Beau Brummell. Camps y Betoret

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Uno. Francisco Camps y Rafael Betoret compartieron Gobierno, ideología y sensibilidad en la Comunidad Valenciana. Eran días de vino y rosas. Eran momentos de gran esplendor y desembolsos.

Almuerzos inacabables, licores de mucha graduación, querencias bien viriles. Pertenecieron al sector audaz del Partido Popular de Valencia. Compartieron un modo de hacer, de vivir, de sentir. Con profundidad y ardor. Sabían que serían recordados.

El primero (‘El Tío Paco’ para la simpática comunidad gitana) logró escaparse de la causa de los trajes de Milano, marca de enorme prestigio en el ramo de la sastrería fina. ¿Y cómo fue? Pues gracias a un letrado avispadísimo y gracias a un Jurado superchévere.

El segundo, por el contrario, admitió en sede judicial haber sido agraciado por la trama Gürtel con ropa de cierto estánding. Creo que alguno de los ternos tenía raya diplomática, el motivo que prefieren los señores de orden.

Betoret devolvió los trajes. Según un empleado de la sastrería, encargado por el Sr. juez para comprobar la autenticidad de las prendas, dicha ropa desprendía un penetrante olor a Varón Dandy. Tampoco podemos fiarnos de ese dictamen porque el mozo de Milano no es perito en colonias.

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Después, el magistrado ordenó que se empleara dicha indumentaria con fines benéficos. Es un alivio que la Justicia establezca ese objeto para la ropa “usada”. Ése fue el adjetivo que empleó el juez.

La imagino rozada, con cerco de sudor en el cuello de la camisa, con lamparones y restos de caspa en las solapas de las americanas, con bolsas en los pantalones. No hay constancia de que trajes y americanas se llevarán a limpiar a la tintorería, hecho que quizá avale la conjetura del empleado de la sastrería: ese olor mefítico de colonia añeja.

Si es así, resulta extraña la elección de Varón Dandy. Más propio habría sido por parte de Betoret elegir una botella de 500 de Brummell. ¿Por qué? Porque durante años y por su elegancia, a Betoret y a Camps se les conocía como herederos de Beau Brummell.

Dos. En las fotografías que adjunto vemos a dos personas aparentemente irreconocibles. Un amigo se empeña en decirme que no son Camps y Betoret. Yo, si quieren que les diga la verdad, creo que son ellos, aunque de entrada no se les identifique fácilmente.

Pero no por la indumentaria con la que presuntamente se camuflan (esos trajes…), sino por las gafas que usan. Claramente se parapetan tras lentes de aumento. Se nota que pertenecen al mundo de las ‘celebrities’.

Quiero decir: dado el tamaño de las gafas, la montura y los cristales ahumados les tapan una parte importante de sus rostros. Menudos rostros.

Por la alegría que manifiesta el señor de la parte supe rigor yo diría que dicho individuo podría pasar por El Fari (que en paz descanse). En cambio, el señor de la parte inferior me recuerda a un extraterrestre. Yo diría que parece salido de Star Trek.

¿Ustedes creen que yo puedo reconocer a Camps y Betoret en esas instantáneas? Ya digo que me cuesta. Pero por sus adminículos de gran lujo se infiere fácilmente que la ropa liviana, de entretiempo, y las gafas de Gucci formaban parte de la uniformidad popular valenciana.

Seguiremos investigando…

El enojo de Francisco Camps

El enojo de Francisco Camps.

Últimas noticias

(De nuestra redacción)

“No me vas a grabar más, ladrón, plumilla”. Eso es lo que ayer pudo oírse en un embarcación de lujo fondeada en el Puerto de Valencia.

imageLucía el sol del mediodía y una suave brisa, tan común en nuestras costas, refrescaba el bienestar de los naturales. Esa paz de la playa levantina se vio, sin embargo, alterada. Alguien estaba gritando con mucha determinación. Daba grandes voces. No hacía más que repetir: “No me vas a grabar más, ladrón, plumilla”.

Al parecer, la víspera de su declaración ante el juez, Francisco Camps pasaba unas horas de relax en un conocido paquebote, creyendo estar a resguardo de los cotilleos.

No es infrecuente que en el muelle atraquen. Allí pueden verse naves de gran eslora. Embarcaciones atracadas, en efecto, en las que propietarios e invitados disfrutan lejos de la ciudad.

El expresidente, muy desmejorado y visiblemente alterado, hizo ayer esas manifestaciones (“No me vas a grabar más, ladrón, plumilla”) al ser sorprendido en el velero de unos amigos. Se asomó a cubierta.

Abordado por un periodista que chillaba desde un pequeño bote, el expresidente le espetó: “Hoy no me sigues, te pongas como te pongas, rompo cámaras, micros…”

A su lado, una dama desconocida para el gran público, pero de mucho garbo, le apuntaba al ex mandatario algo muy coherente: “Dientes, dientes, que es lo que les jode”.

Verdaderamente, el enojo de don Francisco Camps era bien ostensible. Tenía el rostro desencajado, con ojeras oscurísimas, con orejas puntiagudas y, en fin, con el rostro mal rasurado. Las manos parecían garras o algo peor, como muestra esta instantánea tomada por el reportero. Estaba haciendo un gesto salaz.

imageMientras tanto, el expresidente no dejaba de decir: “el carrete. Dame el carrete”. Se refería, como es obvio, al negativo. Felizmente, el improvisado retratista pudo regresar a la redacción, a nuestra redacción, dejando el carrete fotográfico. Eso sí, con una sola instantánea.

No es excelente el resultado de la toma, calidad Fujifilm, pues tiene algo de grano y sin duda la película estaba un pelín deteriorada, pero el testimonio del enojo presidencial bien vale su reproducción. Aunque en el retrato ya se le ve más calmado, lo cierto es que el expresidente hacía ademanes de mucha lujuria.

La redacción de ‘El Faro del Turia’ no ha podido precisar más pormenores. Ni el significado de esos gestos ni el paradero del retratista. Desde que entregó el carrete en las oficinas, el reportero anda igualmente desaparecido.

No es para tomárselo a guasa, apreciados lectores, pero los periodistas, sus colegas, todos nosotros, estamos buscándolo. Temen, tememos, lo peor: que regresara al paquebote. Según fuentes que desean permanecer en el anonimato, la embarcación tuvo que partir al instante sin atender al práctico ni a las autoridades portuarias.

Si es así, no sabemos en este momento en qué lugar se halla el corresponsal que temerariamente volvió al lugar de los hechos. ¿Acaso subió a la embarcación? ¿Se hizo con el gobierno de la nave? ¿Fue salvajemente reducido por los guardaespaldas?

Continuará…

Una exclusiva de nuestro periódico, El Faro del Turia.

Informe sobre Raya

imageDías atrás, el doctorando Francisco Raya leyó y defendió su tesis, una obra académica dirigida por mí. ¿Su título? El Padrenuestro de la Aldea Global. Así, con mayúsculas. Mucha fatuidad…

Por supuesto un trabajo académico merece todo el interés. Tras los cientos de páginas hay un esfuerzo siempre titánico, horas y horas de lecturas inacabables y semanas o meses de soledad e incertidumbre. Nadie sale indemne de una tesis. Los hay que se pierden, se desorientan; los hay que no regresan. Hay que volver a respirar… Hay que reponerse.

El título que Francisco Raya le da a su trabajo es original y provocador. Reúne un término religioso, concretamente cristiano (‘Padrenuestro’), con una fórmula (‘Aldea Global’) que es un hallazgo de Marshall McLuhan.

El Padrenuestro es una oración católica en la que el creyente acepta por fe las verdades reveladas. Enumera y detalla las figuras de la confesión religiosa que forman parte del universo cristiano. Y es en síntesis el relato completo del advenimiento de Cristo y el porvenir, la Segunda venida del Salvador. Tiene una dimensión universal, que se plasma con la Cristiandad como fenómeno global.

Vayamos a McLuhan. La Aldea Global es una formulación que trata de describir las consecuencias culturales de la comunicación, inmediata, mediata y planetaria. Detalla los efectos de la información generalizada, aquella que posibilitan los medios de comunicación audiovisuales. ¿Qué implica?

Que el hecho de ver y oír de manera continua a personas nos las hace contemporáneas y vecinas. Sugiere que, en especial, captar hechos convertidos en acontecimientos y oír permanentemente a individuos –como si estuvieramos en el momento y lugar donde ocurren– crean un efecto: el de revivir las condiciones de vida de una pequeña aldea.

Percibimos como ordinarios y cotidianos eventos e personas probablemente distantes en el espacio o en el tiempo. Tenemos la impresión de estar allí, de participar, de incorporarnos a algo de lo que no somos ni protagonistas ni testigos. A la vez, esa consciencia de lo obvio, de lo cotidiano (por muy lejano que sea o esté), hace que no nos preguntemos sobre la evidencia, la presunta evidencia, sobre la parcialidad de los mensajes, datos o informaciones que recibimos.

La fórmula Aldea Global fue acuñada por el sociólogo canadiense Marshall McLuhan. Esa concepción aparece varias veces en distintos libros, señaladamente en: La Galaxia Gutenberg. La formación del hombre tipográfico (1962) y Comprender los media (1964).

El mundo está irreconocible desde hace varias décadas, diagnostica McLuhan. Estamos experimentando un cambio profundísimo como consecuencia de los efectos que la fotografía, la radio, el cine, el teléfono, la televisión y finalmente el procesamiento digital provocan en los receptores: en los destinatarios de los medios de comunicación audiovisuales.

Vivimos al instante (o eso creemos) lo que sucede en cualquier parte del mundo, como nunca había ocurrido. Eso implica que la vasta gama de nuestros intereses se multiplica y, por tanto, aquello que nos atrae es quizá lo más distante. Jamás había ocurrido algo así.

Vivimos en nuestros nichos ecológicos, en recintos incluso cerrados, y sin embargo accedemos a informaciones distantes que nos cambian la vida. Un noticia lejana no sólo nos conmueve. También cambia nuestras creencias, nuestras percepciones y hasta nuestros criterios de discriminación. Cambia la religión de los católicos, la confesión de los cristianos, los criterios morales de agnósticos y ateos.

Hemos pasado de la palabra escrita, de la civilización de la Palabra y el Libro, a la cultura intermitente de la imagen y del sonido. Ya no es obvio sólo lo que la tradición (religiosa o no) nos dicta, sino también lo que recibimos constantemente.

Bajo ese alud de datos, los criterios morales –ya digo– se resienten. Y cada vez nos resulta más complicado determinar cuál es la conducta éticamente correcta. ¿Por qué? Porque llegamos a conocer, aunque sea superficialmente, los comportamientos y los valores de otras comunidades que no forman parte de nuestra vida cotidiana, de nuestro sentido común, de nuestras evidencias. Lo evidente es lo que no se discute, lo que no puede ser debatido porque por todos es aceptado y convenido.

Vivimos, pues, en un mundo enredado, un espacio cultural o una red de interdependencias. Vivimos en un mundo en el que crece el relativismo. Cada vez más nos sentimos huérfanos de referentes y de referencias globales, de normas y valores propios.

Vivimos en un mundo en el que un hecho lejano trastorna más que un acontecimiento local, un mundo en el que los eventos grandes o pequeños pueden cambiar el orden de las cosas.

Eso significa que, en principio, la gran creencia y la religión pierden fuerza. La comunidad moral de los creyentes se debilita y la secularización desarraiga. ¿Es así?

El tema que Francisco Raya aborda es decisivo en la época contemporánea. Tratar de la secularización, de las resistencias religiosas, de los cambios credenciales es del mayor interés. Vivimos en un mundo en el que estos factores son cada vez más relevantes. No estamos en el proceso de desencanto religioso, como augurara Max Weber, sino en una etapa de politización religiosa, en una era de secularización axiológica.

La metodología empleada por Francisco Raya para abordar estos fenómenos es preferentemente sociológica. Pesa el sociologismo en la tesis y se nota, aunque debamos valorar positivamente su esfuerzo intelectual. Hay un conocimiento abundante de la bibliografía al uso, probablemente excesiva. Pero hay un babelismo terminológico fruto de numerosas lecturas no siempre bien asimiladas.

Los resultados obtenidos son relevantes aunque la forma de expresión no sea siempre la mejor. Es más: resulta en ocasiones ilegible la prosa, con una mezcla académica de tradiciones quizá mal combinadas. Lo que no se puede negar es el combate teórico que ha librado el doctorando hasta hacer de su tesis un texto hermético. No lo digo como virtud.

En efecto, la expresión escrita es realmente pesada, quizá hasta insoportable en determinados momentos. Siento decirlo. Ahora bien, la retórica abundosa, los neologismos innecesarios y la oscuridad léxica y sintáctica no empecen, no son impedimento. El doctorando pone todo el énfasis en su examen. Y sobre todo pone todo el énfasis en demostrar la vigencia del factor religioso. Es un dato incontrovertible. Pero si me permiten no me pronunciaré sobre él credencialismo que le mueve, que le inspira.

El tiempo y la época son desapacibles. El mundo va la deriva y eso que pensamos nuestro ya no forma parte de nuestras pertenencias. Hemos sido sometidos por un clero de nuevo cuño. Hemos sido subyugados.

La existencia prácticamente carece de sentido individual y nuestras respuestas son monocordes. Como si de una oración comunitaria se tratara. Vivimos en la pesadumbre y yo, miembro de este Tribunal, no consigo regresar tras la lectura. Me veo incapaz de juzgar esta tesis de Raya. Me veo convertido en piltrafa. Necesito que alguien me auxilie.

¿Hay alguien ahí?

La farsa valenciana (Foca). No desollamos gatos

imageHace tres años presenté La farsa valenciana (editorial Foca). Fue en la Llibreria Ramon Llull. A pesar de las inclemencias, el acto fue un éxito. Muchos meses después, el sábado pasado, el Grupo Editorial Akal twitteó una noticia de mi libro con motivo de las episodios valencianos que trataban en La Sexta Noche.

¿De qué va el volumen? ¿De qué va una obra que reclama a gritos una segunda edición ampliada? El libro está concebido como un examen de la deformidad, de las rarezas valencianas. O de lo que en otro tiempo era normal en estas tierras: el derroche, la ostentación, el despilfarro, el lucro, el agio.

Hace unos pocos años, la exaltación localista, la identificación del cargo o del partido con la Comunidad y el paletismo eran cosa común y causa común entre ciertos sectores. El amiguismo político e incluso la corrupción no eran excepcionales.

Era una farsa con actores principales y con secundarios de lujo, una astracanada con papeles de postín. Gentes avispadas que habían venido a forrarse, pícaros modernos, tontos útiles y un clero invasor que todo lo bendecía: esos eran los personajes del drama. Y de eso se trata, de una farsa que se convirtió en drama. Nos ponemos serios, pero a la vez nos reímos. De algún modo hay que tomárselo, ¿no?

“There is more than one of skinning a cat”, reza un refrán inglés muy cruel. Esto es: “hay más de una manera de desollar un gato”. Con eso se quiere decir que hay diferentes modos de tratar las cosas. En el libro no desollamos gatos, pero damos algunos zarpazos con humor, con guasa, a tanto espabilado.

En fin, muchas gracias.

“Cuando todavía era niño, una librería era un lugar muy oscuro”

Umberto Eco, que ha faltado hace pocas semanas, decía tener 50.000 libros. Pero aceptaba también que no nos hacía falta atesorar tantos volúmenes para disfrutarlos.

Basta con ir a las librerías –decía–, mirar las cubiertas, comprar algún libro. Aprendemos tanto observándolos, leyendo las solapas y contracubiertas…

“Cuando todavía era niño, una librería era un lugar muy oscuro”, recuerda Eco. “Entraba, un hombre vestido de negro, me preguntaba qué quería. Era tan angustioso que me marchaba enseguida. En cambio, nunca ha habido en la historia de la cultura tantas librerías como las de hoy, bonitas, luminosas”, añade.

Umberto Eco parece describir las que yo frecuento en Valencia, tan radiantes, tan acogedoras. Como tantas y tantas que sí, que nos miman.

Les recomiendo visitarlas y les recomiendo (a ver qué remedio) los últimos libros que he publicado. Los conozco

bastante bien y puedo decirles que los he escrito de mil amores.

Agradezco a los editores, Sílex, Fórcola, Punto de Vista Editores y Huerga & Fierro que hayan confiado en mí. Ahora confío en ustedes. Pásense por Librería Gaia, por Llibreria Ramon Llull, por Shalakabula o por las librerías que sí, que tanto nos miman.

Leer a Natalia Ginzburg

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Hay un pequeño escrito de Natalia Ginzburg que se titula Mi psicoanálisis. Como casi todos lo suyos es un prodigio de exquisitez: observación práctica y finura, atención e ironía. 

La escritora mira, observa con detalle y contrasta lo que sabe o cree saber de sí misma. ¿Para qué cosa? Para averiguar su fondo, el fondo oscuro del alma, que decía Robert Musil. Y para sopesar a los demás con realismo y compasión. Para no volcar demasiadas expectativas, para no andar agrediendo.

El diálogo y no sólo la terapia ayudan a lograr ese estado. Si hablas con tus peores fantasmas, si sabes quiénes son, conseguirás enfrentarlos, hacerlos bien visibles. Eso ya lo sostuvo Sigmund Freud. Sin duda, el relato breve del psicoanálisis de Natalia Ginzburg nos podría ilustrar sobre lo que es la salud, la entereza, el coraje, el humor.

No hay manera de quererte a ti mismo si no es administrándote humor, alguna socarronería y admitiendo que eres mortal. Cuando hablas, cuando dialogas, debates y expones ante quien te escucha y también a tus propios fantasmas. Y a las habladurías que de ti dicen, a las especies que los más malintencionados hacen circular. Puede ser muy terapéutico, pues.

Cerca o lejos de Freud, un autoanálisis nunca acaba, pero el diálogo sí. Natalia Ginzburg un día dejó de ir a su terapia, pero no por ello abandonó su propio examen. Un individuo que necesita una terapia no es necesariamente un cuerpo débil o desechable, inservible. Al contrario, de la terapia se sale vigoroso.

Natalia Ginzburg, que había acabado precipitadamente su análisis, quiso un día saludar a su terapeuta. Habían pasado los años. Quería hablar, charlar e incluso debatir posiciones con el terapeuta, nada menos. Le tenía ganas… No pudo ser. El psicoanalista, el Dr. B., había muerto. Natalia Ginzburg también morirá años después.

Nosotros tenemos la fortuna de poder leerla. Podemos acceder a su creación: por ejemplo a una de sus novelas admirables, Léxico familiar. Barcelona, Lumen. Prólogo de Flavia Company. Traducción de Mercedes Corral.

Disfruten de Natalia Ginzbug. No esperen a morirse.


En la Librería Gaia, de Valencia, el 16 de mayo.

¿’Yo no me callo’?, de Esperanza Aguirre

imageEl aguirrismo, la enfermedad senil del liberalismo

He devorado el último libro de Esperanza Aguirre. Admito haberlo leído entero pero a trote gorrinero: para quitarme pronto el polvo del camino y la hediondez que despiden algunas de sus páginas. Hediondez, esa pestilencia de azufre de una líder que se hace la ingenua cuando es pérfida y hasta diabólica; uña líder que se calla una parte de sus responsabilidades en el desastre que atraviesa el partido popular.

Le echa a las culpas a la inacción de Mariano Rajoy y al progresivo arrinconamiento de que ella ha sido objeto. Frente a las blanduras del presidente del Gobierno, Aguirre se presenta como la dama de hierro. Cita, cómo no, a Winston Churchill por enésima vez. Emplea al líder británico para zaherir a Rajoy:

“…si, además, hubiera hecho una llamada a los españoles para que, con su sacrificio, se pusieran a la tarea de sacar a España de la terrible situación en que la había dejado Zapatero, un poco en la línea épica del Churchill del «sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas», pues yo creo que todo habría ido mejor”.

En efecto, frente al dubitativo Rajoy, ella tiene las ideas claras. A su jefe Mariano le horrorizan los debates, añade inmediatamente. ¿Por qué razón? Pues porque sólo es conservador y no profesa el liberalismo, como manda la Providencia.

Así es, ella se declara providencialista. Es decir, se sabe devota de Dios y de sus prodigios. Si por ella fuera, la realidad estaría constituida por individuos soberanos en comunión con Dios. Las instituciones o el Estado sirven, ciertamente, pero son instrumentos invasivos que tienden a sofocar o eliminar la libertad irrestricta del prójimo.

¿Y por qué ella lleva treinta o treinta y tantos años en la política? Pues para frenar ese expansionismo, para desregular, para liberalizar, para achicar el Estado del Bienestar, ese ogro filantrópico en expresión de Octavio Paz. Etcétera, etcétera, etcétera.

Bla, bla, bla

Los tres etcéteras de doña Esperanza son la retahíla que me niego a reproducir de lo archisabidos que son.

El volumen está generalmente bien escrito (quien lo haya escrito: Aguirre-Agamenón o su porquero). Eso significa que es la suya una sintaxis sin graves incoherencias o errores. Eso sí, la Sra. Aguirre es muy dada a la expresión vulgar, a la sabiduría popular, al refrán y a la frase hecha. Como es ella, con esa campechanía de los nobles, esos que tratan con distancia y suficiencia a los plebeyos.

Ustedes se preguntarán. Si tanta ojeriza le tiene a doña Esperanza, ¿por qué se tortura con volúmenes de personajes a los que no profesa simpatía alguna? Quienes me conocen saben que me gusta la literatura circunstancial. Pero también el género apodíctico, didáctico y hagiográfico. No sólo para los domingos.

Entre semana y en entretiempo me alivio de cuando en cuando con libros-basura o con volúmenes de mucho empaque, esos que debemos a ciertos próceres de España. Sigo con fervor lacayuno la producción editorial de Esperanza Aguirre. Me ha dado muchos momentos de placer lector y de risas involuntarias, culpables.

Por eso, en ocasiones me lamento y me digo: “Justo, por Dios, relee ‘¿Qué es la Ilustración?’, de Inmanuel Kant, y déjate de literatura fantástica”. Pero no, no hay manera. Siempre regreso a Aguirre.

Trolas y medias verdades

¿Qué le encuentro a este libro, que tanto me imanta y que mucho me irrita. Lo enumero y me voy.

1. El descaro verbal, esa locuacidad presuntamente atolondrada que le hace dañar, insultar, engañar. Y ello con actitud boba e supuestamente inocente. Los aristócratas de estirpe siempre afectan actitudes de mucha sorpresa ante el plebeyismo. “Algunos pueden pensar que mi ofrecimiento era consecuencia de unas irrefrenables ansias de poder”, admite Aguirre. Pues “pueden pensar lo que quieran…” Ah, de acuerdo, ya queda todo aclarado.

Menuda caradura ideológica, la mendacidad con la que defiende su causa: la suya, la de ella y no más. La caradura es morro, largar con suficiencia y con ostentación, con pose de señora bien, sexagenaria e inocente.

2. El liberalismo rancio que dice defender. No intervención del Estado. Ésa es la divisa, pero cuando hace justiprecio de su legado se enorgullece del gasto público de la Comunidad de Madrdi: hospitales inaugurados, kilómetros de Metro abiertos a la circulación. Etcétera. Como una vulgar socialdemócrata, admite en alguna página de su prosaico volumen.

3. El barniz ‘British’ del que bobamente se cree tocada. Declarar simpatías por Gran Bretaña es una tradición poco frecuentada por la derecha española. Al fin y al cabo, de la Pérfida Albión siempre sospechamos, siempre esperamos traición. En cuanto puede, Aguirre se profesa anglófila. Hoy en día da mucho lustre. Sacas a Winston Churchill y a Margaret Thatcher y quedas como una triunfadora: de la Segunda Guerra Mundial y del izquierdismo bronco de los setenta. Pero la anglofilia le sirve para otra cosa: para sotanear a Rajoy:

“La tradición británica, la que a mí me gusta de verdad y la que a mí me gustaría que imperara en España, exige que el líder del partido que pierde unas elecciones dimita o ponga su cargo a disposición de los órganos o de los militantes del partido inmediatamente después de hacerse públicos los resultados”. Evidentemente, Rajoy ha ganado las pasadas elecciones, pero con tan magros resultados que su insuficiencia parlamentaria hace de él un perdedor.

4. La concepción nacionalista de la Historia que ella profesa aunque lo niegue. Son los otros quienes falsean el pasado, dice. Son aquellos izquierdistas y demás ralea los que recrean el tiempo remoto con fantasía mixtificadora:

“…cuando nuestros adversarios quieren descolocarnos, nos sacan algunos de estos asuntos y nuestras respuestas son siempre timoratas, balbucientes, acomplejadas y, con mucha frecuencia, insatisfactorias para los ciudadanos que nos escuchan, que, no hay que olvidar, saben muy poco de Historia de España, pero que, además, lo poco que saben está tomado del canon «progre», que es el único que se explica en nuestros colegios e institutos”. Lean otra vez, por favor: “lo poco que saben está tomado del canon «progre», que es el único que se explica en nuestros colegios e institutos”. Ahora bien, España es una gran nación desde la Hispania romana, a la que cita con legítimo orgullo.

5. La corrupcion del Partido Popular, admite, es un problemón. Ella destapó el ‘Caso Gürtel’, como ya se encarga de repetir hasta la saciedad. Y en todo caso el problema se agrava, nuevamente, por la inacción o incapacidad de Mariano Rajoy. Cuando se trata de su rival interno, sus análisis se vuelven afilados e inmisericordes:

“La corrupción no solamente es un problemón para el PP, sino que también lo ha sido, sobre todo, la respuesta que se le dio. La respuesta al caso Bárcenas, a mi juicio, fue lamentable. Aquel sms fue letal para todo el PP. Y para rematar, la triste sesión del Congreso el 1 de agosto de 2013, cuando los diputados del PP, puestos en pie, aplauden durante unos minutos a Mariano Rajoy por haber reconocido que se equivocó nombrando a Bárcenas, al que ni siquiera nombró, fue algo bastante surrealista”.

En fin, dice tantas trolas y tan seguidas, que no parece darse cuenta del ridículo de algunas de sus expresiones y conclusiones. ¿Que hay una rivalidad personal entre Alberto Ruiz-Gallardón y ella? No, en absoluto, qué va, sólo es una sana confrontación ideológica, pues Alberto es “progre”, “socialdemócrata”. Es más, concluye, “siempre he sentido por Alberto un gran afecto, no sólo de amistad, sino que, además, como soy algo mayor, mis sentimientos hacia él han sido, aunque casi no me atrevo a confesarlo, como un poco maternales”.

¿Maternales? La Madre de Dios. ¿Se puede decir mayor majadería? En fin, me voy. Háganme un favor. El último de ustedes que salga, que apague, que la Providencia ya nos iluminará ante un ser dotado de tantas luces.