La historia melancólica

aznar1.jpg No tengo que hacer gran esfuerzo para recordar el adoctrinamiento escolar al que fuimos sometidos bajo el franquismo quienes por entonces éramos niños. Pero he de poner gran empeño para transmitirlo a los más jóvenes, a todos aquellos que felizmente no vivieron algo así. Los responsables del adoctrinamiento pensaban que aquella operación tendría éxito y que, por tanto, seríamos intoxicados por la ideología… En el bachiller estudiábamos Formación del Espíritu Nacional. En dicha asignatura, el profesor de turno –siempre un falangista valeroso— se esforzaba en enseñarnos las Leyes Fundamentales del Reino, es decir, todo el entramado legal que el Régimen había ido elaborando a lo largo de décadas de enredo doctrinal.

No era una Constitución lo que nos regía y lo que aprendíamos, por supuesto. Tampoco era exactamente una Carta Otorgada. Era, por el contrario, una especie de Recopilación anacrónica, al modo de los repertorios borbónicos  (el último, la Novísima Recopilación, de 1805), una colección de textos básicos preliberales que detallaban derechos y deberes. Al menos teóricamente. ¿Me preocupé por los contenidos de esa materia? ¿Me convencieron? Lo que más me interesaba de aquella asignatura era el sonsonete histórico con que nos anestesiaban, con que nos embotaban. Podías simular estar despierto, pero el bla-bla-bla, el atorrante sermón que iba y venía, te sumía en el estupor del sueño. De vez en cuando despertabas, sin embargo. Era cuando el instructor se dejaba llevar por el entusiasmo de la historia,  un enardecimiento que le hacía remontarse a varios siglos atrás, cuando España era un Imperio y cuando el mundo estaba a nuestros pies, decía. Le notabas exaltado, con un cierto arrebato, hasta el punto de sonrojarse de dicha o de rabia, no sé. Lo que habíamos sido y lo que ya estábamos siendo gracias al Caudillo…

Hablaba del pasado en primera persona del plural, trasladándose propiamente a otro tiempo, como si hubiera protagonizado lo sucedido muchos siglos atrás, como si el relato que nos presentaba fuera el testimonio de aquello que él mismo había podido distinguir, en medio de la batalla. No tenía dotes para la dramatización: simplemente hablaba con exaltación o con desgarro de la invasión napoleónica o de la ocupación árabe, de Sagunto –en tiempos de la Hispania romana— o de Felipe II, de Viriato, el  pastor lusitano, o de los Reyes Católicos. Era ciertamente un vaivén cronológico a través del cual nos mostraba el vigor o la extenuación de la patria, de una patria con esencia imperecedera. Si hablaba empleando la primera persona del plural era porque cualquier herida infligida a un antepasado remotísimo de los españoles contemporáneos era un ultraje cometido contra esa Nación. No había olvido posible y, tras largos siglos de decadencia imperial, nuestro profesor aún se dolía con rencor y con desdén del maltrato que ciertos Austrias y Borbones nos habían causado. De igual modo, un simple traslado a una época de esplendor guerrero le elevaba hasta la celebración castrense de nuestras tropas.

Pero, más que un vaivén cronológico, el relato con que aquel instructor nos sotaneaba era propiamente una huida: desde un presente de declinación que se aborrecía y que se agravaba en el siglo XIX. Al final, el recuerdo que guardo de aquellas clases de historia era el ahogo que nos ocasionaba. Era en realidad una negación de nuestro presente hipotecándonos con el fardo de lo heredado, de lo monumental y de lo anticuario. En efecto, era propiamente una muestra grotesca de lo que Nietzsche llamaba historia monumental. Los que la practican –en especial, los celosos guardianes de la Nación— están dispuestos a arruinar el disfrute del hoy a partir de un pasado glorioso que exhuman para amargarnos con pertenencias irrevocables. Pero era también un ejercicio risible de historia anticuaria, tomada en exceso, en grandes dosis: esa historia propia de aquellos que veneran lo antiguo para restar novedad, angustia e importancia al presente que nos contraría.

Para mostrar la irrealidad histórica en que estaba sumida la Falange de los años treinta, Manuel Penella nos recordaba la “fuerte nostalgia imperial” de aquellos primeros fascistas españoles, una nostalgia, sin embargo, “minoritaria”, añade. “Al afirmar que la plenitud de España es el imperio, los falangistas se ponían por modelo la España del siglo XVI. No se trataba de un modelo comprensible para la mayoría de los españoles, aunque –de acuerdo con la enseñanzas escolares—hiciese felices” a aquellos pioneros del fascismo español. Si entonces, en la década de los treinta, el regreso de aquella Hispanidad imperial con la que fantaseaban era una quimera enferma, ¿qué podríamos decir de ese ensueño muchos años después, cuando aquel falangista de mi infancia enrojecía de ira cada vez que recordaba la invasión napoleónica o la dominación árabe? Tiene razón Penella al juzgar así ese extravío histórico de José Antonio y sus conmilitones, pero creo que no es nostalgia de lo que estaban enfermos, sino de melancolía.

Jon Juaristi lo supo expresar muy bien en El bucle melancólico cuando se ocupaba de las ensoñaciones del nacionalismo vasco. Valiéndose de Freud, el filólogo advertía que lo propio de esas fantasías históricas no es la nostalgia: ésta es siempre el dolor por una pérdida real, el duelo que alguien experimenta al recordar un objeto material o personal desaparecido. Es como si nos hubieran arrancado una parte de nosotros, como si nos hubieran amputado. En cambio, la melancolía es la dolencia que ocasiona la pérdida de algo no poseído. Es, por tanto, un dolor imaginario, un malestar sin etiología real. Que sea fantasioso no hace menos grave ese padecimiento. 

De estas cosas, de las clases de historia que recibía en el franquismo, y de la melancolía como estado patológico del alma humana, me he acordado estos días al escuchar a José María Aznar. No quiero decir que el ex presidente sea un franquista agazapado o confeso o vergonzante, como algunos le reprochan:  en realidad, lo que he pensado es que en Aznar sí que se cumplieron los sueños confusos, quiméricos y reparadores de aquellos falangistas. Imagino que, como yo, también el ex presidente debió de recibir lecciones de Formación del Espíritu Nacional. Tengo la impresión de que en él causaron un cierto efecto y que es esa historia monumental y anticuaria en la que acabó creyendo lo que ahora proclama. Aunque sea una pose, aunque sea un recurso, cuando habla de la invasión árabe en términos de reproche, de resentimiento, expresa una melancolía por una pérdida no padecida. Tal vez, Jon Juaristi –que es su asesor áulico, un Jon Juaristi refinado y culto— debería haberle advertido. En fin.     

————————  

Sobre las ideas históricas de José María Aznar, pueden leer mi artículo de hoy mismo en Levante-EMV También, la columna de Javier Ortiz

 Sobre los libros de José María Aznar, véase esta reseñaY ésta también.  

 

0 comentarios

  1. Creo que lo que adjunto es real. Si no es así, y me la han enviado como tal, pido disculpas.

    “Muy señor mío:

    El motivo que me ha obligado a escribirle esta carta es el de hacer una serie de puntualizaciones sobre la carta de don Ildefonso Martínez, titulada “Falangistas independientes”, aparecida en su diario el pasado día 21.

    Cuando a las manos de un joven como yo -16 años- llega un ejemplar de las «Obras Completas” de José Antonio y, como tal, siente la “imperiosa necesidad de hacer rápidamente algo útil, a este joven se le presentan dos posibles caminos. El primero consiste en llevar una vida cómoda, fácil y sin complicaciones, alistado o “apuntado” en una organización del Movimiento. En el segundo, se trata de tomar una decisión tan compleja como costosa. Es la de militar al lado de los “falangistas independientes”, como el señor Martínez los llama.

    El estar a su lado no es, de ningún modo, vivir como convidados, sino todo lo contrario. Es el vivir muchas veces en contra de la “esencia de la propia ordenación familiar”; es vivir en sacrificio, austeridad y peligro constante; es ser una barca, una tabla de salvación, en medio de un mar tempestuoso y hostil que te ataca por todos los lados y que trata de hundirte a cualquier precio; es, en una palabra, el vivir la vida de “monje y soldado”, que decía José Antonio. El vivir en contra de la ordenación familiar no es tan sencillo como el señor Martínez cree, ni mucho menos. Si mi caso fuese único, pecaría de inmodesto, pero como da la casualidad que dentro de los “independientes” hay casos como el mío y bastante peores, todo queda aclarado. Al decir el Sr. Martínez que los “falangistas independientes” viven como convidados no le tuvo Dios de su mano.

    Permítame Sr. Director realizar una pregunta: ¿No cree, usted, que teniendo un apellido de gran fuerza política como el que tengo; teniendo familiares como tengo en los mas altos cargos políticos de la Nación, prácticamente; teniendo un historial falangista en mi familia como el que poseo: no cree, usted, repito, que para mí hubiese sido más fácil el irme al Movimiento y estar de convidado, que el estar listo para militar al lado de los “falangistas independientes”?. Repito que hay casos peores que el mío y lo repito porque hay señores como el Sr. Martínez que lo olvidan y encima tachan a los falangistas “independientes” de convidados.

    Si el Sr. Martínez se hubiera tomado el trabajo de conocer a algún “falangista independiente”, se habría dado cuenta de que no forman especie alguna. Ellos son, por más que le pese a muchos, la auténtica encarnación del pensamiento joseantoniano, que no es precisamente el del Movimiento.

    Lo más curioso es que el Sr. Martínez pone al mismísimo José Antonio! como fiscal de los “independientes”. No deja de ser realmente extraño que se ponga al creador de la doctrina falangista como fiscal de los que precisamente están salvando ese nombre; y de los que están luchando por levantar un edificio nuevo y distinto, en su exterior, no en su esencia como muchos pretenden, del que destruyeron en 1937.

    Lo que es todavía más INCREÍBLE es que el Sr. Martínez diga que son un camelo y que carecen de gallardía. Los jóvenes falangistas están cansados de dar y no recibir, están cansados de escuchar promesas y recibir fracasos; están cansados de escuchar “bonitos discursos” que solo sirven para crear más confusionismo del que ya hay, para crear el verdadero rostro de quienes los pronuncian. Ellos cortaron por lo sano e hicieron bien. Ellos están empezando otra vez de cero la obra que José Antonio planeó y España espera.

    Yo, como joven, y habiéndome llegado un ejemplar de las Obras Completas, ya he tomado mi decisión, que usted ya habrá adivinado.

    Nada más, Sr. Director, sino el rogarle la publicación de esta carta. Reciba un afectuoso saludo. Muchas gracias.

    1 de Julio 1969

    José María Aznar

  2. La verdad es que la mención de Aznar a la reconquista española raya la estupidez. Y sólo se puede explicar como un enternecedor y emocionado ejercicio de nostálgia ante aquellas tardes de colegio, de catón y florido pensil, que no cabe duda forjaron el caracter del audaz muchacho para las gestas que la historia le tenía reservadas.

    Bueno, tal vez mas que gestas, “odisea personal comparable a la de Diocleciano”, como glosó Pedro J. en su enternecedor panegírico con motivo del último congreso del PP presidido por Aznar.

    Es que la verdad, hay que tomárselo con humor, por que si uno piensa sus declaraciones en serio…qué gran paciente podría haber perdido la psiquiatría española.

  3. Al hilo de la melancolía aznariana y para los autores de este blog que no sean, a su vez, lectores de El País, copio esta carta de Marcelino Flórez, cetedrático de Geografía e Historia en Valladolid:
    “Dice Aznar que no le han pedido perdón por la invasión de 711, pues yo digo que él, Aznar, heredero directo, al parecer, de uno de los hijos de Witiza, que traicionaron el poder legítimo de Don Rodrigo, entregando a la gente nornal en poder de los sarracenos, no me ha pedido perdón a mí. Y yo ni quería la guerra, ni acepto la traición, mucho menos la ignorancia y no digamos la mentira, por muy mediatizada que esté.”
    Suscribo, por otra parte, como sufridor de aquellas tediosas clase de “Formación del espíritu Nacional” —no pueden imaginar lo que era aquello en la década de los cuarenta y cincuenta…— totalmente la argumentación de Justo Serna. “¡¡¡¡ De Ysabel y Fernando, el espíritu impera !!!!”, nos hacían cantar en coro: Nosotros, inconscientemente quizá, pero con empeño, desafinábamos todo lo que podíamos.

  4. Estoy de acuerdo con Serna. A muchos, aun no comulgando del todo con el “espíritu nacional”, se les quedó un poso que les dicta inconscientemente que la realidad es eso, que el Imperio es lo que “nos” hizo grandes y que las demás potencias y naciones (periféricas además) no quieren si no empequeñecernos aún más.
    Creo que la gran mayoría que asistimos a ese espíritu habremos tenido que arrancárnoslo bien por el uso de la razón y la empatía, bien por el odio visceral. A fin de cuentas todo ese conjunto de complejos no eran realmente nuestros.
    Aunque también existen otros muchos que quieren seguir convirtiendo esa supuesta grandeza en la verdad para todos, “por huevos”, para acabar con el complejo que supone el valor de su nación dentro de sus cabezas.

    Lo decía el PP cuando Cataluña y España competían por entrar en el Libro Guiness de los Records con la bandera más grande jamás izada, con la más jilipoyas: no hay que tener complejos por ser español.

    Pues claro que no, hombre. No vamos a cargar toda la vida con la patena casposa, folclórica, simplista y forzosa que dejó Franco sobre todo lo español. Pero (como viene repitiéndose desde hace más de un siglo) si la única manera de ser español que admiten es compartir y celebrar esas glorias pasadas y ese golpe de orgullo en el pecho paleto, a mi que me borren de su lista.

  5. Por supuesto, el señor Flórez no es “cetedrático” sino catedrático. En vez de “la década” quise decir las décadas. Han sido “despistes”. Perdón y gracias. Que nadie me pegue.

  6. Los treinta años de democracia -contados desde las primeras elecciones- parece que han servido de poco para formar ciudadanos libres. Se ha ignorado la historia, se ha ignorado completamente a los asesinos y torturadores que acompañaron al genocida en su “magna obra”. La mayoría de los chavales de hoy -y llamo chavales a casi todos los habitantes de este país- no tienen conocimiento alguno de la barbarie que supuso la dictadura en todos los sentidos. Si no fuera porque existe ese sustrato sostenido en el desconocimiento, en la ignorancia premeditada, hablar de Aznar sería una forma como otra de perder el tiempo; empero, existe ese sustrato y las palabras de ese increíble Jefe del Gobierno -asesorado por Serafín Fanjul, Juaristi, Vidal y otras lindezas (lamentable lo de Juaristi)-, increíble por inimaginable, van llenas de pólvora: No tiene pensamiento propio, ni propio ni siquiera pensamiento, pero le han quedado tres o cuatro “ideas” en la cabeza heredadas por vía doble, la familiar y la educativa, ambas coincidentes en aquel tiempo en que decían era joven, cosa que uno jamás ha creído.

  7. Sería de agradecer que, el ínclito no siguiera los pasos a rajatabla de aquellos a quien tanto admira, y él se cambiara de ropa interior antes de que los árabes le pidan perdón.

  8. Don Justo: hoy me ha transportado a la década de los 60, cuando estudiaba bachiller en los Salesianos, recuerdo que en primero y segundo, la F.E.N. nos la “impartía” un clérigo, el cual aprovechaba las horas de F.E.N. para que aprendiéramos matemáticas o lengua, y cuando tocaba nos hacia el examen trimestral pertinente para cumplir el expediente. Después en tercero, no se si se enterarían en el “Movimiento inmóvil”, nos pusieron el falangista valeroso, al que alguien “bautizó” como “el Cordobés” por su acento andaluz, con el cual no nos escapábamos del adoctrinamiento, calcado a como usted lo relata.
    Y recuerdo también, como compañeros que estaban afiliados a la O.J.E. (Organización Juvenil Española) nos decían al resto, que éllos comenzaban cada respuesta a las preguntas del examen así: “Nosotros, los miembros de la O.J.E. etc., etc.”, con lo cual tenían asegurado el aprobado, pusieran lo que pusieran a continuación.
    Son anécdotas que me permito comentar para corroborar sus comentarios, aunque a los de cierta edad no hay que corroborarles nada del tema.

    Russafa, por favor si lo sabe, dígame a que diario remitió la carta el chaval con apellido de gran fuerza política.

  9. Javier.

    Esto es lo único que tengo.
    Parece que fue remitada al director de la revista falangista SP, Rodrigo Royo.

    El se quedó con aquella incomprensible frase de “nuestro destino en lo universal” o algo parecido.

  10. ¿Como no fuera que todos los españoles, como humanos que son, tenemos que morir; y el que no lo crea se lo demostramos rapido?

  11. Bueno, esa parece que era su actitud constante y en todo, pero la frasecita ¿Cómo se come? ¿Alguien puede explicármela? Usted, don Justo, que sabe tanto…

  12. Lo siento, Cafeína. No puedo responderle. Debo prepararme: voy a clase de ‘Historia y Cultura en la época contemporánea’, que es la asignatura que debo impartir dentro de una hora. Taluego…

  13. Nos tendremos que esperar Cafeina, a menos que el señor Veyrat o el señor Angosto nos lo puedan explicar.
    Yo lo pregunté en clase alguna que otra vez y nunca me lo explicaron. Eso era como tener fe, como los misterios irresolubles, como los dogmas infalibles. Cuando terminó la explicación aquel profesor, yo ya me había dormido.
    Si luego lo preguntabas en casa, te daban un cachete y te decían que no dijeras palabrotas.
    Creo que Franco tampoco lo sabía.

  14. Bueno, pues venga, señor Angosto o señor Veyrat, que mí me encanta que los señores me expliquen las cosas…

  15. Me parece que es usted un poco mimosa, y eso no es muy serio tratándose de la grave cuestión que plantea, pero voy a intentarlo. Ejem. Bueno, pues amiga Cafeína, solamente se me ocurre una respuesta: ¡¡¡La gallina!!!

  16. No, un cisne. No, que eso era el SEU. Mire, me está mareando. De lo que sí estoy seguro es de que había un paloma en el otro gran misterio aliado con éste: el de la Santísima Trinidad.

  17. No, solamente intento ser racional. Y razonable. Aunque a veces reconozco que pirdo la paciencia con esas memeces. No las suyas, claro, que usted, como Russafa y Ana Serrano, sólo quieren saber qué hay dentro del misterio de la unidad de destino en lo universal: ¿Un enigma, quizás? ¿Qué piensan ustedes?

  18. Oiga, no, que yo no quiero saber nada, que conste. Nada que venga de ahí. Nuestra casquivana Cafeína (perdóneme la broma, querida) y la ilustrada Russafa, son mujeres etentas y cultas que siempre quieren sabe. Yo no, oiga. A mí esas cosas me dan mucho repelús.

  19. ¿querría decir algo así?

    España única e indivisible, tiene como misión defender el catolicismo y los inalterables valores que surgieron del Movimiento Nacional, traslandándolos al resto del mundo para, de nuevo, llegar a ser la potencia que fue en tiempos pretéritos.
    Es lo único que se me ocurre en un tonto momento de seriedad que tengo

  20. Ahora nos produce cierta risa, pero esa oscuridad premeditada, ese lenguaje críptico servía también para encofrar el miedo, el miedo con el que se gobernaba, con el que se explotaba a los trabajadores con plena impunidad, con el que se reprimía, con el que se bendecían los dones que el venerado Caudillo ofrendaba en el altar de la Patria. Ese es el mundo al que nos remiten los recuerdos de Ysabel y Fernando, resucitados por un melancólico Aznar. ¿Va entendiendo ahora?

  21. Siempre regresamos al mismo punto de partida, risas aparte: el miedo, la confusión, la grisura, el pensamiento único.
    El lenguaje era tan críptico que nadie lo entendía, y eso era lo que se buscaba. Cuanto mayor era el desconocimiento del pueblo, mayor era el poder del gobernante.
    ¿Debemos regresar a eso mismo? Imposible. Jamás.

  22. Pues si escucha usted el discurso actual pepero, ya puede imaginar lo que nos esperaría si ganasen otra vez las elecciones por mayoría absoluta. Porque esa deriva empezó ya en el último e imperial mandato de Aznar, y caminaba in crescendo… pero intervienen a veces fenómenos llamados de aceleración histórica —desgraciadamente en este caso, pues costó la vida de decenas de inocentes—, que hacen cambiar el rumbo de los acontecimientos. Y así fue que el PP aceleró también su discurso hacia atrás, en vertiginoso regreso por el túnel del tiempo añorando los tiempos en que no había democracia y todo era fácil, porque bastaba con enseñar el cañón de una pistola, para que se hiciera el silencio y se pudiera seguir ganando dinero y gobernando sin problemas, tal era el miedo que habían sembrado las milicias falangistas tras la espantosa matanza de la guerra, reforzado por el sacrificio diario de presos cuyas sentencias de muerte, lo saben ya ustedes porque se ha contado cientos de veces, firmaba el dictador después de comer. Tomando café.

  23. Sí, Cafe, esa misma. Parece que opinaba (el monstruo), que si la criatura estaba junto a él, aquello era justo. Así ha salido ella.

  24. Todos estamos de acuerdo que los movimientos totalitarios contienen un estilo de vida con una doctrina. El estilo de vida es para ellos tan fundamental como la doctrina, tal como exaltaba la revista falangista “Jerarquía” a finales de 1937: “…El estilo es lo irracional en el hombre, lo infra y lo suprarracional, como eje señero de su vida que jamás se doblega enteramente por el vendaval de las fuerzas cósmicas, porque le ayuda a mantenerse enhiesto un hilo sutil que le lleva lo transcendente”

    Hablamos de un “estilo de vida” creado para una política cuyos conceptos se basaban en los denominados “valores eternos” de España, con una moral nacional y religiosa. Un proyecto que aspiraba a formar una cultura popular y una conciencia nacional, no sólo a través de un adoctrinamiento de las conciencias, sino a partir de un “ideal de hombre”. El adoctrinamiento se impuso en las escuelas, y en la vida en general, a través de grupos que ocupaban el monopolio cultural, estos grupos trataban de imponer el terreno más favorable a sus intereses, por una parte el inspirado por la Falange y, por otro lado el sector de corte tradicional e integrista, tutelado por la Iglesia católica.

    Creo que Aznar y todos los políticos de derechas de su generación siguen atrapados en una relación conflictiva de su pasado, efectivamente, creyeron en lo que se proclamaba. Como dice Mariano Sánchez Soler: “Son los hijos, los sobrinos, los nietos… de aquellos políticos franquistas y jerarcas del Régimen; descendientes de procuradores en Cortes, de gobernadores civiles, de ministros de Franco”

    Con la llegada de la transición política se trato de evitar determinados temas que eran considerados como “desestabilizadores” para el proceso, el pasado franquista de los nuevos ministros no fue tratado, tampoco las generaciones posteriores.

  25. No tuvimos un Nürenberg. Entre otras cosas, porqur Franco ganó la guerra y murió en la cama. Sus sucesores otorgaron la Transición y censuraron la Constitución… Con toda razón andan “sobrados”.

  26. Durante la transición todo el mundo era demócrata convencido, de toda la vida. Curiosamente, como ha mencionado Julia, el pasado vuelve con sus sombras y sus luces. Creo, y puede que esté equivocada, que muchos de los personajes que transitan por nuestra política, se sienten ahora orgullosos de ese pasado, de sus ideas y de su forma de vida. Antes, para evitar perder privilegios quizás modificaron, cara a la galería, alguna de sus ideas, de sus propuestas. Ahora, ¿a qué van a temer? Se siente seguros y convencidos de su poder. Ejemplos de lustre tenemos: Josemari ha ido saliendo desde su última legislatura más poderoso, más terrible, más agorero, más nefasto: España temblad que esto se va a pique, (sin acento).
    Y si hiciera falta sacar la camisa azul, pues se saca y punto. ¿acaso la Iglesia no está volviendo a ganar terreno?
    Nombraré de pasada algo que me tiene bastante quemada porque soy trabajadora. ¿Tienen algún peso?¿Alguna influencia? Estamos regresando a la oscuridad de nuevo, perdemos lo que se había conseguido. bueno, ese es otro asunto.

  27. Estimado Justo,

    Siempre es un placer leerte por la calidad de tu prosa y la magnífica estructuración y documentación de los artículos. Sin embargo, el anuncio vía email de esta semana de la temática del blog creo que rompe un poco con la dinámica general del mismo: “La semana del franquismo”. Seguramente y previo a la publicación de los diferentes artículos, ya se encuentran en el disco duro de tu ordenador personal las diferentes entregas de esta “Semana fantástica”, que titulan en El Corte Inglés, que harían -o harán- las delicias de los más devotos visitadores y moradores monclovitas. El “Año de la Memoria Histórica” está dando los frutos deseados.

    Yo nací en dictadura, pero me formé en democracia. Mis formadores, no sólo académicos, sí que procedían de esa formación que hoy nos glosas, estimado Justo, seguramente incluso vivieron en todo su explendor esa Formación del Espíritu Nacional. A diferencia de lo que ellos recibieron como adoctrinamiento, a mi me formaron en los valores de la libertad y de la autonomía del ser humano. Nunca me inculcaron ese odio visceral que siento en el discurso oficial que hoy nos trae nuestro anfitrión, al igual que algunos de los estimados comentaristas de este espacio de libertad. Eso sí, me mostraron que el camino correcto era el de la democracia y que España había sufrido los rigores de una dictadura durante décadas.

    España es reconocida mundialmente por una ejemplar transición hacia la democracia. Forjada, por cierto, por el que fuera Secretario General del Movimiento, Adolfo Suárez, y firmada por el “delfín” del Régimen, Juan Carlos Borbón. Quedaron pelos en el camino, sin duda, pero nada comparado con lo que estamos viendo que aún ocurre en países como Uruguay, Chile o Rumanía.

    Pertenezco a una generación que vivió los úlitmos coletazos de la dictadura y que no tiene mayores pretensiones respecto de aquella época que la de no olvidarla para no repetirla. Desafortunadamente hoy en el mundo existen algunos ejemplos que nos impiden dar por zanjada esa terrible enfermedad que sufren algunos países: la dictadura. Es por ello que preferimos mirar hacia adelante y afrontar los problemas reales de este país, esos que parecen quedar enterrados ante la nostalgia de caralsoles y abuelos combatientes caídos en uno u otro bando.

    Creo que me encuentro entre personas con la suficiente capacidad como para deslindar lo que es el recuerdo histórico del afán justiciero, obsesivo y, sobre todo, electoralista de la maquinaria oficial al servicio de los que siempre pretenden apuntalarse en el poder.

    Saludos cordiales.

  28. Agradezco a todos los intervinientes el tono, serio y frívolo (según la ocasión), que se ha empleado: Cafeína, Ana, Russafa, Javier… Julia Puig ha dicho cosas sensatísimas con las que estoy de acuerdo, claro que sí. La dificultad de asumir ese pasado, cosa que poco tiene que ver con el pacto de la Transición, pacto que, frente a lo dicho por Miguel Veyrat, yo creo que fue un logro mayúsculo. Sobre todo para quienes nos habían educado aún en la dictadura y llegábamos a la adolescencia con la muerte del Caudillo. Pakithor, lamento disentir. Esta idea mía -‘La semana del franquismo’ no es la Semana Fantástica de El Corte Inglés. No está concebida como un repertorio de saldos o de rebajas. Y, desde luego, en el disco duro de mi ordenador no están todos los artículos escritos. Aunque no me crea, cada mañana escribo el texto. La idea, evidentemente, puede proceder de días atrás, pero la escritura es del día, como el pescado fresco. Para que me entienda: el texto de mañana aún no lo he escrito. ¿De qué tratará? No se lo pierda… No creo que haya rencor en mi alusión a la FEN ni en mi referencia a Aznar. No creo que me mueva ningún afán justiciero: ya he dicho que me pareció fenomenal el pacto de la Transición, y la Constitución fue un logro del bendito reformismo. Lo siento, por los más radicales del lugar, a quienes respeto (faltaría más), pero lo creo así, como el propio Vázquez Montalbán, analista con el que no solía estar de acuerdo en tantas cosas. No me incluya, Pakithor, en la campaña de la Memoria Histórica, que entiendo, pero a la que no contribuyo: tengo escritos artículos en los que manifiesto mi escepticismo sobre el particular. Por otra parte, me parece muy discutible que me atribuya “ese odio visceral que siento en el discurso oficial que hoy nos trae nuestro anfitrión”. Yo no siento odio.

  29. Ah, se me olvidaba: el ejercicio de memoria nunca puede sustituir al proceso de reconstrucción del pasado que los historiadores llevan a cabo (llevamos a cabo). Lo que hoy he escrito es un ejercicio de memoria en el que trato de objetivar mi experiencia valiéndome de ciertas destrezas de historiador, como son las lecturas de libros y documentos que ayudan a analizar hechos y procesos. Los historiadores no emitimos opiniones, sino que nuestros juicios tratamos de fundamentarlos en fuentes. En mi discusión con Pío Moa, que corté porque éste opera como publicista, ya insistí en este dato característico del oficio de historiador. Un saludo, JS

  30. Querido Justo, la Transición fue un logro, sí. Un logro impuesto con la presión de los militares —de entonces— amenazando con un baño de sangre si ellos y sus cómplices civiles no lograban una amnistía total, no ser juzgados por los crímenes espantosos cometidos con la sociedad civil, preferentemente después de la guerra, pero también durante los cuarenta años de represión. Fue un logro porque permitió armar un andamiaje que llevó a una Constitución con un Jefe de Estado “sucesor a título de Rey” del Caudillo, todo atado y bien atado, organizado y ensamblado por el Ministro Secretario general del Movimiento. Un logro, sí. De las fuerzas evolucionistas del franquismo que se vieron otorgar un
    virgo reluciente y democrático por las fuerzas antifranquistas obligadas a transigir. ¿Cómo no van a querer recuperar su poder del pasado, si les salió gratis, si para ellos la Transición no fue más que un ejercicio de arte de magia, un par de pases y algo, como se decía entonces con la frase famosa de Tommassi di Lampedusa, que cambia para que todo siga igual? ¿Si fue un ejercicio de prestidigitación? Si se hubiese dado una ruptura y no una transición no estaríamos ahora hablando en los medios de la necesidad de reformar la Consitución para ver si un miembro de una familia tiene preferencia o no, siendo mujer, a la hora de suceder en el Trono a su padre. Acaso tendríamos un presidente. Valga el futurible.

  31. Vivía yo también durante esa época de pe a pa pero, voto a bríos, que la viví de un modo mucho más pasota que don Julio. Sus vivencias son ciertamente ejemplares. Cómo se enteró de todo, cómo lo captó, cómo lo entendió. Ninguno de mis amigos, salvo los que hicieron profesión de fe falangista, vivió esa asignatura, una de las tres “marías” como cuenta don Justo que la vivió él. A fe que debió sacar muy buenas notas aunque luego apostatara. Nosotros no tuvimos que apostar por la sencilla razón de que por un oído nos entraba y por otro nos salía. Nos quedábamos tan frescos, impávidos, como si no fuera con nosotros, inmaculados, incontaminados. Para poder escribir un texto como el de don Justo había que prestar una atención que nosotros no prestábamos. ¿Cuántos españoles de la época escucharon con cierta atención las lecciones de los innúmeros profesores de FEN que tuvimos (porque no era uno solo, eran muchos y diferentes): harto menguados.

  32. Y ¿Había otra opción? Claro que la Constitución fue un respiro, pero estoy totalmente de acuerdo con el Señor Veyrat y la transición era inevitable. Podía haber sido mucho peor, ya lo sabemos, pero tampoco fue la solución definitiva y eso era claro ya entonces. Era un apaño, era un mirar para otro lado y un no poder, de golpe, subsanar, como debía haberse hecho, tanta miseria y tanta sangre. Todos éramos conscientes de lo que suponía aquello, para bien y para mal y muchos tuvimos una actitud hipócrita, la que he de confesar que fue la mía: No votar la constitución y mantener todos los dedos cruzados para que saliera. Franco pudo vanagloriarse de no haber traído la monarquía, cuando se suponía que es lo que debía hacer, pero dejarnos un rey designado por él.

    No sé si estaré entre los considerados “más radicales”, seguramente, pero yo no creo serlo y no siento rencor, sí un dolor sordo, remoto, por lo que me perdí; por esos años tenebrosos y terroríficos que me tocó vivir y de cuyas enseñanzas no pude “pasar”.

    No he sido educada en el odio y el rencor, aunque lo considero completamente lícito. Tan es así que, el día que murió Franco, una vecina de mis padres, una vecina republicana, pero a la que nada le había ocurrido, afortunadamente, que no traía consigo la más mínima herida, sólo el miedo que todos tuvimos siempre, vino a casa con una botella de champagne para celebrarlo. Mi padre, que estaba y que permaneció en carne viva, le dijo que en su casa no se celebraba la muerte de nadie. Estoy de acuerdo.

    Una cosa es el rencor y el odio y otra el recuerdo estremecido de aquellos años lóbregos que ahora vemos que hay quien desea renovar.

  33. Sólo se me ocurre un comentario-corolario al tuyo, Ana Serrano, y es el que suelen decir los franceses ante la actitud de tu padre y tuya en el momento de la muerte del dictador: “Noblesse oblige”. No siento tampoco el odio que alguno quería achacarle a Justo, de modo totalmente arbitrario, hace un rato; ahora ya es demasiado tarde casi para sentir ya nada, pero si notara que crece dentro de mí, lucharía contra él. Pero el rencor, sí, queda como una herida abierta de lo que pudo haber sido y no fue, precisamente por el odio atizado y mantenido como un fuego sagrado a lo largo de los cuarenta años de dictadura contra los llamados “rojos, masones y agentes del judaísmo internacional”. Eso ninguna transición hará que los que votamos por vez primera a los cuarenta años y vivimos siempre disimulando o teniendo que disfrazar el pensamiento y cuidar las palabras en público, podamos olvidarlo.

  34. Si el franquismo estaba ya acabado antes de la muerte del dictador ¿cómo se explica que ahora se haya encontrado la argucia de que la Transición fue el resultado de las fuerzas que preconizaban la ruptura y la de quienes preconizaban la reforma? Julio Anguita acaba de sostenerlo en su Tiempo y memoria para defender la necesidad de mirar hacia atrás con ira y así reparar los daños sufridos entonces y por segunda vez por quienes perdieron la guerra. ¿Hasta cuando vamos a tener que estar recurriendo a aquél desgarro? ¿Tiene sentido abrir de nuevo aquellas heridas? ¿No están mejor cerradas para siempre? ¿Puede esta actitud aportar algo positivo a la reconciliación definitiva por la que tanto luchamos quienes vivimos íntegramente los 36 años de la dictadura?

  35. Estimado Justo,

    En primer lugar mis disculpas. He malinterpretado eso de la “Semana franquista” entendiendo que los post ya estaban elaborados. No obstante, en mi ánimo nunca estuvo el degradar este espacio de libertad a la categoría de “saldo” y lamento que se hayan entendido así mis palabras. Me alegra conocer de la “frescura” de la prosa, previamente “cocida” en la mente de su autor, como no podía ser de otra manera.

    Por otra parte, Justo, no quiero que se entienda que estoy incluyendo estos textos suyos en esa nueva ráfaga de revanchismo que nos está regalando el gobierno Rodríguez. Pero sí quiero insistir en la correlación entre los fastos del “Año de la Memoria Histórica” y la serie de artículos. Más aún cuando, en el caso del post de hoy se realiza un magnífico análisis del adoctrinamiento educativo franquista para concluir que Aznar no es más que un fruto del mismo. Exactamente lo que pretende el partido en el poder: reabrir las heridas para atacar al principal partido de la oposición. ¿Alguien duda de que ese es el fin último de la estrategia gubernamental, amén de lograr que la opinión pública no profundice en los importantes errores de gestión que está cometiendo el Gabiente?. Como le digo, Justo, si no es su pretensión alinearse con esta corriente nacida del espíritu del gobernante que perdió a su abuelo -militar en ejercicio- en la Guerra Civil y del oportunismo político cincelado gracias a los magros fondos procedentes de los PP GG del Estado, con todo respeto, esta serie parece ser fruto o, al menos, efecto directo de tal campaña.

    Insisto, además con el regocijo que produce ver que ya varios comentaristas refrendan este punto de vista, en que nuestra Transición fue ejemplar. Unos cedieron y permitieron el perdón y otros renunciaron a la imposición militar -no todos, como pudimos ver el 23F-. Lo importante creo que es construir. Repito que no podemos olvidar los efectos del totalitarismo, porque ya el mundo nos regala tristes ejemplos de dictaduras, algunas de ellas, como la cubana, parecen no molestar tanto a los que en España disfrutan con esto de la “Memoria Histórica”.

    Saludos.

  36. Russafa y Javier, que se me ha ido el santo al cielo y no he contestado antes. Sí, la carta que pone Russafa, la envió Aznar, como dices, cuando tenía 16 años al director de la revista falangista SP, Rodrigo Royo.

    Me parece que esa carta no tendría por qué tener nada que ver con la actitud posterior de ese señor. Repito que tenía 16 años. Es alguien que me resulta profundamente desagradable y que representa casi todo lo que más aborrezco, pero no creo que haga falta irse tan atrás porque, cada día de su vida política, ha demostrado que sigue en aquellos 16 años. Una pena.

  37. No quería, pero no tengo más remedio.

    Anguita dirá lo que le plazca, pero nadie pretende mirar hacia atrás con ira, lo que queremos es mirar con serenidad y sólo con el dolor justo y normal, que nunca nos ha abandonado. Tampoco nadie ha pedido otra cosa que poder, de verdad, cerrar aquella herida que sigue abierta y fresca. Ni revanchismos ni venganzas. Tendremos que seguir recurriendo a aquel desgarro mientras las heridas sigan abiertas ¿Quién ha dicho que están cerradas y que se pretende abrirlas?

    Si una llaga se cierra en falso, nunca se podrá cerrar del todo si no se limpia antes, será un absceso, un bulto enorme de pus y de sangre. Hay que abrirlas, sí, pero para limpiarlas, a base de dignidad y de reconocimiento. Las personas que están abriendo las fosas comunes de nuestra guerra, no piden otra cosa que enterrar a sus muertos del mismo modo que los que ganaron la guerra; poder honrarlos, llevarles unas flores y saber dónde están. Puedo asegurarles que nadie pide más y que en esas aperturas dramáticas, los hijos y los nietos, sólo esperan recuperar unos pocos huesos y poder descansar.

    Debe ser muy difícil entender, por lo que veo, el dolor infinito de un hijo de alguien asesinado de un tiro en la nuca y abandonado en una fosa común. Es muy difícil, sí, ponerse en el lugar de los demás y no logro entender qué quieren evitar los que son contrarios a algo tan normal y tan humano. No entiendo por qué, los que tienen que ceder siempre, son los perdedores, los masacrados, depurados, hundidos y humillados. Los que perdieron, no sólo la vida, los que se quedaron sin unas posibilidades de cultura, sin sus tierras, a veces, hasta sin poder ir a la escuela porque, además de haber quedado huérfanos, los insultaban.

    Ha pasado ya muchísimo tiempo. No queda casi nadie y me parece un tremendo error mirar para otro lado y hacer como si nada hubiera pasado. Aunque nadie quedara, el resto de las gentes del país, debía hacer la labor de rehabilitación de todas esas gentes mancilladas, torturadas, muertas. Sólo así no volverá a repetirse jamás.

    Somos el único país que, tras una guerra y una dictadura, no puedo decir que como la de Franco porque ninguna ha sido tan larga, sigue denigrando a las víctimas y exigiéndoles más sacrificios en favor de un país que los ha destrozado, en lugar de bajar los ojos y tratar de compensarlas. Sólo la comprensión, la ayuda y esas pequeñas reivindicaciones, limpiarán la memoria de esta España cainita. De todos es sabido que no hay compensación, por enorme que sea, que sirva para nada, si no hay un reconocimiento público y rotundo de que lo que ocurrió fue un horror. Y siguen vociferando, si se retira una estatua de un asesino y manchando estatuas de políticos legalmente elegidos. La revancha, la ira, la calumnia y el insulto, sigue siendo de ellos. Entiendo que haya quien, demócrata y decente, no entienda el dolor y la injusticia, pero, aunque no la entienda, está aquí y se debe hacer algo. No sólo por las víctimas, debe hacerse por nuestra propia dignidad.

    Una cosa es ceder, por el bien del país y otra el perdón. Para dar el perdón, antes alguien debe reconocer que hubo unas víctimas, debe pedirlo y debe compensarlas, emocionalmente. No se pide otra cosa. Nadie pidió nunca perdón y ahora ya no es tiempo. No son aquellos ya. Sólo reconocer y entender, eso se pide ¿Tanto les cuesta? ¿Por qué? Eso me da tanto, tanto miedo.

    No quieren porque, en el fondo, les parece bien lo que ocurrió. Nadie lo dice, pero cada vez es más claro. Es verdaderamente aterrador.

  38. Suscribo totalmente el texto de doña Ana Serrano. Y en cuanto a don Paquito, quisiera decirle tan sólo que las conclusiones a que llega Justo son las lógicas que se desprenden de sus hechos, actitudes y palabras. Aznar es un hijo fiel de la dictadura, y eso no procede de ninguna conjura judeomasónica urdida por el Gobierno Zapatero al que usted está muy claro que no ha votado ni votará jamás. A la petición de perdón que formuló hace unos días al Islam —cubriéndose de ridículo, por cierto— por haber invadido España y haberse quedado durante siglos, habría que contestarle que nadie de los suyos ha pedido públicamente perdón, no ya a las íctimas que cayeron en los dos bandos por una guerra cainita producida por un golpe de Estado de generales felones, sino a las de los asesinatos perpetrados por los falangistas y requetés al borde los caminos, en las choperas de los ríos, contra las tapias de los cementerios, cuando ya sonaban las marchas triunfales “al paso alegre de la paz”. ¿Ni siquiera paz a los muertos, una humilde tumba para un nombre y unos pobre huesos, y sólo para que usted y los que piensan como usted puedan dormir tranquilos, sin esos “ruidos” molestos que piden humanidad y algo de justicia? No creo que nadie “disfrute” con abrir los bordes putrefactos de la herida de la Memoria Histórica, querido amigo.

  39. Sólo quería añadir una cosa más. Mi padre fue militar de la República. Las depuraciones tuvieron muchas caras, físicas y morales.
    A mi padre le tocó la parte moral. Mientras que todo el mundo parecía tener derecho a una pensión, mi padre y otros cientos como él, no.
    Durante la segunda legislatura de Felipe González empezaron a cobrar una pensión que no llegaba, ni de lejos, a la que cobraría un militar “normal”. No hubo más derechos, ni más compensaciones. No hubo acceso a pagas retroactivas, ni siquiera, como los guardias de asalto que recibieron una compensación por años de servicio. Los militares se negaron en rotundo a que los compararan con ellos. Pedían tener acceso al economato militar, por ejemplo. Negado. Y, por supuesto, nada de vestir un uniforme militar. Aquello fue una especie de limosna. el pago se realizó a través de Clases Pasivas, en Hacienda. Mi padre fue teniente.
    No es cuestión de odios ni de iras, es simplemente el reconocimiento a unas personas que creyeron en otro modo de pensar y de hacer. Y que lucharon por ello. Pero la moral también tiene muchas caras.

  40. El mío, Russafa, era abogado y catedrático de Lengua y Literatura españolas. Fue depurado (Había creado La Juventud Republicana de Aragón y había hecho la campaña de la República por todo el Alto y Bajo Aragón) y apartado de su cátedra. En la segunda legislatura de Felipe González, le dieron la misma limosna y del mismo modo que al tuyo, pero antes se habló de que iba a haber esas compensaciones de que hablas, de que se les iba a devolver todo lo que no habían percibido en los años tenebrosos. Mi padre se alarmó, nos decía que eso no podía ser, que era la ruina del país y que, cuando se dieran cuenta, no habría ninguna compensación y escribió una carta lírica, ingenua y hermosa, que firmaron todos sus amigos que estaban en la misma situación, diciendo que no querían atrasos, que, en todo caso, a las viudas sí, pero ellos no, que ellos con una jubilación digna y acorde con sus trabajos estarían cumplidos, pero que lo que sí era indispensable, era un acto solemne y multitudinario de desagravio y homenaje a todos los que, como él, habían sido represaliados de aquel modo; que lo económico, en tantos años, de uno u otro modo había sido resuelto, pero que lo emocional, la dignidad de todas aquellas personas, era lo que había que dejar, de una vez por todas restañado.

    No recibió respuesta, pero sí esa jubilación que, cada vez que veía en los extractos de cuenta de su banco, le producía una dramática sonrisa.

  41. Estimado Miguel,

    A mi todo esto me recuerda aquello que cantó Sabina en “La Mandragora”: “celebremos la victoria que la Historia nos negó”. Me alegro de que algunos sintáis que esta campaña millonaria y manipuladora del Gobierno es satisfactoria y que hace justicia. Mi abuelo murió en un cuartelillo ya en la década de los 60 y no tengo que darme golpes en el pecho, ni tampoco aceptar que se manipulen los sentimientos para ganar votos.

    No obstante lo anterior, he de aplaudir al Gobierno por esta iniciativa, sin duda se va a traducir en votos.

    Saludos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s