Lindo. La novela del padre

Las preguntas de la infancia son las que perduran, las que no podemos desechar.

Pasa el tiempo, pasan los años lentos de la adolescencia y, sin embargo, ahí siguen con toda su latencia. Con todo su estupor.

Nos fijamos en nuestros progenitores y, cómo no, advertimos en esas personas algo que es nuestro, algo que no lo es o no queremos que lo sea, algo que nos resulta extraño y hasta vergonzoso.

En el padre, por ejemplo. Detengámonos en él.

Freud lo fijó como la figura de la Ley, el Orden, ese ser que nos arrebata a la madre y el paraíso. Lo estableció y lo definió así en una sociedad que ya no es la nuestra.

Ahora, ese ser está seriamente cuestionado. De ver en él una figura indiscutible y protectora pasamos a descubrir un tipo lastrado y lisiado.

No es el hombrón que creíamos. O, si su estatura permanece, ya no vemos al héroe en quien fijarse o admirar.

Por hache o por be, su figura se achica, se arruina y su cuerpo, que fue desmesurado, que fue un falo temible o envidiable, ahora es, uno más, un fallo irremediable.

Lo van venciendo la edad y sus excesos o, a la postre, una debilidad que resultó congénita y que ahora se convierte en hipocondría mal disimulada o en un malestar crónico.

Advertimos sus incongruencias, sus irracionalidades, esas cosas que dicen, que predican, y que luego no hacen; o al revés: esas metas que se proponían y que incumplen para sorpresa nuestra.

Los adultos son decepcionantes, sí, esos padres nuestros que no están, que nunca estuvieron, a la altura imaginada.

Siempre cabe soñar, incluso, con que hemos sido víctimas de un engaño.

Podemos conjeturar con la convicción de que esos que dicen ser nuestros padres son en realidad unos impostores.

¡Pero si eres clavadito o clavadita a tu papá, pero si tienes su genio o sus manías! Son pruebas palpables de la genética, del linaje.

Es igual. La superchería es perfecta: claro que nos parecemos a esos que dicen ser nuestros progenitores.

Las grandes mentiras y los fraudes perfectos son aquellos hechos con restos de verdades.

¿Y a qué conclusión llegamos? Normalmente aprendemos a vivir con la frustración: la resignada aceptación de que ese padre efectivamente decepcionante por imperfecto es de verdad nuestro padre.

Es duro admitirlo, pero el resultado puede ser liberador (estoy es lo que hay, esto es lo que da de sí la raza).

O puede ser insoportable: ajá, nos resignamos: es nuestro padre pero, qué quieren, parece tener todos los defectos.

En un certamen mundial de paternidades imperfectas, éste se llevaría el máximo galardón. O, peor aún, quedaría el segundo.

En ambos casos, de grado o por fuerza, aprendemos a frustrarnos, a tolerar la decepción, pues tampoco nosotros, estos nuevos adultos, estos nuevos padres, somos gran cosa.

Bien es verdad que a veces nos engañamos con ganas para así creernos mejores. Pero los tropiezos que tenemos o que tengamos nos harán apearnos.

También somos varones decepcionantes para nuestros hijos y para nosotros mismos. ¿Y en esto consistían las promesas infantiles de omnipotencia?

Qué equivocados estábamos: tropezamos perezosa o enérgicamente con las cosas que no sabemos hacer, con las metas que jamás alcanzaremos.

Por eso se nos verá como padres lamentables o avasalladores o poco fiables o torpes. Vaya hombres.

Dado que a ojos de los demás siempre recaemos en los mismos vicios o cometemos las mismas faltas, dado que el presente siempre nos muestra derrotados o mal acabados, entonces algunos hijos de entonces o de ahora encuentran una solución manejable.

¿Cuál? Escribir sobre ellos, relatarse un pasado, rehacer los años pretéritos. ¿Acaso con una identidad mejorada o con unas gestas memorables?

En las autobiografías falsas se hacen desaparecer las mezquindades, las torpezas o una vida calamitosa.

En las novelas verdaderas, ese pasado y el padre vuelven verosímiles, creíbles, bien defectuosos y humanos.

Elvira Lindo ha escrito una novela verdadera, no una autobiografía falsa. Se titula A corazón abierto (2020).


Ilustración de Cubierta: Miguel Sánchez Lindo.

Tiene dotes excepcionales como narradora. Domina como nadie el arte de contar para así hacerse creer y querer. Con ternura y con dureza.

Sus novelas, sus diarios, sus crónicas o reportajes revelan autenticidad. Aunque le aplique el filtro de la ficción, el resultado es siempre el de una prosa transparente, con mucha energía emocional.

Cuidado con la autenticidad y cuidado con la energía emocional, que Elvira Lindo es mucho más que eso.

La autora se salva de esas virtudes que pueden ser vicios. En su obra, la cosa no acaba ahí, en esos rasgos. Ni mucho menos.

Cuando escribe…, investiga, hace pesquisas sobre hechos y caracteres, personas reales o remotamente reales que acaban convertidas en personajes de hechuras ficticias.

Cuando escribe bien pronto se pregunta por lo que bulle sin forma literaria. Elvira Lindo da esa forma a lo que son historias cotidianas y hasta ordinarias.

Ahora bien, una vez aplicado el filtro puramente literario, lo ordinario se convierte en extraordinario. Y lo ordinario son los padres, los reyes son los padres, no hay magia que de ellos proceda y que perdure.

O sí, si sabemos verlos con realismo y ternura. Nos decepcionan tempranamente por previsibles o por imprevisibles, por apocados o por temerarios.

Eso ocurre, por ejemplo, con la figura principal de esta novela, el padre. El Padre que se impone por su físico y por su ánimo, tan desenvueltos.

Son los propios de una figura caprichosa y trabajadora, atrabiliaria y desprendida, protectora y alocada, una figura a la que no frena o no puede frenar una madre tempranamente enferma y muerta.

“Desearía dejarte aquí para siempre, Padre mío, en esta huerta. Quisiera que éste fuera el final de tu viaje, que no recuerdes ni veas más allá de esta tierra, que no te enfrentes al hecho de que tú también fuiste injusto y duro. Lo fuiste, pero ¿cómo no ibas a serlo? Te observo risueño y confiado, habitando al fin el universo de tus tiernos nueve años, tras convivir con la bestia de la guerra, aquella guerra que como bien presentías en tu aprensiva desconfianza no había muerto del todo. Esta tierra debiera ser el territorio en que el transcurren las vidas de los inocentes. No sigas caminando hacia el futuro, Papá”.

No voy a reproducir mas párrafos o citas de ‘A corazón abierto’. No creo que ustedes se merezcan que yo la destripe o la ampute. Léanla.

Si fuera un cursi (cosa que no descarto), diría que su lectura es terapéutica o balsámica. Pero no lo digo. Creo simplemente que su lectura es un placer para quienes somos padres y para quienes somos hijos.

Pero sobre todo es una pieza memorable para quienes aman la literatura familiar, esa tradición que lleva de Iván Turgenev a Alice Munro, pasando por Anton Chéjov o Natalia Ginzburg. Esa tradición repleta de padres e hijos…

¿Qué fue del rey?

Releí días atrás Hamlet, de William Shakespeare, gracias a Toni Zarza. En su Club de Lectura, aquel que se celebra en el Museo L’Iber, de Valencia, lo tenían como obra a debatir…

Digo que lo releí gracias a él porque, al enterarme, quise compartir con Toni esta experiencia: que pudiéramos hablar sobre una pieza verdaderamente inmortal.

Sí, ya sé que el teatro es para verlo, para acudir a la sala, para disfrutar la representación, para evaluar la adaptación. Es más, podemos discutir si Laurence Olivier o Kenneth Branagh… Etcétera.

Hamlet (1948), de Laurence Olivier

Pero, qué quieren, siempre he tenido el vicio de leer obras dramáticas. Me encanta incluso pronunciar en voz alta los diálogos, casi declamarlos, pero no menos placer me procuran las acotaciones.

Hamlet, como otras obras de Shakespeare, la leí siendo joven y, la verdad, hacía años que no había vuelto a ella.

Uno cree saber de qué va aquello que vio representado o que leyó en su momento. No es así. La experiencia es siempre nueva, sorprendente.

Ustedes dirán…

En Hamlet (1599-1602) ocurren ciertas cosas que hay que enumerar. Paso a detallarlas sin que el orden implique mayor o menor importancia. Perdonen los ‘spoilers’, cuatrocientos años después.

Hamlet, príncipe de Dinamarca, ha regresado del extranjero para llorar la repentina muerte de su padre. Cuando llega descubre que su madre Gertrudis se ha casado con su tío Claudio, el nuevo rey.

De noche, Hamlet se encuentra con el fantasma de su padre, quien le insinúa que murió a manos de Claudio.

Durante el resto de la obra veremos al príncipe fingiéndose loco. Entre otras cosas para tratar de descubrir la verdad acerca de la muerte de su padre.

Entremos…

Estamos en Elsinor, Dinamarca, tierra próxima y lejana, propia y ajena. Aquello a lo que asistimos es local y universal. Lo que inmediatamente descubrimos es la muerte del rey Hamlet, el soberano de Dinamarca.

Como se ha apuntado más arriba, la escena tiene lugar en Elsinor, en Dinamarca. Unos centinelas ante el castillo del rey ven a un espectro que ya se les había revelado la noche anterior.

El espectro se asemeja enteramente a su antiguo rey, el soberano muerto: “No puedo interpretarlo exactamente, pero, en lo que se me alcanza, creo que esto presagia conmoción en nuestro estado”, dice Horacio, amigo del príncipe Hamlet.

¿Cuál es el punto de partida? Estamos ante un crimen, la muerte del progenitor y legítimo rey. Estamos ante el crimen cometido contra el padre, a quien el hijo, de veinte años, tenía en gran estima y admiraba. Ese fallecido es el hombre virtuoso, el varón recto.

Desde la antigüedad clásica, el hijo está obligado a guardar o proteger el buen nombre de su progenitor, de su linaje. Recordemos a Ulises y a Telémaco…

El rey ahora fallecido reúne cualidades admirables. No es un personaje del pasado o un ser distante del que guardar memoria.

Es, por el contrario, un espectro que regresa (“Enter Ghost”, leeremos repetidamente en las acotaciones originales).

Es literalmente algo remoto y a la vez cercano, alguien familiar y ya distante, un ser siniestro que vuelve para incomodar a los vivos por su villanía y que retorna para que se haga justicia. O para que se practique venganza.

En los cuentos populares, el héroe debe salir de su ensimismamiento o rutina para hacer justicia. ¿Qué cosas?

Pues, por ejemplo, para reponer un tesoro robado, para devolver una princesa a sus legítimos padres o para restaurar el orden, para acabar con una injusticia que se debe a la acción infame de un villano y de sus potenciales aliados.

En la circunstancia heroica, los villanos deben recibir su merecido. Así pasa en los cuentos.

¿Ocurrirá también en una obra, Hamlet, que es… una tragedia? ¿Hay un orden a restaurar o un desorden y caos a provocar?

El orden nuevo es aquí el resultado de la boda precipitada de la viuda, de la madre de Hamlet, con Claudio, ese nuevo rey. Claudio es tío del príncipe, ya lo sabemos, y es un individuo a quien el huérfano desprecia.

En la madre hallamos la doblez y el interés sublunar, un personaje sin moral alguna que destruye los afectos. Nunca sabremos con exactitud si además es corresponsable del crimen.

En Claudio, en ese nuevo rey, no hay bondad o cualidad, no hay rasgo de honor, físico o de otra índole, que lo distinga o lo exalte. Carece de grandeza.

Hamlet sólo ve en él a un tipo ordinario y depredador al que desprecia, un tipo al que sabemos responsable de la muerte del padre y usurpador del reino.

¿Y qué papel desempeña el espectro? El espectro, la aparición del padre tras su muerte, es la epifanía y la expresión de lo siniestro.

Lo siniestro para Sigmund Freud es lo que habiendo sido familiar y entrañable está enterrado o mal enterrado… para finalmente regresar de lo oculto, de lo disimulado, quebrándose así el orden aparente, falso.

El fallecido o, mejor, ese espectro que se revela ante Hamlet es quien aclara el enigma de su asesinato y es quien provoca, induce o destapa el delirio del hijo, también su locura fingida.

Saber más de la cuenta no alivia, sino que destruye. ¿Acaso no sería mejor permanecer en el error o el engaño?

A vista de todos, Hamlet pierde la razón y, con el saber o el conocimiento, pierde metafóricamente la vista (la capacidad de discernimiento) y la vida o, si se prefiere, el sentido de la vida, del amor.

De ahí que corte o le obliguen a cortar las relaciones con Ofelia, justamente para no llevarla al abismo, para así impedir que se precipite. Pero por varias razones Ofelia se precipita.

Los soliloquios que Hamlet mantiene ante los espectadores tienen una función declamatoria y tienen una función reveladora.

Conocemos las tribulaciones de Hamlet y su trastorno, su locura, su locura fingida, los ardides que urde. La vida de Hamlet peligra.

En primer lugar por el conocimiento que lo perturba: alberga en distintas ocasiones la idea o la meta del suicidio. Duda y se retrae: quitarse la vida comporta la condena eterna. Lo sobrenatural lo reprime y se materializa.

Mientras el hijo duda en un espacio que lo ahoga, en un marco que lo asfixia, rodeado de influencias, mientras descubre y asume el horror…, a la vez tantea y programa estrategias. Y simultáneamente corre un grave riesgo.

El usurpador, Claudio, lo quiere lejos o, en último extremo, muerto.

Decía Norton Frye en On Shakespeare que para los ingleses del siglo XIX Hamlet era la obra central del dramaturgo. Quizá porque la obra planteaba, fuera de contexto, preocupaciones muy presentes en el Ochocientos.

¿A qué se refería? A la acción y la reflexión, al acto y su consciencia, a la rectitud, al deshonor. Entre otras muchas cosas, quizá Hamlet nos enseña qué es ser depredador, rey depredador, y cuáles son sus consecuencias. Nos enseña cómo oponerles frente.

Para los espectadores ingleses del siglo XIX, esta pieza de Shakespeare les muestra y revela el poder del Imperio y las hipocresías que lo rodean. Y esta obra les obliga a reflexionar sobre el orden y el desorden.

El orden queda representado por Hamlet y su padre ya fallecido. Claudio, el usurpador, es también quien funda el nuevo orden, una falsedad cimentada en el crimen y la mentira.

Claudio es alguien que comete asesinato y latrocinio, que destruye con la ignorancia o anuencia de su cuñada y finalmente esposa.

Claudio será igualmente abatido. Hamlet es quien venga y restaura (¿hasta qué punto restaura o puede restaurar?) un orden ya quebrado.

Hamlet es un mito de la civilización occidental convertido en tal cosa gracias al genio y al ingenio de Shakespeare y a los efectos que dicha obra ha tenido tras sus representaciones y lecturas. Tras cuatrocientos años.

El personaje es un referente constante en la obra. Todo gira en torno a él. O bien por aparecer en escena o bien por ser nombrado, citado, aludido por otros personajes.

La intriga tiene que ver con su melancolía y delirio, tiene que ver con su dolor de hijo, con su sufrimiento. Todo ello se multiplicará en cuanto descubra y confirme la felonía de su tío.

La obra, Hamlet mediante, es la búsqueda de la verdad. La búsqueda de la verdad frente a los restantes implicados, frente a quienes descreen de su porfía.

Más aún, quienes rodean a Hamlet juzgan su actitud como propia de un demente: un humano aquejado de locura, visitado por espectros. “Señor, habláis sin orden ni medida”, le dice alguna vez su dolorido amigo Horacio.

¿Padece insania, no la padece? Hamlet actúa y procede de modo confuso. Por eso, cuando la madre, que ha sido convocada por el hijo, no vea al espectro que el hijo dice ver, ¿qué cabe pensar?

De entrada cabe pensar que Hamlet padece en efecto algún tipo de trastorno que le hace desechar la felicidad y el sentido del mundo.

En realidad, más que el espectro de su padre, es el propio Hamlet una suerte de figura fantasmal aquejada de ensoñaciones enfermizas, tóxicas.

Hamlet es un personaje trágico, un héroe perturbado, el carácter de un ser que sufre, incluso ajeno al mundo:

“¡Ah, Dios, qué enojosos, rancios, inútiles e inertes me parecen los hábitos del mundo! ¡Me repugna!”

La muerte de su padre es una tragedia, por supuesto, pero es sobre todo una obsesión patológica que le lleva desechar todo aquello que le concierne.

Se nos muestra irónico, sarcástico y hasta cínico. Es por eso por lo que perderá a Ofelia, hija de Polonio. Sólo Horacio, su amigo, le resulta atendible.

Hamlet es también un personaje batallador, un héroe propiamente guerrero. Vence a Fortinbrás, reta a Laertes, también hijo de Polonio. Al mismo tiempo, Hamlet se juzga cobarde o retraído.

De hecho, no parece hacer nada para vengar la muerte de su progenitor. Está lleno de dudas.

“Ser o no ser, esa es la cuestión: si es más noble para el alma soportar las flechas y pedradas de la áspera Fortuna o armarse contra un mar de adversidades y darles fin en el encuentro (…). Morir, dormir: dormir, tal vez soñar”.

Pero, a la postre, Hamlet es un personaje resolutivo, con determinación.

¿Qué nos enseña Hamlet? Las lecciones son múltiples.

La obra nos muestra la verdad y la mentira y lo que de una u otra se deriva. Nos muestra algo que es profundamente social y ambivalente: la hipocresía.

Hamlet encarna la verdad frente a la traición y el ocultamiento. Él rechaza la mera apariencia, la impostura. Ante a la falsedad opone la verdad, los sentimientos auténticos.

“Lo que yo llevo dentro no se expresa”, dice Hamlet. O al menos no se puede fingir.

Por eso, le repugnan especialmente las actitudes de su madre, esas apariencias y esos énfasis de duelo. A su juicio, todo lo que ella hace es impostación. “Todo eso es ‘parecer’, pues son gestos que se pueden simular”. O, en otros términos, el “ropaje de la pena”.

Lo que Hamlet nos muestra es un repertorio de personajes falsos, que se traicionan unos a otros, que actúan maliciosamente, que se adornan con disfraces morales, que blanquean sus fechorías y que, además, no sienten culpa por ello.

Obran exclusivamente de acuerdo con su interés o se defienden empleando la hipocresía o la mentira para encubrir sus maldades.

Enfrentarse a la realidad en Hamlet abiertamente y con sinceridad comporta un riesgo: la demencia, la muerte. La circunstancia es, pues, trágica.

O bien actuamos guiándonos por la falsedad y la hipocresía, cosa que nos lleva al crimen; o bien obramos de acuerdo con la realidad y la verdad, cosa que nos lleva al delirio.

No hay salida. La muerte es la salida.

La representación dramática que hay dentro de la obra teatral (Hamlet) es una epifanía y es una revelación de la verdad. La ficción que se representa ante Claudio le sirve a Hamlet para mostrar lo que en realidad se oculta.

En Hamlet, como en otras obras de Shakespeare, el papel del monarca es esencial en la vida de sus súbditos, marca su ‘fatum’, su destino.

Si el soberano obra incorrectamente o actúa movido por instintos corruptos, todo su reino se resentirá. Todos pagarán por sus vicios.

Punto y aparte.

Mi lectura y esta pequeña glosa son cosa menor. Lamento escribir tan pobremente de algo tan grande. No me gusta esto que ahora acabo de anotar. Lo he escrito demasiado pegado a mi relectura.

Las mil y una cosas que podrían decirse no las digo y eso mismo me ha dejado insatisfecho. Volveré a leerla para reescribir mejor mi glosa.

Pero a la vez me ha hecho pensar en la monarquía, en el príncipe y en el depredador, caracteres isabelinos y, a la vez, personajes de ahora mismo. De siempre.

Que el mundo no se nos venga encima

Uno de los géneros que mayor interés despierta entre los lectores académicos —y que yo, personalmente, prefiero— es el del ensayo filosófico o sociológico sobre el presente político, sobre el mundo actual. Digo “prefiero” porque no por casualidad imparto una materia universitaria que se llama Historia del mundo actual.

El ensayo sobre lo que acontece, o sobre la historia inmediata, evidentemente nos da pistas acerca del mundo que se nos viene encima, ese mundo en que vivimos, un mundo que se nos antoja desbocado o frecuentemente desbocado.

La imagen es recurrente. Como un caballo propiamente desbocado, la bestia marcha al galope en dirección imprevisible, cambiante, tanto que parece haber olvidado su doma. Si el mundo se parece en algo a esto, es normal que las mentes más preclaras de los académicos y analistas se apresten a investigar qué ha pasado, qué está pasando, qué puede pasar.

Nos va la vida en ello. De ser cierto lo anterior, cabalgaríamos a lomos de un caballo desbocado, ¿no es cierto?

Escribir un ensayo que frene, que nos frene, que ilumine, que aclare, parece ser la meta de quien lo escribe, pues. Es la suya —la de historiadores, sociólogos, politólogos, etcétera— una acción benemérita: nos ayudará a muchos contemporáneos a entendernos, dándonos cuenta y razón de lo que apenas entendemos.

Ocurren tantos hechos insólitos, imprevistos, que necesitamos una explicación cabal de lo sucedido. Eso se da en la vida colectiva, pero lo padecemos en la existencia de cada uno de nosotros: testigos, protagonistas o convidados de piedra en un mundo cuya marcha y cuyo significado ignoramos. Se hace costoso vivir así.

Supongamos… Imaginemos que eso mismo (lo azaroso, lo contradictorio y lo imprevisto) nos acaeciera constantemente a cada uno, en nuestra propia existencia individual. Vamos, que se nos viniera encima cada dos por tres. En ese caso, cada uno tendría urgencia por aclarar qué le ha pasado, qué le está pasando, qué le puede pasar. Tanta novedad nos resultaría asfixiante, un puro aturdimiento.

Las rutinas nos ayudan a no pensar demasiado, a no cavilar en exceso, a resolver por hábito y con sentido práctico lo que hacemos cada día. Sería muy cansado y hasta agotador innovar cada día, que nuestro cotidiano acontecer fuera una auténtica aventura.

Lo previsible nos ahorra cogitaciones y acciones. La rutina es economía de medios y de actos. Por eso llevamos mal o muy mal la incertidumbre, ese azar que rompe lo cotidiano no siempre para bien. Los individuos se sirven de hábitos que ni siquiera ellos han inventado.

Y las instituciones, las empresas, las administraciones se sirven de reglamentos bien prescritos, fijados y establecidos. Eso permite saber de antemano qué va a hacer cada uno y qué cabe esperar de los otros y de la propia organización. Gracias a este orden, el mundo de las empresas y de las instituciones marcha con normalidad, salvo imprevistos, y por ello se pueden hacer planificaciones.

Ahora bien, somos tantos en el mundo y son tantas las organizaciones, asociaciones, gobiernos, empresas, etcétera, con metas tan distintas, con objetivos tan diversos, que el mundo siempre está en tensión y hay momentos en que está al borde del desorden y hasta del caos.

Hay colusiones y colisiones, hay alianzas y hay enfrentamientos por los recursos o por los objetivos y eso y otros azares hacen que el planeta parezca estar frecuentemente al filo del abismo o del prodigio, de la buena suerte o de la pura chiripa de efectos ignorados.

Las guerras mundiales, por ejemplo, son casos bien evidentes. En ambos conflictos, la consumación de las fricciones lleva las naciones al desorden y al caos, a la destrucción. Esas fricciones se basan en informaciones, una parte de las cuales son correctas y otras, no.

Además, la acción de los futuros contendientes se basa también en un cálculo o previsión. ¿Obrará racionalmente, razonablemente, mi potencial enemigo? Ni los expertos más consumados y con mejores informaciones están seguros. De repente, el individuo, hasta el individuo más motivado, se sorprende de la deriva catastrófica o sencillamente imprevista de los acontecimientos y de sus consecuencias.

Cambiemos de ejemplos. Pensemos en el fin del Proceso de Reorganización Nacional (el cese de la dictadura en Argentina, 1976-1983). O pensemos en la caída del Muro de Berlín (1989). En estos casos había numerosos indicios más o menos inmediatos o inminentes de que tales cosas podían pasar.

Pero hasta los expertos más refinados (los sovietólogos, sin ir más lejos) no pudieron anticipar en masa y con mucha antelación lo que finalmente ocurrió en la URSS. Una cosa es desear que algo suceda y otra bien distinta es saber a ciencia cierta que eso sucederá.

Y cuando sucede, si no somos unos cínicos o mentirosos, no dejamos de sorprendernos. Es entonces cuando nos preguntamos por qué, cómo fue posible, qué lo provocó: las guerras o el final de la dictadura argentina o el fin del Imperio soviético. O tantos fenómenos colectivos que cambian el mapa del mundo o de una región.

Las instituciones y las empresas encargan sus informes, esos exámenes bien pagados hechos por expertos. Necesitan saber cuáles son y sobre todo serán las condiciones de sus respectivos mercados o ámbitos de intervención. Pero hay también otros expertos, que son académicos generalmente universitarios, que publican sus ensayos de actualidad, sus livres de circonstances.

¿Y qué verificamos? Pues lo falibles que son esos estudios, lo perecederos. Muy frecuentemente, con los mejores datos y las mejores informaciones, las mejores cabezas yerran, yerran tanto, que esos libros que leemos nos dejan pronto insatisfechos. Raro es volumen que nos convence duradera y enteramente y, por ello, persistimos como lectores.

Persistimos, pero para luego corroborar incluso nuestro propio error, tan frecuente. O eso creemos. Confirmamos que lo que en sus páginas creíamos acertado resulta finalmente erróneo y aquello otro que considerábamos equivocado era lo correcto. Un lío, pues, que nos hace persistir.

Y por ello leemos mas, leemos durante décadas, y a la postre así pasa: que acumulamos erudiciones inválidas, arruinadas, desechadas. Nos hacemos una cultura sociológica o filosófica o histórica de museo o ya descartada.

Pero de todo se extrae lección. O, como decía Umberto Eco, un libro es como un cerdo. De sus partes, todo se aprovecha. Y, de esos libros sobre el presente pronto desfasados, todo se aprovecha también.

Los escriben sociólogos, historiadores, antropólogos, filósofos, politólogos y economistas. Los escriben ante cada cambio profundo, inesperado o con consecuencias graves y duraderas.

Estos académicos nos dan su visión documentada de los hechos actuales y nos muestran el proceso que nos ha llevado hasta el presente. ¿Son certeros? ¿Observan y detallan con precisión?

Pues depende, claro, y hasta de los desaciertos más clamorosos, de los diagnósticos y pronósticos más erróneos, podemos aprender, ya digo.

Por lo que hemos podido constatar, para unos pocos casos que son excepción jovial u optimista, esos ensayos suelen tener casi siempre un tono pesimista, incluso fatalista. Si repaso la nómina de los volúmenes que he leído sobre estas materias desde 1989, me doy cuenta de que, salvo el momento inmediato a la caída del Muro de Berlín, todos suelen ser sombríos.

Esos libros suelen destacar la desazón, las disfuncionalidades, la desafección política, el deterioro democrático, la emergencia de los extremismos, el terrorismo global, la multiplicación del riesgo, la constatable decadencia, el daño ecológico, la más absoluta incertidumbre. Citemos unos pocos de los últimos años, algunos de esos libros esencialmente políticos que diagnostican el malestar y que periódicamente quedan obsoletos pues los síntomas también cambian.

Algo va mal, de Tony Judt, Pensar el siglo XX, de Tony Judt y Timothy Snyder, Veinte lecciones que aprender del siglo XX, de Timothy Snyder, El camino hacia la no libertad, de Timothy Snyder, La luz que se acaba, de Ivan Krastev y Stéphane Holmes, Cómo perder un país, de Ece Temelkuran. Etcétera, etcétera. Describen el deterioro del Estado del Bienestar, la crisis política del mundo tras el final de la Guerra Fría, la emergencia del autoritarismo.

En esos diagnósticos, la desaparición de la URSS, no habría dado lugar a la promesa de democracia universal que nos anunciara Francis Fukuyama en su célebre ensayo sobre El fin de la historia (1989). Reparemos brevemente.

La victoria del liberalismo sobre el comunismo le permitía a Fukuyama augurar el fin definitivo de “la alternativa marxista-leninista a la democracia liberal”, así como “el completo agotamiento de sistemas alternativos viables al liberalismo occidental”.

En tales circunstancias, la “democracia liberal occidental” se convertía en “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad”. Y, así, dado que “los principios básicos de los estados liberal-democráticos” son “absolutos e inmejorables”, lo único que restaba por completar era la extensión de “estos principios por toda la geografía, de manera que cada una de las distintas regiones habitadas por la civilización humana alcanzase el nivel más avanzado posible”.

Como sabemos, las expectativas de Fukuyama podían tener un sentido normativo, pero nada predictivo. Por ello el mapa posible de la democracia venidera no se cumplió, lo que no empaña los valores de la democracia y de la declaración universal de los derechos humanos como fundamento normativo de la democracia.

Ésta, la democracia, es el régimen más civilizado y deseable, pero ni su funcionamiento es siempre ejemplar (ni mucho menos), ni se ha extendido por el mundo. Lamentablemente no todos comparten la evidencia de sus bondades.

Antes al contrario, la Europa del Este, en diversas partes y con distinta cronología, se habría ido convirtiendo en un espacio de regímenes autoritarios y populistas. Eso sí, esa región tendría su propio zar o remedo del zar con la figura de Vladímir Putin como principal responsable de una política crecientemente oligárquica y antidemocrática, y marcada por un nacionalismo ruso y cristiano de proporciones inverosímiles.

Por su parte el oeste, el occidente capitalista, también habría ido deteriorándose, en una deriva de tendencias igualmente populistas, amenazadoras y liquidadoras del Estado social, del Estado del bienestar, de la sociedad del bienestar construido a partir del pacto de posguerra. La figura epónima de esta deriva, de este deterioro, estaría encarnado por Donald Trump.

Muchos, pero muchos ensayos políticos de última hora (de penúltima hora, mejor dicho) trazan el estado del antiguo mundo bipolar en estos términos. A esa radiografía simple que aquí abrevio por razones obvias se añaden en mayor o menor medida otros factores disruptivos: el cambio climático, la amenaza fundamentalista, la rivalidad de los distintos polos asiáticos y la presunta fatalidad del subdesarrollo del Tercer Mundo.

Habrá que seguir aprendiendo de los que saben, de quienes escriben con los mejores datos y con los pensamientos más equilibrados y audaces, pues cada día hay factores nuevos que invalidan o dañan hasta las radiografías más finas y exhaustivas.

El mundo —leemos en un pasaje apocalíptico e irónico de El nombre de la rosa— “siempre está a punto de acabar”. Pues por eso mismo habrá que seguir leyendo diagnósticos acerca de su estado, habrá que armarse y amueblarse bien la cabeza, aunque las piezas queden pronto obsoletas, no sea que ese mundo se nos venga encima por falta de cerebro.

Piove, porco governo

Tengo serias dificultades para entender a la especie humana, siempre timorata y a la vez siempre tan sobrada para juzgar a los demás.

La confianza que deposito en mis congéneres, en su sensatez, decae en estos momentos. En estas horas y días de transición.

No es arrogancia. Debo decir que jamás he tenido grandes expectativas con respecto a la Humanidad: conociéndome…, no dispenso mucho crédito a mis iguales.

A la vez, y sin saber exactamente por qué, peco de optimismo. Siempre pienso que de situaciones peores hemos salido. Me incorporo al plural indebidamente…

Digo indebidamente porque ninguno de esos momentos gravísimos que la Humanidad ha atravesado me ha tocado padecerlo.

Ni como testigo, ni como protagonista. Ni la Peste Negra, ni el Cólera-Morbo asiático, ni la Gripe Española, ni la Guerra Civil, ni la Segunda Guerra Mundial.

Es decir, que he sido muy afortunado si me comparo con mi padres, con mis abuelos, etcétera.

Esas generaciones y las que las precedieron fueron gente de fuste y de gran resistencia.

No me habría gustado estar en su circunstancia rodeado de tanto quejica actual, pero me hago cargo.

Me hago cargo gracias a la historia. La disciplina histórica te permite examinar y examinarte, comparar lo que de entrada es incomparable.

Quiero decir: no hay nada de nuestra circunstancia actual que pueda cotejarse con lo vivido o padecido por nuestros ancestros.

Vivimos rodeados de seguridades, de garantías, que nuestros antepasados no tuvieron, no pudieron gozar.

Es más…, o peor aún: vivimos rodeados de gentes que obran insensatamente. He estudiado historia, pero a la vez carezco de conocimientos, recursos, saberes suficientes.

Saberes suficientes que me permitan examinar con mucho detalle el comportamiento de los individuos y, por extensión, las acciones de las muchedumbres.

Pero el sentido común siempre ayuda…

He ido a los supermercados locales a los que acostumbro para abastecerme de lo necesario. Ni más ni menos.

Juro que he regresado voluntariamente sin papel higiénico, cosa que quizá sea una temeridad. Nos vamos a cagar… O eso parece.

Yo fui a adquirir lo que semanalmente necesitamos en casa. Es bastante rutinaria la compra, pues la programación la tengo prevista.

Lo que me he encontrado ha sido una devastación demente y un vacío.

La verdad es que quiero estar optimista (pues lo soy por naturaleza), pero el público municipal y espeso del que formo parte acaba siendo patético, terrible y ridículo.

Ya está bien de echar la culpa a las autoridades locales, autonómicas o españolas.

Hay internautas en las redes sociales y hasta algún experto sanitario que se nos están poniendo muy finos.

“Los de arriba”, he oído con desprecio en alguna grabación. El sanitario, éste concretamente, se refería a nuestros dirigentes, que no habrían querido afrontar la gravedad de la situación.

Así, sin más, lo suelta. Lo dice este o aquel. Lo dice este o aquel con ínfulas cuando lo cierto es que debería morderse la lengua.

Mi padre fue ATS, sanitario y un enfermo crónico de los bronquios, y sé que hoy hablaría con extrema prudencia.

Lo primero que habría que pedir a todos, potenciales pacientes o abnegados sanitarios, es que no queramos saber de gestión hospitalaria y epidémica.

No queramos saber como si estuviéramos habituados a circunstancias como éstas. Hay que ser humildes. Esto, en muchos sentidos, es nuevo…

Saben quienes programan y saben quienes calculan las consecuencias materiales y económicas de las decisiones políticas. Saben quienes pueden aventurar los comportamientos de pánico.

Lo contrario, hablar sentando cátedra en una situación extrema, es echarle cómodamente la culpa al otro, que al parecer no habría hecho lo debido.

Si seguimos así, con esta arrogancia de expertos de pacotilla, la lógica es infernal…

Cuando nos pase algo, un resfriado, la responsabilidad será siempre de los políticos, esa gente inescrupulosa que no puso los medios…

“Piove, porco governo”, dice el público municipal y espeso en Italia cuando unos y otros quieren quitarse las pulgas de encima.

Distinguidos humanos, hagámonoslo mirar.

—Fotografías:

JS. En un establecimiento Consum, de Valencia. Viernes 13.

Estanterías de papel higiénico, papel de cocina y leche.

Monstruos y miedos

Ésta no es una conferencia online. Repito:
ésta no es una conferencia online. Es una charla impartida en septiembre de 2018 en la Universidad Nacional de Quilmes. Físicamente estábamos allí. En Quilmes.

La di por invitación de Martin Stawski, profesor en dicha Universidad argentina.
Fue muy generosa su presentación.

Como fueron extremadamente amables la tutela, la compañía y la amistad de Miguel Ángel Taroncher, profesor en la Universidad Nacional de Mar del Plata.

Los monstruos de la burguesía. Ése fue el título de mi conferencia.

Por supuesto, a quienes me conocen nada de lo que digo les resultará nuevo. A estas personas les pido disculpas por la reiteración.

Ustedes me perdonarán, seguro: hablaba para un público distinto, generoso y atento.

Fue una tarde de felicidad académica y de contacto físico. Estaba en Quilmes. Estaba en la República Argentina.

Yo sentía el roce… y a la vez seguía el precepto de Achille-Cléophas Flaubert dado a su hijo, el novelista:

“Aprovecha el viaje y acuérdate de tu amigo Montaigne, que quiere que se viaje para dar cuenta principalmente de los humores de las naciones y de sus costumbres, y para frotar y limar nuestro cerebro con el de otro. Mira, observa y toma apuntes”.

Frotar y limar nuestro cerebro con el de otro. Ahora estamos separados a la fuerza. Es más, no sé si acabaremos dando clases online. Sin roce ni frotación.

En tiempos de retraimiento, de virus amenazantes y de miedo físico, recupero esta charla. En vivo, en directo.

Trato de otros miedos y de otros bichos.

Los intelectuales. Otra vez

¿Quiénes son los intelectuales? ¿Aquellos que cultivan el intelecto, los que se valen de la reflexión, de la cognición?

Si ésa fuera la respuesta, entonces todos los seres humanos, salvo grave avería, podrían definirse como tales.

Los individuos no somos mera chiripa existencial: somos herederos de tradiciones milenarias que llegan hasta nosotros.

Son tradiciones que nos proporcionan los recursos de que servirnos para pensar y actuar, para examinar y estudiar…., como intelectuales, como filósofos.

Nos centramos, nos centramos en nuestro propio yo, nos apartamos momentáneamente del mundo, nos abismamos incluso, y evaluamos lo que nos pasa o nos concierne.

Para ello, para pensar, para pensar qué hacer, empleamos las referencias culturales que a cada uno de nosotros nos han llegado o hemos adquirido.

Son estudios, experiencias, expectativas, recomendaciones familiares, preceptos religiosos, saberes comunes, conocimientos informales, consejos amistosos, productos de la cultura popular, de la cultura de masas.

Decía Umberto Eco (1932-2016) que todo ese repertorio de ideas propias o prestadas o recibidas forman nuestra particular Enciclopedia.

¿Pero esa circunstancia, la de pensar, nos convierte en pensadores? Insisto: me refiero a la de pensar, reflexionar, estudiar y finalmente actuar. No es exactamente así.

“Todos los hombres son intelectuales”, decía Antonio Gramsci (1891-1937), aunque no a todos los hombres les corresponda acometer dicha función en público y en sociedad.

¿Qué función? Sería algo así como pensar para todos o, al menos, para otros, valiéndose de los mass media con el fin de manifestar y publicar el resultado de esas reflexiones privadas.

Gracias a esas operaciones, las de pensar y difundir, dichas reflexiones podrán servir de lección o enseñanza generales.

La sociedad lectora, espectadora o consumidora de mensajes a través de los medios sabrá qué piensan los grandes escritores, filósofos, cineastas, científicos, etcétera, que tienen opinión o creen tenerla sobre los graves y también grandes asuntos públicos, políticos, sociales o de la índole que sea.

El intelectual es aquí un maestro, un maestro pensador, al que se le atiende por su fama, por su celebridad, por la calidad de sus razonamientos y argumentos, por la exactitud de sus diagnósticos y exámenes públicos.

Quienes desempeñan la función de intelectual son aquellas personas que, dotadas de alguna cualidad reconocible, intervienen en la esfera pública.

Son aquellas personas que se atreven a denunciar al poder o los poderes, a los presidentes, a los ministros y a los gobiernos.

Los denuncian preferentemente en la prensa o en manifiestos, en artículos o en entrevistas, porque esos intelectuales se valen de su celebridad para hacer valer su voz.

Se hacen valer y hacen valer su voz contra la arbitrariedad, contra la opresión, contra la injusticia.

Se convierten así en referentes, en modelos de conducta, para numerosos seguidores o incluso para rivales o enemigos que aguardan sus pronunciamientos para reaccionar contra esos mismos intelectuales.

Estos individuos reverenciados o detestados son o suelen ser creadores: han alcanzado una preeminencia pública por la virtud artística o científica con que están ungidos y, así, filman películas, publican novelas, poemas, estrenan obras dramáticas, investigan.

Su conversión en intelectuales no procede de su labor creadora. Su conversión viene después, cuando valiéndose de la celebridad o del reconocimiento se atreven a hablar de cosas públicas que no son de su competencia o de su incumbencia.

Es entonces cuando hacen declaraciones, firman manifiestos, critican decisiones, enjuician a los gobiernos y difunden su palabra, su voz.

O, como dijera Jean-Paul Sartre (1905-1980), el intelectual más conocido, reconocido, seguido y detestado del siglo XX, esta figura pública es un tipo entrometido: alguien que se inmiscuye donde no le llaman, que incordia.

El intelectual espera derrocar “verdades” recibidas que juzga mentiras y prejuicios heredados, que juzga falso pensamiento, atavismos y actos públicos que juzga retrógrados o dañinos.

O, más aún, el intelectual es aquel que abusando de la notoriedad alcanzada sale de su ámbito (la literatura, el arte, la ciencia) para criticar a la sociedad, para reprender a los poderes establecidos, para amonestar a sus contemporáneos por perezosos o irreflexivos.

La celebridad: justamente cuando el creador aprovecha esta circunstancia para examinar el estado de la moral colectiva, cuando el científico se sirve de la fama para interpelar a sus destinatarios y cuando el literato se erige en defensor de una causa, entonces estamos en presencia de intelectuales.

Se exhiben ante sus compatriotas y ante el mundo, coronados por el prestigio y protegidos por su crédito público.

Los intelectuales son un grupo humano paradójico. Lo constituyen individuos que no son afines o enteramente afines.

De entrada, nada los vincula: ni las profesiones, artes o saberes que cultivan ni las prácticas y tareas que desempeñan.

Sus orígenes suelen ser variopintos e incluso no son raros el extrañamiento y el enfrentamiento mutuos: no saben bien qué realizan estos o aquellos, pues ni los escritores o artistas conocen con exactitud qué hacen los científicos y los técnicos, ni éstos saben con precisión qué es crear.

Eso sí, unos y otros crecen interiormente alimentando un yo, desarrollando sus cualidades, formándose: ese refinamiento expresivo, creativo o científico les aleja del resto de los mortales, del común de las gentes.

Se rehacen con nutrientes culturales ajenos, con herencias recibidas de los sabios, eruditos y artistas que ls preceden.

Reciben un legado múltiple que ellos sintetizan y hacen avanzar con nuevas habilidades o nuevas capacidades; interiorizan experiencias y prácticas y logran algo distinto.

Desde el siglo XVIII y, sobre todo, desde finales del siglo XIX no pocos creadores, pensadores y científicos se convierten en intelectuales.

Tienen cualidades reflexivas, analíticas, de mucho provecho para la sociedad.

Y es por ello que se sienten autorizados a expresarse, a pronunciarse, en una etapa histórica en que también nacen la esfera pública, la opinión pública, lo público.

Los intelectuales son también un grupo raro por otras razones. Por ejemplo, porque aquello que hacen como creadores o como académicos, como virtuosos del arte o de la palabra, los distancia objetivamente de la masa, del vulgo.

Y, sin embargo, esa misma cualidad y esa diferencia o abismo imantan, atraen, seducen a amplios sectores de la gente: de las masas que se informan en la espera pública, de las muchedumbres y de los públicos que se preguntan por la opinión relevante y común.

Es por eso por lo que a esos intelectuales se les toma frecuentemente como referentes indiscutibles, como portavoces de ideas necesarias.

Justamente por eso, sabiéndose escuchados, seguidos, aplaudidos, levantan su voz, se pronuncian con mesura o con mucho aspaviento, peroran o educan e instruyen.

No sólo de lo que saben, de aquello en lo que son competentes (el verso, el óleo, la ficción, el barro, la instantánea, los virus, etcétera), sino también de otras cosas públicas que a muchos interesan y sobre las que ellos creen tener opinión y juicio. O se les exige tener opinión y juicio.

Intervienen en la prensa, se hacen presentes en los medios, denuncian con corajeo con mesura, aprueban con entusiasmo o tibiamente, condenan con arrojo o con yerro, celebran…

Y su imagen se impone más allá de su propia obra. Son conocidos y resultan reconocibles y sus efigies o sus parlamentos son considerados, muy tenidos en cuenta.

Es raro poder escapar del envanecimiento que puede provocar esta capacidad de convocatoria, pues saberse conocidos y apreciados, saber que hay tantos que aguardan sus voces o sus dictámenes, agranda el alma o la trastorna.

Con retórica dolida o expresión sarcástica, con formulaciones sensatísimas o con exclamaciones disparatadas, los intelectuales se hacen leer, se hacen oír o se hacen aplaudir.

Por esta circunstancia paradójica –un mundo interno cuyas emanaciones se esperan con unción y fervor–, algunos intelectuales obran con torpeza o delito, maduran mal, padeciendo frecuentes trastornos narcisistas.

Entre quienes están muy pagados de sí mismos, entre quienes sueñan con la posteridad, no es raro hallar casos de engreimiento fantasioso.

Son gentes que, cuando recuerdan su propia vida, se engañan con sus logros, su identidad y su coherencia. O se juzgan oráculos.

Pero hay otros intelectuales que obran con prudencia, con sensatez, personas que tuvieron juventudes más o menos alocadas y que cuando maduran raramente se equivocan.

En cualquier caso, un intelectual es un metomentodo, un señor o una dama de las letras, de las artes, de las ciencias, etcétera, que se atreve a elevar su voz frente lo obvio o lo repetido o lo archisabido. Es alguien picajoso.

¿Puede ser un tipo servil, un rastrero? Por supuesto, la historia contemporánea rebosa de gente indeseable que ha ocupado el puesto de intelectual y que no ha sabido no ha querido defender causas nobles o necesarias.

Quizá podemos pensar que frente a estas tentaciones tan poco edificantes, más valdría que cada uno se ocupara de lo suyo, de lo que sabe, de lo que sabe hacer y no de lo que cree que debe decir en público. Frente a esta idea, que no es disparatada, cabe oponer dos razones bien actuales.

Primera. ¿Podemos imaginar un mundo de expertos en el que sólo éstos hablaran de su materia por ser los únicos estudiosos y autorizados? Sería, además de tedioso, enormemente pobre: empobrecedor.

Segunda. ¿Podemos imaginar un mundo de atrevidos ignorantes e iletrados opinando sobre cosas abstrusas? Por supuesto al intelectual y al ciudadano, que no son expertos ni ignorantes, hay que exigirles hondura, datos, conocimiento y prudencia analítica.

De su capacidad expresiva, la del intelectual: de su capacidad para conectar con el gran público, no cabe dudar.

De igual modo, al experto, al politólogo, al historiógrafo, al economista, habría que exigirles claridad, apearse de la jerga abstrusa y, sobre todo, quitarse ese vicio tan común: el creerse científicos ajenos al vulgo.

Que los enunciados de un académico han de superar las pruebas está fuera de toda duda, pero que nos califiquemos de científicos cuando somos humanistas más o menos refinados… no nos salva.

¿Podemos imaginar un futuro horripilante de tecnócratas bien informados que hayan olvidado las Letras?

El mundo es complejo, sometido a la subjetividad, a las conductas en parte imprevisibles de los humanos.

O como decía con agudeza involuntaria George W. Bush: la guerra es un sitio peligroso. También la paz, podríamos añadir.

No se resuelve sólo y definitivamente con el dictado del experto, ni con la predicción del politólogo o demógrafo, por ejemplo.

Por eso, necesitamos una pluralidad de voces cultivadas (entre ellos, los llamados intelectuales, esos que no son expertos precisamente) que con mayor o menor acierto nos incomoden.

Necesitamos gentes reconocidas que se atrevan a examinar y a evaluar las política y las cosas públicas. Podrán seguir siendo ejemplo de internautas que precisan referentes.

Que quien tenga que opinar o dictaminar ha de documentarse, está fuera de toda duda. Como es obvio, hay que ensanchar el marco que circunscribe nuestros pensamientos.

Es más si tenemos un pensamiento original, pero original de verdad, algo que nadie haya dicho antes, es altamente probable que sea una memez.

O sea: hay que desconfiar del experto de gabinete que apenas pisa la calle, como hay que desconfiar del humanista que cree tener varias o muchas ideas novedosas.

Como hay que desconfiar de los bulos que circulan por la red con apariencia científica o académica.

A veces, en el experto, el problema es una erudición abundante y banal que impide reflexiones de mayor hondura o largura.

¿Y en el caso de los escritores y artistas que se pronuncian? ¿Un literato y un creador tienen algo que decir públicamente?

Por supuesto. Para empezar lo dicen bien. Una sintaxis pobretona refleja un pensamiento tosco y hasta una moral descompuesta.

Aparte de decirlo bien, ¿la escritura intelectual aporta profundidad?

No nos confiemos. No siempre los expertos o los intelectuales obran con corrección. Por su parte, lo que desagrada de los expertos es la ceguera: la miopía, de tantos analistas de laboratorio.

Aquello que escandaliza de los creadores convertidos en intelectuales es cuando se pronuncian con escasez de conocimientos, con magras experiencias y con fatuidades.

Los intelectuales (humanistas, artistas, etcétera) han cometido grandes irresponsabilidades.

Pero los expertos son responsables de enormes atrocidades: han contribuido a la ingeniería social y a la tiranía: bajo el nazismo, bajo el estalinismo, por ejemplo.

Sin duda que hay literatos que han hechos cosas feísimas. ¿Qué cosas? Pues, por no ir más lejos, la siguiente: sostener ideológicamente dictaduras (cosa frecuente durante la Guerra Fría).

Insisto: igual que hay científicos de neutralidades presuntamente objetivas que se aliaron con gobiernos delictivos.

A pesar de esas culpas, intelectuales y expertos aún nos son necesarios. Con frecuencia, las opiniones ya no pasan por fuerza a través de los grandes medios: la opinión pública y publicada, esa en la que impusieron su voz los intelectuales.

Con frecuencia, las opiniones ya no pasan por fuerza por la academia, por la Universidad, esa en que se formaron y se impusieron los expertos, los estudiosos.

Hoy, las redes sociales, permiten la difusión de todo tipo de opiniones. La redes sociales han supuesto una democratización de esas opiniones, una extensión de los juicios privados, una multiplicación de las perspectivas o puntos de vista.

Sin embargo, la democratización de las opiniones no significa necesariamente una mejora en la calidad de los juicios, de los puntos de vista, de los análisis.

Los intelectuales han perdido fuelle, han perdido vigencia, han perdido fuerza oracular.

En buena medida han sido reemplazados por numerosas expresiones personales, por muchedumbres opinadoras que se difunden a través de las redes (como hago en este momento) y que en ocasiones están bien fundamentadas y en otras, por el contrario, son o favorecen los bulos.

Hay que estar en guardia, atentos. Como decía el clásico, el diablo está en los detalles.

Hay que observar, leer y examinar; observar, leer y examinar; observar, leer y examinar.

Y no hay que dejarse impresionar. No hay que dejarse impresionar fácilmente.

Lévi-Strauss

Acabo de recibir un boletín de Levi Strauss & Co. Es una newsletter a la que estoy suscrito.

En este envío se me informa de las novedades en jeans y otras prendas y complementos para la temporada que se avecina.

De todo el género que ofertan sin duda prefiero los Levi’s Vintage, la sección en la que, por ejemplo, recuperan vaqueros 501 de 1947, de 1954 o de 1967. Entre otras producciones y manufacturas.

Creo que me compraría todas esas variantes de mis jeans preferidos. Me frenan, sin embargo, los desembolsos. Levi-Strauss & Co cobra a precio de oro los modelos que son su fondo de armario.

La nostalgia cuesta, cuesta un gran desembolso, y a la vez supone una inversión emocional. ¿A quién que fue joven décadas atrás no le gustaría enfundarse los pantalones de John Wayne, James Dean o Bob Dylan?

No te sentirás rejuvenecer, pues aún no existen los prodigios ni los teledesplazamientos, pero vivirás vicariamente una fantasía de opulencia y rebeldía americanas.

La newsletter de Levi Strauss & Co me ha hecho recordar una insólita recomendación del algoritmo de Facebook.

Verán, hace unos años, el robot me sugería hacerme amigo de Claude Lévi-Strauss, el etnólogo estructuralista, por entonces, ya fallecido.

Al parecer, un joven bienintencionado había creado un muro con el nombre de este antropólogo desaparecido un par de lustros atrás.

De entrada debo decir que me dio grima pedirle amistad a un muerto. Imagínenme preguntando… ¿hay alguien ahí?

Pero a la vez la propuesta me tentaba. ¿Por qué razón? Pues porque Claude Lévi-Strauss ha significado mucho en mi vida.

Eso sí, igual que Levi’s: para mí y para tantos otros ese apellido era el símbolo de la juventud.

Al antropólogo lo descubrí siendo yo un adolescente modoso que quería aparentar o afectar poses de insolencia intelectual.

Y los jeans habían sido mi primer desembolso consciente con el que vestirme o disfrazarme. También quería lo mismo: aparentar o afectar poses de rebeldía juvenil.

Nunca profesé enteramente el estructuralismo de Claude Lévi-Strauss, aunque siempre me interesó su teoría.

Justamente por ello leí no pocos de sus libros. Y aún releo al antropólogo de cuando en cuando. Me estimulaban y me hacían gracia… Gracia.

El mismo Claude también lo admitía. Según podemos leer en De cerca y de lejos, un libro-entrevista con Didier Eribon, la coincidencia de su apellido (Lévi-Strauss) con la marca de los jeans (Levi Strauss) le hizo mucha gracia. Igual que a mí, ya digo.

Cuando el antropólogo estuvo residiendo en Nueva York en los años de la Europa convulsa, algunos vecinos creían que Claude era el amo de los vaqueros.

Y no, no era el propietario de la firma. Claude y Levi Strauss sólo tenían en común el apellido judío, el linaje hebreo: belga y bávaro respectivamente.

Sucedía justamente cuando en España comenzaba a tambalearse un régimen político ya declinante, precisamente cuando comenzaba a ventilarse el aire mefítico de la dictadura.

Qué curioso… Hace cuarenta y tantos años años, yo leía a hurtadillas a Lévi-Strauss. Eso sucedía cuando fallecía Francisco Franco, el jefe del Estado.

Al antropólogo lo leía atraído por aquello que trataba, por la audacia de su pensamiento.

Pero lo leía también por la extrañeza que su apellido me provocaba: el estremecimiento adolescente de un joven que a la vez se enfundaba sus primeros tejanos Levi Strauss.

No entendí gran cosa de esos estremecimientos. Tampoco de la abstrusa teoría estructuralista.

Pero me procuraban un placer ajeno, nada paleto o provinciano. Me creía menos español. No me pregunten por qué.

Me veo ahora escribiendo con nostalgia un autorretrato del lector adolescente. Me veo escribiendo de unos jeans que fueron el descubrimiento de un jovencito aturdido y, cómo no, enrabietado.

No me pregunten por qué, pero aprecio en todo ello una modesta empresa de autobiografía personal.

Voy a repasar la newsletter de Levi’s. Aún me tienta el género. Por otra parte, creo que sí, que esta vez le voy a pedir amistad a Claude Lévi-Strauss, allá donde esté.
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Historia y miedo

El historiador es un profesional. Es decir, es un tipo que ha aprendido reglas, procedimientos y protocolos comunes, los que siguen sus mismos colegas.

Aprende eso cuando realiza unos estudios específicos. Es el momento de someterse durante y después de la carrera (esa carrera de obstáculos que son los exámenes y pruebas) a la práctica del oficio.

OMS

Insisto: es un profesional, pues no puede obrar a su antojo sin rendir cuentas. Por ello se somete a todo tipo de disciplinas.

Es más: la suya, su profesión, es literalmente una disciplina. Tiene técnicas, pericias y destrezas heredadas.

Quienes la practican se valen de una materia prima para fabricar el producto. ¿Qué materiales son éstos?

Al igual que los periodistas, que los cronistas, que los reporteros, los historiadores se sirven de la información.

Mejor dicho, de las informaciones. Hacen acopio de datos en bruto, de datos semiprocesados o de datos ya procesados. Los buscan o les llegan.

Son informaciones que hacen referencia a hechos sucedidos, a acontecimientos ocurridos, a actos emprendidos por los seres humanos.

Actos emprendidos para bien y para mal, con estos o aquellos fines, con estas o aquellas motivaciones, con cálculo o a lo loco, con deliberación o irreflexivamente.

Pero esas informaciones aluden también a procesos que no dependen sólo de los fines que los individuos se proponen o de las motivaciones que los mueven.

Lo que sucede no es necesariamente lo que los seres humanos tenían previsto. Es más: con frecuencia, lo que ocurre no estaba anticipado, no puede anticiparse. Y ello, por dos razones.

Por un lado, por el efecto de composición de los actos humanos: unos a otros nos oponemos, nos sumamos, nos restamos y, por esto, las metas se tuercen o se alcanzan.

Y ello no sólo por lo que yo hago o dejo de hacer, sino también y principalmente por lo que otros hacen para conseguir sus propios fines, que entran en contradicción o no con los míos.

EFE

Y eso que otros hacen puede que lo hagan para quitarme los rendimientos que yo esperaba obtener o simplemente porque, sin deliberación alguna o sin malicia, sin conocerme, van a la suya y me ganan o se llevan mi parte.

Pero, por otro lado, lo que ocurre en el mundo de hoy y en el mundo del pasado, aquello que finalmente acaece, no siempre puede preverse a pesar de las cavilaciones y cálculos que emprendemos.

Nos hacemos nuestras predicciones sensatas o insensatas, aguardamos el cumplimiento de nuestras expectativas y creemos estar seguros de ese cumplimiento.

Y ello gracias a la experiencia acumulada y a los medios técnicos y recursos de que nos servimos para definir y delimitar la situación y con ello para aventurar el resultado a corto, a medio o a largo plazo.

Gracias a la sofisticación técnica de las ciencias, podemos saber con relativa certeza lo que nos espera.

Por ejemplo, con las predicciones meteorológicas que se cumplen. ¿Pero qué pasa cuando hay factores imprevistos, no tenidos en cuenta?

No me refiero a una ciclogénesis explosiva, que se ve venir para un climatólogo.

Tampoco me refiero, en el ámbito propiamente humano, a las cíclicas crisis que los economistas auguran con mucha ciencia y fundamento.

Aludo, por el contrario, a los efectos imprevistos e incontrolados de hechos catastróficos o cataclísmicos que no se esperaban y, sobre todo, a las noticias reales o irreales, fundadas o infundadas de esos hechos.

Como vivimos en la sociedad de la hiperinformación, como somos terminales, como estamos abiertos a toda clase de datos, contrastados o no, reaccionamos de manera individual, colectiva, quizá de manera prevista o imprevista.

En todo caso, al reaccionar, alteramos las expectativas hechas con cálculo y ciencia y, por ello, las predicciones se incumplen o pueden llegar a incumplirse. Se genera incertidumbre y hasta caos.

El miedo y toda una gama de reacciones emocionales trastocan las serias predicciones de los científicos más creíbles y severos.

Por eso a un historiador no hay que pedirle anticipaciones de lo que va a ocurrir.

Examinamos mejor o peor lo ocurrido, lo ya ocurrido, porque en lo sucedido y ya consumado no hay factores nuevos o imprevistos que arruinen el diagnóstico. O eso creemos. Así nos va mientras la cosa funciona.

Sin embargo, una vieja fuente hasta ahora desconocida, un documento antiguo que no estaba al acceso del investigador y un enfoque diferente pueden arruinar la explicación histórica mantenida hasta este momento.

No sólo el presente y el futuro humanos y planetarios son inciertos o móviles (a pesar de los avances de la ciencia y la técnica o tal vez por ello mismo).

También lo es el pasado, dependiente de factores variables: ese documento inaccesible, esa fuente ignorada, ese enfoque audaz y nuevo que nos obligan a explicar e interpretar de otro modo.

El historiador puede verse abrumado, como podría sentirse un ciudadano reflexivo que observara y examinara la actualidad, siempre vertiginosa.

No pocos diagnósticos que se han hecho del estado del mundo desde hace décadas, desde fin de la Guerra Fría, desde el fin del mundo bipolar, repiten estas palabras y éste tópico: el mundo está desbocado.

Ya no hay un centro desde el que gobernar y la información es propiamente el mundo.

¿Y el historiador se ve afectado por esa incertidumbre? De entrada se vale de sus conocimientos, de sus mañas. Es decir, quien investiga pone en orden un conjunto más o menos vasto de datos.

Más aún: jerarquiza las informaciones que reúne, husmea en los archivos para hallar sus fuentes, busca confesiones o revelaciones de quienes fueron protagonistas o testigos.

Pero rastrea también en el presente. En la actualidad incierta: persigue y observa los numerosos vestigios materiales e inmateriales que quedan del tiempo pretérito.

¿Pero por qué ese interés por el pasado? ¿Por exhumar algo distante que nos es completamente ajeno?

No exactamente: en realidad, el historiador busca huellas o testimonios de otro tiempo para explicarse por qué somos distintos, algo distintos o muy distintos ahora; para explicarse qué es lo que nos distancia de nuestros antepasados.

¿Qué conceptos son esos de historia, mundo y actualidad, puestos en relación?

Convenimos en que la historia es rastreo del pasado, la exhumación de sus fuentes con el fin de documentar hechos que perduran y que aún nos intrigan o conmueven, que todavía nos afectan o influyen.

Porque la historia bien fundada, en efecto, no es el seco interés erudito por un mundo cronológicamente desaparecido o geográficamente distante, algo lejano por lo que ya no tendríamos interés.

En realidad, los historiadores tratan sus objetos con el mayor interés, con la mayor cercanía. Es una estupidez pensar que abordamos el pasado desinteresadamente.

Es necesario tratarlo con rigor, con esfuerzo documental, valiéndonos, sí, de un noble ideal, del ideal de la imparcialidad.

Pero el mundo que estudian los historiadores es el entorno propiamente humano, intersubjetivo, ese espacio de relaciones, percepciones, emociones e intervenciones en el que los individuos nacen, crecen y maduran.

Y esas relaciones, percepciones, emociones e intervenciones se dan en un espacio local o universal cuyos límites no siempre están claros.

¿Cuál es el contexto de las acciones humanas? Pensamos que lo cercano es la circunstancia, pero lo universal o lo distante influyen de modo diverso sobre lo local.

Ahora, en el tiempo de la globalización, pero también en épocas anteriores.

La actualidad, en términos aristotélicos, es aún una realidad que se materializa, que se convierte en acto.

Aquello que estaba como posible, como probable, como meramente eventual, se consuma adoptando una forma que estaba por definir.

Pero lo actual suele tomarse también como lo que está sucediendo o teniendo efectos.

Más aún, no hay balances definitivos: cada generación, cada grupo humano, debe saldar cuentas con lo pasado.

Esos efectos varían y lo presuntamente muerto regresa en acto para afectarnos nuevamente.

Los muertos de pasados contagios vuelven con un hedor y un helor de siglos.

Es entonces cuando, por ejemplo, nos preguntamos cómo afrontaban los habitantes de una ciudad mediterránea del siglo XIX una invasión colérica: un contagio del cólera-morbo asiático.

OMS

Es entonces cuando nos preguntamos qué información les llegaba y cómo les afectaba. La muerte por contagio era frecuentísima y la percepción del mundo era otra.

Si estudiamos historia, nos volvemos sin duda más cautelosos. No sé si más prudentes…, ojalá.

El estallido de informaciones masivas propiamente ‘contagiosas’, informaciones emocionales generadoras de miedos y pánicos, debilitan nuestras defensas.

Y de eso sabemos bastante los historiadores. Que nadie nos pida remedios.

Sólo ejemplos remotos o recientes bien presentados. Las lecciones son abundantes, a veces esperanzadoras y a veces pesimistas.

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Fotografías: OMS y EFE

Borges y nosotros

(9 de junio de 2006)

En 1986, el 14 de junio, fallecía Jorge Luis Borges. Desde entonces no nos hemos resignado a esa fatalidad y la sobrellevamos regresando a él, a sus obras.

“Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas”, dice él mismo expresándose en tercera persona cuando se desdobla en Borges y yo, “pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje y la tradición”.

Borges fotografiado por Grete Stern en 1951. Detalle.

Y, en efecto, así es: Borges es ya del lenguaje y de la tradición y, por eso, su influencia y el aprecio que le dispensamos, lejos de haberse disipado, aumentan.

Tal vez porque en su obra, vasta y concisa a la vez, se resumen algunas de las urgencias, de las paradojas y de las perplejidades de nuestro tiempo. Borges, que durante tantos años fue un lector ciego (“Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven”, se dice en El Aleph), tiene hoy la máxima visibilidad, pues se le invoca, se le cita, se le reedita constantemente.

De Borges, que tuvo una vida retirada y casi siempre sedentaria, se han publicado y se siguen publicando incontables biografías que revelan su aventura intelectual, sus comedidas audacias: por ejemplo, la de convertir la lectura en un arte, en una creación.

Borges no adoró los libros, sino la delicia que nos procuran, esa dicha de descubrir algo que se ignoraba. El narrador argentino nos mostró que leer es, en efecto, un acto tanto o más placentero que el de escribir, porque al leer con arresto, con paciencia, con entusiasmo, se creció –y nosotros con él– experimentando lo que a otros sucedía.

Pero esa vivencia no es sólo vicaria: si la lectura se consuma, entonces las experiencias de otros las hacemos propias y nos multiplican el yo.

Borges celebró la seducción relatora o poética, la que consiguen los grandes creadores en alguna página válida, justo cuando se sirven de palabras para levantar un mundo inexistente en el que habitan personajes ordinarios y heroicos, personajes que sobreviven con determinación o con bajeza haciéndose a sí mismos.

Y estas celebraciones las conmemoró en las numerosas entrevistas que Borges concediera (entrevistas luego convertidas en libros), interlocuciones en las que exaltaba el placer del texto, de la frase, del verso, del adjetivo exacto, del verbo preciso.

Pero esa dicha lectora la recreó escribiendo él mismo, pues su arte verbal es un tanteo, una mixtura de géneros, y un homenaje a los clásicos, a esos predecesores que nos anticipan.

Decía Umberto Eco que los clásicos que leemos sobreviven entre la jam session y el destino fatal, entre la improvisación –que ejecutamos los lectores– y la partitura, que es el texto literal, que establece unas particularidades y no otras.

La lectura puede tratar los textos como si de auténticos hipertextos se tratara: con un sentido inestable, mudable, según las distintas generaciones de lectores que se van sucediendo y que regresan sobre los clásicos, esas palabras literales pueden acabar significando algo imprevisto para el autor o para sus primeros destinatarios.

Pues bien, eso es lo que hizo Borges: desdoblarse en numerosos lectores para hallar significados insólitos en los clásicos y para expresar la imposibilidad de ignorarlos. Y Borges lo hizo escribiendo y adoptando distintos perfiles o personajes.

Está el ensayista, que se vale de recursos filosóficos para abordar el universo y para abordarse a sí mismo.

Está el narrador, capaz de relatar las paradojas de ese mismo universo y del yo que se despliega.

Está el poeta, dueño de sus propias imágenes y valedor del soneto y de inacabables enumeraciones que tratan de sumar los dones que él disfruta, pero también está aquel otro versificador que hace de la contención verbal su objetivo y su catarsis.

Está, otra vez, el lector ahíto, el lector que se sabe epígono, lleno de referencias, el lector insaciable, intelectual y popular, admirador del ingenio anónimo y de la sutileza creativa.

Está el autor que se sirve de la ironía como único recurso con el que regresar a un pasado ya infinito, pero está también el escritor que interpela directamente a un destinatario no menos formado y culto, a un destinatario al que respeta y con el que juega, un aliado de la palabra y de la inspiración.

Está el vate invidente, aquel de reminiscencia clásica que, como el viejo Homero, canta las gestas de los hombres y las desdichas que los dioses les mandan.

Está el humorista que se admite oficiante de un plagio inevitable, aquel conversador que se explica, que se repite y que se disipa en un habla también inacabable, el bromista que se recrea y que se distrae valiéndose de las paradojas de la lógica o asociando la teología y la metafísica a la fantasía.

Está el Borges que juega con el tiempo, siempre escaso, siempre cicatero, el Borges que lo amplía, que conjetura sobre él, que imagina sus duplicaciones y que multiplica las vidas y las simetrías, que se deleita o se angustia en una perpetua suma de azares, que sueña con los diversos porvenires que se bifurcan.

“Si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de la humanidad en vías de desaparición”, indicaba E. M. Cioran, “y porque encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado”.

Extraterritorial, vario y fragmentado, degustador de distintas culturas y sin arraigo nacional que lo limitara: Borges fue un europeo americano y un americano interesado por Japón y por las literaturas más distantes.

Hoy, cuando todos parecen querer el arraigo y el reconocimiento de una comunidad de iguales, su lectura es un antídoto contra la cultura de vuelo gallináceo, contra la autosatisfacción provinciana.

Pero, además, esa aventura intelectual Borges la emprendió sin severidades campanudas, ya que, como indicó Cioran, supo “dotar a cualquier cosa, incluso al razonamiento más arduo, de un algo impalpable, aéreo, transparente.

Pues todo en él es transfigurado por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y de sofismas deliciosos”, dueño de “una sonrisa enciclopédica”. En efecto, todo en el narrador argentino carece de la severidad, del empaque de los fatuos. ¿Imitable Borges?

Ha sido copiado, reproducido, calcado. Ha sido remedado su estilo. Sin duda, lo que mejor podría imitarse de él es su humor culto. “Podría convertirse”, admite finalmente Cioran, “en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas y, si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido”.

Para el escritor argentino, el universo era como una biblioteca infinita, como la biblioteca inacabable en la que los anaqueles contienen la totalidad del saber grande o menudo y el conjunto de los hechos memorables que la escritura humana ha registrado.

Y el universo, según lo describía en El Aleph, es una infinitud que nos daña, que nos lastima. “Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad…”, dice el narrador de El Aleph.

Y, en efecto, aquí lo tenemos: aquí tenemos a un Borges que felizmente no cambia, habitando en su propia eternidad literaria de lector.

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Lunes, 17 de febrero de 2020, a las 20 horas.
Club de Lectura Libreria Gaia, Valencia

‘Ficciones’, de Jorge Luis Borges.
Conversación entre
Miguel Ángel Taroncher y Justo Serna

Discusión entre los asistentes.

Sergio del Molino. Para todos los públicos

Ayer acudimos varios amigos a La Nau. Nos habíamos conjurado para no perdernos un acto cultural.

Ya saben: a las 19 horas o das una charla o te la dan. En nuestro caso estuvimos como aplicado público.

Era una conferencia impartida por Sergio del Molino en el Aula Magna de la Universitat de València. Y era un acto organizado por Cristina García Pascual, responsable Aula de Literatura de esta Universidad.

Sergio del Molino debía hablarnos —y nos habló— con naturalidad, con autenticidad, del proceso creativo —de su proceso creativo—, de la forma de su escritura, de los géneros que cultiva, de los trucos o pericias que aplica.

Por supuesto, Del Molino quitó todo mesianismo a su oficio. No se puso egregio. Tampoco vulgar. No quiso ser o ponerse de ejemplo.

Sencillamente nos transmitió el placer que le procura escribir, dar forma a lo que carecía de existencia.

El autor no es ese Dios antojadizo que gobierna a sus personajes. Es alguien que descubre y aprende valiéndose de su experiencia y de sus recursos. Sabe plantearse problemas y, en el mejor de los casos, sabe expresarlos.

Del Molino ha sido periodista y ahora es principalmente escritor. De periodista a escritor parece haber poca distancia, apenas unas pocas tareas que separan a quienes cultivan el reporterismo o la novela.

Él es o sigue siendo periodista de opinión. Pero es ya un escritor consagrado, calificativo quizá altisonante que tiene algo de fervor religioso u oficiante de ritos.

Nada de eso. Sergio quiso ser escritor desde niño, según nos confesó. Ser escritor no es exactamente —o exclusivamente— ser novelista.

Es practicar el oficio libre de la escritura: desde la ficción hasta ensayo, pasando por la autobiografía.

Es más: es concebir libros que son relatos, obras que elaboran experiencias personales, artificios que narran o ensayan y en los que el escritor se entromete y se compromete. Ser escritor es encontrar un estilo.

Ya somos legión —qué palabra tan odiosa— los lectores que disfrutamos con su prosa fluida y ríspida a un tiempo, nunca complaciente.

No es la suya una sintaxis sonajero; tampoco argot de experto. Escribe para todos los públicos, algo muy difícil.

Disfrútenlo.

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Fotografía: ignoro el nombre del retratista. La imagen, sin autoría, es la que figura en la página de la Universidad.