No hay escapatoria

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Justo Serna y José Luis Ibáñez

ElBornMiserachsBarcelona1964La ciudad a la que acabas de llegar es inhóspita. No recibe bien a esos soldados o, mejor a esos reclutas recién adiestrados. Los bares apenas están abriendo. Algunos compañeros han bebido ginebra a lo largo de la noche. Llevaban petacas con las que saciaban su sed. Tú apenas podías mantenerte en pie.

En esa localidad aún se viven los restos del verano en sus calles. O en otros casos todavía se padecen los fríos invernales a poco que te alejes, ese viento seco que te hará desear la muerte. ¿Qué hago aquí?, te preguntas bobamente. Es temprana la hora, apenas el sol despunta, y el sueño que te impide disfrutarla no es capaz de hacerte ingresar en la vigilia.

Entrevés lo que apenas tiene vislumbre. No eres capaz de sacurdirte, no eres capaz de orearte, el olor que te impregna: ese pestuzo del petate. Un algodón recio que ha pasado por distintas generaciones. Pero tampoc puede quitarte el aroma de esos miles de frutales, naranjos, que te circunvalan.

El autocar te ha dejado en medio de ella, de la ciudad, de ese lugar último, ya entregado. Y ahora has decidido pasear para hacer tiempo, un tiempo que no va a atraparte a ti solo. Te sobran las horas, o eso crees con un porvenir dilatado y hundido. Vas a alojarte o al menos trabajar en un cuartel en el que pasarás los siguientes doce meses de tu vida. ¿O eran catorce?

Ahora se abren sus puertas. Es el segundo establecimiento donde dormirás, donde compartirás cama y rancho con muchachos que no habrías conocido de otra manera. Compartirás tus ocios y tus nostalgias, tus inquietudes y tu manera de mirar un mundo que ya estás aprendiendo: no ha sido creado para ti. Hasta hora eras un tipo de barrio, ajeno a las dimensiones de la Tierra, extraño a lo distante. Ahora, sin embargo, vives un mundo que te desmiente.

Hace unas semanas te habías recostado sobre una colcha descosida con los brazos bajo la nuca, expectante. ¿Esperando qué? Recostado con los pies doloridos. Con los cojones del alma igualmente doloridos recuerdas a Miguel Hernández… Recostado ante el gran trauma de la distancia, lamiéndote la herida de la soledad en medio de una marabunta de compañeros no buscados.

Pensando en ella, en tu circunstancia, hasta el llanto, como si estuvieras en las antípodas y no a unas pocas docenas de kilómetros, escasa separación que aún no sabes que no son sino unos pocos días sin sentirla. Días de carreras, de formación, de gritos que ignoras por qué se repiten con un timbre autoritario, una y otra vez, chillidos que te aturden la primera vez que te llegan y que luego solo forman parte de una rutina menesterosa, un paisaje sin tiempo para la desolación. Sin tiempo que no sea otra cosa que obedecer en el vértigo.

Te has sentado en un banco solitario. Te interrogas sobre los estudios que has cursado. Pobrecito: estudiar, estudiar, para otros acumular. Te interrogas sobre las amistades que has dejado, sobre la novia de la que quieres desprenderte. Estás ahí sentado, derrengado. En un banco escaso, lamentable vestigio de un pequeño parquecito. Estás todavía en una diminuta plazuela de no sabes dónde. Wake up to Reality. La ciudad te redime poco a poco del sueño en que te has refugiado perezoso.

Bostezas y padeces un apetito del que sientes ahora una punzada, remolón como estás e ignorante pero apercibido de lo que se te viene encima en cuanto pongas el pie dentro del Regimiento, el espacio donde habrás de buscarte la supervivencia a partir de ahora. El tiempo se dilata: no puedes ver el horizonte, ni su sentido.

Caminas vestido de soldado, con la ropa de bonito. Así la llaman. O de Romano. Y la camisa no tanto pero el pantalón… El pantalón, de granito, pica, rasca la sensible epidermis y da calor y encorajina. Menos mal que a la gorra te has acostumbrado, y que la corbata, con su estúpido y payaso elástico que la convierte en un tira y afloja ridículo, es ya una prenda a la que no prestas atención, tan tuya aunque no lo parezca.

Recorres la ciudad sin tener la sensación de que el mar esté cerca, tiene que estarlo, seguro. Hay rumor de oleaje, un bienestar de aguas calmas. Hay vapores, efluvios. Ríos. Y de repente es como si estuvieras en tu ciudad, en esa brevísima primavera o en ese reducido otoño que es en realidad la estación que contemplan las calles por las que pasas, ahora en compañía de otro soldadito que ha venido contigo para cumplir la parte más significativa del servicio militar. ¿Dónde? En la misma localidad y con el que has topado tras separaros nada más llegar a la capital de la provincia.

Prefieres no pensar en los veteranos, en los típicos abusadores cuarteleros, henchidos de rencor hacia quienes pueden irse de rositas sin sufrir las afrentas que ellos ya sufrieron cuando eran unos recién llegados, unos plumas les dirán a donde vas a llegar en unas horas, te dirán en cuanto que aproximes tus rasgos de desconocido, no tu edad ya de 23 años, algo que no les importará mucho a la hora de escogerte para las bromas. Hasta que tú les hagas reparar en ella, en la edad que no aparentas.

Unos plumas, les dirán a donde vas a llegar en unas horas, te dirán en cuanto aproximes tus rasgos de desconocido, no tu edad ya de 23 años, algo que no les imporaá mucho a la hora de escogerte para las bromas. Hasta que tú les hagas reparar en ella, en la edad que no aparentas.

Ves un bar con sus cinco o seis mesas y ves, cómo no iba a serlo, que tienen cocido o paella, y ya el apetito es casi hambre, una furia de posguerra, y le preguntas a Tomás que si pasáis y coméis, que si dejáis de deambular sin sentido, a lo loco, desperdiciando la posibilidad de haber conocido la ciudad que semanas más tarde pasearás ya sí premuras, aunque insuficiente criterio.

La paella es el recipiente en el que se cocina y en el que se sirve y por extensión, aunque eso aun no lo sabes, se llama también al plato. ¿Y el puchero? Y ahora ni imaginas que dos semanas después casi llorarás ante uno que no podrás comerte porque antes habrás cometido el infantil error de almorzar con los lugareños atiborrándote con un bocadillo pantagruélico. Ese entrepán te arrebatará sin tú imaginarlo la posibilidad de saborear lo que probablemente habría sido el mayor manjar que en tu vida podrías haber comido. Ese pueblo, patria y tierra prometida a la que alguna vez regresarás aunque solo sea para echar de menos el plato de arroz y puchero preparado como aquella gente huertana gusta servir, un plato que dejaste escapar con todo el dolor de tu alma.

Habéis comido bien, habéis bebido bien. Y ahora vais ya pensando en acercaros al renombrado tren que os dejará en la localidad donde se aposenta la base militar en la que os espera un futuro al que os entregaréis con más resignación que orgullo. Un futuro de ordeno y mando, de ahora id aquí, ahora allí, ahora formad, ahora romped filas, ahora saludad, ahora descansad, ahora… Ahora. Nunca luego. Un presente continuo, nada que ver con un futuro, un presente lleno de memoria y ausente el deseo que te atenaza en el momento en el que respiras con atención para no perder detalle de la magnífica jornada que dejará de serlo en cuanto empiecen los gritos y las carreras y las columnas de a tres y los a dormir y los despertad y los venga, vamos…

Pero aún hay tiempo de imaginar los muchos meses que tienes por delante, los días seguramente largos en ocasiones, así como también las horas de camaradería y de crecimiento, las de beberte la vida y soñar y… Ahora no llegas a sospechar qué tipos de amigos, o compañeros al menos, serán los protectores de tus sentimientos, los testigos de los momentos anodinos y de los espléndidos, los atendidos por ti en sus miserias o en sus instantes de humanidad.

No llegas a verte a ti mismo acostando tu cuerpo una noche de verano templado, agotado y extrañamente feliz de estar vivo y tener 23 años y una novia morena que te espera y de la que dudas, ensimismado en tus deseos cuando lo que te llega nítida es la voz de tu vecino de litera. Extremeño, por más señas: un entrañablemente rural y habitante de un mundo menos egoísta, menos vertiginoso, que habla a solas, consigo mismo, como si nadie pudiera escucharle y dice que menos mal que nos reímos aunque sea de mí.

Aunque sea de mí, él que es objeto de constantes burlas que sobrelleva amparado en su corpachón de buenazo, y que no merece ese desprecio al que algunos lo someten por su condición de campestre, representante primitivo de los intactos estilos de comportamiento de un campo que ya ha desaparecido excepto en su entorno de hombre en medio de una naturaleza que añora y que ve representada en su mente; ahora que cierra sus ojos y parece llorar de pena y alegría a un tiempo, albergando en su enorme alma antigua la delicada aspereza de los hombres buenos, inmaculados por la sociedad a la que entran sin mancharse para dejarnos a algunos el regusto excitante de que a las triquiñuelas habituales de la existencia se les puede combatir con la paz de un mulo amable y sonriente, tu, ahora que caminas por la ciudad, futuro aunque breve amigo Valiente, eso es, Valiente, su apellido certero.

Ya estáis en la estación y las taquillas se ofrecen extrañamente solitarias para que pidáis dos billetes a vuestro destino. De ida y vuelta casi grita Tomás, muerto de la risa, anestesiado por su propia ocurrencia para soportar la vergüenza de sus gimoteos exagerados que atraen las miradas de cuantos deambulan por la nave que ya cruzáis resueltos, en pos de las vías que traen y llevan a los trenes, a los desvencijados vagones de madera de la época de Jim West que entran y salen para horadar el hermoso paisaje repleto de verde y naranja, de naranjos y sus frutos de dimensiones gloriosas y del color del más hermoso sol que se pueda contemplar.

No han pasado dos meses desde que llegaste al primer destino de tu vida militar, donde acabas de completar tu instrucción rematada con la espectacular y anodina jura de bandera de tu reemplazo. Espectacular y anodina. Alguien que no haya contemplado una jura de bandera española podrá creer que es un mero uso poético de la cópula de dos palabras aparentemente imposibles de aunar. Nada de eso. Casi dos meses han transcurrido desde que te despediste en una noche pegajosa de ella, de la chica que extrañamente apenas te viene a la cabeza a lo largo de toda la mañana que ya ha finalizado para comenzar a dejarte en ese estado de postración inevitable en el que te sumerges luego de haber comido.

Y no estás preparado para adivinar que en los días que te aguardan en el interior de un cuartel de la ciudad ajena al litoral adquirirás la facultad de echarte siestas de diez minutos, incluso de solo cinco. Cinco minutos de siesta, los que transcurrirán desde que llegues al edificio de tu compañía hasta que comience la tediosa sesión de tarde del poco ejemplar trabajo castrense que justifique el uso de ejércitos en tiempos de paz en territorios en paz.

Y el tren sale de la ciudad y se adentra en el vergel que es la provincia en estos días de naranjos y de sus naranjas como satélites. Y el sueño trata de vencerte sin conseguirlo. Y antes de entrar un ratito en su regazo, crees imaginar cómo es tu destino y ni en el duermevela puedes apreciar tus paseos por los patios del cuartel a todas horas simulando que haces algo muy importante y que todo el mundo te busca para encontrarse siempre con la misma respuesta: estaba hace un momento aquí pero no sé a dónde ha ido, tenía algo que hacer en no sé qué sitio. El arte del escaqueo. La gran palabra, el verbo infalible: escaquearse, hacer como que se está haciendo algo en el sitio donde menos trabajo exista. Escaqueo.

El olor y el brillo fluorescente del paisaje te despiertan de tu escaso cabeceo adormecido y te depositan frente a la realidad que te invadirá durante meses hasta hacer de ti un acomodaticio soldado acostumbrado al desorden en medio de millones de órdenes. Un cabo, más bien, que ese será tu fulgurante recorrido por el breve cursus honorum de tu exigua vida castrense, sin que puedas creerte que al final de tus meses de campamento un mando te llegará a ofrecer quedarte en el Ejército, reengancharte. Palabra obtusa: reenganche. Como el de las enormes piezas cadavéricas de carne hibernadas en las cámaras de las tripas de nuestras ciudades.

Estación de trenes. Estiras las piernas y desciendes hacia el primer bar propicio que ya está a la vista, en el que entras y pides una cerveza, junto a otros soldados que tal vez conozcas o no, qué importa, que acaban de llegar como tú a su futuro de enajenación civil, en mitad de la década en la que tu país volvió a tener gobernantes socialistas después de quinquenios de absoluto acuartelamiento de la población derrotada o adormecidamente victoriosa, compuesta esta última por aprovechados o por contundentes representantes de sígeneralmigeneral.

Desde la ventana en la que casi te dejas caer, mientras piensas en esa nada que nos devuelve de vez en cuando al redil de los animales del que salimos para creernos dioses, desde ese cristal enorme que te muestra una carretera que te llevará horas más tarde al muy cercano cuartel de tus meses venideros, desde el breve paisaje expuesto para que de vez en cuando repares en él mientras dormitas o no sabes bien si escuchas a tus posibles compañeros hablar de sus vidas tan ajenas y tan tuyas, desde ese recostarte acompañado de tu puño meciendo tu barbilla y de tus ojos que se cierran y se abren dispuestos a sorber el futuro sin el ámbito tranquilo de los años que conoces porque los has vivido en un remanso apacible de turbulentas corrientes sanguíneas que no te han tratado del todo mal, desde esa parsimonia cálida y como de crisálida apostada en un vientre original y remoto, desde esa mirada aturdida por un sopor del que no te separas en todo el día puedes imaginarte deambulando por un regimiento sintiéndote importante y haciendo sentir a los demás que lo eres, que eres imprescindible y que estás siempre donde has de estar: no donde el orden marcial desvencijado en el que te vas a instalar querrá tenerte.

Es ahora otra ventana la que atraviesa tu mirada todavía engañada por la recién sobrevenida vigilia y embadurnada por el amanecer que rodea tímidamente a la ciudad a la que llegas, a tu tierra imprescindible pero cierta, no soñada, no convertida en una patria por la que morir o por la que matar, solo un refugio en el que verter la infancia recobrada una y otra vez, esa sí tu verdadera patria.

Estás sentado en el tren que te lleva de regreso para siempre a la vida civil y que te aproxima a la mujer que te abandonará o abandonarás pronto para hacer de ti el hombre que escribirá estas palabras ya enamorado del eterno femenino engendrado en el cuerpo y en el alma de una mediterránea que ni podrías soñar en este viaje de retorno a los días sin uniforme, empapado de la dicha del final de un túnel como el que ahora te impide vislumbrar las afueras de tu ciudad, que hace del ventanal un espejo donde te ves pleno de una juventud que ya no te abandonará nunca pues es la del hombre que siempre has sido, la del muchacho que fuiste y la del anciano que serás, del viejo que eres y del niño que sigues siendo, la del chico que envejeció para no ser nunca un viejo y convertirse en ti.

 

‘Antonio Muñoz Molina. El tiempo en nuestras manos’

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JSAMMJusto Serna, Antonio Muñoz Molina. El tiempo en nuestras manos. Madrid, Fórcola Ediciones, 2014.

El texto de la contracubierta.

¿Por qué hay que leer a Antonio Muñoz Molina? ¿Acaso porque es un gran novelista que forma parte del canon de la literatura española? No sería una mala excusa, pero hay razones mejor fundadas, como desvela el nuevo ensayo de Justo Serna.

Muñoz Molina es autor de unas novelas de largo aliento, que aspiran a la totalidad, a representar el mundo presente o pasado con sus personajes, sus episodios y sus objetos menudos. Son ficciones que recrean lo que hemos vivido pero no para reproducir lo ya sabido, sino para ponernos en riesgo, para hacernos sentir potencialmente lo que podríamos haber vivido.

Sus novelas se inspiran en la mejor tradición española y mundial, desde Galdós hasta Verne, desde William Faulkner hasta Philip Roth, desde Baroja hasta Barea. No hay barreras: un muchacho que empieza a publicar a comienzos de los ochenta ha de reconstruir un hilo roto, un repertorio de influencias, una base cultural que la Guerra Civil y el Franquismo fracturaron.

Pero escribir novelas no es reparar un pasado mal resuelto; tampoco es ganar una batalla presente virtualmente. Escribir una historia ficticia es obligarte a pensar lo que pudo ocurrir, lo que bien pudo suceder, lo que moralmente aprendemos de esa circunstancia.

Varones taciturnos, damas de gran coraje, muchachos que descubren la modernidad, adultos que se ven desbordados. El mundo de Muñoz Molina se centra en Mágina, pero sus derroteros le llevan a Nueva York y también a una Europa que nos desmiente y nos mejora o nos empeora. España no es un lastre, es una posibilidad.

Las novelas de Antonio Muñoz Molina no nos aleccionan, no nos adiestran. No hay nacionalismo que profesar. En sus obras, el mundo conquistado está siempre a punto de derribarse y el amor, la lealtad, la humildad, el trabajo, la decencia, la obstinación nos salvan.

Justo Serna lleva años viviendo en un mundo ficticio y real: el de las ficciones de Muñoz Molina. Su libro nos devuelve esa tensión moral, en un ensayo de prosa envolvente.

Yo, señor, no soy malo

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Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas. Aquéllos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya.

Camilo José Cela firmó una de las novelas más indiscutibles de la historia literaria española. El autor ha tenido una trayectoria errática, con obras verdaderamente notables y con ficciones de encargo y venales. El escritor ha sido un buscador de galardones y un hombre hinchado y henchido. Pero uno de sus libros (junto a ‘La colmena’) merecen todos los parabienes.

Nos referimos, claro, a La familia de Pascual Duarte (1942). Su protagonista es un personaje monstruoso, una criatura que ignora su profunda perversidad. Maltrata a los suyos y lo ignora. Es un ser primitivo aunque sabe de letras. Es un tipo salvaje aunque no le falte retórica expositiva. Es un individuo que lo ignora todo de su inquina, del rencor, de todo aquello que lo consume.

Pudo muy bien haber hecho fortuna, pudo muy bien haber alcanzado las más altas cotas de su pequeño mundo. Pero a él todo eso le parecía escaso para sus merecimientos. Un ser engreído, locamente ufano. El personaje es despreciable y destacable: justamente porque lo repudiamos tiene cualidades negativas que lo hacen interesante.

No tuvo descendientes literarios. La truculencia de sus lances y de su expresión no puede parangonarse. Es una obra brutal, epítome del tremendismo, en medio de una España sanguinaria. Es una ficción desatada en medio de un país carpetovetónico (adjetivo que se adjudicó Camilo José Cela, cuando en realidad pertenecía a don José Ortega y Gasset).

Duarte fue violento, agresivo con saña, matador. Fue una condensación de la España trastornada por la sangre y fue un personaje odioso. Su autor adoptó el expediente de la primera persona y quienes hemos leído varias veces la novela hemos de reconocer la mezcla de primitivismo y artificio que la obra contiene.

Parece más bien una historia del Ochocientos: con personajes brutales, bestiales, duros de mollera y a la vez retóricos, expansivos y sin sentimiento del mal que ocasionan. Si lo comparáramos con el monstruo de Frankenstein, el tipo de Mary W. Shelly saldría mejor parado. Tenía valores morales que en Pascual Duarte han desaparecido.

No queremos diagnosticarlo. No tenemos compentencia médica para hacer tal cosa y no nos interesa su dolencia. En realidad, aquello que nos sorprende es su monstruosidad, ese rasgo moderno y a la vez primitivo de un ser que puede hacerse querer para después obrar como un energúmeno.

Es una bestia sin compasión. ¿Un psicópata? No nos atreveríamos a tipificarlo así. Tampoco a diagnosticar su mal. Queremor rendir homenaje a un personaje destacable del espanto español, una figura que su creador no logró mejorar y que formar parte de la galería de freaks que aún nos acompañan. Murió con el cuello quebrado, torcido por garrote: la modernidad española, la contribución hispánica al horror.

En 1976, Ricardo Franco, de los Franco del Tío Jess, de Lolita, de los Marías en fin, realizó una versión notable y sobria, que ponía los pelos de punta. La interpretaba José Luis Gómez. Gracias a esa versión, que era el colofón del franquismo bestial y terminal, pudimos releer la obra en repetidas ocasiones. Las imágenes que Franco nos ofreció acabaron por trastornarnos.

Así empieza lo malo

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unademagiaporfavor-libro-asi-empieza-lo-malo-javier-marias-portadaLeo con lentitud deliberada, con parsimonia estudiada, Ahora empieza lo malo (2014). En dicha novela de Javier Marías está lo bueno y lo menos bueno de nuestro autor. Marías tiene un problema… Ya sé que le pueden conceder el Nobel. Ya sé que tiene su obra gran repercusión. Ya sé que en el mercado anglosajón (que es el que cuenta), sus libros tienen influencia creciente. No es éste el asunto.

Javier Marías adoptó años atrás una fórmula narrativa de eficaces resultados. ¿A qué me refiero? Al relato en primera persona. Ya explicó él mismo hace tiempo que el yo narrador no es necesariamente un calco o un reflejo del Marías que escribe. Algo no sucedido, un giro potencial en la vida, y el personaje ya no es el mismo: ya no es el escritor.

No obstante, hay un personaje que va cambiando de novela a novela y que sin embargo siempre suena igual. Alguien puede decir que eso ocurre con todos los grandes escritores. Y quien lo afirme no estará falto de razón. Identificamos un texto de García Márquez en la primera línea, advertimos una novela de Antonio Muñoz Molina inmediatamente. Pero no es eso a lo que me refiero.

Aludo al yo que habla. Siempre el mismo tono, la misma entonación (si puedo repetir), siempre los mismos giros, expresiones y digresiones. Sea el protagonista de Todas las almas, de Corazón tan blanco, de Tu rostro manaña‘, de Los enamoramientos, de Así empieza lo malo, Marías siempre suena igual.

Por supuesto, eso no es óbice para que disfrutemos con sus divagaciones, con sus cogitaciones, con sus demoradas o extensas parrafadas, con su prosa envolvente. Pero siempre tengo la impresión de estar leyendo al mismo narrador. Digo bien: no al mismo escritor (lo cual es obvio), sino al mismo narrador. Expansivo, digresivo, obsesivo.

Las cosas que cuentan los personajes de Javier Marías me interesan e incluso me conmueven (la lenta difuminación, la muerte o, antes, la traición, el secreto, la figura remota del padre). Pero tengo la impresión de asistir a un largo monólogo, un Javier Marías que adopta distintas caras y caretas para hablarnos con el mismo timbre de asuntos que a todos nos conciernen.

Sé que no saldré vivo de esto que digo. La admiración por Marías es creciente y, sin duda, los detalles tal como él los cuenta son perlas de la ingeniería literaria (si me permite esta cursilería). Ahora bien, Javier Marías corre el riesgo de repetir fórmulas, de incurrir en manierismos (como Jordi Gracia indicaba en Babelia) y a la postre siempre nos está dando el mismo libro.

William Faulkner cambiaba el tono y el narrador, así como Vladímir Nabokov. Sin duda, son dos escritores a los que se les distingue de inmediato, pero la narración cambia. Marías lo tendría muy fácil para enderezar el curso reiterativo e inquisitivo (qué duda cabe) de sus obras. Ponerse a hablar como él no habla. Ponerse a escribir como él no escribe. Adoptar una voz distinta. O un yo totalmente ajeno a su dicción; o un él, una tercera persona que pareciéndose a él adoptara giros y expresiones de sus personajes: me refiero al estilo libre indirecto.

Ahora, si me permiten, voy a ponerme a cubierto: a seguir leyendo Así empieza lo malo.

Reflexiones sobre la memoria

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UmbertoEco1Uno. El 21 de septiembre es el Día Internacional del Alzhéimer, la jornada que se dedica en todo el mundo a la difusión y explicación de lo que esta enfermedad es y provoca, de lo que esta dolencia comporta. Millones y millones de personas la padecen. Es un buen día para decir algo, aunque sea poca cosa, sobre la memoria. Yo no soy experto. Por ello hablaré como historiador y como individuo…
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Dos. La historia es una actividad intelectual, una pesquisa, un esfuerzo analítico por el que un investigador selecciona un objeto del pasado estudiándolo con documentos, con los vestigios que quedan. ¿Cuando un historiador acude al archivo para consultar unas fuentes hace lo mismo que cuando un individuo recuerda?

En la memoria hay una parte consciente y voluntaria, sí: cuando nos valemos de lo aprendido para no tener que volver a experimentar hacemos también un esfuerzo deliberado y consciente. Pero en la memoria hay mucho de mecanismo emocional: en numerosas ocasiones se pone en marcha a partir de estímulos propiamente externos, justo cuando se activan recuerdos de experiencias propias o ajenas que forman parte de la identidad y que regresan al margen de nuestras voluntades.

Un sabor, un sonido, un roce, una canción, etcétera, nos despiertan, nos quitan el aturdimiento o la indiferencia: hechos pretéritos asociados a determinadas sensaciones vuelven ahora, de repente, con fuerza. Colocamos una nueva cuenta en el ábaco. Algo nos impresiona y ese choque sensible nos hace exhumar un acontecimiento pasado. Pero el recuerdo no es sólo el acontecimiento: son el hecho y su sentido, el sentido que tiene para nosotros.

Recordamos un suceso personal y el dolor que nos ocasionó; o evocamos involuntariamente un episodio placentero y la impresión que ello nos dejó. Es a esta memoria azarosa a la que principalmente se refiere Marcel Proust en un célebre pasaje de Por el camino de Swan (Du côté de chez Swann, 1913), obra que citaré en versión de Pedro Salinas. Exagerando el peso de la chiripa, el novelista francés dice:

“Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de sus dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos. Y del azar depende que nos encontremos con ese objeto antes de que nos llegue la muerte, o que no le encontremos nunca”.
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Tres. Sin duda, Proust subraya lo fortuito, lo casual, de la memoria: esa sensación que cualquier cosa externa nos puede provocar. Según ese punto de vista, las personas estamos enteramente expuestos a estímulos que nos emocionan, que nos trastornan y seríamos prácticamente peleles: individuos cuya principal función cognitiva –la de recordar– sería fruto de lo aleatorio, de las circunstancias que nos rodean y que no elegimos. No vivimos en un laboratorio en el que todo esté bajo control. Vivimos en espacios abiertos en donde la rutina es parte; la otra es el azar.

Uno hace esfuerzos de memoria y qué obtiene a cambio. Nada o poca cosa, dice Proust. Todo es más impredecible y es menos controlable de lo queremos aceptar. Desde luego, al novelista podríamos oponerle algo bien cierto. La inteligencia y la voluntad intervienen en lo que recordamos: las reglas mnemotécnicas, por ejemplo, nos permiten evocar datos siempre que queremos y con una utilidad instrumental.

Pero hay más. Las instituciones son agregados humanos que se basan en recuerdos compartidos. Las cosas prácticas de la vida ordinaria o funcional las recordamos así, conscientemente, y gracias a ello marcha el mundo: marcha gracias a que es previsible por el recuerdo consciente y cumplido; y marcha, en fin, gracias a los automatismos humanos.

Pero hay otra parte fundamental de la existencia que no depende de lo consciente. Tampoco de la voluntad. Es la memoria involuntaria, la memoria sensible, esa a la que se refiere Proust con obstinación. Mucho de lo que nos sucede se debe a los efectos de lo recordado azarosamente. Ustedes me perdonarán por repetirme, pero no puedo dejar de mencionarlo. Me refiero a ese episodio archiconocido que el novelista francés narró en las primeras de su libro: la impresión que causa mojar una magdalena en té. Concretamente, en ese pasaje, dice:

“…me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que le causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo…”

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Cuatro. Todos tenemos pasado y ese dato de la experiencia nos sirve para ver cómo opera la función cognitiva del recuerdo. Todos tenemos pasado y por ello podemos hablar de la memoria intuitivamente: de lo que nos pasa cuando recordamos; cuando olvidamos lo importante o lo secundario; cuando evocamos fragmentaria, selectivamente; cuando tenemos reminiscencias erróneas.

La memoria es experiencia y es expectativa: experiencia de lo ya vivido y valorado; y expectativa de lo que deseamos o tememos. O nos tememos… Sabemos que en el pasado hemos obrado así o asá. Si nos salieron bien las cosas, es probable que repitamos nuestros actos, en la esperanza de que den los mismos resultados. Si la actual circunstancia se parece a aquella, entonces razonamos por analogía: las semejanzas de dos hechos me hacen reiterar o evitar lo que ya hice.

Pero los hechos no son los mismos, como tampoco son idénticos los contextos. ¿Cuál es el resultado? Que las previsiones que nos hacemos se incumplen frecuentemente; que las predicciones que aventuramos pueden fracasar; que los deseos se frustran; que los miedos no se materializan. Etcétera, etcétera.
Ahora imaginemos que todo lo anterior lo perdiéramos, que la memoria dejara de funcionar correctamente. Imaginemos una amnesia irrefrenable. Es más: que los recuerdos se disiparan, que cualquier cosa evocada se hubiera desvanecido.

Careceríamos de todo referente, de todo asidero, de todo fundamento. Quedaríamos desarbolados. La identidad perdería fuelle y después solidez y fijación hasta finalmente desaparecer. Es lo que les sucede a quienes padecen la Enfermedad de Alzhéimer: que las cosas pierden su base y que lo aprendido –aquello en lo que hemos sido socializados, educados, instruidos– se desaprende. Las emociones más primarias de las cosas es lo último que se pierde y en ello intervienen especialmente los sentidos.

La música, por ejemplo. Nos sabemos la letra de una canción, podemos tararearla, y no sabemos por qué la sabemos, por qué acabamos aprendiendo aquella tonadilla que jamás olvidaremos. Los enfermos de Alzhéimer padecen un trastorno neurodegenerativo que les hace perder el recuerdo inmediato y finalmente muchas de las funciones motoras y cognitivas.
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Cinco. Lo diré con Umberto Eco, que en La misteriosa llama de la reina Loana (Lumen, 2005) precisaba lo que los expertos señalan en sus informes con vocablos técnicos. Quien está aquejado de amnesia grave –indica Eco– verá dañada su memoria implícita, esa “que nos permite ejecutar sin esfuerzo una serie de cosas que hemos aprendido, como lavarse los dientes, encender la radio o anudarse la corbata”. Pero hay otra memoria que se ve afectada: es la explícita.

La memoria explícita es, por un lado, semántica: por ejemplo es “la que nos permite saber que una golondrina es un pájaro”. Por otro lado, la memoria explícita es también episódica, autobiográfica. ¿Qué ocurre cuando este funcionamiento se daña? Pues, por ejemplo, que alguien “no es capaz de recordar inmediatamente, pongamos al ver un perro, que un mes antes estuvo en el jardín de su abuela y vio un perro, y que es él quien vive las dos experiencias. Es la memoria episódica la que establece un nexo entre lo que somos hoy y lo que hemos sido”.

El protagonista de La misteriosa llama de la reina Loama no ha perdido la memoria semántica y, por tanto, aún sabe que una golondrina es un pájaro; aunque sí ha perdido los recuerdos episódicos de su vida y no sabe que hace un mes estuvo con un perro en el jardín de su abuela. Pero la existencia no es una novela, aunque la firme Umberto Eco.

Una vida aquejada de Alzhéimer es dura prueba para quien la padece y para quien asiste, una dura prueba cuyo resultado se sabe de antemano: el que tiene esa dolencia acaba no siendo quién era y no sabiendo quién es… De lo que se trata, pues, es de conservar denodadamente la memoria episódica para así retrasar el deterioro de la memoria implícita.

Las canciones, lo sensible, retienen la atención: aquello que aún puede emocionar y que aún puede despertar lo autobiográfico, lo episódico. De eso he hablado aquí. Con emoción, precisamente.

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Dejo para otro día las reflexiones sobre la ‘memoria colectiva’. ¿Existe tal cosa?

De la Camorra a Tony Soprano

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En el Departamento de la Facultad de Historia (de Valencia) organizamos un seminario con la profesora Marcella Marmo, una de las máximas especialistas en la Camorra y el bandolerismo napolitanos. Estuvimos examinando los orígenes de esos dos tipos de violencia. La sesión fue muy concurrida y los asistentes tomaron buena nota de lo que allí se decía.

¿Qué es una organización mafiosa? No sólo es un grupo delictivo que busca un provecho ilegal. Es, además, una organización, vale decir, ha de estar constituido como una estructura y como una red: las informaciones suben y las órdenes bajan. Eso significa que ha de tener jerarquía: unos que son los jefes y otros que son los que ejecutan las órdenes además de vigilar por los intereses, por los sujetos y por el buen funcionamiento de la organización. Emplean la violencia, pero porque es su principal recurso, instrumento, capital.

El Estado está corrupto o simplemente no llega a determinados barrios, localidades o regiones del país. En esos dominios no impera la ley, la ley común; no impera el mercado libre; no impera la seguridad. El Estado es la instancia que monopoliza la violencia legítima: si la gendarmería está corrupta o sencillamente no puede imponerse sobre los violentos, entonces la organización mafiosa dicta su ley, su marco de actuación, su concepción del mundo, sus amenazas y protecciones.

Esta organización no es sólo un grupo de extorsión. Es también un grupo de protección. Primero te rompo el espacio, la legalidad, la norma y la normalidad y hasta las piernas, provoco un caos institucional o económico; luego intervengo asegurándote tu supervivencia, tu cura, tu cuidado y tus lucros a cambio de tus servicios. Eso genera un estado general de desconfianza. Sólo la organización te da certidumbre.

En un mercado de recursos escasos o monopolizados por la mafia, entonces soy yo quien reparte a cambio de tu sumisión y adhesión; soy yo quien distribuye favores a través de redes personales: a traves de esas redes fluyen esos recursos escasos y fluye la información.

Pero para que la organización sea auténticamente mafiosa, es preciso algo más: que nuestras relaciones, que las redes que hemos establecido creen vínculos prácticamente primarios: familias o cuasi familias. O, mejor dicho, una comunidad de lazos de sangre y de identidades, de afinidades, de sujeciones, de responsabilidades.

Yo me presenté al acto con la profesora Marmo correctamente vestido. Más o menos. Con uno de mis inevitables sombreros, camisa suelta tipo ‘casual’ y debajo una camiseta negra con una leyenda: The Sopranos. Por supuesto, los Soprano no pertenecían a la Camorra. Ellos constituían una familia extensa vinculada a la Mafia de Nueva Jersey.

Pero me pareció simpático acudir al acto académico haciendo un guiño, siendo yo mismo quien presentaba a la profesora Marmo. Más tarde, una estudiante me preguntó si esa camiseta era deliberada. No, le mentí angelicalmente. Espero que me haya perdonado. No hay comportamientos propiamente inocentes. Hay deliberación o hay actos inconscientes que revelan nuestras intenciones más íntimas.

Yo aún estoy haciendo el duelo por Tony Soprano.

Javier Marías y Julio Camba

jserna:

Dos de los grandes: Javier Marías y Julio Camba.

Originalmente publicado en Los archivos de Justo Serna:

VIDASESCRITASLa semblanza es un género francamente difícil. Has de proporcionar los datos básicos de un personaje que el público no tiene por qué conocer. Has de provocar el interés en un tipo humano que de entrada no tiene por qué despertar atención alguna. Sea una celebridad o sea una persona del montón.

¿Qué es una persona del montón? No hay tal cosa. Todos somos interesantes vistos de cerca. Con lupa se nos ven los poros, las impurezas de la piel, esa rugosidad imperfecta. En fin. En cambio, de lejos nos desvanecemos para acabar siendo algo borroso e indefinible: el grueso o el paisaje nos desdibujan. Mala suerte.

Pero que ese individuo sea finalmente captado con palabras y que, además, sea trazado en sus rasgos esenciales es tarea colosal. ¿Rasgos esenciales? ¿Y qué es tal cosa? Lo que uno dice de sí mismo no es necesariamente lo que lo otros destacarían…

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Los catalanes que huyeron al campo enemigo

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espias-cubierta.inddSabíamos, sí, sabíamos que Josep Pla y Francesc Cambó fueron hermanos políticos, con desiguales dominios e influencias. Sabíamos que tenían cercanías y rivalidades. Sabíamos que ambos detestaron la República antes de que los representantes del nuevo régimen dieran pruebas de agotamiento o sectarismo.

Sabíamos, sí, sabíamos que ambos eran conservadores, una cosa telúrica y a la vez urbana, burguesa y a la vez rústica. A Cambó se le debe una parte sustancial del ‘redreçament’ cultural de preguerra. Barcino y sus bellas ediciones en catalán, que iniciara Josep Maria Casacuberta en 1924, convirtieron la Barcelona menestral en ciudad cosmopolita, en capital de un pequeño imperio de saber y modernidad. Con el patrocinio, entre otros, de Francesc Cambó.

Dice Joan Fuster en su canónica Literatura catalana contemporània (1971) que Josep Pla no era un burgués, que era un conservador y un tipo simultáneamente anarcoide. Con ello parece exculparle de algo: justamente por eso, Pla no se habría privado de lanzar todo tipo de dicterios contra la burguesía (entre ellas, la catalana).

2011-03-13_IMG_2011-03-06_01.14.18__fotos2006-200703_0003078_Sostiene Fuster que “por esta misma razón, su reacción ante la derrota del treinta y seis no fue muy visible”. Es decir, que no se le vio. ¿Y dónde estaba por esas fechas? Tuvo que huir, dice Joan Fuster. Pero tuvo que huir tanto y tanto que acabó huyendo al campo enemigo. Literal.

Hay que admitir que el escritor valenciano tenía su gracia para no decir lo que debía decir o para fantasear con lo que no sabía. Fuster y Pla fueron uña y carne y se dedicaron páginas de mucha lujuria verbosa, de mucha hermandad. Fuster venía del carlismo más católico y rural, una cosa pueblerina que pudo quitarse de encima: se creó un mundo propio, viajaba una vez a la semana a Valencia, y residía en Sueca protegido por una biblioteca creciente y por una correspondencia igualmente creciente.

¿Y Pla? Pla venía de un cosmopolitismo de amplio espectro, de un europeísmo de muchos quilates, que acabaría en postureo: en un rusticismo postizo y a la vez interesantísimo. Con boina y todo.

El escritor ampurdanés ayudó muchísimo al valenciano: por ejemplo, dedicándole uno de sus famosos Homenots. Con ello contribuía a encumbrar al polígrafo de Sueca (que era un ensayista de fuste, sin duda). Y todo eso sucedía cuando Edicions 62 creaba, en los años sesenta precisamente, el canon de la literatura catalana: en tapa dura, uniformados, los volúmenes de Josep Pla y Joan Fuster, entre otros, fijaban una normalidad literaria. Y algo más. ¿Unos Países Catalanes? Para Fuster, sin duda…

Ahora, Josep Guixà, en Espías de Franco (Fórcola Ediciones) nos devuelve una historia antigua y mal conocida: la de ese catalanismo remoto que huyó al campo enemigo para poder sobrellevar la derrota (en palabras de Joan Fuster). La historia es muy maleable, pero la ignorancia o el silencio lo son más.

Sabíamos, sí, sabíamos que había habido catalanes franquistas, incluso catalanistas acérrimos que se adhirieron al nuevo Estado Español. Pero eso supuestamente no empañó la imagen de una Cataluña nacionalista y democrática. ¿No empañó? Según dijo Borja de Riquer, “una cosa es que la Cataluña nacionalista, democrática y revolucionaria fuera vencida el año 1939 y otra muy distinta es creer que todos los catalanes perdieron la guerra”.

No, todos los catalanes no perdieron la Guerra Civil: algunos la ganaron. Josep Guixà nos lo cuenta con páginas bien templadas, con pasajes que estremecen. Hay mucho detalle sorprendente y un trabajo de archivo realmente notable.

36177680El cinismo de tanto patriota no es exclusivo del catalanismo. En el resto de España tenemos muestras abundantes de nacionalismo también carpetovetónico. La prosa de Josep Pla es inconmensurable. El quadern gris, manufacturado a lo largo de décadas, es una delicia del diarismo y es a la vez un falso dietario.

Por otra parte seguiré leyendo a Joan Fuster: ahora se cumplen diez años del libro que publicamos en Espasa Encarna García Monerris y yo (Joan Fuster, Nuevos ensayos civiles).

En fin: que la prosa no es asunto preferentemente ético, pero una ética prosaica nos lleva, sí, al cinismo.

Cuando acierta Javier Cercas

jserna:

Bravissimo Javier Cercas.

Javier Cercas nació extremeño y es catalán de adopción (como reza el tópico). Vive en Barcelona tras haber sido profesor de Universidad en Gerona, profesor de Literatura. Tiene también alguna estancia académica en los Estados Unidos, cosa que sin duda le benefició.

Dispone de una cultura amplísima pero eso no lo convierte necesariamente en ciudadano cabal y moral. La moralidad es un ejercicio diario de comprensión. Pero también de intolerancia con las opiniones, tradiciones y esperanzas absurdas.

Cercas es, como muchísimos saben, un novelista acreditado. Urde sus ficciones con gran habilidad y maestría. Alguien cuenta lo que a otros ocurrió y ese que cuenta sabe menos (o más retrospectivamente) que quien protagonizó los hechos. Hay juegos metaliterarios, humor popular, ternura y, finalmente, coraje. Leer todos sus libros es un disfrute impagable: los euros que cuestan dan un rendimiento que no tiene precio.

Sin embargo, este hecho, el placer que procuran sus obras, no es garantía de opiniones sensatas. Tampoco confirma necesariamente su cualidad de columnista.

Pero se da la circunstancia de que Cercas es sensatísimo cuando escribe sus artículos. No jalea a los de un lado o a los del otro. Juzga con mesura y se deja guiar por su buen humor, una sanísima ironía que despierta la ojeriza de los extremistas.

Su filosofía, si Javier me permite, se resume en un par de asertos. Primero, la vida son cuatro días, pero esa vida dura lo suficiente como para protegerla. ¿Eso qué significa? Que no nos basta el ‘carpe diem’ o la locura dionisíaca (‘hoy lo quemo tó’). Segundo aserto: la existencia no es un Valle de Lágrimas o un frente de batalla en los que amargarnos mutuamente. Sabe, además, que la ley es la protección del débil (un argumento remotamente inspirado en Hannah Arendt) y en su experiencia de emigrante. Y sabe en fin que las metas más lejanas pueden lograrse con esa ley y sin marrullerías.

Yo siempre quiero releer a Cercas. Sus novelas son artefactos de mucho peso, productos de brillo maestro. Y tienen un español literario de Barcelona que es un logro cultural. Le dediqué un capítulo en mi libro ‘La imaginación histórica’ (Fundación Lara, 2012) y siempre me siento en deuda. Hay más, mucho más, que de su obra se puede decir. Yo no descarto volver a examinar sus páginas.

Pero antes que nada disfrutaré otra vez con la frase de Cercas, esa que contiene la tradición cervantina, el eco remoto de la picaresca, la devoción por Borges, el malabarismo posmoderno y la moral, la virtud de las pequeñas cosas, la ética del hombre cercano.

La virtud de las pequeñas cosas, esa ética del hombre próximo, es lo que a Javier Cercas le impide desvariar. Él es una persona acostumbrada a la forma, a las formas, vigilante del detalle y del proceso. Es por eso por lo que su artículo sobre Cataluña es un ataque contra las quimeras y contra los atajos.

Bravo. Todo lo anterior lo escribí hace un año a partir de un soberbio texto del escritor catalán. Hoy, doce meses después, lo repito con más énfasis. En italiano: bravissimo Cercas.

http://justoserna.com/2013/09/16/cuando-acierta-javier-cercas/

Originalmente publicado en Los archivos de Justo Serna:

Javier Cercas. Cercas acierta plenamente al plantear el caso de Cataluña. Su artículo ‘Democracia y derecho a imagedecidir’ es un modelo de buen juicio, de sensatez.

Javier Cercas nació extremeño y es catalán de adopción (como reza el tópico). Vive en Barcelona tras haber sido profesor de Universidad en Gerona, profesor de Literatura. Tiene también alguna estancia académica en los Estados Unidos, cosa que sin duda le benefició.

Dispone de una cultura amplísima pero eso no lo convierte necesariamente en ciudadano cabal y moral. La moralidad es un ejercicio diario de comprensión. Pero también de intolerancia con las opiniones, tradiciones y esperanzas absurdas.

Cercas es, como muchísimos saben, un novelista acreditado. Urde sus ficciones con gran habilidad y maestría. Alguien cuenta lo que a otros ocurrió y ese que cuenta sabe menos (o más retrospectivamente) que quien protagonizó los hechos. Hay juegos metaliterarios, humor popular, ternura y, finalmente, coraje. Leer todos…

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Viva Gracia, Viva Carr

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Jordi GraciaUno. Jordi Gracia es autor de una biografía de José Ortega y Gasset que leo con gusto, con delectación. Posee como nadie el don del ensayismo, de la narativa verdadera. Te lees un biografía suya publicada en ‘Españoles eminentes’ (Fundación March-Taurus) y piensas que te vas a encontrar con un tocho académico. Y no: diría que la obra es un gracia si no fuera jugar tontamente con su apellido. Realmente les recomiendo este volumen, compartan o no todos los juicios del autor o del biografiado. Gracia decidió no hacérselo pasar mal a los lectores y eso se nota.

Como se nota en sus textos anteriores sobre Dionisio Ridruejo. Habrá sobreentendidos y quizá algún guiño que se le escape a la audencia, pero Gracia sabe atrapar con su prosa arrebatada, con su sintaxis limpia y eufórica. Es un hombre alegre. Es un tipo jovial, además de sabio y erudito cuando quiere. Es un catalán que descree profundamente de la tentación soberanista, cosa que juzga con razón como artimaña de burgueses y de familias bien.

Dos. Si me pidieran que les recomendara un libro suyo, un texto breve que sirviera de introducción, no tendría dudas: ‘El intelectual melancólico’, aparecido en 2011. Es un panfleto. No es una descalificación mía: es que el autor lo subtitula así, con la palabra panfleto. Quiere valerse de los recursos de este género literario. ¿Cuáles? La brevedad, la contundencia expresiva, la generalización y, si cabe, la movilización.

Gracia escribe sobre aquellos otros intelectuales (él también pertenece a dicha especie) que viven apesadumbrados, entristecidos. No es su caso. “El mundo marcha mal, con una decadencia insuperable, y yo me retiro”, vendría a decir el melancólico. “Padecemos una banalización de la cultura, un desgaste de la exigencia, una vulgarización. Así no se puede…”, añadiría ese intelectual. “La Universidad ha perdido todo papel rector, los profesores son peores que sus precedentes y los estudiantes carecen de cualquier preparación”, insistiría el melancólico. Gracia caricaturiza y se guasea. ¿Y quién es?

El intelectual es una figura del pensamiento, de la ciencia, del arte, de la creación. O es un figura. Pero es sobre todo alguien que aprovecha su tirón para opinar, para juzgar. Lo que le hace característico no es que sea escritor o poeta, ensayista o profesor, pongamos por caso, sino que se valga de su celebridad, mayor o menor, para intervenir en la esfera pública.

Habla X y todos callan: le reconocen autoridad. Escribe Y y todos aguardan: esperan su dictamen. El intelectual se compromete –como dijera Jean-Paul Sartre– poniéndose en un aprieto: poniéndose en un compromiso por todos nosotros. Sartre escribió, cultivó todos los géneros, acertó, se equivocó, fue seguido y tenido en cuenta.

¿Pero qué pasa cuando a ese intelectual de guardia no se le hace caso? ¿Qué ocurre cuando no se le lee o no se le atiende? Jordi Gracia lo describe con mucho salero: su carácter se avinagra y vive en una nostalgia insuperable. Con desazón y malestares varios, con edad y a punto del retiro, el intelectual melancólico observa la esterilidad de sus afanes. Por eso reprocha al mundo su mala marcha, pero sobre todo nos reprocha la poca atención que le hemos prestado, humildes mortales.

Gracia se refiere a alguien en concreto que no revelaré, alguien que deplora el estado de la Universidad como si ésta –la de ahora– fuera la peor institución de la historia educativa. Indudablemente, la Academia tuvo tiempos mejores: cuando estudiaban cuatro y el de la guitarra, si me permiten decirlo así. Aquellos sí que eran tiempos, viejos buenos tiempos: con pocos estudiantes, todos hijos de familias pudientes, y con profesores severos, muy solemnes, dotados de la máxima autoridad.

No hace falta identificar a la persona que es objeto de la andanada. Gracia arremete con mucha sorna contra los apocalípticos (por decirlo con Umberto Eco). Y arremete contra el pesimismo, esa sensación que tantos padecen o quisisieran padecer: “tras mi retiro, el mundo se perderá, pues hay síntomas de que esto va a ocurrir”. ¿Cuáles? “Mi próxima jubilación es una prueba”, podría decir el melancólico.

Fue Francisco Fuster quien me pasó su ejemplar de este libro de Jordi Gracia, cosa que le agradezco. Deliberadamente no quise leer la reseña de Fuster para que no condicionara mi impresión. Y sí, finalmente leí ‘El intelectual melancólico’. Convengo con el autor, con Gracia, asintiendo: estoy harto de tanto apocalíptico que dispone de sueldo oficial, de puesto asegurado, y a la vez deplora la decadencia del mundo y de los jóvenes. Puaj.

Gracia quería titular su libro así: ‘Panfleto contra el prestigio de la melancolía entre los intelectuales afectados por el síndrome del narciso herido’. La editorial, Anagrama, no le ha dejado por economía. Una pena, pues ese título, tan extenso, es un remedo bien simpático de otros clásicos del género panfletario.

Tres. Leí el volumen de Jordi Gracia después de haber releído por énesima vez a E. H. Carr, ese libro suyo tan serio e irónico que apareció en 1961. En ‘¿Qué es la historia?’, el historiador inglés acaba con un capítulo de título revelador: “Un horizonte que se abre”. Hay un párrafo que ilumina:

“Vivimos en un tiempo en que las predicciones de catástrofe mundial, aunque no por primera vez en la historia, están en el aire, y gravitan pesadamente sobre todos. No es posible su verificación ni su refutación. Pero, con todo, son mucho menos seguras que el pronóstico de que todos hemos de morir; y como la certidumbre del cumplimiento de ese vaticinio no nos impide la formación de planes para nuestro propio futuro, pasaré a discutir el presente y el futuro de nuestra sociedad fundándome en la presuposición de que este país –y si no él, alguna parte importante del mundo– sobrevivirá a los avatares que nos amenazan, y que la historia proseguirá”.

Carr habla de Inglaterra, habla del porvenir que le espera a su país y al resto de las naciones. Pero lo significativo no es sólo eso. Habla a comienzos de los sesenta. Hace medio siglo, justamente cuando él ya está a punto de cumplir setenta años. Lejos de abandonarse a la melancolía, Carr tiene un auténtico espíritu intelectual: inquisitivo y esperanzado gracias a la razón que aplica y que le sirve para tener expectativas. El pesimismo tiene buena prensa porque todo parece ir mal. Pero la esperanza crítica y razonable es una posición bien sensata en un mundo, el de 1961, en que había motivos para aguardar cambios.

Comienza la era Kennedy, pero empieza en medio de graves convulsiones y amenazas. En enero de ese año, cuando Carr ha de pronunciar su primera conferencia, Estados Unidos rompe relaciones diplomáticas con Cuba. Podemos imaginar la tensión. En febrero de 1961, los norteamericanos lanzan el primer misil intercontinental con carburante sólido. En ese mismo mes, la China popular anuncia la puesta en servicio del primer reactor atómico. Repitamos lo que decía Carr: “este país –y si no él, alguna parte importante del mundo– sobrevivirá a los avatares que nos amenazan, y (…) la historia proseguirá”.

En marzo de 1961, justo cuando Carr acaba sus conferencias en Cambridge, The Beatles actúan por primera vez: en el Cavern Club de Liverpool.

La historia proseguirá. A pesar de los apocalípticos. A pesar de la nostalgia.

Viva Gracia, Viva Carr.

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