Dios mío

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Uno. Hace un tiempo me preguntaba por Dios. Por Dios y las catástrofes. La pregunta me la planteaba cuando veía en la televisión las calamidades públicas y los cataclismos de ciertos países del Tercer Mundo. Los hechos, vistos en televisión, nos perturban y nos hacen interrogarnos sobre el propio medio, sobre la pequeña pantalla, un discurso que, por una parte, retrata nuestro hedonismo (al menos, el deseado), nuestra cieloligereza existencial.

Y, por otra, sin interrupción, nos contraría y nos trastorna con las imágenes de un mundo rebosante de dolor y de catástrofes, de guerras y de muertos civiles, un mundo en el que no siempre podemos responsabilizarnos del mal que contemplamos y ante el que muchos sentimos estupor e impotencia: los ateos, también.

Los ateos –que estamos condenados ya de antemano– somos, sin embargo, gente sensible y nos preguntamos, con todo respeto, por Dios, por el Dios de los pakistaníes, por el Dios de los guatemaltecos, por el Dios de los israelíes, por el Dios de los libaneses.

¿Dónde está el Sumo Hacedor cuando los cataclismos aumentan el daño o la muerte de los inocentes? Me lo preguntaba y no pretendía ser original, desde luego que no. Luego, en los últimos meses y semanas he visto que también desde el lado confesional repiten una pregunta muy antigua, en ocasiones incluso formulada en segunda persona, tuteando a la Providencia. El Papa, el Arzobispo de Valencia, José Bono… son algunos de los últimos que se han atrevido a interpelar a Dios preguntándole sobre el Holocausto, sobre los muertos de Metro valenciano o sobre el horror infligido en el 36.

En los siglos XVII y XVIII, en un ambiente originariamente jansenista, al Ser Supremo se le tenía por ‘le dieu caché': así tituló Lucien Goldmann una célebre obra, que en castellano se tradujo como El hombre y lo absoluto (1955). Se le tenía como a ese Sumo Hacedor que dejaría a los hombres actuar, equivocarse o acertar, obrar piadosamente o incurrir en el pecado.

La libertad (trágica) no sería incompatible con la distante vigilancia de un Dios que ya no sería tan irascible como el bíblico. En fin, un avance. Los hombres vivirían bajo el principio de la libertad y la Providencia no sería ese Ser entrometido e indignado de otros tiempos. Resulta, como digo, un avance que los individuos pudieran hacer así las cosas, sin verse gobernados bajo la férula tiránica del Dios del Antiguo Testamento.

Sin embargo, ya para entonces lo que no resultaba fácilmente explicable era el silencio de Dios ante los desastres que infligen daño gratuito a cientos, a miles de seres humanos, desastres que incluso podían imputarse a quienes lo invocan o a él mismo, a la Naturaleza desatada.

Ya sé que éste es un viejo argumento de los ateos. Ya lo sé: un argumento que se remonta al desastre de Lisboa en 1755 y a la pregunta clásica de Voltaire sobre si los lisboetas merecían mayor castigo por sus vicios que los parisinos o los londinenses. ¿Qué Dios es ese que permitía dicho horror?

Pero esa pregunta voltaireana que hacemos muestra nuestras carencias: si la pensamos bien, la demanda que Jesús formula a Dios cuando agoniza en la Cruz, cuando no se explica su silencio o aparente apatía: Padre, ¿por qué me has abandonado?

Para los teólogos el presunto abandono prueba la grandeza de Dios, que quiere compartir con los hombres su dolor, el daño que ocasiona ver el sufrimiento y la pérdida del hijo. Y prueba también la libertad que deja a los individuos para obrar el bien o el mal. La cuestión que formula Cristo expresa, sin embargo, el horror de la humanidad doliente y lo que parece su mal tono, su primera incomprensión, es desde el punto de vista confesional una especie de arrogancia frente a Dios, cuyos designios serían en efecto inescrutables.

Por eso, me extraña que los creyentes (con el Papa a la cabeza) sigan formulando esta pregunta, que es la de quien parece sentirse incómodo con la libertad humana para dañar, para matar, para destruir. Prefiero, por el contrario, olvidar a Dios (al menos en este punto) y preguntarme sobre la acción de los hombres sobre sus metas y sus pesadillas.

Pues bien, una de los sueños más justificados que ha alumbrado la experiencia humana es la necesidad de un Estado de Israel, después de siglos de persecución y muerte. ¿Dónde estaban Dios o Yahvé? En Basilea, hacia 1897, los asistentes a un congreso del sionismo nombraban a Theodor Herzl líder de dicho movimiento.

Theodor Herzl había nacido en Budapest en 1860, aunque bien pronto vivirá en Viena, dedicándose a la literatura y en general a la escritura y el pensamiento. Ejercerá como corresponsal para el Neue Freie Presse cubriendo los avatares y la crisis del caso Dreyfus. Fue este hecho el que le llevará a forjar una idea sencilla pero decisiva: la creación de un Estado Judío.

¿Correspondía este objetivo, el de un Estado Judío con la vieja aspiración de recuperar Sión para los israelitas? No exactamente. La meta de Herzl no recibió el apoyo unánime y, por eso, no extraña la acusación de herético y de soberbio que le dirigieron numerosos judíos ortodoxos. Pese a que nuestro autor creía estar desarrollando una idea antigua, incluso aceptable para los creyentes, en realidad su opción política, su meta, era un objetivo reciente que no se remontaba más que a la segunda mitad del siglo XIX.

Les propongo la lectura de su obra más famosa, aparecida en 1896: El Estado Judío ( 2005). En este pasaje, el autor quiere condensar y en parte anticipar no la historia sagrada, sino la historia profana de esa parte del mundo y, al final, de nosotros mismos. Les reproduzco uno de los párrafos más señaladamente significativos.

“Palestina es nuestra inolvidable patria histórica. Su solo nombre ejercería un poder de convocatoria fuertemente evocador para nuestro pueblo. Si Su Majestad el Sultán nos concediese Palestina, nosotros podríamos comprometernos a poner completo orden en las finanzas turcas. A favor de Europa construiríamos allí una parte de la fortificación que la defendería de Asia, haríamos de avanzada de la cultura frente a la barbarie.

Como Estado neutral mantendríamos relaciones con toda Europa, que estaría en la obligación de garantizar nuestra existencia. Respecto de los santos lugares de la Cristiandad cabría buscar una fórmula de derecho internacional que estableciese su extraterritorialidad. Conformaríamos la guardia de honor en torno a los santos lugares, y nuestra propia existencia sería el garante del cumplimiento de dicho deber. Esa guardia de honor sería el gran símbolo para la solución de la cuestión judía, tras dieciocho siglos de penalidades”.

Si se fijan bien, en estas palabras no hay una presencia explícita de la Providencia y, en todo caso, ésta no estaría aquí para salvar o para condenar a quienes hacen y emprenden ideas nobles o desacertadas. Somos los seres humanos los que optamos por la cultura o por la barbarie. Aun así, todavía preguntamos: ¿Dónde, pues, está Dios?
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Dos. Hay días en que nada te apetece, en que la simple observación de los periódicos te produce hastío y sensación de repetición, de entrega o servidumbre. Es tan evidente la realidad que transmiten los medios; es tan previsible el mundo que describen los reporteros… En vez de escribir larga, extensamente, hoy prefiero leer (¿y cuándo no prefiero leer?): esa impresión de aprendizaje y silencio, de asimilación y estudio. Leía tiempo atrás el librito de Ian Buruma y Avishai Margalit dedicado a examinar el Occidentalismo (2004); y también regresaba a ese breviario de George Steiner titulado Nostalgia del absoluto (2001). Vacío o hueco que rellenan creencias variopintas e insólitas, sistemas de gran aparato racional; oquedad que cubren nuevas fidelidades trascendentales y triviales.

I want to believe!

También leí tiempo atrás una obra de Victoria Camps y Amelia Valcárcel​ El título –prometedor– se las trae: Hablemos de Dios (2007). Me doy cuenta de lo que hay de común en dichas lecturas aparentemente incongruentes o contradictorias: el peso, el papel de lo religioso en nuestras vidas, ese delirio de trascendencia que puede llegar a ser una psicosis dañina, justamente algo de lo que les hablo a mis alumnos al tratar a Sigmund Freud.

No sé. Vengo leyendo textos sobre Dios que se deben a agnósticos reconocidos (Victoria Camps, por ejemplo) o a ateos empeñosos (Fernando Savater, del que escribí una reseña en Ojos de Papel), y me veo disfrutando de literatura fantástica, como Jorge Luis Borges decía maliciosamente. Pero me veo interesándome en la apolegética católica que ahora cobra dimensiones neoconservadoras e inquietantes en una editorial que fue pujante: Ciudadela.

Así se llama o se llamaba, nada menos. El bastión de las verdades, el dique de la increencia, el freno del relativismo. Es hasta probable que lea alguno de estos opúsculos: ¡tanto es mi interés por la literatura fantástica! De momento, me resigno a volver a Camps y a Valcárcel: es el único modo de abordar razonable y racionalmente esa figura omnipotente y omnisciente que es Dios.

¡Estoy tan ricamente, en el cielo! Les tendré informados de lo que ambas filósofas me dicen. El espejismo de Dios (2006), de Richard Dawkins, lo dejo para otro día. Aún no es recomendable: tantos libros para alternar con Dios me pueden provocar visiones teologales.

Si lees estas cosas –me escribe alguien que no me conoce bien–, es porque eres una persona religiosa. Sacaré de un error a este corresponsal, aunque lo que yo crea es, por supuesto, secundario y escasamente interesante. En todo caso, para responder me valdré de Borges.

“Los católicos creen en un mundo ultraterreno, pero he notado que no se interesan por él”, decía. “Conmigo ocurre lo contrario; me interesa y no creo”, apostillaba el argentino. A mí no me interesa especialmente la vida eterna –esa de la que trata Fernando Savater en una obra homónima–, ni tampoco creo. ¿Entonces? Lo que de verdad me preocupa es la vida sublunar, una existencia para la que no hay respuesta (así lo pienso) y a la que hay que fundamentar y organizar aceptablemente.

Por eso, ha de interesarnos la ética, el establecimiento de unos supuestos morales inmanentes a los que atenerse. Pues bien, eso es lo que Victoria Camps y Amelia Valcárcel trataban en su libro con gran finura. Procederé a releerlo.

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“Los partidos parten”

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Cero. De entrada pido perdón por hablar tanto y tan seguido de una cosa abstrusa (que no absurda): el partido político. En la España del último franquismo los parafraseos, las paráfrasis y los sobreentendidos eran lo corriente.

Gonzalo Fernández de la MoraA ver si esto que digo sirve para entender lo que pasó y lo que aún nos pasa. No hablo en concreto de ninguna formación, pero en todas ellas veo lo que digo. Empecemos con esas cuatro trivialidades bien sabidas que se me permitirán. Lo diré dos veces, no sé si con las mismas palabras.
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Uno. “Los partidos parten”, decían algunos de los intelectuales más refinados del franquismo penúltimo, aquellos que veían con hostilidad y temor toda apertura política. Si no recuerdo mal, fue Gonzalo Fernández de la Mora uno de los primeros que pronunció esta ocurrencia. Descendía de monárquicos ultras y sus ideas eran propias de un modernismo reaccionario, ajeno al catolicismo social.

Fernández de la Mora era por entonces, por los años sesenta y sententa, un intelectual muy leído: tanto en el sentido de que él tenía una sólida formación antilberal…, como en el otro: en la acepción de que le leían como editorialista de ABC durante la década prodigiosa.

Fue ministro de Obras Públicas posteriormente, entre 1970 y 1974 y popularizó la fórmula de ‘Estado de Obras’. Frente a las ideologías, frente al comunismo, frente a los partidos, el régimen del Generalísimo puede ofrecer una contrapartida: los Planes de Desarrollo y, sobre todo, la creación de una infraestructura material. Los partidos, pues, son una perturbación para un Estado tecnocrático.

Luego otros ministros del Caudillo –como Alfredo Sánchez Bella– insistirán en este aserto: justamente tras el asesinato del almirante Carrero Blanco (1973) y justo cuando comenzaba el Espíritu del 12 de Febrero (1974), fórmula que compendiaba la declaración de intenciones y la Ley de Asociaciones que inició Carlos Arias Navarro. ¿Qué era tal cosa? Una tímida apertura del Régimen que reconocía la existencia de cierto y limitado pluralismo.
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Dos. Pero volvamos a don Gonzalo. Al fin y al cabo, él se especializará después de la muerte de Franco en la partitocracia. Ya no hay asociaciones políticas. Hay partidos. Temeroso de la “sopa de siglas” (es decir, de la multiplicación de partidos tras años de prohibición y persecución), Fernández de la Mora nos advertirá contra sus males. Contra los males de la partitocracia.

Qué paradoja: don Gonzalo estudiaba un vicio del sistema de partidos justamente cuando en España aún no había partidos legales y reconocidos, sólo un Movimiento presuntamente unificador heredero de una dictadura (1937). Fernández de la Mora se equivocó de tiempo y de objeto de conocimiento. Insistió en el error.

O, mejor aún, quiso advertirnos de los males que se nos venían encima si se institucionalizaba un sistema de partidos. Don Gonzalo parecía no darse cuenta de que Falange Española Tradicionalista y de las JONS, luego Movimiento Nacional, era un partido: el partido único.

¿Parecía no darse cuenta? No. Simplemente, los ‘nacionales’ habían negado bien pronto que el Movimiento fuera un partido. El régimen de Franco era una “democracia orgánica”, decían, basada en la recia o en la rancia tradición española, una democracia con representación estamental, según expresión de la época. Por ello, los sistemas inorgánicos (como el régimen de partidos) no pertenecía a la Nación. Un galimatías, sin duda. Fernández de la Mora era algo más refinado que todo esto: se inspiraba en Daniel Bell y en Raymond Aron, dos sociólogos muy apreciables, dos conservadores esforzadamente anticomunistas que analizaban el capitalismo posideológico. Pero lo dicho por don Gonzalo era la versión castiza del fin de las ideologías.

Él, Fernández de la Mora, estaba en plena campa de difusión de El crepúsculo de las ideologías (1965), uno de los libros cimeros del penúltimo franquismo y, claro, le convenía subrayar el acierto del Régimen: no hay ideologías omnicomprensivas que se opongan, que estén en liza, en la España del Caudillo. Eso es cosa del pasado y de los totalitarismos, del bolchevismo. Ahora toca tecnocracia. Y toca bienestar. A Dios rogando y con los alicates apretando. Los partidos parten. ¿Pero qué es un partido? Para la cultura política de la época, un partido político era un arcano, algo tendencialmente peligroso. No había cultura democrática…
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Tres. Un partido es una organización, es decir, una estructura y una jerarquía concebidas para la lucha electoral, para hacerse con el poder. Debe aunar voluntades y, por tanto, sus militantes, simpatizantes o simples votantes deben ser convencidos para que empujen en una misma dirección. Esto es, todo se concibe para obtener ese triunfo electoral que aupará a los dirigentes de la organización.

Porque, en efecto, un partido no es sólo (o principalmente) la suma de sus miembros: es sobre todo un liderazgo que congrega y dirige, que representa y vela por los intereses que la organización dice encarnar. Su funcionamiento interno y sus luchas externas tienen ese fin y, por tanto, no es necesariamente una comunidad de individuos iguales, sino una asociación en la que hay un reparto desigual del poder y de la influencia.

Precisamente por eso, no es extraño que los partidos –que son un instrumento esencial de la democracia parlamentaria, del sistema representativo– tengan las tensiones características de toda sociedad. En los grupos humanos, hay ambición, egoísmo, rivalidad, altruismo, entrega, abnegación, soberbia, estulticia y laboriosidad.

Nada de eso puede ser extirpado –como dicen desear los tiranos– sin amputar la condición humana y, nos guste o nos disguste, esas virtudes y esos vicios acompañarán a quienes militen en un partido: no son su segunda piel, sino su misma condición humana. ¿Hay modo de frenar lo peor que puede darse o hallarse en un partido?

En un sistema democrático, el partido no puede profesarse como antidemocrático y, por tanto, los estatutos que regulan su funcionamiento imponen una forma institucional que no contradiga los principios constitucionales básicos. Ahora bien, en el seno de la organización no hay sólo estructuras: hay individuos que trabajan por el partido y éstos, lógicamente, tienen intereses a veces comunes, a veces dispares, y, por ello, alientan colusiones y colisiones, ambiciones y servicios.

De lo que se trata es de que esas ambiciones y servicios no se empleen para perpetuar a los dirigentes que se han alzado a dicho puesto gracias a sus cualidades o a sus manejos. De lo que se trata, en fin, es de que el funcionamiento interno sea lo más democrático posible: que su concurrencia a las urnas sea lo más transparente posible y que, por tanto, los cargos sean efectivamente revocables. Una parte de lo que se llamó el desencanto, la decepción de nmerosos votantes con la democracia recién estrenada, se basó en esto: en la profesionalización de los cargos, en la perpetuidad de los empleos.
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Cuatro. Un partido político es una organización cuyo fin es gobernar: acceder a los puestos de responsabilidad institucionales en que se toman las decisiones. Las decisiones son las leyes, las normativas, los reglamentos, los códigos, etcétera, que rigen las acciones y las relaciones de los ciudadanos. Como vivimos en una sociedad que precisa del orden, el orden de los individuos es el marco posible de sus actos. Hay cosas que pueden hacerse y cosas que no pueden hacerse; cosas que se pueden hacer en la esfera privada y cosas que no se pueden hacer en la esfera pública.

La distinción entre lo público y lo privado es constitucional, es fundacional en nuestra sociedad. Lo político, todo lo que forma parte del sistema político, es propiamente público. En principio, lo público es lo que a todos pertenece y lo que puede mostrarse, lo que no está sometido a secreto o a reserva, como precisó Georg Simmel. Lo privado es el acuerdo entre particulares, sus convenios; en cambio, lo reservado es aquello que no debe ser visto u observado sin la autorización del individuo o de los individuos relacionados.

En principio, lo privado es lo particular, pero sobre todo es lo individual. Ahora bien, los individuos emprenden acciones, pero no todas las acciones son privadas: no todas puede permanecer al margen del control público. Los partidos políticos son instituciones públicas. Tratan de los asuntos generales, tratan de los intereses generales y tratan de establecer las normas que protegen lo privado y los códigos que salvaguardan lo público. Para lograrlo han de acceder al poder. El poder es la capacidad que se tiene para obligar a hacer algo, indicaba Max Weber.

Estas cosas las sabían los constitucionalistas de 1978, aquellos que redactaron la Carta Magna a partir de una experiencia personal y familiar, a partir de unos conocimientos técnicos, a partir de unos dolores y desgarros, a partir de unas expectativas.
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Cinco. En principio, todos los recursos del partido se orientan a tal fin: la obtención del poder. ¿Y cuáles son esos recursos? En primer lugar, sus militantes, el número mayor o menor de personas que integran la organización. En segundo lugar, sus pertenencias (sedes, bienes materiales, etcétera), una suerte de patrimonio material con que hacer frente a sus reuniones, a sus obligaciones. A la vez, un partido político es, en sí mismo, un recurso de la democracia, un instrumento del sistema.

Como la mayoría de los ciudadanos suelen desentenderse del esfuerzo político, la democracia representativa funciona por delegación: funciona gracias a los partidos, instituciones reconocidas que compiten entre sí para lograr el mayor número de representantes en el Parlamento: lo que serán las Cortes españolas, según la Constitución de 1978. Es allí en donde se tramitan las leyes que luego regirán y darán cauce a las acciones de los ciudadanos.

Los partidos políticos, sus federaciones regionales y sus organizaciones locales tienen congresos. En esas convenciones, los participantes aprueban o desaprueban ponencias, eligen a sus dirigentes o revocan a los anteriores, idean proyectos y, cuando la ocasión lo merece o lo exige, cambian sus estatutos internos.

Repito. Un partido político es un agregado de intereses, una organización que dice representar los intereses de una parte o de la totalidad de la población. Intereses son objetivos que alguien se propone alcanzar, pero son también las ventajas ya logradas, ya consolidadas.

Los partidos se ofrecen a la sociedad para representar esos objetivos y esas ventajas. Como resulta que el sistema político democrático es un régimen representativo, unos toman las decisiones políticas, pero es la mayoría la que elige a quienes elaborarán las leyes. Las leyes son el reconocimiento de esos intereses: los objetivos y las metas a que tienen derecho los ciudadanos de un Estado.

En sociología al sector que constituye el partido se le llama ‘in-group'; a quienes son ajenos, externos o incluso hostiles a la organización forman el ‘out-group’. En principio, los miembros de un partido comparten los mismos intereses frente al ‘out-group’. Un partido es una asociación, en el sentido que le diera Ferdinand Tönnies a esta palabra: un agregado humano en el que los individuos están relacionados por vínculos secundarios. Uno participa en un partido…

Pero entre los miembros de dicha organización tienden a crearse redes de cohesión, vínculos que estrechan sus relaciones: se identifican con el mismo partido, se hacen solidarios de sus triunfos y de sus fracasos y emprenden, como organización, una acción colectiva. Por eso decimos que pertenecemos a un partido, como si de una comunidad se tratara: un agregado en la que sus integrantes estrechan vínculos primarios.

Ahora bien, más allá de la cohesión frente a los externos, los militantes pueden enfrentarse por los diferentes intereses con que internamente se oponen. El Gobierno que emana del Parlamento está fuera de la organización, pero el poder empieza en cuanto hay diferentes individuos que han de repartirse un recurso escaso. Y escaso es el poder de decidir sobre miembros y sobre pertenencias, sobre logros futuros.

Todo esto, señores, lo tuvimos que aprender deprisa y corriendo, con más voluntad que habilidad. El Franquismo había evacuado toda reflexión política de hondura, había extirpado el pensamiento ideológico. ¿Lo había logrado? Sin duda, el totalitarismo aspira a tal cosa. Pero una dictadura que se prolonga raramente elimina la discrepancia: aunque emplee sistemas represivos de extrema dureza. Raramente elimina la discrepancia y para mayor inri su fortaleza se vuleve rutina, su carisma –si es que lo hay– se vuelve automatismo.

Cuando Franco agoniza y muere, efectivamente los partidos parten. Pero don Gonzalo se organiza formando y presidiendo el partido de Unión Nacional Española, una incongruencia. Poco tiempo después, en 1976, Gonzalo Fernández de la Mora será condecorado por el General Augusto Pinochet. En la embajada de Chile recibirá la Gran Cruz de la Orden del Mérito, entregada por el embajador de dicho país en España.
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Seis. La envidia igualitaria (1984) es uno de los libros más apreciados de este ilustre reaccionario. Se trata de un furioso libelo antiliberal, un panfleto de mucha hondura contra la mesocracia y el Estado del bienestar. Tendrá numerosos lectores y algún que otro comentarista que elogie el volumen con énfasis y mucha fraternidad. La anécdota es bien conocida. ¿A quién me refiero?

A Mariano Rajoy.

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El antifranquismo imaginario

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Padres decepcionantes

11081405_10205752283026848_6494794077921875603_nLas preguntas de la infancia son las que perduran, las que no podemos desechar. Pasa el tiempo, pasan los años lentos de la adolescencia y, sin embargo, ahí siguen con toda su latencia.

Te fijas en tus padres, en los mayores y, cómo no, adviertes incongruencias, cosas que dicen y que luego no hacen; o al revés: metas que incumplen a pesar de no haberlas revelado. Los adultos son decepcionantes, esos padres nuestros que no están a la altura imaginada.

Siempre cabe soñar, incluso, con que hemos sido víctimas de un engaño: que esos que dicen ser nuestros padres son en realidad unos impostores. ¡Pero si eres clavadito a tu papá, pero si tienes la piel fina y tersa de tu mamá! Son pruebas palpables de la genética, del linaje.

Es igual. La superchería es perfecta: claro que nos parecemos a esos que dicen ser nuestros progenitores. Las grandes mentiras y los fraudes perfectos son aquellos hechos con restos de verdades.

¿Y a qué conclusión llegamos? Normalmente aprendemos a vivir con la frustración: la resignada aceptación de que esos padres efectivamente decepcionantes por imperfectos son de verdad nuestros padres.

Es duro admitirlo, pero el resultado puede ser liberador (estoy es lo que hay, esto es lo que da de sí la raza); y puede ser insoportable: ajá, son mis padres, pero parecen tener todos los defectos. En un certamen mundial de paternidades imperfectas, éstos se llevarían el máximo galardón.

En ambos casos aprendemos a frustrarnos, a tolerar las decepciones, pues tampoco nosotros, estos nuevos adultos, somos gran cosa. Bien es verdad que a veces nos engañamos con ganas para así creernos mejores.

Pero los tropiezos que tenemos o que tengamos nos harán apearnos. También somos decepcionantes para nuestros hijos y para nosotros mismos. ¿Y en esto consistían las promesas infantiles de omnipotencia?

Qué equivocados estábamos: tropezamos perezosa o enérgicamente con las cosas que no sabemos hacer, con las metas que jamás alcanzaremos. Por eso se nos verá como padres lamentables o poco fiables o torpes.

Dado que a ojos de los demás siempre recaemos en los mismos vicios o cometemos las mismas faltas, dado que el presente siempre nos muestra derrotados o mal acabados, entonces algunos encuentran una solución manejable.

¿Cuál? Inventarse un pasado de gloria, rehacer los años pretéritos, con una identidad mejorada o con unas gestas memorables. Pero lo mejor es que no hay nada o casi nada de memorable, porque lo que se recuerda es inventado, fantaseado.

Todo encaja y el brillo de la autobiografía hace desaparecer las torpezas o una vida calamitosa. Ahora bien para ser creíble es preciso tener dotes, dotes de narrador, de actor, dotes para mentir con confianza y verosimilitud.

El antifranquismo imaginario

En la España del último Franquismo o en el país inmediatamente posterior, no fueron pocos quienes se forjaron un pasado de opositor, de firme oponente a la dictadura. El miedo se había impuesto en una sociedad desmovilizada, desmotivada, adaptada a la fuerza a un Régimen de partido único, de intolerancia política y de represión, pero también de consensos y de ‘omertà’.

10441438_10205752283986872_4065144594220164822_nQuienes se inventaban pasados ejemplares quizá no tenían malas intenciones, quizá no lo hacían con la voluntad expresa de estafar a los otros. Sencillamente, adecentaban su autobiografía con un antifranquismo imaginario, aseaban una vida mediocre, resignada o hundida con cuentos inverificables o que creían inverificables.

Pongamos un ejemplo literario. El dueño del secreto (1994), de Antonio Muñoz Molina. La historia se desarrolla en Madrid en mayo de 1974, esto es, en ese franquismo que ya se atisba terminal.

“En 1974, en Madrid, durante un par de semanas del mes de mayo, formé parte de una conspiración encaminada a derribar el régimen franquista…” Sobre esta novela escribí en ‘Antonio Muñoz Molina. El pasado en nuestras manos Fórcola Ediciones, 2014). Regreso ahora con otras palabras para subrayar el peso del pasado glorioso, la presunta gesta que nos adecenta.

Quien protagoniza los hechos es un muchacho que está en el Madrid de 1974. Pero quien lo cuenta es él mismo dos décadas después, hacia 1993: cuando ya es un adulto instalado en el pueblo. De Madrid salió en 1974. Regresa a su pueblo, en efecto, y por lo que confiesa ya no ha vuelto a la capital.

¿Sabe lo que cuenta? ¿Se equivocó entonces pero ahora, en 1993, acierta al contarlo de determinada manera? Yo sostengo que el narrador tiene serios problemas cognitivos, perceptivos, desiderativos. Pido perdón por las cacofonías.

Cuando el protagonista era una persona joven confundía la realidad con sus deseos o con sus miedos o con sus fantasías. Mucho tiempo después, cuando narra, sigue equivocado echando en falta lo que nunca tuvo, lo que nunca vivió verdaderamente. No supo frustrarse, parece ser

El narrador no ha madurado exactamente, no sabe ajustar cuentas con su pasado real o ficticio, no ha hecho el duelo correspondiente y no sabe asumir lo que perdió, algo que no estaría perdido del todo porque él dice conservarlo en su memoria.

¿Tiene algún interés esta novela para hablar del antifranquismo imaginario? Creo que de ella puede aprenderse algo de lo que son las novelas, del mundo posible que hay en ellas. Y puede aprenderse cómo tantos se mintieron y cómo tantos no vieron en el franquismo porque no supieron o no pudieron mirar en una etapa de doblez y falsedad.

Es algo frecuente en las novelas de Antonio Muñoz Molina: por ejemplo, Carlota Fainberg (1999) o En ausencia de Blanca (2000). En ambos casos, los narradores cuentan algo más o menos remoto que les afectó profundamente. Cuando lo rememoran tiempo más tarde, ya disfrutan de cierto acomodo o de cierta estabilidad: estabilidad mediocre, pero aceptable.

Son individuos más o menos cobardes o acobardados que se han resignado. Son los damnificados de la provincia, aquellos que tuvieron expectativas, expectativas a las que renunciaron chasqueados. En el franquismo o después.

Cuando recuerden, lo harán con autoengaño, con la añoranza confusa de quien cree haber vivido lo que sólo fue una fantasía. La evocación no es, en este caso, madura: no redime. Es consoladora. En dichas novelas, la mujer como figura evanescente, misteriosa, es el centro del error que no se percibió entonces y no se distingue ahora. Los protagonistas masculinos no se enteraron entonces y no se enteran ahora.

En El dueño del secreto, el narrador vive en la ensoñación varias décadas después: aún confunde lo que es real con lo quiso ver y aún cree: que participó en una conspiración antifranquista.

Era un muchacho impresionable, un joven provinciano que queda pasmado por el Madrid deslumbrante que un adulto fantasioso le presenta. Es una especie de mentor. ¿Su nombre? Ataúlfo Ramiro Retamar. ¿Su profesión? Abogado. ¿Su condición? Crápula. Sólo es un crápula, un espléndido mentiroso. Pero el narrador no lo vio así y sigue sin verlo.

Lo cree un tipo importante y todavía cree en sus embustes. Sin embargo, todo es más prosaico: no hay, no hubo, conspiración. En realidad, el tal Ataúlfo era un adúltero empedernido. Nada más. La operación política sólo era una tapadera narrativa, pues únicamente había una cuestión de cuernos. Ahora bien, el muchacho se cree coprotagonista de una conspiración.

Luego, cuando nos lo cuente años después, aún creerá que fue copartícipe de esa operación. ¿Qué duelo va a hacer quien no sabe lo que tuvo ni lo que perdió?

Como señaló el novelista en su momento, el personaje de Ataúlfo está inspirado en una persona que él conoció, alguien muy fantasioso y mendaz. Concretamente dice Muñoz Molina: la novela se fundamenta “sobre todo [en] un recuerdo, el de un hombre estrafalario y admirable a quien yo había conocido en Madrid en 1974, y que me había hecho creer, entre otros embustes de su imaginación alucinada y generosa, que estaba implicado en una conspiración para derribar a Franco”.

Antonio Muñoz Molina sabe que eso era una fantasía. El narrador de su novela no lo sabe y aún sigue preguntándose por una conspiración de la que no hubo atisbos.

Hay que mirar con cuidado, hay que evitar el autoengaño, cosa que no hizo el protagonista y narrador de ‘El dueño del secreto’. Pero la vida es muy dura y nuestra mediocridad insoportable.

La España del último franquismo, del principio de la transición, realizó un gran esfuerzo político y emocional. Había que asumir las cargas, la represión, el dolor que la dictadura había ocasionado. Pero había que asumir con verdad y dolor el franquismo sociológico, la aceptación, forzada o resignada de una población que participó activa o pasivamente en un Régimen ignominioso e inacabable, había que sobrevivir. Y sobre todo algunos tuvieron que pensarse mejores de lo que eran.

El protagonista de El dueño del secreto es el epítome de quien se engaña para pensarse mejor de lo que fue, para salir de un franquismo y de una España embarazosamente mediocres. Más que ser un tipo de pérfida doblez, el narrador carece de visión y de referentes, de un marco con el que dar significado.

Es decepcionante, pero lo ignora. Fue torpe y lo sigue siendo. Cree participar en el antifranquismo organizado y sólo fue, sólo es, un pobre diablo, un alma bella, la inconsciencia pura del franquismo sociológico. Ahora, muchos años después, es un padre ejemplar. ¿Ejemplar? Estarán orgullosos de él sus hijos adolescentes?

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Extracto de un capítulo de Españoles, Franco ha muerto, por Justo Serna (Madrid, Punto de Vista Editores, en prensa)

Moncho Alpuente. Estamos perdiendo a la juventud

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Leí novelas suyas, esos libros disparatados en los que hacía escarnio de poderosos y nuevos ricos, de Jesús Gil y de otros monstruos locales.

MonchoAlpuenteEntre las fobias de Moncho Alpuente estaba Esperanza Aguirre. Ella no es monstruo. No da miedo y se la ve venir. Pero todo en ella da pánico. Esa sexagenaria, Dios, tan hacendosa. Me recuerda a una ancianita de aquellas que salían en Arsénico por compasión. Pero en peor. Sin ese encanto morboso. Qué espanto.

Lo escuché en la radio, en donde la fina ironía de Moncho Alpuente te hacía reír a mandíbula batiente. Con esa voz jocunda, temblorosa. Y grave. Y esa erudición abundante. Y, a la que te descuidabas, cantaba: con aquellos grupos insólitos y castizos como ‘Las madres del cordero’.

Lo vi por primera vez en televisión. En un blanco y negro, espeso, severo y administrativo. Por ello puedo decir que todo lo que sé del pop comencé a aprenderlo con él, con Moncho Alpuente. ¿Cuándo? Allá a finales de los sesenta…, cuando formaba un tándem con Gonzalo García Pelayo en una España carpetovetónica.

Ambos, melenudos; ambos, barbudos. Sorprendentemente, aquellos jóvenes nos instruían en el mal, en la lascivia y en la inmoralidad, en la ‘joie de vivre’ y lo hacían desde TVE. El enemigo en casa…

Sin duda, el Caudillo tenía razón cuando señalaba al almirante Carrero Blanco lo siguiente: “estamos perdiendo a la juventud, estamos perdiendo a los jóvenes”.

Pues sí: hemos perdido a un joven corrosivo, al gran Moncho Alpuente.

Las Fallas. Lo que queda de ellas

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Pasajes de JS, La farsa valenciana (Madrid, Foca, 2013).
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LaFarsaFallas.
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Uno. “…¿Qué ocurre en nuestros días? Hay entre los falleros gente moderada y sensata, gente que se explaya y que se solaza sin infligir daño y sin agredir. Pero hay otros, personajes temibles que viven agazapados durante el resto del tiempo y que como fieras irrumpen ahora, personajes que se arrogan el derecho al estruendo y al rugido, cuando nadie les niega el derecho a expresarse ordinariamente puesto que viven en sociedades permisivas. Es por eso que las fiestas populares son aquí y allá la excusa para que algunos brutos se ensañen con los débiles, para que muchos se arranquen la careta de la sociabilidad y de la cordura y se entreguen con desenfreno a un delirio colectivo…”
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Dos. “Se pronuncia la misma proclama de nuestra alcaldesa, ese ditirambo inaudible con que se abre cada año la juerga del pim pam pun, ese sermón festivo con que la enérgica munícipe agita al vecindario y a los forasteros. Se instalan las mismas carpas, que ocupan el espacio como si fueran gigantescas tiendas de campaña, con una multitud que vivaquea al raso. Regresan los cohetes cuyo estruendo se apagó y niños fieros con idéntica furia desenvuelta, espoleados por unos padres incendiarios, nos aturden con una pirotecnia temeraria. Se levantan unos monumentos que creíamos desaparecidos, combustible de otras Fallas, pero que reviven igual, con la misma estética acomodaticia, con esos muñecos que ya teníamos vistos, con esos petimetres gobernados por mujeronas de grandes curvas y de pechos nutricios. Se engalanan las calles con idénticas banderitas y perillas de colores, unas calles en las que estalla durante días y días una jarana desconsiderada y non stop. Reaparecen vecinos a quienes habíamos perdido la pista, habitualmente comedidos y silenciosos, ahora convertidos en portavoces uniformados del contento multitudinario. Se amontona la misma inmundicia: los mismos papeles, las mondas de fruta, los cascos y los vidrios rotos de otros tiempos. Más aún, da grima oler, como siempre, a ciudad meada, a amoniaco: el mismo rincón de todos los años es bueno para el alivio mingitorio. Un vandalismo recreativo que destruye y quema con ardor los enseres del mobiliario urbano transforma el aspecto de la ciudad y nos la deja como tiempo atrás, como hace doce meses. No hay nada nuevo: siempre el mismo estrépito y la misma ilusión…”
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Tres. “…Una arrogante brutalidad de cristales rotos, la incultura adueñándose de ciertas calles, el estrépito motorizado, el desenfreno de la pólvora y del fuego, el engreimiento de quienes incendian papeleras, contenedores, orinan por todas partes. Mientras tanto, nuestros munícipes parecen callar o jalear a los juerguistas como si ya estuvieran resignados a la expansión, como si sólo fueran capaces de demagogia…”
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Cuatro. “…Afloran aquí y allá los mismos tenderetes que ciegan las aceras impidiendo el tránsito de peatones. Se emplazan innumerables puestos de churros y buñuelos cuyos humos y aceites asfixian… dejando el paladar y el olfato embreados. Estallan los mismos cohetes, nos ensordece el mismo estruendo y jovencitos feroces e insaciables, con idéntica energía, acicateados por unos padres temerarios que por momentos parecen olvidar la cordura, nos estremecen. Se instalan unos monumentos falleros que creíamos ya incinerados, años atrás. Se adorna la vía pública con idénticas señeras y bombillas de colorines, con las mismas banderolas que con insistencia nos advierten, por si alguien lo había olvidado, que estamos en tierra de valencianos: las mismas perillas que anuncian con despilfarro, con disipación, el general regocijo, una vía en la que todo el mundo parece entregarse a una furiosa bulla de discomóvil. Se acumula la misma basura: los mismos botes estrujados de cerveza y las mismas botellas astilladas de whisky. Produce desagrado oler, como siempre, a ciudad amoniacal y mefítica, el vómito esparcido con que los más jaraneros o incontinentes se alivian rociando el asfalto y los adoquines. Es un vandalismo mediterráneo, claro, salpicado de orín y gentío…”
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Cinco. “…Quienes se oponen lo detallan así: las fiestas son verbenas atronadoras con disco móvil; son padres e hijos entregados a la explosión; son jóvenes entonándose con descaro o bebiendo cubalitros de garrafón; son calles tapizadas con vidrios, con restos carbonizados, calles regadas con orines. ¿Y qué hacen los agnósticos de la Falla? Como ya no esperamos nada, simplemente nos entregamos, nos rendimos o nos vamos. Algunos incluso rezan a San Josep para que nos libre pronto de todo esto. Esperamos -eso sí- que el propio santo no acabe entre las piras humeantes del jolgorio municipal…”
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Seis. “…De repente, la ciudad se vuelca al exterior: hay que vivaquear bajo sombrajos muy suntuosos. Y de pronto, todo el mundo parece alimentarse con buñuelos y churros. Imaginen la escena preferentemente nocturna. Las calles iluminadas por miles de lámparas, con una ornamentación recargada y predecible. ¿Crisis? Aquí no hay contaminación lumínica. Lo que tenemos es disipación mediterránea. Como Rita Barberá. Pero sigan por esa ciudad festiva. Los aceites asfixian o atufan, las explosiones asustan, la jarana ensordece. Para acabarlo de arreglar, bombas de gran estruendo explotan siempre a tu lado. Todo es un frente: con esa pestilencia que dejan los orines, las cervezas y los alcoholes mayores, y con esas brasas que aún humean. Con un poco de suerte no tropiezas entre botes y botellas astilladas. Hay furia explosiva, mucho retumbo y gran algarabía: de cuando en cuando oímos a la alcaldesa. Y hay también un vandalismo imaginable: el incendio del mobiliario urbano. Un ejemplo. Días atrás apresuré el paso cuando estaba cerca de un contenedor de vidrio. Unos perturbados ya talludos lanzaban cohetes al interior. La detonación fue extraordinaria: el ruido de las esquirlas acobardaba, pero ellos se reían a mandíbula batiente. Y eso es lo que hacían: batían palmas de tan divertidos como estaban con su pirotecnia demente….”

El espejo del alma

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imageHay personas que se nos parecen. Otras, ya lo son. No sabemos quiénes somos. Pero vamos aparentando una identidad, lo mismo, lo idéntico…, rotulados con un nombre. La mirada nos delata, los ojos nos revelan. A quién corresponde ese gesto. Tiene un pronto reconocible, pero no es quien parece ser. Es más joven, es más apuesto. ¿De quién es el doble imprevisto, el doble mejorado? Una mirada risueña. ¿De quién?

Carlos Floriano no es un varón bien parecido. Su rostro resulta algo tosco, como el de un rústico al que hubieran trajeado. No quiero decir que parezca un paleto. Sólo que su aspecto revela a ese rústico que en algún lugar del mundo es su doble, su equivalente. Hay extrañas simi

imagelitudes, sorprendentes concomitancias. Miramos una foto de cuando éramos niños y vemos en esbozo una de las posibles personas que quizá llegaremos a ser. Nos miramos al espejo y según qué poses o luces o ademanes adoptemos, así nos veremos: por ejemplo, como el individuo que no esperaba ser.

Carlos Floriano es un tipo de hablar penoso, de razonamiento tardo. Es Profe, sí, y es doctor, pero de su interior emerge el rústico que él no es aunque lo parezca. Me encontraba paseando por París con mi señora esposa y unos queridos amigos cuando de repente descubrí unos carteles. Atravesábamos uno de los innumerables corredores del Metro. Hay gente sin techo que allí se guarece, hay músicos aficionados que allí pordiosean, hay tullidos que nos muestran sus llagas, sus pústulas, sus miembros amputados. ¿Pero cómo van a mostrarnos miembros amputados?, me corrijo inmediatamente.

Hay carteles de grandes dimensiones, retratos de artistas, pósters que anuncian actuaciones, recitales, exposiciones. Veo a un Paul McCartney cuya fotografía ha sido amplia y espantosamente retocada. Luce joven. O eso parece. Pero no. Aunque viste de negro, indumentaria siempre elegante, su piel es blanquecina: el rostro, sin arrugas, se ve tumefacto, de un gris enfermo. Parece un espectro. De verdad, da pánico. Veo el cartel anunciador de la Exposición David Bowie Is, estas semanas recala en París. Su rostro perfecto y setentero, de cuando el Glam, me resulta bello.

Veo, veo finalmente, a Tano. Tano es un cómico francés. No es muy famoso, pero por lo que sé sus actuaciones de opereta y su chispa inteligente comienzan a darle celebridad. En el póster posa con una sonrisa franca achinando los ojos. Es un hombre bien parecido. Aún es joven. Lo miro fijamente, miro su expresión y el corazón me da un respingo. Es él, pero no es él. Es como su reflejo mejorado y aún bello. Unos años más y unas arrugas más, y Tano será Carlos Floriano. No puedo creerlo.

Sigo atravesando los pasillos del metro y de cuando en cuando reaparece. En uno de los carteles le noto arrugas y unos labios más abultados, el inferior ya belfo. En su cara ya se atisban los rastros de una vejez prematura, los indicios de un rostro que será estólido.

La Valencia demente

Algunos no nos resignamos a la fatalidad. O eso creemos. Cada año nos ponemos a escribir sobre las fiestas josefinas, sobre el 19 de Marzo.

Con reiteración cíclica y con escepticismo nos pronunciamos acerca de las Fallas. Nos ponemos dignos para lamentar su deriva y para deplorar la explotación agónica y demagógica de la alcaldesa de Valencia.

En ‘La farsa valenciana’ (2013) dedico unas páginas a este ciclo previsible, a las Fallas como reiteración. Y también en mi ‘Bestiario español. Semblanzas contemporáneimageas’. (2014), doña Rita Barberá comparece para agravio nuestro.

Cada año nos caen, llovidos del cielo, miles y miles de euros. Los negocios se revitalizan, la valencianía reverdece y los alcoholes fluyen. Los literatos locales y sus dueños se ponen fenicios y cursis. Hay una pestilencia de orines. Loores y olores.

Mientras tanto, miles y miles de valencianos procuran escapar: huyen de una fiesta, de una saturnal que es ya el infierno tan temido. Quienes criticamos, dudamos o simplemente deploramos el estado rutinario e invasor de los Falleros somos objeto de rechifla o ultraje.image

Aquí, todo vale. La demagogia es una exaltación de lo popular, de lo que previamente ha sido definido como popular. Es un extremismo: una celebración incondicional del pueblo y sus virtudes, de la comunidad y sus valores, de sus representantes y sus cualidades. El plebeyismo es un encomio de los rasgos y las habilidades que presuntamente definen lo común.

Algunos letraheridos llevamos años y años diciendo las mismas cosas, repitiendo lo de siempre, reescribiendo lo dicho, criticando las dejaciones de los munícipes. Exactamente hace doce meses, yo mismo escribía:

“El rugido comunal de Rita Barbera da inicio a días y días de regocijos públicos. Los que escribimos siempre decimos lo mismo y, por supuesto, eso que reimagepetimos no sirve de nada: la mayor parte de las Fallas se desparraman en cientos de calles, se agigantan inúltimente y, de paso, exaltan lo obvio, un concepto artístico que a muchos nos produce escalofríos”.

La ciudad se desparrama, sí. Durante semanas de ruido y furia, de mugre y meadas, la convivencia se resiente. La ciudad tomada… Carpas gigantescas, verbenas inacabables, musiquillas kitsch, percusiones primitivas y gritos más primitivos y ultrajantes (“al bote, al bote, maricón el que no bote”).

Calles cerradas, inhabilitadas, con soberbia peatonal; miles de paellas humeantes, siempre aceitosas; luces de feria, millones de farolillos y perillas.

¿Qué más vemos? Pues los monumentos. La mayor parte de los cuales tienen una estética rancia y castiza: con protagonistas carnosas y varones escuchimizados. Muchos monumentos son ciertamente disuasorios.

Los aceites de buñuelos y churros asfixian con su pestuzo de refritos; las explosiones nos aturden, el insomnio nos enloquece: proyectiles de gran resonancia estallan siempre a nuestro lado.

Todo parece un frente de batalla, con cohetes irresponsablemente lanzados. Mientras tanto, la alcaldesa, doña Rita Barberá Nolla, padece detonaciones periódicas y una ronquera que da pánico, auténtica lija de licores.

Somos muchos los que ya no soportamos este botellón multitudinario y su estadio superior: el vandalismo. El incendio de papeleras y contenedores, de mobiliario urbano bate el récord. Mientras tanto, la Mare de Déu, que debería velar por todos nosotros, no nos asiste, deja hacer. Siempre la vemos muy pagada de sí misma. Con su manto de florecillas y sin mover un dedo. Ni uno.

‘Españoles, Franco ha muerto’

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Próximamente, un nuevo libro.

Recuento

imageDe manera periódica y con insistencia regular, don Francisco Franco Bahamonde regresa. Vuelve desde el pasado para hacerse presente, para manifestarse. Como los espectros que no acaban de abandonarnos y que se nos aparecen para vigilar lo que realizamos o lo que dejamos de rematar.

Al Caudillo le dan vida quienes lo adoraron o aún lo reverencian, quienes se opusieron a su régimen y todavía lo recuerdan, incluso quienes no lo vivieron y se interesan por lo que fue. Los historiadores, también.

Modestamente, yo mismo contribuyo a su vuelta, a su exhumación. ¿Cómo? Ahora, justo en este momento, le doy actualidad, una humilde actualidad, al dedicarle un libro, un libro que publica Punto de Vista Editores. ¿Y por qué hago esto? ¿Acaso por los cuarenta años transcurridos desde su muerte, un número redondo? ¿Acaso porque me faltan imaginación o intuición para tratar otros asuntos?

“¿Les parece que éste es el tema que más preocupa a la sociedad en estos momentos?”, dijo en cierta ocasón un político valenciano del Partido Popular. Se debatía en el Ayuntamiento de la ciudad la huella material del franquismo, si su presencia era una ignominia, algo inevitable o ambas cosas a la vez.

El munícipe popular reprochaba a los rivales, a los concejales de la oposición, que mencionaran al Generalísimo en una sesión, que le dieran una vigencia que no tenía. Muy interesantes ambas consecuencias: la exhumación y el malestar por la exhumación. Yo mismo como historiador y como ciudadano debería preguntármelo. ¿Preocupa don Francisco Franco a la España actual? Quizá sí; quizá no.

Admitamos que el Caudillo no interesara en absoluto, que su mandato hubiera sido prácticamente olvidado, que su dictadura fuera ignorada por quienes no la padecieron. Entonces, ese tema sí que sería realmente preocupante. ¿Por qué razón? Porque regresar a Franco como historiadores o como ciudadanos no es una arbitrariedad ni un anacronismo: en noviembre de 2015 se cumplen cuarenta años de su muerte y, por hache o por be, la chiripa y los números redondos nos convocan al recuento. Hay que hacer arqueo, sí señor, de la herencia que aquel Régimen nos dejó. Y hay que volverá contar lo que la memoria tapa o nos hace olvidar.

Franco, presente

Pero hay algo más, algo que enlaza directamente con la disputa municipal que antes mencionada. En 2009, la prensa publicaba una noticia de alcance: el descubrimiento del acta del Ayuntamiento de Valencia que, en sesión de 1 de mayo de 1939, aprobaba “un dictamen de la alcaldía, proponiendo, que se acuerde nombrar a S. E. el Generalísimo y Jefe del Estado Don Francisco Franco Bahamonde, Alcalde Honorario de esta Ciudad”.

El hallazgo tenía autor: era don Matías Alonso, a la sazón integrante de la Fundació Societat i Progrés. Ante el descubrimiento, el Partido Socialista quiso hacerse eco de esos datos para pedir la revocación de dicho título. En sesión de 27 de marzo de 2009, la mayoría popular del gobierno municipal rechazó tal petición. Por tanto, Franco siguió siendo alcalde honorario de Valencia.

¿Qué hacer? Yo propondría algo más: que una lápida colocada a la entrada de la institución informara de ese acuerdo remoto de 1939, con un memorial adjunto que además detallara el contexto de aquella decisión. No hay que asear el pasado. Hay que mantenerlo para ilustración y enseñanza. Más allá de lo que dicta la Ley de Memoria Histórica sobre monumentalidad franquista, creo que no debemos retirar a Franco de nuestro presente, de nuestras instituciones, de nuestro pasado más reciente. Lo que se reprime siempre vuelve…, y además regresa en forma de duelo mal elaborado, mal resuelto, algo pernicioso.

Comprendo que, al enterarse de aquel acuerdo del 39, los munícipes socialistas quisieran arrebatarle al dictador esa distinción, una ignominia. Pero, si me permite, el mejor modo de manejarse con el pasado de nuestras instituciones es mantener vivo lo que nos avergüenza para instrucción de las generaciones actuales.

La estatua ecuestre de Franco que campeaba desde los años sesenta en la plaza principal, en la Plaza del Caudillo se retiró en septiembre de 1983. Fue un acto de coraje político, cierto: un acto respaldado por la mayoría de izquierdas. Pero, al ser trasladada primero al Patio de Armas de la Capitanía General, dejó de ser visible. Allí permanecerá hasta ser depositada en una instalación militar de Bétera, sin ocupar el espacio público y sin incomodarnos con su presencia. Estuvo bien que se tomara dicho acuerdo, pero al final su feliz evacuación nos deja en la ignorancia, como si el caballo de Franco jamás hubiera estado entre nosotros. Y estuvo, vaya si estuvo.

Precisamente por ello, cuando leo sobre la victoria del 39, cuando leo sobre aquel jinete, siempre me repito lo que escribiera Louis-Ferdinand Céline: “Tienen mucha suerte los caballos, ya que si bien padecen la guerra como nosotros, no se les pide que la suscriban, ni que tengan el aire de creer en ella. ¡Desdichados pero libres caballos!”

Yo no padecí la guerra directamente, la Guerra Civil, pero de verdad que al final me dan ganas de relinchar. El libro que Punto de Vista Editores me publica es un relincho. Más aún, traigo alfalfa espiritual y voy a remover las heces y el estiércol. Españoles, Franco ha muerto, pero el franquismo es una patología política difícil de erradicar.

http://puntodevistaeditores.com

Muérete

“…su vida fue el más rotundo mentís dado a la justeza y a la necesidad de las adhesiones irrevocables y las pertenencias telúricas.

Emil Cioran fue un apátrida afincado durante muchos años en París, un escritor que, sin sentir nostalgia del limo original, abandonó el rumano a favor de la lengua francesa sin profesar nacionalismo alguno, un polemista dotado de humor y de desgarro, un estilista que hizo de la expresión su pasión, del retorcimiento elegante y del solecismo intencional su modo de salir airoso, de auparse por encima del idioma prestado.image

Fue alguien que predicó el hastío de vivir, la derrota que significa haber nacido, el vacío existencial, el recuerdo de un paraíso que no puede satisfacer nacionalismo alguno. Practicó un sedentarismo paradójico viviendo en hoteles durante mucho tiempo, evitando con ello el arraigo.

Disfrutó de las pequeñas cosas de la vida cotidiana sin darles la trascendencia grave y esencial de las que carecían. No se tomó enfáticamente y se vio con ironía, con la ternura del que se sabe desvalido sin comunidad de iguales, sin nación.

Recomendaba, por ejemplo, la visita frecuente al cementerio para aplacar el dolor humano, para rebajar la herida que lo ordinario nos inflige y, más aún -añadiría yo mismo-, para alejar la soberbia, para evitar la jactancia arrogante del éxito y del rebaño que nos acoge.A lo que nos cuentan, fue a la vez orgulloso y autopunitivo, tortuoso e irreparablemente vitalista sólo porque sabía de la posibilidad cierta del suicidio.

Un personaje así merece la pena frecuentarlo, pero un personaje así no es, desde luego, un buen aliado para justificar la causa del nacionalismo. Cuando se cierne sobre nosotros el narcisismo de las pequeñas diferencias, cuando las heridas que vivimos se nos hacen irrestañables o cuando creemos que no podemos aliviar el dolor, hay que volver a Cioran, alguien que abandonó la cerca, alguien que domeñó el idioma y que, a la vez, logró ser extraterritorial…”

Esto, que ahora reproduzco, lo dije en 2001, a comienzos de ese año. Décadas después he logrado visitar la tumba de Cioran, en el Cimetière du Montparnasse. Los cementerios son un lugar de recogimiento sí, pero son también el recinto de las bellas artes, de la vanidad y, por qué no, de la esperanza. ¿En la resurrección? Qué quieren que les diga. Cuando no se aguarda redención alguna, ni más allá, ni cielo, el camposanto te baja los humos. Ya no estás en las nubes.

Lo constato. Emil Cioran y Simone Boué descansan en paz.

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