Monstruos y miedos

Ésta no es una conferencia online. Repito:
ésta no es una conferencia online. Es una charla impartida en septiembre de 2018 en la Universidad Nacional de Quilmes. Físicamente estábamos allí. En Quilmes.

La di por invitación de Martin Stawski, profesor en dicha Universidad argentina.
Fue muy generosa su presentación.

Como fueron extremadamente amables la tutela, la compañía y la amistad de Miguel Ángel Taroncher, profesor en la Universidad Nacional de Mar del Plata.

Los monstruos de la burguesía. Ése fue el título de mi conferencia.

Por supuesto, a quienes me conocen nada de lo que digo les resultará nuevo. A estas personas les pido disculpas por la reiteración.

Ustedes me perdonarán, seguro: hablaba para un público distinto, generoso y atento.

Fue una tarde de felicidad académica y de contacto físico. Estaba en Quilmes. Estaba en la República Argentina.

Yo sentía el roce… y a la vez seguía el precepto de Achille-Cléophas Flaubert dado a su hijo, el novelista:

“Aprovecha el viaje y acuérdate de tu amigo Montaigne, que quiere que se viaje para dar cuenta principalmente de los humores de las naciones y de sus costumbres, y para frotar y limar nuestro cerebro con el de otro. Mira, observa y toma apuntes”.

Frotar y limar nuestro cerebro con el de otro. Ahora estamos separados a la fuerza. Es más, no sé si acabaremos dando clases online. Sin roce ni frotación.

En tiempos de retraimiento, de virus amenazantes y de miedo físico, recupero esta charla. En vivo, en directo.

Trato de otros miedos y de otros bichos.

Los intelectuales. Otra vez

¿Quiénes son los intelectuales? ¿Aquellos que cultivan el intelecto, los que se valen de la reflexión, de la cognición?

Si ésa fuera la respuesta, entonces todos los seres humanos, salvo grave avería, podrían definirse como tales.

Los individuos no somos mera chiripa existencial: somos herederos de tradiciones milenarias que llegan hasta nosotros.

Son tradiciones que nos proporcionan los recursos de que servirnos para pensar y actuar, para examinar y estudiar…., como intelectuales, como filósofos.

Nos centramos, nos centramos en nuestro propio yo, nos apartamos momentáneamente del mundo, nos abismamos incluso, y evaluamos lo que nos pasa o nos concierne.

Para ello, para pensar, para pensar qué hacer, empleamos las referencias culturales que a cada uno de nosotros nos han llegado o hemos adquirido.

Son estudios, experiencias, expectativas, recomendaciones familiares, preceptos religiosos, saberes comunes, conocimientos informales, consejos amistosos, productos de la cultura popular, de la cultura de masas.

Decía Umberto Eco (1932-2016) que todo ese repertorio de ideas propias o prestadas o recibidas forman nuestra particular Enciclopedia.

¿Pero esa circunstancia, la de pensar, nos convierte en pensadores? Insisto: me refiero a la de pensar, reflexionar, estudiar y finalmente actuar. No es exactamente así.

“Todos los hombres son intelectuales”, decía Antonio Gramsci (1891-1937), aunque no a todos los hombres les corresponda acometer dicha función en público y en sociedad.

¿Qué función? Sería algo así como pensar para todos o, al menos, para otros, valiéndose de los mass media con el fin de manifestar y publicar el resultado de esas reflexiones privadas.

Gracias a esas operaciones, las de pensar y difundir, dichas reflexiones podrán servir de lección o enseñanza generales.

La sociedad lectora, espectadora o consumidora de mensajes a través de los medios sabrá qué piensan los grandes escritores, filósofos, cineastas, científicos, etcétera, que tienen opinión o creen tenerla sobre los graves y también grandes asuntos públicos, políticos, sociales o de la índole que sea.

El intelectual es aquí un maestro, un maestro pensador, al que se le atiende por su fama, por su celebridad, por la calidad de sus razonamientos y argumentos, por la exactitud de sus diagnósticos y exámenes públicos.

Quienes desempeñan la función de intelectual son aquellas personas que, dotadas de alguna cualidad reconocible, intervienen en la esfera pública.

Son aquellas personas que se atreven a denunciar al poder o los poderes, a los presidentes, a los ministros y a los gobiernos.

Los denuncian preferentemente en la prensa o en manifiestos, en artículos o en entrevistas, porque esos intelectuales se valen de su celebridad para hacer valer su voz.

Se hacen valer y hacen valer su voz contra la arbitrariedad, contra la opresión, contra la injusticia.

Se convierten así en referentes, en modelos de conducta, para numerosos seguidores o incluso para rivales o enemigos que aguardan sus pronunciamientos para reaccionar contra esos mismos intelectuales.

Estos individuos reverenciados o detestados son o suelen ser creadores: han alcanzado una preeminencia pública por la virtud artística o científica con que están ungidos y, así, filman películas, publican novelas, poemas, estrenan obras dramáticas, investigan.

Su conversión en intelectuales no procede de su labor creadora. Su conversión viene después, cuando valiéndose de la celebridad o del reconocimiento se atreven a hablar de cosas públicas que no son de su competencia o de su incumbencia.

Es entonces cuando hacen declaraciones, firman manifiestos, critican decisiones, enjuician a los gobiernos y difunden su palabra, su voz.

O, como dijera Jean-Paul Sartre (1905-1980), el intelectual más conocido, reconocido, seguido y detestado del siglo XX, esta figura pública es un tipo entrometido: alguien que se inmiscuye donde no le llaman, que incordia.

El intelectual espera derrocar “verdades” recibidas que juzga mentiras y prejuicios heredados, que juzga falso pensamiento, atavismos y actos públicos que juzga retrógrados o dañinos.

O, más aún, el intelectual es aquel que abusando de la notoriedad alcanzada sale de su ámbito (la literatura, el arte, la ciencia) para criticar a la sociedad, para reprender a los poderes establecidos, para amonestar a sus contemporáneos por perezosos o irreflexivos.

La celebridad: justamente cuando el creador aprovecha esta circunstancia para examinar el estado de la moral colectiva, cuando el científico se sirve de la fama para interpelar a sus destinatarios y cuando el literato se erige en defensor de una causa, entonces estamos en presencia de intelectuales.

Se exhiben ante sus compatriotas y ante el mundo, coronados por el prestigio y protegidos por su crédito público.

Los intelectuales son un grupo humano paradójico. Lo constituyen individuos que no son afines o enteramente afines.

De entrada, nada los vincula: ni las profesiones, artes o saberes que cultivan ni las prácticas y tareas que desempeñan.

Sus orígenes suelen ser variopintos e incluso no son raros el extrañamiento y el enfrentamiento mutuos: no saben bien qué realizan estos o aquellos, pues ni los escritores o artistas conocen con exactitud qué hacen los científicos y los técnicos, ni éstos saben con precisión qué es crear.

Eso sí, unos y otros crecen interiormente alimentando un yo, desarrollando sus cualidades, formándose: ese refinamiento expresivo, creativo o científico les aleja del resto de los mortales, del común de las gentes.

Se rehacen con nutrientes culturales ajenos, con herencias recibidas de los sabios, eruditos y artistas que ls preceden.

Reciben un legado múltiple que ellos sintetizan y hacen avanzar con nuevas habilidades o nuevas capacidades; interiorizan experiencias y prácticas y logran algo distinto.

Desde el siglo XVIII y, sobre todo, desde finales del siglo XIX no pocos creadores, pensadores y científicos se convierten en intelectuales.

Tienen cualidades reflexivas, analíticas, de mucho provecho para la sociedad.

Y es por ello que se sienten autorizados a expresarse, a pronunciarse, en una etapa histórica en que también nacen la esfera pública, la opinión pública, lo público.

Los intelectuales son también un grupo raro por otras razones. Por ejemplo, porque aquello que hacen como creadores o como académicos, como virtuosos del arte o de la palabra, los distancia objetivamente de la masa, del vulgo.

Y, sin embargo, esa misma cualidad y esa diferencia o abismo imantan, atraen, seducen a amplios sectores de la gente: de las masas que se informan en la espera pública, de las muchedumbres y de los públicos que se preguntan por la opinión relevante y común.

Es por eso por lo que a esos intelectuales se les toma frecuentemente como referentes indiscutibles, como portavoces de ideas necesarias.

Justamente por eso, sabiéndose escuchados, seguidos, aplaudidos, levantan su voz, se pronuncian con mesura o con mucho aspaviento, peroran o educan e instruyen.

No sólo de lo que saben, de aquello en lo que son competentes (el verso, el óleo, la ficción, el barro, la instantánea, los virus, etcétera), sino también de otras cosas públicas que a muchos interesan y sobre las que ellos creen tener opinión y juicio. O se les exige tener opinión y juicio.

Intervienen en la prensa, se hacen presentes en los medios, denuncian con corajeo con mesura, aprueban con entusiasmo o tibiamente, condenan con arrojo o con yerro, celebran…

Y su imagen se impone más allá de su propia obra. Son conocidos y resultan reconocibles y sus efigies o sus parlamentos son considerados, muy tenidos en cuenta.

Es raro poder escapar del envanecimiento que puede provocar esta capacidad de convocatoria, pues saberse conocidos y apreciados, saber que hay tantos que aguardan sus voces o sus dictámenes, agranda el alma o la trastorna.

Con retórica dolida o expresión sarcástica, con formulaciones sensatísimas o con exclamaciones disparatadas, los intelectuales se hacen leer, se hacen oír o se hacen aplaudir.

Por esta circunstancia paradójica –un mundo interno cuyas emanaciones se esperan con unción y fervor–, algunos intelectuales obran con torpeza o delito, maduran mal, padeciendo frecuentes trastornos narcisistas.

Entre quienes están muy pagados de sí mismos, entre quienes sueñan con la posteridad, no es raro hallar casos de engreimiento fantasioso.

Son gentes que, cuando recuerdan su propia vida, se engañan con sus logros, su identidad y su coherencia. O se juzgan oráculos.

Pero hay otros intelectuales que obran con prudencia, con sensatez, personas que tuvieron juventudes más o menos alocadas y que cuando maduran raramente se equivocan.

En cualquier caso, un intelectual es un metomentodo, un señor o una dama de las letras, de las artes, de las ciencias, etcétera, que se atreve a elevar su voz frente lo obvio o lo repetido o lo archisabido. Es alguien picajoso.

¿Puede ser un tipo servil, un rastrero? Por supuesto, la historia contemporánea rebosa de gente indeseable que ha ocupado el puesto de intelectual y que no ha sabido no ha querido defender causas nobles o necesarias.

Quizá podemos pensar que frente a estas tentaciones tan poco edificantes, más valdría que cada uno se ocupara de lo suyo, de lo que sabe, de lo que sabe hacer y no de lo que cree que debe decir en público. Frente a esta idea, que no es disparatada, cabe oponer dos razones bien actuales.

Primera. ¿Podemos imaginar un mundo de expertos en el que sólo éstos hablaran de su materia por ser los únicos estudiosos y autorizados? Sería, además de tedioso, enormemente pobre: empobrecedor.

Segunda. ¿Podemos imaginar un mundo de atrevidos ignorantes e iletrados opinando sobre cosas abstrusas? Por supuesto al intelectual y al ciudadano, que no son expertos ni ignorantes, hay que exigirles hondura, datos, conocimiento y prudencia analítica.

De su capacidad expresiva, la del intelectual: de su capacidad para conectar con el gran público, no cabe dudar.

De igual modo, al experto, al politólogo, al historiógrafo, al economista, habría que exigirles claridad, apearse de la jerga abstrusa y, sobre todo, quitarse ese vicio tan común: el creerse científicos ajenos al vulgo.

Que los enunciados de un académico han de superar las pruebas está fuera de toda duda, pero que nos califiquemos de científicos cuando somos humanistas más o menos refinados… no nos salva.

¿Podemos imaginar un futuro horripilante de tecnócratas bien informados que hayan olvidado las Letras?

El mundo es complejo, sometido a la subjetividad, a las conductas en parte imprevisibles de los humanos.

O como decía con agudeza involuntaria George W. Bush: la guerra es un sitio peligroso. También la paz, podríamos añadir.

No se resuelve sólo y definitivamente con el dictado del experto, ni con la predicción del politólogo o demógrafo, por ejemplo.

Por eso, necesitamos una pluralidad de voces cultivadas (entre ellos, los llamados intelectuales, esos que no son expertos precisamente) que con mayor o menor acierto nos incomoden.

Necesitamos gentes reconocidas que se atrevan a examinar y a evaluar las política y las cosas públicas. Podrán seguir siendo ejemplo de internautas que precisan referentes.

Que quien tenga que opinar o dictaminar ha de documentarse, está fuera de toda duda. Como es obvio, hay que ensanchar el marco que circunscribe nuestros pensamientos.

Es más si tenemos un pensamiento original, pero original de verdad, algo que nadie haya dicho antes, es altamente probable que sea una memez.

O sea: hay que desconfiar del experto de gabinete que apenas pisa la calle, como hay que desconfiar del humanista que cree tener varias o muchas ideas novedosas.

Como hay que desconfiar de los bulos que circulan por la red con apariencia científica o académica.

A veces, en el experto, el problema es una erudición abundante y banal que impide reflexiones de mayor hondura o largura.

¿Y en el caso de los escritores y artistas que se pronuncian? ¿Un literato y un creador tienen algo que decir públicamente?

Por supuesto. Para empezar lo dicen bien. Una sintaxis pobretona refleja un pensamiento tosco y hasta una moral descompuesta.

Aparte de decirlo bien, ¿la escritura intelectual aporta profundidad?

No nos confiemos. No siempre los expertos o los intelectuales obran con corrección. Por su parte, lo que desagrada de los expertos es la ceguera: la miopía, de tantos analistas de laboratorio.

Aquello que escandaliza de los creadores convertidos en intelectuales es cuando se pronuncian con escasez de conocimientos, con magras experiencias y con fatuidades.

Los intelectuales (humanistas, artistas, etcétera) han cometido grandes irresponsabilidades.

Pero los expertos son responsables de enormes atrocidades: han contribuido a la ingeniería social y a la tiranía: bajo el nazismo, bajo el estalinismo, por ejemplo.

Sin duda que hay literatos que han hechos cosas feísimas. ¿Qué cosas? Pues, por no ir más lejos, la siguiente: sostener ideológicamente dictaduras (cosa frecuente durante la Guerra Fría).

Insisto: igual que hay científicos de neutralidades presuntamente objetivas que se aliaron con gobiernos delictivos.

A pesar de esas culpas, intelectuales y expertos aún nos son necesarios. Con frecuencia, las opiniones ya no pasan por fuerza a través de los grandes medios: la opinión pública y publicada, esa en la que impusieron su voz los intelectuales.

Con frecuencia, las opiniones ya no pasan por fuerza por la academia, por la Universidad, esa en que se formaron y se impusieron los expertos, los estudiosos.

Hoy, las redes sociales, permiten la difusión de todo tipo de opiniones. La redes sociales han supuesto una democratización de esas opiniones, una extensión de los juicios privados, una multiplicación de las perspectivas o puntos de vista.

Sin embargo, la democratización de las opiniones no significa necesariamente una mejora en la calidad de los juicios, de los puntos de vista, de los análisis.

Los intelectuales han perdido fuelle, han perdido vigencia, han perdido fuerza oracular.

En buena medida han sido reemplazados por numerosas expresiones personales, por muchedumbres opinadoras que se difunden a través de las redes (como hago en este momento) y que en ocasiones están bien fundamentadas y en otras, por el contrario, son o favorecen los bulos.

Hay que estar en guardia, atentos. Como decía el clásico, el diablo está en los detalles.

Hay que observar, leer y examinar; observar, leer y examinar; observar, leer y examinar.

Y no hay que dejarse impresionar. No hay que dejarse impresionar fácilmente.

Lévi-Strauss

Acabo de recibir un boletín de Levi Strauss & Co. Es una newsletter a la que estoy suscrito.

En este envío se me informa de las novedades en jeans y otras prendas y complementos para la temporada que se avecina.

De todo el género que ofertan sin duda prefiero los Levi’s Vintage, la sección en la que, por ejemplo, recuperan vaqueros 501 de 1947, de 1954 o de 1967. Entre otras producciones y manufacturas.

Creo que me compraría todas esas variantes de mis jeans preferidos. Me frenan, sin embargo, los desembolsos. Levi-Strauss & Co cobra a precio de oro los modelos que son su fondo de armario.

La nostalgia cuesta, cuesta un gran desembolso, y a la vez supone una inversión emocional. ¿A quién que fue joven décadas atrás no le gustaría enfundarse los pantalones de John Wayne, James Dean o Bob Dylan?

No te sentirás rejuvenecer, pues aún no existen los prodigios ni los teledesplazamientos, pero vivirás vicariamente una fantasía de opulencia y rebeldía americanas.

La newsletter de Levi Strauss & Co me ha hecho recordar una insólita recomendación del algoritmo de Facebook.

Verán, hace unos años, el robot me sugería hacerme amigo de Claude Lévi-Strauss, el etnólogo estructuralista, por entonces, ya fallecido.

Al parecer, un joven bienintencionado había creado un muro con el nombre de este antropólogo desaparecido un par de lustros atrás.

De entrada debo decir que me dio grima pedirle amistad a un muerto. Imagínenme preguntando… ¿hay alguien ahí?

Pero a la vez la propuesta me tentaba. ¿Por qué razón? Pues porque Claude Lévi-Strauss ha significado mucho en mi vida.

Eso sí, igual que Levi’s: para mí y para tantos otros ese apellido era el símbolo de la juventud.

Al antropólogo lo descubrí siendo yo un adolescente modoso que quería aparentar o afectar poses de insolencia intelectual.

Y los jeans habían sido mi primer desembolso consciente con el que vestirme o disfrazarme. También quería lo mismo: aparentar o afectar poses de rebeldía juvenil.

Nunca profesé enteramente el estructuralismo de Claude Lévi-Strauss, aunque siempre me interesó su teoría.

Justamente por ello leí no pocos de sus libros. Y aún releo al antropólogo de cuando en cuando. Me estimulaban y me hacían gracia… Gracia.

El mismo Claude también lo admitía. Según podemos leer en De cerca y de lejos, un libro-entrevista con Didier Eribon, la coincidencia de su apellido (Lévi-Strauss) con la marca de los jeans (Levi Strauss) le hizo mucha gracia. Igual que a mí, ya digo.

Cuando el antropólogo estuvo residiendo en Nueva York en los años de la Europa convulsa, algunos vecinos creían que Claude era el amo de los vaqueros.

Y no, no era el propietario de la firma. Claude y Levi Strauss sólo tenían en común el apellido judío, el linaje hebreo: belga y bávaro respectivamente.

Sucedía justamente cuando en España comenzaba a tambalearse un régimen político ya declinante, precisamente cuando comenzaba a ventilarse el aire mefítico de la dictadura.

Qué curioso… Hace cuarenta y tantos años años, yo leía a hurtadillas a Lévi-Strauss. Eso sucedía cuando fallecía Francisco Franco, el jefe del Estado.

Al antropólogo lo leía atraído por aquello que trataba, por la audacia de su pensamiento.

Pero lo leía también por la extrañeza que su apellido me provocaba: el estremecimiento adolescente de un joven que a la vez se enfundaba sus primeros tejanos Levi Strauss.

No entendí gran cosa de esos estremecimientos. Tampoco de la abstrusa teoría estructuralista.

Pero me procuraban un placer ajeno, nada paleto o provinciano. Me creía menos español. No me pregunten por qué.

Me veo ahora escribiendo con nostalgia un autorretrato del lector adolescente. Me veo escribiendo de unos jeans que fueron el descubrimiento de un jovencito aturdido y, cómo no, enrabietado.

No me pregunten por qué, pero aprecio en todo ello una modesta empresa de autobiografía personal.

Voy a repasar la newsletter de Levi’s. Aún me tienta el género. Por otra parte, creo que sí, que esta vez le voy a pedir amistad a Claude Lévi-Strauss, allá donde esté.
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Historia y miedo

El historiador es un profesional. Es decir, es un tipo que ha aprendido reglas, procedimientos y protocolos comunes, los que siguen sus mismos colegas.

Aprende eso cuando realiza unos estudios específicos. Es el momento de someterse durante y después de la carrera (esa carrera de obstáculos que son los exámenes y pruebas) a la práctica del oficio.

OMS

Insisto: es un profesional, pues no puede obrar a su antojo sin rendir cuentas. Por ello se somete a todo tipo de disciplinas.

Es más: la suya, su profesión, es literalmente una disciplina. Tiene técnicas, pericias y destrezas heredadas.

Quienes la practican se valen de una materia prima para fabricar el producto. ¿Qué materiales son éstos?

Al igual que los periodistas, que los cronistas, que los reporteros, los historiadores se sirven de la información.

Mejor dicho, de las informaciones. Hacen acopio de datos en bruto, de datos semiprocesados o de datos ya procesados. Los buscan o les llegan.

Son informaciones que hacen referencia a hechos sucedidos, a acontecimientos ocurridos, a actos emprendidos por los seres humanos.

Actos emprendidos para bien y para mal, con estos o aquellos fines, con estas o aquellas motivaciones, con cálculo o a lo loco, con deliberación o irreflexivamente.

Pero esas informaciones aluden también a procesos que no dependen sólo de los fines que los individuos se proponen o de las motivaciones que los mueven.

Lo que sucede no es necesariamente lo que los seres humanos tenían previsto. Es más: con frecuencia, lo que ocurre no estaba anticipado, no puede anticiparse. Y ello, por dos razones.

Por un lado, por el efecto de composición de los actos humanos: unos a otros nos oponemos, nos sumamos, nos restamos y, por esto, las metas se tuercen o se alcanzan.

Y ello no sólo por lo que yo hago o dejo de hacer, sino también y principalmente por lo que otros hacen para conseguir sus propios fines, que entran en contradicción o no con los míos.

EFE

Y eso que otros hacen puede que lo hagan para quitarme los rendimientos que yo esperaba obtener o simplemente porque, sin deliberación alguna o sin malicia, sin conocerme, van a la suya y me ganan o se llevan mi parte.

Pero, por otro lado, lo que ocurre en el mundo de hoy y en el mundo del pasado, aquello que finalmente acaece, no siempre puede preverse a pesar de las cavilaciones y cálculos que emprendemos.

Nos hacemos nuestras predicciones sensatas o insensatas, aguardamos el cumplimiento de nuestras expectativas y creemos estar seguros de ese cumplimiento.

Y ello gracias a la experiencia acumulada y a los medios técnicos y recursos de que nos servimos para definir y delimitar la situación y con ello para aventurar el resultado a corto, a medio o a largo plazo.

Gracias a la sofisticación técnica de las ciencias, podemos saber con relativa certeza lo que nos espera.

Por ejemplo, con las predicciones meteorológicas que se cumplen. ¿Pero qué pasa cuando hay factores imprevistos, no tenidos en cuenta?

No me refiero a una ciclogénesis explosiva, que se ve venir para un climatólogo.

Tampoco me refiero, en el ámbito propiamente humano, a las cíclicas crisis que los economistas auguran con mucha ciencia y fundamento.

Aludo, por el contrario, a los efectos imprevistos e incontrolados de hechos catastróficos o cataclísmicos que no se esperaban y, sobre todo, a las noticias reales o irreales, fundadas o infundadas de esos hechos.

Como vivimos en la sociedad de la hiperinformación, como somos terminales, como estamos abiertos a toda clase de datos, contrastados o no, reaccionamos de manera individual, colectiva, quizá de manera prevista o imprevista.

En todo caso, al reaccionar, alteramos las expectativas hechas con cálculo y ciencia y, por ello, las predicciones se incumplen o pueden llegar a incumplirse. Se genera incertidumbre y hasta caos.

El miedo y toda una gama de reacciones emocionales trastocan las serias predicciones de los científicos más creíbles y severos.

Por eso a un historiador no hay que pedirle anticipaciones de lo que va a ocurrir.

Examinamos mejor o peor lo ocurrido, lo ya ocurrido, porque en lo sucedido y ya consumado no hay factores nuevos o imprevistos que arruinen el diagnóstico. O eso creemos. Así nos va mientras la cosa funciona.

Sin embargo, una vieja fuente hasta ahora desconocida, un documento antiguo que no estaba al acceso del investigador y un enfoque diferente pueden arruinar la explicación histórica mantenida hasta este momento.

No sólo el presente y el futuro humanos y planetarios son inciertos o móviles (a pesar de los avances de la ciencia y la técnica o tal vez por ello mismo).

También lo es el pasado, dependiente de factores variables: ese documento inaccesible, esa fuente ignorada, ese enfoque audaz y nuevo que nos obligan a explicar e interpretar de otro modo.

El historiador puede verse abrumado, como podría sentirse un ciudadano reflexivo que observara y examinara la actualidad, siempre vertiginosa.

No pocos diagnósticos que se han hecho del estado del mundo desde hace décadas, desde fin de la Guerra Fría, desde el fin del mundo bipolar, repiten estas palabras y éste tópico: el mundo está desbocado.

Ya no hay un centro desde el que gobernar y la información es propiamente el mundo.

¿Y el historiador se ve afectado por esa incertidumbre? De entrada se vale de sus conocimientos, de sus mañas. Es decir, quien investiga pone en orden un conjunto más o menos vasto de datos.

Más aún: jerarquiza las informaciones que reúne, husmea en los archivos para hallar sus fuentes, busca confesiones o revelaciones de quienes fueron protagonistas o testigos.

Pero rastrea también en el presente. En la actualidad incierta: persigue y observa los numerosos vestigios materiales e inmateriales que quedan del tiempo pretérito.

¿Pero por qué ese interés por el pasado? ¿Por exhumar algo distante que nos es completamente ajeno?

No exactamente: en realidad, el historiador busca huellas o testimonios de otro tiempo para explicarse por qué somos distintos, algo distintos o muy distintos ahora; para explicarse qué es lo que nos distancia de nuestros antepasados.

¿Qué conceptos son esos de historia, mundo y actualidad, puestos en relación?

Convenimos en que la historia es rastreo del pasado, la exhumación de sus fuentes con el fin de documentar hechos que perduran y que aún nos intrigan o conmueven, que todavía nos afectan o influyen.

Porque la historia bien fundada, en efecto, no es el seco interés erudito por un mundo cronológicamente desaparecido o geográficamente distante, algo lejano por lo que ya no tendríamos interés.

En realidad, los historiadores tratan sus objetos con el mayor interés, con la mayor cercanía. Es una estupidez pensar que abordamos el pasado desinteresadamente.

Es necesario tratarlo con rigor, con esfuerzo documental, valiéndonos, sí, de un noble ideal, del ideal de la imparcialidad.

Pero el mundo que estudian los historiadores es el entorno propiamente humano, intersubjetivo, ese espacio de relaciones, percepciones, emociones e intervenciones en el que los individuos nacen, crecen y maduran.

Y esas relaciones, percepciones, emociones e intervenciones se dan en un espacio local o universal cuyos límites no siempre están claros.

¿Cuál es el contexto de las acciones humanas? Pensamos que lo cercano es la circunstancia, pero lo universal o lo distante influyen de modo diverso sobre lo local.

Ahora, en el tiempo de la globalización, pero también en épocas anteriores.

La actualidad, en términos aristotélicos, es aún una realidad que se materializa, que se convierte en acto.

Aquello que estaba como posible, como probable, como meramente eventual, se consuma adoptando una forma que estaba por definir.

Pero lo actual suele tomarse también como lo que está sucediendo o teniendo efectos.

Más aún, no hay balances definitivos: cada generación, cada grupo humano, debe saldar cuentas con lo pasado.

Esos efectos varían y lo presuntamente muerto regresa en acto para afectarnos nuevamente.

Los muertos de pasados contagios vuelven con un hedor y un helor de siglos.

Es entonces cuando, por ejemplo, nos preguntamos cómo afrontaban los habitantes de una ciudad mediterránea del siglo XIX una invasión colérica: un contagio del cólera-morbo asiático.

OMS

Es entonces cuando nos preguntamos qué información les llegaba y cómo les afectaba. La muerte por contagio era frecuentísima y la percepción del mundo era otra.

Si estudiamos historia, nos volvemos sin duda más cautelosos. No sé si más prudentes…, ojalá.

El estallido de informaciones masivas propiamente ‘contagiosas’, informaciones emocionales generadoras de miedos y pánicos, debilitan nuestras defensas.

Y de eso sabemos bastante los historiadores. Que nadie nos pida remedios.

Sólo ejemplos remotos o recientes bien presentados. Las lecciones son abundantes, a veces esperanzadoras y a veces pesimistas.

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Fotografías: OMS y EFE

Borges y nosotros

(9 de junio de 2006)

En 1986, el 14 de junio, fallecía Jorge Luis Borges. Desde entonces no nos hemos resignado a esa fatalidad y la sobrellevamos regresando a él, a sus obras.

“Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas”, dice él mismo expresándose en tercera persona cuando se desdobla en Borges y yo, “pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje y la tradición”.

Borges fotografiado por Grete Stern en 1951. Detalle.

Y, en efecto, así es: Borges es ya del lenguaje y de la tradición y, por eso, su influencia y el aprecio que le dispensamos, lejos de haberse disipado, aumentan.

Tal vez porque en su obra, vasta y concisa a la vez, se resumen algunas de las urgencias, de las paradojas y de las perplejidades de nuestro tiempo. Borges, que durante tantos años fue un lector ciego (“Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven”, se dice en El Aleph), tiene hoy la máxima visibilidad, pues se le invoca, se le cita, se le reedita constantemente.

De Borges, que tuvo una vida retirada y casi siempre sedentaria, se han publicado y se siguen publicando incontables biografías que revelan su aventura intelectual, sus comedidas audacias: por ejemplo, la de convertir la lectura en un arte, en una creación.

Borges no adoró los libros, sino la delicia que nos procuran, esa dicha de descubrir algo que se ignoraba. El narrador argentino nos mostró que leer es, en efecto, un acto tanto o más placentero que el de escribir, porque al leer con arresto, con paciencia, con entusiasmo, se creció –y nosotros con él– experimentando lo que a otros sucedía.

Pero esa vivencia no es sólo vicaria: si la lectura se consuma, entonces las experiencias de otros las hacemos propias y nos multiplican el yo.

Borges celebró la seducción relatora o poética, la que consiguen los grandes creadores en alguna página válida, justo cuando se sirven de palabras para levantar un mundo inexistente en el que habitan personajes ordinarios y heroicos, personajes que sobreviven con determinación o con bajeza haciéndose a sí mismos.

Y estas celebraciones las conmemoró en las numerosas entrevistas que Borges concediera (entrevistas luego convertidas en libros), interlocuciones en las que exaltaba el placer del texto, de la frase, del verso, del adjetivo exacto, del verbo preciso.

Pero esa dicha lectora la recreó escribiendo él mismo, pues su arte verbal es un tanteo, una mixtura de géneros, y un homenaje a los clásicos, a esos predecesores que nos anticipan.

Decía Umberto Eco que los clásicos que leemos sobreviven entre la jam session y el destino fatal, entre la improvisación –que ejecutamos los lectores– y la partitura, que es el texto literal, que establece unas particularidades y no otras.

La lectura puede tratar los textos como si de auténticos hipertextos se tratara: con un sentido inestable, mudable, según las distintas generaciones de lectores que se van sucediendo y que regresan sobre los clásicos, esas palabras literales pueden acabar significando algo imprevisto para el autor o para sus primeros destinatarios.

Pues bien, eso es lo que hizo Borges: desdoblarse en numerosos lectores para hallar significados insólitos en los clásicos y para expresar la imposibilidad de ignorarlos. Y Borges lo hizo escribiendo y adoptando distintos perfiles o personajes.

Está el ensayista, que se vale de recursos filosóficos para abordar el universo y para abordarse a sí mismo.

Está el narrador, capaz de relatar las paradojas de ese mismo universo y del yo que se despliega.

Está el poeta, dueño de sus propias imágenes y valedor del soneto y de inacabables enumeraciones que tratan de sumar los dones que él disfruta, pero también está aquel otro versificador que hace de la contención verbal su objetivo y su catarsis.

Está, otra vez, el lector ahíto, el lector que se sabe epígono, lleno de referencias, el lector insaciable, intelectual y popular, admirador del ingenio anónimo y de la sutileza creativa.

Está el autor que se sirve de la ironía como único recurso con el que regresar a un pasado ya infinito, pero está también el escritor que interpela directamente a un destinatario no menos formado y culto, a un destinatario al que respeta y con el que juega, un aliado de la palabra y de la inspiración.

Está el vate invidente, aquel de reminiscencia clásica que, como el viejo Homero, canta las gestas de los hombres y las desdichas que los dioses les mandan.

Está el humorista que se admite oficiante de un plagio inevitable, aquel conversador que se explica, que se repite y que se disipa en un habla también inacabable, el bromista que se recrea y que se distrae valiéndose de las paradojas de la lógica o asociando la teología y la metafísica a la fantasía.

Está el Borges que juega con el tiempo, siempre escaso, siempre cicatero, el Borges que lo amplía, que conjetura sobre él, que imagina sus duplicaciones y que multiplica las vidas y las simetrías, que se deleita o se angustia en una perpetua suma de azares, que sueña con los diversos porvenires que se bifurcan.

“Si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de la humanidad en vías de desaparición”, indicaba E. M. Cioran, “y porque encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado”.

Extraterritorial, vario y fragmentado, degustador de distintas culturas y sin arraigo nacional que lo limitara: Borges fue un europeo americano y un americano interesado por Japón y por las literaturas más distantes.

Hoy, cuando todos parecen querer el arraigo y el reconocimiento de una comunidad de iguales, su lectura es un antídoto contra la cultura de vuelo gallináceo, contra la autosatisfacción provinciana.

Pero, además, esa aventura intelectual Borges la emprendió sin severidades campanudas, ya que, como indicó Cioran, supo “dotar a cualquier cosa, incluso al razonamiento más arduo, de un algo impalpable, aéreo, transparente.

Pues todo en él es transfigurado por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y de sofismas deliciosos”, dueño de “una sonrisa enciclopédica”. En efecto, todo en el narrador argentino carece de la severidad, del empaque de los fatuos. ¿Imitable Borges?

Ha sido copiado, reproducido, calcado. Ha sido remedado su estilo. Sin duda, lo que mejor podría imitarse de él es su humor culto. “Podría convertirse”, admite finalmente Cioran, “en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas y, si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido”.

Para el escritor argentino, el universo era como una biblioteca infinita, como la biblioteca inacabable en la que los anaqueles contienen la totalidad del saber grande o menudo y el conjunto de los hechos memorables que la escritura humana ha registrado.

Y el universo, según lo describía en El Aleph, es una infinitud que nos daña, que nos lastima. “Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad…”, dice el narrador de El Aleph.

Y, en efecto, aquí lo tenemos: aquí tenemos a un Borges que felizmente no cambia, habitando en su propia eternidad literaria de lector.

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Lunes, 17 de febrero de 2020, a las 20 horas.
Club de Lectura Libreria Gaia, Valencia

‘Ficciones’, de Jorge Luis Borges.
Conversación entre
Miguel Ángel Taroncher y Justo Serna

Discusión entre los asistentes.

Sergio del Molino. Para todos los públicos

Ayer acudimos varios amigos a La Nau. Nos habíamos conjurado para no perdernos un acto cultural.

Ya saben: a las 19 horas o das una charla o te la dan. En nuestro caso estuvimos como aplicado público.

Era una conferencia impartida por Sergio del Molino en el Aula Magna de la Universitat de València. Y era un acto organizado por Cristina García Pascual, responsable Aula de Literatura de esta Universidad.

Sergio del Molino debía hablarnos —y nos habló— con naturalidad, con autenticidad, del proceso creativo —de su proceso creativo—, de la forma de su escritura, de los géneros que cultiva, de los trucos o pericias que aplica.

Por supuesto, Del Molino quitó todo mesianismo a su oficio. No se puso egregio. Tampoco vulgar. No quiso ser o ponerse de ejemplo.

Sencillamente nos transmitió el placer que le procura escribir, dar forma a lo que carecía de existencia.

El autor no es ese Dios antojadizo que gobierna a sus personajes. Es alguien que descubre y aprende valiéndose de su experiencia y de sus recursos. Sabe plantearse problemas y, en el mejor de los casos, sabe expresarlos.

Del Molino ha sido periodista y ahora es principalmente escritor. De periodista a escritor parece haber poca distancia, apenas unas pocas tareas que separan a quienes cultivan el reporterismo o la novela.

Él es o sigue siendo periodista de opinión. Pero es ya un escritor consagrado, calificativo quizá altisonante que tiene algo de fervor religioso u oficiante de ritos.

Nada de eso. Sergio quiso ser escritor desde niño, según nos confesó. Ser escritor no es exactamente —o exclusivamente— ser novelista.

Es practicar el oficio libre de la escritura: desde la ficción hasta ensayo, pasando por la autobiografía.

Es más: es concebir libros que son relatos, obras que elaboran experiencias personales, artificios que narran o ensayan y en los que el escritor se entromete y se compromete. Ser escritor es encontrar un estilo.

Ya somos legión —qué palabra tan odiosa— los lectores que disfrutamos con su prosa fluida y ríspida a un tiempo, nunca complaciente.

No es la suya una sintaxis sonajero; tampoco argot de experto. Escribe para todos los públicos, algo muy difícil.

Disfrútenlo.

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Fotografía: ignoro el nombre del retratista. La imagen, sin autoría, es la que figura en la página de la Universidad.

E. M. Cioran. Cómo administrárnoslo

Hace casi veinte años escribí para Ojos de Papel (10 de febrero de 2001), la revista dirigida por Rogelio López Blanco, una larga reseña sobre la edición española de los Cahiers, 1957-1972, de E. M. Cioran. La titulé Recuerda que eres mortal.

A este autor, yo lo había descubierto gracias a Fernando Savater. Así lo reconocía en mi escrito, claro. Y ese descubrimiento fue una auténtica revelación. Cómo gocé leyendo Historia y utopía, Del inconveniente de haber nacido, Breviario de podredumbre. Etcétera.

La edición española de los Cahiers (en Tusquets) que en 2001 glosaba era una publicación abreviada, un compendio hecho por Verena von der Heyden-Rynsch, con traducción de Carlos Manzano y con Prefacio de Simone Boué.

2020. Se publican completos los Cuadernos, 1957-1972 y Antonio Muñoz Molina le dedica un artículo en Babelia. Nos alienta y nos advierte. ¿Por qué?

Cioran, podríamos decir, es un tónico y un tóxico… Depende de cómo nos lo administremos. Yo, por mi parte, rescato aquella reseña que escribí tantos años atrás. Dios, cómo pasa el tiempo. No sé si vale la pena releerla.

Por si acaso extraigo aquí algunos pasajes y es casi una declamación. Escribí esa reseña prácticamente entonando. No sé si ahora la concebiría igual. Es lectura larga, aviso. Entre otras cosas decía esto…

“Emil Cioran, como sabemos sobre todo a partir de la difusión que en España hizo de él Fernando Savater, fue un apátrida afincado durante muchos años en París.

“Fue un escritor que abandonó el rumano por la lengua francesa, un polemista que, pese al interés, al humor y al desgarro de sus ideas, sólo tuvo una escasa repercusión en los ambientes culturales de posguerra.

“Fue un estilista si por tal se entiende la expresión pasional, el retorcimiento elegante y el solecismo intencional que adrede inflige a un idioma prestado.

“Fue alguien que predicó el hastío de vivir –como si de un volcán apagado se tratara–, la derrota que significa abandonar lo potencial, el error que entraña el nacimiento, el vacío existencial, la nostalgia del Paraíso.

“No fue un existencialista angustiado al modo de los que frecuentaron el París de posguerra, no predicó la náusea ni tampoco se abandonó a un lenguaje abstruso.

“Practicó el sedentarismo viviendo en hoteles durante mucho tiempo, ensalzó el disfrute de las pequeñas cosas de la vida sin darles la trascendencia grave y esencial de las que carecían.

“No se tomó enfáticamente y se vio con ironía, con la ternura del que se sabe desvalido.

“Recomendaba, por ejemplo, la visita frecuente al cementerio para aplacar el dolor humano, para rebajar la herida que lo ordinario nos inflige y, más aún –añadiría yo mismo–, para alejar la soberbia, para evitar la jactancia arrogante del éxito.

“A lo que nos cuentan, fue a la vez orgulloso y autopunitivo, tortuoso e irreparablemente vitalista sólo porque sabía de la posibilidad cierta del suicidio.

“Tuvo una juventud peligrosa, explosiva, altanera, casi delirante y una madurez descreída, mostrándose cada vez más afín al budismo, a la templanza sabia que se distancia del yo enfático y evidente.

“Un personaje así merece la pena frecuentarlo.

“Cuando se cierne sobre nosotros la amenaza de morir de éxito o cuando el dolor se nos vuelve irreparable, cuando el narcisismo nos desequilibra o cuando el pesimismo nos ciega, en una palabra cuando la omnipotencia infantil triunfante o frustrada regresa para dañarnos, hay que volver a Cioran.

“Hay, en efecto, que volver a la obra de alguien que nos obliga a reparar en nosotros mismos.

“Permítanme, para subrayarlo, exhumar una anécdota de la Roma imperial, una anécdota que recuerdo haber leído a algún otro autor pero del que ahora no retengo su nombre.

“Es una anécdota, en fin, que resulta enteramente aplicable a Cioran para poder entender la clase de tónico que el ex rumano nos administraba y nos seguirá administrando.

“Durante la ceremonia en la que se coronaba al nuevo emperador que accedía al trono, la tradición antigua había instituido la costumbre de que el gobernante se hiciera acompañar por un individuo que, justo en el momento de máximo esplendor, tenía por única función repetirle al oído: “Recuerda que eres mortal”.

“Es decir, Cioran sería como el bufón necesario que precisa el ser humano, ese ser engreído y enfático que unas veces se juzga rey y otras mendigo, que se ensoberbece o que se hunde al primer fracaso, ese ser insustancial que cree alejarse del sinsentido y de la muerte y que se piensa justificado, necesario.

“El hombre es mortal y Cioran cumplió ya con ese destino escandaloso.

“A su muerte, en 1995, se encontraron treinta y cuatro cuadernos inéditos de anotaciones, de aforismos, como si fueran las entradas de un dietario y abarcaban un período que iba de 1957 a 1972.

“Se publicó en Francia un volumen póstumo de mil páginas. Ahora, la editorial Tusquets tiene el acierto de proporcionarnos una versión española abreviada, una antología de esa edición original.

“Esos Cuadernos contienen borradores, ideas en latencia, aforismos provisionales aún por pulir o por trasladar a otros volúmenes, citas, retratos personales, estados de ánimo, invectivas, humoradas, pesimismos, euforias y exaltaciones.

“Expresan soledad, soledad alegre y taciturna a un tiempo, y no son propiamente un diario. ¿Deberían formar parte de unas obras completas del autor?

“Desde luego no son anotaciones marginales, perecederas, dado que el propio Cioran las conservó y numeró en cuadernos sucesivos, ni son simples notas de lavandería que un discípulo minucioso o una viuda desamparada exhumen por exceso de celo o por falta de resignación.

“Son algo más, son el relato de un autor que asiste a su agostamiento desde el primer día, pero son también el relato de lo que él mismo creía su declinación literaria (después de haber dejado de fumar, por ejemplo, como si de un Italo Svevo se tratara).

“Aun teniendo una cierta e irregular datación, no expresan un orden sucesivo ni dan cuenta de evolución alguna. ¿No nos había advertido [el propio Cioran] en ‘Del inconveniente de haber nacido’ que “lo que sé a los sesenta años, ya lo sabía a los veinte”?

“Los cuarenta o los sesenta años transcurridos son sólo un minucioso o incluso un superfluo trabajo de comprobación, añadía.

“Los Cuadernos son así retratos de interior, retazos de su psique en los que la fecha carece de importancia, puesto que expresan estados anímicos siempre presentes, logros o derrotas de un alma ya hecha.

“Esos Cuadernos son sobre todo daguerrotipos antiguos en las que es difícil advertir el paso del tiempo y a partir de los cuales es casi imposible ordenar el relato de una vida.

“El lector, es decir, yo mismo, un historiador que como dijera Michel Foucault de todos los historiadores es sobre todo un caballero obsesionado con la exactitud, no echa en falta la cronología, sin embargo.

“Esto es, lee la obra como si su escritura fuera simultánea y no sucesiva, como si esas anotaciones fueran jirones contemporáneos, trozos de alma arrancados a la vez.

“Son, pues, un pequeño tesoro que se añade al legado mayor de Cioran, un tesoro que salvó del olvido su compañera Simone Boué, su viuda, unos Cuadernos que ella misma prologó y que no pudo ver publicados.

“En vísperas de su publicación, Boué moría ‘accidentalmente’ –nos advierten los editores– confirmando con ello el destino irreparable y escandaloso que a todos nos aguarda y haciendo de estos ‘Cuadernos’ una obra doblemente póstuma. ¿La última humorada de Cioran?”

Por supuesto, casi veinte años después me dispongo a leer (ya que no puedo decir releer) esos Cahiers, en traducción de Mayka Lahoz. Aún recuerdo el disfrute que me procuró aquella edición abreviada. Aún recuerdo el trastorno.

Artículo de Antonio Muñoz Molina (2020): https://elpais.com/cultura/2020/02/05/babelia/1580922855_054183.html

Reseña de Justo Serna (2001): http://www.ojosdepapel.com/Article.aspx?article=654

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Fotografía E. M.Cioran (1977, RUE DES ARCHIVES/AGIP / CORDON PRESS)

George Steiner. El crítico y el amor

Uno de los más finos autores que he frecuentado, uno de los grandes maestros que más y mejor me han enseñado a leer, que más y mejor me han enseñado a disfrutar de los libros, es Georges Steiner.

Ha muerto. Nos ha dejado. Pero a la vez nos ha legado un patrimonio de saber. Nos ha hecho ver la tragedia y la dicha de la cultura.

En buena medida, mi acceso a los grandes clásicos ha estado mediatizado irreparablemente por sus claves, por sus interpretaciones, por su prosa: las de Steiner.

Bien leídos, esos grandes clásicos son como una epifanía. Nos provocan en ciertos casos algo parecido a una alucinación, nos dejan una huella indeleble y un aturdimiento.

Esas obras no terminan y jamás las consumamos. No las aclaramos del todo, no las liquidamos. En fin, no acaban de tener fecha de caducidad.

Pienso, por ejemplo, en Crimen y castigo (1866), de Feodor Dostoievski. A este clásico y a Tolstoi, George Steiner dedicó páginas lúcidas y exaltadas. Y a Shakespeare, también.

Recuerdo especialmente los argumentos que empleaba en uno de sus libros mayores, más numinosos. Me refiero a Presencias reales (1991), un libro tocado por la gracia.

En ese volumen, Steiner parte de Ludwig Wittgenstein. Sostenía Wittgenstein la naturaleza lingüística de los límites del mundo. Aplicando esa idea a un caso concreto, Steiner se interrogaba, por ejemplo, sobre las influencias de Shakespeare.

Shakespeare como agrimensor y creador de un mundo por él inventado y colonizado. La de Shakespeare es una realidad edificada y poblada con palabras, sí, pero que se sobrepone y se solapa al mundo real.

“Cada provincia” que podamos imaginar, admitía Steiner con estupor y devoción, “pertenece al mundo de Shakespeare, cada continente, cada océano, ¡es un verdadero mapamundi!”

Shakespeare “creó Verona y Venecia cuando ya existían”, a pesar de —o justamente por— no haber estado allí. “Creó lo que existía”, rivalizando con la percepción realista y evidente de sus contemporáneos o de sus antepasados.

Asimismo, “Shakespeare forzó la historia inglesa. Nuestros reyes son los de Shakespeare, nuestras batallas son las de Shakespeare. El no vio esos archivos”, los archivos y los documentos de que se valen los investigadores y en los que se reúnen las informaciones de las que se sirven.

“Ni siquiera sabía qué era un profesor de Historia”, añade Steiner. Sin embargo, somos nosotros quienes nos hemos formado y crecido en la imagen que a él le debemos: el mundo de Hamlet, por ejemplo.

“Nuestros celos son los de Otelo, nuestras senilidades las de Lear, nuestras ambiciones las de Macbeth. Vivimos en la jactancia de su visión. Entramos en el molde de sus previsiones. La ficción ‑‑esta ficción‑‑ ofrece posibilidades de identificación con la vida”.

Tanto es así, tal es la fuerza de esa imagen, que lo común es que identifiquemos “nuestra situación más por la ficción que por el documento”, nos advertía Steiner a historiadores y filólogos.

Hace casi veinte años, en 2001, le dediqué una columna en El País, en la edición valenciana de dicho periódico. Creo que se me notaba el entusiasmo y, también, las devociones.

Un lector adiestrado es un crítico literario. Y el crítico formado es sobre todo un lector, el más cuidadoso y el más desinteresado.

Lo mejor que yo haya podido escribir, una sola nota al pie, ha estado guiado por ese precepto, por esa enseñanza, por la palabra de este maestro. De este crítico. Y de otros pocos que, como él, se entregaron a manos llenas.

“He tenido suerte con mis maestros”, admitió Steiner en su autobiografía, Errata (1997). “Lograron persuadirme de que, en la mejor de sus formas, la relación maestro-alumno es una alegoría del amor desinteresado”.

Pues eso mismo. Así lo he vivido yo y así lo vivo. Venerar a los maestros no es enterrarlos, inhumarlos. Es darles vida, precisamente, como el crítico y el lector que transmiten entusiasmo.

Steiner. Quién como él.

https://elpais.com/diario/2001/09/13/cvalenciana/1000408681_850215.html

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George Steiner, Fotografía de Jacques Sassier, Gallimard

Auschwitz. Otra vez, siempre

Hoy lunes, 27 de enero, se cumplen setenta y cinco años de la liberación del campo de Auschwitz. Creo que hay mucho que decir, mucho que repetir. Yo sólo apuntaré algo que ya he dicho y a lo que siempre vuelvo.

Entre los libros más estremecedores que recuerdo haber leído está, sin duda, Auschwitz. Los nazis y la Solución Final (Barcelona, Crítica), de Laurence Rees, un volumen que llegó a las librerías españolas en 2005, inmediata, oportuna, justamente traducido. Hace quince años, pues.

Ha pasado mucho tiempo ya, pero su vigencia es indiscutible. Rees es documentalista de la BBC y en dicha cadena se ha encargado de distintas series dedicadas a la Segunda Guerra Mundial.

Su detallado examen de Auschwitz se basa en un repertorio inmenso de fuentes escritas y orales, en un minucioso contraste de los distintos testimonios.

Se basa también en una prudente y firme conciencia moral, en una objetividad que es el fundamento de la honestidad, en una esforzada y compleja atribución de significado.

Las cosas a veces suceden de manera simple, es decir, los actos se emprenden guiados por una intención. Pongamos un caso posible y estremecedor.

Por ejemplo, la decisión de exterminar a los judíos, al pueblo judío, por parte del III Reich. Esa medida se adopta en la Conferencia de Wannsee, de enero de 1942. Son datos muy conocidos. Entremos en detalle, en el detalle de esa decisión…

Se sabe que los jerarcas nazis incurrían habitualmente en rigidez planificadora. Eran muy ordenancistas. Al mismo tiempo, esos gerifaltes y administradores solían errar en sus cálculos, culpablemente ignorantes de las circunstancias que afectaban a sus decisiones.

En Wannsee son quince las personas que se reúnen para tomar la decisión más espantosa que se recuerda, más inhumana. Los allí congregados no eran mequetrefes ni salvajes. Tampoco, terroristas embozados. Eran funcionarios y asalariados de una de las grandes potencias de Europa.

Esos quince individuos no constituían “una ‘clase inferior de criminales’ de escasa formación”: más de la mitad “habían alcanzado el grado de doctor universitario”, nos recuerda Rees. Estremece conocer ese dato. Pongamos… ocho doctores académicos.

Estremece, sí, confirmar que el saber no garantizaba (ni garantiza hoy) la rectitud moral. Sorprendentemente tampoco avala la exactitud de las previsiones. Es decir, ser experto no asegura una predicción acertada.

Quizá, los actos humanos son simples, ya digo, pero los efectos que provocan no pueden explicarse simplemente. ¿Por qué razón?, podríamos preguntarnos una y otra vez.

Pues porque las acciones humanas se refuerzan, se complican, se tuercen o se desvían al cruzarse con otras acciones o al desarrollarse en contextos mudables o no previstos o insuficientemente analizados.

Los nazis siempre estaban dispuestos a ‘solucionar’ hechos o datos de la realidad que ellos concebían como tales, como problemas. Así es, nos dice Rees: a menudo, los nacionalsocialistas creaban “las circunstancias que mejor concordaban con sus prejuicios”.

Pero ese acomodo de la realidad al estereotipo solía provocar obstáculos que eran fruto del fanatismo, de la ceguera: los nazis en su ignorancia y en su imprevisión, en su fatua ambición, creaban un verdadero obstáculo…

Por un lado, creaban un problema gravísimo para la Humanidad. Y, por otro y de manera bien tosca, se creaban un problema técnico para ellos mismos. Bajo determinas circunstancias eran unos pésimos planificadores. Quién lo diría.

Les pasará con Stalin y la campaña del Frente Oriental y les pasará con la organización del Exterminio de los judíos. En este último caso, por ejemplo, hasta 1942, la persecución y muerte de los hebreos se hizo de manera absolutamente desorganizada.

No tuvieron en cuenta algo humano y cruel. Ejecutar directamente, a palos o fusilando, al tiempo que los verdugos miran a los ojos de su víctimas es algo difícil de soportar. Aún más si es numerosa la población a eliminar y si no se cuentan con los medios suficientes.

Matar a distancia y sin intervenir directamente es una forma muy cómoda de irresponsabilizarse, ya que uno no es quien acciona el gatillo o el detonador.

Por eso, el comandante del campo de Auschwitz, Rudolf Höss, dijo sentirse aliviado cuando gracias al refinamiento técnico del gas Zyklon B podía multiplicar las muertes evitando un baño de sangre.

“No podía estar más equivocado”, apostilla Laurence Rees, pues “el verdadero baño de sangre estaba a punto de producirse”, en parte nuevamente por la imprevisión planificadora.

¿Por qué razón? Porque la Solución Final no había previsto con suficiente antelación y organización una red de campos de exterminio.

En los albores de 1942, nos recuerda Rees, sólo un campo estaba especializado en el Exterminio, centro absolutamente insuficiente para los fines que se proponían. Esto les obligó a reacomodar otros establecimientos. Y todo ello hecho con gran improvisación.

Otra vez, por tanto, “a diferencia de quienes adoptan un sistema menos radical, planificando primero en detalle sus acciones para después –y sólo después— llevarlas a cabo, el gobierno nacionalsocialista se entregó” a la ciega improvisación.

Se entregó, dice Rees, “a la deportación de los judíos antes de probar la eficacia de los métodos de destrucción que habían diseñado” o antes de “instalarlos de forma adecuada. Fue a impulsos del desorden subsiguiente como estructuraron su genocidio”.

De hecho, esto no es una excepción: “es una de las constantes de esta historia”, precisa Rees. “La cúpula nazi hubo de hacer frente, una y otra vez, a acontecimientos que no había previsto de forma correcta”.

Y añade: “llevados siempre de una ambición y un optimismo inconmensurables –fundados en el convencimiento de que la ‘voluntad’ podía lograrlo todo por sí sola–, sus dirigentes acabaron por estrellarse”.

Ello era resultado “de su propia falta de planificación y previsión” o resultado de un mal cálculo. Por ejemplo, el enemigo era “más poderoso de lo que les permitía reconocer su hinchada autoestima”.

En Belzec, Sobibór y Treblinka murieron un millón setecientos mil presos; en Auschwitz, un millón cien mil personas.

Pero antes de que se pudiera administrar de manera eficaz la muerte industrial, limpia, expedita, los nazis organizaron un cruento caos, masacres espeluznantes con “escenas que parecían sacadas del infierno”. Eso sí, reduciendo siempre a los prisioneros a un estado infrahumano.

“Al proclamar que aquellos contra los que luchaban eran seres inferiores, los nazis habían generado una profecía que ellos mismos se proponían hacer realidad”. Etcétera, etcétera.

Además de sus excelentes dotes como investigador, Lawrence Rees es sobre todo un narrador, alguien que sabe que la virtud de un texto (o de un documental) no depende del objeto o del problema.

Es decir, a los lectores o a los espectadores no se nos gana de antemano, por muy estremecedor que sea el tema abordado. A los destinatarios más exigentes se les persuade cuando no se atenta a la verdad, cuando se da ese respeto deontológico que todo periodista o historiador debe cumplir.

Pero también cuando el tratamiento del objeto se hace con intriga y significado, cuando se administra la información de manera estratégica, como si el autor y los lectores o los espectadores estuvieran asistiendo a los hechos mismos y en el tiempo en que suceden.

Decía Clifford Geertz que una de las virtudes más sobresalientes de los grandes antropólogos es la de provocar un efecto en sus lectores: el de hacerles copartícipes del descubrimiento.

O, en otros términos, el de testimoniar los hechos como si el investigador y sus destinatarios hubieran estado allí. “Estar allí”, ése es el efecto provocado, un resultado que no es impostura.

“Los etnógrafos”, precisaba Geertz en El antropólogo como autor, “necesitan convencernos” a los lectores “no sólo de que verdaderamente han ‘estado allí’, sino de que (…), de haber estado nosotros allí, hubiéramos visto lo que ellos vieron, sentido lo que ellos sintieron, concluido lo que ellos concluyeron”.

A ese efecto, que está en la obra de los antropólogos, periodistas e historiadores, lo podemos llamar narración, esa conversión de los datos brutos de la experiencia en un relato con significado.

Y, en eso, Laurence Rees se nos revela como un gran maestro: como un documentalista que hace crónica, pero también como un humanista capaz de analizar los valores mismos de la inhumanidad, como un historiador preparado para enfrentarse a los testimonios vivos o muertos del horror.

Aprovechemos y leamos o releamos esta historia real.

Sus efectos perduran.

Apocalypse Now. Un estremecimiento

Miércoles, 15 de enero de 2020, La 2 de Televisión Española emite Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola.

En este film, todo cobra dimensiones míticas. Una parte de la cinematografía está en su celuloide, en la sucesión de sus planos. En nuestra memoria.

No recuerdo el número de veces que la he visto. Me descuento. Volver a verla es descubrirla una y otra vez. Es rememorar la adaptación libre de Heart of Darkness )1902), de Joseph Conrad.

Es regresar a Vietnam, a la guerra, a la jungla. Es tropezarse de nuevo con el teniente coronel Kilgore. Es enfrentar el rostro de Kurtz.

¿Quién es Kurtz, ese personaje remoto al que hay que alcanzar? El apellido resulta exótico, de resonancias difíciles. ¿Quién es?

Insisto. Es un personaje remoto al que aún no hemos llegado, al que todavía no hemos conocido. Lo envuelve una tenebrosa leyenda.

Tardaremos en conocerlo, tardaremos en remontar todas las dificultades que nos opone la naturaleza para acceder a ese último refugio en el que se guarece, en el que es tirano o mandamás.

Le precede una aureola inquietante. Se dice que era un militar corajudo y sensato, y que ahora, con el grado de Coronel, se ha convertido en un ser bestial: alguien o, mejor, algo que incumple las normas básicas de la civilización.

Mucho tiempo nos costará averiguar su auténtica identidad, su último estado físico y anímico: para eso deberemos contemplar todo el metraje de Apocalypse Now.

Hay datos básicos por confirmar, informaciones que sin embargo no nos permitirán aclarar su enigma. Kurtz reúne un historial impresionante.

Se dice que en 1964 regresó de una misión en Vietnam y que las cosas comenzaron a torcerse. ¿Qué sucedió? Era paracaidista. Contaba sólo 38 años.

No se resigna. Kurtz volverá para permanecer allí. Concretamente se instalará en Camboya. En 1969, las pocas noticias que llegan de sus actividades son alarmantes.

Justamente por eso, la jefatura de los Marines manda a alguien que lo busque, que lo encuentre. Tiene el encargo de sorprenderlo, capturarlo, someterlo, liquidarlo.

El Capitán Willard, el joven oficial de Inteligencia, debe perseguir su rastro, su estela, debe remontar el río entre la jungla sorteando y evitando a ‘Charlie’, el enemigo inmediato, inminente, camuflado. Debe hallar a Kurtz.

El recorrido es, sí, infernal. Hay fuego, bombas, proyectiles, hay incendios inacabables. Las detonaciones enajenan, provocan fatiga, fatiga de combate, que Willard, consumidor de estupefacientes, habrá de sobrellevar aturdiéndose y a la vez descubriendo el horror.

Llegan helicópteros que traen repuestos y transportan también a un personaje impresionante, que se agiganta con su demencia bélica. Destruye lo que controla.

¿Quién es ese individuo?

Lleva gafas Ray-Ban Caravan. Se cubre con sombrero de fieltro negro, el sombrero de la US Cavalry. Parece un tipo tronado. Según proclama enérgicamente, aspira a hacer surfing en medio del combate: en la playa vietnamita, en medio del horror.

Ese individuo fuma un cigarrillo perpetuo. Bebe cerveza Budweisser. Es macho, ‘macho man’. Lleva el pelo rasurado completamente. ¿Cómo se llama? Kilgore. Es el teniente coronel Kilgore.

‘Charlie’ no hace surf. Se embosca y procura atacar al primer descuido de los americanos. Los helicópteros se disponen a arremeter, pues no pueden arriesgarse a una sorpresa. Con el toque del Séptimo de Caballería, los helicópteros arrasan.

Llegan a la base del Vietcong. Está amaneciendo. Cuando comience la ofensiva pondrán a Richard Wagner, dice Kilgore. Empieza el baile, la cabalgata. Oímos precisamente el comienzo del tercer acto de La valkiria, que todos identificamos con Wagner.

Crecen el miedo y el entusiasmo. Llegan en formación los helicópteros a la playa. Los vietnamitas corren. Mientras, los estadounidenses lanzan sus proyectiles.

La música se confunde con el estrépito de la munición. El éxtasis es global. El suelo es aniquilado, las imágenes se incendian. Los helicópteros aterrizan, los hombres, cuerpo a tierra, avanzan descargando furiosamente sus ametralladoras.

El poblado vietnamita ha sido prácticamente eliminado y las heridas y desastres se amontonan. Aterriza el helicóptero de Kilgore. Todo parece sucumbir con olas de dos metros. Kilgore está en tierra. Le rodea un humo amarillo.

Van a hacer surf. Las olas, las olas son de dos metros. “Arrásenlo todo”, dice Kilgore. Fuego incendiario. ¿Hueles eso? “Lo hueles, verdad. ¿Qué es? Es Napalm. Nada del mundo huele como eso.”

Tiempo después el barco se encamina por el río hacia Kurtz. Willard debe encontrarlo y reducirlo. Según todos los indicios, ha enloquecido.

¿Sólo Kurtz?

This is the End.