#BowieWeek, 1

David Bowie Is 
#BowieWeek, 1

Valencia, 10 01 2017

Sesión de las 18:30

Cines Lys

Fila 11, Butacas 8 y 10 

Valencia… Nada más ponerse a la venta las entradas para el primer pase del documental David Bowie Is, previsto para el día 10 de enero, adquirí un par de entradas. 

Fui el primer valenciano que compró sus pases para ese día, lo cual no tiene mucho mérito, pero me hizo ilusión.

Con este breve post comienzo mi #BowieWeek: distintas entradas en diferentes días. Ustedes sabrán perdonarme este exceso.

¿Para qué sirven los Reyes?

Vemos The Crown )2016), una serie original de Peter Morgan para Netflix que ha recibido los parabienes de la crítica. ¿De que trata? Del reinado de Isabel II de Inglaterra. Trata también, directa e indirectamente, de los monarcas anteriores: su tío (Eduardo VIII) y su padre (Jorge VI).

La producción de la serie es absolutamente lujosa, con un dispendio en el que nadie parece reparar o al que nadie parece importar. No es que los responsables alardeen de libras o dólares y que ese potosí lo repartan a manos llenas, no. 

El asunto está en que la Coronación de Queen Elisabeth y cualquier otro episodio menor se reconstruyen con fidelidad extrema y ello exige tiempo y abundantísimo dinero. Y talento, claro, algo que está en la inspiración de Peter Morgan.

Los primeros capítulos me parecieron de realización correcta aunque algo convencional, pero conforme avanza la serie la calidad de los guiones y la actuación (precisa, comedida y expresiva) de los actores la mejoran ostensiblemente. 

No es fácil encarnar a personajes de tanta circunspección, de tanto envaramiento. No es sencillo hacer creíbles conductas que son papeles, que son figuras de comportamiento tan reglado y previsible.

Pero tras la máscara y los trajes de armiño, bajo la Corona y entre los cortesanos y el gobierno, distinguimos a seres humanos. Seres humanos muy refrenados y sobre todo instruidos para reprimir demasiadas expansiones y emociones. 

En la serie se reflejan bien el cambio social de la posguerra y los nuevos avatares que, más pronto que tarde, desarbolan a Winston Churchill. El héroe de la Guerra es ahora un viejo cascarrabias, sordo o resistente a esos cambios, aunque sigue siendo el inteligentísimo y taimado político que se las sabe todas.

Inglaterra se desmorona. En algún sentido se desmorona. No sólo por las estrecheces de posguerra, por los racionamientos, por las catástrofes (el smog que duró días y días provocando numerosos muertos a comienzos de los cincuenta). Inglaterra sufre ya la merma de la descolonización y por tanto el Imperio padece cuarteamiento y pérdida de dominio, de influencia.

¿Qué hace en ese contexto una joven soberana? No se trata sólo de lo que quiere hacer, sino de lo que puede hacer. El protocolo, los reglamentos, las tradiciones reales o recientes, las convenciones supuestamente milenarias ciñen o limitan su comportamiento.

Ella será reina, pero es una descendiente de los Windsor, una dinastía que padece trastornos en el Novecientos. Es una mujer joven, una dama de la alta sociedad que quiere ser moderna y convivir con un marido al que ama y a quien ahogan en parte esas convenciones. Vemos a un tipo dinámico con cicatrices: sabe lo que es salir expulsado de su propio país, sabe lo que es perder. 

El mundo ha mudado y aún está mudando y con esa transformación que a todos trastorna también la Monarquía debe cambiar, poco o mucho…: algo que la acerque al pueblo. Pero el empleo dinástico recae sobre una figura que todavía es de origen divino, una reina que una vez ungida con el aceite ritual de la Coronación ha de regresar a la tierra, a la Inglaterra de los obreros y de las clases medias. 

De manera inaudita, la Coronación será retransmitida por televisión en junio de 1953. La BBC se encargará de difundir parcialmente imágenes de un acto que es casi milagroso, la investidura divina de la soberana. Mientras es secreta o su visión está vedada, el pueblo idolatra a su reina, dice Isabel II. La Corona lo es por derecho divino. 

Que se pase por televisión, como aspira y desea Felipe, el rey consorte, tan moderno, es un riesgo para la Monarquía y es el principio de su posible disolución. La soberana aceptará por amor esa sobreexposicion catódica, pero exigiendo a su marido la protocolaria y quizá humillante genuflexión y la pérdida de su apellido como linaje dinástico.

Los reyes, Isabel y Felipe, tal como aparecen en la primera temporada de la serie, me resultan simpáticos. Aún son jóvenes, todavían no tienen encallecido el corazón y demuestran un sentido político muy notable. Se habían casado el 20 de noviembre de 1947, que es cuando empieza la serie, cuando Isabel cuenta sólo veintiún años y cuando cree lejano el momento de su responsabilidad soberana. 

Es un momento de grandes estrecheces en Gran Bretaña y es el año en que nace David Robert Jones. Es decir, aquel que después será David Bowie. Todo el futuro está por delante: las convulsiones culturales agrietarán la circunspección de Inglaterra, el envaramiento y la circunstancia.

Veo The Crown con interés y con placidez. Yo nunca he sido un republicano militante, incondicional. Menos aún, un monárquico convencido o fervoroso. Francamente, me da igual mientras el jefe del Estado respete el marco democrático. 

Sin embargo, al ver la serie, paradójicamente me pregunto por el sentido de la Corona. Sin duda, una dinastía real parece dar estabilidad y continuidad a la jefatura de un Estado, que así no está sujeto a los vaivenes de presidentes electos tan espantosos como Donald J. Trump

Pero me pregunto otra vez. La Corona y su legitimación tradicional carecen de todo sentido, ¿no es cierto? Sólo el cumplimiento estricto de la legalidad, el respeto del marco legal-racional de una Monarquía parlamentaria, nos hace soportar a un soberano o una soberana que en el fondo ya no lo son: en ellos felizmente no recae la soberanía. 

Me sigo preguntando para qué sirven unos reyes cuando ya no son soberanos (insisto) y cuando, además, han perdido el aura que les daban el secreto y una pompa tan distante. La televisión aplebeya. 

Felizmente.

Yo fui un niño bien armado

Los Reyes Magos

En una página memorable, Javier Marías dejó escrito algo muy pertinente: para conocer a una persona no hay como rebuscar en su cubo de basura. Lo diré con mis propias palabras: allí, en el fondo, en lo que se echa, están lo que hizo y aquello de lo que se deshizo, aquello que fue hecho y ahora ya sólo es desecho. 

No le quito la razón a Marías. Al menos no totalmente. Pero yo añadiría algo más o simplemente lo completaría: para conocer a una persona no hay como enumerar los juguetes recibidos el día de Reyes, cada día de Reyes, si es que la fortuna le ha permitido disfrutar de este privilegio infantil, luego prolongado en época adulta y ya descreída.

Cuando yo era niño –justo cuando apenas sobrepasaba los cuatro, los cinco, los seis años, etcétera–, Melchor, Gaspar y Baltasar fueron generosos conmigo. Los regalos con que me premiaban eran pocos pero decisivos. Me llegaban al corazón. Sus Majestades sabían muy bien cómo ganarme. Más tarde, al cumplir doce o trece años, los juguetes dejaron de ser el principal obsequio para ser reemplazados por libros y complementos (gafas de sol, cinturones, cosas así). Pero ésa es otra historia.

Conforme me fui haciendo mayor, los obsequios reflejaban apetencias masculinas, quién sabe, e influencias televisivas, perfectamente constatables: los juguetes destinados a los pequeños varones eran todos muy fálicos y viriles. Aunque yo no lo sabía. De todos modos, a pesar de esa monstruosa influencia, no creo haberme convertido en un ser depravado. Y eso que, por entonces, crecía con un constante sentimiento de culpa, algo normal en una respetable familia católica.

Por eso, cuando se acercaba la festividad de Reyes, siempre temía lo peor: vamos, el carbón y las reprimendas. Pero para mí sorpresa nada grave o irreparable sucedía. El resultado es chocante: desde fecha bien temprana me tenía por un pertinaz pecador, por un malevo, y sin embargo los regalos más anhelados me llegaban religiosa y puntualmente.

El caso es que fui agraciado con objetos, disfraces, aparatos y cacharros bien apetecidos. Entre el patrimonio que conseguí reunir había artículos de mucho aprecio y gran utilidad: de gran utilidad para un varón, dispuesto a desenvolverse en la vida práctica de nuestros días. Paso a enumerar dichos adminículos.

Un traje de romano, con pechera, con faldilla, con casco y con lo que parecía un penacho. Por supuesto, el uniforme se completaba con un sinfín de piezas, todas ellas de material plástico. La espada era esencial, claro, aunque algo blanda para mi gusto. A poco que la hincaras, se doblaba y te quedabas rozando al otro con la empuñadura. Me recuerdo por la calles principales de Catadau desfilando con paso marcial. Yo me mostraba orgulloso de mi indumentaria, aquel uniforme de infantería imperial. Todo un hombrecito.

Un tren de cuerda con locomotora y tres vagones. Era transporte de mercancías. El ferrocarril disponía de escaso tendido: debía montarlo siempre en círculo para así evitar su descarrilamiento en la mesa camilla. Es decir no podía hacer un recorrido elíptico, pongamos por caso. Le daba cuerda y me sentaba ante aquel prodigio menor. Veía lo que veía e imaginaba mucho más. Mayores portentos, vaya: trayectorias más excitantes, no el monótono discurrir de la locomotora, siempre dando vueltas. Alguna vez armé las vías sin formar el inevitable círculo. Por supuesto el trenéxito descarrilaba.

Un combinado de armas de fuego, todo un kit para bandolero o pistolero o cuatrero. Se componía de rifle Winchester de repetición con el añadido de un revolver, un Colt por supuesto, cargado con cinco falsas balas alojadas en la recámara. Los pistones detonaban. Por eso digo que eran armas de fuego. Los cañones del rifle y del revólver impresionaban. Eran como falos enhiestos. Pero eso lo pienso ahora.

Una metralleta de tambor que no disparaba munición alguna. Lucía bellísima y anacrónica. No disparaba tiros, ya digo, pero sus percutores funcionaban verosímilmente. Cuando accionabas el gatillo, inmeditabamemte provocabas un estrépito de sierras mecánicas a mayor o menor velocidad. Taca-taca-taca-taca-taca. Se supone que con el tacatá ese podías fulminar a todos tus enemigos. Por supuesto me imaginaba habitante del Chicago gansteril.

Un Campeón Ferrari Payá de grandes dimensiones. Era la envidia de mis contemporáneos o eso creía yo: salía con él y lo accionaba por la anchísima acera de la calle Molinell, en Valencia. Era un bólido rojo de mucho lucimiento que, sin ser bala, alcanzaba una dignísima velocidad. Bueno, no mucha, la verdad, por la pesadez de sus materiales. Pero su rojo bien bruñido y su finura simulaban un pene incipiente. Aunque yo no lo sabía.

Y, finalmente, a la edad de nueve años fui obsequiado con un rifle de perdigones. Lo he detallado en Españoles, Franco ha muerto (2015). Yo aún era un joven imberbe, un muchachito, cuando mi padre (luego lo supe) me regaló ese rifle de perdigones: un lujo accesible y bastante común entre los niños de entonces, entre los niños de 1969. Mi padre no era un monstruo, alguien partidario del belicismo o del armamentismo, no. Simplemente veía normal lo que entonces era común: hacerte un hombre con un rifle de perdigones, arma muy metafórica en una adolescencia a la que yo ya me precipitaba. 

Esto que les cuento no tiene moraleja belicista ni antibelicista. El contacto con aquel arsenal no me hizo más violento ni más agresivo. El dichoso arsenal fue todo a la basura, al cubo de basura que mencionaba Javier Marías, cosa que lamento ahora. 

Pero la espada, el Winchester o la metralleta de tambor me hicieron creer que de la guerra no se salía indemne, que salías herido, malherido o muerto. O me hicieron creeer que la vida era una contienda. En fin, que estoy hecho un lío. 

Alguien tendrá que venir a salvar a Soldado Serna.

Federico Trillo 

“Don Federico Trillo Figueroa es creyente y pecador. Es embajador en el Infierno, vale decir, en Londres. Su trabajo no es venial. Lo suyo son tareas de relumbrón: marciales, capitales, de corredor, de secreteo y de tapón. Lobo y lobista de mucho caudal y de mayor lucro: miembro del Opus y comandante de Dios. 

Viste atildado, como un señor rancio y rico. Se peina y se piensa con libidinosas ondas, tantas que su cabeza es una estrategia y un pelucón. Es abogado, pero podría sobrevivir ahogado: tantas son las faenas que a otro asfixiarían. 

Lo sabe todo de la política de corredor. Él es un doctor, doctor en derecho con Shakespeare. Fue su director de tesis, su maestro de ceremonias, Manuel Ángel Conejero, sabio atrabiliario y teatrero. De aquél, del gran dramaturgo inglés, le vienen la finura y la maldad, el cinismo y la crueldad. 

Federico Trillo seguirá siendo el tipo taimado, el odioso personaje que se cree shakesperiano. Progresa adecuadamente: ya alcanza a villano de segunda. Está cerca de Dios…”

Extracto de Justo Serna, Bestiario español. Semblanzas contemporáneas. Madrid, Huerga & Fierro, 2015.
En Amazon…

Vaya por Dios. Reflexión navideña

Feliz Navidad, amigos.

Reflexiones contra la religión. Así se titula el opúsculo de Mark Twain que Mario Muchnik tradujo hace un tiempo para la editorial Trama. En honor a las entrañables fiestas navideñas lo releo.

Es un bello y manejable panfleto contra los clérigos, su poder desmedido y sus falsos lenitivos. Es un manual de defensa frente a la religión y otras quimeras.

Con inquina sarcástica, Twain arremete contra toda creencia, contra toda fe, contra todo embeleco. Quiere vivir sin esperanzas, sin la falsa ilusión de las compensaciones venideras. No desea el auxilio de los reverendos, de los intemediarios divinos.

Es con Dios, con él, con quien quiere hablar. No hay pruebas, dice, de que Dios escuche o responda. Como tampoco hay datos que confirmen preocupación o cuidado, el respeto que debería tener por sus criaturas.

Aceptemos la hipótesis de Dios, de ese Dios, dice Twain. Nos arroja al mundo para luego desentenderse. ¿Qué nos parecería si un padre, si nuestro padre, hiciera eso? Cometería una grave irresponsabilidad. Pero no sólo esto es lo que podríamos reprocharle. 

¿Qué nos parecería si nuestro padre nos educara infligiéndonos todo tipo de sevicias? Si las crueldades que padecemos los humanos son formativas y fortalecen el ánimo, según dicen los clérigos, entonces todos los individuos deberíamos adoptar esa pedagogía de la violencia con nuestros respectivos hijos: para así templar sus debilidades y para así educar su fuste muelle.

Twain amonesta a un Dios irresponsable que abandona a sus criaturas y sobre todo reprocha a quienes prolongan este embuste universal. Lamentablemente, el escritor olvida un asunto del que se valen los clérigos para justificar a Dios: la libertad. 

Dios nos hace libres para pecar o para ser buenos o para ser edificantes. O tal vez no es olvido: Twain no cree que el ser humano sea exactamente libre. Lo cree una máquina, un mecanismo que funciona más allá del libre albedrío, de sus propensiones conscientes, de sus decisiones justificables. Si esto es así, pretextar la libertad para justificar la presencia del mal o del dolor es un golpe bajo de los clérigos, claro. Twain se toma en serio su panfleto…

Entre las obras pías de mis fiestas navideñas, está –ya digo– la relectura de este viejo opúsculo que compré en su momento, en 2001. Me atrajeron el autor y el título, claro.

Los muchos libros se me amontonan. Pero no me preocupa: a cada uno ya le llegará su momento. A Twain lo descubrí en la infancia y Las aventuras de Huckleberry Finn,  concretamente, fue una de mis novelas inolvidables. 

Aparte del entretenimiento, ¿qué lección me transmitía aquel libro? El coraje adolescente y pícaro para enfrentarse a un mundo brutal. Ahora he releído con unción -con unción- estas páginas sobre y contra la religión. Proceden de la autobiografía de Twain. 

Son unos pasajes deliciosos e irreverentes, párrafos que su hija censuró hasta 1963, fecha esta última en que permitió la publicación. Ahora, insisto, las he releído como un homenaje a Twain, de quien ya se ha cumplido el primer centenario de su muerte. Volvemos a la muerte.

Supongo que el escritor estará en el Infierno. Por mucho que la hija ocultara ese ultraje contra la religión, Dios –que todo lo ve– conocía esas malas palabras de Twain incluso antes de 1963. Estoy seguro. Su condena ya no habrá tenido remedio, pues.

Desde aquí, desde la Tierra, le mando un saludo fraternal y le deseo una buena estancia en compañía de otros impíos, pecadores y ateos allá donde esté. 

Decía E. M. Foster que imaginaba el Paraíso en compañía de sus escritores predilectos. No sé, no sé si allí habrá mucha gente de Letras. 

Imagino a Twain en el Infierno, cómodamente instalado, disfrutando del leve balanceo de su mecedora. Lo veo fumando un cigarro y departiendo. Ya nos lo advirtió el propio Twain: “el Paraíso lo prefiero por el clima; el Infierno por la compañía”.

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Feliz Navidad, amigos.

Doce lecciones sobre la historia. Antoine Prost

Introducción,
de Anaclet Pons y Justo Serna

Editorial Comares

La historia es una disciplina de verdad. Eso significa que cuenta con un auténtico repertorio de conocimientos adquiridos. Los conocimientos se obtienen aplicando un protocolo y respetando unas normas. 

El profesional de la historia se ciñe a los documentos. El historiador se limita a la consulta y al examen de los restos del pasado. De esos vestigios o atisbos, el investigador extrae informaciones, siempre parciales, pero informaciones que somete a crítica interna y externa: en el documento observa el hecho, aventura un significado y examina las condiciones materiales de su realización y recepción. 

El historiador narra lo que en principio sólo son datos inconexos. Los detalla, los clasifica y los cuenta. Efectivamente, hechos que fueron reales y simultáneos se ordenan en la historia de quien la escribe. 

Al hacer esto, el historiador se aproxima a la literatura: la historia es exacta y remotamente un género literario. Cierto: el historiador narra con orden, convirtiendo en palabras lo que fueron hechos, materiales, imágenes o también palabras. 

Eso no significa que el historiador escriba ficciones. Sólo significa que la imaginación está presente en su tarea: cuando supone o conjetura, cuando completa hipotéticamente lo que el documento no le da. Pero el profesional de la historia no fabula.

El profesional de la historia interpreta y explica. Interpreta las acciones y sus intenciones. Los historiadores saben menos que los antepasados, saben menos que quienes tienen algo que testificar. Esa carencia los investigadores la suplen con conocimientos y documentos que de primera o de segunda mano ayudan a comprender actos y a explicar consecuencias.

En efecto, el historiador explica el contexto, la circunstancia, el marco de las acciones, las causas que los individuos no suelen conocer cuando actúan, cuando acometen empresas particulares o comunes. Los historiadores, pues, saben más que los sujetos históricos.

Saben más del pasado de la humanidad. Y organizan esas informaciones de acuerdo con las reglas comunes de su profesión. En este sentido, la historia se aproxima a la ciencia, aunque no sea ciencia. Al menos no puede ser ciencia experimental: el investigador no puede reproducir las condiciones de un fenómeno.

http://www.editorialcomares.com/TV/articulo/3132-Doce_Lecciones_sobre_historia.html

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Antoine Prost es un eminente historiador de la sociedad francesa del siglo XX, a cuyos grupos sociales, instituciones y mentalidades ha dedicado muchos de sus esfuerzos, en especial al movimiento obrero. 

Ha sido director del Centre de recherches sur l’histoire des mouvements sociaux et du syndicalisme (Centre d’histoire sociale du 20ème siècle) y presidente de la asociación Le Mouvement social (que publica la revista del mismo nombre). 

Además, es uno de los estudiosos más destacados de la Gran Guerra, razón por la cual preside el comité científico de la Fondation nationale de la Résistance, de la Mission du Centenaire de la Première Guerre mondiale y del Mémorial de Verdun. Igualmente, es un reconocido especialista en asuntos educativos, con importantes obras sobre el tema y un compromiso social y político muy reconocido. 

Todo ello sin olvidar su señalada contribución a las reflexiones historiográficas, de lo que da buena cuenta este volumen. Antoine Prost (1933) es actualmente profesor emérito en la Universidad Paris I-Panthéon-Sorbonne y, entre sus variadas distinciones, cuenta con las de Commandeur de l’Ordre national du Mérite, Commandeur de la Légion d’honneur y Commandeur des Palmes académiques.

http://www.editorialcomares.com/TV/articulo/3132-Doce_Lecciones_sobre_historia.html

El Almirante Luis Carrero Blanco 

Lo primero que te impresionaba del Almirante Luis Carrero Blanco era la desproporción de su cara, exageradamente grande, con mucha carne. Sorprendían también unas cejas enormes y negras, que destacaban como supervivientes en una cabeza que iba despoblándose. Y no menos te impresionaban esos uniformes con guerrera o levitones impolutos que vestía con regularidad castrense, esas medallas y fajines.

Su presencia física desazonaba. Las cejas y los levitones le daban un aspecto hosco y las reverencias que le hacía al Caudillo te lo convertían en una especie de gigantesco lacayo. Probablemente no tuvo gran estatura (medía una cabeza menos que don Juan Carlos), pero cuando se retrataba con el Generalísimo, de cuerpo escueto, de anatomía limitada, Carrero parecía un buey.

Creo haber leído bastantes cosas sobre Carrero Blanco, principalmente por el atentado que sufrió el 20 de diciembre de 1973, ya que su figura no me interesó particularmente hasta años después. El atentado me conmovió.

Recuerdo haberme quedado de piedra viendo la televisión, supongo que horas después del estallido. He olvidado si tuvimos clase. Me acuerdo del enorme boquete que quedó en la Calle Claudio Coello. Un año después, cuando fui a Madrid por primera vez, no pude dejar de visitar esa zona y como con miedo me fui acercando. Me fui acercando a Claudio Coello. Allí ya no quedaban rastros ni socavón alguno, pero sentía que estaba pisando la historia.

Yo era muy inocente. Carecía de conciencia política. Únicamente tenía catorce años. ¿Pocos? ¿Muchos? Mentalmente vivía en un país inerte. Fue aquel atentado el que me despertó. Me dio miedo e incertidumbre, a qué negarlo. No se mataba a una eminencia del Régimen todos los días. Entre las estampas de aquel momento recuerdo especialmente a Manuel Alcalá, aquel periodista de grandes gafas rectangulares de pasta que se fue a la calle Claudio Coello a recoger testimonios.Sé que mis palabras de ahora no dicen nada de interés. Son unas más de los numerosos testimonios que se están escribiendo o publicando para recordar qué hacía uno cuando mataron a Carrero. Como los estadounidenses, pero en nuestro caso sin John F. Kennedy.

Andando el tiempo, veinte años después del asesinato leí Carrero. La eminencia gris del régimen de Franco (1993), de Javier Tusell. Esa obra me dejó un sabor agridulce, si me permiten esta cursilería. Por un lado, es un libro entretenido, con el dominio narrativo que tenía Javier Tusell, fallecido años después. Por otro, tras el trazo y el retrato del historiador, el personaje aparecía finalmente como un héroe discreto, como un señor de derechas que supo poner orden a lo que era un Estado desastroso, a lo que era un Régimen de escasa institucionalización. Bueno, bueno…

Sin duda, Tusell tenía un reto. El biografiado era la antítesis del personaje atractivo y mundano: oculto en la cúspide del poder durante casi treinta años (subsecretario, ministro subsecretario, vicepresidente y presidente), su protagonismo fue casi invisible. O al menos su presencia y conocimiento público no eran acordes a la importancia de sus funciones.

Seguramente en ello radica la clave de Carrero: gran poder y escasa visibilidad. Por tanto, que un empleado de oficina, redactor de informes y administrador de consejos y secretos sea objeto de una biografía entretenida es tarea meritoria del historiador. Pero la empatía es excesiva y la cercanía con el biografiado acaba resultando estomagante.

Ahora bien, Tusell tuvo la suerte o la habilidad de poder trabajar con fuentes históricas de primera magnitud. Eran indiscutibles la calidad y la naturaleza de la información utilizada por Tusell: entre otros centros, el historiador pudo visitar y consultar el archivo privado de Carrero, el archivo de Presidencia del Gobierno, Fondo López Rodó, que está en la Universidad de Navarra.

Por los muchos años que Carrero desempeñó el empleo de Consejero (1942-1973), su producción escrita es abundantísima. Y es de ella de la que se vale Tusell para elaborar este libro.

El autor se enfrenta a su tarea con capacidad, con soltura y olfato. El resultado es una investigación que subraya el papel central que Carrero tuvo en la consolidación e institucionalización del régimen franquista.

¿Cómo era el personaje que Tusell describe en este libro? Era un político accidental, un dirigente sin verdadera vocación o ambición personales, pero un hombre marcado por la Guerra Civil y, por tanto, obligado a asumir tareas ejecutivas, de gobierno. ¿Por tanto? Además, su retrato hace hincapié en la coherencia y sinceridad (falta de doblez) del individuo. Tusell pone el énfasis en la adscripción de Carrero, la familia política a la que perteneció y a las ideas que suscribió.

¿De qué concepciones se trataba? De un ideario monárquico que, aunque integrista y católico-ultramontano, le permitió frenar el protagonismo de Falange dentro del Régimen. Gracias a ello, Carrero habría podido desarrollar dos principios favorables para la posterior historia de España: su proamericanismo (por su anticomunista) y su monarquismo (que se consumó con la “operación salmón” en favor de Juan Carlos). Finalmente, Tusell destaca en repetidas ocasiones la honradez personal del Almirante. Punto y aparte.

Allí dónde están las virtudes de este libro, se hallan también sus puntos más débiles y discutibles, como antes decía. A mi juicio, sospecho que la figura de Carrero ha sido agigantada hasta el extremo. Franco aparece como un dictador dependiente de los consejos de Carrero, aunque –eso sí– siempre autónomo en el calendario final de la decisiones que le eran recomendadas, decisiones largamente demoradas algunas de ellas: estaba de cacería regularmente. Vamos, que Carrero le decía lo que tenía que hacer y que el Caudillo decidía cuándo lo tenía que hacer.

Tusell insiste continuamente en la coherencia, honradez y sinceridad del personaje, retórica del historiador que llega a hacerse insoportable. Una y otra vez, el lector debe recordarse a sí mismo que está ante la biografía de un personaje que fue un fiel servidor de una dictadura personal. Debe recordarse que está leyendo la vida de un Almirante con ideas ultramontanas, reaccionario y totalmente despistado o contrario a la mayoría de los avances de la modernidad y de la sociedad democrática.

Carrero impidió, sí, una total institucionalización del falangismo, favoreció el desarrollismo y la solución juancarlista. Pero fue un sujeto duro, implacable, franquista hasta las cachas. En este punto, Tusell analiza la repercusión de su muerte por atentado subrayando su inutilidad, la crueldad fría e ineficaz de sus asesinos: el historiador conjetura acerca de la posible retirada política de Carrero en el caso de haber sobrevivido a Franco. Es decir, hace en este punto una historia verdaderamente conjetural que, por supuesto, no puede ser afirmada ni desmentida.

¿Cuál es auténtico problema de esta biografía? Pues es un asunto que concierne a los historiadores y a los lectores, que concierne a quien escribe y a quienes gustan de la historia. El problema es que notamos, que apreciamos la aprobación oficiosa de la familia Carrero. Este libro sería impensable sin esa familia que franquea el paso al historiador. Y eso nos lleva a la objetividad de la investigación.

En realidad, ésa no es la auténtica cuestión: si no hay distancia física y emocional del biografiado o de la familia del biografiado, el historiador siente el aliento de esas personas en su cogote, comprende que está siendo vigilado cuando consulta documentos privados, cuando redacta, cuando completa, cuando publica el libro. La documentación pública te da absoluta libertad, las fuentes históricas que dependen de un particular te condicionan, te quitan margen de acción.

Imagino a Tusell con el fantasma de Carrero sobrevolando la estancia, soplándole al oído lo que debía interpretar, escribir, concluir. Imagino al historiador sofocado: por un lado, respetando su deontología profesional; por otro sintiendo la sombra tutelar del Almirante. Carrero dedicó treinta años de su vida a aconsejar a un dictador. Se las sabía todas. Vigilar y guiar a un historiador le habría sido muy sencillo. A pesar de la hosquedad de su aspecto, quiero imaginar a un Almirante persuasivo, diciéndole a Su Excelencia lo que es conveniente; quiero imaginar a Tusell resistiéndose…