Gianni Versace. Lo que significa ser moderno

Empecemos por dos o tres cosas archisabidas. De entrada, el adjetivo “moderno” es hoy una palabra frecuentísimamente empleada.

Aparece una y otra vez en el lenguaje corriente.

Se dice con buen tono y, en ocasiones, se dice con sentido derogatorio, peyorativo.

Por ejemplo, el moderno es el que está al día, un tipo que detecta el curso de los tiempos y de los cambios, incluso que se anticipa a esos cambios. Sobresale por encima de la media y de sus contemporáneos.

Pero moderno tiene también una acepción más negativa: se refiere al frívolo, al individuo ligero o ligerísimo, poco definido o poco consistente; se refiere a aquel que está demasiado atento a la moda o que se deja llevar o arrastrar por la moda.

En los medios de comunicación y en las conversaciones vulgares, ambos registros son habituales. Me propongo precisar sucinta y modestamente qué es ser moderno, qué es la modernidad y qué es el modernismo.

La primera, la modernidad, es un estado de la sociedad y de la concepción de la sociedad. Define un periodo de tiempo que abarca desde el siglo XV hasta el Novecientos.

Modernidad alude al individuo, al humanismo, al racionalismo, al empirismo, a la ciencia nueva, a la ilustración, a las luces, al progreso material.

Alude a aquella sociedad en que son posibles el discernimiento, el pensamiento y la habilidad humana.

El individuo, sólo o en compañía de otros, es capaz de enfrentar todos los obstáculos, capaz de superar todas las dificultades, haciendo uso para ello de la técnica, de la ciencia aplicada a la resolución de problemas. El Progreso es su idea seminal.

El modernismo, por el contrario, es un fenómeno estético que comienza a manifestarse a comienzos del siglo XX.

Alude a la creación, a las artes, a la cultura. Alude a la relación que se establece entre el creador y sus públicos.

Alude a la relación convulsa que se da o puede darse entre quien materializa y quien recibe, entre quien carga con la tradición y la disuelve para producir algo nuevo, insólito o inaudito.

Como indicaba, la modernidad corresponde exactamente a los tiempos modernos (como la propia reiteración cronología indica).Es decir, al mundo del humanismo y de los descubrimientos, al mundo de la ciencia y de la filosofía.

El modernismo, por el contrario, es la revolución artística que se opera a principios del Novecientos.

Pone en cuestión y en crisis el adornamiento y el adocenamiento burgueses, la función meramente ornamental de las artes, la recepción conservadora y la descodificación convencional de la producción estética.

Regresemos al lenguaje vulgar de nuestros días. Empleamos el adjetivo moderno con mucha liberalidad y solemos asociarlo a lo novedoso, al cambio, a lo que creemos distinto y llamativo.

Por ejemplo, tildamos de modernos ciertos espectáculos o cierto cine. Tipificamos como tal esos escritos que llamamos literatura moderna.

Y, ya puestos, identificamos como propiamente modernos, gentes que por su indumentaria, por sus actitudes, por sus gestos o por sus ideas son reconocidos como tales. Llaman la atención, aunque sin pasarse…

Decir de uno que es moderno es señalarlo como avanzado, un adelantado, probablemente porque sus contemporáneos (modernidad) o su público (modernismo) no acaban de congeniar con las ideas, los planes, los proyectos o las creaciones del moderno.

Posiblemente porque sus coetáneos no acaban de aceptar el reto pequeño o grande que el moderno propone, es por lo que en cierto modo incomoda.

Al menos cuesta incorporarlo y adivinar qué pretende o qué nos plantea o que nos ofrece o cuáles son las consecuencias.

Por tanto, ¿a quién me refiero cuando hablo de moderno? A alguien que vive con su tiempo y a la vez adelantándose a su tiempo; a alguien que vive al día y que vive sus días vertiginosamente, con aceleración, con premura, buscando provecho y satisfaciendo sus necesidades.

No es un desplazado, sino un tipo que ha sabido captar el espíritu de la época, un estado o un dato que las masas tardan algo más en avizorar.

Cuando hablo de moderno me refiero también a alguien que se exhibe con mayor o menor ostentación para así mostrarse y erigirse en pionero.

Me refiero a alguien que gasta, que consume con largueza para beneficiarse de las ofertas de su tiempo.

Me refiero, en fin, a alguien que detecta los síntomas o rasgos de su propia época para aprovecharlos, con el propósito de abastecerse de los recursos que esa misma era le proporciona.

Sin duda, ser moderno implica ser rompedor. Implica ser muy revolucionario, parcialmente o medianamente revolucionario en las formas.

Implica ser perturbador en las expresiones o en los contenidos de la creación, acción o enunciación. Implica sorprender al público municipal y espeso, a esos que se conforman.

Ser moderno implica, en fin, desconcertar en todo o en parte a quienes esperan lo previsible, lo acostumbrado de la acción, de la producción o de la creación. ¿Esperan lo previsible? ¿Qué cosa?

Las cosas que desean sin esfuerzo sus congéneres evidentes, esos individuos de comportamientos predecibles, de ropas corrientes, de ideas comunes que somos la mayoría.

Tener una idea común es repetir lo que ya está dicho una o mil veces. Es seguir la corriente. ¿Cuál es el beneficio? No granjearse el repudio de los iguales, de aquellos que se ciñen a lo tradicional o a lo convencional.

A comienzos del siglo XX, ser moderno implica rebasar el horizonte burgués. Estamos a principios del Novecientos.

Implica levantarse contra el orden y el buen gusto de los comerciantes, negociantes o industriales, esos públicos exactamente burgueses, adinerados pero amodorrados: propiamente burgueses, insisto.

A comienzos del siglo XX, ser moderno es romper con el embotamiento de los destinatarios convencionales, conservadores bien nutridos y poco o nada exigentes…

No me pregunten por qué, pero pensaba sobre estas cosas días atrás, justo cuando acaba a de ver ‘El asesinato de Gianni Versace’ (una serie de Netflix) y precisamente cuando estaba explicando en clase qué significa ser moderno.

‘The Assassination of Gianni Versace’ (2018) es la segunda temporada de ‘American Crime Story’ y es una correctisima miniserie de asesino múltiple.

Me interesan cada vez menos los ‘Serial Killers’, los psicópatas averiados de infancias tortuosas o inteligencias malignas. Me interesa cada vez más el tipo que no hace daño y que orgulloso y modesto se aúpa por encima del gusto adocenado. Versace era un moderno…

Los Ginzburg. Léxicos familiares

Ignacio Martínez de Pisón acaba de publicar un bello texto, un sentido artículo.

Se trata de una columna concebida con intriga y con finura (como de costumbre). En este caso, es una pieza periodística dedicada a la familia Ginzburg. Lo publica en La Vanguardia y lo titula así, limpia y sencillamente: ‘Los Ginzburg’.

Ignacio reconstruye con mano maestra una vicisitud aparentemente menor, la de un historiador y sus fuentes de inspiración, la de un investigador que aúna la observación rigurosa y el relato propiamente literario.

Me refiero, claro, a Carlo Ginzburg, perteneciente a una familia de judíos italianos de justificado prestigio, una familia integrada entre otros por una madre y un padre de gran celebridad intelectual: Natalia Ginzburg y Leone Ginzburg, ambos del círculo del Editor Einaudi.

Ignacio tiene la amabilidad de citar un libro, Microhistoria. Las narraciones de Carlo Ginzburg (Comares Ed.), del que somos autores Anaclet Pons y yo mismo.

Según admite, este volumen habría sido su fuente de inspiración para escribir el artículo y para así devolver actualidad a un apellido de tanto relieve en la Italia culta y refinada de la posguerra y de nuestro tiempo.

Sencillamente, es un honor para nosotros. Le estamos agradecidísimos. Como pueden comprender, resulta un motivo de felicidad que Ignacio Martínez de Pisón, un novelista de tanto talento, dedique unas palabras a nuestro volumen o que privadamente nos diga que nuestro libro es estupendo.

Como pueden comprender, resulta emocionante que esto lo sostenga Ignacio Martínez de Pisón, un prosista y un investigador de demostrada capacidad para recrear pequeñas historias, diminutos episodios que, bien contados, revelan la moralidad del mundo.

La historia y la novela no se oponen, si por tal se entiende la composición o la elaboración artística de la frase, del enunciado, del relato. La historia y la novela no son antónimos si por tal se entiende la reconstrucción narrativa y a la vez interpretativa de los hechos humanos que se han dado o que podrían haberse dado.

“Por ese libro”, dice Ignacio Martínez de Pisón refiriéndose a nuestro volumen y a su protagonista, “he sabido que la vocación de historiador se le despertó unida al interés por las víctimas de los procesos de la Inquisición y, en general, por los perseguidos, sobre los que inconscientemente proyectaba su propia condición de judío, fortalecida por la persecución de la que su familia había sido objeto” bajo el fascismo.

Qué quieren, Anaclet y yo mismo estamos agradecidísimos a Ignacio, a Ignacio Martínez de Pisón, un autor que no se deja impresionar fácilmente…

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https://www.lavanguardia.com/opinion/20190301/46760429561/los-ginzburg.html

microHistoria. Las narraciones de Carlo Ginzburg

Presentación

microHistoria. Las narraciones de Carlo Ginzburg

Llibreria Ramon Llull

Jueves 7 de marzo a las 19:30

Anaclet Pons y Justo Serna

Humanidad e inhumanidad

La microhistoria de José A. Vidal Castaño

[Escrito y publicado originariamente en 2013]

De José Antonio Vidal Castaño no había leído ningún libro hasta ahora mismo [2013]. Nadie es perfecto. Por eso, yo procuro mejorar mis conocimientos. No quiero que se me reproche ignorancia culpable. No quiero que se me pasen libros relevantes que merecen ser leídos. Y sería lamentable, sin duda, perderse el volumen de Vidal Castaño.

En las páginas de su libro hay investigación, estudio erudito del pasado, y hay relato, detalle de penalidades, examen de la conciencia histórica, evaluación de la vida y la muerte. Duele esa reconstrucción: lo que realiza José Antonio Vidal Castaño se asemeja al proceso que un juez riguroso haría con un episodio lamentable, con el espanto que produce saber que hubo compatriotas que fueron tratados de manera infrahumana.

Exiliados republicanos en Septfonds (1939) (Los libros de la Catarata, 2013) es un libro tristísimo y a la vez reparador. Se nos precisa lo que se hizo con los exiliados españoles que cruzaron la frontera en 1939; se nos cuenta qué pasó con aquellas gentes que fueron a parar a campos de internamiento franceses. Concretamente al que estaba en Septfonds. Allí fueron tratados de manera ambivalente. La Francia receptora temía una avalancha de españoles perseguidos, huidos. Muchos franceses acogían con humanidad a los derrotados.

En las páginas escritas por Vidal Castaño notamos la intemperie, el frío, el barro, la humedad, las enfermedades pulmonares, el hambre. Es la penuria extrema y es el dolor, el miedo. Francia pronto caerá tras la invasión nazi y ese hecho, la guerra europea que se extiende, agrava, agiganta la amenaza. En este libro de fino análisis y escritura suelta averiguamos historias particulares, casos propios de la microhistoria: no ejemplos, sino individuos con identidad propia que tienen habilidades y de debilidades.

El observador trata con mucho mimo y respeto el objeto de estudio, se vale de testimonios de supervivientes, de fuentes históricas varias… hasta dar con una caja de madera que contiene documentos personales de uno de los protagonistas: sus memorias, sus poemas, su cartas, etcétera. La historia se hace con documentos, sí, pero se hace sobre todo gracias a la mirada crítica del historiador, esa aguda observación de lo que parece normal y cotidiano. Hay que tener los ojos bien abiertos y hay que saber dar sentido a lo que en principio parece no tenerlo.

Las víctimas, los supervivientes, los descendientes estarán contentos con este libro. No es una exhumación, no es el simple traslados de huesos. Es una obra de reivindicación humana realizada con sobriedad, sin revanchismos. Quizá a Vidal Castaño le podría haber sido útil leer un libro sencillamente conmovedor y práctico que le recomiendo. Me refiero a ‘Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX’ (2001), de Jonathan Glover. Porque la historia de Vidal Castaño es una historia moral de 1939.

Frankenstein

Justo Serna, Cartelera Turia, 15-21 de febrero de 2019

¿Por qué todo tiene que terminar? ¿Por qué las cosas no funcionan tal como esperábamos o deseábamos?

Es célebre la ocurrencia: según decía un personaje de Woody Allen, la vida es una mierda y encima dura poco.

Pues eso, las cosas no marchan según lo previsto y para más inri se acaban pronto.

Por ello, para soportar mejor las injurias del tiempo, el envejecimiento, el dolor auténtico o supuesto, procuramos fortalecernos, defendernos.

A veces nos rendimos. En otras ocasiones buscamos paliativos que nos permitan aguantar.

O nos evadimos. O incluso nos aturdimos con licores, con estupefacientes, con narcóticos reales o imaginarios. O nos servimos de la imaginación.

La muerte es una amenaza perfectamente llevadera si no sabes la fecha o si te queda una eternidad de sesenta o setenta años por vivir.

Vayamos a un futuro aún remoto: a 2019. Los replicantes de ‘Blade Runner’ (1982), de Ridley Scott, saben su fecha de caducidad y muy justificadamente le exigen a su creador la prolongación de la vida, increíblemente corta, una crueldad que les resulta inexplicable.

Nexus 6 y sus compañeros no se andan con chiquitas siendo su reacción desesperada y violentísima: vengarse de su padre. Vengarse del progenitor.

Como se sabe, aquel film tan inspirador se basó parcialmente en la novela de Philip K. Dick ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?’ (1968).

Entre ovejas y replicantes, entre humanos u humanoides, siempre está el padre. En 1968 o en 1818.

Remontémonos ahora al siglo XIX precisamente, al mundo de Mary W. Shelley.

El monstruo, la criatura alumbrada por Victor, persigue a Frankenstein en todo momento y hasta el sitio más insólito.

La novelista Mary W. Shelley le hará hablar y le hará quejarse ante su creador. ¿Acaso por la escasa duración de su vida? No sólo o no exactamente.

En realidad, el monstruo se queja de eso: de haber sido creado como un monstruo y de la irresponsabilidad de Victor, que lo abandona y se desentiende. Otro padre al que exigir o reclamar…

Un día, ese ser constata que es una criatura feísima, repulsiva. ¿Cuándo?

Cuando los demás lo rechazan con horror ante su simple visión y cuando él mismo se ve reflejado.

La imagen especular no ofrece dudas: su rostro es un espanto de costurones y trozos de carne mal cosidos.

Pero, atención, cuando el monstruo confirma su fealdad, esto sólo puede ocurrir después de haber sido mirado por otros.

Podrá corroborar su aspecto repugnante a partir de un supuesto, de una idea recibida, de un criterio cultural que le permite distinguir lo bello de lo feo, lo normal de lo patológico.

Él ignoraba todo eso, pero rápidamente lo ha aprendido a causa del rechazo de que es objeto.

Es eso, ese criterio cultural, el que le faculta para juzgarse deplorando su horrible cara.

En cualquier caso se juzga con los valores del siglo XVIII, que es la época en que está ambientada la novela de Mary W. Shelly. ¿Y ya está? ¿Ya está todo aclarado en esa pieza inmortal? Pues no.

La novela es inagotable y el monstruo de Frankenstein tiene una eternidad de muchos siglos por vivir. No tiene fin precisamente.

¿Y nosotros? Nosotros, ay.

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De éstas y de otras cosas hablamos en el Aula de Historia Cultural, de la Llibreria Ramon Llull de Valencia. Son sesiones intensas, de trabajo y de mucha atención.

Carlo Ginzburg

Anaclet Pons y yo

Escribir y publicar con Anaclet Pons son sólo dos de las cosas que ambos hemos compartido desde hace años y años. Nuestra amistad, si mi colega me permite revelarlo, se remonta a muchas décadas atrás.

Éramos jovencitos que disfrutaban con lo que precisamente compartían. Se preguntarán a qué me refiero. Pues a la fraternidad, a la camaradería y a una lealtad indestructible.

Lo académico es sólo una parte de lo que nos decíamos y nos decimos o contamos. Precisamente, uno de los primeros y más perdurables hallazgos, uno de los descubrimientos que más nos entusiasmó fue El queso y los gusanos (edición original de 1976), de Carlo Ginzburg.

Pero, fuera de la Universidad, Pons y Serna somos eso: amigos, pura fraternidad. El libro microHistoria, del que Anaclet ahora da cuenta en su blog, es eso también: el disfrute compartido y la euforia del descubrimiento.

“….Microhistoria es un ensayo sobre el pasado. Lo pretérito es un repertorio de hechos ocurridos, pero también aquello que habiéndose concebido no se consumó.

El historiador estudia lo pretérito para averiguar qué hacían nuestros antepasados, pero también para saber qué hacemos ahora. Puede mirar a lo lejos y lo general, lo cercano y lo concreto.

Cuando estudia lo particular y lo próximo, el historiador es una suerte de entomólogo. Permítasenos esta metáfora: al examinar ese insecto descubre cosas del ser vivo, pero también de la colectividad a la que pertenece, de los instintos que lo gobiernan.

El ser humano no es un insecto, no es ese invertebrado. Ahora bien, vive en comunidades y con sus semejantes establece interacciones basadas en reglas o normas, o basadas en la voluntad, la deliberación. Lo enfocado a pequeña escala nos dice mucho del comportamiento humano.

Carlo Ginzburg es el afamado historiador italiano que mejor ha desarrollado esta hipótesis. Quizá es el investigador más influyente en las humanidades y en la historia. Ha estudiado objetos extraños, pero esas conductas humanas se desarrollan en contexto y en relación con comunidades más vastas.

Ha escrito libros de gran impacto (El queso y los gusanos) y su prosa envolvente, enigmática y a la vez clara nos atrapa. ¿Qué nos importa la cosmogonía de un molinero del siglo XVI, los hechos del aquelarre o la literatura de ficción?

Con la historia cultural que Ginzburg practica aprendemos de los antepasados corrientes o extraños. Y aprendemos acerca de nosotros mismos.

Somos seres rutinarios, pero somos también comparables, agentes de un mundo que no concebimos y no controlamos, tipos cuyos actos tienen significado para nosotros y para quienes nos observan o nos estudian tiempo después.

Carlo Ginzburg es un sabio. Nosotros somos enanos aupados a la espalda de un gigante”.

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Todo ello y más en nuestro libro microHistoria. Las narraciones de Carlo Ginzburg (Editorial Comares) y en el blog de Anaclet Pons:

https://clionauta.hypotheses.org/19419

Yo, pecador

Yo empecé a pecar conscientemente muy pronto. No eran faltas tontorronas o infantiles. Eran ya maldades de adulto, con una perversidad que a mí mismo me sorprendía. Me veía como un ser pecaminoso, malencarado, con ideas tóxicas. Con tentaciones insuperables.

¿Un ejemplo? Pues mentir a sabiendas, con determinación. Con maldad deliberada para confundir a mayores y familiares: para engañar a Dios, triste propósito. Vivía con la impresión de estar transgrediendo, de estar rebasando una línea muy nítida. Vivía con la impresión estar cerca de las calderas de Pedro Botero.

Recuerdo el día en que fui a ver ‘Peter Pan’ (1953), la película de Walt Disney. Era una sesión de tarde, la de las siete y pico de un sábado de mayo. Estábamos en 1967. A la hora de la cena, tras la proyección, regresamos a casa. Yo aún tenía siete años, cosa que vivía como una carencia. Sin embargo, mi querido primo, que me acompañó a aquella sesión cinematográfica, contaba un par más. Lo veía ya formado… Nos acostamos juntos. Sin malicia.

Poco antes de meternos entre sábanas, por alguna razón menor, insulté gravemente a mi primo, a mi querido primo. Le dije que era un imbécil o algo así. Sentí un estremecimiento: no hacía nada que me había confesado ante el cura en el mismo templo en el que iba a tomar la primera comunión al día siguiente. Era una de esas iglesias de los años sesenta, con audaces modernismos, con coros de jóvenes, con guitarras.

Como brotes de olivoooo…

Esa misma mañana del sábado, yo me había liberado de mis deslices, de mis maldades. Me sentía ligero y libre, algo imprescindible para acudir a tomar el cuerpo de Cristo. Eso sí, siempre te quedaba una duda (¿seré lo suficientemente manso y bueno?). Durante unas horas me sentí horro de culpa, ajeno al Infierno.

Aquel insulto, aquella vejación que infligí a mi primo, me llevaron a un camino de perdición. Ya no pude recuperar la confianza de Dios. Comulgué en pecado, sin sacudirme ese fardo, autor de un grave ultraje. Y mi alma, tan sombría, perdió toda honestidad.

Desde entonces sobrevivo con un malestar interior incurable. Vivo en deuda con mi primo y con Dios. A mi primo lo quiero mucho y nunca, pero nunca, le he revelado el peso de esta falta, algo de lo que él no es consciente. Trabaja animosamente, es un tipo entrañable y no ve la doblez de mi conducta.

A Dios ya no le profeso sentimiento alguno. Renuncié a él poco tiempo después de este episodio, justamente cuando empecé a descubrir mi cuerpo, cuando empece a rozar mi epidermis. Fue una gran decepción. Mi porte era escasamente musculoso, sin arreglo, y mi piel tenía y tiene (eso duele) unos pelillos que se ponen tiesos en los momentos más inorportunos: son el indicio de la lascivia.

Y así malvivo, arrastrándome en este lodazal, en el pecado, y pidiendo, sí, la excomunión. Desnudo, solo, infame. ¿Para qué? Para liberarme del peso de la culpa, diría un creyente. No, yo no soy creyente. Pido la excomunión por falta más grave: por haber mandado la Iglesia al Infierno.

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Job, Léon Bonnat (1880), Museo del Louvre, París.

http://chn.ge/1jKIMm0