Uno. Es pura casualidad, pero las coincidencias son muy explícitas y, por supuesto, nada inocentes. A la izquierda tenemos a Béla Lugosi, el actor que encarnó a Drácula en la película de Tod Browning. Es leyenda: Lugosi acabó creyéndose su propio personaje, tal como nos muestra Tim Burton en Ed Wood (1994). En ese film asistimos al momento crepuscular del actor, encarnado por Martín Landau. Resulta patético y enternecedor: Béla asumiendo y adoptando su mejor papel…
Por casualidad, se me ha refrescado la imagen de Lugosi, en tantos fotogramas, gracias a un proyecto que Alejandro Lillo y yo llevamos entre manos. No me pidan más datos: hasta aquí puedo leer… Pero observen al actor, ya talludito, desplegando sus garras para caer sobre la víctima. Es un nosferatu. O eso cree Lugosi. La escenografía no es muy explícita: quizá no hay ni víctima y Lugosi sólo representa lo que en otro tiempo pudo ser. Es más: parece una foto de estudio y, por tanto, la pose es forzada. Adopta un mohín: pone cara de malo, de feroz, como todo vampiro clásico ha de poner. ¿Es un villano temible o es un pobre diablo, ya tronado?
Se me ha refrescado la imagen de Béla Lugosi al contemplar la primera plana de El Mundo. El periódico nos propone hoy una portada sabiamente estudiada para provocar un efecto. El titular de la primera página dice lo siguiente: “Zapatero deja España en manos de Rubalcaba”. Dice eso cuando la instantánea retrata al protagonista con un aspecto vagamente familiar: su mano parece la garra de una rapaz, no de un rapaz. Alfredo Pérez Rubalcaba ya tiene sus años… El subtítulo precisa: “Por primera vez en la Democracia alguien acumula los cargos de vicepresidente primero, ministro del Interior y portavoz del Gobierno”.
A eso se le llama, justamente, rapacidad: la condición del ave de presa o la propensión al robo, a la rapiña, de alguien, de un humano. ¿O es voracidad? Observen otra vez la imagen que nos ofrece El Mundo…
Luego vuelvo. Comentaré la primera plana y el editorial. No tienen desperdicio.
«Zapatero abdica en un virtuoso del trabajo sucio«. Ése es el titular del editorial que publica El Mundo. Dejemos de momento lo del «trabajo sucio». Las metáforas, las referencias y las alusiones del editorialista no aluden a la cetrería –como ocurre en la portada–, sino a la monarquía. Abdicar es un verbo que sólo tiene una lectura: únicamente es posible en el contexto de quien reina. Pero esa idea se compadece mal con la nueva referencia a la realeza que hay en uno de sus párrafos. «No resulta exagerado decir que Zapatero ha dejado España en manos de Rubalcaba al igual que los reyes depositaban el poder en manos de sus validos», leo concretamente.
¿Sabrá el editorialista qué fórmula es la del valimiento? No era propiamente una institución. Tampoco era un cargo con competencias concretas. El valido era persona de fidelidad que desempeñaba su puesto mientas conservaba la confianza del monarca. Más que un consejero áulico, era el favorito, un protegido que tomaba decisiones gobernando en nombre del rey cuando el soberano, precisamente, no estaba en disposición de hacerlo. Por pereza, por falta de voluntad, por desinterés.
Si cae el rey, el valido cae con él. No puede sobrevivirle. Por eso decir «abdicar» y «valido» para designar el puesto de responsabilidad de un ministro actual es una contradicción en los términos: lo peor que le podía suceder a un valido en la España del Antiguo Régimen era, justamente, que el rey abdicara (o que muriera). El resultado era previsible. ¿Lo más probable? Que el nuevo monarca elevara a otro favorito. Si lo que se nos quiere decir es que Alfredo Pérez Rubalcaba puede «suceder» a José Luis Rodríguez Zapatero como candidato socialista y que, por tanto, ha sido elevado para que tal cosa suceda, también habrá que considerar lo siguiente: una mejora podría mantener al actual presidente, que se apuntaría el tanto, y un empeoramiento siempre sería achacable al favorito, que no habría sido capaz de cambiar el rumbo o la derrota de quien lo designó. ¿El resultado? Ya se verá. Lo demás es puro arte de cetrería y habilidosa manipulación del responsable del periódico: tiene, verdaderamente, El mundo en sus manos.
Dos. Cuando creía que el asunto no daba para más descubro la portada de El Mundo del viernes 22 de octubre. Hay un editorial que he de leer con pausa, pero hay también una primera plana que se comenta por sí sola. La fotografía que preside es de Alberto di Lolli y ocupa una parte significativa de la portada. ¿Qué vemos? Vemos a Alfredo Pérez Rubalcaba en algún momento de la toma de posesión. ¿Está prometiendo el cargo? No: los responsables de El Mundo han escogido una instantánea de gran simbolismo: un simbolismo enfático que ellos quieren subrayar.
El pie de la foto lo dice todo: «Pérez Rubalcaba, ayer, posando junto a un retrato suyo de cuando era ministro de la Presidencia (1993-1996)». La imagen en primer plano, la de Rubalcaba en 2010, está difuminada, levemente desenfocada. En cambio, el retrato al óleo que hay detrás es el centro de la instántanea. ¿Qué es lo que se nos quiere decir? Que Rubalcaba es un agente del felipismo, que es una figura del pasado: que lo pretérito irrumpe, que lo actual se desvanece.
Mucha inquietud ha debido de producir su nombramiento para que El Mundo despliegue una día y otro también tanta atención gráfica. Me recuerda a aquella película de Woody Allen. ¿La recuerdan? Se titulaba Deconstructing Harry (1997). «Mamá, mamá: Papá está desenfocado», creo que decía el muchacho. «Out of focus«. Pues eso: esto ha pillado a algunos fuera de foco.
Tres. 14 de diciembre de 2010. Muchas semanas después de esta entrada, cuando ya la había olvidado, echo un vistazo a la portada de El Mundo del 14 de diciembre. Me hijo me ha hecho el favor de traerme los periódicos en papel. De repente miro la primera plana del diario de Pedro J. Ramírez. ¿Y…?
«Qué barbaridad», me digo. «Estos de El Mundo han ido a escoger la foto de Alfredo Pérez Rubalcaba o la pose en que más se parece a aquel humorista…» Pero no: luego comienzo a leer el cuerpo de la noticia:
«La misma barba, el mismo movimiento de cabeza, el mismo gesto con las manos, la misma mirada inquisitiva y el mismo tono displicente que protagonizan de manera omnipresente la vida pública española desde el mes de octubre serán las grandes estrellas del programa especial de fin de año que prepara Televisión Española. De un primer vistazo, podrá parecer que se trata del mismo Alfredo Pérez Rubalcaba de cada día, por la costumbre, pero en realidad será el humorista José Mota quien nos hará padecer al vicetodo hasta en las uvas…»
Podemos tomarlo a broma, una más de los editores de El Mundo, habituados a provocar efectos con encuadres forzados, con detalles fotográficos descontextualizados. Y esto, ¿para qué? ¿Para hacer guasa del vicepresidente del Gobierno? ¿Para mostrarnos lo que Rubalcaba se asemeja a sus imitadores? ¿Para decirnos, en fin, que Mota o Pérez son lo mismo? Ay, señor: son las 13 horas del día 14 de diciembre y no he leído la condena de los vigilantes de la prensa. ¿Reaccionará Arcadi Espada dedicándole una severa amonestación a su periódico? ¿Lo exculpará? Esperaremos a ver qué dice en El Mundo por dentro y por fuera. Quiá.









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