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Lo que sé de Lucky Strike

11 enero 2011

Cero. Hace años, a finales de los ochenta, tuve una rareza lectora. O no. Mi capricho iba con los tiempos: durante un par de temporadas prácticamente solo leí  libros firmados por ejecutivos de Chrysler, de Apple, de Sony. Etcétera.

Eran autobiografías, generalmente muy edificantes y aleccionadoras. Te proporcionaban información, abundante y sesgada, sobre los casos americano y japonés. Con tono épico y mucho autobombo, los autores solían servirse de periodistas o publicistas para ordenar sus recuerdos, para escribir sus papeles y, en fin,, para vender su producto.

Retengo en la memoria especialmente los volúmenes de Lee Iaccoca, de John Sculley, de Akio Morita. Los títulos eran muy reveladores: Autobiografía de un triunfador, De Pepsi a Apple o Made in Japan. Hubo más: me recuerdo también leyendo libros sobre Honda Motor, sobre David Ogilvy. Ogilvy, es decir, me recuerdo leyendo sobre la publicidad, una industria muy prometedora, claro.

De todas aquellas obras, una de las que más me interesó fue Los creadores de imagen, de William Meyers. El subtítulo era muy revelador: Poder y persuasión en Madison Avenue. Fue entonces cuando descubrí o creí descubrir cómo funcionaba ese centro de sueños, cómo rodaban los engranajes de aquella fantasía  materialista: la de los creativos, la de los publicitarios norteamericanos.

Ahora, vuelvo a Madison Avenue y me veo viviendo una nueva fantasía. Los Reyes Magos me han traído un regalo llamativo: un pack que simula un paquete de Lucky Strike. No contiene tabaco, sino doce discos con las tres primeras temporadas de Mad Men.

Uno. En aquel libro de William Meyers había una entretenida disección de las estrategias creativas que dominaban por aquel entonces. ¿Por aquel entonces? ¿Cuándo? El volumen original data de 1984 y mi ejemplar, primera edición  en español, es de 1986. Meyers analizaba el comportamiento corporativo de los ejecutivos de Madison Avenue, la invención y difusión de eslóganes,  los vínculos de determinadas marcas con empresas publicitarias.

Pero sobre todo examinaba los procedimientos psicológicos de los creativos: el rastreo de las necesidades, de nuestras demandas ocultas, de nuestros deseos implícitos, de nuestras fantasías. Tanto si eres un conservador como si eres un rebelde, los publicitarios pueden venderte un producto destacando aquello que mejor se acopla a tu percepción. Tanto si eres un consumista como si eres un cicatero, los creativos averiguarán cómo convencerte. “La presencia y el poder de Madison Avenue en la contemporánea Norteamérica se siente de manera más directa que nunca en el pasado”, decía Meyers, “y los brujos de la avenida de la Publicidad se han establecido en su posición tanto de creadores como de controladores de nuestra cultura consumista”.

Si eso ocurría en los años ochenta, ¿qué podemos pensar ahora? Por otra parte, ¿cómo era el mundo de Madison Avenue a comienzos de los sesenta, justo cuando John. F. Kennedy estaba a punto de ganar las elecciones presidenciales? Meyers reproduce la reflexión de un publicista, una descarnada declaración que bien puede servir para entender el papel de los creativos:

“Anunciar es hurgar en heridas abiertas… Miedo. Ambición. Angustia. Hostilidad. Usted menciona los defectos y nosotros actuamos sobre cada uno de ellos. Nosotros jugamos con todas las emociones y con todos los problemas, desde el de no poder seguir en cabeza… hasta el deseo de ser uno más entre la muchedumbre. Cada uno tiene un deseo especial. Si se logra que un número suficiente de gente tenga el mismo se consigue un anuncio y un producto con éxito”.

Dos. Los publicitarios de Madison Avenue fueron refinando sus recursos con el objeto de medir mejor los públicos. Así, nos recuerda Meyers, se estableció una tipología según valores y  estilos de vida. ¿Ejemplos?

Hay un tipo de consumidor que es el integrado o, en otros términos, el conservador. Luego tenemos al émulo, el adolescente. En tercer lugar, aparece el émulo realizado, esto es, el joven profesional ya instalado. En cuarto lugar, está el realizado socioconsciente, vale decir, el heredero de la contracultura. Finalmente, se encuentra el necesitado, aquel al que los publicitarios de Madison Avenue no consideran relevante.

En los años ochenta, el primero de ellos representaba el 33 % de los consumidores; el segundo el 15%; el tercero el 17%; el cuarto el 20%; y el quinto el 15%.

Esa escala abarca desde el conservador hasta el pobre, desde el aspirante hasta el bienestante o el rebelde. Son variados modelos de consumo. Por un lado, está el de quienes compran objetos con valores tradicionales. Por otro, el de quienes sueñan con adquirir mercancías distinguidas y aún inalcanzables. En tercer término, el de quienes ya pueden poseer aquello que deseaban, confirmando así su ascenso. En cuarto lugar, el de quienes compran guiados por los principios sociales que les reafirman. Finalmente, el de quienes quienes gastan lo mínimo, al límite de la supervivencia. Los creativos se preguntan a quiénes se dirigen, a qué segmento de población destinan esta o aquella marca.

Salvo que seas un tipo aislado, un Róbinson, tus hábitos de consumo caben en dicha tipología. ¿Entonces? Regresemos a Mad Men.

Tres. O regresemos a los años sesenta. Lo sabemos bien: el pasado es un país extraño. Ese mundo tan reciente –la serie empieza cuando yo tengo un añito– nos resulta un lugar ajeno, distante: con extravagancias y libertades que hoy son inconcebibles; o con restricciones que ahora nos resultan insoportables. 

La historia que se nos cuenta desde el primer capítulo, la de Don Draper, es ciertamente terrible. Se mire por donde se mire. Hasta los mismos títulos de crédito ya anuncian el derribo de todo.

Vemos cómo cae la oficina del protagonista y vemos la efigie sombreada de Draper precipitándose al vacío, entre rascacielos que reflejan el esplendor material de Norteamérica. ¿Qué atractivo puede tener una historia que predice un derrumbe? Sentimos angustia desde el primer plano.

 Pero las imágenes nos atraen por su rotundidad colorista, con ese tono pastel. Estamos en la época dorada de los baby-boomers. Estamos en el mejor momento de Frank Sinatra o en la cumbre de Doris Day. Estamos en los cincuenta prácticamente, cuando esos años aún imponen su estética sobre la década que empieza: la que encarna Grace Kelly, por ejemplo.  Por su parte, los hombres viriles y urbanos fuman Lucky Strike.

Siento una nostalgia insólita. El mundo de Madison Avenue era elegante, sí, con ese lujo norteamericano de moqueta y plástico, con esas grandes oficinas de diseño moderno que veíamos en las series de televisión. Éramos niños.

Precisamente, un amigo que acaba de cumplir años me pregunta por eso, por la nostalgia. Me pregunta también por el efecto que me ocasionan estas celebraciones. “¿Los cumpleaños, me preguntas si me afectan los cumpleaños?” Yo no siento ninguna nostalgia de lo pasado, le respondo. No me hago ilusiones: únicamente me conmueven las impresiones de la música, de las películas, de ciertos libros.

Por eso me inquieta la estética de esta serie. Me remite a una infancia fantasiosa, irreal, inalcanzable: la que soñaba viendo cine y televisión.  Pensando en lo que este amigo me pregunta, le añado lo que decía un personaje de Julio Cortázar: cuando era niño o muy joven, yo me veía con una inmortalidad de cincuenta o sesenta años por vivir. Es decir, veía el final, pero aún lejanísimo. Así de inconsciente era uno: lo corriente, vaya. Ahora ya no veo el final: ya no hay inmortalidad alguna.

También Mad Men trata de la inmortalidad. O de su reelaboración publicitaria. Y trata de identidades equívocas, de papeles fijos y establecidos que comienzan a confundirse.

Cuatro. Lo formulo con interrogantes, unos pocos. No deben responderse, claro. Iré añadiendo más… No me pregunto por las influencias cinematográficas obvias de la serie, sino por los hechos que veo capítulo a capítulo.

1. ¿Quién es ese Don Draper, siempre trajeado y bien rasurado? ¿Qué pasado esconde? ¿Lo sabe su esposa Betty? Todos tenemos un tiempo del que no queremos acordarnos, ¿pero con qué carga el protagonista? Conforme avancemos, averiguaremos que efectivamente tiene un pasado.

Pero su vida se ha montado sobre una ficción: eso parecen decirnos los Opening Credits. De ahí que el porvenir real o temido del protagonista sea el derrumbe de la techumbre y los tabiques o la caída en picado. Muy metafórico. O muy real… Trabaja en Sterling Cooper, el cielo de Madison Avenue.

2. El joven ejecutivo de cuentas, Pete Campbell, es un recién casado, tiene su mujercita y, como todas las parejas adineradas que vemos en la serie, la conserva en el hogar. Las chicas de clase alta no trabajan, viven en apartamentos lujosos que costean los padres o en suburbios distinguidos fuera de la ciudad.

¿Qué hace una mujer en esas circunstancias? ¿En qué consume sus horas aparte de cuidar de la prole? ¿Cómo gasta el tiempo Betty Draper? Lo veremos capítulo a capítulo. ¿Leerá La mística de la feminidad (1963), de Betty Friedam. ¿Quedará impresionada por Kennedy y su esposa? Eso sí, experimenta malestares psíquicos.

3. ¿Para qué sirve un psicoanalista? ¿Alivia los malestares de sus pacientes? Cuando una mujer rica como Betty Draper acude a la consulta para destapar su inquietud, ¿qué cambios se producen en su interior? ¿Es reservado el psiquiatra con la información íntima que recibe? El secreto está en el centro de las relaciones familiares: los deseos insatisfechos, los adulterios.

De ahí que Joan Holloway, la voluptuosa jefa de secretarias, sea una reina del saber profesional, del saber íntimo, del adulterio. Pero hay más. ¿Podrá ascender Peggy Olson, la secretaria de Draper? ¿A cambio de qué?

4. Hablando de interiores: eso, los interiores, son materia de publicistas. Pasan el día en despachos lujosos y las poses que adoptan para la cámara son estudiadísimas y esculturales, como si fueran a perfilarse sus figuras, como si se supieran observados por un ojo indiscreto. Y son observados por los espectadores, que los vemos casi siempre en contrapicado. Se agrandan asi sus efigies. Distinguimos las luces cenitales de la oficina, ese microcosmos de rivalidades. ¿Por qué esa angulación de la cámara, los contrapicados? ¿Solo tienen un efecto estético?

5. “Anunciar es hurgar en heridas abiertas”, recordábamos más arriba. El miedo y la ambición de los consumidores, la angustia y la hostilidad de los clientes. ¿Cuáles son el miedo, la ambición, la angustia y la hostilidad de los creativos?

Fuman todo el tiempo, beben alcoholes de alta graduación que atemperan sus terrores y parecen ser conscientes de estar viviendo en una ficción, vistiendo trajes de buen paño, camisas impolutas, gafas que hoy llamaríamos vintage. El lujo los rodea. La prosperidad rebosa.

Cinco. Muchos años después, la América prometedora, rica, materialista, falsa y neurótica ha cambiado. En la nueva serie de AMC, la productora de Mad Men, Estados Unidos ha sufrido algún cataclismo.

En The Walkind Dead, el lugar está poblado de muertos vivientes, hambrientos, feroces, insensibles. Estamos en un medio rural. Ya no hay prosperidad, hay un derrumbe general del planeta, de la civilización, con unos pocos humanos que no han perecido. Un oficial de la policía local busca a su familia: debe dirigirse a Atlanta, en donde al parecer hay un campamento de supervivientes. Las ciudades están muertas, los coches detenidos o mal estacionados. Se acumulan cadáveres.

¿Y el orden, los sentimientos, las relaciones de los vivos? Todo ha de empezar de cero prácticamente. Ya no hay diferencias entre afroamericanos, hispanos, blancos o asiáticos. La supervivencia digna es lo que se impone. El poli, de raza blanca, ha estado en el hospital después de haber sido tiroteado: un coma. Ahora, al despertar (como en 28 días después) descubre qué ha sido del mundo. ¿Hay esperanza?

Estéticamente, la serie es el contrapunto exacto de Mad Men. Aquella alegría consumista y cínica ha llevado, quién sabe por qué, a esta desolación: como un inmenso naufragio. Se presta a metáforas varias, desde luego, pero lo primero que debe contársenos es una historia verosímil, terrorífica o cautivadora. El Apocalipsis ha tenido lugar, o eso parece. América ha de empezar de nuevo. Nadie fuma.

El poli avanza con coche. Se queda sin gasolina. Lo reemplaza por una bestia: marcha a lomos de un caballo, como un llanero solitario. Su figura se yergue enhiesta. Se ha desprendido de sus ropas andrajosas y se ha vuelto a poner su uniforme de patrullero. Así llega a la gran ciudad. Atrás ha dejado a una familia de afroamericanos que le han salvado. ¿Qué se encuentra en aquella población cuyos rascacielos ahora divisamos?

Seguirá en otro post


Series TV

Mad Men. Página Oficial (aquí).

The Walking Dead. Página Oficial (aquí).

Sobre Mad Men:

-David Montesinos, La cueva del gigante. Post: “El humo ciega tus ojos”. Post: “Relato por entregas“.

-Carlos Abascal, “Mad Men, relecturas desde la nostalgia“, Ojos de Papel, enero de 2011.

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31 Responses to “Lo que sé de Lucky Strike”

  1. Matías Says:

    ¡Jaja! También tuve una de esas rarezas, recuerdo que leía sobre Microsoft y Apple todo el día.
    No conozco Mad Men.
    Saludos.

  2. Loco Says:

    ¡Jojo! Lo que faltaba.

    Serna leyendo a triunfadores. O sea eres un fracasado

  3. Leda Says:

    ¡Uf! Es que el tabaco lo tienen guardado los protagonistas de la serie, don Justo. Yo no sé la cantidad de cigarrillos que tendrán que fumarse los actores de ‘Mad Men’ para rodar cada capítulo.

  4. jserna Says:

    “Smoke gets in your eyes”, decían los Platters.
    “I’ll be back!”, confirmó Terminator. Pues eso: luego vuelvo.

  5. Sigue... Says:

    Uno. En aquel libro de William Meyers [Los creadores de imagen. Poder y persuasión en Madison Avenue] había una entretenida disección de las estrategias creativas que dominaban por aquel entonces. ¿Por aquel entonces? ¿Cuándo? El volumen original data de 1984 y mi ejemplar, primera edición en español, es de 1986. Meyers analizaba el comportamiento corporativo de los ejecutivos de Madison Avenue, la invención y difusión de eslóganes, los vínculos de determinadas marcas con empresas publicitarias.

    Pero sobre todo examinaba los procedimientos psicológicos de los creativos: el rastreo de las necesidades, de nuestras demandas ocultas, de nuestros deseos implícitos, de nuestras fantasías. Tanto si eres un conservador como si eres un rebelde, los publicitarios pueden venderte un producto destacando aquello que mejor se acopla a tu percepción. Tanto si eres un consumista como si eres un cicatero, los creativos averiguarán cómo convencerte. “La presencia y el poder de Madison Avenue en la contemporánea Norteamérica se siente de manera más directa que nunca en el pasado”, decía Meyers, “y los brujos de la avenida de la Publicidad se han establecido en su posición tanto de creadores como de controladores de nuestra cultura consumista”.

    Si eso ocurría en los años ochenta, ¿qué podemos pensar ahora? Por otra parte, ¿cómo era el mundo de Madison Avenue a comienzos de los sesenta, justo cuando John. F. Kennedy estaba a punto de ganar las elecciones presidenciales? Meyers reproduce la reflexión de un publicista, una descarnada declaración que bien puede servir para entender el papel de los creativos:

    “Anunciar es hurgar en heridas abiertas… Miedo. Ambición. Angustia. Hostilidad. Usted menciona los defectos y nosotros actuamos sobre cada uno de ellos. Nosotros jugamos con todas las emociones y con todos los problemas, desde el de no poder seguir en cabeza… hasta el deseo de ser uno más entre la muchedumbre. Cada uno tiene un deseo especial. Si se logra que un número suficiente de gente tenga el mismo se consigue un anuncio y un producto con éxito”.

    Continuará…

  6. Series TV Says:

    De AMC, ‘Mad Men’.

    De AMC, The Walking Dead’.

    ‘The Walking Dead’ llega a La Sexta. Estreno el martes 11 a las 22:15.

  7. Sigue... Says:

    Dos. Los publicitarios de Madison Avenue fueron refinando sus recursos con el objeto de medir mejor los públicos. Así, nos recuerda Meyers, se estableció una tipología según valores y estilos de vida. ¿Ejemplos?

    Hay un tipo de consumidor que es el integrado o, en otros términos, el conservador. Luego tenemos al émulo, el adolescente. En tercer lugar, aparece el émulo realizado, esto es, el joven profesional ya instalado. En cuarto lugar, está el realizado socioconsciente, vale decir, el heredero de la contracultura. Finalmente, se encuentra el necesitado, aquel al que los publicitarios de Madison Avenue no consideran relevante.

    En los años ochenta, el primero de ellos representaba el 33 % de los consumidores; el segundo el 15%; el tercero el 17%; el cuarto el 20%; y el quinto el 15%.

    Esa escala abarca desde el conservador hasta el pobre, desde el aspirante hasta el bienestante o el rebelde. Son variados modelos de consumo. Por un lado, está el de quienes compran objetos con valores tradicionales. Por otro, el de quienes sueñan con adquirir mercancías distinguidas y aún inalcanzables. En tercer término, el de quienes ya pueden poseer aquello que deseaban, confirmando así su ascenso social. En cuarto lugar, el de quienes compran guiados por los principios sociales que les reafirman. Finalmente, la de quienes quienes gastan lo mínimo, al límite de la supervivencia. Los creativos se preguntan a quiénes se dirigen, a qué segmento de población destinan esta o aquella marca.

    Salvo que seas un tipo aislado, un Róbinson, tus hábitos de consumo caben en dicha tipología. ¿Entonces? Regresemos a Mad Men.

    Continuará…

  8. aleskander62 Says:

    Creo que es una buena serie de televisión, sí, Mad Men, pero también Chicas Gilmore.
    Y Dos metros bajo tierra, Dexter o The Tudors.

    Biblioteca de hija o hijo. Regalo final de Reyes:

    Biblioteca: Finalmente The Catcher in the Rye de Salinger. Gulliver’s Travels de Jonathan Swift.
    Discoteca: Pink Floyd, Depeche Mode, Led Zeppelin, The Cult…… Mozart, Schumann, Haydn.
    Videoteca: El río de Renoir.

  9. David P.Montesinos Says:

    Inteligente y oportuna elección de post. La teoría de que el talento de los guionistas se ha trasladado del cine a la televisión me pareció hace un año una boutade de El País Semanal, por aquello de que tenían que vender sus series entre un sector de público mínimamente ilustrado. Esto es difícil de asumir porque todos estamos en mayor o menor medida influidos por el prejuicio de que la televisión es pura barbarie por definición, es cutre por su concepción misma de la producción y la transacción, lo que determina que la mercancía haya de resultar necesariamente menor. La historia de la televisión demuestra que hay relatos fantásticos por entregas, de igual manera que la historia de la novela está plagada de obras que se concibieron como seriales. En cualquier caso no es mi intención defender la tele -líbreme Dios-, sino aprender a mirar de otra manera un formato que ha producido lo mejor de su historia en los últimos diez años y que, nos guste o no reconocerlo, nos ha formado desde críos.

  10. David P.Montesinos Says:

    Mad men me parece una obra maestra. El primer capítulo, “El humo ciega tus ojos”, explica de qué manera Lucky strike puso en manos de los publicistas la necesidad de posicionarse urgentemente ante la “teoría”, cada vez más atendida en aquellos años sesenta, de que el tabaco era malo para la salud. (Porque eso, señores, resulta que se sabe con certeza desde hace poco; hasta entonces, fumar era cosa de tíos muy machos, y mataharis supersexys… La trama social que Mad men retrata magistralmente nos sorprende por la naturalidad con que la sociedad burguesa asumía que prácticas hoy consideradas punibles -por ejemplo el acoso sexual- formaban parte del paisaje y eran por tanto confortablemente aceptadas) La encrucijada en que se encuentran los publicistas de Lucky nos traslada a un momento clave para la historia del tabaco y, yo diría que para la sociedad de consumo: ¿negamos con otras pruebas científicas los estudios que dicen que fumar produce cáncer o asumimos la cuestión y convencemos al cliente de que todo lo que hace interesante la vida supone riesgos?. En este sentido, como en el de la dominación machista -fenómeno que en esta serie tiene una presencia agobiante-, Mad men tiene algo de serie arqueológica; se trataría, si me explico bien, de rastrear todos aquellos carteles y esloganes de los que ahora nos burlamos considerándolos entrañables y reproducir todo el hormiguero de relaciones, ambiciones, tensiones sociales y trazos ideológicos que les dieron sentido. Así, descubrimos que “el humo ciega tus ojos” no es una simple frase, hay todo un mundo en torno a ese pequeño monumento que le da sentido. Eso es Mad men.

    Por cierto, el segundo capítulo es una de lo mejor que he visto jamás en una televisión.

  11. David P.Montesinos Says:

    Cuando yo estudiaba segundo o tercero de la Facultad tenía un par de amigos entrañables que derivaron ideológicamente desde la frustración con el felipismo hacia un supuesto liberalismo que llegó a tener en el ínclito Mario Conde a su mesías. Sí señores, yo conocí aquello de los universitarios que caminaban por ahí con la biografía del genial empresario bajo el brazo. Éramos jóvenes… y algunos más tontos que otros.

    Por cierto, recuerdo ahora que en su libro Paco Fuster habla sobre Krugman. En una línea similar, yo me permito recomendarles una joya de la colección de ensayos de Anagrama: “¡Huy!”, de John Lanchester. El subtítulo lo dice todo: “Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y nadie puede pagar”. Es la explicación más precisa y divertida -pese a lo tremebundo del caso- que conozco de las causas de la Recesión que arrastra el mundo.

  12. aleskander62 Says:

    La TV tiene sus posibilidades. Hay grandes series, en efecto. Inglesas, norteamericanas e incluso españolas.
    En Mad Men también llama la atención cuando la familia va de pic-nic y tiran al campo todos los restos de comida. El protagonista lanza la lata de cerveza y su mujer retira la manta y desliza sobre el suelo -sobre tierra- todos los plásticos y migas.
    Bueno, cine, música, literatura y también TV.
    Y prensa con el ABC Cultural de los sábados y el Babelia de EL PAÍS.

  13. jserna Says:

    Muy oportunas las observaciones de David P. Montesinos y aleskander62. Aún no he dicho nada de la serie. Ustedes me han hecho la caridad de indicar cosas la mar de interesantes.

    Es bien sabido: el pasado es un país extraño. Ese mundo tan reciente –la serie empieza cuando yo tengo un añito– es un lugar que nos resulta distante, con extravagancias y libertades que hoy son incocebibles. Con restricciones que ahora nos resultan insoportables.

  14. Alejandro Lillo Says:

    Voy viendo la serie poco a poco. Hasta ahora, y llevo tres capítulos, lo que más me ha llamado la atención es lo cercana y lejana que, al mismos tiempo, me resulta la serie. Es cierto que, como dice don Justo, “el pasado es un país extraño”, pero hay tantas cosas en esa serie tan parecidas a las de ahora… El nacimiento de la publicidad y el consumo de masas, , la aparición de esos tiburones que quieren comerse el mundo, las diferencias de clase… Mad Men narra de alguna forma el origen de nuestro mundo, de nuestra sociedad actual. En ese sentido es válida para analizar nuestro tiempo presente. Y sin embargo, viendo la serie sorprende constatar cómo hemos cambiado, cómo en relativamente poco tiempo, hemos dejado atrás unos usos y prácticas sociales y hemos transformado otros. ¿Recuerdan en el tercer capítulo la bofetada que un hombre le da al hijo de otro? Es otro mundo sí, que en muchos aspectos nos es ajeno, pero es el nuestro.

  15. Sigue... Says:

    Tres. O regresemos a los años sesenta. Lo sabemos bien: el pasado es un país extraño. Ese mundo tan reciente –la serie empieza cuando yo tengo un añito– nos resulta un lugar ajeno, distante: con extravagancias y libertades que hoy son inconcebibles; o con restricciones que ahora nos resultan insoportables.

    La historia que se nos cuenta desde el primer capítulo, la de Don Draper, es ciertamente terrible. Se mire por donde se mire. Hasta los mismos títulos de crédito ya anuncian el derribo de todo.

    Vemos cómo cae la oficina del protagonista y vemos la efigie sombreada de Draper precipitándose al vacío, entre rascacielos que reflejan el esplendor material de Norteamérica. ¿Qué atractivo puede tener una historia que predice un derrumbe? Sentimos angustia desde el primer plano.

    Pero las imágenes nos atraen por su rotundidad colorista, con ese tono pastel. Estamos en la época dorada de los baby-boomers. Estamos en el mejor momento de Frank Sinatra o en la cumbre de Doris Day. Estamos en los cincuenta prácticamente, cuando esos años aún imponen su estética sobre la década que empieza: la que encarna Grace Kelly, por ejemplo. Por su parte, los hombres viriles y urbanos fuman Lucky Strike.

    Siento una nostalgia insólita. El mundo de Madison Avenue era elegante, sí, con ese lujo norteamericano de moqueta y plástico, con esas grandes oficinas de diseño moderno que veíamos en las series de televisión. Éramos niños.

    Precisamente, un amigo que acaba de cumplir años me pregunta por eso, por la nostalgia. Me pregunta también por el efecto que me ocasionan estas celebraciones. “¿Los cumpleaños, me preguntas si me afectan los cumpleaños?” Yo no siento ninguna nostalgia de lo pasado, le respondo. No me hago ilusiones: únicamente me conmueven las impresiones de la música, de las películas, de ciertos libros.

    Por eso me inquieta la estética de esta serie. Me remite a una infancia fantasiosa, irreal, inalcanzable: la que soñaba viendo cine y televisión. Pensando en lo que este amigo me pregunta, le añado lo que decía un personaje de Julio Cortázar: cuando era niño o muy joven, yo me veía con una inmortalidad de cincuenta o sesenta años por vivir. Es decir, veía el final, pero aún lejanísimo. Así de inconsciente era uno: lo corriente, vaya. Ahora ya no veo el final: ya no hay inmortalidad alguna.

    También Mad Men trata de la inmortalidad. O de su reelaboración publicitaria. Y trata de identidades equívocas, de papeles fijos y establecidos que comienzan a confundirse.

  16. Sigue... Says:

    Cuatro. Lo formulo con interrogantes, unos pocos. No deben responderse, claro. Iré añadiendo más… No me pregunto por las influencias cinematográficas obvias de la serie, sino por los hechos que veo capítulo a capítulo.

    1. ¿Quién es ese Don Draper, siempre trajeado y bien rasurado? ¿Qué pasado esconde? ¿Lo sabe su esposa Betty? Todos tenemos un tiempo del que no queremos acordarnos, ¿pero con qué carga el protagonista? Conforme avancemos, averiguaremos que efectivamente tiene un pasado.

    Pero su vida se ha montado sobre una ficción: eso parecen decirnos los Opening Credits. De ahí que el porvenir real o temido del protagonista sea el derrumbe de la techumbre y los tabiques o la caída en picado. Muy metafórico. O muy real… Trabaja en Sterling Cooper, el cielo de Madison Avenue.

    2. El joven ejecutivo de cuentas, Pete Campbell, es un recién casado, tiene su mujercita y, como todas las parejas adineradas que vemos en la serie, la conserva en el hogar. Las chicas de clase alta no trabajan, viven en apartamentos lujosos que costean los padres o en suburbios distinguidos fuera de la ciudad.

    ¿Qué hace una mujer en esas circunstancias? ¿En qué consume sus horas aparte de cuidar de la prole? ¿Cómo gasta el tiempo Betty Draper? Lo veremos capítulo a capítulo. ¿Leerá La mística de la feminidad (1963), de Betty Friedam. ¿Quedará impresionada por Kennedy y su esposa? Eso sí, experimenta malestares psíquicos.

    3. ¿Para qué sirve un psicoanalista? ¿Alivia los malestares de sus pacientes? Cuando una mujer rica como Betty Draper acude a la consulta para destapar su inquietud, ¿qué cambios se producen en su interior? ¿Es reservado el psiquiatra con la información íntima que recibe? El secreto está en el centro de las relaciones familiares: los deseos insatisfechos, los adulterios.

    De ahí que Joan Holloway, la voluptuosa jefa de secretarias, sea una reina del saber profesional, del saber íntimo, del adulterio. Pero hay más. ¿Podrá ascender Peggy Olson, la secretaria de Draper? ¿A cambio de qué?

    4. Hablando de interiores: eso, los interiores, son materia de publicistas. Pasan el día en despachos lujosos y las poses que adoptan para la cámara son estudiadísimas y esculturales, como si fueran a perfilarse sus figuras, como si se supieran observados por un ojo indiscreto. Y son observados por los espectadores, que los vemos casi siempre en contrapicado. Se agrandan asi sus efigies. Distinguimos las luces cenitales de la oficina, ese microcosmos de rivalidades. ¿Por qué esa angulación de la cámara, los contrapicados? ¿Solo tienen un efecto estético?

    5. “Anunciar es hurgar en heridas abiertas”, recordábamos más arriba. El miedo y la ambición de los consumidores, la angustia y la hostilidad de los clientes. ¿Cuáles son el miedo, la ambición, la angustia y la hostilidad de los creativos?

    Fuman todo el tiempo, beben alcoholes de alta graduación que atemperan sus terrores y parecen ser conscientes de estar viviendo en una ficción, vistiendo trajes de buen paño, camisas impolutas, gafas que hoy llamaríamos vintage. El lujo los rodea. La prosperidad rebosa.

  17. Paco Fuster Says:

    La editorial Capitán Swing Libros acaba de publicar una extensa guía para entender “Mad Men”:

    http://www.capitanswinglibros.com/catalogo.php/mad-men-reyes-de-la-avda-madison

    Tengo un ejemplar en mi despacho, pero lo tiene en usufructo un compañero que me lo vió y estaba muy interesado en leerlo. Cuando haya acabado no tengo inconveniente en prestarlo a quien lo quiera leer (si alguien no puede esperar que lo compre: el otro día vi que hay ejemplares en la Casa del Libro).

    Aunque me genera mucha curiosidad, todavía no he visto nada de la serie; la investigación y su burocracia me lo impiden.

  18. Marisa Bou Says:

    Tampoco yo he visto nada, aún, de la serie que les -nos- ocupa. Aunque mis razones no son como las de Paco Fuster, burocráticas. Yo las llamaría, para mi caso, gansocráticas. Me explico: en momentos en los que se me acumulan tareas, con mayor o menor intensidad y esfuerzo, opto por las más tranquilas, por aquellas que me exigen menos.

    En estos momentos estoy ejerciendo de futura abuela, haciendo bordados para mi futuro nieto, trabajo éste que, aunque exige mucha atención, no ocasiona mucho gasto neuronal.

    Pero sigan ustedes, sigan, que yo les leo con mucho interés.

  19. Sigue... Says:

    Cinco. Muchos años después, la América prometedora, rica, materialista, falsa y neurótica ha cambiado. En la nueva serie de AMC, la productora de Mad Men, Estados Unidos ha sufrido algún cataclismo.

    En The Walkind Dead, el lugar está poblado de muertos vivientes, hambrientos, feroces, insensibles. Estamos en un medio rural. Ya no hay prosperidad, hay un derrumbe general del planeta, de la civilización, con unos pocos humanos que no han perecido. Un oficial de la policía local busca a su familia: debe dirigirse a Atlanta, en donde al parecer hay un campamento de supervivientes. Las ciudades están muertas, los coches detenidos o mal estacionados. Se acumulan cadáveres.

    ¿Y el orden, los sentimientos, las relaciones de los vivos? Todo ha de empezar de cero prácticamente. Ya no hay diferencias entre afroamericanos, hispanos, blancos o asiáticos. La supervivencia digna es lo que se impone. El poli, de raza blanca, ha estado en el hospital después de haber sido tiroteado: un coma. Ahora, al despertar (como en 28 días después) descubre qué ha sido del mundo. ¿Hay esperanza?

    Estéticamente, la serie es el contrapunto exacto de Mad Men. Aquella alegría consumista y cínica ha llevado, quién sabe por qué, a esta desolación: como un inmenso naufragio. Se presta a metáforas varias, desde luego, pero lo primero que debe contársenos es una historia verosímil, terrorífica o cautivadora. El Apocalipsis ha tenido lugar, o eso parece. América ha de empezar de nuevo.

  20. Leda Says:

    Interesante la visión de “The Walking Dead” como contrapunto de “Mad Men”, como metáfora de “aquella alegría consumista” que lleva a la “desolación”.
    Nunca lo pensé así.

  21. Sigue... Says:

    “… Nadie fuma.

    El poli avanza con coche. Se queda sin gasolina. Lo reemplaza por una bestia: marcha a lomos de un caballo, como un llanero solitario. Su figura se yergue enhiesta. Se ha desprendido de sus ropas andrajosas y se ha vuelto a poner su uniforme de patrullero. Así llega a la gran ciudad. Atrás ha dejado a una familia de afroamericanos que le han salvado. ¿Qué se encuentra en aquella población cuyos rascacielos ahora divisamos?

    Continuará…”

  22. jserna Says:

    Leda, usted sabe que de una historia concreta, bien real, se puede sacar enseñanza, o lección, o metáfora. Veo el contrapunto entre ambas series, aunque por supuesto el motivo de la productora no sea hacer tal cosa. Pero nosotros, como espectadores, podemos descubrir extrañas coincidencias, aparejamientos insólitos. Hablo habiendo visto únicamente dos capítulos de ‘The Walking Dead’.

    Saludos.

  23. Isabel Zarzuela Says:

    Pues parece que la Sexta fue líder de audiencia ayer con el estreno de “The Walking Dead”.

    Aunque en casa no tuvo la misma acogida, debo decir que me lo pasé bien, que me entretuve y que experimenté “miedo”. Un miedo relativo, claro, ya conocido y aminorado: reminiscencias del miedo que pasaba en mi infancia cuando veía películas de zombies. Tiene imágenes buenas y estremecedoras: esa soledad del protagonista en una ciudad aparentemente desierta o el deambular de esa zombie negra con la mirada perdida que aparece en el primer capítulo… Y bueno, aunque patine un poquito el guión, tienen una historia que contar en medio de tanta desolación (o a propósito de ella).

    Es una serie entretenida. El próximo martes volveré a verla.

  24. jserna Says:

    Si me permite, sra. Zarzuela, no veo igual ‘Mad Men’ y ‘The Walking Dead’. En casa nos administramos dos capítulos diarios de la serie de Don Draper. Por su parte, La Sexta programó dos capítulos de zombies el día de su estreno.

    Con ‘Mad Men’ hay algo adictivo: uno quiere saber más, averiguar qué hay detrás de cada uno de los personajes. Tienen pasado y a la vez suelen ser insoportables. Además, están llenos de averías. Hoy, por ejemplo, he visto los capítulos 7 y 8: “Devolviendo el gospe” y “El capítulo del vagabundo”. Fiuuu: los tipos siguen siendo odiosos y a la vez resultan atractivos, seguros, propiamente viriles. ¿Y las chicas? Las chicas, que presuntamente aceptan el predominio masculino, quieren ser felices, pero quieren también ascender, dominar. Lo que me incomoda de ‘Mad Men’ es el subrayado de las actuaciones: cuando fuman, las caladas son profundas; cuando beben, los tragos son enormes. Tiene algo de caricaturesco ese énfasis continuo.

    Para una prescripción diaria, dos capítulos de ‘The Walking Dead’ son más que suficientes: al segundo ya te estás preguntando si no tendrás un empacho. Sin embargo, de repente, en algún rincón de ese capítulo segundo aparece una imagen que lo salva. Por ejemplo, un plano a vista de pájaro en el que vemos a los zombies comiendo los restos de un caballo muerto: es como una colonia de insectos voraces, o de hormigas.

    ¿Es mejor ‘Mad Men’? El cine de zombies ha sido frecuentemente grotesco (recuerde ‘La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero). Además se presta a metáforas obvias. En ‘Mad Men’ también sería fácil decir que los zombies son esos ejecutivos que sobreviven a su propia mentira vital. No sé…

    Haré como usted: el martes que viene volveré a ver ‘The Walking Dead’. Ese poli ha de refundar América, es decir, el mundo. Yo no me pierdo ese acto tan patriótico: todo un reto si tenemos en cuenta que el oficial ha de hacer tal cosa rodeado por una población en la que son mayoría los muertos vivientes.


  25. [...] Actualizados : Lo que sé de Lucky Strike La política: uno, dos, tres… ¿La España [...]

  26. Leda Says:

    Los personajes de ‘Mad Men’ pretenden ahogar un malestar que proviene de dentro, de su interior, por eso “cuando fuman, las caladas son profundas; cuando beben, los tragos son enormes”. En ‘The Walking Dead’, el malestar viene de fuera.

  27. Freud? Says:

    “Malestar” y zombis? Jojojojo. Ya vale que aqui hay mucho psicoanalismo. Freud no aguanta el bla-bla-bla ni el cha-cha-cha.

    Hala adios.

  28. aleskander62 Says:

    Bueno, en cuanto a TV, os recomiendo -además de Mad Men-, Dos metros bajo tierra, Dexter, Chicas Gilmore y Los Tudor.
    Aparte, en cine, El río de Jean Renoir, gran película.
    También Tamara Drew de Stephen Frears en cuanto a las más recientes.
    El sueño del celta no está mal -ahora en literatura- aunque me emocionó mucho más La noche de los tiempos de Muñoz Molina.
    Y en cuanto a música, sigo pensando que los grandes del rock son Led Zeppelin, Joy Division, Depeche Mode, Pink Floyd y Big Soul.
    Claro, después de los clásicos: Handel, Schumann, Bach, Brahms …


  29. [...] motivado para este tema: sigo viendo privadamente Mad Men y la verdad es que me ha hecho evocar la tele de los sesenta. Hablaré de series y hablaré con [...]


  30. [...] Justo Serna, Lo que sé de Lucky Strike, Los archivos de JS, 11 de enero de 2011 [...]


  31. [...] JS, “Lo que sé de Lucky Strike”, Los archivos de JS, 11 de enero de 2011 [...]


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