queda de ella.

De niño, a los seis años, se extravió. Ocurrió en una pequeña población en la que por entonces residía. Había vaquillas por las calles, algún toro con dos bolas de fuego de las que se desprendían restos incandescentes de alquitrán. Había mozos probando su hombría y sacudiendo al animal con sus vergas. Finalmente, la tormenta afectó al tendido eléctrico. No había luz en todo el vecindario,

Un niño y una niña, apurados, muertos de miedo y santiguándose, avanzan sin rumbo fijo. Se pasan los brazos por sus respectivos hombros. Marchan así, entre la oscuridad y el gentío para darse ánimos, para creerse más seguros… La amistad lo puede todo. De repente, cuando menos se lo esperan se hallan fuera de la población, más allá de sus confines, y ven en el cielo una forma reconocible.

El niño y la niña hablan entre susurros. No sabrían decir si es una nube, Dios en persona o un platillo volante aún lejano. Son impresiones que al niño le sobrecogen: hasta la nube puede ser el anuncio de otra terrible tormenta. Si por el contrario es Dios, entonces el castigo es seguro. De su presencia amenazante y omnisciente, no puede escapar, él… que tan cargado de pecados está. Aún no ha tomado la Primera Comunión y sus transgresiones no tienen perdón, piensa el niño revoltoso. Hay muchas faltas por las que pagar.

La muchacha permanece callada apretándole la manita. Él la ve con sus trenzas, con ese pelo amorosamente arreglado. Y justo en ese instante sabe que va a morir, que ella va a morir. Ha sido la presciencia. Él ve cosas…

Dan media vuelta y regresan al pueblo. Conviene internarse entre las callejas de aquel barrio para escapar de los extraterrestres. A pesar de que no saben con certeza si son alienígenas, ambos no ignoran la determinación bélica que los guía, la voluntad de invadir la Tierra, de apropiarse de nuestras posesiones.

Regresan, sí, a la localidad. Creen haber escapado de las nubes amenazadoras, de la tormenta venidera, incluso de Dios. Creen estar a salvo. En ese instante, justo en ese instante, el toro que ha perdido la bolas flamígeras empitona a la niña.

Las bestias de España

Bestiario español. Semblanzas contemporáneas. Huerga & Fierro.

imageEl lector mira la ilustración de cubierta, una fotografía que pertenece a Antonio Barroso, y se siente retratado. La persona grita desgarradoramente. Se ve reflejada en un mundo que está al revés, un mundo poblado entre otros por seres raros o comunes, por tipos graves o chistosos, por individuos reales o irreales a los que detesta o a los que aprecia.

Por aquí pasan Francisco Franco, el Rey Juan Carlos, Adolfo Suárez, José María Aznar, Ana Botella, Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero, Belén Esteban, Mariano Rajoy, Rita Barberá, Manolo Escobar, Esteban González Pons, José Luis Torrente, Julián Muñoz, Pedro J. Ramírez, la Virgen, Federico Sánchez Dragó, Esperanza Aguirre, Rosa Díez, Silvio Berlusconi o Julio Iglesias.

La nómina es más extensa y el autor práctica el género de la semblanza, como bien señala Elvira Lindo en el prólogo elogioso a esta divertida obra. Antonio Barroso tuvo la gentileza de donar esta fotografía tan expresiva y doliente para el libro. Elvira Lindo quiso escribir un prólogo de campanillas para esta obra menor o circunstancial. Estoy inmensamente agradecido.

En su momento tuvo que haber salido antes, antes del verano de 2013. Pero el mercado no lo permitía. Por otra parte, en aquellas fechas, nos felicitamos del retraso, de este contratiempo: me encontraba revisando las semblanzas de personajes que han caído aún más o cuya vida se pierde entre la inmundicia. Ya lo sabemo: en pocos meses la vida como la ciencia cambia que es una barbaridad.

Hay gente retratada que me cae muy bien. Por ejemplo, Manuel García Moreno, alias Manolito Gafotas (‘Quatrocchi’, en italiano). Hay gente detestable (como don José Luis Torrente) y hay seres de ficción (Julio Iglesias, entre otros) que resultan inverosímiles. En medio de todos ellos, el rey 1 y 2, las infantas, los Aznares, los populares, los catalanes, los valencianos.

Se lo van a pasar en grande. No se lo pierdan. Yo me he reído a mandíbula batiente.

Por no llorar.

La humanidad varada de Ibán Ramón

Los archivos de Justo Serna

imageUno. Ibán Ramón es un fotógrafo meticuloso. Se nota en sus obras. Hay pocos elementos fotografiados, pero esos detalles que capta forman siempre cuadros singulares, momentos inertes de la vida. No pude asistir a la exposición que semanas atrás inauguró en Set. Espai d’art. ¿Su título? ‘Pièce de résistance/the landscape in his mind’.

Ibán tuvo la amabilidad de regalarme el catálogo, en realidad una caja de cartón, como las viejas cajas en las que guardábamos los retratos. Los materiales, los tactos de los materiales, las transparencias de los materiales crean un repositorio adecuado para las fotografías de Ibán. Y el texto de Ricardo Forriols, que precede a las instantáneas, es aleccionador, sugerente.

imageDos. No son retratos. Lo humano no parece estar en primer plano. Sus instantáneas son siempre paisajes brumosos, recortes del mundo natural con niebla al fondo. La niebla es metafórica y es real: los lugares están envueltos en…

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Mariano Rajoy. Peligro, vehículo lento

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Uno. En 2013, en el ‘Bestiario español’ decía esto:

“…Y sé que Mariano Rajoy ha demostrado ser una vez más un estadista accidental. Está aquí como podría estar en Matalascabrillas del Duque ejerciendo su profesión de registrador. Lo malo es que Matalascabrillas es un invento de Forges.

Igual que Mariano Rajoy es un resistente de tebeo, como para no morir. Como Carpanta, aquel héroe de la historieta, ideado por Escobar. Pero atención: Carpanta duró décadas. Sólo le bastaba con ingerir accidentalmente. Vivía bajo un puente, sin cariño ni oficio. Únicamente pensaba en ingeniárselas para sobrevivir.

Mariano Gasoil, que dice un familiar mío, resiste (como los motores diésel) y se las ingenia para sobrevivir. Nada más”.
.

Dos. En 2016 digo esto:

Nada más o nada menos. Los motores diésel efectivamente resisten. Pero las piezas que rodean y completan el automóvil no aguantan el paso del tiempo. Ni siquiera el tiempo de un plazo prudencial.

Los plásticos se quiebran, la chapa se
oxida y se perfora, la correa de distribución puede romperse, el reprís pierde gas o fuelle, el aire acondicionado tiene escapes hasta averiarse. Vamos, que con los años es ya un coche viejo.

Eso es Mariano Rajoy: un coche viejo de diésel en el que nunca hubo turbo. Como un vehículo ya desvencijado que estuviera en permanente ralentí o marchara ya una velocidad extremadamente baja que pone en peligro a los restantes automóviles.

Él va la suya y sabe que puede alcanzar su meta prácticamente sin moverse sin importarle desesperar y exasperar a los restantes conductores y al público que vino a contemplar el rápido curso de los acontecimientos.

Ahí lo tienen: tomándose su tiempo, anormalmente largo, provocando riesgos, haciéndonos enloquecer.

Crescencio Barret

Yo tenía un corresponsal desplazado, un tipo que husmeaba en los bajos fondos de la Generalitat. Ahora ya no. Se llamaba Crescencio Barret. Por entonces vivía en los corredores de palacio, en los sofás de cortesía, en los pasillos del edificio, en los sumideros del poder. En cualquier esquina.

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Era mi garganta profunda, mi confidente en tiempos del Partido Popular. Grande Crescencio Barret. Era grande.. A pesar del clergyman no se hacía notar.

Un buen día, cuando Francisco Camps abandonó la poltrona, me hizo importantes revelaciones. A ver, yo ya estaba acostumbrado a sus confidencias, pero lo de aquella jornada fue sobresaliente.

Me dijo que en la caja fuerte de la Generalitat que Francisco Camps le dejó a Alberto Fabra sólo había un billete de cinco euros algo arrugado. La verdad es que consiguió impresionarme.

Es más, me dijo que había visto a Juan Calabuig husmeando por la oficina principal. Estaba buscando un documento reservado. Eso le dijo. Yo creo que es una fanfarronada de Calabuig. Con lo discreto que dice ser me cuesta imaginarlo rondando por el Palau de la Generalitat para nada.

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Además, con la sotana a cuestas su presencia era comprometedora. ¿Entonces? Dejemos a Juan. De un tiempo a esta parte no hay quien le crea una palabra. Lo que me inquieta es que pudiera engañar a Crescencio: le dijo que había sido confesor de Camps. Y que sabía muchas cosas. Barret es muy avispado y no acababa de creerse esa machada.

Tras insistirme con el billete de cinco euros, le pedí la relación completa de las pertenencias halladas. En la caja fuerte y en los alrededores. “Bueno, el dinero y un poquito más”, admitió Crescencio. Dejó también:

–Algo de calderilla en un recipiente de Cola Cao, una lata de berberechos sin abrir que caduca en 2050, un ejemplar de ‘Camino’, un preservativo sin usar que termina en 2030, un Copón de oficiar Misa, una Biblia (de las Ediciones Paulinas) con manchas y otras humedades irreconocibles, un paquete mediado de folios Galgo y, en fin, las escrituras del patrimonio inmobiliario de la institución.

Es decir, no había liquidez. Cuando mi confidente me enumeró las pertenencias de Camps, lo que más me sorprendió fue la caducidad de los berberechos y del condón.

–Si alguien tiene productos perecederos de tan larga fecha sólo puede deberse a que confía estar en el puesto para entonces-, le dije a Crescencio.

–Así es, Monseñor-, corroboró.

–Pues entonces, Crescencio, tráeme la lata y el condón. Asegúrate de que esté nuevo. Quiero examinar ambas cosas.

–Imagino que sí que será nuevo. Estará lubricadito. Ah, y es talla King Size–, dijo con incongruencia, pues yo no necesito capuchón.

–La papelería y las Escrituras se las haces llegar a doña Rita. Y tú, de propina te quedas con el suelto, el billetito y el copón.

No he vuelto a saber de él, de Crescencio Barret. Quizá se amistó con Juan, que ha abandonado la sotana. Me los imagino ahora rondando a Ximo Puig y a Mònica Oltra. Ambos son bien parecidos.

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Fotografías: Piero Pazzi