«Space Oddity». Cincuenta años ya

Episodio o anécdota del espacio. Ésa sería la traducción literal de «Space Oddity», que no «Space Odyssey».

Lo que se nos detalla es un hecho acaecido a un astronauta (o padecido por un astronauta): el Comandante Tom, el ‘Major Tom’…

Bowie confesó alguna vez que la canción se le ocurrió casi de repente, de improviso. ¿Cuándo?

Como era previsible: después de haber visto 2001: A Space Odyssey (1969), de Stanley Kubrick. Este film ahora nos puede parecer obvio o incluso ampuloso.

Cuando se concibió y se estrenó 2001: A Space Odyssey, el mundo apenas era espacial. Apenas era un dominio extralunar. Nada de lo que acontecía era corriente.

La aventura espacial había sido anunciada por John F. Jennedy a comienzos de los sesenta. Cuando acaba la década, el trastorno es morrocotudo.

«Fui a ver la película puesto hasta las cejas y me dejó alucinado, sobre todo la parte del viaje.»

Justo cuando Dave pierde toda referencia, todo control. Justo cuando una expresión flamígera aturde al viajero. Justo cuando el más allá es una meta accesible y hasta desconcertante.

https://justoserna.com/2018/07/09/2001-futuro-pasado/

Esta pieza, «Space Oddity», era la primera que David Bowie concebía sin un empeño deliberado. Sin un gran esfuerzo. Al menos consciente.

Era la primera canción, resto de las tradiciones canoras y sonoras, en que no trataba de copiar o imitar a otros, antepasados o contemporáneos.

En esta pieza hubo varios asuntos que le despertaron el interés y que aún hoy nos siguen llamando la atención:

-la sencilla melodía (no aturdamos a los oyentes);

-la sencilla letra (no aturdamos a los lectores y literatos);

El estado de confusión y enajenación que desprende «Space Oddity» ha provocado todo tipo de exámenes y de especulaciones.

Se ha hablado de la heroína. La heroína como origen de la pieza y de la pureza estilística. Dejemos este asunto.

Semanas antes de su publicación, alguien del entorno de Bowie había enviado una demo de «Space Oddity» a George Martin, el productor de The Beatles, quizá con la esperanza de que aceptara examinar una pieza de Bowie.

¿Qué era la canción? Sólo un episodio deprimente, una historia tristísima sobre un individuo desnortado, absolutamente perdido en el espacio exterior, un hombre que muere en el más allá, precisamente.

Tras el aterrizaje de la misión Apollo en la Luna, «Space Oddity» se abrió paso en las listas del Gran Bretaña.

Tampoco será gran cosa: llegará al número 48 en septiembre de 1969, para luego desaparecer.

Muchos años después aquí estamos.

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Sergio del Molino

Las observaciones del paseante solitario

Lugares fuera de sitio (2019) es un ensayo diletante y erudito que debemos a Sergio del Molino. Es también un relato histórico y periodístico en el que el cronista es parte de la misma crónica. Es y no es un libro de viajes.

Es diletante —ya digo— por ser obra amena de observación aguda. Lo ameno no está reñido con lo profundo.

Es erudito —insisto en este adjetivo— por las copiosas lecturas y entrevistas en que se fundamenta: vamos, horas y horas de trabajo de campo y documentación.

Digo que ‘debemos’ a Sergio del Molino este ensayo no sólo por la frase hecha de la que me valgo, sino por el entretenimiento y conocimiento que nos procura.

Al menos a mí me ha hecho pasar horas de felicidad. Y de voracidad que iba saciando con nutrientes de grandes calidades. Reparte su saber a manos llenas.

En este libro, el autor habla de una España desencajada, que no invertebrada o desmembrada o vacía. Habla de espacios hispánicos o parahispánicos que han quedado —o parece que han quedado— fuera de su demarcación ‘natural’.

Habla de sitios localizados en territorios de los que de antemano no hay vínculos. Entre otros, me refiero a provincias dislocadas, a ciudades de frontera, a comarcas en la raya y amalgamadas. A Ceuta, Melilla, Olivenza, pongamos por caso.

Pero también, por ejemplo, menciona y examina enclaves administrativos en principio incongruentes: el burgalense Condado de Treviño en la provincia de Álava, el valenciano Rincón de Ademuz en Teruel, etcétera, etcétera.

Son unos sitios que están en donde no deberían estar, al menos por lógica o por historia, por fuerza o por necesidad. Si lo están, parece obra del azar o del capricho.

Son, pues, espacios de difícil encaje y sobre todo incómodos para los amantes de la homogeneidad, de la unidad espacial y de la identidad étnica. Para los nostálgicos de lo absoluto.

Pero Sergio del Molino habla también de aquellos otros países, micropaíses, paisitos, con ejecutivo propio que están en territorio peninsular. O en la “piel de toro”: concretamente, Gibraltar y Andorra.

Hay muchos otros apartados que el autor dedica a diferentes lugares. En cada página hay lucidez, sintaxis precisa, información sorprendente y lecciones nada pedantes.

Ahora bien, los capítulos de Gibraltar y Andorra son memorables. En ellos se condensan las virtudes de Del Molino como cronista: voluntad de saber, ironía y distancia, respeto y humor, etcétera. Y, sobre todo, una prosa ágil, bien medida: la frase elaborada con mimo, con ganas de transmitir y de persuadir.

Podría pasarme horas glosando un libro que he disfrutado, pero lo que prefiero es que ustedes lo lean. ¿Quién no tiene experiencia o vivencias que contar de Andorra? ¿Quién no ha sentido atracción o repulsa por la colonia británica? Descubrirán cosas de fábula.

Sergio del Molino viaja con nosotros o, mejor, para nosotros, se documenta y, de paso, nos lo cuenta con humor, riéndose de sí mismo, con no poco sarcasmo personal.

Yo no les voy a añadir nada más. Y eso que, si me tiran de la lengua, podríamos extendernos, por ejemplo, en un par de asuntos: la división provincial de Javier de Burgos y el País Valenciano imaginado y, por tanto, imaginario que ideó Joan Fuster. Lo dejaremos para otra ocasión.

Aprovechen y léanlo. Abrirán sus mentes. Se carcajearán. Abandonarán itinerarios previsibles, destinos familiares. Y de paso mejorarán el dominio de su prosa.

Hay tanto que decir…

Por qué adoro ‘Viaje al centro de la tierra’

Viaje al centro de la tierra (1864). El principio de esta novela de Julio Verne no puede ser más corriente. Reproduce una circunstancia de la vida ordinaria en pleno siglo XIX.

Estamos en domingo, el 24 de mayo de 1863. Un profesor convive con su sobrino. La sirvienta se dispone a preparar el almuerzo de ambos.

Una situación normal, vulgar y masculina. Tío y sobrino viven juntos.

En la historia efectiva del Ochocientos, en el mundo burgués del siglo XIX, eso no era infrecuente.

El servicio doméstico se ocupaba de los menesteres cotidianos y los hombres de la casa, en este caso solteros, protagonizaban la vida pública, con resuelto dominio, con determinación viril.

El primero de los personajes es Otto Lidenbrock, un afamado profesor de mineralogía, alguien con experiencia y reconocimiento.

El segundo, un joven que está empezando, es el narrador de la historia: pariente, ya digo, de Lidenbrock y a su vez novio de Graüben, ahijada del profesor.

Ese esquema es muy frecuente en las novelas de aquel tiempo: el hombre maduro que guía al muchacho, el preceptor que instruye al atolondrado chico.

El mundo siempre es un lugar peligroso, inhóspito, lleno de asechanzas y riesgos, un sitio incluso infernal: una caldera a punto de estallar.

Que crezcamos en compañía honesta, a la sombra de parientes tutelares, es ventajoso y es una forma de cultivar la virtud, de despertarla. O al menos de favorecer el aprendizaje, la experiencia recta de las cosas.

Por eso, en estas novelas, es tan eficaz darle la voz narrativa y la perspectiva al joven: es una manera de descubrir el mundo, de consignar los tropiezos que tendrá y de precisar las enseñanzas que lo mejorarán.

El tío, en este caso Lidenbrock, puede ejercer de consejero, de maestro; el sobrino desempeña el papel de asombrado observador y discípulo.

Es una relación moral que podemos remontar a la cultura clásica de la Antigüedad, cuando Mentor se ocupa de tutelar al impetuoso Telémaco, hijo de Ulises.

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Los jóvenes suelen ser exaltados e inexpertos, carecen de conocimientos y se dejan llevar por sus emociones. En cambio, los adultos que los guían son templados, moderan los arrebatos de sus pupilos.

¿Moderan los arrebatos de los pupilos? En la novela de Verne, al menos al principio, parece ocurrir lo contrario.

El joven es un tipo sosegado, sensatísimo y, por los indicios, es el tío quien parece un individuo de carácter nervioso o irascible, alguien que no tolera demoras o desórdenes. Es un científico obsesivo.

Si lo pensamos bien, la circunstancia lo justifica. ¿De qué va la historia de Verne? Del viaje al centro de la Tierra, meta antigua e inabordable: lo más parecido al descenso al Averno.

Por supuesto, la ciencia no ha confirmado las fantasiosas conjeturas del novelista. ¿Nos vamos a lamentar?

El profesor Lidenbrock ha descubierto un escrito cifrado, el garabato de un viejo erudito islandés.

En ese mensaje, Arne Saknussemm, que es un alquimista, dice haber llegado al mismo centro de la Tierra. ¿Podemos imaginar la inquietud que esto puede provocar en el lector, en nosotros mismos?

El efecto de una novela se consigue cuando el autor consigue vencer nuestra incredulidad, cuando derriba nuestras defensas.

Nos dejamos llevar, nos dejamos persuadir, concediendo verosimilitud a lo que el novelista nos cuenta.

Verne es especialista en ello: a sus primeros lectores y a nosotros aún nos convence.

Sabemos que la ciencia ha adelantado una barbaridad y que no podemos pretextar ignorancia, pero el encanto de Verne en esta novela es insuperable.

Nos referimos al viaje iniciático, a ese ‘descensus ad inferos’. Seguimos emocionándonos con ese periplo increíble.

¿Cuántas veces lo habremos leído? ¿Cuántas veces lo habremos contemplado en la pantalla? En versión de Henry Levin o en la de Juan Piquer Simon.

Siempre vemos a James Mason protagonizando este épico descenso al interior del globo terrestre.

Y siempre recordamos al guía islandés, Hans. Nos estremecemos cada vez que acompañamos al grupo.

Es cierto: vamos bien equipados, bien pertrechados. Llevamos armas, víveres y un botiquín de primeros auxilios.

Jules Verne

Pero los seres humanos están indefensos siempre ante el ataque de la Naturaleza o ante la embestida de lo ignoto.

Puedes ser joven o anciano: el miedo reaparece. Necesitamos temple y coraje, un valor que no se aprende: se tiene.

¿Imaginan qué se siente cuando ingresamos por la boca de un volcán en Islandia? Nosotros lo sabemos: el cráter nos traga, nos absorbe y el fuego primordial puede carbonizarnos para siempre.

¿Imaginan qué sentimos cuando nos acechan peligros primitivos, mesozoicos, en un tránsito que es penoso y prometedor? Nosotros lo hemos experimentado.

¿Por qué me seduce tanto esta novela de Verne?

Descendemos. Se supone que la temperatura aumentará conforme nos adentremos, conforme nos acerquemos a ese infierno terrestre.

¿Es así? El corazón de las tinieblas es el principio de la humanidad, lo más bajo, lo más profundo, lo enterrado.

¿Qué podemos producir al airear lo estancado, al exhumar lo sedimentado? No tardaremos en volver a leerla.

No tardaremos en volver a ingresar en la boca del lobo, en ese fondo oscuro del alma, tan negro como un tizón.

El artista anteriormente llamado Camilo Sesto

Hace tiempo, en 2016, en uno de esos días gandules que de cuando en cuando me consiento, me vi haciendo zapping. Y fui a parar al programa de María Teresa Campos, que por entonces se emitía.

Por si lo ignoran, les informaré de que dicha emisión es o era básicamente una práctica semanal de nostalgia, la rehabilitación ruinosa y ruidosa de un pasado ya desaparecido, ajeno a lo real.

En la pantalla, viejas glorias reaparecen, algunas para tener sus últimos quince minutos de gloria; y otras para que se les dé la oportunidad que nunca tuvieron; la de actuar en televisión en horario de máxima audiencia.

Y todo ello encabezado por figuras clásicas del periodismo cordial: María Teresa y su amado Bigote Arrocet, su aún prometedora hija Terelu, de la que esperamos momentos de gloria venidera.

Hasta ese instante, yo tenía anclajes, un sitio fijo en el que aguardar pacientemente la muerte: el salón-comedor de mi vivienda. Ya no. Anda todo muy trastornado. Un chasquido del televisor me sacó del ensimismamiento

Fue entonces cuando lo vi, sí. Vi aquello que recordaba a remotamente a Camilo Sesto. Vi su rostro, vi la rigidez facial, vi la inexpresividad de su mirada, vi el parecido con Bárbara Rey, con Carmen Lomana, etcétera.

El botóx hermana a estas grandes estrellas de la farándula: el tóxico hace que se solapen sus rostros y hace se hinchen sus carrillos.

Y todo ello…, para hacernos creer que no pasa el tiempo (ese tiempo tan feliz que milagrosamente se conserva), y todo ello para decirnos que la vida les ha respetado.

Fue en ese momento, en un instante de descuido y abandono, cuando lo volví a ver. Ningún humano me rodeaba y, por tanto, nadie podía confirmar la epifanía, el descubrimiento; nadie podía agarrarme por la polla, nadie podía pellizcarme o aplicarme unos primeros auxilios.

Sólo Teo bostezaba mientras contemplaba la pequeña pantalla. Sentí una gravedad profunda, metafísica, ante las grandes preguntas que se formula el ser humano en soledad.

Bajé el volumen hasta silenciar la voz. El efecto fue aún mayor y hasta terrorífico: tenía la impresión de estar contemplando una figura toscamente acabada de un museo de cera. El miedo aumentó.

Desde pequeñito he padecido terror y sudores fríos ante la sola mención del Museo londinense, la sede londinense, de Madame Tussaud.

Lo he visitado de adulto (a pesar del precio disuasorio de sus entradas, a pesar de su demente precio), pero el espanto continúa.

Las figuras son replicantes con vida que simplemente disimulan. O fantasmas, según dicta la tradición gótica fijada por la Productora Hammer.

Puedo fantasear con lo que sucede: desentumecen sus músculos cuando los últimos parroquianos abandonamos las salas. Se reparan sus rostros, se quitan el polvo o la nube de caspa.

Entonces, la pregunta que yo me planteo es: ¿de qué museo de los horrores ha salido la réplica de Camilo Sesto que yo estoy viendo?¿Del museo de Madrid, en donde compartiría techo con Leonorin, la hija de los reyes?

Hay un día en la vida de un varón adulto en que se queda sorprendido y disgustado: se pasa toda la existencia alejándose del progenitor, de su rostro antipático o previsible, para descubrir que la cuarentena le ha devuelto su cara. Es la que se refleja en el espejo del baño.

¿Qué rostro se refleja en el espejo del artista anteriormente llamado Camilo Sesto? ¿Carmen Lomana? Pero Carmen Lomana es una réplica de un modelo arruinado por el bótox..

¿Entonces dónde está el vocalista de ‘Melina’? ¿Quizá escondido bajo una capa de sedimentos, de desechos, de restos de mamut y de piel muerta?

En 2016 se cumplían los primeros setenta años de su vida, y María Teresa y Terelu lo festejaban. ¿Hay algo que celebrar?

Recuerdo cuando yo era adolescente. Un día, sólo un día, supe con claridad a quién deseaba parecerme.

Yo quería ser como Camilo: guapo, sensible, con ese pelazo, con ese lirismo cursilón que tanto enamoraba a mis brevísimas novias.

Ya sé, pues, cuál es el porvenir que me espera de aquí a unos años: acudir como público al programa de las Campos, justo el día en que regrese el artista anteriormente llamado Camilo Sesto.

Rule Britannia?

Justo Serna, Cartelera Turia, 28 de junio al 4 de julio de 2019.

Ocurrió en junio de 2016: el Reino Unido se disponía a abandonar la Unión Europea. Los resultados lo confirmaron para su desgracia y la nuestra.

Sabemos que no les va a resultar fácil dejar la Europa cultural a la que pertenecen. A pesar de sus insularidades, los británicos no podrán deshacerse del Continente.

Y nosotros no podremos renunciar a esos europeos que nacieron allí. Entre otros, Locke, Dickens, Stevenson, Conan Doyle.

Han pasado tres años y aún no hemos asimilado tan desastrosa noticia. Los Estados cultivan lo que Freud llamó el narcisismo de las pequeñas diferencias.

En Gran Bretaña las cultivaban con esmero, pero hasta hace poco era más una excentricidad simpática: ahora estos toscos narcisistas lo han alentado hasta el paroxismo.

La insularidad, el odio a Bruselas, la tradición del inglés nacido libre y otras excusas las han propalado los partidarios del Brexit… La gente vota por experiencia y por expectativa. Y por las mentiras.

Chairman’s Reception in honour of Professor Dahrendorf. First viewing of his portrait (1984).

Cuando me enteré de los resultados, ese mismo día leí y releí a Ralf Dahrendorf. Este angloalemán siempre me ha sido una prescripción muy saludable que me he administrado durante años.

Dahrendorf era un político y un politólogo, pero era sobre todo un lector de filosofía, de filología, de sociología. Y autor de libros enérgicos.

El que leí aquellos días de junio fue La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria, publicado en 2009, el mismo año de su muerte.

Era un pensador que vivió el liberalismo sin tentaciones sectarias. Fue alemán e inglés y supo hacer compatible su nacimiento y el destino europeo por el que finalmente optó: Gran Bretaña.

En ese libro, el autor celebra el coraje de algunos pensadores europeos, libres, virtuosos, erasmistas: el de quienes supieron defender la propia opinión; el de quienes supieron escuchar; el de quienes supieron hacer autocrítica; el de quienes supieron observar con compromiso y distancia.

Los pensadores libres no se sienten fuertes por pertenecer a una cofradía más o menos multitudinaria. Pueden vivir en soledad.

Alguien así es “capaz de no dejarse apartar del propio rumbo aun en el caso de que uno se quede solo, estar dispuesto a vivir con las contradicciones y los conflictos del mundo humano, tener la disciplina de un espectador comprometido” con la razón.

Hoy, años después, con un punto de rabia, releeré páginas de un gran inglés nacido alemán. Leeré en voz alta, bien alta, a Sir Ralf Dahrendorf.

El portento de Ramón Eder

Hace un año, en junio o julio de 2018 leí con fervor el nuevo libro de Ramón Eder, el que entonces era su último libro. Días atrás regresé a sus páginas. ¿Su título? Palmeras solitarias. Es, cómo no, un volumen de aforismos, el género chico por antonomasia, el género de las menudas agudezas, del que es maestro Eder.

La metáfora de dicho rótulo alude a lo milagroso, a lo excepcional. Vamos caminando, cabizbajos o pensativos, sobre una superficie árida. Pongamos por caso. De repente, en ese desierto o erial por el que discurrimos, nos tropezamos con unas insólitas palmeras.

No las esperábamos y menos aún si marchábamos con la cabeza gacha. Ahí están, sí, quién lo diría. Es portento imprevisto, pues han crecido como por ensalmo o por arte de magia o por arte de birlibirloque.

Francamente, uno se pregunta cómo es que se da ese prodigio. No hablo del Palmeral de Elche, por ejemplo, un bosque urbano que es fruto feraz del ingenio, de la domesticación humana.

No. Aludo a ese otro producto extraordinario de la naturaleza que no es cantidad, ni número, sino chiripa. De improviso nos las vemos con un árbol que de manera incongruente se yergue en solitario. El asunto tiene mucho mérito.

La ciencia lo puede explicar sin magia o encantamiento, por supuesto, pero para nosotros, paseantes despistados, esas pocas palmeras tienen algo de prodigio.

El libro de Ramón Eder lo publica la Editorial Renacimiento. Ya anuncio que lo volveré a leer entero o aforísticamente. Ya anuncio que el deleite que procura es tal que me digo: ea, volvamos a sus páginas.

Sus aforismos son sabiduría burlesca y epicúrea, tienen algo de gravedad y un tantico de felicidad y alegría. Todo a un tiempo.

Eder procura deleite, digo, y bienestar: sus páginas encierran en esbozo un gran tratado doctrinal, una enciclopedia de la vida buena. Pero en pequeñas cantidades o en entradas breves, claro.

Lo que puede ser tóxico tomado en grandes buches, incluso muy empachoso o dañino, disfrutado así, en las moderadas dosis que nos suministra el autor, es ricura para el paladar. O para el espíritu.

Tras cada aforismo de Eder hay inteligencia y hay un libro potencial, un ensayo embrionario de ética, un estudio posible de la conducta humana o un manual de supervivencia en situaciones extremas. Lo que es la vida, vaya.

Ustedes querrán, claro, que yo reproduzca aquí varios de esos textos, algunas de esas agudezas de su ingenio. Pues no. Estas cosas cuestan dinero.

Si Eder quiere incluir aquí algunos de sus aforismos, me comprometo a glosar su letra sin arruinarlos (eso espero), pero no me pidan que hurte y regale lo que el autor libra a manos llenas: fórmula breve, periodo económico, brillo expresivo, enseñanza moral y un español recio que, oigan, da gusto.

Feliz 4 de Julio, Jack Torrance

Uno. Jack Torrance y familia guardan el Overlook Hotel en la estación invernal. Esta tarea forma parte de un acuerdo que les reportará estancia, manutención y estipendio.

Resulta un buen retiro, un lugar apartado entre escarpadas montañas. Idóneo para el escritor Torrance, que aspira a acabar su novela.

Está atravesando una mala racha y ese trabajo le permitirá muchas horas libres, horas de recogimiento. Su esposa y su hijo serán sus perfectos acompañantes: discretos y respetuosos con el trabajo de papá.

No hay nadie más. Están solos en la alta montaña. El paraje es sublime y asfixiante: un bosque feraz con arbolado centenario que sencillamente produce vértigo al ser humano.

Observando esos paisajes tan frondosos nos hacemos conscientes de nuestra insignificancia.

La familia Torrance estará sola en sus tareas de custodia y vigilancia durante meses y meses. Sola…, con sus ecos, sus conversaciones escasas y entrecortadas, con sus malestares y fantasmas.

Mejor dicho, los fantasmas de Jack: el pasado, la sequía creativa, la demencia, la soledad, las expectativas que una y otra vez incumple, el fracaso de la convivencia, la crisis de una madurez incompleta. Ay, estos varones adultos…

El escritor padece, sí, una sequía creativa, un vacío que no puede colmar. Deambula por los corredores del establecimiento, sin parroquianos actuales con los que cruzar palabra, con los que departir.

Los pasillos del Overlook Hotel los distinguimos con un punto de vista subjetivo, con una perspectiva que asfixia y con un enfoque que permite apreciar la luz cenital.

Hay silencio y hay aparecidos, quizá visiones, malestares causados por viejas sevicias, crueldades por las que nunca se pagó. Litros y litros de sangre que se desparraman anegando corredores y descansillos. La sangre de los vivos.

Cuando Jack Torrance se aturde con el alcohol o, incluso antes, mantiene conversaciones etílicas con un barman obsequioso que luce una brecha en el cráneo.

También tiene tratos con parroquianos de otros tiempos, gentes físicamente arruinadas que sobreviven como espectros. ¿Fantasmas de una imaginación perturbada? ¿Seres a los que se les infligió todo tipo de crueldades?

Torrance también tiene una brecha en el cráneo, una fractura invisible que no sangra ni se coagula, una fisura por donde se le cuela un pasado violento que jamás vivió.

O eso cree. Pasea, se detiene en el gran salón. Oye música, oye la charla remota e insustancial de los hospedados antiguos. Parece haber animación.

Pero… el Overlook Hotel no alberga a nadie. ¿Qué contrariedades anímicas padece el escritor, el guardián? ¿O es que acaso Jack experimenta una regresión, un salto temporal que le hace distinguir lo que propiamente no puede ver? De momento no hay respuesta.

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Dos. ¿Por qué nos fascina tanto El resplandor (1980)? Cuando se estrenó, muchos críticos cinematográficos la vapulearon.

Sin embargo, Stanley Kubrick supo construir la metáfora de nuestro tiempo a partir de una novela corriente de Stephen King.

Recuerdo el rencor que yo sentía hacia los críticos que con soberbia desechaban este film. El tiempo la ha agigantado y la angustia de Torrance es nuestra angustia.

Una ubicación paradisíaca, un territorio propio y un lujo material no garantizan la creatividad y el éxito. Torrance espera triunfar, pero es un pobre diablo, un tipo que está solo, aislado.

No es nada: le faltan relaciones y las pocas que tiene (su familia) están dañadas por espectros que regresan. De hecho, no está claro que sean espectros; como no está claro que Torrance permanezca en el presente.

Es alguien que vive en una ensoñación. O en algo peor: en una pesadilla. Vive en su interior desolado.

El lugar tiene resonancias pretéritas, imágenes de otros tiempos de esplendor. Como ese Baile del 4 de Julio.

El hotel es como un balneario concebido para morir lujosamente. La vida allí no es vida. ¿Cuándo lo fue? Lo único que queda son vestigios de otra época de cuya certeza desconfiamos.

El mundo no está allí. Aquello es un sitio perfecto que agosta el ánimo. En el jardín hay un laberinto óptimo, adecuado para perderse tontamente y para matarse con el frío y con la nieve.

Solo hay esperanza en el niño y en la madre, que luchan con sensatez y con los pies en el suelo. En cambio, el varón, los varones adultos somos, sí, muy decepcionantes.

Piltrafas que se creen dueños del futuro, gentecilla que hace daño sin calcular los efectos de lo que se propone o promueve. Quizá debamos reeducarnos.

Como dije tiempo atrás, no se aíslen. No cavilen. Salgan al exterior.

Feliz 4 de Julio.