Reflexiones sobre la memoria

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UmbertoEco1Uno. El 21 de septiembre es el Día Internacional del Alzhéimer, la jornada que se dedica en todo el mundo a la difusión y explicación de lo que esta enfermedad es y provoca, de lo que esta dolencia comporta. Millones y millones de personas la padecen. Es un buen día para decir algo, aunque sea poca cosa, sobre la memoria. Yo no soy experto. Por ello hablaré como historiador y como individuo…
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Dos. La historia es una actividad intelectual, una pesquisa, un esfuerzo analítico por el que un investigador selecciona un objeto del pasado estudiándolo con documentos, con los vestigios que quedan. ¿Cuando un historiador acude al archivo para consultar unas fuentes hace lo mismo que cuando un individuo recuerda?

En la memoria hay una parte consciente y voluntaria, sí: cuando nos valemos de lo aprendido para no tener que volver a experimentar hacemos también un esfuerzo deliberado y consciente. Pero en la memoria hay mucho de mecanismo emocional: en numerosas ocasiones se pone en marcha a partir de estímulos propiamente externos, justo cuando se activan recuerdos de experiencias propias o ajenas que forman parte de la identidad y que regresan al margen de nuestras voluntades.

Un sabor, un sonido, un roce, una canción, etcétera, nos despiertan, nos quitan el aturdimiento o la indiferencia: hechos pretéritos asociados a determinadas sensaciones vuelven ahora, de repente, con fuerza. Colocamos una nueva cuenta en el ábaco. Algo nos impresiona y ese choque sensible nos hace exhumar un acontecimiento pasado. Pero el recuerdo no es sólo el acontecimiento: son el hecho y su sentido, el sentido que tiene para nosotros.

Recordamos un suceso personal y el dolor que nos ocasionó; o evocamos involuntariamente un episodio placentero y la impresión que ello nos dejó. Es a esta memoria azarosa a la que principalmente se refiere Marcel Proust en un célebre pasaje de Por el camino de Swan (Du côté de chez Swann, 1913), obra que citaré en versión de Pedro Salinas. Exagerando el peso de la chiripa, el novelista francés dice:

“Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de sus dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos. Y del azar depende que nos encontremos con ese objeto antes de que nos llegue la muerte, o que no le encontremos nunca”.
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Tres. Sin duda, Proust subraya lo fortuito, lo casual, de la memoria: esa sensación que cualquier cosa externa nos puede provocar. Según ese punto de vista, las personas estamos enteramente expuestos a estímulos que nos emocionan, que nos trastornan y seríamos prácticamente peleles: individuos cuya principal función cognitiva –la de recordar– sería fruto de lo aleatorio, de las circunstancias que nos rodean y que no elegimos. No vivimos en un laboratorio en el que todo esté bajo control. Vivimos en espacios abiertos en donde la rutina es parte; la otra es el azar.

Uno hace esfuerzos de memoria y qué obtiene a cambio. Nada o poca cosa, dice Proust. Todo es más impredecible y es menos controlable de lo queremos aceptar. Desde luego, al novelista podríamos oponerle algo bien cierto. La inteligencia y la voluntad intervienen en lo que recordamos: las reglas mnemotécnicas, por ejemplo, nos permiten evocar datos siempre que queremos y con una utilidad instrumental.

Pero hay más. Las instituciones son agregados humanos que se basan en recuerdos compartidos. Las cosas prácticas de la vida ordinaria o funcional las recordamos así, conscientemente, y gracias a ello marcha el mundo: marcha gracias a que es previsible por el recuerdo consciente y cumplido; y marcha, en fin, gracias a los automatismos humanos.

Pero hay otra parte fundamental de la existencia que no depende de lo consciente. Tampoco de la voluntad. Es la memoria involuntaria, la memoria sensible, esa a la que se refiere Proust con obstinación. Mucho de lo que nos sucede se debe a los efectos de lo recordado azarosamente. Ustedes me perdonarán por repetirme, pero no puedo dejar de mencionarlo. Me refiero a ese episodio archiconocido que el novelista francés narró en las primeras de su libro: la impresión que causa mojar una magdalena en té. Concretamente, en ese pasaje, dice:

“…me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que le causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo…”

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Cuatro. Todos tenemos pasado y ese dato de la experiencia nos sirve para ver cómo opera la función cognitiva del recuerdo. Todos tenemos pasado y por ello podemos hablar de la memoria intuitivamente: de lo que nos pasa cuando recordamos; cuando olvidamos lo importante o lo secundario; cuando evocamos fragmentaria, selectivamente; cuando tenemos reminiscencias erróneas.

La memoria es experiencia y es expectativa: experiencia de lo ya vivido y valorado; y expectativa de lo que deseamos o tememos. O nos tememos… Sabemos que en el pasado hemos obrado así o asá. Si nos salieron bien las cosas, es probable que repitamos nuestros actos, en la esperanza de que den los mismos resultados. Si la actual circunstancia se parece a aquella, entonces razonamos por analogía: las semejanzas de dos hechos me hacen reiterar o evitar lo que ya hice.

Pero los hechos no son los mismos, como tampoco son idénticos los contextos. ¿Cuál es el resultado? Que las previsiones que nos hacemos se incumplen frecuentemente; que las predicciones que aventuramos pueden fracasar; que los deseos se frustran; que los miedos no se materializan. Etcétera, etcétera.
Ahora imaginemos que todo lo anterior lo perdiéramos, que la memoria dejara de funcionar correctamente. Imaginemos una amnesia irrefrenable. Es más: que los recuerdos se disiparan, que cualquier cosa evocada se hubiera desvanecido.

Careceríamos de todo referente, de todo asidero, de todo fundamento. Quedaríamos desarbolados. La identidad perdería fuelle y después solidez y fijación hasta finalmente desaparecer. Es lo que les sucede a quienes padecen la Enfermedad de Alzhéimer: que las cosas pierden su base y que lo aprendido –aquello en lo que hemos sido socializados, educados, instruidos– se desaprende. Las emociones más primarias de las cosas es lo último que se pierde y en ello intervienen especialmente los sentidos.

La música, por ejemplo. Nos sabemos la letra de una canción, podemos tararearla, y no sabemos por qué la sabemos, por qué acabamos aprendiendo aquella tonadilla que jamás olvidaremos. Los enfermos de Alzhéimer padecen un trastorno neurodegenerativo que les hace perder el recuerdo inmediato y finalmente muchas de las funciones motoras y cognitivas.
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Cinco. Lo diré con Umberto Eco, que en La misteriosa llama de la reina Loana (Lumen, 2005) precisaba lo que los expertos señalan en sus informes con vocablos técnicos. Quien está aquejado de amnesia grave –indica Eco– verá dañada su memoria implícita, esa “que nos permite ejecutar sin esfuerzo una serie de cosas que hemos aprendido, como lavarse los dientes, encender la radio o anudarse la corbata”. Pero hay otra memoria que se ve afectada: es la explícita.

La memoria explícita es, por un lado, semántica: por ejemplo es “la que nos permite saber que una golondrina es un pájaro”. Por otro lado, la memoria explícita es también episódica, autobiográfica. ¿Qué ocurre cuando este funcionamiento se daña? Pues, por ejemplo, que alguien “no es capaz de recordar inmediatamente, pongamos al ver un perro, que un mes antes estuvo en el jardín de su abuela y vio un perro, y que es él quien vive las dos experiencias. Es la memoria episódica la que establece un nexo entre lo que somos hoy y lo que hemos sido”.

El protagonista de La misteriosa llama de la reina Loama no ha perdido la memoria semántica y, por tanto, aún sabe que una golondrina es un pájaro; aunque sí ha perdido los recuerdos episódicos de su vida y no sabe que hace un mes estuvo con un perro en el jardín de su abuela. Pero la existencia no es una novela, aunque la firme Umberto Eco.

Una vida aquejada de Alzhéimer es dura prueba para quien la padece y para quien asiste, una dura prueba cuyo resultado se sabe de antemano: el que tiene esa dolencia acaba no siendo quién era y no sabiendo quién es… De lo que se trata, pues, es de conservar denodadamente la memoria episódica para así retrasar el deterioro de la memoria implícita.

Las canciones, lo sensible, retienen la atención: aquello que aún puede emocionar y que aún puede despertar lo autobiográfico, lo episódico. De eso he hablado aquí. Con emoción, precisamente.

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Dejo para otro día las reflexiones sobre la ‘memoria colectiva’. ¿Existe tal cosa?

De la Camorra a Tony Soprano

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En el Departamento de la Facultad de Historia (de Valencia) organizamos un seminario con la profesora Marcella Marmo, una de las máximas especialistas en la Camorra y el bandolerismo napolitanos. Estuvimos examinando los orígenes de esos dos tipos de violencia. La sesión fue muy concurrida y los asistentes tomaron buena nota de lo que allí se decía.

¿Qué es una organización mafiosa? No sólo es un grupo delictivo que busca un provecho ilegal. Es, además, una organización, vale decir, ha de estar constituido como una estructura y como una red: las informaciones suben y las órdenes bajan. Eso significa que ha de tener jerarquía: unos que son los jefes y otros que son los que ejecutan las órdenes además de vigilar por los intereses, por los sujetos y por el buen funcionamiento de la organización. Emplean la violencia, pero porque es su principal recurso, instrumento, capital.

El Estado está corrupto o simplemente no llega a determinados barrios, localidades o regiones del país. En esos dominios no impera la ley, la ley común; no impera el mercado libre; no impera la seguridad. El Estado es la instancia que monopoliza la violencia legítima: si la gendarmería está corrupta o sencillamente no puede imponerse sobre los violentos, entonces la organización mafiosa dicta su ley, su marco de actuación, su concepción del mundo, sus amenazas y protecciones.

Esta organización no es sólo un grupo de extorsión. Es también un grupo de protección. Primero te rompo el espacio, la legalidad, la norma y la normalidad y hasta las piernas, provoco un caos institucional o económico; luego intervengo asegurándote tu supervivencia, tu cura, tu cuidado y tus lucros a cambio de tus servicios. Eso genera un estado general de desconfianza. Sólo la organización te da certidumbre.

En un mercado de recursos escasos o monopolizados por la mafia, entonces soy yo quien reparte a cambio de tu sumisión y adhesión; soy yo quien distribuye favores a través de redes personales: a traves de esas redes fluyen esos recursos escasos y fluye la información.

Pero para que la organización sea auténticamente mafiosa, es preciso algo más: que nuestras relaciones, que las redes que hemos establecido creen vínculos prácticamente primarios: familias o cuasi familias. O, mejor dicho, una comunidad de lazos de sangre y de identidades, de afinidades, de sujeciones, de responsabilidades.

Yo me presenté al acto con la profesora Marmo correctamente vestido. Más o menos. Con uno de mis inevitables sombreros, camisa suelta tipo ‘casual’ y debajo una camiseta negra con una leyenda: The Sopranos. Por supuesto, los Soprano no pertenecían a la Camorra. Ellos constituían una familia extensa vinculada a la Mafia de Nueva Jersey.

Pero me pareció simpático acudir al acto académico haciendo un guiño, siendo yo mismo quien presentaba a la profesora Marmo. Más tarde, una estudiante me preguntó si esa camiseta era deliberada. No, le mentí angelicalmente. Espero que me haya perdonado. No hay comportamientos propiamente inocentes. Hay deliberación o hay actos inconscientes que revelan nuestras intenciones más íntimas.

Yo aún estoy haciendo el duelo por Tony Soprano.

Javier Marías y Julio Camba

jserna:

Dos de los grandes: Javier Marías y Julio Camba.

Originalmente publicado en Los archivos de Justo Serna:

VIDASESCRITASLa semblanza es un género francamente difícil. Has de proporcionar los datos básicos de un personaje que el público no tiene por qué conocer. Has de provocar el interés en un tipo humano que de entrada no tiene por qué despertar atención alguna. Sea una celebridad o sea una persona del montón.

¿Qué es una persona del montón? No hay tal cosa. Todos somos interesantes vistos de cerca. Con lupa se nos ven los poros, las impurezas de la piel, esa rugosidad imperfecta. En fin. En cambio, de lejos nos desvanecemos para acabar siendo algo borroso e indefinible: el grueso o el paisaje nos desdibujan. Mala suerte.

Pero que ese individuo sea finalmente captado con palabras y que, además, sea trazado en sus rasgos esenciales es tarea colosal. ¿Rasgos esenciales? ¿Y qué es tal cosa? Lo que uno dice de sí mismo no es necesariamente lo que lo otros destacarían…

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Los catalanes que huyeron al campo enemigo

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espias-cubierta.inddSabíamos, sí, sabíamos que Josep Pla y Francesc Cambó fueron hermanos políticos, con desiguales dominios e influencias. Sabíamos que tenían cercanías y rivalidades. Sabíamos que ambos detestaron la República antes de que los representantes del nuevo régimen dieran pruebas de agotamiento o sectarismo.

Sabíamos, sí, sabíamos que ambos eran conservadores, una cosa telúrica y a la vez urbana, burguesa y a la vez rústica. A Cambó se le debe una parte sustancial del ‘redreçament’ cultural de preguerra. Barcino y sus bellas ediciones en catalán, que iniciara Josep Maria Casacuberta en 1924, convirtieron la Barcelona menestral en ciudad cosmopolita, en capital de un pequeño imperio de saber y modernidad. Con el patrocinio, entre otros, de Francesc Cambó.

Dice Joan Fuster en su canónica Literatura catalana contemporània (1971) que Josep Pla no era un burgués, que era un conservador y un tipo simultáneamente anarcoide. Con ello parece exculparle de algo: justamente por eso, Pla no se habría privado de lanzar todo tipo de dicterios contra la burguesía (entre ellas, la catalana).

2011-03-13_IMG_2011-03-06_01.14.18__fotos2006-200703_0003078_Sostiene Fuster que “por esta misma razón, su reacción ante la derrota del treinta y seis no fue muy visible”. Es decir, que no se le vio. ¿Y dónde estaba por esas fechas? Tuvo que huir, dice Joan Fuster. Pero tuvo que huir tanto y tanto que acabó huyendo al campo enemigo. Literal.

Hay que admitir que el escritor valenciano tenía su gracia para no decir lo que debía decir o para fantasear con lo que no sabía. Fuster y Pla fueron uña y carne y se dedicaron páginas de mucha lujuria verbosa, de mucha hermandad. Fuster venía del carlismo más católico y rural, una cosa pueblerina que pudo quitarse de encima: se creó un mundo propio, viajaba una vez a la semana a Valencia, y residía en Sueca protegido por una biblioteca creciente y por una correspondencia igualmente creciente.

¿Y Pla? Pla venía de un cosmopolitismo de amplio espectro, de un europeísmo de muchos quilates, que acabaría en postureo: en un rusticismo postizo y a la vez interesantísimo. Con boina y todo.

El escritor ampurdanés ayudó muchísimo al valenciano: por ejemplo, dedicándole uno de sus famosos Homenots. Con ello contribuía a encumbrar al polígrafo de Sueca (que era un ensayista de fuste, sin duda). Y todo eso sucedía cuando Edicions 62 creaba, en los años sesenta precisamente, el canon de la literatura catalana: en tapa dura, uniformados, los volúmenes de Josep Pla y Joan Fuster, entre otros, fijaban una normalidad literaria. Y algo más. ¿Unos Países Catalanes? Para Fuster, sin duda…

Ahora, Josep Guixà, en Espías de Franco (Fórcola Ediciones) nos devuelve una historia antigua y mal conocida: la de ese catalanismo remoto que huyó al campo enemigo para poder sobrellevar la derrota (en palabras de Joan Fuster). La historia es muy maleable, pero la ignorancia o el silencio lo son más.

Sabíamos, sí, sabíamos que había habido catalanes franquistas, incluso catalanistas acérrimos que se adhirieron al nuevo Estado Español. Pero eso supuestamente no empañó la imagen de una Cataluña nacionalista y democrática. ¿No empañó? Según dijo Borja de Riquer, “una cosa es que la Cataluña nacionalista, democrática y revolucionaria fuera vencida el año 1939 y otra muy distinta es creer que todos los catalanes perdieron la guerra”.

No, todos los catalanes no perdieron la Guerra Civil: algunos la ganaron. Josep Guixà nos lo cuenta con páginas bien templadas, con pasajes que estremecen. Hay mucho detalle sorprendente y un trabajo de archivo realmente notable.

36177680El cinismo de tanto patriota no es exclusivo del catalanismo. En el resto de España tenemos muestras abundantes de nacionalismo también carpetovetónico. La prosa de Josep Pla es inconmensurable. El quadern gris, manufacturado a lo largo de décadas, es una delicia del diarismo y es a la vez un falso dietario.

Por otra parte seguiré leyendo a Joan Fuster: ahora se cumplen diez años del libro que publicamos en Espasa Encarna García Monerris y yo (Joan Fuster, Nuevos ensayos civiles).

En fin: que la prosa no es asunto preferentemente ético, pero una ética prosaica nos lleva, sí, al cinismo.

Cuando acierta Javier Cercas

jserna:

Bravissimo Javier Cercas.

Javier Cercas nació extremeño y es catalán de adopción (como reza el tópico). Vive en Barcelona tras haber sido profesor de Universidad en Gerona, profesor de Literatura. Tiene también alguna estancia académica en los Estados Unidos, cosa que sin duda le benefició.

Dispone de una cultura amplísima pero eso no lo convierte necesariamente en ciudadano cabal y moral. La moralidad es un ejercicio diario de comprensión. Pero también de intolerancia con las opiniones, tradiciones y esperanzas absurdas.

Cercas es, como muchísimos saben, un novelista acreditado. Urde sus ficciones con gran habilidad y maestría. Alguien cuenta lo que a otros ocurrió y ese que cuenta sabe menos (o más retrospectivamente) que quien protagonizó los hechos. Hay juegos metaliterarios, humor popular, ternura y, finalmente, coraje. Leer todos sus libros es un disfrute impagable: los euros que cuestan dan un rendimiento que no tiene precio.

Sin embargo, este hecho, el placer que procuran sus obras, no es garantía de opiniones sensatas. Tampoco confirma necesariamente su cualidad de columnista.

Pero se da la circunstancia de que Cercas es sensatísimo cuando escribe sus artículos. No jalea a los de un lado o a los del otro. Juzga con mesura y se deja guiar por su buen humor, una sanísima ironía que despierta la ojeriza de los extremistas.

Su filosofía, si Javier me permite, se resume en un par de asertos. Primero, la vida son cuatro días, pero esa vida dura lo suficiente como para protegerla. ¿Eso qué significa? Que no nos basta el ‘carpe diem’ o la locura dionisíaca (‘hoy lo quemo tó’). Segundo aserto: la existencia no es un Valle de Lágrimas o un frente de batalla en los que amargarnos mutuamente. Sabe, además, que la ley es la protección del débil (un argumento remotamente inspirado en Hannah Arendt) y en su experiencia de emigrante. Y sabe en fin que las metas más lejanas pueden lograrse con esa ley y sin marrullerías.

Yo siempre quiero releer a Cercas. Sus novelas son artefactos de mucho peso, productos de brillo maestro. Y tienen un español literario de Barcelona que es un logro cultural. Le dediqué un capítulo en mi libro ‘La imaginación histórica’ (Fundación Lara, 2012) y siempre me siento en deuda. Hay más, mucho más, que de su obra se puede decir. Yo no descarto volver a examinar sus páginas.

Pero antes que nada disfrutaré otra vez con la frase de Cercas, esa que contiene la tradición cervantina, el eco remoto de la picaresca, la devoción por Borges, el malabarismo posmoderno y la moral, la virtud de las pequeñas cosas, la ética del hombre cercano.

La virtud de las pequeñas cosas, esa ética del hombre próximo, es lo que a Javier Cercas le impide desvariar. Él es una persona acostumbrada a la forma, a las formas, vigilante del detalle y del proceso. Es por eso por lo que su artículo sobre Cataluña es un ataque contra las quimeras y contra los atajos.

Bravo. Todo lo anterior lo escribí hace un año a partir de un soberbio texto del escritor catalán. Hoy, doce meses después, lo repito con más énfasis. En italiano: bravissimo Cercas.

http://justoserna.com/2013/09/16/cuando-acierta-javier-cercas/

Originalmente publicado en Los archivos de Justo Serna:

Javier Cercas. Cercas acierta plenamente al plantear el caso de Cataluña. Su artículo ‘Democracia y derecho a imagedecidir’ es un modelo de buen juicio, de sensatez.

Javier Cercas nació extremeño y es catalán de adopción (como reza el tópico). Vive en Barcelona tras haber sido profesor de Universidad en Gerona, profesor de Literatura. Tiene también alguna estancia académica en los Estados Unidos, cosa que sin duda le benefició.

Dispone de una cultura amplísima pero eso no lo convierte necesariamente en ciudadano cabal y moral. La moralidad es un ejercicio diario de comprensión. Pero también de intolerancia con las opiniones, tradiciones y esperanzas absurdas.

Cercas es, como muchísimos saben, un novelista acreditado. Urde sus ficciones con gran habilidad y maestría. Alguien cuenta lo que a otros ocurrió y ese que cuenta sabe menos (o más retrospectivamente) que quien protagonizó los hechos. Hay juegos metaliterarios, humor popular, ternura y, finalmente, coraje. Leer todos…

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Viva Gracia, Viva Carr

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Jordi GraciaUno. Jordi Gracia es autor de una biografía de José Ortega y Gasset que leo con gusto, con delectación. Posee como nadie el don del ensayismo, de la narativa verdadera. Te lees un biografía suya publicada en ‘Españoles eminentes’ (Fundación March-Taurus) y piensas que te vas a encontrar con un tocho académico. Y no: diría que la obra es un gracia si no fuera jugar tontamente con su apellido. Realmente les recomiendo este volumen, compartan o no todos los juicios del autor o del biografiado. Gracia decidió no hacérselo pasar mal a los lectores y eso se nota.

Como se nota en sus textos anteriores sobre Dionisio Ridruejo. Habrá sobreentendidos y quizá algún guiño que se le escape a la audencia, pero Gracia sabe atrapar con su prosa arrebatada, con su sintaxis limpia y eufórica. Es un hombre alegre. Es un tipo jovial, además de sabio y erudito cuando quiere. Es un catalán que descree profundamente de la tentación soberanista, cosa que juzga con razón como artimaña de burgueses y de familias bien.

Dos. Si me pidieran que les recomendara un libro suyo, un texto breve que sirviera de introducción, no tendría dudas: ‘El intelectual melancólico’, aparecido en 2011. Es un panfleto. No es una descalificación mía: es que el autor lo subtitula así, con la palabra panfleto. Quiere valerse de los recursos de este género literario. ¿Cuáles? La brevedad, la contundencia expresiva, la generalización y, si cabe, la movilización.

Gracia escribe sobre aquellos otros intelectuales (él también pertenece a dicha especie) que viven apesadumbrados, entristecidos. No es su caso. “El mundo marcha mal, con una decadencia insuperable, y yo me retiro”, vendría a decir el melancólico. “Padecemos una banalización de la cultura, un desgaste de la exigencia, una vulgarización. Así no se puede…”, añadiría ese intelectual. “La Universidad ha perdido todo papel rector, los profesores son peores que sus precedentes y los estudiantes carecen de cualquier preparación”, insistiría el melancólico. Gracia caricaturiza y se guasea. ¿Y quién es?

El intelectual es una figura del pensamiento, de la ciencia, del arte, de la creación. O es un figura. Pero es sobre todo alguien que aprovecha su tirón para opinar, para juzgar. Lo que le hace característico no es que sea escritor o poeta, ensayista o profesor, pongamos por caso, sino que se valga de su celebridad, mayor o menor, para intervenir en la esfera pública.

Habla X y todos callan: le reconocen autoridad. Escribe Y y todos aguardan: esperan su dictamen. El intelectual se compromete –como dijera Jean-Paul Sartre– poniéndose en un aprieto: poniéndose en un compromiso por todos nosotros. Sartre escribió, cultivó todos los géneros, acertó, se equivocó, fue seguido y tenido en cuenta.

¿Pero qué pasa cuando a ese intelectual de guardia no se le hace caso? ¿Qué ocurre cuando no se le lee o no se le atiende? Jordi Gracia lo describe con mucho salero: su carácter se avinagra y vive en una nostalgia insuperable. Con desazón y malestares varios, con edad y a punto del retiro, el intelectual melancólico observa la esterilidad de sus afanes. Por eso reprocha al mundo su mala marcha, pero sobre todo nos reprocha la poca atención que le hemos prestado, humildes mortales.

Gracia se refiere a alguien en concreto que no revelaré, alguien que deplora el estado de la Universidad como si ésta –la de ahora– fuera la peor institución de la historia educativa. Indudablemente, la Academia tuvo tiempos mejores: cuando estudiaban cuatro y el de la guitarra, si me permiten decirlo así. Aquellos sí que eran tiempos, viejos buenos tiempos: con pocos estudiantes, todos hijos de familias pudientes, y con profesores severos, muy solemnes, dotados de la máxima autoridad.

No hace falta identificar a la persona que es objeto de la andanada. Gracia arremete con mucha sorna contra los apocalípticos (por decirlo con Umberto Eco). Y arremete contra el pesimismo, esa sensación que tantos padecen o quisisieran padecer: “tras mi retiro, el mundo se perderá, pues hay síntomas de que esto va a ocurrir”. ¿Cuáles? “Mi próxima jubilación es una prueba”, podría decir el melancólico.

Fue Francisco Fuster quien me pasó su ejemplar de este libro de Jordi Gracia, cosa que le agradezco. Deliberadamente no quise leer la reseña de Fuster para que no condicionara mi impresión. Y sí, finalmente leí ‘El intelectual melancólico’. Convengo con el autor, con Gracia, asintiendo: estoy harto de tanto apocalíptico que dispone de sueldo oficial, de puesto asegurado, y a la vez deplora la decadencia del mundo y de los jóvenes. Puaj.

Gracia quería titular su libro así: ‘Panfleto contra el prestigio de la melancolía entre los intelectuales afectados por el síndrome del narciso herido’. La editorial, Anagrama, no le ha dejado por economía. Una pena, pues ese título, tan extenso, es un remedo bien simpático de otros clásicos del género panfletario.

Tres. Leí el volumen de Jordi Gracia después de haber releído por énesima vez a E. H. Carr, ese libro suyo tan serio e irónico que apareció en 1961. En ‘¿Qué es la historia?’, el historiador inglés acaba con un capítulo de título revelador: “Un horizonte que se abre”. Hay un párrafo que ilumina:

“Vivimos en un tiempo en que las predicciones de catástrofe mundial, aunque no por primera vez en la historia, están en el aire, y gravitan pesadamente sobre todos. No es posible su verificación ni su refutación. Pero, con todo, son mucho menos seguras que el pronóstico de que todos hemos de morir; y como la certidumbre del cumplimiento de ese vaticinio no nos impide la formación de planes para nuestro propio futuro, pasaré a discutir el presente y el futuro de nuestra sociedad fundándome en la presuposición de que este país –y si no él, alguna parte importante del mundo– sobrevivirá a los avatares que nos amenazan, y que la historia proseguirá”.

Carr habla de Inglaterra, habla del porvenir que le espera a su país y al resto de las naciones. Pero lo significativo no es sólo eso. Habla a comienzos de los sesenta. Hace medio siglo, justamente cuando él ya está a punto de cumplir setenta años. Lejos de abandonarse a la melancolía, Carr tiene un auténtico espíritu intelectual: inquisitivo y esperanzado gracias a la razón que aplica y que le sirve para tener expectativas. El pesimismo tiene buena prensa porque todo parece ir mal. Pero la esperanza crítica y razonable es una posición bien sensata en un mundo, el de 1961, en que había motivos para aguardar cambios.

Comienza la era Kennedy, pero empieza en medio de graves convulsiones y amenazas. En enero de ese año, cuando Carr ha de pronunciar su primera conferencia, Estados Unidos rompe relaciones diplomáticas con Cuba. Podemos imaginar la tensión. En febrero de 1961, los norteamericanos lanzan el primer misil intercontinental con carburante sólido. En ese mismo mes, la China popular anuncia la puesta en servicio del primer reactor atómico. Repitamos lo que decía Carr: “este país –y si no él, alguna parte importante del mundo– sobrevivirá a los avatares que nos amenazan, y (…) la historia proseguirá”.

En marzo de 1961, justo cuando Carr acaba sus conferencias en Cambridge, The Beatles actúan por primera vez: en el Cavern Club de Liverpool.

La historia proseguirá. A pesar de los apocalípticos. A pesar de la nostalgia.

Viva Gracia, Viva Carr.

Javier Tomeo imaginaba

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Javier Tomeo tenía especial predilección por los monstruos, por los tipos raros y averiados. Y uno de ellos, que siempre le enterneció, fue el lobo, incluso el hombre-lobo. Caperucita fue salvada gracias los pastores, un oficio nobilísimo de armas tomar. Acribillaron al antepasado del lobo del que ahora hablamos. Y esta bestia vive con dolor la soledad y esa herida de estirpe. De hecho, murió de soledad, nos dice Tomeo: luego…, es un lobo fantasmal. El colmo. O el colmillo.

Javier Tomeo imaginaba personajes extravagantes, algo locos, que salían desnudos al balcón, en bolas: enseñando sus partes, sus partes pudendas, sus vergüenzas. No me los imagino: soy muy limitado para pensar en un varón en pilota picada. Tomeo imaginaba pajarillos que se alegraban de ver dichas desnudeces. Eran aves normales, no vayan a pensar, absolutamente entregadas al alpiste, rico en carbohidratos y pobre en grasas, según nos advertía Tomeo. Pongamos un ejemplo. El tipo desnudo alimenta al pajarico y al mismo tiempo se exhibe ante la vecina de enfrente. Los colgajos se ven claramente. Lo examina con prismáticos, nada menos. Nos confiesa el personaje que a la dama no le interesa su cara, sino su entrepierna. ¿Será verdad? No me imagino la inmundicia y la impudicia que debe acumular. ¿Quién?

Javier Tomeo tenía especial cariño por la televisión, esa gran desconocida. Sentía simpatía por el televisor, ese monstruo metálico y cristalíneo que literalmente devora. Nos compramos un aparato nuevo, de muchas pulgadas, y muy ufanos lo colocamos en la parte noble del salón. ¿Dispuestos a qué? Dispuestos a sorprender a la audiencia… ¿Cuál es el resultado? Al poco tiempo, la pantalla catódica o plana ha devorado a un par de telespectadores, familiares nuestros que estaban en el comedor. La última vez que tuvimos contactos con ellos estaban abducidos… Mientras tanto, la abuela sigue allí, sin verla, sin inmutarse, sin enterarse. Haciendo calceta.

Javier Tomeo imaginaba personajes que sudaban mucho, como cerdos. El sudor en Tomeo es un dato imprescindible de su literatura: como las borracheras y los ojos asimétricos. ¿Sudan los cerdos?, se pregunta un personaje. Quizá se autorrefrigeren, dice uno de sus locos, esos dementes que se expresan con tanta verborrea. Pero entonces si el personaje que suda está sudando no es exactamente un cerdo. Un galimatías.

Javier Tomeo imaginaba azoteas, casas con altillos, cobertizos, balcones (siempre balcones). Siempre en las alturas, con escaleras inacabables, con escalones interminables. No era infrecuente que esas casas estuvieran habitadas por muñecas muertas, piezas inertes ¿Algo sadomasoquista? ¿Algo fetichista? Bueno, conocemos algún cuento de Tomeo en que todas las muñecas de la casa están ahorcadas y justamente a la medianoche empiezan a suspirar de manera muy sospechosa. La patrona del inmueble es quien las colgó y las exterminó.

Javier Tomeo llegó a soñar con islas remotas, espacios lejanos a los que ir para no regresar, islas rodeadas por mares insondables y hasta inverosímiles: de color amarillo, nada menos, que es el color del dinero. Y el del diablo.Y el del calor. Islas sin horizonte. Como dijo Tomeo en cierta ocasión, “hace tiempo que el horizonte dejó de interesarme”. Tomeo era un tipo gordo, pero no tanto como para encarnar al Ogro. O al monstruos… Allí en el horizonte estará riéndose de todos nosotros.

Para qué sirve la historia

jserna:

Para qué nos sirve la historia. Es un instrumento altamente delicado. Puede ser empleado para trastornar, para agitar conciencias y de paso para vivir el pasado como una laceración o un triunfo.

No es esa historia la que nos complace a los profesionales. No es esa investigación la que nos confirma. La historia no confirma, no corrobora, no establece o fija de una vez para siempre.

Sin duda, la historia, la mejor historia, sirve para no manipular, para no alterar el dato y su sentido, para no rehacer lo que ya tiene significado compartido, para no inventar lo que ya está dicho y aceptado, para no reacomodar las informaciones que no nos acomodan.

La historia nos ha de perturbar, nos ha de inquietar. Eso, como mínimo.

Originalmente publicado en Los archivos de Justo Serna:

El joven se acercó al encerado. Se sentía cohibido, tal era la crueldad de sus compañeros, esa cobardía con la que todos acogían el error ajeno. Siempre era lo mismo, la rechifla general.

Tomó aire y respondió tajante, con determinación, a la pregunta formulada. No la había leído en el manual, sino en un volumen que su padre disponía: algo muy raro, pues en casa no había muchos libros y menos de historia. Pero Fernando S. se lo había aprendido con orgullo. Aquello le parecía valioso y verdadero.

El profesor, con malas maneras, había aprovechado para dormitar una siesta intermitente recostado en el pupitre. Fernando S. ignoraba su reacción y, por ello, procuraba pronunciar su disertación en voz baja. Para no molestar su sueño.

Mejor así. Siempre avinagrado, la brusquedad del profesor no tenía límites. Castigaba los errores con violencias. Bofetones, capones. Por supuesto, lanzaba los borradores con furia y…

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Breaking Bad. ¿Qué puedo hacer?

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Leo en El País que “Breaking Bad se despide por la puerta grande. Considerada ya como una de las mejores series de la historia de la televisión, los premios Emmy no podían dejar pasar la ocasión de reconocer los méritos de la serie de AMC y ha cerrado su ciclo de galardones con cinco estatuillas…” Reproduzco aquí abajo el texto que escribí días atrás cuando acabé de ver la serie entera. Cobra actualidad.
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Breaking Bad
¿Qué puedo hacer?Breaking_bad_wallpaper
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Llevo días pensativo. Dándole vueltas al tarro, como dicen los modernos. ¿Los modernos de cuándo…? Tras semanas y semanas viendo y volviendo a ver Breaking Bad (2008-2013), no dejo de comparar los avatares que Walter White y Jesse Pickman deben afrontar en las cinco primeras temporadas con lo sucedido en la llamada temporada final. Lo que aquí digo puede destapar cosas de la trama. Por tanto, quedan avisados quienes no deseen ser sorprendidos con molestas revelaciones (spoilers).
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Breaking Bad es una serie televisiva que Vince Gilligan produjo para la Sony, es decir, fuera de los circuitos de cable tradicionales. Era una apuesta arriesgada. Con varones complejos y acomplejados, difíciles, según Brett Martin (Hombres fuera de serie, Ariel, 2014). Con individuos sombríos, aquejados por vicios, por debilidades. Con historias que no acaban de cuajar. Con situaciones humanas que no tienen remedio… Cuando Martin publicó su libro, la mar de interesante (en el que Los Soprano, 1999-2007, cobra toda su dimensión e importancia), ‘Breaking Bad’ no había concluido. Por tanto, lo que él esperaba de la serie no se cumple. Trataré de razonar por qué.BreakinBadEl final de Walter White, el protagonista de Breaking Bad, me decepcionó. No me refiero a su muerte, previsible desde un principio. Me refiero a esa manía folletinesca de hacer que todo case, que los personajes reciban su merecido, que el bien (aunque sea un bien a medias) triunfe sobre el mal, sobre el mal absoluto, que la trama y la textura se fijen, que el orden se rehabilite.
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Me decepcionó la solución que Vince Gilligan dio a la conversión de White en monstruo. Lo tenemos hecho una criatura espantosa moralmente, repugante. ¿Ahora qué hacemos? Como había realizado estudios de mercado, el creador sabía que la audiencia común (estamos en la Sony y allí no se andan con chiquitas) difícilmente podía tolerar un final a medias, inconcluso, ambiguo, incluso absolutamente desastroso. En Los Soprano, un fundido a negro es extraordinariamente elocuente… La suerte de White se enrevesa en los dos últimos capítulos de la serie y a partir de ahí Gilligan no deja cabo suelto y, por tanto, hay una redención.
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Los prodigios son creíbles en las Sagradas Escrituras, pero el martirologio voluntario y desprendido es poco verosímil en la vida real. En las ficciones, menos aún. Desde la Biblia hasta nuestros días, los lectores y los espectadores sabemos que las cosas acaban mal cuando empiezan requetemal, que lo que va torcido aún puede torcerse más, que la vida es un Valle de Lágrimas, que no hay esperanza: no sólo para mí; tampoco para los míos. El mundo es un asco y el futuro no nos depara nada bueno.
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Tenemos a un profesor de química que se convierte en Heisenberg, el enemigo público número uno: ‘cocina’ con Jesse Pickman metaanfetamina de altísima pureza que luego será distribuida por distintos narcos. Un tipo así, que dice hacerlo todo por su familia, que dice entregarse a la corrupción y a la violencia por sus hijos y esposa, no puede ser tan listo como para dejar arreglado el porvenir..
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Yo me inmolo por vosotros, salvo a Pickman (joven a quien ayudo a escapar), conservo un patrimonio de millones de dólares para mis parientes y de paso me hago desaparecer. Mi nombre quedará como leyenda. Recordad mi nombre. Un mártir, ya digo.
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Sin duda, ese final es bíblico y consolador: alguien repara parte de los males que ha cometido y asciende al cielo, al cielo de la popularidad. White no es tan malo. Heisenberg aún conserva algo de humanidad. La muerte es su redención. Es un final crístico. De Cristo decían que era un falso mesías, que corrompía. Sin embargo, él recaló aquí a entregarse, a salvarnos de nuestros propios pecados. Y ya ven: se quedó entre nosotros por los siglos de los siglos.breakingbadlarge.Con el protagonista de Breaking Bad no pasará exactamente lo mismo. Todo es ya perecedero y, como seres inconstantes, los espectadores olvidaremos el suplicio al que fue sometido el personaje que encarnaba Bryan Cranston. Eso no le impedirá cosechar Premios EMY y el aplauso del público. Pero la fama es efímera.

Lo primero que despierta el protagonista es simpatía, desde luego. Estamos ante un hombre cabal. Hablamos de Walter White alias Heisenberg (como el célebre físico que estableció el principio de incertidumbre), un profesor pusilánime afincado en Albuquerque (Nuevo México).

Hasta un determinado momento es profesor de química. Cuando se revele que probablemente tiene un cáncer terminal de pulmón se dedicara a la fabricación y tráfico de metaanfetamina de la que extraer dinero, mucho dinero con el que asegurar el futuro de su prole.

A lo largo de su embrutecimiento comprobaremos que es cerebral y a la vez irreparablemente desastroso. Es muy difícil ser un tipo desastroso todo el tiempo: hasta los individuos lamentables precisan sentar la cabeza o tener gestos de nobleza. Los tiene, los tiene. Pero los gestos provocan consecuencias y los efectos de nuestros actos no siempre podemos controlarlos o calcularlos.

Vince Gilligan prefirió dejarnos con la épica de un mártir que se redimió. Lo prefirió a mostrar la tragedia hasta el final. Eso es lo yo he echado de menos: la tragedia sin reparos y sin reparaciones. Por lo demás, la serie muy bien, incluso excepcional: la producción de una temporada completa costaba 40 millones de dólares. Imaginen la puesta en escena, la fotografía, el sonido, el dispendio.

Vivo desnortado.

Qué dirán de nosotros

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Hay un tópico muy difundido sobre la definición de las cosas, de lo que nos rodea. Es aquel según el cual sabríamos qué son las cosas porque podemos definirlas.

DanielGilEn algunos casos es cierto, como por ejemplo para las fórmulas químicas; en otros no. Ciertamente ayuda mucho saber un poco de química para entender que la sal es algo así como un compuesto de cloro y sodio. Ahora bien, esa definición no nos enseña gran cosa sobre la sal. ¿Y qué hay que saber?

Pues que sirve para conservar y realzar el sabor de los alimentos, que aumenta la presión arterial, que se extrae del mar o de las salinas o, incluso, que en tiempos remotos era un artículo más apreciado de lo que lo es hoy en día. Me preocupan estas cosas, porque el médico me ha recomendado que la reduzca, que no sale con tanta prodigalidad. Lo dijo muy serio.

Para saber todo lo que de la sal sabemos, es decir, todo lo que en el fondo nos sirve verdaderamente, no necesitamos definiciones, sino ‘historias’. Las historias de la sal son a la postre relatos maravillosos de aventuras, con esforzados héroes cotidianos que emprenden largos viajes a través de la ruta de las especias atravesando desiertos, etcétera. En otros términos, nuestro saber (también el científico y no sólo el mítico) es una urdimbre de historias menudas.

Así, con estos argumentos, se expresaba Umberto Eco en una de sus columnas en L’Espresso. Era un articulo en el que defendía la idea misma del relato, de la narración. Desde que nacemos nos cuentan historias que harán de nosotros personas de provecho (o no), historias aleccionadoras que nos servirán para comprender de manera indirecta qué es lo importante, lo significativo, lo relevante del mundo.

Los relatos infantiles siempre presentan un hecho más o menos excepcional, la quiebra de un orden, la fractura de un cosmos en el que, de entrada, nadie estaba forzado a conducirse como un tipo intrépido. Una hacienda saqueada u otra rapiña, una dama inicuamente retenida, una falta u otra infracción por la que batallar, son el origen de ese desorden, la justificación que el titán se da a sí mismo para abandonar la casa del padre, para iniciar una travesía arriesgada, para apoyarse en ayudantes magnánimos, para evitar a asistentes mentirosos, para retar a un antagonista fiero, cruel, sanguinario incluso.

Este héroe sobrevenido descubre ser tal cosa sacando de su fuero interno el conjunto de virtudes menores que lo enaltecen y que lo convierten en un semidiós, en un valiente recto, honesto. El sonsonete del cuento va adormeciendo a la criatura mostrándole todo lo que vale la pena: le da respuesta a un interrogante que está al principio de la historia, recibe una enseñanza y una suma de significados sobre lo excelente, sobre lo respetado, sobre lo que hay que inventar.

Los relatos de infancia son, pues, un expediente cultural de que nos servimos para transmitir semántica a las cosas, a las personas y a las situaciones. O, por decirlo de otro modo, ya que estamos: desde niños, los relatos nos plantean qué se puede saber, qué se debe hacer y qué cabe esperar.

Con las historias que cuentan los novelistas ocurriría algo semejante: aunque, eso sí, con la salvedad de que entre adultos reales de hoy cuesta hallar los gestos heroicos a celebrar o las hazañas a destacar. Pero no porque no creamos en las proezas que nos dignifican, sino porque nuestra vida pública y privada suele ser un triste repertorio de banalidades o de cobardías que difícilmente pueden ser alabadas hasta en las ficciones más voluntariosas.

Es sabido lo que dijo Borges cuando citaba a Homero: que los dioses mandan desdichas a los hombres para que no les falte algo que contar, para que tengan un reto o relato con el que probar su coraje. La vida rutinaria y atronadora de nuestras sociedades no parece facilitar esta exaltación del gesto y del titán humilde y abnegado. Es como si debiéramos resignarnos a lo gigantesco, que a la vez es lo mezquino.

Con la historia viene sucediendo algo parecido. Me refiero a la disciplina… Desde hace un tiempo, los historiadores han hecho del héroe modesto materia de investigación, de reflexión y de relato. En efecto, como señalara John Lewis Gaddis en su libro El paisaje de la historia (2004), “¿quién habría predicho que hoy estudiaríamos la Inquisición a través de la mirada de un molinero italiano del siglo XVI, la Francia prerrevolucionaria según la perspectiva de un obstinado sirviente chino, o los primeros años de la independencia norteamericana a partir de las experiencias de una comadrona inglesa?”

Según concluye Gaddis, es el historiador (o el novelista, añadiríamos) quien elige lo que es significativo, tanto si escribe un relato sobre una gloriosa batalla como si aborda la vida de un insignificante individuo. Es decir, las microhistorias, reales o ficticias, han de tomarse como perspectivas que de los grandes hechos o procesos tienen ciertos testigos: testigos menores, por ejemplo, cuya interpretación o cuyo cuento acaban siendo muy reveladores, pues nos detallan su perspectiva en el tiempo y en el espacio y cómo sobrevivieron a esa circunstancia. Con ello se alumbran hechos del pasado que, de otra manera, quedarían opacos.

Ahora bien, añade Gaddis, “es inquietante tratar de adivinar qué seleccionarán como significativo de nuestra época los historiadores de aquí a doscientos o trescientos años. Una posibilidad deprimente sería que escogieran los sitios de Internet que dejamos muertos en el ciberespacio”. ¿Y por qué deprimente?

“Pues si [el historiador] Robert Darnton es capaz de reconstruir la sociedad parisina de comienzos del siglo XVIII basándose en informes de libreros, libelos escandalosos llenos de habladurías y relatos sobre el juicio, las torturas y las ejecuciones de gatos de aristócratas, imagine el lector qué haría alguien como Darnton con lo que quede de nosotros. Lo único que podemos decir con seguridad es que sólo en parte se nos recordará por lo que consideramos importante de nosotros mismos…”

Así es. Ah, y Gaddis no hablaba de la esfera pública española, no hablaba de la opinión hispana y de su estridencia mediática, de esa bronca con que algunos se estimulan y se excitan, de los rumores que saturan Internet, de las habladurías. De la corrupción.

¿Qué contarán de nosotros los historiadores o los novelistas del mañana? Desde luego, ni gestas ni hazañas. Es posible que de nosotros sólo les lleguen cuentos altisonantes, intrascendentes, aunque, eso sí, de gran estrépito.

Cabe esperar, sin embargo, que nuestros descendientes aprendan algo de la estupidez de hoy, de este estruendo confidencial, y cabe esperar, en fin, que los historiadores, novelistas y relatores del mañana sepan narrar alguna historia de esos pequeños heroísmos nuestros que aún circulan por la Red y por esos mundos de Dios.

Alguien, una mujer sin duda, abre la raja de un libro. ¿De un libro? Se trata de una ilustración de cubierta que realizara Daniel Gil para un volumen de Joseph Conrad. Distinguimos unos dedos con las uñas cuidadas y pintadas excelentemente. Vemos los dedos porque abre, porque la persona abre el mundo, porque está a punto de asomarse al exterior. ¿Al exterior? Quizá sea justamente lo contrario. Abre el papel para averiguar qué historias contiene. ¿Qué encontrará?

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