Un posible Lennon

Uno. Leo con placer, con arrobo, con incredulidad la obra de David Foenkinos. ¿Su título? Lennon. Es un libro dedicado al componente y líder de The Beatles.

Publicado originariamente en 2010 y editado en España por Alfaguara en 2013 con traducción de César Aira, el volumen capta, convence, entretiene. ¿Por qué?

Dos. No sé explicarlo muy bien. Quizá sea esa primera persona narradora que habla y persuade. No se trata sólo de contar cosas, sino de convencer, de hacerte con el lector. O con esa lectora resistente.

Hay que hacer las cosas muy bien, hay que escribir con gran dominio y arte, para hacernos creer que quien nos relata todo es John Lennon. El yo, la primera persona, evoca su pasado, lo narra atropellada y ordenadamente. A la vez.

Hay orden expositivo para que sepamos en qué momento nos encontramos y al mismo tiempo hay digresiones, incisos y vueltas al presente. ¿A qué presente? A la segunda mitad de los 70.

Tres. He dicho que leo esta obra con incredulidad, cosa que parece contradecir lo que después añado: que el narrador que habla en primera persona es muy convincente. No hay tal contradicción. Cuando digo con incredulidad digo con pasmo. Leo con asombro.

Es muy arriesgado literariamente recrear la voz, el estilo, los pensamientos, los sentimientos, el timbre y la sintaxis de John Lennon. Todo el mundo cree conocerlo y muchos hemos escuchado sus declaraciones o peroratas.

Numerosos seguidores saben instintivamente si esos giros, esa forma de expresarse, esos silencios o esos renuncios son de él. Pues bien, David Foenkinos provoca dicha impresión.

¿Y qué nos cuenta Lennon, el Lennon de Foenkinos?

Cuatro. Foenkinos pone en boca de Lennon la vida en primer persona, los hechos disfrutados y padecidos por un muchacho que tuvo una infancia dura e incluso desastrosa, con grandes carencias emocionales.

La vida narrada por un adulto que maduró a trompicones. con debilidades y arrogancias, con genio y creatividad. Un hombre que siguió aferrado a ciertos episodios infantiles y al dolor que éstos le ocasionaban.

La vida contada por un joven al que de repente se le viene el éxito encima, un suceso multitudinario e invasor. Gracias a los colegas del grupo, gracias a The Beatles, ese muchacho podrá sobrevivir aferrado a la afectividad, a la camaradería, al humor y a las drogas.

Parte de su existencia irá a la deriva y de parte de su vida podrá hacerse responsable. ¿Es verdad lo que nos cuenta Foenkinos en esta novela? ¿En cierto lo que el autor pone en boca de Lennon?

La obra, ya lo he dicho, transmite un efecto de gran autenticidad y yo, que no conoczco al detalle la vida de John Lennon, leo totalmente persuadido. Eso tiene mérito, mucho mérito: el relato elegante y desgarrado, humorístico y serio, nos transmite confianza en el género humano, en su capacidad de autoanálisis y en su expectativa.

Hay alguien que escucha, sí, y hay alguien que mata.

Cinco. John Lennon, again. Estoy satisfecho de haber escrito por entregas mis impresiones sobre la novela de David Foenkinos, ese Lennon (2013) que persuade desde la primera línea.

Al detallar mis impresiones no puedo precisar situaciones o episodios que los lectores podrán descubrir si efectivamente se hacen con esta obra.

¿Revelar más cosas, circunstancias, hechos? Yo no perdonaría al crítico que me destapara y me destripara una ficción. Hay comentaristas que hacen eso: a falta de imaginación o de escrúpulos, confiesan episodios sobre los que, por caridad, deberían callar.

He creído decir mucho, pero no tanto como para quitar el interés. Lennon es una figura gigantesca, un tipo normal que supo sacar ventaja de sus habilidades y de su dolor, un joven que supo oponer frente a una avalancha. ¿Supo?

En la vida tenemos serios reveses que no son necesariamente producto o resultado de nuestra mala cabeza. Lo mejor que podemos hacer es aprender para vivir mejor y con más tino, instinto y olfato. Aprender para saber disfrutar y para saber demorar el placer. Aprender para confirmar que la muerte nos lo quita todo.

Al leer a David Foenkinos, he tenido la tentación de ayudar a Lennon, de advertirle. Yo creo saber cuál es el colofón de la historia, la consumación triste de su trayectoria y precisamente por eso he querido aconsejarle.

La existencia es eso: acercarte a los Apartamentos Dakota sin saber qué hay detrás, qué hay de lo mío, qué quedará; acercarte sin mentor que te salve.

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Artículo escrito originariamente en enero de 2014

Nazismo. ¿El mañana me pertenece?

¿Cuántas veces habremos visto esa escena, procedente del film Cabaret (1972), de Bob Fosse? El remoto origen literario es Adiós a Berlín (1939), de Christopher Isherwood.

¿Cuántas veces? Quizá cientos o miles. O más. En ella podemos apreciar la quintaesencia del totalitarismo y del sentimiento oceánico, esa masa a la que es posible enardecer y manipular.

Bien mirado y de entrada, aquello que sucede en esa circunstancia no espanta, pues no hay violencia física explícita. Es más, resulta un momento de extraordinaria calma.

Alguien entona una canción amable, Tomorrow Belongs To Me. Pero pronto esa pieza resulta también un horror, su premonición.

Volvamos a ver la secuencia. Dos hombres, solidarios y despreocupados, disfrutan al aire libre en la terraza de un café o cervecería.

De pronto, un jovencito bien parecido entona una canción que exalta la naturaleza. Nada más inocente, virginal; nada más emocionante.

Pero, conforme se abre el plano, confirmamos que ese muchacho es miembro de las Juventudes Hitlerianas. Y en calidad de tal canta. Corroboramos que los protagonistas y los figurantes se hallan en Berlín.

Ese joven se gana su audiencia, a este, a aquel, a dos individuos también uniformados, con quienes el muchacho forma más que un trío; y luego…, un coro constituido por ‘casi’ todos los presentes.

Es un público improvisado, que poco a poco y con creciente entusiasmo se hermana: todos, menos un anciano cuyo rostro refleja enojo y malestar. La mirada y la cabeza gacha muestran claramente sus sentimientos.

La canción, Tomorrow Belongs To Me, es bella, de sencilla factura, de letra emotiva y de resonancias hímnicas.

Fue compuesta originariamente a partir de una canción popular para Cabaret (1966), el musical de Broadway, de Fred Ebb y John Kander, y para su adaptación cinematográfica homónima, de Bob Fosse.

De hecho, de ser una tonada popular se convierte en un himno y, por tanto, en un reclamo. Primero es una melodía pastoral para ser finalmente una marcha.

¿Qué función cumple en el film? Es un fragmento de la gran historia, esa historia mayor que arrasa literal y metafóricamente, el poder de una minoría política, el dominio del fanático, la evidencia y la presencia de la masa. Y ello sin ejercer un acto de violencia física.

Basta con que la población haya sido intimidada, en muchos casos perseguida, para que un individuo con uniforme y herrajes seduzca al indiferente.

En la secuencia, el motivo parte de un primer plano. Ya digo: es el de ese muchacho bellísimo y rubio como la cerveza.

No lo vemos originariamente pero suponemos que se dispone a cantar y canta. Estamos al aire libre en lo que sin duda es un día primaveral. Todo parece sonreír a los presentes y de esa placidez nos contagiamos los espectadores.

Estamos en la terraza, ya digo, quizá en un café o cervecería, en donde un grupo de parroquianos parece tomar el vermú. No hay malos augurios.

Tomorrow Belongs To Me. El joven entona bien y la melodía crece enardeciendo los ánimos de los parroquianos hasta que todos salvo el anciano forman ya una comunidad emocional.

El nazismo contagia e infecta, fuerza consensos y arrastra. Los dos amigos que habían recalado en dicha terraza aprovechan para irse, quizá para escapar de ese sentimiento oceánico que todo lo anega.

¿El mañana me pertenece? No. This is the end…

https://m.youtube.com/watch?v=QumW5NICuL0&feature=youtu.be

Puro Cercas

Hace unos pocos días acabé Terra Alta (2019), último Premio Planeta. El protagonista se llama Melchor, apenas llega a la treintena y es mosso d’esquadra.

Primero servirá en Barcelona y luego en la Terra Alta, comarca enclavada en el interior de Tarragona.

Allí viviremos con él una historia policial en el doble sentido de la expresión: estamos ante una obra de ficción que podemos identificar con el thriller; y estamos ante el relato, en tercera persona, de una vida, la vicisitud biográfica de este policía aún joven, pero ya maleado.

El autor de la novela es Javier Cercas. El escritor me ha conmovido con artificios de sabia narración. De inmediato, es fácil identificarse con ese personaje que no narra, pero actúa, vive, malvive o sobrevive para nosotros gracias a las habilidades de Cercas.

Por supuesto, en esta brevísima glosa no voy a desvelar nada más. Yo no tengo derecho alguno a descubrir lo que le acaece, a Melchor, quiero decir. Lo que aquí sostengo o apenas revelo está escrito en clave.

Insinúo más que destapo.

Un individuo solo —con un pasado que no es pasado, que casi nunca es pasado— debe rehacer su vida en un entorno poco amistoso o incluso hostil.

Debe rehacerla y rehacerse en unas circunstancias casi siempre adversas. Desde niño, la existencia no ha sido nada fácil para él. Es más: su adolescencia y primera juventud han sido más bien calamitosas y dramáticas.

¿Lo fueron y ahora…? Allá donde está el peligro, nace lo que salva, decía el poeta. Pues bien, algo así es lo que sucede en algún momento al protagonista de esta ficción pura:allá donde está el peligro nace lo que puede salvarlo.

En las novelas de Cercas, en sus narraciones, el protagonista suele hallarse solo tomando decisiones, acertando o errando.

En Cercas, los personajes principales o los narradores de sus obras suelen ser eso: individuos que viven en soledad o en la orfandad, que sobreviven o malviven con desconcierto a algún tipo de amputación.

En Cercas, esos caracteres dramáticos suelen ser tipos que llevan una existencia más o menos desastrosa para luego, de repente, emprender acciones que quizá los rediman. Eso sí, la vida no es únicamente puro drama. Tiene, en efecto, momentos de humor voluntario e involuntario e instantes de redención. Puro Cercas.

Más aún, esos personajes suelen ser individuos acobardados o lacerados y de pronto valientes y capaces. Eso sí, no son de una pieza. Demuestran coraje una vez o acaso intermitentemente. Puro Cercas.

En fin, esos individuos suelen observar a otros para tomar nota, para ajustar cuentas con el pasado, con ese pasado que hasta ellos llega. Insisto: también aquí, en la Terra Alta, tenemos a un individuo que toma nota para aprehender y aprender.

Pero Melchor no es mero observador. Es un hombre de acción al que le gusta leer para instruirse, para desentrañar las lecciones de vida que hay principalmente en Los miserables (1862), de Victor Hugo.

Melchor (como otros personajes de Cercas) es un tipo que no fue educado en la gran virtud, sino en la pequeña, en la moral más mezquina incluso.

Mezquindades, sí, en las que muchos han sido enseñados y de las que el grueso de la humanidad no escapa fácilmente.

Si hablo de Javier Cercas no extrañará si digo que Terra Alta es una novela moral, protagonizada por un persona dañada. Como sólo un hombre solo puede serlo. Melchor es un ser de desamparos y abandonos.

Pero aún conserva esperanzas. Esa persona tantea, husmea y avanza en su entorno igual que lo haría un individuo que caminara en penumbra, que no es exactamente a ciegas…

Y Melchor es puro arrojo. O coraje. Pero tiene el don del sentido práctico y el instinto del instante, de la oportunidad. Nadie le ha regalado nada y tampoco es un ángel.

Y, ya que ahora empleo un léxico religioso, podría decir que el protagonista es un pecador, sí. Pero tiene una bondad propiamente humana, entreverada de abdicaciones y perversidades menores.

Su vida es laceración y alegría, una adición de humillaciones e instantes de felicidad. ¿Cuál es el saldo?

Puro Cercas, con trepidación, con reflexión, con amarguras, con ironías y con ternuras.

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Fotografía de Javier Cercas, EP

Ensayo de JS, Historia y ficción. Conversaciones con Javier Cercas. Madrid, Punto de Vista Editores, 2019:

http://puntodevistaeditores.com/catalogo/historia-y-ficcion-conversaciones-javier-cercas/

Magnates y mangantes. Las élites y la corrupción según Paul Preston

Días atrás acabé la lectura de Un pueblo traicionado (2019), un extensísimo volumen de Paul Preston que la editorial presenta como síntesis del último siglo y pico de historia contemporánea española.

El pasado dura mucho tiempo, es largo, y seguro que más de setecientas páginas no son suficientes para contenerlo todo.

Pero el editor y el autor saben que es posible abreviar, sobre todo en estos tiempos de lectores que pronto pierden fuelle o el fuelle (entero).

Sin duda, Preston tiene unos conocimientos enciclopédicos con que abrumarlos. Tiene avales.

Y tiene un saber muy superior a la media, aunque una síntesis más breve (¿doscientas, trescientas páginas menos?) habría beneficiado la soltura y contextura del libro. España se puede acortar.

Es más, tal vez el capítulo dedicado al siglo XIX es prescindible: las tesis que el autor maneja son algo anticuadas y su bibliografía más reciente, salvo excepciones, data de diez o doce años atrás.

En fin, el último periodo del libro dedicado a los lustros que nos son más cercanos es interesante, pero no pasa de ser una crónica periodística y vertiginosa. Eso sí, lo que cuenta nos lacera…

El volumen tiene dos hilos conductores, dos líneas paralelas que frecuentemente se cruzan:

-por un lado, el papel de las élites políticas y económicas, casi siempre depredadoras;

-y, por otro, la corrupción, el mal gobierno y la malversación de caudales públicos que tan habituales han sido en la España reciente.

La ciudadanía aparece aquí como un pueblo traicionado, gobernado por muy malos señores, una moraleja que implícitamente se inspira en el Poema del Mío Cid.

La tentación editorial era muy grande: unos gobernantes de mala índole y unos vasallos (en realidad, ciudadanos) a los que se sujeta, se sofoca y se engaña.

Por supuesto, el escrito de Preston es mucho más complejo que este reclamo del editor…

Sin duda es un volumen interesante, aunque no aportará gran cosa a quienes ya conozcan la obra de Paul Preston.

Aun así, una página de Preston brilla, siempre arroja luz sobre aspectos conocidos o desconocidos de la vida política de este país.

Me precio de haber leído no pocas obras de este gran hispanista y al llegar a este último volumen, lejos de aburrirme, el autor ha conseguido captar mi atención.

Ha conseguido obligarme a hacerme preguntas sobre la vigencia de los viejos problemas o sobre cuestiones de la actualidad española.

Acabé el libro cuando faltaban pocos días para que se hiciera pública la sentencia de los ERE de Andalucía. Y plaf…

Aunque dicho fallo no es definitivo y va a ser recurrido, lo cierto es que el panorama que dibuja el tribunal es desolador.

Sin duda, los distintos gobiernos andaluces, que han contribuido a mejorar la circunstancia de aquella región, también han permitido, favorecido o desarrollado la constitución de redes clientelares para beneficio propio, para provecho material y para cooptación de afines.

El resultado es millonario (en gasto y despilfarro) y desastroso para la moral pública, y eso al margen de que las máximas autoridades socialistas de Andalucía no se lo hayan llevado crudo.

Resulta extravagante que el Partido Popular pida responsabilidades a Pedro Sánchez cuando éste y su gobierno en funciones no tienen implicación en tales fraudes.

Es chistoso que esas exigencias procedan de un partido en curso o sentenciado y condenado por distintos casos de corrupción. Me refiero al PP.

Ahora bien, como nos recuerda muy atinadamente Joan Alcàzar resulta cobardona la respuesta del gobierno en funciones, particularmente la del ministro Ábalos. ¿Por qué este gabinete socialista no pide unas disculpas que nos son debidas?

Que Pedro Sánchez no sea responsable del clientelismo delictivo que los jueces han detectado en Andalucía no le exime de algún pronunciamiento. Basta ya con el patriotismo de partido (en expresión que tomo de Fran Sanz). Punto y seguido.

Paul Preston detalla los males de un país que, por lo visto y por lo dicho, ha prosperado casi milagrosamente.

Detalla con mucho pormenor los tejemanejes de que se valieron tantos políticos inescrupulosos que gobernaron la España del Novecientos:

-las aventuras coloniales en África y los dispendios y extravíos que ocasionaron;

-los latrocinios absolutamente corruptos de líderes demagógicos;

-las empresas dudosas o simplemente delictuosas de aquel rey, Alfonso XIII, mal llamado Fernando Siete y Medio;

-las dictaduras que fueron reacción, represión y negocio en distinto y escandaloso grado;

-la clase empresarial tan dada al proteccionismo, al pistolerismo o al matonismo y a los monopolios bien engrasados;

-las clases trabajadoras, de escasísima formación política, de vocación levantisca, revolucionaria y de hambres seculares.

Resulta prodigioso que hoy tengamos una democracia parlamentaria, que seamos un país perfectamente equiparable a los restantes de la Unión Europea. O quizá no resulte tan milagroso.

Preston ha escrito este libro con un ánimo sombrío, aquejado por un malestar bien justificado.

Las élites políticas y económicas nos han dado graves disgustos. En ellas, en esas clases finas y principales, vemos frecuentemente confundidos magnates y mangantes.

Pero es el Brexit aquello que sume a Preston en una tristeza inconsolable que muchos lectores compartimos.

Quiero ser optimista. Disponemos de democracia, disponemos de unas instituciones europeas y eso, ese avance contemporáneo, no podemos desecharlo o arruinarlo.

No sé si somos Un pueblo traicionado, como reza el título de este libro, que —insisto— parece inspirarse en la moraleja de El Cid.

Sin embargo, somos aún un pueblo esperanzado. Nunca hubo unos viejos buenos tiempos. Pero tampoco estamos condenados al fatalismo.

La responsabilidad es individual. Cada uno de nosotros y de nuestros representantes políticos debe afrontar las consecuencias de sus actos.

Sin duda, la avaricia y la codicia son detestables. Más aún, nadie puede infligir daño gratuitamente. O gastar como un bandarra o despilfarrar lo público a manos llenas: por el amor de Dios, por probidad o por estética.

Cada acto define el país y la humanidad en que queremos vivir. No necesitamos héroes ni utopías.

Necesitamos honestidad, sensatez y una concepción austera de la vida. Ni esto es un Valle de Lágrimas ni un desenfreno sin tasa.

20-N. Franco de cuerpo presente

Cuando se acercan estas fechas casi resulta inevitable. Y reiterativo. Es como una condena que cumplo con fatal puntualidad.

Dedico unos minutos o unas horas de mi tiempo al General Franco, al Caudillo de mi infancia y adolescencia.

No sé si se acuerdan.

Para los más jóvenes: me refiero a aquel abuelo mandamás y feroz, a aquel dictador que hacia los años sesenta había abandonado el uniforme por el terno civil.

Se presentaba así ante las cámaras de televisión, de la televisión: como eso, como un abuelo, como un viejecito que decía estar preocupado.

Siempre nos amonestaba y nos advertía. Él permanecía vigilante y preocupado, eso afirmaban sus corifeos: vigilante por sus hijos y nietos, por esa España que había gobernado con mano firme durante tantos años.

Al parecer no se nos podía dejar solos. Por el pronto cainita de los compatriotas y por la conspiración judeomasónica que amenazaba nuestro bienestar. Él, pues, permanecía vigilante y preocupado, ya digo.

Con mano firme, más o menos firme, de cirujano de hierro. Y ahí estaba: un mandamás que había implantado un régimen personal aupado y auxiliado por una coalición reaccionaria.

Según digo, a Francisco Franco Bahamonde aún lo veo, se me aparece de cuando en cuando, y lo leo. Lo leo y lo recuerdo con repeluzno, sabiendo que su presencia sólo es pasajera y espectral. ¿Pasajera?

En cuanto repase el último libro que se le dedica, la última novedad, le perderé de vista, me digo. Este dictador no merece mi atención, me insisto.

Pero no: sé que caeré en otra ocasión, en otra tentación, cada vez que una novedad editorial me reclame y me despierte un interés histórico o morboso.

O cada vez que en librerías de viejo me haga —y finalmente me hago— con sus vetustos volúmenes. Este año me he puesto las botas.

Son libros firmados por el Caudillo y que recogen algún diario, alguna novela, discursos, artículos bajo seudónimo, sobre el comunismo, la masonería, etcétera.

Conforman un ideario de raigambre reaccionaria, de un fascismo tosco, de un conservadurismo recio y rancio sin ningún atisbo liberal.

Esos escritos conforman una concepción militar de la patria, una noción castrense de la vida. Conforman, en fin, una cosmogonía tridentina, de una religiosidad militante.

Lecturas edificantes. Entretenimiento y espanto garantizados.

Y ahí lo veo y lo leo de cuerpo entero y más bien enteco. Hoy, ya el 20-N, he querido tenerlo precisamente presente. De cuerpo presente.

Yo no olvido. Acaso por mi pronto rencoroso? No, no. Es por prescripción facultativa. Lo leo por sabia recomendación. Resulta terapéutico mantenerlo inerte.

Ahí lo dejo.

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Ilustraciones: Antonio Barroso

Españoles, Franco ha muerto – Impreso

Unamuno. Soy solamente un solitario

Veo por quinta vez la película Mientras dure la guerra (2019), de Alejandro Amenábar.

El episodio principal que el film recrea es bien conocido: son los últimos meses de vida del filósofo Miguel de Unamuno en Salamanca, de cuya Universidad era rector. Me refiero a las semanas que transcurren entre julio y octubre de 1936.

Unamuno morirá en diciembre de ese mismo año: el corazón ya no podrá resistir más tras unos achaques invencibles.

Pero su fallecimiento no es sólo un asunto de enfermedad, de patología cardiovascular. Esa muerte y la angustia que la precede, esas semanas anteriores, serán agónicas. En un sentido literal y metafórico.

Unamuno, que ha destacado durante años, por su oposición a Alfonso XIII, por su resistencia al dictador Primo de Rivera y por su afinidad y simpatía republicanas, es ahora un intelectual a la deriva.

Cree que el país se despeña. Cree que la República, sacudida por los extremos, ha decepcionado sus expectativas y, por ello mismo, cree que es saludable un pronunciamiento militar. Al viejo modo español.

Cree, en efecto, que se trata de un alzamiento del Ejército, una dictadura de breve duración (al modo Romano), que tiene por objeto poner orden en el desorden, poner concierto en el desconcierto. Y lo aclara en alguna entrevista que concede por entonces:

“En este momento crítico por el que atraviesa España, es indispensable que me ponga junto a los militares. Son ellos los únicos que nos devolverán el orden, porque tienen el sentido de la disciplina y lo saben imponer.

No preste atención a lo que se dice de mí: no me he convertido en un hombre de derechas, me he traicionado a la libertad.

Pero de inmediato es urgente instaurar el orden. Verá como dentro de un tiempo, y esto no será dentro de mucho, seré el primero en reemprender la lucha por la libertad. No soy ni fascista, ni bolchevique.

Soy solamente un solitario.”

Unamuno, tan perspicaz, tan clarividente, para observar el mundo interior y exterior, para examinar la historia y sus rumbos, ahora se muestra escaso de luces. Vive un aturdimiento que con no pocos comparte.

Confunde sus deseos con la realidad. El golpe de Estado de 1936 no es un pronunciamiento militar clásico y menos aún cuando lo sigue una guerra civil.

El Alzamiento forma parte de los movimientos insurreccionales que por entonces se dan, contrarios a las instituciones democráticas. El levantamiento de una parte del Ejército es una militarada, pero es algo más.

Es una solución práctica e ideológica frente al sistema representativo y frente a los brotes de violencia revolucionaria. Es un instrumento de destrucción de las libertades y, por ello, forma parte del fascismo doctrinal y empírico que triunfa entre tantos fanáticos y entre ciertas élites europeas de entonces.

Pero Unamuno confía ciegamente en esos militares alzados. Los juzga como cristianos y como hombres de honor. Por ello, la violencia, la arbitrariedad, las crueldades, la falta de compasión no las concibe.

Por ello, su decepción es creciente, dolorosa y mayúscula. Le sorprenden la rudeza, la impiedad y el propio desorden y la propia muerte que esos militares han provocado.

Unamuno, tan valiente a lo largo de su vida intelectual, pública, tendrá un último y decisivo acto, pronunciándose corajudamente.

La película de Alejandro Amenábar es fruto de una exquisita ambientación histórica (el asesor del film fue Julián Casanova) y es fruto de una sensibilidad desgarrada. Nos sentimos solidarios con ese solitario, ese viejo achacoso que aún se alza para evitar la barbarie.

No podrá frenar lo que, desde el principio, es una sedición infame; no podrá achicar los males que el Ejército ocupante causa. Digo bien: ocupante.

Las tropas llegan a Salamanca para hacerse con el territorio y para domar, sujetar o aplastar a los republicanos, a gentes civiles a las que llamarán insurrectos.

Sigo leyendo y releyendo libros de y sobre Unamuno. Retomo con especial cariño Vida de don Quijote y Sancho (1904). Sigo con Jean-Claude y Colette Rabaté, con Juan Marichal, con Severiano Delgado Cruz, etcétera.

Un placer agónico…

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Retrato de Unamuno realizado por Manuel Vázquez Díaz, 1936 Colección Museo Reina Sofía.

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https://www.facebook.com/1249255273/posts/10219914763840017?sfns=mo

La muerte en directo

¿Por qué los reporteros, los periodistas de calle, deben desplazarse a lugar de la catástrofe, del cataclismo? Porque reciben la orden de los servicios informativos.

¿Por qué deben jugarse la vida o poner a prueba su existencia para estar en el lugar de los hechos? Porque es hábito común, ya establecido en todas las cadenas.

Y así vemos a periodistas jóvenes padeciendo las inclemencias, y esas inclemencias desatadas y retransmitidas son supuestamente la prueba palpable de los hechos ocurridos o que incluso están ocurriendo.

Por eso, nada mejor que situar a la reportera inerme o al joven imberbe, cubiertos con sus respectivos chubasqueros, siempre insuficientes, en un paraje inhóspito.

Desde ese paraje inhóspito, apenas iluminado por la antorcha del cámara, transmiten en directo.

Con dificultades, si el viento huracanado azota o si la lluvia empapa, esas personas allí desplazadas informan acerca de lo obvio.

Nos dicen lo que vemos: cómo caen los copos de nieve: ellas son testigos y protagonistas de la rutina o de la excepción climática.

Y nos lo dicen con voz trémula, tiritando. De inmediato, los televidentes, que experimentamos una solidaridad instintiva, casi irracional, nos preguntamos.

Nos preguntamos por la crueldad de la cadena, de las cadenas: no las de los coches, sino las televisivas.

Nada provoca mayor efecto de realidad que la presencia de un reportero junto a los vándalos que se disponen a quemar mobiliario urbano.

Con un casco mínimo y un chaleco reflectante, el corresponsal se juega la vida por nosotros, que contemplamos desde la barrera el penúltimo choque de encapuchados hostigando a los Mossos.

La imagen del suceso, del fait divers, atrae nuestra atención, esa mirada morbosa del espectador que está guarnecido y que a la vez se muestra inquisitivo.

No nos preguntamos qué cosa tan excepcional o grave pasa, sino qué imágenes de riesgo veremos hoy gracias a la sugestión del directo.

Del azote de la naturaleza a la destrucción el vándalo, las televisiones estuvieron allí. Está ocurriendo, lo estás viendo.

Cumplen así con aquel dictado bobo según la cual una imagen vale por mis palabras. Desde el plató, los locutores que no pisan la calle con gesto paternal agradecen el rasgo.

Agradecen el coraje de la corresponsal, aquella que se puso en peligro para beneficio de la audiencia. En directo se está congelando como prueba del frío que, oh sorpresa, hace en Navacerrada.

Cualquier día un alud de nieve atravesará la pantalla de plasma, derramándose y anegando el salón de nuestros hogares. Tendremos ataques de hipotermia.

O, quién sabe, cualquier noche se prenderán las cortinajes del ventanal: un cóctel molotov habrá rebasado la barrera de la tele arrasando nuestra malsana curiosidad.

De verdad, estamos acabados.

Vamos a morir todos.

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Itziar Tabares, LaSexta