‘La transición. Historia y relatos’

De Carme Molinero y Pere Ysàs

Presentación en la Llibreria Ramon Llull

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Tengo el honor de presentar en valencia esta obra que tiene todos los merecimientos.

Será el miércoles 21 de junio de 2018 en Ramon Llull, a las 19:30 horas.

¿Por qué debemos investigar y leer sobre la transición democrática en y españa? ¿acaso ya está todo dicho? ¿acaso siglo xxi publica una obra reiterativa?

Reflexiono sobre ello…

Y convengo con carme molinero y pere ysàs en el papel decisivo que los historiadores desempeñan en el análisis del presente. digo bien: en el análisis del presente.

Nuestra función no es exclusivamente la de tratar hechos y procesos de un pasado más o menos remoto como si ese tiempo lejano no nos concerniera.

De entrada, lo pretérito no puede reproducirse, pues está acabado, consumado. pero su influencia perdura, lo sepamos o lo ignoremos. y la imagen real o deformada que tengamos de ese pasado nos condiciona hasta en lo más nimio.

Nuestra tarea más urgente, la de los historiadores, es la de examinar el estado de cosas actual, lo que hoy se hace, se dice o se calla. ¿por qué razón? porque la actualidad es un presente histórico o un pasado continuo.

“La misión de los historiadores”, dicen molinero e ysàs, “es analizar, comprender y explicar, huyendo de apriorismos, de simplificaciones, de maniqueísmos y de mitificaciones”.

¿Y qué se consigue con eso?

”Hacer imposible, o al menos dificultar, la instrumentalización de la historia para legitimar poderes, justificar trayectorias o fundamentar en falso proyectos políticos”.

En otros términos, los ciudadanos nos explicamos lo que hoy pasa a partir de un conocimiento real o fantasioso del pasado. a partir de lo que sabemos o creemos saber del pasado.

Si tenemos una idea defectuosa, equivocada o falsa de lo que ha ocurrido, de lo que nos precede, entonces definiremos mal aquello que ahora, justamente ahora, sucede. o, peor aún, simplificaremos con tosquedad lo que, de entrada, es complejo.

Y la transición política española a la democracia, a una democracia parlamentaria, fue algo extraordinariamente complejo.

Hacia 1975, año en que francisco franco muere, había planes y proyectos coincidentes y contradictorios; había azares, casualidades, la pura chiripa de los acontecimientos; había actores con ideas sensatas o con concepciones descabelladas; había fuerzas políticas que eran débiles y a la vez necesarias.

Y había un régimen franquista en plena descomposición, con contrincantes internos, un régimen carente de legitimidades internacionales, pero aún fuerte, represivo y con inercias.

La historia, la apasionante historia que carme molinero y pere ysàs nos cuentan, parte de ese complejo entramado… muchos creían saber lo que depararía el futuro, lo que el porvenir debía ser. pero no había plan trazado, esquema definitivo…

O, como dicen molinero e ysàs, “el fin de la dictadura franquista no fue fruto de su derrota en un conflicto bélico internacional, como la dictadura nazi o la fascista italiana, ni de un golpe de estado militar, como la portuguesa.

“Aunque la lucha por la democracia en españa contó con solidaridades exteriores, éstas no fueron determinantes. la transición española a la democracia fue un proceso complejo, en el que estuvo muy presente la memoria de la guerra civil y el peso, en todos los órdenes, de cuarenta años de dictadura.

“No dio lugar a una democracia modélica pero tampoco a una continuación del franquismo con otro ropaje ni a una democracia tan imperfecta que ni merecería tal nombre. la transición no fue fruto de un plan preestablecido ni de una vergonzante transacción.

“En definitiva, los indudables problemas de la democracia española a casi cuatro décadas de su configuración no son de origen genético y por tanto hay que buscarlos fundamentalmente, unos más lejos y otros más cerca, en las opciones, políticas, actitudes y comportamientos desarrolladas en las etapas posteriores al final de la transición”.

Ignacio Martínez de Pisón

El combustible de Filek

Empecemos con una fantasía. Fantasía al fin, pero probable.

Ignacio Martínez de Pisón tiene una idea. Literalmente le viene a la cabeza una pista de algo grande. Es ésta: ¿es posible escribir y concebir una historia interesante y aleccionadora a partir de una anécdota trivial?

La respuesta que el autor se da y que otros nos damos o suscribimos es afirmativa. Claro que se puede. Ya lo creo que se puede.

Los libros, incluso los libros excelentes, no tienen por qué empezar de manera egregia, solemne. Un dato menor, algo aparentemente banal, puede ser el motivo de una buena historia.

Así, justamente, nace ‘Filek. El estafador que engañó a Franco’ (2018), de Ignacio Martínez de Pisón. Estamos ante una obra de microhistoria.

Estamos ante una obra en la que lo micro, lo pequeño, no es algo irrelevante. Es grieta, grieta por la que ingresar en un mundo grande y desaparecido: el franquismo.

“La primera noticia sobre Filek la encontré en ‘Franco, caudillo de España’, la monumental biografía del dictador escrita por Paul Preston”, admite el escritor.

“Eran apenas diez líneas, y en ellas se hablaba de cómo el austriaco [Filek] se había ganado la confianza de Franco y le había convencido de las bondades de su invento”.

Desde el siglo XVIII en España contamos con una pléyade de genios. Sabemos de muchas ocurrencias. Es cosa de pícaros.

Hay avispados de provincia, eruditos del país, de Ultramar y del extranjero, que conciben planes de fomento o regeneración para un Imperio decaído. Son los arbitristas y los proyectistas.

¿A quiénes me refiero? A gente que en el retiro local o en la soledad de la aldea idea una solución para los problemas del país. Una idea completa y práctica.

Los arbitristas y proyectistas suelen ser esforzados reformadores, tipos empeñosos y con frecuencia avenados.

No les detiene lo quimérico de su obra o el desdén del monarca: están tan persuadidos de su idea, que no se frenan.

Elevan sus proyectos a los superiores, a la espera de que la Monarquía apruebe su ejecución o los reciba. ¿Escasea el líquido? No hay problema, piensan. El soberano aprontará lo preciso para su consecución.

Hay en los archivos nacionales y provinciales una variada muestra de esos legajos, de esos proyectos pensados para el fomento de la prosperidad pública.

Estos atadijos contienen no sólo el texto escrito, la prosa relamida o seca, sino también abundantes grafismos, dibujos trazados o ejecutados con mayor o menor esmero en los que el genio detalla el plan de su invención y de su aplicación.

¿Cuál acaba siendo el destino habitual de esos pliegos? Lo corriente es que la Superioridad desoiga la ocurrencia o archive la petición.

Así, el superior olvida al desprendido corresponsal, un remitente que, con toda probabilidad, seguirá con su vida menuda, absorto en la aldea o en el negociado, ajeno al desdén o al descuido.

Filek, el personaje de Martínez de Pisón, es un digno y pícaro descendiente de estos arbitristas. Su idea es un combustible de genio. En sentido literal y metafórico.

Hablamos de un sustitutivo del crudo. Esto es, “un combustible de calidad superior a la gasolina, obtenido a partir de una mezcla de agua con extractos de plantas y otros ingredientes secretos”.

Un disparate. Un auténtico disparate que interesó a Francisco Franco.

Ése resulta ser el motivo central de una obra, la de Martínez de Pisón, que es investigación histórica. O una novela sin ficción. Con fuentes documentales, con bibliografía consultada, con pesquisas en este y en aquel archivo. Con notas. Etcétera.

“Lo primero que pensé es que ahí había una buena historia: ¡un estafador internacional que tomó el pelo a Franco en la etapa más sanguinaria del régimen!”, dice Martínez de Pisón.

“Aunque Preston hizo bien en no dedicar más de diez líneas a Filek, al fin y al cabo un comparsa en un breve periodo de la vida de su biografiado, eso no quiere decir que sus andanzas no merezcan ser contadas”, apostilla el novelista.

El resultado es una perspicaz obra de microhistoria, un texto letal para el prestigio de un dictador tan receloso, un relato divertido y nada edificante para aquella España. Una filigrana.

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Créditos: Fotografía, Aragón Radio.

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Club de Lectura Gaia.

Lunes 18 de junio, a las 20 horas.

Después, gran despedida de temporada con cerveza y picaeta.

Les esperamos.

Historia cultural. Historia y literatura

Conferencia impartida en Lima (Perú), en la PUCP, el lunes 26 de marzo de 2018 en las Jornadas Historiográficas organizadas por la Dra. Claudia Rosas.

 

Yo jamás olvidaré al Sr. Lobo

Yo jamás olvidaré al Sr. Lobo

Harvey Keitel cumple 79 años. En esta fotografía, cuyo autor desconozco, por supuesto no los tiene.

Pero la instantánea retrata bien el estado físico y el estado anímico más o menos perdurables que hemos visto en el actor. Ahora está más avejentado.

Sin duda, posa elegante, con la cabeza levemente ladeada y con ese gesto de irritación contenida y llevadera con la que habitualmente se nos muestra.

Algo le acaba de pasar, pero eso que termina de suceder no apaga el rescoldo anterior que aún quema.

Es como si Keitel acumulara decepciones y algún desengaño, pero como es muy reservado no le pareciera correcto desnudar sus sentimientos.

Los ojos son, sí, penetrantes, fríos. Esa frialdad no sabes si es de alivio o de rencor. Pero esos ojos transmiten una extraña confianza. Como si efectivamente pudieras fiarte de este tipo.

El rostro, con las carnes que se van marchitando, todavía retienen lo que los cursis llaman una belleza crepuscular. De hecho, salvo el Keitel juvenil, guapo, el Keitel maduro perdió los rasgos aniñados para mostrarse como un tipo duro.

A ello contribuyó, sin duda, esa narizota creciente y partida, aquí disimulada. Las cicatrices ayudan mucho a la interpretación, pero también te encasillan, supongo.

Lo descubrimos en ‘Taxi Driver’ (1976) y nos pareció detestable, loco y con sentimientos. Hasta Paul Auster, cineasta accidental, sacó años después una imagen tierna de Harvey.

Pero fue Quentin Tarantino quien acabó por hacerle habitual en esos papeles de ‘malote’ que él interpretaba a las mil maravillas.

Es probable que Keitel desteste el papel que encarna en ‘Pulp Fiction’ (1994). Pero no lo puedo evitar. Yo jamás olvidaré al Sr. Lobo. Sí, aquel tipo que arreglaba problemas.

El extraño caso de Alberto Ciurana

Nadie como Alberto. O como Al Ciurana, que era el modo en que se hacía llamar. Nadie como Ciurana, mi amigo intermitente.

Conviene repetir esta evidencia, que debería ser conocida de todos. Yo tengo mis recuerdos, he hecho algunas pesquisas, he consultado la wikipedia y alguna que otra fuente fiable.

Y hay que reiterar esta evidencia porque las nuevas generaciones suelen ignorar incluso con desdén la trayectoria de personajes públicos fracasados, los grandes estériles de nuestro pasado reciente.

Mejor dicho, ignoran a los egregios fracasados y también las vidas desgraciadas de los pequeños personajes que no lograron auparse.

Hablando de pequeñez: Ciurana era escueto de estatura, alcanzando sólo el metro sesenta y dos.

Cuando a los dieciocho años lo tallaron para el servicio militar obligatorio, un error de transcripción, o la simple torpeza del funcionario, lo elevó hasta el metro setenta y dos.

Salió contento de aquellas dependencias oficiales. A pesar de padecer de una estructura raquítica a lo largo de su vida —según pude leer en un informe médico que cierto día me mostró con impudicia—, él alardeaba de estatura.

“Tengo estatura”, añadía. “Tengo estatura moral. Transmito valores”, insistía con arrogancia, como dándole poco relieve al físico.

En realidad, según me confesó en otra ocasión, él estaba verdaderamente disgustado con su cuerpo, que le impedía encarnar papeles de galán.

Y estaba disgustado con sus escasas entendederas. He de decir que todos estos reparos que se ponía, esos agravios que le dolían, no eran cháchara diaria.

Una vez, sólo una vez, me los reveló enteramente, con detalle. En una noche de copas, de mucho trago, en el Tropical, en la playa.

Éramos ya unos talluditos y generalmente muy reservados. “Fuera inhibiciones”, me espetó aquella noche para levantar esas reservas.

¿He dicho disgustado, que estaba disgustado con su cuerpo, incluso maltrecho? Su ingenio y su repertorio no eran mejores.

Es más, eran manifiestamente escasos, sin remedio. De ahí, su ira consciente, ese desengaño que le hacía sobrellevar su condición con rencor intermitente.

“He malogrado mi vida”, me soltó con amargura aquella noche de tragos. “He sido ignorado por la mayoría de los espectadores: por mis iguales y por mis colegas”.

La verdad es que yo no sabía a qué y a quiénes se estaba refiriendo. Había conseguido llevar una vida de titiritero que le permitía tener caravana y un público que aplaudía sus actuaciones. No estaba mal.

O sí, sí que sabía a qué se estaba refiriendo.

Estábamos acodados a la barra del Tropical y el ruido facilitaba la sinceridad efectivamente desinhibida. Al no había llegado a nada, insistía. No lo desmentí.

Si lo pienso bien, entonces y ahora, prácticamente no quedan testimonios o pruebas de sus empeños. Tenía ambición y poco más.

Pero era torpe. Y era esa torpeza la que provocaba la hilaridad involuntaria de sus espectadores. Ése era su magro o su amargo triunfo.

A lo largo de su vida profesional sólo pudo participar en proyectos menores, ambulantes, con escasísima repercusión. Y ello sucedió durante un par de décadas.

En alguna ocasión se aventuró con sus propias producciones y una deficiente Compañía. Vamos, que él puso la plata: que él costeó las obras de teatro, teatrillo o varietés, que estrenaba en salas de pequeñas poblaciones.

No consiguió celebridad alguna, jamás, fuera de un circuito barato. A pesar del pomposo nombre que le había dado a su empresa, Gran Compañía Ciurana, no logró ningún éxito de relumbrón. Ningún periódico le dedicó una reseña.

Un día, angustiado por las deudas, decidió quitarse la vida dejando en la calle a compañeros y a subordinados. La función había terminado.

No sé muy bien si yo tuve que ver con el desenlace. ¿Por qué digo esto? Porque su muerte sucedió a las pocas semanas de nuestra conversación etílica en el Tropical.

Fue odiado por ello, por esa muerte rencorosa. Al menos, las esquelas y notas que algunos de sus deudos o colegas publicaron en la prensa en mayo de 1978 no reflejan cariño o buen recuerdo.

Alguien pagó esas necrológicas simplemente para ultrajarlo. Por pudor no reproduzco el contenido de esas notas. Me sorprendió que periódicos serios y formales admitieran esas muestras de inquina.

Aún me pregunto qué papel, qué personaje desempeñé en esta tragedia. Yo no pertenezco al mundo del teatro y mi amistad circunstancial e intermitente con Ciurana no justifica todo lo que sé o creo saber de su fracaso —ahora, sí— egregio. Fracaso egregio.

Sólo una vez coincidimos interpretando una obra dramática. Era en Primaria. En la Academia Cumbre, que estaba en la calle Jaca.

Dada mi envergadura, yo hacía de San José y Manuel Can, de tez cerúlea, encarnaba a la Virgen. ¿Y Al? A Al, tan pequeñito, le obligaron a ser el niño Jesús, asunto que no sé cómo lo vivió.

Al menos entonces fue el protagonista. No era un papel de galán, de acuerdo, pero tuvo a la concurrencia embelesada.

La tuvo embelesada o estupefacta con los llantos, con unos llantos y unas quejas que ya nunca lo abandonarían.

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Créditos: Auguste Renoir, ‘Claude Renoir en clown’, 1909. Musée de l’orangerie, París.

Contra la mentira

La radio como instrumento de alboroto, de propaganda, ha sido y aún es una herramienta utilísima.

Cuando pienso en su versión más noble, inmediatamente me viene a la cabeza la BBC en la contienda, en la Segunda Guerra Mundial.

Más en concreto, recuerdo el caso de Thomas Mann, no como novelista, a quien rendimos homenaje con la lectura de sus obras, sino como agitador radiofónico.

En marzo de 1933, el escritor abandona Alemania con destino a Suiza y después, en 1938, a los Estados Unidos. Le será arrebatada su nacionalidad.

Pero eso no le impide interpelar directamente a sus antiguos compatriotas, agitar su conciencia, mostrarles la inmundicia ideológica de Hitler. Su mentira.

” «¡Despierta Alemania!» Con este señuelo se os atrajo una vez a la funesta ilusión del nacionalsocialismo. Pero más piensa en vuestro bien quien os exhorta diciéndoos: «¡Despierta, Alemania! ¡Despierta a la realidad, a la sana razón, a ti misma, al mundo de la libertad y del derecho, que te espera» ”.

Eso proclama Mann en julio de 1941. El mundo se derrumba y los antiguos connacionales del escritor deben alzarse contra su guía y opresor. Contra sus mentiras.

A través de la BBC, Mann pronunciará casi sesenta discursos, discursos palpitantes y conmovedores en los que se dirige a lo mejor de Alemania.

Hay versión española en Oíd, alemanes…

Discursos radiofónicos contra Hitler (2004), un libro ya antiguo pero aún vibrante. En tiempos de aflicción, como los actuales, es una enseñanza memorable.

Mann se dirige a su historia, a la de Alemania, y a su ciencia, a las conciencias de sus antiguos conciudadanos. Se dirige a la honradez que todavía espera de su vieja nación.

Alemania es, sí, una nación que se ha abandonado, que se ha dejado estafar por un tirano vesánico e improbable: por sus señuelos y mentiras, no sólo por sus amenazas.

Mann será pertinaz en su apología de la verdad, de la democracia liberal, del parlamentarismo. Será insistente en su exaltación de la libertad de prensa, de juicio y de opinión. Nada de ello ha perdido su vigencia.

Pero lo más notable de aquel gran escritor acomodado que ahora se convierte en agitador (después de haber profesado como ‘apolítico’) es la execración misma del dictador.

Para entonces, Mann es el novelista burgués por antonomasia, el descendiente de un refinado linaje de Lübeck y acreditado por sus frutos literarios. Es también aquel que desde fecha temprana ha vivido distanciado de la política.

En 1940, el ciudadano Thomas Mann ya ha dejado de ser un burgués apolítico para convertirse en un agitador radiofónico. Pero no serán el arte o la carne o los sentidos o el amor o la sensualidad enfermiza las causas que lo exciten o lo exalten.

Será un tirano, “con su descarada mendacidad, su miserable crueldad y espíritu vengativo, con sus constantes rugidos de odio, con su manera de estropear la lengua alemana, con su fanatismo vulgar, su ascetismo cobarde, su grotesca afectación, su menguada humanidad toda, horra del más leve rasgo de grandeza de ánimo, de alta espiritualidad”.

Es decir, Mann arremete contra Hitler haciendo valer su condición burguesa, linajuda, que el dictador pisotea con el plebeyismo, con la demagogia, con el populismo.

Como leemos en su novela de entonces, Doktor Faustus, ‘para todo amigo de la ilustración, la palabra pueblo y su concepto mismo conservan algo de primitivo que causa aprensión y es porque se sabe que basta tratar de pueblo a la multitud para predisponerla a actos de regresiva maldad”. Punto y aparte.

Por eso, el escritor emprende una acción insegura pero brava: se aparta de ese pueblo dispuesto a cometer o a justificar precisamente actos de regresiva maldad.

Mann se destierra, pierde la nacionalidad, se separa de sus conciudadanos y se pronuncia en la radio con un enérgico acento panfletario, tan lejos de la demorada prosa por la que le habían concedido el Nobel.

Entre cinco y ocho minutos en las ondas le bastan para arengar a sus compatriotas. Al principio, Mann envía el texto a Londres por cable y allí será leído por un locutor alemán de la BBC ante el micrófono. Después se cambiará el sistema.

Mann grita y dice lo que tiene que decir en el Recording Department de la NBC de Los Ángeles, lugar en donde se impresiona un disco que se remite por avión a Nueva York.

Su contenido se transmite luego por teléfono a Londres, capital en la que se registra en otro disco para ser emitido ante el micrófono.

Como vemos, todo un alarde de modernidad técnica al servicio de la democracia. Como vemos, una red social de combate por la verdad, por los derechos, por la cultura, por el discernimiento.

Nada de eso ha perdido valor.

Firma de libros

En la Librería más bonita y luminosa de Valencia

Umberto Eco, que faltó en 2016, llegó a tener 50 mil libros. Eso decía. Pero decía también que no precisábamos tantos, que no nos hacía falta atesorar muchísimos volúmenes para disfrutar.

Basta con ir a las librerías –añadía Eco–, mirar las cubiertas, comprar algún libro. También aprendemos observándolos, leyendo las solapas y contracubiertas…

“Cuando todavía era niño, una librería era un lugar muy oscuro”, recordaba Eco. “Entraba, un hombre vestido de negro me preguntaba qué quería”.

Realmente “era tan angustioso que me marchaba enseguida. En cambio, nunca ha habido en la historia de la cultura tantas librerías como las de hoy, bonitas, luminosas”, añadía.

Umberto Eco parece describir las que yo frecuento en Valencia, tan radiantes, tan acogedoras: Gaia Benimaclet y Ramon Llull. Como tantas y tantas que sí, que nos miman.

Les recomiendo visitarlas y les recomiendo (a ver qué remedio) algunos de los últimos libros que he publicado. Los conozco bastante bien y puedo decirles que los he escrito de mil amores.

Hoy, 23 de abril, me sumo a la Fiesta y al piscolabis que han organizado Francisco Benedito y Almudena Amador en la Llibreria Ramon Llull.

Como otros autores, algunos bien queridos, firmaré allí ejemplares de ‘Leer el mundo. Visión de Umberto Eco’, mi ensayo dedicado al maestro. Es mi último volumen. Y, si lo desean, también les firmaré algún que otro título de mi repertorio, ea.

Eso, esta misma tarde de lunes, a partir de las 19 horas. En la librería más bonita y luminosa de Valencia.