Para qué sirve un profesor

Uno. Hace un tiempo leí un editorial de El País, titulado ‘Elc ordenador solo no educa’. En dicho artículo se atacaba lo que razonablemente podemos llamar el papanatismo tecnológico: la creencia de que los medios obran prodigios pedagógicos. Sin profesores preparados, sin docentes formados, no hay garantía de buena educación.

img_1382En mayo de 2005 publiqué un artículo sobre nuevas tecnologías en el aula. La filosofía en la que me inspiraba era la misma. El texto apareció en la primera etapa de mi blog (correspondiente a ese año).

Releído ahora, una década después, desprende un aroma tierno y atrevido, escrito bajo una perspectiva deliberadamente naíf. El título que le puse –“Umberto Eco, Internet y la escuela”– era manifiestamente mejorable.

En estos temas tecnológicos, diez años es una eternidad. Cómo atreví y cómo aún me atrevo. Peto, bien mirado, yo no hablaba de tecnología, sino de lo que hace un buen profesor. Y ese asunto no ha cambiado tanto en la última década.

Quiero pensar que el argumento central del artículo se mantiene. En ese caso, algo de interés tendrán las palabras que siguen. Han de interpretarse como un ‘Elogio del profesor’, la persona que es capaz de predicar con el ejemplo.

Es la persona, insisto, que es capaz de transmitir criterios y fundamentos, las bases para poder mirar atentamente. Un profesor demuestra entusiasmo, entusiasmo informado, respeto, jovialidad y rigor, exigencia y autoexigencia. Quiere hacer las cosas bien, por amor propio, por vergüenza torera (si se me permite decirlo) y por generosidad: quiere repartir su saber a manos llenas, aunque eso le obligue acarrear con libracos, aunque siempre esté a punto de trastabillar. Punto y aparte.

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Dos. Umberto Eco, Internet y la escuela (2005).

Es cada vez más frecuente que maestros y profesores de distintos niveles educativos se declaren partidarios de emplear las nuevas tecnologías en el aula. Con ello demuestran tener olfato y sensibilidad.

Los jovencitos están habituados sobre todo a la imagen y, precisamente  por ello, se supone que el modo de motivarlos en clase será persuadiéndolos con recursos gráficos y audiovisuales propios de la era electrónica. Tiempo atrás, esos mismos educadores fueron los primeros que saludaron con entusiasmo el uso del cine en el aula.

Proyectar películas que sirvieran de complemento a las explicaciones o lecciones del profesor podía ser una idea sensatísima, aprovechable, para suscitar así la atención en el asunto abordado y para relacionar esas imágenes con la palabra.

Antes incluso de que los pioneros emplearan el cine-fórum, antes de que los educadores más avanzados optaran por apoyar sus clases con films, los profesores se valían de otros recursos no menos ingeniosos: los mapas, las transparencias, las diapositivas, etcétera.

Las palabras del maestro eran el discurso lógico, y las estampas proyectadas sobre un lienzo blanco eran su complemento o ilustración, unas estampas entrevistas en aulas en las que algunos aprovechaban la oscuridad y el zumbido del proyector para dormitar, vencidos por el sueño.

Ahora ya no hace falta la semipenumbra de una sala de cine para proyectar las imágenes. Una poderosísima herramienta de la era digital lo facilita: el PowerPoint.

Gracias a la combinación de planos o fotogramas fijos o en movimiento, los alumnos de historia de cualquier nivel educativo pueden ver un desfile de imágenes que exhuman a personajes del pasado, batallas representadas en el lienzo de un pintor, rostros captados por retratistas más o menos habilidosos, restos arqueológicos, etcétera.

Pero pueden ver también el esquema de la clase, el desarrollo lógico de las palabras que el profesor va pronunciando, un esquema que abrevia y enumera los enunciados principales, las frases clave. Tan seductor es el procedimiento que, a lo que me cuentan, también los ejecutivos de las empresas hacen ahora sus reuniones o sesiones de ‘brainstorm’ valiéndose del PowerPoint.

Tanto entusiasmo tecnológico me deja frío y quiero seguir confiando en el profesor y en su solo recurso oral, la seducción por la palabra, la transmisión de significados mediante un ejercicio verbal que es o puede ser comunicación eficaz y belleza expresiva.

La imagen proyectada en el aula será siempre un recurso menesteroso, una imagen pobretona si la comparamos con las que fuera de la clase podrán contemplar los estudiantes. En el aula verán unas pocas estampas mediante el proyector o cañón, pero fuera los estudiantes serán bombardeados por miles, por millones de fotogramas.

En cambio, nada es comparable a la imagen mental suscitada por la habilidad del maestro, del profesor, ese modo de representar con palabras la realidad actual o pasada, y la revolución tecnológica, que desde luego modifica nuestros modos de percepción, no creo que deba o pueda alterar lo que son los objetivos básicos del profesor: la transmisión de significado.

Las imágenes infinitas son el desorden en el que vivimos; en cambio, las palabras del buen profesor, como las palabras de un buen narrador, nos hacen recrear lo visto dándole un sentido. Las imágenes proyectadas en el aula atraen la atención de los estudiantes hasta el punto de que el discurso del profesor puede ser un sonsonete molesto, hasta el punto de convertir la oralidad del docente en una mera glosa de lo que se ve.

Soy partidario de utilizar el material audiovisual siempre que éste no sea el soporte de las explicaciones, sino el documento que se estudia, ese documento icónico que someteríamos a análisis para averiguar su modo de producción.

En cambio, si lo usamos como mero complemento de nuestras palabras, entonces la imagen desplaza al profesor a un segundo o irrelevante plano, una voz en ‘off’ que añade o apostilla o acota lo que ya se está viendo.

Menos partidario soy si lo que se proyecta es el esquema escrito de lo que el docente está diciendo. He asistido a alguna clase impartida por algún compañero en donde el colega hacía esto y, la verdad, el procedimiento arruinaba su discurso: indirectamente se nos toma a los oyentes como a un auditorio algo torpón que necesitaba del auxilio de esquemas elaborados, además, por el conferenciante.

Es una invitación a la pereza del destinatario o un insulto involuntario a su capacidad de síntesis y de registro. El profesor debe transmitir sentido y debe hacerlo con palabras, con el arte de la persuasión verbal. Entorpecer esta labor con tecnologías de toda clase no garantiza solvencia pedagógica.

Decía Umberto Eco que en Italia el anterior Gobierno, presidido por Berlusconi, tenía la audaz intención de introducir en el aula todo tipo de materiales electrónicos para así ir reemplazando los libros de texto, incluso la literatura, las novelas. De la sinceridad de sus motivaciones dan cuenta las propias declaraciones del político.

“Es verdad que el presidente del Gobierno”, señalaba Umberto Eco, “ha dicho en algún momento que hace veinte años que no ha leído una novela”, y lo había dicho como si su ejemplo sirviera para los jovencitos. “Pero la escuela”, apostillaba el novelista italiano, “no debe enseñar a convertirse en presidente del Gobierno (al menos, no como éste)”. Así es.

Punto final.

Ilustración: Columbia University, 1948. Fotografía de Staney Kubrick.

La reina de la farsa

Los archivos de Justo Serna

imageEn 2009, el artista Monigote realizó una plantilla para camiseta. Era toda una prenda con mensaje, una Political T-Shirt.

Una camiseta no es sólo indumentaria, tejido que tapa o cubre: es leyenda y moraleja, promoción, publicidad, propaganda, concepto de vida o crítica de costumbres. Yo poseo dos camisetas de The Soprano’s, ya envejecidas. Me sientro otro cuando me pongo una de ellas. Parezco un matón de patio de colegio.

“Una simple camiseta lisa, sin el estorbo de una chaqueta o camisa, era un sitio muy bueno en el que se podía escribir algo”, dice Troth Wells en La camiseta. Un artículo universal (2009). “Ahí, en el pecho, donde todos pudieran ver el mensaje”, añade. “¿Quién lo hizo por primera vez?”, pregunta Troth Wells. El autor se responde con un caso americano de los años cuarenta. Es posible.

La camiseta concebida por Monigote no es propiamente política (Dios nos…

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¿Qué fue el régimen franquista?

¿Qué fue el Régimen franquista? Entre 1939 y 1975 fue una irregularidad, un fenómeno, la excepción de su entorno, la anomalía que convino, el sistema primero repudiado y luego aceptado.image

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Fue una dictadura militar de derechas, un sistema político y pretoriano a un tiempo, un régimen unipartidista y a la vez deudor de una coalición reaccionaria, un Estado próximo al fascismo y después aliado de Occidente, de los valores de la Cristiandad. ¿Y esto qué significa?

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Pues un sistema de partido único (Falange Española Tradicionalista y de las JONS o Movimiento Nacional) con una jefatura dotada de plenos poderes: un reino sin rey. Significa también un sistema de pluralismo limitado, limitadísimo, con familias políticas, con adhesiones inquebrantables y otras puramente circunstanciales.

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Es un régimen castrense, capitaneado por militares…, a cuya cabeza hay un general, un jefe de los ejércitos que es a la vez jefe del estado: un Generalísimo o un Caudillo. Nace en la época de los fascismos, en tiempos convulsos.

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Nace en esa época atroz —terrible, decía Antonio Gramsci—, con países debilitados por crisis económicas profundas, por crisis sociales abiertamente violentas, por derrotas militares irrestañables o por amenazas revolucionarias. Nace a partir de un pequeño partido o movimiento de corte igualmente fascista: Falange Española.

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Pero en el franquismo el régimen y el partido no son lo mismo. El sistema surge de la Guerra Civil y, por tanto, surge de una coalición de fuerzas combatientes y políticas que luego tendrán diversa influencia o diferente predominio. Existen, por tanto, esas distintas familias con ideologías variadas: desde el falangismo hasta el carlismo, pasando por el Opus Dei o los propios militares o la Iglesia.

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imageEl franquismo es un régimen que dura, que se asienta, que persiste y que evoluciona a lo largo de varias décadas con el auxilio material e inmaterial de la Iglesia católica.

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Dura gracias a la circunstancia estratégica y geopolítica que beneficia a España, en particular, el combate occidental contra el sovietismo, contra el expansionismo soviético.

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El Régimen evoluciona desde el totalitarismo hasta el autoritarismo corporativista y nacionalcatólico: desde el fascismo de partido único hasta la dictadura unipersonal, militar, con pluralismo limitado. Pero lo que no dejará de ser nunca el franquismo es un sistema antiliberal y antidemocrático, antisocialista, anticomunista, como otras dictaduras de origen igualmente fascista.

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«La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal», decía José Ortega y Gasset en un párrafo memorable de La rebelión de las masas. Vale decir, la forma más sofisticada, la técnica más compleja de funcionamiento social es el sistema democrático porque hace convivir a los diferentes, a los que piensan distinto, a los que se contrarían. Lejos de eliminar las tensiones, la democracia liberal reconoce los conflictos, conflictos de intereses o de opinión, y les da un cauce de expresión.

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«Ella lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es prototipo de la “acción indirecta”[…]», añadía Ortega. Contar con el prójimo, pero no porque piensa igual que nosotros, sino porque sostiene cosas diferentes, porque sus juicios, por muy equivocados que puedan ser, expresan puntos de vista que serían una pérdida eliminar.

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El franquismo es justamente lo contrario y a este sistema represivo, policial y militar se opondrán comunistas y anarquistas, convencidos de las consecuencias de la acción directa, del levantamiento armado, de la lucha, de la guerrilla. El Estado español de 1939 aplicará con persistencia y sin contemplaciones su aparato represor.

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¿Para qué? Para acallar a quienes fastidian o incordian por su simple supervivencia, para exterminar a quienes amenazan o se enfrentan con el propósito de destruir el Régimen, a sus representantes y a sus gerifaltes. Será un sistema que niega las libertades, que interviene la economía, que absorbe, controla, limita y persigue. Al menos, hasta un cierto punto.

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Aceptar la pluralidad de intereses, admitir la legitimidad de los conflictos y de las opiniones diversas es un logro civilizado, lo que no significa que esos juicios que nos son contrarios debamos aceptarlos sin más para callar los nuestros. Lo elevado de la democracia liberal es legalizar esos conflictos y sobre todo excluir la violencia. ¿Y qué es lo civilizado?

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«La barbarie es ausencia de normas y de posible apelación». La mayor o menor «cultura se mide por la mayor o menor precisión de las normas», apostilla Ortega. En efecto, se mide por la densidad normativa de la sociedad y del sistema político. Eso no quiere decir que el Estado deba regularlo todo, sino que debe crear un espacio jurídico en el que no haya lugar a la improvisación o a la arbitrariedad, un ámbito o dominio en el que todos sepan a qué atenerse y en el que la vulneración de esas normas bien fijadas y claras tenga respuesta institucional prevista.

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La violencia, pues, se reduciría a ultima ratio. Más aún, la violencia (incluso la violencia verbal) como principal recurso es la antítesis de la civilización. Pues bien, esa violencia es la forma habitual de funcionamiento de un Estado, el franquista, que se dota de leyes, de marcos normativos, para regularizar la crueldad que se ejerce contra quienes perdieron la Guerra Civil o simplemente se oponen o son sospechosos de disidencia.

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En España pasaremos entre 1975 y 1978 de un Régimen originariamente fascista y carpetovetónico, nacionalcatólico y castrense, a una Democracia parlamentaria, pluripartidista y constitucional. Las circunstancias fueron complicadas…: no puedes desalojar de buenas a primeras a quienes llevan varias décadas en el poder; tampoco puedes hacer una depuración radical. Pero debes lograr de quienes mandan que acepten su retirada institucional, su asentimiento, su sometimiento a la nueva legalidad. La oposición al Régimen, brava, valerosa, es insuficiente y poco fuerte, pero tiene legitimidades bien ganadas y asentadas.

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Lo que se libra entre 1975 y 1978 no es un juego de suma cero. Es una transacción, un acuerdo entre partes rivales, entre opuestos. Hay un patrimonio material e inmaterial, un pasado que justifica, unas ataduras ideológicas. Hay matanzas y un ensañamiento que no se pueden olvidar, hay unas heridas por restañar… Y hay una generosidad razonablemente egoísta de quienes aspiran a convivir. De esas convivencias y de esas expectativas, nace el Régimen del 78. Con todas sus imperfecciones.

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José Antonio Vidal Castaño ha escrito libros y artículos muy valiosos sobre lo que fue el primer franquismo, sobre lo que fue la primera oposición, una epopeya armada, guerrillera y española condenada al fracaso militar. Son textos imprescindibles para conocer mejor los tiempos del maquis, no tan remotos. Son textos utilísimos para conocer la conducta humana en situaciones extremas.

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La historia no es la restitución vengativa o arbitraria del pasado; tampoco es un campo de batalla. Es la exhumación de lo antiguo o de lo cercano con vocación objetiva, sistemática, documentada y hasta equidistante. Con la pasión del científico y con la frialdad del literato, que diría Vladímir Nabokov. El resultado es edificante, algo muy distinto de las jeremiadas, de los panfletos, de los rencores.

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Nos pasamos la vida fantaseando con las cosas que podríamos hacer o haber hecho, con los actos que podíamos emprender o haber emprendido. Nos pasamos la vida cavilando en silencio. Por muy parlanchines o bocazas que seamos, guardamos reserva de ciertas cosas. Como los guerrilleros… Los otros, quienes nos observan, solo pueden apreciar rasgos, indumentarias, maquillajes o ademanes superficiales, impresiones. No es solo que nos cubramos o nos ocultemos: es que buena parte de lo que sentimos o pensamos no lo revelamos o no lo verbalizamos.

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Nos pasamos la vida anticipando lo que podría sucedernos si emprendiéramos este o aquel curso de acción. Como los maquis. Columbramos, sospechamos, sopesamos un porvenir no materializado, un futuro solo evanescente. Nos valemos de la imaginación para predecir y nos servimos de la imaginación para adentrarnos retrospectivamente en lo que no siempre hemos vivido.

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Una parte fundamental de nuestra existencia no se da, no se consuma, no se materializa, y encima esas cavilaciones nos afectan hondamente. Como el bravo guerrillero que imagina… El asunto es raro o patético. Es humano. Puede muy bien ocurrir que lo ficticio cobre mayor impacto que lo ordinario o lo real, que nos trastorne más lo engañoso o lo deseado que lo verdadero y contundente. Como al maquis.

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Hay dos o tres cosas que podemos hacer con la producción de Vidal Castaño. Leer sus obras, releerlas, hojearlas. En cualquiera de los casos, los beneficios que nos procuran son muy rentables. Al tocar sus libros, sujetarlos, abrirlos o incluso terminarlos, algo se nos pega. Nos acercan a un mundo que no es el nuestro, un mundo de seres vivos y muertos que algo dijeron. Con valor, con menos medios y con más o menos comodidades que las nuestras.

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Los libros de Vidal Castaño nos hacen salir del ensimismamiento presente; nos hacen abandonar esa idea tan extendida de que lo pasado no vale o ya está caduco. El mundo actual tiene numerosas cosas buenas, pero no nos engañemos: muchas de las preguntas que se planteaban nuestros antepasados siguen vigentes. ¿Por qué razón?

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Porque las respuestas que ellos nos dieron siguen siendo parcialmente válidas o porque los problemas que esperábamos haber superado aún están por resolver. Asuntos como el género humano, como la condición humana, como la bondad o la maldad, como la utilidad o el desprendimiento, como el altruismo o la benevolencia, son materias de nuestro tiempo. Y de siempre.

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Justo Serna [Prólogo a La España del maquis, de José Antonio Vidal Castaño]

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http://puntodevistaeditores.com/cat…/la-espana-del-maquis-2/

El pasado no existe. Ensayo sobre la Historia


El pasado no existe.

Ensayo sobre la Historia

Madrid, Punto de Vista Editores, 2016

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Escribo, escribo un libro para Punto de Vista Editores. Se trata, cómo no, de un ensayo. Es obra de reflexión concebida para ilustración y entretenimiento.


Quien la lea (a partir de septiembre) podrá admitir que la historiografía no es necesariamente un tostón. Podrá comprobar que la frase del historiador es enunciado erudito y episodio, hecho sucedido y quizá aleccionador.


No no adentramos en el pasado para respetar lo que otros hicieron. No aprendemos historia para homenajear a nuestros antecesores. No nos instruimos para aventurar fantasías venideras, sensatas o insensatas.


El curso de los acontecimientos no fundamenta las decisiones que hoy podamos tomar. Conocer ese curso nos permite averiguar en qué erraron o en qué acertaron quienes nos precedieron, pero de su lección no siempre podemos extraer enseñanza y justificaciones.,Las analogías, las semejanzas, son sólo instrumento precario del individuo, del historiador.

Este libro está concebido como un prontuario de primeros auxilios, como un manual de supervivencia en situaciones extremas, que son las más cotidianas. Siempre hay alguien que manipula, siempre hay alguien que tergiversa, siempre hay alguien que habla del pasado con ignorancia, mala fe y descaro.

Con esta obra aprendemos a detectar las manipulaciones, las ignorancias culpables, las jeremiadas de quienes anuncian el fin de todo esto.

Quien manipula influye alterando la información de los hechos y su significado compartido u objetivo: los cambia para así modificar o impedir el comportamiento racional y razonable del destinatario. ¿Qué hace y para qué? Insisto: altera los datos objetivos de un personaje, de un acontecimiento, su sentido, para dificultar la conducta independiente del receptor, la autonomía personal; para propiciar las decisiones emocionales, puramente reactivas.

Quien manipula presiona vigorosa, persistentemente tratando de calar hondo, tratando de tapar: que los manipulados no se den cuenta. Por ello procura no manifestar de manera abierta sus propósitos o intenciones. El manipulador persuade, pero a diferencia del informador aprovecha la falta de información del manipulado para suministrar datos falsos o para torcer su sentido más elemental. Encubre, enmascara, embauca, tima, simula, despista e induce a error. El manipulador sabe que somos sugestionables, temerosos o supersticiosos y se dirige a esa parte nuestra.

¿Qué es la manipulación? Es un medio de forzar la creencia o la acción de un tercero mediante manejos, maniobras. Manejos, maniobras, manipulación: todas esas palabras tienen una raíz común. Proceden del latín manus, mano. Esa coincidencia no es casual.

Manipulare.Se dice que es en el latín vulgar del siglo XII cuando aparece por primera vez el verbo manipulare,  que no tiene un sentido negativo, peyorativo. Entonces, manipular significa llevar a un ciego de la mano, conducir a alguien que no ve, una tarea compasiva o humanitaria.


Con la mano guiamos a quien no ve, alguien que en principio no sabe si lo llevamos por el camino adecuado. Es decir, al ciego puede engañársele. Ahora bien, por pura supervivencia, por amor propio, por suspicacia incluso, el invidente no lo fía todo a los otros, a la mano de los otros y, por eso, aguza sus restantes sentidos.


Por muy despiertos que podamos estar, los ciudadanos somos como el ciego de la metáfora. No vemos o no lo vemos todo: no podemos verlo. Por tanto, como los invidentes reales, hemos de hacer ejercicios de vislumbre que nos permitan distinguir entre la oscuridad y la penumbra. ¿Distinguir qué cosa? La información de la confusión, los hechos y su sentido recto de la amalgama confusa, del bla, bla, bla.

El libro que les prometo será, ya digo, un manual de autodefensa educativa y comunicativa. La historia también sirve para estas cosas. ¿Su título? ‘El pasado no existe. Ensayo sobre la Historia’.

Ya lo pueden comprar aquí:

http://puntodevistaeditores.com/…/el-pasado-no-existe-ensa…/

Por otra parte, en Anatomía de la Historia publican un extracto de dicha obra (‘Finalmente, soy historiador‘), que ya sale. Que ya pueden disponer de ella. Espeso no aburrirles… Deseo arrojar luz. Echar un chorro de luz en esa habitación oscura que es la Historia. Empezamos la exploración. Empezamos el tanteo.

http://anatomiadelahistoria.com/…/finalmente-soy-historiad…/

Ilustraciones: Pinturas al óleo, de George W. Bush.

Consuelo Císcar. ‘Carte de visite’ (1860)

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               Consuelo Císcar

 Carte de visite (1860) atribuida a Gaspard-Félix Tournachon, Nadar.

Monstruos, S. L.

#monstruosdecadadia

Doña Consuelo Císcar, hermana de don Cipriano Císcar y esposa de don Rafael Blasco, siempre ha sido una mujer enérgica. Le costó perder la vergüenza pero, una vez que se decidió, su vida y su obra (ella misma) cambiaron radicalmente.

La vergüenza es reparo, timidez por circunstancias nada reprobables. Es contención. Pero la vergüenza también es malestar por las cosas mal hechas.

Doña Consuelo perdió la vergüenza. Los Císcar son una familia eterna, arraigada: crecieron con el franquismo y con el antifranquismo se crecieron. Son duraderos, tienen dinero y patrimonio, aunque son feos: Dios no les otorgó el don de la belleza.

Sin duda, unas cabelleras difíciles de rizos imposibles no facilitaban la reparación estética. Por ello, ambos decidieron cardarse aún más. Destacar como cabezas egipcias o romanas. Si no eran artísticas, por lo menos parecían antigüedades de gran valor.

Doña Consuelo ha regido el tema cultural en la cosa autonómica. Ha hecho un buen negocio, aunque al decir de muchos un mal trabajo. No sé. Yo no digo nada. No sea que me mande a su marido.

Con ella, con la señora Císcar, el Partido Popular de la Comunidad Valenciana se ha dado aires de modernidad audaz y de paso colocaba a la señora esposa de don Rafael Blasco, multiconseller y gestor de desechos.

En esta fotografía, de una antigüedad centenaria, la retratada posa mostrando la lozanía de su cutis, su buen gusto y una pieza del museo del que fue Gobernanta.

La hora de escribir. Entrevista a Justo Serna

Por Paula Martínez Escrivá

Paula: Hola, Justo, ¿me puedes decir tu fecha y lugar de nacimiento?

Nací en 1959 en la ciudad de Valencia, el mismo año en que Francisco Franco inauguraba el Valle de los Caídos y por las mismas fechas en que el Partido Comunista de España proclamaba la Huelga Nacional Pacífica. Es decir, nací en un año-clave de la historia reciente. La chiripa hizo esto. Y el resto.

Paula: ¿Tus estudios?

¿Estudios? Llevo toda la vida estudiando. Si por tal, si por estudios, se entiende la titulación…, he de decir que tengo una licenciatura: estudios superiores. Me licencié en Geografía e Historia y me doctoré en Historia Contemporánea. Tales cosas, la obtención de esas titulaciones, sucedieron en los ochenta del siglo XX. Desde entonces no he dejado de estudiar.

Paula: ¿Por qué comenzaste a escribir en prensa?

Comencé a escribir en prensa porque desde niño fui lector de prensa. Yo me acercaba a los quioscos y me dedicaba a repasar las primeras planas de los diarios o semanarios que estaban expuestos, allí, a la intemperie y colgados con pinzas.

Los dueños no me decían nada, no me impedían hacer de lector gorrón –que diría Groucho Marx–, precisamente porque yo no tocaba el género. Pero gracias a esa sencilla operación me enteraba a medias, a grandes rasgos o imprecisamente de lo que ocurría en el mundo. Por supuesto, eso me procuraba un placer muy grande y gratuito. Me dije en algún momento: un día tú también escribirás en los periódicos.

Paula: ¿Cómo llegaste a escribir en ‘El País’ o en el diario ‘Levante’?

¿Que cómo llegué a escribir en ‘El País’ y en ‘Levante- EMV’ ? Pues por invitación directa de sus responsables: de Josep Torrent en 2000 y en 2008, en el caso de El País. Pep Torrent era delegado en la Comunidad Valenciana. Y en Levante, por invitación de Juan Lagardera, que era el jefe de opinión del periódico.

Paula: ¿Por qué se acabó la colaboración con estos diarios?

En ‘Levante-EMV’ me invitaron a reducir mi colaboración, que era semanal. Todo eso ocurrió tras haber publicado un artículo duro, yo diría que durísimo, sobre el que entonces era arzobispo de Valencia. He de pensar que cuando me pusieron unas condiciones difíciles era una manera de echarme. Por supuesto no acepté ese ultimátum de Pedro Muelas, entonces director.

En el caso de ‘El País’, en el que tenía una columna periódica y un blog de actualización diaria, me fui cuando desde Miguel Yuste, la sede central, decidieron eliminar la mayor parte de los blogs. No era una decisión de Pep Torrent, sino una determinación del director nacional, Antonio Caño. ¿Ah, sí?, me dije. ¿Me quitáis el blog que vosotros mismos me invitasteis a fundar? Pues adiós. Cierro también la columna.

Por supuesto, un diario tiene derecho a abrir y cerrar sus espacios de opinión y a mejorar o prolongar o prescindir de sus colaboradores. Lo que me parece una arbitrariedad es suprimir un espacio colectivo y no dar cuenta, no justificar una decisión tan drástica.

Paula: ¿Actualmente continúas colaborando con alguna revista o diario, ya sea digital o en papel?

Actualmente colaboro en infoLibre y en Ctxt, pero de manera esporádica y sin gran entusiasmo. ¿Por discrepancias ideológicas? Algunas hay, sí. Pero sobre todo no tengo ganas de soportar largas esperas.

Creo que la prensa en papel y en Internet está perdiendo parte de la relevancia que tuvo. Sinceramente prefiero publicar cuando quiero y lo que quiero en mi blog y en mi muro de Facebook. Ambos son muy leídos y seguidos.

Paula: ¿Cómo definirías tu estilo?

Alguien dijo alguna vez que mi estilo era plúmbeo. La persona que así lo calificó no tenía muchas luces, la verdad. Si para denostar mi estilo tuvo que aprender el significado de dicha palabra (plúmbeo), me siento muy complacido.

Mi estilo es literario, si por tal se entiende una pieza de buena prosa, no sólo sintácticamente eficaz. No es rebuscado, sino refinado. Yo no escribo como hablo, pero procuro hablar como escribo. Ser preciso, evitar los solecismos, el barroquismo, el puro enrevesamiento.

Procuro que se me entienda, es decir, que la comunicación sea eficaz y factible. En periodismo detesto las florituras presuntamente literarias o líricas si la forma es el objetivo único o final. Mi estilo implica construir piezas con planteamiento, nudo y desenlace, con la percha de la actualidad, con bromas, con guasas, con información y con erudición, y con un cierre que conecte la última frase con la primera.

Paula: ¿Piensas que tu estilo puede resultar demasiado directo o quizás un poco agresivo para el lector?

¿Mi estilo demasiado directo o quizá un poco agresivo para el lector? Francamente creo que no. Jamás me lo había planteado. ¿Agresivo, directo? Me encantan los matices y las digresiones. Digo bien: las digresiones.

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Paula: ¿Por qué haces tus artículos tan extensos?

¿Artículos extensos? Lo extenso o lo breve son términos relativos. Si un artículo no dice nada de interés y está concebido y escrito para mero lucimiento del autor, entonces se me antoja larguísimo y soporífero. Pero una colaboración de muchos caracteres con espacios que me informe o me detalle cosas que ignoraba o que ignoraba saber, es una bendición. Cuando publicaba habitualmente en prensa mis artículos no eran largos o cortos: me atenía a los caracteres con espacios que el director o jefe de opinión me imponía.

Paula: ¿Te preparas previamente antes de empezar a escribir un artículo? ¿Cómo es tu rutina antes de empezar a redactar?

Me preparo, sí, pero raramente poco antes de escribir. Como leo mucho, bastante o demasiado sobre las cosas que me interesan vivamente, la verdad es que los datos básicos ya los tengo. Llevo cincuenta y tantos años preparándome para escribir una columna de 2.828 caracteres con espacios.

Y mi rutina varía si es por encargo o si es por voluntad propia. Normalmente escribo de lo que me apetece. Es decir, de lo que me gusta o me irrita, de lo que me entusiasma o de lo que me enfurece. Entre otros, tengo un libro que se titula ‘Bestiario español’.

Está formado por las semblanzas, luego revisadas, que fui publicando en prensa o en Internet. Semblanzas de personajes relevantes, admirables o detestables.

De ellos, de la mayoría, leí los libros que habían publicado o habían encargado que les escribieran: desde Mario Conde hasta Belén Esteban, desde Julián Muñoz hasta Esperanza Aguirre. Elvira Lindo me firmó un prólogo muy generoso que tituló ‘El hombre que lo leía todo’.

Todo no lo leo, pero admito que devoro libros de mucha enjundia y también volúmenes que pertenecen a la cultura basura. De todo se aprende. Eso sí, si tienes criterio de discriminación. Para la cubierta de dicha obra, el artista Antonio Barroso me cedió una fotografía suya realmente espléndida. Es una recreación contemporánea de ‘El grito’, de Edvard Munch.

Paula: ¿Te gusta colaborar con algún otro experto a la hora de escribir un artículo? Cuando haces esto, ¿cómo os preparáis ambos para escribir?

Con los únicos que colaboro para escribir son los colegas con los que me entiendo y con los que comparto amistad, visión y cierto estilo, principalmente Anaclet Pons y Alejandro Lillo. También Juan Calabuig y Félix Vidal. Próximamente, Marisa Begué y José Antonio Vidal Castaño.

Paula: ¿Consideras que tus artículos están posicionados políticamente hablando?

Posicionados es un palabro feísimo, permíteme decirlo. Mis artículos revelan una posición, un punto de vista, una cultura propia y un desconcierto. Suelo escribir cuando las cosas me desconciertan, en efecto. Para bien o para mal. Normalmente siempre es para bien, porque escribir es ordenar lo que piensas.

Cuando tienes ideas o una idea y no la expresas, sueles creer que tu análisis o tu diagnóstico es muy certero y hasta sublime. Cuando materializas esa idea, cuando escribes el artículo, ya no hay expectativas grandilocuentes u omnipotentes. A eso es a lo que llegas, que es siempre un texto que está por debajo de lo que desearías. No es perfeccionismo. Es realismo, que viene muy bien para bajar los humos.

Paula: ¿En qué te inspiras a la hora de escribir?

Me inspiro en lo que me rodea física o virtualmente, en todo aquello que me incomoda o me alegra, en las cosas que me procuran placer y alegría o en los asuntos que me avergüenzan. O al menos en los asuntos que sería una vergüenza no tratar, no abordar.

Vivan la historia

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“Hablamos a veces del curso histórico diciendo que es «un desfile en marcha». La metáfora no es mala, siempre y cuando el historiador no caiga en la tentación de imaginarse águila espectadora desde una cumbre solitaria”, decía E. H. Carr en 1961.

Cuarenta años después, John Lewis Gaddis se planteaba la misma cuestión, los desafíos a que se enfrenta el historiador. “Un hombre joven está de pie, sin sombrero y con un abrigo negro, sobre una roca alta, de espaldas a nosotros y se apoya en un bastón para resistir el viento que le agita y le enmaraña el pelo. Ante él se extiende un paisaje envuelto en niebla, en el que apenas se divisan parcialmente formas fantásticas de promontorios más lejanos”.

Nada sabemos de ese individuo, porque, de hecho, lo vemos de espaldas y no podemos intuir qué expresa su rostro, ese rostro que es incógnita, cifra, misterio. Con esta imagen, Gaddis se valía de una pintura celebre, ‘El caminante ante un mar de niebla’ (1818), de Caspar David Friedrich, elaborando con ella una metáfora.

“Para mí”, añadía Gaddis, “la postura del caminante de Friedrich –esa impresionante imagen de una espalda frente al artista y a todos los que desde entonces han visto su obra—«se asemeja» a la de los historiadores. La mayoría de nosotros piensa que, después de todo, en eso precisamente consiste nuestro oficio, en dar la espalda al sitio hacia el cual vamos”. Y no es así, añadía Gaddis, pues lo que distingue a los mejores historiadores, lo que les diferencia y les eleva, es su implicación y la conciencia de estar insertos en el mundo.

En vez de dar la espalda a lo que ahora, precisamente ahora, acontece, los historiadores nos comprometemisión, incluso equivocándonos, haciendo inseparables lo pretérito y lo presente, valiéndonos de los instrumentos que la sociedad nos da para evaluar, para contar el pasado, pero también para enjuiciar su tiempo.

En nosotros, la vida y la disciplina que cultivamos son inseparables; en nosotros, el pasado que puede ser narrado y los lectores a los que persuadimos y atraemis son nuestr motivación y nuestro desafío.
De eso, del desafío del historiador es de lo que habla mi último libro: el pasado existe. Ensayo no existe’, que publicará en septiembre Punto de Vista Editores.

Los historiadores han de ensuciarse las manos, algunos somos universitarios que escribimos en los periódicos o en otros medios con el fin de intervenir y con el propósito de acercar la mejor historia a los lectores, la de aquellos libros que han cambiado nuestro modo de observar el pasado.

Algunos alabamos la narración, exaltamos la capacidad que ciertos colegas tienen para exhumar el pasado con el recurso del relato, con la retórica de la persuasión. ¿Con el fin de hacer bonito o de expresarse con una bella prosa? En realidad, concibo al historiador como educador, como alguien que reconstruye pasajes biográficos con el fin de instruir moralmente (como fue la antigua magistra vitae).

El libro que aparecerá en breves semanas es la expresión de un entusiasmo, y así el yo que habla, el del autor, revela un compromiso entre personal y necesario contra la historia adocenada. Los nombres que cito son la muestra de una excelencia, los de aquellos historiadores que han cambiado nuestra forma de ver y contar las acciones de los antepasados. Ahora bien, el empeño en la narración me deja espacio para subrayar otros aspectos de la vieja historia académica que, a mi juicio, son imprescindibles, complementos del relato.

El de la verdad como ideal regulativo, por ejemplo; el de sus reglas. La historia no es sólo relato: es una disciplina, un sometimiento a ciertas normas. El historiador no escribe por el simple afán de comunicación. El historiador no busca las fuentes según le convienen, no selecciona únicamente lo que le corrobora, no descarta lo que le incomoda.

El historiador, aquel que es respetuoso con las técnicas depuradas de su oficio, somete sus ideas previas al contraste con los documentos y establece una especie de diálogo con los testimonios que le vienen del pasado. Pero… no se fía enteramente de cada uno de esos testigos, sabe que hay contradicciones y falsedades y racionalizaciones equivocadas.

Por eso, la operación histórica exige el contraste entre las fuentes con el fin de apreciar la verdad y la forma de enunciarse en esos documentos. No se trata sólo de alcanzar el testimonio más fidedigno, sino también de examinar de qué modo fue expresado, con qué procedimientos retóricos, con qué recursos de exposición.

La historia es, en efecto, una tarea complicada, una labor compleja que exige años de consulta documental y de aprendizaje de sus técnicas. Imaginemos a un médico de campaña que debiera intervenir quirúrgicamente en una contienda, decía el antropólogo Clifford Geertz. Apresurado, próximo a las bombas que caen y que amenazan con arruinarlo todo, no podrá exigir las mejores condiciones para operar, esas que son habituales en tiempos de paz, las que le permiten curar en un quirófano esterilizado.

Al no contar con un ambiente neutro, ¿deberíamos concluir que le dará lo mismo dónde lo haga, en una sala aseada o en un estercolero? Hemos de suponer que evitará el lodazal o el muladar; hemos de suponer que tratará de tenerlo todo lo más lustroso y fregado posible, aunque sólo sea para convencer al paciente de sus buenas intenciones.

Esas cautelas serían como las marcas del historiador, las pruebas que atestiguan su respeto a las reglas de la profesión. Pero no bastan. El galeno deberá tener, además, la intención última de salvar al paciente: como el investigador deberá, en fin, salvar la verdad de su relato.

Desdeñoso con los malos historiadores, harto tal vez de tantos investigadores rutinarios aupados a sus picachos, quizá yo no haya puesto suficiente énfasis en estos controles. Pero mi miniatura historiográfica, como la de un orfebre, descubre el esplendor de la joya con la que tendríamos que trabajar: la de una historia primorosamente escrita y viva.

Así deberíamos hacerlo siempre, sin rutinas expresivas, sin perezas académicas. Si no nos imponemos esa disciplina, entonces el interés de los lectores lo despertarán charlatanes, revisionistas, falsificadores y otros vendedores de quincalla historiográfica.

‘El pasado no existe. Ensayo sobre la historia. Madrid, Punto de Vista Editores, septiembre de 2016…).