La secreción tóxica

No sabes si sólo has sido tú quien ha visto los sudores o la moquita de Javier Ortega Smith, secretario general de ese partido que quiere devolver España al estado carpetovetónico.

Descubriste los sudores o la moquita en una entrevista televisiva de la última semana. Insistes: no sabes si sólo fuiste tú o si, por el contrario, el resto de los televidentes también pudieron comprobar esas humedades.

Cosas así suceden. Te refieres a lo de las moquitas. Estás en época de gripes y los malos demonios se os apoderan. ¿O es al revés?

Tú crees que Lucifer ha empoderado al sr. Ortega Smith para desempeñar su función: Lucifer, ya sabes, ese tipo fastidioso, muy amante de los seres bragados. Y el secretario general lo es. Muy bragado.

Debes admitir que, cuando apareció en pantalla (el sr. Ortega Smith, no el demonio en persona), tú estabas distraído, culpablemente distraído, sin atender a lo que decía o respondía el entrevistado. ¿Por qué razón?

Por supuesto, no te crees el bla, bla, bla del señor secretario general. Su discurso tóxico es el de un fanático excitado, alguien que, bajo apariencia de hombre normal, aloja en su cuerpo a un intolerante de alto riesgo.

Insistes: estabas distraído cuando de repente al mirar de soslayo el plasma, descubriste el labio superior encharcado del sr. Ortega Smith. Y muy enrojecido, con ese estado ulceroso que es propio de una irritación grave.

Y sí, al señor secretario general se le veía, irritado, manejado quizá por Lucifer.

La fotografía aquí reproducida no hace justicia al personaje; tampoco al episodio. No permite ver esa ulceración de la piel y la moquita que le caía (si es que era eso, moquita, o cualquier otra secreción).

“Le suda el morrete”, es lo que inmediatamente te dijiste, nada más verlo. No podías apreciar si también le sudaban los carrillos. No sabías si el programa se realizaba en directo o en eso que llaman ‘falso directo’.

El caso —pensaste— es que los asesores o maquilladores deberían haber cortado la entrevista para secarle ese charco de mocos con una bandera. Si es que esas humedades eran brotes de mucosa. O de cualquier otra secreción.

Uno puede estar mirando algo, puede echar un vistazo a lo que hay sin atisbar mucho de lo que ocurre. Es una experiencia por la que todo el mundo pasa. Pues eso es lo que te ocurrió.

Estabas ensimismado, como torpe; tenías los ojos abiertos o entreabiertos sin distinguir. Apenas veías perfiles borrosos. ¿Lo recuerdas? Como le ocurría a aquel personaje de Woody Allen: “Mamá, mamá: papá está desenfocado…” ¿O estaba endemoniado?

Era al mediodía. Te habías abandonado a una duermevela. Seguías en estado de vigilia pero con las alertas bajas, con los sentidos inertes.

Aunque veías –al menos, objetivamente era así–, no obtenías información relevante, entre otras cosas porque la televisión no está concebida para informar. Por el medio salen íncubos y súcubos que aturden tus pesadillas.

Por ello permanecías en un estado semiatento, sin significado o noticia en los que reparar: simplemente te habías abandonado a la molicie.

Justo en ese momento te quedaste sin palabras. Mudo. Interiormente te preguntabas: ¿a qué se deben los sudores o la moquita de Javier Ortega Smith?

Es más, llegaste a preocuparte. ¿Y si le caen gotas de esa secreción en la camisa? ¿Y si se le empapa el cuello formándose un cerco húmedo?

Aún ignoras cómo acabó la cosa porque apenas te interesaba el parlamento del entrevistado y veías que tu creciente inquietud por sus sudores y por su puesta en escena te estaba poniendo enfermo.

Un primer plano del morro mojado. Pensaste por un instante si no estarías viendo un film gore, de secreciones y amputaciones.

Cambiaste de canal para respirar con alivio. Creías haber resuelto el problema. Pero no. Allí seguía Ortega Smith sudando o moqueando. Que no te pregunten qué decía. Tú seguías despistado y preocupado a la vez.

Sí, seguías teniendo esa visión inquietante y grimosa, la de un tipo con un morrete encharcado. Tal vez sólo era el primer indicio: la de una secreción tóxica que había invadido la televisión y que amenazaba y aún amenaza con invadirte.

«Aur, aur… Desperta ferro»

David Bowie. Fragmentos del yo

David Robert Jones nace el 8 de enero de 1947. En todas las biografías que he leído hacen hincapié en esa fecha. Es la Inglaterra de la posguerra, el Londres de la estrecheces, el fin próximo de Winston Churchill. Gran Bretaña sale victoriosa de la Guerra.

Pero el pueblo padece sobrevive. El teatro, el Music Hall y otros alivios atemperan las asperezas y penalidades de los ingleses, entre ellos David. ¿Cómo Jones se convirtió en Bowie?

Hay biografías sobre Bowie en las que el mayor empeño del autor es exhumar al individuo real, rescatar a la persona por encima o por debajo de tanta cháchara que envolvería al personaje.

Cháchara, máscaras, disfraces. ¿Rescatar al individuo real, sin afeites ni imposturas?

La idea no es mala. Es incluso bienintencionada. Pero parte de un supuesto algo dudoso: que es posible despellejar a la persona.

Parte de la idea de que al individuo de carne y hueso se le puede arrancar esa segunda piel que nos impide ver su original o prístina identidad, que al ser humano se le puede abrir en canal.

Además de imposible, esto en el caso de Bowie es absolutamente erróneo. Erróneo y, a la postre, carente de interés.

David Robert Jones se pasó la vida intentando ser otro, intentando cambiar de aspecto, de figura, de fisonomía, de rostro, de peinado, de maquillaje.

Se retrató posando miles de veces (quizá millones de veces), adoptado los gestos que juzgaba más propios o más exclusivos o más estrafalarios o más favorecedores, las caras de un mimo sin fin, de un actor que se sabía personaje.

Y su vida es un inmenso álbum familiar concebido para fines bien explícitos y muy rentables, por otra parte. ¿Para quién se hacía dicho álbum?

¿Para sí mismo o para los fans, los dueños del ‘Book’ que los seguidores querrían atesorar? ¿Para sus padres, esos progenitores que se mostraron fríos y entusiastas a un tiempo? Todo ello no es incompatible.

Bowie se fotografió ensayando innumerables puestas en escena que muy bien podemos interpretar como papeles de una gran representación.

O, mejor, como figurante y protagonista de múltiples y contradictorias representaciones o, mejor aún, como los sosias de una copiosa demografía interior.

En Bowie hallamos una sucesión de representaciones, sí, que forman parte de su identidad, papeles que surgen de lo interno y que, aunque puedan ser finalmente repudiados por el cuerpo que les sirve de soporte, dejan huella.

Las instantáneas de David Robert Jones, el artista más tarde llamado David Bowie, eran en realidad larguísimos procesos de elaboración: propiamente escenificaciones de poses internas.

¿Un yo dividido? The Divided Self. Ronald D. Laing publica dicho libro en 1960. Será una obra de enorme influencia y será uno de los textos más apreciados por el futuro David Bowie.

¿Razones? Había abundantes razones familiares y personales para preocuparse por la esquizofrenia y hasta por la psicosis.

En dicho volumen, Laing revisa de manera humanista estos padecimientos. Los esquizoides son personas totalmente expuestas, absolutamente vulnerables y, por supuesto, fatalmente aisladas.

Pueden tener vida social, incluso mucha vida social y a la vez sentir o experimentar el puro aislamiento.

La gente normal aprende a mentirse, aprende a tratarse con eficaz hipocresía: tiene ‘seguridad ontológica’.

Con esta fórmula abstrusa, Laing se refiere al sentido común del que nos servimos, a la fijeza del paisaje y del paisanaje.

En cambio, el esquizofrénico no se ve, no puede confirmar que ese tipo que atisba o que apenas vislumbra sea la persona que dice o cree. No hay congruencia y no hay perseverancia en el ser.

Justamente, ese ser vulnerable padece, entre otras cosas, una ‘inseguridad ontológica’, una incapacidad para tipificar, fijar y fichar el estado de las cosas, de los otros humanos, de sí mismo, del mundo.

El esquizofrénico padece cuando está solo y padece cuando se relaciona, pues el roce no lo reafirma, sino que le hace pupa y lo disuelve.

El individuo siente la amenaza de la identidad evanescente, la amenaza de ser invadido y absorbido por los otros.

Se vive como una entidad vacía, evacuada, que debe enfrentar la existencia cotidiana, esa realidad que marcha.

Por eso, contradictoriamente, el individuo aquejado de esta dolencia siente muy hondo el padecimiento y necesita muy profundamente la compañía, la vecindad no hostil.

David Bowie fue muy consciente de esa circunstancia…

Sería tosco reducir la sublimación estética del artista a un padecimiento mental. Sería estúpido de nuestra parte ‘aclarar’ el fenómeno Bowie apelando a la esquizofrenia.

Hay muchos seres que padecen todo tipo de dolencias y que, por supuesto, son incapaces de crear, de recrearse, de multiplicarse.

“Hay mucha gente, pero más rostros aún, pues cada uno tiene varios”, decía Rainer Maria Rilke en Los apuntes de Malte Laurids Brigge (1910).

“Hay gentes que llevan un rostro durante años. Naturalmente, se aja, se ensucia, brilla, se arruga, se ensancha como los guantes que han sido llevados durante un viaje”, añadía Rilke.

Es lo que nos pasa a la mayoría: se nos descuelgan los pellejos y se nos agrietan los mohínes.

Luego hay otras gentes, concluía Rilke, que “cambian de rostro con una inquietante rapidez. Se prueban uno después de otro, y los gastan”. Los van gastando e incluso los van mejorando.

El dictado o el diagnóstico de Rilke puede parecer epidérmico. Y lo es. Es exacto, no obstante, pues en el caso de Bowie su identidad múltiple, los heterónimos que concibió y que adoptó no eran simples personajes.

No eran simples personajes de los que arrancar las máscaras. Eran seres divididos, provisionales, de los que conservó resto o huella, jirones de su identidad mudable, hecha de trozos.

En uno de los Ensayos, de Michel de Montaigne, en su conocido texto acerca de “la inconstancia de nuestros actos”, hay una de las claves del Bowie hecho de jirones.

En algún pasaje de ese ensayo, Montaigne afirma que “los buenos autores hacen mal en obstinarse en formar de nosotros una manera de ser sólida y constante” siendo como somos ejemplo y emblema insuperable de inconstancia y de inconsistencia.

La “variación y contradicción que en nosotros se da” no son, sin embargo, un mal a corregir o una dolencia a sanar: son, por contra, nuestra propia constitución.

“Todas las contradicciones”, añade Montaigne en su particular autoanálisis”, se dan en mí alguna vez y de alguna forma.

“Vergonzoso, insolente; casto, lujurioso; charlatán, taciturno; duro, delicado; ingenioso, atontado; iracundo, bondadoso; mentiroso, sincero; sabio, ignorante, y liberal, y avaro, y pródigo, todo ello véolo en mí a veces, según qué giro tome”.

Es por eso por lo que no estamos equipados con una identidad única, e, incluso, esa misma creencia es engañosa: somos —y Bowie lo lleva a su consumación— seres monstruosamente bellos hechos de fragmentos.

O, como el propio Montaigne concluye, “estamos todos hechos de retazos y somos de constitución tan informe y diversa que cada pieza, a cada momento, juega su papel. Y existe tanta diferencia entre uno y uno mismo, como entre uno y los demás…”

Sólo es cuestión de presentarse y expresar los humores constitutivos, la extraña fascinación de ese rostro.

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Fotografías: Steve Schapiro, 1976.

La televisión. El menú es nuestro

Hace veinte años escribí un artículo dedicado a Pierre Bourdieu, un sociólogo que me despertaba interés y al que profesaba cierta o evidente ojeriza.

Escribí ese texto a propósito de un volumen que este autor había dedicado a la televisión. Por supuesto, Pierre Bourdieu se mostraba apocalíptico. Y yo no suscribía esa posición. Diré por qué.

Bourdieu detestaba la tele por considerarla, entre otras cosas, un medio manipulador. La programación nos programaría, nos dictaría. Ésa vendría a ser su conclusión.

Concluía algo así, en efecto, sin haber analizado el comportamiento del público. No es que los espectadores seamos imprevisibles, pero los individuos no somos autómatas o televidentes inermes. Al menos no todos.

Mi artículo, leído hoy, aún lo suscribo. No me gusta la prosa algo relamida que empleaba, quizá lastrada por una retórica oscura y academicista de la que aún estaba aquejado. Ahora, puede que mi sintaxis no sea mucho mejor, pero procuro expresarme con claridad.

Digo todo esto, porque yo defendía la libertad consciente del telespectador, la necesidad de decidir qué se ve o no se ve. Por supuesto, hace veinte años era fácil abandonarse a la programación televisiva. Era la costumbre.

Enchufabas el tubo catódico y con frecuencia la única decisión a tomar era la del canal elegido, la de cambiar de canal, y poco más. De estas cosas habla Sergio del Molino en su columna dominical de ‘El País’. Él lo cuenta con mucha gracia. Yo lo escribí con formulismos más pesaditos.

Me permitirán reproducir algunas de las frases finales de ese artículo de 1999. Da cuenta de lo que puede ser la libertad (cierta libertad) de elegir en televisión y da cuenta de cómo han cambiado nuestros hábitos.

Creo que me anticipaba a lo que hoy hacemos con la tele. Al menos manifestaba qué hacer frente a la programación que nos venía impuesta. Mi ocurrencia no tiene gran mérito, pues yo simplemente aplicaba el sentido común.

Reproduzco esas frases escritas en 1999:

“Decía Ignacio Ramonet, por cierto en un tono también apocalíptico, que informarse cuesta, que debemos aceptar la información como esfuerzo y no como algo dado sin coste.

“Yo, por mi parte añadiría, que también el ocio cuesta, cuesta dinero y esfuerzo. ¿Cómo es posible que los espectadores puedan vivir y creer en el engaño de que el entretenimiento televisivo es gratuito?

“No se trata de que el coste se salde con la publicidad. Cuando hablo de coste, me refiero al esfuerzo consciente del telespectador.

“Mientras éste no pague por la televisión que ve, mientras no le duela el dinero que cuesta esa programación dispendiosa, mientras sigamos pensando en el medio como algo gratuito y evidente, el público, ese público de las audiencias registradas, se abandonará a la irresponsabilidad de una programación dictada, para mostrar después su santa indignación, para mostrar después su conciencia dengosa.

“A fin de evitar esa parálisis, y hasta que las cosas cambien, hasta que los usos de la televisión cambien, tal vez convendría contraprogramar con el magnetoscopio.

“No es el medio, sino su uso aquello que dicta los contenidos de los que nos servimos. No hay venenos, hay usos adecuados o inadecuados, letales o responsables, de sustancias que pueden ser tóxicas o euforizantes.

Y ahí, en el estudio de esa dimensión pragmática que se da en un contexto concreto tienen mucho que decir los historiadores…”

Ustedes perdonarán la pedantería de ese terminacho que empleaba, magnetoscopio, para referirme al aparato grabador y reproductor de vídeo, que entonces era mi Sony VHS.

Pero se habrán dado cuenta de que aquello que decía es lo que hoy hacemos. Al menos en casa ya no vemos la tele si por tal se entiende abandonarse a la programación de los distintos canales. El menú es nuestro.

Que sea nuestro no significa que sea saludable, refinado o sofisticado. Podemos ver series de altura y después deleitarnos con productos de baja estofa, que también hay en Netflix, en HBO o en Filmin.

No sé si eso que hacemos es fruto del libre albedrío (asunto filosófico grave que Yuval Noah Harari liquida expeditivamente en otro artículo publicado en el mismo periódico).

No sé si es fruto de un comportamiento predecible. Lo que sí sé positivamente es que esto que hacemos es nuestra forma de ver televisión, si es que eso que hacemos aún podemos llamarlo “ver televisión”.

https://www.uv.es/jserna/Bourdieu.htm

(1999)

Fotografía: televisor naranja elbe minor (el primer aparato de que dispuse recién casado)

Javier Cercas. ¿Un chiflado clarividente?

Mi próximo libro trata sobre Javier Cercas. Se lo debo a Alberto Vicente. Se lo debo: es mi editor. Estoy revisándolo —el original, me refiero— y apenas añado nada nuevo, justamente para no demorar más la entrega.

Espero poder remitírselo para la festividad de los Reyes Magos o inmediatamente después. No sé si es un regalo o una prenda, menuda prenda. Pero para mí es un honor.

Rindo homenaje a Cercas tras horas de placer lector. Tantas relecturas, tantas revisiones, tantas aproximaciones en distintos contextos emocionales me hacen decir incluso lo que no sabía que ya sabía.

Con Cercas me une una amistad de la que me enorgullezco, labrada lenta y pudorosamente. Pero espero que eso no me ciegue a la hora de valorar su obra.

Mi libro, ese que debo a Punto de Vista Editores, llevará por título Historia y ficción. Conversaciones con Javier Cercas.

Reconstruyo tentativamente su proceder, sus modos de escritura, sus valores, su contexto y su cultura. ¿Escribe Cercas sabiendo lo que tiene por objetivo? ¿O acaso la historia y su construcción le llevan por caminos insólitos?

Como dice Rodney Falk, protagonista de La velocidad de la luz (2005), es preferible “que aún no sepas de qué va la novela”, pues “si lo sabes de antemano, malo: sólo vas a decir lo que ya sabes, que es lo que sabemos todos”, sentencia el personaje de Cercas.

“En cambio, si aún no sabes lo que quieres decir pero estás tan loco o tan desesperado o tienes el coraje suficiente para seguir escribiendo, a lo mejor acabas diciendo algo que ni siquiera tú sabías que sabías y que sólo tú puedes llegar a saber, y eso a lo mejor tiene algún interés”, concluye.

Así funciona Cercas. Sabe de lo que quiere escribir, se arma, se documenta, pero ignora su resultado, la forma precisa de su resultado. Desconoce la consecuencia de ese relato que se inicia con piezas y datos, con informaciones y erudiciones. Y ese proceso mismo de descubrimiento está en sus novelas.

La ignorancia, la feliz ignorancia de Cercas, se debe entre otras cosas a la responsabilidad del narrador, a sus tanteos y giros, que no son, claro, los del escritor. Para que la Historia se cuente de verdad, para que valga la pena, se necesita a un narrador convincente (aparte de a un escritor empírico). Se necesitan a Cercas y a quien él da la voz.

“…«Las historias no existen –me dijo una vez–. Lo que sí existe es quien las cuenta. Si sabes quién es, hay historia; si no sabes quién es, no hay historia»…”, evoca el narrador de La velocidad de la luz reproduciendo las palabras de Rodney Falk.

“… «Entonces yo ya tengo la mía», le dije. Le expliqué que lo único que tenía claro en mi novela era precisamente la identidad del narrador: un tipo exactamente igual que yo que se hallaba exactamente en las mismas circunstancias que yo”.

“… «Entonces, ¿el narrador eres tú mismo?», conjeturó Rodney. «Ni hablar –dije, contento de ser ahora yo quien conseguía confundirle–. Se parece en todo a mí, pero no soy yo.»

Ahí está una de las claves narrativas de sus obras y que en mi libro detallo: sus narradores se parecen a Cercas y hasta usurpan su nombre. Eso no significa que sean un calco del autor. Eso quiere decir que Cercas se piensa potencialmente, que se complica en circunstancias que no ha vivido necesariamente.

”¿Qué es un escritor? –¿Qué va a ser? –me impacienté–. Un tipo que es capaz de poner las palabras unas detrás de otras y que es capaz de hacerlo con gracia. –Exacto –aprobó Rodney–.”

“Pero también es un tipo que se plantea problemas complejísimos y que, en vez de resolverlos o tratar de resolverlos, como haría cualquier persona sensata, los vuelve más complejos todavía. Es decir: es un chiflado que mira la realidad, y a veces la ve”, sentencia Falk, Rodney Falk.

Pues eso: mi siguiente libro, el volumen que debo entregar en los próximos días, trata de eso, de un chiflado clarividente llamado Javier Cercas: un tipo que mira la realidad, y a veces la ve. Eso sí, para después escribirla y describirla.

¿Y por qué chiflado? Pregunten a Alonso Quijano.

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https://www.facebook.com/1249255273/posts/10217362541196046/

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Fotografía: Cordon Press.

La revolución de nuestro tiempo

”La revolución de nuestro tiempo”, dossier monográfico coordinado por Justo Serna, Saitabi, núm 67 (2017), págs. 15-179.

Facultat de Geografia i Història

Universitat de València.

”La revolución de nuestro tiempo”.

Dossier monográfico

“Introducción. La revolución de nuestro tiempo”, por Justo Serna.

Julián Casanova, “1917 y nosotros”, entrevista realizada por Alejandro Lillo.

José Antonio Vidal Castaño, “1917, cien años después. Aurora, cénit y ocaso del comunismo ruso”.

Justo Serna, “Sigmund Freud como síntoma”.

Carmen García Monerris, “Entre la ortodoxia y la revolución: Schumpeter y Keynes”.

Isabel Morant, “El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, y el feminismo contemporáneo”.

David Pablo Montesinos, “La década contestaria”.

Juan Sisinio Pérez Garzón, “La ética indolora. Las alternativas ecopacifistas”.

Epílogo. ¿Cómo funciona el mundo”, por Justo Serna.

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La revolución de nuestro tiempo

Justo Serna

Universitat de València

Entre finales del Ochocientos y comienzos del Novecientos, Europa padece una decadencia. O así lo proclaman algunos de sus más preclaros observadores.

Cuando digo decadencia, no me refiero sólo a una crisis económica, a una de esas recaídas cíclicas del capitalismo, de la producción y del mercado.

Me refiero a una molestia inespecífica, a la desazón que sufren quienes están a disgusto a pesar de sus recursos y de sus satisfacciones materiales.

Entre 1871 y 1914, el mundo parece ir a la deriva, como precipitándose en el abismo. La retórica de la crisis es constante.

Las clases peligrosas se hacen presentes, se adueñan del espacio público con energía revolucionaria y violenta, con insolencia y número, la ley del número, dicen los agoreros.

Por su parte, las mujeres, las damas de la buena sociedad, comienzan a manifestar un serio fastidio. ¿A causa de qué?

Por el sitio irrelevante en que están confinadas, dicen. Las señoras actúan y reclaman sus derechos, como si no se conformaran con el lugar confortable al que se las tiene destinadas.

Los cambios tecnológicos aturden a los contemporáneos: por un lado, muchos están admirados de esos años de vértigo que ya son un vaticinio; y, por otro, no menos individuos se muestran acongojados ante un porvenir incierto y de difícil control.

En efecto, entre finales del siglo XIX y principios del XX comienzan a gestarse una serie de cambios revolucionarios en diferentes dimensiones de la sociedad, la cultura, y la política. Revoluciones, es decir, cambios bruscos y bien visibles, no exentos de violencia.

El tiempo finisecular excita la imaginación morbosa y los temores: Occidente ya no es lo que era o lo que de esta civilización se espera. El nuevo siglo augura cambios que son a un tiempo promesa y riesgo.

Sin embargo, será 1917 el gran acontecimiento que trastorne y transforme el mundo. Nace en medio de una contienda, la Gran Guerra, pero condensa y expresa muchas de las iniciativas y energías revolucionarias que en Oriente y Occidente se están dando desde décadas atrás.

Julián Casanova, entrevistado por Alejandro Lillo, y José Antonio Vidal Castaño se expresan sobre ello.

El número de Saitabi que ahora podemos leer rastrea múltiples aspectos de esa revolución, que también es la de nuestro tiempo y no sólo la rusa.

En efecto, no es únicamente el bolchevismo y la política, la alianza de los sóviets y los soldados, sino también los derechos de las masas, de los grupos, de los individuos.

No me refiero sólo al comunismo, sino a también a las reacciones principalmente culturales que aquella conmoción genera. El Novecientos es nuestro tiempo… O quizá sólo sea ya nuestro pasado.

Insisto: no puede pensarse el siglo XX únicamente como el espejo real o invertido de 1917.

Los diferentes artículos de este número abordan algunos de los cambios profundísimos que se dan entre nosotros a lo largo de las últimas décadas. En Occidente.

Desde la revolución de las mujeres hasta la rebelión de los jóvenes, los revoltosos de los años sesenta. Por supuesto, en este número hay también contribuciones que analizan lo que significó Keynes y el Estado del Bienestar o las alternativas ecopacifistas, la ética indolora que viene a reemplazar al Estado violento o a los movimientos igualmente crueles.

Isabel Morant, Carmen García Monerris, David P. Montesinos o Juan Sisinio Pérez Garzón nos dan cumplida cuenta de ello y con una solidez envidiable.

El número de Saitabi se inicia, pues, con cuestiones acerca de la revolución política y se desarrolla con preguntas acerca de nuestro futuro incierto.

Empieza con la inestabilidad del mundo de ayer y se interroga sobre la inestabilidad del mundo de hoy. Además, en ambos casos, el diálogo sirve para trazar el mapa de unos problemas e inquietudes que son pasado y presente.

El historiador no es un recopilador: no acopia sólo lo que ya está dicho o expresado. El historiador es alguien que siempre, en cualquier circunstancia, investiga, incluso cuando lo que observa no se debe a su estudio.

Se atreve, se inmiscuye y nos dice la suya, que no es mera síntesis. Es audacia expresiva y averiguación. De hecho, cada vez que procede a ordenar datos sabidos y aceptados, se entromete y examina, valora, juzga: hay que destacar este aspecto en nuestros colegas aquí presentes.

No son académicos cómodamente instalados en la cátedra. Son intelectuales que se pronuncian. Un intelectual es alguien se vale de su celebridad, en este caso académica, para juzgar, sopesar, evaluar.

Se hace efectamente presente y nos presenta un punto de vista informado. De sus palabras se infiere una enseñanza. De sus pronunciamientos se saca lección.

De 1917 a 2018, las cosas se nos han puesto muy interesantes. Es más: tenemos la sospecha de que las cosas pueden ponerse aún más interesantes, en el sentido que le diera Eric J. Hobsbawm en su autobiografía. Es decir, amenazantes.

¿Vivimos en la sociedad del riesgo, aquella en la que una decisión genera efectos imprevistos y frecuentemente desastrosos, según diagnosticara Ulric Beck?

¿O estamos ya en la sociedad de la incertidumbre, aquella en la que todo resulta impredecible por carecer de guía, tutela o dirección?

Hobsbawm tituló sus memorias con ese rótulo: Años interesantes, ya digo. Sin duda, el corto siglo veinte (1914-1989) fue un convulso tiempo de grandes avances y de catástrofes devastadoras; fue un período de democracia representativa y de totalitarismo y de exterminio.

Por otro lado, el Novecientos fue el tiempo en el que las vanguardias redefinieron el concepto de la cultura disolviendo el juicio y la recepción de las creaciones y de la elaboración humana.

¿Todo vale? ¿Todo vale igualmente? ¿Para qué sirven las obras? ¿La cultura nos mejora? ¿La educación forma el buen gusto o nos da buen tono, prueba un juicio informado u opiniones y sensaciones equivalentes? ¿La cultura del presente incorpora la tradición o exige ruptura y constante innovación? Un auténtico trastorno, ya ven.

Hemos ido leyendo a lo largo de los meses precedentes distintos libros sobre Donald J. Trump, el epítome de nuestro tiempo. El mercado español nos ha abastecido.

¿Quizá porque pensábamos que iba a ganar las Presidenciales? No exactamente. Las editoriales han publicado diferentes títulos sopesando otros reclamos. Repito estamos en 2018, no en 1917.

Suficientemente estrafalario, rodeado de oros, de mármoles y de lujos ostensibles, como un Dios ubicuo y también cínico, Trump despierta interés, provoca espanto, repulsión y atracción.

Parece la antítesis de la moderación, del buen gusto, del buen tono, del discernimiento sobrio, de la decisión prudente. Adiós a la razón del Setecientos. Es nuestro epítome, ya digo. ¿Cómo no fijarse en un tipo así?

Estemos atentos. Como si un monstruo de feria se tratara, como si la mujer barbuda regresara a la pista, como si el hombre de dos cabezas dispusiera de un arma con la que afinar el tino.

¿Acaso no leeríamos una biografía documentada y hasta entretenida de uno de estos monstruos?

Impresiona saber tantas cosas de su quehacer y de sus logros, deriva o caricatura del siglo XX.

Impresiona saber de sus ideas extremistas y sobre todo simplistas, que cierran una centuria de admirables y horrorosos avances.

Impresiona saber de su psicopatía, perfectamente diagnosticada por los expertos.

Impresiona saber del cinismo de que es capaz, la soberbia arrogante con que trata a sus empleados, clientes, beneficiados, contemporáneos, que sólo tienen la opción de serle serviles.

Pero impresiona quizá aún más su conducta errática, la temeridad con que se conduce y nos conducirá. Es como un primate con arma de fuego.

Anotemos este año, 2016, el año de las presidenciales que ganó un ser emocionalmente lastrado, narcisista, megalómano y dispuesto a tener el poder, todo el poder como consolación; dispuesto a ejercerlo con nepotismo y largueza clientelar.

Como antaño. ¿Es o no es un cuadro clínico preocupante? ¿Es o no es una pesadilla de fantasía? Nos recuerda lo más detestable del siglo XX.

En ese porvenir que ya está aquí, lo peor no está por llegar. Ha llegado y ya lo atisbamos.

Todo parece y aparece devastado, sin promesa de redención: la moral por los suelos, el trato de pavor y de favor como nueva benevolencia, la tecnocracia como gobierno de linaje, como ultraje del débil, la división social extrema como escisión y sujeción de gentes atadas al presente, gentes sin recuerdos, sin poder, gentes domadas e inermes.

Comenzamos una nueva era, la de las tiranías posmodernas y otra vez antimodernas, con lujos tecnológicos y con masificación asfixiante.

Proles y cuadros (1984) separados totalmente por privilegios, por recursos: la base y la nomenclatura distanciadas.

Un totalitarismo soft: una pantalla gigantesca y muchas otras ubicuamente nos persiguen. No podemos desconectarlas y además funcionan como objetivo, registrando todos nuestros movimientos. ¿También nuestros pensamientos…?

Comenzamos una nueva era, la de la consumación de los tecnócratas impúdicos, beatos y deshonestos: todo ello a la vez. Tras siglos y siglos de guerras, progreso y conflictos, tras una crisis planetaria, la humanidad se detiene.

O no: somos una especie en extinción que cree marchar. Quizá la ecología tenga algo que enseñarnos. En cierto sentido, la humanidad es ya material de desecho, formada por consumidores compulsivos que avanzan aceleradamente sin desplazarse hacia un más allá que es regresivo.

Comenzamos la era de la hibridación, de la mezcla, de los desechos industriales, de la obsolescencia mecánica y propiamente humana, algo atisbado hace un siglo. Entre las ruinas gigantescas del progreso del Novecientos estamos los humanos.

¿Por qué tantos malviven, por qué todos mueren? Los humanos sobreviven entre neones e inmundicias, ahogados por los humos, por el cambio climático, por la crisis, en medio de una estética de lujos desmedidos, de cochambre y factoría.

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https://www.facebook.com/1249255273/posts/10217376607707700/

Fotogramas: Harold Lloyd en Safety Last! (El hombre mosca), de Newmeyer y Taylor, 1923).

El país que nunca fue

He regresado a La España vacía (2016). Y ha sido una suerte de epifanía. Como si de un viaje real se tratara he vuelto a seguir o a repetir el periplo que nos propone su autor, Sergio del Molino.

La primera vez que abordé ese volumen no supe cómo tomármelo. ¿Acaso por falta de costumbre? No. Estoy habituado al ensayo, que es uno de los géneros que mayores satisfacciones me dan.

Probablemente, cuando lo tuve en mis manos, yo estaba apremiado por otras urgencias y no era el momento de leerlo o de comprenderlo.

Pasó el tiempo y cuando tuve la oportunidad de saludar a Sergio del Molino y de hablarle de su literatura, por ejemplo de La mirada de los peces (2017), no supe qué decirle. Soy muy tímido y no es la primera vez que enmudezco o me hago el sueco ante autores que me interesan. No sé por qué.

Ahora, con otro talante y con otra actitud, he afrontado la prosa de Sergio del Molino. Y sin rubor debo decir que me ha fascinado desde la primera línea. Asombrosa obra cuyo goce por poco me pierdo por leerla a destiempo o con poco tiempo.

Es un deleite su sintaxis envolvente, ingeniosa y erudita. Pero sobre todo me ha convencido La España vacía como obra literaria, con una sorna muy culta y popular, con una ironía que nos desvela lo que estaba oculto o era supuestamente obvio. Nada es obvio en este volumen.

Es una prodigiosa construcción con miles de piezas, de referencias, con difícil encaje. Sergio del Molino lo logra y aúna la alta y la baja cultura, la cultura más eximia y la más disolvente, esa que viene del ‘Quijote’ y que llega hasta nuestros días: precisamente hasta la cultura de masas, la más chabacana o chocarrera.

Son muchas las piezas a encajar, en efecto: muchas las referencias de la tradición, de la literatura, del arte, del cine, de la televisión incluso. El tapiz resultante (permítanme decirlo a la manera cursi) nos muestra tanto el primer plano o el plano detalle como el plano general.

Y uno no puede más que compartir la tesis general que Sergio del Molino desarrolla en sus páginas: la de la extrañeza y la fascinación que nos provoca esa España vacía, principalmente vacía, hecha de huecos, con soledades inmensas, ásperas, con ciudades siempre alejadas, distantes. Una España que tiene mucho de irreal.

Este ensayo es inspección y es autografía, es análisis y es creación, una suma de erudiciones vastísimas, enciclopédicas, que nos despiertan un apetito insaciable.

Queremos más. Queremos que ese viaje por la España del interior —y por la España mitificada, simbólica y con densidades de población escasísimas— no se acabe.

La ironía, creo que lo he dicho, es de una sutileza envidiable. Y sí: verde de envidia me he puesto con las resonancias recias y livianas de una prosa a la que uno, en fin, nunca podrá llegar.

La España vacía entretiene, divierte, nos hace reflexionar, nos hace pensar, nos hace preguntarnos acerca de nuestra relación con el medio físico, con el espacio, con la España real y con la España fantaseada, con la España heredada y con la España actual.

En ningún momento he podido dejar de sonreír y de sentir una cierta nostalgia. No podía dejar de hacerlo mientras me adentraba por esos caminos, por esos itinerarios que traza Sergio del Molino o por los que él anduvo a la manera del cronista o reportero, a la manera del antropólogo de campo, a la manera del esforzado hispanista.

El autor parece haberlo leído, visto y oído todo, como aquel personaje de Julio Cortázar, que en efecto tenía todos los libros leídos.

Se manifiesta con prudencia, pero también con audacia. Se expresa con respeto hacia sus mayores, pero también con resuelta rebeldía, incluso con actitud ocasionalmente gamberra

Ahora, a mi vuelta, cuando el viaje ha acabado, La España vacía me parece uno de los libros más sutiles y divertidos de la literatura reciente y remota, un volumen reflexivo y analítico. Verdaderamente, una obra extraordinaria.

Sergio del Molino transita por lugares comunes y por espacios insólitos, sitios que han examinado estudiosos, geógrafos, historiadores, filólogos, literatos, artistas, observadores.

Un poco como aquellos viajeros de la Europa septentrional que emprendían el Grand Tour para descubrir o confirmar lo que sabían o creían saber de los meridionales. Algunos cargaban con atavismos y casticismos. Sergio del Molino los examina con sorna y respeto.

Una lectura superficial de La España vacía nos puede provocar una impresión falsa: en sus páginas no hay nada que no supiéramos de antemano. Es una conclusión errónea, pues si los mimbres son conocidos, el cesto es nuevo, completamente nuevo (permítanme decir esto, otra vez de forma cursi).

Sergio del Molino no se plantea ‘España como problema’ y no se pregunta por el ser de la patria. Tampoco responde diciendo aquello de ‘España sin problema’. No busca esencialismos ni tampoco metafísicas carpetovetónicas. No adopta ni adapta el 98 o el noventayochismo, pero se ha leído a sus distinguidos creadores.

En efecto, esas metafísicas las tiene en cuenta para darles la vuelta, para mostrarnos un país, el nuestro, del que la mayoría procedemos. ¿Qué país es ése? ¿Castilla?

No sólo Castilla. También la España rural, árida o seca, que es exactamente nuestro origen, la tierra que abandonaron nuestros antepasados recientes o remotos.

Ese país puede ser el de nuestra infancia, el de mi infancia: el pueblo familiar, el que abandonó mi padre para acceder a los estudios superiores y colocarse en la gran ciudad; el pueblo que yo frecuentaba cuando de niño y adolescente iba a veranear, un lugar real y simbólico que aún da forma a mi emoción más profunda.

Para acabar me he puesto moderadamente nostálgico o melancólico, no sé. Y creo que ese pequeño estremecimiento me lo ha provocado este libro tan bello al que volveré, sí, volveré para recorrerlo otra vez.

El ataúd de Franco

Estamos en semana de difuntos. En Valencia, a la jornada de hoy la llamamos “El dia de les animetes”.

De las almas tenemos un buen recuerdo y, si somos creyentes, les deseamos una Eternidad de Gloria. Si somos agnósticos o descreídos, pues a las animitas las llevamos en el corazón.

¿Y a Francisco Franco? En el mejor de los casos, Francisco Franco es un alma en pena. Carga con su ataúd, según la ilustración de Eduardo Luzzatti para Cartelera Turia: creo que no acaba de descansar en paz.

Es cierto que quiso librar a España del Infierno ateo y, por ello, persiguió y reprimió con saña, aunque a la postre sin mucho éxito.

A pesar de los muertos que son imputables a su Régimen político, no consiguió extirpar el mal del Novecientos.

El franquismo fue un régimen militar, propiamente castrense o pretoriano. Lo dirigía un General, un Jefe de los Ejércitos que era al mismo tiempo Jefe del Estado con el título de Generalísimo o Caudillo.

Al Jefe se le rendía culto: había ganado una Guerra Civil, una Cruzada contra la antiEspaña y contra los enemigos de la fe, que venían a ser la misma cosa. Su inspiración era, pues, religiosa: más concretamente, nacional-católica.

El pronunciamiento militar de Francisco Franco, llamado Alzamiento Nacional, dio lugar a la Guerra Civil, como consecuencia de su fracaso inicial. Si hubo contienda fue por no haber alcanzado rápidamente sus objetivos.

Ese alzamiento era tradicional y moderno. Primero, era una asonada típica del militarismo español: de la tradición que se remonta al siglo XIX.

Segundo, era un movimiento de inspiración fascista, característica de la Europa de los años treinta del Novecientos.

La España que Franco se propuso rehacer –la España de la que quería extirpar el marxismo y el liberalismo, la democracia y el parlamentarismo– era un país aquejado por una grave crisis económica.

Era un país alterado por crisis sociales duramente reprimidas y de consecuencias violentas.

Era un país que había librado batallas militares (en África) o afrontado amenazas revolucionarias (1934).

Los fascismos se presentaron en su momento como una solución tajante a los males de la modernidad: el principal de ellos, la presencia de las masas siempre levantiscas o potencialmente violentas.

Pero a la vez los movimientos fascistas hicieron uso de la técnica moderna, de la movilización intensa y extensa de la población, de la represión, de la dominación ideológica y de la socialización política.

En los regímenes de Benito Mussolini o de Adolf Hitler, el partido y el Estado se confunden. Es por eso por lo que el totalitarismo –según la doctrina mussoliniana– tiende a eliminar las instituciones mediadoras.

El objetivo es acoplar enteramente la sociedad al Estado, cuya encarnación serán el Duce y luego el Führer.

En la base del Régimen de Franco había un pequeño partido o movimiento de corte igualmente fascista y había equivalencias o similitudes con los regímenes totalitarios.

Pero en el franquismo el Régimen y el Partido no eran lo mismo. El sistema nacía de una Guerra Civil y, por tanto, nacía de una coalición de fuerzas combatientes y políticas que más tarde tendrán diferente predominio: el falangismo, el carlismo, el Opus Dei y, por supuesto, los propios militares.

Será un régimen duradero. Durará gracias a la circunstancia estratégica que lo beneficiaba, particularmente la lucha occidental contra el expansionismo soviético.

Y evolucionará del totalitarismo de corte fascista al autoritarismo iliberal, del sistema fascista de partido único a la dictadura unipersonal de pluralismo político limitado, muy limitado.

Pero lo que no dejará de ser el franquismo es un sistema represivo, antidemocrático, como otras dictaduras de origen fascista.

El régimen del Caudillo añadirá el elemento religioso, propiamente reaccionario: ese catolicismo ultramontano que había bendecido su movimiento.

El régimen de Franco fue un sistema políticamente desastroso, una profunda grieta en la historia española de la que aún hoy no nos hemos repuesto por entero.

Y, por entero, el Generalísimo no descansa en paz: aún se le ve con el ataúd a cuestas, penando por su causa. A veces los villanos tienen su merecido…