Hace semanas fui entrevistado por Víctor Romero para El boletín de las Empresas. Me interrogaba por ser yo un blogger y un historiador. Fue muy amable y cortés. Cortés: algún día deberemos escribir sobre la cortesía, esa virtud tan necesaria en todo tiempo y más… en épocas convulsas. Pensaba que una parte de lo que en aquella interviú respondí ya no interesaba, pero echándole un vistazo al cuestionario y a las respuestas, me he dado cuenta de la actualidad de los asuntos abordados y sobre todo de la insidiosa permanencia de ciertos problemas. No hay manera de desprendernos de lo que ya es pasado y aún nos incomoda… Desde luego, no quiero reproducir toda la entrevista, sino regresar a los asuntos que más convienen a este blog. En nuestra bitácora hablamos de historia, de política, de cultura, de medios de comunicación, entre otras cosas. Algunas de las observaciones que Víctor Romero me hacía y algunos de los diagnósticos que yo aventuraba siguen en pie y se relacionan con nuestras preocupaciones ordinarias. O eso creo. Juzguen ustedes.
¿La historia es una ciencia exacta?
¿Una ciencia exacta? ¡Ni pensarlo! Es una disciplina sometida a reglas, rigurosa. O al menos aspira a serlo. Quiero decir: es un saber fruto de la investigación, desempeñado por profesionales, no por amateurs, un saber que a la postre tiene como principio la búsqueda de la verdad. Afirmar que puede ser una ciencia exacta me parece una exageración.
Según Pío Moa, la guerra civil fue producto de una reacción a una revolución marxista en España. ¿Podría ofrecer una opinión sobre el punto de vista que tienen estos revisionistas de la historia como Moa o César Vidal?
Están Pío Moa y estos historiadores amateurs, aunque César Vidal no sea un historiador amateur, sino alguien graduado en historia… Pero al margen de la titulación la particularidad de todos ellos es que convierten el pasado en objeto de disputa contemporánea, una exhumación política. Establecen analogías apresuradas entre lo que son hechos históricos –que nos afectan y cuyos efectos todavía llegan hasta nosotros– y el presente. Operan de tal modo que proclaman una relación inmediata o una identificación estrecha entre el pasado y nuestro tiempo. Hasta tal punto es así, que si leemos el último libro de Pío Moa, el dedicado a Franco, bien pronto podemos advertir cuál es el objetivo del libro: no es evaluar al anterior Jefe de Estado, sino denostar a Rodríguez Zapatero, criticarlo radicalmente mostrando las lagunas o las insuficiencias del Gobierno actual. Obrar así contraviene los preceptos del buen historiador.
¿España ha restañado sus heridas internas?
En todo país que ha pasado por una guerra civil o por una serie de guerras civiles es difícil que lo pretérito no sea objeto de forcejeo. Lo que ocurre es que ahora en particular y desde mediados de los noventa, desde que José María Aznar decidiera convertir el pasado en objeto de revisión y por tanto de querella, ciertos sectores de la derecha y de la izquierda han entrado al trapo y una nueva generación de gente más joven está convirtiendo los tiempos pasados y los hechos históricos en elementos de controversia actual, como si lo ocurrido varias décadas atrás pudiera ser restituido, enmendado o reparado.
¿A qué atribuye el auge de los nacionalismos?
En principio, el nacionalismo no es un fenómeno carente de fundamentos. En el caso de España, las diferencias culturales que nos distinguen a unos y a otros se basan en las diversas lenguas que hay. Esas diferencias culturales y lingüísticas no son una impostura, no son algo artificioso, sino que están bien fundamentadas y han tenido un largo proceso y desarrollo. Lo que ocurre es que desde finales del XIX, desde el 98, desde que entra en crisis el Estado-nación decimonónico, el modelo político se ha convertido en objeto de disputa y lo español ha tendido a identificarse con una anomalía, con un fracaso. El franquismo agravó ese proceso al convertir todo lo español, o una parte fundamental de las tradiciones y del imaginario español, en la identidad antiliberal y antidemocrática del propio régimen.
¿El PP es también un partido nacionalista?
Digamos que los partidos estatales, el PSOE o el Partido Popular, tienen una concepción del Estado-nación, de lo que es la nación española y de lo que puedan ser las naciones periféricas. El hecho de que se tenga un concepto de nación, como espacio hospitalario en el que hacerse copartícipes, no significa que se sea exactamente nacionalista. Lo que ocurre es que el Partido Popular de un tiempo a esta parte está convirtiendo su discurso, de controversia con el Partido Socialista, en un discurso efectivamente nacionalista, de exaltación de la identidad española, por oposición a la fiebre periférica. ¿Eso es bueno o es malo? El Partido Popular cree encontrar réditos electorales en ese tipo de disputa subrayando las hipotecas que el Partido Socialista podría tener con sus socios de Gobierno.
En esa línea que comenta sobre los discursos de los partidos políticos, diríase que vivimos en tiempos de crispación, en tiempos de confusión. ¿Qué papel juegan los medios de comunicación en esta especie de circo político?
A mi juicio, la crispación en España es un fenómeno político realmente llamativo, sobre todo por lo artificioso que es, que llega a ser. Hay una relación evidente, una vinculación explícita entre medios de comunicación y partidos políticos. En ese sentido, yo creo que el objeto principal o el factor que genera la mayor crispación política en los últimos años no son exactamente los partidos, sino los medios de comunicación. Es una disputa mediática por el control de la información, de la opinión y de la difusión, y en definitiva por la expansión de los propios medios. A partir de ahí, justamente porque hay una vinculación política entre los distintos medios y los partidos, este hecho agrava las cosas. Insisto: no es tanto un problema político (que se suele resolver en las elecciones y en la aritmética parlamentaria) como un problema mediático. De lo que se trata es de abatir al rival, de vender más periódicos o de tener más oyentes, o en definitiva, de tener más espectadores. Creo que eso se puede ir retroalimentando y generando una situación ciertamente perversa que poco tiene que ver además con la percepción, más calmada, de la gente.
¿Los periodistas, por tanto, diría que somos fabricantes de realidades?
Todo discurso acerca de lo real es una construcción de la realidad, evidentemente. No hay un mundo transparente y obvio que se imponga, que pueda ser mostrado sin comentario, sin atribuirle algún sentido particular. En la medida en que traducimos la realidad a un discurso le conferimos un significado u otro. Ahora bien, pensar que todo discurso es una mera construcción, y por tanto que lo que hay es sólo una controversia de discursos, más aún, que cualquier periodista que diga cualquier cosa tiene idéntica legitimidad que cualquier otro, me parece una exageración, porque entonces no se puede establecer una jerarquía de discursos en función de la verdad.
Tendría que haber una conexión con la realidad real, por explicarlo de alguna manera…
En efecto, debe haber algún tipo de correspondencia. Lo veo semejante a lo que hacemos los historiadores. Los discursos de los historiadores sobre la realidad histórica se fundamentan en una serie de fuentes, de documentos, por ejemplo albergados en los archivos. No puedes arrogarte el derecho de inventarte hechos históricos que jamás han existido. Como tampoco puedes hacer conjeturas sobre hechos si esas hipótesis carecen de fundamento documental y en definitiva histórico. A partir de ahí el sentido que le atribuyas a las cosas dependerá de la percepción y de los esquemas teóricos con los que las analizas. Pensar que cualquier discurso periodístico o histórico acerca de la realidad es una mera construcción entraña un riesgo muy grave: nos hace caer en la irrelevancia o en la equidistancia.
¿Federico Jiménez Losantos es el Walter Winchell de la derecha española?
(Ríe) No. Como tampoco es Thomas Mann, que desde el exilio alertaba a sus compatriotas contra el diabólico Hitler valiéndose de un discurso exaltado. Jiménez Losantos es un personaje al que le gusta ser retador, algo de lo que extrae réditos: alguien que está siendo devorado por su éxito. Es un portavoz, creo, de sus propios intereses empresariales, intereses que hacen de la crispación su capital económico y simbólico. Es, además, portavoz de ciertos intereses ideológicos, que no sé si identificar con la extrema derecha, pero sí con ciertos sectores de la extrema derecha… sin complejos, unos sectores que se revisten de un aparatoso envoltorio ideológico presuntamente liberal. Sin embargo, el liberalismo ha sido históricamente tolerante, no ha generado crispación, ni ha hecho un discurso bravucón. El liberalismo español, el que arranca del doceañismo de las Cortes de Cádiz, ha tenido poco que ver con lo que dice representar Jiménez Losantos.
Usted también ha discrepado públicamente con Arcadi Espada. Sin embargo, hay quien dice que en el interior ambos comparten ciertas dosis de jacobinismo.
No sé si discrepo de Arcadi Espada, porque hace tiempo que no nos comunicamos y su blog multitudinario ha dejado de interesarme intelectualmente. Arcadi Espada vive una circunstancia política difícil en Cataluña. Defiende una tesis y unos presupuestos, defiende unas posiciones, abiertamente antinacionalistas que no le generan ningún tipo de comodidad. Ahora bien, esa incomodidad digamos valerosamente defendida, esas posiciones críticas del nacionalismo valerosamente proclamadas, a veces le han llevado a extremar su posición negando cualquier tipo de acierto o de legitimidad a los sectores nacionalistas o próximos al nacionalismo. Por tanto, creo que si se le dijera a Arcadi Espada que tiene posiciones jacobinas como si eso fuera un insulto se carcajearía muchísimo.
¿Y si se lo dijeran a usted también?
Francamente, no me importa en absoluto (ríe).
¿Pero usted sí que tiene un concepto del Estado, de cómo deberían ser las cosas para que se alcance un cierto grado de convivencia?
Creo que la Transición política en España ha ido razonablemente bien, que el Estado de las autonomías ha construido una estructura estatal adecuada, acertada, mejorable por supuesto, pero que ha resuelto bastantes problemas que históricamente habían acarreado los españoles. Sobre esa concepción por la que me pregunta yo no puedo decirle nada que no sea mi aprobación de lo que fue una modélica transición política en España. Incluso diría más: cuando hoy en día se revisa la Transición pensando que ha sido un conjunto de abdicaciones por parte de unos y de otros, me parece un error, un riesgo, plantearlo así. O por ejemplo, cuando se supone que la Constitución está lastrada por el ruido de sables me parece un error de planteamiento. De algún modo, la amenaza del golpismo, y sobre todo, el recuerdo de la guerra civil fueron precisamente lo que llevaron al consenso, pero no por el miedo, sino por la intención de evitar la repetición de los mismos errores.
¿Qué ve detrás de Zapatero?
He de confesar que me desconcierta. En ocasiones me parece una mente verdaderamente perspicaz y en otros momentos me parece portavoz de evidencias tan simples…, que no me lo puedo creer. En ocasiones resulta conmovedor y obvio el fundamento en el que dice basarse Rodríguez Zapatero, pues…, ¿quién no suscribiría parte de ese programa radical? Insisto, es desconcertante: suele hacer declaraciones enfáticas en las que proclama la ética de la convicción como base de sus decisiones políticas, pero a la vez no nos lleva hasta el límite de esas consecuencias y por tanto administra sus disposiciones y providencias con gran realismo, con maquiavelismo incluso. Al menos de momento. ¿Hasta cuándo?
¿Y de Rajoy?
De Rajoy se alaba habitualmente la fina ironía gallega, incluso el sarcasmo sutil. Creo que Rajoy es una persona lastrada básicamente por dos pesos heredados, que son Acebes y Zaplana. Ante sus correligionarios, ante los conmilitones que le supervisan, Mariano Rajoy ha dicho varias veces que es libre, que es libre y que se siente libre para tomar decisiones y para reorganizar la estructura de mando de su partido. Qué énfasis, qué insistencia en proclamarse horro de dependencias. ¿No será acaso que es justamente al revés? ¿Que Mariano Rajoy está condicionado por Aznar, vigilado por el ex presidente, determinado por su herencia? De hecho, Acebes y Zaplana son la clave de futuro de Rajoy, pero no en el sentido que se quiere transmitir, sino en el sentido de que el candidato gallego remontará sus hipotecas cuando se desprenda de ambos.
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El observatorio del historiador, artículo de JS, hoy viernes 6 de octubre en Levante-Posdata.

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