Isabel Díaz Ayuso. Menudo atasco (2019)

Esto decía yo hace un año de doña Isabel Díaz Ayuso. Si me hacen la caridad de leer este post, por favor háganlo hasta el final.

Tiene truco…

Mi amiga Ana Serrano se lamenta de que una persona así vaya a alcanzar la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Me refiero, claro, a Isabel Díaz Ayuso.

No le ve mérito alguno al menos si la comparamos con Ángel Gabilondo, un señor reflexivo, prudente, moderado y con capacidades intelectuales bien acreditadas.

Fotografía: Europa Press

Ana no le ve mérito alguno, pues sería una persona sin cualidades reconocidas, reconocidas para desempeñar dicho empleo.

Ser catedrático no significa ser buen político necesariamente. Ya sabemos aquello que decía Max Weber cuando hablaba de la ciencia y la política: ambas como vocación y como profesión, ambas regidas por éticas muy distintas.

Pero lo que hace preferible a Ángel Gabilondo no es que sea catedrático, sino su raciocinio y mesura.

Punto y aparte.

En el transcurso de la noche electoral, una amiga me dijo algo parecido a lo revelado por Ana Serrano. Me dijo, además, que sorprendentemente Isabel Díaz Ayuso era abogada del Estado.

Vamos, que había superado dicha oposición. Increíble. Todo esto es así si escuché o entendí bien a mi amiga, que tengo el oído duro.

Hemos de suponer, concluía yo en nuestra animada o desanimada conversación, que alguien con esos títulos y méritos (abogacía del Estado) no puede ser tan zote.

No puede ser tan zote como es o aparenta ser, concluía yo, pensando quizá que mi sectarismo culpable (siempre culpable) no me había hecho ver lo que de verdad es Isabel Díaz Ayuso. No sé.

Y, sin embargo, las desafortunadas declaraciones que le hemos escuchado a esta candidata durante la campaña, retadoras y con su punto de estupidez, prueban lo contrario. Insisto: declaraciones retadoras y con su punto de estupidez.

¿A qué me refiero? Pues a que no puedo dejar de ver lo que es palpable. Isabel Díaz Ayuso no parece tener freno ni muchas luces. Me temo que es un ser tirando a zoquete. Me temo que quizá yo no anduviera tan desencaminado y no me nublara mi posible sectarismo.

Punto y aparte.

He querido comprobar los datos biográficos, su currículum, para compararlo con el nivel intelectual que demuestra cuando interviene en los medios.

He podido hacer algunas averiguaciones (al alcance de cualquiera, por otra parte) y mi primera reacción ha sido la de estupor.

Isabel Díaz Ayuso no es abogada. Menos aún, abogada del Estado. Mi amiga y yo estábamos equivocados. O yo solo, si oí mal.

Díaz Ayuso se licenció en Ciencias de la Información en la Universidad Complutense y de ella es doctoranda, añade el currículum oficial.

Doctoranda, doctoranda… Cuando en un currículum se dice que uno es doctorando y ese grado, que no lo es, permanece durante años, eso significa que no hay ni probablemente habrá doctorado. Se atasca, vaya.

Creo que hay otro doctorando inverosímil: Albert Rivera. No sé si ya ha retirado de su vida académica ese espantoso y originario gerundio.

Es como si me matriculo en primero de sociología o de antropología o de latines y digo que tengo estudios de esas carreras. Lo siento, pero no. No tengo estudios. Volvamos al currículum.

Tras graduarse, Isabel Díaz Ayuso estuvo ejerciendo determinados puestos en los gabinetes de Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes. Había ingresado en 2005 en el Partido Popular, justo cuando Pablo Casado ejercía la secretaría general de Nuevas Generaciones.

Su vida laboral se reduce a eso. Es decir, es un producto del partido, es un producto de la ‘fontanería’ del partido.

Es, pues, una gestora de puestos intermedios finalmente premiada con la candidatura a la Comunidad. Gestión de desechos… Si Dios y una hecatombe y un cataclismo no lo remedian, Isabel Díaz Ayuso será la presidenta.

En menudo atasco se van a meter los madrileños.

No me culpen

“El muchacho, pronto trastornado, tuvo un infancia sin amor y con graves carencias emocionales”, puede leerse en el folio primero del expediente.

Ya había alcanzado los 38 años cuando se conoció la tragedia. Con esa edad había dejado de ser joven, pues.

Cuando lo consulté, el expediente quiero decir, tuve que pedir autorización a la superioridad. Las fuentes muy raramente salen del depósito y siempre bajo la supervisión del Custodio Mayor.

Con permiso especial del Sr. Director se procede a fotocopiar, escanear o fotografiar escasísima documentación. Eso sí: sin que papelotes o retratos puedan ser retirados del Centro.

Lo primero que me llamó la atención de aquel historial no fue el grueso fajo de celulosa que formaba el legajo. Lo que sorprendía era la sucesión de imágenes, postales, retratos y viñetas que contenía el atadijo.

Conté hasta trescientas fotografías de vírgenes, de cantantes, de celebridades y, cómo no, del muchacho mismo con distintas edades y variadas fisonomías. Siempre con ese rostro aniñado.

Me detuve de entrada en un retrato policial que le habían hecho a los treinta y tantos. Es decir, hacia 1988. Quedé fuertemente impresionado.

Tenía perilla de villano, rostro malencarado, alguna entrada, un pelo entrecano mal cortado y poco favorecedor y un pendiente en su oreja derecha.

El cabello ralo se le veía sucio, yo diría que aceitoso y la impresión general era de poca higiene. Bien es verdad que no hay foto policial en que alguien salga favorecido.

Lo normal es tener un aspecto de facineroso o de broncas apenas contenido.

Tengo experiencia viendo retratos y puedo decir que frente a lo que pudiera pensarse la policía nos saca cara de arrogantes, no de modosos.

El muchacho aún se mantenía delgado en dicha instantánea. Eso sí: con mucha dificultad, pues según pude leer en un informe del endocrino que lo trató tenía tendencia a la obesidad.

Claro que las dietas que regularmente seguía no ayudaban. Según había confesado al médico que lo diagnosticó en el Centro durante su primera estancia por orden judicial, le gustaban el tocino, los garbanzos, la panceta rancia, los callos madrileños y, atención, los caracoles moros y el yogur de fresa.

Como anotó el doctor en sus papeles, “no consigo comprender qué tienen en común esos alimentos. Me los ha enumerado en este orden”.

Todo es raro visto de cerca, todo se nos antoja una incongruencia si no vemos inmediatamente su vecindad, su razón de ser.

En un informe policial fechado cuando tenía veintisiete años, el joven había declarado que le gustaban Pablo Abraira, Bruce Springsteen, Lou Reed, la Velvet Underground y Bob Dylan.

¿Quién puede entender eso? ¿Y por qué había revelado sus gustos musicales a los custodios? Tal vez, esa confesión tenía que ver con los atracos que por entonces cometía en comandita.

Él capitaneaba una banda de maleantes que se había especializado en radiocasetes y tiendas de discos. Hoy resulta chocante algo así, pero a finales de los setenta proliferaban esos aparatos y dichos comercios.

La foto que pude examinar más tarde, correspondiente a 1982, es muy distinta a la primera y más antigua que he descrito.

El muchacho lleva el pelo largo con ondas, con semblante desfasado de rumbero. O mejor: tal vez con un aspecto general parecido al de Camilo Sesto o al de Las Grecas.

En dicho retrato no da impresión de suciedad, sino de atildamiento: una camisa de seda o de raso con hombreras, entalladísima y abierta hasta el cuarto botón, pantalones de tergal ceñidos, marcando paquete y luego acampanados.

Los zapatos, con preceptiva plataforma, apenas se le ven ocultos por los largos camales. En la instantánea está resultón y hasta atractivo, aunque se le aprecia un aura anacrónica, fuera de tiempo.

Anestesiados y prácticamente envenenados los inhumó en un bancal urbanizable de Torre En Conill. Para eso excavó un agujero de cuatro metros de profundidad.

Nadie que contemple ese retrato puede imaginar o adivinar que acababa de enterrar a sus padres. Literalmente. Los enterró en vida, con vida, quiero decir.

Allí los echó tras haberlos llevado en su Renaul 5 Turbo, una joya de la automoción. No he conseguido averiguar cómo se había hecho con ese bólido.

Cuando años después, en 1989, unos operarios de la Urbanización tropezaron con los cuerpos, pudo hallarse también un tesoro, un tesoro bien dispuesto dentro de una caja de plástico.

El Sr. Juez ordenó la exhumación de los restos, rescatándose igualmente el conjunto de pertenencias que el muchacho había depositado junto a sus padres.

¿A qué me refiero? Enumero esas pertenencias:

-varias cintas de cassette (entre ellas, una de Camilo Sesto y otra de Pablo Abraira);

-una bolsa con distintas figuritas del Belén;

-una copia en VHS de la película ‘From Here to Eternity’;

-un saquito con pólvora humedecida y balines;

-y un fajo de dinero por valor de trescientas mil pesetas en billetes de mil.

Había además dos papeles manuscritos desleídos, prácticamente ilegibles. Uno era una carta de despedida con el reconocimiento de su crimen. El otro papel contenía la letra de una canción.

Por razones que se ignoran, la justicia nunca reveló, en la fase del sumario o después, el título y el autor de dicha canción. Y éste es sólo uno de los asuntos capitales que aún quedan por conocerse.

Al muchacho se le perdió la pista tras el descubrimiento de la fosa. Cierta prensa y algunas autoridades especularon muchísimo sobre las causas del crimen, sobre la maldad humana, sobre el desecho de la juventud perdida.

Yo, sin embargo, quise pensar a la contra suponiendo unos afectos desbordados, unas pasiones apenas controladas, un amor no correspondido.

Sí, ya sé que todo esto suena melodramático, pero es que vivimos así… Algo de amor había, sin duda, en este crimen ritual. Nadie me creyó, pero así lo sostuve en la crónica que publiqué en la revista ‘Pronto’. Lo titulé: ‘Pólvora mojada’.

Aquí mismo adjunto una fotocopia por si alguien quiere informarse. Lo escribí con erudición tras muchas indagaciones.

Creo que de todas las que he publicado es la pieza periodística de la que estoy más satisfecho. Ustedes pueden corroborarlo cuando la lean.

Por favor, no me culpen.

Lindo. La novela del padre

Las preguntas de la infancia son las que perduran, las que no podemos desechar.

Pasa el tiempo, pasan los años lentos de la adolescencia y, sin embargo, ahí siguen con toda su latencia. Con todo su estupor.

Nos fijamos en nuestros progenitores y, cómo no, advertimos en esas personas algo que es nuestro, algo que no lo es o no queremos que lo sea, algo que nos resulta extraño y hasta vergonzoso.

En el padre, por ejemplo. Detengámonos en él.

Freud lo fijó como la figura de la Ley, el Orden, ese ser que nos arrebata a la madre y el paraíso. Lo estableció y lo definió así en una sociedad que ya no es la nuestra.

Ahora, ese ser está seriamente cuestionado. De ver en él una figura indiscutible y protectora pasamos a descubrir un tipo lastrado y lisiado.

No es el hombrón que creíamos. O, si su estatura permanece, ya no vemos al héroe en quien fijarse o admirar.

Por hache o por be, su figura se achica, se arruina y su cuerpo, que fue desmesurado, que fue un falo temible o envidiable, ahora es, uno más, un fallo irremediable.

Lo van venciendo la edad y sus excesos o, a la postre, una debilidad que resultó congénita y que ahora se convierte en hipocondría mal disimulada o en un malestar crónico.

Advertimos sus incongruencias, sus irracionalidades, esas cosas que dicen, que predican, y que luego no hacen; o al revés: esas metas que se proponían y que incumplen para sorpresa nuestra.

Los adultos son decepcionantes, sí, esos padres nuestros que no están, que nunca estuvieron, a la altura imaginada.

Siempre cabe soñar, incluso, con que hemos sido víctimas de un engaño.

Podemos conjeturar con la convicción de que esos que dicen ser nuestros padres son en realidad unos impostores.

¡Pero si eres clavadito o clavadita a tu papá, pero si tienes su genio o sus manías! Son pruebas palpables de la genética, del linaje.

Es igual. La superchería es perfecta: claro que nos parecemos a esos que dicen ser nuestros progenitores.

Las grandes mentiras y los fraudes perfectos son aquellos hechos con restos de verdades.

¿Y a qué conclusión llegamos? Normalmente aprendemos a vivir con la frustración: la resignada aceptación de que ese padre efectivamente decepcionante por imperfecto es de verdad nuestro padre.

Es duro admitirlo, pero el resultado puede ser liberador (estoy es lo que hay, esto es lo que da de sí la raza).

O puede ser insoportable: ajá, nos resignamos: es nuestro padre pero, qué quieren, parece tener todos los defectos.

En un certamen mundial de paternidades imperfectas, éste se llevaría el máximo galardón. O, peor aún, quedaría el segundo.

En ambos casos, de grado o por fuerza, aprendemos a frustrarnos, a tolerar la decepción, pues tampoco nosotros, estos nuevos adultos, estos nuevos padres, somos gran cosa.

Bien es verdad que a veces nos engañamos con ganas para así creernos mejores. Pero los tropiezos que tenemos o que tengamos nos harán apearnos.

También somos varones decepcionantes para nuestros hijos y para nosotros mismos. ¿Y en esto consistían las promesas infantiles de omnipotencia?

Qué equivocados estábamos: tropezamos perezosa o enérgicamente con las cosas que no sabemos hacer, con las metas que jamás alcanzaremos.

Por eso se nos verá como padres lamentables o avasalladores o poco fiables o torpes. Vaya hombres.

Dado que a ojos de los demás siempre recaemos en los mismos vicios o cometemos las mismas faltas, dado que el presente siempre nos muestra derrotados o mal acabados, entonces algunos hijos de entonces o de ahora encuentran una solución manejable.

¿Cuál? Escribir sobre ellos, relatarse un pasado, rehacer los años pretéritos. ¿Acaso con una identidad mejorada o con unas gestas memorables?

En las autobiografías falsas se hacen desaparecer las mezquindades, las torpezas o una vida calamitosa.

En las novelas verdaderas, ese pasado y el padre vuelven verosímiles, creíbles, bien defectuosos y humanos.

Elvira Lindo ha escrito una novela verdadera, no una autobiografía falsa. Se titula A corazón abierto (2020).


Ilustración de Cubierta: Miguel Sánchez Lindo.

Tiene dotes excepcionales como narradora. Domina como nadie el arte de contar para así hacerse creer y querer. Con ternura y con dureza.

Sus novelas, sus diarios, sus crónicas o reportajes revelan autenticidad. Aunque le aplique el filtro de la ficción, el resultado es siempre el de una prosa transparente, con mucha energía emocional.

Cuidado con la autenticidad y cuidado con la energía emocional, que Elvira Lindo es mucho más que eso.

La autora se salva de esas virtudes que pueden ser vicios. En su obra, la cosa no acaba ahí, en esos rasgos. Ni mucho menos.

Cuando escribe…, investiga, hace pesquisas sobre hechos y caracteres, personas reales o remotamente reales que acaban convertidas en personajes de hechuras ficticias.

Cuando escribe bien pronto se pregunta por lo que bulle sin forma literaria. Elvira Lindo da esa forma a lo que son historias cotidianas y hasta ordinarias.

Ahora bien, una vez aplicado el filtro puramente literario, lo ordinario se convierte en extraordinario. Y lo ordinario son los padres, los reyes son los padres, no hay magia que de ellos proceda y que perdure.

O sí, si sabemos verlos con realismo y ternura. Nos decepcionan tempranamente por previsibles o por imprevisibles, por apocados o por temerarios.

Eso ocurre, por ejemplo, con la figura principal de esta novela, el padre. El Padre que se impone por su físico y por su ánimo, tan desenvueltos.

Son los propios de una figura caprichosa y trabajadora, atrabiliaria y desprendida, protectora y alocada, una figura a la que no frena o no puede frenar una madre tempranamente enferma y muerta.

“Desearía dejarte aquí para siempre, Padre mío, en esta huerta. Quisiera que éste fuera el final de tu viaje, que no recuerdes ni veas más allá de esta tierra, que no te enfrentes al hecho de que tú también fuiste injusto y duro. Lo fuiste, pero ¿cómo no ibas a serlo? Te observo risueño y confiado, habitando al fin el universo de tus tiernos nueve años, tras convivir con la bestia de la guerra, aquella guerra que como bien presentías en tu aprensiva desconfianza no había muerto del todo. Esta tierra debiera ser el territorio en que el transcurren las vidas de los inocentes. No sigas caminando hacia el futuro, Papá”.

No voy a reproducir mas párrafos o citas de ‘A corazón abierto’. No creo que ustedes se merezcan que yo la destripe o la ampute. Léanla.

Si fuera un cursi (cosa que no descarto), diría que su lectura es terapéutica o balsámica. Pero no lo digo. Creo simplemente que su lectura es un placer para quienes somos padres y para quienes somos hijos.

Pero sobre todo es una pieza memorable para quienes aman la literatura familiar, esa tradición que lleva de Iván Turgenev a Alice Munro, pasando por Anton Chéjov o Natalia Ginzburg. Esa tradición repleta de padres e hijos…

¿Qué fue del rey?

Releí días atrás Hamlet, de William Shakespeare, gracias a Toni Zarza. En su Club de Lectura, aquel que se celebra en el Museo L’Iber, de Valencia, lo tenían como obra a debatir…

Digo que lo releí gracias a él porque, al enterarme, quise compartir con Toni esta experiencia: que pudiéramos hablar sobre una pieza verdaderamente inmortal.

Sí, ya sé que el teatro es para verlo, para acudir a la sala, para disfrutar la representación, para evaluar la adaptación. Es más, podemos discutir si Laurence Olivier o Kenneth Branagh… Etcétera.

Hamlet (1948), de Laurence Olivier

Pero, qué quieren, siempre he tenido el vicio de leer obras dramáticas. Me encanta incluso pronunciar en voz alta los diálogos, casi declamarlos, pero no menos placer me procuran las acotaciones.

Hamlet, como otras obras de Shakespeare, la leí siendo joven y, la verdad, hacía años que no había vuelto a ella.

Uno cree saber de qué va aquello que vio representado o que leyó en su momento. No es así. La experiencia es siempre nueva, sorprendente.

Ustedes dirán…

En Hamlet (1599-1602) ocurren ciertas cosas que hay que enumerar. Paso a detallarlas sin que el orden implique mayor o menor importancia. Perdonen los ‘spoilers’, cuatrocientos años después.

Hamlet, príncipe de Dinamarca, ha regresado del extranjero para llorar la repentina muerte de su padre. Cuando llega descubre que su madre Gertrudis se ha casado con su tío Claudio, el nuevo rey.

De noche, Hamlet se encuentra con el fantasma de su padre, quien le insinúa que murió a manos de Claudio.

Durante el resto de la obra veremos al príncipe fingiéndose loco. Entre otras cosas para tratar de descubrir la verdad acerca de la muerte de su padre.

Entremos…

Estamos en Elsinor, Dinamarca, tierra próxima y lejana, propia y ajena. Aquello a lo que asistimos es local y universal. Lo que inmediatamente descubrimos es la muerte del rey Hamlet, el soberano de Dinamarca.

Como se ha apuntado más arriba, la escena tiene lugar en Elsinor, en Dinamarca. Unos centinelas ante el castillo del rey ven a un espectro que ya se les había revelado la noche anterior.

El espectro se asemeja enteramente a su antiguo rey, el soberano muerto: “No puedo interpretarlo exactamente, pero, en lo que se me alcanza, creo que esto presagia conmoción en nuestro estado”, dice Horacio, amigo del príncipe Hamlet.

¿Cuál es el punto de partida? Estamos ante un crimen, la muerte del progenitor y legítimo rey. Estamos ante el crimen cometido contra el padre, a quien el hijo, de veinte años, tenía en gran estima y admiraba. Ese fallecido es el hombre virtuoso, el varón recto.

Desde la antigüedad clásica, el hijo está obligado a guardar o proteger el buen nombre de su progenitor, de su linaje. Recordemos a Ulises y a Telémaco…

El rey ahora fallecido reúne cualidades admirables. No es un personaje del pasado o un ser distante del que guardar memoria.

Es, por el contrario, un espectro que regresa (“Enter Ghost”, leeremos repetidamente en las acotaciones originales).

Es literalmente algo remoto y a la vez cercano, alguien familiar y ya distante, un ser siniestro que vuelve para incomodar a los vivos por su villanía y que retorna para que se haga justicia. O para que se practique venganza.

En los cuentos populares, el héroe debe salir de su ensimismamiento o rutina para hacer justicia. ¿Qué cosas?

Pues, por ejemplo, para reponer un tesoro robado, para devolver una princesa a sus legítimos padres o para restaurar el orden, para acabar con una injusticia que se debe a la acción infame de un villano y de sus potenciales aliados.

En la circunstancia heroica, los villanos deben recibir su merecido. Así pasa en los cuentos.

¿Ocurrirá también en una obra, Hamlet, que es… una tragedia? ¿Hay un orden a restaurar o un desorden y caos a provocar?

El orden nuevo es aquí el resultado de la boda precipitada de la viuda, de la madre de Hamlet, con Claudio, ese nuevo rey. Claudio es tío del príncipe, ya lo sabemos, y es un individuo a quien el huérfano desprecia.

En la madre hallamos la doblez y el interés sublunar, un personaje sin moral alguna que destruye los afectos. Nunca sabremos con exactitud si además es corresponsable del crimen.

En Claudio, en ese nuevo rey, no hay bondad o cualidad, no hay rasgo de honor, físico o de otra índole, que lo distinga o lo exalte. Carece de grandeza.

Hamlet sólo ve en él a un tipo ordinario y depredador al que desprecia, un tipo al que sabemos responsable de la muerte del padre y usurpador del reino.

¿Y qué papel desempeña el espectro? El espectro, la aparición del padre tras su muerte, es la epifanía y la expresión de lo siniestro.

Lo siniestro para Sigmund Freud es lo que habiendo sido familiar y entrañable está enterrado o mal enterrado… para finalmente regresar de lo oculto, de lo disimulado, quebrándose así el orden aparente, falso.

El fallecido o, mejor, ese espectro que se revela ante Hamlet es quien aclara el enigma de su asesinato y es quien provoca, induce o destapa el delirio del hijo, también su locura fingida.

Saber más de la cuenta no alivia, sino que destruye. ¿Acaso no sería mejor permanecer en el error o el engaño?

A vista de todos, Hamlet pierde la razón y, con el saber o el conocimiento, pierde metafóricamente la vista (la capacidad de discernimiento) y la vida o, si se prefiere, el sentido de la vida, del amor.

De ahí que corte o le obliguen a cortar las relaciones con Ofelia, justamente para no llevarla al abismo, para así impedir que se precipite. Pero por varias razones Ofelia se precipita.

Los soliloquios que Hamlet mantiene ante los espectadores tienen una función declamatoria y tienen una función reveladora.

Conocemos las tribulaciones de Hamlet y su trastorno, su locura, su locura fingida, los ardides que urde. La vida de Hamlet peligra.

En primer lugar por el conocimiento que lo perturba: alberga en distintas ocasiones la idea o la meta del suicidio. Duda y se retrae: quitarse la vida comporta la condena eterna. Lo sobrenatural lo reprime y se materializa.

Mientras el hijo duda en un espacio que lo ahoga, en un marco que lo asfixia, rodeado de influencias, mientras descubre y asume el horror…, a la vez tantea y programa estrategias. Y simultáneamente corre un grave riesgo.

El usurpador, Claudio, lo quiere lejos o, en último extremo, muerto.

Decía Norton Frye en On Shakespeare que para los ingleses del siglo XIX Hamlet era la obra central del dramaturgo. Quizá porque la obra planteaba, fuera de contexto, preocupaciones muy presentes en el Ochocientos.

¿A qué se refería? A la acción y la reflexión, al acto y su consciencia, a la rectitud, al deshonor. Entre otras muchas cosas, quizá Hamlet nos enseña qué es ser depredador, rey depredador, y cuáles son sus consecuencias. Nos enseña cómo oponerles frente.

Para los espectadores ingleses del siglo XIX, esta pieza de Shakespeare les muestra y revela el poder del Imperio y las hipocresías que lo rodean. Y esta obra les obliga a reflexionar sobre el orden y el desorden.

El orden queda representado por Hamlet y su padre ya fallecido. Claudio, el usurpador, es también quien funda el nuevo orden, una falsedad cimentada en el crimen y la mentira.

Claudio es alguien que comete asesinato y latrocinio, que destruye con la ignorancia o anuencia de su cuñada y finalmente esposa.

Claudio será igualmente abatido. Hamlet es quien venga y restaura (¿hasta qué punto restaura o puede restaurar?) un orden ya quebrado.

Hamlet es un mito de la civilización occidental convertido en tal cosa gracias al genio y al ingenio de Shakespeare y a los efectos que dicha obra ha tenido tras sus representaciones y lecturas. Tras cuatrocientos años.

El personaje es un referente constante en la obra. Todo gira en torno a él. O bien por aparecer en escena o bien por ser nombrado, citado, aludido por otros personajes.

La intriga tiene que ver con su melancolía y delirio, tiene que ver con su dolor de hijo, con su sufrimiento. Todo ello se multiplicará en cuanto descubra y confirme la felonía de su tío.

La obra, Hamlet mediante, es la búsqueda de la verdad. La búsqueda de la verdad frente a los restantes implicados, frente a quienes descreen de su porfía.

Más aún, quienes rodean a Hamlet juzgan su actitud como propia de un demente: un humano aquejado de locura, visitado por espectros. “Señor, habláis sin orden ni medida”, le dice alguna vez su dolorido amigo Horacio.

¿Padece insania, no la padece? Hamlet actúa y procede de modo confuso. Por eso, cuando la madre, que ha sido convocada por el hijo, no vea al espectro que el hijo dice ver, ¿qué cabe pensar?

De entrada cabe pensar que Hamlet padece en efecto algún tipo de trastorno que le hace desechar la felicidad y el sentido del mundo.

En realidad, más que el espectro de su padre, es el propio Hamlet una suerte de figura fantasmal aquejada de ensoñaciones enfermizas, tóxicas.

Hamlet es un personaje trágico, un héroe perturbado, el carácter de un ser que sufre, incluso ajeno al mundo:

“¡Ah, Dios, qué enojosos, rancios, inútiles e inertes me parecen los hábitos del mundo! ¡Me repugna!”

La muerte de su padre es una tragedia, por supuesto, pero es sobre todo una obsesión patológica que le lleva desechar todo aquello que le concierne.

Se nos muestra irónico, sarcástico y hasta cínico. Es por eso por lo que perderá a Ofelia, hija de Polonio. Sólo Horacio, su amigo, le resulta atendible.

Hamlet es también un personaje batallador, un héroe propiamente guerrero. Vence a Fortinbrás, reta a Laertes, también hijo de Polonio. Al mismo tiempo, Hamlet se juzga cobarde o retraído.

De hecho, no parece hacer nada para vengar la muerte de su progenitor. Está lleno de dudas.

“Ser o no ser, esa es la cuestión: si es más noble para el alma soportar las flechas y pedradas de la áspera Fortuna o armarse contra un mar de adversidades y darles fin en el encuentro (…). Morir, dormir: dormir, tal vez soñar”.

Pero, a la postre, Hamlet es un personaje resolutivo, con determinación.

¿Qué nos enseña Hamlet? Las lecciones son múltiples.

La obra nos muestra la verdad y la mentira y lo que de una u otra se deriva. Nos muestra algo que es profundamente social y ambivalente: la hipocresía.

Hamlet encarna la verdad frente a la traición y el ocultamiento. Él rechaza la mera apariencia, la impostura. Ante a la falsedad opone la verdad, los sentimientos auténticos.

“Lo que yo llevo dentro no se expresa”, dice Hamlet. O al menos no se puede fingir.

Por eso, le repugnan especialmente las actitudes de su madre, esas apariencias y esos énfasis de duelo. A su juicio, todo lo que ella hace es impostación. “Todo eso es ‘parecer’, pues son gestos que se pueden simular”. O, en otros términos, el “ropaje de la pena”.

Lo que Hamlet nos muestra es un repertorio de personajes falsos, que se traicionan unos a otros, que actúan maliciosamente, que se adornan con disfraces morales, que blanquean sus fechorías y que, además, no sienten culpa por ello.

Obran exclusivamente de acuerdo con su interés o se defienden empleando la hipocresía o la mentira para encubrir sus maldades.

Enfrentarse a la realidad en Hamlet abiertamente y con sinceridad comporta un riesgo: la demencia, la muerte. La circunstancia es, pues, trágica.

O bien actuamos guiándonos por la falsedad y la hipocresía, cosa que nos lleva al crimen; o bien obramos de acuerdo con la realidad y la verdad, cosa que nos lleva al delirio.

No hay salida. La muerte es la salida.

La representación dramática que hay dentro de la obra teatral (Hamlet) es una epifanía y es una revelación de la verdad. La ficción que se representa ante Claudio le sirve a Hamlet para mostrar lo que en realidad se oculta.

En Hamlet, como en otras obras de Shakespeare, el papel del monarca es esencial en la vida de sus súbditos, marca su ‘fatum’, su destino.

Si el soberano obra incorrectamente o actúa movido por instintos corruptos, todo su reino se resentirá. Todos pagarán por sus vicios.

Punto y aparte.

Mi lectura y esta pequeña glosa son cosa menor. Lamento escribir tan pobremente de algo tan grande. No me gusta esto que ahora acabo de anotar. Lo he escrito demasiado pegado a mi relectura.

Las mil y una cosas que podrían decirse no las digo y eso mismo me ha dejado insatisfecho. Volveré a leerla para reescribir mejor mi glosa.

Pero a la vez me ha hecho pensar en la monarquía, en el príncipe y en el depredador, caracteres isabelinos y, a la vez, personajes de ahora mismo. De siempre.

Que el mundo no se nos venga encima

Uno de los géneros que mayor interés despierta entre los lectores académicos —y que yo, personalmente, prefiero— es el del ensayo filosófico o sociológico sobre el presente político, sobre el mundo actual. Digo “prefiero” porque no por casualidad imparto una materia universitaria que se llama Historia del mundo actual.

El ensayo sobre lo que acontece, o sobre la historia inmediata, evidentemente nos da pistas acerca del mundo que se nos viene encima, ese mundo en que vivimos, un mundo que se nos antoja desbocado o frecuentemente desbocado.

La imagen es recurrente. Como un caballo propiamente desbocado, la bestia marcha al galope en dirección imprevisible, cambiante, tanto que parece haber olvidado su doma. Si el mundo se parece en algo a esto, es normal que las mentes más preclaras de los académicos y analistas se apresten a investigar qué ha pasado, qué está pasando, qué puede pasar.

Nos va la vida en ello. De ser cierto lo anterior, cabalgaríamos a lomos de un caballo desbocado, ¿no es cierto?

Escribir un ensayo que frene, que nos frene, que ilumine, que aclare, parece ser la meta de quien lo escribe, pues. Es la suya —la de historiadores, sociólogos, politólogos, etcétera— una acción benemérita: nos ayudará a muchos contemporáneos a entendernos, dándonos cuenta y razón de lo que apenas entendemos.

Ocurren tantos hechos insólitos, imprevistos, que necesitamos una explicación cabal de lo sucedido. Eso se da en la vida colectiva, pero lo padecemos en la existencia de cada uno de nosotros: testigos, protagonistas o convidados de piedra en un mundo cuya marcha y cuyo significado ignoramos. Se hace costoso vivir así.

Supongamos… Imaginemos que eso mismo (lo azaroso, lo contradictorio y lo imprevisto) nos acaeciera constantemente a cada uno, en nuestra propia existencia individual. Vamos, que se nos viniera encima cada dos por tres. En ese caso, cada uno tendría urgencia por aclarar qué le ha pasado, qué le está pasando, qué le puede pasar. Tanta novedad nos resultaría asfixiante, un puro aturdimiento.

Las rutinas nos ayudan a no pensar demasiado, a no cavilar en exceso, a resolver por hábito y con sentido práctico lo que hacemos cada día. Sería muy cansado y hasta agotador innovar cada día, que nuestro cotidiano acontecer fuera una auténtica aventura.

Lo previsible nos ahorra cogitaciones y acciones. La rutina es economía de medios y de actos. Por eso llevamos mal o muy mal la incertidumbre, ese azar que rompe lo cotidiano no siempre para bien. Los individuos se sirven de hábitos que ni siquiera ellos han inventado.

Y las instituciones, las empresas, las administraciones se sirven de reglamentos bien prescritos, fijados y establecidos. Eso permite saber de antemano qué va a hacer cada uno y qué cabe esperar de los otros y de la propia organización. Gracias a este orden, el mundo de las empresas y de las instituciones marcha con normalidad, salvo imprevistos, y por ello se pueden hacer planificaciones.

Ahora bien, somos tantos en el mundo y son tantas las organizaciones, asociaciones, gobiernos, empresas, etcétera, con metas tan distintas, con objetivos tan diversos, que el mundo siempre está en tensión y hay momentos en que está al borde del desorden y hasta del caos.

Hay colusiones y colisiones, hay alianzas y hay enfrentamientos por los recursos o por los objetivos y eso y otros azares hacen que el planeta parezca estar frecuentemente al filo del abismo o del prodigio, de la buena suerte o de la pura chiripa de efectos ignorados.

Las guerras mundiales, por ejemplo, son casos bien evidentes. En ambos conflictos, la consumación de las fricciones lleva las naciones al desorden y al caos, a la destrucción. Esas fricciones se basan en informaciones, una parte de las cuales son correctas y otras, no.

Además, la acción de los futuros contendientes se basa también en un cálculo o previsión. ¿Obrará racionalmente, razonablemente, mi potencial enemigo? Ni los expertos más consumados y con mejores informaciones están seguros. De repente, el individuo, hasta el individuo más motivado, se sorprende de la deriva catastrófica o sencillamente imprevista de los acontecimientos y de sus consecuencias.

Cambiemos de ejemplos. Pensemos en el fin del Proceso de Reorganización Nacional (el cese de la dictadura en Argentina, 1976-1983). O pensemos en la caída del Muro de Berlín (1989). En estos casos había numerosos indicios más o menos inmediatos o inminentes de que tales cosas podían pasar.

Pero hasta los expertos más refinados (los sovietólogos, sin ir más lejos) no pudieron anticipar en masa y con mucha antelación lo que finalmente ocurrió en la URSS. Una cosa es desear que algo suceda y otra bien distinta es saber a ciencia cierta que eso sucederá.

Y cuando sucede, si no somos unos cínicos o mentirosos, no dejamos de sorprendernos. Es entonces cuando nos preguntamos por qué, cómo fue posible, qué lo provocó: las guerras o el final de la dictadura argentina o el fin del Imperio soviético. O tantos fenómenos colectivos que cambian el mapa del mundo o de una región.

Las instituciones y las empresas encargan sus informes, esos exámenes bien pagados hechos por expertos. Necesitan saber cuáles son y sobre todo serán las condiciones de sus respectivos mercados o ámbitos de intervención. Pero hay también otros expertos, que son académicos generalmente universitarios, que publican sus ensayos de actualidad, sus livres de circonstances.

¿Y qué verificamos? Pues lo falibles que son esos estudios, lo perecederos. Muy frecuentemente, con los mejores datos y las mejores informaciones, las mejores cabezas yerran, yerran tanto, que esos libros que leemos nos dejan pronto insatisfechos. Raro es volumen que nos convence duradera y enteramente y, por ello, persistimos como lectores.

Persistimos, pero para luego corroborar incluso nuestro propio error, tan frecuente. O eso creemos. Confirmamos que lo que en sus páginas creíamos acertado resulta finalmente erróneo y aquello otro que considerábamos equivocado era lo correcto. Un lío, pues, que nos hace persistir.

Y por ello leemos mas, leemos durante décadas, y a la postre así pasa: que acumulamos erudiciones inválidas, arruinadas, desechadas. Nos hacemos una cultura sociológica o filosófica o histórica de museo o ya descartada.

Pero de todo se extrae lección. O, como decía Umberto Eco, un libro es como un cerdo. De sus partes, todo se aprovecha. Y, de esos libros sobre el presente pronto desfasados, todo se aprovecha también.

Los escriben sociólogos, historiadores, antropólogos, filósofos, politólogos y economistas. Los escriben ante cada cambio profundo, inesperado o con consecuencias graves y duraderas.

Estos académicos nos dan su visión documentada de los hechos actuales y nos muestran el proceso que nos ha llevado hasta el presente. ¿Son certeros? ¿Observan y detallan con precisión?

Pues depende, claro, y hasta de los desaciertos más clamorosos, de los diagnósticos y pronósticos más erróneos, podemos aprender, ya digo.

Por lo que hemos podido constatar, para unos pocos casos que son excepción jovial u optimista, esos ensayos suelen tener casi siempre un tono pesimista, incluso fatalista. Si repaso la nómina de los volúmenes que he leído sobre estas materias desde 1989, me doy cuenta de que, salvo el momento inmediato a la caída del Muro de Berlín, todos suelen ser sombríos.

Esos libros suelen destacar la desazón, las disfuncionalidades, la desafección política, el deterioro democrático, la emergencia de los extremismos, el terrorismo global, la multiplicación del riesgo, la constatable decadencia, el daño ecológico, la más absoluta incertidumbre. Citemos unos pocos de los últimos años, algunos de esos libros esencialmente políticos que diagnostican el malestar y que periódicamente quedan obsoletos pues los síntomas también cambian.

Algo va mal, de Tony Judt, Pensar el siglo XX, de Tony Judt y Timothy Snyder, Veinte lecciones que aprender del siglo XX, de Timothy Snyder, El camino hacia la no libertad, de Timothy Snyder, La luz que se acaba, de Ivan Krastev y Stéphane Holmes, Cómo perder un país, de Ece Temelkuran. Etcétera, etcétera. Describen el deterioro del Estado del Bienestar, la crisis política del mundo tras el final de la Guerra Fría, la emergencia del autoritarismo.

En esos diagnósticos, la desaparición de la URSS, no habría dado lugar a la promesa de democracia universal que nos anunciara Francis Fukuyama en su célebre ensayo sobre El fin de la historia (1989). Reparemos brevemente.

La victoria del liberalismo sobre el comunismo le permitía a Fukuyama augurar el fin definitivo de “la alternativa marxista-leninista a la democracia liberal”, así como “el completo agotamiento de sistemas alternativos viables al liberalismo occidental”.

En tales circunstancias, la “democracia liberal occidental” se convertía en “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad”. Y, así, dado que “los principios básicos de los estados liberal-democráticos” son “absolutos e inmejorables”, lo único que restaba por completar era la extensión de “estos principios por toda la geografía, de manera que cada una de las distintas regiones habitadas por la civilización humana alcanzase el nivel más avanzado posible”.

Como sabemos, las expectativas de Fukuyama podían tener un sentido normativo, pero nada predictivo. Por ello el mapa posible de la democracia venidera no se cumplió, lo que no empaña los valores de la democracia y de la declaración universal de los derechos humanos como fundamento normativo de la democracia.

Ésta, la democracia, es el régimen más civilizado y deseable, pero ni su funcionamiento es siempre ejemplar (ni mucho menos), ni se ha extendido por el mundo. Lamentablemente no todos comparten la evidencia de sus bondades.

Antes al contrario, la Europa del Este, en diversas partes y con distinta cronología, se habría ido convirtiendo en un espacio de regímenes autoritarios y populistas. Eso sí, esa región tendría su propio zar o remedo del zar con la figura de Vladímir Putin como principal responsable de una política crecientemente oligárquica y antidemocrática, y marcada por un nacionalismo ruso y cristiano de proporciones inverosímiles.

Por su parte el oeste, el occidente capitalista, también habría ido deteriorándose, en una deriva de tendencias igualmente populistas, amenazadoras y liquidadoras del Estado social, del Estado del bienestar, de la sociedad del bienestar construido a partir del pacto de posguerra. La figura epónima de esta deriva, de este deterioro, estaría encarnado por Donald Trump.

Muchos, pero muchos ensayos políticos de última hora (de penúltima hora, mejor dicho) trazan el estado del antiguo mundo bipolar en estos términos. A esa radiografía simple que aquí abrevio por razones obvias se añaden en mayor o menor medida otros factores disruptivos: el cambio climático, la amenaza fundamentalista, la rivalidad de los distintos polos asiáticos y la presunta fatalidad del subdesarrollo del Tercer Mundo.

Habrá que seguir aprendiendo de los que saben, de quienes escriben con los mejores datos y con los pensamientos más equilibrados y audaces, pues cada día hay factores nuevos que invalidan o dañan hasta las radiografías más finas y exhaustivas.

El mundo —leemos en un pasaje apocalíptico e irónico de El nombre de la rosa— “siempre está a punto de acabar”. Pues por eso mismo habrá que seguir leyendo diagnósticos acerca de su estado, habrá que armarse y amueblarse bien la cabeza, aunque las piezas queden pronto obsoletas, no sea que ese mundo se nos venga encima por falta de cerebro.

Piove, porco governo

Tengo serias dificultades para entender a la especie humana, siempre timorata y a la vez siempre tan sobrada para juzgar a los demás.

La confianza que deposito en mis congéneres, en su sensatez, decae en estos momentos. En estas horas y días de transición.

No es arrogancia. Debo decir que jamás he tenido grandes expectativas con respecto a la Humanidad: conociéndome…, no dispenso mucho crédito a mis iguales.

A la vez, y sin saber exactamente por qué, peco de optimismo. Siempre pienso que de situaciones peores hemos salido. Me incorporo al plural indebidamente…

Digo indebidamente porque ninguno de esos momentos gravísimos que la Humanidad ha atravesado me ha tocado padecerlo.

Ni como testigo, ni como protagonista. Ni la Peste Negra, ni el Cólera-Morbo asiático, ni la Gripe Española, ni la Guerra Civil, ni la Segunda Guerra Mundial.

Es decir, que he sido muy afortunado si me comparo con mi padres, con mis abuelos, etcétera.

Esas generaciones y las que las precedieron fueron gente de fuste y de gran resistencia.

No me habría gustado estar en su circunstancia rodeado de tanto quejica actual, pero me hago cargo.

Me hago cargo gracias a la historia. La disciplina histórica te permite examinar y examinarte, comparar lo que de entrada es incomparable.

Quiero decir: no hay nada de nuestra circunstancia actual que pueda cotejarse con lo vivido o padecido por nuestros ancestros.

Vivimos rodeados de seguridades, de garantías, que nuestros antepasados no tuvieron, no pudieron gozar.

Es más…, o peor aún: vivimos rodeados de gentes que obran insensatamente. He estudiado historia, pero a la vez carezco de conocimientos, recursos, saberes suficientes.

Saberes suficientes que me permitan examinar con mucho detalle el comportamiento de los individuos y, por extensión, las acciones de las muchedumbres.

Pero el sentido común siempre ayuda…

He ido a los supermercados locales a los que acostumbro para abastecerme de lo necesario. Ni más ni menos.

Juro que he regresado voluntariamente sin papel higiénico, cosa que quizá sea una temeridad. Nos vamos a cagar… O eso parece.

Yo fui a adquirir lo que semanalmente necesitamos en casa. Es bastante rutinaria la compra, pues la programación la tengo prevista.

Lo que me he encontrado ha sido una devastación demente y un vacío.

La verdad es que quiero estar optimista (pues lo soy por naturaleza), pero el público municipal y espeso del que formo parte acaba siendo patético, terrible y ridículo.

Ya está bien de echar la culpa a las autoridades locales, autonómicas o españolas.

Hay internautas en las redes sociales y hasta algún experto sanitario que se nos están poniendo muy finos.

“Los de arriba”, he oído con desprecio en alguna grabación. El sanitario, éste concretamente, se refería a nuestros dirigentes, que no habrían querido afrontar la gravedad de la situación.

Así, sin más, lo suelta. Lo dice este o aquel. Lo dice este o aquel con ínfulas cuando lo cierto es que debería morderse la lengua.

Mi padre fue ATS, sanitario y un enfermo crónico de los bronquios, y sé que hoy hablaría con extrema prudencia.

Lo primero que habría que pedir a todos, potenciales pacientes o abnegados sanitarios, es que no queramos saber de gestión hospitalaria y epidémica.

No queramos saber como si estuviéramos habituados a circunstancias como éstas. Hay que ser humildes. Esto, en muchos sentidos, es nuevo…

Saben quienes programan y saben quienes calculan las consecuencias materiales y económicas de las decisiones políticas. Saben quienes pueden aventurar los comportamientos de pánico.

Lo contrario, hablar sentando cátedra en una situación extrema, es echarle cómodamente la culpa al otro, que al parecer no habría hecho lo debido.

Si seguimos así, con esta arrogancia de expertos de pacotilla, la lógica es infernal…

Cuando nos pase algo, un resfriado, la responsabilidad será siempre de los políticos, esa gente inescrupulosa que no puso los medios…

“Piove, porco governo”, dice el público municipal y espeso en Italia cuando unos y otros quieren quitarse las pulgas de encima.

Distinguidos humanos, hagámonoslo mirar.

—Fotografías:

JS. En un establecimiento Consum, de Valencia. Viernes 13.

Estanterías de papel higiénico, papel de cocina y leche.

Monstruos y miedos

Ésta no es una conferencia online. Repito:
ésta no es una conferencia online. Es una charla impartida en septiembre de 2018 en la Universidad Nacional de Quilmes. Físicamente estábamos allí. En Quilmes.

La di por invitación de Martin Stawski, profesor en dicha Universidad argentina.
Fue muy generosa su presentación.

Como fueron extremadamente amables la tutela, la compañía y la amistad de Miguel Ángel Taroncher, profesor en la Universidad Nacional de Mar del Plata.

Los monstruos de la burguesía. Ése fue el título de mi conferencia.

Por supuesto, a quienes me conocen nada de lo que digo les resultará nuevo. A estas personas les pido disculpas por la reiteración.

Ustedes me perdonarán, seguro: hablaba para un público distinto, generoso y atento.

Fue una tarde de felicidad académica y de contacto físico. Estaba en Quilmes. Estaba en la República Argentina.

Yo sentía el roce… y a la vez seguía el precepto de Achille-Cléophas Flaubert dado a su hijo, el novelista:

“Aprovecha el viaje y acuérdate de tu amigo Montaigne, que quiere que se viaje para dar cuenta principalmente de los humores de las naciones y de sus costumbres, y para frotar y limar nuestro cerebro con el de otro. Mira, observa y toma apuntes”.

Frotar y limar nuestro cerebro con el de otro. Ahora estamos separados a la fuerza. Es más, no sé si acabaremos dando clases online. Sin roce ni frotación.

En tiempos de retraimiento, de virus amenazantes y de miedo físico, recupero esta charla. En vivo, en directo.

Trato de otros miedos y de otros bichos.