Breaking Bad. ¿Qué puedo hacer?

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Leo en El País que “Breaking Bad se despide por la puerta grande. Considerada ya como una de las mejores series de la historia de la televisión, los premios Emmy no podían dejar pasar la ocasión de reconocer los méritos de la serie de AMC y ha cerrado su ciclo de galardones con cinco estatuillas…” Reproduzco aquí abajo el texto que escribí días atrás cuando acabé de ver la serie entera. Cobra actualidad.
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Breaking Bad
¿Qué puedo hacer?Breaking_bad_wallpaper
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Llevo días pensativo. Dándole vueltas al tarro, como dicen los modernos. ¿Los modernos de cuándo…? Tras semanas y semanas viendo y volviendo a ver Breaking Bad (2008-2013), no dejo de comparar los avatares que Walter White y Jesse Pickman deben afrontar en las cinco primeras temporadas con lo sucedido en la llamada temporada final. Lo que aquí digo puede destapar cosas de la trama. Por tanto, quedan avisados quienes no deseen ser sorprendidos con molestas revelaciones (spoilers).
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Breaking Bad es una serie televisiva que Vince Gilligan produjo para la Sony, es decir, fuera de los circuitos de cable tradicionales. Era una apuesta arriesgada. Con varones complejos y acomplejados, difíciles, según Brett Martin (Hombres fuera de serie, Ariel, 2014). Con individuos sombríos, aquejados por vicios, por debilidades. Con historias que no acaban de cuajar. Con situaciones humanas que no tienen remedio… Cuando Martin publicó su libro, la mar de interesante (en el que Los Soprano, 1999-2007, cobra toda su dimensión e importancia), ‘Breaking Bad’ no había concluido. Por tanto, lo que él esperaba de la serie no se cumple. Trataré de razonar por qué.BreakinBadEl final de Walter White, el protagonista de Breaking Bad, me decepcionó. No me refiero a su muerte, previsible desde un principio. Me refiero a esa manía folletinesca de hacer que todo case, que los personajes reciban su merecido, que el bien (aunque sea un bien a medias) triunfe sobre el mal, sobre el mal absoluto, que la trama y la textura se fijen, que el orden se rehabilite.
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Me decepcionó la solución que Vince Gilligan dio a la conversión de White en monstruo. Lo tenemos hecho una criatura espantosa moralmente, repugante. ¿Ahora qué hacemos? Como había realizado estudios de mercado, el creador sabía que la audiencia común (estamos en la Sony y allí no se andan con chiquitas) difícilmente podía tolerar un final a medias, inconcluso, ambiguo, incluso absolutamente desastroso. En Los Soprano, un fundido a negro es extraordinariamente elocuente… La suerte de White se enrevesa en los dos últimos capítulos de la serie y a partir de ahí Gilligan no deja cabo suelto y, por tanto, hay una redención.
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Los prodigios son creíbles en las Sagradas Escrituras, pero el martirologio voluntario y desprendido es poco verosímil en la vida real. En las ficciones, menos aún. Desde la Biblia hasta nuestros días, los lectores y los espectadores sabemos que las cosas acaban mal cuando empiezan requetemal, que lo que va torcido aún puede torcerse más, que la vida es un Valle de Lágrimas, que no hay esperanza: no sólo para mí; tampoco para los míos. El mundo es un asco y el futuro no nos depara nada bueno.
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Tenemos a un profesor de química que se convierte en Heisenberg, el enemigo público número uno: ‘cocina’ con Jesse Pickman metaanfetamina de altísima pureza que luego será distribuida por distintos narcos. Un tipo así, que dice hacerlo todo por su familia, que dice entregarse a la corrupción y a la violencia por sus hijos y esposa, no puede ser tan listo como para dejar arreglado el porvenir..
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Yo me inmolo por vosotros, salvo a Pickman (joven a quien ayudo a escapar), conservo un patrimonio de millones de dólares para mis parientes y de paso me hago desaparecer. Mi nombre quedará como leyenda. Recordad mi nombre. Un mártir, ya digo.
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Sin duda, ese final es bíblico y consolador: alguien repara parte de los males que ha cometido y asciende al cielo, al cielo de la popularidad. White no es tan malo. Heisenberg aún conserva algo de humanidad. La muerte es su redención. Es un final crístico. De Cristo decían que era un falso mesías, que corrompía. Sin embargo, él recaló aquí a entregarse, a salvarnos de nuestros propios pecados. Y ya ven: se quedó entre nosotros por los siglos de los siglos.breakingbadlarge.Con el protagonista de Breaking Bad no pasará exactamente lo mismo. Todo es ya perecedero y, como seres inconstantes, los espectadores olvidaremos el suplicio al que fue sometido el personaje que encarnaba Bryan Cranston. Eso no le impedirá cosechar Premios EMY y el aplauso del público. Pero la fama es efímera.

Lo primero que despierta el protagonista es simpatía, desde luego. Estamos ante un hombre cabal. Hablamos de Walter White alias Heisenberg (como el célebre físico que estableció el principio de incertidumbre), un profesor pusilánime afincado en Albuquerque (Nuevo México).

Hasta un determinado momento es profesor de química. Cuando se revele que probablemente tiene un cáncer terminal de pulmón se dedicara a la fabricación y tráfico de metaanfetamina de la que extraer dinero, mucho dinero con el que asegurar el futuro de su prole.

A lo largo de su embrutecimiento comprobaremos que es cerebral y a la vez irreparablemente desastroso. Es muy difícil ser un tipo desastroso todo el tiempo: hasta los individuos lamentables precisan sentar la cabeza o tener gestos de nobleza. Los tiene, los tiene. Pero los gestos provocan consecuencias y los efectos de nuestros actos no siempre podemos controlarlos o calcularlos.

Vince Gilligan prefirió dejarnos con la épica de un mártir que se redimió. Lo prefirió a mostrar la tragedia hasta el final. Eso es lo yo he echado de menos: la tragedia sin reparos y sin reparaciones. Por lo demás, la serie muy bien, incluso excepcional: la producción de una temporada completa costaba 40 millones de dólares. Imaginen la puesta en escena, la fotografía, el sonido, el dispendio.

Vivo desnortado.

Qué dirán de nosotros

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Hay un tópico muy difundido sobre la definición de las cosas, de lo que nos rodea. Es aquel según el cual sabríamos qué son las cosas porque podemos definirlas.

DanielGilEn algunos casos es cierto, como por ejemplo para las fórmulas químicas; en otros no. Ciertamente ayuda mucho saber un poco de química para entender que la sal es algo así como un compuesto de cloro y sodio. Ahora bien, esa definición no nos enseña gran cosa sobre la sal. ¿Y qué hay que saber?

Pues que sirve para conservar y realzar el sabor de los alimentos, que aumenta la presión arterial, que se extrae del mar o de las salinas o, incluso, que en tiempos remotos era un artículo más apreciado de lo que lo es hoy en día. Me preocupan estas cosas, porque el médico me ha recomendado que la reduzca, que no sale con tanta prodigalidad. Lo dijo muy serio.

Para saber todo lo que de la sal sabemos, es decir, todo lo que en el fondo nos sirve verdaderamente, no necesitamos definiciones, sino ‘historias’. Las historias de la sal son a la postre relatos maravillosos de aventuras, con esforzados héroes cotidianos que emprenden largos viajes a través de la ruta de las especias atravesando desiertos, etcétera. En otros términos, nuestro saber (también el científico y no sólo el mítico) es una urdimbre de historias menudas.

Así, con estos argumentos, se expresaba Umberto Eco en una de sus columnas en L’Espresso. Era un articulo en el que defendía la idea misma del relato, de la narración. Desde que nacemos nos cuentan historias que harán de nosotros personas de provecho (o no), historias aleccionadoras que nos servirán para comprender de manera indirecta qué es lo importante, lo significativo, lo relevante del mundo.

Los relatos infantiles siempre presentan un hecho más o menos excepcional, la quiebra de un orden, la fractura de un cosmos en el que, de entrada, nadie estaba forzado a conducirse como un tipo intrépido. Una hacienda saqueada u otra rapiña, una dama inicuamente retenida, una falta u otra infracción por la que batallar, son el origen de ese desorden, la justificación que el titán se da a sí mismo para abandonar la casa del padre, para iniciar una travesía arriesgada, para apoyarse en ayudantes magnánimos, para evitar a asistentes mentirosos, para retar a un antagonista fiero, cruel, sanguinario incluso.

Este héroe sobrevenido descubre ser tal cosa sacando de su fuero interno el conjunto de virtudes menores que lo enaltecen y que lo convierten en un semidiós, en un valiente recto, honesto. El sonsonete del cuento va adormeciendo a la criatura mostrándole todo lo que vale la pena: le da respuesta a un interrogante que está al principio de la historia, recibe una enseñanza y una suma de significados sobre lo excelente, sobre lo respetado, sobre lo que hay que inventar.

Los relatos de infancia son, pues, un expediente cultural de que nos servimos para transmitir semántica a las cosas, a las personas y a las situaciones. O, por decirlo de otro modo, ya que estamos: desde niños, los relatos nos plantean qué se puede saber, qué se debe hacer y qué cabe esperar.

Con las historias que cuentan los novelistas ocurriría algo semejante: aunque, eso sí, con la salvedad de que entre adultos reales de hoy cuesta hallar los gestos heroicos a celebrar o las hazañas a destacar. Pero no porque no creamos en las proezas que nos dignifican, sino porque nuestra vida pública y privada suele ser un triste repertorio de banalidades o de cobardías que difícilmente pueden ser alabadas hasta en las ficciones más voluntariosas.

Es sabido lo que dijo Borges cuando citaba a Homero: que los dioses mandan desdichas a los hombres para que no les falte algo que contar, para que tengan un reto o relato con el que probar su coraje. La vida rutinaria y atronadora de nuestras sociedades no parece facilitar esta exaltación del gesto y del titán humilde y abnegado. Es como si debiéramos resignarnos a lo gigantesco, que a la vez es lo mezquino.

Con la historia viene sucediendo algo parecido. Me refiero a la disciplina… Desde hace un tiempo, los historiadores han hecho del héroe modesto materia de investigación, de reflexión y de relato. En efecto, como señalara John Lewis Gaddis en su libro El paisaje de la historia (2004), “¿quién habría predicho que hoy estudiaríamos la Inquisición a través de la mirada de un molinero italiano del siglo XVI, la Francia prerrevolucionaria según la perspectiva de un obstinado sirviente chino, o los primeros años de la independencia norteamericana a partir de las experiencias de una comadrona inglesa?”

Según concluye Gaddis, es el historiador (o el novelista, añadiríamos) quien elige lo que es significativo, tanto si escribe un relato sobre una gloriosa batalla como si aborda la vida de un insignificante individuo. Es decir, las microhistorias, reales o ficticias, han de tomarse como perspectivas que de los grandes hechos o procesos tienen ciertos testigos: testigos menores, por ejemplo, cuya interpretación o cuyo cuento acaban siendo muy reveladores, pues nos detallan su perspectiva en el tiempo y en el espacio y cómo sobrevivieron a esa circunstancia. Con ello se alumbran hechos del pasado que, de otra manera, quedarían opacos.

Ahora bien, añade Gaddis, “es inquietante tratar de adivinar qué seleccionarán como significativo de nuestra época los historiadores de aquí a doscientos o trescientos años. Una posibilidad deprimente sería que escogieran los sitios de Internet que dejamos muertos en el ciberespacio”. ¿Y por qué deprimente?

“Pues si [el historiador] Robert Darnton es capaz de reconstruir la sociedad parisina de comienzos del siglo XVIII basándose en informes de libreros, libelos escandalosos llenos de habladurías y relatos sobre el juicio, las torturas y las ejecuciones de gatos de aristócratas, imagine el lector qué haría alguien como Darnton con lo que quede de nosotros. Lo único que podemos decir con seguridad es que sólo en parte se nos recordará por lo que consideramos importante de nosotros mismos…”

Así es. Ah, y Gaddis no hablaba de la esfera pública española, no hablaba de la opinión hispana y de su estridencia mediática, de esa bronca con que algunos se estimulan y se excitan, de los rumores que saturan Internet, de las habladurías. De la corrupción.

¿Qué contarán de nosotros los historiadores o los novelistas del mañana? Desde luego, ni gestas ni hazañas. Es posible que de nosotros sólo les lleguen cuentos altisonantes, intrascendentes, aunque, eso sí, de gran estrépito.

Cabe esperar, sin embargo, que nuestros descendientes aprendan algo de la estupidez de hoy, de este estruendo confidencial, y cabe esperar, en fin, que los historiadores, novelistas y relatores del mañana sepan narrar alguna historia de esos pequeños heroísmos nuestros que aún circulan por la Red y por esos mundos de Dios.

Alguien, una mujer sin duda, abre la raja de un libro. ¿De un libro? Se trata de una ilustración de cubierta que realizara Daniel Gil para un volumen de Joseph Conrad. Distinguimos unos dedos con las uñas cuidadas y pintadas excelentemente. Vemos los dedos porque abre, porque la persona abre el mundo, porque está a punto de asomarse al exterior. ¿Al exterior? Quizá sea justamente lo contrario. Abre el papel para averiguar qué historias contiene. ¿Qué encontrará?

Baroja. Una buena historia

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PioBaroja2

El profesor de historia, el historiador como educador, no debería ser un mero transmisor de saberes ya establecidos, sino un guía que tutelara con mano firme el descubrimiento de los muchachos y el descubrimiento de esos sujetos con quienes se contrastan y se comparan.

Los jóvenes deben aprender a hacerse y a hacer propios una serie de valores que a todos nos aúpan y que nos mejoran, los valores que a ellos los hacen individuos valiosos en sí mismos, irrepetibles, imprevisibles, individuos tomados como fin y no como medio, y que son los valores de la tolerancia, de la libertad incondicionada, de la democracia, en fin.

Pío Baroja no confiaba en la democracia ni en la república, no confiaba en el colectivismo. Tampoco aguardaba gran cosa de la monarquía y del sistema político tradicional. En realidad, era un individualista irredento que esperaba hacerse a sí mismo. ¿Y esto cómo se consigue?

Si ellos, los jóvenes, y nosotros, los adultos, estamos aquí, si hemos conseguido llegar hasta aquí, es gracias a un marco normativo que nos permite a cada uno sobrevivir al margen de las culturas de cada cual, al margen de las concepciones y de las fantasías de cada cual.

El adolescente no tiene nación (o eso creíamos hasta ahora en este tiempo nacional-nacionalista) y se distancia de la familia; el joven carece de comunidad de iguales; el muchacho se descubre o, al menos, deberíamos ayudarle a descubrirse como perteneciente a una comunidad de disidentes, de desiguales. Imagino al Pío Baroja arisco y enrabietado parcialmente con el mundo.

Yo no soy uno más, yo soy un tipo original, soy perecedero y caducaré, pero, mientras tanto, soy irrepetible y estoy solo y a los otros los veo tan solos como yo. Si no me tomo como individuo, como meta, como objetivo que me distingue, si me veo sólo como uno más de una nación que actúa de consuno o a la que estoy atado (el País Vasco ancestral o esta España que me duele), no hay tarea de la que enorgullecerme, no hay labor que me justifique como sujeto.

Expresada así, tomada así, será posible, además, sortear las odiosas prescripciones generacionales que hacen de la historia un saber nacional, instrumental o gris. Expresada así, la historia comenzará a ser muy interesante para los jovencitos. ¿Por qué razón? Porque gracias a esos descubrimientos, a esos ejemplos, a la lectura y a la guía tutelada y entusiasta del educador, el muchacho podrá explorarse, indagarse y hacerse y rehacerse, buscar sus propios modelos de excelencia, desmentir o confirmar lo que de él se exige, asumir y relativizar las pertenencias que lo anulan o que lo apresan.

Si conozco el pasado y los grandes modelos del pasado, los indivduos reales o imaginados, los personajes grandes y pequeños, amables y detestables, si tengo cultura histórica (y dentro de la cultura histórica caben todas las producciones y logros del pasado), sabré mejor qué clase de individuo soy o aspiro a ser o no quiero ser si otros antes que yo lo fueron. Tener conocimiento del pasado o leer con furia, con denuedo, me fuerza a asumir mi condición de arrojado al mundo, mi contingencia y mi finitud, mi lucha contra el valor infinitesimal que me define; me permite rebelarme contra la falta de necesidad, contra la determinación que me niega, contra la debilidad, la enfermedad y la muerte.

La experiencia de mi vida es fugaz y ese personaje que creo ser, que creen que soy y al que acabo aceptando me es previsible. Es de los demás de quienes aguardamos el relato de otras vivencias que alivien el tedio que nuestro conducta nos provoca o el miedo que mi futuro me depara. Las historias que nos cuentan nos amplían el mundo, nos dan sus límites, su periferia y su centro y nos informan acerca de experiencias de otros, de las vidas de otros.

Los relatos populares y las ficciones novelescas son generalmente la narración de algo excepcional, de algo que rompe la normalidad de las cosas, de algo que obliga a alguien a comportarse de un modo diferente del que cabría esperarse por su posición. Los relatos populares o las ficciones novelescas no son la narración de una rutina, sino la evocación de una experiencia nueva o incluso extraordinaria. La historia o la realidad inventada son un repertorio inagotable de experiencias similares, de conductas odiosas y de gestas pequeñas y heroicas, de imaginación moral.

Los libros nos proporcionan el relato de otras vivencias con las que contrastar y conjeturar la propia, su época y la mía. Si me informo acerca de esas otras existencias (verdaderas o ficticias) es porque las esa vidas me sirven para cerciorarme acerca de mí mismo, para aliviar la incertidumbre que como individuo me inquieta, para evaluar la moralidad de mis decisiones, el acierto personal de mis elecciones, y para restar novedad o gravedad a lo que me sucede. Baroja no dejaba de escribir relatos morales, textos inventados con los que tener contraste.

Las lecturas de esas obras, de Baroja y de los grades novelistas, son una forma indirecta de autoanálisis, son instrumentos para la vida, para averiguar los perfiles de la vida propia. Lo que hace grande la lección que se extrae de esas lecturas no es el tamaño del héroe ni la gesta del personaje, la tremenda aventura a la que se atreve, sino la vivencia que vemos relatada, su condición irrepetible y la vertiente universal que encierra.

La vida vale la pena vivirla sin restricción y sin renuncias previas y no hay miedo ni freno ni pertenencias que rompan el hechizo y el vértigo que da vivir la propia vida, como aspiraba Friedrich Nietzsche. Ése es un ejemplo moral y ésa es una lección historia, de sabiduría y de coraje, de caos interior y de creatividad, válida para hacerse una idea de lo que fue la experiencia de nuestros antepasados y válida para el presente, para ese presente en el que irrumpe con desconcierto, con esperanza y con dolor el joven que fuimos y del que aún quedan vestigios.

Pío Baroja supo mucho de esto. Pero todos necesitamos a alguien que nos cuente: que cuente nuestra historia real o fantaseada o la historia de la que somos partícipes. Hay que contar una buena historia, que una fábula haya sabido crear intriga y atención por un personaje y por un avatar de los que no teníamos noticia ni interés. Necesitamos a alguien que, sin renunciar al relato, haya sabido organizar los motivos de una trama y al modo de los mejores narradores nos haya presentado el ejemplo irrepetible de su dimensión universal.

Pero para que ese acto milagroso se consume, para que en un libro inerte haya vida y de él se extraiga lo universal que encierra la vivencia particular, hacen falta narradores experimentados, como fue Pío Baroja, educadores que ejerzan la inteligencia y la tolerancia y que empleen la historia y la literatura y la filosofía, no porque lo dicte el currículum, no porque lo exijan los contenidos académicos, sino porque esas disciplinas son sus nutrientes, porque les alimentan el espíritu, porque les forman integralmente y con su ejemplo de excelencia persuaden.

Hacen falta adolescentes, lectores…, dispuestos a tomarse como individuos, dispuestos a hacerse adultos por sí mismos. Hacen falta padres orgullosos de ser tal cosa, que les exijan a sus hijos con fuerza y con tolerancia, con energía y con ironía, que den ejemplo y que cuiden a la prole, que la atiendan sin apresuramientos y que lean y que les lean.

Pero hacen falta también profesores de humanidades que ejerzan como educadores, que no se abandonen a un fatalismo avinagrado, que se descubran igualmente creadores de sí mismos más allá de las obligaciones escolares y de las prescripciones ministeriales, que inspiren con el caudal de ejemplos que aportan, que tutelen porque se saben, ellos y nosotros, arrojados al mundo.

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Ilustración: Pío Baroja, por Juan de Echevarría Bilbao, España, 1875 – Madrid, España, 1931
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Últimas noticias sobre el periodismo

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ibm5150Leo en El País (España, 12 de julio de 2014) una noticia inquietante. Si no me equivoco ha pasado prácticamente inadvertida. ¿Su titular? “El periodismo se enfrenta al reto de los robots que elaboran noticias”.

Me pondré levemente sarcástico: por las noticias que en ocasiones nos sirven los periodistas, por las informaciones que a veces tenemos, hemos de pensar que hay un robot cerca del teclado. “Parece ser que la Asociated Press ya emplea máquinas, programas informáticos, para producir información”, leemos en el lead. Esto confirma el mal estado de la prensa. Si una agencia tan prestigiosa como AP emplea máquinas sin alma, entonces es que estamos en las últimas, en las últimas noticias del periodismo.

Cristina F. Pereda, del diario El País, pasa a describir la circunstancia, no sé si con entusiasmo o con resignación. “El 50% de los actuales puestos de trabajo de EE UU podrán ser automatizados en 25 años, según un informe de la Universidad de Oxford publicado en 2013. Una vertiginosa predicción que acaba de cobrar aún más velocidad en el ámbito del periodismo, ya que la agencia Associated Press ha comenzado a utilizar robots para producir noticias automáticamente (…). El diario The New York Times, faro en el horizonte para las grandes publicaciones, ya produce información deportiva creada por algoritmos matemáticos que incluso valoran las decisiones de los entrenadores de béisbol”.

El objetivo “es liberar a los profesionales de una tarea tediosa que requiere apenas creatividad y que puede ser reproducida por una máquina con supervisión mínima de un ser humano. Los robots se encargarán de publicar el qué, quién, cuándo y dónde de una noticia. Los periodistas averiguarán el cómo y el porqué”.

¿Tarea tediosa? Cuando un historiador acude a una hemeroteca a leer las noticias del pasado, elaboradas por seres humanos, su labor pasa por momentos de tedio, ciertamente. Largas horas de lectura improductiva. O no. Nadie dijo que el trabajo fuera un circo o una juerga. El trabajo, como su etimología indica (tripalium, instrumento de tortura medieval), es un tormento. Estar largas horas elaborando un escrito que tenga coherencia es difícil y pesado. Resulta fatigoso estar recopilando información para fijar un relato.

Un técnico del periodismo digital insiste en El País en que siempre habrá “un editor que tenga que encargarse de añadir el ‘color’, el contexto de una crónica deportiva que no puede carecer del ambiente en el terreno de juego o en la grada”. No sé si alegrarme o entristecerme. ¿La máquina frente al ser humano? No hay color…

“Es imposible”, añade el experto, “que un robot sea capaz de escribir una crónica de ambiente, un reportaje interpretativo o la noticia de un acontecimiento en el que el periodista ha estado presente, ha recabado información directa y puede aportar su propia experiencia”. ¿Es imposible? Una crónica de ambiente se extrae de datos puramente circunstanciales. Un reportaje interpretativo obliga a comprender: las máquinas ya son como nosotros, tan torpes. Una noticia en la que el periodista ha estado presente no implica ser más clarividentes: recordemos a Fabrizio del Dongo en Waterloo.

Lo que este técnico declara a El País es algo más viejo que la escritura: que lo propio del ser humano es relatar, contar, poner en orden datos para así detallar una historia. En uno de sus libros, Gregory Bateson precisa el caso de un ordenador que realizaba todas las operaciones más banales. “¿Cuándo seré como vosotros?”, pregunta la computadora a su programador. “Cuando seas capaz de contar una historia…”, responde.

Me entra vértigo. Me entra malestar. Me entra incomodidad. No es sólo el rencor que me provocan los robots o los ordenadores: que nos quiten tareas supuestamente banales no me satisface. Es que hay también una concepción entre los técnicos y los periodistas absolutamente errónea según la cual el dato y el relato van separados. No hay tal cosa…

The Americans

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A lo que nos cuentan, en estos momentos hay problemas en el espionaje americano a propósito de un agente alemán. O justamente al revés… Ay, señor, vivimos en un ay.

fx_americans_keyart_p_2012Semanas atrás en casa vimos The Americans, primera temporada. Inevitablemente, esta serie se confunde y se mezcla con Homeland‘. Con esta producción la comparamos.

No tienen nada que ver. Ambas tratan de espías, cierto. Pero The Americans es infinitamente superior. ¿Qué significa eso? Que la tensión dramática es creíble, que los personajes lo pasan francamente mal, que los cofrades padecen.

En The Americans, los agentes soviéticos han de hacer vida normal en los Estados Unidos de los ochenta. Los espías han de convivir con enemigos que son encantadores. Los profesionales rusos han de expresarse, vestirse, amar y vivir contrariamente a sus convicciones.

Es sencillamente entretenidísima la trama. Imagínense una vida entera aparentando (Bueno, bien mirado, es lo que hacemos en este Valle de Lágrimas). Estamos en la época de Ronald Reagan, con el armamentismo, con la escalada nuclear. Estamos a finales de la Guerra Fría y el presidente americano confía en derrotar a los enemigos soviéticos.

Pero no con la explosión atómica, sino con la amenaza que hunde la economía del país. Fue clarividente Reagan, por supuesto asesorado por gente con estudios y con capacidades. Hacía el payaso o el clown, pero sabía lo que estaba haciendo… Repasen la mejor introducción a la Guerra Fría: sigue siendo la de John Lewis Gaddis (en español publicada por la carísima RBA).

Estamos en un mundo que se quiebra. Los hechos no son lo que parecen: nunca lo han sido. Los agentes están tentados por el adversario: siempre lo han estado. El mundo de The Americans me lleva a una realidad que yo he vivido indirectamente, a un estado de la Tierra a punto de estallar, a un lugar inhóspito.

Pensaba a comienzos de los ochenta, cuando E. P. Thomson publicaba libros y panfletos contra la Guerra de las Galaxias. La editorial Crítica, bajo el mando de Josep Fontana, lo publicaba todo, todo lo que tuviera que ver con la perfidia norteamericana.

Thompson era un viejo y saludable comunista, un tipo jovial y de buena familia. Pero ignoraba todo de lo que en las altas esferas se cocía. O lo que se barruntaba en las alcantarillas. Él era un intelectual. Un hombre ajeno a las armas, desdeñoso de la violencia, contrario al belicismo.

¿Y cuándo no? Este terreno que pisamos siempre está al borde del fin, de la crisis, de la clausura. Tras ver con énfasis y con emoción The Americans‘, primera temporada, estoy viendo ahora la serie entera de Breaking Bad. Me puedo olvidar de la televisión española durante meses…

Qué voy a decir, qué voy a añadir.

La prensa en pedazos

jserna:

La prensa en pedazos. Escrito hace cinco años. No está vigente. la realidad sobrepasa las predicciones-

Originalmente publicado en Los archivos de Justo Serna:

Primer pedazo.“¿Habrá periódicos en papel dentro de 15 años?”, pregunta David Fernández. “Sinceramente, no lo sé. De lo que estoy seguro es de que la gente seguirá necesitando información buena, creíble y relevante. Esa información podrá ser difundida en papel, a través de Internet o mediante el móvil”, contesta Andrew Langhoff en El País.

Dicha respuesta es parte de una entrevista publicada el 16 de diciembre de 2009: Los lectores deben pagar por la buena información“. Es una interviú que he leído en papel y que ahora reproduzco a partir de su versión digital, poniendo un enlace a la versión online de ese periódico. En mi móvil puedo consultar esta misma entrevista gracias a la conexión Wi-Fi de que dispongo en casa. Doy muchas explicaciones. ¿Por qué?

El título que David Fernández ha puesto a la entrevista es una frase literal, entrecomillada, de Andrew Langhoff:…

Ver original 2.958 palabras más

Yo no soy ese que tú te imaginas

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UmbertoEcoAnneSeldersHace años en un texto que después se recogería en Literatura y fantasma (1993), Javier Marías nos advertía contra los fáciles paralelismos que tienden a hacerse entre el autor de una novela y el narrador que cuenta las cosas. En ocasiones se parecen mucho, en otras son calcaditos o en otras son aparentemente distintos pero tienen mucho en común. Lo normal que los autores diseminen su yo en múltiples personajes y que incluso desarrollen potencialmente algo que ellos no hicieron pero podían haber hecho. Por tanto, el juego es arriesgado.

El narrador de Todas las almas (1989) se parece extraordinariamente al autor –al autor empírico–. Muchos lo podríamos suponer su reproducción. Y, sin embargo, dice Marías, “me bastó atribuir al Narrador una circunstancia o hecho que en modo alguno tenía correlato en mí, en el autor”. Con ello no se refería a aquellos recursos propios del narrador que son imposibles en la vida del autor, sino más bien poner en la vida del narrador algo que eventualmente pudiera haberse dado en la vida del autor y que la habría hecho distinta.

No se trataba de darle al personaje un rasgo que el escritor no tuviera (alturas distintas, color de pelo diferente, etcétera); se trataba, por el contrario, de darle, de concederle, un hecho o atributo que estuviera potencialmente en el autor y que de haberse actualizado o desarrollado habría hecho de él una persona diversa. A partir de ahí, añade Marías, “el Narrador pudo seguir acumulando características o elementos del disfraz del autor”.

Fijémonos qué curioso: a excepción del nombre y alguna cosa menor, el personaje estaba casi totalmente elaborado con retales y materiales del escritor, pero lo que lo hacía distinto no era ese nombre o esa cosa menor, sino un rasgo potencial que también estaba en el novelista y que, tomado en serio y actualizado, aleja la vida del narrador de la del autor. Estos hechos o estas diferencias son justamente las que impiden la lectura mimética, las que dificultan los fáciles paralelismos a que nos llevan nuestra pereza o la ilusión realista en la que nos empeñamos.

Sin embargo, como nos advertía Lubomír Dolezel en uno de sus libros, este tipo de lectura perezosa e inmediatamente referencial, “practicada por los lectores ingenuos y fortalecida por los críticos de los periódicos”, es frecuente, habitual y fuente de errores. Es fuente de atribuciones indebidas, de juicios al autor en nombre del narrador y, es, en fin, “una de las operaciones más reduccionistas de las que la mente humana es capaz: el vasto, abierto y tentador universo ficcional queda reducido al modelo de mundo único, el de la experiencia humana real”.

No sé si las ficciones que hoy leemos cuentan con pocos o muchos lectores ingenuos, pero por lo que he podido ver sí que hay críticos de los periódicos que las evalúan y las enjuician a partir de las coincidencias reales o presuntas que se dan entre la voz narrativa que les da soporte y el autor empírico que las firma.

Es más, hay alguno incluso, que al hacer el escrutinio del narrador y sus vicios reprocha al autor cosas de aquél. Podría pretextarse que si se dan esos juicios es porque el propio autor ha facilitado las confusiones. Algo así ocurrió con el personaje principal de El cementerio de Praga (2010), de Umberto Eco.

Como resulta que al principio dicho individuo suelta una soflama antisemita tremendamente enojosa y ruin, ciertos lectores ingenuos y ciertos críticos de los periódicos adoptaron el expediente reduccionista más cómodo: el personaje es un calco de Eco, luego Eco es un furioso antisemita. Luego, cuando el autor deshizo el entuerto estúpido que algunos habían enredado, le llamaron embustero y provocador.

Oh, hipócrita lector; oh, crítico mentecato, una ficción es una ficción es una ficción.

Tu le connais, lecteur, ce monstre délicat,
— Hypocrite lecteur, — mon semblable, — mon frère!

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«La guerra última de la humanidad»

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En el lenguaje político de todo tiempo hay un indicio preocupante: cuando los adversarios toman al contrario como enemigo, entonces la retórica deja paso a la guerra, a cierto tipo de guerra. Diferenciar entre amigo y enemigo era, al decir de Carl Schmitt (1932), lo distintivo de la política.
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En su concepción, el Gobierno tiene por objetivo aunar a los ciudadanos del Estado para emprender una directriz determinada.En la teoría de Schmitt no hay lugar para la disidencia. El «enemigo», añade, sólo es «un conjunto de hombres que siquiera eventualmente, esto es, de acuerdo con una posibilidad real, se opone combativamente a otro conjunto análogo».
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El enemigo concebido por Schmitt es el ‘hostis’, no el ‘inimicus’ (perdonen los latinajos): aquel antagonista público que nos amenaza y violenta. Dice este autor que frente al contrario, el oponente siempre puede extremar el conflicto: comenzar una guerra.
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Las conflagraciones del siglo XX han sido especialmente destructivas. Numerosas contiendas, añade Schmitt, han adoptado la forma de «la guerra última de la humanidad». Concebido de ese modo, el conflicto es total..«Y esta clase de guerras son necesariamente de intensidad e inhumanidad insólitas, ya que van más allá de lo político y degradan al enemigo al mismo tiempo por medio de categorías morales y de otros tipos».
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En el conflicto clásico, en la guerra que se libraba entre caballeros, no siempre el objetivo era aniquilar al enemigo: muy frecuentemente la conflagración consistía en desarmar a un rival. Por supuesto que los combatientes se enfrentaban para imponer su soberanía, para conquistar y dominar un territorio, para someter. Ahora bien, esos beligerantes no siempre eran exterminadores, no siempre deseaban o esperaban arrasar material y espiritualmente al enemigo, sino vencerlo obligándole a capitular.
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Tiempo atrás leí un libro excelente, sobrecogedor e intelectualmente irreprochable: es el volumen de Francisco Sevillano que lleva por título ‘Rojos. La representación del enemigo en la Guerra Civil’. La Guerra Civil a la que se refiere es la española, por supuesto; y los rojos de los que habla son los enemigos material y doctrinalmente destruidos, esos adversarios a los que no sólo se les contiene: se les arrasa moralmente.Hay una descripción exactísima de lo hecho con los derrotados, no sólo la persecución de que fueron objeto, sino sobre todo su liquidación.
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La violencia física y la violencia antropológica fueron modos de obrar que hallamos entre los derechistas e izquierdistas europeos del siglo XX. Es, pues, algo que no cae de un solo lado o de un solo bando.Pero, en el caso español, la represión del rojo, posterior a 1939, nos sobrecoge particularmente. Leía el libro de Sevillano y rememoraba las formas de estigmatización del adversario, su conversión en caso patológico, su etiquetamiento. Leía ‘Rojos’ y rememoraba la impresión que me causó otro libro que trata de los enemigos derribados: ‘Los girasoles ciegos’, de Alberto Méndez.
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Horas antes de la derrota, cuando el curso de los acontecimientos ya es totalmente predecible, el capitán Alegría, oficial de Intendencia del ejército de Franco, se pasa al enemigo, pero no como un desertor que sumar a sus tropas, sino como un rendido. El ejército del que procede va a ganar la guerra y el capitán Alegría, inexplicablemente, no espera ni desea ese triunfo, desechando así las ventajas de la victoria inmediata…
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Insisto: no se rinde, sino que dice ser un rendido, un derrotado personal. Será detenido, por supuesto, y conducido a unos calabozos por unos milicianos y por unos soldados republicanos después, ignorantes de su extraña conducta, estupefactos, unos soldados que pronto emprenderán la retirada, la huida, dejándolo en una soledad estricta.
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Será encausado por los franquistas en Consejo de Guerra y fusilado…, aunque al final sobrevivirá por pura chiripa. Sin embargo, para el capitán Alegría no hay futuro: si hay porvenir no es para él. A partir de ese momento, el capitán Alegría -sucio, maloliente, puro desecho, pero digno y disidente- hará por acercarse a la muerte que desea, por acelerarla, justo en su pueblo, allá en donde encuentra a unos soldados del bando nacional, el bando del que él había desertado.
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Leo esto y me apeno. Es una pesadumbre duradera. En los libros de Sevillano y de Méndez aprendemos cómo se degrada al enemigo, cómo se le destruye moralmente. Aprendemos qué es la dignidad y el «odio abarcador», según expresión de Javier Marías. ¿Ficciones? Lo que es increíble -lo que es inverosímil- es lo real sucedido, lo histórico ocurrido. Insisto: esto es duradero. Aún no nos hemos repuesto.
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La revista Anatomía de la Historia publica una serie de artículos firmados por José Luis Ibáñez Salas sobre la desastrosa Guerra Civil, sobre ese odio abarcador. Valdrá la pena seguirla, como seguimos el libro del que procede (El franquismo, Sílex ediciones y Punto de Vista Editores).
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La mordedura de un perro en una piedra

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Uno se siente ligero, muy liviano, cuando no guarda rencor, cuando no hace depender su estado de ánimo de las torpezas o desconsideraciones de los otros, cuando puede expresarse con fuerza y ligereza.

logo_p_infoLibreTe sientes bien porque sabes que la vida dura poco, una exhalación: no vale la pena malgastarla con desazones y odios. Esta mañana mismo he visto a un colega que me tiene tirria desde hace diez años. Doce, para ser exactos. Cada vez que me encuentro con él, trata de encubrir su malestar. ¿Para qué? No vale la pena. Entonces, la existencia sí que es una mierda.

El rencor es una pesadez. Es un estado nocivo, purgante, puramente tóxico. Acumulas veneno. ¿Para qué acumular veneno? Es preferible ejercitar el pensamiento, no el resentimiento. Yo me siento muy bien cuando ayudo, cuando me ayudan, cuando leo lo que quiero, cuando escribo lo que se me antoja, cuando expreso lo que siento. Eso no significa que sea un tipo atolondrado, poco fiable. Soy, faltaría más, un señor aceptablemente simpático con autoestima. Lo que pasa es que por timidez me escondo.

“No deis nunca libre curso al resentimiento, sino decíos: ‘Esto sería añadir una segunda tontería a la primera’…” Eso sugería Nietzsche. “El remordimiento es como la mordedura de un perro en una piedra: una tontería”‘ apostillaba en ‘Humano, demasiado humano’.

He recibido muchos correos de apoyo al marcharme de El País. ¿Cuántos son muchos correos? Bueno, para lo que llega habitualmente, doce mails es una cantidad respetable. He recibido algunas comunicaciones, pocas, incitándome a denunciar la deriva de El País, la desconsideración de sus responsables.

el-pasiNo es todo lo mismo. Alguien puede ser descortés porque le faltan modales y, sin embargo, ser un buen profesional. Tengo la impresión de que en El País de cuando en cuando se pierden los buenos modales: y no me refiero a quien se puso en contacto conmigo para anunciarme el cierre de casi 200 blogs. A esta persona le cayó el pequeño marrón de hablarme con educación. Una descortesía es una falta de consideración. Es no tener en cuenta a los otros.

¿Qué haré a partir de ahora? Tampoco es tan grave. Tengo la fortuna de ser funcionario: concretamente catedrático. Haré lo que he hecho siempre. Yo seguiré leyendo El País, tan liberal, y literatura basura. Regresaré a los clásicos y a los libros de circunstancias. Eso sí: en ‘El País, leeré sólo las firmas que me son más queridas, que no me aburren mortalmente. Y seguiré leyendo infoLibre, a pesar de que son tan progres. Y, por supuesto, seguiré leyendo El Mundo o ABC. Para La Razón no me alcanza.

Quienes me conocen saben que nunca me encontrarán perdiendo el tiempo alimentando el rencor. Lo que no quita para que lamente el estado de la prensa. Pronto, en breve plazo, dejaré de comprar periódicos en papel. Esto es el fin de una época: si un tipo rezagado como yo, si un individuo de otro siglo, anuncia eso, es que el fin del mundo está cerca: el mundo que hemos conocido. Por supuesto, yo pago y pagaré por contenidos digitales.

Aún creo en la propiedad intelectual.

Adiós a El País

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ElPaisHe abandonado El País: mi blog (y los de tantos otros desaparecerán pronto) y también mi columna habitual (que he decidido suspenderla). El delegado de El País en la Comunidad Valenciana ha tenido conmigo un comportamiento elegante, siempre elegante. He mantenido una conversación con el responsable de los blogs de El País. Me ha llamado para pedirme que retire el título de mi último post. ‘Antonio Caño. Esto es un blog‘. Me lo ha pedido no porque los contenidos resulten ofensivos, sino porque le parece descortés para el director de un periódico que me ha dado acogida durante años.Yo, por supuesto, he hablado de la amabilidad con la que siempre se me ha tratado y le he insistido en que me parece una descortesía que no se explique públicamente por qué se retiran la mayor parte de los blogs. Esta persona me pedía amablemente que retitulara ese último post, que quitara el nombre propio del director de El País. No es censura, me ha dicho. Un periódico tiene derecho a publicar lo que considere pertinente. Yo le he respondido que así es, que me parece obvio.

Lo que yo le he propuesto es que retire mi blog entero (no desaparecerá de la hemeroteca de El País), pero que no sea accesible desde el enlace de la página de la Comunidad Valenciana. La solución que ha adoptado no es exactamente la pactada. Ha hecho desaparecer mi último post (‘Antonio Caño. Esto es un blog‘), ha bloqueado mi acceso a typepad (el servidor de blogs de El País) y ha mantenido el penúltimo post en la página de Comunidad Valenciana (‘Adiós).

No piensen ni por un instante que voy a ir de quejoso o rencoroso, diciendo que me han censurado. Sólo por el agradecimiento que debo a Josep Torrent, he de comportarme. Es decir, no diré ni alentaré teorías conspiratorias, teorías de que me han expulsado, censurado, tirado. La eliminación corresponde a casi 200 bloggers. No hay inquina persona alguna.

Yo, sin embargo, no puedo frenar lo que algunos puedan llegar a decir: algunos, efectivamente, le tienen tanta manía a ‘El País’ que aprovecharán cualquier episodio, por pequeño que sea, para arremeter. Sin duda, saben que no me encontrarán entre quienes mienten.

Pero seguiré exigiendo una explicación pública, que aún no se ha dado, una explicación de por qué eliminan tantos blogs, tanta materia gris allí depositada. Alientan la formación de blogs, que son instrumentos de creación, de pensamiento, de reflexión. ¿Para luego qué? ¿Para eliminar de un plumazo la sobrecarga?

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