20-N. Franco de cuerpo presente

Cuando se acercan estas fechas casi resulta inevitable. Y reiterativo. Es como una condena que cumplo con fatal puntualidad.

Dedico unos minutos o unas horas de mi tiempo al General Franco, al Caudillo de mi infancia y adolescencia.

No sé si se acuerdan.

Para los más jóvenes: me refiero a aquel abuelo mandamás y feroz, a aquel dictador que hacia los años sesenta había abandonado el uniforme por el terno civil.

Se presentaba así ante las cámaras de televisión, de la televisión: como eso, como un abuelo, como un viejecito que decía estar preocupado.

Siempre nos amonestaba y nos advertía. Él permanecía vigilante y preocupado, eso afirmaban sus corifeos: vigilante por sus hijos y nietos, por esa España que había gobernado con mano firme durante tantos años.

Al parecer no se nos podía dejar solos. Por el pronto cainita de los compatriotas y por la conspiración judeomasónica que amenazaba nuestro bienestar. Él, pues, permanecía vigilante y preocupado, ya digo.

Con mano firme, más o menos firme, de cirujano de hierro. Y ahí estaba: un mandamás que había implantado un régimen personal aupado y auxiliado por una coalición reaccionaria.

Según digo, a Francisco Franco Bahamonde aún lo veo, se me aparece de cuando en cuando, y lo leo. Lo leo y lo recuerdo con repeluzno, sabiendo que su presencia sólo es pasajera y espectral. ¿Pasajera?

En cuanto repase el último libro que se le dedica, la última novedad, le perderé de vista, me digo. Este dictador no merece mi atención, me insisto.

Pero no: sé que caeré en otra ocasión, en otra tentación, cada vez que una novedad editorial me reclame y me despierte un interés histórico o morboso.

O cada vez que en librerías de viejo me haga —y finalmente me hago— con sus vetustos volúmenes. Este año me he puesto las botas.

Son libros firmados por el Caudillo y que recogen algún diario, alguna novela, discursos, artículos bajo seudónimo, sobre el comunismo, la masonería, etcétera.

Conforman un ideario de raigambre reaccionaria, de un fascismo tosco, de un conservadurismo recio y rancio sin ningún atisbo liberal.

Esos escritos conforman una concepción militar de la patria, una noción castrense de la vida. Conforman, en fin, una cosmogonía tridentina, de una religiosidad militante.

Lecturas edificantes. Entretenimiento y espanto garantizados.

Y ahí lo veo y lo leo de cuerpo entero y más bien enteco. Hoy, ya el 20-N, he querido tenerlo precisamente presente. De cuerpo presente.

Yo no olvido. Acaso por mi pronto rencoroso? No, no. Es por prescripción facultativa. Lo leo por sabia recomendación. Resulta terapéutico mantenerlo inerte.

Ahí lo dejo.

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Ilustraciones: Antonio Barroso

Españoles, Franco ha muerto – Impreso

Unamuno. Soy solamente un solitario

Veo por quinta vez la película Mientras dure la guerra (2019), de Alejandro Amenábar.

El episodio principal que el film recrea es bien conocido: son los últimos meses de vida del filósofo Miguel de Unamuno en Salamanca, de cuya Universidad era rector. Me refiero a las semanas que transcurren entre julio y octubre de 1936.

Unamuno morirá en diciembre de ese mismo año: el corazón ya no podrá resistir más tras unos achaques invencibles.

Pero su fallecimiento no es sólo un asunto de enfermedad, de patología cardiovascular. Esa muerte y la angustia que la precede, esas semanas anteriores, serán agónicas. En un sentido literal y metafórico.

Unamuno, que ha destacado durante años, por su oposición a Alfonso XIII, por su resistencia al dictador Primo de Rivera y por su afinidad y simpatía republicanas, es ahora un intelectual a la deriva.

Cree que el país se despeña. Cree que la República, sacudida por los extremos, ha decepcionado sus expectativas y, por ello mismo, cree que es saludable un pronunciamiento militar. Al viejo modo español.

Cree, en efecto, que se trata de un alzamiento del Ejército, una dictadura de breve duración (al modo Romano), que tiene por objeto poner orden en el desorden, poner concierto en el desconcierto. Y lo aclara en alguna entrevista que concede por entonces:

“En este momento crítico por el que atraviesa España, es indispensable que me ponga junto a los militares. Son ellos los únicos que nos devolverán el orden, porque tienen el sentido de la disciplina y lo saben imponer.

No preste atención a lo que se dice de mí: no me he convertido en un hombre de derechas, me he traicionado a la libertad.

Pero de inmediato es urgente instaurar el orden. Verá como dentro de un tiempo, y esto no será dentro de mucho, seré el primero en reemprender la lucha por la libertad. No soy ni fascista, ni bolchevique.

Soy solamente un solitario.”

Unamuno, tan perspicaz, tan clarividente, para observar el mundo interior y exterior, para examinar la historia y sus rumbos, ahora se muestra escaso de luces. Vive un aturdimiento que con no pocos comparte.

Confunde sus deseos con la realidad. El golpe de Estado de 1936 no es un pronunciamiento militar clásico y menos aún cuando lo sigue una guerra civil.

El Alzamiento forma parte de los movimientos insurreccionales que por entonces se dan, contrarios a las instituciones democráticas. El levantamiento de una parte del Ejército es una militarada, pero es algo más.

Es una solución práctica e ideológica frente al sistema representativo y frente a los brotes de violencia revolucionaria. Es un instrumento de destrucción de las libertades y, por ello, forma parte del fascismo doctrinal y empírico que triunfa entre tantos fanáticos y entre ciertas élites europeas de entonces.

Pero Unamuno confía ciegamente en esos militares alzados. Los juzga como cristianos y como hombres de honor. Por ello, la violencia, la arbitrariedad, las crueldades, la falta de compasión no las concibe.

Por ello, su decepción es creciente, dolorosa y mayúscula. Le sorprenden la rudeza, la impiedad y el propio desorden y la propia muerte que esos militares han provocado.

Unamuno, tan valiente a lo largo de su vida intelectual, pública, tendrá un último y decisivo acto, pronunciándose corajudamente.

La película de Alejandro Amenábar es fruto de una exquisita ambientación histórica (el asesor del film fue Julián Casanova) y es fruto de una sensibilidad desgarrada. Nos sentimos solidarios con ese solitario, ese viejo achacoso que aún se alza para evitar la barbarie.

No podrá frenar lo que, desde el principio, es una sedición infame; no podrá achicar los males que el Ejército ocupante causa. Digo bien: ocupante.

Las tropas llegan a Salamanca para hacerse con el territorio y para domar, sujetar o aplastar a los republicanos, a gentes civiles a las que llamarán insurrectos.

Sigo leyendo y releyendo libros de y sobre Unamuno. Retomo con especial cariño Vida de don Quijote y Sancho (1904). Sigo con Jean-Claude y Colette Rabaté, con Juan Marichal, con Severiano Delgado Cruz, etcétera.

Un placer agónico…

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Retrato de Unamuno realizado por Manuel Vázquez Díaz, 1936 Colección Museo Reina Sofía.

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La muerte en directo

¿Por qué los reporteros, los periodistas de calle, deben desplazarse a lugar de la catástrofe, del cataclismo? Porque reciben la orden de los servicios informativos.

¿Por qué deben jugarse la vida o poner a prueba su existencia para estar en el lugar de los hechos? Porque es hábito común, ya establecido en todas las cadenas.

Y así vemos a periodistas jóvenes padeciendo las inclemencias, y esas inclemencias desatadas y retransmitidas son supuestamente la prueba palpable de los hechos ocurridos o que incluso están ocurriendo.

Por eso, nada mejor que situar a la reportera inerme o al joven imberbe, cubiertos con sus respectivos chubasqueros, siempre insuficientes, en un paraje inhóspito.

Desde ese paraje inhóspito, apenas iluminado por la antorcha del cámara, transmiten en directo.

Con dificultades, si el viento huracanado azota o si la lluvia empapa, esas personas allí desplazadas informan acerca de lo obvio.

Nos dicen lo que vemos: cómo caen los copos de nieve: ellas son testigos y protagonistas de la rutina o de la excepción climática.

Y nos lo dicen con voz trémula, tiritando. De inmediato, los televidentes, que experimentamos una solidaridad instintiva, casi irracional, nos preguntamos.

Nos preguntamos por la crueldad de la cadena, de las cadenas: no las de los coches, sino las televisivas.

Nada provoca mayor efecto de realidad que la presencia de un reportero junto a los vándalos que se disponen a quemar mobiliario urbano.

Con un casco mínimo y un chaleco reflectante, el corresponsal se juega la vida por nosotros, que contemplamos desde la barrera el penúltimo choque de encapuchados hostigando a los Mossos.

La imagen del suceso, del fait divers, atrae nuestra atención, esa mirada morbosa del espectador que está guarnecido y que a la vez se muestra inquisitivo.

No nos preguntamos qué cosa tan excepcional o grave pasa, sino qué imágenes de riesgo veremos hoy gracias a la sugestión del directo.

Del azote de la naturaleza a la destrucción el vándalo, las televisiones estuvieron allí. Está ocurriendo, lo estás viendo.

Cumplen así con aquel dictado bobo según la cual una imagen vale por mis palabras. Desde el plató, los locutores que no pisan la calle con gesto paternal agradecen el rasgo.

Agradecen el coraje de la corresponsal, aquella que se puso en peligro para beneficio de la audiencia. En directo se está congelando como prueba del frío que, oh sorpresa, hace en Navacerrada.

Cualquier día un alud de nieve atravesará la pantalla de plasma, derramándose y anegando el salón de nuestros hogares. Tendremos ataques de hipotermia.

O, quién sabe, cualquier noche se prenderán las cortinajes del ventanal: un cóctel molotov habrá rebasado la barrera de la tele arrasando nuestra malsana curiosidad.

De verdad, estamos acabados.

Vamos a morir todos.

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Itziar Tabares, LaSexta

Francisco Franco. ‘Cuando mi abuelo era persona’

Digamos cuatro cosas archisabidas y que yo —me perdonarán— repito a poco que me dejan.

El Régimen político que instauró don Francisco Franco Bahamonde fue un sistema de partido único con una inclinación totalitaria. Al menos, en su orígenes.

O, en otros términos, fue un sistema unipersonal con un Generalísimo a la cabeza.

Fue también un Caudillo que se alzaba por encima de sí mismo aunque, eso sí, aupado por una coalición reaccionaria de fuerzas combatientes.

Se elevaba valiéndose de unas alzas reales o metafóricas, sí. O de un cajón resistente. Ahí estaba, elevándose, con su voz aflautada y chillona.

El franquismo fue también un Movimiento de inspiración fanática, muy ideológica y emocional. De inspiración fanática, sí, pero venal. ¿Venal? ¿Qué significa?

Cada vez más, mayor número de documentos desclasificados prueban el materialismo ramplón de sus principales sostenedores.

Esas fuentes. Demuestran que una cohorte de generales y dirigentes del Régimen se dejó sobornar para impedir la entrada de España en la Guerra Mundial al lado del Eje.

¿Tanto patriotismo para esto? ¿Tanta Cruzada para caer untados por la Pérfida Albión, por los anglicanos? Las decepciones que nos trae la historia… En fin.

¿Cómo era el Caudillo de mi infancia y primera adolescencia? Pues yo lo veía como un abuelo lejano, lejanísimo, que con frecuencia abandonaba el uniforme por el terno civil.

Se presentaba así ante las cámaras de televisión. O del No-Do. Exactamente como un viejecito preocupado por sus hijos y nietos, esos nietecitos (muchachitos como yo),

Y preocupado por esa España que había gobernado con mano firme durante tantos años. Eso decían. Punto y aparte.

No hace muchos años leí un libro que firmaba su primer nieto varón, Francisco Franco Martínez-Bordiú.

El volumen tiene un título descriptivo: La naturaleza de Franco (2011). Parece un tratado de anatomía o de metafísica. Pero no.

Su subtítulo lo aclara. Es involuntariamente acusador o cómico: Cuando mi abuelo era persona. Así reza el subtítulo.

Aclaremos. Si el abuelo de Francis Franco era perdona en ciertos momentos, eso significa que hubo otros en que el Jefe del Estado no era tal cosa: persona.

Exacto, exacto. Eso es lo que estábamos pensando: que no era persona cuando ejercía la Jefatura del Estado.

Pero no porque fuera cruel o porque reprimiera con saña inacabable (que también), sino por su entrega al protocolo. A la rigidez del protocolo.

Sólo en ciertos momentos, Franco dejaba las rigideces y el envaramiento. Y eso ocurría cuando se iba a pegar tiritos o a pescar salmones o atunes.

Ya sabíamos que Francisco Franco Bahamonde había restado muchas horas a sus obligaciones, al gobierno de la Nación: dicho así, literalmente.

Las hurtaba para dedicarlas a la cetrería, al deporte de la escopeta. Para quienes no tenemos ningún interés en el asunto de la caza, este libro del nietecito tiene páginas tediosas.

Pero salvamos esa erudición gracias al retrato de Franco, alguien obsesionado por el disparo, por las piezas a cobrar, por los triunfos de su puntería.

¿Dudas sobre su masculinidad? Desde luego, el nieto confirma la poca dedicación que Franco prestaba al gobierno de la Nación. No diré que fuera perezoso, pero…

Mucha salida venatoria, mucha expansión por la naturaleza. El título del volumen habla de eso: de la naturaleza cazadora del Caudillo, exactamente predatoria.

Y habla del campo, ese sitio en el que expansionarse. Franco mira con arrobo las piezas abatidas, de gran tamaño y sanguinolentas. Con arrobo, ya digo.

Es seguido y aplaudido por el nietecito y por una corte de afines y adherentes vestidos para la ocasión. Era, sí, una corte preparada para los ojeos y para las monterías.

Eso fue Franco. Eso y algo más.

Qué mediocridad, Dios.

Y qué ganas de matar.

El fascista accidental

¿Qué habría pasado si José Antonio no hubiera sido fusilado en Alicante en 1936? Primo de Rivera era un tipo confundido y escaso de luces.

Era un miembro de la elite y un titulado sobrevenido: marqués de Estella. Cobra un protagonismo insólito en la España de entonces.

En el Madrid de 1935 y 1936, Primo de Rivera entra y sale, aparece y desaparece.

Y sus ideas y conmilitones envenenan la Villa y Corte, en un ir y venir que es agitación fascista y vida de señorito, la de un joven bien nutrido y fatuo.

No es raro que sus rivales le insulten frecuentemente, que se le desaire; no es extraño que ciertos contemporáneos con quienes tiene trato lo vejen.

No es raro que o detesten, atribuyéndole planes taimados y hasta inverosímiles… Muchos temen lo peor de él.

Por un lado, tiene atractivo físico y gran dinamismo, cosa que despierta el entusiasmo de unos pocos fieles.

Por otro, es un conspirador de ópera bufa, un conjurado al que los militares reprueban por su ineptitud y arrogancia, ignorante de su menguada capacidad.

Entre quienes conspiran –militares, monárquicos, etcétera– está el conjurado más tontaina: José Antonio Primo de Rivera.

José Antonio Primo de Rivera, aquel que observa con difidencia a los generales, unos indecisos, unos gallinas, que tienen sangre de horchata.

También Emilio Mola, Gonzalo Queipo de Llano o Francisco Franco lo observan con recelo, con aprensión.

Imagino que habrían hecho lo posible para deshacerse de él. Ya sabe: haz que parezca un accidente…

La condena a muerte dictada en juicio, en el que intervino como primer fiscal jefe Juan Serna Navarro, tío mío (tío y mentor de mi padre), facilitó las cosas a los conjurados.

Pronto fue destituido: me refiero a mi tío, siendo reemplazado por el fiscal jefe de Alicante.

Algún día hablaré de él, de Juan Serna Navarro…

“El suicidio no merece la pena”

Me repito. No tengo palabras, otras palabras…: parece obvio qué es el fanatismo, qué averías de la identidad lo provocan. Es un estado henchido y es un estado de carencia, de exaltación y de laceración.

Al fanático le dan vida la unanimidad, el colectivismo, la forzada coherencia de las cosas, las percepciones únicas. Tolera mal o simplemente no tolera la discrepancia, la disensión, los planteamientos contrarios o contradictorios.

Se administra un tóxico: el de la comunión. Porque el fanatismo ideológico se da cuando hay una religión política que crea una comunidad moral con dogmas de obligado cumplimiento que lo justifican.

El individuo corriente obra con sentido común, con sentido práctico, con realismo, con responsabilidad, con algo de optimismo y con resignado escepticismo: las cosas pueden mejorar, hay que aplicarse a ello, pero al final nada hay perfecto. Nos morimos.

En principio, el fanático piensa con convicciones profundas y absolutas, sin contemplaciones: justamente, piensa con principios de los que no se apea.

Y, de entrada, obra sin medir las consecuencias. No importa la violencia, que puede ser incluso orgiástica, si sirve para aplicar sus principios.

Fiat justitia et pereat mundus”.

El fanático obra siguiendo torticeramente el precepto bíblico: quien no está conmigo está contra mí. Por tanto divide el mundo en amigos y enemigos. ¿Cuál es la tipología de estos últimos?

Aquellos que son de los nuestros pero resultan tibios o moderados, gentes temerosas que abdicando se retiran; y aquellos otros que se nos oponen sin razones y con saña. Frente a cobardes, traidores y enemigos emprenden la destrucción.

El 20 de noviembre de 1931, en Die Franfurter Zeitung, Walter Benjamin publicó un artículo. Llevaba por tituló “El carácter destructivo”. Sin aludir a nadie en particular, Benjamin trazaba una radiografía psicológica.

Pero sobre todo trataba de la destrucción como la tarea a que se aplican con denuedo ciertos individuos dañinos. Lo releo de cuando en cuando y ahora lo parafraseo.

Los tipos destructivos frecuentemente son o se creen jóvenes y no carecen del sentimiento de la alegría, decía Benjamin. Que se apliquen a destruir con furia fanática no les quita placer e incluso alegría.

La destrucción tonifica al erradicar lo que se juzga sobrante, la destrucción simplifica el mundo mal hecho, ese por el que aquellos caracteres sienten una desconfianza invencible.

Los tipos destructivos están convencidos de que su operación devolverá a ese mundo mal hecho su prístina o su secreta o su venidera armonía.

No se interrogan sobre lo que va a ocupar el sitio de lo destruido, sobre aquello que lo reemplazará, y se solazan con goce en el abismo o en el vano que provocan.

Hacen hueco, despejan, y donde otros tropiezan con muros o con personas, ellos sólo ven espacios vacíos, la quirúrgica amputación. Hacen escombros de lo existente y se abandonan a la ensoñación del camino calcinado.

Es la labor arrogante de la masa, la de quienes se exhiben ante gentes que testimonian su eficiencia destructiva o que celebran o se asombran o se horrorizan ante su arrojo temerario o que se achantan ante su capacidad para infligir daño.

Por eso, aquellos tipos quieren estar expuestos a la mirada atónita e intimidada de sus observadores, de sus víctimas, de los blandos, y gozan con las habladurías asombradas de quienes comentan esa gesta. Es fácil que no se les entienda y que no sea sencillo dispensar sentido a su acción.

Da igual: los tipos verdaderamente destructivos no se arrepienten ni se empeñan en explicarse, porque saben que no les dañan ni su conciencia moral ni los malentendidos, y son los otros, sus espectadores, quienes se apresurarán a dotar de significado a aquello que no lo tiene.

Simplemente, a los humanos corrientes nos cuesta concebir que el mal pueda ser arbitrario, que pueda realizarse de manera gratuita, expresiva, creativa incluso.

Llama la atención lo poco que se conmueven por la violencia ejercida. Pero no menos sorprendente es el reducido número de esos malhechores que se suicidan después de examinar y contemplar su desastrosa vida.

Tal vez, porque, como concluyera Walter Benjamin, el carácter destructivo, acorazado, persistente y hasta incurable, “no vive del sentimiento de que la vida es valiosa, sino del sentimiento de que el suicidio no merece la pena”.

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Fotografía: LLUIS GENE / AFP)

La Fiesta de la Raza y otras penalidades

Miguel de Unamuno siempre desconfió de las fiestas patrióticas. Le parecían días de exaltación comunal y política, jornadas febriles.

Le parecían días concebidos para amansar o soliviantar a las masas, para hacerlas copartícipes de ideales unitarios, algo indigestible para un individualista como él.

A su juicio, las fiestas colectivas no son más que “grotescas solemnidades oficiales y oficiosas”. Entre ellas, el 12 de octubre, fecha que siempre le provocará rechazo.

Para él, el 12 de octubre es “fiesta ritual y ridícula”, una exaltación que empieza por ley de 15 de junio de 1918 llamándose Fiesta de la Raza (luego Día de la Raza) y que “mejor habría estado llamarla la fiesta de la lengua”.

Eso dice Unamuno en un artículo casi coetáneo, fechado en 1919. “Pero ni lo uno, ni lo otro. Y en esa fiesta volvió a fluir la garrula vaciedad del iberoamericanismo oficioso”.

En dicho artículo, tras el Desastre del 98 y las aventuras africanas igualmente desastrosas, deplora el sesgo neocolonialista de esta celebración.

Le molesta sobremanera la apelación retórica y nacionalista de la España imperial.

“Convendría acabar con este equívoco de la raza, o darle un sentido histórico y humano, no naturalístico y animal”.

En los años treinta —nos recuerdan Colette y Jean-Claude Rabaté, biógrafos de Unamuno—, se opone a la propaganda extrema de “los llamados racistas o nacionalistas ciento por ciento”.

Don Miguel denuncia la deriva xenófoba de esta conmemoración y el uso político que se hace de ella. Lo había adelantado en 1919 y lo repetirá en distintas ocasiones.

“Y hoy me siento obligado a insistir en ello, en vista de la exasperada barbarie –⁠mejor salvajería⁠– que el tal racismo alcanza, especialmente en Alemania”, precisa Unamuno en mil novecientos treinta y tantos.

“¿Pues qué sino salvajería es todo eso de los arios y de la svástica o cruz gamada, que es todo lo contrario de la cruz universal cristiana? ¿Qué, sino salvajería es la persecución a los judíos?”

En cualquier caso, dicen Colette y Jean-Claude Rabaté, Unamuno no deja de subrayar el significado conservador de las conmemoraciones del 12 de octubre, una celebración ”tan inventada como las nociones de fiesta y hasta de raza”.

No obstante, el 12 de octubre de 1936 estará presente en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca.

Irá forzado, con renuencia, sin voluntad de hablar. Por primera, única y última vez recibe el encargo como Rector de presidir el acto literario.

No es cualquier cosa: lo preside en calidad de representante del general Franco.

Ya ha sido designado como Generalísimo y Jefe del Estado y ya ha establecido su Cuartel General en Salamanca.

Unamuno está obligado a pagar ese peaje, a asistir a una celebración en la que no cree y contra la que ha despotricado lo largo de los años.

¿ Y por qué está forzado a acudir? Por su desgraciada adhesión al levantamiento del 18 de julio.

¿Y qué pasa ese 12 de octubre de 1936?

Con habilidad cinematográfica, con imaginación y con fidelidad histórica, Alejandro Amenabar recrea en Mientras dure la guerra (2019) aquel acto.

Recrea la intervención de Unamuno y la reacción atrabiliaria de José Millán-Astray. Recrea este episodio y otras penalidades. Punto y aparte.

El martes 15 de octubre de 2019, a las 18:30, reviviremos esos hechos. ¿Dónde? En los cines Babel de València, en el Cine-Club que dirige Manuel de la Fuente.

Manuel ha tenido la amabilidad de invitarme al acto para presentar la película y para abrir el diálogo posterior con los espectadores allí presentes.

Les espero. Por mi parte, será la cuarta vez que vea el film…