José Luis Ibáñez Salas reproduce en su blog un post de David Pablo Montesinos. Este texto tiene un título bien significativo.
“Adiós, Savater”, dice Montesinos en el escrito, en donde el autor nos anuncia su despedida definitiva del filósofo donostiarra.
Yo creo que a Savater lo perdimos hace tiempo
Dice Montesinos que se ha convertido en algo muy feo: en un fascista o un falangista. No sé si se ha convertido en tal cosa. Tengo para mí que no.

Yo no lo adjetivaría así. Esa calificación es lo que él podría estar deseando para ser o sentirse completa, gozosa o desdichadamente incorrecto.
Ser o sentirse completamente incorrecto es un sueño infantil de Savater, que está debidamente reseñado en sus memorias (‘Mira por dónde’).
Esa aspiración le hizo ser un ‘enfant terrible’. O en un ‘anarquista moderado’ que durante un tiempo se acercó a los socialistas.
Ahora, tiene maneras de viejo enfadado, malos modos de señor mayor que se encabrita con quienes fueron sus correligionarios, su público originario, sus lectores afines.
ETA le hizo mucho daño. Sus equívocas ensoñaciones con el aznarismo (“el aznarismo no es nacionalismo o españolismo; es constitucionalismo”) acabaron por entumecerlo o entontecerlo. Eso sí, con rabia.
Frente a lo que dice Montesinos (lo de falangista, etcétera), creo, más bien, que se ha convertido en un ser irreconocible.
O, peor, en un individuo en quien se han exacerbado sus rasgos de carácter, siempre exagerados.
Esos rasgos pudieron sernos simpáticos, pero ahora son vicios o estridencias insoportables.
Siempre quiso ser el primero de la clase. Tenía merecimientos.
Pero cuando el mundo y su propio público se le volvió ajeno o distante, cuando sus opciones políticas fracasaron estrepitosa o ridículamente, entonces se le exacerbó su enojo, su irritación y hasta su rencor.
Ahora está a muchas cuadras de donde estuvo, totalmente desnortado. A su juicio, ha evolucionado. No, no. Se encuentra paciendo al calor de un establo de viejos alazanes.
Se trata de una cofradía de antiguos progres que viven ese pasado, su pasado, como un baldón por el que culpan a quienes no les siguieron en su deriva.
Para los que siempre fuimos moderados (ni siquiera terriblemente incorrectos), tanta verbosidad y estridencia es una pésima es lección, un enfurruñamiento, una jubilación sin júbilo ni jubileo.

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