Uno. Hay días en que decaemos, víctimas del cansancio, víctimas de la decepción o la presión. Nos vemos incapaces de afrontar las funciones que nos están encomendadas o las tareas a que nos hemos comprometido.
Nos sentimos hostigados o debilitados. Quizá son muchas las expectativas; quizá pecamos de omnipotencia. Es en ese momento cuando percibimos especialmente la fragilidad o el aislamiento, la soledad o la derrota a que estamos condenados.
Pero empieza un nuevo día, y muy animosos nos proponemos salir adelante, encarando la nueva circunstancia. Digo esto y pienso inmediatamente en un relato célebre y estremecedor, fechado en 1915: La metamorfosis, también traducido como La transformación.
¿De cuántas ediciones de esta obra dispongo? Tengo las publicadas por Alianza, por Biblioteca Nueva, por Galaxia Gutenberg y ahora por Paréntesis. Este último sello sevillano acaba de sacar otra vez dicha historia con el título de La transformación. El pie data de febrero de 2010.
Tenemos una razón nueva para leer o releer el relato de Franz Kafka. Eso nos pasa. Con cada relectura, la historia cobra una dimensión distinta o efectivamente nueva, quizá un énfasis que antes no vimos o no supimos subrayar. Su famoso incipit aún nos conmueve:
«Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto. Se halla echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.
–¿Qué me ha sucedido?
No soñaba, no.»
Lo grave, lo espantoso, es que lo que ocurre no sea una simple alucinación, que lo que le sucede no sea un mal sueño. De una pesadilla podemos despertar. De la fatalidad cotidiana, de la miseria ordinaria, no. Gregorio Samsa ha despertado, sí, y lo que aprecia y distingue son unas patitas en movimiento; lo que siente es un caparazón. No es, pues, un simple delirio, sino una realidad tozuda: la de su muda, la de una transformación animal.
A partir de ese momento comienza un día incierto, la refundación del mundo pequeño y previsible de un viajante. Porque Samsa es un viajante de comercio, un hombre obligado a desplazarse, a negociar con un género que no es suyo. Es un tipo baqueteado por la vida. Ha de vigilar el horario de los trenes, ha de sobrevivir con ranchos irregulares y de ínfima calidad. Pero sobre todo –y eso es lo que más le duele– ha de tener tratos superficiales, puramente instrumentales:
«relaciones que cambian de continuo, que no duran nunca, que no llegan nunca a ser verdaderamente cordiales, y en que el corazón nunca puede tener parte.»
Dos. Esto mismo, las relaciones inconstantes y distantes, es el infierno del viajante: esos tratos superficiales que enfrían en ánimo hasta secarlo. ¿Dónde están los afectos? ¿Qué hay de los vínculos primarios o de la confianza permanente? Pobre Samsa.
¿Qué es lo que él deplora? Tener que desarrollar un trabajo que no le complace, urgido por un amo o por un encargado pero sobre todo por un sistema que le arrastra. Gregorio no parece tener alternativa, forzado por una deuda contraída por el padre. Es cierto que Samsa ha pasado de dependiente a viajante, orgullosamente cargado con su muestrario de paños. No es menor verdad que eso le ha facilitado su buen dinerito, con comisiones pingües muy beneficiosas para la familia: por un lado, ha ido cubriendo la deuda del progenitor, ya retirado; por otro, le ha permitido un pequeño capital.
El trabajo penoso y eficaz, constante y semiesclavo, de Gregorio les iba a procurar un futuro, una provisión de porvenir. A su hermana, por ejemplo, ya la veía como estudiante próxima del Conservatorio… Ahora, todo esto no es más que una quimera.
Samsa se adapta a su nuevo estado y sobrevive o malvive como insecto, trepando por las paredes, encerrado en esa habitación que su hermana asea con regularidad: con comida pasada o podrida que amorosamente trae o con los restos que diligentemente retira.
La madre aún espera verlo, aunque ha sido advertida por su esposo, siempre difidente con el hijo. Y es entonces, en efecto, cuando aparece con toda su presencia la figura del padre, esa referencia ominosa que es constante en la literatura de Kafka. El padre, siempre poderoso, autoritario, resuelto, mundano y tendencialmente violento.
Tres. El padre es una figura ciertamente amenazante: ahora que Gregorio es un insecto, pero también antes, cuando Samsa era un diligente, un industrioso hijo que velaba por la familia y sus necesidades. En el padre siempre hay un punto de decepción. Temía la exigua condición de Gregorio y teme que ahora les arruine la vida, convertido en ese bicho que es, alojado en el cuarto.
En el relato de Kafka, el padre es un ser derrengado o abatido, físicamente hundido. Pero en otros momentos es también un tipo armado, armado con un bastón o con una manzana. Puede deslomarle o puede hundirle el caparazón.
La vida familiar de Samsa va perdiendo sentido. Conforme avancen los días, más evidente será el deterioro que experimenta tras una agresión física, real, del padre: el progenitor le lanza una manzana que se hundirá en su cuerpo, pudriéndose. Si hay futuro, no es para Gregorio. La mutación de Samsa ha forzado al padre, a la madre y a la hermana a buscarse sus respectivas ocupaciones. Los que antes estaban enfermos o indolentes ahora se esfuerzan y madrugan. Han de vivir, ¿no es cierto? Ahora que Gregorio no ingresa dinero y que su deterioro crece, lo mejor que puede hacer la familia es trabajar.
«–Queridos padres –dijo la hermana, dando, a modo de introducción, un fuerte puñetazo sobre la mesa–, esto no puede continuar así. Si vosotros no lo comprendéis, yo me doy cuenta de ello. Ante este monstruo, no quiero ni siquiera pronunciar el nombre de mi hermano; y, por tanto, sólo diré esto: es forzoso intentar librarnos de él».
No deberán librarse de él, como propone la hermana. El cuerpo arruinado de Samsa se irá apagando. No tendrán, pues, que echar al monstruo y así podrán desterrar la idea de que ese bicho que agoniza es verdaderamente Gregorio.
«¿Cómo puede ser esto Gregorio? Si tal fuese, ya hace tiempo que hubiera comprendido que no es posible que unos seres humanos vivan en comunidad con semejante bicho».
Cuatro. El prólogo de Antonio Rivera Taravillo para la edición de Paréntesis se titula Todos nos llamamos Samsa (2010). Por su parte, la introducción que firmaba José María González García para Biblioteca Nueva tenía un rótulo prácticamente idéntico: Todos somos Gregor Samsa (2000).
Podríamos encontrar coincidencias semejantes en otras editoriales. ¿Qué significa eso? Para Vladímir Nabokov o Pietro Citati, para María Zambrano o Jorge Luis Borges, Samsa es un atormentado personaje, concreto y genérico a un tiempo, que encarna la condición humana: su fragilidad y su miseria, su empeño fracasado, la condena bíblica del trabajo. Lo común es interpretar a Gregorio como el individuo corriente de un siglo desastroso y violento, como el tipo que nada puede hacer frente a la fatalidad. Nada, salvo dejarse aplastar.
Samsa intenta levantarse; intenta comprender su nueva y acabada condición; intenta hacerse entender por aquellos que todo le deben. Él parece que está en el mundo sólo para saldar una deuda, sólo para cubrir un descubierto de su padre. Por eso, vive así, como un individuo joven que ha de cargar con los débitos de las generaciones precedentes, mientras los restantes se inhiben: quienes lo rodean no trabajan, no asumen sus respectivas cargas hasta que la fatalidad convierte a Gregorio en un bicho irremediable. Digo un bicho irremediable porque ya no hay vuelta atrás, ya no hay escapatoria.
El cuerpo es su cárcel, ese repugnante organismo abombado, de duro caparazón, de cortas patitas. ¿Cómo mirarse al espejo y cómo ser mirado por los otros? La suerte de Samsa es la maldición del monstruo: del monstruo de Frankenstein, por ejemplo. También Gregorio carece de comunidad humana, de relaciones que puedan desarrollarse con normalidad. Su simple visión provoca repugnancia y, por tanto, todos le huyen, le evitan o incluso le agreden.
El monstruo imaginado por Mary Shelley hablaba y se hacía entender: sólo la insensibilidad y la irresponsabilidad de Victor Frankenstein y sólo el repudio espantado de los otros le impedían tener una vida retirada pero aceptable. El monstruo de Kafka emite sonidos que él juzga lenguaje humano, lenguaje articulado. Su familia, sin embargo, únicamente escucha gruñidos carentes de sentido. Su suerte es peor: ni siquiera está hecho de restos humanos.
Samsa quiere despertar en los otros la empatía, los vínculos primarios, los afectos más inmediatos. Cuando desempeñaba su profesión se lamentaba de las relaciones inconstantes. Como contrapartida tenía al menos los lazos familiares: padre, madre y hermana… egoístas, sí, pero seres a los que identificaba como miembros de una misma comunidad moral.
Ahora ni eso le queda. La soledad más extrema es la suya. ¿Qué más se puede decir de una época tan desastrosa? Cuando Kafka concibe esta historia, triunfa el pesimismo, se extiende el desasosiego, todo se hunde.
Colofón. En una carta de Franz Kafka a la editorial Kurt Wolff, de Praga, fechada el 25 de octubre de 1915, leemos:
«Me escribieron ustedes últimamente diciendo que Ottomar Starke realizará la ilustración para la cubierta de La metamorfosis. (…). Resulta que se me ha ocurrido, dado que Starke será realmente el ilustrador, que quizás esté en su deseo querer dibujar el mismísimo insecto. ¡Esto no, por favor! No quisiera reducir su poder de influencia, sino sólo exponer un deseo, debido a mi evidente mejor conocimiento de la historia. El insecto mismo no puede ser dibujado. Ni tan sólo puede ser mostrado desde lejos. En caso de que no exista tal intención, mi petición resulta ridícula; mejor. Les estaría muy agradecido por la mediación y el apoyo de mi ruego. Si yo mismo pudiera proponer algún tema para la ilustración, escogería temas como: los padres y el apoderado ante la puerta cerrada; o mejor todavía: los padres y la hermana en la habitación fuertemente iluminada, mientras la puerta hacia el sombrío cuarto contiguo se encuentra abierta».
Ambas imágenes propuestas por Kafka son verdaderamente reveladoras. Por un lado contamos con la puerta cerrada de la pieza en que se aloja el bicho. Por otro tenemos el cuarto oscuro del insecto. La puerta es frontera clausurada, barrera o cierre, un límite físico que separa al bicho de la familia a la que pertenece. Es algo literal. Si no podemos traspasar el quicio, el umbral nos está vedado; si al otro lado hay monstruos, es preferible mantener cerrada esa puerta de lo amenazante y de lo inconsciente. Y la oscuridad, según la imagen propuesta por Kafka, es el negativo de la luz, de la normalidad. Es lo patológico: lo contrario de lo que esos individuos corrientes son. O quizá no; quizá el cierre y la oscuridad contienen o revelan el fondo animal de los humanos, egoístas y laboriosos a un tiempo.
Pero vamos a parar, que nos desbocamos. Nos preguntábamos qué hacer, qué cosas podemos hacer con Kafka. La respuesta es sencilla: hay que leer o releer, evitando al mismo tiempo la sobreinterpretación, en la que fácilmente caemos o recaemos. También aquí. Hay que obviar la metáfora desbocada de lo real, de la que Susan Sontag, fue abiertamente contraria.
Como dijo esta autora en uno de sus ensayos más polémicos y paradójicos, Contra la interpretación (1964), cavilamos sobre lo latente sin atender siempre a lo manifiesto, que es lo importante. Con frecuencia nos dejamos llevar por el símbolo olvidando lo concreto. En nuestra época, los propios autores se protegen contra esto.
Sontag citaba expresamente el caso de Thomas Mann, que solía incluir en las novelas la interpretación que él quería para sus obras. Era un gesto irónico.Y entre las víctimas de la sobreinterpretación, de la hermenáutica del texto frente a la erótica del arte, Sontag aludía concretamente a Kafka:
«La obra de Kafka, por ejemplo, ha estado sujeta a secuestros en serie por no menos de tres ejércitos de intérpretes. Quienes leen a Kafka como alegoría social ven en él ejemplos clínicos de las frustraciones y la insensatez de la burocracia moderna, y su expresión definitiva en el estado totalitario. Quienes leen a Kafka como alegoría psicoanalítica ven en él desesperadas revelaciones del temor de Kafka a su padre, sus angustias de castración, su sensación de su propia impotencia, su dependencia a los sueños. Quienes leen a Kafka como alegoría religiosa…»
Etcétera, etcétera. ¿Podemos evitar la metáfora desbocada? «La efusión de las interpretaciones del arte envenena hoy nuestras sensibilidades, tanto como los gases de los automóviles y de la industria pesada enrarecen la atmósfera urbana», se lamentaba Susan Sontag en 1964, empleando metáforas muy circunstanciales, muy características de esa época. Entiendo su reacción antialegórica, pero no hay una atmósfera cultural incontaminada a la que aún podamos acceder. ¿Podemos leer a Kafka sin saber qué se ha hecho con él? No sé.
Hay un modo de disfrutar La metamorfosis o La transformación, que es el de compartir con Samsa su miedo real. Dejémosnos llevar: abramos la puerta e ingresemos en la oscuridad del cuarto. No sabemos qué es lo que hay. Lo que haya, el narrador nos lo dirá. No le pidamos, además, que nos dibuje al insecto. «El insecto mismo no puede ser dibujado».


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