La cara de Rita (2013)

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image image imageDurante años la hemos visto sonreír. Incluso reír a mandíbula batiente, con esa ronquera de felicidad que dan el poder y la campechanía. Los episodios son memorables. La hemos descubierto haciendo la ola cuando el Valencia CF ganaba ligas. Con mucho aspaviento coreaba el triunfo. Nos hemos habituado a sus actuaciones falleras, saltando con energía insensata. ¿Quién no recuerda aquella breve secuencia de los explosivos? En una grabación doméstica de hace unos años tira petardos al suelo con júbilo infantil evitando a la vez que su rival se haga con su ración de pólvora.

La hemos visto celebrar éxitos electorales con la cara desencajada. La recordamos respondiendo enérgicamente, con los lentes caídos y con sonrisa pícara o malvada. Su presencia no puede pasar inadvertida: su corpulencia y los colores rotundos de sus trajes la hacen bien visible. Para mi gusto tiene gestos algo ordinarios. Según mi entender, debería haberse sometido a un asesor que limara o corrigiera ciertos excesos verbales o ademanes. Pero imagino que ella se habrá negado: si se la quiere, es por su llaneza, pensará. Por su robusta estampa.

Ahora, tras años cultivando dicha pose, esa puesta en escena, su imperio local se derrumba. Hay desconfianza sobre su gestión. Y aquello que fue campechanía se ve como autoritarismo, sí. El cesarismo de municipio cae sin el apyo o el auxilio de sus conmilitones. Tomó o alentó decisiones que provocaron duda y rechazo. La Copa del América, El Cabanyal, el circuito de fórmula 1, el Parque Ferrari, el nuevo estadio del Valencia, etcétera. Grandes obras o eventos que provocaban el repudio de muchos ciudadanos y de sus organizaciones cívicas. Ella creía hacer una política de costosa grandiosidad. Por eso se trataba con príncipes del automovilismo o magnates de la realeza. O al revés, vaya. Por eso afectaba plebeyismo: había que codearse con el pueblo común y con su estructura orgánica, las fallas. Sabía que los casales, a los que acude gente de toda clase y condición, son el centro del poder simbólico, un sentimiento primario.

Pero ahora todo parece derrumbarse. En pleno festejo de los dos años de Alberto Fabra como presidente de la Generalitat, la señora le robó todo el protagonismo anunciando que se presentaba nuevamente como alcaldesa. Tan desesperada parecía estar. Y de nuevo otra vez, cuando se celebra la convención del Partido Popular en Peñíscola, se la ha vuelto a ver rara. Hay una foto de familia, la instantánea final que las principales autoridades se hacen. Es una imagen estudiada que los medios difunden. Y es el reflejo de un estado de ánimo o, al menos, del estado de ánimo que se quiere mostrar. Pues bien, en dicha fotografía solo sonríe Alberto Fabra, mientras Mariano Rajoy, algo mustio, parece despistado. A los restantes retratados se les ve tristes, incluso mohínos.

Pero el rostro y la actitud de Rita Barberá me son desconocidos. Expresan un abatimiento ignorado, muy inquietante. Su cara se ve taciturna, con algo de extravío, inflamada y ajada: como si los pliegues y surcos del rostro marcaran un dolor incurable. La mirada gacha, ensimismada, y las manos cogidas, cruzadas, ya sin aspavientos. Todo está acabado. Su política, sombría, también. Y la de sus émulos.

La guerre est finie.

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http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/06/11/valencia/1370970596_172269.html

Caricatura: Víctor Serna.

El chalaneo de los avispados

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imageSabes que un funcionario es una persona. Sabes que un político es una persona. Por supuesto que lo son; por supuesto que lo sabes.

Sabes que tienen vidas, unas vidas que van más allá de sus tareas, de los cometidos que desempeñan, pero sabes también que tu única relación con ellos ha de ser meramente instrumental.

De igual modo, de un empleado que atiende desde su ventanilla (aunque, hoy, tienden a desaparecer las ventanillas para hacer menos intimidatorio el trato)…, de un funcionario –digo— que despacha desde su puesto, esperas que te sirva correctamente, que ejecute su trabajo con rigor burocrático, sin personalizarlo, sin hacerlo suyo.

Lo mismo podría predicarse de un político: de un alcalde, de un concejal, de un presidente de Diputación. No se me haga el simpático; no confraternice conmigo; no patrimonialice el escaño, el sillón o la vara municipal.

En principio, este tipo de relaciones impersonales (con el empleado público o con el munícipe, por ejemplo) facilita la buena marcha de los organismos, de las instituciones, pues cada uno está en su sitio, cada uno tiene las tareas prefijadas que debe cumplir sin arbitrariedades, sin incertidumbres.

Con ello pueden evitarse el excesivo calor humano o la mera improvisación, el chalaneo de los avispados. La organización y, por tanto, la conversión de los individuos en medios de una relación impersonal hacen que nos relacionemos según determinadas expectativas.

En la sociedad actual, compleja, desarrollada, buena parte de nuestras actuaciones son, así, perfectamente previsibles: las realizamos en marcos conocidos por los actores, por nosotros mismos.

Sabemos qué papel debemos cumplir y en qué circunstancia y bajo qué códigos: y los demás, con quienes tenemos esos tratos impersonales, saben también que ellos y nosotros somos piezas de un enorme engranaje, resortes que satisfacen unas expectativas. Y punto.

Cuando eso no sucede, la máquina se deteriora y los personalismos reaparecen, como reaparecen el favor, el trato de favor, el provecho particular de quien se sirve de un empleo público para obtener utilidades privadas.

Yo, esto, te lo arreglo… En esos casos, la consecuencia está clara: el Estado soy yo; el Ayuntamiento soy yo; yo soy la terminal de una institución que encarno, que presta servicios a cambio de favores, mordidas y millones.

En la esfera pública, las corrupciones se dan cuando alguien se vale de su posición de fuerza o de poder para repartir de manera presuntamente gratuita, para exigir contraprestaciones, para otorgar supuestos favores más allá del reglamento, para administrar a manos llenas, para hacer valer su influencia con el fin de allanar obstáculos: concesiones, contratas, etcétera.

En realidad, el favorecido, el cliente, no recibe gratuitamente, pues queda atrapado en la red de las obligaciones personales, de las contraprestaciones: ha de remunerar al primero con algún tipo de gratificación, suma o bien material que salde una deuda contraída.

No sé si les suena todo esto. ¿Quizá a las Redes Gürtel, Púnica? ¿Tal vez a Imelsa? ¿Acaso a la trama Orange Market?

La pregunta es obvia. ¿Qué tienen en común? No es difícil la respuesta. Les imagino a todos ustedes reflexionando.

Esto es esto todo, amigos. Ahora ya sólo nos queda superar con éxito el Festival de Eurovisión. Pero eso…, eso no tiene arreglo.

Arturo Fuso

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“Fuso no tiene nada que ver con todo esto”, proclama Arturo empleando una tercera persona bien rotunda. ¿Cómo podían sorprenderle a él en un delito? ¿Cómo iban a pillarle en un renuncio? Fuso cavila y suda copiosamente. Nota que el cerco de la camisa se agranda, esa axila, y que los pelos del sobaco se le pegan.

FusoEsa misma mañana ha evitado la ducha, cosa rara en él. Bajo el agua suele frotarse la piel y sus partes con saña, como si quisiera arrancarse las escamas. Su tío Pepe se lo dijo en cierta ocasión. “Cada perro se lame su cipote: si hembra quieres, es preciso que te restriegues”. Pero esta vez no. Esa misma mañana se ha frotado los sobacos y la entrepierna con una gamuza para después aplicarse desodorante: en las axilas y en las ingles. Lo aprendió de joven. Si te perfumas, hueles mal. Ahora bien, si te pasas el desodorante, entonces no se aprecia el embuste, la poca higiene. Eso sí, al tío Pepe no le habría engañado.

Pero la sala es grande y está multitudinariamente ocupada. Allí huele a Brummel y a Varón Dandy, colonias que él siempre ha apreciado y que su damita le ha retirado tras mucha insistencia. “Papi, Brummel es barata y huele a abuelo”, le dijo su hija. No es él, pues. Son otros quienes se han rociado. “Los periodistas”, piensa, “que son unos desgraciados”. Fuso no. Arturo se ha puesto en el rostro un perfume de mucha cuna: Eau de Flovias Pour Homme. Es el último que le ha regalado Yoselín, que siempre lo espera desvestida oliendo a jazmín. Aunque algo seco, Eau de Flovias es muy eficaz: el olor que desprende reviste los restos hediondos que puedan quedar.

“Fuso no tiene nada que ver con todo esto”, repite.

Está rodeado de afines, de gentes que siempre le han demostrado su cariño. No ha sido fácil convencer a los indiferentes y a los puretas. Siempre sale alguien muy distinguido que se cree más limpio. “Pero todos tenemos un precio”, piensa Arturo. “Un precio que cambia según la cotización. Tanto dispones, tanto puedes. Tanto tienes, tanto vales”, se dice ahora sorprendiéndose de su verbo. De repente ha concebido un refrán.

Se sabe grande, se sabe fuerte y, por eso, responde con legítimo orgullo, con distancia crítica. Él aún es presidente de la corporación y alcalde de su pueblo. Y nadie puede apearle. Al menos durante un tiempo. Muchos lo califican de cacique, pero él siempre ha rechazado esa ofensa. “Ser cacique es ser indio, llevar taparrabos y ejercer de jefe de una tribu, ¿no?”, dice ante la concurrencia. “Pues yo no gobierno a salvajes”, admite en voz alta, con gran asombro de todos. “Estoy convencido de que hay una campaña en mi contra, un complot contra mí”, dice empinándose.

Ha logrado auparse. Llega bien al micrófono, fácilmente, como ha alcanzado esos cargos, unos empleos públicos muy merecidos. Eso sí, con el apoyo de numerosos amigos. Él los llama así: los pollos hermanos, los queridos cabrones. Raramente lo dice en público, pero sí a su señora, por la que tanta devoción siente. A su mujer la homenajea cada día con flores, jazmines concretamente, con un poema impreso de Bécquer y de Zorrilla y con un trapito: de la marca Fussinis. A pesar de tener un catálogo corto, las flores, los poetas y las blusas de Arturo satisfacen a la parienta, a Bibi Larios. Al menos, Bibi nunca le ha hecho ascos a sus pequeños agasajos.

“Fuso no tiene nada que ver con todo esto”, insiste.

Afirma sentirse arropado por las bases del partido. Así lo dice: arropado, que es palabra insólita. Pero los dirigentes de la organización le han decepcionado: “A mí no me han dicho nada, cuando lo hagan ya les contestaré”, responde con un tono retador. El presidente “en ningún momento ha dicho que no me apoya, no he oído en ningún momento que dijera ‘no estoy con él’…”. ¿Y la alcaldesa de la capital? Arturo responde inmediatamente: “por supuesto que me apoya. Y lo ha dicho nada más empezar este acoso, que es un complot”, apostilla.

“No hay nada ni tengo nada que ver; ni sé nada, porque no sé nada”, sostiene con contundencia. “Si estuviera imputado tendría que aceptar la línea roja” contra la corrupción señalada y dictada por el presidente, pero “no estoy imputado dentro de ningún caso”, precisa. “Al menos a mí nadie me ha dicho nada, concluye. Y hay que decirlo bien alto; “todos somos honrados hasta que no se demuestre lo contrario”. Hay un murmullo y Arturo se da cuenta: “Perdón, hasta que se demuestre lo contrario”.

“Tenemos que ir a donde sea para poner orden”, dice. ¿Por qué? Porque este tema le está haciendo un daño tremendo. “No sé cómo puedo soportar tanto ataque tendencioso los ciento veintiocho días del año, todos los días del año”. Es verdad. Resulta insoportable la presión. “Empecé a trabajar a los catorce años y cuando entré en política ya tenía todas mis propiedades, no he acumulado más”, aclara. Muebles, electrodomésticos, plumas estilográficas, gomas de borrar, condones, escobillas de baño: “con eso hice mi patrimonio”, añade.

Confiesa haber adelgazado siete kilos. “Por los disgustos que me dais, plumillas hijosdeputa”, dice dirigiéndose a los reporteros allí concentrados. Lo dice con sorna. Aún tiene fuerzas para ladear la sonrisa. “Tengo menos ganas de comer y fumo más que antes, castigándome la salud y quemándome los bronquios”, se lamenta. “Yo soy un hombre normal”, aclara. “Me sigo levantando a las cinco de la mañana y acostándome a las once de la noche”.

Arturo es así. “No como el ganso de Alarcos, que no es hombre ni tiene coraje ni herraje”. Alarcos es un traidor –al igual que Lanzarote del Lago– y es quien ha grabado sus conversaciones privadas, quien las ha difundido y quien ahora se esconde. Siempre ha pretendido a Bibi. “Cualquier persona que se precie de ser hombre, cuando ha hecho cualquier cosa que no es correcta, tiene que dar la cara y asumir su responsabilidad. Eso es ser un hombre”, acaba Arturo dando un manotazo en el atril.

Los plumillas ponen el capuchón a sus estilográficas y con murmullo aprobador se levanta la rueda de prensa. Fuso nota un vago malestar, pero no le da mayor importancia. Arturo es como el rey medieval. Le espera Bibi, su Ginebra: la filiforme, rubia y bella Larios. ¿Y Lanzarote? A Canarias tienen que ir, pues se lo debe a su perpetua.

Pero antes a Lanzarote ha de alancear.

Francisco Franco. La sobreexposición

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Uno. Cuando fallece el Caudillo, la prensa española reacciona, reacciona ante una imagenoticia prevista y a la vez desconcertante. Es desconcertante para las élites, para los periodistas afines y para los paniaguados.

Lo es también para los reporteros distantes o críticos del Régimen y para los simples ciudadanos, incluso para quienes sin profesarse franquistas se han acomodado.

Hay inquietud por el futuro inmediato. El titular del periódico londinense The Times lo expresa con absoluta claridad: “Después de Franco: esperanza y miedo”.

El miedo alude a las posibles reacciones de los ultras del Régimen, de los franquistas acérrimos. La esperanza a la que se refiere el titular se basa en una certeza: “la transformación del país permitirá una evolución democrática mucho más pacífica que en Portugal”, recién salido de otra dictadura. Sin embargo, no hay garantías de que algo así pueda darse sin mayor problema.

En las casas corrientes, en la mía por ejemplo, se palpa el miedo, ese miedo: se baja la voz. Mis mayores temen ser desafectos, de escasa adhesión. No se puede hablar mal ni rumorear, no.
image¿Acaso esperan represalias? No, sencillamente temen la repetición de la Guerra Civil. La memoria de los muertos, de los damnificados, de la destrucción, la memoria del terror. A la vez, los ancianos, los más enterados o los más juiciosos, descartan eso mismo que parece amenazarnos: el Ejército está con Franco y no hay riesgo de que se divida en dos bandos.

Pero los padres, los abuelos y hasta los nietos saben que la España del momento es un lugar de conflictos, de protestas, de huelgas.

La Policía Armada (los llamados grises) mantiene a raya, con violencias inusitadas o acostumbradas a quienes se manifiestan en las calles, a quienes literalmente manifiestan su rechazo.

imagePor tanto, no se sabe muy bien cómo podría suceder tal cosa, una nueva Guerra Civil, pero se sospecha que los comunistas, propiamente los rojos, se han multiplicado o han dejado de estar emboscados con identidades falsas.

La enumeración no es exhaustiva. Los sindicalistas que han sido juzgados y encarcelados; los miembros de la extrema izquierda (ETA y FRAP) que han sido condenados y ajusticiados; los movimientos vecinales que protestan en las calles, que se reúnen a pesar de las prohibiciones; los actores, los escritores, los artistas, los intelectuales que desde hace un tiempo osan desafiar el silencio impuesto, la represión y la censura; los periodistas y los semanarios (Cambio 16, Triunfo, etcétera) que se atreven a publicar a pesar de las amenazas de secuestros judiciales; los partidos clandestinos que convocan manifestaciones, que se infiltran en las asociaciones de la sociedad civil, que mantienen conversaciones para impedir la continuidad o la reforma cosmética del Régimen…

Hay tensión y no sólo dolor o desconcierto. Hay una alegría que no puede declararse y hay una profunda pena más o menos sincera y extensa que se expresa. Las imágenes de aquellos días no son sólo de duelo, ese luto oficial y ese blanco y negro de TVE con locutores de timbre grave e impostada voz.

Han sido tantas las semanas de espera, una demora tan larga (los cincuenta y seis partes del Equipo Médico Habitual), que lo inexorable, parece un mal sueño, la agonía artificial de un cuerpo anciano totalmente desarbolado cuya vida y cuya función motora se han dilatado por presión familiar, eso que llaman la camarilla del Pardo.

Los diarios se apresuran a sacar páginas y páginas dedicadas al acontecimiento o, mejor dicho, al protagonista del hecho. Los periódicos son mayoritariamente afines al Régimen o, al menos, sus empresas no pueden hacerle frente.

Entre los periodistas hay antifranquistas reales y otros sobrevenidos, antifranquistas que han de ocultar sus ideas y otros que fantasiosa y retrospectivamente se declararán opositores cuando haya pasado el peligro.

Una parte de España vivirá así su propia reconversión, esa transición a un régimen democrático por el que no se ha luchado lo suficiente o del que se temía lo peor.

Los especiales estaban preparados, las ediciones extraordinarias estaban listas, los repasos históricos estaban dispuestos y los juicios o valoraciones podían muy bien haberse escrito semanas atrás.

Las primeras planas parecen repetir retratos y palabras, ese impacto. Sólo los periódicos de Madrid imprimirán unas cuarenta ediciones: Pueblo con ocho; Arriba con siete; Ya, con otras siete; ABC e Informaciones con cinco y El Alcázar con cuatro.

Tres de los principales diarios dedicarán editoriales amplios a la nueva circunstancia del país. Arriba y Ya respaldan abiertamente al nuevo Jefe de Estado e invitan a reflexionar sobre la coyuntura que se abre. ABC se centra en glosar la noticia de la muerte, “no por esperada menos dolorosa”, un fallecimiento que cierra “un capítulo glorioso de la historia de España”.

“Ha muerto Franco”, titula el diario Informaciones, el periódico que en aquel momento más se señala por ser crítico del inmovilismo. “Franco ha muerto”, titularon la mayoría, o “Murió Franco” o “Franco ha muerto…”

Hasta el Marca rotula igual su primera plana y allí mismo, en la página de apertura, se reproduce un artículo de portada titulado “Deportista ejemplar”. El Caudillo cabalga a lomos de un caballo.

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Dos. Hay genuflexión y hay temor, el Generalísimo ha muerto y hasta los mejor informados ignoran qué va a ser del país. Centrarse en el pasado, aludir a su gobierno y adjetivarlo de histórico son modos de no comprometerse demasiado, de decir cosas que nadie puede negar o censurar. ¿Por qué razón?

Primero, por las posibles represalias que puedan recaer sobre la prensa o los periodistas más audaces; segundo, por las evidentes ignorancias sobre el futuro más inmediato. Después de Franco, las instituciones, sí.

Pero España es territorio agitado, con la calle y con el Régimen y con la opinión pública y la opinión publicada, no siempre coincidentes. Hay un recuerdo constante de los antiguos padecimientos y hay esperanza y espanto ante lo venidero.

CuarentaanosconFrancoEsos momentos los he revivido con absoluto verismo, con fuerza, al visitar la Exposición Cuarenta años con Franco, comisariada por Julián Casanova, a su vez auxiliado por historiadores y documentalistas muy solventes. Puede contemplarse en Zaragoza, con dos sedes: la Casa de los Morlanes y el Palacio Montemuzo.

Lo que podría ser un problema (una sede partida), en realidad acaba siendo un acierto y un alivio. Repasar cuarenta años de una dictadura sin tomar aire nos podría ahogar, asfixiar: sobre todo cuando una exposición como ésta reúne un material gráfico y fotográfico ingente, unas imágenes frecuentemente crueles.

El aula de un colegio nacional, con sus pupitres, encerado, crucifijo y retratos de Franco y José Antonio, circunstancia que nos devuelve a una pedagogía de consignas y severidad.

El garrote vil, reproducido con mimilétrica fidelidad, con el que se ajusticiaba a delincuentes comunes, incluyendo a los anarquistas, como Salvador Puich Antich.

imageLa efigie del Caudillo en bronce o al óleo o en fotografía, un rostro omnipresente, fiscalizador, la cara de un tirano, de un militar golpista que cambia, que engorda y que envejece sin perder la suspicacia: esa desconfianza de quien es o se sabe ilegítimo, una mirada, unas pupilas al final aliviadas o protegidas por gafas de sol.

La Exposición es ejemplo de didactismo bien entendido. No ofende al experto ni a quien todo lo ignora. Sintetiza el curso histórico, los cambios del Régimen y exhuma el discurso oficial y las resistencias más o menos fracasadas de sus opositores y la represión.

Nos presenta asimismo el horror de aquella dilatada posguerra, con la Iglesia santificando la Cruzada y con los clérigos apadrinando al Caudillo. Muestra el desastroso gobierno económico de la autarquía, las cartillas de racionamiento, los salvoconductos.

Muestra también la llegada de los americanos, esos nuevos aliados que aceptan una dictadura anticomunista de origen abiertamente fascista: una tiranía igualmente cruel, pero que se va despojando de una parte, exigua, de los simbolismos falangistas.

La Exposición tiene orden y concierto, sentido por partes o en conjunto, cronológica y temáticamente. Las cosas se presentan con sutileza y con profesionalidad, sin pesados academicismos.

Yo he visto jóvenes leyendo con atención las cartelas, las referencias, las síntesis. He visto ancianos dejándose impresionar por viejos recuerdos, por las evocaciones que las imágenes provocan. He visto un gentío entrando y saliendo, viajando a ese país extraño que es el pasado, reconstruido como lo hacen los historiadores: con documentos, escritos, audiovisuales, con restos sobrevividos.

image¿No nos concierne lo antiguo? Lo pretérito no ha concluido y las lejanas imágenes de una España remota nos dicen mucho de nuestra circunstancia. Julián Casanova y los documentalistas, junto con los responsables del diseño o de la arquitectura expositiva, nos transportan, nos hacen revivir lo que ya no existe o lo que es tramoya de otro tiempo: como la maqueta que sirvió a Gillo Pontecorvo para reproducir cinematográficamente el atentado contra el almirante Luis Carrero Blanco (Operación Ogro).

De repente, en medio de esas fotografías he sentido el escalofrío de una pesadilla. ¿Y si todo no hubiera concluido aún? ¿Y si Su Excelencia todavia estuviera agonizando? Las Exposiciones sirven para instruir deleitando. Con Franco, yo no me deleito, pero lo que ya es historia nos permite hacer el duelo o el repudio de lo que aún daña.

El comisario podría haber reunido más objetos materiales. Era una opción, otra opción, desde luego. ¿Cuáles? ¿Qué objetos?

imageLas radios de galena con las que se sintonizaba el mundo exterior. Los velosolex, aquellos ciclomotores con los que se alternaba la tracción humana o mecánica. Los televisores, aquellas pantallas gigantescas empotradas en muebles de madera, con estabilizadores y pañitos decorativos. Los Seiscientos, aquellos vehículos que formaban el grueso del parque móvil español. Y, en fin, tantos y tantos electrodomésticos que aliviaron la penuria y el esfuerzo de mujeres sometidas, de mujeres que soñaban con ser “reinas por un día”.

Pero eso que no está en especie lo encontramos en documentos escritos, en audiovisuales, en imágenes que lo dicen todo de aquellas existencias precarias que empezaron o se aliviaron cuando Su Excelencia pasaba a mejor vida. Amontonar objetos no es garantía de precisión. Tampoco una imagen vale por mil palabras. Siempre necesitaremos la mano maestra. Como es el caso. Nos instruye sin sectarismos y sin nostalgias.

Es una buena manera de enterrar a Franco de una vez por todas.

http://www.juliancasanova.es/exposicion-40-anos-con-franco-zaragoza-17-de-abril-28-de-junio-de-2015/

http://anatomiadelahistoria.com/2014/08/guerra-y-memoria/

‘Españoles, Franco ha muerto’

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Toma 1

antonioBarrosocarmenduranAntonio Barroso​ es un artista muy cotizado, muy bien considerado. Su obra, conocida en los círculos artísticos y en el mercado ha despertado el interés de estudiosos españoles y de otros países. Recientemente su taller ha sido visitado por universitarios alemanes.

Sus producciones no sólo persuaden o inquietan como piezas artísticas: también sorprenden como elementos del diseño. Su concepción es audaz por la mezcla de materiales, por las técnicas utilizadas, por la combinación de fotografía y pintura.

El maestro del retrato: somete a sus modelos a una intervención directa. Con sogas, con plásticos, con animales, con libros, con símbolos de poder. Intervienes sobre sus epidermis, sobre sus cuerpos, con elementos extraños. Las poses pueden resultar conocidas, pero esa intervención provoca un efecto de desasosiego, de inquietud. De estricta novedad.

Lo religioso, lo pagano, lo cotidiano, lo político, etcétera, son mezclados en perfecta aleación creando un marco nuevo para efigies reconocibles.

FrancoporAntonioBarroso1Españoles, Franco ha muerto (Madrid, 2015, en prensa) es una obra que estoy concluyendo para Punto de Vista Editores​. No es una historia del franquismo; tampoco es un estudio sobre la transición democrática. Pero tiene algo o bastante de esos períodos y tiene mucho de ensayo.

Un ensayo no es el género de la arbitrariedad. Es, por el contrario, la escritura del rigor, justo cuando no contamos con todos los medios para liquidar un objeto.

El franquismo no podemos liquidarlo, si por tal se entiende su olvido o mero entierro. ¿Acaso se trata de ganar una guerra cuarenta años después?

No. Mi ensayo está concebido como una reflexión erudita para lectores interesados o incluso desinteresados. Para quienes ignoran el avatar y su entorno.

Hay que captar la atención para hacer ver el peso del pasado, las rutinas que hemos heredado, los automatismos que la dictadura nos dejó. El Régimen no se perpetúa, como dicen algunos maliciosamente. Pero las inercias del franquismo aún se detectan en comportamientos sociales y culturales. De Franco recibimos muchos una educación calamitosa.

¿Por los contenidos académicos? No me refiero a eso. Aludo al sectarismo, al fanatismo, al cinismo. Etcétera. Sin duda, esos vicios humanos no son obra del dictador, pero la tiranía nos habituó a la incultura, a la falta de modales, a la ausencia de formas corteses y democráticas. Los españoles que vivieron la transición debieron aprender qué es la libertad, qué son los derechos, qué es la tolerancia, qué es el acuerdo, qué es la política.

Por ello, hay que despertar el interés por la transición democrática, por lo que se sabía y por lo que no se sabía. La historia no es fruto de la conspiración, aunque haya todo tipo de confabulaciones. Los seres humanos no predicen con rigor aun cuando tengan planes perfectamente acabados.

Por eso, escribo como observador, como peatón de la historia; escribo exhumando algunos de mis recuerdos, ciertas rememoraciones que no sólo me pertenecen, lo que yo detectaba o apenas vislumbraba y ahora registro.

La memoria no es sólo una facultad individual: recordamos colectivamente, recordamos socialmente. Formamos parte de comunidades humanas que dan sentido a las cosas que nos ocurren y cuya rememoración es experiencia personal y vivencia compartida.

FrancoporAntonioBarrosoY escribo, en fin, como historiador, como estudioso que se documenta. El resultado es un libro serio, pero no severo; una obra rigurosa, aunque concebida con toda la ironía de la que he sido capaz. No se trata de aburrir, sino de deleitar enseñando. O, mejor, de aprender con la sonrisa en la boca.

Todo –hasta lo más cruel, lo más sanguinario o lo más triste– puede ser sometido a la chanza o al sarcasmo. En mi caso, la ironía es una defensa contra las ofensas de la vida.

Y Franco fue realmente ofensivo. Me interesa conocer su manera de obrar, de conducirse, de tratar a los demás. Me interesa averiguar cuáles eran sus principales carencias psicológicas, sus astucias más sombrías. Me interesa colocarlo en su contexto.

Que este libro tiene un sentido irónico se aprecia ya en las ilustraciones que Antonio Barroso ha concebido expresamente para este volumen.

La cubierta será sorprendente y su figura o rostro quedarán levemente retocados, fuertemente intervenidos por el artista. ¿Lo apayasa?

No se trata de una mera burla. Se trata de sacarle los colores. De sacarle los colores a Franco, de hacerlo con finura, habilidad, técnica y contención.

Disfrutarán con este libro.

Francisco Franco y los gallinazos

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“Su Excelencia El Jefe del Estado sufrió, el domingo por la tarde, un leve accidente imagede caza”.

Así rezaba el titular periodístico de una nota distribuida por la Agencia Cifra el 26 de diciembre de 1961. El accidente del que se daba cuenta había ocurrido un par de días antes, el domingo 24. Franco se había herido en una mano tras la explosión del cañón izquierdo de su escopeta. A Su Excelencia le gustabimagean las cacerías, sí.

¿Eran una compensación psíquica de carencias infantiles o emocionales? ¿Eran una ostentación enfáticamente viril?

Una buena parte del Régimen, de su historia, se explicimagea a partir de cacerías y monterías. El deporte de la escopeta nos remite a lo más primitivo, a la persecución de la pieza. ¿Para la supervivencia? Puede que sí, puede que no. Pero los disparos son también explosiones de masculinidad.

El arma experimenta un retroceso que ha de soportar el hombro bien formado del cazador. Una detonación lanza el proyectil o riega de balines el objetivo. Es como una contienda, pero sin enemigo real.

Francisco Franco supo prolongar la guerra por otros medios, por muchos medios. Era una manera recreativa de mantener la mano hábil.

Es ésta una afición que llegó a compartir con la pesca (en donde tan importantes son los salmones o los atunes, siempre de grandes proporciones). También disfrutó del cine y la televisión (en donde, el entretenimiento es esparcimiento): el Caudillo pasaba maratonianas sesiones viendo la pequeña pantalla, televisión española.

El franquismo terminal fue, entre otras cosas, eso: trivialidad ordinaria, rutinas de un dictador envejecido, excesos de Palacio y del entorno, una mezcla de mediocridad material e ínfulas otoñales.

Años después leí El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez, y no daba crédito: todo parecía fruto de la exorbitante imaginación del novelista. ¿Acaso por las fantasías locas del dictador? No: por la rutinaria experiencia del poder y de la muerte.

El espacio presidencial estaba yermo. La vida en Palacio se había convertido en un bancal en el que crecían las malas hierbas, un lugar en el que pastaban parasitariamente las vacas o picoteaban los gallinazos.

En España jamás tuvimos un palacio de El Pardo con ese abandono tropical. Pero nuestra dictadura tenía mucho de bananera: voluntades arbitrarias, aspirantes y trepas, leguleyos que encubren los malos hábitos y las granjerías de militares fondones o empresarios venales. En las cacerías se arreglaban negocios al amparo de las concesiones, de las contratas, de las simpatías.

He leído la novela de García Márquez El otoño del patriarca un par de veces. La primera hacía 1977; la segunda a finales de los noventa. Regresaré, por supuesto. En ambos casos, la experiencia ha sido semejante.

Piensas que es un exceso en todos los sentidos; piensas que Gabriel García Márquez optó por exagerar hasta el paroxismo la irrealidad del déspota solitario, que escribió una prosa abundante y apabullante para que la hipérbole fuera aún mayor. El autor colombiano se retaba con otros colegas…

Pero inmediatamente te corriges y añades: dueño de un significante frondoso, de un verbo torrencial, García Márquez sabía muy bien lo que hacía para encandilar, para no dejar respirar al lector, para retenerlo.

De ahí que pudiera permitirse una sintaxis sin puntos y aparte, por ejemplo. Así, admitiendo el exceso, aceptas igualmente que no puedes dejar de leer. Franco fue parte de su inspiración más loca.

La multiplicación de tiempos, de espacios, de voces narrativas está hecha con gran habilidad. Un maestro, sin duda; pero era un maestro que podía haberse contenido algo. ¿Algo? ¿Cuánto? El retrato del poder dictatorial, arbitrario y paternalista es incomparable, con el Palacio presidencial que retiene los restos de antiguos esplendores, la corrupción y podredumbre orgánica y material de los seres vivos y de las ruinas.

La imagen de las vacas paciendo por todas partes, la imagen de los gallinazos picoteándolo todo, la imagen del doble que acepta el destino raso de impostor oficial, etcétera, son momentos inolvidables. Increíble la experiencia. El lector quizá piense que el autor podía haberse ahorrado algún adjetivo. De inmediato me corrijo.

Todo el exceso encaja. Aunque Francisco Franco estaba lejos de la herrumbre tropical de García Márquez, su otoño, el fin de sus días, tuvo también su declive portentoso, una metáfora de la degradación: con alimañas picoteando, con gentes paciendo, nutriéndose parasitariamente.

Pero la historia, la historia real, la de Franco y su declive, empezó mucho antes, al menos hacia 1961. Ahí comienza a derribarse el franquismo.

Franco y yo

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Franco y yo

cuarenta-anos-con-franco_julian-casanova_detalleEstoy acabando un libro (Españoles, Franco ha muerto) que es aleación y mixtura: ensayo, recuerdo personal, erudición académica, monografía. Lo publica Punto de Vista Editores​. Primero en versión digital y luego, más adelante, en papel.

La escritura tiembla. No es fácil combinar géneros distintos y sobre todo tonos diversos, con énfasis variados. Por supuesto no espero decir nada radicalmente nuevo que los especialistas no hayan dicho ya. Me refiero a Julián Casanova​, a Paul Preston​, a Borja de Riquer, a Antonio Cazorla, a Angel Viñas, etcétera.

Disfruto repasando viejas lecturas, releyendo textos muy edificantes y formadores, como los de Carme Molinero. Y disfruto releyendo a mis queridos reaccionarios: a esos obtusos o perspicaces investigadores que ensalzan a don Francisco Franco (Pío Moa). Vivo días de gran entusiasmo y vivo días de rememoración personal. Yo era un observador, un simple inspector. Ahora soy poco más.

Recuerdo aquella serie de acontecimientos que llamamos Transición: en mayúsculas. ¿Por veneración? No, por abreviar. La recuerdo como un contemporáneo, como un observador más o menos informado, es decir, como el muchacho que tiene un conocimiento limitado, un joven con diecinueve años que cursaba la carrera de Historia Contemporánea.

Sé que tengo las de perder ante quienes saben de pactos secretos, ante quienes conocen los planes de los reales o supuestos confabuladores, ante los que defienden teorías conspirativas, ante quienes mantienen diagnósticos tapados. Ante juicios expeditivos que desechan el régimen del 78 (el régimen que institucionaliza la Constitución de 1978). Pero sé que tengo las de ganar aprendiendo de quienes más saben y de quienes libran a manos llenas.

Julián Casanova y sus colaboradores acaban de inaugurar una exposición en Zaragoza. La visitaremos en breve. Para nuestro disfrute y con su compañía. ¿Es la Transición una abdicación de la izquierda? Los historiadores no se plantean así las preguntas.

La Transición, ¿nos parece poca cosa? Hay jóvenes políticos de hoy que dicen cosas tremendas sin haber estado allí y sin saber exactamente qué se libraba. Lo que digo –mi queja– me recuerda el reproche de un veterano, el que podía hacer un marine a quienes no habían vivido el infierno de Vietnam.

Me divierte y me irrita la arrogancia de la juventud… Sobre todo me irrita cuando es ignorancia, cuando alguien se atreve a juzgar con dureza lo que hicieron sus mayores. ¿Mayores? Sí, como ese Santiago Carrillo que supo tener gestos de grandeza.

Ya lo dijo el historiador marxista E. P. Thompson en su libro Agenda para una historia radical (2000). Hay que evitar la soberbia tan común del biógrafo sabelotodo y parlanchín, la jactancia de quien ha vivido después y se siente capaz de juzgar los errores y los empecinamientos de sus mayores. ¿Por qué? ¿Para salvarlos? No se trata de eso.

La de Thompson es una excelente lección que nuestros jóvenes políticos no deberían desestimar. Ya lo afirmó el propio historiador al principio de La formación de la clase obrera (1963): no deberíamos tener como único criterio de evaluación histórica el que las acciones de un hombre se justifiquen o no a la luz de lo que ha ocurrido después.

Es decir, el buen historiador es aquel que reconstruye en contexto y sabe que ese hecho, ese dato o esa conducta forman parte de una cadena de significados que son simultáneos para el biografiado.

Pues eso.

La República

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En enero de 2013 en la sección ‘Enfoque’, de Abc (o ABC, como dicen los puristas) leí Bestiarioun artículo de Esperanza Aguirre. Lo glosé en el Bestiario español. Semblanzas contemporáneas​ (Madrid, Huerga & Fierro, 2014).

Ahora vuelvo sobre ello ¿Su título? “La República”. La autora, que firma como presidenta del PP de Madrid, critica a quienes hoy en día exhiben banderas tricolores: la enseña de la II República española.

No sé. Yo, que jamás exhibo bandera alguna, me sorprende su malestar. Entiendo que quienes tienen seguras y firmes sus pertenencias nacionales saquen pendones. Los estandartes servían para distinguir a las tropas frente al enemigo. Por eso, en un mundo de Estados-nación supongo que los naturales harán ondear las enseñas.

No me verán jamás en esa circunstancia. Como mínimo, es una lata. Para mí. Yo nunca he querido significarme en este sentido: no por mantenerme a buen recaudo, sino porque me molesta la ostentación de símbolos, sean locales o universales. ¿Por qué? ¿Acaso por falta de sentimientos? No. Como decía Jessica Rabbit, no soy malo; es que me dibujaron así…

988516_10205937773143985_4422101069418198361_nAdmite Esperanza Aguirre que le preocupa y que le entristece “ver el entusiasmo, no sé si ingenuo o malvado, con que se exhibe la bandera que simboliza uno de los periodos más nefastos de nuestra Historia, en el que se enconaron los odios, se despreció al adversario político hasta llegar a su eliminación física y las libertades estuvieron constantemente amenazadas”. Vamos a analizar esta afirmación.

Hemos de admitir que la II República española acabó mal. ¿Por qué? Entre otras cosas, por la tensión, por la crispación entre partidos, por el repudio del otro. Y por el Alzamiento Nacional, que fracasó y se prolongó como guerra… De todos modos, no era un problema exclusiva o estrictamente republicano. Era un dislate español y circunstancial: los años treinta son un período de gran violencia en Europa. Julián Casanova​ lo ha analizado con rigor y pasión.

Además, en la España de esas fechas, la cultura política era prácticamente inexistente. ¿A quién se le había enseñado qué era la democracia? ¿Cuál era la experiencia española del parlamentarismo y del sistema de partidos? Por abreviar: el turno de las organizaciones dinásticas y los encasillados, la oligarquía y el caciquismo.

La República no fracasó. Lo que fracasó fue la experiencia parlamentaria española tras un siglo de sectarismo. Y fracasó también la tradición institucional: en una sociedad de clientelismo y patronazgo, el respeto democrático es impensable. Pero hay más.

Si la República fue uno de los regímenes más nefastos, según Esperanza Aguirre, ¿qué podríamos decir de la Monarquía borbónica? Los siglos XIX y XX son la confirmación del gran fracaso dinástico y modernizador de los soberanos españoles. La Corona se rodeó en el Ochocientos y en el Novecientos de una Corte de negociantes, aduladores, curas, monjas: vamos, la Corte de los Milagros. Qué le vamos a hacer.

Además, por culpa de los problemas dinásticos y por otros factores sociales, la España decimonónica fue una sucesión de violencias. ¿Sangre? ¿Quieren sangre? Pues empiecen con 1808 y sigan con las Guerras Carlistas. Alguna responsabilidad tuvieron los reyes, ¿no? Tanto Fernando VII, como Isabel II, como Alfonso XII, como Alfonso XIII fueron calamitosos.

Yo no ondearé la enseña republicana, pero cuando cualquiera de ustedes empuñe el mástil de la bandera bicolor piense un instante en los Borbones del pasado. Y mira que me duele decir esto… No soy bueno; es que me dibujaron así.

O, como dice Miguel Catalán en su libro La ventana invertida (Gijón, Trea, 2014), “que la dinastía borbónica siga reinando en España después de tres siglos de venalidad y francachelas es un argumento de peso para considerar si después de todo Dios no estará realmente de su parte”.

Yo no sé si soy republicano.

Soy accidentalista… Pero ateo, lo que se dice ateo, sí que lo soy. Si anda por algún lado, está claro que Dios está de su parte.

Viva la democracia

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Sí, viva la democracia. Me dirijo a usted para que la haga suya: para que la viva. No aludo a asambleísmos o a decisiones colectivas y directas. Me refiero a saber respetar OrtegayGassetal otro, a saber dialogar, a saber pactar. Contrariamente a lo que sostenía Carl Schmitt en El concepto de lo político (1932), la vida política no puede, no debe cimentarse en amigos y enemigos. Debe fundamentarse en la controversia civilizada, sabiendo todos que la propaganda forma parte de la persuasión; sabiendo todos que la caverna nos hace ver sombras… No te puedo sofocar, no te puedo aplastar, no te puedo exterminar, no te puedo callar.

“La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal”, decía José Ortega y Gasset en un párrafo memorable de La rebelión de las masas (1929). Vale decir, la forma más sofisticada, la técnica más compleja de funcionamiento social es el sistema democrático porque hace convivir a los diferentes, a los que piensan distinto, a los que se contrarían. Lejos de eliminar las tensiones, la democracia reconoce los conflictos, conflictos de intereses o de opinión, y les da un cauce de expresión.

“Ella lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es prototipo de la acción indirecta…”, añadía Ortega. Contar con el prójimo, pero no porque piense igual que nosotros, sino porque sostiene cosas diferentes, porque sus juicios, por muy equivocados que puedan estar, expresan puntos de vista que sería una pérdida eliminar.

“El liberalismo es el principio de derecho político según el cual el Poder público, no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo y procura, aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría”, insistía Ortega.

Resulta difícil esta autolimitación, entre otras cosas porque los recursos institucionales o policiales de ese Estado podrían aplicarse con gran eficacia para acallar a quienes incordian o molestan y no sólo a quienes amenazan o mienten con el afán de destruir. Es decir, entre la inacción (el todo vale en virtud de la libertad de expresión) y el intervencionismo que fiscaliza, controla, limita, persigue la disensión, sólo hay un trecho corto, y la tendencia de los poderes es a usar aquello que más a mano tienen: la represión.

Por eso, añade Ortega, la democracia es un marco en el que se hace explícita “la suprema generosidad”. En ella se pregona “el derecho que la mayoría otorga a las minorías y es, por tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo; más aún, con el enemigo débil”.

La generosidad suprema no es la que se da con el igual o con el afín, con el adherente o con el próximo, sino con el distante, con aquel con quien no nos une o no compartimos casi nada. Según admite Ortega inmediatamente, “era inverosímil que la especie humana hubiese llegado a una cosa tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural” como es la democracia liberal. Aceptar la pluralidad de intereses, admitir la legitimidad de los conflictos y de las opiniones diversas es un logro civilizado, lo que no significa que esos juicios que nos son contrarios debamos aceptarlos sin más para silenciar los nuestros.

Lo bonito de la democracia es dar visibilidad legal a esos conflictos y sobre todo excluir la violencia. ¿Y qué es lo civilizado? “La barbarie es ausencia de normas y de posible apelación”. Y lo civilizado se mide por la mayor o menor precisión de las normas. En efecto, se mide por la densidad normativa de la sociedad y del sistema político. Eso no quiere decir que el Estado deba regularlo todo, sino que debe crear un espacio jurídico en el que no haya lugar a la improvisación o a la arbitrariedad, un ámbito o dominio en el que todos sepan a qué atenerse y en el que la vulneración de esas normas bien fijadas y claras tenga la respuesta institucional prevista.

Simple, ¿verdad? Pues es lo mejor que hay. Pero para eso hay que leer, formarse, curtirse, educarse. ¿Nos ponemos a ello?

Fantasmas

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Hoy he releído El fantasma de Canterville.

DSCN2310No puedo añadir gran cosa. No puedo añadir gran cosa a lo que me sugirió la primera relectura. Pero no quiero dejar de transmitir mi entusiasmo por una obrita maravillosa que nada tiene que ver con el volumen que me tiene ocupado. ¿Volumen, qué volumen?

¿El que vamos a publicar Alejandro Lillo​ y yo sobre monstruos del Novecientos? No. ¿El que completo sobre otro monstruo del siglo XX, Francisco Franco, muerto hace cuarenta años…? No. Tampoco.

Releo la obra de Oscar Wilde. Ojalá pudiera decir: anoche soñé que regresaba a Canterville… No puedo, pero he regresado, sí.

“Cuando el señor Hiram B. Otis, ministro de Estados Unidos, compró el castillo de Canterville, todos seguraron que cometía una estupidez, puesto que aquella finca estaba embrujada.

“El mismo lord Canterville, que era un caballero escrupuloso y honrado, se creyó obligado a prevenir al señor Otis cuando trataron del precio:

“–Incluso nosotros –dijo lord Canterville– nos hemos abstenido de vivir allí desde la época de mi tía abuela, la duquesa viuda de Bolton, que contrajo una dolencia nerviosa causada por el terror que sintió una noche en el castillo.

“Dos manos de esqueleto se posaban sobre sus hombros, mientras se vestía para la la cena. Es mi deber advertirle que el fantasma ha sido visto por varios miembros de mi familia todavía vivos y por el párroco del pueblo, el padre Augusto Dampier, agregado del King’s College de Cambridge.

“Después del lamentable accidente que le ocurrió a la duquesa, ninguno de los criados quiso permanecer en la casa, y lady Canterville comenzó a pasarse las noches en vela, oyendo ruidos misteriosos en la galería y en la biblioteca.

“–Compraré la finca y el fantasma por el mismo precio, milord –contestó el ministro–. Venimos de un país en donde podemos tener todo cuanto proporciona el dinero.

“Como nuestros jóvenes son muy despiertos y recorren el viejo continente quitándoles a los europeos sus mejores actrices y cantantes, creo que si queda un fantasma auténtico en Europa vendrán a buscarlo para exhibirlo en uno de nuestros museos públicos, para mostrarlo como un fenómeno de barraca de feria”.

El pasaje que precede es el principio de El fantasma de Canterville, una novela breve que Oscar Wilde publicó en 1887. La releo –ahora ya por tercera vez– en la versión de Mario Lacruz, recientemente recuperada por la editorial Funambulista. ¿Es un relato gótico? ¿Es propiamente una novela de fantasmas?

Como indica su título trata de espectros, de aparecidos, sí. Trata de un ser que penosamente sobrevive o malvive desde 1584. Desde 1584. Nada menos. Penoso. ¿Ustedes se imaginan?

Estamos a finales del siglo XIX y, por tanto, el fantasma lleva mucho tiempo haciéndose presente, manifiesto: asomándose en el momento en que va a ocurrir una desgracia, una defunción en la familia propietaria del castillo.

Desde luego es para pensárselo: quiero decir, es para pensarse la compra de una heredad cuyos habitantes se ven periódicamente trastornados por esa fantasmal presencia, unas apariciones que certifican y confirman una desgracia doméstica, una predicción o su misma causa.

La respuesta del comprador, Hiram B. Otis, de espíritu tan práctico y estadounidense, no ofrece dudas: ¿me dice, milord, que cada vez que alguien enferma y muere se hace presente el fantasma? Bueno, igual hacen los médicos de cabecera, Lord Canterville.

“Los fantasmas no existen”, aclara el ministro norteamericano, “y supongo que las leyes de la Naturaleza no hacen una excepción con respecto a la aristocracia inglesa”.

Es curioso: años después, hacia 1897, Drácula, el viejo noble feudal que arrastra siglos de penosa vida viaja a Inglaterra para comprar fincas: tierras e inmuebles que habrán de convertirle en un hacendado. Se desplaza al centro del Imperio, al núcleo del capitalismo industrial, comercial, inmobiliario. Los fines están claros: apoderarse del fluido vital de la Gran Bretaña. De Alejandro Lillo esperamos una tesis grandiosa sobre el Conde.

En cambio, en la novela de Oscar Wilde, son los estadounidenses los que llegan para adueñarse no sólo de sus viejos castillos, sino también de los bienes inmateriales, de esas propiedades intangibles que son sus fantasmas: en realidad, para arrebatarles incluso el pasado que es su gloria y mayor pertenencia. Pasado y heredad son la rúbrica de una nación poderosa.

La obra de Wilde no es exactamente terrorífica, sino humorística, con esa melancolía algo triste de quien ve mudar el mundo y sus certidumbres más arraigadas. Es lo que nos pasa a nosotros. No hay manera de entender el curso del devenir.

“El tema de ‘El fantasma de Canterville’ pertenece a la novela gótica, pero, afortunadamente para el lector, el tratamiento no lo es. En este divertido relato, los americanos no toman en serio al fantasma, y ni los lectores ni Wilde toman en serio a los americanos”, dice Jorge Luis Borges en uno de sus prólogos prodigiosos.

La obra es una mezcla de sátira y farsa, con esa elegancia de la que es y será capaz el autor de El retrato de Dorian Gray (1890) o La importancia de llamarse Ernesto (1895).

La imagen que Wilde da de los norteamericanos es ambivalente, claro. Por un lado son gente de gran sentido pragmático (como ocurre con el personaje estadounidense de Drácula). Por otro son individuos que achatan la egregia solera inglesa.

Como había escrito Wilde en sus Impresiones de Yanquilandia (1881), quizá no sean elegantes, pero qué cómodamente visten los estadounidenses; quizá carezcan de la suave indolencia británica, pero qué ajetreo tan desenvuelto; quizá no tengan el silencio milenario de las ruinas europeas, pero que ruido tan industrioso; quizá no dispongan del primor histórico o estético de Oxford o Cambridge, pero qué belleza imprevista hay por muchos parajes americanos.

Todo tiene una insólita, una imponente grandeza, con ese horizonte, con ese Oeste que nunca acaba de alcanzarse. Ah, el vagón movido por una máquina de vapor que avanza y avanza eficazmente, sin poesía. El volumen de las cosas es su canon de belleza y la altura de las construcciones, su patrón de excelencia, añade Wilde.

¿Previsible lo que dice el escritor? Hay que tener en cuenta que Wilde viaja por Estados Unidos en 1881. Por tanto, sus impresiones son tempranas y describen con precisión muy satírica y elegante lo que es Norteamérica. En estas circunstancias, con naturales de esa índole, ¿qué puede sucederle a un fantasma, a ese espectro de Canterville que cae en manos de los estadounidenses?

Pronto estará chasqueado, abatido: desconsideradamente tratado, ya no puede deprimirse más. Se ve víctima de la mala educación de los muchachos americanos y del burdo materialismo de Hiram B. Otis. Se decepciona, en fin, pues ya no vale para impresionar, para atemorizar a la familia yanqui, que vive imperturbable en la vieja residencia señorial.

¿Tantos siglos de culpa para esto? “Hace trescientos años que no duermo y me encuentro muy fatigado”, admite pronto ante Virginia, la joven norteamericana. Y lo necesita, vaya si lo necesita: reposar blandamente abandonando toda esperanza. ¿Esperanza, un fantasma?

En realidad, es otra cosa lo que precisa: “no saber que existe el ayer ni el mañana… Olvidar el tiempo y la vida, yacer en paz… Usted podría ayudarme”. ¿Es posible lo que estamos leyendo? ¿Un fantasma pidiendo ayuda a una jovencita?

Ojalá lo consiga. Visto de lejos, un fantasma da miedo, señala Wilde; de cerca…, de cerca nos provoca una gran compasión.

Un abrazo.

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