La ficción sin límites… O por qué el nazismo aún inquieta.

Laurent Binet, HHhH. Barcelona, Seix Barral, 2011

image¿Una novela dedicada a Reinhard Heydrich, el Jefe de la Gestapo, el Protector de Bohemia y Moravia? Tras leerla tiempo atrás, tras varios años de contención, volví a ella. Me gusta retornar a aquellas obras que me impesionaron. Y ésta la leí entre aeropuertos con placer.

La primera vez comencé con verdadera pasión, lamentando no poder seguir cuando, por ejemplo, tenía que suspender la lectura por mil y una razones. Pero luego, por la noche, volvía a Praga, a Londres, y sobre todo volvía a sus personajes.

La novela es, sí, como un viaje al pasado. Pero un viaje continuamente interrumpido por las incursiones de un narrador metomentodo. Quien cuenta dice que cuenta, dice lo que cuenta y dice lo que no cuenta. Es una operación arriesgada.

Alguien se propone escribir una ‘novela histórica’ y tiene un propósito: afirmar sólo lo que pueda sostenerse documentalmente.
¡Pero si estamos en una ficción! El autor sabe que puede fantasear, añadir lo que no está ni jamás averiguará.

Pues bien, en HHhH, el narrador –de quien sospechamos un parecido notable con el autor— se ciñe a las pruebas contrastadas, a los datos que ha podido reunir sobre Heydrich o sus enemigos, un par de paracaidistas que bajo el amparo de la Operación Antropoide llegan a Praga en 1942 con el propósito de atentar contra su vida.

Como un historiador, quien relata se impone todo tipo de restricciones, los límites de la verdad documentada. Nos confiesa una y otra vez que sólo dirá lo que buenamente sepa. Al igual que un cronista, se reducirá a la concatenación de hechos, evitando lo meramente probable y lo que ni siquiera pudo acontecer; evitando la recreación creíble de diálogos de los que no hay registro.

Rechaza lo verosímil y lo factible si no hay fuentes históricas que lo respalden y eso nos lo revela repetida y paradójicamente en una novela. Pero a la vez, como novelista, se ve obligado a conjeturar. ¿Entonces? Tanto la primera como la segunda vez creí estar leyendo un ‘relato real’ de Javier Cercas…

La conjetura que Laurent Binet presente explícitamente no será la ficción sin límites: será la suposición fundamentada, la hipótesis más razonable, la circunstancia más factible. Pero esas audacias narrativas no dejan de ser una irrealidad. Inmediatamente el narrador se morderá la lengua contradiciéndose: no debería haber incluido dicha escena, se corrige.

“Yo digo que inventar un personaje para comprender unos hechos históricos es como falsificar las pruebas”, dice por ejemplo en la página 274 refiriéndose a un colega suyo: a Jonathan Littell, autor de Las benévolas, Binet hace justamente lo contrario o, mejor, dice hacer lo contrario estableciendo un pacto de veracidad con el lector.

Pero ese acuerdo dentro de una novela es siempre algo altamente dudoso, pues los enunciados pueden verificarse en el interior del mundo de ficción, pero la verdad como correspondencia no funciona fuera: a los destinarios siempre nos faltarán pruebas de la certeza.

A la postre, en esta novela, el resultado es que el personaje principal acaba siendo el propio narrador. Lo que sabe y lo que no sabe, lo que siente, lo que hace con sus personajes, lo que se permite, lo que tiene vedado. Al final, la operación novelesca triunfa.

¿No será acaso que ese yo que habla en primera persona acaba siendo el protagonista? ¿No será acaso el narrador aquel sobre quien se han vertido las mayores invenciones, quizá inexactitudes?

Lo que Binet pierde por no aplicar su fantasía creadora lo gana en fidelidad erudita y en potencia narradora: afirmar que no puedes decir te obliga a confesar lo que quizá no deberías revelar.

Es entonces cuando los lectores salimos sabiendo más y salimos mudos preguntándonos quién es ese tipo que tanto expone y que tanto ha de callar.

La sensatez intelectual

Los archivos de Justo Serna

El interés que despierta la reciente historia alemana no decae ni por aquéllas. Pasan las décadas, pasan los siglos, y los naturales, los amigos o los antiguos enemigos siguen preocupándose por esa época de crisis: los años treinta y cuarenta del siglo XX.image

Un país de gran cultura, de tradiciones remotas, de logros verdaderamente admirables, se pierde: así, de repente, se abandona a la barbarie política.

Una nación arraigada, de noblezas y de linajes milenarios, de pronto se ve sacudida y degradada por una corte y una cohorte de plebeyos a los que aúpa y sigue.

La Gran Guerra y la Revolución de Octubre trastornaron el orden mundial. Sirvieron para movilizar a las muchedumbres, para darles un protagonismo del que carecían. Y sirvieron para provocar reacciones contrarias, de temor, de pánico, ante su irrupción.

Paradójicamente, el fascismo y el nazismo son ambas cosas a la vez. Por un lado, encuadran…

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¿Y Franco qué opina de esto?

Hace unos años, un spot televisivo puso de actualidad al Generalísimo. Exhumaba su recuerdo, vaya. El anuncio lo protagonizaba un anciano que hablaba del dictador, que apelaba al Caudillo. El abuelete parecía salido de la España de los sesenta. Con boina calada y con pana recia.

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En el anuncio habían pasado muchos años desde la muerte de don Francisco Franco Bahamonde y resultaba que el abuelito estaba algo despistado. O hacía vida retirada o tenía un principio de demencia senil

Así, ante hechos chocantes que alguien le contaba (que el Real Madrid no ganara la Liga o algo así) siempre preguntaba: “¿Y Franco qué opina de esto?”

Hoy, 18 de julio, yo vuelvo a interrogarme por el Generalísimo y por la actualidad más reciente. Ando algo perdido. Como el anciano.

El abuelito del spot preguntaba por la opinión de Franco. Le salía un hilillo de voz, temblorosa. Lógicamente le tenía un miedo reverencial al tirano (permítanme decirlo así, con esta fea expresión).

¿Por qué miedo reverencial? La trayectoria del franquismo es una historia de violencias, es el despliegue de una variada gama de violencias que fueron aplicándose con mayor o menor eficacia durante décadas.

Fue un régimen que se ensañó con los perdedores porque, salvo breves períodos, estuvo respaldado por potencias extranjeras.

Durante años, el Caudillo reverenciado y temido, pudo ejercer un dominio discrecional, legitimado por la Iglesia católica. Y pudo ejercer también un poder arbitral, dueño de decisiones que favorecían a esta o aquella ‘familia’ política del régimen.

Cada vez que pienso en Franco me da un respingo. Fue tal el grado de embrutecimiento que llevó a la sociedad española, que la reconstrucción duró décadas. Aún hoy me pregunto por el asentimiento de una parte de esa sociedad.

Fueron el miedo, la persecución y la represión los que acabaron quitándonos la condición y la dignidad de ciudadanos. O sea, el franquismo dura por la violencia y dura por el consenso forzado y por la servidumbre voluntaria de una parte importante de los españoles.

La ignominiosa política del régimen y su ilegitimidad no fueron ampliamente repudiadas. Eran muchas la rutina y la anuencia y serán significativos el beneficio material y el magro bienestar disfrutados por trabajadores y por unas incipientes clases medias a partir de los años sesenta. Trabajadores crecientemente formados, sí, y clases medias agradecidas fueron el principio del fin.

En mi libro Españoles, Franco ha muerto (Punto de Vista Editores y Ediciones Sílex) me pregunto por el aprendizaje de la libertad, por el deterioro de la tiranía, por la aparición e influencia de una oposición política.

Llegados a este punto, a estas alturas de julio, yo también estoy despistado. El presente continuo y la información masiva nos aturden. Sólo la lectura, el estudio y una cierta distancia irónica me permiten mantener la cordura.

Lo que en 1975 era mi futuro es ya pasado más o menos remoto, pero ciertos hábitos del franquismo, ciertos lastres aún los acarreamos en la vida civil y en las instituciones políticas.

Yo no me pregunto, como el abuelete del anuncio, lo que Franco podría pensar de lo que hoy acaece. Me pregunto lo que pensamos de Franco y de su régimen, de las indignidades que se cometieron y cuyo recuerdo aún perdura. Me pregunto, oh amigos, por los efectos de una dictadura ignominiosa. Hay lastres de los que no nos hemos desprendido. ¿Adivinan cuáles?

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Ilustración: obra de Antonio Barroso para Españoles, Franco ha muerto.

El diablo sobre ruedas

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Admítanmelo y perdónenmelo. Una vez conocidos los detalles del atentado con un camión en Niza, la memoria nos hace recordar aquella persecución ideada por Steven Spielberg.

Si recuerdan, en el film no había justificación para el brutal acoso que sufre un transportista. Es el simple sadismo de un camionero… En Niza, el camionero parece ser el diablo, o al menos el brazo ejecutor de su dios particular. La vida humana, pues, no vale nada.

¿Podemos añadir algo más que no sea cháchara? ¿Podemos expresar aún nuestro pánico? Por supuesto, en la Tierra todo puede agravarse, todo puede empeorarse. No debe de ser muy difícil provocar un cataclismo. Sólo hacen falta temeridad criminal, coraje suicida y ausencia absoluta de compasión. Ah, y un arma de gran poder mortífero. Por ejemplo, un camionazo es un sofisticado producto de nuestra civilización. Emplearlo con voluntad asesina es sencillo, imagino.

“Su explosiva mezcla de megalomanía y sed de venganza, ansia de sangre y deseo de muerte podía estallar en cualquier patio de colegio, frente al Pentágono o en un mercado africano”, dice Hans Magnus Enzensberger en su reciente ‘Ensayos sobre la discordia’.

¿Dónde está el frente? Como admitía Umberto Eco en una entrevista, desde la guerra del Golfo, la guerra ya no se desarrolla entre dos líneas de frente netamente separadas, y las nuevas tecnologías de comunicación permiten, de Bagdad a Washington, de París a Madrid, flujos de información que nadie puede detener y que desempeñan el papel que tenían antes los servicios secretos.

“La guerra produce una inteligencia permanente con el enemigo. Desde el 11 de septiembre, la guerra ya no concierne a dos países opuestos. Se enfrentan, por un lado, la comunidad occidental, y por otro, el terrorismo fundamentalista, que no tiene patria ni territorio”, añade Eco.

“Peor aún, el territorio más seguro para el terrorista es el mismo país al que quiere amenazar y cuya tecnología y armas adopta (se han destruido dos torres estadounidenses con dos aviones estadounidenses); el enemigo vive en la sombra”, prosigue.

“Aunque el fin de todo acto de terrorismo no es solamente matar ciegamente a algunas personas, sino también lanzar un mensaje destinado a desestabilizar al enemigo, desde el momento en que los medios de comunicación retransmiten estos actos (y no pueden evitar hacerlo), colaboran de hecho con el enemigo”. Hasta aquí, Eco. Punto y aparte.

Las guerras tienen frentes, incluso trincheras, enemigos reconocibles, uniformados, alineados, con banderas, con bayonetas. En las contiendas hay artillería y aviación, dos ejércitos combatiéndose y sobre todo unas imágenes censuradas. En nuestro mundo de hoy, esto es insuficiente.

¿Y el enemigo? La definición del enemigo… Si el combate contra el terrorismo islamista lo definimos como una Guerra Mundial (cuyas vicisitudes ya conocemos), entonces el enemigo también puede ser calificado en unos términos reconocibles.

El fundamentalismo islamista no es fascismo de nuevo cuño, como algunos se empeñan en calificar. En el islam moderno, la nación no es una referencia central de su organización política, entre otras cosas porque las estructuras estatales se ven como herencias o artificios coloniales: la unidad política real es, por el contrario, la comunidad de los creyentes, algo transnacional. Por tanto, llamar a los terroristas islamofascistas es un enredo conceptual de grandes dimensiones.

¿Y por qué este lío expresivo? Desde antiguo, los fenómenos nuevos, inauditos, tendemos a identificarlos con un léxico previo con el fin de conjurar fantasiosamente lo que ignoramos y, sin embargo, eso no reduce el proceso desconocido y las consecuencias inusitadas del acontecimiento.

Creo que tenemos gravísimo problema con la violencia extrema del islamismo, con los atentados, con las amenazas…: George W. Bush dijo en cierta ocasión que la guerra era un sitio peligroso.

Y creo que tenemos un grave asunto con lo real y el lenguaje. Los periodistas, los historiadores, observan la realidad, pero esa realidad no es un dato que se imponga sin intelección alguna.

Necesitamos un armazón conceptual que nos permita entender qué tenemos ahí enfrente, qué significado hay que darle para después transmitírselo a los lectores. ¿Me refiero al lenguaje?

Resulta obvio que es así, pero esa afirmación es insuficiente porque con los lectores no sólo compartimos un idioma del que nos servimos, sino también ciertos significados de las cosas, el sedimento histórico que las palabras tienen.

Pues bien, el nuevo terrorismo –que ya no es tan nuevo– es un fenómeno efectivamente reciente e inaudito, para el que nos faltan referencias, una conceptualización en la que se están empeñando los mayores expertos (no sin polémicas) y que no tiene por qué coincidir con la designación que a esos hechos les dan los Gobiernos y las Administraciones.

Hay un mundo externo, referencial, que funciona o sucede al margen de la voluntad del observador, sea éste un reportero o sea éste un investigador, pero ese mundo necesita, en efecto, de alguien que lo atisbe, que lo escrute y que, al final, sepa relatarlo, explicarlo e interpretarlo poniendo en orden los datos.

Para narrar, los cronistas (de la índole que sean) precisan un dato documentado y un vocabulario cierto: un léxico que aluda a algo externo que se quiere aclarar, pero sobre todo los cronistas necesitan los conceptos, las nociones generales y abstractas con las que indicar los datos concretos.

Pues bien, pese a los años transcurridos desde el 11-S aún estamos en esa fase previa, aquella en la que sólo empezamos a distinguir a qué refriegas nos enfrentamos y con qué rótulo calificamos al enemigo. Desde luego hay que tener escasa o nula piedad para cometer un atentado como el de Niza, la falta de compasión que demostraba diablo sobre ruedas.

Los papeles de Obama

Los archivos de Justo Serna

 

1. “El arte de manejar las impresiones” 4/06/08

En todo político que se precie hay una puesta en escena, una presentación de la persona según el rostro más favorecedor: en esta fotografía, Barack Obama señala a alguien, a una parte de su público, parece. O quizá es un mero ademán. En todo caso, revela resolución,  seguridad gestual. Su aspecto es inmejorable.

Hace muchos años, en 1959, Erving Goffman trató de la dramaturgia ordinaria: de La presentación de la persona en la vida cotidiana. Desde que descubrí a este microsociólogo, mis estudiantes me han oído hablar con entusiasmo de sus obras y de sus categorías. La metáfora básica que él establecía resulta hoy evidente, pero para cuando él la planteó las cosas no pintaban así. Somos actores que ejecutamos papeles, decía Goffman: papeles en parte aprendidos y en parte improvisados, guiones que nos sirven para desenvolvernos aceptablemente en un entorno que reconocemos. Hemos de aprender “el arte de manejar las…

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América para los no americanos

Los archivos de Justo Serna

Uno. Presentación.

América para los no americanos.

Lecturas sobre los Estados Unidos de Barack Obama,

de Francisco Fuster

Nota de prensa de la editorial (Ediciones Idea):

América para los no americanos se presenta el miércoles 15 de diciembre, a las 19:30 horas, en la Casa del Libro de Valencia (Paseo Ruzafa, número 11).

En el acto intervendrán, junto a Francisco Fuster, el profesor del departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia y prologuista del libro, Justo Serna, y el profesor del departamento de Filosofía de la misma Universidad David P. Montesinos.

Dos. Va a ser un acto divertido y aleccionador. Eso espero. Va a ser una presentación cálida, a pesar del frío ambiental que nos enferma. Y va a ser un ejercicio de reflexión discursiva. No nos vamos a callar: repartiremos a manos llenas lo poco que sabemos.

Estoy muy contento de poder acudir al…

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