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Cuando Elvis Presley fue retratado con uniforme militar, yo apenas era un bebé. Alejandro Lillo ni siquiera había nacido.

JSyALAquél no era nuestro mundo, pero de aquella Europa venimos. ¿Venimos? Me refiero a los autores de este libro que ahora ve la luz: ‘Young Americans’. La cultura del rock (1951-1965). Publicado por Punto de Vista Editores.

http://puntodevistaeditores.com/tienda/young-americans-la-cultura-del-rock-1951-1965/

El continente estaba partido en dos y Alemania era el frente occidental de una disputa nuclear e ideológica. La Unión Soviética mostraba con orgullo su poderío atómico y los Estados Unidos convertían el mundo en un potencial campo de batalla. Era una circunstancia ciertamente comprometida y nadie podía quedar al margen.

En 1958, Elvis es llamado a filas. Abandona temporalmente la canción para viajar a Europa, en concreto a una base americana de la República Federal Alemana. Él es un muchacho patriota, un muchacho que cumple con su cometido, todo un joven que crece y madura… Su madre, Gladys, ya ha muerto. Es, pues, todo un hombre, todo un hombre que ha trastornado y transformado el mundo.

En efecto, para esas fechas, el señor Presley ya ha revolucionado a las gentes de su país, una nación conservadora que preserva las buenas costumbres. Para esas fechas, el rock ya ha provocado una oleada de rebeldía entre los adolescentes.

Hacía 1960, los jóvenes pueden lucir sus cuerpos y moverse incluso obscenamente; pueden vestirse con indumentarias rústicas, poco formales; pueden mostrar su deseo retando a los adultos; pueden ir más rápidos sin padecer vértigos, sin contenerse, sin frenos morales. O eso es a lo que aspiran. Las canciones expresan sus expectativas y fracasos, su velocidad.

Hoy, en 2014, estamos habituados a correr, a perder el fuelle con nuestras prisas. La cosa data de antiguo: aquellos jóvenes de los cincuenta y sesenta fueron los primeros que plantearon la velocidad como una huida, como un escape: el repudio del asentamiento. Lucían sus vehículos como el vaquero que marcha solo, como un caballero medieval anacrónico. Pisaban el acelerador para sentir el vértigo y la urgencia. James Dean se había matado con un Porsche. Bob Dylan tendrá un accidente con una Triumph.

El 4 julio de 1956, Elvis se había retratado a lomos de una Harley. Siempre muy patriótico. Era en Memphis, Tennessee. Hemos visto una y mil veces aquellas fotos; hemos escuchado una y mil veces aquellas canciones. Sentimos nostalgia de algo que los autores de este libro no llegamos a vivir. ¿O es, quizá, melancolía? La melancolía es el dolor por la pérdida de lo que nunca se tuvo.

Regresemos a 1960, con el señor Presley ya crecido, justo cuando vuelve del ejército y su mánager, el Coronel Parker, lo destina al cine, sometiéndose así a una nueva disciplina, la de hacer rápidamente películas estereotipadas.

¿Qué ha sido de su juventud? ¿Qué ha sido del resto de aquellos muchachos que empezaron a contonearse con Elvis, a tararear sus canciones?

En este libro hallarán respuestas, pero sobre todo encontrarán la recreación de un tiempo que no vivimos o del que no fuimos conscientes. Ese es el prodigio de la investigación histórica, el de devolvernos una épica y a una época remotas.

La historia cultural nos hace experimentar sentimientos y pensamientos que no nos pertenecieron. Y así vivimos, de prestado, de lo heredado.

La foto-3

Uno. Algunos escribimos periódicamente sobre la Fallas para lamentarnos de su deriva y para deplorar la exaltación agónica de la alcaldesa de Valencia. En el caso de Rita Barberá, una exaltación agónica es también una proclama demagógica. En La farsa valenciana (Foca, 2013) dedico unas páginas a este ciclo purificador, a las Fallas como reiteración populista. No hay manera: nos caen miles y miles de euros, pero mientras tanto miles y miles de valencianos procuran huir de una fiesta que es el infierno tan temido.
Dos. El populismo no es un concepto gastado ni una realidad intangible, como algunos académicos nos quieren hacer creer. El populismo es precisamente una exaltación de lo popular, de lo que previamente ha sido definido como popular. Es un extremismo: una celebración incondicional del pueblo y sus virtudes, de la comunidad y sus valores, de sus representantes y sus cualidades. El populismo es un encomio de rasgos y habilidades que presuntamente definen lo común, lo plebeyo. Viva el plebeyismo.
 
Tres. Algunos llevamos años diciendo lo mismo, reiterando lo evidente, criticando la dejación culpable de las autoridades locales. Así hago en La farsa valenciana. El rugido comunal de Rita Bárberá da inicio a días y días de regocijos públicos. Los que escribimos siempre decimos lo mismo y, por supuesto, eso que repetimos no sirve de nada: la mayor parte de las Fallas se desparraman en cientos de calles, se agigantan inúltimente y, de paso, exaltan lo obvio, un concepto artístico que a muchos nos produce escalofríos. 
 
Cuatro. La ciudad se desborda durante semanas de estrépito y mugre, de cascos y meadas. ¿Qué vemos? Carpas plásticas de lujo oriental; calles cortadas con ostentación, con arrogancia; paellas cocinadas de modo primitivo, pesadamente aceitosas; iluminaciones de feria, con arabescos, farolillos y perillas, puro derroche mediterráneo. ¿Qué más vemos? Muchos monumentos de estética disuasoria habitados siempre por la inevitable pareja fallera: un pisaverde escuálido y una tiarrona de carnes opulentas.
 
Cinco. Los aceites refritos ahogan, las detonaciones nos hacen tremolar (como dicen aquí), el jaleo nos mantiene en vela: cohetes de gran estruendo estallan siempre a tu costado. Todo parece un frente bélico, con proyectiles alegremente lanzados.  Hay una pestilencia rancia de alcoholes y orines; hay un tufo abrasador cuando el sol valenciano rehoga a fuego lento no el cartón-piedra, sino la mefítica humanidad. Hay botes y también ampollas astilladas.
 
Seis. Mientras tanto, la alcaldesa, doña Rita Barberá Nolla, padece una furia explosiva y una ronquera creciente, un carraspeo constante. Salta, tira petardos, jalea a las masas y su voz se pierde. Ay, el carraspeo. También lo padecen quienes tienen sus cuerdas vocales tocadas por la lija de los licores.
Siete. Las falleras mayores son dos beldades locales. Estupendamente maquilladas y peinadas, da gozo verlas. Son chicas que hacen excelentemente su trabajo, que es representar anacrónicamente la valencianía y la muchachada. Son jóvenes que se merecen lo mejor: como tantos y tantos falleros que se entregan con ganas, recibiendo sólo a cambio el reproche. ¿El reproche de quiénes? El desdén de quienes ya no soportamos este botellón demente. Entretanto, la ciudadanía maravillada asiste impávida al vandalismo, al incendio de papeleras y contenedores, algo propio y típico de una ciudad sitiada.

Natalia Ginzburg

4 marzo 2014

Natalia-Ginzburg (2)[1] Estoy ultimando una ponencia sobre Natalia Ginzburg. La escribo como lector y como historiador, no como filólogo. Mi competencia es limitada, pero de ese obstáculo obtengo ventaja.

Mi texto es una conferencia para este jueves próximo en la Facultad de Filología de Valencia (salón de grados a las 10 horas). Es un acto académico sobre escritoras italianas. El evento lo organiza Juan Carlos de Miguel, amigo y a la vez profesor de campanillas. Me encanta participar en todo aquello que él prepare.

Mi texto trata de esta escritora italiana y trata de sus modos de expresión, de sus maneras de comunicación. De su gestualidad. Esa forma de abrigarse con una manta o mantilla, al estilo clásico; esa forma de fumar. En la posguerra, fumar era un logro femenino. Abordo la humildad y  la inestabilidad: ser judía y ser a la vez católica. Ese no lugar de quien no fue a la escuela primaria por indicación e instrucción del padre.

Hay un género expansivo, dominante: la novela. Quien la cultiva se envanece justamente con los resultados. Una novela lograda es una conquista cultural: lleva camino de convertirse en un clásico. El lector puede pasar horas, días, semanas en una historia que no le concierne y que –gracias a la autora Natalia Ginzburg en este caso– se convierte en un asunto suyo.

Pienso, por ejemplo, en Léxico familiar (1963) o en Nuestros ayeres (1952): Giznburg convierte en materia de relato lo que es experiencia personal, heridas;  y experiencia fantaseada, lo que es amor y un dolor inextinguible. Lo que es familia y sensibilidad. Lo que es expectativa y fracaso, puro fracaso.

Ella fue una mujer pionera. Murió en 1991 y no hemos dejado de leerla. Se empeñó en ser lo que quiso ser en una posguerra italiana y mundial larga y tensa. Quiso trabajar sin depender del acierto masculino. Tuvo presencia y protagonismo en una editorial de enorme trascendencia (Einaudi). Se casó un par de veces: la primera con un judío oriental, Leone Ginzburg, asesinado por los nazis. Concibió hijos de gran nombre: entre ellos, Carlo Ginzburg, ese historiador de exquisita mirada y mejor formulación al que siempre atiendo. Pero ella quiso ser ella.

Se declaró perezosa, se profesó ajena y solitaria. El resultado de su acción e inacción es una literatura de mucha enjundia. Una escritura de expresión y de laboratorio: no fue mera impresión ni chiripa. Hay un ejercicio de estilo para perfilar y trazar su propio autorretrato. La ficción fue su dominio, pero sus colaboraciones periodísticas fueron también filigranas.

Podemos llamarlas columnas, artículos, ensayos: siempre es un yo que se vuelca, que se abre, que se desnuda con pudor y dolor. No es un autora del montón. Es un montón de literatura lo que podemos hallar en sus escritos. Siempre que la leo es como si acabara de descubrirla. Es sencillamente genial. No exagero: no suelo emplear estos calificativos.

Releo a Natalia Ginzburg y confirmo una y otra vez la suavidad, la honestidad, la humildad.

Qué finura.

Poesía y tiempo muerto

22 febrero 2014

A Antonio Machado.

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He tenido la fortuna de que un poeta me haga un obsequio, su propia palabra. Quien no lee versos habitualmente no sabe lo que ese gesto significa. Regalar un poema es un acto de desprendimiento, de máxima generosidad, pues el verso no se expele ni se expresa, se concibe, se mide, se elabora.

imageEs un pronto y es una dilatación: suelto, pero a la vez atado a una vecindad léxica y semántica en la que sólo es fragmento posible de una eternidad siempre vasta.

Quien te hace dicho presente es generoso y egoísta a un tiempo: espera de ti a un lector amigo, pero también crítico, un destinatario que lee con la mayor atención y con el menor compromiso, con la menor atadura. Has de sentirte libre para captar lo que el poeta dice y para sorprenderte con lo que tu no sabías manifestar.

Quien es obsequiado y no se dedica a la crítica sólo aspira a la felicidad o al dolor que el poema provoca, sólo anhela la justeza de las palabras, la correspondencia de las palabras y las cosas, la hondura sin reflejo de un poema irrepetible.

La presentación de ‘Un fragmento de eternidad’ (2014) estuvo avalada por Jaime Siles y Rafael Coloma, dos nombres importantes de la cultura, dos creadores con obra y consecuencia. Gregorio Muelas se buscó padrinos de fino olfato para afirmar y afinar su voz lírica. El poemario ‘Un fragmento de eternidad’ no tuvo públicos masivos, muchedumbres en espera de la gran estrella. Pero, a lo que me cuentan, tuvo fieles lectores de un poeta ya maduro, un gentío potencial.

La obra es rica en resonancias culturales, con ecos musicales y referentes semienterrados. Tarea del lector podría ser exhumar ese saber del que Muelas se desprende a manos llenas que deja como hitos. Es una lectura potencial.

Yo prefiero, sin embargo, la pura musicalidad de las palabras, esos poemas con estructura métrica o en verso libre. La asociación sonora y semántica, la aleación del cultismo y de la naturaleza, lo primario, lo básico, lo elemental. Son numerosas las imágenes que Muelas nos regala, pero hay una que nos golpea una y otra vez: la nada, la eternidad.

Sorprende que un joven poeta (1977) sea capaz de hablar con tanto tiento del tiempo, de su consumo y final, de la cosa y de la coda que se avecinan. Estamos hechos de presentes discontinuos, que son chiripa y regalo; de instantes que concluyen dejando efectos y también defectos; de momentos que no son nada y que después recordamos u otros recordarán por nosotros.

Muelas obtiene fragmentos de eternidad. Para quienes lo conocemos, su palabra en prosa, su oralidad, es torrencial, probablemente porque teme a la muerte; probablemente porque emplea el discurso como una defensa y como una persuasión. La vida es agresión y decepción. Hay que ponerse a cubierto, pues. En cambio, su palabra en verso es perturbación, es desnudez y es contención: la existencia a la intemperie, un vivir ante la naturaleza, ante la naturaleza caduca, terminal, fatal de las cosas.

No quiero reproducir fragmentos de esa eternidad que Muelas retrata con mano maestra. Y no quiero hacerlo porque mi repetición amputa el verso, el poema, el efecto, esa sonoridad tan bien lograda, esa expresión estricta y evocadora. Compren el libro y léanlo, reléanlo, reléanlo. En cada acto se enriquecerán. Es un poeta de los elementos básicos que se vale de todo tipo de recursos culturales. Es cantor de civilización y verificador y versificador de la muerte siempre potencial. Aún es envidiablemente joven. No se lo pierdan. Él se ha llevado la llama que aún quema.

El joven se acercó al encerado. Se sentía cohibido, tal era la crueldad de sus compañeros, esa cobardía con la que todos acogían el error ajeno. Siempre era lo mismo, la rechifla general.

Tomó aire y respondió tajante, con determinación, a la pregunta formulada. No la había leído en el manual, sino en un volumen que su padre disponía: algo muy raro, pues en casa no había muchos libros y menos de historia. Pero Fernando S. se lo había aprendido con orgullo. Aquello le parecía valioso y verdadero.

El profesor, con malas maneras, había aprovechado para dormitar una siesta intermitente recostado en el pupitre. Fernando S. ignoraba su reacción y, por ello, procuraba pronunciar su disertación en voz baja. Para no molestar su sueño.

Mejor así. Siempre avinagrado, la brusquedad del profesor no tenía límites. Castigaba los errores con violencias. Bofetones, capones. Por supuesto, lanzaba los borradores con furia y las tizas de canto, auténticos proyectiles. Que ahora estuviera sesteando no garantizaba la paz en el aula.

–”La historia sirve para averiguar parte de lo sucedido, lo que puede documentarse, eso que hicieron los antepasados y de lo que quedan restos. Suponemos que de su ejemplo conocido podremos aprender”, fijó Fernando S.

Los otros callaban, salvo un par de compañeros que asentían levemente, sin ningún énfasis. Uno de ellos era de piel cetrina, musculoso. Pasaba por inculto y retador. Le divertía amedrentar como un matón. Se llamabaimage Armero. Fernando S. jamás recordaba su nombre. La odiosa costumbre de interpelar por el apellido… Todas las mañanas, entre Fernando S. y Armero había intercambios de sus respectivos bocadillos. Habían llegado a un pacto. Fernando S. era su protegido.

–”La historia sirve para conocer mejor el presente, siempre a punto de perecer. Con las enseñanzas del pasado, los contemporáneos establecemos comparaciones. Comprobamos si se repiten los hechos o no, si se repiten los traspiés o los éxitos”, siguió Fernando S. con mucha prosopopeya.

Sus compañeros no daban crédito a estas palabras resabiadas. Qué pesadez. O eso es lo que se traslucía de sus rostros confusos, irreales. Al mismo tiempo, el profesor padecía un estrépito digestivo. Prácticamente tumbado sobre el pupitre, dejaba escapar hipos y algún pedo. Todo ello a baja intensidad. ¿Acaso estaba asimilando lo dicho por Fernando S.? No parecía. Allí seguía sin atender. Al menos aparentemente. De pronto, el profesor hizo un gesto despectivo, como una pequeña convulsión, que no se sabía a qué respondía. Quizá al malestar de su metabolismo, quizá al estruendo creciente de los alumnos, quizá a ese mocoso que le estaba largando un discurso impropio.

–”La historia sirve para establecer analogías pudiendo así distinguir lo ocurrido de lo que está por venir. La historia no profetiza, pero ayuda a inferir qué podría suceder, dadas las circunstancias. La historia es la disciplina del contexto y de las diferencias”, recalcó Fernando S.

Los muchachos ya no se reprimían. Habían empezado a realizar molestos ruidos con los lapiceros. Abrían y cerraban la tapa de los pupitres y sin duda eran ya un elemento hostil. Fernando S. buscó la mirada aprobadora de Armero, pero el joven jaleaba a los más alborotadores.

“La historia no sirve para nada de lo que he dicho”, interrumpió en voz alta, con rabia, casi llorando. “No nos vale”, insistió. “Lo que vale es aprender, leer, retener para expresarte, para razonar con agilidad. Hacerte una cultura de aluvión y de impresión: con poca cosa, con folletos y solapas, aprendes y así te desenvuelves. Lo que lees fermenta y lo que afirmas queda. Di las cosas como si fueran las últimas que fueras a pronunciar, concíbelas y escríbelas como si eso fuera lo único que quedara de ti. Entonces pensarás”, apostilló. “Esto mismo lo leí en la contracubierta de un libro y aquí lo repito”.

Nadie escuchaba y el profesor yacía aturdido con una respiración quejosa, casi un estertor. Fue en ese momento cuando Fernando S. decidió cursar Historia. Quería ser docente. Reparar.

No será exactamente así. Años después, Fernando S. dejará los estudios para montar una empresa de seguridad. Ahora comparte la dirección con Armero y procuran estar al día en dispositivos de protección. Su esposa trabaja como administrativa en la misma compañía: ‘Seguridad Armero’. Llevan una vida feliz, de estabilidad conyugal. Jamás se preguntan por la historia, por el pasado. Se preguntan por el mañana, por lo que será del negocio. La historia no profetiza, se repiten entre risas.

Fernando S. se despierta. Abandona el lecho solitario, esa cama sin calor. Se asea, desayuna rápidamente y se encamina a sus quehaceres. Si no se apresura, no llegará a la primera clase. La de Historia.

Serna & Lillo Asociados

Cincuenta años de la invasión británica

Beatles0“…Hay cuatro fotografías de The Beatles tomadas por Bill Eppridge especialmente significativas. Datan de 1964 y recogen distintos momentos de la llegada del grupo a los Estados Unidos. Están a la venta en la Monroe Gallery of Photography. Todo lo que rodea al grupo aún es objeto de compraventa y sus precios suelen ser elevados, muy elevados. Un tesoro de carísima quincalla con aura.

Pero ese año, 1964, es un momento esencial de la Beatlemanía, esa afección y afición que por todas partes se extiende. Las instantáneas de Bill Eppridge podemos verlas, pero también podemos reconstruirlas mentalmente. En el fondo no son muy diferentes de las que por cientos, por miles, les hicieron en el momento de llegar a Nueva Yoyk.

En una de ellas distinguimos al grupo británico cuando ya ha descendido del avión y los muchachos se encuentran caminando por la terminal del John F. Kennedy. Van dispuestos a conceder su primera rueda de Beatles1prensa norteamericana. Como ya es habitual, caminan sonrientes, expectantes, ante el grandioso recibimiento que se les ha dispensado. Su actitud es de simpatía y asombro. Como único equipaje de mano llevan un bolsa de Pan Am.

La rueda de prensa será chispeante, multitudinaria, con una sabia y sencilla puesta en escena en la que dicen y no dicen. Bromean para ser corteses y para responder sin comprometerse.

En la siguiente imagen distinguimos a John Lennon. En la fotografía lo vemos solo en el Hotel Plaza. Permanece serio y oculto tras unas Beatles3gafas ahumadas, unas Wayfarer. Los lentes oscuros le dan un aspecto interesante, casi enigmático, pero quizá en esa pose hay algo más banal: Lennon tiene problemas de vista que él ha ocultado durante años para no ser el gafotas del rock. Es probable que esté agotado tras el viaje intercontinental, por lo que sus ojos irritados precisen un descanso. En la última instantánea vemos a Lennon nuevamente solo en el ferrocarril que les lleva de Nueva York a Washington. Se disponen a dar su segunda gran actuación y los éxitos son tumultuosos.

La fotografía recoge un momento de aislamiento, de Beatles4recogimiento. Eso sí: con la actitud retadora que Lennon gasta, una actitud que le sale del alma, exactamente del alma. Él es un muchacho angustiado, rabioso, que arrastra un dolor, una carencia emocional: siendo chico fue abandonado por sus padres en brazos de su tía Mimí. Las relaciones serán tortuosas y los contactos ulteriores con la madre no llegaran a cerrar esa herida. Al menos eso es lo que de momento se sabe.

¿Su rabia la convierte en energía creativa? En la fotografía de Eppridge, Lennon mira por la ventanilla, fuma y permanece sentado de una manera informal, quizá excesiva y hasta rebelde: con los pies apoyados en la ventana. Ignoramos qué les espera, algo a la vez rutinario (el éxito, las muchedumbres, etcétera) e imprevisible: la pesadísima carga y los efectos que el triunfo provoca.

En 1964, las vidas de los cuatro Beatles se han convertido en un viaje trepidante, en un frenesí sin descanso. Suena cursi, ¿verdad? Trepidante, frenesí: las palabras no dan cuenta de las cosas y lo que estos muchachos disfrutan o padecen es casi inefable. George Harrison suele ser el taciturno del grupo; Ringo, siempre chistoso, parece aprovechar los dones de la popularidad; Paul, con su cara de buen chico, da siempre la mejor impresión.

¿Y John? No sabe qué espera. Viven rodeados de grouppies, de chicas que se les entregan, de placeres terrenales. Es un oneroso lastre muy bien llevado: siempre sonríen al público, siempre bromean, visten limpios, se les ve guapos y se sienten recompensados. Empezaron en Liverpool, luego tocaron en Hamburgo y luego su fama ya fue creciendo gracias a su buen hacer, a su inventiva y a sus asesores. Lo mejor estaba por llegar. Y lo peor…”

Serna & Lillo Asociados, Young Americans. La cultura del rock (1951-1965). Madrid, Punto de Vista Editores, 2014 (en prensa).

Anatomía del monstruo

5 febrero 2014

DraculayFrankenstein

Anatomía del monstruo

Por Serna & Lillo Asociados

Uno. Dos amigos e historiadores, Justo Serna y Alejandro Lillo, se ponen manos a la obra. Escriben Young Americans (un libro que pronto aparecerá en Punto de Vista Editores). Confraternizan y hablan de sus querencias y sus mitos, de la música y otros productos culturales: los jóvenes, aquellas criaturas que se rebelaron, rompiendo con lo establecido. La juventud… La estamos perdiendo, la estamos perdiendo.

Pero ambos historiadores también tienen sus querencias más góticas, de estética más rancia. Son otros productos culturales del pasado, otros seres menos atractivos a los que exhumar. Son muertos vivientes o vivos recientes, tipo repulsivos, odiosos: sin belleza, sin afeites, sin tupés, sin cazadoras, sin jeans. Son también criaturas, como los jovencitos, pero de otra naturaleza.

Son seres de la noche y del horror, como reza el tópico. Tienen otra compostura, otra hechura, otros propósitos. ¿Son bichos? Se lamentan del tiempo que les ha tocado vivir; se lamentan de la ingratitud y del género humano; se lamentan de su suerte. ¿A quiénes nos referimos? Al monstruo de Frankenstein y al Conde Drácula.

Uno nace a la vida, a la literatura, en 1818; el otro en 1897, acabando el Ochocientos. Pertenecen ambos a la tradición británica, tan rica en relatos góticos y pavorosos. Ciertamente, esos seres repugnantes nos meten miedo. Nos acobardan con sus malas intenciones. ¿Qué es lo que quieren? En principio, lo que quieren es vivir, sobrevivir y no malvivir como es el caso de ambos. Y algo más…

Uno está mal hecho, es más feo que Picio y tiene un comportamiento impulsivo. Como si fuera un niño. De hecho es un recién nacido, un vivo reciente. Nos referimos al monstruo de Frankenstein. Al estar compuesto de restos de cadáveres que sella Victor, adivinamos el tufo que desprende, ese olor mefítico que notifica su presencia corrompida.

El otro padece una eternidad culpable, una lividez mortuoria y tiene por hábito chupar sangre. ¿Con qué objeto? La sangre le sirve para mantener su triste existencia de siglos, una vejez preternatural y extrema que en principio no se le nota. Nos referimos al Conde Drácula.

No se lo creen, ¿verdad? Piensan que esto sólo es una estratagema publicitaria de Anatomía de la Historia, ¿no es cierto? Creen que no hay nada más que añadir sobre estos monstruos. Repasen lo que ustedes saben de Frankenstein (1818) y de Drácula (1897). O lo que creen saber. Aquí no andamos a medias. Las criaturas vuelven a Serna & Lillo Asociados.

Antes de que regresen con los jóvenes estadounidenses del rock y de la América colorista de los 50 (Young Americans), los autores e historiadores que suscriben avanzan sus reflexiones sobre otros seres: otras criaturas menos inocentes. De miedo: nos lo vamos a pasar de miedo (si aguantamos la presión).


Dos. Anatomía de la Historia ha tenido la gentileza de publicarnos sendos artículos que tratan sobre estos monstruos, sobre estos seres venidos de otro mundo o de otro tiempo, pero que han campado a sus anchas por nuestro imaginario.

¿Qué tienen estos entes que nos resultan tan fascinantes? Desde niños nos educan para creer que somos quienes somos, sabedores de nuestra identidad y dueños de nosotros mismos, de nuestra fisonomía. Afectamos gestos, ademanes, modos y maneras de presentarnos en público, justamente porque siempre habrá quien nos mire y nos escuche prestando atención al relato personal.

Seriamente preocupados por las apariencias, escrupulosos con el aspecto que tenemos, vigilamos nuestro yo y la precisa imagen que lo expresa. Sin embargo, la evidencia de la identidad, tan actual, tan propia de los tiempos modernos, ni es obvia ni es universal ni es para siempre.

Esa disolución del yo y esa confusión entre partes incompatibles se viven dolorosamente por los monstruos, y el daño que los lacera es mayor porque no hay escritura o palabras que suturen o cautericen. Se viven como monstruosos no sólo por su aspecto fiero, tan temible, o por su desaliño indumentario, que pregona lo peor, o por su personalidad troceada.

Se sienten como tales por carecer de una escritura propia con la que relatarse a sí mismos o por no contar con alguien amistoso a quien confesarse. Las memorias o la autobiografía o la revelación ante un interlocutor retienen la identidad varia dando asiento a lo que originariamente es simultáneo e incongruente.

La escritura, la voz confesional, es así una suerte de operación ficticia y apaciguadora. Nos repara, da argamasa a lo disperso y fija lo que pudo ser monstruosamente distinto. Son las palabras propias o ajenas aquello con lo que revestimos esa identidad siempre fracturada y dividida que es la nuestra, el orden verbal que nos permite representarnos sellando partes y cachitos del yo.

Pasen y vean. Pasen y lean. Están todos invitados a participar.

Frankenstein:
http://anatomiadelahistoria.com/2013/12/el-espejo-de-frankenstein/

Drácula:
http://anatomiadelahistoria.com/2014/02/dracula-ante-la-historia/

La angustia, dos o tres cosas que sabemos de ella

Por Serna & Lillo Asociados


EscaleraMiren esa escalera. Aunque ustedes no las vean, hay un par de personas leyendo en la terraza anexa. Probablemente historias de terror. Es verano, están de vacaciones y, sin saber por qué, se torturan con relatos de miedo. La casa está iluminada, pero al frente tienen una oscuridad profunda, como boca de lobo. Uno de los lectores está repasando Frankenstein y Drácula.

Frankenstein y Drácula, los personajes, tienen muchos elementos en común. Quizá el más importante sea la fascinación que estas dos criaturas ejercen sobre pensadores, escritores, críticos literarios y cineastas, por no hablar del impacto que siguen causando entre el público en general.

Disculpen lo obvio, pero si Frankenstein (publicada en 1818) y Drácula (aparecida en 1897) son novelas que siguen vivas en la actualidad, que siguen generando interés, será porque hay algo en ellas que continúa vigente. Tienen, como decía Isabel Burdiel, una potencia mítica que no decae. Tienen halo, tienen aura.

Los clásicos no son transparentes. Exigen de nosotros intervención e interpretación. Y generaciones sucesivas se esfuerzan por aclararlos, por liquidar su enigma. Pero no hay enigma que se resuelva de una vez para siempre.

Creemos que los relatos de fantasmas que arrastran sus cadenas por castillos tenebrosos son algo anacrónico, que tuvieron éxito en un período histórico concreto. Creemos hoy conmueven a pocas personas. No es exactamente así. Los fantasmas, los lienzos, las cadenas, el dolor inextinguible aún perturban a los seres más refinados.

Los relatos de M. R. James (Siruela, 1988) son exquisitos: atentan contra los sentidos y especialmente contra el sentido común. Los Cuentos únicos, de Javier Marías (también en Siruela, 1989), son una prueba palpable del amor que aún profesamos a esos desgraciados, a esos seres espectrales que nos persiguen o ayudan: incluso nos auxilian.

Carlota Fainberg (Alfaguara, 1999), de Antonio Muñoz Molina, es una sofisticada historia de fantasmas. Transcurre en nuestro tiempo: lo mismo ocurre con otros relatos de dicho autor. No decaen los espectros. Al contrario, parece que el mundo contemporáneo se nos llena de fantasmas y fantasmones…, de presencias de otro tiempo que se resisten a desaparecer. Y no es una metáfora.

Ahora bien, no hay ningún espectro que haya logrado la celebridad de este par de monstruos de los que venimos hablando. Ni siquiera el fantasma de Canterville ha sobrevivido con tanto vigor como sus cofrades de las tinieblas.

Comparados con la pasión que despiertan estos dos monstruos en la actualidad, los espectros sólo llevan una vida digna, sin grandes aspavientos. En cambio, las fabulaciones de Bram Stoker y de Mary W. Shelley continúan inquietando con fuerza, causando polémicas populares e intelectuales y, en fin, dando que hablar.

Y de ellos, de ese par de figuras espectrales, hablamos en Anatomía de la Historia. Son seres ansiosos, que padecen alguna dolencia anímica, que soportan una existencia angustiosa. La edad, el repudio social, el aislamiento, la nocturnidad, la soledad, la falta de compasión, la fatalidad de un destino mortal. En Drácula hay un fatum y en Frankenstein hay un abandono. ¿Por qué viven o malviven con ese pesadumbre?

No dejen de visitar estos enlaces. Atrévanse a subir, a hacer click.

Más allá hay monstruos.

Frankenstein:
http://anatomiadelahistoria.com/2013/12/el-espejo-de-frankenstein/

Drácula:
http://anatomiadelahistoria.com/2014/02/dracula-ante-la-historia/

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