1. Leer y releer
El 3 de septiembre fue la fecha que me marqué para regresar al blog, para actualizarlo después de las vacaciones. La vuelta suspende mi dolce far niente. Durante semanas he conseguido caminar mucho, hacer senderismo, leer sin premuras (sin que cada libro fuera una pieza por abatir) y mirar a lo lejos. Cuando digo mirar a lo lejos me refiero a levantar la vista para divisar paisajes distantes, para contemplar picos inaccesibles, cosas en fin que me separan de la página o de la pantalla. Veraneando en un pueblecito de montaña situado en plena sierra alicantina, cada día me levantaba con el ánimo de caminar dos o tres horas. ¿La excusa? Desplazarme hasta la población más cercana en que se vende la prensa. Aunque el viaje peatonal de ida y vuelta puede salvarse en hora y media, yo lo alargaba hasta las tres horas incluso: un modo de justificar la excursión, de imponerme nuevas tareas físicas, de descubrir parajes que aún no conocía, pero también una manera de conseguir los diarios como recompensa.
Cada día volvía con tres periódicos, cargado con mi tesoro de papel, creyendo que el esfuerzo merecía la pena. Pues bien, al final de la mañana, la impresión siempre era la misma: los diarios veraniegos adelgazan, pierden páginas y consistencia, se rellenan de contenidos banales y el producto acaba pareciéndose a la prensa cordial, a la prensa del corazón. En ciertos periódicos, los firmantes habituales desaparecían sin que tampoco los echáramos en falta. En algún otro, por el contrario, los columnistas que frecuentemente escriben se han mantenido en guardia y de guardia, tratando con rutina y con repetición los asuntos invernales. El principal: achacarle a Rodríguez Zapatero los mismos males de la patria. Yo agradecía la brevedad de la consulta: el hecho de que pronto pudiera deshacerme de la prensa acarreada para regresar a mi lectura y relectura de Jorge Luis Borges (que, por lo que ahora veo, ha coincidido con un artículo laudatorio e inteligente de Roderick Guzmán Meza en su blog).
Borges escribió mucho, leyó más y, desde que alcanzó notoriedad, no dejó de dar entrevistas o de hacer declaraciones, de pronunciar frases rotundas, llenas de malicia inteligente o, en algunos casos, de irresponsabilidad. Por ejemplo: «la democracia es un abuso de las estadísticas«, le dijo en 1976 a Joaquín Soler Serrano en aquella interviú televisiva (A fondo). Ciertamente, la frase tiene la consistencia del aforismo e incluso tiene mucho de verdad, pero era un comentario irresponsable en un momento en que España se sacudía una dictadura de décadas, un régimen mineral… Por su parte, Argentina y Chile asistían a sendos procesos de represión, de cruel represión. Como nos recuerda Edwin Williamson en su biografía (Borges. Una vida), el narrador argentino tenía un deficiente conocimiento de la realidad política, un saber lastrado por la inquina que profesaba al peronismo. Regímenes populistas, revolucionarios, eran lo contrario de la democracia formal, institucional, aquella que hace de los medios el principal fin de su funcionamiento: por tanto, esas democracias populistas sí que eran un abuso de la estadística, de la manipulación. Frente al radicalismo, frente al extremismo político, Borges se hizo ilusiones sobre unos «hombres de honor» que vendrían a restaurar el orden, sobre «una elite ética y una dictadura ilustrada» que librarían a su país del nacionalismo agresivo y del petardeo revolucionario. Así lo justifica Williamson en su biografía.
Esa inocencia conservadora y esa irresponsabilidad verbal no hacen olvidar dos cosas, sin embargo. La primera: la tenaz y temprana oposición de Borges al nazismo y, por extensión, a las dictaduras populistas. «Las dictaduras fomentan la opresión«, decía en los años cuarenta, algo que ahora podemos leer en el libro Borges en Sur. «Las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez… Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor«.
Uno de los muchos deberes del escritor, decía. El principal: escribir con el ánimo de recrear la realidad, de refundarla, de convertirla en voz, ¿de expresar lo inefable? Durante este mes he leído y releído los cuentos de Borges, sus ensayos, su poesía: tan culta, tan intelectualista, tan precisa y pensaba en la emoción. No tenía mejor paraje para disfrutarla: sin interferencias ordinarias, sin la prensa plebeya que pronto desechaba. Pero este paraíso ha acabado y aquí me tienen, sumando palabras, multiplicando el ruido.
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2. Palabras tóxicas (4 de septiembre de 2007)
Perdonen la autocita. Ayer, refiriéndome a la lectura veraniega, yo mismo decía: en ciertos periódicos, los firmantes habituales desaparecían sin que tampoco los echáramos en falta. En algún otro, por el contrario, los columnistas que frecuentemente escriben se han mantenido en guardia y de guardia, tratando con rutina y con repetición los asuntos invernales. El principal: achacarle a Rodríguez Zapatero los mismos males de la patria.
No recuerdo si Hermann Tertsch —sobre el que ya escribí— pertenece a los segundos o a los primeros; a los desaparecidos a quienes no eché en falta o a los que se mantuvieron en guardia y de guardia. El caso es que ayer lunes día 3 leí un artículo suyo en Abc titulado «La temeridad contagiosa«: un texto en el que el periodista glosaba la entrevista al Presidente del Gobierno que apareciera en El País el domingo anterior. Tertsch tiene derecho a descreer de él (empleemos este verbo tan borgiano); tiene derecho a mostrarse pendenciero, retador, a achicar la figura de su adversario. A lo que no creo que tenga derecho es a atemorizar a los lectores conservadores que pacientemente leen su diario. Yo no sé si en Abc se dan cuenta del columnista que han contratado. Ayer se destapó por fin, sin velos, sin ataduras: comentando las palabras hueras de Rodríguez Zapatero o, mejor, denunciando «la profanación de la sintaxis» que cometería el Presidente, Tertsch le atribuye como meta la liquidación de la democracia. Últimamente no es este periodista quien puede dar lecciones de sentido expresivo. Recuerdo haber leído artículos suyos en los que se sabía dónde empezaba la frase, pero no dónde acababa; párrafos en los que el significado confuso de la prosa aturdía al lector más voluntarioso.
Pero cito ahora, literalmente, sus palabras del lunes 3: «la liquidación de la democracia que es, desde un principio, el sueño experimental del mago de León«. Me froto los ojos creyendo no haber leído esa frase, un diagnóstico tan expeditivo y fantástico. Pero no, líneas después precisa aún mejor ese dictamen que es a la vez un vaticinio: «De ganar las elecciones Zapatero con su apuesta por la «modernización definitiva»«, concluye Tertsch, «nadie puede estar seguro de que volvamos a tener unas elecciones en condiciones democráticas y alternancia posible. El centroderecha español ganó por mayoría absoluta las últimas elecciones celebradas en condiciones normales en este país. Si no gana estas puede que no vuelva a haberlas«. Vuelvo sobre lo anterior y, qué quieren, me dan ganas de regresar a mi vacación, cuando leía páginas que mejoran, no palabras que intoxican.
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3. Hemeroteca
–Reseña de JS del libro de Edwin Williamson, Borges. Una vida, en Ojos de Papel…
–Nuevo artículo de JS, «El totalitarismo«, en Levante-EMV, 3 de septiembre de 2007




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