El Almirante Luis Carrero Blanco 

Lo primero que te impresionaba del Almirante Luis Carrero Blanco era la desproporción de su cara, exageradamente grande, con mucha carne. Sorprendían también unas cejas enormes y negras, que destacaban como supervivientes en una cabeza que iba despoblándose. Y no menos te impresionaban esos uniformes con guerrera o levitones impolutos que vestía con regularidad castrense, esas medallas y fajines.

Su presencia física desazonaba. Las cejas y los levitones le daban un aspecto hosco y las reverencias que le hacía al Caudillo te lo convertían en una especie de gigantesco lacayo. Probablemente no tuvo gran estatura (medía una cabeza menos que don Juan Carlos), pero cuando se retrataba con el Generalísimo, de cuerpo escueto, de anatomía limitada, Carrero parecía un buey.

Creo haber leído bastantes cosas sobre Carrero Blanco, principalmente por el atentado que sufrió el 20 de diciembre de 1973, ya que su figura no me interesó particularmente hasta años después. El atentado me conmovió.

Recuerdo haberme quedado de piedra viendo la televisión, supongo que horas después del estallido. He olvidado si tuvimos clase. Me acuerdo del enorme boquete que quedó en la Calle Claudio Coello. Un año después, cuando fui a Madrid por primera vez, no pude dejar de visitar esa zona y como con miedo me fui acercando. Me fui acercando a Claudio Coello. Allí ya no quedaban rastros ni socavón alguno, pero sentía que estaba pisando la historia.

Yo era muy inocente. Carecía de conciencia política. Únicamente tenía catorce años. ¿Pocos? ¿Muchos? Mentalmente vivía en un país inerte. Fue aquel atentado el que me despertó. Me dio miedo e incertidumbre, a qué negarlo. No se mataba a una eminencia del Régimen todos los días. Entre las estampas de aquel momento recuerdo especialmente a Manuel Alcalá, aquel periodista de grandes gafas rectangulares de pasta que se fue a la calle Claudio Coello a recoger testimonios.Sé que mis palabras de ahora no dicen nada de interés. Son unas más de los numerosos testimonios que se están escribiendo o publicando para recordar qué hacía uno cuando mataron a Carrero. Como los estadounidenses, pero en nuestro caso sin John F. Kennedy.

Andando el tiempo, veinte años después del asesinato leí Carrero. La eminencia gris del régimen de Franco (1993), de Javier Tusell. Esa obra me dejó un sabor agridulce, si me permiten esta cursilería. Por un lado, es un libro entretenido, con el dominio narrativo que tenía Javier Tusell, fallecido años después. Por otro, tras el trazo y el retrato del historiador, el personaje aparecía finalmente como un héroe discreto, como un señor de derechas que supo poner orden a lo que era un Estado desastroso, a lo que era un Régimen de escasa institucionalización. Bueno, bueno…

Sin duda, Tusell tenía un reto. El biografiado era la antítesis del personaje atractivo y mundano: oculto en la cúspide del poder durante casi treinta años (subsecretario, ministro subsecretario, vicepresidente y presidente), su protagonismo fue casi invisible. O al menos su presencia y conocimiento público no eran acordes a la importancia de sus funciones.

Seguramente en ello radica la clave de Carrero: gran poder y escasa visibilidad. Por tanto, que un empleado de oficina, redactor de informes y administrador de consejos y secretos sea objeto de una biografía entretenida es tarea meritoria del historiador. Pero la empatía es excesiva y la cercanía con el biografiado acaba resultando estomagante.

Ahora bien, Tusell tuvo la suerte o la habilidad de poder trabajar con fuentes históricas de primera magnitud. Eran indiscutibles la calidad y la naturaleza de la información utilizada por Tusell: entre otros centros, el historiador pudo visitar y consultar el archivo privado de Carrero, el archivo de Presidencia del Gobierno, Fondo López Rodó, que está en la Universidad de Navarra.

Por los muchos años que Carrero desempeñó el empleo de Consejero (1942-1973), su producción escrita es abundantísima. Y es de ella de la que se vale Tusell para elaborar este libro.

El autor se enfrenta a su tarea con capacidad, con soltura y olfato. El resultado es una investigación que subraya el papel central que Carrero tuvo en la consolidación e institucionalización del régimen franquista.

¿Cómo era el personaje que Tusell describe en este libro? Era un político accidental, un dirigente sin verdadera vocación o ambición personales, pero un hombre marcado por la Guerra Civil y, por tanto, obligado a asumir tareas ejecutivas, de gobierno. ¿Por tanto? Además, su retrato hace hincapié en la coherencia y sinceridad (falta de doblez) del individuo. Tusell pone el énfasis en la adscripción de Carrero, la familia política a la que perteneció y a las ideas que suscribió.

¿De qué concepciones se trataba? De un ideario monárquico que, aunque integrista y católico-ultramontano, le permitió frenar el protagonismo de Falange dentro del Régimen. Gracias a ello, Carrero habría podido desarrollar dos principios favorables para la posterior historia de España: su proamericanismo (por su anticomunista) y su monarquismo (que se consumó con la “operación salmón” en favor de Juan Carlos). Finalmente, Tusell destaca en repetidas ocasiones la honradez personal del Almirante. Punto y aparte.

Allí dónde están las virtudes de este libro, se hallan también sus puntos más débiles y discutibles, como antes decía. A mi juicio, sospecho que la figura de Carrero ha sido agigantada hasta el extremo. Franco aparece como un dictador dependiente de los consejos de Carrero, aunque –eso sí– siempre autónomo en el calendario final de la decisiones que le eran recomendadas, decisiones largamente demoradas algunas de ellas: estaba de cacería regularmente. Vamos, que Carrero le decía lo que tenía que hacer y que el Caudillo decidía cuándo lo tenía que hacer.

Tusell insiste continuamente en la coherencia, honradez y sinceridad del personaje, retórica del historiador que llega a hacerse insoportable. Una y otra vez, el lector debe recordarse a sí mismo que está ante la biografía de un personaje que fue un fiel servidor de una dictadura personal. Debe recordarse que está leyendo la vida de un Almirante con ideas ultramontanas, reaccionario y totalmente despistado o contrario a la mayoría de los avances de la modernidad y de la sociedad democrática.

Carrero impidió, sí, una total institucionalización del falangismo, favoreció el desarrollismo y la solución juancarlista. Pero fue un sujeto duro, implacable, franquista hasta las cachas. En este punto, Tusell analiza la repercusión de su muerte por atentado subrayando su inutilidad, la crueldad fría e ineficaz de sus asesinos: el historiador conjetura acerca de la posible retirada política de Carrero en el caso de haber sobrevivido a Franco. Es decir, hace en este punto una historia verdaderamente conjetural que, por supuesto, no puede ser afirmada ni desmentida.

¿Cuál es auténtico problema de esta biografía? Pues es un asunto que concierne a los historiadores y a los lectores, que concierne a quien escribe y a quienes gustan de la historia. El problema es que notamos, que apreciamos la aprobación oficiosa de la familia Carrero. Este libro sería impensable sin esa familia que franquea el paso al historiador. Y eso nos lleva a la objetividad de la investigación.

En realidad, ésa no es la auténtica cuestión: si no hay distancia física y emocional del biografiado o de la familia del biografiado, el historiador siente el aliento de esas personas en su cogote, comprende que está siendo vigilado cuando consulta documentos privados, cuando redacta, cuando completa, cuando publica el libro. La documentación pública te da absoluta libertad, las fuentes históricas que dependen de un particular te condicionan, te quitan margen de acción.

Imagino a Tusell con el fantasma de Carrero sobrevolando la estancia, soplándole al oído lo que debía interpretar, escribir, concluir. Imagino al historiador sofocado: por un lado, respetando su deontología profesional; por otro sintiendo la sombra tutelar del Almirante. Carrero dedicó treinta años de su vida a aconsejar a un dictador. Se las sabía todas. Vigilar y guiar a un historiador le habría sido muy sencillo. A pesar de la hosquedad de su aspecto, quiero imaginar a un Almirante persuasivo, diciéndole a Su Excelencia lo que es conveniente; quiero imaginar a Tusell resistiéndose…

Por qué leo

Hay en cada uno de nosotros inclinaciones, gustos o preferencias que son prenda o baldón, que son virtud o defecto, eso que nos singulariza, esos rasgos de carácter o inercias de la conducta que nos hacen irrepetibles. Para bien o para mal. De ellos difícilmente podemos quitarnos.  

Desde niño me gusta leer. ¿Qué cosa? ¿Libros, novelas? ¿Acaso tratados doctrinales? No, por supuesto, yo no soy John Stuart Mill ni su remedo más remoto. Vamos, ni por asomo. El autor de Sobre la libertad tuvo una instrucción sistemática y sus primeras lecturas ya anticipaban al sutil pensador que llegaría a ser. 
Cuenta el filósofo en su Autobiografía la formación tan elevada que le facilitó su señor padre, John Mill. Cuenta también el cuidado con que el progenitor le seleccionaba lecturas y otros nutrientes para el espíritu. Por ejemplo, con poca edad, Stuart Mill ya sabía desenvolverse hablando y escribiendo idiomas vivos y muertos, con un francés obligatorio y con un griego nada elemental. 

Cada vez que he leído su Autobiografía, tan apasionante y tan llena de autenticidad, me he sentido como ese enano que jamás ha logrado auparse a la espalda de un gigante.
Lo mío es otra cosa: como más ordinaria, ¿no? En la España de principios de los sesenta, mis primeros preceptores infantiles fueron maestros nacionales muy maleados y ya hartos de la progenie. Para aquellos docentes aburridos, nuestro pésimo ejemplo confirmaba el fuste torcido del Hombre. 

No queríamos leer ni trabajar y apenas mostrábamos reverencia a las cosas De Dios. Por pereza, vaya. Éramos como bestias y apenas se apreciaba en nosotros algún rasgo de humanidad. Tanto es así que nos castigaban con saña. Nos hundían a base de capones y bofetadas o nos arreaban con palos finos y sangrantes. 
Nos enseñaban las primeras letras, nos atemorizaban con la lectura, nos amenazaban con la vara verde. 

Difícilmente, los libros podían procurarnos dicha alguna. La escuela de mi infancia y de mi primera adolescencia era confesional, levítica. Y era un recinto de rufianes y rutinas, un lugar tedioso y ocasionalmente terrible que sólo aligeraban los recreos.  

Dicho así suena tremebundo y hasta novelesco. Pero no. Aquello no tenía nada de fantástico. Era una realidad basta sin apenas incentivos; era un mundo de crueldades habituales, con niños que ejercían de matones, con curas untuosos y con profesores frecuentemente violentos. No todos los maestros eran tan odiosos, por supuesto: cuando de repente te tropezabas con un hombre bueno, diligente, pensabas que el Magisterio no estaba perdido.
¿Qué función desempeñaban los libros, qué necesidad satisfacían? La lectura difícilmente aliviaba el trato hostil o amenazante del entorno. Podría haber sido un escape, cierto, pero no: para mí sólo lo sería tiempo después, a los trece años, justo cuando con extrañeza y hasta estupor descubrí que mi señor padre se alimentaba de libros. El verbo sólo es un poco exagerado.
Hasta ese momento, yo había ignorado dicho hábito, tan saludable. Vamos, que desconocía todo o casi todo de él, de ese señor que era mi papá. Por alguna razón que nunca averigüé, mi padre sólo empezó en 1973 a hacer ostentación de sus volúmenes, a mostrar físicamente los libros que consumía, a declararse un gran lector. 


Tal vez, yo mismo he tomado ejemplo de él, aunque no siempre su conducta era lo que quería reproducir ni tampoco sus aficiones literarias eran aquellas que más apreciaba. Eso sí, un día, no sé cuándo, me descubrí leyendo tebeos, prospectos farmacéuticos, encartes publicitarios, catálogos de editoriales y rótulos callejeros. Todo lo impreso era un reclamo. Y de eso tan simple pasé a los libros.
En ello no soy muy distinto de lo que era mi padre,  Justo Serna Ibáñez, que en vida acumuló miles de libros (aparte de los que regularmente le prestaban en las bibliotecas públicas): sí, miles de libros leídos y fichados. Su vida alicorta de jubilado temprano se multiplicó con las novelas, de las que llevaba fiel registro y voluntariosa anotación. O apuntación, que decía mi abuela materna Ana María. Apuntación: retengamos esa palabra..

Tampoco soy muy diferente de mi abuelo paterno, Fernando Serna Salvador, que reunía los pocos volúmenes que la familia poseía al tiempo que devoraba al menos un periódico cada día (El Debate). Escribo “devoraba” porque, al decir de mi progenitor, su señor padre no daba por concluida la lectura hasta que el diario estaba rozado, roto y la tinta desleída. 

Mi abuelo era de ideas conservadoras, un hombre de orden que, además, alcanzó la alcaldía de su pueblo, Salinas del Manzano, con gran respaldo del vecindario. Eso me decía mi señor padre, que apenas podía reprimir el orgullo filial. 

Fernando Serna Salvador era un hombre de la Serranía de Cuenca, el abuelo grandioso al que no yo conocí y cuya celebridad me resultaba desconcertante: sus convecinos lo llamaban Canalejas, como el viejo político liberal tan pronto asesinado. ¿Canalejas? Sí, por esa propensión suya, tan suya, a perorar con ciertas dotes intelectuales, con energía visionaria. 

Él tenía ideas porque leía, me aseguraba mi padre. En cambio, frente a ese abuelo algo fantasioso, mi abuela paterna, Valentina, encarnaba el coraje, la razón y la sensatez familiares: hacía las cuentas con mucho esmero y, al parecer, llevaba el libro de contabilidad del negocio familiar con letra muy primorosa. 

Aún la veo lejana y anciana, completamente enlutada, pequeñita, encorvada y con apenas un hilillo de voz. Murió hace muchas décadas, pero su imagen perdura. Según me confesó mi padre años después del fallecimiento de la abuela Valentina, ella sólo leía libros prácticos. Nunca pregunté a qué se refería eso, lo de libros prácticos… 

Me recuerdo a los diez años leyendo también cosas prácticas: las cubiertas de la prensa y de las revistas en el quiosco más cercano a mi casa. Me recuerdo informándome sobre minucias o irrelevancias del día, con una voracidad incluso malsana, conectando una cosa y la otra, sin criterio. ¿Por qué hacía esto? 

Tal vez porque me pensaba sobrante o no justificado, un hijo que había venido después de otro hijo… muerto: un hijo al que, para más inri, bautizaban con el mismo nombre, lastre que he debido acarrear desde el primer día de mi vida. El muerto reencarnado en un hermano que no es tal. Al menos, propiamente. 

En la guerra y en la vida, la muerte convierte en héroe al fiambre, incluso en un cadáver exquisito: en cambio, la supervivencia de este o aquel soldado no es heroica. En efecto, ese superviviente arrastra un sentimiento culpable y a la vez dañado. ¿Por qué murió él? ¿Por qué sobreviví yo?

Hay, insisto, un sentimiento de culpa y hay una desconfianza hacia el mundo, la preocupación, quizá morbosa, por un entorno que se juzga peligroso, hostil, y del que uno no se puede fiar. Ese sentimiento suspicaz, en parte superado, me obligaba a sondear lo que pasaba para estar prevenido. Prevenido…, ¿frente a qué? 

Frente a los ataques reales o potenciales, la mejor defensa es prepararse, informarse. Si sabes o crees saber de qué va esto, si te documentas, tal vez frenes o contengas la agresión. Si lees, quizá te salves. 

Para mí, la historia y las historias ficticias son justamente eso. Saber de qué va esto, para tomar ejemplo o para evitar horrores ya pasados; saber cuál es el origen de lo que tengo o carezco: una circunstancia que, por un lado, me acoge y, por otro, me hostiga. 

Pero, como ese presente histórico es copioso y desordenado, me gusta leer también desordenadamente, a partir de sugestiones, de impresiones, de intuiciones. Me gusta tratar muchas cosas, abundantes, innumerables, que aparentemente nada tienen que ver entre sí, pero a las que quiero hallarles algún parentesco, algún hilo o alguna resonancia. 

No sé, al nieto de Canalejas también le gusta perorar. Así soy, pero mi natural timidez, de origen materno, me hace ser prudente, tal vez sensato o timorato. En fin, ustedes sabrán, ustedes sabrán perdonarme tanta disculpa, tan justificación, este discursito.

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Este texto, que muy cortésmente me ha solicitado Mayti Zea, se publica en un blog titulado “Yo aprendí a leer…”. En dicho lugar se recogen relatos de personas conocidas, menos conocidas o nada conocidas, relatos en que los convocados detallan cómo y cuándo aprendieron a leer y qué ha significado la lectura en sus vidas.

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aprendialeer.blogspot.com.es

Laurent Binet.La ficción sin límites

[2011]

¿Una novela dedicada a Reinhard Heydrich, el jefe de la Gestapo, Protector de Bohemia y Moravia? Comencé a leerla con verdadera pasión, lamentando no poder seguir cuando por ejemplo tenía que suspender la lectura por mil y una razones. Pero luego, por la noche, volvía a Praga, a Londres, y sobre todo volvía a sus personajes.

La novela es, sí, como un viaje al pasado. Pero un viaje continuamente interrumpido por las incursiones de un narrador metomentodo. Quien cuenta dice que cuenta, dice lo que cuenta y dice lo que no cuenta. Es una operación arriesgada. Alguien se propone escribir una novela histórica y tiene un propósito: afirmar sólo lo que pueda sostenerse documentalmente.

¡Pero si estamos en una ficción! El autor sabe que puede fantasear, añadir lo que no está ni jamás averiguará. Pues bien, en HHhH, el narrador –de quien sospechamos un parecido notable con el autor– se ciñe a las pruebas contrastadas, a los datos que ha podido reunir sobre Heydrich o sus enemigos, un par de paracaidistas que bajo el amparo de la Operación Antropoide llegan a Praga en 1942 con el propósito de atentar contra la vida del jerarca. Como un historiador, quien relata se impone todo tipo de restricciones.

Nos confiesa una y otra vez que sólo dirá lo que buenamente sepa. Al igual que un cronista se reducirá a la concatenación de hechos, evitando lo meramente probable y lo que ni siquiera pudo acontecer; evitando la recreación creíble de diálogos de los que no hay registro. 

Rechaza lo verosímil y lo factible si no hay fuentes históricas que lo respalden y eso nos lo revela repetida y paradójicamente en una novela. Pero a la vez, como novelista, se ve obligado a conjeturar. ¿Entonces? La conjetura que se presente explícitamente no será la ficción sin límites: será la suposición fundamentada, la hipótesis más razonable, la circunstancia más factible. 

Pero esas audacias narrativas no dejan de ser una irrealidad. Inmediatamente el narrador se morderá la lengua contradiciéndose: no debería haber incluido dicha escena, se corrige.

“Yo digo que inventar un personaje para comprender unos hechos históricos es como falsificar las pruebas”, dice por ejemplo en la página 274 refiriéndose a un colega suyo: a Jonathan Littell, autor de Las benévolas. Binet hace justamente lo contrario o, mejor, dice hacer lo contrario estableciendo un pacto de veracidad con el lector.

Aunque ese acuerdo dentro de una novela es siempre algo altamente dudoso, pues los enunciados pueden verificarse en el interior del mundo de ficción, pero la verdad como correspondencia no funciona fuera: a los destinatarios siempre nos faltarán pruebas de la certeza.

A la postre, en esta novela, el resultado es que el personaje principal acaba siendo el propio narrador. Lo que sabe y lo que no sabe, lo que siente, lo que hace con sus personajes, lo que se permite, lo que tiene vedado. 

Al final, la operación novelesca triunfa. ¿No será acaso que ese yo que habla en primera persona acaba siendo el protagonista? ¿No será acaso el narrador aquel sobre quien se han vertido las mayores invenciones, quizá inexactitudes? Lo que Binet pierde por no aplicar su fantasía creadora lo gana en fidelidad erudita y en potencia narradora: afirmar que no puedes decir te obliga a confesar lo que quizá no deberías revelar. 

Es entonces cuando los lectores salimos de la novela sabiendo más y preguntándonos quién es ese tipo que tanto expone y que tanto ha de callar.

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Club de Lectura sobre La séptima función del lenguaje,  de Laurent Binet

Librería Gaia, Daniel Balaciart, 4

46020-Valencia

Lunes 9 de enero de 2017. De 20 a 21:15 horas

https://www.facebook.com/events/1825202661086490/

Juan Luis Cebrián y Jordi Évole

Domingo, 11 de diciembre de 2016, veo La Sexta. Concretamente el programa de Jordi Évole. A El Objetivo, de Ana Pastor, ya no llego. Tengo sueño y el tedio se me apodera.

Salvados es un espacio entretenido a pesar de la condescendencia que últimamente se gasta su conductor. Entreviste a quien entreviste, Évole ha perdido mordiente. Pregunta retorcido, pero el interlocutor se le escapa. Ya lo he visto en varias ocasiones. 

Jordi trata con suavidad para, en teoría, hincar finalmente el estoque… ¿Pero qué es lo que pasa? Que los entrevistados ya saben a dónde van o ya saben quién les interroga. Por tanto van preparados.

Juan Luis Cebrián, magnate del Grupo Prisa y antiguo director de El País, sabía a lo que iba (a publicitar el primer volumen de sus memorias) y sabía a quién tenía enfrente. 

La puesta en escena era previsible, incluso para el propio entrevistado. Tú pregunta, que yo responderé lo que me dé la gana y si me da la gana.

Y así fue. Jordi Évole se las vio y se las deseó para que la interviú no fuera un fracaso absoluto. Preguntaba y repreguntaba, pero Cebrián, que es un antiguo periodista que sabe esquivar lo que él mismo plantearía si estuviera en ese papel, se le escurrió.

No quiere eso decir que el ex director de El País saliera indemne de la interviú. Salió escaldado, admitiendo contradicciones de las que no quería hablar. Salió maltrecho, sí. Pero no por la esgrima de Jordi, sino por el fardo que arrastra Cebrián.

Évole se mostró impotente para sacarle algo de provecho, para exprimir a quien tenía mucho juego y jugo… retenido.

Al final, lo obvio no se planteó. Jordi no supo o no quiso decirlo y Juan Luis se fue la mar de contento, equivocadamente contento: yo aquí he venido a hablar de mi libro. Ni más ni menos.

No reparó en algo esencial: resulta patético que un potentado de la prensa como Cebrián tenga que ir a la Cadena Enemiga para vender el género y su producto.

¿Ustedes recuerdan la cubierta del libro? La fotografía que sirve de reclamo es de Ricardo Martín, que estuvo en El País como reportero gráfico y ya no lo está: la suya es una instantánea que el periódico ha publicado repetidamente sin indicar la autoría. Ya no…

Resulta triste este asunto, sin duda. Felizmente a Martín le han reconocido lo que se le adeuda: esa fotografía épica. Me alegro, la verdad. Punto y aparte.

Ahora bien, yo, por las dudas, voy a leer a Cebrián. ¿Inducido por Évole? No, lo siento, movido por el morbo: para leer entre líneas al magnate académico. 

Lo voy a comprar en Amazon. Lo leeré en dos días y luego, en un plis plas, lo devuelvo. Pretextaré aburrimiento. La Cadena Amiga me reembolsará el importe. 

Viva el capitalismo.

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El estilo de Juan Luis Cebrián
He leído el único capítulo que de momento hay accesible en la Red. De las memorias de Cebrián, quiero decir.

Es la justificación de la obra y es el relato entrecortado de su infancia. 

Con ser interesante, en dicha primera mocedad apenas hay algo nuevo o insólito que detallar.

Retrata epidérmicamente a una burguesía provinciana (eso sí: de Madrid, de Chamberí), de linajes militares y cercana a la Corte. 

Describe un hogar con numerosas mucamas que atendían y criaban a los dos hermanitos Cebrián: esas mucamas…, gente de pueblo y del pueblo que daban calor y crianza a los vástagos.

Informa del ambiente liberal que en casa de los Cebrián se respiraba, y ello a pesar de ser el padre un falagista valeroso y un reportero de primera fila en el diario Arriba. 

Proporciona algún chisme, pero sobre todo importa el tono del memorialista. 

El tono es propio de niño pera. Y ello resulta irritante. Se ocupa y se preocupa de dejar bien claro que es, que son, clase media, clase media alta. 

Habla de su timidez enfermiza (quizá por ello tiene tantos reparos a contar detalles personales o primeras sensualidades). 

Habla preferentemente de las correrías de sus abuelos, por los que parece sentir mucha admiración: gente de tradición, gente de posibles, que tuvo que remontar sus respectivas crisis. 

Ahí se verían la calidad y la nobleza de los linajes: individuos ricos de cuna, pero avispados, inteligentes a más no poder.

La prosa de Cebrián es de una corrección algo anacrónica con expresiones ocasionalmente rancias. 

Creo que el autor confunde el escribir bien con el uso de un castellano anodino y algo cursi: por momentos, recuerda al empleado en un manual de urbanidad y buenas costumbres.

Con ese castellano apenas irónico alude a las calaveradas de sus ancestros, riéndoles las gracias y quedando él mismo como un tipo también rancio e incluso anacrónico. 

Irrita la pose sobrada, inevitablemente sobrada, con la que cuenta experiencia tan escasa.

Es como si dijera: no me importan los bienes materiales, pues en casa siempre hemos estado acostumbrados a vivir bien; no somos avaros o roñosos, aunque tampoco generosos o desprendidos; somos burgueses que disfrutan de los lujos, de los dones.

Eso es un modo de alardear, una manera de revelar que en su casa no hubo falangismo austero o franquismo confesional.

Cebrián dice ser patológicamente tímido, al menos por aquellos años de su infancia. Y así parece haber seguido: ustedes, distinguidos lectores, me perdonarán el pudor con que me voy a expresar. 

En realidad, ese pudor es digno y signo de clase: los varones pueden hacer de las suyas y calaveradas, pero esas cosas no se confiesan o al menos se relatan sin procacidades. Se relatan con una prosa que se juzga cortés, elegante.

Y hasta aquí puedo analizar…. 

Pedro Salinas y Antonio Muñoz Molina

Las voces a ustedes debidas 
[V. 2016]

Uno. Hace un año, Marisa Begué reprodujo en su muro de Facebook un fragmento poético de una belleza y de una expresividad conmovedoras. Son versos archiconocidos, pero no por ello gastados. Conservan todo el vigor.

La poesía, cuando alcanza la cima (y perdonen esta expresión tan vulgar), bombea sin que al verso le amenacen el desfallecimiento o la ruina verbal, el estado inerte.
Digamos una obviedad. El poema de Pedro Salinas, el fragmento con el que nos obsequiaba Marisa, es de esa clase. Han pasado décadas y décadas desde que apareciera La voz a ti debida (1933) y su latencia no se agosta ni se detiene. 

Lo hemos leído y vuelto a leer y al poeta le descubrimos nuevos matices, una diferente entonación, que es la nuestra cada vez. 

En este poema, la voz dice para desdecirse, pues la palabra no atrapa ni retiene el amor clandestino y libertino, el puro acto de amar a quien ama cuando quiere querer.

Está demostrado, gracias a la correspondencia, que Salinas se inspiró en Katherine R. Whitmore. Quién pudiera imaginar…

Esa arrebatada relación, que Whitmore y Salinas mantuvieron en los años treinta, le sirvió a Antonio Muñoz Molina para recrear ficticiamente la historia que relata en La noche de los tiempos (2009).

¿Es un calco de aquel amor remoto? No es preciso descubrirle a un autor la fuente o las fuentes en las que se inspira. ¿Por qué razón? 

Entre otras cosas porque el amor que el novelista imagina está hecho con sus lecturas, con su cultura, pero sobre todo con su propia hechura: con lo que internamente experimenta y luego expresa y que es parte literal de sí mismo. 

Ahora bien, cuando releí  La voz a ti debida tras La noche de los tiempos, el poema había cambiado para mí. Ahora ya siempre, definitivamente, ese Salinas estará condicionado por Muñoz Molina.

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Dos. Nos debemos a nosotros mismos, a nuestras capacidades. No podemos resignarnos a un perezoso pasar. Tenemos que sacar esas pequeñas cualidades o rarezas que nos distinguen: total, nos vamos a morir…

¿Para cuándo queremos reservar nuestra fuerza? Hay que tonificar el yo y la lectura no rellena, sino que preserva lo que somos y nos altera: alterar en el sentido de trastornarnos, arrebatarnos. 

Ese individuo que lee, cualquiera de nosotros, siente un hormigueo o incluso una punzada en el alma o en el estómago y es entonces cuando averigua lo que no sabía y lo que no sabía que sabía, según frase prestada que repito y repito.

A mí me pasa cuando disfruto con mis libros. Con los que leo y también con los que escribo: con aquello que expreso animosa o torpemente para ustedes. 

Tengo varios libros recientes publicados o a punto de publicarse de diferente materia y composición, con seriedad y con humor, con severidad ensayística y con guasa circunstancial. Las voces cambian… No sé con cuál me he consumido más, me he gastado más.

Yo no escribo poemas ni novelas, pero los versos incólumes de otros y las historias que sostienen mi imaginación, me ayudan a entenderme. Al menos antes de que me muera. Y me auxilian las voces a ustedes debidas. 

Para mí, la felicidad es eso.

Plagio y cuatreros 

Uno. ¿Qué es un plagio? Según el Diccionario de la Real Academia Española, plagiar (del lat. plagiāre) significa “copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”. 

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En los últimos días hemos asistido a un posible caso de plagio. Digo posible por expresarme de manera prudente, pues las pruebas aducidas por eldiario.es y otros medios son abrumadoras. 
Si se confirmaran esos indicios, la sirvengonzonería del inculpado sería escandalosa, pues el presunto cuatrero sería el actual Rector de la Universidad Rey Juan Carlos, Fernando Suárez.

La máxima autoridad académica ha sido acusada de auténtica rapiña: copiar abundamente materiales de distintos colegas en ejercicio. Entre otros, Ignacio Fernández Sarasola y Carlos Barros, El robo sería igualmente punible aunque se tratara de colegas muertos. Pero, estando vivos y en ejercicio, la desfachatez es aún mayor.

Según las pruebas aportadas, los profesores cuyos textos habrían sido saqueados proceden de Historia, de Historia Constitucional, etcétera. Páginas enteras, extractos sin entrecomillar cuyo origen estricto no se cita. De confirmarse estos extremos, el Rector se habría comportado como un auténtico cuatrero.

Y ese acto lo calificaríamos de deshonesto: un latrocinio cometido por un caradura. Por algo así, el inculpado debería dimitir, siendo incluso públicamente reprobado por la propia Universidad.

El Rector ha publicado alguna nota de prensa exculpándose o echándole la culpa al orden mundial, a alguna conspiración o a las trampas de la tecnología, el Word, o la página Excel, cosas así. Que se sepa aún no ha echado mano de la teología o de la Providencia o del Demonio.

¿Qué actitud debemos adoptar? ¿Invocamos la presunción de inocencia? Ésta rige cuando hay un posible delito, cuya comisión y autoría se deben probar. Y rige en el ámbito judicial. 
Pero el Rector y parece que la Conferencia de Rectores han invocado la condición presunta en los medios públicos, que es una manera vergozosa y vergonzante de echar balones fuera. Un simple examen o cotejo de párrafos, páginas y pasajes demuestra lo obvio: Fernando Suárez se aplicó a un entusiasta copia y pega.

Palpable y materialmente, monografías firmadas por el Rector se han compuesto reproduciendo de manera literal y sin entrecomillar textos de este docente, de este otro, de este otro, etcétera, sin reconocer autorías, prosas o ideas. ¿Cómo le llamamos a eso? La profesión debe decir basta. En la plaza pública al colega que sisa material ajeno hay que arrebatarle su condición, arrancarle las charreteras y someterlo a escarnio. 

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Dos. En 2004, yo mismo fui víctima de un plagio penoso. Un periodista de Tenerife saqueó un artículo mío, publicado el año anterior. Dicho sujeto añadía alguna cosa de su propia cosecha o de alguna otra cosecha ajena (no lo sé), pero lo cierto es que el grueso de su columna estaba copiado de una tribuna mía aparecida en 2004 en El País.

El tipo, que se dedicaba a criticar ferozmente al Partido Polpular, no tuvo mejor ocurrencia que la de pensar que yo ya le había hecho el trabajo. ¿Para qué molestarse, pues? 
Me enteré de todo esto gracias a David Pablo Montesinos. Les reproduzco literalmente lo que me decía Montesinos.

Tu artículo, me informaba, “fue escandalosamente plagiado por un tal Cecilio Urgoiti un año después en una publicación llamada Opinar. Periódico electrónico de la organización de periodistas en Internet, con fecha 30 de abril de 2004. Lo tituló ‘Una ciudad de la euforia para Aznar’. Lo copia literalmente, sólo que añade alguna cosa de cosecha propia”, decía. 

“El tipo es tinerfeño, trabaja al parecer en la tele autonómica canaria y tiene algunos libros publicados. No sé, a lo mejor te da igual o ya supiste del tema en su momento, pero creo que es mejor decírtelo. A lo mejor incluso te pidió permiso, no sé. Estoy por plagiarte yo también…”, acaba jocosamente. 

Irresponsable y jovial Montesinos.

“Me he pasado una tarde divertidísima leyendo el curriculum del tipo”, añadía Montesinos. “Puedes verlo tecleando su nombre en Google”, me decía. “Le falta poco para presidir algún cómite de ética y deontología periodística”, concluía. Y así será finalmente: el señor Urgoiti era el responsable de la vigilancia ética de su periódico. 
Todo un sarcasmo del que irresponsablemente preferí olvidarme. 

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Tres. “Siempre he pensado que lo peor del plagio no es que sea un robo, sino que sea una redundancia. Matizo ahora: lo peor del plagio es que sea o pueda ser redundancia sin valor (…). El plagiario ha de “disimular” que “plagia”, suponiendo que quiera ser aceptado por sus lectores. No hay ningún “plagiario” decidido que confiese sus plagios. Habitualmente, cuando nos apoderamos de conceptos o de palabras ajenas, nos apresuramos a citar nuestras fuentes. El plagiario evita la mención de sus materiales básicos; pero, como quiere hacerlos pasar por suyos, ha de asimilárselos y aumentarlos, con el fin de que la “repetición” tenga un atractivo particular (…). No, no es sencillo plagiar”… bien. Eso decía Joan Fuster en 1964.

En 2016, un Rector parece que se ha dedicado al copy-paste, que es a la chuleta del mal estudiante, lo que el plagio es al robo del cuatrero. El Rector se comporta como un saqueador y mi periodista plagiario, aquel que me birló un artículo, se condujo como un ladrón de género, de género chico.

Qué patéticos.

Lean libros de historia

El historiador, como el periodista, es un profesional que pone en orden un conjunto de datos y que jerarquiza las informaciones que reúne. 

Husmea en los archivos, pero rastrea también en el presente: busca y observa los numerosos vestigios materiales e inmateriales en los que se manifiesta lo que queda del tiempo pretérito. 

¿Pero por qué ese interés por el pasado? ¿Por exhumar algo distante que nos es completamente ajeno? No exactamente: en realidad, el historiador busca huellas o testimonios de otro tiempo para explicarse por qué somos distintos…, ahora; para explicarse qué es lo que nos distancia de nuestros antepasados.

 ¿Qué conceptos son esos de Historia, mundo y actualidad, puestos en relación? Convenimos en que la historia es rastreo del pasado, la exhumación de sus fuentes con el fin de documentar hechos que perduran y que aún nos intrigan o conmueven, que todavía nos afectan o influyen. 

Porque la historia bien fundada, en efecto, no es el seco interés erudito por un mundo cronológicamente desaparecido o geográficamente distante, algo lejano por lo que ya no tendríamos interés.

En realidad, los historiadores tratan sus objetos con el mayor interés, con la mayor cercanía. Es una estupidez pensar que abordamos el pasado desinteresadamente. Es necesario tratarlo con rigor, con esfuerzo documental, valiéndonos, sí, de un noble ideal, del ideal de la imparcialidad. 

Pero el mundo que estudian los historiadores es el entorno propiamente humano, intersubjetivo, ese espacio de relaciones, percepciones e intervenciones en el que los individuos nacen, crecen y maduran: esas relaciones, percepciones e intervenciones se dan en un espacio local o universal cuyos límites no siempre están claros. 

¿Cuál es el contexto de las acciones humanas? Pensamos que lo cercano es la circunstancia, pero lo universal o lo distante influyen de modo diverso sobre lo local. Ahora, en el tiempo de la globalización, pero también en épocas anteriores. 

La actualidad, en términos aristotélicos, es aún una realidad que se materializa, que se convierte en acto. Aquello que estaba como posible, como probable, como meramente eventual, se consuma adoptando una forma que estaba por definir. Pero lo actual suele tomarse también como lo que está sucediendo o teniendo efectos. 

Roma es actual, la Revolución francesa es actual. O como decía aquel mandatario de la China comunista al que le preguntaron sobre 1789: la toma de la Bastilla está demasiado cerca para hacer un balance definitivo de sus efectos. 

Más aún, no hay balances definitivos: cada generación, cada grupo humano, debe saldar cuentas con lo pasado porque esos efectos varían y lo presuntamente muerto regresa en acto para afectarnos nuevamente.

Lean libros de Historia, libros entretenidos, nuestros entretenidos libros: los de José Antonio Vidal Castaño y los míos, qué demonios. El saber no nos hará más felices, pero sí más prudentes. 

Descartaremos la pena negra. Descartaremos la fatalidad. 

Gracias.
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