El país que nunca fue

He regresado a La España vacía (2016). Y ha sido una suerte de epifanía. Como si de un viaje real se tratara he vuelto a seguir o a repetir el periplo que nos propone su autor, Sergio del Molino.

La primera vez que abordé ese volumen no supe cómo tomármelo. ¿Acaso por falta de costumbre? No. Estoy habituado al ensayo, que es uno de los géneros que mayores satisfacciones me dan.

Probablemente, cuando lo tuve en mis manos, yo estaba apremiado por otras urgencias y no era el momento de leerlo o de comprenderlo.

Pasó el tiempo y cuando tuve la oportunidad de saludar a Sergio del Molino y de hablarle de su literatura, por ejemplo de La mirada de los peces (2017), no supe qué decirle. Soy muy tímido y no es la primera vez que enmudezco o me hago el sueco ante autores que me interesan. No sé por qué.

Ahora, con otro talante y con otra actitud, he afrontado la prosa de Sergio del Molino. Y sin rubor debo decir que me ha fascinado desde la primera línea. Asombrosa obra cuyo goce por poco me pierdo por leerla a destiempo o con poco tiempo.

Es un deleite su sintaxis envolvente, ingeniosa y erudita. Pero sobre todo me ha convencido La España vacía como obra literaria, con una sorna muy culta y popular, con una ironía que nos desvela lo que estaba oculto o era supuestamente obvio. Nada es obvio en este volumen.

Es una prodigiosa construcción con miles de piezas, de referencias, con difícil encaje. Sergio del Molino lo logra y aúna la alta y la baja cultura, la cultura más eximia y la más disolvente, esa que viene del ‘Quijote’ y que llega hasta nuestros días: precisamente hasta la cultura de masas, la más chabacana o chocarrera.

Son muchas las piezas a encajar, en efecto: muchas las referencias de la tradición, de la literatura, del arte, del cine, de la televisión incluso. El tapiz resultante (permítanme decirlo a la manera cursi) nos muestra tanto el primer plano o el plano detalle como el plano general.

Y uno no puede más que compartir la tesis general que Sergio del Molino desarrolla en sus páginas: la de la extrañeza y la fascinación que nos provoca esa España vacía, principalmente vacía, hecha de huecos, con soledades inmensas, ásperas, con ciudades siempre alejadas, distantes. Una España que tiene mucho de irreal.

Este ensayo es inspección y es autografía, es análisis y es creación, una suma de erudiciones vastísimas, enciclopédicas, que nos despiertan un apetito insaciable.

Queremos más. Queremos que ese viaje por la España del interior —y por la España mitificada, simbólica y con densidades de población escasísimas— no se acabe.

La ironía, creo que lo he dicho, es de una sutileza envidiable. Y sí: verde de envidia me he puesto con las resonancias recias y livianas de una prosa a la que uno, en fin, nunca podrá llegar.

La España vacía entretiene, divierte, nos hace reflexionar, nos hace pensar, nos hace preguntarnos acerca de nuestra relación con el medio físico, con el espacio, con la España real y con la España fantaseada, con la España heredada y con la España actual.

En ningún momento he podido dejar de sonreír y de sentir una cierta nostalgia. No podía dejar de hacerlo mientras me adentraba por esos caminos, por esos itinerarios que traza Sergio del Molino o por los que él anduvo a la manera del cronista o reportero, a la manera del antropólogo de campo, a la manera del esforzado hispanista.

El autor parece haberlo leído, visto y oído todo, como aquel personaje de Julio Cortázar, que en efecto tenía todos los libros leídos.

Se manifiesta con prudencia, pero también con audacia. Se expresa con respeto hacia sus mayores, pero también con resuelta rebeldía, incluso con actitud ocasionalmente gamberra

Ahora, a mi vuelta, cuando el viaje ha acabado, La España vacía me parece uno de los libros más sutiles y divertidos de la literatura reciente y remota, un volumen reflexivo y analítico. Verdaderamente, una obra extraordinaria.

Sergio del Molino transita por lugares comunes y por espacios insólitos, sitios que han examinado estudiosos, geógrafos, historiadores, filólogos, literatos, artistas, observadores.

Un poco como aquellos viajeros de la Europa septentrional que emprendían el Grand Tour para descubrir o confirmar lo que sabían o creían saber de los meridionales. Algunos cargaban con atavismos y casticismos. Sergio del Molino los examina con sorna y respeto.

Una lectura superficial de La España vacía nos puede provocar una impresión falsa: en sus páginas no hay nada que no supiéramos de antemano. Es una conclusión errónea, pues si los mimbres son conocidos, el cesto es nuevo, completamente nuevo (permítanme decir esto, otra vez de forma cursi).

Sergio del Molino no se plantea ‘España como problema’ y no se pregunta por el ser de la patria. Tampoco responde diciendo aquello de ‘España sin problema’. No busca esencialismos ni tampoco metafísicas carpetovetónicas. No adopta ni adapta el 98 o el noventayochismo, pero se ha leído a sus distinguidos creadores.

En efecto, esas metafísicas las tiene en cuenta para darles la vuelta, para mostrarnos un país, el nuestro, del que la mayoría procedemos. ¿Qué país es ése? ¿Castilla?

No sólo Castilla. También la España rural, árida o seca, que es exactamente nuestro origen, la tierra que abandonaron nuestros antepasados recientes o remotos.

Ese país puede ser el de nuestra infancia, el de mi infancia: el pueblo familiar, el que abandonó mi padre para acceder a los estudios superiores y colocarse en la gran ciudad; el pueblo que yo frecuentaba cuando de niño y adolescente iba a veranear, un lugar real y simbólico que aún da forma a mi emoción más profunda.

Para acabar me he puesto moderadamente nostálgico o melancólico, no sé. Y creo que ese pequeño estremecimiento me lo ha provocado este libro tan bello al que volveré, sí, volveré para recorrerlo otra vez.

El ataúd de Franco

Estamos en semana de difuntos. En Valencia, a la jornada de hoy la llamamos “El dia de les animetes”.

De las almas tenemos un buen recuerdo y, si somos creyentes, les deseamos una Eternidad de Gloria. Si somos agnósticos o descreídos, pues a las animitas las llevamos en el corazón.

¿Y a Francisco Franco? En el mejor de los casos, Francisco Franco es un alma en pena. Carga con su ataúd, según la ilustración de Eduardo Luzzatti para Cartelera Turia: creo que no acaba de descansar en paz.

Es cierto que quiso librar a España del Infierno ateo y, por ello, persiguió y reprimió con saña, aunque a la postre sin mucho éxito.

A pesar de los muertos que son imputables a su Régimen político, no consiguió extirpar el mal del Novecientos.

El franquismo fue un régimen militar, propiamente castrense o pretoriano. Lo dirigía un General, un Jefe de los Ejércitos que era al mismo tiempo Jefe del Estado con el título de Generalísimo o Caudillo.

Al Jefe se le rendía culto: había ganado una Guerra Civil, una Cruzada contra la antiEspaña y contra los enemigos de la fe, que venían a ser la misma cosa. Su inspiración era, pues, religiosa: más concretamente, nacional-católica.

El pronunciamiento militar de Francisco Franco, llamado Alzamiento Nacional, dio lugar a la Guerra Civil, como consecuencia de su fracaso inicial. Si hubo contienda fue por no haber alcanzado rápidamente sus objetivos.

Ese alzamiento era tradicional y moderno. Primero, era una asonada típica del militarismo español: de la tradición que se remonta al siglo XIX.

Segundo, era un movimiento de inspiración fascista, característica de la Europa de los años treinta del Novecientos.

La España que Franco se propuso rehacer –la España de la que quería extirpar el marxismo y el liberalismo, la democracia y el parlamentarismo– era un país aquejado por una grave crisis económica.

Era un país alterado por crisis sociales duramente reprimidas y de consecuencias violentas.

Era un país que había librado batallas militares (en África) o afrontado amenazas revolucionarias (1934).

Los fascismos se presentaron en su momento como una solución tajante a los males de la modernidad: el principal de ellos, la presencia de las masas siempre levantiscas o potencialmente violentas.

Pero a la vez los movimientos fascistas hicieron uso de la técnica moderna, de la movilización intensa y extensa de la población, de la represión, de la dominación ideológica y de la socialización política.

En los regímenes de Benito Mussolini o de Adolf Hitler, el partido y el Estado se confunden. Es por eso por lo que el totalitarismo –según la doctrina mussoliniana– tiende a eliminar las instituciones mediadoras.

El objetivo es acoplar enteramente la sociedad al Estado, cuya encarnación serán el Duce y luego el Führer.

En la base del Régimen de Franco había un pequeño partido o movimiento de corte igualmente fascista y había equivalencias o similitudes con los regímenes totalitarios.

Pero en el franquismo el Régimen y el Partido no eran lo mismo. El sistema nacía de una Guerra Civil y, por tanto, nacía de una coalición de fuerzas combatientes y políticas que más tarde tendrán diferente predominio: el falangismo, el carlismo, el Opus Dei y, por supuesto, los propios militares.

Será un régimen duradero. Durará gracias a la circunstancia estratégica que lo beneficiaba, particularmente la lucha occidental contra el expansionismo soviético.

Y evolucionará del totalitarismo de corte fascista al autoritarismo iliberal, del sistema fascista de partido único a la dictadura unipersonal de pluralismo político limitado, muy limitado.

Pero lo que no dejará de ser el franquismo es un sistema represivo, antidemocrático, como otras dictaduras de origen fascista.

El régimen del Caudillo añadirá el elemento religioso, propiamente reaccionario: ese catolicismo ultramontano que había bendecido su movimiento.

El régimen de Franco fue un sistema políticamente desastroso, una profunda grieta en la historia española de la que aún hoy no nos hemos repuesto por entero.

Y, por entero, el Generalísimo no descansa en paz: aún se le ve con el ataúd a cuestas, penando por su causa. A veces los villanos tienen su merecido…

Hannah Arendt, otra vez

Siempre es tiempo de regresar a esta judía, a esta alemana, a esta norteamericana, a esta filósofa, que nos dignifica, que nos mejora.

Concedió toda la importancia al individuo, a cada uno de los individuos que con arrojo y escaso acierto nos empeñamos en vivir.

Criticó todo pragmatismo que desatienda el significado y los efectos de la acción humana.

Subrayó la finitud, la escasez y la precariedad humanas como lo que nos es propio y constitutivo. Por eso no recayó en la melancolía de la omnipotencia perdida.

Son numerosos los filósofos que se ensoberbecen, bien pagados por o de sus cualidades, para acabar pensándose como titanes que creen dominar el mundo y sus secretos.

Hannah Arendt fue una mujer escasamente soberbia, vicio en el que solemos incurrir tantos varones.

Pero, frente a lo doméstico, defendió el espacio público como ámbito de la libertad, de la comunicación de las opiniones, un dominio que para ella era superior al familiar.

En la esfera de lo propio se da la pertenencia comunitaria, esos lazos primarios que me atan a los míos y de los que no podría desprenderme.

Lo familiar es el dominio de la necesidad, algo inferior frente a la esfera de la libertad, que es lo público.

Pero Arendt defendió también el espacio público frente al ámbito de lo estrictamente privado o frente a la sociedad civil, lugares de la economía y de la fabricación, de los intercambios, lugares del trabajo y de la técnica, de las reglas.

Ese espacio público es allá donde mejor se expresa la vida activa: la acción como meta de la excelencia humana…

La historia también fue para ella una disciplina a desacralizar y justo por eso se opuso a la falacia de las leyes que presuntamente la rigen y gobiernan.

¿Leyes? Esa confianza en la determinación fue un peaje que pagaron ciertos pensadores del Ochocientos, entre otros Comte y Marx. Si hay ciencia natural, ¿por qué no va a haber ciencia de lo social?

Arendt descreyó de esta certidumbre. Por eso, si no hay un determinismo del proceso que llega hasta nosotros, si somos un azar cuyas conexiones no son evidentes, entonces el presente es un empeño de la libertad.

Es un ámbito de la voluntad consciente frente a las fatalidades… y el futuro ya no es aquel momento predecible que las grandes teorías postulan.

Por eso, en fin, como los viejos y esforzados existencialistas, también Hannah Arendt defendió la existencia frente a toda ‘hipóstasis’ (el Estado, la comunidad, la religión, etcétera).

Es decir, Arendt resguardó la vida frente a los colectivismos que nos impiden respirar; frente a los totalitarismos, que por convertir al individuo en superfluo, practican el mal radical.

Los totalitarismos no decayeron con la ruina de las dictaduras: persisten en las actitudes, en las conductas y en ciertos hábitos de quienes no se toman en serio a sus congéneres y los juzgan simplemente prescindibles.

Tipos así no siempre son degenerados patológicos: es más frecuente que sean unos idiotas morales, gentes que se irresponsabilizan, que anulan su conciencia para de ese modo infligir el mal sin inquietarse.

No son ni siquiera trágicos: son más bien triviales, ciudadanos corrientes, quizá vecinos ejemplares, tal vez eficaces y modélicos en el cumplimiento de sus funciones… incluso letales, que ejecutan sin interrogarse.

Son, en fin, tipos que se hacen a sí mismos renunciando a su dimensión moral.

——

Retrato de Hannah Arendt hacia 1924. Autor desconocido.

Para qué leemos novelas

Para qué leemos novelas

¿Leo novelas de los siglos XVIII, XIX, XX y XXI y qué aprendo? Quienes en el Setecientos las disfrutaban abiertamente o a hurtadillas descubrían algo esencial. ¿Qué cosa?

Que todas las personas tenemos un parentesco real o ideal, que todos los individuos somos fundamentalmente parecidos. Que todos compartimos sentimientos comunes. No es magra lección.

Más aún, muchas novelas reflejaban entonces y ahora el deseo de autonomía personal. De ahí que la lectura de ficciones pudiera crear —aún hoy— en sus destinatarios un sentido de igualdad y empatía. ¿Cómo? Mediante la participación apasionada, incluso visceral y propia, en lo narrado.

No hará falta decir que la empatía, la simpatía, la compasión no se inventan en el Setecientos. Tampoco son cosa de ahora mismo. La capacidad de sentir empatía o cercanía es precedente y es universal.

¿En que se basa? Se basa en la comprensión subjetiva del otro. O en parecidos términos: se trata de captar la subjetividad de las personas, de imaginar esas experiencias internas como algo propio, algo que te concierne.

A pesar de las limitaciones alfabéticas del público lector, los héroes y las heroínas corrientes de la novela del siglo XVIII o del XIX, se convirtieron en nombres muy conocidos, en caracteres reconocibles, y ello incluso entre la gente que no sabía leer.

La notable extensión de la novela en ese periodo no ha pasado inadvertida: los estudiosos la han vinculado al desarrollo del capitalismo; al ensanchamiento de la clase media con aspiraciones y con ínfulas; al crecimiento de la esfera pública, la esfera de la deliberación y de las discusiones y debates; a la aparición y proliferación de la familia nuclear, de la unidad conyugal simple; al cambio en la relaciones de género; e incluso al nacionalismo.

La gente de la época, de los siglos XVIII y XIX, sabía por experiencia propia que la lectura de estas novelas tenía efectos sobre el cuerpo, sobre su cuerpo. Bien mirando, era algo casi milagroso.

Justamente por ello, numerosos clérigos católicos y protestantes denunciaban su potencial obsceno, seductor y degradado. La novela era género menor y sobre todo peligroso.

En 1755, por ejemplo, un clérigo católico escribe una obra de cuatrocientas páginas para demostrar que la lectura de novelas socava los cimientos de la moral, de la religión y de todos los principios del orden social. Podemos parafrasearlo.

Abrid esas obras —decía— y en casi todas ellas veréis violados los derechos de la justicia divina y humana. Veréis escarnecida la autoridad de los padres sobre sus hijos. Veréis rotos los lazos sagrados del matrimonio y la amistad.

El riesgo residía precisamente en su poder de atracción: las tentaciones del amor animaban a los lectores actuar siguiendo sus peores impulsos o ejemplos; animaban a rechazar el consejo de los padres y de su iglesia; animaban a hacer caso omiso de las censuras morales de la comunidad.

Cosas parecidas salen del ámbito protestante. En 1779, un reverendo inglés —que cita Lynn Hunt— resumía décadas de preocupaciones al proclamar que las novelas eran placeres degenerados y vergonzosos, algo propiamente diabólico. ¿Diabólico? Las novelas perturban las mentes jóvenes, apartándolas de lecturas más serias y edificantes.

El incremento de novelas británicas, la afición a este género, difundía los hábitos libertinos franceses y probaba por activa o por pasiva la corrupción de la época. Eso sucedía entre los siglos XVIII y XIX.

Los clérigos y los médicos coincidían, pues, en considerar la lectura de novelas como una disipación, como una perdida: de tiempo, de fundidos o fluidos vitales, de religión y de moralidad.

Según diversos dictámenes, las novelas fomentaban un ensimismamiento moralmente sospechoso (incluso un aislamiento dañino) provocando actos que destruían la autoridad familiar religiosa.

El peligro de las novelas no era tanto el de la moralización explícita, cuanto el ejemplo pernicioso: el proceso de implicación en lo narrado.

Los críticos eran conscientes de que los lectores tenían una presencia ideal dentro de las páginas de su ficción, cosa que provocaba que ese destinatario se abriera a sentimientos, a pasiones, a expectativas.

No eran pocos los que pensaban que la ficción produce un deseo de emulación. De emulación moral sobre todo. Así, la simpatía por la heroína de una novela fomentaría lo peor del individuo: deseos ilícitos y un excesivo amor propio.

Y las novelas, entonces y ahora, demostraban la degeneración irrevocable del mundo, un mundo a la deriva: la melancolía, la hipocondría o los vapores.

Es más: No pocos médicos pensaban que las señoras lectoras —acomodadas— eran especialmente propensas a padecer estas afecciones.

Ahora estamos todos afectados o infectados…, Dios. Así me lo recuerda la lectura de Lynn Hunt, que tiene sobre esto unas páginas bellas, unas páginas que me han sido especialmente inspiradoras.

¿Para qué sirve la historia?

Así se titula un celebrado volumen de Serge Gruzinski: ¿Para qué sirve la historia? La utilidad…

Para la gente obtusa, para la gente atada al presente asfixiante, lo pasado no es válido. Es inservible, no nos proporciona dato o saber. Es decir, es un conocimiento vano u ornamental.

Frente a ello, frente a esa idea, sigue siendo pertinente preguntarse. ¿Preguntarse qué cosa? Pues eso… ¿para qué sirve la historia?

”En el siglo XIX y a comienzos del XX, la disciplina histórica contribuyó, primero en Europa y luego en todas partes, al surgimiento de los Estados nacionales”, nos recuerda Gruzinski. Dio argamasa a entidades que distaban de ser homogéneas.

O, dicho de otro modo, proporcionó pegamento o linimento para suturar fragmentos.

Como suena. Suena a lamento…

“Políticos, investigadores, programas escolares y universitarios, difundidos por editoriales y periódicos, se dedicaron entonces a meter en la cabeza de la gente relatos que interpretaban la Historia como una marcha forzada hacia la nación”, añade Gruzinski.

La nación francesa, la nación española, la nación italiana, la nación alemana, la nación catalana…: el horizonte europeo era un sinfín de naciones en donde la democracia fue la última institución en llegar o ser reconocida. Y así nos fue.

A eso, a ese proceso, podemos llamarlo nacionalización de las masas. Vale decir, es el mecanismo múltiple que te hace sentir copartícipe de una comunidad definida y remota que alcanzaría hasta nuestros días. Felizmente, los historiadores hoy no solemos prestarnos a esta fabulación.

“Comprender de qué está hecho el presente es tan complicado como reconstituir un pasado con los fragmentos que el tiempo ha preservado de él”, añade Gruzinski.

“Hay que comenzar con un trabajo de localización y contextualización”, insiste. De contraste de circunstancias bien distintas.

O en otros términos: “identificar los diferentes estratos que componen un momento o una escena, recuperar los espacios y los tiempos que convergen en el mismo lugar, descifrar lo que está fuera del campo y abrirse a las reminiscencias que inspira la imagen son otras tantas etapas que exigen invariablemente una mirada histórica”, insiste Gruzinski.

Sabemos que esto no es sencillo. Las Letras, las Humanidades, nunca fueron algo obvio… Hay que tener una perspectiva abierta y compleja para captar el significado del texto, de la imagen, del artefacto y de su contexto.

No basta con cualquier simpleza, no nos conformamos con un pasado que nos confirme. Es preciso mirar con cuidado.

Dicho en otros términos: “…se trataría de una mirada que articularía conocimientos lejanos y próximos, operando en múltiples escalas sin encerrarse en una perspectiva estrictamente europea”.

U occidental. O africana. Se trataría de abrir la perspectiva a aquello que no nos es familiar, que nos choca. Y hasta lo cotidiano, visto de cerca y con detalle, nos sorprende.

”Casi siempre vivimos cosas sin saber, en el momento, lo que significan, o tal vez sabiéndolo de forma muy superficial. Solo más tarde adquieren importancia o cobran una resonancia especial”, dice Gruzinski parafraseando a Carlos Reygadas.

“Para ilustrar sus palabras, Carlos Reygadas recrea todas las percepciones de la experiencia vivida, intuiciones, sueños, angustias, pesadillas, miedos de adultos y creencias infantiles con que se teje cualquier presente. Recuerdos y presentimientos se agolpan en un imaginario donde se mezclan ficciones y realidades, fantasmas y delirio…”

“¿Cómo «dar clase»?”, se pregunta Gruzinski.

“O, dicho de otro modo, ¿qué pasado exponer ante unos alumnos que son en parte herederos de los vencedores españoles de la Reconquista (contra el islam), mientras que otros lo son de la Conquista (de América) y otros más descienden de los vencidos en esos episodios fundamentales de la historia ibérica? ¿Cómo explicar la expulsión de los moriscos a unos auditorios divididos entre cristianos y musulmanes? ¿Cómo presentar la conquista de América a unos alumnos cuyas memorias son inconciliables?”

“La denuncia del «genocidio indígena» en América, sean cuales fueren sus fundamentos históricos, no concuerda con una tradición española que durante mucho tiempo se ha complacido en exaltar la «misión civilizadora» de los conquistadores del Nuevo Mundo…”

Vivimos angustiados por el pasado que se nos viene encima y cuyo significado es objeto de disputa. Vivimos sumidos en la pesadumbre historicista.

“Por muy extendida que esté, la idea de que nuestra época sufre de amnesia no resiste al análisis. Continuamente se nos ofrecen o se nos lanzan numerosos pasados bajo las formas más diversas e inesperadas”, señala Gruzinski.

“Sin duda las grandes referencias colectivas que constituían en Europa tanto la Primera como la Segunda Guerra Mundial, que tejían fuertes vínculos entre memoria nacional, experiencias vividas y recuerdos de familia, se van difuminando con el paso de los decenios”, añade.

Tal cosa “no es sorprendente. Ocurre lo mismo con todos los grandes acontecimientos que las han precedido, ya se trate de la guerra de 1870, de las campañas napoleónicas o de la toma de la Bastilla. Tampoco es nuevo el sentimiento de aceleración y fuga del tiempo…”

No. No es deseable lamentar la pérdida de algo que inevitablemente tiene que perderse. Para poder vivir, para poder tomar decisiones, los seres humanos deben olvidar una parte de lo que fueron o de lo que fueron sus ancestros.

“Se construyen pasados para crear sentido, es decir, para dotarse de unas referencias que permitan afrontar mejor las incertidumbres del presente. Pero ¿por qué no de los futuros?”, se pregunta Gruzinski.

“Para muchos seres humanos, los futuros que les inquietan no son más que el capítulo esperado de unas historias que se iniciaron hace cientos o miles de años”, apostilla. Es decir, para muchos seres humanos, los futuros son pasado.

“Si bien la utopía marxista parece haberse ido a pique por completo a finales del siglo XX, las grandes religiones del mundo no han dejado de aportar sentido y de ofrecer respuestas a las expectativas de las sociedades humanas”. Las grandes religiones del mundo y las religiones políticas, que no están acabadas…

Tengamos cuidado.

La historia sirve para comparar. Las cosas que ahora suceden no son una repetición de lo ocurrido en el pasado. Pero lo que hoy acaece puede ser comparado con hechos o ideas o fantasías de otro tiempo.

Vivimos en la realidad. Pero vivimos también en las ficciones que nos sacan de quicio o nos ponen a cien o nos dejan en las nubes.

Esas ficciones son, por ejemplo, las novelas. O las series televisivas. Y son también los grandes personajes que las protagonizan. Esos personajes expresan sentimientos, miedos y expectativas que nos son próximas.

Hay un lado luminoso en la condición humana. Y hay una parte oscura, siniestra, de la Humanidad. Ciertas ficciones expresan exactamente esos malestares u oscuridades. Y ciertas realidades históricas cercanas o remotas nos desarbolan.

Como decía el marqués de Sade a sus compatriotas: “¡Un esfuerzo más, franceses, para ser republicanos!” Basta con ser observadores atentos.

Yo, señor, no soy malo

“Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte.

“Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas.

“Aquéllos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya”.

Camilo José Cela firmó una de las novelas más indiscutibles de la historia literaria española. El autor ha tenido después una trayectoria errática, con obras verdaderamente notables y con ficciones de encargo y venales. El escritor ha sido un buscador de galardones y un hombre hinchado y henchido. Pero uno de sus libros junto a La colmena o el Viaje a la Alcarria merecen todos los parabienes.

Me refiero, claro, a La familia de Pascual Duarte (1942). No suelo tardar mucho tiempo en releerla. Su protagonista es un personaje monstruoso, una criatura que desconoce su profunda perversidad.

Maltrata a los suyos y lo ignora. Es un ser primitivo aunque sabe de letras. Es un tipo salvaje aunque no le falte retórica expositiva. Es un individuo que nada sabe de su inquina, del rencor, de todo aquello que lo consume.

Pudo muy bien haber hecho fortuna, pudo muy bien haber alcanzado las más altas cotas de su pequeño mundo. Pero a él todo eso le parecía escaso para sus merecimientos.

Un ser engreído, locamente ufano. El personaje es despreciable y destacable: justamente porque lo repudiamos tiene cualidades negativas que lo hacen interesante.

No tuvo descendientes literarios. La truculencia de sus lances y de su expresión no puede parangonarse. Es una obra brutal, epítome del tremendismo, en medio de una España sanguinaria.

Es una ficción desatada en medio de un país carpetovetónico (adjetivo que se adjudicó Camilo José Cela, cuando en realidad pertenecía a don José Ortega y Gasset).

Duarte fue violento, agresivo con saña, matador. Fue una condensación de la España trastornada por la sangre y fue un personaje odioso. Su autor adoptó el expediente de la primera persona y quienes hemos leído varias veces la novela hemos de reconocer la mezcla de primitivismo y artificio que la obra contiene.

Parece más bien una historia del Ochocientos: con personajes sanguinarios, bestiales, duros de mollera y a la vez retóricos, expansivos y sin sentimiento del mal que ocasionan.

Si lo comparáramos con el monstruo de Frankenstein, el tipo de Mary W. Shelly, saldría mejor parado. Tenía valores morales que en Pascual Duarte han desaparecido. Su violencia es anómica, que diría Émile Durkheim: la pura frustración animal.

No queremos diagnosticarlo. No tenemos competencia médica para hacer tal cosa y no nos interesa su dolencia. En realidad, aquello que nos sorprende es su monstruosidad, ese rasgo moderno y a la vez primitivo de un ser que puede hacerse querer para después obrar como un energúmeno.

Es una bestia sin compasión. ¿Un psicópata? No nos atreveríamos a tipificarlo así. Tampoco a diagnosticar su mal. Queremor rendir homenaje a un personaje destacable del espanto español, una figura que su creador no logró mejorar y que forma parte de la galería de ‘freaks’ que aún nos acompañan.

Murió con el cuello quebrado, torcido por el garrote: la modernidad española, la contribución hispánica al horror.

En 1976, Ricardo Franco, de los Franco del Tío Jess, de Lolita, de los Marías en fin, realizó una adaptación notable, sobria y sombría que ponía los pelos de punta.

La interpretaba José Luis Gómez. Gracias a esa versión, que era el colofón de un franquismo bestial y terminal, pudimos releer la obra en repetidas ocasiones.

Las imágenes que Franco nos ofreció acabaron por trastornarnos. Simbólicamente, aquel garrote aplicado a Duarte era el final del franquismo. Una paradoja para una novela tan temprana (1942).

¿Todos los políticos?

¿Todos son lo mismo, lo mismito?

Leo un tuit de Fernando Savater. Lo leo y me lamento.

Dice así: “No hay político en el mundo que piense a quince años vista, los que son capaces de levantar la cabeza y ver que tienen quince días por delante, además de la fecha en la que viven, ya son de los buenos. No le dan importancia porque no van a ver el resultado”.

¿Qué decir? El ser humano es ciertamente imperfecto. Da asco. Mírennos. Apenas levantamos la cabeza. Tenemos un aspecto bovino.

Yo mismo voy mirando el suelo para que Teo, mi perro, no se zampe restos, inmundicias, etcétera. Imaginen las mierdas.

Siento mucho el declive de Savater, o la tristeza o la senectud. Siento que ahora se lamente del ser humano, de una clase de ser humano poco atractivo: el político, así, genéricamente.

Savater fue uno de mis referentes en la adolescencia, en la juventud: ya no en la senectud. Ahora veo que se abandona. Que se abandona a lo obvio.

Su tuit, su comentario, sobre los Politicos —así, en general— me parece poco sensato, poco fino. No contribuye a mejorar la vista, la percepción o el vislumbre de nuestros políticos.

Pero esos aspavientos verbales alimentan, con nutriente poderoso, el malestar y el rencor de los antipolíticos, de aquellos que odian a nuestros dirigentes.

La antipolítica es el cáncer de la democracia. A los malos políticos sobrevivimos. Sin embargo, quienes deploran sin más la cortedad de los gobernantes nos hunden.

Hay un tópico que circula habitualmente. Es aquel que reza así: todos los políticos son lo mismo. Siempre me ha parecido una descalificación intolerable.

La política es tarea egregia, valiosa: un arte difícil para el que se precisan ciudadanos nobles y entregados, gentes con algunas convicciones y gran responsabilidad.

Se necesitan personas con ciertos ideales y mucha habilidad para el acuerdo, para la adaptación. Frente a tipos así, estamos los demás…: los ciudadanos pasivos e intransigentes que somos quienes pervertimos por omisión el gobierno de las cosas.

Un político es alguien que tiene unas pocas ideas generales, proyectos; alguien que tiene unas cuantas convicciones por las que merece la pena luchar. ¿Cuál es el buen político?

¿Aquel que hace valer en primer lugar y sobre todo esas ideas y esas convicciones? No, dirá Max Weber. Es buen político quien obra con responsabilidad para adaptarse.

¿Quiere decir eso que el político, al modo de Weber, es un chaquetero, alguien dispuesto a sacrificar cualquier principio digno? Por supuesto que no.

Es, por el contrario, un tipo responsable, alguien que sabe medir las consecuencias de sus acciones o decisiones. Alguien que mide y se mide.

Tiene como fin último unos principios que cree moralmente dignos, unos principios que cree buenos.

Pero es capaz de transigir en lo secundario y en lo acordable; es capaz de llegar a convenios para no agravar el estado de las cosas.

En cambio, el gobernante que afirma conducirse por las ideas y sólo por las ideas es un individuo temible. Si, además de sus convicciones, cuenta con la gendarmería, entonces podemos esperar lo peor.

Sé de regidores que han recuperado sus respectivos puestos de trabajo una vez concluidas las legislaturas municipales.

Sé de rectores que han regresado a la docencia universitaria tras sus gobiernos. Y han vuelto con el nivel de vida que les corresponde, sin ostentaciones, sin riquezas injustificables.

Sé de parlamentarios que ahora ejercen sus antiguas profesiones. Admitido lo anterior, ¿seguiremos diciendo que todos los políticos son lo mismito?

Hay profesores que son presuntamente mafiosos. Y sé que hay alumnos de la misma calaña. Le pediría a Savater mayor mesura. La vida son cuatro días y estamos ya en tiempo descuento.