Fiestas Josefinas. Adiós

[Escrito en 2017]

Desde 2001 escribo sobre las Fallas, generalmente para deplorar su estado y su deriva. Me siento invadido, obstruido y hasta agredido.

Los ruidos ensordecedores, las múltiples detonaciones, las fritangas, las micciones y sus vapores mefíticos, el verbenismo de carpa y canción: la calle desaparece taponada por falleros y cofrades, por sacos terreros y céspedes, por paellas y certámenes y, sobre todo, por monumentos generalmente repetitivos.

Con obstinación y con fatalidad me pronuncio sobre las Fallas. Me suelo poner malo para lamentar los excesos de la antigua alcaldesa y para deprimirme con la izquierda municipal y también espesa, que se ha rendido al vandalismo y a la demagógica tolerancia.

Oficialmente, el cartel anunciador de las Fiestas Josefinas ya indica que duran del 1 al 19 de marzo. Una eternidad de días sin vivir.

Cada año caen, como llovidos del cielo, miles y miles de eurillos. Desde luego, los comercios, los ultramarinos y las churrerías hacen el agosto. Pero en marzo. La valencianía de Virgen y manto se extiende bajo la forma de ofrenda y fallero llorón.

Los destilados fluyen y los urinarios apenas contienen los orines. Loores a la Virgen y olores al Santo Patrón.

Mientras tanto, miles de valencianos procuramos escapar: huimos de la fiesta, de unas saturnales que son ya el infierno tan temido.

Quienes criticamos, dudamos o simplemente deploramos el estado rutinario e invasor de los Falleros somos objeto de rechifla o ultraje. Vete, nos dicen.

Aquí, todo vale. La ciudad asediada… Carpas gigantescas, verbenas inacabables, musiquillas kitsch, percusiones primitivas y gritos más primitivos.

Todo parece un frente de batalla, con cohetes irresponsablemente lanzados, con masclets que son misiles.

Somos muchos los que ya no aguantamos este botellón multitudinario y su estadio superior: el vandalismo. El incendio de papeleras y contenedores, de mobiliario urbano, bate el récord. Mientras tanto, la Mare de Déu, que debería velar por todos nosotros, no nos asiste: nos deja hacer, nos deja pasar.

Viva el liberalismo.

——–

Fotografía: ‘Violència en Falles’ (2016), Víctor Serna

‘God is in the Details’

Nos anuncia Lola Montenegro que el libro El otro barrio (1998), de Elvira Lindo, será reeditado muy pronto. Sin duda, se trata de una noticia excelente.

Es una alegría para muchos, pero sobre todo es una alegría para mi señor padre, algo que él ya no podrá disfrutar.

Trataré de explicarme. Para ello contaré una anécdota sobre la relación de mi padre con ese libro.

Él fue un lector voraz al menos desde 1973, fecha que puedo documentar pues es el año a partir del cual decidió llevar un registro de sus volúmenes.

Mejor dicho: desde entonces, en sus libretitas y fichas quedan anotadas sus muchísimas lecturas. Digo bien: lecturas (más que libros).

¿Por qué está precisión? Pues porque en los últimos años de su vida, ya en la primera década del nuevo siglo, dedicó muchas horas a la relectura. Y aquí entra el libro de Elvira Lindo.

La novela El otro barrio alcanzó a leerla hacia 2005. Me lo dijo y me lo repitió. ¿Razón? Lo había calificado con un siete y tres asteriscos.

Un siete y hasta tres asteriscos: en la estrafalaria jerarquía que mi padre se inventó era la máxima puntuación que podía conceder a una obra.

Lo de los asteriscos, un detalle cuyo sentido nunca entendí, fue cosa del final, de los últimos años. Antes se había conformado con una clasificación de tres a siete.

El otro barrio lo releyó al menos un par de veces más. Digo bien: al menos. ¿Y esto?

Como mi señor padre olvidaba con facilidad los contenidos de lo que leía, los últimos meses de su vida los dedicó básicamente a la relectura.

Casi en exclusiva, sus horas de ocio las destinaba a releer unos cuantos libros que en su momento había calificado con un siete y tres asteriscos.

Así iba sobre seguro y así me lo decía. Además me lo repetía con una frase enigmática que yo no sabía de dónde la había sacado: el diablo está en los detalles.

Para él, cada libro releído era el descubrimiento de un tesoro ya olvidado pero valioso. “Dios está en los detalles”.

“Route” Zaplana (2006)

Entre la carretera de Alcoi-Benidorm y Finestrat hay un paraje insólito, de película: Terra Mitica. Yo estuve allí cuando el parque estaba comenzando, justamente cuando su principal atracción sólo era una montaña rusa de madera llamada ’Magnus Colossus’.

Recuerdo haber disfrutado con mis hijos, pero sobre todo recuerdo haberme aturdido yo mismo con la velocidad, con el vértigo de aquellas vagonetas expedicionarias que parecían sobrevolar.

Han pasado varios años y he regresado [en 2006], pero no al parque sino a esa carretera, la CV-767, atravesando las distintas rotondas, en las que dominan las fantasías líquidas.

Son cruces a los que los munícipes han cristianado con rótulos paganos, como en un Peplum: glorieta del aire, de la tierra, del fuego, de la razón. ¡De la razón!

Examino atentamente esa vía pasmándome con la espesura tropical que brota a lo largo de sus escasos cuatro kilómetros de follaje.

Ya lo sabemos: el agua, aunque falte, aunque sea depurada, hace portentos, y que un suelo seco, casi desértico, como en la Route 66, acabe tapizado de vegetación es un prodigio cinematográfico ya visto.

A lo que nos cuentan, quienes idearon el parque quisieron darle un uso festivo a aquel espacio, ubicado en la Sierra Cortina, de Benidorm.

Pero sobre todo esperaron que aquellas heredades depreciadas verdearan tras un incendio aparentemente casual.

Pues bien, transcurridos unos años, lo llamativo de ese espacio no es Terra Mitica, un Mac Guffin que desvía la atención de los espectadores; tampoco Terra Natura, que, según me cuentan mis familiares, es como un Hatari! posmoderno.

Lo sorprendente es la construcción que sigue a los parques temáticos.

En efecto, una vez dejo el emporio recreativo, avanzo por esa carretera en dirección a Finestrat y aquello que encuentro es una imponente urbanización con solares edificados y otros ya programados: un complejo con ínfulas.

Hay viviendas de colosales hechuras, con mármoles y granitos inalcanzables, y hay mansiones más humildes, adaptadas a la vocación presuntuosa o engreída de ciertas clases empingorotadas. De alguna residencia espero ver salir a Doris Day…

Los responsables de la urbanización no se han contentado con darle horizontalidad a las casas de nueva planta que allí se levantan.

Quisieron adosarlas a las faldas de Sierra Cortina seccionando, para ello, lo que hiciera falta: los laterales de aquellos picachos, por ejemplo.

Han fracturado los cerros creyendo restañar las heridas con un blanco cementado que le da al corte un aire inverosímil de cartón-piedra.

En la última rotonda, decorada con figuritas metálicas de cabras que se asemejan al toro de Osborne en chiquitito doy la vuelta para regresar al principio de esta carretera.

Rehago el camino, pues, y hacia el final me topo con la última sorpresa del recorrido: el campo de golf y un gran hotel.

Es un establecimiento de mucho ringorrango que evita las verticalidades de Benidorm (tan vulgares, supongo, para los promotores de este complejo).

Quienes lo idearon quisieron edificarlo como un poblado mediterráneo, con ese inconfundible caserío colorista que imita el cromatismo de La Vila.

Los resultados son poco alentadores, sin embargo, pues la sucesión de inmuebles, entre morunos y latinos, me hace recordar el decorado de una película costumbrista.

Pero no es el establecimiento lo que más me asombra; es, por el contrario, el green menesteroso, marchito, del campo de golf: hondonadas y pequeñas lomas algo deslucidas a las que acuden gentes acostumbradas a lujos asiáticos.

Quizá habría que repintar ese verde desleído, ya que el agua no ha hecho prodigios con el césped de aquellas praderas artificiales.

Pero me voy. Acaba la ‘road movie’. La mirada ceñuda de los guardias de seguridad y el trato obsequioso de los botones vestidos como caddies me acucian. Salgo del gran hotel y me encamino hacia el último tramo de la CV-767.

Sólo entonces me doy cuenta de que la suntuosa carretera carece de arcén en el que poder detenerse, como en una autopista de película.

Aunque las placas prohíben circular a más de 40 kilómetros por hora, no hay nadie que respete la limitación: es grande el impulso de tomar aquello como un circuito, de pilotar ufanamente el automóvil.

De repente, advertido por mi hijo, descubro el rótulo que da nombre a esa vía: es una placa de reducidas dimensiones que se repite en cada una de las glorietas.

La CV-767 tiene un nombre propio, la retribución con la que el consistorio homenajea a su magno coloso. Es su título de crédito: Avenida del Alcalde Eduardo Zaplana Hernández-Soro.

Fundido en negro. Regreso a la realidad.

——-

El texto arriba reproducido apareció por primera vez como fruto de mi colaboración periódica en Levante-EMV, 29 de agosto de 2006. Semanalmente allí publicaba una columna sobre temas generales, con preferencia temas valencianos.

Después, debidamente revisado y enriquecido por otras piezas, formó parte del puzzle (siempre incompleto) de la corrupción, del lujo y del falso oropel del Gobierno del PP en la Comunidad valenciana. Apareció, pues, como un apartado del capítulo dedicado a don Eduardo Zaplana Hernández-Soro en mi libro La farsa valenciana. Madrid, Foca, 2013.

El 11-M. La interpretación conspirativa

Breve apunte, quince años después

UNO. Durante semanas, qué digo semanas, durante meses (y años), algunos políticos y algunos periodis­tas pensaron y explicaron el 11-M en términos conspirativos. ¿Complot?

La interpretación conspirativa de la historia es ya una vieja tradición que habría que remontar, como po­co, al siglo XVIII.

Fue entonces, en aquel tiempo, cuando ciertos observadores reaccionarios, con Joseph de Maistre a la cabeza, se empeñaron en hacer de la Revolución francesa un episodio confuso.

No sería una conmoción social, sino un acto infernal y purgante urdido por ‘philosophes’ libertinos y ateos. Etcétera. De Maistre se hacía preguntas y más preguntas…

Desde entonces hasta hoy mismo, la sospecha de que hay una conspiración sobre la que interro­garse es un recurso socorrido.

Se da cuando la explicación racional y probada de lo que sucede deja insatis­fechos a quienes se abandonan a su imaginación afiebrada o a sus inte­reses inconfesables.

Según el diagnóstico de algunos analistas, la interpretación conspirativa de la historia es también paranoica. Por eso, no extrañará que quienes la cultivan recreen la realidad. Y eso cómo lo han hecho.

En primer lugar, seleccionan­do las fuentes; en según lugar, administrando arbitrariamente lo que les confirma: en tercer término, descartando lo que les incomoda; en cuarto lugar, planteando una tras otra las preguntas más exaltadas que puedan pensar.

Pero esas preguntas encadenadas y extremas no muestran lucidez sino patología, pues con ellas incumplen el procedimiento detectivesco.

A falta de certidumbres, es verdad que el investigador siempre prefiere empezar un camino incierto antes que admitir sin más su ignorancia. Pero las preguntas de las que parte han de ser las de fundamento más sólido.

Carece de sentido obstinarse en la sospe­cha más delirante buscando pruebas que no aparecen.

Así lo señalaba, por ejemplo, Thomas Sebeok cuando comparaba el método inferencial de Charles S. Peirce y el de Sherlock Holmes.

Empezamos por lo más sim­ple, por los datos probados, no por la conjetura más ofuscada que nos lleve a la explicación más fantasiosa y menos argumentada.

Pues eso, justamente eso, es lo que ha pasado: durante años nos hemos tenido que desayu­nar cada día con conjeturas alucinadas de reporteros empeñosos jaleados por políticos en horas bajas.

Unos -los periodistas- parecen personajes escapados de ‘El péndulo de Foucault’, de Umberto Eco, tipos intoxicados por las novelas de espías; y otros -los políticos- parecen urdidores de una confusión con la que esperan retrasar su declive.

No hay imagen que veamos que, debidamen­te combinada con otras, no reve­le y resuma un presunto misterio del atentado, un atentado en el que, desde cierto punto de vista, todo estaría en conexión…

O como dice en uno de sus libros Ignacio Villa, antiguo director de los servicios informativos de la Cope, «todo parece pensado y controlado por alguna mano negra que terminaremos conociendo, pero que manejó los hi­los con una maestría singular».

¿Mano negra, hilos? Villa, que encarna con singular torpeza la expresión de ese pensamiento conspirativo, se hacía preguntas encadenadas. Son éstas:

«¿De quién fue el diseño de los atentados y de las pruebas? ¿Qué relación real hay entre los terroristas etarras y los atentados? ¿Qué sabían las “cañe­rías” del Ministerio del Interior de lo que se estaba preparando? ¿Qué cono­cían los servicios secretos españoles, marroquíes o franceses de la orga­nización de los atentados ¿Quién pensó y organizó la reacción del PSOE y de sus terminales mediáticas los días 12 y 13 de marzo? ¿Qué motivos hay pa­ra que Zapatero nunca haya reconocido que la victoria electoral del 14 de marzo se debe a los atentados de Madrid?»

Etcétera. Hacer preguntas encadenadas es una fórmula retórica muy vieja y con truco.

Interrogas sin parar como si una cosa llevara a la otra, como si los supuestos estuvieran documentados o probados. Buscas, pues, las conexiones más extremas sin que las bases estén confirmadas; buscas lo que hay detrás…

En Italia llaman ‘dietrología’ a la creencia obsesiva, incluso perturbada, de quienes piensan que todo está relacionado con todo.

Llaman así a la sospecha enfermiza que padecerían quienes siempre ven, detrás de las cosas, indicios abundantes de una conspiración oculta que se revela si se sabe preguntar.

Cualquier hecho no sería lo que de entrada parece, pues detrás de su apariencia habría una maquinación ideada para manejar los hilos de la realidad.

En efecto, es ahí en donde está la mano negra que buscan Villa y con él reporteros fantasiosos y políticos fracasados: la mano que enreda.

.

.

DOS. ¿”Una masacre sin autor intelectual”?

El diario ‘El Mundo’ hacía metáforas de objetos: de muebles, de circunstancias o de hechos que de entrada significan lo que significan, algo literal.

En la cubierta que este periódico publicaba el 1 de noviembre de 2007 una silla no es una silla: es un símbolo.

Ese día, ‘El Mundo’ ilustraba su titular de portada ”Absueltos los ‘cerebros’ del 11-M” con un gran fotografía en la que, según indican expresamente, la protagonista es una silla.

“La silla vacía frente al tribunal del 11-M, mientras se lee el fallo, expresa el vacío que ha dejado la sentencia: nadie responde por la autoría intelectual y la planificación de la mayor matanza terrorista de la Historia de España”.

¿La silla vacía?

.

.

TRES. El 11-M, sin autoría intelectual, decía el titular que inmediatamente publicó elmundo.es

Reproducía el cargo o el reproche o la autodefensa de que se había servido el líder de la oposición en su Declaración de 31 de octubre ante la sentencia judicial.

“Quiero recordar también“, añadía Mariano Rajoy, ”que el PP defendió siempre la necesidad de investigar hasta sus últimos detalles todos los aspectos del atentado más grave de nuestra historia“.

¿Y quién se opuso a que se investigara? ¿Qué partido impidió a los jueces investigar? Que yo sepa los tribunales pudieron reunir, acopiar, examinar, evaluar las pruebas que incriminan sin que otras instituciones del Estado o una mano negra impidieran realizar dicho trabajo.

“Por ello, entre otras, hemos apoyado la investigación que ha dado lugar a la sentencia dictada hoy y seguiremos apoyando cualquier otra“, insistía Mariano Rajoy.

¿Entre otras investigaciones? ¿Entre otras investigaciones?

¿Ah, pero es que ha habido otras que completan la instrucción? Si se estaba refiriendo a las pesquisas periodísticas, las de ‘El Mundo’ o ‘Libertad Digital’, ¿éstas se sostenían aún o se descartaban?

Que yo sepa, los tribunales sólo ordenaron esta investigación. No hay otras… Pero el líder de la oposición insistía: cualquier otra “que permita avanzar sin límites en la acción de la justicia“.

¿Avanzar sin límites? ¿Y cuándo consideraremos que la investigación ha concluido? ¿Quién determinará el límite que no hay que rebasar o el momento en que ya hay que parar?

Cualquier otra investigación, apostillaba Mariano Rajoy, puesto “que los acusados como inductores o autores intelectuales, son los términos que utiliza la sentencia, no han sido condenados como tales“.

Autores intelectuales…

El concepto de autor intelectual es muy cómodo. Permite aludir a una mano negra que no habría sido capturada. Los responsables materiales del atentado habrían sido unos ‘mandados’, pero el cerebro que lo urde permanecería en la sombra.

Aparte de mentalidad conspirativa y paranoica que entraña, esto es fruto de la ficción a la que tanto apego tenemos.

Si hay una conjura en un film, el espectador se siente copartícipe de algo grande y probablemente malvado y, además, las conspiraciones fantaseadas son muy entretenidas.

Te tienen loco todo el tiempo que dura la película.

——

Referencias: ‘Levante-EMV’, 2 de marzo de 2007 ‘El Mundo’, 1 de noviembre de 2007.

El dolor. El dolor irreparable

He leído como poseído, como un poseso, Lluvia fina (2019). Es la nueva novela de Luis Landero. Hace un par de días dije que me sumía en la lectura apresurada e irrefrenable de esta obra, como suele ocurrirme habitualmente con otros libros del mismo autor.

La novela es angustiosa. La novela es amarga aunque con momentos cómicos y hasta dichosos. La felicidad y sus límites son motivo de reflexión.

Por otra parte, la novela es una epifanía de sentimientos y de emociones estrictamente familiares. Es una suma de descubrimientos inciertos.

Es un relato triste, como tristes son las novelas de Landero, en las que siempre el afán, el Afán, arruina los mejores deseos o nos empuja hasta metas inalcanzables.

Todo lo que en esta obra se cuenta ha sido alguna vez narrado, ha sido alguna vez mostrado: en el cine, el teatro, en el propio género novelesco. Es una ficción doméstica en la que los personajes tienen algo o mucho que reprocharse.

Asistimos como lectores a una inspección intima, a una averiguación particular que no nos compete. En el fondo, los destinatarios obramos como cotillas y, por las revelaciones del narrador, descubrimos un pasado que no es pasado, que no ha pasado.

Luis Landero sabe darle una vuelta de tuerca a la historia familiar, a los rencores íntimos, a las interacciones tortuosas, al dolor paternofilial, a los espasmos que padres o madres e hijos sienten al tratarse y verse.

Ignoro cuál es la historia verídica de la que procede —al menos remotamente— esta novela. Ignoro si la historia auténtica en la que está inspirada fue tan dichosa, tan vulgar y tan atroz como la que aquí se cuenta.

El dato real, el resto diurno, el referente o el hecho circunstancial son en este punto irrelevantes. Lo externo no cuenta… Cuenta la estrategia del narrador.

Todo es objeto de versiones. La novela familiar, la circustancia que une y desune, que ata y desata a los parientes y a los afines, es una suma de visiones, una adición de palabras, un runrún contradictorio.

Si nos dejamos abandonar por el tópico, podríamos decir que Luis Landero sabe explorar la psicología femenina. Resulta un estereotipo y un elogio perverso decir estas cosas de un novelista varón.

Pero, más allá del tópico, es cierto que Landero adopta la perspectiva, el punto de vista o las voces narrativas y muy expresivas de las mujeres.

En este caso, alguien en tercera persona nos cuenta lo que Aurora ha ido escuchando, recibiendo y por tanto ha ido asimilando. Son sus cuñadas, su cuñado, su suegra y su propio marido quienes detallan versiones de unos mismos hechos. Y Aurora, que vive su propia dicha y amargura, escucha.

Como en Tifón (1903), de Joseph Conrad, el mismo fenómeno, el mismo cataclismo, el mismo desastre que a todos afecta, es contado y evocado por cada uno de los que fueron testigos y protagonistas. Con grandes o leves variaciones.

Todos ellos dan pormenores y minucias de hechos que casan mal, que son contradictorios con los detalles que los restantes testigos o protagonistas proporcionan.

En Lluvia fina es Aurora la depositaria de las palabras y sabemos que ella “ya sabe con certeza que los relatos no son inocentes, no del todo inocentes”. Sabemos que sabe que tampoco lo son “las conversaciones de diario, los descuidos y equívocos verbales o el hablar por hablar”. Las palabras quedan y los malestares permanecen. Igual que permanecen las injurias reales o presuntas.

“Quizá ni siquiera lo que se habla en sueños sea del todo inocente. Hay algo en las palabras que, ya de por sí, entraña un riesgo, una amenaza, y no es verdad que el viento se las lleve tan fácilmente como dicen”, nos precisa el narrador.

“Puede ocurrir que ciertos ecos de los dichos, y hasta de los dichos más triviales, sigan como en letargo durante muchos años”. ¿Cómo?

En estado latente. Es posible que esas palabras aguarden “una segunda oportunidad de regresar al presente para aumentar y corregir lo que no quedó del todo claro en su momento”.

Y lo que vuelve es lo siniestro, aquello que debiendo estar enterrado o bien enterrado regresa para conmocionar y trastornar. En el caso de ser desvelado, lo que está oculto provoca un caos emocional.

No sólo vuelve la injuria real, la objetiva y constatable. Regresan también odios inexplicables, ulceraciones invisibles. Afloran hecho jamás ocurridos y que son recuerdos creadores.

La novela de Landero recrea el folletín más serio, una crónica familiar melodramática, con una prosa que se basa principalmente en el habla de las protagonistas. Y recrea la mejor tradición de las tragedias domésticas y femeninas. Hasta Anna Karenina está aquí presente.

Los personajes nos acompañan. Los fantasmas, también.

El texto sangrado

En este post hablo del texto sangrado, no del texto sagrado. Sólo es una letra lo que separa ambos adjetivos, tan distintos. ¿Tan distintos?

Bien mirado, lo perteneciente a la sangre es asunto sagrado para las creencias religiosas, ¿no es cierto? Aunque no es esto aquello sobre lo que quería extenderme.

Se dice de un texto sangrado cuando una línea (normalmente la primera) tiene un margen mayor que el resto del párrafo: vamos, lo que hacemos cuando al escribir ponemos punto y aparte.

En Facebook, que yo sepa, tal cosa no puede hacerse o al menos yo no soy capaz de sangrar los párrafos de mis escritos, cosa que me lacera. Lo disimulo bastante bien, pero insisto en que lo veo como una injuria innecesaria que Mark Zuckerberg me inflige.

Hablemos de otras injurias del texto. Las erratas, por ejemplo. Las erratas, que aquí cometa, son responsabilidad mía y en ese caso también las vivo como laceraciones.

Esas heridas se pueden restañar, porque los posts pueden editarse una y otras vez y, por ello, puedo asear un texto que por precipitación o despiste salió mal parido.

¿Pero qué ocurre cuando las erratas son cosa de un libro impreso, publicado en papel? Quienes escribimos padecemos mucho cuando esos despistes nos llevan a cometer errores de bulto (signifique eso lo que signifique). O, peor aún, cuando unas erratas o una suma de erratas se enseñorean de nuestro texto ya impreso.

Hieren a la vista y hasta vemos que se adueñan del escrito. Cuando eso sucede y así lo sentimos, las erratas, sobre todo las erratas, son otra vez e irremediablemente laceraciones o ulceraciones por las que sangramos sin parar. No hay posibilidad de editar…

En ocasiones, sin embargo, las erratas y los errores son expresiones creativas que aportan originalidad imprevista e involuntaria a un texto anodino o inerte. No seamos vanidosos. Un trastrueque o un traspié puede salvarnos milagrosamente o puede insuflar vida a un escrito nuestro, tan tedioso.

Este texto que ahora he publicado sin sangrar y que no tiene nada de sagrado me lo inspira un aforismo de Ramón Eder. Y me lo inspira también una de las autobiografías intelectuales que más me han emocionado.

La leí hace años, pero su efecto en mí es perdurable. ¿Su título? Errata, de George Steiner, del que tanto he querido aprender, captar.

Steiner dedicó muchas páginas a los textos, a los textos propiamente sagrados, no sólo los religiosos. También los libros egregios que forman parte de la tradición, esos volúmenes que tanto nos mejoran, que tanto nos corrigen.

Dice Ramón Eder:

“Corregir es mejorar un texto corriendo el riesgo de estropearlo.”

Así es, así es… La capacidad humana para estropear lo que de entrada no era bueno ni excelso es casi infinita.

Sangro por la herida, pues. En fin, cuando reparo en una errata en un libro mío me resigno a lo obvio: ya no reparo la errata. Soy ese tipo impreso que con ella carga y sangra.

Luis Landero. La lectura sin demoras

Landero, Luis Landero: normalmente en cuanto cae una novela suya en mis manos no tardo nada en empezarla. Por razones que ignoro, La vida negociable (2017) aún no la he leído.

La tengo en papel, la tengo en ebook y, sin embargo, todavía no me abandonado a su disfrute. Sé que me procurará disfrute, lo sé.

Soy lector habitual de este gran novelista: por ello le dediqué un capítulo muy sentido en mi libro La imaginación histórica. Ensayos sobre novelistas españoles contemporáneos (2012).

Y sé que La vida negociable me procurará dicha cuando la lea porque Marisa Begué me la ha recomendado una y mil veces. Ya casi es una broma entre nosotros.

Si en alguna de nuestras conversaciones por alguna razón sale su nombre, el de Landero, mi amiga me pregunta sorprendidísima: “¿aún no te has leído La vida negociable?” Yo respondo torpemente, casi balbuceando. “Pues no, todavía no”, respondo con un creciente sentido de culpa.

Y, claro, no sé qué decirle, no sé darle alguna buena o poderosa razón que me justifique. Ella sabe de mi inmenso aprecio por Landero y esa estimación hace más incomprensible mi ceguera, mi pereza o mi descuido. Balbuceo, ya digo.

Por todo lo anterior, precisamente, me sorprende que hoy, que hoy mismo, 5 de marzo de 2019, y sin mayor dilación me haya rendido inmediatamente a Lluvia fina (2019), la nueva novela de Luis Landero, que me ha suministrado Lola Samper, de la Librería Gaia. Con estas prisas me sorprendo a mí mismo…

Para explicarme, permítanme recurrir a Paradiso (1966), de José Lezama Lima. En dicha novela, uno de sus personajes es el Coronel.

Entre otras cosas, el Coronel era un virtuoso de los libros y tenía ciertas manías lectoras. En su biblioteca, que reunía volúmenes de mucho aprecio, las novedades debían esperar unos años antes de ser disfrutadas por el propietario.

Según nos dice el narrador, el Coronel detestaba a “esas gentes concretas, rotundas, que apenas compran un libro, lo leen de inmediato por la noche”.

Frente a estos seres urgentes (o devorados por la premura), el Coronel se veía orgullosamente lento y culto. A su juicio, las novedades debían aguardar su maceración.

Este libro, recién publicado, “ese libro de las personas más cultas”, ya dispuesto en la estantería, tendría que “esperar dos o tres años para ser leído”. Eso nos revela el narrador.

Sin duda, yo no soy como dicho personaje, como el Coronel, una de esas personas tan cultas que demoran la lectura de una novedad dos o tres años. Procuro ser concreto y rotundo.

Una vez, sólo una vez, me ha pasado con Landero, con un volumen de Landero (el dejarlo ahí, provisionalmente cerrado). Pero ahora y hoy…, no.

Hoy soy una más de “esas gentes concretas, rotundas, que apenas compran un libro, lo leen de inmediato por la noche”.

O ni siquiera eso. No he aguardado hasta la noche. Lo he empezado justo al mediodía. A plena luz.

La prosa de Landero es diurna, de una claridad que no admite demoras. Eso lo sabíamos y eso nos lo recuerda Nuria Azancot en su entrevista para El Cultural.

¿Para qué retrasar el placer? Pues eso: que no demoraré por más tiempo La vida negociable. Si vuelvo a hacerlo, no sabré cómo justificarme.

https://elcultural.com/noticias/letras/Luis-Landero-Las-ilusiones-de-hoy-son-las-amarguras-de-manana/13136