Adiós a Manuel Talens

imageHa muerto un escritor, un prosista de mucho fuste con el que tuve la oportunidad de charlar, de bromear, de polemizar. No compartíamos las mismas ideas pero para mí siempre era un honor discutir con él. En persona o por mail.

Tuvo la generosidad de pedirme un artículo sobre su obra narrativa. Apareció en la revista ‘El maquinista de la Generación’ (Centro Generación del 27-Diputación Provincial de Málaga), número 16 de diciembre de 2008.

Lo reproduzco ahora como homenaje y despedida.

Manuel Talens. Las escrituras profanas (2008)

Justo Serna

Leer las obras de Manuel Talens es ingresar en un mundo identificable y distante a la vez. Es identificable porque está concebido con materiales históricos de distintas tradiciones, de diferentes pasados ya sabidos.

Es distante porque nada de lo que cuenta pasa realmente ahora: aunque su contexto sea el presente, en realidad su causa es siempre un tiempo ocluido o concluido del que subsisten restos.

imageLas novelas y los relatos que Talens concibe son así vías de acceso a ese pasado real y fantasmagórico, individual y colectivo. Por ello, en todos sus libros hay una referencia a la historia, a la historia grande y menuda, y hay una recreación de los recuerdos o de los vestigios que de esos pretéritos quedan en la memoria o en los documentos o en los monumentos del presente.

Nada de lo ocurrido se pierde definitivamente, decía Walter Benjamín en una de sus tesis sobre la historia, y un mero atisbo en la memoria o en la herencia de las generaciones siguientes permite su reconstrucción tentativa, un ingreso aleatorio que nos lleva a lo que realmente ocurrió según el punto de vista de un testigo. En efecto, así es.

De acuerdo con lo que Talens postula y, sobre todo, de acuerdo con lo que él reelabora en forma de ficción narrativa, el pasado se nos desvanece pero es en parte recuperable. O, como añadía otra vez Walter Benjamin, lo pretérito lo atrapamos con destellos, iluminaciones que se dan en un instante, imágenes que no llegan a desaparecer porque hay archivos, registro, memoria: sólo necesitamos un observador atento que vuelva reconocibles esos restos, que vuelva significativas las cosas pasadas.

El positivismo alumbró la posibilidad de recuperar lo remoto “tal como ocurrió auténticamente”, pero lo que de verdad sucedió no es un proceso frío o desinteresado. Aunque pueda parecer paradójico, es posible encender en el pasado la chispa de la esperanza.

No se trata de ganar batallas retrospectivamente, como dicen los rencorosos, sino de descubrir lo que se libró, de iluminar lo que se ignoraba, de exhumar.

Talens se enfrenta directamente y con humor a lo siniestro: con humor, qué remedio. Lo siniestro es aquello que habiendo sido familiar en otro tiempo se entierra o se olvida para supervivencia de los contemporáneos. Es un modo de tapar aquello que a la postre e inevitablemente regresa. Muy bien, desvelemos con ironía, incluso con sarcasmo.

La herida no cierra pero podemos afrontar las injurias del pasado de otra manera. ¿Cómo hacerlo? Decía Walter Benjamin que ese don –el de exhumar o iluminar lo actualmente ignoto– sólo lo posee el historiador que batalla: tampoco los muertos están a salvo del enemigo, si éste vence en el recuerdo de los vivos o de las generaciones siguientes.

¿Y qué es la historia? Lo que la historia confirma es que este enemigo no ha cesado de vencer. Por tanto, hay que regresar al pasado disolviendo el discurso evidente que se ha impuesto, hay que retornar para impedir que se siga silenciando a los oprimidos. Esa reconstrucción puede hacerse con la disciplina histórica, propiamente, que es lo que recomendaba Benjamin.

Un caso significativo de lo que digo es, por ejemplo, el que emprendiera Carlo Ginzburg con Menocchio: con la exhumación de un molinero del siglo XVI, perseguido y condenado por la Iglesia de Roma bajo la acusación de herejía: de materialismo, de ateísmo. Sus vestigios fueron escasos: declaraciones hechas ante los inquisidores.

¿Desechables? El historiador que se topó con su registro documental supo rescatar la palabra del vencido, del humillado, de aquel campesino que sabía leer y que hablaba sin parar, con arrogancia intelectual, con ingenio metafórico, retocando y enmendando temas bíblicos para su predicación o, después, para su declaración ante el Santo Oficio.

En efecto, Carlo Ginzburg llevó a cabo una investigación sobre este individuo poco relevante, un tipo que no cambió el curso de la historia, pero un molinero que leyendo, charlando y reelaborando motivos religiosos y populares supo expresar una idea del mundo sin Dios. Sin Dios… ni amo. Pagó por ello, claro.

Este historiador influido por Benjamín se propuso su rescate: impedir que se siguiera silenciando a este oprimido, a esta víctima que había caído por su materialismo, por su ateísmo consecuente. ¿Y por qué este acto de justicia o de piedad si todo esto ya pasó? Pues porque tampoco los muertos están a salvo del enemigo: ¿qué queda si vence en el curso del devenir, si logra liquidar los restos o vestigios, amputación que nosotros también pagaremos?

¿La historia es, pues, un instrumento de reparación? Sí, puede serlo, pero esta exhumación no sólo se hace con la disciplina histórica. También la ficción puede servir para recrear ese pasado inerte, para vengar ultrajes que aún duelen, para reparar daños reales. ¿Cómo?

Reinventando potencialmente lo sucedido, reelaborando virtualmente lo ocurrido, hechos fortuitos o acontecimientos banales que cambian el mundo; pero también apropiándose de las tradiciones de los enemigos, de su fluir, dándoles un significado nuevo o alternativo, triturando las fuentes culturales eminentes, destapando insidias y ofensas infligidas a personajes desesperados y dignos.

Incluso la religión es válida como lengua general que ha de ser reescrita con significados distintos. La iconografía cristiana, por ejemplo, está muy presente en las páginas de Talens: así no es extraño que alguno de sus personajes muestre una fascinación inconfesable por las estampas religiosas, por los santos martirizados. O la Biblia, por ejemplo, centro frecuente del acto narrativo de Talens.

La Biblia no es una suma de relatos. Es el gran relato: el principal espacio mítico y narrativo de la tradición judeocristiana, esa recreación de lo pasado y de lo fantástico. Decía Jorge Luis Borges que la teología pertenece a la literatura fantástica.

Efectivamente, es fantástica la capacidad de ese Libro para reunir mitos colectivos de origen, de destino: mitos escatológicos sobre el fin de los tiempos, sobre la Gloria, sobre el Paraíso, sobre el Juicio Final. En nuestra cultura, prácticamente no hay relato que pueda componerse que no se ciña a las referencias bíblicas, que no sea un eco de las Escrituras, que no sea un calco o corrección del Libro.

Manuel Talens es consciente de esa deuda o de esa herencia inevitable y, con gran alarde, se toma en serio su peso y su centro. Pero lo hace para reescribir con parábolas nuevas las viejas historias, para bromear muy seriamente, para chotearse, para darles voz jocunda a quienes fueron aplastados.

Ahora bien, lo que singulariza la literatura de Talens es el contraste entre la alta cultura y la procacidad, entre las tradiciones elitistas y la trasgresión popular, entre la prosa refinada y la expresión soez. Talens no nos da descanso. Suele suceder que, cuando el lector cree reposar llevado por una sintaxis precisa y cuidada, técnica o literaria, algo lo perturba, lo desconcierta: una injuria pronunciada por un personaje, una profanación verbal, una mala palabra.

Reaparece con ello lo campesino, lo remoto, lo milenario, lo popular: la cultura materialista, carnavalesca, grosera. Reaparecen lo orgánico, las heces o el pedo, el sexo o las urgencias del cuerpo: el gran pene del mundo o el mismísimo coño de la Bernarda. Estas trasgresiones son pecados propiamente y son, a la vez, homenajes a la picaresca, a la tradición cervantina, a esa cultura popular que, por su parte, supieron diagnosticar Mijaíl Bajtin o Lucien Febvre, entre otros.

Las novelas y los cuentos de Talens son exactamente eso: veo en sus páginas constantes actos de reparación en los que con arte zumbón, con elocuencia y con una prosa recia y rica, de variado registro, se da cuenta de un pasado virtual, de un tiempo evanescente, de unas injurias o derrotas pretéritas que alguien deberá mostrar para que no queden en la sombra o en el olvido.

“Teniendo en cuenta que, como lo dejó establecido el rey sabio en su General estoria, natural cosa es de codiciar los hombres saber los hechos que acaecen en todos los tiempos, y dado que muchos han emprendido poner en orden la historia de las calamidades que sucedieron…”, empezaba ‘La parábola de Carmen la Reina’.

En el archivo del pasado, de lo posible, de lo memorizado se adentra Talens. En efecto, una parte de sus historias podemos leerlas como relatos fantasiosos de la memoria, al modo de Gabriel García Márquez o a la manera de William Faulkner. Alguien sabe algo que ha de ser contado para que no se desvanezca y eso que se sabe y se cuenta no es lo que la historia oficial dictó.

En cualquier caso, que se recuperen esas versiones no es definitivo: las voces del pasado son testimonios poco fiables, inevitablemente. Pero son relatos que merecen ser recuperados para que el dominio no se perpetúe. De ahí la importancia del archivo.

El archivo, ese registro de lo inacabable, de las historias innumerables, relevantes o no. “No existe ninguna historia simple, ni siquiera ninguna historia tranquila. Si efectivamente el archivo sirve de observatorio social, solamente lo hace a través de la diseminación de informaciones fragmentadas, del puzzle imperfectamente reconstituido de oscuros acontecimientos. Nuestra lectura se abre camino entre roturas y dispersión, forjamos preguntas a partir de silencios y balbuceos”, dice Arlette Farge en ‘La atracción del archivo’.

Retengamos esta idea. Si se me permite puedo completarla con una imagen algo tópica pero no errónea: el archivo es un calidoscopio que gira ante nuestros ojos. Los personajes innumerables que pueblan las páginas de Talens –esa demografía copiosa– son también los miles de cristalitos de un calidoscopio que gira y gira.

Ahora bien, quien lo hace rodar suele ser un narrador omnisciente: alguien que fija su estabilidad y su sentido al dar una forma precisa y global a las figuras hipotéticas del pasado. Un simple movimiento de muñeca hace que giren y dependan el conjunto: yendo más allá de lo que, tal vez, había previsto el propio autor.

Esta imagen del calidoscopio, además, nos sirve para subrayar, en fin, otro elemento presente en Talens: el posmodernismo. Cuando digo esto no me refiero a la resignación posmoderna del ‘anything goes’. Aludo al experimento del amasijo, a la tentativa de quien sabe que ya está todo rehecho y hay que intentarlo de otro modo.

La literatura del posmodernismo hace de la mezcla su principio, de la hibridación su acabado: el collage artesanal, el bricolaje tentativo. Es una aleación de contrarios, elementos que nunca se juntaron ahora se avecindan con audacia o con provocación estéticas. Pero sobre todo la literatura del posmodernismo es un ejercicio de creación irónica. Se reúnen motivos o materiales que el lector suele conocer.

Ahora bien, lo inaudito es que pueda mezclarse lo que el canon había mantenido separado hasta ese momento. Se junta lo dividido pero sobre todo se hace con humor, conscientemente, admitiendo el peso de la historia, el peso de ese canon, el peso de la realidad. O, en otros términos, se hace pidiendo la colaboración o la caridad del destinatario.

Se hace también jugando a los guiños intratextuales, justamente al proporcionar al lector pistas o indicios de un mundo reconocible y propio que se amplía en cada uno de sus relatos. Se hace bromeando con la erudición implícita, explícita o apócrifa, con bibliografías académicas, parafraseando o reproduciendo citas literales, rindiendo homenajes expresos o encubiertos (a Cervantes, a Borges, a García Márquez, entre otros).

Se hace, en fin, parodiando géneros o disciplinas, reproduciendo sus marcas, su lenguaje: esas marcas que provocan efecto de realidad o que dan crédito a un discurso sólo ficticio. ¿Sólo ficticio? Con Talens nunca tenemos la impresión de estar leyendo algo sobrante o artificioso, sino el torrente verbal de quien se sirve de todo lo que le rodea, un tesoro culto y popular.

Referencias bibliográficas

1. Libros de Manuel Talens empleados:

-La parábola de Carmen la Reina. Barcelona, Tusquets, 1999. Edición original: 1992.

-Venganzas. Barcelona, Tusquets, 1994.

-Hijas de Eva. Barcelona, Tusquets, 1997.

-Rueda del tiempo. Barcelona, Tusquets, 2001.

-La cinta de Moebius. Alcalá la Real, Alcalá Grupo Editorial, 2007.

2. Otras referencias:

-Justo Serna, “El narrador omnisiciente”, Los archivos de Justo Serna (Blog, 4 de abril de 2008):
http://justoserna.wordpress.com/2008/04/04/el-narrador-omnisciente/

-Id., Reseña de La cinta de Moebius, de Manuel Talens, Ojos de Papel (abril de 2008):
http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article=2774

-Manuel Talens, El escritorio de Manuel Talens:
http://www.manueltalens.com/

-Manuel Talens en Google:
http://www.google.es/search?hl=es&pwst=1&q=%22Manuel+Talens%22&start=0&sa=N

Cuando despierte

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imageHay una fotografía de Antonio Barroso, una pieza perteneciente a su serie La rosa de Ifitri, que podemos tomar como metáfora.

Vemos a un hombre desnudo en posición yacente. Se encuentra sobre un colchón de libros, un colchón que imaginamos incómodo e inevitable: por bien encajados y dispuestos que estén los volúmenes, la superficie no será completamente plana. Puede tener aún picos y aristas.

Somos enanos subidos sobre espaldas de gigantes. O somos seres que yacen sobre un manto de libros. O somos fardo. A la vez esos que nos preceden también lo son: son impedimenta. Somos contemporáneos que tienen que vérselas con pilas y pilas de libros, de saberes acumulados, de siglos adosados.

Estamos desnudos cuando nacemos, sí, pero nos equipan con un patrimonio pretérito, nos revisten con conocimientos que nos anteceden y que nos convierten en propietarios. Nos socializan.

Hay que aprender a usar esos datos, a averiguar su circunstancia y a empezar de nuevo. Para que el peso muerto de la historia no nos impida vivir, indicaba Friedrich Nietzsche en una de sus Consideraciones intempestivas, la que lleva por título: Sobre la utilidad y perjuicio de la historia para la vida (1844).

Que el muro de los saberes y que su lastre no nos impidan erguirnos para apreciar el detalle de la existencia irrepetible. Dios está en los detalles, en lo particular, decía el clásico. En efecto, cualquier cosa observada de cerca comienza a ser interesante, el principio de una pesquisa: nuestra propia vida.

Debemos exhumar lo pretérito a partir de objetos, sujetos o episodios que parecen secundarios, pero que, bien mirados, son significativos: significativos para nosotros, los contemporáneos que del pasado nos separa un abismo de tiempo y de referencias, de cultura y de circunstancias.

Creemos tenerlo al alcance, pero sólo disponemos de unos restos, de ese patrimonio material. Hemos de aprender a examinar dichos restos aparentemente pequeños aunque extraordinariamente informativos y reveladores.

Pero hemos de hacerlo también desprendiéndonos de ese sedimento, alzándonos, liberándonos del peso muerto de la historia. Cuando despierte el varón retratado por Antonio Barroso, los libros seguirán allí.

El faro del fin del Hudson. Relectura

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Vuelvo a leer El faro del fin del Hudson,  editado por Lindo & Espinosa (Elvira Lindo​ y Ximo Espinosa​). Y ahora la impresión de la escritura es levemente distinta.

Me fijo en el detalle, en lo concreto, en las abundantes y precisas enumeraciones de lo que el paseante encuentra a lo largo de sus caminatas, de lo que se guarda en el bolsillo izquierdo de su gabardina, de lo que retrata y no se lleva.

Hay unos tesoros inauditos que están al alcance de la vista, al alcance de la mano. Desde restos plásticos hasta monedas, metales, maderas torneadas o ya muy degradadas.

El río es la vida, sí, y el caminante es ese tipo solitario que ha de enfrentar su propia existencia con repeticiones y con incertidumbres. Hay una cultura fluvial que discurre en la escritura de Antonio Muñoz Molina​, el saber de la experiencia y la erudición del lector…

Pero no hay desbordamiento. Hay contención. Hay una voluntad económica o incluso poética. Será corto el texto, aunque su densidad es profunda.

Una breve colación, un frugal tentempié para una agotadora jornada de marzo, por ejemplo. Un sándwich de pan de centeno y una tortilla francesa de dos huevos, un botellín de agua y otro mediado de vino.

Hay que llegar al final. ¿Al final de qué? La existencia siempre se nos queda corta y además ignoramos cuanimagedo se detiene ese río que fluye en ambas direcciones. Encontramos el faro y ese resto del pasado que iluminaba ya no es más que un vestigio de lo que fuimos. Ahí permanece tras su vagabundeo el paseante, derrumbado (según vemos en la ilustración de Miguel Sánchez Lindo​).

Antonio Muñoz Molina ha escrito un poema en prosa, un diario de sus caminatas, un cuaderno de tierra firme o una bitácora sin cuento, sin ficción.

No hay nada grande o grave que relatar porque lo anotado son pequeños detalles de una vida cotidiana que no le pertenece, que sólo a un tercero perteneció: a ese corredor enorme, a esa dama que lanza al Hudson un cuaderno, a ese comerciante que vende su género sin esperanza.

Lo volveré a leer.

Antonio Muñoz Molina. El faro del fin del Hudson

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Lindo & Espinosa editan libros con mucho mimo, con ese cariño que profesan a la obra bien hecha y sobre todo pensada para el placer de los lectores. Me refiero a Elvira Lindo y a Ximo Espinosa. Frotar lomos y cubiertas, cantos y y filos. Olfatearlos.

Cuando yo era niño, los libros del colegio desprendían un aroma a tinta y papel. No duraba mucho ese disfrute sensorial. Al cabo de un mes, los volúmenes habían perdido el olor y los bordes ya estaban desportillados.

Yo he tenido la dicha de tocar las obras de Lindo & Espinosa, de manosearlas. La materialidad aún es un gozo de los sentidos. El rasgo poroso del cartón, los lomos artesanos, la imitación del cuaderno, del cuaderno de campo. Esta fórmula es bellísima. Nos hace participar de una experiencia a partir de una libreta, del papel, de la tinta, de las ilustraciones.

El faro del fin del Hudson (2015), de Antonio Muñoz Molina, es una pieza propiamente artesanal. Por cómo fue concebida y por cómo fue editada. Por supuesto, ese título evoca a Jules Verne: a Julio Verne, en nuestra dicha y en nuestra querencia infantiles.

El autor francés es central, es relevante, siempre relevante, en Antonio Muñoz Molina. Es el más allá de quien pierde la fe, pero no la esperanza de aventurarse. Hay que ir más lejos. Avanzar hasta casi perderse. Yo lo consigo con sus obras. Ah, se siente. Y vaya que se siente.

El acto de observación, el acto de escritura, es creación. Se aprecian fisonomías y parajes y hay que verbalizar lo externo en cada uno de los capítulos o paseos o carreras que fueron ideados y finalmente realizados. Orillas del Hudson. Pero su consumación se logra cuando ya es pieza material, texto congruente con otros que le son vecinos y con los que forma un itinerario, un conjunto de afinidades impredecibles.

En Antonio Muñoz Molina se aprecia no ya el virtuosismo de la pieza aislada, sino también la agregación, la fabricación de un entero a partir de fragmentos, trozos de un todo que se concibe o se restaura cacho a cacho y del que en conjunto distinguimos la congruencia.

Así, el libro, bellamente editado con ilustraciones de Miguel Sánchez Lindo y con la materialidad del cartón, no es sólo un repertorio de piezas sueltas, sino un mapa de impresiones y sugestiones, el plano de un terreno únicamente entrevisto, fogonazos de una realidad que sobrepasa al río Hudson y al propio libro.

La pertenencia y la congruencia de una obra así se la dan la opción del autor-observador y la manera en que racionaliza esos vistazos. Pero a dicha coherencia contribuye también la contención y la restricción que se impone el escritor.

No es posible captar o capturar la variedad de la metrópoli con la expresión escrita, no es posible enunciar el entero del mundo, no es posible recrear el lugar y los espacios, el entorno material y sus incontables existencias, reduciendo la vida a las líneas de un cuaderno.

No hay copia naturalista de Nueva York que sea reproducción de lo real; no hay mero traslado. Pero no porque la palabra no pueda contener la experiencia y el latido de los corredores o el alma de sus paseantes, sino porque sus dimensiones y extensiones son radicalmente diversas. Las palabras sólo nombran y las cosas ocurren.

El faro del fin del Hudson es un conjunto de estampas bellísimas, retratos de interior, un empeño de contención y resumen, de expresión y enunciación. Sin artificios, sin importaciones, sin aspavientos. El prosista describe y muestra un espacio peatonal por el que se aventura frecuentemente. Es un sitio por el que camina el transeúnte, sin los apremios del trabajo, sin las apreturas de los transportes colectivos.

Pero no es un acto meramente inocuo o inocente. Ya no podemos recorrer ese itinerario sin el concurso de la literatura, sin la muleta de la cultura. Pero ser lector y ser observador no es la condición del peatón. El paseante no evoca ornamentalmente. Mirar este o aquel sitio es también escrutar el interior, el sentimiento que nos suscita, la evocación que nos induce.

Quien se traslada se educa y se forma. Sin duda gracias a las instrucciones del lugar. A su cultura. Pero el transeúnte se descubre a sí mismo, tan exótico y civilizado. Está muy distante y, de hecho, puede hallarse en esa ciudad excepcional por pura chiripa, como un tipo pasajeramente peatonal.

¿Por qué nos creemos las novelas?

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Uno. En un pasaje de Todo es falso (Madrid, Punto de Vista Editores, 2014) digo:

«Creemos posible hacernos un destino, un futuro acomodado, y de repente descubrimos que todo designio sólo es un privilegio fortuito o una chiripa menuda. Todo aquello que importa –como la mejora personal, el aseo físico, el aseo intelectual y el aseo emocional– tarda en obtenerse, hay que perseverar y finalmente acarrearlo.

Pero, una vez logrado, puede perderse. No sabemos qué nos espera (yo, pasados los cincuenta y tantos años, todos los días me lo pregunto: ¿qué será de mí?). Y ese hecho trivial cobra retrospectivamente un dramatismo fatal, un augurio de desastre.image

Por eso, leo, para olvidarme, para sofocar esta angustia, para alejarme de mi propio entorno. La literatura nos devuelve la aventura, ese coraje o arrojo que tuvimos o nunca tuvimos y que ahora nos mejora…»
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Dos. Vayamos a los clásicos, a las novelas perdurables. Hay dos o tres cosas que se pueden hacer con los libros clásicos. Leerlos, releerlos, hojearlos. E incluso acabarlos.

En cualquiera de los casos, los beneficios que nos procuran son muy rentables. Al tocarlos, sujetarlos, abrirlos o incluso terminarlos, algo se nos pega.

Nos acercan a un mundo que no es el nuestro, un mundo de seres muertos que algo dijeron. Con valor, con menos medios y con menos comodidades que las nuestras.

Por tanto, los clásicos nos hacen salir del ensimismamiento presente; nos hacen abandonar esa idea tan extendida de que lo pasado no vale o ya está caduco.

El mundo actual tiene numerosas cosas buenas, pero no nos engañemos: muchas de las preguntas que se planteaban los clásicos siguen vigentes.

¿Por qué razón? Porque las respuestas que ellos nos dieron siguen siendo parcialmente válidas o porque los problemas que esperábamos haber superado aún están por resolver.

Por supuesto, no estoy diciendo que un clásico sea como una caja de herramientas con las que enderezar lo torcido. Lo que digo es que aun sin ser enteramente satisfactorias esas preguntas y respuestas, sus palabras aún nos conciernen.

Asuntos como el género humano, como la condición humana, como la bondad o la maldad, como la utilidad o el desprendimiento, como el altruismo o la benevolencia, son materias de nuestro tiempo. Y de siempre.

Yo soy profesor de historia. Que me aspen si sé cuáles son las respuestas mejores y definitivas para los problemas humanos. Tengo conocimientos, pero no soy tonto: carezco de esa vanidad que tienen algunos con estudios, gentes que saben a ciencia cierta cuáles son las recetas mejores.

Para mí, la lectura y la escritura son como un tanteo. ¿Qué es eso de un tanteo? Lo sostuve tempo atrá y ahora lo repito.

Imaginemos una habitación en penumbra. O, mejor, en semipenumbra. Yo estoy dentro y mis ojos se acostumbran a esa oscuridad. Poco a poco empiezo a distinguir algunas formas de objetos conocidos y de otras sospecho o conjeturo lo que pueden ser.

Extiendo mis brazos con el fin de tocar esas cosas y de confirmar con el tacto lo que mi escasa visión no me puede confirmar. Es decir, tanteo. No tendré la certeza de que eso y aquello son lo que creo que son.

Pero con dicho ejercicio me habré hecho una idea más o menos cabal de lo que hay en la habitación, de lo que contiene. Probablemente tropezaré con algún objeto imprevisto. Iré a tientas pero no exactamente a ciegas, tanteando, avanzando.

Leo y escribo. ¿Para qué? Para dar significado al presente, un presente que no es sólo lo que tengo a dos palmos de mis narices. Leer y escribir es tantear.

Es como estar en una pieza oscura: de hecho, el mundo es una pieza oscura y con la lectura y la escritura nos damos respuestas, probablemente insuficientes.

Hay incertidumbre, pero no nos resignamos. Queremos luz, más luz, antes de morirnos. Desde la Ilustración, desde el Iluminismo, esto se arregla con hachones, perillas y libros. La electricidad ayuda, sin duda.

Pero si no hay luces, si no hay luces… No hay tu tía.
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Tres. ¿Pero por qué nos creemos las novelas? Vale que leamos. ¿Pero leer ficciones narrativas? ¿A santo de qué?

Ah, la respuesta la daré en vivo y en directo. En Paiporta, hoy jueves 4 de junio, a las 19:30:en el Centre Cultural de la localidad.

La cara de Rita (2013)

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image image imageDurante años la hemos visto sonreír. Incluso reír a mandíbula batiente, con esa ronquera de felicidad que dan el poder y la campechanía. Los episodios son memorables. La hemos descubierto haciendo la ola cuando el Valencia CF ganaba ligas. Con mucho aspaviento coreaba el triunfo. Nos hemos habituado a sus actuaciones falleras, saltando con energía insensata. ¿Quién no recuerda aquella breve secuencia de los explosivos? En una grabación doméstica de hace unos años tira petardos al suelo con júbilo infantil evitando a la vez que su rival se haga con su ración de pólvora.

La hemos visto celebrar éxitos electorales con la cara desencajada. La recordamos respondiendo enérgicamente, con los lentes caídos y con sonrisa pícara o malvada. Su presencia no puede pasar inadvertida: su corpulencia y los colores rotundos de sus trajes la hacen bien visible. Para mi gusto tiene gestos algo ordinarios. Según mi entender, debería haberse sometido a un asesor que limara o corrigiera ciertos excesos verbales o ademanes. Pero imagino que ella se habrá negado: si se la quiere, es por su llaneza, pensará. Por su robusta estampa.

Ahora, tras años cultivando dicha pose, esa puesta en escena, su imperio local se derrumba. Hay desconfianza sobre su gestión. Y aquello que fue campechanía se ve como autoritarismo, sí. El cesarismo de municipio cae sin el apyo o el auxilio de sus conmilitones. Tomó o alentó decisiones que provocaron duda y rechazo. La Copa del América, El Cabanyal, el circuito de fórmula 1, el Parque Ferrari, el nuevo estadio del Valencia, etcétera. Grandes obras o eventos que provocaban el repudio de muchos ciudadanos y de sus organizaciones cívicas. Ella creía hacer una política de costosa grandiosidad. Por eso se trataba con príncipes del automovilismo o magnates de la realeza. O al revés, vaya. Por eso afectaba plebeyismo: había que codearse con el pueblo común y con su estructura orgánica, las fallas. Sabía que los casales, a los que acude gente de toda clase y condición, son el centro del poder simbólico, un sentimiento primario.

Pero ahora todo parece derrumbarse. En pleno festejo de los dos años de Alberto Fabra como presidente de la Generalitat, la señora le robó todo el protagonismo anunciando que se presentaba nuevamente como alcaldesa. Tan desesperada parecía estar. Y de nuevo otra vez, cuando se celebra la convención del Partido Popular en Peñíscola, se la ha vuelto a ver rara. Hay una foto de familia, la instantánea final que las principales autoridades se hacen. Es una imagen estudiada que los medios difunden. Y es el reflejo de un estado de ánimo o, al menos, del estado de ánimo que se quiere mostrar. Pues bien, en dicha fotografía solo sonríe Alberto Fabra, mientras Mariano Rajoy, algo mustio, parece despistado. A los restantes retratados se les ve tristes, incluso mohínos.

Pero el rostro y la actitud de Rita Barberá me son desconocidos. Expresan un abatimiento ignorado, muy inquietante. Su cara se ve taciturna, con algo de extravío, inflamada y ajada: como si los pliegues y surcos del rostro marcaran un dolor incurable. La mirada gacha, ensimismada, y las manos cogidas, cruzadas, ya sin aspavientos. Todo está acabado. Su política, sombría, también. Y la de sus émulos.

La guerre est finie.

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http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/06/11/valencia/1370970596_172269.html

Caricatura: Víctor Serna.

El chalaneo de los avispados

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imageSabes que un funcionario es una persona. Sabes que un político es una persona. Por supuesto que lo son; por supuesto que lo sabes.

Sabes que tienen vidas, unas vidas que van más allá de sus tareas, de los cometidos que desempeñan, pero sabes también que tu única relación con ellos ha de ser meramente instrumental.

De igual modo, de un empleado que atiende desde su ventanilla (aunque, hoy, tienden a desaparecer las ventanillas para hacer menos intimidatorio el trato)…, de un funcionario –digo— que despacha desde su puesto, esperas que te sirva correctamente, que ejecute su trabajo con rigor burocrático, sin personalizarlo, sin hacerlo suyo.

Lo mismo podría predicarse de un político: de un alcalde, de un concejal, de un presidente de Diputación. No se me haga el simpático; no confraternice conmigo; no patrimonialice el escaño, el sillón o la vara municipal.

En principio, este tipo de relaciones impersonales (con el empleado público o con el munícipe, por ejemplo) facilita la buena marcha de los organismos, de las instituciones, pues cada uno está en su sitio, cada uno tiene las tareas prefijadas que debe cumplir sin arbitrariedades, sin incertidumbres.

Con ello pueden evitarse el excesivo calor humano o la mera improvisación, el chalaneo de los avispados. La organización y, por tanto, la conversión de los individuos en medios de una relación impersonal hacen que nos relacionemos según determinadas expectativas.

En la sociedad actual, compleja, desarrollada, buena parte de nuestras actuaciones son, así, perfectamente previsibles: las realizamos en marcos conocidos por los actores, por nosotros mismos.

Sabemos qué papel debemos cumplir y en qué circunstancia y bajo qué códigos: y los demás, con quienes tenemos esos tratos impersonales, saben también que ellos y nosotros somos piezas de un enorme engranaje, resortes que satisfacen unas expectativas. Y punto.

Cuando eso no sucede, la máquina se deteriora y los personalismos reaparecen, como reaparecen el favor, el trato de favor, el provecho particular de quien se sirve de un empleo público para obtener utilidades privadas.

Yo, esto, te lo arreglo… En esos casos, la consecuencia está clara: el Estado soy yo; el Ayuntamiento soy yo; yo soy la terminal de una institución que encarno, que presta servicios a cambio de favores, mordidas y millones.

En la esfera pública, las corrupciones se dan cuando alguien se vale de su posición de fuerza o de poder para repartir de manera presuntamente gratuita, para exigir contraprestaciones, para otorgar supuestos favores más allá del reglamento, para administrar a manos llenas, para hacer valer su influencia con el fin de allanar obstáculos: concesiones, contratas, etcétera.

En realidad, el favorecido, el cliente, no recibe gratuitamente, pues queda atrapado en la red de las obligaciones personales, de las contraprestaciones: ha de remunerar al primero con algún tipo de gratificación, suma o bien material que salde una deuda contraída.

No sé si les suena todo esto. ¿Quizá a las Redes Gürtel, Púnica? ¿Tal vez a Imelsa? ¿Acaso a la trama Orange Market?

La pregunta es obvia. ¿Qué tienen en común? No es difícil la respuesta. Les imagino a todos ustedes reflexionando.

Esto es esto todo, amigos. Ahora ya sólo nos queda superar con éxito el Festival de Eurovisión. Pero eso…, eso no tiene arreglo.

Arturo Fuso

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“Fuso no tiene nada que ver con todo esto”, proclama Arturo empleando una tercera persona bien rotunda. ¿Cómo podían sorprenderle a él en un delito? ¿Cómo iban a pillarle en un renuncio? Fuso cavila y suda copiosamente. Nota que el cerco de la camisa se agranda, esa axila, y que los pelos del sobaco se le pegan.

FusoEsa misma mañana ha evitado la ducha, cosa rara en él. Bajo el agua suele frotarse la piel y sus partes con saña, como si quisiera arrancarse las escamas. Su tío Pepe se lo dijo en cierta ocasión. “Cada perro se lame su cipote: si hembra quieres, es preciso que te restriegues”. Pero esta vez no. Esa misma mañana se ha frotado los sobacos y la entrepierna con una gamuza para después aplicarse desodorante: en las axilas y en las ingles. Lo aprendió de joven. Si te perfumas, hueles mal. Ahora bien, si te pasas el desodorante, entonces no se aprecia el embuste, la poca higiene. Eso sí, al tío Pepe no le habría engañado.

Pero la sala es grande y está multitudinariamente ocupada. Allí huele a Brummel y a Varón Dandy, colonias que él siempre ha apreciado y que su damita le ha retirado tras mucha insistencia. “Papi, Brummel es barata y huele a abuelo”, le dijo su hija. No es él, pues. Son otros quienes se han rociado. “Los periodistas”, piensa, “que son unos desgraciados”. Fuso no. Arturo se ha puesto en el rostro un perfume de mucha cuna: Eau de Flovias Pour Homme. Es el último que le ha regalado Yoselín, que siempre lo espera desvestida oliendo a jazmín. Aunque algo seco, Eau de Flovias es muy eficaz: el olor que desprende reviste los restos hediondos que puedan quedar.

“Fuso no tiene nada que ver con todo esto”, repite.

Está rodeado de afines, de gentes que siempre le han demostrado su cariño. No ha sido fácil convencer a los indiferentes y a los puretas. Siempre sale alguien muy distinguido que se cree más limpio. “Pero todos tenemos un precio”, piensa Arturo. “Un precio que cambia según la cotización. Tanto dispones, tanto puedes. Tanto tienes, tanto vales”, se dice ahora sorprendiéndose de su verbo. De repente ha concebido un refrán.

Se sabe grande, se sabe fuerte y, por eso, responde con legítimo orgullo, con distancia crítica. Él aún es presidente de la corporación y alcalde de su pueblo. Y nadie puede apearle. Al menos durante un tiempo. Muchos lo califican de cacique, pero él siempre ha rechazado esa ofensa. “Ser cacique es ser indio, llevar taparrabos y ejercer de jefe de una tribu, ¿no?”, dice ante la concurrencia. “Pues yo no gobierno a salvajes”, admite en voz alta, con gran asombro de todos. “Estoy convencido de que hay una campaña en mi contra, un complot contra mí”, dice empinándose.

Ha logrado auparse. Llega bien al micrófono, fácilmente, como ha alcanzado esos cargos, unos empleos públicos muy merecidos. Eso sí, con el apoyo de numerosos amigos. Él los llama así: los pollos hermanos, los queridos cabrones. Raramente lo dice en público, pero sí a su señora, por la que tanta devoción siente. A su mujer la homenajea cada día con flores, jazmines concretamente, con un poema impreso de Bécquer y de Zorrilla y con un trapito: de la marca Fussinis. A pesar de tener un catálogo corto, las flores, los poetas y las blusas de Arturo satisfacen a la parienta, a Bibi Larios. Al menos, Bibi nunca le ha hecho ascos a sus pequeños agasajos.

“Fuso no tiene nada que ver con todo esto”, insiste.

Afirma sentirse arropado por las bases del partido. Así lo dice: arropado, que es palabra insólita. Pero los dirigentes de la organización le han decepcionado: “A mí no me han dicho nada, cuando lo hagan ya les contestaré”, responde con un tono retador. El presidente “en ningún momento ha dicho que no me apoya, no he oído en ningún momento que dijera ‘no estoy con él’…”. ¿Y la alcaldesa de la capital? Arturo responde inmediatamente: “por supuesto que me apoya. Y lo ha dicho nada más empezar este acoso, que es un complot”, apostilla.

“No hay nada ni tengo nada que ver; ni sé nada, porque no sé nada”, sostiene con contundencia. “Si estuviera imputado tendría que aceptar la línea roja” contra la corrupción señalada y dictada por el presidente, pero “no estoy imputado dentro de ningún caso”, precisa. “Al menos a mí nadie me ha dicho nada, concluye. Y hay que decirlo bien alto; “todos somos honrados hasta que no se demuestre lo contrario”. Hay un murmullo y Arturo se da cuenta: “Perdón, hasta que se demuestre lo contrario”.

“Tenemos que ir a donde sea para poner orden”, dice. ¿Por qué? Porque este tema le está haciendo un daño tremendo. “No sé cómo puedo soportar tanto ataque tendencioso los ciento veintiocho días del año, todos los días del año”. Es verdad. Resulta insoportable la presión. “Empecé a trabajar a los catorce años y cuando entré en política ya tenía todas mis propiedades, no he acumulado más”, aclara. Muebles, electrodomésticos, plumas estilográficas, gomas de borrar, condones, escobillas de baño: “con eso hice mi patrimonio”, añade.

Confiesa haber adelgazado siete kilos. “Por los disgustos que me dais, plumillas hijosdeputa”, dice dirigiéndose a los reporteros allí concentrados. Lo dice con sorna. Aún tiene fuerzas para ladear la sonrisa. “Tengo menos ganas de comer y fumo más que antes, castigándome la salud y quemándome los bronquios”, se lamenta. “Yo soy un hombre normal”, aclara. “Me sigo levantando a las cinco de la mañana y acostándome a las once de la noche”.

Arturo es así. “No como el ganso de Alarcos, que no es hombre ni tiene coraje ni herraje”. Alarcos es un traidor –al igual que Lanzarote del Lago– y es quien ha grabado sus conversaciones privadas, quien las ha difundido y quien ahora se esconde. Siempre ha pretendido a Bibi. “Cualquier persona que se precie de ser hombre, cuando ha hecho cualquier cosa que no es correcta, tiene que dar la cara y asumir su responsabilidad. Eso es ser un hombre”, acaba Arturo dando un manotazo en el atril.

Los plumillas ponen el capuchón a sus estilográficas y con murmullo aprobador se levanta la rueda de prensa. Fuso nota un vago malestar, pero no le da mayor importancia. Arturo es como el rey medieval. Le espera Bibi, su Ginebra: la filiforme, rubia y bella Larios. ¿Y Lanzarote? A Canarias tienen que ir, pues se lo debe a su perpetua.

Pero antes a Lanzarote ha de alancear.

Francisco Franco. La sobreexposición

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Uno. Cuando fallece el Caudillo, la prensa española reacciona, reacciona ante una imagenoticia prevista y a la vez desconcertante. Es desconcertante para las élites, para los periodistas afines y para los paniaguados.

Lo es también para los reporteros distantes o críticos del Régimen y para los simples ciudadanos, incluso para quienes sin profesarse franquistas se han acomodado.

Hay inquietud por el futuro inmediato. El titular del periódico londinense The Times lo expresa con absoluta claridad: “Después de Franco: esperanza y miedo”.

El miedo alude a las posibles reacciones de los ultras del Régimen, de los franquistas acérrimos. La esperanza a la que se refiere el titular se basa en una certeza: “la transformación del país permitirá una evolución democrática mucho más pacífica que en Portugal”, recién salido de otra dictadura. Sin embargo, no hay garantías de que algo así pueda darse sin mayor problema.

En las casas corrientes, en la mía por ejemplo, se palpa el miedo, ese miedo: se baja la voz. Mis mayores temen ser desafectos, de escasa adhesión. No se puede hablar mal ni rumorear, no.
image¿Acaso esperan represalias? No, sencillamente temen la repetición de la Guerra Civil. La memoria de los muertos, de los damnificados, de la destrucción, la memoria del terror. A la vez, los ancianos, los más enterados o los más juiciosos, descartan eso mismo que parece amenazarnos: el Ejército está con Franco y no hay riesgo de que se divida en dos bandos.

Pero los padres, los abuelos y hasta los nietos saben que la España del momento es un lugar de conflictos, de protestas, de huelgas.

La Policía Armada (los llamados grises) mantiene a raya, con violencias inusitadas o acostumbradas a quienes se manifiestan en las calles, a quienes literalmente manifiestan su rechazo.

imagePor tanto, no se sabe muy bien cómo podría suceder tal cosa, una nueva Guerra Civil, pero se sospecha que los comunistas, propiamente los rojos, se han multiplicado o han dejado de estar emboscados con identidades falsas.

La enumeración no es exhaustiva. Los sindicalistas que han sido juzgados y encarcelados; los miembros de la extrema izquierda (ETA y FRAP) que han sido condenados y ajusticiados; los movimientos vecinales que protestan en las calles, que se reúnen a pesar de las prohibiciones; los actores, los escritores, los artistas, los intelectuales que desde hace un tiempo osan desafiar el silencio impuesto, la represión y la censura; los periodistas y los semanarios (Cambio 16, Triunfo, etcétera) que se atreven a publicar a pesar de las amenazas de secuestros judiciales; los partidos clandestinos que convocan manifestaciones, que se infiltran en las asociaciones de la sociedad civil, que mantienen conversaciones para impedir la continuidad o la reforma cosmética del Régimen…

Hay tensión y no sólo dolor o desconcierto. Hay una alegría que no puede declararse y hay una profunda pena más o menos sincera y extensa que se expresa. Las imágenes de aquellos días no son sólo de duelo, ese luto oficial y ese blanco y negro de TVE con locutores de timbre grave e impostada voz.

Han sido tantas las semanas de espera, una demora tan larga (los cincuenta y seis partes del Equipo Médico Habitual), que lo inexorable, parece un mal sueño, la agonía artificial de un cuerpo anciano totalmente desarbolado cuya vida y cuya función motora se han dilatado por presión familiar, eso que llaman la camarilla del Pardo.

Los diarios se apresuran a sacar páginas y páginas dedicadas al acontecimiento o, mejor dicho, al protagonista del hecho. Los periódicos son mayoritariamente afines al Régimen o, al menos, sus empresas no pueden hacerle frente.

Entre los periodistas hay antifranquistas reales y otros sobrevenidos, antifranquistas que han de ocultar sus ideas y otros que fantasiosa y retrospectivamente se declararán opositores cuando haya pasado el peligro.

Una parte de España vivirá así su propia reconversión, esa transición a un régimen democrático por el que no se ha luchado lo suficiente o del que se temía lo peor.

Los especiales estaban preparados, las ediciones extraordinarias estaban listas, los repasos históricos estaban dispuestos y los juicios o valoraciones podían muy bien haberse escrito semanas atrás.

Las primeras planas parecen repetir retratos y palabras, ese impacto. Sólo los periódicos de Madrid imprimirán unas cuarenta ediciones: Pueblo con ocho; Arriba con siete; Ya, con otras siete; ABC e Informaciones con cinco y El Alcázar con cuatro.

Tres de los principales diarios dedicarán editoriales amplios a la nueva circunstancia del país. Arriba y Ya respaldan abiertamente al nuevo Jefe de Estado e invitan a reflexionar sobre la coyuntura que se abre. ABC se centra en glosar la noticia de la muerte, “no por esperada menos dolorosa”, un fallecimiento que cierra “un capítulo glorioso de la historia de España”.

“Ha muerto Franco”, titula el diario Informaciones, el periódico que en aquel momento más se señala por ser crítico del inmovilismo. “Franco ha muerto”, titularon la mayoría, o “Murió Franco” o “Franco ha muerto…”

Hasta el Marca rotula igual su primera plana y allí mismo, en la página de apertura, se reproduce un artículo de portada titulado “Deportista ejemplar”. El Caudillo cabalga a lomos de un caballo.

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Dos. Hay genuflexión y hay temor, el Generalísimo ha muerto y hasta los mejor informados ignoran qué va a ser del país. Centrarse en el pasado, aludir a su gobierno y adjetivarlo de histórico son modos de no comprometerse demasiado, de decir cosas que nadie puede negar o censurar. ¿Por qué razón?

Primero, por las posibles represalias que puedan recaer sobre la prensa o los periodistas más audaces; segundo, por las evidentes ignorancias sobre el futuro más inmediato. Después de Franco, las instituciones, sí.

Pero España es territorio agitado, con la calle y con el Régimen y con la opinión pública y la opinión publicada, no siempre coincidentes. Hay un recuerdo constante de los antiguos padecimientos y hay esperanza y espanto ante lo venidero.

CuarentaanosconFrancoEsos momentos los he revivido con absoluto verismo, con fuerza, al visitar la Exposición Cuarenta años con Franco, comisariada por Julián Casanova, a su vez auxiliado por historiadores y documentalistas muy solventes. Puede contemplarse en Zaragoza, con dos sedes: la Casa de los Morlanes y el Palacio Montemuzo.

Lo que podría ser un problema (una sede partida), en realidad acaba siendo un acierto y un alivio. Repasar cuarenta años de una dictadura sin tomar aire nos podría ahogar, asfixiar: sobre todo cuando una exposición como ésta reúne un material gráfico y fotográfico ingente, unas imágenes frecuentemente crueles.

El aula de un colegio nacional, con sus pupitres, encerado, crucifijo y retratos de Franco y José Antonio, circunstancia que nos devuelve a una pedagogía de consignas y severidad.

El garrote vil, reproducido con mimilétrica fidelidad, con el que se ajusticiaba a delincuentes comunes, incluyendo a los anarquistas, como Salvador Puich Antich.

imageLa efigie del Caudillo en bronce o al óleo o en fotografía, un rostro omnipresente, fiscalizador, la cara de un tirano, de un militar golpista que cambia, que engorda y que envejece sin perder la suspicacia: esa desconfianza de quien es o se sabe ilegítimo, una mirada, unas pupilas al final aliviadas o protegidas por gafas de sol.

La Exposición es ejemplo de didactismo bien entendido. No ofende al experto ni a quien todo lo ignora. Sintetiza el curso histórico, los cambios del Régimen y exhuma el discurso oficial y las resistencias más o menos fracasadas de sus opositores y la represión.

Nos presenta asimismo el horror de aquella dilatada posguerra, con la Iglesia santificando la Cruzada y con los clérigos apadrinando al Caudillo. Muestra el desastroso gobierno económico de la autarquía, las cartillas de racionamiento, los salvoconductos.

Muestra también la llegada de los americanos, esos nuevos aliados que aceptan una dictadura anticomunista de origen abiertamente fascista: una tiranía igualmente cruel, pero que se va despojando de una parte, exigua, de los simbolismos falangistas.

La Exposición tiene orden y concierto, sentido por partes o en conjunto, cronológica y temáticamente. Las cosas se presentan con sutileza y con profesionalidad, sin pesados academicismos.

Yo he visto jóvenes leyendo con atención las cartelas, las referencias, las síntesis. He visto ancianos dejándose impresionar por viejos recuerdos, por las evocaciones que las imágenes provocan. He visto un gentío entrando y saliendo, viajando a ese país extraño que es el pasado, reconstruido como lo hacen los historiadores: con documentos, escritos, audiovisuales, con restos sobrevividos.

image¿No nos concierne lo antiguo? Lo pretérito no ha concluido y las lejanas imágenes de una España remota nos dicen mucho de nuestra circunstancia. Julián Casanova y los documentalistas, junto con los responsables del diseño o de la arquitectura expositiva, nos transportan, nos hacen revivir lo que ya no existe o lo que es tramoya de otro tiempo: como la maqueta que sirvió a Gillo Pontecorvo para reproducir cinematográficamente el atentado contra el almirante Luis Carrero Blanco (Operación Ogro).

De repente, en medio de esas fotografías he sentido el escalofrío de una pesadilla. ¿Y si todo no hubiera concluido aún? ¿Y si Su Excelencia todavia estuviera agonizando? Las Exposiciones sirven para instruir deleitando. Con Franco, yo no me deleito, pero lo que ya es historia nos permite hacer el duelo o el repudio de lo que aún daña.

El comisario podría haber reunido más objetos materiales. Era una opción, otra opción, desde luego. ¿Cuáles? ¿Qué objetos?

imageLas radios de galena con las que se sintonizaba el mundo exterior. Los velosolex, aquellos ciclomotores con los que se alternaba la tracción humana o mecánica. Los televisores, aquellas pantallas gigantescas empotradas en muebles de madera, con estabilizadores y pañitos decorativos. Los Seiscientos, aquellos vehículos que formaban el grueso del parque móvil español. Y, en fin, tantos y tantos electrodomésticos que aliviaron la penuria y el esfuerzo de mujeres sometidas, de mujeres que soñaban con ser “reinas por un día”.

Pero eso que no está en especie lo encontramos en documentos escritos, en audiovisuales, en imágenes que lo dicen todo de aquellas existencias precarias que empezaron o se aliviaron cuando Su Excelencia pasaba a mejor vida. Amontonar objetos no es garantía de precisión. Tampoco una imagen vale por mil palabras. Siempre necesitaremos la mano maestra. Como es el caso. Nos instruye sin sectarismos y sin nostalgias.

Es una buena manera de enterrar a Franco de una vez por todas.

http://www.juliancasanova.es/exposicion-40-anos-con-franco-zaragoza-17-de-abril-28-de-junio-de-2015/

http://anatomiadelahistoria.com/2014/08/guerra-y-memoria/

‘Españoles, Franco ha muerto’

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Toma 1

antonioBarrosocarmenduranAntonio Barroso​ es un artista muy cotizado, muy bien considerado. Su obra, conocida en los círculos artísticos y en el mercado ha despertado el interés de estudiosos españoles y de otros países. Recientemente su taller ha sido visitado por universitarios alemanes.

Sus producciones no sólo persuaden o inquietan como piezas artísticas: también sorprenden como elementos del diseño. Su concepción es audaz por la mezcla de materiales, por las técnicas utilizadas, por la combinación de fotografía y pintura.

El maestro del retrato: somete a sus modelos a una intervención directa. Con sogas, con plásticos, con animales, con libros, con símbolos de poder. Intervienes sobre sus epidermis, sobre sus cuerpos, con elementos extraños. Las poses pueden resultar conocidas, pero esa intervención provoca un efecto de desasosiego, de inquietud. De estricta novedad.

Lo religioso, lo pagano, lo cotidiano, lo político, etcétera, son mezclados en perfecta aleación creando un marco nuevo para efigies reconocibles.

FrancoporAntonioBarroso1Españoles, Franco ha muerto (Madrid, 2015, en prensa) es una obra que estoy concluyendo para Punto de Vista Editores​. No es una historia del franquismo; tampoco es un estudio sobre la transición democrática. Pero tiene algo o bastante de esos períodos y tiene mucho de ensayo.

Un ensayo no es el género de la arbitrariedad. Es, por el contrario, la escritura del rigor, justo cuando no contamos con todos los medios para liquidar un objeto.

El franquismo no podemos liquidarlo, si por tal se entiende su olvido o mero entierro. ¿Acaso se trata de ganar una guerra cuarenta años después?

No. Mi ensayo está concebido como una reflexión erudita para lectores interesados o incluso desinteresados. Para quienes ignoran el avatar y su entorno.

Hay que captar la atención para hacer ver el peso del pasado, las rutinas que hemos heredado, los automatismos que la dictadura nos dejó. El Régimen no se perpetúa, como dicen algunos maliciosamente. Pero las inercias del franquismo aún se detectan en comportamientos sociales y culturales. De Franco recibimos muchos una educación calamitosa.

¿Por los contenidos académicos? No me refiero a eso. Aludo al sectarismo, al fanatismo, al cinismo. Etcétera. Sin duda, esos vicios humanos no son obra del dictador, pero la tiranía nos habituó a la incultura, a la falta de modales, a la ausencia de formas corteses y democráticas. Los españoles que vivieron la transición debieron aprender qué es la libertad, qué son los derechos, qué es la tolerancia, qué es el acuerdo, qué es la política.

Por ello, hay que despertar el interés por la transición democrática, por lo que se sabía y por lo que no se sabía. La historia no es fruto de la conspiración, aunque haya todo tipo de confabulaciones. Los seres humanos no predicen con rigor aun cuando tengan planes perfectamente acabados.

Por eso, escribo como observador, como peatón de la historia; escribo exhumando algunos de mis recuerdos, ciertas rememoraciones que no sólo me pertenecen, lo que yo detectaba o apenas vislumbraba y ahora registro.

La memoria no es sólo una facultad individual: recordamos colectivamente, recordamos socialmente. Formamos parte de comunidades humanas que dan sentido a las cosas que nos ocurren y cuya rememoración es experiencia personal y vivencia compartida.

FrancoporAntonioBarrosoY escribo, en fin, como historiador, como estudioso que se documenta. El resultado es un libro serio, pero no severo; una obra rigurosa, aunque concebida con toda la ironía de la que he sido capaz. No se trata de aburrir, sino de deleitar enseñando. O, mejor, de aprender con la sonrisa en la boca.

Todo –hasta lo más cruel, lo más sanguinario o lo más triste– puede ser sometido a la chanza o al sarcasmo. En mi caso, la ironía es una defensa contra las ofensas de la vida.

Y Franco fue realmente ofensivo. Me interesa conocer su manera de obrar, de conducirse, de tratar a los demás. Me interesa averiguar cuáles eran sus principales carencias psicológicas, sus astucias más sombrías. Me interesa colocarlo en su contexto.

Que este libro tiene un sentido irónico se aprecia ya en las ilustraciones que Antonio Barroso ha concebido expresamente para este volumen.

La cubierta será sorprendente y su figura o rostro quedarán levemente retocados, fuertemente intervenidos por el artista. ¿Lo apayasa?

No se trata de una mera burla. Se trata de sacarle los colores. De sacarle los colores a Franco, de hacerlo con finura, habilidad, técnica y contención.

Disfrutarán con este libro.

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