Historia y miedo

El historiador es un profesional. Es decir, es un tipo que ha aprendido reglas, procedimientos y protocolos comunes, los que siguen sus mismos colegas.

Aprende eso cuando realiza unos estudios específicos. Es el momento de someterse durante y después de la carrera (esa carrera de obstáculos que son los exámenes y pruebas) a la práctica del oficio.

OMS

Insisto: es un profesional, pues no puede obrar a su antojo sin rendir cuentas. Por ello se somete a todo tipo de disciplinas.

Es más: la suya, su profesión, es literalmente una disciplina. Tiene técnicas, pericias y destrezas heredadas.

Quienes la practican se valen de una materia prima para fabricar el producto. ¿Qué materiales son éstos?

Al igual que los periodistas, que los cronistas, que los reporteros, los historiadores se sirven de la información.

Mejor dicho, de las informaciones. Hacen acopio de datos en bruto, de datos semiprocesados o de datos ya procesados. Los buscan o les llegan.

Son informaciones que hacen referencia a hechos sucedidos, a acontecimientos ocurridos, a actos emprendidos por los seres humanos.

Actos emprendidos para bien y para mal, con estos o aquellos fines, con estas o aquellas motivaciones, con cálculo o a lo loco, con deliberación o irreflexivamente.

Pero esas informaciones aluden también a procesos que no dependen sólo de los fines que los individuos se proponen o de las motivaciones que los mueven.

Lo que sucede no es necesariamente lo que los seres humanos tenían previsto. Es más: con frecuencia, lo que ocurre no estaba anticipado, no puede anticiparse. Y ello, por dos razones.

Por un lado, por el efecto de composición de los actos humanos: unos a otros nos oponemos, nos sumamos, nos restamos y, por esto, las metas se tuercen o se alcanzan.

Y ello no sólo por lo que yo hago o dejo de hacer, sino también y principalmente por lo que otros hacen para conseguir sus propios fines, que entran en contradicción o no con los míos.

EFE

Y eso que otros hacen puede que lo hagan para quitarme los rendimientos que yo esperaba obtener o simplemente porque, sin deliberación alguna o sin malicia, sin conocerme, van a la suya y me ganan o se llevan mi parte.

Pero, por otro lado, lo que ocurre en el mundo de hoy y en el mundo del pasado, aquello que finalmente acaece, no siempre puede preverse a pesar de las cavilaciones y cálculos que emprendemos.

Nos hacemos nuestras predicciones sensatas o insensatas, aguardamos el cumplimiento de nuestras expectativas y creemos estar seguros de ese cumplimiento.

Y ello gracias a la experiencia acumulada y a los medios técnicos y recursos de que nos servimos para definir y delimitar la situación y con ello para aventurar el resultado a corto, a medio o a largo plazo.

Gracias a la sofisticación técnica de las ciencias, podemos saber con relativa certeza lo que nos espera.

Por ejemplo, con las predicciones meteorológicas que se cumplen. ¿Pero qué pasa cuando hay factores imprevistos, no tenidos en cuenta?

No me refiero a una ciclogénesis explosiva, que se ve venir para un climatólogo.

Tampoco me refiero, en el ámbito propiamente humano, a las cíclicas crisis que los economistas auguran con mucha ciencia y fundamento.

Aludo, por el contrario, a los efectos imprevistos e incontrolados de hechos catastróficos o cataclísmicos que no se esperaban y, sobre todo, a las noticias reales o irreales, fundadas o infundadas de esos hechos.

Como vivimos en la sociedad de la hiperinformación, como somos terminales, como estamos abiertos a toda clase de datos, contrastados o no, reaccionamos de manera individual, colectiva, quizá de manera prevista o imprevista.

En todo caso, al reaccionar, alteramos las expectativas hechas con cálculo y ciencia y, por ello, las predicciones se incumplen o pueden llegar a incumplirse. Se genera incertidumbre y hasta caos.

El miedo y toda una gama de reacciones emocionales trastocan las serias predicciones de los científicos más creíbles y severos.

Por eso a un historiador no hay que pedirle anticipaciones de lo que va a ocurrir.

Examinamos mejor o peor lo ocurrido, lo ya ocurrido, porque en lo sucedido y ya consumado no hay factores nuevos o imprevistos que arruinen el diagnóstico. O eso creemos. Así nos va mientras la cosa funciona.

Sin embargo, una vieja fuente hasta ahora desconocida, un documento antiguo que no estaba al acceso del investigador y un enfoque diferente pueden arruinar la explicación histórica mantenida hasta este momento.

No sólo el presente y el futuro humanos y planetarios son inciertos o móviles (a pesar de los avances de la ciencia y la técnica o tal vez por ello mismo).

También lo es el pasado, dependiente de factores variables: ese documento inaccesible, esa fuente ignorada, ese enfoque audaz y nuevo que nos obligan a explicar e interpretar de otro modo.

El historiador puede verse abrumado, como podría sentirse un ciudadano reflexivo que observara y examinara la actualidad, siempre vertiginosa.

No pocos diagnósticos que se han hecho del estado del mundo desde hace décadas, desde fin de la Guerra Fría, desde el fin del mundo bipolar, repiten estas palabras y éste tópico: el mundo está desbocado.

Ya no hay un centro desde el que gobernar y la información es propiamente el mundo.

¿Y el historiador se ve afectado por esa incertidumbre? De entrada se vale de sus conocimientos, de sus mañas. Es decir, quien investiga pone en orden un conjunto más o menos vasto de datos.

Más aún: jerarquiza las informaciones que reúne, husmea en los archivos para hallar sus fuentes, busca confesiones o revelaciones de quienes fueron protagonistas o testigos.

Pero rastrea también en el presente. En la actualidad incierta: persigue y observa los numerosos vestigios materiales e inmateriales que quedan del tiempo pretérito.

¿Pero por qué ese interés por el pasado? ¿Por exhumar algo distante que nos es completamente ajeno?

No exactamente: en realidad, el historiador busca huellas o testimonios de otro tiempo para explicarse por qué somos distintos, algo distintos o muy distintos ahora; para explicarse qué es lo que nos distancia de nuestros antepasados.

¿Qué conceptos son esos de historia, mundo y actualidad, puestos en relación?

Convenimos en que la historia es rastreo del pasado, la exhumación de sus fuentes con el fin de documentar hechos que perduran y que aún nos intrigan o conmueven, que todavía nos afectan o influyen.

Porque la historia bien fundada, en efecto, no es el seco interés erudito por un mundo cronológicamente desaparecido o geográficamente distante, algo lejano por lo que ya no tendríamos interés.

En realidad, los historiadores tratan sus objetos con el mayor interés, con la mayor cercanía. Es una estupidez pensar que abordamos el pasado desinteresadamente.

Es necesario tratarlo con rigor, con esfuerzo documental, valiéndonos, sí, de un noble ideal, del ideal de la imparcialidad.

Pero el mundo que estudian los historiadores es el entorno propiamente humano, intersubjetivo, ese espacio de relaciones, percepciones, emociones e intervenciones en el que los individuos nacen, crecen y maduran.

Y esas relaciones, percepciones, emociones e intervenciones se dan en un espacio local o universal cuyos límites no siempre están claros.

¿Cuál es el contexto de las acciones humanas? Pensamos que lo cercano es la circunstancia, pero lo universal o lo distante influyen de modo diverso sobre lo local.

Ahora, en el tiempo de la globalización, pero también en épocas anteriores.

La actualidad, en términos aristotélicos, es aún una realidad que se materializa, que se convierte en acto.

Aquello que estaba como posible, como probable, como meramente eventual, se consuma adoptando una forma que estaba por definir.

Pero lo actual suele tomarse también como lo que está sucediendo o teniendo efectos.

Más aún, no hay balances definitivos: cada generación, cada grupo humano, debe saldar cuentas con lo pasado.

Esos efectos varían y lo presuntamente muerto regresa en acto para afectarnos nuevamente.

Los muertos de pasados contagios vuelven con un hedor y un helor de siglos.

Es entonces cuando, por ejemplo, nos preguntamos cómo afrontaban los habitantes de una ciudad mediterránea del siglo XIX una invasión colérica: un contagio del cólera-morbo asiático.

OMS

Es entonces cuando nos preguntamos qué información les llegaba y cómo les afectaba. La muerte por contagio era frecuentísima y la percepción del mundo era otra.

Si estudiamos historia, nos volvemos sin duda más cautelosos. No sé si más prudentes…, ojalá.

El estallido de informaciones masivas propiamente ‘contagiosas’, informaciones emocionales generadoras de miedos y pánicos, debilitan nuestras defensas.

Y de eso sabemos bastante los historiadores. Que nadie nos pida remedios.

Sólo ejemplos remotos o recientes bien presentados. Las lecciones son abundantes, a veces esperanzadoras y a veces pesimistas.

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Fotografías: OMS y EFE

Borges y nosotros

(9 de junio de 2006)

En 1986, el 14 de junio, fallecía Jorge Luis Borges. Desde entonces no nos hemos resignado a esa fatalidad y la sobrellevamos regresando a él, a sus obras.

“Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas”, dice él mismo expresándose en tercera persona cuando se desdobla en Borges y yo, “pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje y la tradición”.

Borges fotografiado por Grete Stern en 1951. Detalle.

Y, en efecto, así es: Borges es ya del lenguaje y de la tradición y, por eso, su influencia y el aprecio que le dispensamos, lejos de haberse disipado, aumentan.

Tal vez porque en su obra, vasta y concisa a la vez, se resumen algunas de las urgencias, de las paradojas y de las perplejidades de nuestro tiempo. Borges, que durante tantos años fue un lector ciego (“Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven”, se dice en El Aleph), tiene hoy la máxima visibilidad, pues se le invoca, se le cita, se le reedita constantemente.

De Borges, que tuvo una vida retirada y casi siempre sedentaria, se han publicado y se siguen publicando incontables biografías que revelan su aventura intelectual, sus comedidas audacias: por ejemplo, la de convertir la lectura en un arte, en una creación.

Borges no adoró los libros, sino la delicia que nos procuran, esa dicha de descubrir algo que se ignoraba. El narrador argentino nos mostró que leer es, en efecto, un acto tanto o más placentero que el de escribir, porque al leer con arresto, con paciencia, con entusiasmo, se creció –y nosotros con él– experimentando lo que a otros sucedía.

Pero esa vivencia no es sólo vicaria: si la lectura se consuma, entonces las experiencias de otros las hacemos propias y nos multiplican el yo.

Borges celebró la seducción relatora o poética, la que consiguen los grandes creadores en alguna página válida, justo cuando se sirven de palabras para levantar un mundo inexistente en el que habitan personajes ordinarios y heroicos, personajes que sobreviven con determinación o con bajeza haciéndose a sí mismos.

Y estas celebraciones las conmemoró en las numerosas entrevistas que Borges concediera (entrevistas luego convertidas en libros), interlocuciones en las que exaltaba el placer del texto, de la frase, del verso, del adjetivo exacto, del verbo preciso.

Pero esa dicha lectora la recreó escribiendo él mismo, pues su arte verbal es un tanteo, una mixtura de géneros, y un homenaje a los clásicos, a esos predecesores que nos anticipan.

Decía Umberto Eco que los clásicos que leemos sobreviven entre la jam session y el destino fatal, entre la improvisación –que ejecutamos los lectores– y la partitura, que es el texto literal, que establece unas particularidades y no otras.

La lectura puede tratar los textos como si de auténticos hipertextos se tratara: con un sentido inestable, mudable, según las distintas generaciones de lectores que se van sucediendo y que regresan sobre los clásicos, esas palabras literales pueden acabar significando algo imprevisto para el autor o para sus primeros destinatarios.

Pues bien, eso es lo que hizo Borges: desdoblarse en numerosos lectores para hallar significados insólitos en los clásicos y para expresar la imposibilidad de ignorarlos. Y Borges lo hizo escribiendo y adoptando distintos perfiles o personajes.

Está el ensayista, que se vale de recursos filosóficos para abordar el universo y para abordarse a sí mismo.

Está el narrador, capaz de relatar las paradojas de ese mismo universo y del yo que se despliega.

Está el poeta, dueño de sus propias imágenes y valedor del soneto y de inacabables enumeraciones que tratan de sumar los dones que él disfruta, pero también está aquel otro versificador que hace de la contención verbal su objetivo y su catarsis.

Está, otra vez, el lector ahíto, el lector que se sabe epígono, lleno de referencias, el lector insaciable, intelectual y popular, admirador del ingenio anónimo y de la sutileza creativa.

Está el autor que se sirve de la ironía como único recurso con el que regresar a un pasado ya infinito, pero está también el escritor que interpela directamente a un destinatario no menos formado y culto, a un destinatario al que respeta y con el que juega, un aliado de la palabra y de la inspiración.

Está el vate invidente, aquel de reminiscencia clásica que, como el viejo Homero, canta las gestas de los hombres y las desdichas que los dioses les mandan.

Está el humorista que se admite oficiante de un plagio inevitable, aquel conversador que se explica, que se repite y que se disipa en un habla también inacabable, el bromista que se recrea y que se distrae valiéndose de las paradojas de la lógica o asociando la teología y la metafísica a la fantasía.

Está el Borges que juega con el tiempo, siempre escaso, siempre cicatero, el Borges que lo amplía, que conjetura sobre él, que imagina sus duplicaciones y que multiplica las vidas y las simetrías, que se deleita o se angustia en una perpetua suma de azares, que sueña con los diversos porvenires que se bifurcan.

“Si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de la humanidad en vías de desaparición”, indicaba E. M. Cioran, “y porque encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado”.

Extraterritorial, vario y fragmentado, degustador de distintas culturas y sin arraigo nacional que lo limitara: Borges fue un europeo americano y un americano interesado por Japón y por las literaturas más distantes.

Hoy, cuando todos parecen querer el arraigo y el reconocimiento de una comunidad de iguales, su lectura es un antídoto contra la cultura de vuelo gallináceo, contra la autosatisfacción provinciana.

Pero, además, esa aventura intelectual Borges la emprendió sin severidades campanudas, ya que, como indicó Cioran, supo “dotar a cualquier cosa, incluso al razonamiento más arduo, de un algo impalpable, aéreo, transparente.

Pues todo en él es transfigurado por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y de sofismas deliciosos”, dueño de “una sonrisa enciclopédica”. En efecto, todo en el narrador argentino carece de la severidad, del empaque de los fatuos. ¿Imitable Borges?

Ha sido copiado, reproducido, calcado. Ha sido remedado su estilo. Sin duda, lo que mejor podría imitarse de él es su humor culto. “Podría convertirse”, admite finalmente Cioran, “en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas y, si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido”.

Para el escritor argentino, el universo era como una biblioteca infinita, como la biblioteca inacabable en la que los anaqueles contienen la totalidad del saber grande o menudo y el conjunto de los hechos memorables que la escritura humana ha registrado.

Y el universo, según lo describía en El Aleph, es una infinitud que nos daña, que nos lastima. “Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad…”, dice el narrador de El Aleph.

Y, en efecto, aquí lo tenemos: aquí tenemos a un Borges que felizmente no cambia, habitando en su propia eternidad literaria de lector.

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Lunes, 17 de febrero de 2020, a las 20 horas.
Club de Lectura Libreria Gaia, Valencia

‘Ficciones’, de Jorge Luis Borges.
Conversación entre
Miguel Ángel Taroncher y Justo Serna

Discusión entre los asistentes.

Sergio del Molino. Para todos los públicosk

Ayer acudimos varios amigos a La Nau. Nos habíamos conjurado para no perdernos un acto cultural.

Ya saben: a las 19 horas o das una charla o te la dan. En nuestro caso estuvimos como aplicado público.

Era una conferencia impartida por Sergio del Molino en el Aula Magna de la Universitat de València. Y era un acto organizado por Cristina García Pascual, responsable Aula de Literatura de esta Universidad.

Sergio del Molino debía hablarnos —y nos habló— con naturalidad, con autenticidad, del proceso creativo —de su proceso creativo—, de la forma de su escritura, de los géneros que cultiva, de los trucos o pericias que aplica.

Por supuesto, Del Molino quitó todo mesianismo a su oficio. No se puso egregio. Tampoco vulgar. No quiso ser o ponerse de ejemplo.

Sencillamente nos transmitió el placer que le procura escribir, dar forma a lo que carecía de existencia.

El autor no es ese Dios antojadizo que gobierna a sus personajes. Es alguien que descubre y aprende valiéndose de su experiencia y de sus recursos. Sabe plantearse problemas y, en el mejor de los casos, sabe expresarlos.

Del Molino ha sido periodista y ahora es principalmente escritor. De periodista a escritor parece haber poca distancia, apenas unas pocas tareas que separan a quienes cultivan el reporterismo o la novela.

Él es o sigue siendo periodista de opinión. Pero es ya un escritor consagrado, calificativo quizá altisonante que tiene algo de fervor religioso u oficiante de ritos.

Nada de eso. Sergio quiso ser escritor desde niño, según nos confesó. Ser escritor no es exactamente —o exclusivamente— ser novelista.

Es practicar el oficio libre de la escritura: desde la ficción hasta ensayo, pasando por la autobiografía.

Es más: es concebir libros que son relatos, obras que elaboran experiencias personales, artificios que narran o ensayan y en los que el escritor se entromete y se compromete. Ser escritor es encontrar un estilo.

Ya somos legión —qué palabra tan odiosa— los lectores que disfrutamos con su prosa fluida y ríspida a un tiempo, nunca complaciente.

No es la suya una sintaxis sonajero; tampoco argot de experto. Escribe para todos los públicos, algo muy difícil.

Disfrútenlo.

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Fotografía: ignoro el nombre del retratista. La imagen, sin autoría, es la que figura en la página de la Universidad.

E. M. Cioran. Cómo administrárnoslo

Hace casi veinte años escribí para Ojos de Papel (10 de febrero de 2001), la revista dirigida por Rogelio López Blanco, una larga reseña sobre la edición española de los Cahiers, 1957-1972, de E. M. Cioran. La titulé Recuerda que eres mortal.

A este autor, yo lo había descubierto gracias a Fernando Savater. Así lo reconocía en mi escrito, claro. Y ese descubrimiento fue una auténtica revelación. Cómo gocé leyendo Historia y utopía, Del inconveniente de haber nacido, Breviario de podredumbre. Etcétera.

La edición española de los Cahiers (en Tusquets) que en 2001 glosaba era una publicación abreviada, un compendio hecho por Verena von der Heyden-Rynsch, con traducción de Carlos Manzano y con Prefacio de Simone Boué.

2020. Se publican completos los Cuadernos, 1957-1972 y Antonio Muñoz Molina le dedica un artículo en Babelia. Nos alienta y nos advierte. ¿Por qué?

Cioran, podríamos decir, es un tónico y un tóxico… Depende de cómo nos lo administremos. Yo, por mi parte, rescato aquella reseña que escribí tantos años atrás. Dios, cómo pasa el tiempo. No sé si vale la pena releerla.

Por si acaso extraigo aquí algunos pasajes y es casi una declamación. Escribí esa reseña prácticamente entonando. No sé si ahora la concebiría igual. Es lectura larga, aviso. Entre otras cosas decía esto…

“Emil Cioran, como sabemos sobre todo a partir de la difusión que en España hizo de él Fernando Savater, fue un apátrida afincado durante muchos años en París.

“Fue un escritor que abandonó el rumano por la lengua francesa, un polemista que, pese al interés, al humor y al desgarro de sus ideas, sólo tuvo una escasa repercusión en los ambientes culturales de posguerra.

“Fue un estilista si por tal se entiende la expresión pasional, el retorcimiento elegante y el solecismo intencional que adrede inflige a un idioma prestado.

“Fue alguien que predicó el hastío de vivir –como si de un volcán apagado se tratara–, la derrota que significa abandonar lo potencial, el error que entraña el nacimiento, el vacío existencial, la nostalgia del Paraíso.

“No fue un existencialista angustiado al modo de los que frecuentaron el París de posguerra, no predicó la náusea ni tampoco se abandonó a un lenguaje abstruso.

“Practicó el sedentarismo viviendo en hoteles durante mucho tiempo, ensalzó el disfrute de las pequeñas cosas de la vida sin darles la trascendencia grave y esencial de las que carecían.

“No se tomó enfáticamente y se vio con ironía, con la ternura del que se sabe desvalido.

“Recomendaba, por ejemplo, la visita frecuente al cementerio para aplacar el dolor humano, para rebajar la herida que lo ordinario nos inflige y, más aún –añadiría yo mismo–, para alejar la soberbia, para evitar la jactancia arrogante del éxito.

“A lo que nos cuentan, fue a la vez orgulloso y autopunitivo, tortuoso e irreparablemente vitalista sólo porque sabía de la posibilidad cierta del suicidio.

“Tuvo una juventud peligrosa, explosiva, altanera, casi delirante y una madurez descreída, mostrándose cada vez más afín al budismo, a la templanza sabia que se distancia del yo enfático y evidente.

“Un personaje así merece la pena frecuentarlo.

“Cuando se cierne sobre nosotros la amenaza de morir de éxito o cuando el dolor se nos vuelve irreparable, cuando el narcisismo nos desequilibra o cuando el pesimismo nos ciega, en una palabra cuando la omnipotencia infantil triunfante o frustrada regresa para dañarnos, hay que volver a Cioran.

“Hay, en efecto, que volver a la obra de alguien que nos obliga a reparar en nosotros mismos.

“Permítanme, para subrayarlo, exhumar una anécdota de la Roma imperial, una anécdota que recuerdo haber leído a algún otro autor pero del que ahora no retengo su nombre.

“Es una anécdota, en fin, que resulta enteramente aplicable a Cioran para poder entender la clase de tónico que el ex rumano nos administraba y nos seguirá administrando.

“Durante la ceremonia en la que se coronaba al nuevo emperador que accedía al trono, la tradición antigua había instituido la costumbre de que el gobernante se hiciera acompañar por un individuo que, justo en el momento de máximo esplendor, tenía por única función repetirle al oído: “Recuerda que eres mortal”.

“Es decir, Cioran sería como el bufón necesario que precisa el ser humano, ese ser engreído y enfático que unas veces se juzga rey y otras mendigo, que se ensoberbece o que se hunde al primer fracaso, ese ser insustancial que cree alejarse del sinsentido y de la muerte y que se piensa justificado, necesario.

“El hombre es mortal y Cioran cumplió ya con ese destino escandaloso.

“A su muerte, en 1995, se encontraron treinta y cuatro cuadernos inéditos de anotaciones, de aforismos, como si fueran las entradas de un dietario y abarcaban un período que iba de 1957 a 1972.

“Se publicó en Francia un volumen póstumo de mil páginas. Ahora, la editorial Tusquets tiene el acierto de proporcionarnos una versión española abreviada, una antología de esa edición original.

“Esos Cuadernos contienen borradores, ideas en latencia, aforismos provisionales aún por pulir o por trasladar a otros volúmenes, citas, retratos personales, estados de ánimo, invectivas, humoradas, pesimismos, euforias y exaltaciones.

“Expresan soledad, soledad alegre y taciturna a un tiempo, y no son propiamente un diario. ¿Deberían formar parte de unas obras completas del autor?

“Desde luego no son anotaciones marginales, perecederas, dado que el propio Cioran las conservó y numeró en cuadernos sucesivos, ni son simples notas de lavandería que un discípulo minucioso o una viuda desamparada exhumen por exceso de celo o por falta de resignación.

“Son algo más, son el relato de un autor que asiste a su agostamiento desde el primer día, pero son también el relato de lo que él mismo creía su declinación literaria (después de haber dejado de fumar, por ejemplo, como si de un Italo Svevo se tratara).

“Aun teniendo una cierta e irregular datación, no expresan un orden sucesivo ni dan cuenta de evolución alguna. ¿No nos había advertido [el propio Cioran] en ‘Del inconveniente de haber nacido’ que “lo que sé a los sesenta años, ya lo sabía a los veinte”?

“Los cuarenta o los sesenta años transcurridos son sólo un minucioso o incluso un superfluo trabajo de comprobación, añadía.

“Los Cuadernos son así retratos de interior, retazos de su psique en los que la fecha carece de importancia, puesto que expresan estados anímicos siempre presentes, logros o derrotas de un alma ya hecha.

“Esos Cuadernos son sobre todo daguerrotipos antiguos en las que es difícil advertir el paso del tiempo y a partir de los cuales es casi imposible ordenar el relato de una vida.

“El lector, es decir, yo mismo, un historiador que como dijera Michel Foucault de todos los historiadores es sobre todo un caballero obsesionado con la exactitud, no echa en falta la cronología, sin embargo.

“Esto es, lee la obra como si su escritura fuera simultánea y no sucesiva, como si esas anotaciones fueran jirones contemporáneos, trozos de alma arrancados a la vez.

“Son, pues, un pequeño tesoro que se añade al legado mayor de Cioran, un tesoro que salvó del olvido su compañera Simone Boué, su viuda, unos Cuadernos que ella misma prologó y que no pudo ver publicados.

“En vísperas de su publicación, Boué moría ‘accidentalmente’ –nos advierten los editores– confirmando con ello el destino irreparable y escandaloso que a todos nos aguarda y haciendo de estos ‘Cuadernos’ una obra doblemente póstuma. ¿La última humorada de Cioran?”

Por supuesto, casi veinte años después me dispongo a leer (ya que no puedo decir releer) esos Cahiers, en traducción de Mayka Lahoz. Aún recuerdo el disfrute que me procuró aquella edición abreviada. Aún recuerdo el trastorno.

Artículo de Antonio Muñoz Molina (2020): https://elpais.com/cultura/2020/02/05/babelia/1580922855_054183.html

Reseña de Justo Serna (2001): http://www.ojosdepapel.com/Article.aspx?article=654

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Fotografía E. M.Cioran (1977, RUE DES ARCHIVES/AGIP / CORDON PRESS)

George Steiner. El crítico y el amor

Uno de los más finos autores que he frecuentado, uno de los grandes maestros que más y mejor me han enseñado a leer, que más y mejor me han enseñado a disfrutar de los libros, es Georges Steiner.

Ha muerto. Nos ha dejado. Pero a la vez nos ha legado un patrimonio de saber. Nos ha hecho ver la tragedia y la dicha de la cultura.

En buena medida, mi acceso a los grandes clásicos ha estado mediatizado irreparablemente por sus claves, por sus interpretaciones, por su prosa: las de Steiner.

Bien leídos, esos grandes clásicos son como una epifanía. Nos provocan en ciertos casos algo parecido a una alucinación, nos dejan una huella indeleble y un aturdimiento.

Esas obras no terminan y jamás las consumamos. No las aclaramos del todo, no las liquidamos. En fin, no acaban de tener fecha de caducidad.

Pienso, por ejemplo, en Crimen y castigo (1866), de Feodor Dostoievski. A este clásico y a Tolstoi, George Steiner dedicó páginas lúcidas y exaltadas. Y a Shakespeare, también.

Recuerdo especialmente los argumentos que empleaba en uno de sus libros mayores, más numinosos. Me refiero a Presencias reales (1991), un libro tocado por la gracia.

En ese volumen, Steiner parte de Ludwig Wittgenstein. Sostenía Wittgenstein la naturaleza lingüística de los límites del mundo. Aplicando esa idea a un caso concreto, Steiner se interrogaba, por ejemplo, sobre las influencias de Shakespeare.

Shakespeare como agrimensor y creador de un mundo por él inventado y colonizado. La de Shakespeare es una realidad edificada y poblada con palabras, sí, pero que se sobrepone y se solapa al mundo real.

“Cada provincia” que podamos imaginar, admitía Steiner con estupor y devoción, “pertenece al mundo de Shakespeare, cada continente, cada océano, ¡es un verdadero mapamundi!”

Shakespeare “creó Verona y Venecia cuando ya existían”, a pesar de —o justamente por— no haber estado allí. “Creó lo que existía”, rivalizando con la percepción realista y evidente de sus contemporáneos o de sus antepasados.

Asimismo, “Shakespeare forzó la historia inglesa. Nuestros reyes son los de Shakespeare, nuestras batallas son las de Shakespeare. El no vio esos archivos”, los archivos y los documentos de que se valen los investigadores y en los que se reúnen las informaciones de las que se sirven.

“Ni siquiera sabía qué era un profesor de Historia”, añade Steiner. Sin embargo, somos nosotros quienes nos hemos formado y crecido en la imagen que a él le debemos: el mundo de Hamlet, por ejemplo.

“Nuestros celos son los de Otelo, nuestras senilidades las de Lear, nuestras ambiciones las de Macbeth. Vivimos en la jactancia de su visión. Entramos en el molde de sus previsiones. La ficción ‑‑esta ficción‑‑ ofrece posibilidades de identificación con la vida”.

Tanto es así, tal es la fuerza de esa imagen, que lo común es que identifiquemos “nuestra situación más por la ficción que por el documento”, nos advertía Steiner a historiadores y filólogos.

Hace casi veinte años, en 2001, le dediqué una columna en El País, en la edición valenciana de dicho periódico. Creo que se me notaba el entusiasmo y, también, las devociones.

Un lector adiestrado es un crítico literario. Y el crítico formado es sobre todo un lector, el más cuidadoso y el más desinteresado.

Lo mejor que yo haya podido escribir, una sola nota al pie, ha estado guiado por ese precepto, por esa enseñanza, por la palabra de este maestro. De este crítico. Y de otros pocos que, como él, se entregaron a manos llenas.

“He tenido suerte con mis maestros”, admitió Steiner en su autobiografía, Errata (1997). “Lograron persuadirme de que, en la mejor de sus formas, la relación maestro-alumno es una alegoría del amor desinteresado”.

Pues eso mismo. Así lo he vivido yo y así lo vivo. Venerar a los maestros no es enterrarlos, inhumarlos. Es darles vida, precisamente, como el crítico y el lector que transmiten entusiasmo.

Steiner. Quién como él.

https://elpais.com/diario/2001/09/13/cvalenciana/1000408681_850215.html

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George Steiner, Fotografía de Jacques Sassier, Gallimard

Auschwitz. Otra vez, siempre

Hoy lunes, 27 de enero, se cumplen setenta y cinco años de la liberación del campo de Auschwitz. Creo que hay mucho que decir, mucho que repetir. Yo sólo apuntaré algo que ya he dicho y a lo que siempre vuelvo.

Entre los libros más estremecedores que recuerdo haber leído está, sin duda, Auschwitz. Los nazis y la Solución Final (Barcelona, Crítica), de Laurence Rees, un volumen que llegó a las librerías españolas en 2005, inmediata, oportuna, justamente traducido. Hace quince años, pues.

Ha pasado mucho tiempo ya, pero su vigencia es indiscutible. Rees es documentalista de la BBC y en dicha cadena se ha encargado de distintas series dedicadas a la Segunda Guerra Mundial.

Su detallado examen de Auschwitz se basa en un repertorio inmenso de fuentes escritas y orales, en un minucioso contraste de los distintos testimonios.

Se basa también en una prudente y firme conciencia moral, en una objetividad que es el fundamento de la honestidad, en una esforzada y compleja atribución de significado.

Las cosas a veces suceden de manera simple, es decir, los actos se emprenden guiados por una intención. Pongamos un caso posible y estremecedor.

Por ejemplo, la decisión de exterminar a los judíos, al pueblo judío, por parte del III Reich. Esa medida se adopta en la Conferencia de Wannsee, de enero de 1942. Son datos muy conocidos. Entremos en detalle, en el detalle de esa decisión…

Se sabe que los jerarcas nazis incurrían habitualmente en rigidez planificadora. Eran muy ordenancistas. Al mismo tiempo, esos gerifaltes y administradores solían errar en sus cálculos, culpablemente ignorantes de las circunstancias que afectaban a sus decisiones.

En Wannsee son quince las personas que se reúnen para tomar la decisión más espantosa que se recuerda, más inhumana. Los allí congregados no eran mequetrefes ni salvajes. Tampoco, terroristas embozados. Eran funcionarios y asalariados de una de las grandes potencias de Europa.

Esos quince individuos no constituían “una ‘clase inferior de criminales’ de escasa formación”: más de la mitad “habían alcanzado el grado de doctor universitario”, nos recuerda Rees. Estremece conocer ese dato. Pongamos… ocho doctores académicos.

Estremece, sí, confirmar que el saber no garantizaba (ni garantiza hoy) la rectitud moral. Sorprendentemente tampoco avala la exactitud de las previsiones. Es decir, ser experto no asegura una predicción acertada.

Quizá, los actos humanos son simples, ya digo, pero los efectos que provocan no pueden explicarse simplemente. ¿Por qué razón?, podríamos preguntarnos una y otra vez.

Pues porque las acciones humanas se refuerzan, se complican, se tuercen o se desvían al cruzarse con otras acciones o al desarrollarse en contextos mudables o no previstos o insuficientemente analizados.

Los nazis siempre estaban dispuestos a ‘solucionar’ hechos o datos de la realidad que ellos concebían como tales, como problemas. Así es, nos dice Rees: a menudo, los nacionalsocialistas creaban “las circunstancias que mejor concordaban con sus prejuicios”.

Pero ese acomodo de la realidad al estereotipo solía provocar obstáculos que eran fruto del fanatismo, de la ceguera: los nazis en su ignorancia y en su imprevisión, en su fatua ambición, creaban un verdadero obstáculo…

Por un lado, creaban un problema gravísimo para la Humanidad. Y, por otro y de manera bien tosca, se creaban un problema técnico para ellos mismos. Bajo determinas circunstancias eran unos pésimos planificadores. Quién lo diría.

Les pasará con Stalin y la campaña del Frente Oriental y les pasará con la organización del Exterminio de los judíos. En este último caso, por ejemplo, hasta 1942, la persecución y muerte de los hebreos se hizo de manera absolutamente desorganizada.

No tuvieron en cuenta algo humano y cruel. Ejecutar directamente, a palos o fusilando, al tiempo que los verdugos miran a los ojos de su víctimas es algo difícil de soportar. Aún más si es numerosa la población a eliminar y si no se cuentan con los medios suficientes.

Matar a distancia y sin intervenir directamente es una forma muy cómoda de irresponsabilizarse, ya que uno no es quien acciona el gatillo o el detonador.

Por eso, el comandante del campo de Auschwitz, Rudolf Höss, dijo sentirse aliviado cuando gracias al refinamiento técnico del gas Zyklon B podía multiplicar las muertes evitando un baño de sangre.

“No podía estar más equivocado”, apostilla Laurence Rees, pues “el verdadero baño de sangre estaba a punto de producirse”, en parte nuevamente por la imprevisión planificadora.

¿Por qué razón? Porque la Solución Final no había previsto con suficiente antelación y organización una red de campos de exterminio.

En los albores de 1942, nos recuerda Rees, sólo un campo estaba especializado en el Exterminio, centro absolutamente insuficiente para los fines que se proponían. Esto les obligó a reacomodar otros establecimientos. Y todo ello hecho con gran improvisación.

Otra vez, por tanto, “a diferencia de quienes adoptan un sistema menos radical, planificando primero en detalle sus acciones para después –y sólo después— llevarlas a cabo, el gobierno nacionalsocialista se entregó” a la ciega improvisación.

Se entregó, dice Rees, “a la deportación de los judíos antes de probar la eficacia de los métodos de destrucción que habían diseñado” o antes de “instalarlos de forma adecuada. Fue a impulsos del desorden subsiguiente como estructuraron su genocidio”.

De hecho, esto no es una excepción: “es una de las constantes de esta historia”, precisa Rees. “La cúpula nazi hubo de hacer frente, una y otra vez, a acontecimientos que no había previsto de forma correcta”.

Y añade: “llevados siempre de una ambición y un optimismo inconmensurables –fundados en el convencimiento de que la ‘voluntad’ podía lograrlo todo por sí sola–, sus dirigentes acabaron por estrellarse”.

Ello era resultado “de su propia falta de planificación y previsión” o resultado de un mal cálculo. Por ejemplo, el enemigo era “más poderoso de lo que les permitía reconocer su hinchada autoestima”.

En Belzec, Sobibór y Treblinka murieron un millón setecientos mil presos; en Auschwitz, un millón cien mil personas.

Pero antes de que se pudiera administrar de manera eficaz la muerte industrial, limpia, expedita, los nazis organizaron un cruento caos, masacres espeluznantes con “escenas que parecían sacadas del infierno”. Eso sí, reduciendo siempre a los prisioneros a un estado infrahumano.

“Al proclamar que aquellos contra los que luchaban eran seres inferiores, los nazis habían generado una profecía que ellos mismos se proponían hacer realidad”. Etcétera, etcétera.

Además de sus excelentes dotes como investigador, Lawrence Rees es sobre todo un narrador, alguien que sabe que la virtud de un texto (o de un documental) no depende del objeto o del problema.

Es decir, a los lectores o a los espectadores no se nos gana de antemano, por muy estremecedor que sea el tema abordado. A los destinatarios más exigentes se les persuade cuando no se atenta a la verdad, cuando se da ese respeto deontológico que todo periodista o historiador debe cumplir.

Pero también cuando el tratamiento del objeto se hace con intriga y significado, cuando se administra la información de manera estratégica, como si el autor y los lectores o los espectadores estuvieran asistiendo a los hechos mismos y en el tiempo en que suceden.

Decía Clifford Geertz que una de las virtudes más sobresalientes de los grandes antropólogos es la de provocar un efecto en sus lectores: el de hacerles copartícipes del descubrimiento.

O, en otros términos, el de testimoniar los hechos como si el investigador y sus destinatarios hubieran estado allí. “Estar allí”, ése es el efecto provocado, un resultado que no es impostura.

“Los etnógrafos”, precisaba Geertz en El antropólogo como autor, “necesitan convencernos” a los lectores “no sólo de que verdaderamente han ‘estado allí’, sino de que (…), de haber estado nosotros allí, hubiéramos visto lo que ellos vieron, sentido lo que ellos sintieron, concluido lo que ellos concluyeron”.

A ese efecto, que está en la obra de los antropólogos, periodistas e historiadores, lo podemos llamar narración, esa conversión de los datos brutos de la experiencia en un relato con significado.

Y, en eso, Laurence Rees se nos revela como un gran maestro: como un documentalista que hace crónica, pero también como un humanista capaz de analizar los valores mismos de la inhumanidad, como un historiador preparado para enfrentarse a los testimonios vivos o muertos del horror.

Aprovechemos y leamos o releamos esta historia real.

Sus efectos perduran.

Apocalypse Now. Un estremecimiento

Miércoles, 15 de enero de 2020, La 2 de Televisión Española emite Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola.

En este film, todo cobra dimensiones míticas. Una parte de la cinematografía está en su celuloide, en la sucesión de sus planos. En nuestra memoria.

No recuerdo el número de veces que la he visto. Me descuento. Volver a verla es descubrirla una y otra vez. Es rememorar la adaptación libre de Heart of Darkness )1902), de Joseph Conrad.

Es regresar a Vietnam, a la guerra, a la jungla. Es tropezarse de nuevo con el teniente coronel Kilgore. Es enfrentar el rostro de Kurtz.

¿Quién es Kurtz, ese personaje remoto al que hay que alcanzar? El apellido resulta exótico, de resonancias difíciles. ¿Quién es?

Insisto. Es un personaje remoto al que aún no hemos llegado, al que todavía no hemos conocido. Lo envuelve una tenebrosa leyenda.

Tardaremos en conocerlo, tardaremos en remontar todas las dificultades que nos opone la naturaleza para acceder a ese último refugio en el que se guarece, en el que es tirano o mandamás.

Le precede una aureola inquietante. Se dice que era un militar corajudo y sensato, y que ahora, con el grado de Coronel, se ha convertido en un ser bestial: alguien o, mejor, algo que incumple las normas básicas de la civilización.

Mucho tiempo nos costará averiguar su auténtica identidad, su último estado físico y anímico: para eso deberemos contemplar todo el metraje de Apocalypse Now.

Hay datos básicos por confirmar, informaciones que sin embargo no nos permitirán aclarar su enigma. Kurtz reúne un historial impresionante.

Se dice que en 1964 regresó de una misión en Vietnam y que las cosas comenzaron a torcerse. ¿Qué sucedió? Era paracaidista. Contaba sólo 38 años.

No se resigna. Kurtz volverá para permanecer allí. Concretamente se instalará en Camboya. En 1969, las pocas noticias que llegan de sus actividades son alarmantes.

Justamente por eso, la jefatura de los Marines manda a alguien que lo busque, que lo encuentre. Tiene el encargo de sorprenderlo, capturarlo, someterlo, liquidarlo.

El Capitán Willard, el joven oficial de Inteligencia, debe perseguir su rastro, su estela, debe remontar el río entre la jungla sorteando y evitando a ‘Charlie’, el enemigo inmediato, inminente, camuflado. Debe hallar a Kurtz.

El recorrido es, sí, infernal. Hay fuego, bombas, proyectiles, hay incendios inacabables. Las detonaciones enajenan, provocan fatiga, fatiga de combate, que Willard, consumidor de estupefacientes, habrá de sobrellevar aturdiéndose y a la vez descubriendo el horror.

Llegan helicópteros que traen repuestos y transportan también a un personaje impresionante, que se agiganta con su demencia bélica. Destruye lo que controla.

¿Quién es ese individuo?

Lleva gafas Ray-Ban Caravan. Se cubre con sombrero de fieltro negro, el sombrero de la US Cavalry. Parece un tipo tronado. Según proclama enérgicamente, aspira a hacer surfing en medio del combate: en la playa vietnamita, en medio del horror.

Ese individuo fuma un cigarrillo perpetuo. Bebe cerveza Budweisser. Es macho, ‘macho man’. Lleva el pelo rasurado completamente. ¿Cómo se llama? Kilgore. Es el teniente coronel Kilgore.

‘Charlie’ no hace surf. Se embosca y procura atacar al primer descuido de los americanos. Los helicópteros se disponen a arremeter, pues no pueden arriesgarse a una sorpresa. Con el toque del Séptimo de Caballería, los helicópteros arrasan.

Llegan a la base del Vietcong. Está amaneciendo. Cuando comience la ofensiva pondrán a Richard Wagner, dice Kilgore. Empieza el baile, la cabalgata. Oímos precisamente el comienzo del tercer acto de La valkiria, que todos identificamos con Wagner.

Crecen el miedo y el entusiasmo. Llegan en formación los helicópteros a la playa. Los vietnamitas corren. Mientras, los estadounidenses lanzan sus proyectiles.

La música se confunde con el estrépito de la munición. El éxtasis es global. El suelo es aniquilado, las imágenes se incendian. Los helicópteros aterrizan, los hombres, cuerpo a tierra, avanzan descargando furiosamente sus ametralladoras.

El poblado vietnamita ha sido prácticamente eliminado y las heridas y desastres se amontonan. Aterriza el helicóptero de Kilgore. Todo parece sucumbir con olas de dos metros. Kilgore está en tierra. Le rodea un humo amarillo.

Van a hacer surf. Las olas, las olas son de dos metros. “Arrásenlo todo”, dice Kilgore. Fuego incendiario. ¿Hueles eso? “Lo hueles, verdad. ¿Qué es? Es Napalm. Nada del mundo huele como eso.”

Tiempo después el barco se encamina por el río hacia Kurtz. Willard debe encontrarlo y reducirlo. Según todos los indicios, ha enloquecido.

¿Sólo Kurtz?

This is the End.