El avestruz de Samsung

Vuelve Elton John 

En mi pasado de niño y adolescente, en aquellos años sesenta y primeros setenta, yo encendía la radio muchísimo, con el automatismo del que está habituado día a día a efectuar los mismos actos, con la rutina de quien sabe lo que quiere, lo que le entretiene y espera encontrar en el dial. 

¿Qué cosas? Los 40 Principales, por ejemplo. Con el estridente Joaquín Luqui. Luego, ya más crecido y documentado me inclinaré por Radio 3. Con Jesús Ordovás y Diego Manrique, claro. Pero regresemos a Luqui. 

Joaquín no te dejaba indiferente: a través de las ondas radiofónicas llegaba su tono susurrante y gritón hablando de los Beatles, de la música pop, con una erudición inverosímil. 

Atesoraba conocimientos inacabables sobre el grupo de Liverpool, sobre Cliff Richards, sobre Elton John, sobre…, y pronunciaba el inglés como si el idioma fuera para él una cosa antigua y bien sabida: lo pronunciaba como yo nunca lo pronunciaré. 

Siempre he pensado que hagas lo que hagas has de acometerlo apasionadamente, teniendo un motivo que te provoque el entusiasmo y la fijación. Eso sí, siempre que tu exaltación no te acabe convirtiendo en un tipo repelente.

Yo veía ese entusiasmo, ese modo de obrar, en el Joaquín Luqui de finales de los sesenta y comienzos de los setenta, y lo veía informadísimo en una rama del saber que carecía de expertos. A qué rama del saber me refiero? A la música ligera.

El pop se estaba creando y, sin embargo, Luqui hablaba como si ese dominio tuviera ya una larga historia detrás 

Hablo de Luqui en pasado, en mi pasado de muchacho que quería escapar de la fatalidad de una España agropecuaria, pero para evocar aquella época no debo hacer un especial ejercicio de memoria. 

Con escuchar música ligera otra vez, con escuchar nuevamente a Elton John o con repasar lo que ahora Ramón de España dice de él me basta. 


Un spot de Samsung en el que veamos a un avestruz batiendo sus potentes alas le han devuelto actualidad: la banda sonora es Rocket Man (1972), de Bernie Taupin y Elton John. Qué simpático anuncio; qué melodioso. Pura música ligera. 

Ésta era una expresión corriente entre los críticos musicales de la España de los sesenta y setenta. Para cuando se edita Rocket Man, todos hablan, sí, de música ligera. 

En nuestro país se empleaba genéricamente. Aludía al rock y al pop y con ella los locutores de radio (Joaquín Luqui, por ejemplo) se referían a los ritmos bailables, a esas canciones que duraban tres minutos con estribillos pegadizos e instrumentaciones sencillitas. 

¿Sencillitas? No todo fue tan simple: ni las melodías eran tan esquemáticas ni las letras eran tan ramplonas. Del swing al rock, del folk al pop, muchas de esas canciones reinventaron el mundo, afirmando valores de los que no se hablaba. 


Los ritmos de aquella música ligera son el fondo sonoro de varias generaciones y nos mueven, nos hacen movernos y conmovernos. 

Cuando alguien tararea música ligera siente, en efecto, una ligereza. Como si se le fueran los pies, como si no pudiera parar: dispuesto a taconear o a dar los pasos, dispuesto a seguir el ritmo. Como si echará a volar. Igualito que el avestruz de Samsung a los sones de Elton John.

La música ligera no es arte despreciable. No es mero fondo, la sonoridad que tenemos asociada a un hecho. No es sólo un ritmo bailable, esquemático y repetitivo. 

La música ligera es cultura, es un producto más o menos esmerado y de disfrute colectivo. La asociamos involuntariamente a un acontecimiento personal o común y, sin duda, se nos van los pies cuando empezamos a escucharla. 

Los creadores podrán ser más o menos virtuosos. O nada. Pero son los públicos quienes convierten una pieza de tres minutos y pico en fragmento de un todo sonoro.
El que escucha hace suya la canción, la tararea, la recuerda y en su evocación o repetición la vincula a una circunstancia emocional. Rocket Man es, para mí, una de esas piezas.

Las emociones no son un subproducto de lo humano. Son estados del alma, si se me permite decirlo así. Son los humores que se escapan, exhalaciones del ánimo: y esta manifestación individual siempre es ruidosa y seguramente colectiva.

¡Hale!, ahora escuchen Rocket Man y a volar. Ya digo: siempre he pensado que hagas lo que hagas has de acometerlo apasionadamente, teniendo un motivo que te provoque el entusiasmo y la fijación. Como el avestruz volador de Samsung

Sabían lo que hacían los señores publicitarios…

En tercera persona 

Umberto Eco por Justo Serna 

¿Pero este libro qué es? Pestañeas y te pierdes el nuevo volumen de Justo Serna? Resulta preocupante, fácilmente diagnosticable.

Hay tipos que están aquejados de incontinencia urinaria, como aquel personaje de Antonio Muñoz Molina (‘El dueño del secreto’, 1994). 

 

 Serna padece, por el contrario, el síndrome de incontinencia bibliográfica. Publica con frecuencia, y con periodicidad regular, nuevas obras que ya forman el anaquel de esta temporada. Amenaza con aturdir y aburrir al lector atento. Por ello pide perdón. No está loco, dice. Es que lo parieron así.

Hay editores que no entienden cuando periódicamente desfallece, sus desazones incluso psiquiátricas; hay editores que le reprochan incumplir plazos y promesas. Con mucho aspaviento. 

Él no sabe cómo disculparse. Su vida no se parece al programa previsto y el caos es su disfrute y su infierno. No te ciñas, le dijo Umberto en sueños. O no te riñas: no sabe muy bien qué le aconsejó Eco.Aquí, Serna rinde homenaje al Maestro. Le profesa admiración y algo de erudición. Desde luego, Justo es un enano subido a espaldas de un gigante. A pesar de gozar de esa posición privilegiada, Serna no mira por encima del hombro.

Los burgueses se divierten

¿Cómo acceder al pasado?, nos preguntamos. ¿Cómo adentrarnos en el mundo de ayer?, insistimos. ¿Cómo aventurarnos en una Valencia ya desaparecida?, nos interrogamos.

Hay una figura lejana, semiborrosa, que sin embargo ha dejado vestigios. Hay un hombre que tuvo presencia y fama y del que quedan ciertos recuerdos y algunos testimonios familiares: documentos y también sentimientos. Hay un valenciano remoto al que exhumar. Fue escritor local y hombre de mundo que se ciñó a la provincia y a la ciudad. 

¿Su nombre? Manuel Millàs. Nace el seis de enero, de 1845, y muere el mismo día de Reyes, pero de 1914. Allí quedó: en el largo siglo XIX, inhumado en el mundo de ayer.

Entre otras cosas, fue abogado, funcionario y dramaturgo local. Escribía historias comunes, sainetes costumbristas, piezas algunas de ellas muy estimables. Se valía del idioma más popular y de las imágenes más arraigadas. O no tanto: la Valencia burguesa y plebeya que está en sus obras sólo era un hecho reciente: se estaba formando desde mediados del Ochocientos, pocas décadas atrás.

Ese mundo descrito, representado, es la quintaesencia de la ciudad decimonónica, expresión de una vida rural y urbana, menestral y moderna. Hay amores y humores, una rebeldía satírica y escarnios varios. Hay desgarros, folletín y, por qué no, reflexiones y hasta cogitaciones. Los burgueses se divierten; y el pueblo, también.
¿Quién nos cuenta todo esto? Jaime Millás.

Jaime es una figura muy estimada del periodismo español contemporáneo y es persona sutil, de buena crianza. Para mí es una suerte haberlo conocido tras llevar décadas leyéndole crónicas, reportajes y mil y una noticias. Ahora, además, me encanta frecuentar su charla.

Jaime reconstruye ese mundo anterior a 1914, esa Valencia que sin embargo no le es ajena, y lo hace en un libro de microhistoria, propiamente de microhistoria. Investiga y escribe sobre su pariente Manuel Millàs, ese dramaturgo de provincia, ese funcionario de Diputación, el dueño de bienes materiales y el propietario de fincas de mucho valor. Pero sobre todo Manuel es varón experimentado, de iniciativas agrarias e ideas literarias, y hombre inquieto al que aún hay que considerar.

¿De qué modo se interna Jaime en aquella Valencia burguesa? Lo hace por una grieta, por un pasaje del tiempo y por un corredor personal: el linaje que hasta él llega, cargado de reminiscencias, relatos familiares, papeles, piezas y composiciones. 

Ahora bien, Jaime Millás no se conforma con ser observador neutro o intemporal. Admite esa genealogía y se vale de ella para hablar en primera persona. 

¿De qué manera se nos muestra o se presenta? Jaime no puede cancelarse como relator y por ello se hace presente en la narración que nos devuelve la historia de aquel Manuel Millás.


Estas y otras muchas respuestas las descubrirán en la librería Ramon Llull. 

Jueves, 6 de abril de 2017, a las 19 horas. 

Allí estaremos para representar una comedia en un acto. Con firma de libros y copa de honor, al modo antiguo de los señores de hoy.

Jaime Millás, Escenas de un burgués en la Valencia del Ochocientos. Valencia, Editorial Sargantana, 2017.

¿’El País’ miente?

¿Crea El País la realidad? Para responder a esta pregunta inocentona y malintencionada hay que quitarse las máscaras. Que hay una construcción social de la realidad, que decían Peter Berger y Thomas Luckmann, es un dato incontestable: no hay hechos sin interpretación, ni acontecimientos sin narración, ni documentos sin exposición.

Admitido esto, El País, un diario de referencia que ha marcado la agenda de afines y hostiles, proporciona hechos ya interpretados, acontecimientos ya relatados y documentos ya ordenados, un marco expositivo. ¿Se le podrían atribuir manipulaciones, fantasías y realidades virtuales de España, de la España de las últimas décadas? Por supuesto. 

También ciertos logros de avance y modernidad, por Dios. Precisamente porque era un periódico relevante (y en parte lo sigue siendo), quien niegue esto ignora de qué van los medios. La confusión y el enredo también se dan en otras esferas. La televisión o la prensa o la radio nos han documentado y perturbado. 

Yo recibí Formación del Espíritu Nacional cuando su Excelencia don Francisco Franco tenía mando en plaza: esa recia materia contribuyó a fortalecer mi espíritu. De niño blando, muelle, pasé a ser patriota intermitente. Me explicaré. De hecho aún me emociono tontamente cada vez que me toca perorar sobre el Fuero de los Españoles o cuando Corea del Norte derrota a la Selección Española de turno. Menos mal que ambas cosas son infrecuentes. 

Igual que siento un estremecimiento patriótico cuando El País recibe un premio internacional de periodismo. Aunque sea por su sección de crucigramas. Aún lo considero un diario mío: de mil afectos y de mil defectos. De muchacho hicieron de mí un pequeño y renuente –sólo renuente– nacionalista y ahora, con suerte, me estoy quitando de todas estas afecciones. De los dictados de El País y de las hermandades patrióticas.

Admitido esto, aquello que no es de recibo es echarle toda la culpa de lo que nos pasa a este periódico. No conozco a nadie que no haya querido publicar en sus páginas y no conozco a nadie que no se haya dado pisto criticándolo con aspereza. Aceptado esto, atribuirle un poder taumatúrgico al diario que fundara y dirigiera Juan Luis Cebrián o es exceso o es recelo o son celos. 

El País es una empresa de capital financiero, de intereses que satisfacer, un medio periodístico en declive cuya visión ha de imponerse frente a una vasta información y desinformación. Es un diario que pierde aura, el halo que lo nimbaba, y sus criterios son cada vez más discutidos, como debatidos son los procedimientos y los predicamentos de la prensa en general. 

Antes, los columnistas éramos alguien; ahora somos parte infinitesimal de la opinión publicada, de la información contrastada y de los embustes que circulan. Hay que leer, saber discriminar y protegerse. La información cuesta y la opinión sólo puede ser fruto de un fatigoso contraste de datos y relatos.

Ahora y siempre. Aquí y en la China Popular.

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Justo Serna, Cartelera Turia, de 11 de marzo a 17 de marzo de 2017. 

Colaboración núm. 4 de mi columna semanal ‘Me quito el sombrero’

#carteleraturiajustoserna 4

https://www.facebook.com/Cartelera-Turia-184494174920495/

Fotografía de Antonio Caño por Ricardo Gutiérrez

La Verdad en la Historia. Nada menos.

Yo escucho Radio María 

Un día, así sin más, escuché a Fernando García de Cortázar en Radio María. No es una cadena que yo frecuente, pero mi hija me hizo la caridad de ponérmela mientras hacíamos un largo y tedioso viaje en coche. El programa, emitido en 2012, trataba de la verdad en la historia. O algo así. 

 

Intenté escuchar a García de Cortázar con unción. Él era el invitado y daba lecciones. El jesuita se expresa siempre con rotundidad, como un sordo terminal (en algo me parezco a él), y su voz estrepitosa salía de las ondas tras atravesar las líneas telefónicas. 
Había interferencias y su dicción atronadora dificultaba la comprensión. Hablaba de George Orwell, que es el intelectual de usar y tirar para la derecha patria. Como fue un disidente de la izquierda y como fue un hombre sutil, los ideólogos cultos o semicultos de la derecha siempre lo invocan pro domo sua (perdón por el latinajo). 

García de Cortázar, este recio catedrático vasco, es el historiador de guardia de Esperanza Aguirre. Da gusto oírlo dando voces y exaltándose como un niño español. Preside una fundación nacionalista y dice que él no es tal cosa, que él es hispano a secas. 


Cada vez que habla de la historia me da un cólico (figuradamente). Y así voy, que estoy perdiendo el oremus y los líquidos de freno.

Por alguna razón, cuando entre los nacionalistas españoles o mediopensionistas se hace una invocación explícita al pasado, suelo experimentar un gran tormento, una picazón, un malestar orgánico. 

Insisto: esas soflamas, generalmente grandilocuentes, me producen disgusto como individuo y como historiador, y este hecho simple me obliga a preguntarme. ¿Por qué padezco esa pesadumbre cada vez que oigo a García de Cortázar o a sus equivalentes catalanistas o vasquistas? Creo que son dos las razones del malestar. 

Hay, en primer lugar, una razón puramente académica: la que diferencia la historia de la memoria. Un colega francés, el historiador Pierre Nora, lo dijo expresamente. Permítanme una cita extensa de sus atinadas palabras: 

La memoria es la vida, siempre acarreada por los grupos vivos […]. La historia es la reconstrucción siempre problemática e incompleta de lo que ya no es. La memoria es siempre un fenómeno actual, un vínculo vivido en el eterno presente: la historia, una representación del pasado. Dado que es emocional y mágica, la memoria solo se acomoda a aquellos detalles que la confortan: se nutre de recuerdos borrosos, chocantes, globales o flotantes, particulares o simbólicos, sensibles a todas las transferencias, velos, censura o proyecciones. La historia, en tanto que operación intelectual y laica, apela al análisis y al discurso crítico.

Por eso, cuando alguien mezcla historia y memoria, el resultado no suele ser la mejora crítica del recuerdo o el examen significativo del vestigio, sino la recreación del pasado en términos emocionales y mágicos, simbólicos. Un espanto, pues. Puaj.

La idea de pasado, de que hay un pasado al que estoy obligado y que me libra de mí mismo, es un atentado contra la vida, contra mi vida. Si se concibe lo pretérito como un lastre, si se apela al cataclismo antiguo como amenaza, solo nos cabe una tarea, la de recordar sin vivir, sumidos en la triste analogía de lo que son vaticinios retrospectivos. No tengo existencia alternativa: solo dispongo de esta vida ordinaria, finita, y en ella resuelvo mi destino personal. 

¿Egoísta? No estoy tan equivocado: el coraje y la elección, esas pequeñas tareas en las que nos empeñamos cada día, se hacen contra el pasado de los mayores. Entiéndaseme: quien solo es fiel a lo que sus ancianos hicieron, quien es temeroso de lo que su linaje también padeció, se agosta sin hacer nada nuevo.

Es posible que entre cierta izquierda española aún sobreviva la mención explícita al 36, como si nada hubiera sucedido desde entonces. Es verdad que entre ciertos nacionalistas imaginativos lo pretérito ha sido objeto de recreaciones fantasiosas, melancólicas, reparadoras, incluso falsas. Se acerca el 11 de septiembre… 

Pero no es menos verdad que una parte de la derecha española, la más áspera, la más destemplada, la que creció con el frufrú de las casullas, ha invocado ese mismo pasado para infamar, para acobardar o para sostener marcialmente una identidad indiscutible. 

Es más: en los últimos años, han sido los gobiernos populares los que hicieron de la historia un territorio para la renacionalización. CiU en Cataluña no les fue a la zaga. Y a ello han contribuido con alegría y empeño colegas míos, historiadores profesionales que como Fernando García de Cortázar profesan una ardiente fe españolista. 

Hacen uso de un nacionalismo redivivo que mezcla historia y memoria, que idea una unidad de destino desde tiempos inmemoriales: desde el Paraíso original. 

El pasado ha servido así para la identificación colectiva que nos ata: la ventaja del reconocimiento es que me permite localizar y adherirme a los mis antepasados o, al menos, a aquellos con quienes creo compartir automatismo, procedencia, estirpe. Con ello aspiro a darme una defensa contra las ofensas potenciales que siempre parecen venir de los otros, de los extraños, de los vecinos. 

Sin embargo, la historia debería servir hoy para colectivismos menos étnicos, menos afirmativos, menos guerreros. Más que para el reconocimiento, que es un modo de uniformar, de establecer la fatalidad de unas ataduras, la historia debería emplearse para el discernimiento propio, para mostrar lo que me contrasta y me separa.

 ¿De quién? De aquellos de quienes procedo, para hacer ver todo lo que desconozco de mí mismo, esa parte arcaica que también me constituye, lo que es débito o lo que es provecho, la eventualidad de que yo esté aquí. 

En la vida de cada uno no hay fatalismo ni misión que cumplir y solo un total de contingencias nos han configurado: por tanto no hay calamidades rancias, incluso seculares, que nos apremien y que nos impidan existir, ni hay bultos que estemos obligados a arrastrar y que nos rediman de esos seres circunstanciales que somos. 

La historia nos permite volver para indagar qué forjaron los antiguos, cómo enfrentaron sus vacilaciones, tan ignorantes, tan diferentes. A ese modo de cavilar lo llamamos aprender, lo llamamos escrutinio, no tipificación ni credo. 

Nada de eso le escuché a Fernando García de Cortázar. Con su ampuloso tono, el catedrático hablaba de las cosas que los religiosos de Radio María querían oír.

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Pasaje procedente de Todo es falso salvo alguna cosa. Madrid, Punto de Vista Editores, 2017)

Ignacio Martínez de Pisón.    Horas de plenitud 

Ignacio Martínez de Pisón no es un decorador, alguien que ponga o proponga un ambiente para un tema secundario. Es decir, no es un narrador ornamental. 

Es un novelista hondo, alguien que relata verdades, cercanas o remotas, clásicas y contemporáneas, vislumbres que quiere transformar en arte. 


Martínez de Pisón nos cuenta sin desmayo vidas comunes y vidas agitadas, historias vigorosas, justo cuando a sus personajes la existencia los cambia o justo cuando un pequeño o gran cataclismo los trastorna.  

Ese vuelco de sus respectivas circunstancias les obliga a afrontar y arrostrar la propia biografía; ese giro les fuerza a hacerse cargo de sí mismos y de los pícaros o avispados o calamitosos seres que son o que los rodean o de que se rodean. 

El padre, por ejemplo, es un ser esencial en las obras de Martínez de Pisón: un tipo siempre decepcionante o ausente, alguien fantasioso y frecuentemente novelero. O en todo caso el progenitor es una referencia equívoca.

Como el propio novelista reveló en alguna ocasión: “cuando tu padre se ha muerto cuando tú tenías nueve años, de alguna manera es una herida que te queda allí aunque haya cicatrizado”.

Esa laceración, dice el autor, “tiende a mostrarse cuando escribes libros, porque los libros se hacen sobre el dolor, y sobre la felicidad y las emociones que tienes”. 

Y cuando esto ocurre, añade Martínez de Pisón, “a veces tienes que recurrir a esa memoria sentimental. Y en esa memoria sentimental, evidentemente, perder al padre cuando eres niño es un hecho decisivo”.

A Martínez de Pisón, las novelas le sirven para examinarse en circunstancias no dadas; o para hacernos ver cómo se dan esas mutaciones de la vida, cómo operan el azar y la necesidad que nos transforman. 

Quien vive y vamos conociendo ya no es finalmente ese individuo que empezó en la página primera; o quien cuenta ya no dispone de los mismos recursos o valores de quien comenzamos a tratar. 

La novela es así un pedazo de la existencia que ignorábamos y que los protagonistas desconocían. Los personajes de Martínez de Pisón se nos parecen: no sabemos cómo va a marchar el curso de las cosas y, por eso, son y somos seres entrañables y patéticos que porfían en el error o en el acierto.

Sus novelas son “realistas”, dicen. Realistas, sí, si por tal se entiende narrar y mostrar lo que a esos personajes les sucede. Pero para cuando el novelista empieza (en los años ochenta), el realismo sufre un descrédito.

Precisamente por ello, el propio Martinez de Pisón tiene que asimilar lo que no es obvio: se propone desfigurar tipos o circunstancias o enrarecer ambientes o atmósferas para parecer más profundo. 

Es en los años noventa cuando la Historia común y la Historia colectiva irrumpen en la vida de los personajes, cuando la realidad conocida no es sólo marco o paisaje, sino espacio del drama.

Y el drama y las picardías son las de una clase media que protagoniza sus novelas. Una clase media con ínfulas, gentes de extracción popular que viven de sus expectativas y que, por tanto, cargan con sus frustraciones. 

Con esa mirada, la novela, la novela de Martínez de Pisón, regresa a su etapa egregia del Ochocientos, justo cuando las ficciones nos ayudaban a entender los dilemas humanos de tipos corrientes y mentirosos que, trastornados u obcecados, ambicionan cambiar sus vidas. 

Eran y son individuos de normalidad y cualidades menudas, gentes incluso mediocres, tan mediocres como podamos serlo cada uno de nosotros. 

Es por eso por lo que el humor –a veces el sarcasmo, a veces la ironía– la benevolencia y la severidad son el trato que les dispensa Martínez de Pisón.

Al fin y al cabo, son seres que aspiran torpe o juiciosamente a la felicidad. Ese horizonte, el de ser felices, que a estas alturas nos puede parecer cursi o inalcanzable, es sin embargo una meta a la que no hemos renunciado.

Y todo ello, Martínez de Pisón lo hace con sencillez bien trabajada, con levedad, sin énfasis ni pompa, sin ostentaciones ni pirotecnias verbales. Lo hace con sentimiento y asentimiento del lector.

Y lo hace con una prosa asertiva y hasta humorística que parece fluir sin apenas artificio…, a pesar de que el autor es o se declara metódico y hasta obsesivo, un escritor que se lame sus heridas o laceraciones.

Leo con placer Derecho natural (2017), la última novela de Ignacio Martínez de Pisón. Antes de empezar, yo tenía unas expectativas muy altas. El deleite se confirma. Simplemente, la prosa y la vicisitud de Angelito, el narrador, imantan.
Me esperan horas de plenitud.
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https://m.facebook.com/justo.serna/posts/10211858571440242

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Fotografía 1: Ignacio Martínez de Pisón, por Joan Sánchez (El País).

Fotografía 2: Cubierta de ‘Derecho natural’.

Fotografía 3: Ignacio Martínez de Pisón, por EFE.

Soy sexy y lo sé

Me fascina y me repele The Young Pope (2016), una realización televisiva de Paolo Sorrentino para HBO. ¿La historia de un Papa joven, bello y reaccionario que trastorna a la Curia? 

De entrada me atrae un relato de clérigos previsibles a los que un pontífice altera o enerva con su lascivia y nihilismo. Su posición fanática y su convicción religiosa casan mal con las rutinas y automatismos de la Corte. Eso nos pone en guardia o nos pone a cien. Excitadísimos, en fin.

La serie resulta interesante, incluso muy interesante, y cada plano es una saturación visual. O un ejercicio de estilo, con una morosidad estética muy propia de Sorrentino. 

El guión parece adecuado para expresar la doblez eclesial: la pompa y la inmoralidad del Vaticano. Como igualmente parece muy atinada la estética morbosa de esos cardenales mediocres y viciosos.

Jude Law encarna admirablemente al Papa, ese Pío XIII tan estomagante. El actor sabe qué hacer para representar a un personaje tan guapo y tan odioso: carga con su yo dolido, aquel que fue niño abandonado, aquel cuya orfandad reprocha al mundo. 

Que a la Curia incomode con su conducta atrabiliaria no nos lo convierte en aceptable. No nos lo convierte en más tolerable: ese Pío XIII asume su condición remota, de prisionero del Vaticano (de Pío IX a Pío XI). 


Que sea imprevisible o caprichoso no nos lo hace más simpático: la Santa Sede es una ciudad de viejos pescadores y pecadores. Y es Estado, el Estado de la Ciudad del Vaticano, en el que se reúnen lo más perverso y lo más retorcido de la política.
Es Pío XIII, un Jude Law perjudicado, un cura que se sabe sexy y pecador (Sexy and I Know it, escuchamos en una pieza musical lasciva que define al Papa lúbrico). Le gusta pescar entre sus corderos y se propone depurar una institución tan corrupta e igualmente pecadora.

Si lo pienso bien, me importa un comino la pequeña vicisitud de un Papa insólito. Menos me importaría si dicho pontífice fuera predecible. Me aburre el clero (lo padecí cuando era escolar).

Me enerva el poder de la Iglesia católica, anormalidad que debemos soportar desde hace siglos. Me saca de quicio la historia del Papado, que procuro olvidar. Detesto el dominio sagrado de las conciencias, esa gestión temporal de las riquezas, de las propiedades. Me incomoda la hipocresía de la diplomacia vaticana. 

Pero The Young Pope está tan bien contada y representada que me intereso por la vida de la Curia, por las pasiones de esos seres lúbricos y amputados. Qué bárbaros. 

Tolero mal los lujos en que los cardenales se regodean, los oros sobrantes y el arte expansivo, y tolero peor el vuelo de las sotanas y el tiro de las tiaras: es una estética que me satura, que me ahoga.  

Ahora bien, al ver la serie, me instruyo, pues en todo momento me pregunto por esa excepción del poder y de las riquezas, por ese dominio y esos retorcimientos. 

Es una ficción, me digo. 

Sí, sí, me respondo. Pero el caso de este Papa excitante y loco es la historia de un ser muy concreto y terrenal. Y hasta diabólico. Eso me digo con alivio y con un repeluzno.

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Justo Serna, Cartelera Turia, de 24 de febrero a 3 de marzo de 2017. Colaboración núm. 1 de mi columna semanal ‘Me quito el sombrero’

#carteleraturiajustoserna 1

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