1. Empecemos con cuatro trivialidades bien sabidas, pero que ahora –justamente ahora– merecen ser recordadas.
¿Qué es un partido político?
Un partido es una organización, es decir, una estructura y una jerarquía concebidas para la lucha electoral, para hacerse con el poder.
Debe aunar voluntades y, por tanto, sus militantes, simpatizantes o simples votantes deben ser convencidos para que empujen en una misma dirección.
Esto es, todo se concibe para obtener ese triunfo electoral que aupará a los dirigentes de la organización.
Porque, en efecto, un partido no es sólo (o principalmente) la suma de sus miembros: es sobre todo un liderazgo que congrega y dirige, que representa y vela por los intereses que la organización dice encarnar.
Su funcionamiento interno y sus luchas externas tienen ese fin y, por tanto, no es necesariamente una comunidad de individuos iguales, sino una asociación en la que hay un reparto desigual del poder y de la influencia.
Precisamente por eso, no es extraño que los partidos –que son un instrumento esencial de la democracia parlamentaria, del sistema representativo– tengan las tensiones características de toda sociedad.
En los grupos humanos, hay ambición, egoísmo, rivalidad, altruismo, entrega, abnegación, soberbia, estulticia y laboriosidad.
Nada de eso puede ser extirpado sin amputar la condición humana y, nos guste o nos disguste, esas virtudes y esos vicios acompañarán a quienes militen en un partido: no son su segunda piel, sino su misma condición humana.
¿Hay modo de frenar lo peor que puede darse o hallarse en un partido?
En un sistema democrático, el partido no puede profesarse como antidemocrático y, por tanto, los estatutos que regulan su funcionamiento imponen una forma institucional que no contradiga los principios constitucionales básicos.
Ahora bien, en el seno de la organización no hay sólo estructuras: hay individuos que trabajan por el partido y éstos, lógicamente, tienen intereses a veces comunes, a veces dispares, y, por ello, alientan colusiones y colisiones, ambiciones y servicios.
De lo que se trata es que esas ambiciones y servicios no se empleen para perpetuar a los dirigentes que se han alzado a dicho puesto gracias a sus cualidades o a sus manejos.
De lo que se trata, en fin, es de que el funcionamiento interno sea lo más democrático posible: que su concurrencia a las urnas sea lo más transparente posible y que, por tanto, los cargos sean efectivamente revocables.
Punto y aparte.
Pasemos a recordar otra cosa archisabida.
¿Qué es un intelectual?
Es un individuo al que se le reconocen ciertas habilidades en el pensamiento, en el arte o en la escritura: ahora bien, lo que lo hace intelectual no son esas capacidades creativas, sino su voluntad de intervenir en la sociedad para corregir vicios o enderezar entuertos políticos.
Se vale del reconocimiento que su obra ha logrado, de la fama que ha cosechado, para salirse de su competencia denunciando en la prensa, en la televisión, en la radio lo que que cree que debe ser denunciado.
Levanta la voz («yo acuso»), publica o firma manifiestos, escribe artículos, concede entrevistas, expresa posiciones y hace precisamente de la moral, de los principios, su vara de medir.
La suya no es una tarea política u organizativa propiamente: su papel es el de ser referencia.
Es conocido, es valorado, es apreciado y, por eso, una palabra suya bastará para que sus lectores o seguidores atiendan lo que dice o proclama.
Ahora bien, para que tal cosa sea posible, el intelectual necesita los mass media: necesita que esa voz que se alza –que postula o que critica– se haga oír.
Esto es, no será nadie si no cuenta con unos medios que le den respaldo o le hagan eco.
Habitualmente, los intelectuales han sido distantes del poder, severísimos críticos que denuncian desde la convicción aquello que los gobernantes hacen o dicen hacer por responsabilidad.
Eso significa que el político obra con diplomacia, con mesura, con presupuesto; el intelectual, por el contrario, critica armado de principios.
El dominio de los primeros se basa en la gestión de las instituciones, en su control; el poder de los segundos se fundamenta en su capacidad de influencia.
Hasta aquí las cosas archisabidas.
¿Pero qué pasa cuando los intelectuales que intervienen en los medios se arriman al poder gubernamental, le dan su apoyo, legitiman su gestión, se hacen valedores de sus intereses políticos?
¿No estarían contradiciendo el cometido al que clásicamente se han entregado, la crítica de las instituciones?
En realidad, los intelectuales no son tipos que vuelen sin ataduras y en la España de hoy, por ejemplo, suelen formar parte de grupos de comunicación que son también instrumentos de un poder informal.
Por tanto, la imagen romántica del crítico aislado, insobornable y frecuentemente errado es un resto del pasado: es Jean-Paul Sartre.
Hoy, la prensa acumula un inmenso poder de intervención, de fiscalización, un poder que no es sólo el de la influencia, sino también el de sus interes materiales.
Fernando Savater es un intelectual sobradamente conocido, alguien que ha sido crítico del poder, pero también fiel aliado de ciertos Gobiernos.
Sabedor que es preferible un intelectual sensato a un utopista peligroso, el filósofo vasco ha apoyado distintas opciones políticas.
Por ejemplo, según parece depositó su confianza en Rodríguez Zapatero, sobre todo porque, al parecer, esperaba un resultado positivo del giro antiterrorista adoptado por el Gobierno socialista.
Eso le supuso severas críticas de antiguos correligionarios suyos, entre ellos vascos y víctimas de la barbarie que recelaban del nuevo Gabinete.
O bien porque desconfiaban de dicha estrategia, o bien porque suscribían la política del Partido Popular, férreamente contraria a ese nuevo giro.
Meses después, Savater ha dicho basta ya. Es decir, ha abandonado a Rodríguez Zapatero, a quien ha acusado de adanista, entreguista y debelador de consensos.
Ese alejamiento del Gobierno socialista no parece que le haya llevado al PP: Savater dice desconfiar de la política clerical, confesional de los populares.
Por eso, con otros correligionarios suyos de ¡Basta ya! (la organización cívica antiterrorista) ha dado los primeros pasos para formar un partido político que habría de presentarse a las elecciones de 2008.
Esta postura ha sido alabada y avalada por El Mundo y por Arcadi Espada, columnista de dicho periódico.
El diario califica la operación como el principio de una izquierda que va a disputarle al PSOE su hegemonía.
Por su parte, Abc ni la aprueba ni la celebra: pide sin más que los antiguos intelectuales de izquierdas descontentos con los socialistas apoyen las listas electorales del PP, como André Glucksmann y otros han hecho en Francia con la opción de Nicolas Sarkozy.
Los responsables de El País guardan silencio de momento, sumidos probablemente en un embarazosa incomodidad.
Por un lado, no suscriben en público esta operación (e incluso no publican algún artículo suyo: así, el ya famoso Casa tomada).
¿Por qué razón?
Porque esa operación –como la de Ciutadans— acabará teniendo una función básicamente partidista, quiero decir: antisocialista.
Por otro lado, en El País no pueden desprenderse de uno de sus principales articulistas.
Fernando Savater aprovecha sus últimas colaboraciones en dicho periódico para preparar políticamente ese nuevo partido que ya se divisa en lontanza, es decir, está sembrando entre su audiencia para abonar la idea.
¿Cuál es el problema?
En realidad, hay dos problemas. Por un lado, Savater y sus correligionarios –que han hecho público un manifiesto bienintencionado— parecen desconocer la lógica inevitablemente oligárquica de los partidos.
Parecen ignorar que decir organización es decir oligarquía, como apuntara Robert Michels a principios del siglo XX.
Demuestran gran inenuidad —adanista, precisamente– proponiendo un nuevo partido prístino, incontaminado, que según añaden estaría por encima del actual enfrentamiento PSOE-PP y de las viejas inercias.
El caso de Ciutadans –con alguna colisión interna– prueba que esta idea es, como mínimo, ingenua, pues cuando se empieza de nuevo, cuando se funda o se refunda un partido, suelen reproducirse vicios semejantes.
Pero, por otro lado, Fernando Savater –que es un filósofo agudo y entretenido, que es generalmente un articulista perspicaz y persuasivo– ha tomado decisiones políticas legítimas y discutibles a lo largo de su carrera de intelectual.
Fue ácrata –es decir, acérrimo enemigo del Estado– y fue nietzscheano para después apoyar los Gobiernos de Felipe González durante años y, más tarde, acercarse a Rodríguez Zapatero.
¿Es eso un problema?
Desde luego que no: a ello tiene perfecto derecho.
El asunto está en que el intelectual Fernando Savater confunde sus avances personales, probablemente justificados, con los avances generales a que estaría obligada la humanidad.
Es posible que hasta tenga razón en sus opciones y en sus cambios de postura: lo que no creo es que esos saltos estén cronológicamente justificados.
Quiero decir, ¿tantos meses le ha costado a Savater descubrir el presunto adanismo de Rodríguez Zapatero?
Como Sartre, el intelectual vasco prefiere equivocarse a destiempo defendiendo principios y apoyando políticas que justifica ante sus lectores.
Así, los votantes que leemos sus artículos deberíamos estar justo en el lugar en que él dice estar en dicho momento.
Por eso, habría que ser ácrata cuando él lo fue o zapaterista cuando él lo era. Ahora, para las elecciones municipales y autonómicas, propone votar en blanco para castigar al Partido Socialista.
En 2008, supongo que habrá que votar la candidatura de ese nuevo partido que se está gestando.
Pues no.
Y esto lo digo siendo un seguidor antiguo de Savater; habiendo leído ¿veinte, treinta, cuarenta? libros suyos; habiendo hecho reseñas generalmente elogiosas de sus obras cuando de literatura se trata, pero críticas cuando confunde sus posiciones políticas con la lógica universal o con lo obligado.
Tiene derecho a acertar o a equivocarse, pero no a presentar sus posiciones como si fueran evidentes.
Sé que es una persona perseguida por los bárbaros y sé que ha defendido la rectitud moral con coraje.
Pero ser víctima no da la razón política necesariamente y sobre todo no la da en el momento o en el tiempo en que uno decide estar aquí o cambiar o apoyar a este o a aquel partido.
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2. Hemeroteca. Algunas informaciones en el editorial de El País sobre la plataforma para constitución del nuevo partido:
–El País.com, 22 de mayo de 2007

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