La estrategia es bien conocida y, de momento, mientras conserve el poder, no hay recurso o remedio eficaz con el que hacerle frente.
Me refiero a la oratoria de Donald Trump. Steve Bannon, uno de sus primeros asesores, designó esta estrategia como ‘flood the zone‘: literalmente, inundar la zona.
¿Y eso qué implica?
Abrumar a tu interlocutor o público con palabras, anuncios o asuntos varios e inconexos. Esto es: de lo que se trata es de anegar con un torrente verbal que el espectador u oyente no pueda contener ni ordenar.
Se trata, en efecto de avasallar, impidiendo una respuesta coherente. Así, cuando intentamos centrarnos en alguna de las cuestiones sobre las que Trump discursea, no hay posibilidad: él ya está en otra cosa (o en dos más allá). En fin…
Hay discursos políticos que pretenden convencer y otros que se limitan a ocupar el espacio, a hacer callar mediante la verborragia.
En los primeros, el hablante todavía cree —o finge creer— en la mediación del lenguaje. En los segundos, quien perora lo hace sin necesidad de ese instrumento.
El discurso pronunciado días atrás por Trump ante el llamado ‘Board of Peace’ en Washington pertenece a esta segunda categoría. No busca exactamente persuadir: el chorro de voz se expande, inundando la sala, las pantallas y el tiempo disponible.

No estamos ante un discurso político en el sentido clásico, ni siquiera ante una pieza propagandística. Lo que se ofrece es algo más tosco, pero no menos revelador: una demostración de facundia torrencial.
El motivo declarado es reunir fondos para reconstruir Gaza. ¿Acaso nos lo explica?
Trump no habla para justificar una meta ni para ordenar el mundo, sino para mostrar que puede hablar del mundo sin necesidad de ordenarlo, ni en el discurso ni en la realidad.
Durante mucho tiempo, incluso los parlamentos más cínicos respetaron una mínima estructura. Había introducción, desarrollo y cierre. Había un hilo —aunque fuera falso— que guiaba al oyente.
Aquí no.
El discurso avanza por acumulación, no por progresión. No conduce a tesis alguna. Acumulación, pues: cifras del Dow Jones, guerras resueltas “en una hora”, elogios a la “dureza” de dirigentes asiáticos, amenazas comerciales del 200%, anécdotas visuales o íntimas. Todo aparece mezclado, sin jerarquía ni transición.
El efecto no es el caos, sino la saturación. El oyente no está llamado a comprender, sino a resistir la embestida de datos, muchos inverosímiles y casi todos autorreferenciales. Giran, en efecto, sobre sí mismo.
Ese exceso no es un fallo del discurso. Es una técnica. Cuando el discurso lo dice todo sin orden ni concierto, nada puede ser debatido con precisión.
La incoherencia protege al hablante y el caos verbal desactiva toda crítica. No hay tesis que refutar, porque no hay tesis estable. Cuando alguien cree haber entendido, el discurso ya está en otra fase.
Así ocurre, por ejemplo, cuando Trump aborda la cuestión de Irán. El tono es inicialmente grave: se habla de bombarderos estratégicos, de la destrucción del potencial nuclear, de decisiones militares que afectan al equilibrio de Oriente Medio.
Apenas instalado en ese registro, el discurso se desvía. Trump confiesa que nunca ha entendido del todo esos aviones B-2, que solo tienen “un ala voladora”, que los ha mirado muchas veces sin comprender cómo pueden volar, aunque le parecen “magníficos”.
La amenaza geopolítica se diluye en una perplejidad casi infantil ante la aerodinámica. El arma estratégica se convierte en objeto estético.
No hay jerarquía entre lo que se dice: todo sirve para mantener el flujo verbal, incluso la confesión de no entender aquello mismo que se ordena utilizar.
Pero la incoherencia no afecta solo a los temas tratados; alcanza también a la forma de dirigirse a los presentes. Otro rasgo llamativo del discurso es la frecuencia con la que Trump interrumpe su monólogo para interpelar directamente a mandatarios, representantes o dirigentes allí sentados. Los nombra, los señala, los elogia o los describe con una frase rápida, a veces halagadora, a veces condescendiente, a veces imprecisa.
Estas interpelaciones no cumplen función diplomática alguna. No reconocen estatus ni invitan al diálogo. Al contrario: sitúan. El dirigente extranjero deja de representar a un Estado o a una institución para convertirse en un personaje secundario del relato presidencial, reducido a un rasgo simple: “duro”, “inteligente”, “muy rico”, “un gran tipo”. El elogio no reconocer poder; vincula. El otro aparece como alguien cuya relevancia depende de haber sido nombrado desde el centro.
Bajo el punto de vista formal, estas llamadas rompen el hilo del discurso, pero no lo debilitan. Lo refuerzan. Solo quien domina plenamente la escena puede permitirse desordenar su propio discurso sin perder autoridad.
La interpelación funciona como demostración de poder: no estoy leyendo, no sigo un texto, puedo hablarte ahora porque mando aquí.
Los interpelados no responden, no corrigen, no matizan. Asienten, sonríen, permanecen en silencio. La política se transforma en escena, y los dirigentes en figurantes visibles.
El centro del discurso no es la paz, ni la política internacional. El centro es el hablante. Todo se organiza en torno a él. Las guerras se resuelven porque él llama. Los conflictos terminan porque él se enfada. Los líderes importan porque le caen bien o porque han abonado su cuota de lealtad financiera.
Las instituciones aparecen como decorado, las Naciones Unidas incluidas, ahora susceptibles de ser “supervisadas” desde este nuevo Consejo. No hay reglas, solo relaciones personales; no hay normas, únicamente lealtades.
La política internacional se convierte en una extensión de los tratos privados y clientelares: presión, amenaza, recompensa o castigo. Y un desprecio absoluto por el protocolo diplomático tradicional.
La palabra más repetida del discurso es “paz”. Y, sin embargo, pocas veces una palabra ha significado tan poco. Trump no define la paz.
Paz es aquello que ocurre cuando él dice que ha ocurrido. Puede ser un alto el fuego o una amenaza de destrucción total. No hay contradicción, porque el uso no se atiene al concepto. La palabra no describe el mundo: lo sustituye.
Algo parecido sucede cuando, en plena intervención institucional sobre guerras, treguas y organismos internacionales, Trump introduce un recuerdo personal, el de una escalera mecánica que se detuvo bruscamente y estuvo a punto de hacerlo caer.
El relato deriva enseguida hacia el cuerpo de Melania: cómo se sostuvo en ella, la que ya es estrella de cine gracias al éxito de un documental protagonizado por la primera dama.
La escena ínfima irrumpe sin transición en el corazón del discurso político. Lo público y lo privado, lo trivial y lo grave… quedan nivelados. No hay frontera que el discurso respete, porque el discurso solo obedece a la deriva del hablante.
Uno de los rasgos más llamativos de este tipo de intervenciones es su relación con el tiempo. Las guerras duran días; los conflictos de décadas se cierran en una tarde. La historia aparece comprimida hasta desaparecer.
Este desprecio por la duración no es casual: el tiempo largo introduce límites y recuerda fracasos. El tiempo corto, en cambio, favorece el vértigo y la omnipotencia expresiva.
¿Podemos analizar este discurso en términos de verdad y mentira? Aquí la verdad factual carece de importancia. Decir que un edificio es “totalmente nuevo” o que se han devuelto todos los rehenes no exige prueba alguna.
Basta con enunciarlo y pasar a otra cosa. La verborrea neutraliza la posibilidad inmediata de verificación. No es propaganda clásica: es indiferencia a la verdad.
Las referencias sexuales, los comentarios sobre cuerpos o el atractivo físico no son lapsus linguae. Son gestos de poder aparentemente informales, propios de quien se presenta como espontáneo y sin sofisticaciones.
Romper el decoro descoloca al oyente. A partir de ahí, la grosería se convierte en impunidad. El mensaje es sencillo: puedo decir esto aquí porque mando. El decoro ha sido históricamente un límite. Al destruirlo, el discurso elimina uno de los últimos frenos simbólicos del dominio.
¿Qué hacer ante este tipo de oratoria?
Ridiculizarla es tentador, pero insuficiente. Trump no es ridículo a pesar de su poder; es ridículo con poder, y eso lo vuelve históricamente relevante. Condenarla moralmente tampoco basta.
La indignación es comprensible, pero necesitamos algo más: analizar las condiciones de posibilidad del discurso, quién lo acepta, quién lo aplaude y quién se beneficia de él.
Pero normalizar estos modos expresivos equivaldría a aceptar que las formas ya no importan. Y las formas, incluso vacías, siguen siendo históricamente decisivas.
Quizá lo único que cabe sea leer este tipo de discurso como síntoma y como estrategia, no como programa racional. Leerlo por lo que revela del mundo que lo produce, lo tolera y lo consume como espectáculo político.
Conviene recordar, con sobriedad, que no siempre se habló así. Y que, precisamente por eso, debemos abandonar la fatalidad pesimista: no hay ninguna razón histórica para pensar que deba ser así para siempre.
Punto y aparte.
Lo que arriba he dicho empecé a analizarlo y escribirlo antes de conocer la resolución del Tribunal Supremo de los Estados Unidos sobre los aranceles y, por tanto, antes de la respuesta agraviada e iracunda de Trump: un nuevo discurso que agudiza todo lo anterior, pero en esas primeras palabras ya no hay el sarcasmo que Trump gasta cuando se sabe en la cúspide e intocable.
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