¿Para qué sirve la historia?

Así se titula un celebrado volumen de Serge Gruzinski: ¿Para qué sirve la historia? La utilidad…

Para la gente obtusa, para la gente atada al presente asfixiante, lo pasado no es válido. Es inservible, no nos proporciona dato o saber. Es decir, es un conocimiento vano u ornamental.

Frente a ello, frente a esa idea, sigue siendo pertinente preguntarse. ¿Preguntarse qué cosa? Pues eso… ¿para qué sirve la historia?

”En el siglo XIX y a comienzos del XX, la disciplina histórica contribuyó, primero en Europa y luego en todas partes, al surgimiento de los Estados nacionales”, nos recuerda Gruzinski. Dio argamasa a entidades que distaban de ser homogéneas.

O, dicho de otro modo, proporcionó pegamento o linimento para suturar fragmentos.

Como suena. Suena a lamento…

“Políticos, investigadores, programas escolares y universitarios, difundidos por editoriales y periódicos, se dedicaron entonces a meter en la cabeza de la gente relatos que interpretaban la Historia como una marcha forzada hacia la nación”, añade Gruzinski.

La nación francesa, la nación española, la nación italiana, la nación alemana, la nación catalana…: el horizonte europeo era un sinfín de naciones en donde la democracia fue la última institución en llegar o ser reconocida. Y así nos fue.

A eso, a ese proceso, podemos llamarlo nacionalización de las masas. Vale decir, es el mecanismo múltiple que te hace sentir copartícipe de una comunidad definida y remota que alcanzaría hasta nuestros días. Felizmente, los historiadores hoy no solemos prestarnos a esta fabulación.

“Comprender de qué está hecho el presente es tan complicado como reconstituir un pasado con los fragmentos que el tiempo ha preservado de él”, añade Gruzinski.

“Hay que comenzar con un trabajo de localización y contextualización”, insiste. De contraste de circunstancias bien distintas.

O en otros términos: “identificar los diferentes estratos que componen un momento o una escena, recuperar los espacios y los tiempos que convergen en el mismo lugar, descifrar lo que está fuera del campo y abrirse a las reminiscencias que inspira la imagen son otras tantas etapas que exigen invariablemente una mirada histórica”, insiste Gruzinski.

Sabemos que esto no es sencillo. Las Letras, las Humanidades, nunca fueron algo obvio… Hay que tener una perspectiva abierta y compleja para captar el significado del texto, de la imagen, del artefacto y de su contexto.

No basta con cualquier simpleza, no nos conformamos con un pasado que nos confirme. Es preciso mirar con cuidado.

Dicho en otros términos: “…se trataría de una mirada que articularía conocimientos lejanos y próximos, operando en múltiples escalas sin encerrarse en una perspectiva estrictamente europea”.

U occidental. O africana. Se trataría de abrir la perspectiva a aquello que no nos es familiar, que nos choca. Y hasta lo cotidiano, visto de cerca y con detalle, nos sorprende.

”Casi siempre vivimos cosas sin saber, en el momento, lo que significan, o tal vez sabiéndolo de forma muy superficial. Solo más tarde adquieren importancia o cobran una resonancia especial”, dice Gruzinski parafraseando a Carlos Reygadas.

“Para ilustrar sus palabras, Carlos Reygadas recrea todas las percepciones de la experiencia vivida, intuiciones, sueños, angustias, pesadillas, miedos de adultos y creencias infantiles con que se teje cualquier presente. Recuerdos y presentimientos se agolpan en un imaginario donde se mezclan ficciones y realidades, fantasmas y delirio…”

“¿Cómo «dar clase»?”, se pregunta Gruzinski.

“O, dicho de otro modo, ¿qué pasado exponer ante unos alumnos que son en parte herederos de los vencedores españoles de la Reconquista (contra el islam), mientras que otros lo son de la Conquista (de América) y otros más descienden de los vencidos en esos episodios fundamentales de la historia ibérica? ¿Cómo explicar la expulsión de los moriscos a unos auditorios divididos entre cristianos y musulmanes? ¿Cómo presentar la conquista de América a unos alumnos cuyas memorias son inconciliables?”

“La denuncia del «genocidio indígena» en América, sean cuales fueren sus fundamentos históricos, no concuerda con una tradición española que durante mucho tiempo se ha complacido en exaltar la «misión civilizadora» de los conquistadores del Nuevo Mundo…”

Vivimos angustiados por el pasado que se nos viene encima y cuyo significado es objeto de disputa. Vivimos sumidos en la pesadumbre historicista.

“Por muy extendida que esté, la idea de que nuestra época sufre de amnesia no resiste al análisis. Continuamente se nos ofrecen o se nos lanzan numerosos pasados bajo las formas más diversas e inesperadas”, señala Gruzinski.

“Sin duda las grandes referencias colectivas que constituían en Europa tanto la Primera como la Segunda Guerra Mundial, que tejían fuertes vínculos entre memoria nacional, experiencias vividas y recuerdos de familia, se van difuminando con el paso de los decenios”, añade.

Tal cosa “no es sorprendente. Ocurre lo mismo con todos los grandes acontecimientos que las han precedido, ya se trate de la guerra de 1870, de las campañas napoleónicas o de la toma de la Bastilla. Tampoco es nuevo el sentimiento de aceleración y fuga del tiempo…”

No. No es deseable lamentar la pérdida de algo que inevitablemente tiene que perderse. Para poder vivir, para poder tomar decisiones, los seres humanos deben olvidar una parte de lo que fueron o de lo que fueron sus ancestros.

“Se construyen pasados para crear sentido, es decir, para dotarse de unas referencias que permitan afrontar mejor las incertidumbres del presente. Pero ¿por qué no de los futuros?”, se pregunta Gruzinski.

“Para muchos seres humanos, los futuros que les inquietan no son más que el capítulo esperado de unas historias que se iniciaron hace cientos o miles de años”, apostilla. Es decir, para muchos seres humanos, los futuros son pasado.

“Si bien la utopía marxista parece haberse ido a pique por completo a finales del siglo XX, las grandes religiones del mundo no han dejado de aportar sentido y de ofrecer respuestas a las expectativas de las sociedades humanas”. Las grandes religiones del mundo y las religiones políticas, que no están acabadas…

Tengamos cuidado.

La historia sirve para comparar. Las cosas que ahora suceden no son una repetición de lo ocurrido en el pasado. Pero lo que hoy acaece puede ser comparado con hechos o ideas o fantasías de otro tiempo.

Vivimos en la realidad. Pero vivimos también en las ficciones que nos sacan de quicio o nos ponen a cien o nos dejan en las nubes.

Esas ficciones son, por ejemplo, las novelas. O las series televisivas. Y son también los grandes personajes que las protagonizan. Esos personajes expresan sentimientos, miedos y expectativas que nos son próximas.

Hay un lado luminoso en la condición humana. Y hay una parte oscura, siniestra, de la Humanidad. Ciertas ficciones expresan exactamente esos malestares u oscuridades. Y ciertas realidades históricas cercanas o remotas nos desarbolan.

Como decía el marqués de Sade a sus compatriotas: “¡Un esfuerzo más, franceses, para ser republicanos!” Basta con ser observadores atentos.

Yo, señor, no soy malo

“Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte.

“Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas.

“Aquéllos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya”.

Camilo José Cela firmó una de las novelas más indiscutibles de la historia literaria española. El autor ha tenido después una trayectoria errática, con obras verdaderamente notables y con ficciones de encargo y venales. El escritor ha sido un buscador de galardones y un hombre hinchado y henchido. Pero uno de sus libros junto a La colmena o el Viaje a la Alcarria merecen todos los parabienes.

Me refiero, claro, a La familia de Pascual Duarte (1942). No suelo tardar mucho tiempo en releerla. Su protagonista es un personaje monstruoso, una criatura que desconoce su profunda perversidad.

Maltrata a los suyos y lo ignora. Es un ser primitivo aunque sabe de letras. Es un tipo salvaje aunque no le falte retórica expositiva. Es un individuo que nada sabe de su inquina, del rencor, de todo aquello que lo consume.

Pudo muy bien haber hecho fortuna, pudo muy bien haber alcanzado las más altas cotas de su pequeño mundo. Pero a él todo eso le parecía escaso para sus merecimientos.

Un ser engreído, locamente ufano. El personaje es despreciable y destacable: justamente porque lo repudiamos tiene cualidades negativas que lo hacen interesante.

No tuvo descendientes literarios. La truculencia de sus lances y de su expresión no puede parangonarse. Es una obra brutal, epítome del tremendismo, en medio de una España sanguinaria.

Es una ficción desatada en medio de un país carpetovetónico (adjetivo que se adjudicó Camilo José Cela, cuando en realidad pertenecía a don José Ortega y Gasset).

Duarte fue violento, agresivo con saña, matador. Fue una condensación de la España trastornada por la sangre y fue un personaje odioso. Su autor adoptó el expediente de la primera persona y quienes hemos leído varias veces la novela hemos de reconocer la mezcla de primitivismo y artificio que la obra contiene.

Parece más bien una historia del Ochocientos: con personajes sanguinarios, bestiales, duros de mollera y a la vez retóricos, expansivos y sin sentimiento del mal que ocasionan.

Si lo comparáramos con el monstruo de Frankenstein, el tipo de Mary W. Shelly, saldría mejor parado. Tenía valores morales que en Pascual Duarte han desaparecido. Su violencia es anómica, que diría Émile Durkheim: la pura frustración animal.

No queremos diagnosticarlo. No tenemos competencia médica para hacer tal cosa y no nos interesa su dolencia. En realidad, aquello que nos sorprende es su monstruosidad, ese rasgo moderno y a la vez primitivo de un ser que puede hacerse querer para después obrar como un energúmeno.

Es una bestia sin compasión. ¿Un psicópata? No nos atreveríamos a tipificarlo así. Tampoco a diagnosticar su mal. Queremor rendir homenaje a un personaje destacable del espanto español, una figura que su creador no logró mejorar y que forma parte de la galería de ‘freaks’ que aún nos acompañan.

Murió con el cuello quebrado, torcido por el garrote: la modernidad española, la contribución hispánica al horror.

En 1976, Ricardo Franco, de los Franco del Tío Jess, de Lolita, de los Marías en fin, realizó una adaptación notable, sobria y sombría que ponía los pelos de punta.

La interpretaba José Luis Gómez. Gracias a esa versión, que era el colofón de un franquismo bestial y terminal, pudimos releer la obra en repetidas ocasiones.

Las imágenes que Franco nos ofreció acabaron por trastornarnos. Simbólicamente, aquel garrote aplicado a Duarte era el final del franquismo. Una paradoja para una novela tan temprana (1942).

¿Todos los políticos?

¿Todos son lo mismo, lo mismito?

Leo un tuit de Fernando Savater. Lo leo y me lamento.

Dice así: “No hay político en el mundo que piense a quince años vista, los que son capaces de levantar la cabeza y ver que tienen quince días por delante, además de la fecha en la que viven, ya son de los buenos. No le dan importancia porque no van a ver el resultado”.

¿Qué decir? El ser humano es ciertamente imperfecto. Da asco. Mírennos. Apenas levantamos la cabeza. Tenemos un aspecto bovino.

Yo mismo voy mirando el suelo para que Teo, mi perro, no se zampe restos, inmundicias, etcétera. Imaginen las mierdas.

Siento mucho el declive de Savater, o la tristeza o la senectud. Siento que ahora se lamente del ser humano, de una clase de ser humano poco atractivo: el político, así, genéricamente.

Savater fue uno de mis referentes en la adolescencia, en la juventud: ya no en la senectud. Ahora veo que se abandona. Que se abandona a lo obvio.

Su tuit, su comentario, sobre los Politicos —así, en general— me parece poco sensato, poco fino. No contribuye a mejorar la vista, la percepción o el vislumbre de nuestros políticos.

Pero esos aspavientos verbales alimentan, con nutriente poderoso, el malestar y el rencor de los antipolíticos, de aquellos que odian a nuestros dirigentes.

La antipolítica es el cáncer de la democracia. A los malos políticos sobrevivimos. Sin embargo, quienes deploran sin más la cortedad de los gobernantes nos hunden.

Hay un tópico que circula habitualmente. Es aquel que reza así: todos los políticos son lo mismo. Siempre me ha parecido una descalificación intolerable.

La política es tarea egregia, valiosa: un arte difícil para el que se precisan ciudadanos nobles y entregados, gentes con algunas convicciones y gran responsabilidad.

Se necesitan personas con ciertos ideales y mucha habilidad para el acuerdo, para la adaptación. Frente a tipos así, estamos los demás…: los ciudadanos pasivos e intransigentes que somos quienes pervertimos por omisión el gobierno de las cosas.

Un político es alguien que tiene unas pocas ideas generales, proyectos; alguien que tiene unas cuantas convicciones por las que merece la pena luchar. ¿Cuál es el buen político?

¿Aquel que hace valer en primer lugar y sobre todo esas ideas y esas convicciones? No, dirá Max Weber. Es buen político quien obra con responsabilidad para adaptarse.

¿Quiere decir eso que el político, al modo de Weber, es un chaquetero, alguien dispuesto a sacrificar cualquier principio digno? Por supuesto que no.

Es, por el contrario, un tipo responsable, alguien que sabe medir las consecuencias de sus acciones o decisiones. Alguien que mide y se mide.

Tiene como fin último unos principios que cree moralmente dignos, unos principios que cree buenos.

Pero es capaz de transigir en lo secundario y en lo acordable; es capaz de llegar a convenios para no agravar el estado de las cosas.

En cambio, el gobernante que afirma conducirse por las ideas y sólo por las ideas es un individuo temible. Si, además de sus convicciones, cuenta con la gendarmería, entonces podemos esperar lo peor.

Sé de regidores que han recuperado sus respectivos puestos de trabajo una vez concluidas las legislaturas municipales.

Sé de rectores que han regresado a la docencia universitaria tras sus gobiernos. Y han vuelto con el nivel de vida que les corresponde, sin ostentaciones, sin riquezas injustificables.

Sé de parlamentarios que ahora ejercen sus antiguas profesiones. Admitido lo anterior, ¿seguiremos diciendo que todos los políticos son lo mismito?

Hay profesores que son presuntamente mafiosos. Y sé que hay alumnos de la misma calaña. Le pediría a Savater mayor mesura. La vida son cuatro días y estamos ya en tiempo descuento.

La fiesta nacional

Cuando digo fiesta nacional no me refiero a las corridas de toros, no. Aludo a las efemérides que las naciones, éstas o aquéllas, festejan.

Estamos a 12 de octubre: qué quieren… Estamos en un día de recogimiento patriótico.

Perdonen, pero no siento nada especial. Entiendo que ciertas personas, incluso muchas, se emocionen con los himnos, las banderas de nuestros padres y los sentimientos de los antepasados.

A mí, en cambio, me provoca tedio y hasta rechazo.

La fiesta es un residuo de otros tiempos belicosos, justo cuando había que lucir con ostentación la propia fuerza: los carros y los cazas, la legión y la tropa, vaya tropa.

Entiendo la necesidad de la organización militar, y no avizoro un mundo sin artillería (pongamos).

Pero, qué quieren, a las Fuerzas Armadas no las veo como el nervio de la Nación, según tópicamente se repite.

Para quitarse este vicio les recomiendo reflexionar sobre el peso muerto de la historia en estas celebraciones. Reparemos.

Mi tesis es que las Fiestas nacionales se basan en esta lógica que ahora desarrollo.

El peso del pasado se exhuma para determinar la comunidad de los vivos. ¿A qué cosa me refiero?

Al lastre que han de acarrear los contemporáneos, un fardo, un tiempo remoto de naciones ya formadas, ya constituidas, ante las que hoy supuestamente nos deberíamos prosternar.

Ha pasado el 11 de Setembre. Admito que me resulta de una pesadez insoportable, una queja lastimera que celebra una derrota militar y ahora simplemente dicho regocijo público no es más que la quimera de un separatismo anacrónico.

Ha pasado el 9 d’Octubre valenciano, un rito cristiano y municipal que festeja el fin de los moros de la morería, nada menos. Nunca acudo a la Procesión Cívica, una marcha de simbolismos menguados y de agresividades frecuentes.

Hoy está pasando el 12 de Octubre, día de la Hispanidad, antiguo día de la Raza, y ahora un “tostonazo” castrense (como dijo Mariano Rajoy en cierta ocasión).

Son todas ellas festividades de inspiración guerrera, de una belicosidad hoy atemperada.

Pero son motivo de exaltación patriótica, combustible para naciones incandescentes y, en los casos extremos, para gentes sencillas que buscan el calor de la tribu.

También estas fiestas nacionales tienen su estética. Lamento decir que, como los toros, siempre me han producido un desinterés igualmente preocupante.

Aunque hoy los desfiles militares suelen ser de poca ostentación y los actos de afirmación suelen ser tranquilos, con tibio entusiasmo, uno no puede dejar de recordar lo que era el día de la Pilarica cuando Francisco Franco tenía mando en plaza. Qué tiempos, qué abusos.

Menos mal que vivimos en un Estado democrático. De lo contrario, ustedes y yo cantaríamos marcialmente, como un solo hombre. Unanimidades…

Aunque bien mirado, un acto como el del desfile militar o el del homenaje guerrero suele ser hoy motivo de abucheos. Es la rutina ya establecida por ciertos bárbaros y es la rabia que tan bien da en televisión. Es la base de juegos aún peligrosos.

Antes, años atrás, el 11 de septiembre en Cataluña servía principalmente para que algunos independentistas increpasen con ferocidad a las autoridades que rendían el homenaje ritual a Rafael Casanova. Hoy, el paroxismo es patología más numerosa.

Por su parte, el 9 de octubre servía en Valencia para que ciertos extremistas, ultras de mala índole, vociferasen acusando a la izquierda de catalanista: todo ello bajo el amparo involuntario o la sombra tutelar del rey conquistador, aquel que nos libró del “yugo musulmán“.

¿Y el 12 de octubre? Ah, la fiesta nacional de España servía hace unos años para que en la parada militar unas docenas de personas insultaran a José Luis Rodríguez Zapatero o al Gobierno en pleno. Qué tiempos, qué abusos. Por lo que veo, las fiestas nacionales aún sirven y continuarán.

Aunque sean unos tostonazos. O en algún caso sirvan para calentar a la parroquia: a los parroquianos se les excita con exaltación sublime y hasta con bastonazos.

No me pillarán vivo.

——

De eso y de otra municiones patrióticas hablo en El pasado no existe. Madrid, Punto de Vista Editores, 2016.

Historia y mantequilla

Sentados al pupitre, los investigadores esperan los legajos prometedores. Traerán datos.

El legajo prometedor.

El sintagma tiene una fea sonoridad, una resonancia de escupitajo: legajo, algo arrojado. Todos lo admiten, pero no los viejos historiadores, que aún confían.

Éstos, los viejos historiadores, cuando acudieron a un archivo por primera vez, aquello que manejaron fue eso: un legajo viejo de papeles cuarteados, con un tapiz polvoriento. Recubierto por una pátina de décadas, de siglos…

Desanudan cuidadosamente las cintas rojas que luego la mayoría serán incapaces de atar igual. Abren las tapas de cartón. De la operación se desprenden ácaros. ¿Y qué encuentran? Expedientes, carpetillas, hojas, folios.

Cada uno de esos expedientes es información, datos brutos con su sesgo particular. Y cada uno es enigma: mensaje cifrado. O, si se prefiere, es documento inerte que puede ser desvelado.

¿Por qué esos folios están en ese legajo y no en otro? Más aún: ¿qué relación tienen entre ellos? Un legajo siempre es una suma de posibilidades.

Un hallazgo imprevisto proporciona nuevas pistas y, a la vez, agranda el desconocimiento. Los historiadores averiguan cosas, pero ignoran más.

Cada legajo es una suma de datos inconexos, de informaciones cuyo significado los investigadores no saben. Hay que avanzar, cubrir lagunas.

Podrían inventar, pero no, no deben hacerlo: esa libertad está reservada a los novelistas o a los noveleros. ¿Qué hacen, pues, los historiadores?

Inician un tanteo. Por ejemplo, un nombre propio les puede servir de punto de partida. ¿Quién es ese individuo que ahí firma, quién ese que suscribe…?

Pueden tomarlo anónimamente, como un número más de una totalidad más vasta, como dato positivo; o pueden tomarlo como jeroglífico a descifrar.

Los historiadores emprenden una pesquisa a partir del nombre que rotula una identidad, una identidad que deben averiguar. Ese dato menor es un indicio cuyo sentido han de revelar, un cabo suelto que les lleva a otros datos.

Con ellos, con esa información, los investigadores postulan una totalidad a reconstruir, algo a constituir con los propios documentos del archivo.

Pero también con los conocimientos históricos previos, esos que les han proporcionado sus colegas, sus predecesores.

¿Se trata de hacer una biografía? No exactamente o no necesariamente. Se trata de documentar acciones humanas que han dejado huella y que tienen un determinado sentido para el actor y para los espectadores.

Comienzan a rastrear las huellas de un individuo en su contexto, con motivaciones que no son las suyas, las de los historiadores. Y con una identidad que sólo en parte conocerán: comienzan a analizar esas acciones.

¿Cuál es el error que pueden cometer? La presunta o excesiva familiaridad de los investigadores con lo investigado y con el investigado, la supuesta transparencia del individuo pretérito o del documento extinto.

Carlo Ginzburg siempre nos ha advertido contra ese riesgo, contra esa fatalidad. Luminosas palabras las del historiador, que ahora me atrevo a parafrasear y del que en meses Anaclet Pons y yo daremos una sorpresa. En Comares.

Hay que desprenderse de una idea ilusoria, dice Ginzburg. ¿Cuál? La de la accesibilidad de los textos, la de la facilidad de las interpretaciones, la de la transparencia.

Quizá la primera ayuda, añade Ginzburg, podamos hallarla en el concepto de alienación: es decir, lo otro, lo que resulta extraño. Es una actitud que nos hace ver un texto como algo opaco, cerrado, que se nos opone.

Normalmente es resultado de una técnica: se trata de no leer un texto como obvio. ¿Con qué fin? Con el propósito de entenderlo mejor.

Apostilla Ginzburg: desconfío de quienes usan las metodologías que sajan los textos a la manera de quienes emplean el cuchillo para rebanar el taco de la mantequilla.

Su aparente poder es ilusorio.

Mary Shelley y Frankenstein

Miércoles, 1 de agosto, día del espectador. Tuve la suerte de acudir con unos amigos a una sala cinematográfica para ver Mary Shelley (2018). Está dirigida por Haifaa al-Mansour con guión de Emma Jensen.

Se le podrá poner alguna pega o algún pero. Nada grave. El film expone con belleza formal y con tensión moral el avatar de la creación, el destino de una mujer que no se resigna, la angustia de un ser precisamente distinto. Muestra también el aislamiento, el desamparo y hasta el peso del pecado.

Estas palabras que ahora escribo y siguen son fruto de la conversación con mis amigos, pero este texto no es una reseña de la película. Punto y aparte.

A comienzos del siglo XIX, Mary Wollstonecraft Godwin y Percey B. Shelly quisieron vivir libres, radicales: con la poesía o la escritura como fórmula de expresión y de sublimación. Con un amor no bendecido o reconocido por Iglesias o notarios. Fueron pobres y soñadores y vivieron afrontando la libertad, la contradicción y la culpa.

Mary dio muestras sobradas de genialidad. Fue hija de genios y compañera de un genio. El genio es quien bordea la insania más creativa y exaltada, aquel loco que con vehemencia se afirma frente a lo obvio u obligado, frente a la rutina de las artes, del pensamiento.

Esa actividad requiere algo más, mucho más, que una habilidad técnica. Esas creaciones expresan algún aspecto esencial de la condición humana.

Por eso, quienes son capaces de captar el sentido o de formular la pregunta o de materializar en una obra simbólica o trascendente dicha actividad son calificados de genios. Se alzan por encima del vulgo, de la corriente dominante. Eso mismo lo hizo Mary Shelly a la edad de dieciocho años con Frankenstein o el moderno Prometeo (1818).

No es fácil ser una mujer intempestiva: implica literalmente ser de otro tiempo, ir contra el tiempo, oponerse al curso de esa o aquella corriente, enfrentarse a sevicia de los varones. Quien así obra se siente a disgusto con su época, incluso ajeno a sus contemporáneos.

Hay en ella, en Mary, algo que la enajena hasta la estricta perturbación; algo que la incomoda y que la hace distanciarse de sus coetáneos o del sentido común de su época. La persona que está poseída por el genio suele carecer de sentido común…, si por tal entendemos una cierta falta de sentido práctico y un repudio de las verdades comúnmente aceptadas.

Eso no significa necesariamente que viva en permanente estado de excitación y de oposición. Significa que, cuando crea, crea bajo influencia, crea sometida a las convulsiones de un alma adelantada o atrasada: en todo caso, ajena a las evidencias del sentido común.

Y, por eso, se resiste a ser arrastrada por la corriente, a ser identificada como una más, como un epígono: tiene voz propia.

La creatividad y la creación se ajustan en principio a las reglas que dicta este o aquel género, esas normas o hábitos establecidos que permiten fijar una comunicación fluida con los espectadores. ‘Frankenstein’ será una novela: por un lado asume la tradición epistolar; pero por otro hace hablar a un ser repugnante, a un monstruo, el epítome del desamparo.

Mary Shelley se vale de referencias conocidas y reconocidas, respetadas, para reducir deliberadamente el campo de su producción y para facilitar el acto de comprensión del público. Pero quien tiene genio se entromete y se compromete más allá. Emplea la tradición, los géneros o las obras para trascender ese punto de partida, que es el punto de llegada de la historia y sus corrientes.

Quedarse atado a lo pretérito es negar la vida, sostenía Friedrich Nietzsche en una de sus ‘Consideraciones intempestivas’. El auténtico creador sabe que no hay repeticiones históricas, que la mera reiteración impide la producción de arte, de belleza, de inquietud.

Mary Shelly tendrá siempre un fondo metafísico, una hondura reflexiva y cognitiva y tendrá preocupación escatológica por el devenir de la humanidad, sí, pero sobre todo por la persona aislada, sola y hasta monstruosa: como la mujer indómita de su tiempo.

Quien hace arte no puede quedarse en los logros de los antepasados: el genio no es un epígono de los grandes hombres muertos no cose, recose o remienda los trozos ya usados. Hace algo nuevo.

Hay cosas que los antecesores de otros tiempos no pudieron averiguar, circunstancias que les limitaban y de las que eran desconocedores. Como sucede siempre: a todos nos toca vivir tiempos de incertidumbre. Y Mary Shelley y su compañero eran unos pioneros, unos adelantados de difícil encaje.

Se alejan del común gracias a una gran perspicacia o inteligencia, a un empeño incluso loco por analizar o expresar las cosas, que están o se ven y aquellas otras que aún no se han materializado.

Por ser ciertamente originales, no es raro que sean malinterpretados o que reciban el repudio de sus contemporáneos.

Las vidas de los grandes creadores no son exactamente cómodas ni apacibles. En algún caso, su oposición a la sociedad les lleva al retiro misántropo, a la soledad del cenobita que se aparta del mundo, al límite, al delirio incluso…

Cada época nos impone unas claves de percepción y de actuación, modos de percibir y de elegir. Si captamos esos códigos, los marcos de un tiempo que son en parte herencia y en parte logro contemporáneo, entonces vivimos aceptablemente, instalados en una sociedad que no nos expulsa y de la que nos sentimos copartícipes, aun cuando esa integración pasable no nos procure toda la felicidad o todo el bienestar que ambicionamos.

Somos la mayoría, el vulgo, quienes actuamos así: no desmentimos grandemente lo que hemos recibido y aquella cultura que nos ha formado la actualizamos, la ponemos en práctica con eficacia, obediencia o miedo.

Cuando esto lo hacemos, decimos que obramos con sentido común. Actuar así es respetar las evidencias de tu tiempo, gracias a la socialización en la que hemos madurado. Como antes indicaba, el sentido común es eso precisamente: un repertorio de evidencias que no se cuestionan porque han funcionado, porque siguen funcionando.

Mejor adaptarse, incluso poniéndose una venda en los ojos para no distinguir lo arbitrario o lo discutible o lo criminal. Los genios cultivan distintos saberes o artes, son competentes en diferentes disciplinas, desde la biología hasta la filología, desde la neurología hasta la filosofía.

Pero esos conocimientos en los que fueron educados no les bastan y así rebasan los límites académicos, el puro sentido común. Los genios piensan de otro modo al ser humano corriente, al menos cuando emprenden ciertas actividades. Pero sobre todo se arriesgan con creaciones, teorías o ideaciones más o menos fundamentadas o documentadas, tesis o historias que se expresan, además, con un nuevo lenguaje.

Es decir, no sólo repiensan lo obvio, sino que, además, proponen nuevos objetos, temas inauditos que invalidan explicaciones comúnmente aceptadas. Eso, justamente eso, lo hizo una muchacha de dieciocho años. Con coraje, con exaltación, con una obra sublime: Frankenstein o el moderno Prometeo.

Jerry Lewis (1926-2017)

El payaso disolvente

Cartelera Turia

http://www.carteleraturia.com

Justo Serna

Cuando éramos niños, cuando apenas podíamos entender el mundo que nos rodeaba, sus personajes, parodias e imitaciones nos aliviaban.

Nos quitaban una pesada carga: justamente la de hacerse cargo del mundo adulto. Sus gansadas nos divertían de lo lindo y con ello nos permitían restar gravedad a las cosas o a las amenazas.

Al interpretar sus papeles, Jerry Lewis era aparentemente el individuo más tonto, más que cualquiera de nosotros. O era el más inocente, tan inocente, que bordeaba la malicia o la perversidad involuntaria, pues siempre causaba estragos.

Eso creíamos: que era el tonto del bote. Y así nos sentíamos exculpados de nuestras necedades o inseguridades.

Yo, por ejemplo, no sabía que las actuaciones de Jerry Lewis eran papeles. A la edad de ocho, nueve o diez años creía que el cómico era exactamente así.

¿Cómo?¿Quién? Pues la pareja algo bobalicona del crooner Dean Martin; o el alumno aventajado de Frank Tashlin; o el amigo simpático del guionista Bill Richmond.

Sin picardía alguna, yo pensaba que Lewis era tan zote como aparentaba. ¿Tan zote? Sus películas eran un lenitivo y esas historias y esos gags le quitaban hierro a la decepción o al desconcierto de la vida corriente.

Cuando años después, ya adolescente, descubrí que Cartelera Turia lo tenía en el Olimpo del Cine me sentí feliz: me sentí miembro de una cofradía adulta que idolatraba a Jerry, la misma hermandad a la que también pertenecía Cahiers du Cinema.

¿Cómo era posible tal cosa? ¿Sesudos cineastas que adoran a un payaso? ¿No nos habían dicho que la vida iba en serio?

La comedia es arte mayor y arte disolvente, una técnica y una composición de cuerpo y gesto, de movimiento y pensamiento, de sentido y sinsentido.

Nos tomamos como un paliativo que alguien, con virtuosismo y humorismo, se ría de lo grave, de lo severo. Un tipo, mohíno o jovial, se explica torpemente: como un humano limitado, como un bufón empeñoso.

Ése es Lewis.

Bromea o se lamenta, hace chanzas, exagera dolores y aspavientos, se expresa con muecas y, de paso, hace suyo cuando puede o le dejan un discurso estrafalario, irracional, con dobles sentidos, con malentendidos: literalmente, el absurdo.

Ése es Jerry.

Interpretó, escribió, dirigió, produjo y supo enaltecer al bufón en la época del cómic y la tele, del cine y la comedia en vivo. En los años cincuenta y sesenta, principalmente. Lo fue todo y lo hizo todo.

Con inocencia ácida o con malicia, Jerry bromeaba sobre el modo de vida americano, se guaseaba de la fuerza bruta y de la ostentación, de la arrogancia de los magnates, de la cobardía de los mediocres, de un orden siempre a punto de quebrarse.

Se desdoblaba encarnando a personajes ruidosos o mudos, simples y bonachones, frágiles, capaces de provocar con sus torpezas, descuidos u osadías los mayores cataclismos. Se multiplicó. Fue prolífico.

Le debemos una abundante demografía de personajes inadaptados o perturbados, siempre entrañables, que gesticulan: tipos que son, sólo aparentemente, mequetrefes o petimetres. Era de origen judío y superaba el metro ochenta.

Creaba, componía historias, gags, escenas, secuencias y episodios de una América opulenta y trastornada. La de los cincuenta y sesenta.

El payaso hacía muecas y hacía reír, tenía lapsus o tropezaba, hablaba con dificultad o simplemente no hablaba (como sus ídolos y predecesores del cine mudo).

Pero sobre todo el cómico Jerry aguzaba y aún aguza nuestra percepción: nada es obvio, nada se sostiene, nada es estable.

No te dejes impresionar. Jamás existió la evidencia aplastante de las cosas.