Historia cultural. Historia y literatura

Conferencia impartida en Lima (Perú), en la PUCP, el lunes 26 de marzo de 2018 en las Jornadas Historiográficas organizadas por la Dra. Claudia Rosas.

 

Yo jamás olvidaré al Sr. Lobo

Yo jamás olvidaré al Sr. Lobo

Harvey Keitel cumple 79 años. En esta fotografía, cuyo autor desconozco, por supuesto no los tiene.

Pero la instantánea retrata bien el estado físico y el estado anímico más o menos perdurables que hemos visto en el actor. Ahora está más avejentado.

Sin duda, posa elegante, con la cabeza levemente ladeada y con ese gesto de irritación contenida y llevadera con la que habitualmente se nos muestra.

Algo le acaba de pasar, pero eso que termina de suceder no apaga el rescoldo anterior que aún quema.

Es como si Keitel acumulara decepciones y algún desengaño, pero como es muy reservado no le pareciera correcto desnudar sus sentimientos.

Los ojos son, sí, penetrantes, fríos. Esa frialdad no sabes si es de alivio o de rencor. Pero esos ojos transmiten una extraña confianza. Como si efectivamente pudieras fiarte de este tipo.

El rostro, con las carnes que se van marchitando, todavía retienen lo que los cursis llaman una belleza crepuscular. De hecho, salvo el Keitel juvenil, guapo, el Keitel maduro perdió los rasgos aniñados para mostrarse como un tipo duro.

A ello contribuyó, sin duda, esa narizota creciente y partida, aquí disimulada. Las cicatrices ayudan mucho a la interpretación, pero también te encasillan, supongo.

Lo descubrimos en ‘Taxi Driver’ (1976) y nos pareció detestable, loco y con sentimientos. Hasta Paul Auster, cineasta accidental, sacó años después una imagen tierna de Harvey.

Pero fue Quentin Tarantino quien acabó por hacerle habitual en esos papeles de ‘malote’ que él interpretaba a las mil maravillas.

Es probable que Keitel desteste el papel que encarna en ‘Pulp Fiction’ (1994). Pero no lo puedo evitar. Yo jamás olvidaré al Sr. Lobo. Sí, aquel tipo que arreglaba problemas.

El extraño caso de Alberto Ciurana

Nadie como Alberto. O como Al Ciurana, que era el modo en que se hacía llamar. Nadie como Ciurana, mi amigo intermitente.

Conviene repetir esta evidencia, que debería ser conocida de todos. Yo tengo mis recuerdos, he hecho algunas pesquisas, he consultado la wikipedia y alguna que otra fuente fiable.

Y hay que reiterar esta evidencia porque las nuevas generaciones suelen ignorar incluso con desdén la trayectoria de personajes públicos fracasados, los grandes estériles de nuestro pasado reciente.

Mejor dicho, ignoran a los egregios fracasados y también las vidas desgraciadas de los pequeños personajes que no lograron auparse.

Hablando de pequeñez: Ciurana era escueto de estatura, alcanzando sólo el metro sesenta y dos.

Cuando a los dieciocho años lo tallaron para el servicio militar obligatorio, un error de transcripción, o la simple torpeza del funcionario, lo elevó hasta el metro setenta y dos.

Salió contento de aquellas dependencias oficiales. A pesar de padecer de una estructura raquítica a lo largo de su vida —según pude leer en un informe médico que cierto día me mostró con impudicia—, él alardeaba de estatura.

“Tengo estatura”, añadía. “Tengo estatura moral. Transmito valores”, insistía con arrogancia, como dándole poco relieve al físico.

En realidad, según me confesó en otra ocasión, él estaba verdaderamente disgustado con su cuerpo, que le impedía encarnar papeles de galán.

Y estaba disgustado con sus escasas entendederas. He de decir que todos estos reparos que se ponía, esos agravios que le dolían, no eran cháchara diaria.

Una vez, sólo una vez, me los reveló enteramente, con detalle. En una noche de copas, de mucho trago, en el Tropical, en la playa.

Éramos ya unos talluditos y generalmente muy reservados. “Fuera inhibiciones”, me espetó aquella noche para levantar esas reservas.

¿He dicho disgustado, que estaba disgustado con su cuerpo, incluso maltrecho? Su ingenio y su repertorio no eran mejores.

Es más, eran manifiestamente escasos, sin remedio. De ahí, su ira consciente, ese desengaño que le hacía sobrellevar su condición con rencor intermitente.

“He malogrado mi vida”, me soltó con amargura aquella noche de tragos. “He sido ignorado por la mayoría de los espectadores: por mis iguales y por mis colegas”.

La verdad es que yo no sabía a qué y a quiénes se estaba refiriendo. Había conseguido llevar una vida de titiritero que le permitía tener caravana y un público que aplaudía sus actuaciones. No estaba mal.

O sí, sí que sabía a qué se estaba refiriendo.

Estábamos acodados a la barra del Tropical y el ruido facilitaba la sinceridad efectivamente desinhibida. Al no había llegado a nada, insistía. No lo desmentí.

Si lo pienso bien, entonces y ahora, prácticamente no quedan testimonios o pruebas de sus empeños. Tenía ambición y poco más.

Pero era torpe. Y era esa torpeza la que provocaba la hilaridad involuntaria de sus espectadores. Ése era su magro o su amargo triunfo.

A lo largo de su vida profesional sólo pudo participar en proyectos menores, ambulantes, con escasísima repercusión. Y ello sucedió durante un par de décadas.

En alguna ocasión se aventuró con sus propias producciones y una deficiente Compañía. Vamos, que él puso la plata: que él costeó las obras de teatro, teatrillo o varietés, que estrenaba en salas de pequeñas poblaciones.

No consiguió celebridad alguna, jamás, fuera de un circuito barato. A pesar del pomposo nombre que le había dado a su empresa, Gran Compañía Ciurana, no logró ningún éxito de relumbrón. Ningún periódico le dedicó una reseña.

Un día, angustiado por las deudas, decidió quitarse la vida dejando en la calle a compañeros y a subordinados. La función había terminado.

No sé muy bien si yo tuve que ver con el desenlace. ¿Por qué digo esto? Porque su muerte sucedió a las pocas semanas de nuestra conversación etílica en el Tropical.

Fue odiado por ello, por esa muerte rencorosa. Al menos, las esquelas y notas que algunos de sus deudos o colegas publicaron en la prensa en mayo de 1978 no reflejan cariño o buen recuerdo.

Alguien pagó esas necrológicas simplemente para ultrajarlo. Por pudor no reproduzco el contenido de esas notas. Me sorprendió que periódicos serios y formales admitieran esas muestras de inquina.

Aún me pregunto qué papel, qué personaje desempeñé en esta tragedia. Yo no pertenezco al mundo del teatro y mi amistad circunstancial e intermitente con Ciurana no justifica todo lo que sé o creo saber de su fracaso —ahora, sí— egregio. Fracaso egregio.

Sólo una vez coincidimos interpretando una obra dramática. Era en Primaria. En la Academia Cumbre, que estaba en la calle Jaca.

Dada mi envergadura, yo hacía de San José y Manuel Can, de tez cerúlea, encarnaba a la Virgen. ¿Y Al? A Al, tan pequeñito, le obligaron a ser el niño Jesús, asunto que no sé cómo lo vivió.

Al menos entonces fue el protagonista. No era un papel de galán, de acuerdo, pero tuvo a la concurrencia embelesada.

La tuvo embelesada o estupefacta con los llantos, con unos llantos y unas quejas que ya nunca lo abandonarían.

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Créditos: Auguste Renoir, ‘Claude Renoir en clown’, 1909. Musée de l’orangerie, París.

Contra la mentira

La radio como instrumento de alboroto, de propaganda, ha sido y aún es una herramienta utilísima.

Cuando pienso en su versión más noble, inmediatamente me viene a la cabeza la BBC en la contienda, en la Segunda Guerra Mundial.

Más en concreto, recuerdo el caso de Thomas Mann, no como novelista, a quien rendimos homenaje con la lectura de sus obras, sino como agitador radiofónico.

En marzo de 1933, el escritor abandona Alemania con destino a Suiza y después, en 1938, a los Estados Unidos. Le será arrebatada su nacionalidad.

Pero eso no le impide interpelar directamente a sus antiguos compatriotas, agitar su conciencia, mostrarles la inmundicia ideológica de Hitler. Su mentira.

” «¡Despierta Alemania!» Con este señuelo se os atrajo una vez a la funesta ilusión del nacionalsocialismo. Pero más piensa en vuestro bien quien os exhorta diciéndoos: «¡Despierta, Alemania! ¡Despierta a la realidad, a la sana razón, a ti misma, al mundo de la libertad y del derecho, que te espera» ”.

Eso proclama Mann en julio de 1941. El mundo se derrumba y los antiguos connacionales del escritor deben alzarse contra su guía y opresor. Contra sus mentiras.

A través de la BBC, Mann pronunciará casi sesenta discursos, discursos palpitantes y conmovedores en los que se dirige a lo mejor de Alemania.

Hay versión española en Oíd, alemanes…

Discursos radiofónicos contra Hitler (2004), un libro ya antiguo pero aún vibrante. En tiempos de aflicción, como los actuales, es una enseñanza memorable.

Mann se dirige a su historia, a la de Alemania, y a su ciencia, a las conciencias de sus antiguos conciudadanos. Se dirige a la honradez que todavía espera de su vieja nación.

Alemania es, sí, una nación que se ha abandonado, que se ha dejado estafar por un tirano vesánico e improbable: por sus señuelos y mentiras, no sólo por sus amenazas.

Mann será pertinaz en su apología de la verdad, de la democracia liberal, del parlamentarismo. Será insistente en su exaltación de la libertad de prensa, de juicio y de opinión. Nada de ello ha perdido su vigencia.

Pero lo más notable de aquel gran escritor acomodado que ahora se convierte en agitador (después de haber profesado como ‘apolítico’) es la execración misma del dictador.

Para entonces, Mann es el novelista burgués por antonomasia, el descendiente de un refinado linaje de Lübeck y acreditado por sus frutos literarios. Es también aquel que desde fecha temprana ha vivido distanciado de la política.

En 1940, el ciudadano Thomas Mann ya ha dejado de ser un burgués apolítico para convertirse en un agitador radiofónico. Pero no serán el arte o la carne o los sentidos o el amor o la sensualidad enfermiza las causas que lo exciten o lo exalten.

Será un tirano, “con su descarada mendacidad, su miserable crueldad y espíritu vengativo, con sus constantes rugidos de odio, con su manera de estropear la lengua alemana, con su fanatismo vulgar, su ascetismo cobarde, su grotesca afectación, su menguada humanidad toda, horra del más leve rasgo de grandeza de ánimo, de alta espiritualidad”.

Es decir, Mann arremete contra Hitler haciendo valer su condición burguesa, linajuda, que el dictador pisotea con el plebeyismo, con la demagogia, con el populismo.

Como leemos en su novela de entonces, Doktor Faustus, ‘para todo amigo de la ilustración, la palabra pueblo y su concepto mismo conservan algo de primitivo que causa aprensión y es porque se sabe que basta tratar de pueblo a la multitud para predisponerla a actos de regresiva maldad”. Punto y aparte.

Por eso, el escritor emprende una acción insegura pero brava: se aparta de ese pueblo dispuesto a cometer o a justificar precisamente actos de regresiva maldad.

Mann se destierra, pierde la nacionalidad, se separa de sus conciudadanos y se pronuncia en la radio con un enérgico acento panfletario, tan lejos de la demorada prosa por la que le habían concedido el Nobel.

Entre cinco y ocho minutos en las ondas le bastan para arengar a sus compatriotas. Al principio, Mann envía el texto a Londres por cable y allí será leído por un locutor alemán de la BBC ante el micrófono. Después se cambiará el sistema.

Mann grita y dice lo que tiene que decir en el Recording Department de la NBC de Los Ángeles, lugar en donde se impresiona un disco que se remite por avión a Nueva York.

Su contenido se transmite luego por teléfono a Londres, capital en la que se registra en otro disco para ser emitido ante el micrófono.

Como vemos, todo un alarde de modernidad técnica al servicio de la democracia. Como vemos, una red social de combate por la verdad, por los derechos, por la cultura, por el discernimiento.

Nada de eso ha perdido valor.

Firma de libros

En la Librería más bonita y luminosa de Valencia

Umberto Eco, que faltó en 2016, llegó a tener 50 mil libros. Eso decía. Pero decía también que no precisábamos tantos, que no nos hacía falta atesorar muchísimos volúmenes para disfrutar.

Basta con ir a las librerías –añadía Eco–, mirar las cubiertas, comprar algún libro. También aprendemos observándolos, leyendo las solapas y contracubiertas…

“Cuando todavía era niño, una librería era un lugar muy oscuro”, recordaba Eco. “Entraba, un hombre vestido de negro me preguntaba qué quería”.

Realmente “era tan angustioso que me marchaba enseguida. En cambio, nunca ha habido en la historia de la cultura tantas librerías como las de hoy, bonitas, luminosas”, añadía.

Umberto Eco parece describir las que yo frecuento en Valencia, tan radiantes, tan acogedoras: Gaia Benimaclet y Ramon Llull. Como tantas y tantas que sí, que nos miman.

Les recomiendo visitarlas y les recomiendo (a ver qué remedio) algunos de los últimos libros que he publicado. Los conozco bastante bien y puedo decirles que los he escrito de mil amores.

Hoy, 23 de abril, me sumo a la Fiesta y al piscolabis que han organizado Francisco Benedito y Almudena Amador en la Llibreria Ramon Llull.

Como otros autores, algunos bien queridos, firmaré allí ejemplares de ‘Leer el mundo. Visión de Umberto Eco’, mi ensayo dedicado al maestro. Es mi último volumen. Y, si lo desean, también les firmaré algún que otro título de mi repertorio, ea.

Eso, esta misma tarde de lunes, a partir de las 19 horas. En la librería más bonita y luminosa de Valencia.

Tipos ordinarios

Una historia moral

mNos gustan las series televisivas, nos atrapa la intriga troceada, a cachos. Para reflexionar sobre ellas, sobre la conducta humana, y para gozarlas con mayor disfrute, les propongo un libro.

‘Difficult Men’, de Brett Martin. La traducción podría haber sido ‘Hombres con dificultades’. O ‘Varones complejos’ (o por qué no: ‘Varones acomplejados’).

Por razones comerciales, advierte el editor, “se decidió no traducir [Difficult Men] literalmente”. La verdad es que el responsable peca de poco original, pues el título español incurre en lo obvio, en lo fácil: ‘Hombres fuera de serie’.

Brett Martin dedica esta obra a las series de los últimos años: desde ‘Los Soprano’ hasta ‘Breaking Bad’, entre otras. Los protagonistas de dichas historias son tipos ordinarios.

En un doble sentido: son hombres corrientes, sin grandes refinamientos. Y son comunes: como tantos y tantos varones contemporáneos, sin mayores sofisticaciones.

Con la diferencia, eso sí, de que son ricachones sobrevenidos, nuevos ricos que se han lucrado con delitos o engaños.

Generalmente son maridos que tratan mal a sus respectivas mujeres: o porque las descuidan tapándoles la boca con dinero y porque les desdeñan, una mezcla de protección y abandono; o porque les infligen violencias psíquicas de todo orden.

Pero ellas, las abnegadas esposas, no carecen de culpa. Se resignan y sacan provecho de los trabajos de sus maridos, de esos engaños y delitos que cometen.

Se hacen las tontas o las olvidadizas o las suecas. El caso es que saben positivamente a qué se dedican sus respectivos esposos.

Y sus maridos suelen ganar mucho dinero en actividades presunta o aparentemente legales. De hecho se lucran gracias a la extorsión, a la publicidad engañosa o a la fabricación y tráfico de drogas.

Son hombres domésticos, varones normales, individuos que tienen tapaderas que les permiten llevar vidas corrientes o aceptablemente corrientes.

Pero, nosotros, los espectadores sabemos que no son así, sabemos que sus comportamientos son característicos de adúlteros compulsivos, de mujeriegos contumaces o de hombres pusilánimes que pasan a convertirse en monstruos.

Para ellos, la familia es lo más importante, sus hijos y la educación de sus hijos: mientras tanto o se la pegan a sus mujeres con las primeras prostitutas de lujo que se dejan; o se entregan con furia y cinismo al delito para mantener a sus esposas.

Me refiero a Tony Soprano, a Don Draper y a Walter White (alias Heisenberg). Son muy distintos entre sí, sus tareas son diferentes: gestor de desechos, creativo publicitario y profesor de química.

Pero hay en ellos algo que los hermana: un acto, un momento, un pronto y un trance que los ha convertido en monstruos. ¿Cuándo ocurre eso? ¿Por qué?

Cada vez que repaso alguno de sus capítulos me pregunto por la instrucción, por la formación, por la educación, por el cinismo y por la fuerza bruta.

Me pregunto por nuestro primitivismo. Nosotros, los contemporáneos, educados en la contención, no hemos conseguido sacudirnos la brutalidad instintiva, la rapacidad original.

Hay que ser muy conscientes para no comportarnos como bestias, como machistas redomados; hay que ser muy reflexivos para no sacudir a quien nos contraría.

La sociedad se dota de instrumentos de represión, pero no pocos tipos se saltan la ley y hacen de las suyas. Aún nos quedan por completar siglos y siglos de civilización. Mientras tanto, las ficciones —las mejores ficciones televisivas, las más retorcidas o explícitas— nos ayudan a identificar a los bárbaros, a los mafiosos.

A nuestros congéneres.

Where’s David Bowie?

David Jones nació en 1947 en un Inglaterra orgullosa y en declive, en un país de estrecheces y rigideces.

Desafió lo obvio y lo obligatorio, la recia tradición del hábito y las convenciones. Apreció el rock y a su mejor encarnación: Elvis, pero también Little Richard.

Y amó el music hall y el teatro, las artes escénicas, unas habilidades, afeites y maquillajes que aprendió o desarrolló con Lindsay Kemp, su primer mentor.

Pero quiso ser a la vez glamouroso y elegante, un cantante de suaves formas y lánguida expresión, un Frank Sinatra a quien tanto admiró. Quiso ser el ‘crooner’ melancólico de un mundo a la deriva.

Compuso canciones y baladas angustiosas: también piezas joviales y tristes, de ansiedades particulares y de amenazas apocalípticas.

Cantó con variados registros, de acuerdo con los personajes a los que adoptaba o en quienes se transmutaba: muchachos andróginos, astronautas sin norte, humanos desbocados y extraterrestres, propiamente alienígenas o alienados.

La alienación es su tema, el subtexto que subyace o que emerge, no los viajes interestelares. Aventuras, sí: emprendió viajes a las regiones dichosas o sombrías del alma, ese dominio en que el ser se ignora, en el que el ser es ya otro, otros.

Para eso tuvo que maquillarse hasta hacer desaparecer al David Bowie original, aquel muchacho ‘mod’ que empezó hacia 1965.

Para eso tuvo que disfrazarse hasta hacer de la apariencia y el hábito su segunda piel. Maquillajes y afeites, ya digo, que son máscara y protección, identidad de hermanos perdidos.

Se alzó a plataformas de vértigo, un calzado que lo alejaba de la Tierra, de la ordinaria convención, de la vida previsible. Se aupó hasta esa altura e incluso levitó.

Se enfundó monos de plásticos y brillos, plásticos monos, sí: escandalosa indumentaria que asombró y que luego mudó: de la estridencia a la extrema elegancia, de la provocación de lamé hasta la pose de finos paños.

Lució su feliz y abundante cabellera sometiéndola a cortes audaces y a tintes coloristas: unos cromatismos que le hacían ser extraño y hasta extravagante.

Quizá con esas mudas expresaba la fantasía de quien vive sin ser, sin acabar de ser; quizá expresaba la quimera de un loco potencial; quizá expresaba la certeza de un ser ajeno, ese tipo que sobrevive en un espacio especial, en un espacio exterior y espacial.

Fue eso y mucho más: incluso un hombre de negocios, un avispado industrial, un próspero comerciante que supo vender su alma, su cualidad y hasta el mundo del más acá.