Tipos ordinarios

Una historia moral

mNos gustan las series televisivas, nos atrapa la intriga troceada, a cachos. Para reflexionar sobre ellas, sobre la conducta humana, y para gozarlas con mayor disfrute, les propongo un libro.

‘Difficult Men’, de Brett Martin. La traducción podría haber sido ‘Hombres con dificultades’. O ‘Varones complejos’ (o por qué no: ‘Varones acomplejados’).

Por razones comerciales, advierte el editor, “se decidió no traducir [Difficult Men] literalmente”. La verdad es que el responsable peca de poco original, pues el título español incurre en lo obvio, en lo fácil: ‘Hombres fuera de serie’.

Brett Martin dedica esta obra a las series de los últimos años: desde ‘Los Soprano’ hasta ‘Breaking Bad’, entre otras. Los protagonistas de dichas historias son tipos ordinarios.

En un doble sentido: son hombres corrientes, sin grandes refinamientos. Y son comunes: como tantos y tantos varones contemporáneos, sin mayores sofisticaciones.

Con la diferencia, eso sí, de que son ricachones sobrevenidos, nuevos ricos que se han lucrado con delitos o engaños.

Generalmente son maridos que tratan mal a sus respectivas mujeres: o porque las descuidan tapándoles la boca con dinero y porque les desdeñan, una mezcla de protección y abandono; o porque les infligen violencias psíquicas de todo orden.

Pero ellas, las abnegadas esposas, no carecen de culpa. Se resignan y sacan provecho de los trabajos de sus maridos, de esos engaños y delitos que cometen.

Se hacen las tontas o las olvidadizas o las suecas. El caso es que saben positivamente a qué se dedican sus respectivos esposos.

Y sus maridos suelen ganar mucho dinero en actividades presunta o aparentemente legales. De hecho se lucran gracias a la extorsión, a la publicidad engañosa o a la fabricación y tráfico de drogas.

Son hombres domésticos, varones normales, individuos que tienen tapaderas que les permiten llevar vidas corrientes o aceptablemente corrientes.

Pero, nosotros, los espectadores sabemos que no son así, sabemos que sus comportamientos son característicos de adúlteros compulsivos, de mujeriegos contumaces o de hombres pusilánimes que pasan a convertirse en monstruos.

Para ellos, la familia es lo más importante, sus hijos y la educación de sus hijos: mientras tanto o se la pegan a sus mujeres con las primeras prostitutas de lujo que se dejan; o se entregan con furia y cinismo al delito para mantener a sus esposas.

Me refiero a Tony Soprano, a Don Draper y a Walter White (alias Heisenberg). Son muy distintos entre sí, sus tareas son diferentes: gestor de desechos, creativo publicitario y profesor de química.

Pero hay en ellos algo que los hermana: un acto, un momento, un pronto y un trance que los ha convertido en monstruos. ¿Cuándo ocurre eso? ¿Por qué?

Cada vez que repaso alguno de sus capítulos me pregunto por la instrucción, por la formación, por la educación, por el cinismo y por la fuerza bruta.

Me pregunto por nuestro primitivismo. Nosotros, los contemporáneos, educados en la contención, no hemos conseguido sacudirnos la brutalidad instintiva, la rapacidad original.

Hay que ser muy conscientes para no comportarnos como bestias, como machistas redomados; hay que ser muy reflexivos para no sacudir a quien nos contraría.

La sociedad se dota de instrumentos de represión, pero no pocos tipos se saltan la ley y hacen de las suyas. Aún nos quedan por completar siglos y siglos de civilización. Mientras tanto, las ficciones —las mejores ficciones televisivas, las más retorcidas o explícitas— nos ayudan a identificar a los bárbaros, a los mafiosos.

A nuestros congéneres.

Where’s David Bowie?

David Jones nació en 1947 en un Inglaterra orgullosa y en declive, en un país de estrecheces y rigideces.

Desafió lo obvio y lo obligatorio, la recia tradición del hábito y las convenciones. Apreció el rock y a su mejor encarnación: Elvis, pero también Little Richard.

Y amó el music hall y el teatro, las artes escénicas, unas habilidades, afeites y maquillajes que aprendió o desarrolló con Lindsay Kemp, su primer mentor.

Pero quiso ser a la vez glamouroso y elegante, un cantante de suaves formas y lánguida expresión, un Frank Sinatra a quien tanto admiró. Quiso ser el ‘crooner’ melancólico de un mundo a la deriva.

Compuso canciones y baladas angustiosas: también piezas joviales y tristes, de ansiedades particulares y de amenazas apocalípticas.

Cantó con variados registros, de acuerdo con los personajes a los que adoptaba o en quienes se transmutaba: muchachos andróginos, astronautas sin norte, humanos desbocados y extraterrestres, propiamente alienígenas o alienados.

La alienación es su tema, el subtexto que subyace o que emerge, no los viajes interestelares. Aventuras, sí: emprendió viajes a las regiones dichosas o sombrías del alma, ese dominio en que el ser se ignora, en el que el ser es ya otro, otros.

Para eso tuvo que maquillarse hasta hacer desaparecer al David Bowie original, aquel muchacho ‘mod’ que empezó hacia 1965.

Para eso tuvo que disfrazarse hasta hacer de la apariencia y el hábito su segunda piel. Maquillajes y afeites, ya digo, que son máscara y protección, identidad de hermanos perdidos.

Se alzó a plataformas de vértigo, un calzado que lo alejaba de la Tierra, de la ordinaria convención, de la vida previsible. Se aupó hasta esa altura e incluso levitó.

Se enfundó monos de plásticos y brillos, plásticos monos, sí: escandalosa indumentaria que asombró y que luego mudó: de la estridencia a la extrema elegancia, de la provocación de lamé hasta la pose de finos paños.

Lució su feliz y abundante cabellera sometiéndola a cortes audaces y a tintes coloristas: unos cromatismos que le hacían ser extraño y hasta extravagante.

Quizá con esas mudas expresaba la fantasía de quien vive sin ser, sin acabar de ser; quizá expresaba la quimera de un loco potencial; quizá expresaba la certeza de un ser ajeno, ese tipo que sobrevive en un espacio especial, en un espacio exterior y espacial.

Fue eso y mucho más: incluso un hombre de negocios, un avispado industrial, un próspero comerciante que supo vender su alma, su cualidad y hasta el mundo del más acá.

Cincuenta años con HAL

HAL 9000

Diálogos con la computadora. Homenaje a Stanley Kubrick. Con bromas incluidas.

Hace un tiempo concebí un vídeo. Concebir: esto es, lo imaginé y lo realicé.

Lo monté a partir de distintos planos de 2001. A Space Odyssey. Abajo incluyo el enlace para quien esté interesado.

Cada vez que accionó el play me emociona escuchar la voz metálica de HAL.

Se cumplen ahora cincuenta años del estreno del film y en esta pieza sencilla no intento reproducir toscamente lo que Kubrick ya realizó con genio.

Lo que hago es componer una secuencia de imágenes con el audio original de la película, al menos de aquellas partes en que habla o se habla de HAL 9000: de la computadora singular y servicial o de la máquina retadora e indómita.

Muestro al primer artefacto, aún funcional y eficacísimo cachivache, y al último cacharro, ya con voluntad propia, un computador que padecerá, a causa de su rebeldía, la desconexión, la regresión y la muerte.

Tras la rebelión de HAL, el hombre, Dave Bowman, permanece solo, en el espacio, con nutrición artificial, sin sexo diario. Mata el tiempo jugando una inacabable partida de damas o de ajedrez, teniendo por amenazante rival a esa computadora omnisciente, HAL.

En un determinado momento, el ordenador frío y calculador ha dejado de ser un aparato ancilar para convertirse en un humano más, en un tipo engreído y emocional, con el amor propio alterado. A partir de ese instante, el futuro es ya imprevisible.

2001. Una odisea del espacio‘, de Stanley Kubrick, se estrenó el 2 de abril de 1968. En España, el primer pase se hizo, posterior y simultáneamente, en Madrid y Barcelona el 17 de octubre de 1968. En Valencia llegaba a las pantallas en la Navidad de 1968, en el Cine Paz.

Era una sala ya desaparecida. Estaba en la Calle Ruzafa y tenía un aforo de dos mil butacas. Fue entonces cuando la vi. Acudí al cine acompañado de mis señores padres.

Yo contaba nueve años. Quedé fascinado, según he detallado otras veces. Por supuesto no entendí gran cosa.

Hay en la película secuencias memorables que retengo desde que la primera vez que la vi. Para mí, cuando la estaba contemplando era un relato majestuoso e indescifrable.

La entendía como una película de ciencia-ficción, sí, pero hermética y bella, o quizá oscura y premonitoria. Con astronautas en hibernación; con tripulantes enfundados en sus trajes blancos moviéndose con lentitud sideral; con comida en cápsulas o en patés de colorines.

Era el futuro. El porvenir no estaba en una población de la Tierra, con adelantos que podríamos ver, sino en una estación espacial o en la nave Discovery, no-lugares convertidos en alojamiento humano.

Recuerdo los atavíos de los pasajeros o de la tripulación de la estación espacial: una moda muy pop, de un primer pop prehippy, con pantalones aún estrechos, casi pitillos. Pero recuerdo sobre todo la vida en el Discovery.

Era una aventura en el sentido más literal de la expresión: un viaje más allá de las estrellas, con un destino que no se conoce bien y con unas metas que la tripulación verdaderamente ignora.

A la deriva, como el Major Tom, de David Bowie, un personaje que también todo lo desconoce: su destino en el interior de aquella cápsula de hojalata.

Pero quien lo sabía todo era HAL. En las computadoras de entonces, de los años sesenta, su aspecto externo no era como los ordenadores de hoy: su parte decisiva no era una pantalla o teclado, sino el ojo que te ve, una especie de objetivo con el diafragma bien abierto.

HAL era como Polifemo, pues disponía de un solo ojo, sí, pero, a diferencia de aquel, tenía un dominio panóptico sobre la nave: en todos los rincones del Discovery había terminales que le facilitaban el control de lo que pasaba. Como el Big Brother, de Georges Orwell.

HAL es memoria y razonamiento, capaz de averiguar lo que pasa. Pero lo que pasa no sólo lo advierte con su único ojo. También sus redes neuronales le permiten acoplarse a la nave, solaparse con ella, de modo que un desperfecto técnico es captado o percibido inmediatamente.

La historia de ‘2001’ puede ser interpretada de modo diverso y hay, desde luego, distintos problemas que allí se nos muestran. ¿Cuáles? Pues, por ejemplo, el dominio espacial.

Pero también los misterios de la existencia, la ambición y la soledad; el poderío de las máquinas y la pequeñez del hombre; las persistentes necesidades humanas de amor, de comprensión.

Necesidades humanas de amor, de comprensión. Aquí es HAL quien las expresa, paradójicamente, un cacharro concebido para ser perfecto, pero cuyo desarreglo neuronal empieza cuando debe enfrentarse a los hombres.

Cuando Dave Bowman, el único astronauta que sobrevive, empieza a desconectar la computadora, el cacharro tiene miedo. “Just what do you think you’re doing, Dave?”, le dice HAL.

Es una pregunta literal y sideral, pero es también la expresión de un miedo, pues su vida se apaga, cosa que puede producir serios daños en esas redes cerebrales.

Justo en ese momento empezamos a oír ruidos electrónicos, chasquidos metálicos y un tarareo de HAL. No es el ‘Danubio azul’, de Strauss, que nos acompaña con frecuencia, sino una cancioncilla infantil. “Daisy, Daisy…”

Esa pieza nos muestra la infancia de la computadora: le fueron introducidos recuerdos y sentimientos, recursos de la existencia humana que siempre se expresan bajo la forma de relatos. Ruidos, valses y sonsonetes.

Siendo niño, la primera vez que vi aquella película no la entendí (insisto), pero quedé definitivamente fascinado por la mezcla de imágenes y sonidos.

Admití que el futuro sería algo así y que, por supuesto, el espacio exterior (qué bien sonaba aquello del “espacio exterior”) era exactamente igual al visto en ‘2001’.

Un muchacho algo mayor que yo, David Bowie, admitió después la extraña fascinación que el film le había provocado. Sin HAL no habría habido 2001. A Space Odissey ni Space Oddity.

Cuando la vio Bowie y cuando la vi yo, que sólo era un humilde y jovencísimo espectador, aún disponíamos de una inmortalidad de muchos años por vivir. Bowie ya no está, yo sobrevivo milagrosamente y HAL, pues HAL será efectivamente eterno.

Un político de campanillas

Lo que voy a contar ocurrió hace muchos, muchos…, muchos años, en un mundo ya desaparecido. ¿Cuándo?

Justo cuando las cosas eran sólidas, no evanescentes, y la realidad aún no era virtual. Los perfiles no eran hologramas.

Fue entonces, tiempo atrás, a comienzos de los Noventa, cuando sucedió. Fue entonces cuando ocurrió el episodio que voy a narrar.

¿El protagonista? Pues un antiguo político de campanillas, un señor de prestigio, un candidato ya retirado. El personaje se presentó en mi despacho.

Estaba ya en excedencia, en efecto. Justamente por ello quería completar su formación. Unos conocimientos académicos nunca vienen mal, admitámoslo.

Para verificar tal cosa, el expolítico se había matriculado en los cursos doctorales que impartíamos en mi departamento, el de Historia Contemporánea. El de la Universidad de Valencia.

Al figurar en esa lista, una de las asignaturas que el estudiante podía o debía cursar era la mía, precisamente la mía. Había unos requisitos, toda una pejiguera de trámites. O no tanto… No demasiados.

Lo que yo impartía era una cosa teórica, abstrusamente teórica, de ribetes filosóficos: imagino que aburrida. Si no recuerdo mal, mi módulo trataba de ‘Michel Foucault y la Historia’.

Nada menos. Es decir, la ‘French Theory’, el estructuralismo, el antihumanismo, el posmodernismo, etcétera. Puro vértigo… en el que yo creía desenvolverme bien.

Esta persona matriculada, el expolítico de campanillas, acudió a mi tutoría para informarse. ¿Para incormarse de qué? De qué cosa debía hacer: las obligaciones académicas, vaya.

Me trató con campechanía. Yo le detallé las tareas: asistencia al curso, intervención en el aula, discusión y luego redacción de un trabajo sobre los pormenores abordados.

Jamás asistió a clase y, sin más, incumplió la mayor parte de las obligaciones académicas. En la nota final, en la calificación, yo le puse NP. Esto es, No Presentado.

Cuando finalmente comprobó su resultado, se escandalizó. “No esperaba esto de Justo”, dijo o iba diciendo a quien quería oírle. Así se me informó. Yo no daba crédito.

Por supuesto, no modifiqué la calificación y por su parte, imagino, el expolítico de campanillas se vio obligado a cursar otra asignatura para obtener los créditos necesarios, precisamente los que yo no le había regalado.

No volvió a saludarme. Acabó toda campechanía. Bien que lo lamenté: aún me sigue pareciendo uno de los políticos más preparados que hemos tenido en la Comunidad Valenciana.

Cuidado con las analogías

He leído con interés y atención la columna de Javier Marías titulada “Nazística” publicada en El País Semanal. He quedado impresionado, sorprendido, asombrado.

¿De qué cosa? De la analogía que Marías establece entre los independentistas catalanes con los nazis, los nazis de 1934, los nazis que son presencia y referencia de El triunfo de la voluntad. Aludo, claro, a la película que dirigiera Leni Riefenstahl por encargo de Adolf Hitler.

Hacer comparaciones históricas para encontrar semejanzas entre hechos distintos y distantes es perfectamente legítimo. Pero…, pero la operación analógica es muy delicada. ¿Por qué razón?

Porque acontecimientos que parecen lo mismo son sucesos muy diferentes, incluso antitéticos, al tener contextos diversos.

En historia, lo fácil y frecuentemente erróneo es hallar similitudes, el juego de las similitudes. La España de hoy es la misma que la España de Franco, dicen algunos. El nacionalismo es siempre ‘nazionalismo’: esto es, nazismo.

La identificación esquemática de cosas parecidas es una forma de salvar distancias y hasta abismos, un modo de afirmar burdamente semejanzas.

Casi siempre, más allá de ciertas similitudes hay un sinfín de diferencias, que son los matices que nos hacen aprender.

Establecer analogías es legítimo, ya digo, pero el verdadero conocimiento histórico es eso: conocimiento, no mero reconocimiento, el que se hace con cuatro datos.

El pasado no es un espejo que nos reproduzca. El pasado no puede servirnos para hacer comparaciones precipitadas o tramposas, para saltarnos los contextos distintos o las circunstancias distantes.

Por supuesto, todos los nacionalismos tienen algo en común, pero aprendemos cuando percibimos qué los hace diferentes: y no me refiero a mejores o peores.

Todas las dictaduras son dictaduras, por supuesto. Pero los regímenes tiránicos se distinguen por sus grandes y respectivas diferencias.

Yo he visto probablemente diez o doce veces El triunfo de la voluntad. ¿Soy un vicioso o algo así? No. No al menos en esto. Sencillamente empleo la cinta de Riefenstahl en algunas de mis clases de Introducción a la Historia en la Universidad. Es muy ilustrativa.

¿Ilustrativa para qué? Pues para que los estudiantes vean la relación que hay entre cine e historia, para que distingan qué es una película documental, qué es un film de propaganda, qué es el totalitarismo, etcétera.

Si, tras las clases que dedicamos a la obra de Leni Riefenstahl y sus recursos, un alumno me dijera que los nacionalistas de ahora son lo mismo que los nazis de entonces, muy probablemente le reprendería.

¿Por qué? Pues porque se me antojaría una simpleza. Y no estamos para consentirnos la primera ocurrencia. Debo exigirme mayor profundidad. No puedo contentarme con lo que me parece a simple vista.

Por eso resulta simplón el artículo de Javier Marías: incurre en generalizaciones abusivas, en esquematismos y en anacronismos al identificar a nazis y separatistas. Y mira que me son antipáticos los independentistas…

Cometer un anacronismo es sacar las cosas de contexto, de tiempo, de circunstancia histórica. Parece mentira que alguien tan cultivado diga que los nazis de 1934 y los separatistas catalanes son lo mismo.

En el Colegio, lo primero que nos enseñan es el Estudio. Eso significa establecer y fijar las diferencias, percibir las cosas claras y distintas.

Para decir enormidades o barbaridades ya tenemos a los simples… y a tantos y tantos nacionalistas de aquí, allá y acullá.

——

Fotografía: Gorka Lejarcegi (‘El País’)

Abimael Guzmán

Desde luego, todo atentado terrorista está concebido para dañar objetivamente: para herir, para matar, para ambas cosas a la vez.

Pero también están pensado para activar o agravar procesos de victimización. Es decir, para que nadie se sienta a salvo.

Y para que los medios registren el hecho. Será un acontecimiento del que dar cuenta, un suceso al que los periódicos le buscarán inevitablemente algún significado.

Por supuesto todos somos potenciales víctimas, pero hay más probabilidades de que asesinen a quienes pueden ser vistos como símbolos.

Aparte de matar, eso es lo más extraño de las acciones terroristas: que los ejecutores no siempre lo hacen por razones personales. Con frecuencia realizan atentados para que escarmienten los símbolos. O sus portadores.

Hacer de alguien un emblema tiene la ventaja de que no es preciso enemistarse con el individuo. Basta con convertirlo en representación de lo odiado.

Cuando digo esto, me acuerdo de una lectura que disfruté diez años atrás. Es La cuarta espada. La historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso (2007), de Santiago Roncagliolo. Es un volumen al que ahora he vuelto, un libro que he completado con gusto y con estupor, y que me impresiona igual o más que la primera vez.

Pero no acabo de dejarlo y sigo releyendo, una vez más, pasajes estremecedores. Y saltó entre sus páginas y vuelvo atrás.

En La cuarta espada, Roncagliolo rastrea el terror en el Perú de los años ochenta y noventa, el provocado por Sendero Luminoso y el organizado por el contraterrorismo. Y rastrea el simbolismo de aquella organización maoísta.

Las primeras acciones ordenadas por Abimael Guzmán, Presidente Gonzalo, fueron concebidas así: por su dimensión especialmente simbólica. O eso creían él y los suyos.

El primer atentado ocurre en la madrugada del 17 de mayo de 1980. Dura una media hora. Cinco encapuchados reducen al guardián de un colegio electoral en Chusti. Queman las urnas y el libro de registro. ¡Las urnas y el libro de registro!

Durante las siguientes semanas, los senderistas cometerá otros atentados con dinamita y con bombas caseras. Atacarán bancos, torres eléctricas, locales públicos y… algunas dependencias de la embajada de China en Lima. ¡La embajada de China!

La siguiente acción más llamativa tendrá lugar el 24 de diciembre de ese mismo año: “una columna senderista”, escribe Roncagliolo, “atacó una hacienda, secuestró al propietario de sesenta años, lo torturó a golpes, le cortó las orejas y lo mató”. ¡Le cortó las orejas y lo mató!

Dos días después, el 26 de diciembre, Sendero Luminoso engalanará el centro de Lima con adornos de un simbolismo obvio: en algunos postes de la luz colgaron perros.

Los responsables policiales pensaron que los animales llevaban dinamita. En realidad, los perros sólo tenían carteles con una leyenda extraña: “Deng Xiao Ping, hijo de perra”. ¡Deng Xiao Ping, hijo de perra!

De ese acto simbólico y cruel queda una fotografiada excepcional: la de los canes muertos. De fácil interpretación.

Así pues, el dirigente chino era un perro reformista, vaya. ¿El autor de la instantánea? Carlos Bendezu para la revista ‘Caretas’.

Con esta acción contraria al reformismo, a todo reformismo, comenzaba en Perú la guerra de guerrillas, replicada frecuentemente con crueldad y delito por el Estado.

Con S. L. empezaba un maoísmo feroz, sanguinario. Lenin, Stalin, Mao y la Cuarta Espada: Guzmán. ¿El resultado de todo aquello? Casi setenta mil muertos.

Desde luego en el origen de tantas violencias suele haber un principio banal que se hace pasar por simbólico, una justificación presunta, un escarmiento. O una idea, la de la sociedad perfecta, la de la erradicación del vicio.

Roncagliolo escribió un reportaje originariamente periodístico (para El País)que luego amplió y convirtió en ‘La cuarta espada’. Empleó numerosas fuentes.

No pudo hablar con Abimael Guzmán, pero pudo entrevistar entre otras personas a Elena Iparraguirre, número dos de Sendero Luminoso y esposa de Guzmán. Sorprenden la trivialidad y la frialdad de sus palabras.

Roncagliolo también consultó la abundantísima documentación reunida por la Comisión de la Verdad y Reconciliación. De pánico.

Pero una de las cosas más interesantes de su libro es la voz de quien narra. O, en otros términos, la implicación personal de quien cuenta los hechos, las atrocidades, el sufrimiento.

El cronista Roncagliolo no se esconde ni se cancela. Al contrario se expone para mostrarnos su propia condición, sus tropiezos, sus descubrimientos, los vaivenes materiales y emocionales de su pesquisa.

Roncagliolo es de Lima, hijo de una familia de izquierdas, jovencito en los ochenta, observador aturdido siempre, reportero y novelista. Hoy es un escritor reconocido y muy apreciado.

En su libro no hay frialdad posible, ni simbolismo. Hay compromiso y distanciamiento: ambas cosas no son incompatibles. Son las que nos permiten sobrevivir al infierno tan temido.

El regreso de Lolita

   

Escrito y publicado por primera vez el 10 enero de 2007

1. Siempre es tiempo de leer o de releer Lolita, de Vladímir Nabokov. Meses atrás [2005] conmemorábamos los primeros cincuenta años de la novela y, no sé por qué, pero aún me siguen fascinando su historia y sus personajes.

Ahora [2007], Galaxia Gutenberg informa de la publicación un volumen de las Obras Completas que incluye la célebre narración.

Leo el reclamo editorial: “La verdadera vida de Sebastian Knight, publicada en 1941 y Barra siniestra, aparecida en 1947, recibieron encomiables elogios de la crítica, pero tuvieron una tibia acogida por parte del público. Esto, unido a las dificultades con la censura que tendría su obra siguiente, Lolita, hizo que no fuera hasta 1955, con la publicación en París de esta última novela, cuando el nombre de Nabokov alcanzara celebridad mundial.

El libro, adaptado al cine por su autor en un guión que se traduce por vez primera en este volumen, fue dirigido finalmente por Stanley Kubrick. El libro contiene el guión inédito de Lolita. Completa este volumen Pnin, una satírica novela con un personaje típicamente nabokoviano: el profesor ruso Timofei Pnin, emigrado a los Estados Unidos”.

No he podido hacerme con un ejemplar de esa edición, pero lo intentaré inmediatamente. Me seduce la idea de leer dicho guión, elaborado por el mismo autor, pero sobre todo me interesa conociendo lo melindroso que era Stanley Kubrick con los textos de sus películas.

La novela, ustedes la recordarán, se presenta bajo la forma de una memoria personal, el relato de alguien aquejado de pederosis (¿y por qué no pederastia o pedofilia?): un especialista en literatura, un europeo nacido en París de padre suizo y de madre… con un oscuro origen.

No recuerdo ahora si irlandés o inglés. En cualquier caso, mi lapsus y la imprecisión de los datos que proporciona el narrador son lo suficientemente significativos de ese origen mestizo, sombrío, europeo…

La memoria relata principalmente el año de convivencia entre este europeo, al que conocemos con el nombre de Humbert Humbert, y Dolores Haze (Dolly o Lolita o Lo).

Lolita es una nínfula, es decir, “una niña demoníaca” cuya edad oscila entre los nueve y los catorce años y en la que se mezclan una “tierna y soñadora puerilidad” y una “especie de vulgaridad descarada“.

Una doncella que embruja, una muchachita que ejerce un atractivo sexual desde su propia inocencia perversa. ¿Inocencia perversa? ¿Dónde arraiga la perversidad? ¿En Humbert Humbert o en Lo?

El primer contacto sexual no tiene lugar hasta que Lolita lo desea, es decir, H. H. no la fuerza y no es propiamente un delincuente. Agraciado con una herencia, con una renta heredada de un tío americano propietario de una firma de perfumes, nuestro académico acude a los Estados Unidos para ejercer su profesión de estudioso de la literatura.

Por azares diversos acabará hospedándose en casa de la viuda Charlotte Haze, madre de Lolita, una dama madura con quien finalmente se casa. Su boda con Lotte es un ardid para estar más cerca de Lo, una artimaña que sale bien.

Un accidente providencial acabará con la viuda y H. H. podrá huir con la nínfula emprendiendo un viaje por la América profunda, de costa a costa: una auténtica road fiction, diríamos. Ese año de convivencia, que comienza en agosto de 1947, es placentero y a la vez delirante…

Lolita desaparecerá, presumiblemente secuestrada (o eso al menos es lo que se infiere del relato de H. H.) por un tal Clare Quilty, un oscuro personaje al que H. H. ve reaparecer en distintos papeles: médico, director teatral de Lolita, etcétera.

Cuando en 1952, H. H. vuelva a encontrar a Lo, ésta es ya un mujer casada y embarazada, una joven esposa que ha contraído matrimonio con un muchacho robusto aunque algo simple.

A pesar de proponerle la huida, H. H. sabe que Lolita es ya irrecuperable: de hecho sabremos después que morirá a consecuencia del parto. También fallecerá Humbert Humbert, en prisión, de una trombosis coronaria.

El final de la memoria escrita anota la búsqueda y el encuentro de Clare Quilty y su ejecución por H. H., quien empuña una pistola deliberadamente fálica, ‘freudiana’ (eso es lo que nos dice). El relato, así, es la historia de una degradación contada por él mismo.

Pero hay algo más. La memoria está precedida de un prólogo firmado por un tal “John Ray Jr., Doctor en filosofía”, que subraya los valores literarios, psiquiátricos y finalmente morales del libro que nosotros estamos leyendo.

Salvo la corrección de algunos solecismos y la cuidadosa supresión de unos pocos y tenaces detalles”, el doctor admite estar ante unas “notables Memorias“.

Esas memorias podrían incluso ser consideradas “sencillamente como una novela” que encerraría una lección general: “la niña descarriada, la madre egoísta, el anheloso maniático”, arquetipos humanos trazados con hondura. Y todo ello sin valerse de términos obscenos, aclara.

Pero no es el valor literario lo que más le preocupa, sino su significado psiquiátrico y moral, y en ese aspecto tiene un actitud ambivalente.

Por un lado admite que un porcentaje significativo de los varones adultos norteamericanos “pasan anualmente de un modo u otro por la peculiar experiencia descrita con tal desesperación por H. H.”, lo que le inspira al doctor un sentimiento de piedad por quien murió por amor a Lolita, por quien escribió estas melancólicas memorias.

Pero, por otro, el galeno no tiene “la intención de glorificar a H. H.” ¿Por qué razón? Porque, bien mirado, fue “un hombre abominable, abyecto, un ejemplo flagrante de lepra moral, una mezcla de ferocidad y jocosidad que acaso revele una suprema desdicha”.

Pero cuando creíamos que el doctor Ray se refería exclusivamente a la conducta sexual descubrimos que sus reproches son sobre todo una reprimenda patriótica, pues “muchas de sus opiniones formuladas aquí y allá sobre las gentes y el paisaje de este país son ridículas”, el juicio rencoroso de un europeo emigrado.

Nosotros sabemos, sin embargo, que esas descripciones forman parte ya de la imagen, de la visión que América exportó de sí misma desde los años cincuenta: la vida de carretera, de Motel, de plásticos modernos y de aluminios deslumbrantes, de caminos polvorientos atravesados por automóviles rutilantes; la América de esplendor consumista y de vulgaridad audaz, la América que estaba a punto de exportar la revolución del rock y la expansión juvenil, la de unos vástagos bien nutridos que se rebelan contra sus mayores y que se identifican con una indumentaria particular.

Al menos el ejemplar que yo tengo se cierra con un breve texto rubricado por Nabokov en el que el autor detalla la cronología de Lolita y de su gestación, y sobre todo donde desmiente parte de las aseveraciones del prologuista apócrifo, esas palabras sensatas, analíticas y dolidas del doctor Ray.

¿A quién hacer caso? El paratexto de Nabokov (“Sobre un libro llamado Lolita”) se integra en el texto, en la ficción, y por eso es víctima de su propia ideación fantasiosa. ¿Y por qué íbamos a creer al entrometido autor que se eleva sobre sus criaturas?

Juzguen ustedes mismos y lean y relean lo que, en efecto, es un monumento del siglo XX.Yo, como el viejo profesor H. H., ya estoy dispuesto a releer la novela y a descubrir algo nuevo que me desconcertará: el guión de una película fascinante.

2. Ayer vi una película inevitablemente emparentada con la Lolita de Kubrick: Ninette, de José Luis Garci. Leo la sinopsis de la productora: “Ninette es la refundición y adaptación cinematográfica de las dos obras (Ninette y un señor de Murcia y Ninette, Modas de París) que [Miguel] Mihura dedicó a su personaje preferido, la inteligente, sexy, graciosa y espontánea muchacha parisina que trabaja en las Galerías Lafayette y que, a partir de ahora, siempre recordaremos con la sonrisa y figura de Elsa Pataky”.

La producción es barata y, como el film de Kubrick, se desarrolla en interiores, en un plató adaptado incluso para simular exteriores. Pero hay una gran diferencia: el aspecto escenográfico de la película de Garci es menesteroso y el guión previsible sólo se sostiene por el papel de los actores.

Viendo el film, con esos interiores de mesa camilla y brasero, con esas calles recreadas en plató, tenía la impresión de estar contemplando el capítulo de una teleserie de época, una de esas en las que se muestra la España de la posguerra, repleta de frases rotundas o de secuencias que acaban con cierre y moraleja.

Garci es capaz de enfriar la tentación de una Ninette encarnada por Elsa Pataky gracias a que es la suya una película  muy hablada. Recuerdo el bla-bla-bla inacabable de sus films. En sus historias hay siempre alguien que habla por no callar. En fin.

https://justoserna.com/2007/01/10/el-regreso-de-lolita/