Francisco Franco. ‘Cuando mi abuelo era persona’

Digamos cuatro cosas archisabidas y que yo —me perdonarán— repito a poco que me dejan.

El Régimen político que instauró don Francisco Franco Bahamonde fue un sistema de partido único con una inclinación totalitaria. Al menos, en su orígenes.

O, en otros términos, fue un sistema unipersonal con un Generalísimo a la cabeza.

Fue también un Caudillo que se alzaba por encima de sí mismo aunque, eso sí, aupado por una coalición reaccionaria de fuerzas combatientes.

Se elevaba valiéndose de unas alzas reales o metafóricas, sí. O de un cajón resistente. Ahí estaba, elevándose, con su voz aflautada y chillona.

El franquismo fue también un Movimiento de inspiración fanática, muy ideológica y emocional. De inspiración fanática, sí, pero venal. ¿Venal? ¿Qué significa?

Cada vez más, mayor número de documentos desclasificados prueban el materialismo ramplón de sus principales sostenedores.

Esas fuentes. Demuestran que una cohorte de generales y dirigentes del Régimen se dejó sobornar para impedir la entrada de España en la Guerra Mundial al lado del Eje.

¿Tanto patriotismo para esto? ¿Tanta Cruzada para caer untados por la Pérfida Albión, por los anglicanos? Las decepciones que nos trae la historia… En fin.

¿Cómo era el Caudillo de mi infancia y primera adolescencia? Pues yo lo veía como un abuelo lejano, lejanísimo, que con frecuencia abandonaba el uniforme por el terno civil.

Se presentaba así ante las cámaras de televisión. O del No-Do. Exactamente como un viejecito preocupado por sus hijos y nietos, esos nietecitos (muchachitos como yo),

Y preocupado por esa España que había gobernado con mano firme durante tantos años. Eso decían. Punto y aparte.

No hace muchos años leí un libro que firmaba su primer nieto varón, Francisco Franco Martínez-Bordiú.

El volumen tiene un título descriptivo: La naturaleza de Franco (2011). Parece un tratado de anatomía o de metafísica. Pero no.

Su subtítulo lo aclara. Es involuntariamente acusador o cómico: Cuando mi abuelo era persona. Así reza el subtítulo.

Aclaremos. Si el abuelo de Francis Franco era perdona en ciertos momentos, eso significa que hubo otros en que el Jefe del Estado no era tal cosa: persona.

Exacto, exacto. Eso es lo que estábamos pensando: que no era persona cuando ejercía la Jefatura del Estado.

Pero no porque fuera cruel o porque reprimiera con saña inacabable (que también), sino por su entrega al protocolo. A la rigidez del protocolo.

Sólo en ciertos momentos, Franco dejaba las rigideces y el envaramiento. Y eso ocurría cuando se iba a pegar tiritos o a pescar salmones o atunes.

Ya sabíamos que Francisco Franco Bahamonde había restado muchas horas a sus obligaciones, al gobierno de la Nación: dicho así, literalmente.

Las hurtaba para dedicarlas a la cetrería, al deporte de la escopeta. Para quienes no tenemos ningún interés en el asunto de la caza, este libro del nietecito tiene páginas tediosas.

Pero salvamos esa erudición gracias al retrato de Franco, alguien obsesionado por el disparo, por las piezas a cobrar, por los triunfos de su puntería.

¿Dudas sobre su masculinidad? Desde luego, el nieto confirma la poca dedicación que Franco prestaba al gobierno de la Nación. No diré que fuera perezoso, pero…

Mucha salida venatoria, mucha expansión por la naturaleza. El título del volumen habla de eso: de la naturaleza cazadora del Caudillo, exactamente predatoria.

Y habla del campo, ese sitio en el que expansionarse. Franco mira con arrobo las piezas abatidas, de gran tamaño y sanguinolentas. Con arrobo, ya digo.

Es seguido y aplaudido por el nietecito y por una corte de afines y adherentes vestidos para la ocasión. Era, sí, una corte preparada para los ojeos y para las monterías.

Eso fue Franco. Eso y algo más.

Qué mediocridad, Dios.

Y qué ganas de matar.

El fascista accidental

¿Qué habría pasado si José Antonio no hubiera sido fusilado en Alicante en 1936? Primo de Rivera era un tipo confundido y escaso de luces.

Era un miembro de la elite y un titulado sobrevenido: marqués de Estella. Cobra un protagonismo insólito en la España de entonces.

En el Madrid de 1935 y 1936, Primo de Rivera entra y sale, aparece y desaparece.

Y sus ideas y conmilitones envenenan la Villa y Corte, en un ir y venir que es agitación fascista y vida de señorito, la de un joven bien nutrido y fatuo.

No es raro que sus rivales le insulten frecuentemente, que se le desaire; no es extraño que ciertos contemporáneos con quienes tiene trato lo vejen.

No es raro que o detesten, atribuyéndole planes taimados y hasta inverosímiles… Muchos temen lo peor de él.

Por un lado, tiene atractivo físico y gran dinamismo, cosa que despierta el entusiasmo de unos pocos fieles.

Por otro, es un conspirador de ópera bufa, un conjurado al que los militares reprueban por su ineptitud y arrogancia, ignorante de su menguada capacidad.

Entre quienes conspiran –militares, monárquicos, etcétera– está el conjurado más tontaina: José Antonio Primo de Rivera.

José Antonio Primo de Rivera, aquel que observa con difidencia a los generales, unos indecisos, unos gallinas, que tienen sangre de horchata.

También Emilio Mola, Gonzalo Queipo de Llano o Francisco Franco lo observan con recelo, con aprensión.

Imagino que habrían hecho lo posible para deshacerse de él. Ya sabe: haz que parezca un accidente…

La condena a muerte dictada en juicio, en el que intervino como primer fiscal jefe Juan Serna Navarro, tío mío (tío y mentor de mi padre), facilitó las cosas a los conjurados.

Pronto fue destituido: me refiero a mi tío, siendo reemplazado por el fiscal jefe de Alicante.

Algún día hablaré de él, de Juan Serna Navarro…

“El suicidio no merece la pena”

Me repito. No tengo palabras, otras palabras…: parece obvio qué es el fanatismo, qué averías de la identidad lo provocan. Es un estado henchido y es un estado de carencia, de exaltación y de laceración.

Al fanático le dan vida la unanimidad, el colectivismo, la forzada coherencia de las cosas, las percepciones únicas. Tolera mal o simplemente no tolera la discrepancia, la disensión, los planteamientos contrarios o contradictorios.

Se administra un tóxico: el de la comunión. Porque el fanatismo ideológico se da cuando hay una religión política que crea una comunidad moral con dogmas de obligado cumplimiento que lo justifican.

El individuo corriente obra con sentido común, con sentido práctico, con realismo, con responsabilidad, con algo de optimismo y con resignado escepticismo: las cosas pueden mejorar, hay que aplicarse a ello, pero al final nada hay perfecto. Nos morimos.

En principio, el fanático piensa con convicciones profundas y absolutas, sin contemplaciones: justamente, piensa con principios de los que no se apea.

Y, de entrada, obra sin medir las consecuencias. No importa la violencia, que puede ser incluso orgiástica, si sirve para aplicar sus principios.

Fiat justitia et pereat mundus”.

El fanático obra siguiendo torticeramente el precepto bíblico: quien no está conmigo está contra mí. Por tanto divide el mundo en amigos y enemigos. ¿Cuál es la tipología de estos últimos?

Aquellos que son de los nuestros pero resultan tibios o moderados, gentes temerosas que abdicando se retiran; y aquellos otros que se nos oponen sin razones y con saña. Frente a cobardes, traidores y enemigos emprenden la destrucción.

El 20 de noviembre de 1931, en Die Franfurter Zeitung, Walter Benjamin publicó un artículo. Llevaba por tituló “El carácter destructivo”. Sin aludir a nadie en particular, Benjamin trazaba una radiografía psicológica.

Pero sobre todo trataba de la destrucción como la tarea a que se aplican con denuedo ciertos individuos dañinos. Lo releo de cuando en cuando y ahora lo parafraseo.

Los tipos destructivos frecuentemente son o se creen jóvenes y no carecen del sentimiento de la alegría, decía Benjamin. Que se apliquen a destruir con furia fanática no les quita placer e incluso alegría.

La destrucción tonifica al erradicar lo que se juzga sobrante, la destrucción simplifica el mundo mal hecho, ese por el que aquellos caracteres sienten una desconfianza invencible.

Los tipos destructivos están convencidos de que su operación devolverá a ese mundo mal hecho su prístina o su secreta o su venidera armonía.

No se interrogan sobre lo que va a ocupar el sitio de lo destruido, sobre aquello que lo reemplazará, y se solazan con goce en el abismo o en el vano que provocan.

Hacen hueco, despejan, y donde otros tropiezan con muros o con personas, ellos sólo ven espacios vacíos, la quirúrgica amputación. Hacen escombros de lo existente y se abandonan a la ensoñación del camino calcinado.

Es la labor arrogante de la masa, la de quienes se exhiben ante gentes que testimonian su eficiencia destructiva o que celebran o se asombran o se horrorizan ante su arrojo temerario o que se achantan ante su capacidad para infligir daño.

Por eso, aquellos tipos quieren estar expuestos a la mirada atónita e intimidada de sus observadores, de sus víctimas, de los blandos, y gozan con las habladurías asombradas de quienes comentan esa gesta. Es fácil que no se les entienda y que no sea sencillo dispensar sentido a su acción.

Da igual: los tipos verdaderamente destructivos no se arrepienten ni se empeñan en explicarse, porque saben que no les dañan ni su conciencia moral ni los malentendidos, y son los otros, sus espectadores, quienes se apresurarán a dotar de significado a aquello que no lo tiene.

Simplemente, a los humanos corrientes nos cuesta concebir que el mal pueda ser arbitrario, que pueda realizarse de manera gratuita, expresiva, creativa incluso.

Llama la atención lo poco que se conmueven por la violencia ejercida. Pero no menos sorprendente es el reducido número de esos malhechores que se suicidan después de examinar y contemplar su desastrosa vida.

Tal vez, porque, como concluyera Walter Benjamin, el carácter destructivo, acorazado, persistente y hasta incurable, “no vive del sentimiento de que la vida es valiosa, sino del sentimiento de que el suicidio no merece la pena”.

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Fotografía: LLUIS GENE / AFP)

La Fiesta de la Raza y otras penalidades

Miguel de Unamuno siempre desconfió de las fiestas patrióticas. Le parecían días de exaltación comunal y política, jornadas febriles.

Le parecían días concebidos para amansar o soliviantar a las masas, para hacerlas copartícipes de ideales unitarios, algo indigestible para un individualista como él.

A su juicio, las fiestas colectivas no son más que “grotescas solemnidades oficiales y oficiosas”. Entre ellas, el 12 de octubre, fecha que siempre le provocará rechazo.

Para él, el 12 de octubre es “fiesta ritual y ridícula”, una exaltación que empieza por ley de 15 de junio de 1918 llamándose Fiesta de la Raza (luego Día de la Raza) y que “mejor habría estado llamarla la fiesta de la lengua”.

Eso dice Unamuno en un artículo casi coetáneo, fechado en 1919. “Pero ni lo uno, ni lo otro. Y en esa fiesta volvió a fluir la garrula vaciedad del iberoamericanismo oficioso”.

En dicho artículo, tras el Desastre del 98 y las aventuras africanas igualmente desastrosas, deplora el sesgo neocolonialista de esta celebración.

Le molesta sobremanera la apelación retórica y nacionalista de la España imperial.

“Convendría acabar con este equívoco de la raza, o darle un sentido histórico y humano, no naturalístico y animal”.

En los años treinta —nos recuerdan Colette y Jean-Claude Rabaté, biógrafos de Unamuno—, se opone a la propaganda extrema de “los llamados racistas o nacionalistas ciento por ciento”.

Don Miguel denuncia la deriva xenófoba de esta conmemoración y el uso político que se hace de ella. Lo había adelantado en 1919 y lo repetirá en distintas ocasiones.

“Y hoy me siento obligado a insistir en ello, en vista de la exasperada barbarie –⁠mejor salvajería⁠– que el tal racismo alcanza, especialmente en Alemania”, precisa Unamuno en mil novecientos treinta y tantos.

“¿Pues qué sino salvajería es todo eso de los arios y de la svástica o cruz gamada, que es todo lo contrario de la cruz universal cristiana? ¿Qué, sino salvajería es la persecución a los judíos?”

En cualquier caso, dicen Colette y Jean-Claude Rabaté, Unamuno no deja de subrayar el significado conservador de las conmemoraciones del 12 de octubre, una celebración ”tan inventada como las nociones de fiesta y hasta de raza”.

No obstante, el 12 de octubre de 1936 estará presente en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca.

Irá forzado, con renuencia, sin voluntad de hablar. Por primera, única y última vez recibe el encargo como Rector de presidir el acto literario.

No es cualquier cosa: lo preside en calidad de representante del general Franco.

Ya ha sido designado como Generalísimo y Jefe del Estado y ya ha establecido su Cuartel General en Salamanca.

Unamuno está obligado a pagar ese peaje, a asistir a una celebración en la que no cree y contra la que ha despotricado lo largo de los años.

¿ Y por qué está forzado a acudir? Por su desgraciada adhesión al levantamiento del 18 de julio.

¿Y qué pasa ese 12 de octubre de 1936?

Con habilidad cinematográfica, con imaginación y con fidelidad histórica, Alejandro Amenabar recrea en Mientras dure la guerra (2019) aquel acto.

Recrea la intervención de Unamuno y la reacción atrabiliaria de José Millán-Astray. Recrea este episodio y otras penalidades. Punto y aparte.

El martes 15 de octubre de 2019, a las 18:30, reviviremos esos hechos. ¿Dónde? En los cines Babel de València, en el Cine-Club que dirige Manuel de la Fuente.

Manuel ha tenido la amabilidad de invitarme al acto para presentar la película y para abrir el diálogo posterior con los espectadores allí presentes.

Les espero. Por mi parte, será la cuarta vez que vea el film…

¿Demasiado Unamuno?

Distintas personas se preguntan legítimamente si no hay otra figura de interés durante la Guerra Civil.

Se refieren a don Miguel de Unamuno. Se preguntan directa o indirectamente si no habrá llegado el momento de parar.

Por el éxito de la película Mientras dure la guerra (2019), de Alejandro Amenábar, podría tenerse la impresión de que el único drama vivido durante la contienda es el que padeció don Miguel.

Ante esta duda o ante la saturación que experimentan potenciales espectadores, otros personas se suman a la protesta condenando a Amenábar.

Que si es insoportable, que si su principal referente ha sido Reverte, que con escasos conocimientos ha concebido un film de poco o nulo interés. Que comete errores históricos.

Quienes esto afirman se equivocan. Para no saturarse, lo primero que hay que hacer es evitar las promociones de las novelas o de las películas.

Lo que hay que hacer es acudir al cine o leer el relato recién aparecido que nos despierta el interés con los menores apriorismos.

Que los creadores sean hoy (o estén condenados a ser) mercaderes de su propia obra ni agranda ni empequeñece los valores de sus creaciones.

Todos los periódicos quieren entrevistas con cineastas de éxito justo cuando se estrena su nuevo film, todos los medios desean una interviú ante la novedad literaria del novelista acreditado.

Es normal que esto pase. Como es normal, que las productoras y las editoriales organicen tours para promocionar el nuevo género de que disponen y que se lo quitan de las manos.

Normalmente, yo evito esa avalancha promocional, esos paratextos que se adosan a los textos (si de novelas hablamos).

Los útiles paratextos perturban, mediatizan, condicionan o alteran la recepción de la obra. Yo aún quiero ser el lector o el espectador inocente.

¿Acaso el director o el novelista no tienen derecho a expresarse, a explicarse? Por supuesto, tienen derecho.

Y están obligados… Pero la valía de la obra no está en las glosas de los propios creadores.

A ellos no les corresponde dar el significado final al producto resultante. No es la de ellos la única interpretación válida e incluso sus exégesis no siempre favorecen la correcta recepción de la película o la novela.

Son, por el contrario, los destinatarios y sus impresiones, más o menos acertadas, atinadas o documentadas, las que aúpan o entierran un libro o un film.

Es el efecto que esas creaciones provocan en los públicos aquello que es indicio o pista. Luego es cada uno, ya influido y mediatizado, quien soberanamente juzga la obra.

Por tercera vez he vuelto al cine para ver Mientras dure la guerra. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, no me he aburrido, no he sentido tedio alguno. Tampoco me dado ningún ataque de bostezos.

Como la primera vez, he asistido con interés y atención creciente al pase de la película.

Por supuesto te fijas en detalles aparentemente menores, te detienes en aspectos que pudieran pasarte inadvertidos.

Pero, sobre todo, lo que sorprende es que la historia central, tal como la vemos, tal como se desarrolla, tal como nos la muestra Amenábar, sigue provocándonos emoción, sigue propiamente emocionándonos.

Tiene elementos de melodrama, en el sentido literal de la expresión, y por ello la banda sonora, se hace presente,

Bien presente, con refuerzos enfáticos y con resonancias propias del nacionalismo musical español. Es quizá lo que debería haberse atemperado.

Esa banda sonora aumenta su volumen por momentos —o en determinados momentos— y con esas músicas crecen nuestra congoja y estremecimientos.

¿Con quién? Con la suerte que corre don Miguel de Unamuno, cuya vida es extraordinaria en muchos sentidos.

Por supuesto, hay en la película muchos otros elementos a considerar y que en breve glosaré.

Pero Unamuno, el intelectual sin ataduras, el republicano fervoroso y pronto decepcionado, el grafómano que opina, juzga, se entromete y se compromete, es aquel que nos conmueve.

Don Miguel tiene una historia detrás la mar de interesante, una historia de enfrentamientos con la monarquía, con Alfonso XIII, y con la que podríamos entender una parte de las convulsiones y miserias de la Española del siglo XX.

La película de Amenábar, que está asesorado históricamente por Julián Casanova, es una recreación muy bien documentada.

Es una recreación en la que el director se toma sus licencias (como no podía ser de otra manera). Pero la puesta en escena y la condensación de datos y hechos es minuciosa y admirable.

No es fácil contar un drama interior y una tragedia exterior. No es fácil mostrar a un individuo tan perspicaz, tan agudo, tan soberbio, tan humilde, tan desgarrado por sus ingenuidades y errores, por sus egotismos y ‘yoísmos’, por sus graves, por sus gravísimas equivocaciones.

Es este Unamuno de 1936 un individuo que, además, se siente responsable de haber apoyado inicialmente con ceguera inexplicable (o explicable) a los sublevados de 1936. Y es un hombre cristiano que se escandaliza ante las matanzas de los “hunos” y de los “hotros”.

Unamuno hablaba idiomas, era catedrático de Griego, tenía saberes inconmensurables, analizaba con prontitud y con exactitud los males de una España de caciques y agiotistas.

Unamuno era contradictorio y congruente a la vez. Era republicano y era socialista, era liberal y era cristiano. Etcétera. Todo eso lo fue por tiempos y en ocasiones lo fue a la vez.

Al margen de sus calidades o de algún pero que se le pueda reprochar, la película Mientras dure la guerra me ha llevado a refrescar lecturas.

Y a leer volúmenes a los que todavía no había llegado. Me ha llevado a leer páginas y páginas de y sobre Unamuno. Me ha llevado a releerlo.

Con ese empeño y con ese esfuerzo me siento muy pagado, me siento feliz. He recordado cosas que sabía y creía haber olvidado.

He recordado cosas que sabía y que no sabía que sabía. He aprendido aspectos de la historia de España y de la vicisitud del intelectual que me hacen cavilar aún más.

¿Demasiado Unamuno?

No, por favor. Unamuno, Unamuno, Unamuno, más Unamuno por favor.

Carmilla. Amor y temor

La literatura es un constante ir y venir de influencias, de tradiciones que perduran y otras que se extinguen.

Es un fluir de reescrituras y hasta de plagios. Es un discurrir de palimpsestos, de libros.

De esa producción textual casi siempre es posible encontrar antecedentes y referencias, incluso en el caso de las obras maestras más reconocidas.

Drácula (1897) es un ejemplo bien evidente: dicha novela tiene diversas fuentes, antecesores muy variados y distantes.

Una de sus influencias más obvias es la novela corta Carmilla (1871), de Joseph Sheridan Le Fanu, escrita veintitantos años antes.

Como Bram Stoker, también Le Fanu fue un escritor irlandés. Admitámoslo: hay una pléyade muy abultada de autores egregios pertenecientes a esta nacionalidad.

No demasiada gente sabe de Carmilla, de su vicisitud. Por el contrario, el personaje de Drácula es archiconocido.

Ha sido mucha veces repetido: es el arquetipo del vampiro, del muerto que carga con patrimonio y una culpa de siglos.

Es el epítome del noble feudal, del aristócrata condenado a una eternidad de muchos siglos por vivir o malvivir.

Al fin y a la postre arrastra una pena milenaria. Se instala en la Inglaterra victoriana, el colmo de la modernidad.

¿Con qué fines? En pocas palabras: Drácula es varón y es hacendado, alguien que aspira a ser propietario de inmuebles británicos.

Drácula, en fin, es una reminiscencia del pasado y, por ello, un lastre penosa y efectivamente arrastrado durante siglos.

¿Y Carmilla? Ella también es uno de esos seres preternaturales que, como Drácula, no aspira más que a tener acomodo en el mundo.

Tener acomodo en la vida contemporánea del Ochocientos: el mundo del capitalismo y de la propiedad inmueble…, un mundo al que esa dama no pertenece.

Carmilla es una vampira y es también una vampiresa, cualidad que la distingue de su equivalente varón. Sorbe los fluidos, se alimenta de sangre, sí, pero es a la vez una ‘mujer fatal’.

Es dama con evidentes inclinaciones lésbicas, algo que difícilmente puede aceptarse entre lectores y lectoras respetables de la Gran Bretaña victoriana.

Para poder asimilar sin mucho escándalo lo lésbico, el autor de esta ficción, Joseph Sheridan Le Fanu debe presentar, narrar y finalmente velar dicha preferencia sexual.

De hacerlo en un mundo y en una sociedad en donde la moral no permite estas expansiones.

Expansiones o inclinaciones, el lesbianismo es o se vive entonces como una aberración, como una aberración propiamente moral en el largo siglo XIX.

La maldad del vampiro, en este caso de la vampira, aquejada además por esa perturbación moral, es algo que trastorna, que desconcierta.

Esa aberración, que se vive y se persigue como tal cosa, es algo que necesariamente tiene que ocultarse en la vida real.

Es, pues, algo prácticamente invisible, ya digo. Es algo que apenas se manifiesta y que es éticamente reprobable para los lectores comunes de aquel tiempo.

Y nos lectores comunes de aquel tiempo suelen ser lectoras: damas burguesas impresionables.

Sólo una ficción podía mostrar… relativamente, veladamente, esa inclinación ‘malsana’.

Carmilla, la novela, detalla la historia de Laura, la historia que la propia Laura cuenta, los episodios que la muchacha pronuncia en primera persona recordando su relación con Ella. Con Carmilla.

Laura es una joven de origen inglés que vive con su padre en un castillo situado en Europa oriental. En Estiria, Austria. Si en Gran Bretaña tendrían un pasar medio, en Estiria son grandes hacendados.

Laura es huérfana de madre. Por tanto carece de tutela y de modelo maternales. Carece de esa complicidad y de esa vigilancia estrecha que son corrientes y características de aquel tiempo.

Tiene, eso sí, servidumbre e institutriz femeninas: asistentas, subordinadas que están para su auxilio, como corresponde a una dama bien situada o aceptablemente situada.

Los episodios que Laura cuenta y que nosotros leemos los narra a los veintiséis años. Mucho tiempo después.

Son acontecimientos ocurridos en su infancia: cuando contaba seis y ocho años, cuando era un ser inocente, virginal.

El relato de hechos, según se nos dice en el prólogo de la obra, sirve para analizar las vicisitudes de lo ocurrido, de lo que a Laura le ha sucedido.

Pero, atención, el prólogo no es nota de autor, algo que firme Joseph Sheridan Le Fanu, sino parte de la novela misma, parte de la ficción.

Es una suerte de galimatías.

El prologuista innominado alude a un científico, el Dr. Hesselius, un observador, que toma el caso narrado por Laura como tal, como un caso a estudiar

¿Con qué objeto? Pues precisamente con el objeto de analizar hechos sobrenaturales o aparentemente sobrenaturales.

El prólogo es así una justificación mediante la cual el editor nos haría llegar el documento auténtico de Laura.

En el prólogo, el editor alude a uno de los más profundos secretos de nuestra existencia doble… ¿A cuál?

Pero, al margen de estas palabras escuetas y crípticas, no conocemos concretamente la opinión del científico, ese Dr. Hesselius.

Sólo sabemos que la narradora, con celo y mucho rigor, escribió el relato para él, para Hesselius y que ahora el editor nos lo presenta tal cual.

¿Qué historia es ésa? Por qué Laura cuenta estas intimidades? ¿Quién era Carmilla?

El lunes 14 de octubre en la Librería Gaia, en Valencia, podremos desvelar parte del misterio, sintiendo quizá temor y temblor. A las 20 horas.

Espectáculo apto adultos (y para menores acompañados).

Evento:

https://www.facebook.com/events/1393883297456368/?ti=icl

Hay que tomar en serio a los farsantes

Don Miguel de Unamuno sentía un profundo rechazo por ciertos tipos que abundaban (y aún abundan) en el paisaje español. Sentía, sí, un profundo rechazo.

Y a la vez esos tipos, que a su juicio reunían los peores vicios de las tradiciones nativas, le despertaban todo el interés.

¿A quiénes se refería? A los tipos que se juzgan por elevación. Aldeanos o urbanos, esos individuos se creen superiores o importantes y por ello quieren singularizarse.

En algún sentido lo son: singulares e importantes, quiero decir. Al menos por el efecto que tienen. Pero a la vez no dejan de ser ceporros o broncos, incluso ruines.

Así los veía y así los calificaba y diagnosticaba Unamuno en su célebre artículo “País, paisaje y paisanaje” (Ahora, 22 de agosto de 1933).

¿Pero por qué los analiza si son tan despreciables o mezquinos?, le preguntaban. “¿Pero es que usted los toma en serio?”, le insistían.

“Ah, es que hay que tomar en serio a la farsa”, respondía don Miguel. Hay que tomarse en serio a los farsantes, a los importantes, a los arrogantes.

Hay cacofonías imprescindibles y ésta es una de ellas.

Gracias, don Miguel.

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Fotografía: Agence de Presse Meurisse, 1925.