No tengo que hacer gran esfuerzo para recordar el adoctrinamiento escolar al que fuimos sometidos bajo el franquismo quienes por entonces éramos niños. Pero he de poner gran empeño para transmitirlo a los más jóvenes, a todos aquellos que felizmente no vivieron algo así. Los responsables del adoctrinamiento pensaban que aquella operación tendría éxito y que, por tanto, seríamos intoxicados por la ideología… En el bachiller estudiábamos Formación del Espíritu Nacional. En dicha asignatura, el profesor de turno –siempre un falangista valeroso— se esforzaba en enseñarnos las Leyes Fundamentales del Reino, es decir, todo el entramado legal que el Régimen había ido elaborando a lo largo de décadas de enredo doctrinal.
No era una Constitución lo que nos regía y lo que aprendíamos, por supuesto. Tampoco era exactamente una Carta Otorgada. Era, por el contrario, una especie de Recopilación anacrónica, al modo de los repertorios borbónicos (el último, la Novísima Recopilación, de 1805), una colección de textos básicos preliberales que detallaban derechos y deberes. Al menos teóricamente. ¿Me preocupé por los contenidos de esa materia? ¿Me convencieron? Lo que más me interesaba de aquella asignatura era el sonsonete histórico con que nos anestesiaban, con que nos embotaban. Podías simular estar despierto, pero el bla-bla-bla, el atorrante sermón que iba y venía, te sumía en el estupor del sueño. De vez en cuando despertabas, sin embargo. Era cuando el instructor se dejaba llevar por el entusiasmo de la historia, un enardecimiento que le hacía remontarse a varios siglos atrás, cuando España era un Imperio y cuando el mundo estaba a nuestros pies, decía. Le notabas exaltado, con un cierto arrebato, hasta el punto de sonrojarse de dicha o de rabia, no sé. Lo que habíamos sido y lo que ya estábamos siendo gracias al Caudillo…
Hablaba del pasado en primera persona del plural, trasladándose propiamente a otro tiempo, como si hubiera protagonizado lo sucedido muchos siglos atrás, como si el relato que nos presentaba fuera el testimonio de aquello que él mismo había podido distinguir, en medio de la batalla. No tenía dotes para la dramatización: simplemente hablaba con exaltación o con desgarro de la invasión napoleónica o de la ocupación árabe, de Sagunto –en tiempos de la Hispania romana— o de Felipe II, de Viriato, el pastor lusitano, o de los Reyes Católicos. Era ciertamente un vaivén cronológico a través del cual nos mostraba el vigor o la extenuación de la patria, de una patria con esencia imperecedera. Si hablaba empleando la primera persona del plural era porque cualquier herida infligida a un antepasado remotísimo de los españoles contemporáneos era un ultraje cometido contra esa Nación. No había olvido posible y, tras largos siglos de decadencia imperial, nuestro profesor aún se dolía con rencor y con desdén del maltrato que ciertos Austrias y Borbones nos habían causado. De igual modo, un simple traslado a una época de esplendor guerrero le elevaba hasta la celebración castrense de nuestras tropas.
Pero, más que un vaivén cronológico, el relato con que aquel instructor nos sotaneaba era propiamente una huida: desde un presente de declinación que se aborrecía y que se agravaba en el siglo XIX. Al final, el recuerdo que guardo de aquellas clases de historia era el ahogo que nos ocasionaba. Era en realidad una negación de nuestro presente hipotecándonos con el fardo de lo heredado, de lo monumental y de lo anticuario. En efecto, era propiamente una muestra grotesca de lo que Nietzsche llamaba historia monumental. Los que la practican –en especial, los celosos guardianes de la Nación— están dispuestos a arruinar el disfrute del hoy a partir de un pasado glorioso que exhuman para amargarnos con pertenencias irrevocables. Pero era también un ejercicio risible de historia anticuaria, tomada en exceso, en grandes dosis: esa historia propia de aquellos que veneran lo antiguo para restar novedad, angustia e importancia al presente que nos contraría.
Para mostrar la irrealidad histórica en que estaba sumida la Falange de los años treinta, Manuel Penella nos recordaba la “fuerte nostalgia imperial” de aquellos primeros fascistas españoles, una nostalgia, sin embargo, “minoritaria”, añade. “Al afirmar que la plenitud de España es el imperio, los falangistas se ponían por modelo la España del siglo XVI. No se trataba de un modelo comprensible para la mayoría de los españoles, aunque –de acuerdo con la enseñanzas escolares—hiciese felices” a aquellos pioneros del fascismo español. Si entonces, en la década de los treinta, el regreso de aquella Hispanidad imperial con la que fantaseaban era una quimera enferma, ¿qué podríamos decir de ese ensueño muchos años después, cuando aquel falangista de mi infancia enrojecía de ira cada vez que recordaba la invasión napoleónica o la dominación árabe? Tiene razón Penella al juzgar así ese extravío histórico de José Antonio y sus conmilitones, pero creo que no es nostalgia de lo que estaban enfermos, sino de melancolía.
Jon Juaristi lo supo expresar muy bien en El bucle melancólico cuando se ocupaba de las ensoñaciones del nacionalismo vasco. Valiéndose de Freud, el filólogo advertía que lo propio de esas fantasías históricas no es la nostalgia: ésta es siempre el dolor por una pérdida real, el duelo que alguien experimenta al recordar un objeto material o personal desaparecido. Es como si nos hubieran arrancado una parte de nosotros, como si nos hubieran amputado. En cambio, la melancolía es la dolencia que ocasiona la pérdida de algo no poseído. Es, por tanto, un dolor imaginario, un malestar sin etiología real. Que sea fantasioso no hace menos grave ese padecimiento.
De estas cosas, de las clases de historia que recibía en el franquismo, y de la melancolía como estado patológico del alma humana, me he acordado estos días al escuchar a José María Aznar. No quiero decir que el ex presidente sea un franquista agazapado o confeso o vergonzante, como algunos le reprochan: en realidad, lo que he pensado es que en Aznar sí que se cumplieron los sueños confusos, quiméricos y reparadores de aquellos falangistas. Imagino que, como yo, también el ex presidente debió de recibir lecciones de Formación del Espíritu Nacional. Tengo la impresión de que en él causaron un cierto efecto y que es esa historia monumental y anticuaria en la que acabó creyendo lo que ahora proclama. Aunque sea una pose, aunque sea un recurso, cuando habla de la invasión árabe en términos de reproche, de resentimiento, expresa una melancolía por una pérdida no padecida. Tal vez, Jon Juaristi –que es su asesor áulico, un Jon Juaristi refinado y culto— debería haberle advertido. En fin.
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Sobre las ideas históricas de José María Aznar, pueden leer mi artículo de hoy mismo en Levante-EMV También, la columna de Javier Ortiz
Sobre los libros de José María Aznar, véase esta reseña. Y ésta también.

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