Yo fui un niño bien armado

Los Reyes Magos

En una página memorable, Javier Marías dejó escrito algo muy pertinente: para conocer a una persona no hay como rebuscar en su cubo de basura. Lo diré con mis propias palabras: allí, en el fondo, en lo que se echa, están lo que hizo y aquello de lo que se deshizo, aquello que fue hecho y ahora ya sólo es desecho. 

No le quito la razón a Marías. Al menos no totalmente. Pero yo añadiría algo más o simplemente lo completaría: para conocer a una persona no hay como enumerar los juguetes recibidos el día de Reyes, cada día de Reyes, si es que la fortuna le ha permitido disfrutar de este privilegio infantil, luego prolongado en época adulta y ya descreída.

Cuando yo era niño –justo cuando apenas sobrepasaba los cuatro, los cinco, los seis años, etcétera–, Melchor, Gaspar y Baltasar fueron generosos conmigo. Los regalos con que me premiaban eran pocos pero decisivos. Me llegaban al corazón. Sus Majestades sabían muy bien cómo ganarme. Más tarde, al cumplir doce o trece años, los juguetes dejaron de ser el principal obsequio para ser reemplazados por libros y complementos (gafas de sol, cinturones, cosas así). Pero ésa es otra historia.

Conforme me fui haciendo mayor, los obsequios reflejaban apetencias masculinas, quién sabe, e influencias televisivas, perfectamente constatables: los juguetes destinados a los pequeños varones eran todos muy fálicos y viriles. Aunque yo no lo sabía. De todos modos, a pesar de esa monstruosa influencia, no creo haberme convertido en un ser depravado. Y eso que, por entonces, crecía con un constante sentimiento de culpa, algo normal en una respetable familia católica.

Por eso, cuando se acercaba la festividad de Reyes, siempre temía lo peor: vamos, el carbón y las reprimendas. Pero para mí sorpresa nada grave o irreparable sucedía. El resultado es chocante: desde fecha bien temprana me tenía por un pertinaz pecador, por un malevo, y sin embargo los regalos más anhelados me llegaban religiosa y puntualmente.

El caso es que fui agraciado con objetos, disfraces, aparatos y cacharros bien apetecidos. Entre el patrimonio que conseguí reunir había artículos de mucho aprecio y gran utilidad: de gran utilidad para un varón, dispuesto a desenvolverse en la vida práctica de nuestros días. Paso a enumerar dichos adminículos.

Un traje de romano, con pechera, con faldilla, con casco y con lo que parecía un penacho. Por supuesto, el uniforme se completaba con un sinfín de piezas, todas ellas de material plástico. La espada era esencial, claro, aunque algo blanda para mi gusto. A poco que la hincaras, se doblaba y te quedabas rozando al otro con la empuñadura. Me recuerdo por la calles principales de Catadau desfilando con paso marcial. Yo me mostraba orgulloso de mi indumentaria, aquel uniforme de infantería imperial. Todo un hombrecito.

Un tren de cuerda con locomotora y tres vagones. Era transporte de mercancías. El ferrocarril disponía de escaso tendido: debía montarlo siempre en círculo para así evitar su descarrilamiento en la mesa camilla. Es decir no podía hacer un recorrido elíptico, pongamos por caso. Le daba cuerda y me sentaba ante aquel prodigio menor. Veía lo que veía e imaginaba mucho más. Mayores portentos, vaya: trayectorias más excitantes, no el monótono discurrir de la locomotora, siempre dando vueltas. Alguna vez armé las vías sin formar el inevitable círculo. Por supuesto el trenéxito descarrilaba.

Un combinado de armas de fuego, todo un kit para bandolero o pistolero o cuatrero. Se componía de rifle Winchester de repetición con el añadido de un revolver, un Colt por supuesto, cargado con cinco falsas balas alojadas en la recámara. Los pistones detonaban. Por eso digo que eran armas de fuego. Los cañones del rifle y del revólver impresionaban. Eran como falos enhiestos. Pero eso lo pienso ahora.

Una metralleta de tambor que no disparaba munición alguna. Lucía bellísima y anacrónica. No disparaba tiros, ya digo, pero sus percutores funcionaban verosímilmente. Cuando accionabas el gatillo, inmeditabamemte provocabas un estrépito de sierras mecánicas a mayor o menor velocidad. Taca-taca-taca-taca-taca. Se supone que con el tacatá ese podías fulminar a todos tus enemigos. Por supuesto me imaginaba habitante del Chicago gansteril.

Un Campeón Ferrari Payá de grandes dimensiones. Era la envidia de mis contemporáneos o eso creía yo: salía con él y lo accionaba por la anchísima acera de la calle Molinell, en Valencia. Era un bólido rojo de mucho lucimiento que, sin ser bala, alcanzaba una dignísima velocidad. Bueno, no mucha, la verdad, por la pesadez de sus materiales. Pero su rojo bien bruñido y su finura simulaban un pene incipiente. Aunque yo no lo sabía.

Y, finalmente, a la edad de nueve años fui obsequiado con un rifle de perdigones. Lo he detallado en Españoles, Franco ha muerto (2015). Yo aún era un joven imberbe, un muchachito, cuando mi padre (luego lo supe) me regaló ese rifle de perdigones: un lujo accesible y bastante común entre los niños de entonces, entre los niños de 1969. Mi padre no era un monstruo, alguien partidario del belicismo o del armamentismo, no. Simplemente veía normal lo que entonces era común: hacerte un hombre con un rifle de perdigones, arma muy metafórica en una adolescencia a la que yo ya me precipitaba. 

Esto que les cuento no tiene moraleja belicista ni antibelicista. El contacto con aquel arsenal no me hizo más violento ni más agresivo. El dichoso arsenal fue todo a la basura, al cubo de basura que mencionaba Javier Marías, cosa que lamento ahora. 

Pero la espada, el Winchester o la metralleta de tambor me hicieron creer que de la guerra no se salía indemne, que salías herido, malherido o muerto. O me hicieron creeer que la vida era una contienda. En fin, que estoy hecho un lío. 

Alguien tendrá que venir a salvar a Soldado Serna.

Federico Trillo 

“Don Federico Trillo Figueroa es creyente y pecador. Es embajador en el Infierno, vale decir, en Londres. Su trabajo no es venial. Lo suyo son tareas de relumbrón: marciales, capitales, de corredor, de secreteo y de tapón. Lobo y lobista de mucho caudal y de mayor lucro: miembro del Opus y comandante de Dios. 

Viste atildado, como un señor rancio y rico. Se peina y se piensa con libidinosas ondas, tantas que su cabeza es una estrategia y un pelucón. Es abogado, pero podría sobrevivir ahogado: tantas son las faenas que a otro asfixiarían. 

Lo sabe todo de la política de corredor. Él es un doctor, doctor en derecho con Shakespeare. Fue su director de tesis, su maestro de ceremonias, Manuel Ángel Conejero, sabio atrabiliario y teatrero. De aquél, del gran dramaturgo inglés, le vienen la finura y la maldad, el cinismo y la crueldad. 

Federico Trillo seguirá siendo el tipo taimado, el odioso personaje que se cree shakesperiano. Progresa adecuadamente: ya alcanza a villano de segunda. Está cerca de Dios…”

Extracto de Justo Serna, Bestiario español. Semblanzas contemporáneas. Madrid, Huerga & Fierro, 2015.
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Vaya por Dios. Reflexión navideña

Feliz Navidad, amigos.

Reflexiones contra la religión. Así se titula el opúsculo de Mark Twain que Mario Muchnik tradujo hace un tiempo para la editorial Trama. En honor a las entrañables fiestas navideñas lo releo.

Es un bello y manejable panfleto contra los clérigos, su poder desmedido y sus falsos lenitivos. Es un manual de defensa frente a la religión y otras quimeras.

Con inquina sarcástica, Twain arremete contra toda creencia, contra toda fe, contra todo embeleco. Quiere vivir sin esperanzas, sin la falsa ilusión de las compensaciones venideras. No desea el auxilio de los reverendos, de los intemediarios divinos.

Es con Dios, con él, con quien quiere hablar. No hay pruebas, dice, de que Dios escuche o responda. Como tampoco hay datos que confirmen preocupación o cuidado, el respeto que debería tener por sus criaturas.

Aceptemos la hipótesis de Dios, de ese Dios, dice Twain. Nos arroja al mundo para luego desentenderse. ¿Qué nos parecería si un padre, si nuestro padre, hiciera eso? Cometería una grave irresponsabilidad. Pero no sólo esto es lo que podríamos reprocharle. 

¿Qué nos parecería si nuestro padre nos educara infligiéndonos todo tipo de sevicias? Si las crueldades que padecemos los humanos son formativas y fortalecen el ánimo, según dicen los clérigos, entonces todos los individuos deberíamos adoptar esa pedagogía de la violencia con nuestros respectivos hijos: para así templar sus debilidades y para así educar su fuste muelle.

Twain amonesta a un Dios irresponsable que abandona a sus criaturas y sobre todo reprocha a quienes prolongan este embuste universal. Lamentablemente, el escritor olvida un asunto del que se valen los clérigos para justificar a Dios: la libertad. 

Dios nos hace libres para pecar o para ser buenos o para ser edificantes. O tal vez no es olvido: Twain no cree que el ser humano sea exactamente libre. Lo cree una máquina, un mecanismo que funciona más allá del libre albedrío, de sus propensiones conscientes, de sus decisiones justificables. Si esto es así, pretextar la libertad para justificar la presencia del mal o del dolor es un golpe bajo de los clérigos, claro. Twain se toma en serio su panfleto…

Entre las obras pías de mis fiestas navideñas, está –ya digo– la relectura de este viejo opúsculo que compré en su momento, en 2001. Me atrajeron el autor y el título, claro.

Los muchos libros se me amontonan. Pero no me preocupa: a cada uno ya le llegará su momento. A Twain lo descubrí en la infancia y Las aventuras de Huckleberry Finn,  concretamente, fue una de mis novelas inolvidables. 

Aparte del entretenimiento, ¿qué lección me transmitía aquel libro? El coraje adolescente y pícaro para enfrentarse a un mundo brutal. Ahora he releído con unción -con unción- estas páginas sobre y contra la religión. Proceden de la autobiografía de Twain. 

Son unos pasajes deliciosos e irreverentes, párrafos que su hija censuró hasta 1963, fecha esta última en que permitió la publicación. Ahora, insisto, las he releído como un homenaje a Twain, de quien ya se ha cumplido el primer centenario de su muerte. Volvemos a la muerte.

Supongo que el escritor estará en el Infierno. Por mucho que la hija ocultara ese ultraje contra la religión, Dios –que todo lo ve– conocía esas malas palabras de Twain incluso antes de 1963. Estoy seguro. Su condena ya no habrá tenido remedio, pues.

Desde aquí, desde la Tierra, le mando un saludo fraternal y le deseo una buena estancia en compañía de otros impíos, pecadores y ateos allá donde esté. 

Decía E. M. Foster que imaginaba el Paraíso en compañía de sus escritores predilectos. No sé, no sé si allí habrá mucha gente de Letras. 

Imagino a Twain en el Infierno, cómodamente instalado, disfrutando del leve balanceo de su mecedora. Lo veo fumando un cigarro y departiendo. Ya nos lo advirtió el propio Twain: “el Paraíso lo prefiero por el clima; el Infierno por la compañía”.

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Feliz Navidad, amigos.

Doce lecciones sobre la historia. Antoine Prost

Introducción,
de Anaclet Pons y Justo Serna

Editorial Comares

La historia es una disciplina de verdad. Eso significa que cuenta con un auténtico repertorio de conocimientos adquiridos. Los conocimientos se obtienen aplicando un protocolo y respetando unas normas. 

El profesional de la historia se ciñe a los documentos. El historiador se limita a la consulta y al examen de los restos del pasado. De esos vestigios o atisbos, el investigador extrae informaciones, siempre parciales, pero informaciones que somete a crítica interna y externa: en el documento observa el hecho, aventura un significado y examina las condiciones materiales de su realización y recepción. 

El historiador narra lo que en principio sólo son datos inconexos. Los detalla, los clasifica y los cuenta. Efectivamente, hechos que fueron reales y simultáneos se ordenan en la historia de quien la escribe. 

Al hacer esto, el historiador se aproxima a la literatura: la historia es exacta y remotamente un género literario. Cierto: el historiador narra con orden, convirtiendo en palabras lo que fueron hechos, materiales, imágenes o también palabras. 

Eso no significa que el historiador escriba ficciones. Sólo significa que la imaginación está presente en su tarea: cuando supone o conjetura, cuando completa hipotéticamente lo que el documento no le da. Pero el profesional de la historia no fabula.

El profesional de la historia interpreta y explica. Interpreta las acciones y sus intenciones. Los historiadores saben menos que los antepasados, saben menos que quienes tienen algo que testificar. Esa carencia los investigadores la suplen con conocimientos y documentos que de primera o de segunda mano ayudan a comprender actos y a explicar consecuencias.

En efecto, el historiador explica el contexto, la circunstancia, el marco de las acciones, las causas que los individuos no suelen conocer cuando actúan, cuando acometen empresas particulares o comunes. Los historiadores, pues, saben más que los sujetos históricos.

Saben más del pasado de la humanidad. Y organizan esas informaciones de acuerdo con las reglas comunes de su profesión. En este sentido, la historia se aproxima a la ciencia, aunque no sea ciencia. Al menos no puede ser ciencia experimental: el investigador no puede reproducir las condiciones de un fenómeno.

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Antoine Prost es un eminente historiador de la sociedad francesa del siglo XX, a cuyos grupos sociales, instituciones y mentalidades ha dedicado muchos de sus esfuerzos, en especial al movimiento obrero. 

Ha sido director del Centre de recherches sur l’histoire des mouvements sociaux et du syndicalisme (Centre d’histoire sociale du 20ème siècle) y presidente de la asociación Le Mouvement social (que publica la revista del mismo nombre). 

Además, es uno de los estudiosos más destacados de la Gran Guerra, razón por la cual preside el comité científico de la Fondation nationale de la Résistance, de la Mission du Centenaire de la Première Guerre mondiale y del Mémorial de Verdun. Igualmente, es un reconocido especialista en asuntos educativos, con importantes obras sobre el tema y un compromiso social y político muy reconocido. 

Todo ello sin olvidar su señalada contribución a las reflexiones historiográficas, de lo que da buena cuenta este volumen. Antoine Prost (1933) es actualmente profesor emérito en la Universidad Paris I-Panthéon-Sorbonne y, entre sus variadas distinciones, cuenta con las de Commandeur de l’Ordre national du Mérite, Commandeur de la Légion d’honneur y Commandeur des Palmes académiques.

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El Almirante Luis Carrero Blanco 

Lo primero que te impresionaba del Almirante Luis Carrero Blanco era la desproporción de su cara, exageradamente grande, con mucha carne. Sorprendían también unas cejas enormes y negras, que destacaban como supervivientes en una cabeza que iba despoblándose. Y no menos te impresionaban esos uniformes con guerrera o levitones impolutos que vestía con regularidad castrense, esas medallas y fajines.

Su presencia física desazonaba. Las cejas y los levitones le daban un aspecto hosco y las reverencias que le hacía al Caudillo te lo convertían en una especie de gigantesco lacayo. Probablemente no tuvo gran estatura (medía una cabeza menos que don Juan Carlos), pero cuando se retrataba con el Generalísimo, de cuerpo escueto, de anatomía limitada, Carrero parecía un buey.

Creo haber leído bastantes cosas sobre Carrero Blanco, principalmente por el atentado que sufrió el 20 de diciembre de 1973, ya que su figura no me interesó particularmente hasta años después. El atentado me conmovió.

Recuerdo haberme quedado de piedra viendo la televisión, supongo que horas después del estallido. He olvidado si tuvimos clase. Me acuerdo del enorme boquete que quedó en la Calle Claudio Coello. Un año después, cuando fui a Madrid por primera vez, no pude dejar de visitar esa zona y como con miedo me fui acercando. Me fui acercando a Claudio Coello. Allí ya no quedaban rastros ni socavón alguno, pero sentía que estaba pisando la historia.

Yo era muy inocente. Carecía de conciencia política. Únicamente tenía catorce años. ¿Pocos? ¿Muchos? Mentalmente vivía en un país inerte. Fue aquel atentado el que me despertó. Me dio miedo e incertidumbre, a qué negarlo. No se mataba a una eminencia del Régimen todos los días. Entre las estampas de aquel momento recuerdo especialmente a Manuel Alcalá, aquel periodista de grandes gafas rectangulares de pasta que se fue a la calle Claudio Coello a recoger testimonios.Sé que mis palabras de ahora no dicen nada de interés. Son unas más de los numerosos testimonios que se están escribiendo o publicando para recordar qué hacía uno cuando mataron a Carrero. Como los estadounidenses, pero en nuestro caso sin John F. Kennedy.

Andando el tiempo, veinte años después del asesinato leí Carrero. La eminencia gris del régimen de Franco (1993), de Javier Tusell. Esa obra me dejó un sabor agridulce, si me permiten esta cursilería. Por un lado, es un libro entretenido, con el dominio narrativo que tenía Javier Tusell, fallecido años después. Por otro, tras el trazo y el retrato del historiador, el personaje aparecía finalmente como un héroe discreto, como un señor de derechas que supo poner orden a lo que era un Estado desastroso, a lo que era un Régimen de escasa institucionalización. Bueno, bueno…

Sin duda, Tusell tenía un reto. El biografiado era la antítesis del personaje atractivo y mundano: oculto en la cúspide del poder durante casi treinta años (subsecretario, ministro subsecretario, vicepresidente y presidente), su protagonismo fue casi invisible. O al menos su presencia y conocimiento público no eran acordes a la importancia de sus funciones.

Seguramente en ello radica la clave de Carrero: gran poder y escasa visibilidad. Por tanto, que un empleado de oficina, redactor de informes y administrador de consejos y secretos sea objeto de una biografía entretenida es tarea meritoria del historiador. Pero la empatía es excesiva y la cercanía con el biografiado acaba resultando estomagante.

Ahora bien, Tusell tuvo la suerte o la habilidad de poder trabajar con fuentes históricas de primera magnitud. Eran indiscutibles la calidad y la naturaleza de la información utilizada por Tusell: entre otros centros, el historiador pudo visitar y consultar el archivo privado de Carrero, el archivo de Presidencia del Gobierno, Fondo López Rodó, que está en la Universidad de Navarra.

Por los muchos años que Carrero desempeñó el empleo de Consejero (1942-1973), su producción escrita es abundantísima. Y es de ella de la que se vale Tusell para elaborar este libro.

El autor se enfrenta a su tarea con capacidad, con soltura y olfato. El resultado es una investigación que subraya el papel central que Carrero tuvo en la consolidación e institucionalización del régimen franquista.

¿Cómo era el personaje que Tusell describe en este libro? Era un político accidental, un dirigente sin verdadera vocación o ambición personales, pero un hombre marcado por la Guerra Civil y, por tanto, obligado a asumir tareas ejecutivas, de gobierno. ¿Por tanto? Además, su retrato hace hincapié en la coherencia y sinceridad (falta de doblez) del individuo. Tusell pone el énfasis en la adscripción de Carrero, la familia política a la que perteneció y a las ideas que suscribió.

¿De qué concepciones se trataba? De un ideario monárquico que, aunque integrista y católico-ultramontano, le permitió frenar el protagonismo de Falange dentro del Régimen. Gracias a ello, Carrero habría podido desarrollar dos principios favorables para la posterior historia de España: su proamericanismo (por su anticomunista) y su monarquismo (que se consumó con la “operación salmón” en favor de Juan Carlos). Finalmente, Tusell destaca en repetidas ocasiones la honradez personal del Almirante. Punto y aparte.

Allí dónde están las virtudes de este libro, se hallan también sus puntos más débiles y discutibles, como antes decía. A mi juicio, sospecho que la figura de Carrero ha sido agigantada hasta el extremo. Franco aparece como un dictador dependiente de los consejos de Carrero, aunque –eso sí– siempre autónomo en el calendario final de la decisiones que le eran recomendadas, decisiones largamente demoradas algunas de ellas: estaba de cacería regularmente. Vamos, que Carrero le decía lo que tenía que hacer y que el Caudillo decidía cuándo lo tenía que hacer.

Tusell insiste continuamente en la coherencia, honradez y sinceridad del personaje, retórica del historiador que llega a hacerse insoportable. Una y otra vez, el lector debe recordarse a sí mismo que está ante la biografía de un personaje que fue un fiel servidor de una dictadura personal. Debe recordarse que está leyendo la vida de un Almirante con ideas ultramontanas, reaccionario y totalmente despistado o contrario a la mayoría de los avances de la modernidad y de la sociedad democrática.

Carrero impidió, sí, una total institucionalización del falangismo, favoreció el desarrollismo y la solución juancarlista. Pero fue un sujeto duro, implacable, franquista hasta las cachas. En este punto, Tusell analiza la repercusión de su muerte por atentado subrayando su inutilidad, la crueldad fría e ineficaz de sus asesinos: el historiador conjetura acerca de la posible retirada política de Carrero en el caso de haber sobrevivido a Franco. Es decir, hace en este punto una historia verdaderamente conjetural que, por supuesto, no puede ser afirmada ni desmentida.

¿Cuál es auténtico problema de esta biografía? Pues es un asunto que concierne a los historiadores y a los lectores, que concierne a quien escribe y a quienes gustan de la historia. El problema es que notamos, que apreciamos la aprobación oficiosa de la familia Carrero. Este libro sería impensable sin esa familia que franquea el paso al historiador. Y eso nos lleva a la objetividad de la investigación.

En realidad, ésa no es la auténtica cuestión: si no hay distancia física y emocional del biografiado o de la familia del biografiado, el historiador siente el aliento de esas personas en su cogote, comprende que está siendo vigilado cuando consulta documentos privados, cuando redacta, cuando completa, cuando publica el libro. La documentación pública te da absoluta libertad, las fuentes históricas que dependen de un particular te condicionan, te quitan margen de acción.

Imagino a Tusell con el fantasma de Carrero sobrevolando la estancia, soplándole al oído lo que debía interpretar, escribir, concluir. Imagino al historiador sofocado: por un lado, respetando su deontología profesional; por otro sintiendo la sombra tutelar del Almirante. Carrero dedicó treinta años de su vida a aconsejar a un dictador. Se las sabía todas. Vigilar y guiar a un historiador le habría sido muy sencillo. A pesar de la hosquedad de su aspecto, quiero imaginar a un Almirante persuasivo, diciéndole a Su Excelencia lo que es conveniente; quiero imaginar a Tusell resistiéndose…

Por qué leo

Hay en cada uno de nosotros inclinaciones, gustos o preferencias que son prenda o baldón, que son virtud o defecto, eso que nos singulariza, esos rasgos de carácter o inercias de la conducta que nos hacen irrepetibles. Para bien o para mal. De ellos difícilmente podemos quitarnos.  

Desde niño me gusta leer. ¿Qué cosa? ¿Libros, novelas? ¿Acaso tratados doctrinales? No, por supuesto, yo no soy John Stuart Mill ni su remedo más remoto. Vamos, ni por asomo. El autor de Sobre la libertad tuvo una instrucción sistemática y sus primeras lecturas ya anticipaban al sutil pensador que llegaría a ser. 
Cuenta el filósofo en su Autobiografía la formación tan elevada que le facilitó su señor padre, John Mill. Cuenta también el cuidado con que el progenitor le seleccionaba lecturas y otros nutrientes para el espíritu. Por ejemplo, con poca edad, Stuart Mill ya sabía desenvolverse hablando y escribiendo idiomas vivos y muertos, con un francés obligatorio y con un griego nada elemental. 

Cada vez que he leído su Autobiografía, tan apasionante y tan llena de autenticidad, me he sentido como ese enano que jamás ha logrado auparse a la espalda de un gigante.
Lo mío es otra cosa: como más ordinaria, ¿no? En la España de principios de los sesenta, mis primeros preceptores infantiles fueron maestros nacionales muy maleados y ya hartos de la progenie. Para aquellos docentes aburridos, nuestro pésimo ejemplo confirmaba el fuste torcido del Hombre. 

No queríamos leer ni trabajar y apenas mostrábamos reverencia a las cosas De Dios. Por pereza, vaya. Éramos como bestias y apenas se apreciaba en nosotros algún rasgo de humanidad. Tanto es así que nos castigaban con saña. Nos hundían a base de capones y bofetadas o nos arreaban con palos finos y sangrantes. 
Nos enseñaban las primeras letras, nos atemorizaban con la lectura, nos amenazaban con la vara verde. 

Difícilmente, los libros podían procurarnos dicha alguna. La escuela de mi infancia y de mi primera adolescencia era confesional, levítica. Y era un recinto de rufianes y rutinas, un lugar tedioso y ocasionalmente terrible que sólo aligeraban los recreos.  

Dicho así suena tremebundo y hasta novelesco. Pero no. Aquello no tenía nada de fantástico. Era una realidad basta sin apenas incentivos; era un mundo de crueldades habituales, con niños que ejercían de matones, con curas untuosos y con profesores frecuentemente violentos. No todos los maestros eran tan odiosos, por supuesto: cuando de repente te tropezabas con un hombre bueno, diligente, pensabas que el Magisterio no estaba perdido.
¿Qué función desempeñaban los libros, qué necesidad satisfacían? La lectura difícilmente aliviaba el trato hostil o amenazante del entorno. Podría haber sido un escape, cierto, pero no: para mí sólo lo sería tiempo después, a los trece años, justo cuando con extrañeza y hasta estupor descubrí que mi señor padre se alimentaba de libros. El verbo sólo es un poco exagerado.
Hasta ese momento, yo había ignorado dicho hábito, tan saludable. Vamos, que desconocía todo o casi todo de él, de ese señor que era mi papá. Por alguna razón que nunca averigüé, mi padre sólo empezó en 1973 a hacer ostentación de sus volúmenes, a mostrar físicamente los libros que consumía, a declararse un gran lector. 


Tal vez, yo mismo he tomado ejemplo de él, aunque no siempre su conducta era lo que quería reproducir ni tampoco sus aficiones literarias eran aquellas que más apreciaba. Eso sí, un día, no sé cuándo, me descubrí leyendo tebeos, prospectos farmacéuticos, encartes publicitarios, catálogos de editoriales y rótulos callejeros. Todo lo impreso era un reclamo. Y de eso tan simple pasé a los libros.
En ello no soy muy distinto de lo que era mi padre,  Justo Serna Ibáñez, que en vida acumuló miles de libros (aparte de los que regularmente le prestaban en las bibliotecas públicas): sí, miles de libros leídos y fichados. Su vida alicorta de jubilado temprano se multiplicó con las novelas, de las que llevaba fiel registro y voluntariosa anotación. O apuntación, que decía mi abuela materna Ana María. Apuntación: retengamos esa palabra..

Tampoco soy muy diferente de mi abuelo paterno, Fernando Serna Salvador, que reunía los pocos volúmenes que la familia poseía al tiempo que devoraba al menos un periódico cada día (El Debate). Escribo “devoraba” porque, al decir de mi progenitor, su señor padre no daba por concluida la lectura hasta que el diario estaba rozado, roto y la tinta desleída. 

Mi abuelo era de ideas conservadoras, un hombre de orden que, además, alcanzó la alcaldía de su pueblo, Salinas del Manzano, con gran respaldo del vecindario. Eso me decía mi señor padre, que apenas podía reprimir el orgullo filial. 

Fernando Serna Salvador era un hombre de la Serranía de Cuenca, el abuelo grandioso al que no yo conocí y cuya celebridad me resultaba desconcertante: sus convecinos lo llamaban Canalejas, como el viejo político liberal tan pronto asesinado. ¿Canalejas? Sí, por esa propensión suya, tan suya, a perorar con ciertas dotes intelectuales, con energía visionaria. 

Él tenía ideas porque leía, me aseguraba mi padre. En cambio, frente a ese abuelo algo fantasioso, mi abuela paterna, Valentina, encarnaba el coraje, la razón y la sensatez familiares: hacía las cuentas con mucho esmero y, al parecer, llevaba el libro de contabilidad del negocio familiar con letra muy primorosa. 

Aún la veo lejana y anciana, completamente enlutada, pequeñita, encorvada y con apenas un hilillo de voz. Murió hace muchas décadas, pero su imagen perdura. Según me confesó mi padre años después del fallecimiento de la abuela Valentina, ella sólo leía libros prácticos. Nunca pregunté a qué se refería eso, lo de libros prácticos… 

Me recuerdo a los diez años leyendo también cosas prácticas: las cubiertas de la prensa y de las revistas en el quiosco más cercano a mi casa. Me recuerdo informándome sobre minucias o irrelevancias del día, con una voracidad incluso malsana, conectando una cosa y la otra, sin criterio. ¿Por qué hacía esto? 

Tal vez porque me pensaba sobrante o no justificado, un hijo que había venido después de otro hijo… muerto: un hijo al que, para más inri, bautizaban con el mismo nombre, lastre que he debido acarrear desde el primer día de mi vida. El muerto reencarnado en un hermano que no es tal. Al menos, propiamente. 

En la guerra y en la vida, la muerte convierte en héroe al fiambre, incluso en un cadáver exquisito: en cambio, la supervivencia de este o aquel soldado no es heroica. En efecto, ese superviviente arrastra un sentimiento culpable y a la vez dañado. ¿Por qué murió él? ¿Por qué sobreviví yo?

Hay, insisto, un sentimiento de culpa y hay una desconfianza hacia el mundo, la preocupación, quizá morbosa, por un entorno que se juzga peligroso, hostil, y del que uno no se puede fiar. Ese sentimiento suspicaz, en parte superado, me obligaba a sondear lo que pasaba para estar prevenido. Prevenido…, ¿frente a qué? 

Frente a los ataques reales o potenciales, la mejor defensa es prepararse, informarse. Si sabes o crees saber de qué va esto, si te documentas, tal vez frenes o contengas la agresión. Si lees, quizá te salves. 

Para mí, la historia y las historias ficticias son justamente eso. Saber de qué va esto, para tomar ejemplo o para evitar horrores ya pasados; saber cuál es el origen de lo que tengo o carezco: una circunstancia que, por un lado, me acoge y, por otro, me hostiga. 

Pero, como ese presente histórico es copioso y desordenado, me gusta leer también desordenadamente, a partir de sugestiones, de impresiones, de intuiciones. Me gusta tratar muchas cosas, abundantes, innumerables, que aparentemente nada tienen que ver entre sí, pero a las que quiero hallarles algún parentesco, algún hilo o alguna resonancia. 

No sé, al nieto de Canalejas también le gusta perorar. Así soy, pero mi natural timidez, de origen materno, me hace ser prudente, tal vez sensato o timorato. En fin, ustedes sabrán, ustedes sabrán perdonarme tanta disculpa, tan justificación, este discursito.

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Este texto, que muy cortésmente me ha solicitado Mayti Zea, se publica en un blog titulado “Yo aprendí a leer…”. En dicho lugar se recogen relatos de personas conocidas, menos conocidas o nada conocidas, relatos en que los convocados detallan cómo y cuándo aprendieron a leer y qué ha significado la lectura en sus vidas.

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aprendialeer.blogspot.com.es

Laurent Binet.La ficción sin límites

[2011]

¿Una novela dedicada a Reinhard Heydrich, el jefe de la Gestapo, Protector de Bohemia y Moravia? Comencé a leerla con verdadera pasión, lamentando no poder seguir cuando por ejemplo tenía que suspender la lectura por mil y una razones. Pero luego, por la noche, volvía a Praga, a Londres, y sobre todo volvía a sus personajes.

La novela es, sí, como un viaje al pasado. Pero un viaje continuamente interrumpido por las incursiones de un narrador metomentodo. Quien cuenta dice que cuenta, dice lo que cuenta y dice lo que no cuenta. Es una operación arriesgada. Alguien se propone escribir una novela histórica y tiene un propósito: afirmar sólo lo que pueda sostenerse documentalmente.

¡Pero si estamos en una ficción! El autor sabe que puede fantasear, añadir lo que no está ni jamás averiguará. Pues bien, en HHhH, el narrador –de quien sospechamos un parecido notable con el autor– se ciñe a las pruebas contrastadas, a los datos que ha podido reunir sobre Heydrich o sus enemigos, un par de paracaidistas que bajo el amparo de la Operación Antropoide llegan a Praga en 1942 con el propósito de atentar contra la vida del jerarca. Como un historiador, quien relata se impone todo tipo de restricciones.

Nos confiesa una y otra vez que sólo dirá lo que buenamente sepa. Al igual que un cronista se reducirá a la concatenación de hechos, evitando lo meramente probable y lo que ni siquiera pudo acontecer; evitando la recreación creíble de diálogos de los que no hay registro. 

Rechaza lo verosímil y lo factible si no hay fuentes históricas que lo respalden y eso nos lo revela repetida y paradójicamente en una novela. Pero a la vez, como novelista, se ve obligado a conjeturar. ¿Entonces? La conjetura que se presente explícitamente no será la ficción sin límites: será la suposición fundamentada, la hipótesis más razonable, la circunstancia más factible. 

Pero esas audacias narrativas no dejan de ser una irrealidad. Inmediatamente el narrador se morderá la lengua contradiciéndose: no debería haber incluido dicha escena, se corrige.

“Yo digo que inventar un personaje para comprender unos hechos históricos es como falsificar las pruebas”, dice por ejemplo en la página 274 refiriéndose a un colega suyo: a Jonathan Littell, autor de Las benévolas. Binet hace justamente lo contrario o, mejor, dice hacer lo contrario estableciendo un pacto de veracidad con el lector.

Aunque ese acuerdo dentro de una novela es siempre algo altamente dudoso, pues los enunciados pueden verificarse en el interior del mundo de ficción, pero la verdad como correspondencia no funciona fuera: a los destinatarios siempre nos faltarán pruebas de la certeza.

A la postre, en esta novela, el resultado es que el personaje principal acaba siendo el propio narrador. Lo que sabe y lo que no sabe, lo que siente, lo que hace con sus personajes, lo que se permite, lo que tiene vedado. 

Al final, la operación novelesca triunfa. ¿No será acaso que ese yo que habla en primera persona acaba siendo el protagonista? ¿No será acaso el narrador aquel sobre quien se han vertido las mayores invenciones, quizá inexactitudes? Lo que Binet pierde por no aplicar su fantasía creadora lo gana en fidelidad erudita y en potencia narradora: afirmar que no puedes decir te obliga a confesar lo que quizá no deberías revelar. 

Es entonces cuando los lectores salimos de la novela sabiendo más y preguntándonos quién es ese tipo que tanto expone y que tanto ha de callar.

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Club de Lectura sobre La séptima función del lenguaje,  de Laurent Binet

Librería Gaia, Daniel Balaciart, 4

46020-Valencia

Lunes 9 de enero de 2017. De 20 a 21:15 horas

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