Santiago Abascal. ¿Echarse al monte?

Uno.

Leo, he leído, el último libro (vamos a llamarlo así) de Fernando Sánchez Dragó: Santiago Abascal. España vertebrada (2019). Algunos pasajes aún los estoy releyendo. Para corroborar lo que creo haber entendido.

Sánchez Dragó es un tipo al que atendí con respeto cuando él era joven, y yo, pues yo… era muy muy joven. Hablo, por tanto, de mediados y finales de los años setenta del siglo XX.

Yo lo admiraba como el periodista inquisitivo que era, como el lector erudito y fino que ejercía la crítica en un programa televisivo de mucha hondura.

Aquel espacio se titulaba ‘Encuentros con las Artes y las Letras’ o ‘Encuentros con las Letras’, un sitio decorado con baldas y libros en donde Sánchez Dragó o Fanny Rubio ejercían, entre otros, de interlocutores, entrevistadores.

Eran jóvenes, eran cultos y eran resueltos en una España árida y franquista en la que el falangismo y el antintelectualismo todavía eran galardones o méritos de combate. El pasado aún estaba allí.

Hacia finales de los setenta, cuando su nombre ya había alcanzado celebridad, Sánchez Dragó publicaba un libro que despertará la admiración de muchos lectores, gente sana, gente imaginativa y gente confundida: admiradores de un Sanchez Dragó fantasioso.

Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España: así se titulaba el tocho. Jamás pude con esa obra en dos volúmenes. Para mí era una indigesta y hasta soporífera historia de recreación y de fantasía que algunos amigos historiadores leían con fruición, con estupor y con respeto.

Era una obra imaginaria y rompedora, me decían. A mí me parecía un tostón verboso del que nada me interesaba y del que nada había que respetar. Era como un Tolkien castizo…

Aquello era un dislate, sí. Era un dislate si se leía como Historia, un absurdo, una ocurrencia que poco atendible entre ficciones más destacables. Poco más.

Seguí respetando a Sánchez Dragó, sin embargo. Lo seguí respetando como periodista cultural, como divulgador de la literatura, especialmente de la novela, cuyas novedades sabía otear.

Otros programas televisivos suyos que vinieron después me descubrieron a autores interesantes, por ejemplo Alfredo Bryce Echenique. Por ello, siempre le estaré agradecido.

Conforme ha ido envejeciendo (sobrepasa los ochenta y tantos), Sánchez Dragó se ha hecho y se ha vuelto más arrebatado, más lunático y derechista (él, que estuvo entre comunistas y anarquistas).

Empezó a tantear, a tontear y a sondear culturas distantes que le servían para singularizarse. Para oponerse al racionalismo occidental y a lo políticamente correcto.

Fue el momento en que Sánchez Dragó perdió el norte por entero. Y fue entonces cuando me desinteresé absolutamente de sus producciones, de sus intervenciones y de sus emisiones o emulsiones televisivas o literarias.

Debo admitir que, de cuando en cuando, leo alguna de las obras que publica, principalmente para escandalizarme, para irritarme y para confirmar que Sánchez Dragó perdió el sentido muchos años atrás. Que se echó a perder, vaya.

De vez en cuando, en fin, me gusta, me complace, me produce rendimientos, la literatura estentórea, ostentosa, políticamente incorrecta o sencillamente grosera.

Y Sánchez Dragó es ya un especialista consumado en este tipo de producción, vamos a llamarla así. Literatura sonajero y mística, literatura sicalíptica y conventual. Etcétera.

Aún recuerdo el libro que publicó Planeta y que era la transcripción de un diálogo a dos voces: entre Albert Boadella y él mismo. Se titulaba ‘Dios los cría’.

Era una exaltación de la masculinidad más torpe y era un diálogo de dos viejos que alardeaban, particularmente Sánchez Dragó, de su potencia sexual.

Era literatura melancólica, de baratillo y bien pagada, en la que dos todólogos se pronunciaban sobre el orden y el caos. Proferían enormidades y sandeces, productos y ocurrencias de mentes antes despiertas y al final sólo vehementes.

Fernando Sánchez Dragó ha manufacturado ahora un libro a mayor gloria de Santiago Abascal. Nuestro literato es tan extremado, que el líder de ese partido del que usted me habla queda como un señor casi sensato. Casi.

En realidad, este volumen de Planeta es un ‘livre de circonstance’, concebido como un panegírico de Vox y su dirigente. ¿Y qué puedo decir de él, de ese líder y de ese volumen?

Dos.

¿Qué figura nos traza este libro de Santiago Abascal? Fernando Sánchez Dragó es el protagonista, aquel que dice la última palabra, aquel que pone el punto sobre las íes, aquel que está convencido y seguro.

A cada paso, se siente obligado a demostrar su experiencia y su sapiencia. A Abascal le cita autores que no ha leído, le señala pasajes de pensadores (Ortega o Unamuno, por ejemplo) que ignora o no recuerda.

Dragó… Es tan narcisista, es tan ególatra, que un personaje tan abrupto y curtido como Abascal queda opacado o ninguneado completamente por Dragó, por Sánchez Dragó.

El periodista, el escritor, es tan soberbio y está tan pagado de sí mismo (es el Gran Follador), que pone en aprietos al líder que ama, al dirigente que idolatra.

Le reprocha, por ejemplo, su catolicismo militante. Y un aturdido Abascal se confiesa creyente… Hace falta ser muy egotista y ombliguista para desplazar a quien quieres entronizar.

En varias ocasiones, Abascal debe frenar a Dragó. Le señala el aprieto en que efectivamente lo está poniendo. Le indica el apuro que le hace pasar… al obligarle decir lo que políticamente es incorrecto.

Santi Abascal, que es como se le llama en el libro, aparece finalmente con un personaje endeble, escasamente preparado, con desconocimientos profundos, con ignorancias sorprendentes.

En política doméstica o en relaciones internacionales, Abascal se muestra profundamente ignorante (y lo admite) y por oposición solo destaca lo que verdaderamente le importa, que es la unidad de la patria.

Apenas tiene ideas propias. Apenas tiene concepciones particulares. Como mucho, Abascal se manifiesta seguidor, afín o equivalente a políticos o filósofos conservadores o reaccionarios.

No importan tanto las ideas que sostiene, no importan tanto las convicciones que defiende. Importan su ignorancia profunda y su escasa preparación, que es verdaderamente chocante.

Sánchez Dragó le pone en aprietos constantemente, ya digo. Queriendo hacer de él, de Abascal, un líder indesmayable, queriendo hacer de él un líder indiscutible, Sánchez Dragó ocupa el espacio para finalmente arruinarle.

El esmerado escritor se vale, se sirve, de los caracteres, de la palabra, de la voz…, para a la postre desplazar al presunto salvador. Lo deja así o casi como un pelele.

Tres.

Santiago Abascal. España vertebrada es un libro de circunstancias, un volumen manufacturado a trote cochinero.

¿Por qué? Pues porque su único objetivo es glorificar al líder de Vox antes de que se realicen las elecciones. El caudillo lo merece, nos dice Sánchez Dragó una y otra vez.

Concretamente señala el Escritor con mayúscula: “Tú eres un caudillo nato (…). Tienes una dimensión épica (…) y con eso se nace o no se nace. No hace falta que seas matemático”, añade. O filósofo. O escritor. La oratoria con convicción es su fuerte, la retórica.

“Basta con escucharte en los mítines”, le dice Sánchez Dragó muy zalamero. “Tu fuerza de arrastre es arrolladora (…). Al político dotado de carisma todo lo demás se le da por añadidura”. Se le da por añadidura, pero hay que darle algo más: un empujoncito para que se aúpe.

Por ello, el Escritor se pone al servicio del Buen Español que es Santi Abascal (que así lo llama con campechanía y con tuteo de camaradas).

Quien manufactura es, pues, Fernando Sánchez Dragó. Él se propone, se postula, como interlocutor para realizarle una larga entrevista o, si se prefiere, para mantener una extensa conversación a calzón quitado.

El libro resultante es la transcripción, yo diría que prácticamente literal, de las conversaciones mantenidas con el presidente de Vox durante tres jornadas.

Se desarrolla en la villa soriana de Castilfrío de la Sierra y en presencia de dos testigos: Kiko Méndez-Monasterio y Emma Nogueiro. Hacen de coro y de servicio de intendencia.

Por ser este libro una transcripción de esas conversaciones, la impresión que el lector se lleva es la de su literalidad. Es excesivamente literal, con escasa depuración, con prisas electorales.

Por ello se reflejan bien las torpezas expresivas, las reiteraciones, los lapsus, las confusiones y los malentendidos. O las gansadas o machadas del Escritor.

La imagen resultante, la imagen de Santiago Abascal, no es muy favorecedora. Entre otras cosas por sus reiterados tropiezos expresivos, por sus ignorancias descomunales: todo ello provocado por la verborragia, por la verborrea de su benevolente interlocutor. Cuídate de tus amigos…

Como no podía ser de otra manera, Santiago Abascal confiesa estar en política sin tener una vocación decidida. Él sólo está de paso o por accidente. De paseo, largo paseo.

Para él la política es o debería ser un apeadero, no una profesión. En realidad, añade, lo único que lo retiene como representante es la idea simple, pero para él esencial de que España es, si no lo único, sí lo más importante. Pocas ideas más podemos hallar que puedan compendiarse o articularse…

De hecho, lo que a Abascal le gustaría es permanecer en los bosques cercanos a su patria chica, en Amurrio, en la provincia de Álava.

Si es cierto lo que afirma, a él lo que le encantaría es ser guardabosques, pero la circustancia extrema de la Nación le obliga a dar un paso al frente, le obliga a echarse al monte, para convertirse en garante, el guardabosques de la patria.

“Si tuviera que decir cuál es mi patria, además de España, te diría que mi patria es la Sierra Salvada, que es donde yo he sido más feliz, en el monte, con mi primo en sitios donde no se encontramos con nadie”.

Por eso, a Abascal le gusta la metáfora que Sánchez Dragó le propone: Santi es un guerrero que se ha echado al monte.

¿Qué es lo que detesta Santiago Abascal? Lo que deplora es el relativismo, el multiculturalismo, la decadencia moral de una patria que está en peligro. Es por eso por lo que, a juicio de Sánchez Dragó, Abascal es un “personaje épico, casi heroico”. Un caudillo, vaya.

El caudillo de un movimiento. ¿Qué es Vox para Fernando Sánchez Dragó? Es “un milagro, una resurrección, una reencarnación”. Lo tuvo claro desde el principio y así nos lo dice mientras Abascal y los otros asienten:

“En la España de las taifas autonómicas, en la España de la discriminación por sexos, en la España por orwelliana de la memoria histórica, en la España abortista y garantista, y en la España de los sicarios fiscales, los okupas y los narcopisos, en la España de la telebasura, en la España del turismo de birras, vomitona y felaciones, en la España que inclina la cabeza en los tribunales europeos, en la España invadida por la inmigración ilegal y corroída por la quinta columna del yihadismo, empezaba amanecer”.

La resonancias joseantonianas están claras y fórmulas semejantes se repiten a lo largo del libro. “Si España, por fin, se vertebra tras tantos siglos de zozobra, Abascal se convertirá en guardabosque, lo que siempre ha querido ser”, dice el Escritor. ¿Y qué hará él?

“Yo me retiraré definitivamente a la casona de Castilfrío”, que es el lugar en donde se desarrolla la conversación, “y veré pasar, como Sinuhé, los últimos remansos y rompientes del río de la vida”, añade con lirismo rancio.

Pero Abascal no está para lirismos ni tampoco para cosas ordinarias. Lo suyo es algo superior.

“La política no es solo el plan de urbanismo, ni el horario escolar, ni el alumbrado de las calles”, cosas menores sobre las que no quiere pensar o detenerse a pensar.

“Todo eso, a mí, nunca me ha interesado, aunque he sido concejal durante ocho años”, añade con brutal sinceridad.

Y remata: “son debates en los que me da casi igual una cosa que su contraria y no me importa decirlo, aunque escandalice”.

Para Abascal sólo hay una idea metafísica de la política, una concepción emocional, basada en un par de convicciones: la unidad de la patria y la preservación del catolicismo.

Y eso obliga a emprender una lucha sin cuartel. ¿Contra quienes? La nómina de enemigos no es pequeña. Su labor, como la de un empecinado guerrero, es inacabable.

Repito: ¿contra quiénes? Contra feministas, contra abortistas, contra el ’lobby gay’, contra las ‘oenegés’, contra los separatistas y, más en general, contra los antiespañoles. Ah, y contra los marxistas.

Así, Vox es un movimiento de reacción cultural, de desprecio moral. ¿Frente a qué? Frente a relativismos de toda clase, que son los que debilitan el nervio de la Nación.

Vox es un movimiento de reconstrucción de la patria formado por “españoles de verdad”. ¿Y quiénes son esos patriotas? La respuesta es breve, concisa, pues pocos responden al perfil.

Son españoles de verdad aquellos a los que “les gusta ir a las procesiones y a los toros o a cazar codornices. Esas personas son las que nos han votado“ y les seguirán votando.

Y sí: Vox tiene mucho de entrega y milicia y, por ello mismo, anhela Abascal el servicio militar, un factor de cohesión nacional. Los buenos españoles son gentes de orden, amantes del Ejército y de su historia que se resume en la Reconquista, la Hispanidad y la Guerra de Independencia.

Los buenos españoles, como Abascal, son gente recia, gente que a regañadientes acepta la democracia. Dice Dragó: “voy a ponerte en un aprieto. ¿Qué opinas del sufragio universal?” Abascal responde: “es algo inevitable”.

Por supuesto, en este punto, aunque no lo confiese abiertamente (“no me enredes, Fernando), Santi es accidentalista. Imagino que acepta inevitablemente la democracia —como el sufragio universal— porque en estos tiempos no es posible otro régimen.

No es posible otro sistema que no sea el parlamentario, pero, en opinión de los interlocutores de Castilfrío de la Sierra, esa representación igualitaria no es lo más deseable.

Lo más deseable sería que el voto y los escaños fueran meritocráticos. Es decir, Abascal y el Escritor descreen del sistema de partidos: su movimiento se presenta como partido porque no hay otro remedio.

Pero lo preferible sería otra forma de hacer política, otra forma de representar al “pueblo español” que, “con sus miserias, sus luces, sus sombras, sus mezquindades, su envidia y su ira, aprecia mucho el valor”.

Etcétera, etcétera.

Cuatro.

Resulta fatigoso repetir estos enunciados, que no son exactamente argumentos. Resulta fastidioso compendiar la visión apocalíptica de un reaccionario de salón. Sí, sí: de salón.

Es un reaccionario que dice aspirar y desear echarse al monte, pero en realidad estamos ante un antiguo ganapán o costalero de Esperanza Aguirre.

Es un tipo de pocas y tóxicas ideas al que los detestables terroristas amenazaron con la muerte, un tipo al que en efecto sacaron de sitio y de quicio.

Y así nos va: su voz retumba tonante, atronadora, mientras se yergue su figura de jinete o guerrero en medio del Apocalipsis.

Quiere dar miedo y sin duda puede provocarlo. Por el bien de todos, esperemos que Vox al final quede en mero ‘flatus vocis’, en mera verbosidad o ventosidad. Depende. O en partido bisagra. O en grupo testimonial.

Nada más.

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Fotografía: Efe, Antonio García.

David Bowie [2013]

David Bowie acaba de sacar nuevo disco tras años de silencio… Se titula The Next Day Tiene un sentido futurista, acabado, definitivo. Es lo que nos queda…

Y algo más. David Bowie es objeto de una espectacular exposición en Londres. Se titula David Bowie is. Allí se exponen las prendas que lució y los discos que ideó, con sus portadas…

Algunos de esos vinilos fueron conceptuales, como por ejemplo el de The Rise and Fall Ziggy Stardust and The Spiders from Mars (1972); y otros una suma de canciones afortunadas que ni siquiera eran suyas, como Pin Ups (1973): un disco de versiones que fue mi primer Bowie.

Tengo el catálogo de la Expo en mi poder, como una preciosa posesión. Repasando sus páginas confirmas a Bowie como creador de tendencias estéticas, formales. Su vestuario es como un bólido de Fórmula 1: los arreglos y los excesos después serán copiados; las mejoras y las pifias luego serán imitadas por cientos, por miles de seguidores. E incluso por individuos que no saben que repiten lo que Bowie alguna vez llevó, se calzó o lució.

Es un personaje ambivalente que despierta admiración y rechazo. Por un lado, supo hacerse y rehacerse en fases distintas del rock y del pop, adelantándose a las modas que él mismo instituía.

Por ejemplo, el Glam, también llamado Gay Power, fue una corriente estética que triunfó en los setenta y de la que él fue rey y señor, Marc Bolan aparte.

Hacia 1966, aún David Jones, Bowie era un jovencito con ínfulas de rockero, un tipo que admiraba a Little Richard, Elvis y Dylan; cinco, seis años después era un compositor leído, cultivado, con carencias musicales que sabía suplir rodeándose de excelentes técnicos.

¿El principal? El productor Tony Visconti, el mismo Visconti que varias décadas más tarde ha vuelto para materializar The Next Day.

David Bowie es aún un tipo guapo, incluso bello y elegante. Lo comprobamos hasta cuando rebasa el buen gusto o la edad.

Desde antiguo tiene una pose muy femenina, estudiadamente femenina, teatral. No en vano fue decisiva su relación con Lindsey Kemp. Por un lado, se sabe ‘macho, macho man’. Por otro, tontea con varones muy masculinos y apuestos.

Abrió lo que estaba cerrado, los armarios, los estilos y los sexos… Y supo crearse estéticamente. En las distancias cortas tiene fama de ser un tipo encantador, chistoso, optimista.

La imagen pública que de él se tiene no siempre es así: aparece como un individuo manipulador, engreído. Cometió varias torpezas de notable resonancia, como la de vivir enganchado a la cocaína; o como la de vivir tonteando con la estética y la cultura nazis, con el ocultismo. Luego se disculparía debidamente.

¿A qué se deben esas meteduras de pata, esos abismos? ¿A falta de estudios? ¿A simple y llana provocación? Bowie fue tempranamente un tipo muy cultivado, lector insaciable que no sabía muy bien cuál había de ser la transgresión.

Hay en él la búsqueda sin fin y el deseo de éxito, de gran estrella. De esa mezcla, transgresión y mercantilismo, nacerían discos espléndidos como Heroes (1977) o como Scary Monsters (1980).

A principios de los setenta, yo sólo era un adolescente, un muchacho a medio hacer, y Bowie me imantaba: todo lo que era capaz de crear me interesaba.

¿Acaso porque yo era homosexual? No, no recuerdo haber sido gay en ningún momento. Y no lo digo para salvarme o exculparme. Lo digo porque me complacían su ambigüedad y su vertiente andrógina, su bisexualidad, asunto que sorprendía en un hetero.

Pero yo no soy tal cosa, no sé qué cosa. Soy un ser que ama a su chica y a sus hijos, lo que no le impide admirar la belleza masculina. Y Bowie llegó a componer una figura de extrema elegancia (en parte inspirada en Frank Sinatra), vistiendo trajes anacrónicos, propios de los cuarenta y cincuenta, que siempre le han sentado enormemente bien.

Quien tuvo retuvo: ha envejecido excelentemente y su porte aún resulta envidiable.

Sus letras hablan frecuentemente del espacio, del espacio exterior, de un futuro de plásticos y de destrucción, de amor y de otras drogas, de muchachos desorientados, de héroes momentáneos, imprevistos.

Es uno de los nuestros: somos tipos momentáneos que esperamos lo imprevisto. Poco más.

‘Historia y ficción. Conversaciones con Javier Cercas’

Ya viene, ya está en preventa en Punto de Vista Editores:

http://puntodevistaeditores.com/catalogo/historia-y-ficcion-conversaciones-javier-cercas/

En mayo tendremos evento en la Librería Gaia. Con un presentador de lujo, al que quiero con cercanía y respeto: José Antonio Vidal Castaño.

La ilustración de cubierta corresponde a Antonio Barroso: Dos sombras (2012).

Es una fotografía inquietante. Un tipo al que vemos de espaldas, un tipo que tiene unas uñas largas y postizas, se le retrata mientras su sombra se proyecta.

En principio, lo real es ese individuo de torso desnudo y uñas increíblemente largas del que nada sabemos; lo fantasmagórico es esa sombra, esa mancha que repite su perfil.

Si poco sabemos del varón, menos informativa es la sombra. Aunque bien mirado, ese hombre fantasmal ha cambiado. Su mano se ha convertido en garra: las uñas en sombra son ya zarpa.

Continuará.

Poner orden. De Franco a Abascal

Sé que es inverosímil. Sé que nadie me va a creer. Pero es verdad si les digo que este fin de semana lo hemos pasado viendo viejas películas de Franco o sobre Franco, sobre su Alzamiento y sobre la larga, la inacabable posguerra que siguió.

¿Y eso?, me preguntará alguien que se haya quedado ojiplático. ¿No tenían nada mejor que hacer?

Juro que no es masoquismo. Tampoco es sadismo. En fin, el maratón franquista no se debe a nuestra orientación o desorientación política.

Sencillamente se trataba de refrescar, de volver a ver un par de películas o tres, material fílmico e histórico de primera para nuestras clases y conferencias a impartir sobre el periodo franquista.

Los dos films que hemos visto pertenecen al mismo director, José Luis Sáenz de Heredia. La primera película data 1941; la segunda, de 1964.

La primera nos mostraría los inicios del franquismo, la representación ideal y simbólica de la familia —y de la familia Franco en particular— y de su papel carismático y providencial en España.

La segunda, por el contrario, iniciaría lo que podríamos llamar el tardofranquismo, esa etapa final, incluso terminal, de un régimen cruel e inacabable que hacia 1964 alardea de paz y victoria.

Ya se sabe. El régimen se impuso por la fuerza de las armas, por los apoyos internacionales y por el miedo, tras una guerra civil concebida como Cruzada.

Se impuso, en fin, valiéndose de la represión más extrema y del exilio, sirviéndose de la emigración: de la forzarla marcha de intelectuales, de profesionales, de servidores públicos y también de obreros y campesinos.

Pero el régimen se impuso también al ganarse consensos activos y pasivos de una parte de la población. Sin duda, la indiferencia y la tibia adhesión fueron factores que ayudaron a la perpetuación de Franco. Todo, bien sabido.

¿De qué películas hablo? Ustedes ya lo habrán adivinado. Me refiero a Raza, que en efecto data de 1941, y me refiero a Franco, ese hombre, de 1964.

Como se sabe, la primera se basa en un apunte novelesco o esbozo de guion del propio Caudillo. Es una especie de autoficción muy inflamada. La segunda, no menos inflamada, es la hagiografía del Generalísimo, con presencia final del propio dictador. Franco lee y declama con mucho artificio.

Si tan espantosamente toscas son, ¿para qué volver a verlas? En casa debíamos cumplir la obligación académica de documentarnos otra vez. La obligación de verlas de nuevo, ea. Sin entusiasmo alguno. ¿Entusiasmo?

Raza y Franco, ese hombre carecen de virtudes cinematográficas propiamente dichas, de valores argumentales o de alardes estéticos que las haga inolvidables. En ambas cintas hay un reflejo lejanísimo o una influencia poco aprovechada de Leni Riefenstahl. Poco más.

Aunque a Sáenz de Heredia debemos algún film digno, lo cierto es que la autobiografía novelesca de Franco y la hagiografía militante del Caudillo son piezas soporíferas y de ejecución torpe.

Aunque, ahora que lo pienso, ambas sí que son inolvidables, sí. Por el tostonazo, vaya, y son efectivamente inolvidables como experiencia histórica y antropológica, entre el terror, la fantasía y el sarcasmo. Estos films pertenecen, involuntariamente, a los géneros cómicos.

Los guiones de ambas películas son toscos y los personajes declaman adoptando actitudes enfáticas. Los encuadres, ya digo, son reflejos desmejorados de Riefenstahl.

Una, la más temprana, es una invención del propio Caudillo (que firma el texto originario como Jaime de Andrade), mientras la otra es un documental propagandístico sobre los XXV Años de Paz que habría traído el Régimen.

En ambos casos, estamos ante ficciones. Ante ficciones increíbles, que es lo peor que le puede pasar a un film o a un relato: su torpísimo guion —ya digo—, su tono machaconamente panfletario y unos dialogos impostados hacen inverosímil las historias que contemplamos o se nos cuentan.

¿Y qué historias se nos cuentan? son archisabidas. Las aúno. Les abreviaré, además, la moraleja para que así no tengan que abrevar en charcas tan hediondas.

1. La denodada lucha o Cruzada de los buenos españoles, guiados por la mano y la espada providencial del Generalísimo, curtido en mil batallas patrióticas y disponible siempre para acción más valerosa y arriesgada. Para poner orden.

2. El abnegado esfuerzo de los buenos españoles, abnegado esfuerzo dirigido y tutelado por Franco para sacar adelante una patria malherida y anteriormente vendida por la conspiración de rojos y masones.

3. La inevitable guerra y la reconfortante paz que debemos al Caudillo, una depuración que la Iglesia bendice y que los buenos españoles agradecen beneficiándose de sus ventajas, esas que el propio Franco reparte a manos llenas.

En un libro de Fernando Sánchez Dragó que está a punto de aparecer, titulado Santiago Abascal. España vertebrada (2019), el líder de ese partido del que usted me habla dice que el golpe de Estado de 1936 fue algo justificado y hasta necesario. “Digamos que fue un movimiento cívico militar”.

Por supuesto voy a leer dicho libro (algunos ya saben de mi querencia por la literatura basura y por las efusiones o derramamientos literarios de Fernando Sánchez Dragó). Lo voy a leer…

Abascal, creyendo rebajar la deslealtad de los golpistas del 36, agrava involuntariamente el asunto.

Llamar movimiento a un golpe de Estado es exactamente la conclusión a la que llega el propio Régimen: que calificará de Movimiento aquella cosa.

Y tipificar de cívico-militar a esa conspiración, que es lo que fue, no es restarle gravedad. Un movimiento cívico-militar, que es la forma “respetable” de la conjura, suele ser, sí, el origen de las dictaduras más sanguinarias. Punto y aparte.

Los movimientos vienen a poner orden. A propósito de las elecciones, a Abascal se le escapó días atrás que su partido y los buenos españoles vienen a poner orden en el Parlamento.

No he leído o escuchado muchas quejas o críticas escandalizadas ante esas palabras. En los movimientos de esta índole poner orden en el Parlamento es manifestación explícita de antiparlamentarismo.

En el Parlamento no se pone orden, sino que las cámaras de representación dan voz y expresión al desorden y a los conflictos de la vida civil. Quien quiere acabar con ello, a caballo o a pie, mata la vida civil y desactiva o liquida el Parlamento.

Atentos.

Aborto criminal

Desde que vi y oí las declaraciones sobre el aborto del candidato señor don Adolfo Suárez Illana, no vivo. Estoy en un sinvivir.

Esto es de pesadilla, de película de terror. Como en aquel film remoto: Aborto criminal (1973), que vi en mi adolescencia y que tanto me marcó.

Como saben, el señor Suárez Illana hizo esas afirmaciones en Más de uno, el programa de Carlos Alsina, en Onda Cero. Todo ello ocurría, en efecto, en la mañana del jueves 28 de marzo de 2019.

En estas cosas tan peliagudas es bueno que la datación, que la cronología, sea precisa y que los datos estén corroborados.

Desde esa fecha, desde esa mañana, no dejo de darle vueltas al asunto. No dejo de darle vueltas a los contenidos, a los contenidos de lo que Suárez Illana dijo. Pero también a los desmentidos que horas después hizo.

Según nos informó por la tarde de ese mismo día, en Nueva York —contrariamente a lo que él suponía— no hay ley alguna del aborto que permita la ejecución del niño recién nacido.

Para asegurarse, para confirmar esto, el señor Suárez Illana llamó a un bufete de abogados de Manhattan. Noticia de alcance: por lo que nos reveló, los abogados neoyorquinos le confirmaron que no existía tal ley, esa que supuestamente permitía el infanticidio.

Por tanto no hay un aborto a posteriori en la ciudad de Nueva York. Esto es, en plena campaña electoral el señor Suárez habría hecho una afirmación absolutamente insostenible, además de falsa.

Hay que admitirle algo. Fue un acierto del señor Suárez Illana dirigirse a los expertos, en este caso a los abogados, para verificar la solidez de su afirmación.

Como los letrados desmintieron lo que él había afirmado horas antes, el señor Suárez Illana no tuvo reparo en reconocer su error. Un alivio.

Según dijo y ha vuelto a repetir, esas afirmaciones ya forman parte del pasado y por tanto no hay que darle más vueltas al asunto.

Yo no estaría tan seguro. Es más, creo que deberíamos exigirle más desmentidos. ¿A quién debería recurrir?

En principio, el señor Suárez Illana debería hacer una consulta al hombre de Neardental, la persona más autorizada para confirmar o desmentir la afirmación de esa mañana.

Entre las cosas que Adolfo Suárez había sostenido el día de autos estaba una supuesta práctica del Homo Neardenthalensis. Por tanto…

Cuando lo escuché, me sorprendió su conocimiento de esa especie Homo, diferente del Homo Sapiens, extinguida pero aun así muy querida: todavía permanece en el recuerdo de todos nosotros.

De hecho, yo siempre he preferido el parentesco lejano que me une al Neardental frente a los vínculos estrechos (Homo Sapiens) que tenemos con el hombre de Cromañón.

Pero volvamos a Suárez Illana, un hombre también primitivo. A su parecer o en su opinión, estos antecesores (los Neardentales) se habrían dedicado a cortar las cabezas de los recién nacidos.

Así, sin más. O al menos se habrían dedicado a cortar las testas de algunos recién nacidos, que habría sido la forma normal y primitiva de practicar el aborto. El aborto a posteriori. Aborto criminal. ¿Qué decir?

Yo cursé Historia, me licencié en dicha materia en 1981 y me doctoré años después. Eso sí, en Historia Contemporánea, cosa que me deja en una posición muy frágil cuando de la Prehistoria hablamos.

A pesar de haber estudiado al Australopithecus, al Pithecanthropus, etcétera, los conocimientos han avanzado tanto que me he quedado muy atrasado: propiamente en la Prehistoria.

Admito la fascinación que me provoca ese período, pero mis datos son ya prácticamente inservibles. Por ello, no estoy en disposición de corroborar o desmentir lo dicho por el señor Suárez Illana sobre el Homo Neadenthalensis.

Durante horas me estuve preguntando de qué forma iba a corregir o confirmar esas afirmaciones el propio candidato. Es evidente que no podía llamar a nuestros antepasados remotos para consultarles sobre sus prácticas, valores y convenciones.

Tampoco podía telefonear a un bufete de abogados de Nueva York, ya que los letrados no son infalibles: no podía hacer esa consulta para que le aclararan cuáles eran los usos y costumbres de los Neardentales.

Supuse, equivocadamente, que lo que haría el señor Suárez Illana es llamar a los historiadores expertos para preguntarles acerca de las supuestas prácticas abortivas entre esos pueblos remotísimos.

Que yo sepa no se dirigió a los historiadores, entre los que me cuento. Pero tampoco a los prehistoriadores. Los prehistoriadores, a pesar de ese rótulo, también son historiadores, historiadores completos: han acabado la carrera y, aunque se quedaron en los albores de la civilización, saben mucho.

¿Algo tendrán que decir, no? Que yo sepa, nadie ha confirmado o desmentido nada. Desde aquí solicito la opinión informada y experta de mis colegas primitivos. Para las cosas modernas, ya nosotros nos valemos.

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Post scriptum

Por supuesto, el reto que yo lanzaba mis colegas para que se pronunciaran es una broma académica. Una guasa, vaya.

Agradezco a Isabel Huete que me haya informado sobre los pronunciamientos de algunos arqueólogos y paleoantrópologos a este respecto.

https://www.lavanguardia.com/ciencia/20190328/461311942955/neandertales-aborto-suarez-illana.html?fbclid=IwAR2z_H2EIJTNH8D-FNQLBbHGUu12uL8KCixrfof4J-RpsafqgM-NMP5CmGo&utm_campaign=botones_sociales&utm_source=facebook&utm_medium=social

Quedo más tranquilo.

O no tanto…

Leo en La Vanguardia las declaraciones de Antonio Rosas, investigador del CSIC. Dice: “Contrariamente a la imagen de que los neandertales eran burdos y moralmente degradados que se lanza con este tipo de afirmaciones [como la de Suárez Illana], los datos de los estudios paleoantropológicos indican todo lo contrario. Actuaban de manera muy parecida a los Homo sapiens de su época”.

Saber que los Neardentales actuaban de manera muy parecida al Homo sapiens no sé si me tranquiliza.

La mentira fascista

Hace un siglo, en marzo de 1919, Benito Mussolini funda el primer Fascio di Combattimento, el germen de lo que después será el Partito Nazionale Fascista.

Sobre la ideología y el movimiento de Mussolini me gusta leer con asiduidad, refrescando conocimientos y adquiriendo otros nuevos. ¿Acaso por la actualidad del fascismo? Más que el propio fascismo, son actuales parte de sus mecanismos de funcionamiento, de manipulación y de exclusión de la realidad.

El fascismo como ideología y corriente es un dato del pasado, es un fenómeno histórico propiamente. Digamos lo archisabido: es un movimiento político que triunfa en 1922, con la Marcha sobre Roma, con el ascenso de Mussolini al poder y con la conversión del régimen liberal-representativo en una dictadura. O mejor: más que con la conversión, con la destrucción del sistema democrático.

Entre mis últimas lecturas está El fascismo como régimen de la mentira (2019), de Piero Calamandrei. El sello español que lo ha publicado, Tirant Humanidades, lo ha hecho recientemente y gracias a ello apreciamos la oportunidad de este volumen. En realidad, el original data de 1944. Propiamente no es una novedad.

Su autor, catedrático de Derecho Procesal de la Universidad de Florencia, fallece en 1956. Pero el texto –ahora editado en español– es una herramienta muy útil y, en cierto sentido, nueva: ayuda a entender mejor y con precisión quirúrgica qué es lo más detestable del fascismo.

¿Acaso su condición de dictadura o tiranía? Sin duda, eso lo hace repudiable. Pero la tiranía que se establece a partir de 1922 tiene algo completamente nuevo.

Antes de responder con Calamandrei, permítaseme decir que es un gozo recuperar esta obra. Es una modesta y una gran lección de historia.

Digo modesta porque el subtexto o trasfondo de este ensayo es una experiencia personal. Podríamos leer en clave el volumen como una autobiografía implícita, la del honrado profesor de Derecho que ha vivido y ha padecido la experiencia del fascismo.

“Este libro”, dice Jacobo Barja de Quiroga en la introducción, “no es un libro de memorias, pero es un libro de quien tiene memoria”.

Quien lo escribe, en efecto, ha combatido el régimen musoliniano, principalmente como miembro de Giustizia e Libertà, y sabe lo que significa la destrucción de la moral pública, el aplastamiento de las normas de convivencia y el cese de la deliberación: propiamente del multipartidismo y el Parlamento.

Pero El fascismo como régimen de la mentira es a la vez una gran enseñanza de historia. Modesta y urgente reflexión y, al tiempo, una provechosa lección. ¿Por qué?

Porque su autor nos detalla con fidelidad y finura la naturaleza del régimen musoliniano, los instrumentos de que se valió para reprimir y contener toda forma de oposición, toda forma de disentimiento, toda forma de respuesta democrática a la dictadura fascista.

¿Y qué instrumentos son ésos? Un Estado totalitario de partido único bajo el liderazgo incuestionable del Duce y un organismo público en revolución permanente, en supuesta revolución permanente, para así forzar la adhesión activa o pasiva de la ciudadanía convertida en masa.

“Éste es el totalitarismo: un enorme bloque de acero desmesurado donde todos los ciudadanos al fin se encuentran fusionados, emulsionados, amalgamados”. Felizmente, ese objetivo no pudo cumplirse por entero…

Pero hay más, mucho más, añade Calamandrei.

Su descripción (la escritura del original, vaya) es contemporánea al declive del régimen. Por tanto podríamos decir que se redacta cuando el fascismo está ya en bancarrota, prácticamente derrotado, justo cuando una parte de Italia está ocupada por los nazis y por su gobierno títere.

La cercanía no impide a Calamanadrei ser preciso, minucioso y acertado. El autor es un hombre de leyes, un procesalista atento al rigor de la ley, de su aplicación, de su interpretación. Por supuesto, lo que Calamandrei deplora especialmente es la destrucción del Estado de Derecho.

En esto, los escritos de Calamandrei me recuerdan lo dicho por Sebastian Haffner en Historia de un alemán. Memorias: 1914-1939. El principal y primer reproche que ambos hacen al fascismo y al nazismo es ése: la destrucción del principio de legalidad.

Calamandrei lo escribe con la habilidad estilística del procesalista. Haffner lo detalla bajo la forma de unas memorias: el alemán está al comienzo del Tercer Reich, el orden se hunde, la civilización se pierde.

Él decide no ser partícipe de la barbarie, que empieza con la destrucción del Estado de Derecho. Con entereza y coraje, Haffner huye a Inglaterra, abandonando patria y querencias.

Por su parte, Calamandrei, también con valentía, decide permanecer en Italia, luchando en favor del Estado de Derecho y combatiendo a Mussolini, su régimen y sus secuelas.

Vivirá con valentía ese periodo aciago, el llamado ventennio fascista, 1925-1945: 1925, cuando todos los partidos son prohibidos, con excepción del Partito Nazionale Fascista, y 1945, cuando se produce la disolución de la República Social Italiana.

Calamandrei nos precisa y nos detalla los mecanismos a partir de los cuales el régimen se constituye en dictadura y por tanto destruye el principio de legalidad. ¿Hemos de concluir que el régimen mussoliniano fue sin más un régimen basado en la ilegalidad?

“En verdad en el régimen fascista existió algo más profundo, más complicado, más turbio que la ilegalidad: hubo la simulación de la legalidad, la estafa a la legalidad organizada legalmente”.

Y sigue: “En un régimen semejante hay que considerar las instituciones no por lo que declaran las leyes, sino por lo que se insinúa entre sus líneas”.

Y prosigue: “las palabras además ya no tienen la significación registrada en el diccionario, sino un significado diferente y muchas veces opuesto al usual, comprensible solo por las personas enteradas. La característica que sintetiza las extrañas calidades de este régimen es la doblez: en el sentido verdadero y metafórico de la palabra”.

De hecho, podría añadirse, el sistema fascista es resultado de dos ordenamientos judiciales entreverados: el oficial, equivalente al legal y el extraoficial que, según indica Calamandrei, “se concreta en una práctica política contraria, por sistema, a las leyes”.

Por ello, lo significativo del fascismo es la mentira política. “La mentira política, que puede producirse en todos los regímenes (…), aquí ha sido asumida por sistema, desde el principio, como herramienta normal y fisiológica del gobierno”.

La actualidad de este libro es incuestionable y su lectura, saludable. Nos ayuda a captar los mecanismos públicos de la mentira política. Nos ayuda a ver que la tiranía comienza con la destrucción del lenguaje, con su sustitución por una neolengua en la que los significados de las palabras están alterados, siendo incluso los opuestos.

En su libro, Calamandrei detalla las formas elementales del totalitarismo, la manipulación de masas, la formación o recreación de un consenso activo o pasivo que moldea las conciencias y las conductas.

Calamandrei nos habla del reaccionarismo que se funda en una revolución alegal, paralegal y, a la postre, ilegal, una revolución que se basa en la monarquía y en la anuencia del rey.

Podemos parafrasear al autor, ya republicano y uno de los padres de la nueva Constitución, para acabar diciendo: la historia juzgará y aclarará en quién o quiénes recaen las mayores responsabilidades políticas de esos veinte años, si en el jefe del Estado o el jefe del Gobierno.

“Y no podrá olvidar que si el segundo [Mussolini], cuando empezó su carrera para conseguir el poder, donde se mantuvo agarrado con violencia durante veinte años, no estaba vinculado a ningún juramento, en cambio el primero [Vittorio Emanuele III] cuando ascendió al trono, juró solemnemente”.

¿Qué juró? Que cumpliría con con lealtad aquel pacto constitucional, estatutario, de libertades “que durante los veinte años del fascismo rompió miserablemente”.

https://www.tirant.com/editorial/autorList/piero-calamandrei-32845

La guerra, etcétera. ¿El fin del mundo?

“Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo”. Así comienza Tus pasos en la escalera (2019), de Antonio Muñoz Molina. Uno de los aspectos más relevantes que aparecen reflejados en dicha novela es la escatología.

Con escatología me refiero al fin del mundo, al advenimiento de la última gran crisis, la definitiva, de la que ya habría numerosos indicios y de la que el protagonista de la novela se hace eco. El personaje de la obra vive en la actualidad.

Bruno, el narrador, que es quien nos habla en primera persona, muestra una percepción clarividente y embotada de las cosas. Vive viendo señales del próximo final y vive haciendo acopio de provisiones materiales e inmateriales para resistir, para sobrevivir al cataclismo último. Como un náufrago.

No es el único, nos advierte él mismo. Hay magnates que se están haciendo construir búnkeres de máxima seguridad en los que poder reconstruir la vida posterior al desastre, una vida a escala, una representación virtual de un mundo que ya habría desaparecido tras la guerra u otro cataclismo.

Los lectores podemos convenir en que el personaje de esa novela tiene una conciencia alterada, pero podemos convenir también en que todo lo que dice que pasa (incendios devastadores, crash financiero, tsunamis, cataclismos sin fin) está pasando hoy en día. O viene pasando desde hace un tiempo: desde hace un siglo o más, por ejemplo.

Nosotros mismos lo sabemos o al menos lo tememos. Cuando vemos los informativos, cuando leemos los periódicos, cuando consultamos las redes, hay un momento en que debemos apartarnos.

Debemos apartarnos para suspender la atención. Debemos desconectar para no sentir el ahogo de un mundo que marchar a la deriva. Es justo en ese momento cuando sentimos toda la debilidad o impotencia del individuo. Nuestro poder es nulo, constatamos, y somos una parte infinitesimal de un mundo grande y terrible, por decirlo con Antonio Gramsci.

Las noticias de que nos da cuenta el narrador de Muñoz Molina van de lo banal a lo terminal, del apocalipsis venidero a los crímenes más crueles, del calentamiento de la Tierra a la próxima hecatombe económica, de esta o aquella crisis humanitaria a esta o aquella amenaza nuclear. Y la Guerra final como fondo.

Por otra parte, la crisis de la democracia, de los sistemas representativos es información cotidiana y verificable. Ahora, sin duda; pero también muchas décadas atrás. No sólo las instituciones se degradan por el mal uso y el mal gobierno, por la rapiña y las corrupciones varias. O por la amenaza cierta de tiranías, autoritarismos o incluso totalitarismos, según la experiencia y la memoria del siglo XX.

También peligran nuestras libertades: las decisiones relevantes no se debaten siempre o no se toman ya en la esfera pública de deliberación, que es principalmente el Parlamento. Con frecuencia tenemos la impresión de que lo de verdad importante ocurre en la sombra mientras vivimos o creemos vivir en una sociedad de masas y transparente. Así, desde principios del Novecientos…

La impresión general que podemos experimentar es la de estar inermes. Los liderazgos son débiles y burocráticos, caprichosos o sencillamente autoritarios (sin descartar los totalitarios).

Cualquier medida adoptada por un dirigente irresponsable o vesánico puede trastornarlo todo. Puede que hasta hundirlo todo: tal es la conexión global que hay ahora y que la hubo anteriormente.

Es como si cualquier cosa desbocada pudiera desencadenar ese fin del mundo que se cierne, ¿Por qué? Porque los factores concurrentes multiplican el efecto. Y es como si cualquier cosa desbocada pudiera angustiarnos de forma devastadora, dada nuestra vigilia insomne y dada nuestra información constante. Sin duda, ahora esto llega hasta el paroxismo: tal es el caudal informativo. Pero nuestros antepasados del XX, de sus primeras décadas, vivían igualmente aturdidos con una sensación vertiginosa de cambios y de informaciones masivas.

Por supuesto, el asunto ahora es más angustioso. Por un lado se han multiplicado las posibilidades ciertas, reales, de caos y de destrucción absoluta, pero esas posibilidades ya las había. Y, por otro, ha cambiado de modo sustancial nuestra percepción de lo catastrófico y de lo inmediatamente catastrófico.

Sin duda, lo que ocurre no es prometedor. Es más, parece muy grave. ¿Tanto? Un personaje El nombre de la rosa (1980), de Umberto Eco, prevenía contra el fatalismo: contra el fatalismo escatológico, precisamente. Y prevenía estando en la Edad Media, en una Baja Edad Media de ficción.

Desconfía, Adso —venía a decir Guillermo de Baskerville—. Los tiempos siempre están a punto de acabar y eso nos lo hacen saber una y otra vez los profetas agoreros, portadores de predicciones terminales —apostillaba.

Cierto, los tiempos siempre están a punto de acabar. Eso significa que estamos constantemente al borde del precipicio y que el fin siempre es venidero o próximo o al menos es factible su cumplimiento fatal.

O, por el contrario, eso significa que la rutina del fin inmediato, de la hecatombe que se avecina, nos vacuna una y otra vez y nos previene.

A lo largo del siglo XX, sin embargo, las guerras totales y su armamento han puesto al mundo al borde del abismo en múltiples ocasiones. ¿Nos hemos salvado de chiripa? ¿Nos han redimido la razón, el entendimiento, el miedo?

“Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia”, dice Guillermo de Baskerville en otro pasaje de El nombre de la rosa.

Sin duda, hay líderes irresponsables que nos amenazan con un fin sublime y aterrador, dispuestos a morir y sobre todo a hacer morir a muchos. Hay también dirigentes racionales que saben gobernar las instituciones razonablemente. Tienen por norma no agravar el estado del mundo o evitar su definitiva explosión.

Pero no basta. Los individuos, solos o en compañía de otros, tenemos también las máximas responsabilidades. Informarnos, examinar y examinarnos, desarrollar la autoconciencia, gobernar las emociones. En 1914 o en 2019.

Somos terminales de un mundo trabado, interconectado, de un mundo en donde la acción o inacción de uno se suma a la acción o inacción de muchos, incluso de muchedumbres.

Debemos ser conscientes de que un acto, un solo acto, redime o salva a la Humanidad. Con una acción responsable o irresponsable, digna o indigna, definimos el tipo de mundo en el que vivimos o queremos vivir.

Un acto nunca es un solo acto: se suma a otros cuyos efectos nos sobrepasan, multiplicando o desmintiendo las consecuencias previstas. Es por eso por lo que, otra vez, una acción responsable o irresponsable, digna o indigna, construye o destruye el tipo de mundo en el que vivimos o queremos vivir.

A quienes estudian el pasado, los historiadores, se les pide cautela, prudencia analítica, acopio de erudiciones, informaciones contrastadas y pruebas creíbles. Todo ciudadano responsable y digno debería exigirse lo mismo.

Bruno, el protagonista y narrador de Tus pasos en la escalera se nos parece. Es un personaje de ficción, pero en ciertos aspectos resulta un humano muy creíble. Tiene miedos y tiene obsesiones.

Ve con presciencia el fin del mundo venidero, pero no sabemos si ve bien. Desde luego dispone de mucha información. Lo que no sabemos es si conecta bien los datos globales y si sabe mirarse, examinarse, justamente lo que debemos aprender primero.

Fotografía: AP