La República

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En enero de 2013 en la sección ‘Enfoque’, de Abc (o ABC, como dicen los puristas) leí Bestiarioun artículo de Esperanza Aguirre. Lo glosé en el Bestiario español. Semblanzas contemporáneas​ (Madrid, Huerga & Fierro, 2014).

Ahora vuelvo sobre ello ¿Su título? “La República”. La autora, que firma como presidenta del PP de Madrid, critica a quienes hoy en día exhiben banderas tricolores: la enseña de la II República española.

No sé. Yo, que jamás exhibo bandera alguna, me sorprende su malestar. Entiendo que quienes tienen seguras y firmes sus pertenencias nacionales saquen pendones. Los estandartes servían para distinguir a las tropas frente al enemigo. Por eso, en un mundo de Estados-nación supongo que los naturales harán ondear las enseñas.

No me verán jamás en esa circunstancia. Como mínimo, es una lata. Para mí. Yo nunca he querido significarme en este sentido: no por mantenerme a buen recaudo, sino porque me molesta la ostentación de símbolos, sean locales o universales. ¿Por qué? ¿Acaso por falta de sentimientos? No. Como decía Jessica Rabbit, no soy malo; es que me dibujaron así…

988516_10205937773143985_4422101069418198361_nAdmite Esperanza Aguirre que le preocupa y que le entristece “ver el entusiasmo, no sé si ingenuo o malvado, con que se exhibe la bandera que simboliza uno de los periodos más nefastos de nuestra Historia, en el que se enconaron los odios, se despreció al adversario político hasta llegar a su eliminación física y las libertades estuvieron constantemente amenazadas”. Vamos a analizar esta afirmación.

Hemos de admitir que la II República española acabó mal. ¿Por qué? Entre otras cosas, por la tensión, por la crispación entre partidos, por el repudio del otro. Y por el Alzamiento Nacional, que fracasó y se prolongó como guerra… De todos modos, no era un problema exclusiva o estrictamente republicano. Era un dislate español y circunstancial: los años treinta son un período de gran violencia en Europa. Julián Casanova​ lo ha analizado con rigor y pasión.

Además, en la España de esas fechas, la cultura política era prácticamente inexistente. ¿A quién se le había enseñado qué era la democracia? ¿Cuál era la experiencia española del parlamentarismo y del sistema de partidos? Por abreviar: el turno de las organizaciones dinásticas y los encasillados, la oligarquía y el caciquismo.

La República no fracasó. Lo que fracasó fue la experiencia parlamentaria española tras un siglo de sectarismo. Y fracasó también la tradición institucional: en una sociedad de clientelismo y patronazgo, el respeto democrático es impensable. Pero hay más.

Si la República fue uno de los regímenes más nefastos, según Esperanza Aguirre, ¿qué podríamos decir de la Monarquía borbónica? Los siglos XIX y XX son la confirmación del gran fracaso dinástico y modernizador de los soberanos españoles. La Corona se rodeó en el Ochocientos y en el Novecientos de una Corte de negociantes, aduladores, curas, monjas: vamos, la Corte de los Milagros. Qué le vamos a hacer.

Además, por culpa de los problemas dinásticos y por otros factores sociales, la España decimonónica fue una sucesión de violencias. ¿Sangre? ¿Quieren sangre? Pues empiecen con 1808 y sigan con las Guerras Carlistas. Alguna responsabilidad tuvieron los reyes, ¿no? Tanto Fernando VII, como Isabel II, como Alfonso XII, como Alfonso XIII fueron calamitosos.

Yo no ondearé la enseña republicana, pero cuando cualquiera de ustedes empuñe el mástil de la bandera bicolor piense un instante en los Borbones del pasado. Y mira que me duele decir esto… No soy bueno; es que me dibujaron así.

O, como dice Miguel Catalán en su libro La ventana invertida (Gijón, Trea, 2014), “que la dinastía borbónica siga reinando en España después de tres siglos de venalidad y francachelas es un argumento de peso para considerar si después de todo Dios no estará realmente de su parte”.

Yo no sé si soy republicano.

Soy accidentalista… Pero ateo, lo que se dice ateo, sí que lo soy. Si anda por algún lado, está claro que Dios está de su parte.

Viva la democracia

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Sí, viva la democracia. Me dirijo a usted para que la haga suya: para que la viva. No aludo a asambleísmos o a decisiones colectivas y directas. Me refiero a saber respetar OrtegayGassetal otro, a saber dialogar, a saber pactar. Contrariamente a lo que sostenía Carl Schmitt en El concepto de lo político (1932), la vida política no puede, no debe cimentarse en amigos y enemigos. Debe fundamentarse en la controversia civilizada, sabiendo todos que la propaganda forma parte de la persuasión; sabiendo todos que la caverna nos hace ver sombras… No te puedo sofocar, no te puedo aplastar, no te puedo exterminar, no te puedo callar.

“La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal”, decía José Ortega y Gasset en un párrafo memorable de La rebelión de las masas (1929). Vale decir, la forma más sofisticada, la técnica más compleja de funcionamiento social es el sistema democrático porque hace convivir a los diferentes, a los que piensan distinto, a los que se contrarían. Lejos de eliminar las tensiones, la democracia reconoce los conflictos, conflictos de intereses o de opinión, y les da un cauce de expresión.

“Ella lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es prototipo de la acción indirecta…”, añadía Ortega. Contar con el prójimo, pero no porque piense igual que nosotros, sino porque sostiene cosas diferentes, porque sus juicios, por muy equivocados que puedan estar, expresan puntos de vista que sería una pérdida eliminar.

“El liberalismo es el principio de derecho político según el cual el Poder público, no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo y procura, aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría”, insistía Ortega.

Resulta difícil esta autolimitación, entre otras cosas porque los recursos institucionales o policiales de ese Estado podrían aplicarse con gran eficacia para acallar a quienes incordian o molestan y no sólo a quienes amenazan o mienten con el afán de destruir. Es decir, entre la inacción (el todo vale en virtud de la libertad de expresión) y el intervencionismo que fiscaliza, controla, limita, persigue la disensión, sólo hay un trecho corto, y la tendencia de los poderes es a usar aquello que más a mano tienen: la represión.

Por eso, añade Ortega, la democracia es un marco en el que se hace explícita “la suprema generosidad”. En ella se pregona “el derecho que la mayoría otorga a las minorías y es, por tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo; más aún, con el enemigo débil”.

La generosidad suprema no es la que se da con el igual o con el afín, con el adherente o con el próximo, sino con el distante, con aquel con quien no nos une o no compartimos casi nada. Según admite Ortega inmediatamente, “era inverosímil que la especie humana hubiese llegado a una cosa tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural” como es la democracia liberal. Aceptar la pluralidad de intereses, admitir la legitimidad de los conflictos y de las opiniones diversas es un logro civilizado, lo que no significa que esos juicios que nos son contrarios debamos aceptarlos sin más para silenciar los nuestros.

Lo bonito de la democracia es dar visibilidad legal a esos conflictos y sobre todo excluir la violencia. ¿Y qué es lo civilizado? “La barbarie es ausencia de normas y de posible apelación”. Y lo civilizado se mide por la mayor o menor precisión de las normas. En efecto, se mide por la densidad normativa de la sociedad y del sistema político. Eso no quiere decir que el Estado deba regularlo todo, sino que debe crear un espacio jurídico en el que no haya lugar a la improvisación o a la arbitrariedad, un ámbito o dominio en el que todos sepan a qué atenerse y en el que la vulneración de esas normas bien fijadas y claras tenga la respuesta institucional prevista.

Simple, ¿verdad? Pues es lo mejor que hay. Pero para eso hay que leer, formarse, curtirse, educarse. ¿Nos ponemos a ello?

Fantasmas

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Hoy he releído El fantasma de Canterville.

DSCN2310No puedo añadir gran cosa. No puedo añadir gran cosa a lo que me sugirió la primera relectura. Pero no quiero dejar de transmitir mi entusiasmo por una obrita maravillosa que nada tiene que ver con el volumen que me tiene ocupado. ¿Volumen, qué volumen?

¿El que vamos a publicar Alejandro Lillo​ y yo sobre monstruos del Novecientos? No. ¿El que completo sobre otro monstruo del siglo XX, Francisco Franco, muerto hace cuarenta años…? No. Tampoco.

Releo la obra de Oscar Wilde. Ojalá pudiera decir: anoche soñé que regresaba a Canterville… No puedo, pero he regresado, sí.

“Cuando el señor Hiram B. Otis, ministro de Estados Unidos, compró el castillo de Canterville, todos seguraron que cometía una estupidez, puesto que aquella finca estaba embrujada.

“El mismo lord Canterville, que era un caballero escrupuloso y honrado, se creyó obligado a prevenir al señor Otis cuando trataron del precio:

“–Incluso nosotros –dijo lord Canterville– nos hemos abstenido de vivir allí desde la época de mi tía abuela, la duquesa viuda de Bolton, que contrajo una dolencia nerviosa causada por el terror que sintió una noche en el castillo.

“Dos manos de esqueleto se posaban sobre sus hombros, mientras se vestía para la la cena. Es mi deber advertirle que el fantasma ha sido visto por varios miembros de mi familia todavía vivos y por el párroco del pueblo, el padre Augusto Dampier, agregado del King’s College de Cambridge.

“Después del lamentable accidente que le ocurrió a la duquesa, ninguno de los criados quiso permanecer en la casa, y lady Canterville comenzó a pasarse las noches en vela, oyendo ruidos misteriosos en la galería y en la biblioteca.

“–Compraré la finca y el fantasma por el mismo precio, milord –contestó el ministro–. Venimos de un país en donde podemos tener todo cuanto proporciona el dinero.

“Como nuestros jóvenes son muy despiertos y recorren el viejo continente quitándoles a los europeos sus mejores actrices y cantantes, creo que si queda un fantasma auténtico en Europa vendrán a buscarlo para exhibirlo en uno de nuestros museos públicos, para mostrarlo como un fenómeno de barraca de feria”.

El pasaje que precede es el principio de El fantasma de Canterville, una novela breve que Oscar Wilde publicó en 1887. La releo –ahora ya por tercera vez– en la versión de Mario Lacruz, recientemente recuperada por la editorial Funambulista. ¿Es un relato gótico? ¿Es propiamente una novela de fantasmas?

Como indica su título trata de espectros, de aparecidos, sí. Trata de un ser que penosamente sobrevive o malvive desde 1584. Desde 1584. Nada menos. Penoso. ¿Ustedes se imaginan?

Estamos a finales del siglo XIX y, por tanto, el fantasma lleva mucho tiempo haciéndose presente, manifiesto: asomándose en el momento en que va a ocurrir una desgracia, una defunción en la familia propietaria del castillo.

Desde luego es para pensárselo: quiero decir, es para pensarse la compra de una heredad cuyos habitantes se ven periódicamente trastornados por esa fantasmal presencia, unas apariciones que certifican y confirman una desgracia doméstica, una predicción o su misma causa.

La respuesta del comprador, Hiram B. Otis, de espíritu tan práctico y estadounidense, no ofrece dudas: ¿me dice, milord, que cada vez que alguien enferma y muere se hace presente el fantasma? Bueno, igual hacen los médicos de cabecera, Lord Canterville.

“Los fantasmas no existen”, aclara el ministro norteamericano, “y supongo que las leyes de la Naturaleza no hacen una excepción con respecto a la aristocracia inglesa”.

Es curioso: años después, hacia 1897, Drácula, el viejo noble feudal que arrastra siglos de penosa vida viaja a Inglaterra para comprar fincas: tierras e inmuebles que habrán de convertirle en un hacendado. Se desplaza al centro del Imperio, al núcleo del capitalismo industrial, comercial, inmobiliario. Los fines están claros: apoderarse del fluido vital de la Gran Bretaña. De Alejandro Lillo esperamos una tesis grandiosa sobre el Conde.

En cambio, en la novela de Oscar Wilde, son los estadounidenses los que llegan para adueñarse no sólo de sus viejos castillos, sino también de los bienes inmateriales, de esas propiedades intangibles que son sus fantasmas: en realidad, para arrebatarles incluso el pasado que es su gloria y mayor pertenencia. Pasado y heredad son la rúbrica de una nación poderosa.

La obra de Wilde no es exactamente terrorífica, sino humorística, con esa melancolía algo triste de quien ve mudar el mundo y sus certidumbres más arraigadas. Es lo que nos pasa a nosotros. No hay manera de entender el curso del devenir.

“El tema de ‘El fantasma de Canterville’ pertenece a la novela gótica, pero, afortunadamente para el lector, el tratamiento no lo es. En este divertido relato, los americanos no toman en serio al fantasma, y ni los lectores ni Wilde toman en serio a los americanos”, dice Jorge Luis Borges en uno de sus prólogos prodigiosos.

La obra es una mezcla de sátira y farsa, con esa elegancia de la que es y será capaz el autor de El retrato de Dorian Gray (1890) o La importancia de llamarse Ernesto (1895).

La imagen que Wilde da de los norteamericanos es ambivalente, claro. Por un lado son gente de gran sentido pragmático (como ocurre con el personaje estadounidense de Drácula). Por otro son individuos que achatan la egregia solera inglesa.

Como había escrito Wilde en sus Impresiones de Yanquilandia (1881), quizá no sean elegantes, pero qué cómodamente visten los estadounidenses; quizá carezcan de la suave indolencia británica, pero qué ajetreo tan desenvuelto; quizá no tengan el silencio milenario de las ruinas europeas, pero que ruido tan industrioso; quizá no dispongan del primor histórico o estético de Oxford o Cambridge, pero qué belleza imprevista hay por muchos parajes americanos.

Todo tiene una insólita, una imponente grandeza, con ese horizonte, con ese Oeste que nunca acaba de alcanzarse. Ah, el vagón movido por una máquina de vapor que avanza y avanza eficazmente, sin poesía. El volumen de las cosas es su canon de belleza y la altura de las construcciones, su patrón de excelencia, añade Wilde.

¿Previsible lo que dice el escritor? Hay que tener en cuenta que Wilde viaja por Estados Unidos en 1881. Por tanto, sus impresiones son tempranas y describen con precisión muy satírica y elegante lo que es Norteamérica. En estas circunstancias, con naturales de esa índole, ¿qué puede sucederle a un fantasma, a ese espectro de Canterville que cae en manos de los estadounidenses?

Pronto estará chasqueado, abatido: desconsideradamente tratado, ya no puede deprimirse más. Se ve víctima de la mala educación de los muchachos americanos y del burdo materialismo de Hiram B. Otis. Se decepciona, en fin, pues ya no vale para impresionar, para atemorizar a la familia yanqui, que vive imperturbable en la vieja residencia señorial.

¿Tantos siglos de culpa para esto? “Hace trescientos años que no duermo y me encuentro muy fatigado”, admite pronto ante Virginia, la joven norteamericana. Y lo necesita, vaya si lo necesita: reposar blandamente abandonando toda esperanza. ¿Esperanza, un fantasma?

En realidad, es otra cosa lo que precisa: “no saber que existe el ayer ni el mañana… Olvidar el tiempo y la vida, yacer en paz… Usted podría ayudarme”. ¿Es posible lo que estamos leyendo? ¿Un fantasma pidiendo ayuda a una jovencita?

Ojalá lo consiga. Visto de lejos, un fantasma da miedo, señala Wilde; de cerca…, de cerca nos provoca una gran compasión.

Un abrazo.

Antonio Muñoz Molina. Juventud y tradición

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Desde que empezó como joven novelista, Antonio Muñoz Molina postuló la búsqueda de la tradición como libertad y tarea, como reconstrucción y responsabilidad del escritor español.

El propio autor jiennense lo ha defendido en uno de los ensayos que se recogen en Pura alegría. (1998). Ese texto, que certifica el logro del autor, lleva por significativo título el de “La invención de un pasado” y fue pronunciado como conferencia años atrás, en 1993, en la Universidad de Harvard.

Lo que venía a decirles a quienes formaban parte de aquel auditorio era bien simple, pero a la vez importante. España, la España contemporánea, ha sufrido una fractura histórica profundísima, la de la Guerra Civil, la de la represión franquista y el exilio. Con ser importante e insoportable, no se trata sólo de la persecución política; se trata también de una catástrofe cultural, un cataclismo de la civilización hispana.

“La victoria franquista en la guerra civil”, insiste, “no sólo abolió (…) nuestro derecho al porvenir, sino también nuestro derecho al pasado” al deteriorar las tradiciones propias de lo hispano, al manchar con fascismo y autoritarismo ultramontano, católico y agropecuario, la noción misma de lo español y al extirpar la filiación republicana, civil, del liberalismo hispánico.

11081405_10205752283026848_6494794077921875603_nCuando Antonio Muñoz Molina se iniciaba en el mundo de la novela y de las letras, cuando comenzaba a aventurarse entre libros y entre tradiciones, la cultura española estaba saqueada por el casticismo, por el pintoresquismo y por lo atávico, lo rancio y lo clerical.

Era bastante común pensar lo atávico, lo rancio y lo clerical como materia prima de lo hispánico y se asociaban con una manera excluyente de vivir lo español. Había una manipulación obvia por parte de la dictadura, pero por parte de la oposición y de la izquierda había también un modo ignaro y huérfano de aceptar la propia tradición republicana y liberal.

La ventaja paradójica de esa orfandad fue la de recrear imaginativamente el propio mundo de referencias cultas, de mezclar lo foráneo y lo local con una audacia que no constriñe ortodoxia alguna; pero la ignorancia y la falta de raíces implicaron también el riesgo de perseguir lo evidente o de repetir incompetentemente lo que ya existía.

Cuando Muñoz Molina ingresaba joven en la Academia a mediados de los 90, sancionando un éxito y un reconocimiento generacional, sobrepasaba los cuarenta, es decir, ya no era joven ni física ni sociológicamente.

Los analistas sociales que se ocupan de este asunto destacan que la pérdida de la juventud es un dato objetivo que no tiene que ver con las arrugas con que está roturado nuestro rostro. Tiene que ver con la asunción sucesiva o simultánea de responsabilidades laborales, matrimoniales, residenciales y de parentesco.

Es curioso: en esta sociedad podemos dejar de ser jóvenes sociológicamente hablando muy pronto, si nuestra inserción cumple con estos cuatro requisitos; pero esa misma sociedad es la que nos seduce con la eterna lozanía a pesar de los cuarenta, de los cincuenta, con la obstinación fáustica de la edad, con la superstición de su valor incontestable.

Hasta hace menos de un siglo, dejar de ser joven era el alivio de una carencia, la reparación de una falta. La juventud como categoría o etapa sustantiva sólo es un hallazgo reciente, un descubrimiento occidental que se da y que se extiende justamente cuando Antonio Muñoz Molina era un niño, es decir, a finales de los años 50, con la difusión de la cultura del rock. Algo de esto decimos Alejandro Lillo​ y yo en Young Americans (Madrid, Punto de Vista Editores​, 2014).

Por el contrario, hace un siglo, rebasar esa frontera de los cuarenta era ingresar en un tiempo objetivamente próximo a la muerte: una existencia larga no era esperanza unánime, la supervivencia infantil era escasa y las enfermedades o la miseria diezmaban la salud de quienes llegaban a la edad adulta o le arrebatan la vida antes de ver cumplida esa meta.

Los daguerrotipos y los retratos del Ochocientos nos devuelven la efigie severa de señores con cuarenta años que comparten largas patillas de hacha, un aspecto triste, ceniciento y patriarcal, poses incómodas y levitas apagadas. Un siglo y pico después, la mejora de las condiciones de vida, la aparición de la juventud como valor positivo y no como carencia a resolver, la seducción del cuerpo satinado, saludable o atlético y la creencia común de que podemos mantener el vigor indesmayable después de los cuarenta nos hacen caer en el espejismo de la adolescencia perpetua.

Pero son justamente los jóvenes de hoy los que no se engañan. Saben que quien alcanza la cuarentena ya no es de los suyos, aunque aquél niegue con farmacopea, obstinación y coquetería las injurias del tiempo o los primeros achaques de los años. Esos mismos cuarentones o cincuentones suelen descubrir un dato común, inapelable, que todos ellos comparten: los más jóvenes ya no les tutean, puesto que les ven más próximos a la generación de los padres. Son la generación de los padres.

Como señalo en Antonio Muñoz Molina. El tiempo en nuestras manos​ (Madrid, Fórcola Ediciones​, 2014), la juventud es una vibración y una observación que se descubre con el habla, con la escritura, con la capacidad de imaginar mundos posibles. Justamente lo que el novelista viene habiendo desde hace décadas. Por eso se mantiene tan joven…

¿Como en casa, ni hablar?

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Todo un reto es el que se plantea Manuel Rico​ en su último libro digital: dar pie a la literatura viajera, dar acogida a la palabra nómada. Yo no he podido leer aún este volumen que publica Punto de Vista Editores​. Espero reparar pronto esta falta.

imagePero ya me imagino transportado a parajes bellos, salvajes o inhóspitos, a ciudades distantes y distintas. Me tengo por persona sedentaria, aunque no hasta el punto de detestar los viajes y a los exploradores, según confesaba el antropólogo Claude Lévi-Strauss.

Seré sedentario, lo admito, pero en cuanto inicio un viaje siento un placer irreprimible. Bien es verdad que me desplazo como turista. Eso significa llevar un periplo definido, un itinerario marcado. Pero es así como solemos movernos hoy en día, haciendo turismo. Viajamos a destinos familiares y en grupo.

Todo empezó con el Grand Tour, cuando los burgueses y nobles septentrionales bajaban al Sur para así captar la vida, el sol, lo rústico y lo primitivo. Y se consumó con la epopeya de Thomas Cook, aquel avispado ‘touroperador’ (‘avant la lettre’) que organizara visitas multitudinarias a la Exposición Universal de Londres de 1851.

Pero lo significativo no es el viaje, algo tan remoto como el hombre, sino el registro de esos desplazamientos. Alguien dotado, un letraherido, observa y anota; se sorprende, se admira, y consigna por escrito lo que descubre o confirma.

¿Como en casa, ni hablar? No, no. Como fuera de casa, ni hablar. Ahora bien, hay que tener cuidado ahí fuera. Vacunarse, protegerse, establecer un cordón sanitario. Pero hay que romper las barreras perceptivas, las excesivas familiaridades, los prejuicios.

Contra nuestra creencia más arraigada, el ser humano es menos sedentario que viajero. No le agrada permanecer mucho tiempo en el mismo sitio. O se desplaza físicamente o lee a los viajeros que osaron salir de la aldea. Con ese escrito, leído u oralmente relatado, los nativos se sorprenden corroborando la audacia de quien emigró.

¿Y por qué viajamos? Las razones son múltiples. Desde el ostracismo hasta el placer. La que más me conmueve es la que detalló Mario Vargas Llosa en su obra El hablador (1987).

Los machiguenga, una tribu amazónica, no arraigan: tienen la firme sospecha de que si se detienen el firmamento les caerá encima. No ven el cielo abierto, una posibilidad. Ven un masa de nubes que les aplastará si acampan indefinidamente.

Nosotros somos ya como los machiguenga: no paramos de viajar. Turistas, internautas. Etcétera. Tenemos la sospecha cierta de que el hogar y sus terminales son nuestro nicho ecológico.

Hay que asomarse al exterior. Estoy seguro de que con el libro digital de Manuel Rico emprenderé un viaje literario al más acá. Sin abandonar mi nicho y sus terminales.

Franco. La tromboflebitis

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El Caudillo muere en la madrugada del 20 de noviembre de 1975. España entera estaba expectante. Unos por adhesión; otros por repulsa y animadversión. La fórmula “Españoles, Franco ha muerto” es un cliché periodístico que ya estaba previsto de antemano: tal era la descomposición del Régimen y, por ende, de su máximo dirigente.

Desde tiempo atrás se le ve un cuerpo exangüe, exámine y, la verdad, da lástima: provoca la piedad que todo humano nos inspira al margen de la ojeriza que le profesemos. l es un organismo vencido, huesos y piel. image“Españoles, Franco ha muerto”, que será frase mil veces repetida, era literalmente una descripción de hechos que se anticipaba o se esperaba al menos desde 1974.

En aquel verano anterior a su fallecimiento –insisto, en 1974–, el Generalísimo padece una tromboflebitis (patología gravísima cuya existencia y cuya consecuencia muchos descubrimos por entonces). Es una tromboflebitis al parecer agravada por las muchas horas que el Caudillo ha pasado inmóvil en silla baja frente al televisor viendo los partidos de la fase final del Campenato Mundial de Fútbol.

Parte de este cotilleo lo reproduce Paul Preston y es muy significativo. El doctor Ramiro Rivera, primer encargado de su hospitalización, revela este extremo, que a su vez insiste en el Parkinson que aqueja al Jefe del Estado. Entre riesgo y gravedad, el galeno se pronuncia por el riesgo, hay riesgo…, cada vez menor conforme transcurra la hospitalización en el Gregorio Marañón. Tiene náuseas, vomita coágulos de sangre y muestra una gran inexpresividad.

Los ministros, dice el Dr. Rivera, creen que Franco agoniza. No es así, aunque la pierna del trombo aparezca nuevamente hinchada, caliente. Resulta evidente que se ha producido una retrombosis y que hay un riesgo cierto de embolia pulmonar. El yernísimo, Dr. Martínez-Bordiú, se opone a cualquier intervención quirúrgica, algo temible en un enfermo tan dañado que en ese momento sólo se expresa con monosílabos. ¿Aceptará el Príncipe la transmisión temporal de poderes? Franco saldrá del hospital como había entrado o incluso mejor, nos dice Ramiro Rivera: con su enfermedad de Parkinson y con su decrepitud.

Desde que envejece, el Generalísimo es un adicto a la pequeña pantalla. Es de gustos sencillos y la televisión le ofrece un mundo ordenado, sometido a horario y calendario, una fantasía paralítica (como era la España ideada por el Franquismo terminal). El régimen recula y se coagula. Para esas fechas, el General tiene una pésima circulación. El corazón del Estado bombea mal y poco irriga, apenas ciertas terminales. La analogía no es una metáfora arbitraria.

Así como hay dictadores que mueren víctimas de la violencia colectiva, tiranos que caen tras un levantamiento en el que los más audaces cuelgan sus cadáveres boca abajo expuestos al escarnio público, en Franco su final es típicamente sedentario y rutinario: ya pocas cosas fluyen. Vive rodeado de los suyos, de su familia sanguínea y política que vigila el fin irreparable, sin que el desorden del mundo altere sustancialmente su estado decrépito.

El mal de la tromboflebitis se agravará, mal del que el dictador no llega a recuperarse enteramente, una enfermedad que se multiplica con distintas complicaciones circulatorias y respiratorias. Es una ignominia, una última derrota, para quienes se oponen al Caudillo. Al fin y a la postre, el Generalísimo muere en la cama, en la cama de un hospital: eso sí, sometido a vejámenes médicos y a asistencias inútiles. Es la enfermedad y su estado terminal los que vencen al dictador.

Me recuerdo nervioso en el pueblo de mi padre, en Salinas del Manzano. En la Serranía de Cuenca. Estamos en agosto de 1974…, y recuerdo al hermano de un tío mío. Es un guardia civil retirado, sintoniza la emisora cada dos por tres. Radio Nacional. Para escuchar las novedades de El Parte. Su actitud es una mezcla de resignación, fatalidad y pena. Y un puntico de esperanza. Tiene razón. Don Francisco Franco logrará remontar la gravedad. Con esa mejoría transitoria, los enemigos de España vuelven a sus reductos, anuncia la televisión. Pero esa expectativa, la eternidad del Régimen, sólo durará meses…

Extracto de Serna, Justo, Españoles, Franco ha muerto.  Madrid, Punto de Vista Editores, 2014 (en prensa).

Semana Santa. Me siento culpable

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imageSiempre he querido tener unas palabritas con Dios, un encuentro de tú a tú para decirle lo que de niño no pude… por falta de arrestos. Y también por el miedo que pasaba en Semana Santa y a lo largo del año. Supongo que no era un temor exclusivamente mío.

El catolicismo obligatorio era uno de los misterios de la creación, por decirlo con palabras bíblicas. Y era el principal nutriente ideológico de una dictadura beata y cruel.

Cuando era un muchachito leía las Sagradas Escrituras con unción y con fruición: por la dicha que aquellas páginas me procuraban y a la vez sintiéndome culpable por la felicidad muy materialista y carnal que experimentaba. Había escenas sicalípticas y batallas cruentas, combates cuerpo a cuerpo y movimientos de masas. Pura lascivia.

Había soledades y penalidades, pero sobre todo había el mito hecho relato, narración inacabable: el origen, la moralidad, el pecado, la muerte.

Había la literalidad, pero había también lo figurado: esa hermenéutica infantil, esa interpretación fantasiosa, a lo que yo me aplicaba para sacar provecho y lección de aquellas enseñanzas.

La cinematografía sagrada de Semana Santa multiplicaba las consecuencias de mis lecturas. Por eso, al poner rostro a los personajes bíblicos, películas como ‘Los diez mandamientos’ confirmaban lo que aprendía: me provocaban un efecto de realidad y, por supuesto, de temor.

Pero regresemos a la letra… Aquellas páginas las leía siempre: preferentemente las del Viejo Testamento, admirándome de la variedad de etnias que poblaban la antigüedad bíblica. Las leía sin parar quizá porque, en la biblioteca exigua que mi padre había conseguido reunir, las Escrituras ocupaban un lugar destacado y bien visible: la mirada siempre reparaba en aquella encuadernación severa de las Ediciones Paulinas, en lomo de piel simulada.

Conservo aquel volumen. O, mejor, lo conservaba hasta hace poco tiempo: ahora no siempre lo encuentro entre los anaqueles de mi biblioteca confusa, urgente. Me siento culpable.

Debo recuperarlo para volver a releer el Antiguo Testamento, el gran relato de la tradición, esa suma de textos en que aparecen pueblos escogidos e indómitos que se recuperan tras fracasos reiterados, tras siglos de postración, malvados temibles que amenazan la fortuna y el patrimonio de los buenos, santos que son ejemplo de piedad y recogimiento.

Pero sobre todo debo recuperarlo para volver a oír la palabra de Dios, ese ser distante y rigurosísimo que tanta desazón nos causaba a los adolescentes. Es un decir, vaya.

En aquellas páginas, siempre me angustiaba la Providencia, omnisciente y omnipotente. Los creyentes de entonces temíamos, en efecto, la imagen imponente de aquel Dios severo y vigilante que imponía penas y penitencias a unos devotos pecadores, algo muelles. Siempre me sorprendía con el pie cambiado, con el pecado cometido; siempre con tentaciones invencibles.

En mi ejemplar de las Ediciones Paulinas había unas pocas fotografías bíblicas: sí, fotografías de los años sesenta –calculo– en las que quedaban retratados israelíes, palestinos, campesinos, artesanos, o en las que se mostraban parajes desérticos y oasis fertilísimos. O eso recuerdo. Era un modo de ilustrar la lectura piadosa en un mundo actualísimo, vertiginoso.

El efecto que me provocaban aquellas imágenes era el de permanencia, vigencia: en Tierra Santa, los tipos humanos y los paisajes seguían siendo los mismos que miles de años atrás. Eso quería decir algo… Eso sí, de quien no había fotografía era de Dios, claro: una ausencia que aumentaba su enigmático poder para mi imaginación.

Cuántas fes adolescentes se perdieron por culpa de aquel Dios omnipotente, siempre irritado con su pueblo y ajeno a los sufrimientos de un español bajo el dominio del nacionalcatolicismo.

El agravio milenario del cristianismo se mezclaba con un Régimen cuyo Jefe de Estado lo era por la gracia de Dios. Nada menos. Te sentías culpable. ¿De qué? De todo, algo muy eficaz.

Como el propio Woody Allen le hace decir a uno de sus personajes, Danny Rose, “es importante sentirse culpable. De lo contrario, sabe usted, uno es capaz de hacer cosas terribles… Yo-yo me siento culpable todo el tiempo, y yo-yo nunca he hecho nada. ¿Sabe?”. Y cuando se le interroga si cree en Dios, Danny contesta: “No, no. Pero, eh, me siento culpable por eso”.

Pues eso.

Frank Sinatra At The Sands

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imageHace muchos años, cuando Anaclet Pons y yo compartíamos despacho en la Facultad de Historia de Valencia, también coincidíamos en otras cosas, entre ellas nuestro aprecio incondicional por Frank Sinatra.

Nos intercambiábamos discos, examinábamos canciones, nos relatábamos anécdotas.

Gracias a Anaclet pude disfrutar L. A. Is My Lady (1984), probablemente el último gran L.P. del cantante americano.

El día en que murió Frank llenamos nuestro cartelón de corcho con recortes de sus mejores imágenes. Era algo escasamente académico, pero con este homenaje casero le rendíamos homenaje.

Yo creo que algunos colegas nuestros se escandalizaron. E incluso alguno nos lo hizo saber con mucho aspaviento. Punto y aparte.

Gracias a Rogelio López Blanco, que la reproduce en su muro de Facebook, recupero ahora una de las fotografías más bellas de Frank Sinatra, una de sus imágenes más sobresalientes.

Estamos en 1960. Tiene aún una elegancia madura. Ha vivido los mejores años grabando para Capitol Records. Su prestancia y apostura están en perfecto estado. Todo le sienta bien: desde un whisky hasta un smóking.

Está en Las Vegas, a las puertas de The Sands, es de noche, parece brevemente perdido, ensimismado o algo desorientado. Pero él es Blue Eyes.image

Está en aquella población no sólo para la filmación de Ocean’s Eleven. Está porque sus muchachos y él —The Rat Pack-– desean disfrutar materialmente de la vida y del pecado. Algo queda del italoamericano que es. Algo queda de aquellos gamberros o ratas.

No sólo rueda en Las Vegas. A lo que nos cuentan, Frank se ha adueñado de la ciudad. En The Sands nace The Rat Pack: la gente que aparecía en el reparto de ‘La cuadrilla de los once’ actuará en el Sands. Fue una juerga continua. ¿Masculina? La gran Shirley MacLaine les acompaña.

Las actuaciones eran jocundas, con guasas, con chistes. Musicalmente hablando dejaban mucho que desear. Estaban ahítos de alcohol, que sacaban de un inverosímil mueble-bar.

Eso sí: manteniendo la compostura, bromeando. ¿La mediocre calidad se debía al octanaje del combustible? No. Se debía a la juerga, a la comedia. La orquesta se relajaba y el resultado era siempre simpático.

Esta juerga no se parece en nada a lo que seis años después grabaría Sinatra con Count Basie. De ese encuentro mágico nació Sinatra At The Sands With Count Basie And The Orchestra, una grabación en la que Quincy Jones dirige. Inconmensurable.

Todo lo que quieran, sí. El día en que Anaclet Pons​ me regaló el disco recopilatorio de  The Rat Pack me sentí bien, increíblemente bien. ¿Como si estuviera en Las Vegas? No, como si estuviera At The Sands.

One For My Friend.

Dios mío

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Uno. Hace un tiempo me preguntaba por Dios. Por Dios y las catástrofes. La pregunta me la planteaba cuando veía en la televisión las calamidades públicas y los cataclismos de ciertos países del Tercer Mundo. Los hechos, vistos en televisión, nos perturban y nos hacen interrogarnos sobre el propio medio, sobre la pequeña pantalla, un discurso que, por una parte, retrata nuestro hedonismo (al menos, el deseado), nuestra cieloligereza existencial.

Y, por otra, sin interrupción, nos contraría y nos trastorna con las imágenes de un mundo rebosante de dolor y de catástrofes, de guerras y de muertos civiles, un mundo en el que no siempre podemos responsabilizarnos del mal que contemplamos y ante el que muchos sentimos estupor e impotencia: los ateos, también.

Los ateos –que estamos condenados ya de antemano– somos, sin embargo, gente sensible y nos preguntamos, con todo respeto, por Dios, por el Dios de los pakistaníes, por el Dios de los guatemaltecos, por el Dios de los israelíes, por el Dios de los libaneses.

¿Dónde está el Sumo Hacedor cuando los cataclismos aumentan el daño o la muerte de los inocentes? Me lo preguntaba y no pretendía ser original, desde luego que no. Luego, en los últimos meses y semanas he visto que también desde el lado confesional repiten una pregunta muy antigua, en ocasiones incluso formulada en segunda persona, tuteando a la Providencia. El Papa, el Arzobispo de Valencia, José Bono… son algunos de los últimos que se han atrevido a interpelar a Dios preguntándole sobre el Holocausto, sobre los muertos de Metro valenciano o sobre el horror infligido en el 36.

En los siglos XVII y XVIII, en un ambiente originariamente jansenista, al Ser Supremo se le tenía por ‘le dieu caché': así tituló Lucien Goldmann una célebre obra, que en castellano se tradujo como El hombre y lo absoluto (1955). Se le tenía como a ese Sumo Hacedor que dejaría a los hombres actuar, equivocarse o acertar, obrar piadosamente o incurrir en el pecado.

La libertad (trágica) no sería incompatible con la distante vigilancia de un Dios que ya no sería tan irascible como el bíblico. En fin, un avance. Los hombres vivirían bajo el principio de la libertad y la Providencia no sería ese Ser entrometido e indignado de otros tiempos. Resulta, como digo, un avance que los individuos pudieran hacer así las cosas, sin verse gobernados bajo la férula tiránica del Dios del Antiguo Testamento.

Sin embargo, ya para entonces lo que no resultaba fácilmente explicable era el silencio de Dios ante los desastres que infligen daño gratuito a cientos, a miles de seres humanos, desastres que incluso podían imputarse a quienes lo invocan o a él mismo, a la Naturaleza desatada.

Ya sé que éste es un viejo argumento de los ateos. Ya lo sé: un argumento que se remonta al desastre de Lisboa en 1755 y a la pregunta clásica de Voltaire sobre si los lisboetas merecían mayor castigo por sus vicios que los parisinos o los londinenses. ¿Qué Dios es ese que permitía dicho horror?

Pero esa pregunta voltaireana que hacemos muestra nuestras carencias: si la pensamos bien, la demanda que Jesús formula a Dios cuando agoniza en la Cruz, cuando no se explica su silencio o aparente apatía: Padre, ¿por qué me has abandonado?

Para los teólogos el presunto abandono prueba la grandeza de Dios, que quiere compartir con los hombres su dolor, el daño que ocasiona ver el sufrimiento y la pérdida del hijo. Y prueba también la libertad que deja a los individuos para obrar el bien o el mal. La cuestión que formula Cristo expresa, sin embargo, el horror de la humanidad doliente y lo que parece su mal tono, su primera incomprensión, es desde el punto de vista confesional una especie de arrogancia frente a Dios, cuyos designios serían en efecto inescrutables.

Por eso, me extraña que los creyentes (con el Papa a la cabeza) sigan formulando esta pregunta, que es la de quien parece sentirse incómodo con la libertad humana para dañar, para matar, para destruir. Prefiero, por el contrario, olvidar a Dios (al menos en este punto) y preguntarme sobre la acción de los hombres sobre sus metas y sus pesadillas.

Pues bien, una de los sueños más justificados que ha alumbrado la experiencia humana es la necesidad de un Estado de Israel, después de siglos de persecución y muerte. ¿Dónde estaban Dios o Yahvé? En Basilea, hacia 1897, los asistentes a un congreso del sionismo nombraban a Theodor Herzl líder de dicho movimiento.

Theodor Herzl había nacido en Budapest en 1860, aunque bien pronto vivirá en Viena, dedicándose a la literatura y en general a la escritura y el pensamiento. Ejercerá como corresponsal para el Neue Freie Presse cubriendo los avatares y la crisis del caso Dreyfus. Fue este hecho el que le llevará a forjar una idea sencilla pero decisiva: la creación de un Estado Judío.

¿Correspondía este objetivo, el de un Estado Judío con la vieja aspiración de recuperar Sión para los israelitas? No exactamente. La meta de Herzl no recibió el apoyo unánime y, por eso, no extraña la acusación de herético y de soberbio que le dirigieron numerosos judíos ortodoxos. Pese a que nuestro autor creía estar desarrollando una idea antigua, incluso aceptable para los creyentes, en realidad su opción política, su meta, era un objetivo reciente que no se remontaba más que a la segunda mitad del siglo XIX.

Les propongo la lectura de su obra más famosa, aparecida en 1896: El Estado Judío ( 2005). En este pasaje, el autor quiere condensar y en parte anticipar no la historia sagrada, sino la historia profana de esa parte del mundo y, al final, de nosotros mismos. Les reproduzco uno de los párrafos más señaladamente significativos.

“Palestina es nuestra inolvidable patria histórica. Su solo nombre ejercería un poder de convocatoria fuertemente evocador para nuestro pueblo. Si Su Majestad el Sultán nos concediese Palestina, nosotros podríamos comprometernos a poner completo orden en las finanzas turcas. A favor de Europa construiríamos allí una parte de la fortificación que la defendería de Asia, haríamos de avanzada de la cultura frente a la barbarie.

Como Estado neutral mantendríamos relaciones con toda Europa, que estaría en la obligación de garantizar nuestra existencia. Respecto de los santos lugares de la Cristiandad cabría buscar una fórmula de derecho internacional que estableciese su extraterritorialidad. Conformaríamos la guardia de honor en torno a los santos lugares, y nuestra propia existencia sería el garante del cumplimiento de dicho deber. Esa guardia de honor sería el gran símbolo para la solución de la cuestión judía, tras dieciocho siglos de penalidades”.

Si se fijan bien, en estas palabras no hay una presencia explícita de la Providencia y, en todo caso, ésta no estaría aquí para salvar o para condenar a quienes hacen y emprenden ideas nobles o desacertadas. Somos los seres humanos los que optamos por la cultura o por la barbarie. Aun así, todavía preguntamos: ¿Dónde, pues, está Dios?
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Dos. Hay días en que nada te apetece, en que la simple observación de los periódicos te produce hastío y sensación de repetición, de entrega o servidumbre. Es tan evidente la realidad que transmiten los medios; es tan previsible el mundo que describen los reporteros… En vez de escribir larga, extensamente, hoy prefiero leer (¿y cuándo no prefiero leer?): esa impresión de aprendizaje y silencio, de asimilación y estudio. Leía tiempo atrás el librito de Ian Buruma y Avishai Margalit dedicado a examinar el Occidentalismo (2004); y también regresaba a ese breviario de George Steiner titulado Nostalgia del absoluto (2001). Vacío o hueco que rellenan creencias variopintas e insólitas, sistemas de gran aparato racional; oquedad que cubren nuevas fidelidades trascendentales y triviales.

I want to believe!

También leí tiempo atrás una obra de Victoria Camps y Amelia Valcárcel​ El título –prometedor– se las trae: Hablemos de Dios (2007). Me doy cuenta de lo que hay de común en dichas lecturas aparentemente incongruentes o contradictorias: el peso, el papel de lo religioso en nuestras vidas, ese delirio de trascendencia que puede llegar a ser una psicosis dañina, justamente algo de lo que les hablo a mis alumnos al tratar a Sigmund Freud.

No sé. Vengo leyendo textos sobre Dios que se deben a agnósticos reconocidos (Victoria Camps, por ejemplo) o a ateos empeñosos (Fernando Savater, del que escribí una reseña en Ojos de Papel), y me veo disfrutando de literatura fantástica, como Jorge Luis Borges decía maliciosamente. Pero me veo interesándome en la apolegética católica que ahora cobra dimensiones neoconservadoras e inquietantes en una editorial que fue pujante: Ciudadela.

Así se llama o se llamaba, nada menos. El bastión de las verdades, el dique de la increencia, el freno del relativismo. Es hasta probable que lea alguno de estos opúsculos: ¡tanto es mi interés por la literatura fantástica! De momento, me resigno a volver a Camps y a Valcárcel: es el único modo de abordar razonable y racionalmente esa figura omnipotente y omnisciente que es Dios.

¡Estoy tan ricamente, en el cielo! Les tendré informados de lo que ambas filósofas me dicen. El espejismo de Dios (2006), de Richard Dawkins, lo dejo para otro día. Aún no es recomendable: tantos libros para alternar con Dios me pueden provocar visiones teologales.

Si lees estas cosas –me escribe alguien que no me conoce bien–, es porque eres una persona religiosa. Sacaré de un error a este corresponsal, aunque lo que yo crea es, por supuesto, secundario y escasamente interesante. En todo caso, para responder me valdré de Borges.

“Los católicos creen en un mundo ultraterreno, pero he notado que no se interesan por él”, decía. “Conmigo ocurre lo contrario; me interesa y no creo”, apostillaba el argentino. A mí no me interesa especialmente la vida eterna –esa de la que trata Fernando Savater en una obra homónima–, ni tampoco creo. ¿Entonces? Lo que de verdad me preocupa es la vida sublunar, una existencia para la que no hay respuesta (así lo pienso) y a la que hay que fundamentar y organizar aceptablemente.

Por eso, ha de interesarnos la ética, el establecimiento de unos supuestos morales inmanentes a los que atenerse. Pues bien, eso es lo que Victoria Camps y Amelia Valcárcel trataban en su libro con gran finura. Procederé a releerlo.

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“Los partidos parten”

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Cero. De entrada pido perdón por hablar tanto y tan seguido de una cosa abstrusa (que no absurda): el partido político. En la España del último franquismo los parafraseos, las paráfrasis y los sobreentendidos eran lo corriente.

Gonzalo Fernández de la MoraA ver si esto que digo sirve para entender lo que pasó y lo que aún nos pasa. No hablo en concreto de ninguna formación, pero en todas ellas veo lo que digo. Empecemos con esas cuatro trivialidades bien sabidas que se me permitirán. Lo diré dos veces, no sé si con las mismas palabras.
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Uno. “Los partidos parten”, decían algunos de los intelectuales más refinados del franquismo penúltimo, aquellos que veían con hostilidad y temor toda apertura política. Si no recuerdo mal, fue Gonzalo Fernández de la Mora uno de los primeros que pronunció esta ocurrencia. Descendía de monárquicos ultras y sus ideas eran propias de un modernismo reaccionario, ajeno al catolicismo social.

Fernández de la Mora era por entonces, por los años sesenta y sententa, un intelectual muy leído: tanto en el sentido de que él tenía una sólida formación antilberal…, como en el otro: en la acepción de que le leían como editorialista de ABC durante la década prodigiosa.

Fue ministro de Obras Públicas posteriormente, entre 1970 y 1974 y popularizó la fórmula de ‘Estado de Obras’. Frente a las ideologías, frente al comunismo, frente a los partidos, el régimen del Generalísimo puede ofrecer una contrapartida: los Planes de Desarrollo y, sobre todo, la creación de una infraestructura material. Los partidos, pues, son una perturbación para un Estado tecnocrático.

Luego otros ministros del Caudillo –como Alfredo Sánchez Bella— insistirán en este aserto: justamente tras el asesinato del almirante Carrero Blanco (1973) y justo cuando comenzaba el Espíritu del 12 de Febrero (1974), fórmula que compendiaba la declaración de intenciones y la Ley de Asociaciones que inició Carlos Arias Navarro. ¿Qué era tal cosa? Una tímida apertura del Régimen que reconocía la existencia de cierto y limitado pluralismo.
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Dos. Pero volvamos a don Gonzalo. Al fin y al cabo, él se especializará después de la muerte de Franco en la partitocracia. Ya no hay asociaciones políticas. Hay partidos. Temeroso de la “sopa de siglas” (es decir, de la multiplicación de partidos tras años de prohibición y persecución), Fernández de la Mora nos advertirá contra sus males. Contra los males de la partitocracia.

Qué paradoja: don Gonzalo estudiaba un vicio del sistema de partidos justamente cuando en España aún no había partidos legales y reconocidos, sólo un Movimiento presuntamente unificador heredero de una dictadura (1937). Fernández de la Mora se equivocó de tiempo y de objeto de conocimiento. Insistió en el error.

O, mejor aún, quiso advertirnos de los males que se nos venían encima si se institucionalizaba un sistema de partidos. Don Gonzalo parecía no darse cuenta de que Falange Española Tradicionalista y de las JONS, luego Movimiento Nacional, era un partido: el partido único.

¿Parecía no darse cuenta? No. Simplemente, los ‘nacionales’ habían negado bien pronto que el Movimiento fuera un partido. El régimen de Franco era una “democracia orgánica”, decían, basada en la recia o en la rancia tradición española, una democracia con representación estamental, según expresión de la época. Por ello, los sistemas inorgánicos (como el régimen de partidos) no pertenecía a la Nación. Un galimatías, sin duda. Fernández de la Mora era algo más refinado que todo esto: se inspiraba en Daniel Bell y en Raymond Aron, dos sociólogos muy apreciables, dos conservadores esforzadamente anticomunistas que analizaban el capitalismo posideológico. Pero lo dicho por don Gonzalo era la versión castiza del fin de las ideologías.

Él, Fernández de la Mora, estaba en plena campa de difusión de El crepúsculo de las ideologías (1965), uno de los libros cimeros del penúltimo franquismo y, claro, le convenía subrayar el acierto del Régimen: no hay ideologías omnicomprensivas que se opongan, que estén en liza, en la España del Caudillo. Eso es cosa del pasado y de los totalitarismos, del bolchevismo. Ahora toca tecnocracia. Y toca bienestar. A Dios rogando y con los alicates apretando. Los partidos parten. ¿Pero qué es un partido? Para la cultura política de la época, un partido político era un arcano, algo tendencialmente peligroso. No había cultura democrática…
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Tres. Un partido es una organización, es decir, una estructura y una jerarquía concebidas para la lucha electoral, para hacerse con el poder. Debe aunar voluntades y, por tanto, sus militantes, simpatizantes o simples votantes deben ser convencidos para que empujen en una misma dirección. Esto es, todo se concibe para obtener ese triunfo electoral que aupará a los dirigentes de la organización.

Porque, en efecto, un partido no es sólo (o principalmente) la suma de sus miembros: es sobre todo un liderazgo que congrega y dirige, que representa y vela por los intereses que la organización dice encarnar. Su funcionamiento interno y sus luchas externas tienen ese fin y, por tanto, no es necesariamente una comunidad de individuos iguales, sino una asociación en la que hay un reparto desigual del poder y de la influencia.

Precisamente por eso, no es extraño que los partidos –que son un instrumento esencial de la democracia parlamentaria, del sistema representativo– tengan las tensiones características de toda sociedad. En los grupos humanos, hay ambición, egoísmo, rivalidad, altruismo, entrega, abnegación, soberbia, estulticia y laboriosidad.

Nada de eso puede ser extirpado –como dicen desear los tiranos– sin amputar la condición humana y, nos guste o nos disguste, esas virtudes y esos vicios acompañarán a quienes militen en un partido: no son su segunda piel, sino su misma condición humana. ¿Hay modo de frenar lo peor que puede darse o hallarse en un partido?

En un sistema democrático, el partido no puede profesarse como antidemocrático y, por tanto, los estatutos que regulan su funcionamiento imponen una forma institucional que no contradiga los principios constitucionales básicos. Ahora bien, en el seno de la organización no hay sólo estructuras: hay individuos que trabajan por el partido y éstos, lógicamente, tienen intereses a veces comunes, a veces dispares, y, por ello, alientan colusiones y colisiones, ambiciones y servicios.

De lo que se trata es de que esas ambiciones y servicios no se empleen para perpetuar a los dirigentes que se han alzado a dicho puesto gracias a sus cualidades o a sus manejos. De lo que se trata, en fin, es de que el funcionamiento interno sea lo más democrático posible: que su concurrencia a las urnas sea lo más transparente posible y que, por tanto, los cargos sean efectivamente revocables. Una parte de lo que se llamó el desencanto, la decepción de nmerosos votantes con la democracia recién estrenada, se basó en esto: en la profesionalización de los cargos, en la perpetuidad de los empleos.
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Cuatro. Un partido político es una organización cuyo fin es gobernar: acceder a los puestos de responsabilidad institucionales en que se toman las decisiones. Las decisiones son las leyes, las normativas, los reglamentos, los códigos, etcétera, que rigen las acciones y las relaciones de los ciudadanos. Como vivimos en una sociedad que precisa del orden, el orden de los individuos es el marco posible de sus actos. Hay cosas que pueden hacerse y cosas que no pueden hacerse; cosas que se pueden hacer en la esfera privada y cosas que no se pueden hacer en la esfera pública.

La distinción entre lo público y lo privado es constitucional, es fundacional en nuestra sociedad. Lo político, todo lo que forma parte del sistema político, es propiamente público. En principio, lo público es lo que a todos pertenece y lo que puede mostrarse, lo que no está sometido a secreto o a reserva, como precisó Georg Simmel. Lo privado es el acuerdo entre particulares, sus convenios; en cambio, lo reservado es aquello que no debe ser visto u observado sin la autorización del individuo o de los individuos relacionados.

En principio, lo privado es lo particular, pero sobre todo es lo individual. Ahora bien, los individuos emprenden acciones, pero no todas las acciones son privadas: no todas puede permanecer al margen del control público. Los partidos políticos son instituciones públicas. Tratan de los asuntos generales, tratan de los intereses generales y tratan de establecer las normas que protegen lo privado y los códigos que salvaguardan lo público. Para lograrlo han de acceder al poder. El poder es la capacidad que se tiene para obligar a hacer algo, indicaba Max Weber.

Estas cosas las sabían los constitucionalistas de 1978, aquellos que redactaron la Carta Magna a partir de una experiencia personal y familiar, a partir de unos conocimientos técnicos, a partir de unos dolores y desgarros, a partir de unas expectativas.
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Cinco. En principio, todos los recursos del partido se orientan a tal fin: la obtención del poder. ¿Y cuáles son esos recursos? En primer lugar, sus militantes, el número mayor o menor de personas que integran la organización. En segundo lugar, sus pertenencias (sedes, bienes materiales, etcétera), una suerte de patrimonio material con que hacer frente a sus reuniones, a sus obligaciones. A la vez, un partido político es, en sí mismo, un recurso de la democracia, un instrumento del sistema.

Como la mayoría de los ciudadanos suelen desentenderse del esfuerzo político, la democracia representativa funciona por delegación: funciona gracias a los partidos, instituciones reconocidas que compiten entre sí para lograr el mayor número de representantes en el Parlamento: lo que serán las Cortes españolas, según la Constitución de 1978. Es allí en donde se tramitan las leyes que luego regirán y darán cauce a las acciones de los ciudadanos.

Los partidos políticos, sus federaciones regionales y sus organizaciones locales tienen congresos. En esas convenciones, los participantes aprueban o desaprueban ponencias, eligen a sus dirigentes o revocan a los anteriores, idean proyectos y, cuando la ocasión lo merece o lo exige, cambian sus estatutos internos.

Repito. Un partido político es un agregado de intereses, una organización que dice representar los intereses de una parte o de la totalidad de la población. Intereses son objetivos que alguien se propone alcanzar, pero son también las ventajas ya logradas, ya consolidadas.

Los partidos se ofrecen a la sociedad para representar esos objetivos y esas ventajas. Como resulta que el sistema político democrático es un régimen representativo, unos toman las decisiones políticas, pero es la mayoría la que elige a quienes elaborarán las leyes. Las leyes son el reconocimiento de esos intereses: los objetivos y las metas a que tienen derecho los ciudadanos de un Estado.

En sociología al sector que constituye el partido se le llama ‘in-group'; a quienes son ajenos, externos o incluso hostiles a la organización forman el ‘out-group’. En principio, los miembros de un partido comparten los mismos intereses frente al ‘out-group’. Un partido es una asociación, en el sentido que le diera Ferdinand Tönnies a esta palabra: un agregado humano en el que los individuos están relacionados por vínculos secundarios. Uno participa en un partido…

Pero entre los miembros de dicha organización tienden a crearse redes de cohesión, vínculos que estrechan sus relaciones: se identifican con el mismo partido, se hacen solidarios de sus triunfos y de sus fracasos y emprenden, como organización, una acción colectiva. Por eso decimos que pertenecemos a un partido, como si de una comunidad se tratara: un agregado en la que sus integrantes estrechan vínculos primarios.

Ahora bien, más allá de la cohesión frente a los externos, los militantes pueden enfrentarse por los diferentes intereses con que internamente se oponen. El Gobierno que emana del Parlamento está fuera de la organización, pero el poder empieza en cuanto hay diferentes individuos que han de repartirse un recurso escaso. Y escaso es el poder de decidir sobre miembros y sobre pertenencias, sobre logros futuros.

Todo esto, señores, lo tuvimos que aprender deprisa y corriendo, con más voluntad que habilidad. El Franquismo había evacuado toda reflexión política de hondura, había extirpado el pensamiento ideológico. ¿Lo había logrado? Sin duda, el totalitarismo aspira a tal cosa. Pero una dictadura que se prolonga raramente elimina la discrepancia: aunque emplee sistemas represivos de extrema dureza. Raramente elimina la discrepancia y para mayor inri su fortaleza se vuleve rutina, su carisma –si es que lo hay– se vuelve automatismo.

Cuando Franco agoniza y muere, efectivamente los partidos parten. Pero don Gonzalo se organiza formando y presidiendo el partido de Unión Nacional Española, una incongruencia. Poco tiempo después, en 1976, Gonzalo Fernández de la Mora será condecorado por el General Augusto Pinochet. En la embajada de Chile recibirá la Gran Cruz de la Orden del Mérito, entregada por el embajador de dicho país en España.
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Seis. La envidia igualitaria (1984) es uno de los libros más apreciados de este ilustre reaccionario. Se trata de un furioso libelo antiliberal, un panfleto de mucha hondura contra la mesocracia y el Estado del bienestar. Tendrá numerosos lectores y algún que otro comentarista que elogie el volumen con énfasis y mucha fraternidad. La anécdota es bien conocida. ¿A quién me refiero?

A Mariano Rajoy.

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