José María Aznar

Primero

Lo hemos visto. Tiene registros de líder y se reconoce intelectual, un pensador dotado de carisma que reparte su saber a manos llenas. España es agradecida, aunque a él aún se le deban reconocimientos.

Por eso desconfía.

Aznar no mira a su alrededor, no contempla a socios, amigos o colaboradores. Aznar, insisto, no mira: sospecha.

Tiene la impresión de que está haciendo lo mejor para España, que identifica generalmente con su persona.

¿Acaso ha habido mejor presidente, alguien con mayor proyección internacional? ¿Acaso ha habido algún mandatario con una idea más clara de España?

Se ensimisma, se abisma y sólo un recuerdo atronador le saca de sus casillas. ¿Cuál?

El pasado nacional. En algún libro suyo se profesaba admirador de la Monarquía de los Austrias, concretamente de la Corona católica que organiza el reino en función de la religión, la fe, la creencia.

Segundo

Aznar tiene el orgullo de ser imprescindible, aunque luego haga protestas en sentido contrario. Con la boca pequeña dice que no, que nadie es imprescindible.

Yo creo que sí: sin Aznar el PP no habría alcanzado esa Unidad de Destino en lo Gubernamental, esa argamasa que selló todas las suturas en Madrid y las comunidades autónomas.

Por otra parte, Aznar tiene la confirmación de su valía: alguien con una preparación tan mediana, de pocas y nada provechosas lecturas, sólo puede haber ascendido tan alto (ya dijo que no puede aspirar a más) por su intuitiva desconfianza, por su olfato.

Huele dónde se fragua la traición o la blandura y detecta quién aspira a más, a sobrepasarle: es un mandatario como la copa de un pino. La copa de un pino.

De copas se fue y de liberalismo se emborrachó. Se declaró antiestatalista, antinormativo, siendo sus libros manuales contra el Ogro filantrópico, contra el Estado del Bienestar que a tantos apesebra.

Estas ideas las aprendió de Mario Vargas Llosa, que de cuando en cuando lanza soflamas liberales rodeado de duros de corazón.

El individuo puede. ¿Pruebas?, se pregunta Aznar. Yo mismo soy la prueba, podría responder: de provincias llegué y en las Azores aterricé. Una España grande en el mundo es un país fuerte, una nación que cuenta —que contaba— entre las potencias.

Las relaciones internacionales le dieron proyección. ¿A España? No, a este hombre bajito que se aupó a hombros de gigantes.

Eso es síntoma de inteligencia: si no puedo destacar dando botes o dando voces, me subiré a la chepa de los atlantistas, que son más y están armados hasta los dientes.

Los dientes, el bigote, el pelo. José María Aznar ha pasado por ciertos cambios de imagen. Del estadista pulcro y tradicional al exmandatario con melenas, con melena corta, y gimnasia virtuosa.

Unos se castigan el cuerpo con cilicios; otros lo hacen con miles de abdominales o con carreras interminables. Etcétera, etcétera.

Tercero

En la vida de cada cual siempre hay un momento en que la existencia muda, cambia, un acontecimiento o hecho que altera, que trastorna lo previsible o lo ya dado.

En Aznar, ese suceso no es la llegada al poder. Es, por el contrario, su salida. Justo cuando deja la Presidencia del Gobierno, don José María rejuvenece y se pone de puntillas para parecer más alto.

Es más, adopta de cuándo en cuándo una indumentaria informal con colores kakhi o pastel. Revela gran audacia. Pero sus logros no se reducen a la vestimenta. Hay más.

Se hace con puestos en algunos consejos de administración. Se llena de nietos para los que imagina un imperio empresarial o una asesoría de magnates (quizá mangantes).

Mejora su nivel de inglés americano (tal vez también su catalán íntimo). Se deja crecer su envidiable cabellera, tan ondulada, que le da una imagen de rebelde otoñal y hasta bohemio.

Y, sobre todo, comienza a domar su cuerpo con series de miles y miles de abdominales.

Se le ha visto con gafas Ray Ban Aviator, el símbolo del tipo duro, del killer. El resultado es, sí, otro hombre, un Aznar más viril. De repente, la prudencia que aún conservaba cuando gobernaba ya no le sirve.

Decide ser un látigo liberal, casi un libertario de postín que bebe vino a espuertas aunque tenga que conducir. Para eso se conduce a sí mismo, ¿no?

Y decide ser un escritor de domingo con contratos millonarios. He leído los volúmenes que ha publicado: la prosa es árida y arenosa, y sólo en algún momento se vuelve lírica y rematadamente cursi.

Desde las fotografías de las sobrecubiertas hasta la contra, nada tiene desperdicio: como en el cerdo, todo es aprovechable.

Es un hombre seguro de sí mismo. O eso dice. Es un hombre que sabe cuáles son las soluciones. O eso dice.

Es un hombre que padece con resignación nuestra estulticia, esa tontería española de no apreciarlo como se merece. Se fue, pero él está a nuestro servicio, dice.

Al servicio de un Partido por el que circuló mucho dinero y al que llegaron gentes bigotudas, mediocres, trepas, ventajistas, aprovechados, avispados, delincuentes, opusdeístas, clericales y tesoreros.

Nadie sabe qué o quién es Aznar, nadie sabe bajo cuál de esas categorías lo incluimos ahora que ya no le queda bigote.

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La versión original de este escrito apareció en mi libro Bestiario español, publicado en 2014. Salvo alguna leve modificación, el texto permanece sin cambios notables.

Democracia. La película no ha acabado

Hay ciertos films de ahora mismo que están reflejando o representando a su manera las crisis recientes, el descrédito de las instituciones y la manipulación emocional de la política.

He visto, de momento, Silvio (y los otros) –en realidad Loro (2018)—, de Paolo Sorrentino. He visto El Reino (2018), dirigida por Rodrigo Sorogoyen. He visto Brexit. The Uncivil War (2019), de Toby Haynes.

El primero de esos films nos muestra los trastornos provocados por la política excesiva, charlatana y demagógica de Berlusconi, melancólico tras su retirada forzosa. Nos muestra en Cerdeña a un Silvio absolutamente histriónico y crepuscular, rehecho y remendado como un clown malvado.

El segundo film nos presenta la ascensión y caída de un personaje de ficción (pero perfectamente verosímil), Manuel López-Vidal, alias Manu, vicesecretario general autonómico de un Partido: claramente el PP… de la Comunidad Valenciana.

La tercera película nos enseña los mecanismos de manipulación general y selectiva que emplearon los partidarios del Brexit: en concreto, nos admiramos y nos sobrecogemos con la magia agorítmica de Dominic Cummings, el gran ideólogo y propagandista del ‘Vote Leave’.

Son tres películas que tienen interés, las tres alcanzan el notable para mi gusto: tres films que tienen su valor respectivo, aunque desigual. A veces con deslices o elecciones inexplicables…

Los actores están como tienen que estar: o notables o soberbios. Son Toni Servillo, Antonio de la Torre y Benedict Cumberbatch. Despliegan histrionismo, flema o agitaciones crecientes o intermitentes. En algún caso, mucha trepidación.

Son films ambiciosos y también defectuosos, ya digo, en alguna de sus partes: en sus arritmias o en sus acabados. Aunque, eso sí, son películas muy útiles para saber más.

¿Más de qué? Pues sirven para reflexionar mejor, algo mejor, sobre la vieja y la nueva política, sobre el elitismo y el populismo, sobre la manipulación ideológica y la degeneración moral, sobre la corrupción democrática y la desintegración de las instituciones.

En pocas palabras: sobre la toxicidad del clientelismo, del patronazgo y, luego, de la antipolítica. En otros términos: sobre la quiebra de la confianza civil, sobre el cese de los valores constitucionales.

Los comportamientos ostentosos o dispendiosos —sencillamente delictivos y sin complejos— de una parte de la clase política llevaron y llevan a la desafección.

Si a eso le añadimos, la crisis económica o la falta de expectativas, tenemos sectores de la población a la intemperie y fácilmente dependientes y manipulables.

El Silvio Berlusconi encarnado por Servillo se presenta como el tipo ocurrente de sus comienzos, animador de fiestas y ahora magnate de la juerga desprendida y millonaria que tantos envidian.

Se nos muestra como el emprendedor con experiencia, alguien capaz de dirigir Italia con las dotes de un negociante, alguien que sabe ser generoso con la gente modesta, un repartidor de favores y granjerías.

Manu, interpretado por Antonio de la Torre es el pícaro que asciende en medio de una ciénaga corrupta, el listo que sabe salir a flote inmerso como está en un charco de aguas mefíticas. ¿A qué me refiero con tanto líquido?

A un partido político con dinero negro que es una estructura de redes delictivas, redes que se reparten provechos o que se enfrentan en juegos de suma cero. Es decir, redes organizadas para cometer latrocinios o para competir por ellos.

El Dominic de Benedict Cumberbatch es un individuo cultivado, un cerebro frío e intuitivo que se vende al mejor postor o que sabe ofrecer su inteligencia para ganar las causas más perjudiciales. Es un anarcocapitalista que le hace el trabajo más refinado a los rudos aislacionistas británicos, contrarios la Unión Europea.

Oficialmente, Dominic no delinque cuando se ocupa de idear y realizar la campaña del Brexit (“Take back control” o “Let’s take back control”). Pero sus ardides de publicitario sin escrúpulos hacen de él un tipo diabólico.

Son películas muy diferentes y de realización desigual, insisto. Los guiones respectivos son, en ciertos momentos, atinados, con toques de verismo sucio, con trazos deliberadamente caricaturescos y con una frialdad satírica.

En otras ocasiones, las películas pierden fuelle o se precipitan en pirotecnias, en excesos y arrebatos circenses o carnavalescos.

Pero esto que escribo no es una reseña cinematográfica. Esto que escribo es una constatación de lo que fuimos y un aviso, un anuncio de lo que se nos avecina o ya está.

En estos films hallamos la corrupción y los lujos agiotistas del pasado reciente y hallamos la gestión inescrupulosa de una política burdamente emocional.

Permanezcan atentos. La película no ha acabado.

La secreción tóxica

No sabes si sólo has sido tú quien ha visto los sudores o la moquita de Javier Ortega Smith, secretario general de ese partido que quiere devolver España al estado carpetovetónico.

Descubriste los sudores o la moquita en una entrevista televisiva de la última semana. Insistes: no sabes si sólo fuiste tú o si, por el contrario, el resto de los televidentes también pudieron comprobar esas humedades.

Cosas así suceden. Te refieres a lo de las moquitas. Estás en época de gripes y los malos demonios se os apoderan. ¿O es al revés?

Tú crees que Lucifer ha empoderado al sr. Ortega Smith para desempeñar su función: Lucifer, ya sabes, ese tipo fastidioso, muy amante de los seres bragados. Y el secretario general lo es. Muy bragado.

Debes admitir que, cuando apareció en pantalla (el sr. Ortega Smith, no el demonio en persona), tú estabas distraído, culpablemente distraído, sin atender a lo que decía o respondía el entrevistado. ¿Por qué razón?

Por supuesto, no te crees el bla, bla, bla del señor secretario general. Su discurso tóxico es el de un fanático excitado, alguien que, bajo apariencia de hombre normal, aloja en su cuerpo a un intolerante de alto riesgo.

Insistes: estabas distraído cuando de repente al mirar de soslayo el plasma, descubriste el labio superior encharcado del sr. Ortega Smith. Y muy enrojecido, con ese estado ulceroso que es propio de una irritación grave.

Y sí, al señor secretario general se le veía, irritado, manejado quizá por Lucifer.

La fotografía aquí reproducida no hace justicia al personaje; tampoco al episodio. No permite ver esa ulceración de la piel y la moquita que le caía (si es que era eso, moquita, o cualquier otra secreción).

“Le suda el morrete”, es lo que inmediatamente te dijiste, nada más verlo. No podías apreciar si también le sudaban los carrillos. No sabías si el programa se realizaba en directo o en eso que llaman ‘falso directo’.

El caso —pensaste— es que los asesores o maquilladores deberían haber cortado la entrevista para secarle ese charco de mocos con una bandera. Si es que esas humedades eran brotes de mucosa. O de cualquier otra secreción.

Uno puede estar mirando algo, puede echar un vistazo a lo que hay sin atisbar mucho de lo que ocurre. Es una experiencia por la que todo el mundo pasa. Pues eso es lo que te ocurrió.

Estabas ensimismado, como torpe; tenías los ojos abiertos o entreabiertos sin distinguir. Apenas veías perfiles borrosos. ¿Lo recuerdas? Como le ocurría a aquel personaje de Woody Allen: “Mamá, mamá: papá está desenfocado…” ¿O estaba endemoniado?

Era al mediodía. Te habías abandonado a una duermevela. Seguías en estado de vigilia pero con las alertas bajas, con los sentidos inertes.

Aunque veías –al menos, objetivamente era así–, no obtenías información relevante, entre otras cosas porque la televisión no está concebida para informar. Por el medio salen íncubos y súcubos que aturden tus pesadillas.

Por ello permanecías en un estado semiatento, sin significado o noticia en los que reparar: simplemente te habías abandonado a la molicie.

Justo en ese momento te quedaste sin palabras. Mudo. Interiormente te preguntabas: ¿a qué se deben los sudores o la moquita de Javier Ortega Smith?

Es más, llegaste a preocuparte. ¿Y si le caen gotas de esa secreción en la camisa? ¿Y si se le empapa el cuello formándose un cerco húmedo?

Aún ignoras cómo acabó la cosa porque apenas te interesaba el parlamento del entrevistado y veías que tu creciente inquietud por sus sudores y por su puesta en escena te estaba poniendo enfermo.

Un primer plano del morro mojado. Pensaste por un instante si no estarías viendo un film gore, de secreciones y amputaciones.

Cambiaste de canal para respirar con alivio. Creías haber resuelto el problema. Pero no. Allí seguía Ortega Smith sudando o moqueando. Que no te pregunten qué decía. Tú seguías despistado y preocupado a la vez.

Sí, seguías teniendo esa visión inquietante y grimosa, la de un tipo con un morrete encharcado. Tal vez sólo era el primer indicio: la de una secreción tóxica que había invadido la televisión y que amenazaba y aún amenaza con invadirte.

«Aur, aur… Desperta ferro»

David Bowie. Fragmentos del yo

David Robert Jones nace el 8 de enero de 1947. En todas las biografías que he leído hacen hincapié en esa fecha. Es la Inglaterra de la posguerra, el Londres de la estrecheces, el fin próximo de Winston Churchill. Gran Bretaña sale victoriosa de la Guerra.

Pero el pueblo padece sobrevive. El teatro, el Music Hall y otros alivios atemperan las asperezas y penalidades de los ingleses, entre ellos David. ¿Cómo Jones se convirtió en Bowie?

Hay biografías sobre Bowie en las que el mayor empeño del autor es exhumar al individuo real, rescatar a la persona por encima o por debajo de tanta cháchara que envolvería al personaje.

Cháchara, máscaras, disfraces. ¿Rescatar al individuo real, sin afeites ni imposturas?

La idea no es mala. Es incluso bienintencionada. Pero parte de un supuesto algo dudoso: que es posible despellejar a la persona.

Parte de la idea de que al individuo de carne y hueso se le puede arrancar esa segunda piel que nos impide ver su original o prístina identidad, que al ser humano se le puede abrir en canal.

Además de imposible, esto en el caso de Bowie es absolutamente erróneo. Erróneo y, a la postre, carente de interés.

David Robert Jones se pasó la vida intentando ser otro, intentando cambiar de aspecto, de figura, de fisonomía, de rostro, de peinado, de maquillaje.

Se retrató posando miles de veces (quizá millones de veces), adoptado los gestos que juzgaba más propios o más exclusivos o más estrafalarios o más favorecedores, las caras de un mimo sin fin, de un actor que se sabía personaje.

Y su vida es un inmenso álbum familiar concebido para fines bien explícitos y muy rentables, por otra parte. ¿Para quién se hacía dicho álbum?

¿Para sí mismo o para los fans, los dueños del ‘Book’ que los seguidores querrían atesorar? ¿Para sus padres, esos progenitores que se mostraron fríos y entusiastas a un tiempo? Todo ello no es incompatible.

Bowie se fotografió ensayando innumerables puestas en escena que muy bien podemos interpretar como papeles de una gran representación.

O, mejor, como figurante y protagonista de múltiples y contradictorias representaciones o, mejor aún, como los sosias de una copiosa demografía interior.

En Bowie hallamos una sucesión de representaciones, sí, que forman parte de su identidad, papeles que surgen de lo interno y que, aunque puedan ser finalmente repudiados por el cuerpo que les sirve de soporte, dejan huella.

Las instantáneas de David Robert Jones, el artista más tarde llamado David Bowie, eran en realidad larguísimos procesos de elaboración: propiamente escenificaciones de poses internas.

¿Un yo dividido? The Divided Self. Ronald D. Laing publica dicho libro en 1960. Será una obra de enorme influencia y será uno de los textos más apreciados por el futuro David Bowie.

¿Razones? Había abundantes razones familiares y personales para preocuparse por la esquizofrenia y hasta por la psicosis.

En dicho volumen, Laing revisa de manera humanista estos padecimientos. Los esquizoides son personas totalmente expuestas, absolutamente vulnerables y, por supuesto, fatalmente aisladas.

Pueden tener vida social, incluso mucha vida social y a la vez sentir o experimentar el puro aislamiento.

La gente normal aprende a mentirse, aprende a tratarse con eficaz hipocresía: tiene ‘seguridad ontológica’.

Con esta fórmula abstrusa, Laing se refiere al sentido común del que nos servimos, a la fijeza del paisaje y del paisanaje.

En cambio, el esquizofrénico no se ve, no puede confirmar que ese tipo que atisba o que apenas vislumbra sea la persona que dice o cree. No hay congruencia y no hay perseverancia en el ser.

Justamente, ese ser vulnerable padece, entre otras cosas, una ‘inseguridad ontológica’, una incapacidad para tipificar, fijar y fichar el estado de las cosas, de los otros humanos, de sí mismo, del mundo.

El esquizofrénico padece cuando está solo y padece cuando se relaciona, pues el roce no lo reafirma, sino que le hace pupa y lo disuelve.

El individuo siente la amenaza de la identidad evanescente, la amenaza de ser invadido y absorbido por los otros.

Se vive como una entidad vacía, evacuada, que debe enfrentar la existencia cotidiana, esa realidad que marcha.

Por eso, contradictoriamente, el individuo aquejado de esta dolencia siente muy hondo el padecimiento y necesita muy profundamente la compañía, la vecindad no hostil.

David Bowie fue muy consciente de esa circunstancia…

Sería tosco reducir la sublimación estética del artista a un padecimiento mental. Sería estúpido de nuestra parte ‘aclarar’ el fenómeno Bowie apelando a la esquizofrenia.

Hay muchos seres que padecen todo tipo de dolencias y que, por supuesto, son incapaces de crear, de recrearse, de multiplicarse.

“Hay mucha gente, pero más rostros aún, pues cada uno tiene varios”, decía Rainer Maria Rilke en Los apuntes de Malte Laurids Brigge (1910).

“Hay gentes que llevan un rostro durante años. Naturalmente, se aja, se ensucia, brilla, se arruga, se ensancha como los guantes que han sido llevados durante un viaje”, añadía Rilke.

Es lo que nos pasa a la mayoría: se nos descuelgan los pellejos y se nos agrietan los mohínes.

Luego hay otras gentes, concluía Rilke, que “cambian de rostro con una inquietante rapidez. Se prueban uno después de otro, y los gastan”. Los van gastando e incluso los van mejorando.

El dictado o el diagnóstico de Rilke puede parecer epidérmico. Y lo es. Es exacto, no obstante, pues en el caso de Bowie su identidad múltiple, los heterónimos que concibió y que adoptó no eran simples personajes.

No eran simples personajes de los que arrancar las máscaras. Eran seres divididos, provisionales, de los que conservó resto o huella, jirones de su identidad mudable, hecha de trozos.

En uno de los Ensayos, de Michel de Montaigne, en su conocido texto acerca de “la inconstancia de nuestros actos”, hay una de las claves del Bowie hecho de jirones.

En algún pasaje de ese ensayo, Montaigne afirma que “los buenos autores hacen mal en obstinarse en formar de nosotros una manera de ser sólida y constante” siendo como somos ejemplo y emblema insuperable de inconstancia y de inconsistencia.

La “variación y contradicción que en nosotros se da” no son, sin embargo, un mal a corregir o una dolencia a sanar: son, por contra, nuestra propia constitución.

“Todas las contradicciones”, añade Montaigne en su particular autoanálisis”, se dan en mí alguna vez y de alguna forma.

“Vergonzoso, insolente; casto, lujurioso; charlatán, taciturno; duro, delicado; ingenioso, atontado; iracundo, bondadoso; mentiroso, sincero; sabio, ignorante, y liberal, y avaro, y pródigo, todo ello véolo en mí a veces, según qué giro tome”.

Es por eso por lo que no estamos equipados con una identidad única, e, incluso, esa misma creencia es engañosa: somos —y Bowie lo lleva a su consumación— seres monstruosamente bellos hechos de fragmentos.

O, como el propio Montaigne concluye, “estamos todos hechos de retazos y somos de constitución tan informe y diversa que cada pieza, a cada momento, juega su papel. Y existe tanta diferencia entre uno y uno mismo, como entre uno y los demás…”

Sólo es cuestión de presentarse y expresar los humores constitutivos, la extraña fascinación de ese rostro.

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Fotografías: Steve Schapiro, 1976.

La televisión. El menú es nuestro

Hace veinte años escribí un artículo dedicado a Pierre Bourdieu, un sociólogo que me despertaba interés y al que profesaba cierta o evidente ojeriza.

Escribí ese texto a propósito de un volumen que este autor había dedicado a la televisión. Por supuesto, Pierre Bourdieu se mostraba apocalíptico. Y yo no suscribía esa posición. Diré por qué.

Bourdieu detestaba la tele por considerarla, entre otras cosas, un medio manipulador. La programación nos programaría, nos dictaría. Ésa vendría a ser su conclusión.

Concluía algo así, en efecto, sin haber analizado el comportamiento del público. No es que los espectadores seamos imprevisibles, pero los individuos no somos autómatas o televidentes inermes. Al menos no todos.

Mi artículo, leído hoy, aún lo suscribo. No me gusta la prosa algo relamida que empleaba, quizá lastrada por una retórica oscura y academicista de la que aún estaba aquejado. Ahora, puede que mi sintaxis no sea mucho mejor, pero procuro expresarme con claridad.

Digo todo esto, porque yo defendía la libertad consciente del telespectador, la necesidad de decidir qué se ve o no se ve. Por supuesto, hace veinte años era fácil abandonarse a la programación televisiva. Era la costumbre.

Enchufabas el tubo catódico y con frecuencia la única decisión a tomar era la del canal elegido, la de cambiar de canal, y poco más. De estas cosas habla Sergio del Molino en su columna dominical de ‘El País’. Él lo cuenta con mucha gracia. Yo lo escribí con formulismos más pesaditos.

Me permitirán reproducir algunas de las frases finales de ese artículo de 1999. Da cuenta de lo que puede ser la libertad (cierta libertad) de elegir en televisión y da cuenta de cómo han cambiado nuestros hábitos.

Creo que me anticipaba a lo que hoy hacemos con la tele. Al menos manifestaba qué hacer frente a la programación que nos venía impuesta. Mi ocurrencia no tiene gran mérito, pues yo simplemente aplicaba el sentido común.

Reproduzco esas frases escritas en 1999:

“Decía Ignacio Ramonet, por cierto en un tono también apocalíptico, que informarse cuesta, que debemos aceptar la información como esfuerzo y no como algo dado sin coste.

“Yo, por mi parte añadiría, que también el ocio cuesta, cuesta dinero y esfuerzo. ¿Cómo es posible que los espectadores puedan vivir y creer en el engaño de que el entretenimiento televisivo es gratuito?

“No se trata de que el coste se salde con la publicidad. Cuando hablo de coste, me refiero al esfuerzo consciente del telespectador.

“Mientras éste no pague por la televisión que ve, mientras no le duela el dinero que cuesta esa programación dispendiosa, mientras sigamos pensando en el medio como algo gratuito y evidente, el público, ese público de las audiencias registradas, se abandonará a la irresponsabilidad de una programación dictada, para mostrar después su santa indignación, para mostrar después su conciencia dengosa.

“A fin de evitar esa parálisis, y hasta que las cosas cambien, hasta que los usos de la televisión cambien, tal vez convendría contraprogramar con el magnetoscopio.

“No es el medio, sino su uso aquello que dicta los contenidos de los que nos servimos. No hay venenos, hay usos adecuados o inadecuados, letales o responsables, de sustancias que pueden ser tóxicas o euforizantes.

Y ahí, en el estudio de esa dimensión pragmática que se da en un contexto concreto tienen mucho que decir los historiadores…”

Ustedes perdonarán la pedantería de ese terminacho que empleaba, magnetoscopio, para referirme al aparato grabador y reproductor de vídeo, que entonces era mi Sony VHS.

Pero se habrán dado cuenta de que aquello que decía es lo que hoy hacemos. Al menos en casa ya no vemos la tele si por tal se entiende abandonarse a la programación de los distintos canales. El menú es nuestro.

Que sea nuestro no significa que sea saludable, refinado o sofisticado. Podemos ver series de altura y después deleitarnos con productos de baja estofa, que también hay en Netflix, en HBO o en Filmin.

No sé si eso que hacemos es fruto del libre albedrío (asunto filosófico grave que Yuval Noah Harari liquida expeditivamente en otro artículo publicado en el mismo periódico).

No sé si es fruto de un comportamiento predecible. Lo que sí sé positivamente es que esto que hacemos es nuestra forma de ver televisión, si es que eso que hacemos aún podemos llamarlo “ver televisión”.

https://www.uv.es/jserna/Bourdieu.htm

(1999)

Fotografía: televisor naranja elbe minor (el primer aparato de que dispuse recién casado)

Javier Cercas. ¿Un chiflado clarividente?

Mi próximo libro trata sobre Javier Cercas. Se lo debo a Alberto Vicente. Se lo debo: es mi editor. Estoy revisándolo —el original, me refiero— y apenas añado nada nuevo, justamente para no demorar más la entrega.

Espero poder remitírselo para la festividad de los Reyes Magos o inmediatamente después. No sé si es un regalo o una prenda, menuda prenda. Pero para mí es un honor.

Rindo homenaje a Cercas tras horas de placer lector. Tantas relecturas, tantas revisiones, tantas aproximaciones en distintos contextos emocionales me hacen decir incluso lo que no sabía que ya sabía.

Con Cercas me une una amistad de la que me enorgullezco, labrada lenta y pudorosamente. Pero espero que eso no me ciegue a la hora de valorar su obra.

Mi libro, ese que debo a Punto de Vista Editores, llevará por título Historia y ficción. Conversaciones con Javier Cercas.

Reconstruyo tentativamente su proceder, sus modos de escritura, sus valores, su contexto y su cultura. ¿Escribe Cercas sabiendo lo que tiene por objetivo? ¿O acaso la historia y su construcción le llevan por caminos insólitos?

Como dice Rodney Falk, protagonista de La velocidad de la luz (2005), es preferible “que aún no sepas de qué va la novela”, pues “si lo sabes de antemano, malo: sólo vas a decir lo que ya sabes, que es lo que sabemos todos”, sentencia el personaje de Cercas.

“En cambio, si aún no sabes lo que quieres decir pero estás tan loco o tan desesperado o tienes el coraje suficiente para seguir escribiendo, a lo mejor acabas diciendo algo que ni siquiera tú sabías que sabías y que sólo tú puedes llegar a saber, y eso a lo mejor tiene algún interés”, concluye.

Así funciona Cercas. Sabe de lo que quiere escribir, se arma, se documenta, pero ignora su resultado, la forma precisa de su resultado. Desconoce la consecuencia de ese relato que se inicia con piezas y datos, con informaciones y erudiciones. Y ese proceso mismo de descubrimiento está en sus novelas.

La ignorancia, la feliz ignorancia de Cercas, se debe entre otras cosas a la responsabilidad del narrador, a sus tanteos y giros, que no son, claro, los del escritor. Para que la Historia se cuente de verdad, para que valga la pena, se necesita a un narrador convincente (aparte de a un escritor empírico). Se necesitan a Cercas y a quien él da la voz.

“…«Las historias no existen –me dijo una vez–. Lo que sí existe es quien las cuenta. Si sabes quién es, hay historia; si no sabes quién es, no hay historia»…”, evoca el narrador de La velocidad de la luz reproduciendo las palabras de Rodney Falk.

“… «Entonces yo ya tengo la mía», le dije. Le expliqué que lo único que tenía claro en mi novela era precisamente la identidad del narrador: un tipo exactamente igual que yo que se hallaba exactamente en las mismas circunstancias que yo”.

“… «Entonces, ¿el narrador eres tú mismo?», conjeturó Rodney. «Ni hablar –dije, contento de ser ahora yo quien conseguía confundirle–. Se parece en todo a mí, pero no soy yo.»

Ahí está una de las claves narrativas de sus obras y que en mi libro detallo: sus narradores se parecen a Cercas y hasta usurpan su nombre. Eso no significa que sean un calco del autor. Eso quiere decir que Cercas se piensa potencialmente, que se complica en circunstancias que no ha vivido necesariamente.

”¿Qué es un escritor? –¿Qué va a ser? –me impacienté–. Un tipo que es capaz de poner las palabras unas detrás de otras y que es capaz de hacerlo con gracia. –Exacto –aprobó Rodney–.”

“Pero también es un tipo que se plantea problemas complejísimos y que, en vez de resolverlos o tratar de resolverlos, como haría cualquier persona sensata, los vuelve más complejos todavía. Es decir: es un chiflado que mira la realidad, y a veces la ve”, sentencia Falk, Rodney Falk.

Pues eso: mi siguiente libro, el volumen que debo entregar en los próximos días, trata de eso, de un chiflado clarividente llamado Javier Cercas: un tipo que mira la realidad, y a veces la ve. Eso sí, para después escribirla y describirla.

¿Y por qué chiflado? Pregunten a Alonso Quijano.

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https://www.facebook.com/1249255273/posts/10217362541196046/

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Fotografía: Cordon Press.

La revolución de nuestro tiempo

”La revolución de nuestro tiempo”, dossier monográfico coordinado por Justo Serna, Saitabi, núm 67 (2017), págs. 15-179.

Facultat de Geografia i Història

Universitat de València.

”La revolución de nuestro tiempo”.

Dossier monográfico

“Introducción. La revolución de nuestro tiempo”, por Justo Serna.

Julián Casanova, “1917 y nosotros”, entrevista realizada por Alejandro Lillo.

José Antonio Vidal Castaño, “1917, cien años después. Aurora, cénit y ocaso del comunismo ruso”.

Justo Serna, “Sigmund Freud como síntoma”.

Carmen García Monerris, “Entre la ortodoxia y la revolución: Schumpeter y Keynes”.

Isabel Morant, “El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, y el feminismo contemporáneo”.

David Pablo Montesinos, “La década contestaria”.

Juan Sisinio Pérez Garzón, “La ética indolora. Las alternativas ecopacifistas”.

Epílogo. ¿Cómo funciona el mundo”, por Justo Serna.

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La revolución de nuestro tiempo

Justo Serna

Universitat de València

Entre finales del Ochocientos y comienzos del Novecientos, Europa padece una decadencia. O así lo proclaman algunos de sus más preclaros observadores.

Cuando digo decadencia, no me refiero sólo a una crisis económica, a una de esas recaídas cíclicas del capitalismo, de la producción y del mercado.

Me refiero a una molestia inespecífica, a la desazón que sufren quienes están a disgusto a pesar de sus recursos y de sus satisfacciones materiales.

Entre 1871 y 1914, el mundo parece ir a la deriva, como precipitándose en el abismo. La retórica de la crisis es constante.

Las clases peligrosas se hacen presentes, se adueñan del espacio público con energía revolucionaria y violenta, con insolencia y número, la ley del número, dicen los agoreros.

Por su parte, las mujeres, las damas de la buena sociedad, comienzan a manifestar un serio fastidio. ¿A causa de qué?

Por el sitio irrelevante en que están confinadas, dicen. Las señoras actúan y reclaman sus derechos, como si no se conformaran con el lugar confortable al que se las tiene destinadas.

Los cambios tecnológicos aturden a los contemporáneos: por un lado, muchos están admirados de esos años de vértigo que ya son un vaticinio; y, por otro, no menos individuos se muestran acongojados ante un porvenir incierto y de difícil control.

En efecto, entre finales del siglo XIX y principios del XX comienzan a gestarse una serie de cambios revolucionarios en diferentes dimensiones de la sociedad, la cultura, y la política. Revoluciones, es decir, cambios bruscos y bien visibles, no exentos de violencia.

El tiempo finisecular excita la imaginación morbosa y los temores: Occidente ya no es lo que era o lo que de esta civilización se espera. El nuevo siglo augura cambios que son a un tiempo promesa y riesgo.

Sin embargo, será 1917 el gran acontecimiento que trastorne y transforme el mundo. Nace en medio de una contienda, la Gran Guerra, pero condensa y expresa muchas de las iniciativas y energías revolucionarias que en Oriente y Occidente se están dando desde décadas atrás.

Julián Casanova, entrevistado por Alejandro Lillo, y José Antonio Vidal Castaño se expresan sobre ello.

El número de Saitabi que ahora podemos leer rastrea múltiples aspectos de esa revolución, que también es la de nuestro tiempo y no sólo la rusa.

En efecto, no es únicamente el bolchevismo y la política, la alianza de los sóviets y los soldados, sino también los derechos de las masas, de los grupos, de los individuos.

No me refiero sólo al comunismo, sino a también a las reacciones principalmente culturales que aquella conmoción genera. El Novecientos es nuestro tiempo… O quizá sólo sea ya nuestro pasado.

Insisto: no puede pensarse el siglo XX únicamente como el espejo real o invertido de 1917.

Los diferentes artículos de este número abordan algunos de los cambios profundísimos que se dan entre nosotros a lo largo de las últimas décadas. En Occidente.

Desde la revolución de las mujeres hasta la rebelión de los jóvenes, los revoltosos de los años sesenta. Por supuesto, en este número hay también contribuciones que analizan lo que significó Keynes y el Estado del Bienestar o las alternativas ecopacifistas, la ética indolora que viene a reemplazar al Estado violento o a los movimientos igualmente crueles.

Isabel Morant, Carmen García Monerris, David P. Montesinos o Juan Sisinio Pérez Garzón nos dan cumplida cuenta de ello y con una solidez envidiable.

El número de Saitabi se inicia, pues, con cuestiones acerca de la revolución política y se desarrolla con preguntas acerca de nuestro futuro incierto.

Empieza con la inestabilidad del mundo de ayer y se interroga sobre la inestabilidad del mundo de hoy. Además, en ambos casos, el diálogo sirve para trazar el mapa de unos problemas e inquietudes que son pasado y presente.

El historiador no es un recopilador: no acopia sólo lo que ya está dicho o expresado. El historiador es alguien que siempre, en cualquier circunstancia, investiga, incluso cuando lo que observa no se debe a su estudio.

Se atreve, se inmiscuye y nos dice la suya, que no es mera síntesis. Es audacia expresiva y averiguación. De hecho, cada vez que procede a ordenar datos sabidos y aceptados, se entromete y examina, valora, juzga: hay que destacar este aspecto en nuestros colegas aquí presentes.

No son académicos cómodamente instalados en la cátedra. Son intelectuales que se pronuncian. Un intelectual es alguien se vale de su celebridad, en este caso académica, para juzgar, sopesar, evaluar.

Se hace efectamente presente y nos presenta un punto de vista informado. De sus palabras se infiere una enseñanza. De sus pronunciamientos se saca lección.

De 1917 a 2018, las cosas se nos han puesto muy interesantes. Es más: tenemos la sospecha de que las cosas pueden ponerse aún más interesantes, en el sentido que le diera Eric J. Hobsbawm en su autobiografía. Es decir, amenazantes.

¿Vivimos en la sociedad del riesgo, aquella en la que una decisión genera efectos imprevistos y frecuentemente desastrosos, según diagnosticara Ulric Beck?

¿O estamos ya en la sociedad de la incertidumbre, aquella en la que todo resulta impredecible por carecer de guía, tutela o dirección?

Hobsbawm tituló sus memorias con ese rótulo: Años interesantes, ya digo. Sin duda, el corto siglo veinte (1914-1989) fue un convulso tiempo de grandes avances y de catástrofes devastadoras; fue un período de democracia representativa y de totalitarismo y de exterminio.

Por otro lado, el Novecientos fue el tiempo en el que las vanguardias redefinieron el concepto de la cultura disolviendo el juicio y la recepción de las creaciones y de la elaboración humana.

¿Todo vale? ¿Todo vale igualmente? ¿Para qué sirven las obras? ¿La cultura nos mejora? ¿La educación forma el buen gusto o nos da buen tono, prueba un juicio informado u opiniones y sensaciones equivalentes? ¿La cultura del presente incorpora la tradición o exige ruptura y constante innovación? Un auténtico trastorno, ya ven.

Hemos ido leyendo a lo largo de los meses precedentes distintos libros sobre Donald J. Trump, el epítome de nuestro tiempo. El mercado español nos ha abastecido.

¿Quizá porque pensábamos que iba a ganar las Presidenciales? No exactamente. Las editoriales han publicado diferentes títulos sopesando otros reclamos. Repito estamos en 2018, no en 1917.

Suficientemente estrafalario, rodeado de oros, de mármoles y de lujos ostensibles, como un Dios ubicuo y también cínico, Trump despierta interés, provoca espanto, repulsión y atracción.

Parece la antítesis de la moderación, del buen gusto, del buen tono, del discernimiento sobrio, de la decisión prudente. Adiós a la razón del Setecientos. Es nuestro epítome, ya digo. ¿Cómo no fijarse en un tipo así?

Estemos atentos. Como si un monstruo de feria se tratara, como si la mujer barbuda regresara a la pista, como si el hombre de dos cabezas dispusiera de un arma con la que afinar el tino.

¿Acaso no leeríamos una biografía documentada y hasta entretenida de uno de estos monstruos?

Impresiona saber tantas cosas de su quehacer y de sus logros, deriva o caricatura del siglo XX.

Impresiona saber de sus ideas extremistas y sobre todo simplistas, que cierran una centuria de admirables y horrorosos avances.

Impresiona saber de su psicopatía, perfectamente diagnosticada por los expertos.

Impresiona saber del cinismo de que es capaz, la soberbia arrogante con que trata a sus empleados, clientes, beneficiados, contemporáneos, que sólo tienen la opción de serle serviles.

Pero impresiona quizá aún más su conducta errática, la temeridad con que se conduce y nos conducirá. Es como un primate con arma de fuego.

Anotemos este año, 2016, el año de las presidenciales que ganó un ser emocionalmente lastrado, narcisista, megalómano y dispuesto a tener el poder, todo el poder como consolación; dispuesto a ejercerlo con nepotismo y largueza clientelar.

Como antaño. ¿Es o no es un cuadro clínico preocupante? ¿Es o no es una pesadilla de fantasía? Nos recuerda lo más detestable del siglo XX.

En ese porvenir que ya está aquí, lo peor no está por llegar. Ha llegado y ya lo atisbamos.

Todo parece y aparece devastado, sin promesa de redención: la moral por los suelos, el trato de pavor y de favor como nueva benevolencia, la tecnocracia como gobierno de linaje, como ultraje del débil, la división social extrema como escisión y sujeción de gentes atadas al presente, gentes sin recuerdos, sin poder, gentes domadas e inermes.

Comenzamos una nueva era, la de las tiranías posmodernas y otra vez antimodernas, con lujos tecnológicos y con masificación asfixiante.

Proles y cuadros (1984) separados totalmente por privilegios, por recursos: la base y la nomenclatura distanciadas.

Un totalitarismo soft: una pantalla gigantesca y muchas otras ubicuamente nos persiguen. No podemos desconectarlas y además funcionan como objetivo, registrando todos nuestros movimientos. ¿También nuestros pensamientos…?

Comenzamos una nueva era, la de la consumación de los tecnócratas impúdicos, beatos y deshonestos: todo ello a la vez. Tras siglos y siglos de guerras, progreso y conflictos, tras una crisis planetaria, la humanidad se detiene.

O no: somos una especie en extinción que cree marchar. Quizá la ecología tenga algo que enseñarnos. En cierto sentido, la humanidad es ya material de desecho, formada por consumidores compulsivos que avanzan aceleradamente sin desplazarse hacia un más allá que es regresivo.

Comenzamos la era de la hibridación, de la mezcla, de los desechos industriales, de la obsolescencia mecánica y propiamente humana, algo atisbado hace un siglo. Entre las ruinas gigantescas del progreso del Novecientos estamos los humanos.

¿Por qué tantos malviven, por qué todos mueren? Los humanos sobreviven entre neones e inmundicias, ahogados por los humos, por el cambio climático, por la crisis, en medio de una estética de lujos desmedidos, de cochambre y factoría.

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Fotogramas: Harold Lloyd en Safety Last! (El hombre mosca), de Newmeyer y Taylor, 1923).