Antonio Muñoz Molina. Por el principio

Acabo de escuchar ‘Por el Principio’, un programa radiofónico, en este caso dedicado a Antonio Muñoz Molina. En ese espacio cuenta parte de lo que fue su infancia y adolescencia.

Es una bella evocación entre nostálgica y realista de un mundo ya desaparecido, una España pobre y esforzada.

Pero también es una incursión en un país esquilmado por la dictadura, un régimen basado en la crueldad y el miedo, en la ordinaria resignación. Es un viaje a aquella inacabable posguerra…

El programa no es una entrevista. Al menos, su formato no está concebido así. Hay distintos cortes en los que el protagonista se explica ante un entrevistador que no escuchamos.

Hay recreaciones de momentos de su vida, una dramatización. Y hay exposiciones de Muñoz Molina.

Es la infancia de un niño nacido en Úbeda que estaba destinado a continuar la vida de hortelano del padre.

Pero es también la niñez y la pubertad de un muchachito que leía mucho, que leía de todo, que tenía buena memoria y que pronto aprendió a redactar con gusto y esmero.

Es la primera juventud de un zagal que evitaba la violencia y la fuerza bruta, que sentía pavor y —aún siente— rechazo ante la masculinidad asertiva y agresiva, ante la exhibición del varón depredador.

Al escucharlo siento tantas cosas que comparto… Por supuesto no me comparo.

Yo no fui un temprano y voraz lector. La afición me vino algo después. Yo no estaba destinado a ser hortelano a pesar de los orígenes campesinos de mi familia paterna.

En realidad, Muñoz Molina despierta en mí simpatía y admiración por su sensibilidad, por la ternura y habilidad con que evoca el pasado y construye mundos de ficción.

No escribe bellamente. Escribe precisamente. Es decir, con precisión, con extrema y sutil precisión, que es lo máximo a lo que podemos aspirar si somos de letras.

Uno era de Letras —decíamos en mi infancia y adolescencia— cuando en el bachiller superior te inclinabas por las Humanidades.

Cómo no admirar a Muñoz Molina. En su prosa hallamos la expresión justa, ese logro que se alcanza cuando parece que las palabras y las cosas coinciden…

Por supuesto, es un arte y, si se quiere, un artificio: esto es, una habilidad que hace sencillo o evidente o natural aquello que exige esfuerzo, esmero. Más transpiración que inspiración.

Por eso y por muchas cosas más admiramos, admiro, a Antonio Muñoz Molina.

https://cadenaser.com/programa/2019/08/11/por_el_principio/1565547061_376377.html?ssm=fb

El mundo será un asco

Una distopía es un mundo en el que no nos gustaría estar. En eso podemos estar de acuerdo.

¿Pero entonces, si el mundo en que efectivamente residimos nos disgusta, puede decirse que vivimos en una distopia?

No, no nos precipitemos.

Pensemos en tantas ficciones escritas o audiovisuales. La distopía es una ficción, en efecto.

Es una historia inventada por alguien dotado para prevenir o predecir, alguien capaz de mostrarnos un mundo parecido al nuestro, pero aún peor.

Una distopía, en fin, es una novela, una película o una serie, pongamos por caso, en que la naturaleza humana, la política o la tecnología han degenerado hasta extremos indecibles. Y, con ellas, la moral. Es una advertencia.

Sencillamente lo que sabíamos bueno ya no lo es y lo que juzgábamos malo ha acabado por imponerse sin discusión o apelación, sin réplica.

Dicho de otra manera, lo bueno de la vida pasa a estar prohibido. Y lo repugnante de la existencia se hace por expreso deseo de la autoridad, de las autoridades. O sea, a la fuerza.

En esas historias que llamamos distópicas, el mundo es un sitio peligroso para el individuo e incluso para la propia especie.

Y ello aunque no lo parezca, pues ese mundo puede presentarse ornamentalmente bello, hasta confortable.

En una distopía, la Tierra es un lugar que se ha vuelto cómodo o incómodo pero siempre amenazante.

En efecto, la amenaza se cierne sobre cada uno de los humanos y sobre la mayoría. Eso sí, sólo muy pocos escapan a esa suerte: por la posición que ocupan en la jerarquía; o por la oposición clandestina con que resisten (y lo ocultan).

Resulta una paradoja. No esperábamos eso del porvenir, el inmediato o el lejano. Las religiones del Libro y las religiones políticas, el progreso y la ilustración, nos habían prometido otra cosa.

Nos habían prometido un futuro sin restricciones, liberados de las estrecheces, de las arbitrariedades, de las injusticias, de la tiranía, del miedo, del despilfarro. A cada cual según sus necesidades…

Nos habían augurado un devenir sin las esclavitudes y miserias del orden analógico, del mundo sublunar.

Hasta era razonable predecir un salto mayúsculo: algún día podrán franquearse los límites humanos. Eso nos prometen.

Por ejemplo, pequeñas actividades que ahora y aún debemos realizar con esfuerzo… después, pronto o tarde, se resolverán con los prodigios de la Ciencia o de la Providencia.

Y, si embargo, el mundo actual no parece augurar nada bueno, nos decimos. Ni la tecnología resuelve nuestros problemas morales, ni Dios presta auxilio atención.

El mundo parece ir a la deriva o, simplemente, ya ha encallado con el casco lleno de desperfectos. Estamos varados en zona de arrecifes o estamos perdidos.

Puede que materialmente los habitantes de la Tierra hayan mejorado, nos decimos. Pero hay algo en la opulencia en la que muchos viven o en la tecnología de la que se sirven que es pena y penitencia bien gravosas.

Tampoco podemos regresar a los viejos tiempos, a una época más primaria (si tal cosa puede concebirse), cuando las infecciones y las epidemias se ensañaban con los seres humana y cuando la guerra era el hábito común del estado natural.

Lo que hace detestable el mundo distópico no es necesariamente la pobreza o el hambre, que son realidades bien presentes, actuales, y no venideras. Lo que hace espantosa la distopía es la perfección, la supuesta perfección que se avizora.

La distopía es una utopía negativa, una historia en que se nos detalla un estado de pavorosas circunstancias. Es un relato escrito o audiovisual en que se nos cuenta o vemos un mundo modélico o detestable que bien podría llegar.

El mundo que podría llegar sería concretamente una sociedad destruida, semiderruida o perfecta, pero en todo caso congruente y verosímil. El Infierno en la Tierra.

¿Por qué la perfección es una expectativa tan angustiosa y tan indeseable? Porque es el horror de lo ordenado, de lo contenido y de lo civilizado.

En el mudo perfecto, las personas se acomodan estrictamente a las reglas; las circunstancias son enteramente previsibles; los hechos pueden predecirse con acierto.

Si es así, las vidas son obvias, las normas se imponen sin resistencia o descuido, los hábitos son evidentes e incontrovertibles. Etcétera.

En pocas palabras, el mundo es claro, transparente, un lugar en donde todo casa o encaja, un espacio en el que las jerarquías o la igualdad se imponen.

Una distopía prefigura una sociedad en que la libertad y el individuo son irrelevantes o están proscritos. La autoridad máxima y las autoridades locales o delegadas son indiscutibles y no prescriben.

Uno decae en el cargo o en el estatus (a los que accede por estatus o privilegio) si es degradado por su superior: con toda probabilidad por haber contado crímenes contra el orden inmutable de las cosas.

Esa autoridad se ejerce sin contestación y está rodeada de toda suerte de edecanes y de clases de servicio.

Las tareas a desempeñar son múltiples y hay una división del trabajo que fija la posición laboral, sí, pero también el estamento al que fatalmente pertenece el individuo, siempre uniformado y ahormado.

Y ahora, si me hacen la caridad, les pido que adivinen a qué distopía o distopías me estaba refiriendo. O a qué espantos les recuerda esto que les he descrito.

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1984 – Scene from the 1956 Holiday film version which starred Michael Redgrave.

Invasión, invasión

Hace años lo escribí y ahora vuelvo a repetirme y a repetirlo. Tras lo sucedido en El Paso (Texas) y Dayton (Ohio) me han venido a la cabeza dos palabras: masacre y matanza.

El diccionario de la Real Academia define muy bien qué es una masacre. Es un sustantivo que procede del francés ‘massacre’.

Significa “matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o causa parecida”. Se ajusta especialmente a lo sucedido en Texas y Ohio.

Pero leo la voz matanza, tan española, tan dolorosamente castiza, y casi la prefiero: “mortandad de personas ejecutada en una batalla, asalto, etc.”

Más aún, matanza es también la “faena de matar los cerdos, salar el tocino, aprovechar los lomos y los despojos, hacer las morcillas, chorizos, etc.”

Pienso en lo ocurrido en El Paso y Dayton. Sin duda, el número y las intenciones son muy inferiores a otras masacres y matanzas, no son comparables. Casi es poca cosa si cotejamos estas carnicerías con otras de este siglo y del anterior.

Pero pienso también en lo que es el fanatismo. Me estremece todo esto. Empieza el verano y, como siempre, las redacciones de los medios quedan despobladas. Sin embargo, los horrores más sangrientos de los últimos años ocurren en período estival.

Lo sucedido en El Paso y lo sucedido en Dayton son ejemplos de masacre: “matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o causa parecida”.

Pero son también casos de matanza, en su primera acepción: “mortandad de personas ejecutada en una batalla, asalto, etc.”

Ataque armado, indefensión, personas ejecutadas, batalla. La comparecencia pública del presidente Trump ha sido lamentable y decepcionante. Atribuye las víctimas a sendos victimarios con problemas mentales. Y al odio. Ah, y a los videojuegos.

Concretamente ha dicho: “Las enfermedades mentales y el odio aprietan el gatillo, no las armas”. Y quienes aprientan el gatillo creen en el supremacismo blanco.

Por otra parte, Trump, que busca la alianza de los demócratas para enfrentar casos como éstos, ha mezclado las masacres o matanzas con la emigración. Con la “invasión” hispana.

Bien mirado, a este hecho no se le ve la relación, pero el señor Trump cree que sí. Quizá a los restantes mortales nos falte mayor intelección. Él tiene dotes. Está bien dotado.

Yo, por el contrario, me siento impotente ante hechos de esta naturaleza y me pregunto por todos los enfermos mentales del mundo y por todos aquellos que profesan el odio.

¿Si ésas son las causas, además de la excitacion de los videojuegos, por qué esas masacres o matanzas abundan en Norteamérica?

Sin duda, la mejor respuesta a estas cuestiones es la que ha sostenido Hillary Clinton. ¿Clinton? ¿La señora Clinton?

Siempre hemos sabido que la antigua candidata demócrata, tan denostada por representar al ‘establisment’ y a la élite, tiene una cabeza de muchos quilates, de gran penetración intelectual. Sin duda.

En su respuesta no hay graves o profundas cogitaciones. Le ha bastado con aplicar el sentido común,

“Las personas sufren enfermedades mentales en todos los demás países de la tierra; la gente juega videojuegos en prácticamente todos los países del mundo. La diferencia son las armas”.

Cierto, muy cierto.

Creo que vivimos ya en un mundo distópico. O quizá, ignorándolo, estemos sobreviviendo en un planeta invadido por extraterrestres.Pero no lo sabemos.

Invasión, el señor Trump habla de invasión. Admitido. Creo, sin embargo, que resulta más justo añadir que tal invasión no es hispana. Ni siquiera latina.

Por las pruebas, por la indicios reunidos, la invasión es de alienígenas o de líderes aquejados de severas patologías.

La devastación

La hora violeta es un libro que estremece por su temple y por su prosa. Es un libro conmovedor, formalmente conmovedor, que nos narra la muerte del hijo, de Pablo.

Y sobre todo nos cuenta los meses de intemperie y quiebra emocional y racional de unos padres, Sergio del Molino y Cristina Delgado.

La hora violeta es un libro que estremece por su temple y por su prosa. Es un libro conmovedor, formalmente conmovedor, que nos narra la muerte del hijo, de Pablo.

El progenitor nos relata el hecho posible, venidero, fatal…, que no podemos nombrar. A ese interregno (vamos a llamarlo así), el autor dedica estas páginas. Las titula La hora violeta, fórmula que toma de T. S. Eliot, de La tierra baldía.

Es interregno. Y es lapso breve que lleva de un estado a otro. De la vida promisoria a la pérdida de un hijo que era un ser emocional y emocionante, un muchachito que estaba por crecer y madurar.

He dicho que este libro es “formalmente conmovedor”. Me reafirmo. Lo es por la calidad de su puesta en escena y lo es por lo exquisito de su escritura. ¿Acaso por el sentimiento que nos embarga al leerlo?

Empecemos diciendo dos cosas. Esto que ahora, en 2019, escribo no es una reseña: siempre sería una recensión rezagada o a destiempo, acotación a un libro publicado en 2013.

He retrasado por razones diversas, algunas personales (si no es que todas las razones son siempre personales), su lectura. Ahora he decidido no demorarla más tras las recomendaciones de Marisa Begué.

La segunda cosa que quería decir es ésta: el volumen de Sergio del Molino me afecta hondamente. ¿Ah, sí, y a quién no?, podría reprocharme cualquier persona.

Sí, es así, pero en mi caso me ha conmovido de manera especial por haber estado cerca de una situación semejante: esas razones personales a las que antes aludía.

No puedo decir que haya vivido esa situación. Pero sí puedo decir que he sentido los efectos del cataclismo, un cataclismo semejante. A mi alrededor, todo era devastación.

Ahora bien, de la devastación no sale por fuerza buena literatura. La literatura no surge necesariamente del dolor más íntimo. Surge cuando un poeta y un novelista saben dar forma a ese dolor.

En otros términos, un libro de tensión y resolución equilibradas, de justa expresión, de medida ejecución —como es La hora violeta— no es fruto de la desgracia.

De la desgracia no se sigue la creación poética. Hace alta oficio, pero sobre todo hacen falta el arte y el artificio de eso, de quien tiene oficio.

En La hora violeta no hay una sintaxis sonora o acomodaticia o melodramática. Es prosa desgarrada que a la vez desgarra. No obstante, las palabras del narrador no se desbordan. El prosista se contiene…, delicado, delicadísimo.

Los hechos son sencillamente catastróficos. Pero un libro no alcanza la excelencia por el tema, sino por la filigrana, por el modo en que se piensa y se narra la muerte del hijo.

¿Cómo se puede relatar este hecho impensable e inenarrable? Más aún, ¿cómo se puede narrar el sentimiento, el desamparo, de los padres?

Pues se puede relatar expresando la pena con la exquisita habilidad del letraherido. Pero también valiéndose de la ironía y la deprecación de uno mismo.

Es una forma de hacer explícita la herida. Eso sí, sin restarle gravedad pero sin hacer demasiado aspaviento.

Durante décadas, yo he padecido el fantasma de un hermano mayor muerto nada más nacer. Se hacía presente allí en el hogar, convocado por la nostalgia y la herida irrestañable de mis padres.

Era un ser prometedor, repleto de expectativas que jamás frustró. Murió joven, tan joven, que en efecto todo en él era promisorio. De haber sobrevivido, aquel esbozo habría sido guapo, fuerte, un angelito y luego un hombre modélico.

Tras leer el libro de Sergio del Molino, he dejado de pensar en mí. También he dejado de pensar en ese hermano mayor cuyo parto fue su punto final. Y mi angustia, inducida.

Tras leer el libro de Sergio del Molino, he pensado en mis padres, con un tristeza apenas reprimida. He pensado en la desolación mal curada, en el desgarro que los laceró.

Pero, por algún efecto estrictamente literario, he conseguido apiadarme de ellos sin condescendencia (si tal cosa es posible). He reconocido finalmente su devastación.

Para mí, la literatura no es necesariamente terapéutica. Tampoco deseo una curación como consecuencia de la lectura. La literatura es felicidad y jovialidad. ¿Cómo decirles?

De La hora violeta he salido enjugándome las lagrimas. Y reconciliado.

¿Amado monstruo? Jesús Gil y Gil

En dos o tres días he podido ver la serie documental producida por HBO y dedicada a Jesús Gil y Gil. Digo en dos o tres días porque quería no perderme detalle, no despistarme.

No perderme detalle de Gil. De Jesús Gil, sí: aquel que fuera promotor de Los Ángeles de San Rafael, aquel que fuera alcalde de Marbella, aquel que fuera propietario y presidente del Atlético de Madrid.

Gil, sí, un constructor inmobiliario y, sobre todo, un negociante en busca de oportunidades, quizá un agiotista, un pícaro que supo aprovecharse de lo público y lo privado para incrementar exponencialmente su lucro y patrimonio.

La serie de HBO lleva por título ‘El pionero’ (2019) y su responsable es Enric Bach.

Son un total de cuatro episodios, cuatro capítulos que, a decir verdad, por un lado se me quedan cortos; y, por otro, se me han hecho largos y hasta algo repetitivos.

Me refiero al montaje, a la composición, a la historia tal como se nos cuenta, a la ascensión y caída de dicho personaje tal como se nos muestra.

¿Acaso es una serie fallida? Yo no lo diría exactamente así. Tiene calidad: el director sabe aprovechar material de archivo, bien abundante en el caso de Gil,.

Y sabe convocar y reunir testimonios imprescindibles, entre otros, los de los hijos de tal y tal, es decir, los Gil Marín.

Por razones que no acierto a comprender, la señora de Jesús Gil y Gil está prácticamente ausente de la filmación. No me refiero a que no haya cortes con declaraciones de María Ángeles Marín Cobo.

Es que casi no se la menciona y las imágenes que de ella fugazmente vemos apenas nos permiten atisbarla.

¿Y a quién vemos? A una señora robusta, rubia de tinte, tostada o casi carbonizada por un bronceado eterno y con rasgos evidentes de una gordura temprana.

Tres de los cuatro hijos de Gil y Gil testimonian largamente. Reproducen físicamente y por separado la fisonomía y la carne del padre y de la madre. Los labios carnosos, la anatomía obesa o casi obesa, la mirada desconfiada y huidiza del patrón. Son feos.

También larga ampliamente Isabel García Marcos, opositora de Gil en el Ayuntamiento de Marbella. El botox ha hecho estragos en su cara. Conserva su delgadez y una melena rubia ya desleída, pero su rostro acusa un marchitamiento y unos pliegues que asustan.

Menos mal que Enric Bach consigue las declaraciones de Carlos Castresana. Es el auténtico contrapunto, el orden, la lógica, la coherencia a tanta cháchara insustancial. ¿De quien?

Principalmente de los hijos amorosos que recuerdan la sañuda persecución a que presuntamente fue sometido el padre.

¿Por quién? Por Castresana, claro. Fue él quien desde la Fiscalía Anticorrupción (1995) desentrañó el ‘Caso Camisetas’ y el ‘Caso Gil’, entre otros.

Castresana testimonia con vigor, con autenticidad y con fuerza narrativa. Hace veinticinco años era un hombre joven y atractivo, aunque de aspecto frágil. Ahora su elegancia es aún mayor. Envidio sus anteojos.

Que yo insista en la apariencia de los personajes envueltos o implicados en esta historia no es un capricho, no es algo irrelevante.

A partir de cierta edad, como reza el tópico, cada uno es responsable de su rostro y diríamos que también de su cuerpo.

El cuerpo y el rostro de Jesús Gil y Gil son la versión monstruosa y desbordada del feo, del hortera, del poderoso, del delincuente simpático y populista, de aquel que para burlar la ley se declara antisistema. Me salgo…

Fue condenado varias veces y por varios casos. Obró con mucha determinación y desahogo, como un líder, como una celebridad que invoca al pueblo mientras se enriquece inmoderadamente.

Hizo del feísmo su trampantojo; y del exceso indumentario, su disfraz. Fue también pionero en el uso inmoderado del chándal. Fue el rey del chandalismo.

Mostró gustos adocenados y ostentó estéticas de nuevo rico. Hablaba lentamente, con pedagogía vulgar, propia del hampa. Invocaba la democracia para justificar sus desmanes.

Fue amado por plebeyos y gañanes y fue tolerado por la gente fina y principal. Caía simpático y sus propios excesos y labia hicieron de él una celebridad televisiva.

He sentido escalofríos viendo esta serie. El personaje supo atraer, condensar y expresar la vulgaridad más extrema que hay en cada uno de nosotros, la picardía española.

Fue un delincuente (procesado y condenado, pues), un delincuente tosco de guante blanco, nacido pobre.

Y supo encarnar al avispado de la tradición picaresca, el villano que engatusaba con favores y promesas, simpático y cordial.

Javier Cercas. Frente al pelotón de fusilamiento

Por razones varias, Javier Cercas está padeciendo una hostilidad creciente. De un tiempo a esta parte parece como si cierta gente, casi legión, lo detestara con porfía, con una ojeriza en principio inexplicable.

En ciertos medios públicos, entre historiadores y literatos, y entre catalanes independentistas e izquierdistas, su nombre se menciona para mal o para peor o para mucho peor. Es columnista y dice la suya sin cortapisas.

Cercas toca muchas teclas y además con éxito del público y aprecio de la critica más distinguida. Pero es el caso de escribir una novela, de publicarla, y ese hecho común y hasta frecuente despierta la animadversión de unos enemigos sobrevenidos.

Hay historiadores que le reprochan el uso del pasado, lo que juzgan sus ignorancias oceánicas y sus presuntas licencias y arbitrariedades. Y hay novelistas o periodistas, en fin, que le acusan de todo lo imaginable.

Entre sus rivales más feroces como mucho se admite que Cercas escribe con una soltura y una solidez envidiables. Que escribe fácil, con poco estilo y pegado a la realidad, carente de una fértil imaginación.

Hasta de putero. Ése es el caso de Arcadi Espada, que años atrás se inventó algo calumnioso, un infundio —Cercas en una casa de lenocinio—, para denigrarlo grandemente. Quería darle lecciones; quería mostrarle la inutilidad de la ficción.

Se le admite que sí, que urde historias con intriga, con humor, con un ritmo sintáctico solvente, con belleza formal no exenta de pasajes gamberros. ¿Acaso quiere ejercer de ‘enfant terrible’?, le reprochan.

Se le admite, en fin, que sus frases las carga con una sorna bien medida, sin la pomposidad de algunos colegas, que se envanecen por saberse ‘juntaletras’. Pero esa sonoridad de su ritmo sintáctico sólo sería ornamental.

A la vez no es infrecuente otra acusación más grave: la de que el escritor y columnista blanquea el franquismo, el falangismo y, en fin, todas las taras y las cargas del pasado español. Sería poco menos que un traidor o un pancista.

Me echo las manos a la cabeza. Me doy unos coscorrones y luego me la tiento no vaya a ser yo el equivocado. Lo leo con placer y dicha, he mantenido con él conversaciones y discusiones y, finalmente, he compuesto un libro sobre su arte, sobre su obra, del que, qué quieren, me siento orgulloso.

Por lo que me llega, por las invectivas que llegan, yo ya tengo un estatus: figuro como diana menor, pero diana al fin, como un paniaguado del cerquismo.

Yo ya estoy frente al pelotón de fusilamiento de quienes querrían acallar a Cercas. La verdad es que estar ahí no me hace mucha gracia. Por el pim, pam, pum.

O sí: bien mirado, me siento en excelente compañía.

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La fotografía de cubierta del libro y las variaciones de Soldados de Salamina corresponden al arte y habilidad de Antonio Barroso.

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http://puntodevistaeditores.com/catalogo/historia-y-ficcion-conversaciones-javier-cercas

¿Todo es negociable?

Empezaré por una revelación personal que no tiene gran trascendencia, pero que a mí me resulta importante: he leído dos veces, dos veces seguidas, una detrás de otra, La vida negociable (2017).

Se trata de una novela de Luis Landero que sorprendentemente aún no había disfrutado. Cuando apareció, la fui dejando, la fui dejando, y me lié con otras lecturas. Por ello, se me fue pasando la puritita novedad.

Landero siempre es necesario, un chorro de sabiduría literaria y de sentido práctico. ¿Cómo es posible que yo me privara de ese disfrute durante tantos meses?

Justamente por ello, algunas amistades empezaron a urgirme. Tienes que leerla, me requerían. Entre otras personas, Marisa Begué, a quien desde aquí saludo y a quien agradezco su insistencia.

Al final he cumplido un deseo y he cumplido una meta con placer. Tanto es así, que inicié la relectura de La vida negociable, empalmándola sin descanso.

Es algo circunstancial, pero no irrelevante. La relectura, por pura chiripa, ha coincido con las jornadas de negociación política de estos días.

Y la relectura me ha procurado un gran placer. Como hacíamos con el tabaco: te negabas a suspender la dicha del pitillo; no aceptabas ponerle fin tan pronto. Era como si te hubieras perdido algo.

Y, en efecto, al releerla inmediatamente he comprobado mi déficit de atención. Vamos, que se me habían pasado o no recordaba situaciones desternillantes. El colmo, vaya.

Déficit de atención: eso mismo se reprochaba Eduardo Laporte en su muro de Facebook días atrás, con una angustia guasona.

Se puede formular con una pregunta. ¿Cómo es posible que yo no recordara en esta segunda lectura pasajes y momentos de esta reflexiva y divertida novela?

No hay nada que lamentar. En lo bueno, la segunda vez siempre es mejor. Y habrá, probablemente, una tercera, como si me gratificara con dos o tres libros distintos.

La novela de Landero se titula, ya digo, La vida negociable y tiene los mejores rasgos de su literatura.

Entre otros, los siguientes:

-la prosa sutil, de rigor léxico y esmero sintáctico;

-la visión pícara y tierna de la vida;

-el afán como motor de la acción y causa de la insatisfacción;

-las metas variadas y locas o mediocres que suceden a fracasos estrepitosos;

-la inconsciencia demente de las propias limitaciones;

-la resignación como salida cómica, involuntariamente cómica;

-etcétera.

El protagonista y narrador, Hugo Bayo, Huguito, es un tipo que percibe mal las cosas. Creo que yerra permanentemente. Observa la realidad con egolatría incurable y con un voluntarioso empeño de ganar.

Se cree dueño de grandes capacidades y se cree merecedor de todos los triunfos. Sabe —y lo sabe sin pruebas— que en algún momento podrá remontar.

En fin, sabe —y lo sabe sin pruebas— que podrá salvar los obstáculos que otros le ponen o se le ponen o él mismo se pone. Tiene o cree tener clarividencia.

Por eso, siempre se está dando una segunda oportunidad…, como si la vida le fuera a conceder muchas posibilidades. ¿Para qué vamos a insistir si en nada ya vendrá la solución?

Su padre, administrador de fincas, es un hombre devoto y corrupto. Y de él ha aprendido que, en la vida, todo es negociable. Así de rotundo se lo dice y se lo repite.

“En la vida, todo es negociable” significa que tampoco vale la pena esforzarse mucho si algo o alguien nos contraría o nos contradice.

Siempre podemos pensar que somos más listos o mejores de lo que somos. Siempre podemos optar por evadirnos, por escapar, por admitir que las uvas estaban amargas. Ya caerán del guindo.

A Huguito, los obstáculos le resultan incomprensibles. Si tiene o cree tener madera de héroe o de genio o de hábil negociador, ¿por qué va aceptar que sus cálculos han fracasado o que ha incurrido en errores de bulto?

Él tiene o cree tener cualidades que están por encima de las de los demás. Él es poseedor de habilidades que al final se descubrirán.

Lo raro, lo inaudito, es que otros no lo sepan apreciar. Lo raro es que los pocos amigos que tiene se le vayan sin más.

Pero para Huguito debe llegar el día en que recibirá su merecido o el botín que le corresponde.

Más pronto que tarde se sentará a la mesa de los poderosos y hasta desalojará a quienes incomprensiblemente se le adelantaron.

Llegará el día, en fin, en que se le haga hueco entre los elegidos, siendo él quien desplace a los falsarios o advenedizos.

Cuando ocurra, cuando asista a su jornada de triunfo, ya no habrá nada que negociar pues se le reconocerá.

Finalmente se le reconocerá como el guía sabio que es y se le admitirá como el hombre tocado o ungido por la Providencia.

Ya no habrá más mediocridades ni tropiezos, ni descensos, sólo asaltos (hasta robos, si se tercia). Tocará el Cielo. No hay desmentidos para Huguito.

No hay principio de realidad.