Javier Marías y Julio Camba

jserna:

Dos de los grandes: Javier Marías y Julio Camba.

Originalmente publicado en Los archivos de Justo Serna:

VIDASESCRITASLa semblanza es un género francamente difícil. Has de proporcionar los datos básicos de un personaje que el público no tiene por qué conocer. Has de provocar el interés en un tipo humano que de entrada no tiene por qué despertar atención alguna. Sea una celebridad o sea una persona del montón.

¿Qué es una persona del montón? No hay tal cosa. Todos somos interesantes vistos de cerca. Con lupa se nos ven los poros, las impurezas de la piel, esa rugosidad imperfecta. En fin. En cambio, de lejos nos desvanecemos para acabar siendo algo borroso e indefinible: el grueso o el paisaje nos desdibujan. Mala suerte.

Pero que ese individuo sea finalmente captado con palabras y que, además, sea trazado en sus rasgos esenciales es tarea colosal. ¿Rasgos esenciales? ¿Y qué es tal cosa? Lo que uno dice de sí mismo no es necesariamente lo que lo otros destacarían…

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Los catalanes que huyeron al campo enemigo

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espias-cubierta.inddSabíamos, sí, sabíamos que Josep Pla y Francesc Cambó fueron hermanos políticos, con desiguales dominios e influencias. Sabíamos que tenían cercanías y rivalidades. Sabíamos que ambos detestaron la República antes de que los representantes del nuevo régimen dieran pruebas de agotamiento o sectarismo.

Sabíamos, sí, sabíamos que ambos eran conservadores, una cosa telúrica y a la vez urbana, burguesa y a la vez rústica. A Cambó se le debe una parte sustancial del ‘redreçament’ cultural de preguerra. Barcino y sus bellas ediciones en catalán, que iniciara Josep Maria Casacuberta en 1924, convirtieron la Barcelona menestral en ciudad cosmopolita, en capital de un pequeño imperio de saber y modernidad. Con el patrocinio, entre otros, de Francesc Cambó.

Dice Joan Fuster en su canónica Literatura catalana contemporània (1971) que Josep Pla no era un burgués, que era un conservador y un tipo simultáneamente anarcoide. Con ello parece exculparle de algo: justamente por eso, Pla no se habría privado de lanzar todo tipo de dicterios contra la burguesía (entre ellas, la catalana).

2011-03-13_IMG_2011-03-06_01.14.18__fotos2006-200703_0003078_Sostiene Fuster que “por esta misma razón, su reacción ante la derrota del treinta y seis no fue muy visible”. Es decir, que no se le vio. ¿Y dónde estaba por esas fechas? Tuvo que huir, dice Joan Fuster. Pero tuvo que huir tanto y tanto que acabó huyendo al campo enemigo. Literal.

Hay que admitir que el escritor valenciano tenía su gracia para no decir lo que debía decir o para fantasear con lo que no sabía. Fuster y Pla fueron uña y carne y se dedicaron páginas de mucha lujuria verbosa, de mucha hermandad. Fuster venía del carlismo más católico y rural, una cosa pueblerina que pudo quitarse de encima: se creó un mundo propio, viajaba una vez a la semana a Valencia, y residía en Sueca protegido por una biblioteca creciente y por una correspondencia igualmente creciente.

¿Y Pla? Pla venía de un cosmopolitismo de amplio espectro, de un europeísmo de muchos quilates, que acabaría en postureo: en un rusticismo postizo y a la vez interesantísimo. Con boina y todo.

El escritor ampurdanés ayudó muchísimo al valenciano: por ejemplo, dedicándole uno de sus famosos Homenots. Con ello contribuía a encumbrar al polígrafo de Sueca (que era un ensayista de fuste, sin duda). Y todo eso sucedía cuando Edicions 62 creaba, en los años sesenta precisamente, el canon de la literatura catalana: en tapa dura, uniformados, los volúmenes de Josep Pla y Joan Fuster, entre otros, fijaban una normalidad literaria. Y algo más. ¿Unos Países Catalanes? Para Fuster, sin duda…

Ahora, Josep Guixà, en Espías de Franco (Fórcola Ediciones) nos devuelve una historia antigua y mal conocida: la de ese catalanismo remoto que huyó al campo enemigo para poder sobrellevar la derrota (en palabras de Joan Fuster). La historia es muy maleable, pero la ignorancia o el silencio lo son más.

Sabíamos, sí, sabíamos que había habido catalanes franquistas, incluso catalanistas acérrimos que se adhirieron al nuevo Estado Español. Pero eso supuestamente no empañó la imagen de una Cataluña nacionalista y democrática. ¿No empañó? Según dijo Borja de Riquer, “una cosa es que la Cataluña nacionalista, democrática y revolucionaria fuera vencida el año 1939 y otra muy distinta es creer que todos los catalanes perdieron la guerra”.

No, todos los catalanes no perdieron la Guerra Civil: algunos la ganaron. Josep Guixà nos lo cuenta con páginas bien templadas, con pasajes que estremecen. Hay mucho detalle sorprendente y un trabajo de archivo realmente notable.

36177680El cinismo de tanto patriota no es exclusivo del catalanismo. En el resto de España tenemos muestras abundantes de nacionalismo también carpetovetónico. La prosa de Josep Pla es inconmensurable. El quadern gris, manufacturado a lo largo de décadas, es una delicia del diarismo y es a la vez un falso dietario.

Por otra parte seguiré leyendo a Joan Fuster: ahora se cumplen diez años del libro que publicamos en Espasa Encarna García Monerris y yo (Joan Fuster, Nuevos ensayos civiles).

En fin: que la prosa no es asunto preferentemente ético, pero una ética prosaica nos lleva, sí, al cinismo.

Cuando acierta Javier Cercas

jserna:

Bravissimo Javier Cercas.

Javier Cercas nació extremeño y es catalán de adopción (como reza el tópico). Vive en Barcelona tras haber sido profesor de Universidad en Gerona, profesor de Literatura. Tiene también alguna estancia académica en los Estados Unidos, cosa que sin duda le benefició.

Dispone de una cultura amplísima pero eso no lo convierte necesariamente en ciudadano cabal y moral. La moralidad es un ejercicio diario de comprensión. Pero también de intolerancia con las opiniones, tradiciones y esperanzas absurdas.

Cercas es, como muchísimos saben, un novelista acreditado. Urde sus ficciones con gran habilidad y maestría. Alguien cuenta lo que a otros ocurrió y ese que cuenta sabe menos (o más retrospectivamente) que quien protagonizó los hechos. Hay juegos metaliterarios, humor popular, ternura y, finalmente, coraje. Leer todos sus libros es un disfrute impagable: los euros que cuestan dan un rendimiento que no tiene precio.

Sin embargo, este hecho, el placer que procuran sus obras, no es garantía de opiniones sensatas. Tampoco confirma necesariamente su cualidad de columnista.

Pero se da la circunstancia de que Cercas es sensatísimo cuando escribe sus artículos. No jalea a los de un lado o a los del otro. Juzga con mesura y se deja guiar por su buen humor, una sanísima ironía que despierta la ojeriza de los extremistas.

Su filosofía, si Javier me permite, se resume en un par de asertos. Primero, la vida son cuatro días, pero esa vida dura lo suficiente como para protegerla. ¿Eso qué significa? Que no nos basta el ‘carpe diem’ o la locura dionisíaca (‘hoy lo quemo tó’). Segundo aserto: la existencia no es un Valle de Lágrimas o un frente de batalla en los que amargarnos mutuamente. Sabe, además, que la ley es la protección del débil (un argumento remotamente inspirado en Hannah Arendt) y en su experiencia de emigrante. Y sabe en fin que las metas más lejanas pueden lograrse con esa ley y sin marrullerías.

Yo siempre quiero releer a Cercas. Sus novelas son artefactos de mucho peso, productos de brillo maestro. Y tienen un español literario de Barcelona que es un logro cultural. Le dediqué un capítulo en mi libro ‘La imaginación histórica’ (Fundación Lara, 2012) y siempre me siento en deuda. Hay más, mucho más, que de su obra se puede decir. Yo no descarto volver a examinar sus páginas.

Pero antes que nada disfrutaré otra vez con la frase de Cercas, esa que contiene la tradición cervantina, el eco remoto de la picaresca, la devoción por Borges, el malabarismo posmoderno y la moral, la virtud de las pequeñas cosas, la ética del hombre cercano.

La virtud de las pequeñas cosas, esa ética del hombre próximo, es lo que a Javier Cercas le impide desvariar. Él es una persona acostumbrada a la forma, a las formas, vigilante del detalle y del proceso. Es por eso por lo que su artículo sobre Cataluña es un ataque contra las quimeras y contra los atajos.

Bravo. Todo lo anterior lo escribí hace un año a partir de un soberbio texto del escritor catalán. Hoy, doce meses después, lo repito con más énfasis. En italiano: bravissimo Cercas.

http://justoserna.com/2013/09/16/cuando-acierta-javier-cercas/

Originalmente publicado en Los archivos de Justo Serna:

Javier Cercas. Cercas acierta plenamente al plantear el caso de Cataluña. Su artículo ‘Democracia y derecho a imagedecidir’ es un modelo de buen juicio, de sensatez.

Javier Cercas nació extremeño y es catalán de adopción (como reza el tópico). Vive en Barcelona tras haber sido profesor de Universidad en Gerona, profesor de Literatura. Tiene también alguna estancia académica en los Estados Unidos, cosa que sin duda le benefició.

Dispone de una cultura amplísima pero eso no lo convierte necesariamente en ciudadano cabal y moral. La moralidad es un ejercicio diario de comprensión. Pero también de intolerancia con las opiniones, tradiciones y esperanzas absurdas.

Cercas es, como muchísimos saben, un novelista acreditado. Urde sus ficciones con gran habilidad y maestría. Alguien cuenta lo que a otros ocurrió y ese que cuenta sabe menos (o más retrospectivamente) que quien protagonizó los hechos. Hay juegos metaliterarios, humor popular, ternura y, finalmente, coraje. Leer todos…

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Viva Gracia, Viva Carr

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Jordi GraciaUno. Jordi Gracia es autor de una biografía de José Ortega y Gasset que leo con gusto, con delectación. Posee como nadie el don del ensayismo, de la narativa verdadera. Te lees un biografía suya publicada en ‘Españoles eminentes’ (Fundación March-Taurus) y piensas que te vas a encontrar con un tocho académico. Y no: diría que la obra es un gracia si no fuera jugar tontamente con su apellido. Realmente les recomiendo este volumen, compartan o no todos los juicios del autor o del biografiado. Gracia decidió no hacérselo pasar mal a los lectores y eso se nota.

Como se nota en sus textos anteriores sobre Dionisio Ridruejo. Habrá sobreentendidos y quizá algún guiño que se le escape a la audencia, pero Gracia sabe atrapar con su prosa arrebatada, con su sintaxis limpia y eufórica. Es un hombre alegre. Es un tipo jovial, además de sabio y erudito cuando quiere. Es un catalán que descree profundamente de la tentación soberanista, cosa que juzga con razón como artimaña de burgueses y de familias bien.

Dos. Si me pidieran que les recomendara un libro suyo, un texto breve que sirviera de introducción, no tendría dudas: ‘El intelectual melancólico’, aparecido en 2011. Es un panfleto. No es una descalificación mía: es que el autor lo subtitula así, con la palabra panfleto. Quiere valerse de los recursos de este género literario. ¿Cuáles? La brevedad, la contundencia expresiva, la generalización y, si cabe, la movilización.

Gracia escribe sobre aquellos otros intelectuales (él también pertenece a dicha especie) que viven apesadumbrados, entristecidos. No es su caso. “El mundo marcha mal, con una decadencia insuperable, y yo me retiro”, vendría a decir el melancólico. “Padecemos una banalización de la cultura, un desgaste de la exigencia, una vulgarización. Así no se puede…”, añadiría ese intelectual. “La Universidad ha perdido todo papel rector, los profesores son peores que sus precedentes y los estudiantes carecen de cualquier preparación”, insistiría el melancólico. Gracia caricaturiza y se guasea. ¿Y quién es?

El intelectual es una figura del pensamiento, de la ciencia, del arte, de la creación. O es un figura. Pero es sobre todo alguien que aprovecha su tirón para opinar, para juzgar. Lo que le hace característico no es que sea escritor o poeta, ensayista o profesor, pongamos por caso, sino que se valga de su celebridad, mayor o menor, para intervenir en la esfera pública.

Habla X y todos callan: le reconocen autoridad. Escribe Y y todos aguardan: esperan su dictamen. El intelectual se compromete –como dijera Jean-Paul Sartre– poniéndose en un aprieto: poniéndose en un compromiso por todos nosotros. Sartre escribió, cultivó todos los géneros, acertó, se equivocó, fue seguido y tenido en cuenta.

¿Pero qué pasa cuando a ese intelectual de guardia no se le hace caso? ¿Qué ocurre cuando no se le lee o no se le atiende? Jordi Gracia lo describe con mucho salero: su carácter se avinagra y vive en una nostalgia insuperable. Con desazón y malestares varios, con edad y a punto del retiro, el intelectual melancólico observa la esterilidad de sus afanes. Por eso reprocha al mundo su mala marcha, pero sobre todo nos reprocha la poca atención que le hemos prestado, humildes mortales.

Gracia se refiere a alguien en concreto que no revelaré, alguien que deplora el estado de la Universidad como si ésta –la de ahora– fuera la peor institución de la historia educativa. Indudablemente, la Academia tuvo tiempos mejores: cuando estudiaban cuatro y el de la guitarra, si me permiten decirlo así. Aquellos sí que eran tiempos, viejos buenos tiempos: con pocos estudiantes, todos hijos de familias pudientes, y con profesores severos, muy solemnes, dotados de la máxima autoridad.

No hace falta identificar a la persona que es objeto de la andanada. Gracia arremete con mucha sorna contra los apocalípticos (por decirlo con Umberto Eco). Y arremete contra el pesimismo, esa sensación que tantos padecen o quisisieran padecer: “tras mi retiro, el mundo se perderá, pues hay síntomas de que esto va a ocurrir”. ¿Cuáles? “Mi próxima jubilación es una prueba”, podría decir el melancólico.

Fue Francisco Fuster quien me pasó su ejemplar de este libro de Jordi Gracia, cosa que le agradezco. Deliberadamente no quise leer la reseña de Fuster para que no condicionara mi impresión. Y sí, finalmente leí ‘El intelectual melancólico’. Convengo con el autor, con Gracia, asintiendo: estoy harto de tanto apocalíptico que dispone de sueldo oficial, de puesto asegurado, y a la vez deplora la decadencia del mundo y de los jóvenes. Puaj.

Gracia quería titular su libro así: ‘Panfleto contra el prestigio de la melancolía entre los intelectuales afectados por el síndrome del narciso herido’. La editorial, Anagrama, no le ha dejado por economía. Una pena, pues ese título, tan extenso, es un remedo bien simpático de otros clásicos del género panfletario.

Tres. Leí el volumen de Jordi Gracia después de haber releído por énesima vez a E. H. Carr, ese libro suyo tan serio e irónico que apareció en 1961. En ‘¿Qué es la historia?’, el historiador inglés acaba con un capítulo de título revelador: “Un horizonte que se abre”. Hay un párrafo que ilumina:

“Vivimos en un tiempo en que las predicciones de catástrofe mundial, aunque no por primera vez en la historia, están en el aire, y gravitan pesadamente sobre todos. No es posible su verificación ni su refutación. Pero, con todo, son mucho menos seguras que el pronóstico de que todos hemos de morir; y como la certidumbre del cumplimiento de ese vaticinio no nos impide la formación de planes para nuestro propio futuro, pasaré a discutir el presente y el futuro de nuestra sociedad fundándome en la presuposición de que este país –y si no él, alguna parte importante del mundo– sobrevivirá a los avatares que nos amenazan, y que la historia proseguirá”.

Carr habla de Inglaterra, habla del porvenir que le espera a su país y al resto de las naciones. Pero lo significativo no es sólo eso. Habla a comienzos de los sesenta. Hace medio siglo, justamente cuando él ya está a punto de cumplir setenta años. Lejos de abandonarse a la melancolía, Carr tiene un auténtico espíritu intelectual: inquisitivo y esperanzado gracias a la razón que aplica y que le sirve para tener expectativas. El pesimismo tiene buena prensa porque todo parece ir mal. Pero la esperanza crítica y razonable es una posición bien sensata en un mundo, el de 1961, en que había motivos para aguardar cambios.

Comienza la era Kennedy, pero empieza en medio de graves convulsiones y amenazas. En enero de ese año, cuando Carr ha de pronunciar su primera conferencia, Estados Unidos rompe relaciones diplomáticas con Cuba. Podemos imaginar la tensión. En febrero de 1961, los norteamericanos lanzan el primer misil intercontinental con carburante sólido. En ese mismo mes, la China popular anuncia la puesta en servicio del primer reactor atómico. Repitamos lo que decía Carr: “este país –y si no él, alguna parte importante del mundo– sobrevivirá a los avatares que nos amenazan, y (…) la historia proseguirá”.

En marzo de 1961, justo cuando Carr acaba sus conferencias en Cambridge, The Beatles actúan por primera vez: en el Cavern Club de Liverpool.

La historia proseguirá. A pesar de los apocalípticos. A pesar de la nostalgia.

Viva Gracia, Viva Carr.

Javier Tomeo imaginaba

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Javier Tomeo tenía especial predilección por los monstruos, por los tipos raros y averiados. Y uno de ellos, que siempre le enterneció, fue el lobo, incluso el hombre-lobo. Caperucita fue salvada gracias los pastores, un oficio nobilísimo de armas tomar. Acribillaron al antepasado del lobo del que ahora hablamos. Y esta bestia vive con dolor la soledad y esa herida de estirpe. De hecho, murió de soledad, nos dice Tomeo: luego…, es un lobo fantasmal. El colmo. O el colmillo.

Javier Tomeo imaginaba personajes extravagantes, algo locos, que salían desnudos al balcón, en bolas: enseñando sus partes, sus partes pudendas, sus vergüenzas. No me los imagino: soy muy limitado para pensar en un varón en pilota picada. Tomeo imaginaba pajarillos que se alegraban de ver dichas desnudeces. Eran aves normales, no vayan a pensar, absolutamente entregadas al alpiste, rico en carbohidratos y pobre en grasas, según nos advertía Tomeo. Pongamos un ejemplo. El tipo desnudo alimenta al pajarico y al mismo tiempo se exhibe ante la vecina de enfrente. Los colgajos se ven claramente. Lo examina con prismáticos, nada menos. Nos confiesa el personaje que a la dama no le interesa su cara, sino su entrepierna. ¿Será verdad? No me imagino la inmundicia y la impudicia que debe acumular. ¿Quién?

Javier Tomeo tenía especial cariño por la televisión, esa gran desconocida. Sentía simpatía por el televisor, ese monstruo metálico y cristalíneo que literalmente devora. Nos compramos un aparato nuevo, de muchas pulgadas, y muy ufanos lo colocamos en la parte noble del salón. ¿Dispuestos a qué? Dispuestos a sorprender a la audiencia… ¿Cuál es el resultado? Al poco tiempo, la pantalla catódica o plana ha devorado a un par de telespectadores, familiares nuestros que estaban en el comedor. La última vez que tuvimos contactos con ellos estaban abducidos… Mientras tanto, la abuela sigue allí, sin verla, sin inmutarse, sin enterarse. Haciendo calceta.

Javier Tomeo imaginaba personajes que sudaban mucho, como cerdos. El sudor en Tomeo es un dato imprescindible de su literatura: como las borracheras y los ojos asimétricos. ¿Sudan los cerdos?, se pregunta un personaje. Quizá se autorrefrigeren, dice uno de sus locos, esos dementes que se expresan con tanta verborrea. Pero entonces si el personaje que suda está sudando no es exactamente un cerdo. Un galimatías.

Javier Tomeo imaginaba azoteas, casas con altillos, cobertizos, balcones (siempre balcones). Siempre en las alturas, con escaleras inacabables, con escalones interminables. No era infrecuente que esas casas estuvieran habitadas por muñecas muertas, piezas inertes ¿Algo sadomasoquista? ¿Algo fetichista? Bueno, conocemos algún cuento de Tomeo en que todas las muñecas de la casa están ahorcadas y justamente a la medianoche empiezan a suspirar de manera muy sospechosa. La patrona del inmueble es quien las colgó y las exterminó.

Javier Tomeo llegó a soñar con islas remotas, espacios lejanos a los que ir para no regresar, islas rodeadas por mares insondables y hasta inverosímiles: de color amarillo, nada menos, que es el color del dinero. Y el del diablo.Y el del calor. Islas sin horizonte. Como dijo Tomeo en cierta ocasión, “hace tiempo que el horizonte dejó de interesarme”. Tomeo era un tipo gordo, pero no tanto como para encarnar al Ogro. O al monstruos… Allí en el horizonte estará riéndose de todos nosotros.

Para qué sirve la historia

jserna:

Para qué nos sirve la historia. Es un instrumento altamente delicado. Puede ser empleado para trastornar, para agitar conciencias y de paso para vivir el pasado como una laceración o un triunfo.

No es esa historia la que nos complace a los profesionales. No es esa investigación la que nos confirma. La historia no confirma, no corrobora, no establece o fija de una vez para siempre.

Sin duda, la historia, la mejor historia, sirve para no manipular, para no alterar el dato y su sentido, para no rehacer lo que ya tiene significado compartido, para no inventar lo que ya está dicho y aceptado, para no reacomodar las informaciones que no nos acomodan.

La historia nos ha de perturbar, nos ha de inquietar. Eso, como mínimo.

Originalmente publicado en Los archivos de Justo Serna:

El joven se acercó al encerado. Se sentía cohibido, tal era la crueldad de sus compañeros, esa cobardía con la que todos acogían el error ajeno. Siempre era lo mismo, la rechifla general.

Tomó aire y respondió tajante, con determinación, a la pregunta formulada. No la había leído en el manual, sino en un volumen que su padre disponía: algo muy raro, pues en casa no había muchos libros y menos de historia. Pero Fernando S. se lo había aprendido con orgullo. Aquello le parecía valioso y verdadero.

El profesor, con malas maneras, había aprovechado para dormitar una siesta intermitente recostado en el pupitre. Fernando S. ignoraba su reacción y, por ello, procuraba pronunciar su disertación en voz baja. Para no molestar su sueño.

Mejor así. Siempre avinagrado, la brusquedad del profesor no tenía límites. Castigaba los errores con violencias. Bofetones, capones. Por supuesto, lanzaba los borradores con furia y…

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Breaking Bad. ¿Qué puedo hacer?

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Leo en El País que “Breaking Bad se despide por la puerta grande. Considerada ya como una de las mejores series de la historia de la televisión, los premios Emmy no podían dejar pasar la ocasión de reconocer los méritos de la serie de AMC y ha cerrado su ciclo de galardones con cinco estatuillas…” Reproduzco aquí abajo el texto que escribí días atrás cuando acabé de ver la serie entera. Cobra actualidad.
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Breaking Bad
¿Qué puedo hacer?Breaking_bad_wallpaper
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Llevo días pensativo. Dándole vueltas al tarro, como dicen los modernos. ¿Los modernos de cuándo…? Tras semanas y semanas viendo y volviendo a ver Breaking Bad (2008-2013), no dejo de comparar los avatares que Walter White y Jesse Pickman deben afrontar en las cinco primeras temporadas con lo sucedido en la llamada temporada final. Lo que aquí digo puede destapar cosas de la trama. Por tanto, quedan avisados quienes no deseen ser sorprendidos con molestas revelaciones (spoilers).
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Breaking Bad es una serie televisiva que Vince Gilligan produjo para la Sony, es decir, fuera de los circuitos de cable tradicionales. Era una apuesta arriesgada. Con varones complejos y acomplejados, difíciles, según Brett Martin (Hombres fuera de serie, Ariel, 2014). Con individuos sombríos, aquejados por vicios, por debilidades. Con historias que no acaban de cuajar. Con situaciones humanas que no tienen remedio… Cuando Martin publicó su libro, la mar de interesante (en el que Los Soprano, 1999-2007, cobra toda su dimensión e importancia), ‘Breaking Bad’ no había concluido. Por tanto, lo que él esperaba de la serie no se cumple. Trataré de razonar por qué.BreakinBadEl final de Walter White, el protagonista de Breaking Bad, me decepcionó. No me refiero a su muerte, previsible desde un principio. Me refiero a esa manía folletinesca de hacer que todo case, que los personajes reciban su merecido, que el bien (aunque sea un bien a medias) triunfe sobre el mal, sobre el mal absoluto, que la trama y la textura se fijen, que el orden se rehabilite.
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Me decepcionó la solución que Vince Gilligan dio a la conversión de White en monstruo. Lo tenemos hecho una criatura espantosa moralmente, repugante. ¿Ahora qué hacemos? Como había realizado estudios de mercado, el creador sabía que la audiencia común (estamos en la Sony y allí no se andan con chiquitas) difícilmente podía tolerar un final a medias, inconcluso, ambiguo, incluso absolutamente desastroso. En Los Soprano, un fundido a negro es extraordinariamente elocuente… La suerte de White se enrevesa en los dos últimos capítulos de la serie y a partir de ahí Gilligan no deja cabo suelto y, por tanto, hay una redención.
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Los prodigios son creíbles en las Sagradas Escrituras, pero el martirologio voluntario y desprendido es poco verosímil en la vida real. En las ficciones, menos aún. Desde la Biblia hasta nuestros días, los lectores y los espectadores sabemos que las cosas acaban mal cuando empiezan requetemal, que lo que va torcido aún puede torcerse más, que la vida es un Valle de Lágrimas, que no hay esperanza: no sólo para mí; tampoco para los míos. El mundo es un asco y el futuro no nos depara nada bueno.
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Tenemos a un profesor de química que se convierte en Heisenberg, el enemigo público número uno: ‘cocina’ con Jesse Pickman metaanfetamina de altísima pureza que luego será distribuida por distintos narcos. Un tipo así, que dice hacerlo todo por su familia, que dice entregarse a la corrupción y a la violencia por sus hijos y esposa, no puede ser tan listo como para dejar arreglado el porvenir..
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Yo me inmolo por vosotros, salvo a Pickman (joven a quien ayudo a escapar), conservo un patrimonio de millones de dólares para mis parientes y de paso me hago desaparecer. Mi nombre quedará como leyenda. Recordad mi nombre. Un mártir, ya digo.
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Sin duda, ese final es bíblico y consolador: alguien repara parte de los males que ha cometido y asciende al cielo, al cielo de la popularidad. White no es tan malo. Heisenberg aún conserva algo de humanidad. La muerte es su redención. Es un final crístico. De Cristo decían que era un falso mesías, que corrompía. Sin embargo, él recaló aquí a entregarse, a salvarnos de nuestros propios pecados. Y ya ven: se quedó entre nosotros por los siglos de los siglos.breakingbadlarge.Con el protagonista de Breaking Bad no pasará exactamente lo mismo. Todo es ya perecedero y, como seres inconstantes, los espectadores olvidaremos el suplicio al que fue sometido el personaje que encarnaba Bryan Cranston. Eso no le impedirá cosechar Premios EMY y el aplauso del público. Pero la fama es efímera.

Lo primero que despierta el protagonista es simpatía, desde luego. Estamos ante un hombre cabal. Hablamos de Walter White alias Heisenberg (como el célebre físico que estableció el principio de incertidumbre), un profesor pusilánime afincado en Albuquerque (Nuevo México).

Hasta un determinado momento es profesor de química. Cuando se revele que probablemente tiene un cáncer terminal de pulmón se dedicara a la fabricación y tráfico de metaanfetamina de la que extraer dinero, mucho dinero con el que asegurar el futuro de su prole.

A lo largo de su embrutecimiento comprobaremos que es cerebral y a la vez irreparablemente desastroso. Es muy difícil ser un tipo desastroso todo el tiempo: hasta los individuos lamentables precisan sentar la cabeza o tener gestos de nobleza. Los tiene, los tiene. Pero los gestos provocan consecuencias y los efectos de nuestros actos no siempre podemos controlarlos o calcularlos.

Vince Gilligan prefirió dejarnos con la épica de un mártir que se redimió. Lo prefirió a mostrar la tragedia hasta el final. Eso es lo yo he echado de menos: la tragedia sin reparos y sin reparaciones. Por lo demás, la serie muy bien, incluso excepcional: la producción de una temporada completa costaba 40 millones de dólares. Imaginen la puesta en escena, la fotografía, el sonido, el dispendio.

Vivo desnortado.

Qué dirán de nosotros

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Hay un tópico muy difundido sobre la definición de las cosas, de lo que nos rodea. Es aquel según el cual sabríamos qué son las cosas porque podemos definirlas.

DanielGilEn algunos casos es cierto, como por ejemplo para las fórmulas químicas; en otros no. Ciertamente ayuda mucho saber un poco de química para entender que la sal es algo así como un compuesto de cloro y sodio. Ahora bien, esa definición no nos enseña gran cosa sobre la sal. ¿Y qué hay que saber?

Pues que sirve para conservar y realzar el sabor de los alimentos, que aumenta la presión arterial, que se extrae del mar o de las salinas o, incluso, que en tiempos remotos era un artículo más apreciado de lo que lo es hoy en día. Me preocupan estas cosas, porque el médico me ha recomendado que la reduzca, que no sale con tanta prodigalidad. Lo dijo muy serio.

Para saber todo lo que de la sal sabemos, es decir, todo lo que en el fondo nos sirve verdaderamente, no necesitamos definiciones, sino ‘historias’. Las historias de la sal son a la postre relatos maravillosos de aventuras, con esforzados héroes cotidianos que emprenden largos viajes a través de la ruta de las especias atravesando desiertos, etcétera. En otros términos, nuestro saber (también el científico y no sólo el mítico) es una urdimbre de historias menudas.

Así, con estos argumentos, se expresaba Umberto Eco en una de sus columnas en L’Espresso. Era un articulo en el que defendía la idea misma del relato, de la narración. Desde que nacemos nos cuentan historias que harán de nosotros personas de provecho (o no), historias aleccionadoras que nos servirán para comprender de manera indirecta qué es lo importante, lo significativo, lo relevante del mundo.

Los relatos infantiles siempre presentan un hecho más o menos excepcional, la quiebra de un orden, la fractura de un cosmos en el que, de entrada, nadie estaba forzado a conducirse como un tipo intrépido. Una hacienda saqueada u otra rapiña, una dama inicuamente retenida, una falta u otra infracción por la que batallar, son el origen de ese desorden, la justificación que el titán se da a sí mismo para abandonar la casa del padre, para iniciar una travesía arriesgada, para apoyarse en ayudantes magnánimos, para evitar a asistentes mentirosos, para retar a un antagonista fiero, cruel, sanguinario incluso.

Este héroe sobrevenido descubre ser tal cosa sacando de su fuero interno el conjunto de virtudes menores que lo enaltecen y que lo convierten en un semidiós, en un valiente recto, honesto. El sonsonete del cuento va adormeciendo a la criatura mostrándole todo lo que vale la pena: le da respuesta a un interrogante que está al principio de la historia, recibe una enseñanza y una suma de significados sobre lo excelente, sobre lo respetado, sobre lo que hay que inventar.

Los relatos de infancia son, pues, un expediente cultural de que nos servimos para transmitir semántica a las cosas, a las personas y a las situaciones. O, por decirlo de otro modo, ya que estamos: desde niños, los relatos nos plantean qué se puede saber, qué se debe hacer y qué cabe esperar.

Con las historias que cuentan los novelistas ocurriría algo semejante: aunque, eso sí, con la salvedad de que entre adultos reales de hoy cuesta hallar los gestos heroicos a celebrar o las hazañas a destacar. Pero no porque no creamos en las proezas que nos dignifican, sino porque nuestra vida pública y privada suele ser un triste repertorio de banalidades o de cobardías que difícilmente pueden ser alabadas hasta en las ficciones más voluntariosas.

Es sabido lo que dijo Borges cuando citaba a Homero: que los dioses mandan desdichas a los hombres para que no les falte algo que contar, para que tengan un reto o relato con el que probar su coraje. La vida rutinaria y atronadora de nuestras sociedades no parece facilitar esta exaltación del gesto y del titán humilde y abnegado. Es como si debiéramos resignarnos a lo gigantesco, que a la vez es lo mezquino.

Con la historia viene sucediendo algo parecido. Me refiero a la disciplina… Desde hace un tiempo, los historiadores han hecho del héroe modesto materia de investigación, de reflexión y de relato. En efecto, como señalara John Lewis Gaddis en su libro El paisaje de la historia (2004), “¿quién habría predicho que hoy estudiaríamos la Inquisición a través de la mirada de un molinero italiano del siglo XVI, la Francia prerrevolucionaria según la perspectiva de un obstinado sirviente chino, o los primeros años de la independencia norteamericana a partir de las experiencias de una comadrona inglesa?”

Según concluye Gaddis, es el historiador (o el novelista, añadiríamos) quien elige lo que es significativo, tanto si escribe un relato sobre una gloriosa batalla como si aborda la vida de un insignificante individuo. Es decir, las microhistorias, reales o ficticias, han de tomarse como perspectivas que de los grandes hechos o procesos tienen ciertos testigos: testigos menores, por ejemplo, cuya interpretación o cuyo cuento acaban siendo muy reveladores, pues nos detallan su perspectiva en el tiempo y en el espacio y cómo sobrevivieron a esa circunstancia. Con ello se alumbran hechos del pasado que, de otra manera, quedarían opacos.

Ahora bien, añade Gaddis, “es inquietante tratar de adivinar qué seleccionarán como significativo de nuestra época los historiadores de aquí a doscientos o trescientos años. Una posibilidad deprimente sería que escogieran los sitios de Internet que dejamos muertos en el ciberespacio”. ¿Y por qué deprimente?

“Pues si [el historiador] Robert Darnton es capaz de reconstruir la sociedad parisina de comienzos del siglo XVIII basándose en informes de libreros, libelos escandalosos llenos de habladurías y relatos sobre el juicio, las torturas y las ejecuciones de gatos de aristócratas, imagine el lector qué haría alguien como Darnton con lo que quede de nosotros. Lo único que podemos decir con seguridad es que sólo en parte se nos recordará por lo que consideramos importante de nosotros mismos…”

Así es. Ah, y Gaddis no hablaba de la esfera pública española, no hablaba de la opinión hispana y de su estridencia mediática, de esa bronca con que algunos se estimulan y se excitan, de los rumores que saturan Internet, de las habladurías. De la corrupción.

¿Qué contarán de nosotros los historiadores o los novelistas del mañana? Desde luego, ni gestas ni hazañas. Es posible que de nosotros sólo les lleguen cuentos altisonantes, intrascendentes, aunque, eso sí, de gran estrépito.

Cabe esperar, sin embargo, que nuestros descendientes aprendan algo de la estupidez de hoy, de este estruendo confidencial, y cabe esperar, en fin, que los historiadores, novelistas y relatores del mañana sepan narrar alguna historia de esos pequeños heroísmos nuestros que aún circulan por la Red y por esos mundos de Dios.

Alguien, una mujer sin duda, abre la raja de un libro. ¿De un libro? Se trata de una ilustración de cubierta que realizara Daniel Gil para un volumen de Joseph Conrad. Distinguimos unos dedos con las uñas cuidadas y pintadas excelentemente. Vemos los dedos porque abre, porque la persona abre el mundo, porque está a punto de asomarse al exterior. ¿Al exterior? Quizá sea justamente lo contrario. Abre el papel para averiguar qué historias contiene. ¿Qué encontrará?

Baroja. Una buena historia

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PioBaroja2

El profesor de historia, el historiador como educador, no debería ser un mero transmisor de saberes ya establecidos, sino un guía que tutelara con mano firme el descubrimiento de los muchachos y el descubrimiento de esos sujetos con quienes se contrastan y se comparan.

Los jóvenes deben aprender a hacerse y a hacer propios una serie de valores que a todos nos aúpan y que nos mejoran, los valores que a ellos los hacen individuos valiosos en sí mismos, irrepetibles, imprevisibles, individuos tomados como fin y no como medio, y que son los valores de la tolerancia, de la libertad incondicionada, de la democracia, en fin.

Pío Baroja no confiaba en la democracia ni en la república, no confiaba en el colectivismo. Tampoco aguardaba gran cosa de la monarquía y del sistema político tradicional. En realidad, era un individualista irredento que esperaba hacerse a sí mismo. ¿Y esto cómo se consigue?

Si ellos, los jóvenes, y nosotros, los adultos, estamos aquí, si hemos conseguido llegar hasta aquí, es gracias a un marco normativo que nos permite a cada uno sobrevivir al margen de las culturas de cada cual, al margen de las concepciones y de las fantasías de cada cual.

El adolescente no tiene nación (o eso creíamos hasta ahora en este tiempo nacional-nacionalista) y se distancia de la familia; el joven carece de comunidad de iguales; el muchacho se descubre o, al menos, deberíamos ayudarle a descubrirse como perteneciente a una comunidad de disidentes, de desiguales. Imagino al Pío Baroja arisco y enrabietado parcialmente con el mundo.

Yo no soy uno más, yo soy un tipo original, soy perecedero y caducaré, pero, mientras tanto, soy irrepetible y estoy solo y a los otros los veo tan solos como yo. Si no me tomo como individuo, como meta, como objetivo que me distingue, si me veo sólo como uno más de una nación que actúa de consuno o a la que estoy atado (el País Vasco ancestral o esta España que me duele), no hay tarea de la que enorgullecerme, no hay labor que me justifique como sujeto.

Expresada así, tomada así, será posible, además, sortear las odiosas prescripciones generacionales que hacen de la historia un saber nacional, instrumental o gris. Expresada así, la historia comenzará a ser muy interesante para los jovencitos. ¿Por qué razón? Porque gracias a esos descubrimientos, a esos ejemplos, a la lectura y a la guía tutelada y entusiasta del educador, el muchacho podrá explorarse, indagarse y hacerse y rehacerse, buscar sus propios modelos de excelencia, desmentir o confirmar lo que de él se exige, asumir y relativizar las pertenencias que lo anulan o que lo apresan.

Si conozco el pasado y los grandes modelos del pasado, los indivduos reales o imaginados, los personajes grandes y pequeños, amables y detestables, si tengo cultura histórica (y dentro de la cultura histórica caben todas las producciones y logros del pasado), sabré mejor qué clase de individuo soy o aspiro a ser o no quiero ser si otros antes que yo lo fueron. Tener conocimiento del pasado o leer con furia, con denuedo, me fuerza a asumir mi condición de arrojado al mundo, mi contingencia y mi finitud, mi lucha contra el valor infinitesimal que me define; me permite rebelarme contra la falta de necesidad, contra la determinación que me niega, contra la debilidad, la enfermedad y la muerte.

La experiencia de mi vida es fugaz y ese personaje que creo ser, que creen que soy y al que acabo aceptando me es previsible. Es de los demás de quienes aguardamos el relato de otras vivencias que alivien el tedio que nuestro conducta nos provoca o el miedo que mi futuro me depara. Las historias que nos cuentan nos amplían el mundo, nos dan sus límites, su periferia y su centro y nos informan acerca de experiencias de otros, de las vidas de otros.

Los relatos populares y las ficciones novelescas son generalmente la narración de algo excepcional, de algo que rompe la normalidad de las cosas, de algo que obliga a alguien a comportarse de un modo diferente del que cabría esperarse por su posición. Los relatos populares o las ficciones novelescas no son la narración de una rutina, sino la evocación de una experiencia nueva o incluso extraordinaria. La historia o la realidad inventada son un repertorio inagotable de experiencias similares, de conductas odiosas y de gestas pequeñas y heroicas, de imaginación moral.

Los libros nos proporcionan el relato de otras vivencias con las que contrastar y conjeturar la propia, su época y la mía. Si me informo acerca de esas otras existencias (verdaderas o ficticias) es porque las esa vidas me sirven para cerciorarme acerca de mí mismo, para aliviar la incertidumbre que como individuo me inquieta, para evaluar la moralidad de mis decisiones, el acierto personal de mis elecciones, y para restar novedad o gravedad a lo que me sucede. Baroja no dejaba de escribir relatos morales, textos inventados con los que tener contraste.

Las lecturas de esas obras, de Baroja y de los grades novelistas, son una forma indirecta de autoanálisis, son instrumentos para la vida, para averiguar los perfiles de la vida propia. Lo que hace grande la lección que se extrae de esas lecturas no es el tamaño del héroe ni la gesta del personaje, la tremenda aventura a la que se atreve, sino la vivencia que vemos relatada, su condición irrepetible y la vertiente universal que encierra.

La vida vale la pena vivirla sin restricción y sin renuncias previas y no hay miedo ni freno ni pertenencias que rompan el hechizo y el vértigo que da vivir la propia vida, como aspiraba Friedrich Nietzsche. Ése es un ejemplo moral y ésa es una lección historia, de sabiduría y de coraje, de caos interior y de creatividad, válida para hacerse una idea de lo que fue la experiencia de nuestros antepasados y válida para el presente, para ese presente en el que irrumpe con desconcierto, con esperanza y con dolor el joven que fuimos y del que aún quedan vestigios.

Pío Baroja supo mucho de esto. Pero todos necesitamos a alguien que nos cuente: que cuente nuestra historia real o fantaseada o la historia de la que somos partícipes. Hay que contar una buena historia, que una fábula haya sabido crear intriga y atención por un personaje y por un avatar de los que no teníamos noticia ni interés. Necesitamos a alguien que, sin renunciar al relato, haya sabido organizar los motivos de una trama y al modo de los mejores narradores nos haya presentado el ejemplo irrepetible de su dimensión universal.

Pero para que ese acto milagroso se consume, para que en un libro inerte haya vida y de él se extraiga lo universal que encierra la vivencia particular, hacen falta narradores experimentados, como fue Pío Baroja, educadores que ejerzan la inteligencia y la tolerancia y que empleen la historia y la literatura y la filosofía, no porque lo dicte el currículum, no porque lo exijan los contenidos académicos, sino porque esas disciplinas son sus nutrientes, porque les alimentan el espíritu, porque les forman integralmente y con su ejemplo de excelencia persuaden.

Hacen falta adolescentes, lectores…, dispuestos a tomarse como individuos, dispuestos a hacerse adultos por sí mismos. Hacen falta padres orgullosos de ser tal cosa, que les exijan a sus hijos con fuerza y con tolerancia, con energía y con ironía, que den ejemplo y que cuiden a la prole, que la atiendan sin apresuramientos y que lean y que les lean.

Pero hacen falta también profesores de humanidades que ejerzan como educadores, que no se abandonen a un fatalismo avinagrado, que se descubran igualmente creadores de sí mismos más allá de las obligaciones escolares y de las prescripciones ministeriales, que inspiren con el caudal de ejemplos que aportan, que tutelen porque se saben, ellos y nosotros, arrojados al mundo.

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Ilustración: Pío Baroja, por Juan de Echevarría Bilbao, España, 1875 – Madrid, España, 1931
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Últimas noticias sobre el periodismo

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ibm5150Leo en El País (España, 12 de julio de 2014) una noticia inquietante. Si no me equivoco ha pasado prácticamente inadvertida. ¿Su titular? “El periodismo se enfrenta al reto de los robots que elaboran noticias”.

Me pondré levemente sarcástico: por las noticias que en ocasiones nos sirven los periodistas, por las informaciones que a veces tenemos, hemos de pensar que hay un robot cerca del teclado. “Parece ser que la Asociated Press ya emplea máquinas, programas informáticos, para producir información”, leemos en el lead. Esto confirma el mal estado de la prensa. Si una agencia tan prestigiosa como AP emplea máquinas sin alma, entonces es que estamos en las últimas, en las últimas noticias del periodismo.

Cristina F. Pereda, del diario El País, pasa a describir la circunstancia, no sé si con entusiasmo o con resignación. “El 50% de los actuales puestos de trabajo de EE UU podrán ser automatizados en 25 años, según un informe de la Universidad de Oxford publicado en 2013. Una vertiginosa predicción que acaba de cobrar aún más velocidad en el ámbito del periodismo, ya que la agencia Associated Press ha comenzado a utilizar robots para producir noticias automáticamente (…). El diario The New York Times, faro en el horizonte para las grandes publicaciones, ya produce información deportiva creada por algoritmos matemáticos que incluso valoran las decisiones de los entrenadores de béisbol”.

El objetivo “es liberar a los profesionales de una tarea tediosa que requiere apenas creatividad y que puede ser reproducida por una máquina con supervisión mínima de un ser humano. Los robots se encargarán de publicar el qué, quién, cuándo y dónde de una noticia. Los periodistas averiguarán el cómo y el porqué”.

¿Tarea tediosa? Cuando un historiador acude a una hemeroteca a leer las noticias del pasado, elaboradas por seres humanos, su labor pasa por momentos de tedio, ciertamente. Largas horas de lectura improductiva. O no. Nadie dijo que el trabajo fuera un circo o una juerga. El trabajo, como su etimología indica (tripalium, instrumento de tortura medieval), es un tormento. Estar largas horas elaborando un escrito que tenga coherencia es difícil y pesado. Resulta fatigoso estar recopilando información para fijar un relato.

Un técnico del periodismo digital insiste en El País en que siempre habrá “un editor que tenga que encargarse de añadir el ‘color’, el contexto de una crónica deportiva que no puede carecer del ambiente en el terreno de juego o en la grada”. No sé si alegrarme o entristecerme. ¿La máquina frente al ser humano? No hay color…

“Es imposible”, añade el experto, “que un robot sea capaz de escribir una crónica de ambiente, un reportaje interpretativo o la noticia de un acontecimiento en el que el periodista ha estado presente, ha recabado información directa y puede aportar su propia experiencia”. ¿Es imposible? Una crónica de ambiente se extrae de datos puramente circunstanciales. Un reportaje interpretativo obliga a comprender: las máquinas ya son como nosotros, tan torpes. Una noticia en la que el periodista ha estado presente no implica ser más clarividentes: recordemos a Fabrizio del Dongo en Waterloo.

Lo que este técnico declara a El País es algo más viejo que la escritura: que lo propio del ser humano es relatar, contar, poner en orden datos para así detallar una historia. En uno de sus libros, Gregory Bateson precisa el caso de un ordenador que realizaba todas las operaciones más banales. “¿Cuándo seré como vosotros?”, pregunta la computadora a su programador. “Cuando seas capaz de contar una historia…”, responde.

Me entra vértigo. Me entra malestar. Me entra incomodidad. No es sólo el rencor que me provocan los robots o los ordenadores: que nos quiten tareas supuestamente banales no me satisface. Es que hay también una concepción entre los técnicos y los periodistas absolutamente errónea según la cual el dato y el relato van separados. No hay tal cosa…

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