Reseña para Debats
Vol. 139 (2025).
https://revistadebats.net/article/view/8756/9373
Pepe Reig Cruañes, En manos de la desinformación. Posverdad, posperiodismo, posdemocracia. Madrid, Catarata, 2025, 160 pp. Prólogo de Jesús Maraña. Epílogo de Enrique Herreras.
¿Por qué deberíamos leer este ensayo, En manos de la desinformación (2025), de Pepe Reig Cruañes? Querría aportar razones para invitar a una lectura. Deberíamos leer dicho ensayo porque aborda una cuestión apremiante y real, no una especulación fantasiosa o un problema venidero.

¿A qué aludo?
Hasta hace poco tiempo, los modernos, los individuos de la Modernidad, teníamos unos preceptos básicos y compartidos sobre el saber, sobre la autoridad científica, sobre el progreso del conocimiento.
Las informaciones, los datos brutos de la experiencia finalmente elaborados y contrastados, eran la base más firme, más fundamentada y más segura para nombrar el mundo, para designarlo. De ese mundo se podían decir cosas, frases, cuyo enunciado debía corresponder con los hechos materiales e inmateriales, con lo ocurrido, con lo imaginado, con lo pensado.
Los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje, podemos repetir parafraseando a Ludwig Wittgenstein. Y la información es un dato susceptible de convertirse en un enunciado. Las grandes cosmovisiones filosóficas, ideológicas, religiosas son sistemas preferentemente lingüísticos.
Por factores muy diversos esos sistemas, modernos e incluso premodernos, entraron en crisis durante el siglo XX.
¿Y eso? ¿Por qué?
Entre otras cosas, por estar asociados a la emancipación, a la mejora del ser humano y de las sociedades, dichos sistemas se toparon con un rotundo mentís: el progreso no impidió los totalitarismos, las guerras mundiales devastadoras, los genocidios. Etcétera. El resultado fue una quiebra de esos metarrelatos que prometían la emancipación, la mejora.
Los horrores del siglo XX no son fruto de la ignorancia, de la falta de información, del arraigo de lo atávico o de lo mágico, de las creencias ancestrales. Antes al contrario, es la razón técnica instrumental guiada por diferentes religiones políticas la que nos llevó al desastre y, con ello, nos sumió en el estupor y en la decepción. La Ilustración, una de cuyas consecuencias será a largo plazo la democracia representativa, no nos salvó de las tiranías, de las guerras, de la crueldad, de la violencia.
Hay, por supuesto, muchos más factores, pero lo anterior se dio y se constató, dejándonos bastante desamparados, descreídos o cínicos en un mundo de capitalismo explotador y hasta depredador. Una parte de esos horrores los provocó el conocimiento científico-técnico aplicado a la industria de la muerte y del control.
Pero también es verdad que otra parte de esos espantos, dictaduras y sometimientos los provocaron la ignorancia, el pensamiento mágico, la mentira y la manipulación de masas: propiamente, la desinformación y la mala información.
El mundo del siglo XXI no es un calco del Novecientos, pero algunas de sus peores consecuencias las vemos ahora reproducidas y hasta multiplicadas. Por un lado, tenemos un avance avasallador de la técnica, en especial de la técnica comunicativa y de la información. Por otro, nos las vemos con un mundo hiperconectado a través de unas redes por las que circulan a vertiginosa velocidad toda clase de informaciones, conocimientos, pero también mentiras y desinformaciones.
Y lo que es peor: los recursos de que nos servíamos hasta el Novecientos para distinguir la verdad de la falsedad, lo real de lo inventado, han quedado en parte obsoletos: tal es el avance de la digitalización y de las ilusiones.
Con ello, en ese mundo hiperconectado nos resulta muy difícil discernir qué es auténtico y qué es fruto de la manipulación. Casi todo resulta creíble, verosímil, a pesar de que casi todo pueda ser un repertorio de mentiras o “hechos alternativos”. ¿Cómo hacer frente a esos mensajes, una parte de los cuales que pueden ser producto de la desinformación?
El error, la falta de datos, la mentira, la propaganda capciosa, el engaño deliberado no se reducen, desde luego, a la situación actual. Mentir forma parte de las habilidades y debilidades de la especie humana.
Pero es hoy en día cuando la desinformación resulta un arma más valiosa y más peligrosa que en otras épocas políticas. Siempre se pensó que quien dispone de información es quien a su vez dispone del poder.
En nuestro tiempo, la desinformación planificada y segmentada es quizá el recurso más eficaz para el sometimiento y el control de públicos y audiencias. O, más grave, para el sometimiento y el control de los ciudadanos, a los que la Modernidad quiso ilustrados.
En su Tratado de semiótica general (1975) decía Umberto Eco que el objeto de la semiótica, la ciencia de los signos, es todo aquello que sirve para mentir. Pues bien, nunca como ahora el mundo ha estado tan dotado para falsear, manipular y confundir a públicos, audiencias e individuos. Con arte y técnica. Con ardides.
Podemos imaginar que vamos derechos a la distopía, a un mundo en el que casi no podríamos distinguir lo real de su doble, lo verdadero de lo falso. Esto último…, tan bien modelado que hasta el ciudadano consciente, despierto, atento e informado apenas sabe o puede discernir para oponer resistencia y refutar los mensajes de la desinformación.
Justamente de esto, de este grave problema cognitivo y cívico, trata el ensayo luminoso y esclarecedor de Pepe Reig Cruañes: trata de la evidencia, cada vez mayor y más aplastante, de la desinformación como combustible del populismo, de la demagogia, de las políticas antidemocraticas, iliberales y, a la postre, autocráticas.
La desinformación no es un traspié del conocimiento. O al menos ya no sólo es eso. Hoy, es un artificio o un ardid para trastornar el recto entendimiento y buen hacer de los ciudadanos en las democracias.
La polarización, la deshumanización del adversario, la controversia emocional que no racional, la crispación extremista de los ultras, etcétera, ocupan cada vez más el espacio de la deliberación, del diálogo racional de contrarios y, sobre todo, de las redes. Con ese fluido tóxico, la desinformación conforma, altera y moldea nuestras percepciones del mundo, nuestras elecciones políticas y nuestras decisiones más cotidianas.
De esto nos advierte una y otra vez Pepe Reig Cruañes y su ensayo, tan rico de erudiciones útiles, podemos leerlo como un manual de supervivencia en situaciones extremas: que suelen ser la mayoría en las que debemos optar, elegir a partir de datos que juzgamos ciertos.
Imaginemos un centauro formado por un historiador y un comunicólogo, un investigador y un periodista. Pues bien, así obra Pepe Reig en un ensayo que ilustra y desvela.
El autor no cae en actitudes melancólicas acerca del pasado, acerca de los viejos buenos tiempos, cuando la comunicación cara a cara impedía o dificultaba (supuestamente) la difusión del bulo. Antes al contrario, Reig Cruañes examina, analiza y expone con la sabiduría del académico y con la soltura del reportero.
El autor no se limita a tratar el tema de manera teórica. Antes al contrario, define el problema, sirviéndose de numerosos ejemplos y casos prácticos. Arroja luz sobre los mecanismos de la mentira hoy en día, sobre cómo se difunde y cómo se multiplican sus efectos en las redes sociales, en los mass media tradicionales y en las propias interacciones cara a cara.
¿Por qué deberíamos leer el ensayo?
La respuesta está en los párrafos que preceden. Si todavía no he convencido a los lectores, aquí van esas mismas razones y otras más directas.
Imaginemos que no han leído lo que precede. En ese caso, yo trataría de convencerlos diciéndoles que En manos de la desinformación es un ensayo sofisticado y útil, pero no pedante.
Es una obra actual, actualísima, pues el autor aborda uno de los grandes problemas del siglo XXI, que tanto nos apremia y angustia: la desinformación masiva, que ya no es una amenaza venidera, sino una realidad cotidiana en cuanto nos asomamos a los medios y a las redes.
Reig nos hace cavilar, nos enseña a pensar este problema, pero no nos proporciona contestaciones inapelables, sólo tentativas bien elaboradas. Por ello, la principal enseñanza en la que Reig nos insiste es la propia de la deontología de todo investigador: nos fuerza a cuestionar lo que leemos, lo que creemos saber y aquello que compartimos con certeza o con temeridad. Así lo subrayan Jesús Maraña y Enrique Herreras en el prólogo y epílogo que firman respectivamente.
Dicho de otro modo, que no mejor: el volumen puede servirnos de útil desatascador: el pensamiento fluye y lo que se atoró queda sabiamente despejado.
Es una advertencia, un aviso para navegantes, para internautas y lectores. Pepe Reig Cruañes hace un esfuerzo encomiable y productivo: nos muestra con ejemplos prácticos lo sencillo y lo tóxico que es manipular a una sociedad, precisamente inundada, saturada de informaciones, muchas veces carentes de contexto.
La desinformación puede ser la mentira pronunciada con el mayor descaro. Pero también puede ser el dato real, aparentemente real, expuesto a los públicos sin su contexto de producción, de circulación. Sin su circunstancia.
Pepe Reig no se queda en el diagnóstico del sabio. Antes al contrario, obra como un técnico práctico: nos ofrece claves y recursos (que yo no revelaré) para detectar bulos, para oponer resistencia a la manipulación y para pensar mejor, con prudencia (con la phrónesis, decían los clásicos) y con criterio.
¿Cuáles son las claves de este libro?
En el ensayo En manos de la desinformación, Pepe Reig se extiende con eficacia en apenas ciento sesenta páginas. Las estructuras informativas y los ecosistemas digitales —nos dice— han sido utilizados y aprovechados para erosionar la verdad, para vaciar su concepto y, de paso, para amenazar el funcionamiento de la democracia.
¿Cómo?
Hay un vínculo entre desigualdad y desinformación. La desigualdad económica creciente que el mundo padece desde los años ochenta del siglo XX no sólo ha debilitado las instituciones políticas. Hay algo más: ha aumentado la desconfianza pública y la brecha social. En esas circunstancias, los discursos manipuladores, que emplean falacias y verdades a medias, han hallado un terreno óptimo para calar y extenderse.
Cuando esto ocurre, no están lejos el colapso del debate público y el deterioro del periodismo, que son o deberían seguir siendo el aval de la buena y contrastada información. En la circunstancia de hoy, el espacio informativo tradicional se resiente.
Los medios experimentan recortes, precarización del oficio y una creciente dependencia de métricas ajenas a la calidad (clics, likes). El resultado es una degradación de la calidad informativa.
Por eso Reig Cruañes denuncia lo que estamos viviendo: el tránsito hacia el posperiodismo, un ámbito en el que las noticias y su comunicación se valoran más por la viralidad, que por el rigor.
Imaginemos o, mejor, sopesemos lo que ya pasa: en nuestra atmósfera informativa se multiplican las fake news, las conspiranoias, las narrativas falsas. De ese magma algunos extraen beneficio a costa del sometimiento de los ciudadanos ilustrados, convertidos exclusivamente en consumidores a los que aturdir. Con ello se distorsiona la realidad, alimentando las emociones menos racionales.
Por supuesto, muchos de los destinatarios se dan cuenta de la multiplicidad y de la multiplicación de las falsedades. Si no se tienen herramientas, ello genera desconfianza y conspiranoia: al final, saldremos convencidos de que todo es mentira, todo está manipulado. Saldremos convencidos de que todo es ilusorio, de que no pueden establecerse jerarquías cognitivas y de que lo mejor es aquello que confirme lo que ya sabemos o creemos saber.
Las plataformas digitales (X, Facebook, TikTok, etcétera) modifican el espacio público en el que puede desenvolverse el ciudadano ilustrado: la viralidad, la personalización y los algoritmos refuerzan las burbujas informativas en las que nos hemos aislado. Sólo acabamos aceptando lo que nos confirma. Dice Pepe Reig Cruañes:
Podríamos decir que siempre ha podido ocurrir eso: que rechazamos aquello que nos provoca disonancia cognitiva. Pero esa obviedad no basta, pues hoy podemos abastecernos en una circunstancia paradójica. Por una parte estamos hiperconectados, pero sólo digerimos lo que las plataformas nos hacen llegar: un caudal enorme de datos o supuestos datos, de relatos, que nos reafirman cultural o políticamente sin necesidad de saber, de conocer, de experimentar, de deliberar.
«Una persona metida en una o más burbujas de afinidad, algorítmicamente inducida, recibirá noticias del mundo real mediatizadas por esa “cámara de resonancia” (echo chambers), dentro de la cual la jerarquía de las noticias, su significado contextual y hasta el tamaño de la afectación pública aparecen distorsionados. La repetición, la interacción compulsiva sobre ciertos temas especialmente sensibles o llamativos parecerá adquirir tamaños extraordinarios, modificando la percepción de la realidad de sus usuarios o habitantes. Esa distorsión ad intra de la burbuja o la cámara de eco tiende a confirmar y reafirmar las convicciones sin cuestionarlas nunca, sobre todo cuando van cargadas de emocionalidad o activan emociones subyacentes (miedo, ira, odio…). En el interior de este submundo, la verdad o facticidad de una afirmación tiene menos importancia que su capacidad de movilizar actitudes».
El resultado es un aumento de la polarización de la opinión pública, de los autoritarismos: la posdemocracia comoriesgo global. Reig nos advierte: un sistema en el que la verdad deja de importarnos, pues todo aparentemente es potencialmente falso, facilita el populismo y los liderazgos posdemocráticos que prosperan en la mentira, agitando o activando nuestras emociones más bajas, nuestros temores más irracionales.
¿Qué hacer para enfrentar este estado de cosas, esa desinformación que todo lo infecta o arruina? Dejo abierto el diagnóstico, invitando a quien lea a extraer las lecciones provechosas que Reig Cruañes nos proporciona.
Hay que centrar la verdad en la percepción pública: visibilizar los hechos comprobables. Hay que recuperar el periodismo serio y veraz, carente de sensacionalismo, respetuoso con la evidencia. Hay que estimular el pensamiento crítico en la ciudadanía, tanto online como en las instituciones educativas. Hay que reformular el uso de plataformas tecnológicas: alinear su diseño con intereses democráticos, no sólo comerciales.
Sin ser una herramienta multiusos, el volumen de Reig Cruañes nos despierta, nos enseña a oponer resistencia. Sus páginas deberían leerse con aplicación. El autor nos saca del aturdimiento, nos saca del ensimismamiento. La vida civil está en juego.
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Pepe Reig Cruañes, En manos de la desinformación. Posverdad, posperiodismo, posdemocracia. Madrid, Catarata, 2025, 160 pp. Prólogo de Jesús Maraña. Epílogo de Enrique Herreras.

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