Un político de campanillas

Lo que voy a contar ocurrió hace muchos, muchos…, muchos años, en un mundo ya desaparecido. ¿Cuándo?

Justo cuando las cosas eran sólidas, no evanescentes, y la realidad aún no era virtual. Los perfiles no eran hologramas.

Fue entonces, tiempo atrás, a comienzos de los Noventa, cuando sucedió. Fue entonces cuando ocurrió el episodio que voy a narrar.

¿El protagonista? Pues un antiguo político de campanillas, un señor de prestigio, un candidato ya retirado. El personaje se presentó en mi despacho.

Estaba ya en excedencia, en efecto. Justamente por ello quería completar su formación. Unos conocimientos académicos nunca vienen mal, admitámoslo.

Para verificar tal cosa, el expolítico se había matriculado en los cursos doctorales que impartíamos en mi departamento, el de Historia Contemporánea. El de la Universidad de Valencia.

Al figurar en esa lista, una de las asignaturas que el estudiante podía o debía cursar era la mía, precisamente la mía. Había unos requisitos, toda una pejiguera de trámites. O no tanto… No demasiados.

Lo que yo impartía era una cosa teórica, abstrusamente teórica, de ribetes filosóficos: imagino que aburrida. Si no recuerdo mal, mi módulo trataba de ‘Michel Foucault y la Historia’.

Nada menos. Es decir, la ‘French Theory’, el estructuralismo, el antihumanismo, el posmodernismo, etcétera. Puro vértigo… en el que yo creía desenvolverme bien.

Esta persona matriculada, el expolítico de campanillas, acudió a mi tutoría para informarse. ¿Para incormarse de qué? De qué cosa debía hacer: las obligaciones académicas, vaya.

Me trató con campechanía. Yo le detallé las tareas: asistencia al curso, intervención en el aula, discusión y luego redacción de un trabajo sobre los pormenores abordados.

Jamás asistió a clase y, sin más, incumplió la mayor parte de las obligaciones académicas. En la nota final, en la calificación, yo le puse NP. Esto es, No Presentado.

Cuando finalmente comprobó su resultado, se escandalizó. “No esperaba esto de Justo”, dijo o iba diciendo a quien quería oírle. Así se me informó. Yo no daba crédito.

Por supuesto, no modifiqué la calificación y por su parte, imagino, el expolítico de campanillas se vio obligado a cursar otra asignatura para obtener los créditos necesarios, precisamente los que yo no le había regalado.

No volvió a saludarme. Acabó toda campechanía. Bien que lo lamenté: aún me sigue pareciendo uno de los políticos más preparados que hemos tenido en la Comunidad Valenciana.

Cuidado con las analogías

He leído con interés y atención la columna de Javier Marías titulada “Nazística” publicada en El País Semanal. He quedado impresionado, sorprendido, asombrado.

¿De qué cosa? De la analogía que Marías establece entre los independentistas catalanes con los nazis, los nazis de 1934, los nazis que son presencia y referencia de El triunfo de la voluntad. Aludo, claro, a la película que dirigiera Leni Riefenstahl por encargo de Adolf Hitler.

Hacer comparaciones históricas para encontrar semejanzas entre hechos distintos y distantes es perfectamente legítimo. Pero…, pero la operación analógica es muy delicada. ¿Por qué razón?

Porque acontecimientos que parecen lo mismo son sucesos muy diferentes, incluso antitéticos, al tener contextos diversos.

En historia, lo fácil y frecuentemente erróneo es hallar similitudes, el juego de las similitudes. La España de hoy es la misma que la España de Franco, dicen algunos. El nacionalismo es siempre ‘nazionalismo’: esto es, nazismo.

La identificación esquemática de cosas parecidas es una forma de salvar distancias y hasta abismos, un modo de afirmar burdamente semejanzas.

Casi siempre, más allá de ciertas similitudes hay un sinfín de diferencias, que son los matices que nos hacen aprender.

Establecer analogías es legítimo, ya digo, pero el verdadero conocimiento histórico es eso: conocimiento, no mero reconocimiento, el que se hace con cuatro datos.

El pasado no es un espejo que nos reproduzca. El pasado no puede servirnos para hacer comparaciones precipitadas o tramposas, para saltarnos los contextos distintos o las circunstancias distantes.

Por supuesto, todos los nacionalismos tienen algo en común, pero aprendemos cuando percibimos qué los hace diferentes: y no me refiero a mejores o peores.

Todas las dictaduras son dictaduras, por supuesto. Pero los regímenes tiránicos se distinguen por sus grandes y respectivas diferencias.

Yo he visto probablemente diez o doce veces El triunfo de la voluntad. ¿Soy un vicioso o algo así? No. No al menos en esto. Sencillamente empleo la cinta de Riefenstahl en algunas de mis clases de Introducción a la Historia en la Universidad. Es muy ilustrativa.

¿Ilustrativa para qué? Pues para que los estudiantes vean la relación que hay entre cine e historia, para que distingan qué es una película documental, qué es un film de propaganda, qué es el totalitarismo, etcétera.

Si, tras las clases que dedicamos a la obra de Leni Riefenstahl y sus recursos, un alumno me dijera que los nacionalistas de ahora son lo mismo que los nazis de entonces, muy probablemente le reprendería.

¿Por qué? Pues porque se me antojaría una simpleza. Y no estamos para consentirnos la primera ocurrencia. Debo exigirme mayor profundidad. No puedo contentarme con lo que me parece a simple vista.

Por eso resulta simplón el artículo de Javier Marías: incurre en generalizaciones abusivas, en esquematismos y en anacronismos al identificar a nazis y separatistas. Y mira que me son antipáticos los independentistas…

Cometer un anacronismo es sacar las cosas de contexto, de tiempo, de circunstancia histórica. Parece mentira que alguien tan cultivado diga que los nazis de 1934 y los separatistas catalanes son lo mismo.

En el Colegio, lo primero que nos enseñan es el Estudio. Eso significa establecer y fijar las diferencias, percibir las cosas claras y distintas.

Para decir enormidades o barbaridades ya tenemos a los simples… y a tantos y tantos nacionalistas de aquí, allá y acullá.

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Fotografía: Gorka Lejarcegi (‘El País’)

Abimael Guzmán

Desde luego, todo atentado terrorista está concebido para dañar objetivamente: para herir, para matar, para ambas cosas a la vez.

Pero también están pensado para activar o agravar procesos de victimización. Es decir, para que nadie se sienta a salvo.

Y para que los medios registren el hecho. Será un acontecimiento del que dar cuenta, un suceso al que los periódicos le buscarán inevitablemente algún significado.

Por supuesto todos somos potenciales víctimas, pero hay más probabilidades de que asesinen a quienes pueden ser vistos como símbolos.

Aparte de matar, eso es lo más extraño de las acciones terroristas: que los ejecutores no siempre lo hacen por razones personales. Con frecuencia realizan atentados para que escarmienten los símbolos. O sus portadores.

Hacer de alguien un emblema tiene la ventaja de que no es preciso enemistarse con el individuo. Basta con convertirlo en representación de lo odiado.

Cuando digo esto, me acuerdo de una lectura que disfruté diez años atrás. Es La cuarta espada. La historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso (2007), de Santiago Roncagliolo. Es un volumen al que ahora he vuelto, un libro que he completado con gusto y con estupor, y que me impresiona igual o más que la primera vez.

Pero no acabo de dejarlo y sigo releyendo, una vez más, pasajes estremecedores. Y saltó entre sus páginas y vuelvo atrás.

En La cuarta espada, Roncagliolo rastrea el terror en el Perú de los años ochenta y noventa, el provocado por Sendero Luminoso y el organizado por el contraterrorismo. Y rastrea el simbolismo de aquella organización maoísta.

Las primeras acciones ordenadas por Abimael Guzmán, Presidente Gonzalo, fueron concebidas así: por su dimensión especialmente simbólica. O eso creían él y los suyos.

El primer atentado ocurre en la madrugada del 17 de mayo de 1980. Dura una media hora. Cinco encapuchados reducen al guardián de un colegio electoral en Chusti. Queman las urnas y el libro de registro. ¡Las urnas y el libro de registro!

Durante las siguientes semanas, los senderistas cometerá otros atentados con dinamita y con bombas caseras. Atacarán bancos, torres eléctricas, locales públicos y… algunas dependencias de la embajada de China en Lima. ¡La embajada de China!

La siguiente acción más llamativa tendrá lugar el 24 de diciembre de ese mismo año: “una columna senderista”, escribe Roncagliolo, “atacó una hacienda, secuestró al propietario de sesenta años, lo torturó a golpes, le cortó las orejas y lo mató”. ¡Le cortó las orejas y lo mató!

Dos días después, el 26 de diciembre, Sendero Luminoso engalanará el centro de Lima con adornos de un simbolismo obvio: en algunos postes de la luz colgaron perros.

Los responsables policiales pensaron que los animales llevaban dinamita. En realidad, los perros sólo tenían carteles con una leyenda extraña: “Deng Xiao Ping, hijo de perra”. ¡Deng Xiao Ping, hijo de perra!

De ese acto simbólico y cruel queda una fotografiada excepcional: la de los canes muertos. De fácil interpretación.

Así pues, el dirigente chino era un perro reformista, vaya. ¿El autor de la instantánea? Carlos Bendezu para la revista ‘Caretas’.

Con esta acción contraria al reformismo, a todo reformismo, comenzaba en Perú la guerra de guerrillas, replicada frecuentemente con crueldad y delito por el Estado.

Con S. L. empezaba un maoísmo feroz, sanguinario. Lenin, Stalin, Mao y la Cuarta Espada: Guzmán. ¿El resultado de todo aquello? Casi setenta mil muertos.

Desde luego en el origen de tantas violencias suele haber un principio banal que se hace pasar por simbólico, una justificación presunta, un escarmiento. O una idea, la de la sociedad perfecta, la de la erradicación del vicio.

Roncagliolo escribió un reportaje originariamente periodístico (para El País)que luego amplió y convirtió en ‘La cuarta espada’. Empleó numerosas fuentes.

No pudo hablar con Abimael Guzmán, pero pudo entrevistar entre otras personas a Elena Iparraguirre, número dos de Sendero Luminoso y esposa de Guzmán. Sorprenden la trivialidad y la frialdad de sus palabras.

Roncagliolo también consultó la abundantísima documentación reunida por la Comisión de la Verdad y Reconciliación. De pánico.

Pero una de las cosas más interesantes de su libro es la voz de quien narra. O, en otros términos, la implicación personal de quien cuenta los hechos, las atrocidades, el sufrimiento.

El cronista Roncagliolo no se esconde ni se cancela. Al contrario se expone para mostrarnos su propia condición, sus tropiezos, sus descubrimientos, los vaivenes materiales y emocionales de su pesquisa.

Roncagliolo es de Lima, hijo de una familia de izquierdas, jovencito en los ochenta, observador aturdido siempre, reportero y novelista. Hoy es un escritor reconocido y muy apreciado.

En su libro no hay frialdad posible, ni simbolismo. Hay compromiso y distanciamiento: ambas cosas no son incompatibles. Son las que nos permiten sobrevivir al infierno tan temido.

El regreso de Lolita

   

Escrito y publicado por primera vez el 10 enero de 2007

1. Siempre es tiempo de leer o de releer Lolita, de Vladímir Nabokov. Meses atrás [2005] conmemorábamos los primeros cincuenta años de la novela y, no sé por qué, pero aún me siguen fascinando su historia y sus personajes.

Ahora [2007], Galaxia Gutenberg informa de la publicación un volumen de las Obras Completas que incluye la célebre narración.

Leo el reclamo editorial: “La verdadera vida de Sebastian Knight, publicada en 1941 y Barra siniestra, aparecida en 1947, recibieron encomiables elogios de la crítica, pero tuvieron una tibia acogida por parte del público. Esto, unido a las dificultades con la censura que tendría su obra siguiente, Lolita, hizo que no fuera hasta 1955, con la publicación en París de esta última novela, cuando el nombre de Nabokov alcanzara celebridad mundial.

El libro, adaptado al cine por su autor en un guión que se traduce por vez primera en este volumen, fue dirigido finalmente por Stanley Kubrick. El libro contiene el guión inédito de Lolita. Completa este volumen Pnin, una satírica novela con un personaje típicamente nabokoviano: el profesor ruso Timofei Pnin, emigrado a los Estados Unidos”.

No he podido hacerme con un ejemplar de esa edición, pero lo intentaré inmediatamente. Me seduce la idea de leer dicho guión, elaborado por el mismo autor, pero sobre todo me interesa conociendo lo melindroso que era Stanley Kubrick con los textos de sus películas.

La novela, ustedes la recordarán, se presenta bajo la forma de una memoria personal, el relato de alguien aquejado de pederosis (¿y por qué no pederastia o pedofilia?): un especialista en literatura, un europeo nacido en París de padre suizo y de madre… con un oscuro origen.

No recuerdo ahora si irlandés o inglés. En cualquier caso, mi lapsus y la imprecisión de los datos que proporciona el narrador son lo suficientemente significativos de ese origen mestizo, sombrío, europeo…

La memoria relata principalmente el año de convivencia entre este europeo, al que conocemos con el nombre de Humbert Humbert, y Dolores Haze (Dolly o Lolita o Lo).

Lolita es una nínfula, es decir, “una niña demoníaca” cuya edad oscila entre los nueve y los catorce años y en la que se mezclan una “tierna y soñadora puerilidad” y una “especie de vulgaridad descarada“.

Una doncella que embruja, una muchachita que ejerce un atractivo sexual desde su propia inocencia perversa. ¿Inocencia perversa? ¿Dónde arraiga la perversidad? ¿En Humbert Humbert o en Lo?

El primer contacto sexual no tiene lugar hasta que Lolita lo desea, es decir, H. H. no la fuerza y no es propiamente un delincuente. Agraciado con una herencia, con una renta heredada de un tío americano propietario de una firma de perfumes, nuestro académico acude a los Estados Unidos para ejercer su profesión de estudioso de la literatura.

Por azares diversos acabará hospedándose en casa de la viuda Charlotte Haze, madre de Lolita, una dama madura con quien finalmente se casa. Su boda con Lotte es un ardid para estar más cerca de Lo, una artimaña que sale bien.

Un accidente providencial acabará con la viuda y H. H. podrá huir con la nínfula emprendiendo un viaje por la América profunda, de costa a costa: una auténtica road fiction, diríamos. Ese año de convivencia, que comienza en agosto de 1947, es placentero y a la vez delirante…

Lolita desaparecerá, presumiblemente secuestrada (o eso al menos es lo que se infiere del relato de H. H.) por un tal Clare Quilty, un oscuro personaje al que H. H. ve reaparecer en distintos papeles: médico, director teatral de Lolita, etcétera.

Cuando en 1952, H. H. vuelva a encontrar a Lo, ésta es ya un mujer casada y embarazada, una joven esposa que ha contraído matrimonio con un muchacho robusto aunque algo simple.

A pesar de proponerle la huida, H. H. sabe que Lolita es ya irrecuperable: de hecho sabremos después que morirá a consecuencia del parto. También fallecerá Humbert Humbert, en prisión, de una trombosis coronaria.

El final de la memoria escrita anota la búsqueda y el encuentro de Clare Quilty y su ejecución por H. H., quien empuña una pistola deliberadamente fálica, ‘freudiana’ (eso es lo que nos dice). El relato, así, es la historia de una degradación contada por él mismo.

Pero hay algo más. La memoria está precedida de un prólogo firmado por un tal “John Ray Jr., Doctor en filosofía”, que subraya los valores literarios, psiquiátricos y finalmente morales del libro que nosotros estamos leyendo.

Salvo la corrección de algunos solecismos y la cuidadosa supresión de unos pocos y tenaces detalles”, el doctor admite estar ante unas “notables Memorias“.

Esas memorias podrían incluso ser consideradas “sencillamente como una novela” que encerraría una lección general: “la niña descarriada, la madre egoísta, el anheloso maniático”, arquetipos humanos trazados con hondura. Y todo ello sin valerse de términos obscenos, aclara.

Pero no es el valor literario lo que más le preocupa, sino su significado psiquiátrico y moral, y en ese aspecto tiene un actitud ambivalente.

Por un lado admite que un porcentaje significativo de los varones adultos norteamericanos “pasan anualmente de un modo u otro por la peculiar experiencia descrita con tal desesperación por H. H.”, lo que le inspira al doctor un sentimiento de piedad por quien murió por amor a Lolita, por quien escribió estas melancólicas memorias.

Pero, por otro, el galeno no tiene “la intención de glorificar a H. H.” ¿Por qué razón? Porque, bien mirado, fue “un hombre abominable, abyecto, un ejemplo flagrante de lepra moral, una mezcla de ferocidad y jocosidad que acaso revele una suprema desdicha”.

Pero cuando creíamos que el doctor Ray se refería exclusivamente a la conducta sexual descubrimos que sus reproches son sobre todo una reprimenda patriótica, pues “muchas de sus opiniones formuladas aquí y allá sobre las gentes y el paisaje de este país son ridículas”, el juicio rencoroso de un europeo emigrado.

Nosotros sabemos, sin embargo, que esas descripciones forman parte ya de la imagen, de la visión que América exportó de sí misma desde los años cincuenta: la vida de carretera, de Motel, de plásticos modernos y de aluminios deslumbrantes, de caminos polvorientos atravesados por automóviles rutilantes; la América de esplendor consumista y de vulgaridad audaz, la América que estaba a punto de exportar la revolución del rock y la expansión juvenil, la de unos vástagos bien nutridos que se rebelan contra sus mayores y que se identifican con una indumentaria particular.

Al menos el ejemplar que yo tengo se cierra con un breve texto rubricado por Nabokov en el que el autor detalla la cronología de Lolita y de su gestación, y sobre todo donde desmiente parte de las aseveraciones del prologuista apócrifo, esas palabras sensatas, analíticas y dolidas del doctor Ray.

¿A quién hacer caso? El paratexto de Nabokov (“Sobre un libro llamado Lolita”) se integra en el texto, en la ficción, y por eso es víctima de su propia ideación fantasiosa. ¿Y por qué íbamos a creer al entrometido autor que se eleva sobre sus criaturas?

Juzguen ustedes mismos y lean y relean lo que, en efecto, es un monumento del siglo XX.Yo, como el viejo profesor H. H., ya estoy dispuesto a releer la novela y a descubrir algo nuevo que me desconcertará: el guión de una película fascinante.

2. Ayer vi una película inevitablemente emparentada con la Lolita de Kubrick: Ninette, de José Luis Garci. Leo la sinopsis de la productora: “Ninette es la refundición y adaptación cinematográfica de las dos obras (Ninette y un señor de Murcia y Ninette, Modas de París) que [Miguel] Mihura dedicó a su personaje preferido, la inteligente, sexy, graciosa y espontánea muchacha parisina que trabaja en las Galerías Lafayette y que, a partir de ahora, siempre recordaremos con la sonrisa y figura de Elsa Pataky”.

La producción es barata y, como el film de Kubrick, se desarrolla en interiores, en un plató adaptado incluso para simular exteriores. Pero hay una gran diferencia: el aspecto escenográfico de la película de Garci es menesteroso y el guión previsible sólo se sostiene por el papel de los actores.

Viendo el film, con esos interiores de mesa camilla y brasero, con esas calles recreadas en plató, tenía la impresión de estar contemplando el capítulo de una teleserie de época, una de esas en las que se muestra la España de la posguerra, repleta de frases rotundas o de secuencias que acaban con cierre y moraleja.

Garci es capaz de enfriar la tentación de una Ninette encarnada por Elsa Pataky gracias a que es la suya una película  muy hablada. Recuerdo el bla-bla-bla inacabable de sus films. En sus historias hay siempre alguien que habla por no callar. En fin.

https://justoserna.com/2007/01/10/el-regreso-de-lolita/

Nación.  La cerda y la lechigada

Hay una célebre novela, una de las grandes novelas del siglo pasado, que resume muy bien los reparos que cabría hacer a toda forma de nacionalismo, y que, no por casualidad, se titula A Portrait of the Artist as a Young Man (1916). 

En ella, James Joyce nos habla de un muchacho, de un personaje que irrumpe en la vida, que ha de hacer su vida y que, con gran esfuerzo, aspira a distanciarse de la infancia y del mundo que lo aprisiona. Me refiero, por supuesto, a su protagonista Stephen Dédalus. 

Como el personaje mitológico en el que, en parte, se inspiran su perfil y su destino (Dédalo), también Stephen debe aventurarse, debe huir del laberinto, debe remontar el vuelo con tino, con prudencia; debe, en fin, desprenderse del fardo o de la carga con que pretenden aherrojarlo. 

“No serviré por más tiempo”, dice con orgullo luciferino, “a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi patria o mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo en vida y arte, tan libremente como me sea posible, tan plenamente como me sea posible”.

Seguro que ustedes no lo habrán olvidado: hubo un tiempo en que la historia se empleaba para elevar la moral de la tropa idealmente, la nación en armas–; para dar forma, hondura y antigüedad al espíritu nacional. 

No piensen sólo en el tiempo de la afirmación franquista: era también el recurso de todas las nacionalizaciones que comenzaron en el siglo XIX, el tóxico que envenenó a las masas en vísperas del 14, la solución que se daba una Europa guerrera que exaltaba el narcisismo de las pequeñas diferencias. 

La propia Irlanda de Joyce, una vieja cerda que devora su propia lechigada –en palabras del autor–, exigía su cuota de sangre y de historia. Todas las naciones han demandado a sus súbditos la entrega sublime, el libramiento colectivo. 

Hoy, felizmente, son cada vez menos los que aún confían en las propiedades del opio comunitario; la mayoría no confía en ese veneno: ya no aceptamos convertir la historia en ese veneno sublime. Para algunos, esto es el síntoma de un desarme espiritual, el contagio de un individualismo rampante. Ojalá fuera así. 

Para mí tienen, por el contrario, una vertiente liberadora. Y la tienen para los individuos, a los que ya no se les exige que inmolen su vida breve en el altar de la nación y de la historia para reparar faltas colectivas, deudas pendientes, antiguas batallas perdidas. 

Miren, a mí me conmueve España, me conmueve Valencia, que es en donde yo nací: pero a mí sólo me ata a una comunidad el acatamiento que en ésta se profese a la ley, a los derechos humanos y el respeto a la diferencia de cada cual. 

Hay que edificar y hemos edificado un entorno aceptable, hospitalario: la democracia liberal. Lo demás es fraguar comunidades guerreras o seudoguerreras que fundan su imaginario en pasadas contiendas o en dudosas glorias. O en un futuro de quimeras colectivas y coléricas.

El historiador ante la posverdad

Conferencia de JS en la Facultad de Geografía e Historia, viernes 30 de mayo a las 11 horas. Salón de Grados.
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Hay días en que uno tiene la impresión de que el mundo es indescifrable, de que todo resulta oscuro. No sólo es un estado de ánimo baqueteado. 

Es la suma vertiginosa de los hechos y de sus múltiples y contradictorias interpretaciones: la propia dificultad de explicar esos hechos o de comprender los actos de manera congruente.

Es como si la actualidad –lo que aún está ocurriendo, lo que está en proceso– impidiera asimilar el acontecimiento, un acontecimiento que pronto es reemplazado por otro igualmente efímero e incomprensible. 

Es, por otra parte, la impresión de que todo puede acabar sin que tú puedas hacer gran cosa, percibiendo, además, ese fin y tu impotencia. 

Desde luego, dicha impresión no tiene por qué ser exclusiva o particular y no tiene por qué estar causada por lo real, sino por lo que creemos que es real.

Imaginemos que tengo una máquina. Pongamos un automóvil. Imaginen que sé accionar su maquinaria. Conduzco ufano por la carretera, luciendo un coche de última generación con toda clase de extras. 

Imaginemos que se me estropea una conexión o un chip o un rodamiento, qué sé yo. Desde luego será un pequeño desastre, una catástrofe particular. Pero no por el posible accidente, sino por el desconcierto que me provoca que las cosas no funcionen. 

Me explico. Sé cómo hacer funcionar ciertas cosas, incluso ese automóvil: sé hacerlo marchar. Pero no me pregunten cómo funciona. Pues bien, tengo la impresión de que de un tiempo a esta parte nos pasa eso cuando observamos la marcha del mundo. Sabemos accionarlo cada día pero muchos ignoramos cómo funciona: cómo funcionan el mundo y sus cosas. 

Necesitamos que nos digan cosas comprensibles que nos hagan creer que sabemos cómo funciona el mundo. 

Si no tenemos esa pequeña certidumbre, la circunstancia nos crea una sensación de ansiedad creciente. Un leve contratiempo nos deja desarbolados, con esa impresión de desamparo.

“En la oscuridad de las siete de la mañana, el ordenador entró en un salvaje estado de completo desorden”, anota Enrique Vila-Matas en una página de su “Dietario voluble’ (2008). 

“Un contratiempo terrible”, añade, “porque disponía yo de sólo tres horas para entregar unas páginas. Esperé a las ocho, cuando hubiera ya clareado, para llamar a un servicio técnico de urgencias”, prosigue Vila-Matas. 

“Tenía que terminar de escribir mi artículo sobre la inseguridad y la crisis de sentido en el mundo actual, pero si había algo realmente inseguro para mí en aquel momento era el ordenador. En cuanto al mundo, éste podía esperar”, apostilla Vila-Matas.

En efecto, el mundo siempre está a punto de acabar. Eso mismo le decía Guillermo de Baskerville a Adso en ‘El nombre de la rosa’. Y añadía: cuídate de los agoreros que predicen el desastre. 

Está bien. Es buena recomendación. En la Edad Media imaginada por Umberto Eco siempre puedes refugiarte en una abadía o en una pequeña aldea, alejado del mundo. Cierto. 

Pero el problema es que estamos en una sociedad de riesgo de la que no es fácil escapar. Sucede un cataclismo financiero y, qué quieren, sólo con dificultad conseguimos saber qué nos está pasando. Y no sólo eso: qué es lo que nos puede pasar. 

Los economistas vaticinan retrospectivamente, dice el tópico. Y los historiadores anticipan el pasado, podríamos añadir. ¿Y los sociólogos? Pues los sociólogos hacen como que saben o enuncian lo que todos vemos. 

Uno de los grandes sociólogos que adelantó lo que actualmente nos ocurre fue Ulric Beck cuando distinguía entre peligro y riesgo. Estamos en peligro cuando la máquina tiene una avería que se puede solucionar. Si arreglamos el desperfecto podremos prevenir futuros accidentes.

¿Pero qué pasa cuando la máquina produce efectos incontrolables? Que estamos en riesgo… Su marcha no depende sólo de ella, sino de un sistema cuyos factores no siempre pueden prevenirse. 

En ésas estamos: dándonos cuenta de que no sabemos cuáles son los efectos de nuestras acciones. En un estado de desconfianza. Descreemos de las autoridades e instituciones tradicionales, que se nos quedan obsoletas; desdeñamos el conocimiento de los expertos, que predicen lo que ya ha ocurrido o fracasan en sus profecías, etcétera.

¿Y la realidad? La realidad ha sufrido un descrédito que la hace fantasmal, inaprensible, incomprensible. Si lo abstruso se nos muestra sencilla y emocionalmente. Si lo que ocurre es lo que creemos que ocurre. Si los hechos, tan frecuentemente inexplicables, se nos presentan de modo coherente y tribal…

¿Entonces? Entonces, la verdad será algo comunitario y no necesariamente demostrable, comprobable o verificable. No precisamos autoridades con criterio y con crédito. Tampoco expertos con conocimiento y pruebas. 

Necesitamos charlatanes que nos digan lo que queremos y precisamos oír, que nos hablen del coche averiado que pronto, milagrosamente, caminará aunque no lo sepamos accionar. Ya no es obligatorio formarse o informarse. Es necesario creer y compartir dichas creencias para aliviar la incertidumbre.

¿Es así? ¿Así son las cosas? ¿Qué podemos decir los historiadores ante ese mundo que se nos antoja indescifrable, lleno de riesgos y emocionalmente inestable?

¿Qué es la posverdad? Todo empieza por la formación y por la información…

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Más, mucho más hoy 30 de junio a las 11 horas en el Salón de Grados de la Facultad de Geografía e Historia de la Universitat de València. 
Conferencia de Doctorado.

El teatrillo político

De cómo se gesta un demagogo

En medio de representaciones escénicas que a muchos deslumbran, en medio de un teatrillo político con candidatos marrulleros y cándidas voces que gritan, nada mejor que leer.

Nada mejor que leer, instruirse y estudiar cómo se gesta un aspirante. No nos obnubilemos por actores que representan papeles de justicieros. No nos dejemos amodorrorar por gobernantes rancios. Es tan fácil dejarse seducir por lo sabido o por lo nuevo o supuestamente nuevo, por lo antisistema o que se presume antisistema.


Argemino Barro acaba de publicar en La Huerta Grande un libro de mucha enjundia y de una lucidez envidiable: El candidato y la furia.  Es un breve volumen de excelente factura. 

De frase exacta y con imágenes bien expresivas, Barro se luce como un cronista de finura. En su libro hay historia, hay sociología y hay periodismo de altura. Todo ello en apenas ciento y pico páginas.

Estudia la retórica de Donald J. Trump y de paso detalla las oratorias y gestualidades de los demagogos, de los narcisistas patológicos. Estudia las fórmulas dramáticas y, sobre todo, la agresividad de que se sirven ciertos candidatos expectantes y por supuesto vehementes. O sobreexcitados.

Estudia a ciertos políticos que interpretan al pueblo, que dicen interpretar al pueblo, que dicen encarnar a la gente humilde frente a las élites corruptas, frente a la plutocracia. Los demagogos, los mangantes y también los magnates antisistema triunfan bajo determinadas circunstancias.

¿Cuándo? ¿Bajo qué circunstancias? Cuando hay ambición, verbalismo, heridas sociales y experiencia de crisis, cuando los partidos “viejos” se cuartean.

Pero también cuando tantos ciudadanos viven como insoportables los resultados electorales, la democracia parlamentaria de mayorías, sus inercias y sus escasas sorpresas.

No se dejen impresionar fácilmente por la retórica incendiaria, por el verbo gritón, por el discurso sobado, por depredadores, por salvadores de pacotilla. Donald J. Trump encarnó y aún encarna todo esto a la vez. No estamos inmunes.

El libro de Argemino Barro es una fascinante historia: la del candidato que supo aprovechar el descontento, que supo agredir diciendo verdades como puños. Supuestamente. 

¡Se puede aprender tanto leyendo! No se engañen: apaguen el plasma o el tubo catódico. El espectáculo televisivo roba horas al entendimiento, a la intelección. 

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