Pedro Salinas y Antonio Muñoz Molina

Las voces a ustedes debidas 
[V. 2016]

Uno. Hace un año, Marisa Begué reprodujo en su muro de Facebook un fragmento poético de una belleza y de una expresividad conmovedoras. Son versos archiconocidos, pero no por ello gastados. Conservan todo el vigor.

La poesía, cuando alcanza la cima (y perdonen esta expresión tan vulgar), bombea sin que al verso le amenacen el desfallecimiento o la ruina verbal, el estado inerte.
Digamos una obviedad. El poema de Pedro Salinas, el fragmento con el que nos obsequiaba Marisa, es de esa clase. Han pasado décadas y décadas desde que apareciera La voz a ti debida (1933) y su latencia no se agosta ni se detiene. 

Lo hemos leído y vuelto a leer y al poeta le descubrimos nuevos matices, una diferente entonación, que es la nuestra cada vez. 

En este poema, la voz dice para desdecirse, pues la palabra no atrapa ni retiene el amor clandestino y libertino, el puro acto de amar a quien ama cuando quiere querer.

Está demostrado, gracias a la correspondencia, que Salinas se inspiró en Katherine R. Whitmore. Quién pudiera imaginar…

Esa arrebatada relación, que Whitmore y Salinas mantuvieron en los años treinta, le sirvió a Antonio Muñoz Molina para recrear ficticiamente la historia que relata en La noche de los tiempos (2009).

¿Es un calco de aquel amor remoto? No es preciso descubrirle a un autor la fuente o las fuentes en las que se inspira. ¿Por qué razón? 

Entre otras cosas porque el amor que el novelista imagina está hecho con sus lecturas, con su cultura, pero sobre todo con su propia hechura: con lo que internamente experimenta y luego expresa y que es parte literal de sí mismo. 

Ahora bien, cuando releí  La voz a ti debida tras La noche de los tiempos, el poema había cambiado para mí. Ahora ya siempre, definitivamente, ese Salinas estará condicionado por Muñoz Molina.

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Dos. Nos debemos a nosotros mismos, a nuestras capacidades. No podemos resignarnos a un perezoso pasar. Tenemos que sacar esas pequeñas cualidades o rarezas que nos distinguen: total, nos vamos a morir…

¿Para cuándo queremos reservar nuestra fuerza? Hay que tonificar el yo y la lectura no rellena, sino que preserva lo que somos y nos altera: alterar en el sentido de trastornarnos, arrebatarnos. 

Ese individuo que lee, cualquiera de nosotros, siente un hormigueo o incluso una punzada en el alma o en el estómago y es entonces cuando averigua lo que no sabía y lo que no sabía que sabía, según frase prestada que repito y repito.

A mí me pasa cuando disfruto con mis libros. Con los que leo y también con los que escribo: con aquello que expreso animosa o torpemente para ustedes. 

Tengo varios libros recientes publicados o a punto de publicarse de diferente materia y composición, con seriedad y con humor, con severidad ensayística y con guasa circunstancial. Las voces cambian… No sé con cuál me he consumido más, me he gastado más.

Yo no escribo poemas ni novelas, pero los versos incólumes de otros y las historias que sostienen mi imaginación, me ayudan a entenderme. Al menos antes de que me muera. Y me auxilian las voces a ustedes debidas. 

Para mí, la felicidad es eso.

Plagio y cuatreros 

Uno. ¿Qué es un plagio? Según el Diccionario de la Real Academia Española, plagiar (del lat. plagiāre) significa “copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”. 

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En los últimos días hemos asistido a un posible caso de plagio. Digo posible por expresarme de manera prudente, pues las pruebas aducidas por eldiario.es y otros medios son abrumadoras. 
Si se confirmaran esos indicios, la sirvengonzonería del inculpado sería escandalosa, pues el presunto cuatrero sería el actual Rector de la Universidad Rey Juan Carlos, Fernando Suárez.

La máxima autoridad académica ha sido acusada de auténtica rapiña: copiar abundamente materiales de distintos colegas en ejercicio. Entre otros, Ignacio Fernández Sarasola y Carlos Barros, El robo sería igualmente punible aunque se tratara de colegas muertos. Pero, estando vivos y en ejercicio, la desfachatez es aún mayor.

Según las pruebas aportadas, los profesores cuyos textos habrían sido saqueados proceden de Historia, de Historia Constitucional, etcétera. Páginas enteras, extractos sin entrecomillar cuyo origen estricto no se cita. De confirmarse estos extremos, el Rector se habría comportado como un auténtico cuatrero.

Y ese acto lo calificaríamos de deshonesto: un latrocinio cometido por un caradura. Por algo así, el inculpado debería dimitir, siendo incluso públicamente reprobado por la propia Universidad.

El Rector ha publicado alguna nota de prensa exculpándose o echándole la culpa al orden mundial, a alguna conspiración o a las trampas de la tecnología, el Word, o la página Excel, cosas así. Que se sepa aún no ha echado mano de la teología o de la Providencia o del Demonio.

¿Qué actitud debemos adoptar? ¿Invocamos la presunción de inocencia? Ésta rige cuando hay un posible delito, cuya comisión y autoría se deben probar. Y rige en el ámbito judicial. 
Pero el Rector y parece que la Conferencia de Rectores han invocado la condición presunta en los medios públicos, que es una manera vergozosa y vergonzante de echar balones fuera. Un simple examen o cotejo de párrafos, páginas y pasajes demuestra lo obvio: Fernando Suárez se aplicó a un entusiasta copia y pega.

Palpable y materialmente, monografías firmadas por el Rector se han compuesto reproduciendo de manera literal y sin entrecomillar textos de este docente, de este otro, de este otro, etcétera, sin reconocer autorías, prosas o ideas. ¿Cómo le llamamos a eso? La profesión debe decir basta. En la plaza pública al colega que sisa material ajeno hay que arrebatarle su condición, arrancarle las charreteras y someterlo a escarnio. 

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Dos. En 2004, yo mismo fui víctima de un plagio penoso. Un periodista de Tenerife saqueó un artículo mío, publicado el año anterior. Dicho sujeto añadía alguna cosa de su propia cosecha o de alguna otra cosecha ajena (no lo sé), pero lo cierto es que el grueso de su columna estaba copiado de una tribuna mía aparecida en 2004 en El País.

El tipo, que se dedicaba a criticar ferozmente al Partido Polpular, no tuvo mejor ocurrencia que la de pensar que yo ya le había hecho el trabajo. ¿Para qué molestarse, pues? 
Me enteré de todo esto gracias a David Pablo Montesinos. Les reproduzco literalmente lo que me decía Montesinos.

Tu artículo, me informaba, “fue escandalosamente plagiado por un tal Cecilio Urgoiti un año después en una publicación llamada Opinar. Periódico electrónico de la organización de periodistas en Internet, con fecha 30 de abril de 2004. Lo tituló ‘Una ciudad de la euforia para Aznar’. Lo copia literalmente, sólo que añade alguna cosa de cosecha propia”, decía. 

“El tipo es tinerfeño, trabaja al parecer en la tele autonómica canaria y tiene algunos libros publicados. No sé, a lo mejor te da igual o ya supiste del tema en su momento, pero creo que es mejor decírtelo. A lo mejor incluso te pidió permiso, no sé. Estoy por plagiarte yo también…”, acaba jocosamente. 

Irresponsable y jovial Montesinos.

“Me he pasado una tarde divertidísima leyendo el curriculum del tipo”, añadía Montesinos. “Puedes verlo tecleando su nombre en Google”, me decía. “Le falta poco para presidir algún cómite de ética y deontología periodística”, concluía. Y así será finalmente: el señor Urgoiti era el responsable de la vigilancia ética de su periódico. 
Todo un sarcasmo del que irresponsablemente preferí olvidarme. 

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Tres. “Siempre he pensado que lo peor del plagio no es que sea un robo, sino que sea una redundancia. Matizo ahora: lo peor del plagio es que sea o pueda ser redundancia sin valor (…). El plagiario ha de “disimular” que “plagia”, suponiendo que quiera ser aceptado por sus lectores. No hay ningún “plagiario” decidido que confiese sus plagios. Habitualmente, cuando nos apoderamos de conceptos o de palabras ajenas, nos apresuramos a citar nuestras fuentes. El plagiario evita la mención de sus materiales básicos; pero, como quiere hacerlos pasar por suyos, ha de asimilárselos y aumentarlos, con el fin de que la “repetición” tenga un atractivo particular (…). No, no es sencillo plagiar”… bien. Eso decía Joan Fuster en 1964.

En 2016, un Rector parece que se ha dedicado al copy-paste, que es a la chuleta del mal estudiante, lo que el plagio es al robo del cuatrero. El Rector se comporta como un saqueador y mi periodista plagiario, aquel que me birló un artículo, se condujo como un ladrón de género, de género chico.

Qué patéticos.

Lean libros de historia

El historiador, como el periodista, es un profesional que pone en orden un conjunto de datos y que jerarquiza las informaciones que reúne. 

Husmea en los archivos, pero rastrea también en el presente: busca y observa los numerosos vestigios materiales e inmateriales en los que se manifiesta lo que queda del tiempo pretérito. 

¿Pero por qué ese interés por el pasado? ¿Por exhumar algo distante que nos es completamente ajeno? No exactamente: en realidad, el historiador busca huellas o testimonios de otro tiempo para explicarse por qué somos distintos…, ahora; para explicarse qué es lo que nos distancia de nuestros antepasados.

 ¿Qué conceptos son esos de Historia, mundo y actualidad, puestos en relación? Convenimos en que la historia es rastreo del pasado, la exhumación de sus fuentes con el fin de documentar hechos que perduran y que aún nos intrigan o conmueven, que todavía nos afectan o influyen. 

Porque la historia bien fundada, en efecto, no es el seco interés erudito por un mundo cronológicamente desaparecido o geográficamente distante, algo lejano por lo que ya no tendríamos interés.

En realidad, los historiadores tratan sus objetos con el mayor interés, con la mayor cercanía. Es una estupidez pensar que abordamos el pasado desinteresadamente. Es necesario tratarlo con rigor, con esfuerzo documental, valiéndonos, sí, de un noble ideal, del ideal de la imparcialidad. 

Pero el mundo que estudian los historiadores es el entorno propiamente humano, intersubjetivo, ese espacio de relaciones, percepciones e intervenciones en el que los individuos nacen, crecen y maduran: esas relaciones, percepciones e intervenciones se dan en un espacio local o universal cuyos límites no siempre están claros. 

¿Cuál es el contexto de las acciones humanas? Pensamos que lo cercano es la circunstancia, pero lo universal o lo distante influyen de modo diverso sobre lo local. Ahora, en el tiempo de la globalización, pero también en épocas anteriores. 

La actualidad, en términos aristotélicos, es aún una realidad que se materializa, que se convierte en acto. Aquello que estaba como posible, como probable, como meramente eventual, se consuma adoptando una forma que estaba por definir. Pero lo actual suele tomarse también como lo que está sucediendo o teniendo efectos. 

Roma es actual, la Revolución francesa es actual. O como decía aquel mandatario de la China comunista al que le preguntaron sobre 1789: la toma de la Bastilla está demasiado cerca para hacer un balance definitivo de sus efectos. 

Más aún, no hay balances definitivos: cada generación, cada grupo humano, debe saldar cuentas con lo pasado porque esos efectos varían y lo presuntamente muerto regresa en acto para afectarnos nuevamente.

Lean libros de Historia, libros entretenidos, nuestros entretenidos libros: los de José Antonio Vidal Castaño y los míos, qué demonios. El saber no nos hará más felices, pero sí más prudentes. 

Descartaremos la pena negra. Descartaremos la fatalidad. 

Gracias.
http://puntodevistaeditores.com

Michael Ignatieff y Julián Casanova.Conversación en Budapest 

He leído con mucho interés la conversación que mantuvieron Michael Ignatieff y Julián Casanova en Budapest un día del pasado mes de octubre. 

Ambos se encuentran en la Central European University. El primero ha sido nombrado recientemente rector de dicha Universidad; el segundo se encuentra allí ejerciendo de profesor visitante en una estancia académica de un cuatrimestre.Julián Casanova renueva cada año dicha docencia. Imagino que el grado de satisfacción es muy alto, cosa que justifica su regreso a Budapest cada mes de septiembre. Punto y aparte.

La conversación aparece publicada en Babelia bajo la rúbrica de Pensamiento y, sin duda, merece la pena leerla para reflexionar sobre ella. El País, últimamente tan denostado por sus arbitrismos despóticos y por sus arbitrariedades editoriales, nos procura algunos momentos de dicha. 

El de Ignatieff y Casanova es un encuentro en las alturas, en las alturas intelectuales, y es una reflexión sobre lo que nos sucede en el mundo sublunar, en la Tierra: en esta Europa que pierde el Norte y que se desencaja entre aspavientos y movimientos populistas y entre el descrédito y la debilidad de su sistema político. 

Ambos interlocutores hablan de los intelectuales, del papel didáctico que pueden desempeñar. No se trata ya de ejecer de mandarines, sino de comprometerse con la democracia y con el realismo. No basta con ansiar el paraíso. Ni siquiera es deseable. Es más: la idea de sociedad perfecta es muy dañina y ha provocado grandes y desastrosas consecuencias que Ignatieff y Casanova conocen bien.  

Es preferible el reformismo, el reformismo histórico, de quienes conocen el pasado y por ello desean contribuir a su desarrollo. La democracia representativa tiene serias averías y, sin duda, no es un sistema intocable. Hay mucho que reformar, entre otras cosas para combatir mejor la desigualdad y la corrupción, miserias que desacreditan la figura y la función del político y que tantos efectos perversos produce. 

Los intelectuales no deben despreciar con arrogancia a quienes ejercen la política profesional. Que nuestros representantes no sean pensadores (ni sutiles filósofos) no los hace zotes. Hay entre los políticos honrados que cumplen con tino su papel un sentido práctico y un sentido pragmático que son imprescindibles para el buen gobierno. 

La vida es corta, prácticamente milagrosa, llena de amenazas: el Estado social que reconoce derechos y que establece, fija y legitima un entorno hospitalario es la institución que hace llevadera esa existencia acosada. 

Por supuesto, no es admisible un sistema en que dicho Estado se solape sobre la sociedad hasta absorberla y neutralizarla. Las élites que emprendieran dicha operación serían culpables de tiranía. El Estado totalitario lleva a la práctica y hasta el paroxismo ese mal gobierno. La experiencia europea del Novecientos es el ejemplo más calamitoso de dicha política.

El consenso socialdemócrata de posguerra con la democracia cristiana, aquel que dio lugar a la implantación del Estado del Bienestar, fue su antídoto y su superación. Pero dicho acuerdo está en crisis desde hace décadas, como está en quiebra su legitimación, el discurso que lo cimenta. ¿Acaso porque no es válido? No. El libertarismo de derechas y la crisis fiscal del Estado han minado una parte de sus fundamentos.

Ignatieff y Casanova no nos dan respuestas concretas a cada una de las miserias que nos aquejan. Pero da gusto leerles para confirmar una vez más que la responsabilidad, el conocimiento y el buen juicio son virtudes que pueden compartir intelectuales y políticos. Además de la honestidad, claro, de la que los grandes pensadores o filósofos no siempre están sobrados. 

La responsabilidad, el conocimiento y el buen juicio son siempre preferibles a las arbitrariedades, a las tentaciones arbitristas, a las metas populistas y al liquidacionismo. ¿Liquidacionismo? Sí, esa idea tan perniciosa y tan extendida entre algunos círculos según la cual, como todo funciona malamente, es adecuado acelerar el caos o la llegada del Apocalipsis.

Felicito a Julián Casanova por sus tareas reformadoras y docentes y felicito a Ignatieff: sin duda, uno de los tipos más sensatos y sutiles que la Academia nos ha dado en las últimas décadas. 

Lástima que las limitaciones de Babelia y de la prensa acelerada abrevien irreparablemente unas conversaciones que, seguro, tuvieron más tiempo de reflexión y cavilación, más desarrollo. Aquí leemos pensamiento de altura. Pero sólo el que cabe en una plana de periódico.

Para morirse de risa

He vuelto a releer La ventana invertida y 130 paradojas más, de Miguel Catalán. Lo publicó Trea en 2014. Es un volumen de aforismos: de incisivas y mordaces sentencias, de agudezas. Es un libro breve, apenas librito, pero reúne mucha sabiduría y hasta ocurrencias, todas dichas con libertad y gran elegancia. 

El aforismo es género económico: expresión bien medida, sujeta a mimo y a ritmo. Pero el aforismo es también escritura inmensa: incluye una concepción del mundo, una idea general, vastísima, bajo la forma de embrión. 


El aforista es un pensador que puede y que poda. Suele ser un tipo sentencioso y también gracioso. Practica el humor con mucho dramatismo, pues sabe que nos vamos a morir. Y cultiva la paradoja breve, sumido en una gran contradicción.

Eduardo Mendoza, Premio Cervantes 

La historia más grande jamás contada

Hoy en día, la realidad cobra dimensiones ilusorias. Todo el mundo parece tener una historia que relatar y cualquiera se cree protagonista de una experiencia

¿Hoy en día? La ficción se extiende desde hace siglos y la deformidad y lo plebeyo se premian. Todo anda confundido. 

En principio no hay nada que lamentar. Algunas de las mejores invenciones de la humanidad se deben a la extravagancia, pero también a lo ordinario, a lo que siendo común tiene su punto memorable. 

Las novelas están llenas de personajes de dicha encarnadura, seres muy vulgares: individuos que a la vez son capaces de pensarse a lo grande, de justificarse. 

Desde el Lazarillo de Tormes (1554), lo mejor del género novelesco apunta en dicha dirección. No es la épica del héroe inmarcesible, de una pieza. 

Es la historia de un personaje nada sobresaliente, aquejado de vicios y defectos; es el relato de alguien escasamente fiable. Ésa es la materia de la novela. Aceptado dicho prosaísmo, todo plebeyo tiene algo que contar.

Así lo reconoce Eduardo Mendoza, que se adhiere conscientemente a la tradición del Lazarillo y a la saga de los hombres ordinarios. La repite, la prolonga y la reelabora para hacer parodia y pastiche con historias menudas y con personajes patéticos. 

Calca y mezcla elementos ya existentes pero que nunca habían sido combinados de ese modo. Insistamos en Lázaro, muy querido por Mendoza. La literatura ha dado muchos pícaros: desde El buscón llamado don Pablos hasta Moll Flanders, desde Guzmán de Alfarache hasta Onofre Bouvila, aquel tipo que protagonizaba La ciudad de los prodigios (1986).

“La originalidad consiste en el arte de combinar de una forma nueva y funcional elementos que ya existen”, confesaba Eduardo Mendoza en 1987 a Miguel Riera. 

Una forma nueva y funcional, insiste. Lo nuevo es en parte lo reiterado, si –y sólo si– funciona, si es verosímil. La verosimilitud no es lo verdadero, sino lo que se asemeja a lo cierto, lo exactamente ocurrido. 

Ahora bien, para aceptarse lo que se cuenta debe compartirse por el público, unos lectores o espectadores que están en un contexto histórico concreto con unos valores determinados y que además conocen lo que antes sucedió. 

“Pero, por más empeño que se ponga, siempre se actúa dentro de un código relativamente reducido e igual para todos”, añade Mendoza. 

Esto es: no hay manera de desembarazarnos del pasado, el arraigo de la tradición, esas claves en las que hemos sido educados y de las que ni siquiera somos enteramente conscientes.

¿Entonces, qué hacemos? ¿Repetimos y ya está? No: Eduardo Mendoza asume e incorpora irónicamente lo ya sabido y experimentado para reciclar lo sobado y ya gastado. A dicha operación la podemos llamar posmodernismo o posvanguardia (como prefiere Mendoza). 

El novelista da una vuelta más a lo que no está crudo, a lo que ya vino cocido. ¿Con qué fin? Con el propósito de decir algo distinto, con el deseo legítimo de guasearse, de redimirse él mismo. 

Y con la cortesía de alegrar la vida de los destinatarios, de hacerles más sabios. Ahora bien, para hacer eso hay que tener habilidad. O como él mismo reconoce en términos generales:  

“La diferencia última la da el talento individual”. Así concluye Mendoza en esa vieja entrevista. O expresado de otra manera: emplear lo ya probado, pero experimentando nuevas aleaciones, una hibridación o un mestizaje de los que extraer alguna lección. 

Ésa es su meta. Hay que hacerlo, sí, con competencia, con arte verbal y narrativo, con humor y dolor, con voces que suenan plausibles y con historias de gentes modestas que parecen ciertamente reales.  

Hay personajes apayasados y tosquísimos; y hay caracteres finos, de una ironía muy culta. En la prosa de Mendoza hay una mezcla de cordura y vandalismo, de humildad y discreción, de realismo y surrealismo. Sin solemnidades o gravedades o presunciones linajudas. 

Sus ficciones se basan en dicho programa. Él parece haberse dictado un plan bien preciso y discreto: la restauración de la humanidad humilde, la rehabilitación de individuos atolondrados, noblotes o ciegos, ladinos o buenazos. 

Se me perdonará la retahíla de adjetivos, pero los caracteres, los tipos inventados por el novelista, tienen facetas variadas: caras o carotas con toda clase de fingimientos.

Cargan con unas vidas desastrosas y con nombres de pila que son ultrajantes. Suelen ser personajes de mucha facundia, deseosos de acreditar con mil y una argucias aquello que dicen que les pasa. 

Se defienden bien y les amparan y relatan narradores que cuentan al modo de cronistas: unos cronistas que detallan una historia mínima confundida con la Historia monumental o nacional, ese pasado insigne que los contemporáneos observan con veneración, ese tiempo que aún padecen o al que todavía sobreviven.

Son como intérpretes secundarios de una comedia menor, un sainete ligero en el que los sucesos se enredan con acontecimientos colectivos: las Exposiciones Universales de Barcelona, los comienzos del Novecientos, el 36 madrileño, la posguerra larguísima.

Para contar estos hechos, el novelista se documenta abundantemente, siendo fiel a las pruebas históricas, de las que con frecuencia transcribe y parafrasea textos. Pero esas fuentes no ciñen o encorsetan la trama: sólo son la excusa o el reclamo de hechos o problemas actuales, que son los que a Mendoza preocupan.

Esos fragmentos auténticos o parodiados producen un efecto de realidad al margen de los anacronismos que el autor se consienta. Pero son sobre todo reproducciones de ese tiempo cuyas consecuencias todavía perduran. 

Ahí está la historia, parece decirnos el novelista: lo que a nuestros antepasados preocupaba no es muy diferente de lo que todavía nos angustia. ¿O acaso creemos, por ejemplo, que las disquisiciones sobre el teatro de Carlos Prullàs en Una comedia ligera (1996) son inquietudes desfasadas? 

En un contexto preciso, el novelista coloca a sus criaturas, que en muchos casos son como individuos salidos de los tebeos, del humorismo de viñeta: sin duda, una emoción experimentada por el joven y el maduro Mendoza. Dichos personajes en algo se asemejan a Carpanta o a Pulgarcito: tienen el trazo rápido de la historieta y se cuelan en la Historia.

Pero tienen asimismo la elocuencia de los tipos galdosianos o barojianos: con ese legado carga Mendoza. Benito Pérez Galdós o Pío Baroja están presentes en sus ficciones, sí. Aunque también Charles Dickens, un ingrediente o un nutriente que fertiliza la angosta tradición de la novelística española. 

O no tan angosta…, porque el propio Mendoza reivindica a Armando Palacio Valdés o a escritorzuelos menores del Ochocientos hispánico: otra operación histórica. 

En realidad, para este novelista la historia es eso: no sólo un marco en el que ubicar personajes y detallar circunstancias; no sólo el ambiente en el que situar un contexto. Es sobre todo una rememoración constante de lo que aún pervive; es la recuperación de lo que sigue pesando y pasando.

Lo sucedido no es únicamente lo que de verdad aconteció, sino también aquello que pudo ser, aquello que pudo pensarse por intérpretes que nunca existieron. Al ser concebidos acaban formando parte de nuestras vidas: con ellos compartimos la historia más grande jamás contada. 

Lo ocurrido no es sólo aquello que efectivamente se consumó, sino también lo que cavilamos sin haberlo formulado. Justamente es lo que hace Eduardo Mendoza por nosotros: la prosa del novelista crea ilusiones ópticas e históricas, un guiñol de sombras que muestran lo que no nos atrevimos a desvelar, el pasado hecho presente.

Fidel Castro.¿La Historia lo absorberá?

Es primera hora de la mañana en España. Comenzamos a desperezarnos, a desesperarnos e incluso a desesperanzarnos. La política local es ruin, de vuelo gallináceo, con actores de segunda, eternamente suspicaces e incapaces de gestos de altura.

Las malas noticias te despiertan pronto, te hacen ingresar abruptamente en la realidad. Acabo de leer una primicia. Fidel Castro ha muerto.

¿Es una mala noticia? No deseo la muerte de nadie y, sin duda, su tiranía personal, la dictadura de su partido, no es lo peor que quepa imaginar de entre el repertorio de regímenes políticamente lamentables. El totalitarismo del Novecientos nos ha dejado una muestra variada e infame de despotismos sanguinarios. 

Un sistema unipersonal es siempre un régimen repudiable. Un régimen de partido único es siempre coerción, arbitrariedad, represión: una forma de gobernar absolutamente indeseable. Así, sin más.

Sin embargo, la Cuba de Fidel Castro fue admirada, seguida, apoyada y alabada por una parte importante de la izquierda mundial. A ello contribuía la propia imagen que cultivaban y difundían los barbudos que bajaron de Sierra Maestra. 

Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara encarnaban la juventud desprendida, arrojada, la muchachada cubana y latinoamericana culta, formada, que se había levantado contra la opresión local y contra el imperialismo yanqui. 

El Castro de 1959 ya no era un político más, alguien identificado por su apellido. Era exactamente Fidel, el camarada, el comandante presidente cantado, fotografiado, apoyado y agigantado por miles –que digo miles–, por millones de personas que profesaban y profesarán el anticapitalismo y el antiimperialismo. “La historia me absolverá”.

En esa circunstancia de los primeros 60, el Che desempeñó un papel fundamental, el del revolucionario permanente, el del abnegado luchador que no decae ni cambia el uniforme verde oliva por el terno de raya diplomática. Precisamente, él alardeaba de no ser nada diplomático: el Che en efecto no se apeaba de un combate sin cuartel, una guerra de guerrillas, que incendiará a América Latina. 

Su temprana muerte en Bolivia lo convierte en un mártir, en un Cristo comunista cuya efigie retratada por Korda será la estampa o la estampilla de varias generaciones. Su papel después de muerto fue muy lucido, rentable, aprovechable: él era el Ausente, aquel por quien valía la pena resistir, aquel del que había que seguir su ejemplo. 

Fidel Castro no se afeitó la barba ni se quitó el uniforme de campaña. Salvo excepciones, no vestía, no podía vestir, con la guerrera de bonito, tampoco con la ropa civil. Ese uniforme de campaña acentuaba la circunstancia campamental del Estado, la guardia vigilante, el atrincheramiento: el enemigo acecha dentro y fuera.

Durante años, durante décadas, la revolución que Fidel capitaneó fue el estandarte de la izquierda latinoamericana y europea. ¿Por qué razón? Por varias.

Primero, porque parecía suponer el éxito de David contra Goliat, de la pequeña y brava Cuba contra la superpotencia vecina que la vigilaría y ahogaría, El embargo (el bloqueo en terminología de Fidel Castro) despertaría la solidaridad internacionalista y soviética en primer lugar.

Segundo, porque el comunismo y, por tanto, la esperanza social que encarnaba la izquierda revolucionaria podían tener un rostro amable: nada de severos soviéticos, sino de latinos corajudos, de hispanos que se alzan contra la corrupción, el despilfarro y el capitalismo de putas y casinos.

Tercero, porque el castrismo era revolución y ron, trópicos y comunismo, salsa y porvenir. Etcétera, etcétera. La Habana pudo convertirse en una capital simbólica para millones de personas que no han paseado sus calles, ese lugar de mojitos y sexo, de lealtad y ciertas mejoras sociales. 

La mejor propaganda de la Cuba comunista no la realizaban Fidel o sus ministros, sino las izquierdas europea y latinoamericana que, por fin, podían venerar a un Cristo, a otro Cristo revolucionario. Los andrajos que vistió Jesús Nazareno aquí eran las ropas militares de las que los castristas no se desprendían. Socialismo o muerte. Martirio real o martirio potencial.

La dictadura campamental provoca adhesiones, sí, pero también se irá granjeando numerosísimos enemigos, cubanos contrarios al régimen que residen fuera o dentro de la isla, gente hostil y, a la vez, hostigada con todos los medios tiránicos y verbales disponibles: haciendo uso de una propaganda descalificadora que desnaturaliza al oponente, convirtiéndolo en un gusano.

Fidel ha gobernado casi cincuenta años de manera ininterrumpida. Bien es verdad que desde hace un tiempo se había apeado de la gobernación diaria por la enfermedad que lo inhabilitaba. Su hermano Raúl Castro, otro de los pioneros, lo reemplazó en un cargo y en un desempeño que se presentaban como temporales.

No ha sido así. Un líder envejecido y vencido por la enfermedad es lo contrario del carisma, cualidad que por otra parte ya estaba muy deteriorada: al coraje revolucionario lo pierde la rutina del carisma, décadas y décadas de política ordinaria y fallida que sólo podía mantenerse por el socorro y el concurso de la URSS, desaparecida en 1991. La historia lo absorberá.

Fidel no ha muerto con las botas puestas (si por tal se entiende ejercer el mando revolucionario). Ha muerto como un jubilado enfermísimo vestido de chándal: una imagen de absoluto declive para quien hizo de la resistencia antiyanqui su razón de ser. 

El castrismo es un espectro del pasado, pero el castrismo es también un sistema institucional que no puede ser desmantelado sin más ni más o sin grave riesgo. 

Las tiranías duraderas crean un estado de necesidad, un personal adherente y afín y una infraestructura institucional, material e inmaterial con los que hay que contar.

Cuando las dictaduras duran tantos años, lo razonable es un cambio profundo que protagonicen y tutelen reformistas del régimen y opositores dispuestos a dialogar. 

Las injurias infligidas, las muertes padecidas, el dolor ocasionado, los reproches que buenamente se pueden lanzar no han de impedir el gobierno y el tránsito de la sensatez. 

Obama había mostrado el camino.

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También puede leerse este texto en Anatomía de la Historia.


http://anatomiadelahistoria.com/2016/11/fidel-castro-la-historia-lo-absorbera/