Composición y descomposición

Libros. “¿Los tiene ya todos leídos? ¿Los ha comprado o se los han regalado?”

Ésas son preguntas habituales que me hacen algunos de los estudiantes más inquisitivos cuando llegan por primera vez a mi despacho de la Facultad.

Ya lo dije alguna vez.

Mi covacha, como la de mis compañeros de sección, es un habitáculo pequeño con mueblería de Formica (salvo tres estanterías de madera color pino y otra lacada en blanco).

Trabajar allí me resulta disuasorio. Las paredes grises de Formica son un espanto. Prefiero un muro con desconchados.

Pero yo mismo he contribuido al desorden.

Voy formando pilas inestables de libros que me regalan, que compro, que recibo. Montañas de volúmenes de materias dispares, hermanados por el azar. El desarreglo hace que luego no siempre encuentre lo que busco.

Algunos de esos libros me los llevo a casa con el firme propósito de leerlos, cosa que suele suceder.

Por eso, fuera de las clases, tutorías y exámenes, trabajo mucho más en casa que en el despacho.

Evito permanecer demasiado tiempo dentro de ese receptáculo asfixiante.

En la fotografía sólo muestro los volúmenes que hay en tres de las cuatro estanterías con que está forrada mi covachuela.

Tienen apariencia de orden. ¿Es así?

A pesar de mi desidia o desaliño, no sé, hay todavía un orden remoto, el puramente alfabético, que permite encontrar una obra de Foucault o de Ortega, de Freud o de Sartre.

La fotografía tiene truco: recorto la realidad para evitar cuidadosamente que se vea el estado general de la mesa y de los suelos.

Resulta difícil abrirse paso allí. De hecho, lo normal es que tropiece y que me golpee mis doloridas rodillas.

¿Por qué algunas personas somos así, tan desastradas? ¿Por qué no dedicamos tiempo a tener nuestros libros bien ordenaditos?

No me jacto de ello, pero prefiero gastar las horas con el volumen que ahora leo a dedicarme al aseo bibliográfico, a la colección bien arreglada.

Cuando escribo, siempre deseo que mis frases no sean puro desaliño sintáctico: si falleciera de manera imprevista en ese instante, dicha oración sería lo último que quedaría de mí.

¿Y los libros? El día en que me muera, habrá que armarse de paciencia para arreglar o donar o tirar lo que por prisas yo no compuse o descompuse.


Publicado por primera vez el 23 de junio de 2014.

Baroja & Co

José-Carlos Mainer es un sabio de rigor y buen humor. Su frase, seria e irónica a un tiempo, no es nunca ornamental. Es pericial: de examen y evaluación.

Conoce con fina erudición lo que da de sí la literatura española. Es experto en la Edad de Plata del Novecientos y tiene a Pío Baroja por uno de sus creadores admirados y admirables.

Nadie como él conoce el avatar y el canon; nadie como él podía valorar mejor la empresa editorial de Joaquín Ciáurriz: BAROJA (& yo).

No es ésta una colección de piezas académicas que se nos atraganten por su severidad filológica. Son, por el contrario, veintitantos volumencitos en que distintos autores procuramos objetivar nuestro apego barojiano.

Son libros de bella factura, de estética sobria y colorista, de frecuente enjundia y de probado amor, de profesión de fe hacia don Pío Baroja. Yo he tenido la suerte de compartir autoría y vecindad en esta empresa con muchas personas solventes.

Con Soledad Puértolas, con Sergio del Molino, con Eduardo Laporte, con Andrés Trapiello, con Eduardo Mendoza, etcétera, etcétera. Así, hasta veintitantos. José-Carlos Mainer nos cita con genio y generosidad en su texto.

Ahora, ya podemos morir en paz. Después de la benemérita reseña de Mainer en Babelia (‘Baroja & Company’), después de las palabras que de algunos exhuma, Ciáurriz nos va a organizar un entierro muy digno. Cabemos todos en un cofre, que albergará las obras reunidas.

Sólo nos falta morirnos para reencontrarnos con el prosista y el analista. En el cofre cabemos los distintos autores de obra magra, libros con corsé. A Baroja lo sorprenderemos escribiendo a calzón quitado o reescribiendo sin pudor alguna de sus obras magnas.

https://elpais.com/cultura/2019/06/04/babelia/1559654680_923780.html

Absolutamente Kubrick

Justo Serna, Cartelera Turia, 7-13 de junio de 2019

Es difícil olvidar La naranja mecánica (1971). Por su puesta en escena, por su fasto, por su imaginería. Por la violencia visual. La volvemos a ver…

La sociedad futurista que aparece en La naranja mecánica debe mucho a la novela homónima (1962) de Anthony Burgess, en la que se inspira. Pero la reinvención es completa.

La indumentaria de los jóvenes en dicho film es inspiradora y a la vez es condensación de las estéticas pop de los sesenta. Las décadas duran.

Las décadas duran y a pesar de estrenarse en 1971 en realidad estamos viendo una película pensada, producida en los sesenta. Todo en ella tiene la marca de esa época, pero al mismo tiempo la trasciende.

Lo violento se presenta como un rasgo constitutivo de lo humano. No hay modo de ser buenos sin nuestra parte alicuota de maldad. Y esa maldad no es extirpable. Tampoco es deseable su desaparición.

Ahora bien, civilizarnos es domarnos: moderar nuestros instintos más primitivos. Gracias a ese progreso y a sutilezas incluso perversas, hemos desechado cierto tipo de violencia para resolver algunos conflictos.

¿Qué patología sufre o disfruta Alex DeLarge, el joven protagonista? En sus actos feroces, que comparte con una cofradía de drugos, la violencia se representa a la manera de una coreografía.

¿Eso qué significa? Kubrick le da todo el dramatismo y el erotismo de que es capaz, presentándola como algo que provoca repulsa y atracción.

DeLarge es un tipo destructivo. Tomemos nota. Los tipos destructivos son y se saben jóvenes y no carecen del sentimiento de la alegría, decía Walter Benjamin.

¿Por qué? Porque la destrucción es un reconstituyente que te saca de tus casillas, de los estados melancólicos o neurasténicos. Al extirpar lo inútil, lo que juzga inútil o flojo, Alex se enardece.

Con ello aligera o simplifica el mundo complejo y mal hecho. Siente la descarga. Alex no se pregunta sobre el vacío que deja, sobre la fractura que provoca, sobre el mal que inflige.

No se arrepiente ni trata de explicarse. No le daña ni le detiene la conciencia moral o el freno civilizado. ¿Hay curación para el joven feroz?

El film nos muestra las fechorías de Alex, el psicópata apasionado de Beethoven, motivado por la violencia y el sexo, y coreado por su banda.

Cuando los colegas lo traicionen, DeLarge será arrestado, juzgado y sentenciado a catorce años. Entrará en prisión.

Es allí en donde optará por someterse al proceso Ludovico, una terapia -digamos- conductista.

Este tratamiento, de choque, hace que la agresión o su simple tentativa le provoque náuseas. El comportamiento destructivo de Alex DeLarge quedará seriamente tocado, debilitado y casi extirpado.

El film trata del bien y del mal, de la capacidad humana para discriminar moralmente. Trata de la libertad, del libre albedrío y de su pérdida.

¿Qué es la sociedad perfecta? Asistimos al despliegue nihilista de la violencia juvenil y asistimos a su amputación: todo ello con una banda sonora que nos sobrecoge por contraste.

Después de La naranja mecánica ya nunca podremos escuchar igual la Novena Sinfonía, de Beethoven.

Pero después de ese film ya todos sabemos qué son la violencia pandillera, las tribus urbanas y su identificación.

Todo un tratado que no envejece. Casi cincuenta años y aún suena y resuena. Aún impresiona.

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Anexos:

1. Sin comentarios.

En la película de Kubrick ya están planteados los perfiles violentos de una manada, del comportamiento violento en grupo, del narcisismo mal herido, mal construido, de la agresión sexual bien concreta y simbólica, de la estética extrema, de la ética vacía, del la relación amo y esclavo. Etcétera.

2. El 20 de noviembre de 1931, en Die Franfurter Zeitung. Walter Benjamin publica un texto clarividente. Lo titula El carácter destructivo. Sin aludir a nadie en particular, Benjamin traza una radiografía psicológica. Pero sobre todo trata de la destrucción como la tarea a que se aplican con denuedo ciertos individuos dañinos.

Los tipos destructivos se creen jóvenes y no carecen del sentimiento de la alegría, decía Benjamin.¿Por qué razón? Porque la destrucción tonifica al erradicar lo que se juzga sobrante. Porque la destrucción simplifica el mundo mal hecho, ése por el que aquellos caracteres sienten una desconfianza invencible. Están convencidos de que su operación le devolverá su prístina o su secreta o su venidera armonía. No se interrogan sobre lo que va a ocupar el lugar de lo destruido, sobre aquello que lo reemplazará, y se solazan con goce en el abismo o en el vano que provocan.

Hacen sitio, despejan, y donde otros tropiezan con muros o con personas, ellos sólo ven espacios vacíos, la quirúrgica amputación. Hacen escombros de lo existente y se abandonan a la ensoñación del camino calcinado. No es la suya la tarea dolorosa de una soledad creadora, sino que es la labor arrogante de quienes se exhiben. Se exhiben ante gentes que testimonien su eficiencia destructiva o que celebren su arrojo temerario o que se asombren de su capacidad para infligir daño.

Por eso, aquellos tipos quieren estar expuestos a la mirada atónita e intimidada de sus observadores, de sus víctimas, y a las habladurías asombradas de quienes comentan esa gesta. Es fácil que no se les entienda y que no sea sencillo dispensar sentido a su acción. Da igual: los tipos verdaderamente destructivos no se arrepienten ni se empeñan en explicarse. Saben que no les dañan ni su conciencia moral ni los malentendidos, y son los otros, sus espectadores, quienes se apresurarán a dotar de significado a aquello que no lo tiene.

Simplemente, a los humanos corrientes nos cuesta concebir que el mal pueda ser arbitrario, que pueda realizarse de manera gratuita, expresiva, creativa incluso.

Juan José Millás en Gaia

El orden alfabético

Tuve el honor de presentar en la Llibreria Ramon Llull la última novela de Juan José Millás, La vida a ratos. Fue en su #Primaveraliteraria2019 .

Ahora volveremos sobre ella en el Club de Lectura de la Librería Gaia, de Valencia.

Juan José Millás 2019 en Llibreria Ramon Llull

Será el lunes 8 de junio a las 20 horas. Fin de temporada y fin de fiesta.

No se pierdan a Millás, prosista de verbo caudaloso; experto en palabras, con pocos o muchos caracteres; analista de primeros auxilios y estudioso de la senectud.

La novela, por momentos absolutamente hilarante, la protagoniza un tal ‘Juan José Millás’, que además de compartir nombre y apellidos, tiene un parecido razonable con el autor empírico de esta obra.

Juan José Millás y Justo Serna

El volumen se nos presenta bajo la forma de un diario cotidiano, con entradas ordinarias y extraordinarias, con pasajes, instantes y paisajes humanos y urbanos. Y también, por supuesto, con un mundo interno, el del Millás diarista.

De hecho, el narrador de este dietario es un agudo observador de sí mismo, un estudioso del comportamiento animal (del individuo y su especie) y un infatigable buscador de paradojas, de esos hechos inverosímiles en que abunda la realidad.

César Abarca, Jaime Millás y Juan José Millás

Es un placer inconmensurable leer su prosa enérgica, con sarcasmos y autosarcasmos. Y es una suerte poder debatir sobre su obra.

Se lo van perder?

Será el lunes 8 de julio a las 20 horas.

Maldito parné

Conviene preguntarse si los expertos deben cobrar. Julián Casanova tiene escritos de enjundia y sarcasmo sobre este tema material.

Vayamos a ello y preguntémonos si los especialistas deben cobrar cuando son requeridos por los medios de comunicación para sentar cátedra.

O si deben cobrar cuando son reclamados por las instituciones públicas (y privadas) para dictar una conferencia.

No pagar al experto convocado cuando los medios y las instituciones operan con ingresos y gastos me parece propio de caraduras. Me parece que forma parte de la picaresca nacional, local o autonómica.

En radios y televisiones es muy habitual que estas cosas ocurran. Les pondré un ejemplo pasado. Lo pongo pasado con la esperanza de que se hayan redimido.

Cuando existía Canal 9, un centro de operaciones estratégicas del PP, su escudo antimisiles frente a la realidad, pasaban cosas.

Dicho en otros términos: había acontecimientos en el mundo. Qué remedio, no había manera de que ese mundo estuviera quieto. Y la tele y la radio debían estar allí.

Entonces, cuando algo grave o inexplicable sucedía o cuando algo se conmemoraba llamaban al experto.

En nuestro caso llamaban habitualmente al Departamento de Historia Contemporánea de Valencia para que mandáramos a un especialista.

Especialistas en Lee Harvey Oswald, en Lenin, en Pepe Stalin, en la China popular, en Erich Honecker, en Charles Manson, en Rita Pavone, en Andropov.

Expertos en las previsiones mundiales para el próximo siglo, en la historia de España desde Atapuerca, en Juan Carlos I, en Viriato y, finalmente, en José Solís Ruiz.

Ciertos compañeros, bien formados, bien preparados, acudían a los espacios televisivos, algunos de ellos profesionalmente realizados.

Se sentían en la obligación social o cívica de decir algo a la ciudadanía. Lo normal es que Canal 9 emitiera dichos programas de debate a las 2 de la madrugada. No los veían ni los papás de los profesores.

Hace unos años, yo estaba en el Departamento consultando unos libros en mi despacho. Era una tarde no lectiva, sin clases.

En la secretaría de Departamento se recibió una llamada de producción de Canal 9.

Necesitan con urgencia a un especialista, me dijo después la administrativa. Ella comunicó a quien en ese momento telefoneaba que sólo estaba yo, que únicamente me tenía a mí.

“Es igual”, dijo el comunicante. “Pues Serna”. La administrativa preguntó de qué tendría que hablar yo.

La respuesta fue ésta: del arrepentimiento de Ali Agca tras haber atentado contra el Papa y tras años de encarcelamiento.

Cuando la administrativa me contó el tema tardé milésimas de segundo en preguntar: ¿pagan? No, no, respondió. “Pues entonces que llamen al Vaticano”. Y no fui. No fui por vergüenza torera.

Es verídico esto que cuento. Yo no sabía nada ni sé nada de Ali Agca. Ahora bien, les garantizo que, de pagar, en pocas horas me habría hecho un consumado experto en terrorismo vaticano.

Maldito parné.

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Fotografía: Abc.

Donald J. Trump

Elvira Lindo menciona la serie When They Seen Us (2019) en su pasada columna dominical de El País. Es un drama policial y judicial. Con finura y sensibilidad, la escritora nos presenta el caso, que podemos ver en su adaptación televisiva para Netflix.

Es la historia de cinco muchachos a los que imputaron, juzgaron y condenaron por un delito gravísimo que no cometieron: la violación de una corredora en Central Park. Eso sucedía a finales de los años ochenta del siglo XX.

En sus dos primeros capítulos, la serie es sobrecogedora. Sin sentimentalismos. Vemos cómo se cierne la fatalidad burocrática, fiscal y policial, sobre unos muchachos negros.

Creo que es muy oportuna la mención de Elvira Lindo. La serie vale el esfuerzo a pesar de que tiene ciertos esteticismos innecesarios y un guión irregular.

Punto y aparte.

En uno de sus primeros capítulos, en algún momento, contemplamos a Donald J. Trump cuando es aún joven y un magnate inmobiliario. Ya resulta un broncas y un oportunista.

En el televisor de alguno de los personajes vemos a Trump encizañando en pantalla contra los muchachos y contra los derechos de las minorías.

Esto ocurrió realmente.

La cosa es obvia. Sabemos cuál es la retórica del demagogo peligroso: esta gente recibe privilegios y subvenciones y luego, ya ven, violan a nuestras mujeres. Hay que quitarles beneficios y chiringuitos.

Por supuesto, Trump no lo dice así, con ese terminacho actual; lo dice peor. Sus maneras de expresarse revelan a un inmisericorde que no se compadece.

Resulta repugnante la campaña organizada en la prensa de aquellos años por parte de Trump. La campaña es para restaurar la pena de muerte y por tanto para ‘rematar’ a los cinco de Central Park.

Él mismo lo reveló en uno de sus libros autobiográficos que leí en su momento El arte de la negociación (1987): alguien como Trump no se psicoanaliza, no acude al psiquiatra.

Como admite en esas presuntas memorias de 1987 que —insisto— leí con asombro, Trump no va a ningún terapeuta. Al al menos no iba por entonces.

No acude a médico o sanador, dice, porque con toda probabilidad no le gustaría descubrirse internamente. No le gustaría averiguar cómo es en realidad.

Eso es lo que indica en El arte de la negociación. un título confuso que en realidad alude a ‘El arte de hacer negocios’. En sus memorias nos enseña cómo ganar, no dinero, sino víctimas. Como sumar trofeos y añadir damnificados.

Era y es un depredador. Reputados psiquiatras norteamericanos y extranjeros ya lo han diagnosticado. Eso sí: a distancia. La coincidencia es asombrosa. O no tanto: es un psicópata.

No nos confundamos, tal cosa no significa necesariamente asesino en serie. Significa que está falto de ciertas emociones humanas o que al menos las tiene inertes o amputadas.

Significa, en fin, que carece enteramente de sentimientos compasivos o de empatía: que carece de toda forma de altruismo o benevolencia, vaya.

Desde que lo averigüé no dejo de darle vueltas.

Y más vueltas.

Estamos rodeados.

El fascista

Primero.
JS, “¿Quién es el fascista?, ‘El País’, 3 de enero de 2006.

“…El fascista es alguien que tiene un acusado sentimiento de crisis, alguien que cree en el declive imparable de su patria;

-alguien que hace de la nación su hipóstasis y su primacía;

-alguien que se juzga como víctima de una injuria inextinguible;

-alguien que ve enemigos por todas partes, extranjeros llenos de doblez o nacionales que abdican;

-alguien que predica una integración más firme y más estrecha en la comunidad a la que hay que rendir tributo;

-alguien que deplora las formas suaves del gobernante negociador, justamente porque valora la superioridad de un liderazgo fuerte, incluso instintivo;

-alguien que basa su empeño en la voluntad.

Para que el fascista triunfe necesita un partido y hoy, felizmente, no hay organizaciones que tengan la presencia y la fortaleza suficientes como para hacer peligrar el vigor de la democracia liberal.

Pero no nos engañemos, pues ciertas propensiones de la conducta pública entre periodistas y políticos reproducen hábitos del pasado que los fascistas encarnaron como nadie:

-el estrépito verbal, la chulería arrogante, la violencia expresiva, el grito, la descalificación, la deslegitimación, el desgarro y el victimismo, la suspicacia.

¿Hasta cuándo?”

Estas cosas las escribí por primera vez en 2006.
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Segundo.
‘Quién es fascista’ (2019), de Emilio Gentile.

Leo ahora este libro del historiador italiano Emilio Gentile, que acaba de ser publicado aquí, en España, por Alianza Editorial.

En Italia hay una polémica pública sobre el fascismo, sobre su posible actualidad o sus resabios nunca digeridos del todo. Y la controversia arrastra a distintos historiadores y politólogos.

Emilio Gentile nos previene contra el uso indiscriminado del sustantivo “fascismo” y del adjetivo “fascista”. Si un líder fuerte es sinónimo de fascista, entonces devaluamos el concepto, concluye inmediatamente.

Y nos previene contra cierto ensayo de Umberto Eco, datado en 1995, en donde el intelectual italiano veía un posible rebrote de las brasas del fascismo… En aquel ensayo, que primero fue conferencia, Eco establecía la tipología del fascismo.

El propósito de Gentile va más allá: su meta es enseñarnos qué fue el “fascismo histórico”, encarnado principalmente en la Italia entre 1922 y 1945. Y para ello evita a Eco.

Muchos años después de aquel ensayo de 1995, Gentile nos previene contra la tendencia a adjudicar el calificativo a movimientos o partidos actuales de extrema derecha. Su idea es evitar una abstracción del fenómeno fascista.

Como propósito no está nada mal. Al fin y a la postre, nos obliga a ser rigurosos cuando contemplamos fenómenos que difícilmente se repiten. O cuando empleamos voces o expresiones que tiene historia, que tiene un pasado que no es equivalente al actual.

Sin embargo, esas derechas extremas tienen algunos rasgos directamente heredados del fascismo histórico. Y de ello son conscientes sus propios líderes.

Y, además, esos dirigentes incluso postulan la exhumación de la memoria fascista (como está ocurriendo en Italia con Matteo Salvini). De algún modo, esos vástagos aspiran a encarnar explícita o implícitamente un ‘fascismo eterno’.

En el caso español, Gentile alude a Vox. Por supuesto evita cuidadosamente llamarlo fascista, pues lo ve como un partido nacionalista, unitarista, tradicionalista, católico ultramontano…

Sin duda, podemos seguir las enseñanzas del historiador italiano, las de Emilio Gentile, y admitir que no hay un “fascismo eterno” y menos aún un fascismo español ahora redivivo bajo la fórmula de Vox.

Pero, contrariamente a lo dicho por Gentile, el fascismo vuelve o puede volver —en palabras de Umberto Eco— bajo formas menos estrepitosas, sin uniformes ni escuadrismos, sin revoluciones estatalistas. Sin modernismos reaccionarios.

Puede volver empleando el parlamentarismo —algo meramente instrumental— para someter a los afines.

Para someter a los afines y para aherrojar a las fuerzas parlamentarias que le son cercanas y que, en el colmo de ignorancia histórica, creen poder domesticarlo.

Atentos.


https://elpais.com/diario/2006/01/03/cvalenciana/1136319483_850215.html