‘Podemos’ (2014). Análisis de un fenómeno

Este post tiene cinco años, cinco. Se publicó en mi muro de Facebook en 2014. Mi opinión sobre Iglesias ha cambiado: ha empeorado. Sin duda me produce rechazo. Deberé hacérmelo mirar.

‘Podemos’.
Análisis de un fenómeno

[2014]

El Hay una creciente muchachada que aprueba las metas y las estrategias de Podemos.

Hay abundante gente de todas las edades que se siente finalmente representada por Podemos, tras la crisis de los partidos dinásticos.

Es como si estuviéramos en la Restauración. O en un sistema de castas…

De repente irrumpe una organización imprevista, y los partidos tradicionales hacen aguas. La metáfora es muy obvia y está muy gastada: la nave del Estado, etcétera.

La televisión da cuenta de lo real y rehace lo real. No sólo es cierto lo que es cierto, sino lo que la gente cree que es cierto: al menos por los efectos de esas creencias.

Frente a las organizaciones de la ‘casta’ –que sería, en términos de Pablo Iglesias, esa red estructural-funcional de empleos predeterminados y bien remunerados–, Podemos postula la liberación del cargo público, la renovación.

Gente joven, gente con empuje y ganas, sin contaminar. Hay un alud de personas sin compromisos ni puestos fijos. No hay que aguantar más.

Hay que levantarse contra ese caparazón anquilosado, contra la costra, contra los castra, esos encastillamientos. ¿Es así?

Pablo Iglesias es un fenómeno mediático. Los fenómenos son algo que escapa de lo normal: son, de hecho, una anormalidad. Crecen y se salen de lo ordinario.

Tomémoslo literalmente: de no haber salido en las pantallas de televisión reiteradamente, Iglesias no sería nada. O, mejor dicho, no sería conocido, odiado o reverenciado.

Sería un oscuro profesor de ciencia política con afinidades ideológicas bolivarianas, con simpatías comunistas, con concepciones marxistas.

Ahora, gracias a Intereconomía, a Cuatro y a La Sexta, es un tipo bien reconocido por su pose, por su saber estar, por su capacidad para ser pedagógico ante el ataque de sus adversarios.

Adopta incluso una actitud resignada y retadora. A la vez. En televisión da muy mal el enfurecimiento.

Cuando Alfonso Rojo, el periodista que se enciende como su apellido, despotrica contra Pablo Iglesias y éste permanece tranquilo, con media sonrisa, mostrando su superioridad moral, el espectador se pone institivamente a favor de quien menos chilla.

Más aún, el rostro de Pablo Iglesias tiene algo de esencial, de eclesial: recuerda a un Cristo que pacientemente escucha los ultrajes.

¿Cuáles son los argumentos de Iglesias? Según nuestro protagonista, verdades como puños, frases aparatosas, discurso sencillo.

Como dice de él uno de sus profesores más apreciados, Jorge Verstringe, Pablo Iglesias sabe simplificar muy bien. La simplificación rinde frutos mediáticos instantáneos.

No debes complicar lo real; debes reducirlo, justamente para que pueda ser captado por todos. El mínimo común denominador, la mínima expresión (no sea que no nos entiendan).

Un joven treintañero, con coleta (es decir, rebelde dentro de un orden), con camisa sencilla y blanca (esto es, limpio, sin mácula), con corbata suelta (por tanto, levemente retador)…

Es la efigie que de sí mismo da: es el uniforme que habitualmente exhibe, su modo de presentarse.

Se te reconoce, se te identifica, se te admira o se te detesta. La mirada baja, incluso tímida, entre miedosa y sarcástica. Un Cristo venerado.

Hablas quedamente, con pedagogía machacona, como un docente con paciencia.

Hablas con ilustración y ejemplos, con voluntad de instruir al oponente (como si el rival careciera de ideas o conocimientos).

Hablas con corrección formal, dejando que los otros se disparaten. ¿Y qué nos encontramos?

Aparentemente un joven modesto y modoso. En realidad, Pablo Iglesias demuestra una suficiencia ostentosa, una soberbia intelectual de muchos quilates.

Amonesta. Lo suyo son las admoniciones. A unos salva; a otros condena. A unos aprueba; a otros reprueba.

Su verbo calmo es a la vez fogoso y el resultado es un eco popular. O una resonancia populista, la fatiga de lo obvio, de la presunta evidencia.

Jóvenes suficientemente preparados y sin ataduras. Presuntamente. ¿Quién no votaría por ellos?

Lo dije y lo reitero. Ha habido entre no pocos amigos una alegría desbordante porque, sumadas las opciones, ha ganado la izquierda, dicen.

Habrá que verlo en los próximos comicios… Y ha habido un contento no menor porque ha subido una opción como Podemos, liderada por Pablo Iglesias.

Si quieren que les diga la verdad, este candidato me produce un rechazo racional.

Esto es, no lo repudio por irracionalidad mía, sino porque me parece la encarnación izquierdista, infantil (diría Lenin) de un peligroso fenómeno: el populismo.

Leí con atención el manual de política decente de su segundo: Juan Carlos Monedero. Lo leí con interés y sin prevenciones.

Se me cayó de las manos: tiene mucha literatura, prosa sonajero (que diría Juan Marsé) e imágenes poéticas para lanzar su discurso.

Tiene una perniciosa influencia del lirismo chavista (de Hugo Chávez) y tiene en fin una idea confusa en la que se mezclan las experiencias con las expectativas, la realidad con el deseo.

Pablo Iglesias es un síntoma. Los partidos tradicionales tienen aparatos de movimiento mineral. Es decir, su evolución se mueve por siglos o más.

Se atienen a lo conocido, se aferran a lo experimentado aunque los resultados mengüen la influencia del partido.

Creo que la situación de Europa es de emergencia. Los populismos de distintos signo se imponen, los radicalismos que amenazan con romper ese entramado burgués y previsible que es la Unión Europea, también.

Esto no es nada bueno. El fin de lo conocido no nos lleva necesariamente a la victoria final ni a nada por el estilo.

Cuando una política corrupta y un régimen tóxico son reemplazados por algo nuevo, imprevisto, con interpelaciones directas al pueblo, entonces es altamente probable que reaparezca un demagogo.

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Antonio Muñoz Molina. Father and Child Reunion

Por el tema y por los recursos, muchos lectores han quedado deslumbrados por la recreación del viaje a la Luna que Antonio Muñoz Molina detalla y reelabora en uno de sus libros más célebres.

Me refiero a El viento de la Luna (2006). Pero a mi juicio lo más sobresaliente de esta obra es la figura del padre, la relación del hijo con el progenitor y con el mundo de sus mayores. Estamos en 1969: al menos lo relatado remite a ese mundo y a aquella España.

Muñoz Molina se vale de un narrador que en esas fechas tiene trece años. Afincado en Mágina debe compaginar la herencia de los mayores y la rebeldía del joven, una rebeldía cuyo modelo era esencialmente americano.

En la urbe pequeña del protagonista (la Mágina inspirada en Úbeda), la vida sólo podía aceptarse con abnegación y sacrificio. Eso decían los adultos.

Pero a la vez los chavales de entonces también querían redimirse, escapar, sin tener que saldar la deuda contraída por los padres y los abuelos.

Eran unos adultos que habían rellenado el alma de los hijos con historias propias y ajenas de la Guerra Civil.

Así, El viento de la Luna, esta novela de formación, narra una epifanía y la lucha del adolescente.

Obligado a asumir el patrimonio común, el joven no puede evitar la polifonía que lo constituye, las voces de sus ancestros que resuenan en su interior y que lo atan a la tierra.

¿Qué cabe entonces? La abnegada, la parcial invención de uno mismo, la evacuación: la huida imaginaria que inspiran los viajes interestelares.

Hay que desarraigarse pero aún no sabe: el muchacho es muy joven y desconoce cómo idear un plan de evasión.

Se trataría de un plan de evasión que le permitiera alejarse de un destino propiamente terrenal, de apego a la tierra de los viejos, de servidumbre moral, de sometimiento al padre.

Pero esa escapada, alimentada también por los mitos adolescentes, no podrá extirpar el relleno con el que fue educado, el miedo y el respeto a los mayores. ¿Qué hacer, pues?

Al final, todo remite al padre, amado y temido, y la propia novela es su evocación fantasiosa y el recuerdo de sus historias e incomprensiones, una evocación hecha con afecto e ironía.

El padre es, así, una figura de autoridad frente a la cual nos definimos: frente a la cual también se define el narrador de esta historia, de El viento de la Luna. Pero volvamos a aquellos días de julio de 1969.

Antonio Muñoz Molina sabe conducirnos al espacio que él imagina. Es diestro en estos artificios: El viento de la Luna es un periplo espacio-temporal hacia un pretérito imperfecto, ese 1969, un año en el que 1939 aún era una fecha cercana.

Pero 1969 era también un mundo que se abría con un esplendor tecnológico de plásticos y computadoras, en contraste con el arcaísmo y la repetición agraria. Eso también está en la novela.

A esa España llegaban turistas y antropólogos, dispuestos a examinar el tipismo, lo pintoresco, las bellezas naturales, lo que nos diferenciaba.

Pero en dicha tierra ya vivían jóvenes desorientados y levantiscos –airados, claro–, gentes que querían aventurarse, gentes que a la vez se querían ajenas a la guerra y a la posguerra de sus mayores.

La España cíclica: ese país de todos los demonios –que dijera Jaime Gil de Biedma– quedaba alterado por la televisión, por la radio, por la comunicación mundial.

La novela de Antonio Muñoz Molina transcurre a lo largo de ese viaje espacial de varios días. Comienza el 16 de julio y lo que nos relata acaece en jornadas inmediatamente posteriores.

Transcurre en Mágina, ciudad imaginada por el autor para algunas de sus novelas, y lo que nos detalla es una suma de hechos locales y de gestas espaciales.

Nos muestra tipismos de aquella España digna, miedosa y raquítica, y fantasías de la Norteamérica que inventa un futuro, que predice un mundo gobernado por los robots y las computadoras.

Todo lo que ocurre en la novela está visto desde la perspectiva de un muchacho que entonces, según decía, tiene trece años: un narrador que lo cuenta muchos años después, haciendo suyos aquellos sentimientos.

En la enunciación domina la primera persona, salvo cuando una segunda del singular irrumpe para precisar circunstancias o expectativas del astronauta o del joven que también hace suyos los temores y el éxtasis del viajero espacial. Un éxtasis, en efecto.

18 de julio. “Sólo recuerdo la emoción de las cosas”, dice Antonio Machado. Esa cita encabeza el libro de Antonio Muñoz Molina. Es un exergo que define perfectamente la lectura que el autor propone para su novela, para esta autoficción.

La emoción de las cosas. Los objetos no son la pura materialidad: son sobre todo la evocación emocional, el impacto que las cosas nos causan o nos causaron.

Lo que llamamos memoria es la rememoración de lo que nos conmociona, por pequeño que sea, y de lo que nos ata arbitrariamente, lo que nos enreda con hechos y fantasías: individuales y colectivas.

La cita de Machado figura debajo de la dedicatoria. La primera de ellas dice así: “In memoriam Francisco Muñoz Valenzuela”.

El libro es, en efecto, una inspección sobre el padre, sobre el mundo del padre, esa España de 1969: rural, cotidiana y previsible, la España del 18 de Julio, ese país del que el hijo querrá escapar, emprendiendo un viaje tan temerario y distante como el de los astronautas.

De momento, no hay escapatoria y la Luna aún está lejos. En febrero de 1969, el régimen del Caudillo decreta el estado de excepción en todo el territorio nacional tras la muerte de Enrique Ruano.

En julio, Juan Carlos de Borbón es designado por las Cortes del Reino sucesor de Franco a título de rey. En ese mismo mes estalla el caso Matesa, un fraude a la Hacienda Pública por exportación ficticia. Etcétera.

El adulto que narra lo cotidiano lo hace recordando justamente la emoción de las cosas, reproduciendo los sentimientos del joven que no ha olvidado y que nutrió su imaginación con el trayecto improbable del Apolo 11.

‘El viento de la Luna’ es una enumeración emocional de adelantos o, más bien, de atrasos, la demora conque se difundían en la España rural las novedades del siglo: el agua corriente o la ducha diaria, el teléfono o el cine.

Todo tardaba en llegar y lo que los medios mostraban era aún inaccesible o escaso. Con lupa de varios aumentos –si se me permite esta imagen–, Antonio Muñoz Molina examina esos restos que entonces maravillaban.

Todo puede ser visto con microscopios, con lentes, con cámaras, con objetivos, con telescopios; todo puede ser visto en pantallas de pocas pulgadas.

Los monitores de que disponían los ingenieros del Control de la Misión permitían observar o adivinar el tránsito de la nave.

El computador funcionaba con precisión admirable y la televisión llevaba a ese mundo espacial y especial: todo podía ser registrado, retransmitido, exhibido, previsto. O eso se creía.

En El viento de la Luna, Antonio Muñoz Molina detalla algunas de esas previsiones fantasiosas sobre la Tierra, sobre la Luna, sobre el espacio exterior.

Y lo hace con rara poesía: con la ironía y la ternura que provocan los errores humanos, con la piedad que despiertan los vaticinios empeñosos.

El narrador cuenta lo que él espera del porvenir y lo que otros le han dicho que debe esperar o desear o temer. Sin duda, es una mezcla de lo factible y anhelado, de lo verificable y lo fantasioso.

“En el año 2000 los computadores y los robots harán todos los trabajos fatigosos o mecánicos, conducirán los coches y los aviones, barrerán y fregarán las casas, cultivarán la tierra”.

Y añade citando a sus mayores: «Algún días las máquinas dominarán el mundo», dijo un día en casa mi tío Carlos, con aplomo de experto, porque al fin y al cabo tiene una tienda de electrodomésticos”.

“Lo dijo también con cierto sarcasmo, porque mi abuelo acababa de llegar con la noticia asombrosa de que en algunas tabernas y cafés de Mágina iba a instalarse máquinas expendedoras de tabaco y de bolsas de pipas de girasol”, informa.

“Algún día las máquinas dominarán el mundo y habrá coches voladores y viajes turísticos al planeta Marte, pero por ahora mi abuelo disfruta saliendo a los caminos montando en su burra…”, concluye.

Eso dice el narrador de El viento de la Luna. Y añade:

“Habrá estaciones espaciales permanentes y vuelos regulares a la Luna y probablemente a Marte. Naves robots habrán traspasado la densa atmósfera venenosa de Venus y establecido bases de observación permanentes en alguna de las lunas de Júpiter”.

Todo parece confirmar ese porvenir de vuelos intergalácticos: ningún muchacho de entonces estaba dispuesto a creer en el fin de la carrera espacial o, al menos, en el declive de aquel sueño.

Julio Verne o H. G. Wells habían nutrido esas fantasías, como también los films de ciencia-ficción y las series televisivas.

En las páginas de Muñoz Molina, la aeronáutica es ya un logro cotidiano y contrasta con las faenas del hortelano. Al final, es preciso el viaje o la escapada…

¿Para qué, para llegar a qué parte?

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Fotografía de Antonio Muñoz Molina por Ricardo Martín para Mercurio:

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Ilustración de Damián Flores de Antonio Muñoz Molina para Fórcola.

El franquismo

El franquismo es un régimen de persecución, de sañuda persecución, y de intensas, extensas y variadas represiones.

Se desplegó con el aparato policial del Estado a su servicio y con una parte de población ejecutada, exiliada, diezmada, sujetada, subordinada.

Ese hecho no tiene nada de extraño en una dictadura de originaria inspiración fascista, militar y nacional-católica.

Pero, además del dominio tiránico y colegiado, el franquismo es también un sistema de múltiples y paniaguadas clientelas, de afinidades sobrevenidas.

Es un sistema de consensos materiales más o menos forzados y agradecidos, primero minoritarios y selectos, y luego resignados y crecientes.

Vale decir, el franquismo es una dictadura de asentimientos y de terror, cuyo Caudillo querrá institucionalizar con ritos católicos, tan ceremoniosos como vengativos.

La jerarquía del régimen la constituyen clases terratenientes y adineradas, empresarios comunes y empresarios voraces, gentes de posibles, de patrimonio, de buen pasar.

Y gentes de moral preferentemente conservadora, ultramontana o tradicionalista, de rezo y comunión, asustada ante la modernidad atea y hedonista.

Aún más: también hay gentes de mayor fanatismo, que reprocharán al Caudillo la revolución pendiente y fascista que un militar conservador y vengativo no puede ni quiere completar.

Y hay gentes cínicas, pancistas y trepadoras que en formación o por cooptación aprovechan las corrupciones y las prisiones de un régimen económico intervenido con aranceles y privilegios.

El Régimen se presenta como un sistema unipersonal con un Generalísimo, nada menos. Aclarémoslo. Al frente no hay sólo un General, sino un Generalísimo de todos los Ejércitos.

Ese Jefe siempre estará acompañado por una Corte desigual, una Corte formada por distintas camarillas y hermandades de variadas ambiciones, de variadas influencias crematísticas y espirituales.

En efecto, no hay sólo un General, sino una coalición reaccionaria, distintas familias ideológicas, diferentes grupos de presión y de represión, con un Ejército afín que tutela y amenaza.

Y hay una Iglesia beneficiada y benéfica, institución pía que es y seguirá siendo un auténtico centro de intereses materiales e inmateriales, una empresa para salvar, bendecir, condenar y, si se puede, acaparar.

Al frente del Regimen hay un General, sí, un militar que se quiere carismático, que se sabe investido por un aura de santidad y de terror.

Un Generalísimo que se yergue tras una guerra y una justicia de derechos conculcados, de muertes terminantes, de rapiñas, de expropiaciones y privaciones.

Esto es, hay un Caudillo de aúpa, de armas tomar, que ciertamente se eleva gracias a las alzas, a las tarimas o a los estrados (a los que se sube).

Es un militarote cuya fama exterminadora, como la del Ángel, lo precede. Las campañas africanas, la represión en Asturias…

Ahí está, ahí lo vemos: irguiéndose, con su voz aflautada y chillona, con un halo primero firme y luego degradado, un halo que con el curso de los años menguará. No su abdomen.

Ya lo sabemos: la rutina se compadece mal con la exaltación intensa de una dictadura. Pienso en esto y pienso en el caso del Führer, cuyo halo le acompañará siempre en su breve, alucinada y criminal ejecutoria.

El franquismo es, insisto, un Movimiento de aleaciones varias (católicas, integristas, falangistas, tradicionalistas, africanistas), una mixtura o agregado de gentes retardatarias, antimodernas, que paradójicamente no pueden detenerse. Se mueven.

¿Movidas por qué? Vemos a gente sacudida por unas energías ideológicas (acabar con la AntiEspaña) y por un acicate exterior (sus intereses materiales, sus botines y recompensas).

Son o fueron individuos de inspiración dogmática, son o fueron individuos jóvenes que vieron amanecer tras la decadencia de la Patria.

Pero el Caudillo, el Régimen y esos individuos de inspiración fanática son venales. Fáciles de corromper.

Así son sus élites y una parte de su generalato y de esa Corte de intereses depredadores. Fanáticos o pancistas, pero siempre mediocres, avaros y venales.

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Ilustraciones: Antonio Barroso

1969. “Hermosa vista, magnífica desolación”

El viaje comienza el 16 julio de 1969. Neil Armstrong, ‘Buzz’ Aldrin y Michael Collins deslumbran a niños y adolescentes de todo el mundo, yo entre ellos. Por entonces cuento diez años.

El 17 de julio, el cohete Saturno comienza a surcar el espacio, transportando a los tres astronautas, que no alcanzan los cuarenta. la cuarentena vendrá después.

Son aún jóvenes norteamericanos que emprenden un viaje a la Luna, tantas veces anticipado por la literatura y el cine.

Son tres estadounidenses que confirman lo que todo el mundo había sospechado: que, como dijera John F. Kennedy en 1961, Norteamérica ganaría la carrera espacial.

Antes de que acabe la década –había proclamado el presidente–, los Estados Unidos habrán puesto al primer hombre en la Luna para después hacerle regresar sano y salvo.

La misión del Apolo 11 corroborará ese vaticinio, un reto típico de la Guerra Fría, un acicate para la imaginación juvenil. O para la fiebre de novedades.

Numerosos muchachitos de entonces quedaremos debidamente impresionados por la poesía de aquellas imágenes.

Son imágenes apenas entrevistas, figuras torpes, lentas y libres: adiós a la gravitación, adiós al pasado, adiós al peso muerto de la historia, nos decimos o nos diremos.

Estoy en 1969 y sigo la trayectoria del Apolo XI con la expectativa y la fantasía que la radio, el cine y la televisión me han provocado.

Me alboroza ese vuelo, pero también me rindo ante los científicos que desde Houston controlan la misión.

He escrito Apolo XI y creo cometer un error: he puesto un número romano. Pero no, inmediatamente reparo: en la España de entonces se escribía así, Apolo XI.

Seguiré las crónicas de Jesús Hermida, miraré las portadas de los periódicos en los kioscos y escucharé el relato de Cirilo Rodríguez –entusiasta, fervoroso y gritón– en la radio, la Radio Nacional de España.

Hoy en día, nuestros periódicos y libros, nuestros reportajes y documentales rotulan de otro modo: Apolo 11 o Apollo 11. Ya no somos distintos, ni debemos traducir las cosas: las expresiones son universales.

Pero entonces, cuando faltaban pocas horas para que se cumpliera el alunizaje, el mundo era una suma de espacios particulares: sólo de cuando en cuando se emitían noticias globales en tiempo real.

La transmisión en directo de este viaje espacial será un hito, un hito de la televisión. Los adelantos llegan. Los adelantos llegan a una España aún pobretona, sometida a la dictadura inacabable del franquismo.

Imagen: ‘Buzz’ Aldrin fotografiado por Neil Armstrong, NASA.

Esas novedades cambian el orden cotidiano y alterarán la percepción moral de las cosas. La técnica nos hará soñar con un futuro fascinante o que creemos fascinante: con un porvenir hecho de materiales plásticos.

Embutidos en escafandras habitaremos en un mundo irrespirable, un mundo metálico en el que regirán el poder de las computadoras y el dominio de los satélites.

20 de julio. Ya está, ya han llegado. Hoy es el gran día. El módulo lunar Eagle ha emprendido la aproximación. La Luna no es sólo algo que se contempla, sino un lugar sobre el que depositarse. El capitán es Neil Armstrong. ‘Buzz’ Aldrin le acompaña en esa aventura que a tantos nos cautiva.

Hay distintas fotografías de Aldrin, algunas tomadas cuando Armstrong ya pisa la superficie lunar. Son simples y bellas. Expresan lo obvio, lo límpido y lo polvoriento, lo metálico y lo plástico, lo humano y lo mecánico.

Sorprende casi todo, pero lo que aún fascina es la sombra, las sombras que se proyectan sobre esa superficie. Inquieta también el color, esos brillos cenicientos y marrones en los que se refleja la luz.

La misión Apolo XI multiplicará el número y la índole de las predicciones, algunas verdaderamente disparatadas, que el tiempo ha desmentido punto por punto.

En la imaginación febril de tantos jóvenes de entonces, de 1969, el mundo iba a ser distinto: en 1984, en 1999 o en 2001, fechas que producían vértigo e inverosimilitud.

Yo sigo soñando.

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Adiós a la Madre

El primer cuento que Jorge Luis Borges le publicó a Julio Cortázar llevaba por título ‘Casa tomada’ (1946). El joven aún inédito se lo llevó con el fin de verlo editado en la revista que por entonces dirigía el autor de Ficciones.

Borges lo leyó complacido y gracias a ese gesto de generosidad inteligente empezó una carrera literaria, la de Cortázar. Y de paso se confirmó que los grandes ignoran lo que es la envidia, el rencor, los celos.

Es un relato aparentemente sencillo. Dos personas habitan una residencia de grandes dimensiones. Es acogedora, nada inhóspita.

Son dos hermanos ya creciditos, ya machuchos. Llevan una existencia previsible y casi matrimonial: una teje y el otro lee. Viven de rentas.

Eso es así, esa existencia confortable con rutinas predecibles, hasta que sospechan que su hogar está siendo invadido.

Hay un ala —donde está la biblioteca, por ejemplo— a la que ya no podrán ni querrán acceder. Es ominosa la presencia.

La hermana, de nombre Irene, seguirá disponiendo de lana. Continuará tejiendo. Pero el varón deberá conformarse con revisar la colección de sellos (“de estampillas” que reunió su padre).

Las referencias culturales que pueden rastrearse en dicho cuento son múltiples: desde el cuarto encerrado hasta la habitación oscura, pasando por la invasión de extraños, esa gente ajena que viene a doblegarnos, a sojuzgarnos. Y, por supuesto, Penélope, la dama que teje y espera. Etcétera.

Ya digo: los habitantes de ‘Casa tomada’ son un hermano y una hermana que han sobrepasado los cuarenta. Viven solos, ajenos al mundo exterior.

Y residen cómodamente en esa finca antigua y espaciosa en la que se agolpan los recuerdos familiares y los restos de la propia infancia. ¿Qué es lo que ahora está pasando?

En aquel inmueble pueden habitar hasta ocho personas sin mayor tropiezo, sin estorbarse, según confiesa el narrador en primera persona.

Es él, el hermano varón, cuyo nombre nunca sabremos, quien habla y evoca para nosotros. La casa la mantienen aseada, limpia: antes y después de la intrusión.

Almuerzan, como está mandado, al mediodía: con una puntualidad que ambos no rompen. Les gusta comer así, en silencio, en el silencio de una casa ajena al mundo externo.

Tienen una buena puerta que aísla las dos alas de dicho espacio, auténtico roble macizo. Todo transcurre con normalidad, con la normalidad con que dos chiflados pueden vivir…, hasta que sienten esa presencia. ¿Chiflados?

Es una presencia indistinguible y a la vez amenazante que va acotando la casa hasta hacerla pequeña e irrespirable. Por fin se encierran, ambos sin escape. O sí.

Ya no hay nada que hacer, nada de lo que huir. O sí. La casa acogedora y nutricia ha dejado de serlo. El mundo no está acabado: hay futuro sin paraíso y sin tutela, sin defensa.

He releído muchas veces este cuento que, sin duda, no es el mejor de Cortázar. Ahora lo he vuelto a leer, lo he parafraseado, lo he resumido para ustedes y lo he amputado y estropeado.

Ya lo advirtió Borges: “nadie puede contar el argumento de un texto de Cortázar; cada texto consta de determinadas palabras en un determinado orden. Si tratamos de resumirlo verificamos que algo precioso se ha perdido”.

Sin duda lo he echado a perder al tomarlo, al invadir como un intruso ese texto. Me salva la esperanza de que, ahora sí, ustedes lo lean. Con la ‘Casa tomada’ se acabaron las certidumbres, las seguridades:

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Ilustración: Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, vistos por Eulogia Merle.

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https://mrpoecrafthyde.files.wordpress.com/2016/05/cortc3a1zar-julio-casa-tomada.pdf

La buena educación

Sábado, 13 de julio. Durante un tiempo, no puedo precisar cuánto, estuvimos viendo laSexta Noche.

Tras la experiencia, en casa nos hemos comprometido a no volver a ver dicho programa, salvo circunstancia excepcional.

Ingenuamente queríamos saber cuáles son el estado y la marcha de las negociaciones a izquierda y derecha para formar gobiernos autonómicos y central.

La rutina expresiva, las fórmulas estereotipadas, el tópico repetido, la interrupción maleducada, la cháchara torrencial y el tono más chocarrero fueron las fórmulas retóricas habituales entre los representantes de los partidos.

Por supuesto no dejar de hablar y no dejar hablar son argucias típicas y tan antiguas como el parlamentarismo. Son perfectamente legítimas, pero quien se vale de esos recursos es probable que carezca de sustancia.

No dejar de hablar y no dejar hablar es, por ejemplo, muy característico de esos políticos que basan su discurso en el ruido verbal: propiamente, en la verborrea. Un bla bla bla interminable te haría más convincente. Supuestamente.

No es preciso estar de acuerdo con la política de su partido para reconocer la educación, la buena crianza. Apenas pudo decir algo sin ser toscamente interrumpido.

Aquí lo vemos en un plano en donde parece implorar clemencia antes de ser devorado. ¿Acaso por falta de recursos u oratoria? No. Este caballero no carece de habilidades dialécticas y la audiencia las valorará.

Felipe Sicilia en laSexta Noche, 13 de julio de 2019

En laSexta Noche, sólo Felipe Sicilia supo mantener la compostura. Es un hombre guapo, fino, de trato afable y de respuesta cortés, alguien con quien hablar y, por qué no, discrepar.

El público no aprueba necesariamente la agresividad. Quiero pensar que los espectadores más sensatos sabrán valorar una cortesía y una bonhomía que parecen infrecuentes.

Pero no todo depende de las buenas maneras. La rapidez de respuesta, el trallazo verbal, la interrupción son cosa que provoca este formato televisivo.

La necesaria brevedad de las intervenciones hace que el debate sea una suma de atropellos, de roces y lances.

A ver quién habla más y con mayor determinación, a ver quién larga con mayor estrépito, como si la vehemencia fuera virtud enunciativa. El resultado es una discusión entrecortada, sin rumbo.

En tiempos de mis abuelos, y con involuntaria incorrección política, a estas formas se las llamaba arrabaleras. Formas arrabaleras.

Hoy las designamos de otro modo. Lamentablemente —me digo—, el estilo poligonero se extiende.

La bestia del Reino

Gracias a la información que nos pasaron Marisa Begué y Mario Pérez supimos de la existencia de Years and Years (2019), una serie de Russell T. Davies, emitida por la BBC. En casa la hemos visto con placer y con no poca desazón.

La emite en España HBO y es una producción que, con una sola temporada de seis capítulos, consigue interesarnos e incomodarnos…, ya digo.

‘Years and Years’ es cuento largo para adultos maleados. Con héroes y con villanos, con alguna malvada (alguna Cruella), con donantes y auxiliares, con traidores. Y con un Reino y un mundo que tienen sus gobernantes crueles, absolutamente despiadados.

Las buenas historias comienzan ‘in medias res’, con la vida a mitad o ya vencida, con unos lastres que iremos descubriendo. Eso sucede en ‘Years and Years’.

Más aún: si se trata de personajes complejos y contradictorios, entonces el público necesita horas de metraje para captar su hondura o su superficialidad.

A ‘Years and Years’ no le veo ardides o artificios innecesarios. Tampoco piruetas de última hora. Vamos, que como cuento largo no tiene un desarrollo tramposo, cosa que es vicio lamentable y hasta frecuente entre ‘showrunners’ (entre autores-guionistas actuales).

Necesitamos horas para familiarizarnos con individuos a los que veremos crecer y hasta morir y de cuya moral poco podemos adelantar. Eso sucede en ‘Years and Years’.

Es más: las historias maduras dejan siempre cabos sueltos. ¿Acaso por pereza o falta de destreza? No.

En ‘Years and Years’ quedan algunos cabos sueltos, un futuro esperanzador o aterrador, depende; y quedan individuos cuyo porvenir es incierto. ¿Por qué razón?

Pues porque su creador, Russell T. Davies, así lo quiere y así los quiere. Tal vez, una segunda temporada podría complicar aún más ese devenir, cosa que no he querido saber…

Pero, haya o no haya continuación, las situaciones tienen aquí significados parcialmente ambiguos y sus consecuencias son ambivalentes. Eso sucede en ‘Years and Years’.

Estamos ante una distopía, ante un cuento largo —insisto—. Somos muy mayorcitos para soluciones infantiles, historias en las que todo casa. Aquí no sabemos si casa…

En ‘Years and Years’ hay una “princesa” a rescatar y hay un “tesoro” a preservar o restituir. Y hay algún villano —villana— que tiene su merecido.

¿Lo tiene de verdad? En los cuentos populares, todo se aclara y los malvados son finalmente reducidos. ¿Sucede eso en ‘Years and Years’?

El mundo es el reino, el Reino Unido, tierra de individuos prósperos y hasta riquísimos (aunque de entrada no sepamos si también es un país de marginaciones lacerantes).

Todo transcurre sin más: la vida bonancible de una tierra de promisión. Eso sucede en ‘Years and Years’.

La serie nos muestra el futuro, el futuro más o menos inmediato, el próximo lustro, los próximos lustros, los años venideros. Vemos cómo se tuercen las cosas…

Y vemos aparecer, crecer y madurar a una familia de Manchester, los Lyons, una familia extensa que no reside bajo el mismo techo, pero sí bajo una misma nube, la Nube.

Son británicos, sí, británicos que tras el Brexit viven beneficiándose de un orden confortable en una sociedad del primer mundo (que también incluye Londres y otras partes del planeta).

En esa circunstancia, la política inglesa es aburrida, tediosa: el parlamentarismo tiene siglos de rodaje y el Ejecutivo se vale de experiencias, de aritméticas, de automatismos y, cuando es preciso, de argucias, falacias y arbitrios.

Las eventualidades cotidianas, las de la gente corriente, son igualmente previsibles. Hay recuerdos cercanos de crisis financieras, pero las cosas parecen ir correctamente, como un mecanismo bien engrasado.

Hay, sí, amenazas. Por una parte, el mundo exterior, el de las relaciones internacionales, sigue convulso. Por otra, el mundo interior, el de la naturaleza y el planeta, padece severos trastornos que se agravan.

Una familia corriente pero diversa y compleja —esa familia de Manchester— con una abuelita eterna se opondrá a una Cruella que engaña y comete vilezas y hará frente a algunos de los desmanes que hoy ya nos aterrorizan.

¿Cuáles? La xenofobia, el racismo, la demagogia, la mentira, el cambio climático, la amenaza nuclear, etcétera. Por cortesía no digo qué hace esa familia y no digo lo que sucede.

Sólo afirmo que vale la pena dejarse entretener y mecer por este cuento de ciencia-ficción, de fantasía, de realidad ‘aumentada’.

¿Nos deja aliviados? Este cuento largo nos deja cavilando.